A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto. Su vestimenta me da mala espina. Mamá dice «el negro es un color elegante. Hay que respetar los gustos ajenos», sin embargo, ella hace lo opuesto con los señores que llegan de visita a escondidas. Aprovecha el viaje a la escuela para exigirnos que seamos diferentes «hombres, no saben ni amarrarse las agujetas». Cuando se hace de noche, el zopilote irrumpe en nuestro cuarto y nos acaricia con un brusco aleteo. Pablo resiste mudo. No logro entender cómo le hace para evitar el llanto o ir en busca de mamá, hasta he pensado que lo disfruta o por lo menos le adormece. Pero el zopilote nunca canta, no como lo hacía mamá antes de apagar la luz. Él más bien tose, en lugar de hablar raspa, sacudiéndose de un ronquido enfermo. Pablo solía ser parlanchín, travieso, inventaba historias: desde el día del accidente no dice ni pío, se orina en la cama. Para mí que el zopilote lo tiene amenazado. Conmigo trató en el velorio: esa tarde me siguió hasta la casa. Desde que llegó a nuestras vidas escuchamos el llanto de mamá por todas partes; incluso, en algunas ocasiones, Pablo y yo jugamos a pegar nuestras orejas sobre la puerta nueva de su recámara —la puerta anterior la rompieron los vecinos cuando intentó colgarse del armario. Será cuestión de unos días para que nos adiestremos a las prácticas oscuras del zopilote. Su abrazo seco nos arrulla en la sala, donde se encuentran, desde hace tres meses, las cenizas de papá.
La familia se enfureció conmigo el día que invité a Verónica para jugar después de la escuela. No pedí permiso y avisé 10 minutos antes de su llegada. No sabía que estaba mal. Ningún compañero de la primaria me había visitado antes. Ella vivía en la calle 523 y yo en la 517, pertenecíamos a la misma colonia, pero nos separaba un camellón al que llamábamos «el bordo» —un corredor de árboles secos y pedazos de pasto que conducía a todas las primarias de la zona. Le pusieron ese nombre porque los vecinos aventaban su basura y, como nadie la recogía, se hacían charquitos de cochinada por toda su extensión. Cada mañana teníamos que caminar por el bordo para llegar a la escuela y no había niño que no entrara al salón de clases con el estómago revuelto. Lo más importante era que el bordo delimitaba a los amigos de la calle y precisamente Verónica pertenecía al otro lado.
Mi abuela era la dueña de la casa, dentro daba alojo a hermanos suyos, hijos y nietos, éramos más de 14 personas en un espacio construido originalmente para cinco y, aunque los vecinos vivían igual, daba pena reconocer que compartíamos, apretados, cada centímetro. Las casas de la colonia tenían falsas aspiraciones de clase media. Las fachadas estaban bien, pero los salarios no estaban al nivel de su inicial arquitectura y dentro de cada casa había un mundo.
Tampoco sabía qué tan importante era dar una buena impresión cuando llegaban las visitas, por más pequeñas que éstas sean. La organización para limpiar fue rápida. Las mujeres empujaron la basura debajo de los muebles, edificaron una única pila de trastos sucios, limpiaron la mesa con una pelusa gigante, redecoraron la pila de papel higiénico que se desbordaba en el bote del baño y tallaron las costras de mugre en el patio mientras refunfuñaban, furiosas, la llegada de mi amiga. Los niños, incluso las moscas, desaparecimos de su vista en un segundo.
Quedé de ver a Verónica en la panadería que me quedaba a unos pasos. Llegó puntual a nuestro encuentro. Estaba nerviosa de llevarla a la casa. Pensé que la familia a veces era un par de calcetas blancas, bastante percudidas y resbaladizas que llaman la atención de todos, y no sabes dónde esconder porque la falda de tu uniforme no es lo suficientemente larga.
Entramos por el portón negro del patio y daba la impresión de que alguien había sacudido la casa fuertemente. El desorden habitual había regresado: los materiales de limpieza estaban regados en el suelo y la familia gritaba histérica. La tía Mari volteó hacía nosotras y chilló: «Todo por tu pinche culpa». Tardé unos segundos en entender que el mensaje era para mí. Por un momento creí que le gritó a mi amiga, porque en casa no se usaban groserías con los niños, pero Verónica no sabía nada de eso. Mi tía volvió los ojos a la abuela que estaba tendida sobre el suelo y emitía un runrún de robot que no paraba. Mi tía Mari la sacudió por los hombros, pero la abuela no se inmutó, estaba trabada.
La abuela, además, era muy gorda. Los primos calculamos que pesaba más de 1,000 kilos. Entre los tíos la cargaron, la echaron en la camioneta y se la llevaron de emergencia al Hospital de la Raza. Desde que la camioneta arrancó tocaban el claxon más histéricos que nunca para que nadie se interpusiera en el camino, aunque la calle estaba vacía. En teoría el tío Diego se quedaría para cuidarnos, pero aprovecho la ausencia de mi tía Mari para irse con una muchacha a quién sabe dónde.
Cuando las cosas se calmaron, los primos nos reunimos en el lugar del accidente: el lodazal del patio donde la abuela se había resbalado. No hay sangre, no más se pegó en la cabeza, dijo uno. Nos dejaron solos, dijo otro, y uno de los bebés comenzó a llorar por su mamá. Éramos siete niños y por primera vez nos encontrábamos sin un adulto que nos cuidara. Tú la mataste, ¡por tu culpa se cayó!, dijo Omar, el más grande de los primos, y yo también me puse a llorar. Estuve a punto de echarme a correr por la calle pero Verónica me tranquilizó y dijo que mi crimen no era tan grave. Una vez en mi casa se pelearon porque sólo había una cebolla para comer entre todos, me contó.
Sara y Omar, que eran los primos más grandes, nos gritaron como si fuéramos soldados y nos pusieron en fila india, incluyendo a Verónica. Puntualizaron que ellos, como cabos al mando, tenían el cometido de dividir la herencia de la abuela, aunque todavía no sabíamos si seguiría viva.
Marchamos a su habitación mirando todo como por primera vez. La abuela era la única persona en la casa que no compartía la cama con nadie y cuando accedíamos sin permiso nos daba catorrazos. El cuarto guardaba cierta armonía en tonos amarillos, tenía cierto olor a medicinas, humedad y frutas fermentadas. Sacamos todas sus cosas y las extendimos en el patio, aún mojado, para clasificarlas. Se repartieron las joyas, el dinero y los perfumes entre los grandes. A los más pequeños les dejaron las boletas endeudadas del Nacional Monte de Piedad, una bacinica metálica que todavía era útil para un par de bebés y fotografías viejas para recortar. A Verónica le heredaron una maleta negra de rueditas para el regreso a su casa que, si bien estaba a quince minutos, estaba más allá del bordo. A mí, que era la asesina, me dejaron las estampitas de santos, el retrato gigante de la virgen que estaba en la pared y las veladoras, para que Dios me perdonara.
Empezó a oscurecer y teníamos hambre. Los primos grandes cocinaron quesadillas y vasos de chocomilk para ellos, y a nosotros nos dieron las sobras de lo que prepararon en la estufa. Si queríamos más comida teníamos que ser sus esclavos. Y teníamos prohibido sentarnos. Permanecimos hambrientos y de pie varias horas. Como los bebés no dejaban de llorar se les permitió el biberón. El tío Juan llamó a la casa para preguntar cómo estábamos y Sara dijo que bien, que todo en orden. Mientras Sara seguía en el teléfono, Verónica y yo nos escapamos de su vista y subimos al cuarto de la abuela. Colocamos las veladoras encendidas en cada esquina para que mi salvación diera inicio. Dios me tenía que perdonar por el probable asesinato de mi abuela y porque Verónica y yo estábamos planeando una venganza contra mis primos por tratarnos tan mal esa tarde.
Llamamos a la Paquita, la hermana menor de Omar y Sara, y le dijimos que daríamos un paseo. La metimos en la maleta negra y la arrastramos por la calle. Pensamos que la maleta le quedaba grande, pudimos haber metido al otro nene. En pocos minutos llegamos al bordo y ahí la dejamos. Cuando regresamos a la casa, el cuarto de la abuela estaba en llamas. Mis primos estaban llorando, pensaron que nos habíamos quemado. Una vecina llamó a los bomberos. Otros vecinos llevaron cubetas de agua y las aventaron a la habitación. Parecía Sábado de Gloria. Ese fuego, que nos ardía en las mejillas, estaba limpiando, tal vez por primera vez, el cuarto de la abuela.
Más tardaron en llegar los bomberos que mi familia, incluyendo a mi mamá que había estado trabajando fuera todo el día. Les dijeron que todos estaban a salvo en el patio, excepto la pobre Paquita, que se había quedado en el closet del cuarto de la abuela, según la versión de los niños. Mi tía Mari entró aún con el fuego, buscando a mi prima entre madera encendida. Verónica y yo corrimos al bordo por la Paquita pero la maleta y su contenido ya no estaban donde las dejamos.
Cuando cesó el fuego no encontraron rastros del cuerpo de la niña. Mi tía se había quemado en balde. ¿Y dónde está? Fue la pregunta que duró por meses. Los adultos se culparon por dejarnos solos. Sentí pena de ver cómo se desgarraban de dolor por la Paquita y la impotencia que les provocó saber que la policía no fue de ayuda. Me pregunté si una persona de apenas un año, con la que convivimos muy poco, podría causar tanto dolor, como se veía en la cara de los adultos. Les recomendaron, me enteré después, que no movieran las cosas o se pondría peor.
Ninguno de los niños supo responder dónde quedó la nena, si salió, si se la llevó el roba chicos, etc. Las entrevistas que los adultos nos hacían eran largas, tediosas, repetitivas. La tía Mari insistía en hacerme preguntas todos los días, pero mis tíos le pedían que me dejara en paz. Sentía cómo sus pesados ojos de águila me seguían por la casa.
Con los años, todos estaban muy desganados por el asunto de mi prima. Yo también llegué a extrañarla aunque, como ya lo dije aquí, nos conocimos muy poco. Nos dimos cuenta que es más fuerte la ausencia de un desaparecido que la pena por un muerto y en familia decidimos hacer un funeral sin cuerpo. El féretro era diminuto y muy bonito. Sentí lástima de ver cómo enterraban ese cajoncito rosa con flores blancas, cuando yo podría haberlo usado para guardar mis juguetes. La abuela no dejaba de gritar, «por qué no me llevaste a mí, Dios mío», y así se lamentó hasta que murió. Pensé en contarles a todos la verdad, pero nunca supe cómo hacerlo y preferí dejar el asunto de la Paquita así como estaba.
A veces yo también me lamentaba y tampoco dormía: imaginaba que ayudé a Paquita a salir de este infierno, que vivía feliz lejos de aquí; pero no podía tener tanta suerte, no más que yo; se me olvidaba decir que entre tanta basura, la población más numerosa, allá en el bordo, eran las ratas.
Esta presentación del trabajo fotográfico de Brenda Moreno es un viaje cíclico en el que la autora habla de su familia, de aquello que aparentemente no es pero que se puede elegir, de los roles que se cumplen y de los refugios que encontramos en ellos, de la memoria, de los patrones a repetir y del paso del tiempo. Aquí combina la fotografía en medio formato a manera de collage, fotografías y retratos que presentan una realidad, una vida exterior, fragmentada.
Nos hicimos poetas en un intento por atar palabras con justicia,nuestras libretas a la conciencia social,sentados con las piernas cruzadas y ansiosos en sillas elegantestomamos lattes ante noticias de regímenesdisparando artillería hecha en América contra multitudes de personas,sus cuerpos conservados por el sol alinean las calles de países en los que nunca pensamos ysuccionamos nuestros dientes y pedimos a un diccionario que se convierta en machete.
Y por romántico que sea el pacifismo,estos días sueño con dictadores cayendo de cabeza en karmay olvido
tener miedo…Si pudiera escribir esta mierda en fuego, escribiría esta mierda en fuego
Esto no es poesía, es furia que no ha sido silenciada,Un verbo, un medio, un fin…Esto es mi cuerpo.Esto es un sacrificio.Esto es una ofrenda.Esto es Sankofa y Amandla.Esto es South Side Chicago y Compton California. Red Hook Projects en Jersey, Roosevelt Projectsen Brooklyn.Esto es manos mutiladas, toletes contra piel,Botas negras contra vientres preñados, esto es esterilizaciones, inoculaciones,grilletes y cadenas, la mordaza, el nudo, esto es un grito de guerra. Dile al amo que voy aregresar,con fuego en mi morral, dileque soy Patrice Lumumba, Steven Biko, Fred Hampton, Fannie Lou Haer, Harriet Tubman…Dileque han vuelto a nacer en mí.Dile que esta mierda no es un poema.Esto soy yo huyendo desnuda de campos de azúcar y algodón habiendo tirado mi costal,Dile que puede llamarme Karma.Soy piel volviendo a los huesos, una bruja, una herbolariauna hechicera, una sacerdotisa, una gángster,Dile…Esto es el resultado de la segregación, dileque esto es elresultado de la integración, dileque nunca he sido invisible, dileque nunca hasido invencible, dileque voy a derretir el
alambre de púas y los barrotes de acero de las prisiones,fluirán sobre él como lava.He regresado.Estoy sedienta de sangre.Soy colmillos y anzuelos y pies hinchados en líneas de asistencia social,el guante tirado al piso,líneas en la arena,Soy apócrifa.Borraduras históricas acumulándose y entrando en libros de texto.Dile que soy nieta de la explotaciónen una caja de arroz y hotcakes,que vengo a recolectar las regalías por Aunt Jemima y Uncle BenSoy una línea de humo,una danza de la lluvia,el hacha utilizada para matar al primer invasor,Las calles de Benghazi llenas de cuentas de rosario y casquillos de bala,La yuxtaposición de fe y salvajismo,dileque soy caderas anchas africanas y bulimia americana,símbolos de paz grabados en rifles de asalto,el tipo más profundo de contradicción.
Si pudiera escribir esta mierda en fuego, escribiría esta mierda en fuego.
Dile al amo que voy a regresar.aullido en el viento, voy a regresar,herida en tu talón, voy a regresar.Voy a regresar, Amo.Voy a regresar, Amo.Voy a regresar.
Magra carne o la mugre cotidiana o simplemente para Magritte
La cara descubierta del vencidoes guerra camuflada tras la máscara:semilla que murió bajo la cáscaray muerta… parió el fruto prohibido.
El canto visceral de una cadenalo arrastra al cadavérico escenariodonde el vencido sale… y vierte a diariosu vida diseñada para escena.
Maromas/pasos/gestos/saltos/muecasexhiben su verdad: cosechas secas.(Dolientes primaveras desterradas.)
La máscara en su cara ha anclado navey al verse en los espejos… nadie sabede qué ojos se le escapan las miradas.
Sin elección
Casi todos los barrios de mi paíscoinciden en la disposición de sus callesTrazado en cuadrículas le llaman.Rectas y uniformesgrisesobstinadas y firmes las callesentrelazadas y eficientes.Como una jaula.
Los puercos
Y gozan revolcándose en el lodo,el mismo lodo gris que les aterra.Escapan por la puerta que se cierra.Dibujan como nada lo que es todo.
Arenas movedizas en las plantas,y un halo de firmeza en las miradas.Las almas, como siempre, desalmadas.Las santas sin altar; las putas santas.
Se forjan por azar sus propios cercos.Presumen de un «instinto racional»y yo, que ya soy parte de estos tercos,
que tengo el corazón de un animal,prefiero el lodo gris, como los puercos.No traten de sacarme del corral.
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Para Geovannys,
por esta alquimia de adictivo amor.
Echado a mi espaldainmóvil como una ciudad llena de escombros…está mi amor.De ojos cerradosabierto a la infinita tranquilidad del sueñoinaprensibles y luminoso en su desnudezlo siento…Y no lo toconi lo miro.El cálido susurro de su aliento en mi costadoanula la lógica de los sentidos.Sé que está cerca.Permanece simulando su pedazo de muerte transitoria.Disfruto su cercanía.Me doy la vuelta con cautela de ángely me apego a su pecho impenitenteprotector de mis vicios más arterosfragua infinita de abrazosque le restan un poco a la vidasu fama de malignidad.
guerra*
En el hueco de un país lejano hay un hombre.En el hueco de un hombre hay un recuerdo de familia.En el hueco de una familiahay una madre triste, una esposa sola y unos hijos flacoscavando una tumba.En el hueco de una tumbasepultan el grito de un hombreque se quedó en el hueco de un país lejano.La madre triste, la esposa sola y los hijos flacosse distinguen en la multitud.Todos tienen un hueco en el pecho.
a mi padre ¿Sabes que mañana serás del aire?
José Watanabe
Elegimos en el centro comercialel helicóptero que volaba más alto.Lo encendimos por primera vezen el patio; sus hélices giraban.
Nos turnamos para mover la palanca,para ver cómo se alzaba encimade nuestras cabezas y nuestra casa.Más alto siempre que nosotros.
Era pronto para saber si el helicópterovolaba a la altura que querías;si el aire en que levitabaera suficiente. Me respondícuando te miré apretar con fuerzalos botones para llegar más alto.
Esta vez era mi turno y me cansérápido de sus hélices, de sus alas.Quise volver a tierra la miraday solté el botón.
El helicóptero se desplomócomo esas aves que al volaraprenden también a caer.
Después, prometimos ir a un campodonde las alas no se estrellarancontra las cosas, contra las casas,pero hasta ahora no hemos vueltoa volarlo nunca, ni a sacarlo de la caja.
Felicidades, usted ha vencido al cáncer
Tres o cuatro años escribiendo,yendo sobre lo mismo.Y aún no distingo el cáncer de la muerte.
Trato de escribir otro poema,uno afortunado que diga: he olvidadolos rostros cancerosos de mi familia.
Este poema tratará sobre el olvido,y escribo de nuevo acerca del cáncerde pulmón, de estómago, de mamao de cómo fueron muriéndose uno a uno.
Escribo para olvidar el cáncer,pero los poemas se multiplican.
Oxígeno
En la cocina mi tía pone a hervir el jitomate. Las burbujas brotan dentro del tanque al que están conectados los pulmones de mi abuela. De la cocina a la sala miro su cuerpo encogido por el cáncer, recostado sobre el sillón. Cubierta por una sábana su piel es como la del pollo que limpiamos para el caldo. El olor del jitomate comienza a impregnar la casa. Las venas de su cuello tiemblan como si una multitud las habitara. Con una mirada, mi abuela me pide que le diga a mi tía que no se le pase la mano con la salsa. En la mesa, las cebollas cortadas en rodajas, acomodadas unas sobre otras; las moscas revolotean sobre la grasa de la carne y la fruta que se está pudriendo. Ella seca el hervor de su cuerpo con la sábana. Su vapor mantiene tibia la casa. Dios te salve mi tía va del sartén al marco de la puerta y por nosotros te encargo la lumbre los pecadores el jitomate hierve ahora y las burbujas se revientan y en la hora escucho de nuestra muerte sus quejidos el burbujeo hágase señor tu voluntad son más fuertes en la tierra como en el cielo me siento a su derecha y perdona nuestras ofensas digo a su lado al recordar las frutas podridas en la mesa.
Michel Tournier publicó su primera novela, Viernes o los limbos del Pacífico, cuando ya no era joven. En una época en que el Nouveau Roman y el OuLiPo —movimientos que se definían por sus experimentaciones formales— dominaban la escena francesa, en 1967 apareció la opera prima de un graduado en filosofía alemana, que por entonces trabajaba como promotor de fotografía, locutor y traductor. La obra de aquel novelista de 43 años se volvió popular entre lectores y académicos con una velocidad impresionante: incluso tomando en cuenta que la publicó Gallimard y que fue validada con el premio de la Academia Francesa ese mismo año, su entrada a las instituciones culturales fue inusualmente veloz.
No es, sin embargo, mi intención hablar de la recepción de la obra en una época de literatura formalista, ni siquiera es mi intención divagar sobre las técnicas narrativas que Michel Tournier puso en práctica —su narrativa es premeditadamente convencional—. Me importa más afirmar que esta novela vale por su argumento; especialmente tal como lo describe Gilles Deleuze en un texto de 1969, incluido en La lógica del sentido, que suele aparecer como postfacio en las ediciones francesas de la novela de Tournier.
Deleuze distingue primero a los Robinson de Defoe y Tournier: el Robinson de Tournier está vinculado a los fines, más que al origen; es decir, después de naufragar y encontrarse en un limbo del Pacífico, su relación con la realidad está más en la isla que en Inglaterra. El de Tournier es sexuado, en cambio el de Defoe es asexuado; por último, el de Tournier no hace nada que pueda ser tachado de “perverso”.
A decir de Deleuze, en el Robinson de Defoe hay una ausencia total de sexualidad. En esta versión, el personaje, al verse absolutamente solitario en una isla, se aferra a la tarea de domeñar el entorno, domesticar a las bestias y ordenar a la naturaleza, y se mencionan escasamente sus instintos o apetitos sexuales. Por el contrario, el Robinson de Tournier parte de la pregunta “¿qué resulta de un hombre solo, sin Otro, en una isla desierta?”[1] ¿Hay en él una transformación fundamental, que vuelve irreconocible al hombre gregario de antaño? La diferencia es que en Dafoe un ser asexuado se aferra a reproducir el arquetipo económico del mundo que conoce en la isla; en el de Tournier, hay un ser sexuado que se enfrenta a un mundo completamente disímil al suyo. El Robinson de Dafoe parece idéntico de principio a fin, como si las condiciones adversas simplemente hubieran acentuado su carácter. El Robinson de Tournier se transforma en otro.
¿Si estuviéramos en un lugar radicalmente distinto al nuestro, solitarios, transformaríamos nuestra realidad de tal suerte que se pareciera al lugar del que provenimos, o nos dejaríamos llevar por los elementos propios del lugar y permitiríamos que la naturaleza y lo Otro nos transformaran a nosotros? El primer mito de Robinson es el mito del hombre que busca instaurar una representación de su sociedad, imponer el orden propio en el nuevo mundo. Michel Tournier, por el contrario, ve a un Robinson que se despoja de su “humanidad” para encontrarse con lo elemental, lo prístino, lo fantástico, lo que no quiere decir “bárbaro” sino “un mundo sin mí”.
La soledad no es el sentimiento propio del aislamiento, antes bien, es una percepción, una forma de habitar el mundo. ¿Qué sucede cuando el Otro no figura en la estructura de la realidad? La realidad nunca se confirma; su explicación es monótona, unívoca e incomprobable. “El otro no es ni tan sólo un objeto en el campo de mi percepción ni tan sólo un sujeto que me percibe”.[2] Es mucho más: es Viernes, es la naturaleza, es estar en el mundo.
Para Deleuze, la novela de Michel Tournier no es una tesis sobre la perversión que una soledad forzada puede despertar en alguien. La novela trata sobre los efectos de la ausencia de prójimo: qué es el otro y en qué consiste su ausencia. El prójimo es el deseo. La posibilidad de compararse y comparar el propio deseo. El prójimo no lo es por ser objeto de deseo sino porque a su vez desea. Como lo afirmaba René Girard, somos incapaces de desear espontáneamente, y ante la realidad sin los otros, todo nos es implacable: no hay un mediador que nos guíe diciéndonos qué se debe querer, qué gesto se debe venerar, poseer. Las diferencias entre las cosas son absolutas y no poseen términos de comparación. Sin los otros, es decir, un individuo hipotéticamente aislado de los otros, no tiene posibilidades. Es. Y su mundo simplemente es ése.
En una sociedad los otros están en nuestra estructura del mundo, pero podemos optar por negarlos. El Robinson de Tournier ha estado tanto tiempo solo cuando aparece Viernes que parece que había olvidado a la sociedad. Cuando aparece, lo trata como objeto, y como objeto ajeno a dicha estructura del mundo. Tendrá que aprender que es otra expresión de su misma experiencia.
Ésta es la realidad a la que debe enfrentarse el Robinson Crusoe de Michel Tournier, ese que inspiró a Gilles Deleuze a dar con una intrigante aseveración: “La sexualidad es la desviación fantástica de nuestro mundo”. Vale la pena leer Viernes o Los limbos del Pacífico tan sólo para entender, con todas sus referencias, esta conclusión. Ver la ficción, el mito del náufrago inglés condenado a estar solo: su desdicha, su olvido, sus escritos en el aprendizaje sexual y místico de la naturaleza. Leer que todos llevamos una isla interior.
[1] Michel Tournier, Vendredi ou les limbes du Pacifique, Gallimard, París, 2010, p. 275. [2] p. 281.