Tierra Adentro
Ilustraciones de Nuri R. Melgarejo

—Tú ya no puedes quitarme nada. Ni el sueño —dijo antes del portazo y echó a andar, doblegada por el peso de la maleta.

Matías salió del auto tras un segundo portazo. Apoyado en el capo encendió un cigarro y la miró alejarse. Se concentró en la línea que dividía el cabello de Ana en un par de trenzas, el único resto de simetría en aquella figura. Los hombros subían y bajaban por el esfuerzo de cargar el equipaje. Ropa cómoda, le habían dicho, sólo lo indispensable. Pero ella se encargó de llenar la maleta de libros y toda clase de fruslerías de las que no podía separarse, una taza gigantesca, el labial rojo, sus fotos, discos.

Las cosas que seguramente llevaría a una isla desierta. Y es que la clínica del sueño era justamente eso, el espacio en medio de la nada donde encontraría paz. La clínica era también la última opción: la evitaron hasta el final.

Ana había dejado de dormir desde el accidente. Ocurrió un mes atrás, cuando viajaba para reencontrarse con Matías después de pasar una temporada con los abuelos. Se quedó dormida al volante. En un abrir y cerrar de ojos, aprehendió entre los párpados la desgracia. Estampó contra un árbol el viejo Ford country squire azul de finales de los setenta. Matías siempre creyó que era un auto demasiado grande para una persona tan menuda. No pudo evitar el dejo de satisfacción al verlo convertido en un acordeón el día de la tragedia.

—Si cierro los ojos lo perderé todo —fue lo primero que le escuchó decir en el hospital, cuando Ana recobró el conocimiento.

Aunque las secuelas quedaron en una costilla rota y algunos golpes, Ana no dejaba de pensar en cómo escapó a la fatalidad por un pelo.

A Matías al principio le pareció lo más natural que continuara asustada, intranquila. Después del par de días que pidió libres en el trabajo para cuidarla, regresó a hacer «garabatos aburridos», como llamaba ella a sus planos de arquitecto.

El insomnio no llamó la atención de Matías hasta que Ana pasó todo un fin de semana hundida en el sofá, confeccionando una manta tipo quilt en la que terminó envolviéndose, como oruga tejiendo su capullo.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó frunciendo el ceño.
—Aquí —le mostró una vieja revista de costura y bordado.

Matías se dio cuenta de la gravedad de la situación al ver a Ana 24/7, taza de café y cigarro en mano penando por toda la casa. De pronto la encontraba comiendo cereal en la cocina a horas infames, o la veía entrar corriendo al estudio para contarle lo último que había leído. Estaba llena de una vitalidad inusual durante las noches y era un desastre por las mañanas.

—No puedo creer cuánto tiempo he perdido —decía sonriendo mientras reanudaba su trabajo pendiente, las ilustraciones para un libro infantil. Por todos lados había bocetos regados.

Mientras que antes del accidente tenía horarios definidos para dibujar, ahora era común que lo hiciera en cualquier momento, en servilletas de los restaurantes, tickets del banco, el periódico, y, lo que fue el colmo, en algunos de sus planos.

—Ana —la llamó un día— ¿de qué trata ese jodido libro?
—Niños perdidos en un bosque —gritó desde otra habitación donde a juzgar por los ruidos, estaba cambiando todos los muebles de sitio—. ¿No te gusta? —apareció de pronto, llevando en brazos una lámpara y un cuadro.

—Me da miedo —dijo sin despegar los ojos de los trazos hechos con carboncillo. Los huecos en los troncos de los árboles simulaban fauces abiertas, y al fondo figuraba una criatura monstruosa que según ella era un oso.

—Tú me das miedo —fue la críptica respuesta antes de volver a su labor. Aquella noche, cuando salió al baño y golpeó la rodilla contra un objeto desconocido en la oscuridad, Matías comprobó que, en efecto, Ana había remodelado la sala.

A tres semanas del accidente llovía todos los días. En otro tiempo habrían subido al auto para estacionarse en el mirador donde esperaban a que escampara mientras fantaseaban con construir ahí mismo una casa. Planeaban dormir en un ático y trabajar en la enorme mesa que pondrían en la terraza. Otro tiempo… Y es que ahora parecía que cada uno habitaba el suyo. Mientras que él continuaba sujeto al itinerario del despacho, ella ni siquiera reparaba en si amanecía o caía la noche, los colores del cielo no le decían nada.

Matías comenzó a extrañar el viejo auto. El trayecto al trabajo, el regreso, los viajes con Ana al volante o como copiloto. Comenzó a extrañarla.

—¿The Beatles o The Rolling Stones? —le preguntó cuando se conocieron.

—The Kinks, qué aburrido eres —respondió. El momento justo en que supo que estaba enamorado de ella.

Era lo que más escuchaban en el coche. Ahora The Kinks sonaban exclusivamente en el viejo tocadiscos que le regaló Ana en su último cumpleaños, para que aprovechara la colección de vinilos que presumía en las reuniones con los amigos.

My girlfriend’s run off with my car… —tarareó Matías mientras contemplaba la lluvia desde la ventana, añorando volver al mirador. Mientras tanto, ella permanecía de pie junto al artefacto, esperaba a que la canción terminara para devolver la aguja al inicio. Sunny Afternoon en un loop que lo estaba volviendo loco. Estaba a punto de gritar cuando la sintió abrazarse a su espalda. Presionó contra su pecho la mano huesuda de Ana.

—Dormiré cuando escampe —le oyó decir y le creyó porque parecía lo único sensato que había dicho en días.

I’ll remember everything you said to me. Por fin escuchaban otra canción.

LOS SUEÑOS

A Matías le aterraba el hecho tan obvio y terrible de que Ana no pudiera soñar. Estaba habituado a escuchar los relatos de sus sueños que desarrollaban un plot con todo y diálogos. Era capaz de recordar detalles, colores. Sueñas lo que amas o lo que temes, según una novela que había leído, le explicó, y apegada a tal idea analizaba toda creación de su subconsciente. Pero en la etapa del insomnio ese mundo se vio invadido. No tardó en darse cuenta de que ambos planos se mezclaban en la mente de Ana.

—La pesadilla está acá afuera —solía decir en esos instantes en que soltaba frases random interrumpiendo las cada vez más escasas conversaciones. Visualizaba cosas terribles durante los breves lapsos en que dormitaba.

—Soñé que te largabas —le soltó una tarde mientras veían una película. Eligió algo de Kurosawa, lo más aburrido que había experimentado en la vida, esperando que tuviera el mismo efecto en ella.

—Ni siquiera duermes —contestó malhumorado.

—Dormí ayer… o antier, unas horas —balbuceó.

—Soñé que dejabas al gato fuera, en la lluvia —le reprochó en otra ocasión. Ni siquiera tenían un gato, Matías era alérgico.

—Soñé que me estrangulabas —fue la gota que derramó el vaso porque, a partir de entonces, se portaba esquiva y desconfiada. Temeroso de que huyera de la casa, adelantó sus vacaciones para vigilarla todo el tiempo.

Cuidar su insomnio no era tarea fácil. Implicaba, naturalmente, dejar de dormir también. No se explicaba cómo Ana podía hacerlo, a él le salía pésimo. Despertaba sobresaltado después de caer rendido en la mesa, en la sala, en el baño, después de haber soñado que ella escapaba bajo la lluvia. Sobresaltado porque no sabía si tendría la voluntad para seguirla.

LOS OJOS

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Él quería recuperar las pequeñas cosas que surgieron de manera espontánea y se convirtieron en rituales, como mirarse a los ojos siempre que reían. Cruzar miradas de un extremo a otro de una habitación en reuniones, y tender sobre la multitud un puente invisible.

Perdieron ese código desde que Ana no se quitaba las gafas oscuras ni siquiera dentro de casa. Sus ojos, lastimados, no soportaban ningún tipo de luz. Ahora, infranqueable, se había convertido en una especie de diva caída en desgracia que conferenciaba detrás de aquel blindaje a la hora del desayuno, o se enfrascaba en soliloquios insufribles, robótica, insensible.

Frente al espejo de la boutique, Ana se probaba varios pares de gafas. Pasaba de unas a otras con una solemnidad ridícula. Parecía que elegía su mortaja, o algo que encajaría en su rostro para siempre.

—Le va bien cualquier armazón, qué afortunada —la dependienta de la tienda se dirigió a Matías sonriendo. Pero él sentía que compraban una armadura.

La acompañaba todas las mañanas mientras bebía el café. Sentado frente a ella, verla a la cara era ver su reflejo, repetido, estúpido por partida doble, tratando de descifrar si detrás de los cristales sus ojos eran puro odio o, peor aún, si ni siquiera lo miraba.

«¿Hasta qué punto se puede decir que la mirada de un ser humano es algo físico?». Una de las primeras noches, Ana se devanó los sesos hasta recordar en dónde había leído aquello. Sábato, por supuesto. Sentada en la cama, mientras Matías dormía a su lado, pensó en lo mucho que pierde una persona al cerrar los párpados. Justo en ese momento, viéndolo así, tan sereno, no encontraba en él el amor que le provocaba. Comprendió que no podría vivir sin ver esos ojos ambarinos, pequeños, donde lo importante no era la profundidad sino, como al asomarse a un estanque, contemplar el reflejo que el agua devuelve. La inmensa tranquilidad de saberse ahí.

Entonces lo despertó con un codazo en las costillas.

—Mírame —le pidió sin darle tiempo de desperezarse.

Pero en la oscuridad de la habitación, Ana fue para Matías una voz hueca y sin inflexión, una silueta, un fantasma.

EL ROSTRO

En una ocasión la sorprendió frente al espejo del tocador, mirándose iluminada por la flama de un encendedor.

—¿Te has vuelto loca? Vuelve a la cama.

—Pensaba en lo poco que conocemos nuestro propio rostro. Está ahí, todos los días, cuando nos lavamos los dientes o nos peinamos frente al espejo. Esta cosa tan cotidiana e increíble que encierra el mundo al revés, el único sitio donde somos auténticos —le decía sin apartar los ojos de su imagen—. Un día, compartía el asiento del autobús con una mujer mayor. Parecía cansada, hasta triste. Le sonreí, según yo con empatía. Pero al ver mi reflejo en la ventanilla, tenía tremenda cara de cretina, un dejo de superioridad injustificado, involuntario. Te juro, Matías.

—Ana, mañana hablaremos de eso, vuelve a la cama.

—Las pésimas fotos de documentos oficiales nos causan tal repudio porque no soportamos la realidad, es peor que encontrarse desnudos. ¿Esa es la pinta que tenemos al caminar por la calle, así nos ve el mundo? Qué horror…

La sonrisa enorme de Ana duró dos segundos antes de abrir paso a un rostro que él desconocía, como si llevara puesta una máscara inspirada en la terrible fotografía de su licencia de conducir.

Matías comenzó a pensar que tal vez los seres humanos almacenamos una serie de expresiones limitadas, moldeadas por la rutina. Ana era la primera y la última imagen del día. Le sabía cada guiño, mueca, podía adivinar qué cara pondría ante cualquier situación. Ahora no podía acostumbrarse a verle una sola expresión, a aquel parpadeo como en cámara lenta, a la sonrisa que se quedaba a medias, a las ojeras, ese cerco hostil en torno a la mirada.

Una vez que te has habituado al rostro de una persona, un nuevo gesto es señal de alerta porque no nos pertenece. ¿Dónde y cómo fue adquirido?

Matías ignoraba que mientras dormía, Ana lo estudiaba. Verlo de tal manera entregado a la nada fortalecía la idea de lo fácil
que sería perderlo. Parecía tan frágil.

¿Era posible que estuviera desvaneciéndose junto con ella? Su cara, que mientras estaba despierto parecía la de un niño, dormido adquiría gravedad. Le fascinaban sus rasgos, que en conjunto creaban su propio juego de luces y sombras. El gancho de la nariz, el filo de los pómulos, la barbilla puntiaguda, los labios delgados, apenas una línea. Pensó que sería sencillo dibujarlo. Con ángulos y líneas era posible construir su imagen, casi en un solo trazo.

Deslizó un dedo desde la frente hasta el mentón, tomándose su tiempo en la curva de la nariz. La belleza es tan simple, pensaba.

EL CUERPO Y LA MENTE

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Una noche lo despertó el sonido del agua corriendo. La encontró dentro de la bañera, con la pijama puesta. La vio deslizarse hasta zambullirse por completo, recostarse en el fondo. La vio cerrar los ojos, cosa que no había sucedido en tanto tiempo.

Aterrado, Matías se apresuró a tomarla por debajo de los brazos y sacarla a la superficie. Recibió a cambio una bofetada.

—¿Qué diablos haces?

—Bañarme —respondió con una calma inaudita.

Él retrocedió y, apoyado en la pared, contempló el extraño espectáculo sin decir palabra. Ana se recogió el cabello en dos trenzas que anudó en lo alto de la cabeza. Arrojó la ropa fuera de la bañera. Nada en ese cuerpo le era ajeno, pero con el paso de los días, comenzaba a inquietarle su delgadez. La ansiedad le afilaba los huesos, la convertía en un arma letal en cada abrazo. Los huesos de la cadera, la clavícula, se encajaban en su carne. Sus ojos parecían aún más saltones y la antes imperceptible asimetría del rostro de Ana quedaba expuesta, revelando la forma un tanto más redondeada de uno de sus pómulos.

Temía que desapareciera. Como si el sufrimiento la hiciera pequeña. El esqueleto, su calavera, le ganaba terreno a la piel. Los párpados eran lo único pesado de ese cuerpo. Se acercó al verla inmóvil, esponja en mano. Se sentó en el borde de la bañera, hundió los pies en el agua, uno a cada lado de la cadera de Ana, le recorrió la espalda de arriba abajo con la esponja. Le parecía macabro el sonido del jabón deslizándose a lo largo de las vértebras. Pronto la cubrió de espuma como tantas veces la cubrió de besos, muy lento, completita. Cuando su mano se deslizó entre los senos, cerca del corazón, Ana la tomó para llevársela a los labios y besarla.

—Si cierro los ojos lo perderé todo —repitió.

LA MENTE DE ANA

Cuando sufres insomnio crees que todo fuera de ti duerme. Que eres el único por completo alerta y te sientes inmensamente
solo. Todo duerme excepto el dolor.

La debilidad del cuerpo te recuerda lo perecedero de la carne.

El cansancio es proporcional a lo rápido que trabaja la mente. El cerebro deja de responder al llamado, la mente ignora el deterioro.

El dolor se convierte entonces en el único conector. Debo sentirlo para no olvidar, no partirme y seguir viva.

LA MENTE DE MATÍAS

Yo qué sé si tenemos alma. Es más, no creo en el alma; creo, al menos, que todos los atributos que le adjudican están contenidos en la conciencia. No hay nada de divino en ello. El raciocinio, la voluntad, la inteligencia, no son posibles fuera del cuerpo. Pero la veo desdoblarse, la carne, vísceras y huesos con que comparto el espacio, simplemente están. Su mente se me escapa, no sé dónde anda, ha emprendido un viaje a un sitio donde no tengo cabida.

Ana cree en el alma. Y atendiendo al concepto más básico que de ella pueda tenerse, me temo que la está perdiendo.

¿LA MISMA MUJER?

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—Te elegí para dormir contigo todas las noches de mi maldita vida —le gritó Matías cuando Ana estaba a punto de cruzar la reja que los separaba de la clínica del sueño.

La vio detenerse y soltar las maletas. Los hombros, por fin en calma, formaron una sola línea que subía y bajaba con su respiración.

—¿Vas a llevarme a casa? —le preguntó sin volverse. Matías corrió hasta ella, se echó la maleta al hombro, la tomó de la mano y la condujo de regreso al auto.

Emprender en sentido contrario el largo viaje que habían hecho hasta ese punto, pensó, era una segunda oportunidad de encontrar en un mismo trayecto otra salida. There’s too much on my mind, cantaba Ray Davis mientras Matías encendía el motor y la miraba de reojo, and I can’t sleep at night thinking about it…

—¿Qué voy a hacer contigo, Ana? —preguntó sin estar seguro de que lo hubiera escuchado.

—Esperar a que escampe —contestó ella; se hundió en el asiento y en un silencio total que al parecer mantendría durante todo el trayecto.

It’s ruining my brain, I’ll never be the same, my poor demented mind is slowly going. Cansado, echó a andar el auto por la carretera. Se concentró en la imagen del asfalto, lustroso bajo la lluvia, y no detuvo la marcha hasta que fue necesario cargar combustible.

—¿Tienes hambre? —le preguntó en la gasolinera, señalando un restaurante con toldo naranja y blanco, tan ordinario que justamente se llamaba, así, Restaurante.

Matías eligió una mesa junto al ventanal, desde donde pudiera vigilar el auto rentado que hacía aún más triste la pérdida del Ford squire.

Pidió café y el mismo desayuno para ambos. Después de ordenar entabló conversación con la mesera. Hacía tanto que no hablaba con nadie algo coherente, llano, sin enigmas, que de verdad lamentó que la mujer tuviera que retirarse.

Ana garabateaba en un cuaderno mientras bebía a pequeños sorbos el café. Ignoró la comida.

—¿Puedo? —Matías se sorprendió cuando ella no se opuso y deslizó hasta él el dibujo—. Vaya… pobres de los niños que tengan que ir a la cama después de ver esto. A la cama sin dormir… ¿Es lo que quieres, mantenernos a todos despiertos? Ya no es divertido.

Ana se encogió de hombros, dejó escapar una especie de gruñido y le arrebató el cuaderno.

—Está nublado, creo que puedes quitarte las gafas.

—Si cierro los ojos…

—Si cierras los ojos —le apretó la mano hasta hacerle daño— volverás a abrirlos y yo estaré ahí. Todo seguirá tal como estaba antes de esta locura —la soltó cuando se dio cuenta de que comenzaba a levantar la voz. Mantuvo la mirada fija en el centro de la mesa. Miró cómo las manos de Ana se apartaban y volvían al mismo punto para colocar las gafas junto a la taza de café. Matías no se atrevía a levantar la vista. Entonces notó las heridas en las muñecas de Ana: había estado rasgándose la piel, ayudándole al esqueleto a salir a la superficie. No se atrevió a preguntar por qué.

—Ya nada duele —le oyó decir, desesperada.

—Eres puro cuento —dijo y, horrorizado, la vio tomar el tenedor y encajarlo en el dorso de la mano izquierda—. ¡Ana, por favor! —alzó la cabeza y encontró el otro rostro frente al suyo. Sintió que estaba delante de un espejo roto. Aquella mujer, esa imagen cotidiana en la que solía reconocerse, encontrarse, estaba hecha trizas.

Los rasgos de tantas, ojos y cabello oscuros, se alejaban de lo ordinario al sumarse a las peculiaridades del rostro de Ana. Cuando sonreía lo equilibraba todo. Pero esa mueca, la ceja levantada, no le remitían a nada relacionado con su vida junto a ella. No la detuvo cuando se levantó de la silla y salió del local. La lluvia se intensificaba. Ana fumaba bajo el toldo, con un brazo en torno a la cintura, moviendo los pies como si pateara una pelota invisible.

Al abrir la cartera para pagar la cuenta, cayó al suelo una tira de fotografías que se hicieron en la cabina de un centro comercial tan sólo meses antes.

La mesera la tomó para devolvérsela, no sin antes echar un vistazo y sonreír.

—Sí, es la misma mujer, ¿puede creerlo? —dijo Matías, mirando a la Ana de las fotos que colgada de su cuello reía, le besaba la mejilla, mostraba la lengua a la cámara, guiñaba un ojo, mirando después a la Ana que detrás del vidrio se adentraba en la cortina de agua, elevaba la cara y los brazos al cielo. La escuchó gritar como si le estuvieran arrancando el alma. ¿No había sido así?

PEORES TORMENTAS

Where are you going I don’t mind, I’ve killed my world and I’ve killed my time, cantaba Ray Davis cuando tomaron el camino que los acercaba a casa. Ana tiritaba envuelta en mantas, hecha una sopa. Matías fumaba cigarro tras cigarro, encendía el siguiente con el que todavía tenía en la boca.

La tormenta no cesaba. Habría sido mejor orillarse y esperar. Pero impulsado por la desesperación y el nonsense de aquella mañana, Matías enfiló el auto rumbo al mirador. Ana gritaba otra vez, ahora aterrada cuando atravesaban la carretera a toda velocidad y un buen tramo en sentido contrario. Se aferró al brazo de Matías y fue liberando la presión cuando comprendió a dónde se dirigían.

Subieron casi deslizándose la pendiente empedrada que siempre hacía crujir su viejo Ford, cruzaron el bosque de pinos piñoneros, y pronto estuvieron en aquel claro bordeado por setos y rocas muy lisas.

Cuando el motor se detuvo, el silencio no logró imponerse. The Kinks y la lluvia lo impidieron.

We are not two, we are one… —tarareó ella. Y fue como pronunciar un conjuro. El ritmo de las gotas se hacía lento mientras el auto se llenaba de humo.

Sin mirarla, Matías buscó la mano de Ana y no encontró resistencia.

—Sabes que no sobreviviremos a esto —dijo ella, por fin Ana, por fin la voz que esperaba.

—Hemos visto peores tormentas —le guiñó un ojo. Sintió sobre su hombro el peso de la cabeza de Ana. Reclinó la suya sobre los cabellos mojados.

Ambos cerraron los ojos. No vieron que un rayo de sol conseguía penetrar las nubes. No vieron que por fin escampaba.


Autores
(Guanajuato, 1984) ha colaborado en revistas como Los perros del alba y Dédalo. Aparece en la antología Una cierta alegría en no saber a dónde vamos: cuento de Guanajuato, 1985-2008.

Para cualquier corredor, llegar a la meta representa no sólo el fin de una carrera específica, sino un marcador en un proceso mucho más largo. En esta crónica, Carlos Atzin voltea a ver el pasado de su madre como maratonista en la década de los ochenta, mientras reflexiona sobre la maternidad, el apoyo a los deportes y el amor.

Mi mamá acaba de salir de cirugía. Son las 12:31 y la acaban de subir a la habitación 1231 del Hospital Ángeles-Metropolitano en la colonia Roma; la hora y el número de cuarto coinciden hermosamente. Les hablo de alguien que lleva acumulando números durante toda su vida. Los ha roto, los ha coleccionado, los ha vencido, los ha hecho coincidir. Es el mismo cuarto donde yo reposé después del quirófano hace unos meses. En la pared sigue la acuarela anónima que muestra una casa en medio del bosque con la leyenda: «the storm is over». Tanto mi madre como yo nos sometimos a los mismos procedimientos: rinoseptoplastia reconstructiva y cirugía endoscópica de senos paranasales. Operaciones que consisten en arreglar el tabique desviado y limpiar toda esa zona para liberar la respiración. Ella debió hacérsela desde hace años: respiraba sólo el 50% en comparación con cualquier otra persona. Una de sus fosas estuvo completamente tapada durante veinticinco años.

Una exmaratonista yace en una cama de hospital: alguien acostumbrada al movimiento casi perpetuo de las piernas está discapacitada hasta para hablar. Estas fosas que ahora están tapadas por dos popotes gemelos y sangre respiraron el aire de la victoria en Long Beach en el 85 y la niebla silenciosa de Hiroshima el mismo año. Estas fosas derrotaron el invierno del Nevado de Toluca durante las jornadas de entrenamientos y también sirvieron de apoyo para que fuera campeona nacional en campo traviesa.

Después de que sus sentidos se establecen en el mundo real vemos juntos el Polonia/Alemania de la Eurocopa 2016. Durante el juego, el narrador Antonio Rosique, surtidor de grandes datos deportivos, nombra una de las cualidades de los polacos: mandar entrenadores de disciplinas olímpicas a todo el mundo. En México, en la época de oro del atletismo nacional, hubo un polaco que tenía la misión de desarrollar a un grupo de atletas para competir en las Olimpiadas de México 68: Tadeusz Kempka. Llegó en 1966 y se le había otorgado un tiempo de treinta meses, pero lleva en tierra azteca más de cuarenta y ocho años. Invirtió la marca histórica de su pueblo: ahora fue él el invasor en tantos pulmones de atletas mexicanos. Al escuchar el nombre en voz de Rosique mi mamá abre los ojos y señala con el dedo:

—Ése fue mi entrenador en el 85 —me alcanza a decir con voz salida del quirófano.

Por esas puertas anchas por donde pasó su camilla, pasé yo también. La única diferencia es que su cuerpo rompió varias metas mientras que el mío nunca ha producido suficientes anticuerpos.

—Voy a regresar a correr, Carlos. Voy a regresar a correr —me dice.

Es el 14 de abril de 1959. El bullicio defeño color sepia de la época nos lleva a una antigua casa en la colonia Tacuba. La ciudad vive el momento alegre de la publicidad: todos los anuncios en clave de danzón prometen curaciones: medias, pomadas, jarabes, jabones, pastillas. Mi abuela, María de Jesús Pedraza Torres, tuvo a mi mamá en su cama sólo con un balde de agua caliente. «Es de la calle, tal vez por eso salió tan vaga», me contó. Ana, se llamaba la partera; y la futura maratonista se llamaría Rosario.

La primera vez que corrió fue del abuso. Tenía cinco años y acompañó a su hermano Javier a la matiné de la colonia. Veían Santo contra el estrangulador. Mientras proyectaban una escena en la que villano rodea el cuello de una mujer y la ahorca, los amigos de su hermano aprovechaban la oscuridad para intentar abusar de ella. Experta en circuitos desde niña, mi mamá corría del machismo sin nombres al machismo paterno. Desde que recuerda, su padre tomaba y mi abuela ha dado preferencia a sus hijos varones. Como una hiedra en el fondo de la casa, el machismo fue creciendo en las paredes y en su familia. Al poco tiempo se mudaron al departamento de la onírica colonia de Lomas de Sotelo. Siempre he querido creer que esa colonia la construyó Kafka en sus sueños: rodeado de sus edificios departamentales, en el centro de la colonia hay un parque y en el centro del parque hay unos juegos y en el centro de esos juegos hay una esfera metálica. Mi mamá patinaba y jugaba canicas, avión y encantados en esas calles laberínticas. Siempre ganaba. Su formación competitiva se iba construyendo a la par que su cuerpo y definió su visión de la existencia así: «la vida será un desafío o no será».

Otras carreras mínimas se dieron cuando iba por la leche y la carne, siempre conseguía los mejores jitomates y cebollas. Hija de un abogado militar y una contadora que trabajaban hasta tarde, tuvo que cocinar desde los once años. Preparaba, cocinaba y servía. Si no hubiese conocido el amor colectivo de anticiparse a la hora de la comida no hubiera llegado plena al espacio individual de los corredores. Alquimista culinaria, descubrí a través de ella que el sazón es una huella digital al igual que nuestros valores.

El problema para los que somos bromistas es que el límite llega cuando ya dijimos algo que hizo daño. Funcionamos como los peores enamorados, los que después del engaño piden disculpas. En el caso de mi abuelo no había ni disculpas ni bromas. Hubo noches larguísimas en las que después de vaciar botellas de Bacardí Añejo con sus amigos oficinistas y de haber jugado dominó, ofrecía una actitud monstruosa con mi abuela. Entre insultos y golpes, mi mamá vio una meta con la leyenda: «no me voy a casar con un hombre como mi papá». Una noche, cuando ya tenía dieciocho, llegó tarde y mi abuelo quiso utilizar el cinturón, el artefacto que impide que los pantalones se caigan pero que no evita la caída de la dignidad. Le agarró el cinturón y dijo: «Basta».

Se fue del departamento una semana. Mi abuela fue por ella a casa de su amiga. Cuando llegó por ella respondió condicionante:

—O le dices a tu esposo que le pare o yo me voy a ir de tu esposo.

Llegó al departamento y el silencio mutuo confirmaba la dicha: nunca más la volvió a tocar.

El ron fue durante años la bebida de los esclavos caribeños. De alguna forma, los alcohólicos son esclavos feroces de sus peores versiones o, tal vez, de su verdadera versión. Al igual que el padre de Octavio Paz en Pasado en claro, mi abuelo: «Del vómito a la sed, / atado al potro del alcohol, / […] iba y venía entre las llamas».

Siempre tuvo que ir al baño o a la zotehuela para cambiarse. Tal vez por eso quiso correr: para moverse sin dejar de ser ella. Comenzó sus primeros trotes cuando tenía diecinueve años. Llegó al deporte por culpa del cigarro. Empezó a fumar cuando entró al IPN, en Zacatenco, a estudiar Ingeniería Química. Un día, mientras iba en el vocho de unos amigos que corrían, prendió un cigarro. Fumaba para sentir la rebeldía más ingenua. Todos intentaron convencerla de que dejara de fumar y lograron que al otro día fuera a uno de los entrenamientos. La pista del poli era de tierra y grava. No sabe cómo les aguantó las vueltas si en cada esfuerzo sentía todos los desechos del tabaco húmedo en su organismo subiendo desde adentro. Al llegar al agotamiento que sigue después del esfuerzo y viendo la pista inhabitada, se dijo a sí misma: «correr no es huir, es enfrentar».

Empezó entrenando diario en Zacatenco para las pruebas de ochocientos y mil quinientos metros. «No recuerdo el nombre de mi primer entrenador pero recuerdo que tenía ojos verdes», me dice. ¿Las pruebas y los dones nos eligen? El desafío de existir consiste en ir descubriendo por qué hacemos las cosas y hasta qué punto nuestro cuerpo y nuestras ideas nos limitan. Mi mamá sabía que pesaba cuarenta y ocho kilos y que su cuerpo era incapaz de lograr algo trascendente como velocista. Para obtener la potencia y la explosión requeridas para pasar cien metros en menos de diez segundos se necesita un cuerpo abundante. Los velocistas son seres del aire y los fondistas pertenecen más al suelo, al camino que van formando en cada trote. La zancada para ambos es vital: imposible que un velocista tenga la zancada corta del maratonista. «Aguantas mucho», le dijo el entrenador de ojos verdes. La resistencia siempre ha sido facultad de muchas mujeres: soportar el dolor de tener un hijo les ha dado evolutivamente un umbral del dolor más amplio.

El primer año de la universidad entrenó con él y obtuvo la condición física necesaria para recorrer toda la unidad Zacatenco cuatro veces en un día. El circuito consiste en tres kilómetros. Aunque sus primeros tenis eran de mezclilla con base de plástico y el pie se encogía con cierto dolor, con ellos logró dejar el cigarro para siempre y se hizo partidaria de una condición que los corredores gozan: su esencia es más visible contra el viento. En ese primer año logró ir desde el IPN hasta las antenas en el Cerro del Chiquihuite y regresar (dieciocho kilómetros). Desde el monte que alberga toda la comunicación de tele y radio abierta del país confirmó que el suelo debe respetarse.

Para el segundo año estudiaba por las tardes y entrenaba en la mañana. La realización personal es cuestión de ir subiendo de nivel como en un videojuego y de evolucionar a la manera de un pokémon. Hay deportistas que funcionan cambiando de entrenador a cada rato y acumulando aptitudes y defectos de los que van dejando. Hay otros que prefieren el anhelo de estabilidad de los románticos: un solo entrenador para siempre. Aunque tuvo alrededor de cuatro entrenadores se hizo con el profesor Fernando Chávez Téllez. «Vi a Maricela Hurtado en una carrera en el Comité Olímpico y dije: quiero ser como ella. Después de la competencia me acerqué a su entrenador, el profesor Chávez, y me citó en el Sope en Chapultepec», recuerda. La aceptó y junto con otros corredores fundaron el Totocani: un grupo de atletismo que entrena ahí y que hasta la fecha y al mando del profesor sigue formando corredores de todo tipo. Ahí se hicieron corredores de la talla de Maricela Hurtado (dos veces ganadora de la Maratón Internacional de la Ciudad de México en 1984 y 1985, y medalla de plata en diez mil metros en los Juegos Centroamericanos de 1986) y Gerardo Alcalá (plata en los Juegos Panamericanos de Caracas en 1983 y también ganador de la misma maratón en 1984).

En esa época llegaba a las seis de la mañana en el Bosque de Chapultepec. Entrenaba en ayunas y tenía que correr en una hora doce kilómetros. «Quiero ser Rosario Ávalos: tengo que ser Rosario Ávalos», se decía. Para 1980, la UNAM era una élite en atletismo de pista y campo traviesa, mientras el IPN estaba más rezagado. En sus primeras competencias de ochocientos y mil quinientos, dos espaldas de la UNAM le hicieron saber que estaban ahí para nunca más verlas adelante. Las corredoras de la UNAM, Susana Herrera y Verónica Villaseñor, le ganaban siempre; para ella, al igual que Harold Abrahams en Carros de fuego, el segundo lugar confirmaba la inexistencia. La derrota logra en los necios un efecto que desafía la locura que significa predecir el futuro. «Era más sencillo de lo que parecía: ellas llevaban más kilómetros adentro», me cuenta. Desde hace mucho comprobé que la manía que tengo de hablar solo proviene de ella. Escucho sus monólogos en la cocina, en el jardín, en la tumba del perro, frente a la lavadora. Su voz apacigua las cosas: la voz de muchas madres apaciguan la realidad. Se repetía varias veces: «el próximo año les gano», para apaciguar su futuro.

Y entonces ocurrió una verdadera acción de alto rendimiento: enamorarse.

«La conocí en el laboratorio de química. Paradójicamente, yo era el que llegaba corriendo a las prácticas. Buscaba sentarme cerca de ella porque desde que la vi me llamó la atención su jovialidad (y obvio también sus piernas). Mi timidez la heredé de un hogar donde el silencio sólo se veía interrumpido cuando mi papá practicaba la guitarra. Vivíamos de su instrumento: le daba clases a un hijo de Díaz Ordaz y era concertista. Hijos de un huérfano de la Revolución, en mi familia sentíamos que el escándalo ya se había quedado ahí. Por esos años, Rosario estaba leyendo La náusea de Sartre y andaba con el profesor; yo salía con una de sus compañeras corredoras, Enna Guevara. Mis nervios crecían como la espuma de los experimentos cuando estaba cerca de ella. Yo estudiaba la entropía mientras Rosario se preguntaba por qué lo que va dejando el tiempo nos rebasa y hasta nos da asco. Coincidimos una noche en una fiesta por el centro. A mí me había plantado Enna porque, como no éramos algo formal, salió con otro. Estaba en un rincón, muy apagado, preguntándome qué había hecho mal y se acercó Rosario después de una linda batalla de miradas. No le ganaba al tiempo pero sí a mis ojos. «¿Qué tienes? ¿Qué pasó con Enna?», me preguntó. No usaba brassier y siempre traía la boca pintada. Yo sabía que había salido con muchos otros y que tantos más la deseaban. Al igual que ella, a mí también me conforman los retos. Ha sido el reto más grande de la química: ¿cómo hacer las reacciones adecuadas para que me ame? Después de platicar en la fiesta, me invitó un café. ¿Un café a las doce de la noche? Ja. Terminamos besándonos en el vocho que me prestaba mi hermana, detrás de unos tacos en Sotelo, su colonia. A partir de ahí las reacciones se consolidaron. Íbamos por helado después de clase, por malteadas. La iba a ver entrenar a la pista. Logré superar la meta que significaba la aceptación del suegro. No fue tan difícil: mi dedicación al estudio, mi formalidad y todo el respeto que hasta el día de hoy le tengo a mi esposa se notaban. ¿Sabes cómo nos hicimos novios? Le fui a comprar unas rosas, las puse en un matraz y pasé por ella el 11 de abril para ir a correr al Ocotal, el circuito boscoso en Cuajimalpa. Antes, el sendero por el que ahora corre la gente era verde y alfombrado con musgo. Las hojas vibraban, los troncos enfilados escondían reflejos y secretos. Cuando llego a ir todavía veo fantasmas del pasado. Esa vez llevé el vocho porque casi siempre nos íbamos en un camión viejísimo y rojo que salía de Tacubaya. Parecía que íbamos a una provincia lejana: de hecho ir a Cuajimalpa antes significaba ir a un sitio artesanal, pueblerino. Ahora vivimos a cinco minutos del bosque que pertenece a Slim. ¡Ya me acordé! Una vez fuimos y nos perdimos por ahí después de correr y cuando regresamos por nuestra ropa ya no estaba y nos dejaron en calzones. Aun así: entre los árboles y la niebla fundamos lo que hasta ahora somos. La última imagen que tenía en esa época antes de dormir era Rosario, Rosario corriendo en el bosque», cuenta Ricardo, mi papá.

Mi mamá corría para enfrentar al tiempo y escribía cartas para curarse de él. Durante el primer año de noviazgo le hizo llegar a mi papá muchas cartas. Titulaba sus notas. El ritmo de los golpes de la escritura queda como un trote sobre la página. Transcribo:

9 de agosto de 1980
Ricardo:
[Esta noche]
Yo pensé que la soledad
era mi vida.
Esta noche sólo soñé
que tú estabas conmigo.
Esta noche te sentí
y es porque te necesito.
Esta noche comprendí
que desnudos somos libres.
Esta noche alcancé algo increíble
al saber que te quiero,
que te necesito.
Tu cuerpo, todo tú significas
algo que nunca pensé sentir:
amor.
Esta noche mi mente
sólo repite tu nombre.
Esta noche te la brindo.
Esta noche es tuya: tómala.
Esta noche quisiera gritarle
a toda la humanidad:
«el saber que te quiero es vida».

1981. Termina la primera etapa del entrenador Chávez con la hazaña: en Zacatecas se hizo campeona nacional en campo traviesa, prueba que consiste en recorrer dos mil metros. Una ruta donde la naturaleza es más rival: la ondulación y las elevaciones del suelo y la maleza irregular resultan factores oprimentes. Sólo alguien que vivía en un departamento tan pequeño podía ser la primera a campo abierto. Entrenó durante meses intensos enla altura y la espesura de los bosques: en el Ocotal, en el Monte de las Cruces y en el Nevado de Toluca. El aire frío era analgésico para los bronquios, que son árboles del cuerpo; fortaleció sus tobillos hundiéndolos en las aguas de las lagunas; amplió su zancada al saltar troncos partidos por los rayos y su respiración se afinó haciendo el amor en las noches del volcán. Mi abuela dice que mi mamá es de la calle pero a mí me parece que es del bosque. Los recorridos eran tan pesados que muchas veces vomitaba del esfuerzo. Tenía que correr al día veinticinco kilómetros. El apoyo también se dio desde su alimentación, pues estaba prohibido el cerdo, las grasas y el refresco. Al igual que Antoine Roquentin de la novela de Sartre, a los corredores les importa de más el problema de la existencia frente al tiempo: «Así es el tiempo, el tiempo desnudo; viene lentamente a la existencia, se hace esperar y cuando llega, uno siente asco porque cae en la cuenta de que hacía mucho que estaba allí», escribe en su diario el protagonista de La náusea. La resaca de soledad de Antoine contra la resaca de kilómetros de mi mamá.

Para este año, en otra carrera vio al grupo que entrenaba el checoslovaco Josef Odložil (plata en mil quinientos en las Olimpiadas de Tokyo 65, récord del mundo [5’01] en 1965). Junto con Enna Guevara y Ricardo Cuéllar formaron un grupo de altísimos esfuerzos. Entrenaban en el Instituto Nacional del Deporte que tenía sede en el Antiguo Colegio Militar, por el metro Popotla. Es el antecedente directo de la CONADE (Comisión Nacional del Deporte). El instituto lo fundó Luis Echeverría para que se hiciera cargo especialmente de fomentar el deporte y promover el mejoramiento físico a la par de elaborar la programación deportiva nacional. Fue el segundo intento integral para crear atletas olímpicos —el primero fue el INJUVE (Instituto Nacional de la Juventud Mexicana) creado por Miguel Alemán.

«Al inicio, Odložil no quería entrenarme. Decía que no tenía el nivel y que aunque me hiciera la prueba no la iba a lograr», recuerda. La prueba consistía en ochocientos metros (dar dos vueltas a la pista) a todo lo que da el cuerpo y acabar en menos de tres minutos. Tenía que ser velocista en esta ocasión para que la meta de ser fondista no se alejara más. Cuando terminó la prueba vomitando a un lado de la pista, Odložil dijo: «No está mal. Ven el lunes».

Cayó en el suelo para confirmar el método del checoslovaco: «Aquí entrenamos hasta caer».

Para ese entonces tenía que acumular alrededor de ciento veinticinco kilómetros por semana. Seguían yendo al Ocotal: el origen del amor de mis padres y el camino irregular hacia las medallas. En cada pasada se escuchaba una voz checoslovaca: «¡Es a cuatro minutos el kilómetro!». Un atleta de la nación de Kundera contradecía la levedad del ser con resistencia. Los corredores de fin de semana logramos terminar el primer circuito de cuatro kilómetros en unos veinticinco minutos. Ella lo acababa en quince y lo hacía cuatro veces. Acumulaba kilómetros y dolor pero no lograba llegar en primero todavía. En La Carrera de los Barrios llegó en noveno y en una salida a Xalapa llegó en tercero, en mil quinientos metros. Ahí no terminaba la tempestad: hacia 1981 el gobierno decidió eliminar el programa para crear otro y Odložil regresó a Checoslovaquia. La administración nacional ha consistido siempre en un ciclo burocrático de creaciones institucionales para que funcionen como hechos presidenciales. Se crearon cuatro nuevas instituciones más antes de la actual CONADE. Aunque Odložil se haya casado en la catedral del Zócalo con la hermosa y multicampeona gimnasta Vcˇra Cˇáslavská no pudo juntar a mi mamá con la victoria.

Y así regresó con el profesor Chávez.

Mi mamá, al igual que Flash, siempre supo por quién corría y por eso ganó el primer maratón que corrió. Fue en 1984 en la Ciudad México. El premio era un boleto directo a la Maratón de Nueva York. Pero hubo una corredora que rompió el listón de la meta antes: Florentina Calimbres. Tanto ella como yo creemos firmemente que la tecnología no le resta picardía a ningún deporte y sólo aumenta la posibilidad de la trampa. Aunque la mala jugada de meterse por el kilómetro veinticinco estaba hecha por Calimbres y las autoridades decidieron descalificarla, no pudo conocer la calle donde mataron a John Lennon. Como era una carrera con patrocinios no quisieron inmiscuirse en malentendidos y decidieron no dar el viaje. Con 3:07:33 terminaba los cuarenta y dos mil ciento noventa y cinco metros emulando el recorrido olímpico del 68: Zócalo – Insurgentes Norte – Indios Verdes – Insurgentes – Polanco – Reforma – Condesa – World Trade Center – Insurgentes Sur – Estadio Olímpico Universitario.

En El Universal, el lunes 20 de agosto de 1984, la noticia salió así: «”No la vimos al inicio, ni durante la carrera; no entiendo cómo nos ganó”, exclamó toda sorprendida Rosario Ávalos cuando se le dijo que era segunda y que la primera que había llegado era Florentina Calimbres. Enseguida se dio a conocer el reporte de los jueces, donde se descalificaba a Florentina y se daba a como triunfadora a Rosario, quien ganó el boleto al maratón neoyorquino de octubre próximo.»

Juan Villoro dice que los delanteros brasileños sonríen ante la tempestad cuando fallan un gol como si el destino se los estuviera debiendo. La victoria no llegaba formalmente: mi mamá había anotado pero en el marcador no apareció el gol y seguía sonriendo. Ronaldo, Rivaldo, Romario, Ronaldinho: Rosario. La R de la resistencia juega del lado de los que sonríen y han acumulado las fallas que nadie celebra. Sería 1985 el año más prolífico y enriquecedor de su carrera. Después de cinco carreras en las que llegaba en segundo o en tercero y de haber ganado una media maratón de renombre (la de Ixtapa Zihuatanejo) tuvo que ser en el mar helado de Long Beach donde se consolidara su primer lugar en una maratón con un tiempo de 2:44:59. La primera maratón celebrada en la orilla californiana la ganó una mexicana. Y ahora sí: kilómetros adentro, la corredora acumuló distancia para curarse del tiempo. A diferencia de los cocineros, que son los que comen al último, esa vez llegó en primero.

«Como era febrero, el clima se portó bien: nos mandó nubes y aire templado. La gente estaba eufórica, con globos de colores y matracas. Creo que en las bocinas habían puesto a Mozart y así me concentré más en mis desplantes. Luego vi a Ricardo entre la gente y me avisó como por el kilómetro veinticinco que ya iba hasta adelante. Ni me di cuenta cuando me quedé sola. Mantener la primera posición en una maratón es complicadísimo. Rodolfo Gómez en las Olimpiadas de Moscú no pudo hacerlo y es Rodolfo Gómez. Él mismo me contó una vez: «los científicos aseguran que el hombre sólo puede correr con el cuerpo hasta 35 kilómetros y el resto se corren desde la mente o de eso que llaman el alma». Romper ese listón fue romper mi propio récord y por fin entender lo que se siente ganar. Tuve que aguantar el dolor que nace, crece y te oprime desde el centro del cuerpo. El abdomen se pone tieso, las piernas se empiezan a envarar. Sientes que te secas y los calambres acechan mientras el tiempo es un león a tus espaldas. Se requiere de una mentalidad que ayude a zafar la presión y el dolor y las ganas de orinar. Muchos corredores se orinan en su propia marcha pero yo nunca pude: además se mojan los tenis y pesan más. Todo fue gracias a mis entrenamientos con el profe Chávez: me hidraté con electrolitos días antes, dormí bien, comí bien, estaba con la persona que amo. Amar también es cuestión de entrenamiento. Por eso creo en los dones: de alguna forma el don es algo que uno construye en los entrenamientos. No sólo en el atletismo sino en todo aquello que uno quiera hacer. Entrenar es construir tu don», cuenta mi mamá.

Por haber ganado esa maratón y haber roto su propia marca, fue seleccionada nacional. Ella, junto con Maricela Hurtado y María del Carmen Cárdenas, eran las mejores maratonistas del país en 1985 y por ello fueron enviadas al Mundial de Maratón en Hiroshima. Desde el avión veían las montañas blancas: la irregularidad de un presagio. Al llegar a Tokio tomaron el tren bala a Hiroshima: la resistencia mexicana estaba albergada en la velocidad japonesa. Al otro día de la llegada fueron al Memorial de la Paz. El cielo estaba nublado como se nubló la mañana en Pearl Harbor cuando los zeros nipones despertaron al gigante. El silencio y la niebla han gobernado la zona desde que de un solo tajo el hongo diluyó sus voces y el resplandor morado volatizó todos sus cuerpos.

Todo resultaba para ella una preparación para los Juegos Olímpicos en Seúl 1988. Antes de la carrera olvidaron un factor clave: la hidratación. Durante la competición lucharon contra la humedad: el vapor se elevaba de nuevo en Hiroshima. Fue desastroso para las tres: Maricarmen llegó en la posición 63, Maricela en la 66 y mi mamá en 70. Era tal la densidad en el ambiente que al final de la carrera todas las maratonistas caían abatidas. En el pasto quedaba un mosaico de ciento dieciséis corredoras acostadas en la hierba. Es la única zona del mundo junto con Nagasaki donde correr es morir: el suelo atómico absorbe en cada paso toda la vida que fue arrebatada por el B-29. Competir en calles post-radioactivas va más allá del alto rendimiento: es encarar la ignominia y el horror, el aire que fue empresa de la muerte.

Para agosto llegó casada a la universiada de nuevo en Japón, esta vez en Kobe. Participaron tres mil doscientos treinta y siete atletas y por México fueron cuarenta. Por primera y única vez dormía en la villa olímpica universitaria. Al ser la única de las maratonistas con una carrera universitaria, tuvo el pase para competir por México. Fue en la pista de tartán, en la prueba de los diez mil, y llegó en penúltimo lugar. «Las distracciones eran más potentes: tenía que trabajar. En lugar de entrenar y entrenar y dedicarle todo el tiempo a mi preparación tenía que trabajar. Una beca. Una beca hubiera estado excelente pero en toda mi carrera nunca tuve una. Los de pantalón largo siempre están pensando en sus intereses mientras los atletas tienen que trabajar en lugar de entrenar. En la universiada nosotros mismos mandamos a hacer nuestros uniformes. La respuesta era la misma: «no hay presupuesto». Los americanos o los alemanes pasan toda la temporada dedicándose sólo a su entrenamiento. Un atleta a nivel olímpico requiere más de ocho años de preparación. ¿Qué iba a lograr si no entrené y descansé como debe de ser para el alto rendimiento?».

Su necedad logró que ganara los diez mil con un tiempo de 37:00 en la Escuela Superior de Educación Física, donde se disputaron los selectivos para los Juegos Panamericanos en República Dominicana. Pero la tempestad es puntual: no la llevaron porque «dudamos que puedas hacer un buen tiempo allá», le dijeron los directivos de la federación. Mientras a Japón los directivos llevaron a sus esposas e hijos a los mejores hoteles, los atletas iban sin entrenador porque «no hay presupuesto». Las réplicas del temblor que devastó la ciudad llegaron a mi mamá antes de que ocurriera: al no ver su nombre en la lista de los que irían, el corazón empezó a agrietarse a pesar de estar muy bien ejercitado. Su preparación para ser una atleta olímpica estaba a dos años de concluir. Necia, afortunadamente, siguió entrenando. Estuvo unos meses con el polaco Tadeusz Kempka, que le ha dado a México nueve marcas mundiales. En febrero del año siguiente al temblor, corredores de todo el mundo se unieron y organizaron una carrera internacional para recaudar fondos. Ese día llegó en cuarto porque sintió una náusea distinta, un pellizco abajito del estómago que se amplió al cruzar la meta: llevaba cuatro meses de embarazo de mi hermano mayor. «Si tú no hubieras llegado hubiera ido a Seúl y nada de esto habría pasado», le dijo una vez que se enojaron.

La vida de mi mamá cambió al subirse a dos vochos. Uno lo llevó a ganar una maratón en otro país y el otro le trajo tres hijos y treinta y un años de matrimonio. Aunque después de la llegada de mis hermanos y yo el listón de la meta ya no aparecía, nunca dejó de alzar los brazos: cuando se casó, cuando nos tuvo, cuando hizo su primer rollo de carne, cuando salió mi abuela de terapia intensiva, cuando salí de cirugía. Ahora que salimos de la suya hace lo mismo. Si bien los corredores parece que siempre están huyendo de algo, ella dejó en claro que no huía: enfrentaba.


Autores
(Toluca, 1991) estudió Comunicación Social y escribe crónica. Fue becario en el área de poesía de la Fundación para las Letras Mexicanas

A Stephanie Sigman

La tarde se acomoda detrás de las palmeras, el sol postra ahí sus codos, bosteza. Su rabia pasa entre los mecates y amarillenta las piernas de Anamar. Pobre Anamar, tan fina en su andadera por Tecún Umán, tan lino su faldón volándose; su pelo aquí y allá, largo, onduladón y negro, cae, insufrible.

Ai va Anamar, «la pobrecita», entre los rieles, con gente que no ubica, con voces que de ella hablan entre dientes; por eso el mar, entonces, azotándose, cuenta da de su tanta agua: ¡calorcísimo calor en la costera!,

Arena en sus dos pies: pobre Anamar, raspadas las rodillas, los tobillos, la boca, la cordura. Va por ai echándose aire pedaleo sin pedal, con su faldita corta, sin importar qué mirón —muy a lo lejos— le mire de reojo la oscura tarde entre sus piernas. ¡Ay, la pequeñita: la pobre Anamar! en su andada, cándida con el mariposeo estomacal, no sabe de los camuflajes detrás de la maleza, de los ojos perversos: —carbones encendidos.

No sabe que ahí, tatuada hasta la angustia y la sonrisa chacal, va el Mara predador tras su conquista como una presa ya apresada por el mar. ¡Síguela! se dice el Mara con sus dos brazos andando, su clavada mirada en las dos piernas siguiéndola. Pobre Anamar, qué sabe ella de las sombras urbanas de la selva, —mansedumbre endemoniada la que habitan los tatuados, lo Satanás que llevan en la sangre, lo Satanás que escupen en el intercambio: maleza por malicia.

Y Anamar, lo linda que va, que es, desmonta, pues, su bicla sin preocupación, entra al chamizo y, en cambio, deja verter agua pa’l calor y los mosquitos. Y mero atrás, en la entrada, veintitrés tatuajes en un cuerpo ya la esperan. Pobre Anamar, ella sola nomás con su beber en las manos, aferrándose al cristal del vaso y de la angustia. Se le va una sonrisa en la boca, el Mara ya está ensombreciéndole la piel y la silencia, le pone un beso que no va, no se acomoda, la pobre asoma una lágrima que rueda en su mejilla. El Mara también trae una lágrima, pero esta ya no rueda, porque piedra es y para siempre: negra tinta, estatuada. Y las dos lágrimas a la par se reconocen, pero pobre Anamar, cómo no supo lo que es atrancar bien la puerta y la niñez, cómo no supo del faldín recortadito y las piernas picoteadas, cómo no supo que así causa efervescencia en los riñones de la selva, en la infectada Mara del muchacho: manchado hasta la sombra.

Pobre Anamar, pobre su corazón todavía latiendo. El tatuado trae las garras de un diablísimo tigre en su espalda ancha y Anamar lo sabe ya casi yéndose pa’l otro lado y no del río.

A su oído, el Mara le acerca la voz y le murmura: «mirá, es un tigre que no muerde». Y le clava un filoso diente de metal en el abodmen mientras llora su pequeñísima, su cortísima vida. La pobrecita, ya inmóvil, ya, pues, lejos de casa, apenas logra resbalar otra lágrima del ojo y se le queda tatuada para siempre, negrísima, muy cerca, muy hondo de su corazón.


Autores
(Tuxtla Gutiérrez, 1985) es comunicólogo, actor de teatro y poeta. Es autor de bérsame, Solana y Ciervos, entre otros. Actualmente es becario del FONCA en el periodo 2018-2019.

Hablando del Cangrejo, querido niño… ¿sabías que sus pinzas son así sólo por ti?

Su forma es el fruto que cae de un árbol; el árbol sale del amor entre la Gravedad y las curvas del mundo por el que hoy resbalas contento.

Pero ese amor es más que sonrisas entre una pelota y una señora invisible. También hay que tomar en cuenta el costal cobrizo donde caben todas las cosas con las que los amantes arman al cangrejo.

Podrá parecerte, la envoltura de un molusco, demasiado brusca y te preguntarás cómo pueden dormir así, con la armadura puesta. Es normal que pienses que es mejor tener piel de niño que piel de cangrejo pero no debes sentir pena por él. Él es feliz siendo lo que es pues no sabe que se puede ser otra cosa.

¿Sabes que un cangrejo es como un suéter tejido por una anciana? Sólo que no está hecho de estambre sino de enlaces químicos que van enredados del cuello unos con otros. Es una familia de enanos bailando alrededor del fuego en un claro del bosque. Cada uno tiene un nombre y una opinión sincera sobre cuál es la mejor manera de asar malvaviscos.

La forma de la pinza es admirable. Quiero que aprendas a verla. No es nada fea, lo que pasa es que tiene un gran corazón, el cangrejo, y su amor se le sale por las pinzas. Parece un gran accidente, tal vez. Una cadena montañosa en un planeta lejano donde todos se odian. Pero esto es porque el cangrejo, te digo, quiere mucho al mundo y cuando lo coge ya nunca quiere dejarlo ir.

Es como cuando yo te agarro y te detengo y te levanto alto sobre el altar de mármol. Recuerda la capilla junto al mar: tenía una cúpula, tenía una bóveda, y su nervadura era tan bella como las pinzas de un cangrejo.

Si el cangrejo te levantara sobre el altar, es verdad, te cortaría en dos —¡snip!—

te cortaría en dos aquí, por la cintura. Pero eso es sólo porque el cangrejo te quiere mucho y te quiere cerca, para poder admirarte. Sabes, su amor viene desde un lugar muy lejano. Viene con demasiada fuerza. Y sus manos cortan. Y tu piel es suave.

Por eso hay que darle las gracias. La forma de sus pinzas es un tributo a tu propia forma, que es divina. Y todos queremos coger a Dios y ya nunca dejarlo ir.

Ahora, mírame bien. Yo también tengo un corazón, querido niño. A mí también podrías aprender a admirarme. Pues cuando te levanto alto y te sostengo mi pulso es firme. El dorso de mi mano es rugoso y cuando oscurece mi puño podría aplastar cualquier pinza. Pero mis palmas son suaves. Sí, mi corazón no es tan grande como el de un cangrejo,pero mis palmas son suaves

Mis manos son así sólo por ti.


Autores
(Canadá, 1976) su último libro es el poemario Blitz.

Tras varios minutos de estar frente al aparador lleno de frascos de diversos tamaños, observando detenidamente el interior del establecimiento, reconoce a otro hombre con la misma ocupación, pero cuya atención se centra ahora en él. Ambos, a una distancia comprometedora, empiezan a realizar movimientos que delatan su incomodidad. Es el del abrigo negro y raído quien inicia la breve conversación:

—El aroma particular de esta calle atrae a cualquiera, a cualquiera que haya perdido a alguien de por vida, quiero decir. A alguien que por más que se quiera o por lo profundo que llegue a ser el sufrimiento, no volverá a aparecerse jamás, al menos no más allá de los recuerdos. Esa esencia es la de la melancolía, ¿no la reconoces?

Tenso, el hombre de la gabardina café carraspea un poco para contestar:

—Durante meses se lo atribuí a mi alucinación, a esa necesidad de encontrar señales por doquier para constatar que en realidad no ha desaparecido, que mi soledad es momentánea y sólo basta mirar hacia el sitio indicado en el instante preciso para reafirmarlo.

—Décadas atrás, cuando el visionario padre de Jean-Baptiste Grenouille la inauguró, su finalidad era luchar contra la nostalgia al duplicar las notas aromáticas de los difuntos, crear lo más parecido a una copia fiel y conmovedora de los que ya no están. La única razón por la que no he requerido de sus servicios es porque el aroma que necesito permanece únicamente en mi memoria y, a pesar de múltiples intentos, no he encontrado la forma de extraerlo, así que me conforto buscando algo similar al consuelo en los rostros de sus clientes.

—No creerías por todo lo que he pasado para llegar hasta aquí, y siento que dar algunos pasos y empujar una puerta es el acto más irrealizable.

—Te sorprendería más saber cuántas personas pretenden vivir con tranquilidad hasta que dejan de ignorar la pesadumbre y se quiebran. Hay quienes incluso afirman que esto sólo es un engaño, pero es una mentira que los acerca poco o mucho a la felicidad. Seguramente en esa bolsa de tu gabardina, de la que no sacas la mano ni por error, traes alguna joya o prenda pequeña que ha quedado impregnada por la mezcla precisa del perfume y la esencia natural de alguien en particular, pero no estás seguro aún de querer ser dueño de esa presencia invisible y penetrante, de saber que con un dedo podrás invocarla y esparcirla por la sala, en tu habitación o donde lo creas irremediable o necesario.

—¿Crees que sea posible imitar el aroma de un hogar fulminado por las llamas de una catástrofe deliberada, alimentadas también por el cuerpo de uno de sus dos habitantes?


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Parece irónico pero si lo analizamos, el elemento más representativo del cine de horror mexicano es el humor. Este rasgo en sus momentos cúspide ha sido provocado y perseguido por sus creadores con una extraña simbiosis entre lo visualmente grotesco y la sátira más incorrecta. Por otro lado, si intentamos enumerar los momentos trascendentes y memorables para el imaginario cultural mexicano, veremos que están poblados por el tipo de humor que brota de lo involuntario, lo extravagante y lo improbable, lo que de manera genérica y sin distinción llamamos kitch.

Bajo ese entendido y dinámica: hablar del terror mexicano —ese estilo súper específico y puntual— con un tono humorístico y anti solemne, cuatro expertos mostrólogos (versados en diversas áreas) han reunido en un solo volumen, Mostrología del cine mexicano, un estudio sobre esta fauna horripilante que habita lo más singular de la cinematografía nacional.
El compendio funciona no sólo como un archivo de películas enterradas en la memoria del cine mexicano, filmes que pocos se han atrevido a explorar, Mostrología del cine mexicano también despierta la curiosidad por revisitar sagas como El santo contra… o joyas que difícilmente podrían encasillarse en un solo género, y que únicamente por el ojo clínico y el tratamiento lúdico de los autores es que llegan hasta las páginas de este ejemplar. Es importante recalcar que este archivo no cumple el papel academista de estudio serio, de hecho, por momentos, la recreación de la sinopsis se convierte en un ejercicio literario de los autores para destacar los rasgos más extraños y chuscos de cada filme. Este recurso confunde, pero siempre divierte.

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Marcos González Ambriz, José Luis Ortega Torres, Octavio Serra y Rodrigo Vidal Tamayo son los autores de esta taxonomía completísima que explora, clasifica, diseca, pero sobre todo se regodea en los especímenes más exuberantes y estrambóticos que hayan sido concebidos para el séptimo arte en México, país contradictorio, violento y burlón que ha convertido el gesto del miedo en una gran risotada siniestra.
El libro está dividido en diez secciones que responden a una clasificación aparentemente meticulosa, pero que en la praxis se desborda, quizá por la fusión de características en varios de los personajes que no logran definirse como una sola cosa, ejemplo de ello son los zombitronics: criaturas que son al mismo tiempo muertos vivientes, experimento científico, máquinas programadas, humanos y animales.
«Alimañas», «Aparecidos», «Brujas», «Chamucos», «Chupasangres», «Electrodomésticos», «Etes», «Humanoides», «Momias» y «Peluches», son los apartados en los que se distribuyeron los monstruos según sus rasgos físicos o rasgos de «crapulencia».
Entre las secciones también se incluyeron capítulos con temas como «Laboratorio: dónde se fabrican los mostros»; o «Dónde viven los mostros», es decir, lugares icónicos del cine de terror como casonas o Acapulco, y también lugares en el margen de lo legal donde pueden hallarse este tipo de películas, por ejemplo el Foro Cultural José Martí (a las afueras del Metro Hidalgo) donde Jorge Grajales, una de las autoridades máximas de cine en nuestro país, organiza ciclos de cine extravagante todas las semanas; «Cuadro de horror de hacedores de Mostros» expone a los cineastas que dedicaron casi toda su carrera a crear monstros para la pantalla grande; y «El Gran Cerebro» que responde al cuestionario Proust. Además de una extensa filmografía y una muy completa iconografía, ya que todo el libro cuenta con un importante acervo visual de fotogramas y carteles de los filmes.

mostros-legal-34-800x521 La cronología del divertido estudio abarca de obras como la La llorona (1933) de Ramón Peón, La momia azteca vs. el robot humano (1958) de Rafael Portillo, La cabeza viviente (1961) de Chano Ureta, El monstruo de los volcanes (1962) de Jaime Salvador, Satánico pandemónium (1975) de Gilberto Martínez Solares, El vampiro teporocho (1989) de Rafael Villaseñor Kuri, hasta Cronos (1992) de Guillermo del Toro, y Kilómetro 31 (2006) de Rigoberto Castañeda, por mencionar algunas de las cintas más representativas.
Este homenaje tuvo su génesis en dos proyectos previos en los que coincidieron los autores, el primero fue la revista digital Cinefagía, cuya labor en sus 13 años de existencia ha sido reivindicar —de alguna manera— el cine de terror mexicano y contextualizarlo desde un punto de vista crítico, lo mismo a otros géneros considerados menores como la pornografía y los videohomes; y el segundo, el programa Paracinema en Pánico TV.
Mostrología del cine mexicano es un libro que se toma muy en serio el cine de horror (tan en serio que se burla porque así somos los espectadores con las películas que nos entusiasman) y entiende la necesidad de explorar esa faceta de la cinematografía nacional que muchos aseguran no volverá, pero que en recientes años ha tenido un despunte interesante en autores como Lex Ortega, Isaac Ezban, Michelle Garza, Xavier Velasco, César García, Jorge Michel Grau, entre otros.
El humor ha sido por excelencia la herramienta crítica del mexicano, pero en el cine de terror —si lo analizamos de manera mucho más profunda— representa siempre la metáfora de complejos y horrores nocturnos, cotidianos y globales que han aquejado a los mexicanos. Creo que por eso es importante acercarse a esta obra, más que desmembrar un ensayo de erudición, impulsa a los lectores a acudir a la fuente, es decir, a las películas que se enlistan para despertar nuevas reflexiones sobre una faceta de la identidad que nos conforma.

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Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).
Billetes de cien pesos. El Informado/Archivo
Billetes de cien pesos. El Informado/Archivo

Amo el canto del cenzontle

pájaro de cuatrocientas voces

amo el color del jade.

 

la primera palabra es

la primera palabra es
todos    .aquí.
ni yo ni hoyo ni fosa
:antes que el cuerpo                    el cuerpo a veces

:antes                                     un significante:

:lo primero que            un signo des

se borra                           plazado
lo primero                       des
es
el nombre
la primera palabra es nómbrame

no yo no hoyo no fosa

nada que se anule
sin yo que busque
sin y
entonces

¿necesitas ayuda? en la sala aquí afuera de
la habitación alguien pregunta y mueve
una escoba, unos muebles, una mano levanta el gesto
todo lo que era mío se pierde en un gemido en la garganta
rota de la dicha todo lo que era mío se agota
en alguien que ofrece ayuda y huy    e
y todo hoyos y todo fosas y to
do
i
do

no necesito que mi hermana se
para saber lo que eso
no necesito saber que
para saber que la hermana de
para saber que alguien

hoyo
alguien
fosa
alguien

quéquiéncuálcómo

ya
que pare ya
el extravío
que par
todos aqu
irem
desaparecie
un acto
simpl

cuánto nada

cuánto me     parece que vivo

se esconde en

me parece que yo

abre de    par en par    y una por una    todas sus heridas
que el eco de un nombre
lo que se abre crezca
que el hambre
como la furia

lo abierto de

un

nombre en su

versión

de piedra
cuántos nombres ya no
van a ser pronunciados nunca porque ya no
vive nadie que
los[1]
 
 

Muchas dudas muchas interrogantes muchas

obviamente siempre están las preguntas
a. qué pasó b. por qué
entre mis múltiples respuestas me encontraba que
/lo tenía borrado en el cassette, eh,
lo tenía pero borrado/
eso también lo recordé hace poco/
que una vez la encontré que estaba rompiendo fotos

y así tenía como

las estaba rompiendo y quemando

fue una imagen muy violenta

y pregunté así muy angustiado

a. qué haces b. por qué las quemas
y me decía

no
lo
que
pasa
es que

seguramente          ya pronto         me voy         a morir

y yo           no        quiero

que         las    fotos

anden                   ro

dan

do

por

cualquier

lado.[2]

 
 

Ceniza constante más allá del amor

Cerrar podrá mis ojos la postrera NO

Sombra

No

que me llevare el blanco día,

No, ni mis ojos ni mis manos ni mis

hoyos podrá cerrar no.

La sombra de ahora No.

Y podrá desatar esta alma mía ¿desatar de qué?

¿al nudo de la mordaza de qué?

¿al nudo con qué miedos?

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

A estas horas, aquí habría que ir a bailar danzón

habría que ir a escuchar los gritos que gritan en el poema de abajo

y dejar mi poema encerrado.

Mas no de esotra parte en la ribera mas no desotra parte

en la que Dejará la memoria, en donde ardía:

mas no desotra parte en la que ardían los cuerpos

y se quedaba memoria,

en la que querían quemar memoria

y quemaban cuerpos

en la que nada nada nada nadar sabe mi llama el agua fría,

qué agua tan agua pero tanta y tamaña tierra para nada,

para tanto perder el respeto a ley severa.

 

Alma,

¿a quiénes todos? ¿un Dios? ¿prisión? ¿ha sido?,

 

Venas,

que humor

a tanto fuego (pero la funeraria era una estafa,

pero la funeraria dejo los cuerpos muertos y les entregó cenizas de qué árbol)

les han dado la tierra la ceniza les han dado pero qué

pero qué tierra

pero qué

médulas pero qué adeenes pero qué análisis con qué

forenses nos han dado            nos han dado la tierra

que han gloriosamente ardido

en qué ceniza nos han ardido

en qué ceniza abuela también

una ceniza es una ceniza es una ceniza

¿pero y los cuerpos?

ellos

Su cuerpo

dejará,

sus cuerpos

no        su cuidado

no        su descuido

no                           .

Serán ceniza

no tendrá sentido

polvo serán mas polvo

amordazado.


[1]A lo largo de esta serie, hay fragmentos de otros textos, principalmente líneas de Néstor Perlongher, Olga Orozco y Sara Uribe.
[2]Este texto está formado a partir de un fragmento del documental Buscando a Larisa (2012), dir. Andrés Pardo.


Autores
Es unx escritorx lesbiana-queer transfeminista. Ha publicado cinco libros de poesía, también ensayos y artículos varios. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2018 y el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes 2017. Es doctorx en Letras Latinoamericanas por la UNAM. Actualmente se dedica al desarrollo de series y guiones para diversas plataformas de streaming y productoras.

«Vivencialmente no hay fronteras en las identidades culturales, sino vasos comunicantes en los gustos y sentimientos». Así explica Héctor Villarreal la afición que se generó en Xochimilco hacia la música norteña. Habitante del emblemático —por pueril— barrio de Villa Coapa, Villarreal ha atestiguado diversos momentos de la fenomenología musical y la manera en que se vive en el sur de la CDMX, antes Ciudad de México, antes Distrito Federal, siempre Defectuoso.

En Crónicas de un televidente, su más reciente libro, dedica un capítulo llamado «Raspando suela y sacando brillo a la hebilla» a los géneros musicales y cómo los vive la colectividad: por un lado, esta relación que ya mencioné arriba, entre la música norteña y el pueblo de Xochimilco (con Alfredo Ríos «El Komander», líder del llamado Movimiento Alterado como uno de los ídolos que llegaron a desplazar allí el auge de la electrónica); por el otro, la explosión reggaetonera en la capital del país, de la mano de Daddy Yankee y su diseminación en lugares como Ciudad Azteca, Los Reyes, Neza, Texcoco, Coacalco, Ecatepec, Pantitlán y Chalco. Esto, mucho antes de que el género permeara en la escena pop y ésta acabara engulléndolo y digiriéndolo, adoptándolo y adaptándolo para sus propios fines (musicales, económicos, etc.).

Ya que menciono los barrios a los que llegó el reggaeton con todo —obligando a que se abrieran espacios para su disfrute— cabe destacar la manera en que Villarreal caracteriza a la Ciudad de México:

«He querido llamar la atención sobre la Ciudad de México en cuanto a su dimensión como zona metropolitana, para reconocerla más como la suma de sus periferias que por sus áreas céntricas, la que se ha trepado en los cerros o que estaba allá desde hace cientos de años como pueblos originarios que se han conurbado en las décadas recientes».

Esa Ciudad de México que está allí, que nos rodea, pero que, seamos francos, desconocemos porque a) nos vale gorro, b) no sabíamos que existía, o c) no nos vayan a asaltar. La que recorremos en automóvil porque qué horror viajar en transporte público (y es que sí: qué horror), y de la que sabemos poco o nada. Las dinámicas en un monstruo corrupto, grisáceo, hostil y maloliente como éste, aparentemente irreversibles, las explica Villarreal con la disciplina académica de un estudioso, el genuino interés del reportero (sin serlo formalmente) y el flow de un güey de barrio que se la sabe.

 

Héctor Villarreal no practica ese manoseado género conocido como periodismo narrativo. No te cuenta historias ni se centra en personajes (aunque me sorprendió muchísimo que mencionara el «Mar de historias» de Cristina Pacheco, crónicas que llama «una maravilla»). Tampoco se coloca en el centro de lo que narra. No es esa clase de crónicas las que se encuentran en este libro. Seco, directo, y con un respaldo en datos, lecturas y caminatas, es un libro que se disfruta, más que nada.

Hipotético flyer de un toquín en Xochimilco, encabezado por El Komander (izquierda), Héctor Villarreal como Zektor01 (al centro) y Daddy Yankee (derecha).  Ilustración: Jorge Flores Oliver, Blumpi]

Hipotético flyer de un toquín en Xochimilco, encabezado por El Komander (izquierda), Héctor Villarreal como Zektor01 (al centro) y Daddy Yankee (derecha).


Autores
(Ciudad de México, 1978). A través del cómic y la ilustración ha encontrado la forma ideal de explorar sus obsesiones: la música, la cultura popular, la literatura, la estupidez humana y el cómic mismo. Es autor de Apuntes sobre literatura barata (FETA, 2012) y colabora en Milenio Diario, Noisey, Letras Libres y donde se dejen.