dibujé un insecto en el suelo yo dibujé su pico y la parrilla de nievedibujé joroba-piernas-ancla-tablerose movió dibujéinsectos en el suelo y me miraronme llevaron a través del suelo porqueellos me amanmiles
tengo poca confianza en mi paun marineroél tenía verdaderos insectos en su pisosu Hoover se rompió hace añosél no tenía confianza
Mi ma limpia insectos de la paredno lo hace pero deberíaestá en deudahay fuerza en los números
soy un burroMis padres fueron pornomis abuelos se bajaron en los basurerosThar perdió su dinero en parrillas de nieve y puños descubiertossi no estoy enferma dentro de la cerámica quién lo estaráMis padres son parrillas de nieve
un hombre hace a un hombre libertino cantargastó todo su dinero en mujeres que bebían ginebrasu sombrero botas abrigo tenían cañeríasel alegre alegre billes un océano sin descanso¿Qué es lo que quiere ese hombre?cada año que es Essexolvido por qué las mujeres beben ginebraella cosió su miserable diario en una almohada
Un diagrama por un nuevo escritorio es un nivel de mejora y optimismoy cerámica con lo que me siento cómoda
por hacer/hacer
obra de acción performativa que sirve como performance de algún tipo de ciencia o arte tambiénel performance de los signos que han dejado de hacer una operación para trabajar y laborarparámetros y entran en efecto al actuar para provocar una acción que en efecto es una óperatrabaja tu trabajolos sentidos quirúrgicos detienen una serie de movimientos y los sentidosmilitares una serie de movimientos y actos especialmente musicalestrabajar fabrajar fregartrabajar talachear entrarlebuscar aire versión social surge versión surgida seriamentetrabajar a mano hecho a mano trabajando ahí y luego seguir para demandar mandar manarmano non mamón monaa una persona permanente que presione duro presione para evitarduro esta veztrabajar trabar tras traba tralala realizado por todos o por una sola personacansada que intenta apretarnos seguro de presionar duro apretar para llegar al trabajo bajotraba rata rota que aprieta prieta pri pi presiona duro para obligar a trabajar jara arabaja-traba-baja-traactividad ergo orgía órgano herramienta para ver amarrar asegurarexprimir vargas braga verga enemigo vra-bovircan trabajo vitra vitros cazar vircan trabajoentran en efecto presionada por el trabajo urgente especialmente musical durante el trabajo y lalabor y la presión unción excreciónalgo de trabajo producido en ejercicios extensospracticados para fabricar fabricar el poder en tal ópera trabajo por hacer con toda la potenciapara hacer y hacer una ópera de 30 horas.
El café de madrugada,de fondo INXS interpretaNever tear us apart,en tu viejo tocadiscos.¿Quién le contó a esa canciónsobre lo nuestro?Todavía huele a otoño, y a ti.La vida me mira por la ventanaestá nublado, nada se mueve,esta ciudad nunca tiembla,yo tiemblo a diario.Nada sucede.Nada calienta,en esta cama donde antesnos cabía todo el verano.Despiertas, como si naday miras la vida por la ventana,Sé que no te quedarás.Sabes que no te detendré.Sal de mi vida si quieres,pero te advierto que afueraes invierno,y hace frío.
Tregua
No volver a preguntar. El día transcurre sin canción, he abierto las ventanas y el sol acaricia mi nostalgia.Tengo un libro nuevo.Afuera el viento vuela palabras viejas.Madre traerá la comida.Saboreo el café.Pienso en Victoria,y sonrío.La memoria me ha hecho una tregua.
Los aeropuertos guardan un sin fin de historias. Podríamos encontrar, por ejemplo, a aquella niña que corre, ingenuamente, para alcanzar a despedir a ese que quiere y le entrega dos cajitas de té. Los destinos pierden su importancia cuando los cuerpos que se alejan y se abandonan desaparecen en el mapa. Por ejemplo, estos lugares: Nueva Orleans, Pachuca, Xalapa, la misma Ciudad de México, podrían converger en un solo cuerpo, pero en el espacio de un plano cartográfico permanecen inmóviles, atemporales. A los puntos en un mapa les pertenecen los nombres de quien los habita.
Los mapas son abstracciones espaciales: imponen trayectorias y no se pueden trazar rutas alternas ni volver hacia atrás. Se dice que las auroras sólo tienen nacimiento en las zonas polares: norte y sur. Al norte, la aurora boreal; al sur, la aurora austral. Pero estos hemisferios son relativos. Quiero decir, aquel cuerpo que quiera emprender un viaje tendrá que trazar una ruta bidimensional para abstraer el camino a seguir. El pensamiento abstracto que dibuja un mapa nos encierra en escalas.
Luces del norte
Se suele decir que el invierno nace del norte, que Bóreas, el dios del viento frío es el padre de dicha estación. De aquí surge Borealis (FCE, 2016) de Rocío Cerón, donde emergen las figuras del viento y de la lluvia, y del frío que quema. Borealis es una ciudad fría.
Uno llega a esta ciudad como llega a cualquier destino desconocido. Sin quedarnos varados, las calles de Borealis surcan las luces que nos van iluminando y mostrando el camino. Cada verso, cada estrofa, cada parte que conforma este libro trazan líneas paralelas y perpendiculares que nos arrastran a un vacío casi infinito. Partimos de destruir la idea de los mapas como manuales, y así, cada principio de verso que nos plantea Rocío Cerón eclosiona en algún otro punto de alguna otra ciudad. Todas las ciudades convergen.
Admirar es otra forma de seguir. Seguir, instintivamente, algo o a alguien, es traficar con el significado del viaje. Viajar consiste en crear nuevas rutas de escape, de abrir las estrías en la tierra y volverlas a marcar con nuestras huellas. Estamparlas. Quebrarlas. Y Borealis nos ofrece todas estas posibilidades.
Ciudades que convergen
Volver y regresar no son sinónimos: el primero indica cambio; el segundo, estancamiento. En «Borealis (Airship II, 2012. 3:24)», primer poema de Borealis, «Efnistöku», «Trances» y «Coda» volvemos a una ciudad desconocida. Se nos presenta de cuerpo entero un nuevo lugar en el mapa donde prevalecen el silencio y la muerte, ¿dónde están todos esos hombres cuyos nombres no aparecen enunciados? «En esta ciudad hay otra ciudad, cerca, más cerca de lo que se piensa», dice Cerón. Y toda esta red de muerte se difumina con las palabras del viento.
Las rutas de escape que olvidamos trazar cuando empezamos a leer Borealis se rompen definitivamente en «Un punto de esa distancia» y «Cinco partes de una prosecución», donde las imágenes como tal se establecen pétreas. Se transportan, pues, estos signos del viaje en los versos de Cerón para quedarse guardados y borrarse, tal vez. Como lo blanco borra todos los detalles en torno a una ciudad fría o a un lugar lleno, tan solo, de neblina y lluvia, de tal manera que la diferencia entre el paisaje y el agua se hace absoluta, y el agua queda como algo profundamente desconocido, un agujero negro en el mundo.
Borealis, de Rocío Cerón, se presentará el 12 de mayo en la Librería Rosario Castellanos (Tamaulipas 202 esq. Benjamín Hill Col. Condesa), a las 19 hrs. Con la participación de la autora, Abraham Chavelas (artista sonoro), Rubén Gil (artista visual), Verónica Gerber Bicecci y Susana González Aktories.
En tiempos recientes surgió un término (y también un movimiento) que designa el estudio —o, quizá mejor dicho, la revaloración, casi siempre positiva o laudatoria— de algunos directores, pertenecientes por lo general al cine de acción —o, cuando se ponían más abiertos, al campo del blockbuster. A esto —promovido al menos al principio por Notebook, la revista de la red social y de streaming Mubi— se le conoce como «vulgar auterism». Sus oscuros objetos de deseo son Tony Scott, Michael Bay, M. Night Shyamalan, Paul W. S. Anderson —no confundir con el mucho más prestigioso Paul Thomas Anderson, director de películas como Magnolia o There will be blood: Paul W. S. Anderson es el responsable de firmar Mortal Kombat, Resident Evil o Alien vs. Predator— o Justin Lin, entre otros. (Para ser justos, el vulgar auterism también considera directores de mayor prestigio, como el gran Michael Mann o la bienquerida Kathryn Bigelow; directores que, a la vez que se mueven con soltura entre grandes presupuestos y jugosas recaudaciones, cuentan con prestigio, entendido este como una mezcla de buena recepción crítica y premios o nominaciones a premios).
Por supuesto, nada hay nuevo bajo el sol, y se colige sin mucha dificultad que este movimiento tiene muchos paralelismos con el de la política de los autores de la revista Cahiers du cinema[1] que, nacida en 1954 en el ensayo «Una cierta tendencia del cine francés», de François Truffaut, inoculó la idea en la mayor parte de la crítica cinematográfica mundial del director cinematográfico como un autor único y reconocible. Cuesta trabajo dimensionar que en aquellos años, el cine de Alfred Hitchcock —quien sería emblema de los jóvenes críticos de Cahiers, a grado tal que Rohmer y Chabrol le dedicaron un libro, llamado Hitchcock a secas, y Truffaut viajó a Estados Unidos para entrevistarlo durante una semana y de esas sesiones extraer otro libro, El cine según Hitchcock —era considerado por un número abundante de críticos como mero entretenimiento de masas, puro cine de acción insustancial.[2] Fueron los críticos de Cahiers quienes propiciaron que el éxito de público de Hitchcock fuera acompañado de un reconocimiento intelectual, y de allí pal real: no solo se acercaron a Hitch, sino también a gente como John Wayne, cineastas que filmaban a granel y con una meta principal en mente: hacer dinero. En cierta forma, lo que el equipo de Cahiers logró —y, más en concreto, André Bazin, quien fundó y dirigió Cahiers durante largo tiempo— fue elevar al estatus de arte una disciplina tan manoseada —por el interés comercial, sí, pero también por el flujo de muchísima gente que trabaja en la misma obra— como el cine hollywoodense.[3] En cierta forma, el vulgar auterism hace lo mismo: lee el texto cinematográfico como fruto de la mente de un autor, en este caso, hurgando en la carrera de cineastas considerados como poco más —o poco menos— que orquestadores de explosiones y persecuciones.
Hay, sin embargo, otro rubro posible. Es lo que con escasa imaginación he venido a llamar blockbuster de arte (o blockbuster expresionista, o blockbuster de auteur. Me gusta más la expresión «de arte» porque creo que resuena con mayor precisión en nuestro lenguaje común. Existe el cine «de arte» —vaya, era una clasificación normal en las tiendas de video, y lo sigue siendo en lugares con venta de DVDs o incluso en servicios de streaming—: es aquel que también se conoce como «del circuito de festivales» o, como también se escucha en inglés, arthouse cinema, art movie o arthouse film). Con anterioridad he mencionado el término; ahora me propongo detallar su taxonomía. Más allá de juntar los significados de las dos palabras, creo que el blockbuster de arte presenta unos rasgos particulares que pueden servirnos para apoyar la idea de que es un subgénero por derecho propio:
1. En primera instancia está la forzosa inclusión del blockbuster de arte en el sistema hollywoodense: este sistema de producción determinará no sólo sus normas narrativas, sino también su presupuesto —que incidirá de forma directa en su campaña publicitaria y, en consecuencia, en su repercusión en la taquilla. Esto es sabido: un buen fin de semana de apertura en taquilla es difícil de lograr sin una musculosa campaña mediática previa; una musculosa campaña mediática previa es difícil de imaginar sin un presupuesto abultado que la sostenga; un presupuesto abultado que sostenga esa campaña es complejo de obtener fuera del circuito hollywoodense de producción. El blockbuster de arte occidental será hollywoodense o —difícilmente— no será.
2. La segunda característica tiene que ver con una clasificación común del cine, aquella que distingue entre «realismo» y «expresionismo». Primero imaginemos el cine como una línea recta en la que un extremo es el realismo—digamos: cine documental sin intervenciones, como Llegada de un tren a la estación de la Ciotat, de los Lumière— y el otro es el expresionismo —como algunos casos de videoarte, o las películas más experimentales de Andy Warhol—. El cine hollywoodense —o cine clásico, según el crítico o académico que hable del asunto— toma del realismo la coherencia, la secuencia lógica, la «ilusión de que el mundo filmado no ha sido alterado», para citar a Giannetti, pero también se permite tomar prestadas algunas dosis —poquitas, bien medidas— de expresionismo: secuencias oníricas, malviajes, musicales. Todo lo que se salga de la idea de un mundo «no alterado» puede clasificarse como expresionismo, y va desde cosas muy pequeñas, como la elipsis, hasta rasgos más invasivos, como toda la secuencia final de 2001: odisea del espacio. El cine de Hollywood suele encontrarse en una zona en medio de esa recta imaginaria. Sin embargo, creo —y aquí es donde me parece reposa el núcleo de la taxonomía del blockbuster «de arte»— que en los últimos diez años hemos contemplado un ascenso en el número de películas hollywoodenses de gran presupuesto —o sea: blockbusters— que se salen de la zona de confort de la recta entre realismo y expresionismo. Las películas que habiten en esta zona aún borrosa serían las correspondientes al término «blockbuster de arte».
3., y esto tiene que ver más con la recepción que con la obra, al menos formalmente hablando: el blockbuster de arte requiere de cierto prestigio que no posee el blockbuster convencional. De otra forma, es complicado pensar en un director hollywoodense, capaz de manejar grandes presupuestos y también de introducir propiedades discursivas o formales inusuales —ora en forma de una temática poco común, de una visión del mundo particular, o de secuencias cercanas al expresionismo— que opere con mayor libertad que sus colegas de profesión. La lista de incisos a tachar en el blockbuster de arte vuelven complicado que un director novato, incluso al mando de una película de gran presupuesto, pueda introducir ese tipo de discursos. Hace falta capacidad técnica, económica y visión suficiente para garantizar que una película de rasgos inusuales —en muchas ocasiones, incluso, parte de una franquicia— merece que le suelten doscientos millones de dólares.
La lista de directores o películas que pueden introducirse en el rubro de blockbuster de arte es, entonces, más bien pequeña. Hay, por supuesto, antecedentes; de todos los enlistables, el más notorio sería 2001: odisea del espacio, una cinta que más o menos cumple con todos los incisos: un director prestigioso, un presupuesto considerable —de 10 a 12 millones de dólares en 1968, equivalentes a unos 70 millones de dólares en 2016—, unos sustanciosos desplantes expresionistas (le juega en contra la taquilla, que durante el año de estreno no logró siquiera recuperar lo invertido, pero los relanzamientos han logrado una recaudación mucho mayor). No obstante, es una genealogía muy dispersa. Una película como El padrino no podría entrar en este rubro sencillamente porque es una cinta clásica hollywoodense que prácticamente carece de ingredientes expresionistas. Pasa lo mismo con otras cintas, como cualquiera de los blockbusters firmados por Steven Spielberg, Ridley Scott, James Cameron, Peter Jackson, Robert Zemeckis, Zack Snyder o cualquier cosa del Marvel Cinematic Universe, entre muchos otros nombres conocidos posibles.
No: el blockbuster de arte pertenece a una generación más joven de cineastas ya consolidados que han tenido el tiempo, la confianza y los recursos para experimentar en Hollywood, un sistema que no se caracteriza por su tendencia a la experimentación. Incluso entre carreras de directores es posible notar que no todas sus películas ingresan en la categoría: de Christopher Nolan, por ejemplo, tan solo Incepcion e Interstellar pueden incluirse, dado que sus filmes de Batman no muestran grandes desplantes expresionistas. De Edgar Wright, solo una película podría mencionarse: Scott Pilgrim vs. The World, una extrañísima película, casi milagrosa, que se despega a cada momento del realismo y la convencionalidad para ingresar en un terreno expresionista lúdico, extravagante, apoyada por sus casi noventa millones de dólares de presupuesto — noventa millones que, de igual forma a 2001, no alcanzaron a recuperarse en taquilla, aunque los buenos números de sus ventas en formatos domésticos hacen pensar que quizá en algunos añitos la cosa mejore para ella. Otra posible inclusión sería Alejandro González Iñárritu, quien con The revenant alcanzó una combinación envidiable de las características que definen al blockbuster de arte.
Nada de esto es demasiado extraño: ha sucedido antes. Los géneros transcurren primero engendrando normas, luego siguiéndolas con cierto rigor; de cuando en cuando, alguien llega con ideas revolucionarias y revienta el género desde su interior, renovando sus posibilidades mientras acata las mismas normas ya establecidas. Ha sucedido antes: pensemos en lo que hizo Fernando del Paso con Noticias del imperio y la novela histórica —un salto cualitativo que no se ha vuelto a igualar en todo este tiempo—, o lo que hicieron Alan Moore y Dave Gibbons con Watchmen y lo superheroico —felizmente, el superhéroe ha atravesado algunas renovaciones más—, o la forma en que Kaizo Hayashi reinventó el noir japonés con la trilogía de Maiku Hama —The most terrible time in my life, The stairway to the distant past y The trap—. En el caso del blockbuster, producto de un sistema de producción que genera cambios con una paciencia similar a la de la corriente de río que talla un guijarro, aún habrá que esperar a ver si en años venideros el subgénero fructifica o no. De momento, elijo verlo como un pasito en la evolución de las películas taquilleras, una muestra de la lenta pero constante adaptabilidad de sus propiedades: acaso sea el principio de un muy necesario refinamiento formal y discursivo dentro de los límites de un sistema que no siempre se distingue por esas cualidades.
[1] La política de los autores era algo así: «en esta revista adoptamos como política la de leer el texto cinematográfico como obra de sus autores» y también: «adoptamos la política de que los autores son reconocibles en los textos cinematográficos». Luego, cuando se pusieron a hacer películas, Truffaut, Rohmer y Godard siguieron con la «política», o sea, dejar su huella (de estilo y de tema) en la película. Es decir, al momento de gestarse en la revista, esa política aún no era «teoría». Eso pasó con el tiempo. Cuando llegó a Estados Unidos, el crítico Andrew Sarris la modificó y asentó en un ensayo, ‘Notes on the auteur theory‘. [2] «La crítica americana y europea examinaba su trabajo con condescendencia, denigrando un film tras otro», afirma Truffaut en El cine según Hitchcock, al referirse a las películas de Hitch de los años cincuenta y sesenta. [3] Escribe Bazin en La politique des auteurs: «Lo que hace que Hollywood sea mucho mejor que cualquier otro sistema no es sólo la calidad de ciertos directores sino también la vitalidad y, en cierto sentido, la excelencia de una tradición… El cine norteamericano es un arte clásico, pero, entonces, ¿por qué no admirarlo en su faceta más admirable, es decir, no sólo el talento de éste o aquel realizador, sino el genio del sistema, la riqueza de su siempre pujante tradición y su fertilidad cuando entra en contacto con nuevos elementos?» En esta sentencia es fácil excluir, entonces, a los diversos sistemas de producción cinematográfica del continente asiático, que sin embargo, presentaban y presentan muchas de las características que Bazin y el resto del equipo de Cahiers alababa en el cine hollywoodense. Para aquellos años, el cine de género oriental —con especial énfasis en el Japón de la posguerra— era ya un arte consolidado.
Piensas que puedes abrir las alas y volar al mundo. Piensas que puedes huir, huir lejos. Piensas, también, que el mundo es tuyo porque eres sabio, que eres un rebelde, un forajido. Al diablo, partamos. Te decides a emprender el camino difícil. Al salir, todo te parece posible; es más, parece que la libertad es aquello para lo que naciste. Te llenas los pulmones de aire de un respiro y ríes. Te hiperventilas de tanto espacio y luz. Y entonces, caes, de golpe, al suelo. O mejor, al mar.
Una carrera
Iba corriendo con las manos llenas de letras; el cuerpo empapado de mil historias. El aliento era cada vez más veloz y desesperado y en el paso pesado tiraba palabras escurridizas. Cada vez más el camino que andaba se oscurecía de monosílabos, consonantes sordas, palabras surgidas del azar. Para cuando llegó, las manos estaban casi vacías y su cuerpo impregnado de sudor. Las suaves historias palpitaban en su pecho, revueltas entre sí de tantas y de agitación.
No llores, le dijo. Pon las pocas letras que quedan en la mesa, ya las cenaremos en un rato.
Ha corrido tanta tinta sobre la situación de los premios literarios en México que ya no importa si se está en contra o favor de ellos, si se trata de un mecenazgo, de una política cultural fallida o si tenemos, y no lo reconocemos, a uno de los gobiernos más abiertos a la crítica, generoso y dispuesto a apoyar incondicionalmente a los nuevos talentos artísticos. Lo innegable es que, positiva o negativamente, no se puede separar la historia de la literatura contemporánea, al menos desde hace 20 años, de las becas y los premios literarios otorgados por el Estado. Mas pretender que se trata de fenómeno reciente es una falacia: lo que antes eran los puestos burocráticos ahora son las becas de jóvenes creadores, lo que antes era un agregado cultural en alguna embajada ahora es un creador con trayectoria y lo que antes era un diplomático ahora es un miembro del Sistema Nacional de Creadores. De ahí han salido varias de nuestras mejores plumas y, verdad sea dicha, también han engendrado ciertos monstruos que se pasean por las páginas de las revistas como los redentores de la tradición mexicana tan sólo porque han sido merecedores de un premio nacional y luego han logrado amarrar un contrato con una editorial medianamente comercial para su segundo libro (que la mayoría de las veces es un rotundo éxito mercantil, pero un fracaso estético).
Por esto, al leer tres obras premiadas el año pasado que llegaron a mí casualmente, me llevan a hacerme algunas preguntas morbosas: ¿ganar un premio significa necesariamente haber escrito un buen libro? ¿entregar tantos premios o becas es síntoma de una literatura robusta y de buena calidad? ¿limitan los premios literarios la experimentación y “evolución” de las formas literarias? Tres libros, tres premios: un libro de cuentos, Gloria mundi de Noel René Cisneros, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri; un ensayo, Todo retrato es pornográfico de Yunuen Díaz, acreedora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos; y una crónica, El paralelo etíope de Diego Olavarría, Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.
La historia como pretexto
Dijo Alfonso Reyes que uno de los miedos más terribles de un escritor es ponerle título a sus libros porque al hacerlo pareciera lanzarles una bendición o una maldición, un bautizo o un conjuro. “Témese al hacerlo”, dijo, “echar sobre el libro la sombra de un hado funesto”. El libro de Noel René Cisneros es un ejemplo adecuado de este miedo porque desde el título ya denota una propuesta estética arriesgada: hace falta ser, además de valiente, muy idealista ponerle un título como este a un libro: Gloria mundi. El nuevo liber pontificalis. Voy más lejos: escribir un libro de cuentos, ponerle un título latino y encima esperar ganar un premio cuando se habla de algo tan inusual como la historia de los papas. Y no sólo eso: escribir un libro de cuentos sobre la historia de los papas, titularlo en latín y después tener la esperanza de ganar un premio de cuentos con un libro que en realidad no es de cuentos. Y aquí una de las paradojas de los premios: este libro pone en evidencia la limitación de las convocatorias que sólo priorizan los géneros canónicos y dejan de lado escrituras que ya no caben dentro de esa categoría o porque simplemente son otra cosa que las instituciones culturales, jueces y críticos literarios prefieren seguir llamando, por pereza, novela, cuento, ensayo y poesía.
Gloria mundi está compuesto de viñetas narrativas, pinceladas de gestos, momentos significativos u ordinarios de los papas más famosos o menos conocidos de la historia del Vaticano. Cisneros, más que interesarse en la importancia de los personajes que habla, se enfoca en sus manías, miedos y preocupaciones. No se ve a un Alejandro VI fornicando con su hija o a un Estaban VI que odiaba tanto a su predecesor, Formoso, que desenterró el cadáver de éste, lo vistió con hábitos papales y lo sometió a juicio por sus pecados cometidos en vida. Se retrata, por el contrario, a un Borgia ajeno a las intrigas y ambiciones políticas que marcaron su papado (que hicieron escuela) y que ha dominado toda la narrativa tremendista sobre él para mostrarnos a un padre conmovido por la inocencia de su primer hijo, Juan Borgia, y a un pontífice en la intimidad de su recámara, hastiado de ejercer su poder sobre el mundo conocido, que encuentra bondad y consuelo en los ojos de su pequeño sabueso. Un Simón Pedro arrepentido de seguir a Jesucristo en un momento que pasa hambre, como cualquier mendigo, se superpone a las preocupaciones teológicas que pudieran achacársele: dejó el calor de su mujer y la seguridad de su oficio para jurar fidelidad a un hombre que no explica sus razones: “Señor, ¿por qué me elegiste?, ¿por qué tuve que verte cuando triunfaste sobre la muerte?” Con una prosa precisa y poco adornada, Cisneros define a los papas por sus nimiedades antes que por sus proezas, sean estas piadosas o terribles, y nos los muestra desnudos, a veces ufanos y otras veces temerosos de su destino.
Como historiador, Cisneros demuestra un conocimiento exhaustivo del tema y hace guiños para que saber a cuál papa retrata y a cuál periodo momento histórico se refiere, mas al ser el papado la institución más vieja de Occidente a veces resulta un poco difícil discernirlo, por lo que exige una lectura más allá de los márgenes del libro. Gloria mundi, a pesar tener una temática definida, pone entre paréntesis la historia porque rebasa la característica del género, quiero decir, toma a la historia como un pretexto antes que como un contexto, de ahí que renuncie a la narración del cuento para condensarse en un episodio particular. Se trata de un libro arriesgado por esta razón: al haber optado por cápsulas narrativas, Cisneros renuncia a la narrativa histórica latinoamericana que desde hace tres décadas, al menos, sigue llamándosele “nueva”, y no se sienta cómodamente en el género histórico para dejar que el contenido y convenciones literarias hagan su trabajo de escritor. En la misma línea de la Yourcenar de Las memorias de Adriano, Gloria mundi no tiene como objetivo recuperar una época sino representar una situación o sensibilidad humana accidentada por ese patronato llamado papado.
El ensayo ingenuo
Todo retrato es pornográfico demuestra una cierta apertura de los premios literarios para otras formas que antes estaban completamente fuera de sus límites. Los premios de ensayo dan prioridad a esa especie de selfie literario llamado “ensayo creativo” (whatever it means) tan manido por los autores millenials. Son ensayos preciosistas carentes de ideas donde el joven creador nos habla de su infancia, de sus lecturas y manías y donde cada párrafo es cerrado con una frasesita cute, chispeante, o en el mejor de los casos con una cita extravagante del autor de moda. Sorprende que un libro como el Yunuen Díaz resulte ganador de un premio de ensayo en un país donde se relaciona, erróneamente, lo teórico con lo académico, lo cuadrado y cerrado, la falta de imaginación y creatividad. La mayoría de nuestros columnistas, sean críticos o creadores, apenas leen la palabra “teoría” les salen ronchas en la epidermis, como una armadura, para protegerse de todo aquello que requiera un razonamiento más elaborado, intelectualizado y donde las citas y nombres de filósofos y teóricos apoyen las ideas propias. Vaya, que si a estos columnistas y jueces de premios se les presentara un libro de Roland Barthes o de Judith Butler inmediatamente lo descartarían por ser “demasiado” teórico sin importar que lo que dicen, de hecho, repercute mucho más en la realidad política y social que la creatividad de una joven promesa.
Sin embargo, hay que reconocer que a veces estos prejuicios tienen algo de verdad, y este es el inconveniente de Todo retrato es pornográfico. Su problema no es que sea un ensayo de diez para pasar una clase de teoría del arte o de la imagen, su problema es que no supera esa cualidad y se queda en la mera enunciación teórica sin ir más allá de su maraña conceptual. No faltan aquí las neologismos chic, los nombres clásicos de la teoría y la interdisciplinariedad que, en el caso de Díaz, es la conjunción de la crítica del arte con las ciencias naturales. No pueden faltar palabras como “palimpsesto”, “sinapomorfía”, “trangresión”, “autosexual”, prét a porter, “histología”, “filogenética de la selfie sexual” (!), “Narciso 2.0”. Asimismo, un ensayo como este tampoco podía estar completo sin los posts: postsexual, postproducción, postprivacidad, postmoderno, postorgiástico, etc. Sin olvidar, por otro lado, los nombres ya esperados: Freud, Deleuze, Foucault (¡claro!), Baudrillard (¿cómo olvidarlo?), Bataille, Butler, Maffesoli, Žižek (¿pensaron que no fue invitado a la fiesta?).
Pero, en lugar de reproducir lo mismo que critico, prefiero discutir las ideas del libro y no juzgarlo tan sólo por ser un ejercicio teórico. El argumento de Díaz, en groseras palabras, es el siguiente: se ocupa de documentar las prácticas sexuales contemporáneas a través de la pululación de las imágenes y las compara con el peculiar comportamiento sexual de los bonobos. Sueña con la orgía de la liberación que nos guiará a la revolución y donde el arte será el ejemplo a seguir: “me gusta pensar que podríamos ser como los bonobos, apareándonos sin otro motivo que compartir”. Al final de Todo retrato es pornográfico se atreve a sugerir que el sexo sin desenfreno nos hará una sociedad más igualitaria, como sugería Wilhelm Reich, mas yo no imagino a las corporaciones multinacionales, a las democracias neoliberales ni mucho menos a la industria de la pornografía, el sexo y la trata de personas, ceder un paso ante tales fantasías. Al contrario, creo que se alimentan de ellas.
Uno de los defectos de este tipo de ensayos no es, como creen los teorifóbicos, su forma sino su contenido. Ensayistas como Díaz sostienen que la sexualidad es la única forma de liberación política que el individuo contemporáneo debe conquistar y siguen explotando al Foucault cultural pero ignoran al político, que es el más interesante y mucho más polémico. Los críticos de este último Foucault, tan afecto al neoliberalismo, como Mandosio, Debray y recientemente Daniel Zamora acusan al francés haberse definido como sociétal y no “social”, es decir como socio-cultural y no socio-económico, de incomunicar los vasos entre lo político y lo económico para enfocarse simplemente en la historiografía de las prácticas culturales. Así, creo que Díaz erra no en sus ideas, porque sus comparaciones son interesantes, tampoco en su estilo, porque algunos párrafos son memorables, sino en su ingenuidad política y económica para sostener sus propuestas. De ahí que su ensayo, más que tener el grito transgresor que proclama dildos, penes, vaginas, incesto y demás parafilias en la calle, sea más bien el murmullo de una académica leyendo en su cubículo (lo que, por supuesto, no es condenable: es un trabajo decente y, al contrario de lo que creen algunos, con muy pocos privilegios).
La crónica (no) turística
El Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay es el más joven de todos: fue creado en el 2015 y, a diferencia de los previos, hay que reconocer que es un estímulo necesario para promover un género que podría definir toda la literatura latinoamericana al menos desde hace dos siglos, pero sobre todo desde los años 60, cuando cobró importancia gracias a los intelectuales de izquierda fieles a la Revolución Cubana que rompieron con los escritores del boom y promovieron la crónica como una forma alternativa a la novela. A más de ello, la crónica ha demostrado, mucho mejor que la novela contemporánea en México, abarcar y retratar la realidad nacional de las dos últimas décadas. El ganador de este primer premio fue el periodista y cronista Diego Olavarría, quien lamentablemente, lejos de continuar la rica tradición en la que se cuenta a Salvador Novo, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Alma Guillermoprieto, se queda un poco corto, y de los tres libros aquí premiados su libro, El paralelo etíope, me resulta el peor sorteado.
Se trata de una crónica de viaje inteligentemente compuesta: Olavarría se remonta a su curiosidad infantil, recuerdos y casualidades que lo unieron a Etiopía para llevar a cabo un viaje a este extravagante país. El paralelo está llenos de memorias, reflexiones, críticas sociales agudas y sobretodo datos históricos sumamente interesantes que hacen amenas sus páginas. Desde el principio, el autor nos deja en claro que él no es un turista sino un viajero: no practica el viaje del placer, no acostumbra a hospedarse en resorts, no monta elefantes, no lee guías de viaje ni mucho menos se toma selfies en la playa. Prefiere perderse, andar sin rumbo, conocer a la gente y evadir, a toda costa, ser confundido con un turista con cámara en mano. Olavarría dedica varios párrafos a lo largo del libro para criticar el turismo, esa especie de colonización posmoderna que se apodera del planeta con sus divisas: reduce a las personas, su cultura y sus aldeas, a meras postales y concibe el mundo como un “enorme e inocuo museo; uno con tiendas de regalos por todas partes, pues en algún lugar hay que comprar souvenirs”. En suma, “el turismo aprovecha la desigualdad del mundo para pasarla bien”.
Con toda esta bien articulada perspectiva, yo esperaba que El paralelo etíope ofreciera una visión perspicaz, descolonizada y ajena a los comerciales de televisión de organizaciones que promueven la caridad y de los documentales de National Geographic o Animal Planet. Tenía la esperanza de que el autor retratara sujetos activos que hablan, que se presentan por sí mismos con sus historias y biografías. Esperaba que el autor me relatara la crónica suculenta (sin exageración hollywoodense) de una aventura por los paisajes y cultura de uno de los países más singulares y pobres en el planeta. Pero no: Olavarría termina haciendo todo lo contrario de lo que promete y, más aún, reproduce lo mismo que critica, no sin disculparse, claro, por las condiciones y obstáculos que se le presentan para viajar de la manera que él considera ideal. Vemos a un viajero que es forzado a hospedarse en un de los hoteles más concurridos por mochileros extranjeros, a descansar en un hotel Hilton o Sheraton (“esta no es la clase de viajero a la que pertenezco”) y a contratar guías turísticos que lo conducen a las aldeas de los aborígenes. Olavarría termina siendo todo lo que repudia y, a regañadientes, recorre Etiopía en “prendas deportivas, brillantes y sedosas, diseñadas en laboratorios” y con “tenis ergonómicos” que contrastan con “los pies descalzos, petrificados por los callos y la tierra”.
Hasta cierto punto, se entiende que el ambiente político y natural determinen la seguridad del viaje, pero la mayor debilidad de El paralelo Etíope es que no da una visión diferente de lo que estamos acostumbrados a ver en los medios de comunicación. Vemos “calles y plazoletas llenas de niñas prostitutas, de mendigos agonizantes, de niños con las bocas pegadas a trapos de resistol”, “humanos minando basureros en busca de envases para fabricar vajillas”, calles pútridas, moscas apocalípticas, lugares desvencijados por la miseria, etc. La forma en que representa a los nativos resulta, además de cliché, un tanto denigrante: Nati, un pequeño niño que se hace amigo del narrador, es como “un animal salvaje” que debe “arrancar un trozo lo más grande posible de la presa” (es decir robar cuanto pueda); la madre de Nati “tiene aspecto cadavérico”; los arrieros de mulas son “hombres zarrapastrosos de montaña”; un guerrero de la tribu bana deja en claro que “esto no es un safari, y él no es parte de ningún paisaje” (vaya, y qué bueno que lo aclara); ser mursi, dice Pepe, el primo que acompaña a Olavarría en el viaje, es lo siguiente: “No mames, las pulgas te están dejando como mursi”; lo niños como bestiecillas corren “desnudos y polvorientos”, y un estafador tiene “cara de avestruz” al que por lo demás quiere partirle la madre. Las personas, en suma, terminan siendo otra especie animal en la fauna desolada de Etiopía.
No dudo de la veracidad de estas imágenes, pero sí de la cosificación que sufren los etíopes al presentarse como sujetos pasivos en la pluma del cronista, quien en lugar de aprovechar las pocas oportunidades para dialogar y hacernos conocer a los etíopes, prefiere ignorarlos y recurrir al dato histórico o bibliográfico o, en el peor de los casos, contar la conversación que tiene con turistas. Así conocemos a un rastafarí de Nueva York, pero nos quedamos con curiosidad por saber la historia de dos jóvenes etíopes que enganchan al autor para llevarlo a un antro y después intentar robarlo. En lugar de contarnos la historia del Scout (lo llama así porque ni siquiera sabe su nombre a pesar de que pasa mucho tiempo en su compañía) que lo guía a las montañas y cascadas, presenciamos un par de escenas jocosas con unos españoles que van en la comitiva turística. Así, en un acto de escapismo, tal vez convencido que fue incapaz de sostener sus ideales mochileros, Olavarría decide escapar de la miseria de Etiopía dirigiéndose a las montañas, donde, ¿oh sorpresa?, desgraciadamente encuentra una panorama menos esperanzador.
Al final, me quedé con la sensación de no haber leído nada diferente a un documental de TV de paga y con el hastío que describe uno de los españoles chuscos, llamado Manolo, en la última página: “Bueno, ya lo han visto y hasta le han tomado foto, ¿nos regresamos ya, puta madre?” ¡Venga!
*Este texto apareció publicado en el blog del autor, lo reproducimos bajo su consentimiento.
Después de un periodo de trabajo de casi dos años, los diez artistas seleccionados para participar en la cuarta edición del Programa BBVA Bancomer presentan sus proyectos artísticos y obras resultantes en la exposición De la formación a lo público, en el Museo de Arte Carrillo Gil. A lo largo de sus cuatro ediciones, este programa ha pretendido impulsar la carrera de artistas jóvenes mediante una beca para la producción de obra, asesorías con artistas, curadores e investigadores de arte contemporáneo, el montaje de una exhibición colectiva y la publicación de un catálogo. A partir de estas características, es ineludible pensar en las exposiciones que se desprenden del programa como semilleros generacionales y termómetros de las nuevas propuestas, cuya selección está dada por un marco institucional. Sin embargo, para escapar de estos reduccionismos, Willy Kautz y Mónica Amieva, coordinadores curatoriales de la muestra, han adoptado una estrategia distinta para esta edición. Al asumir las limitantes temáticas y de relación discursiva entre los proyectos, implícitas en el modo de selección, han escogido centrarse en los procesos formativos de los artistas, con la finalidad de que desarrollaran una investigación artística que desemboque en una presentación pública dentro de un espacio expositivo museístico.
La curaduría de De la formación a lo público trata de visibilizar el proceso de las investigaciones de los artistas, los andamiajes teóricos y métodos de los cuales se valen, así como sus retos y soluciones. Por lo tanto, no se fuerza un discurso compartido o generacional, ni hay interés por empatar la producción de los artistas seleccionados en una misma línea. Cada práctica tiene tiempos y contextos específicos; son búsquedas lideradas por un individuo, pero unidas a un trabajo en conjunto en diferentes niveles, desde la producción hasta el diálogo, la mediación y la inserción en una comunidad o grupo social, con una clara intención de volver público el trabajo realizado. Es así que, sin buscarlo explícitamente, los puntos de contacto entre los modos de hacer y los proyectos se revelan y cobran mayor relevancia en la exposición.
Si tuviéramos que hallar denominadores comunes entre las obras que componen De la formación a lo público, encontraríamos la repetición, la memoria, la recreación y la subversión como temas y métodos recurrentes, en formatos escultóricos, instalaciones, performances, reportajes, fotografías y videos. Las piezas se construyen a partir de diferentes estratos de inserción en ámbitos públicos, que van desde el reconocimiento de prácticas individuales hasta dinámicas identitarias, familiares, sociales, comerciales, gremiales, tradicionales y comunitarias.
En la obra de Chantal Peñalosa, Tenemos muchos recuerdos de ese lugar, lo único que no recordamos es el día que dejamos de ir. – Testimonio 34, Plaza Cuchumá, a través de fotografías y esculturas, la artista deja constancia de las actividades repetitivas y cotidianas que realizan los dependientes de un centro comercial en decadencia en Tecate, Baja California. Los dobleces diarios de ropa que ejecutan las lavanderas junto con las inyecciones y baños a los perros que atiende el veterinario se materializan y perpetuan en los objetos de cerámica. Similar es el proceso de Omar Vega Macotela en Nosotros San Marcos, obra compuesta por heliografías, videos y esculturas de cera, que preservan los ritos de caza de don Guadalupe, oriundo de dicho poblado. La mirada del cazador obtiene protagonismo al capturar imágenes con una cámara, mientras que sus experiencias se cargan de nuevo valor al ser registradas y compartidas.
En Where’s the Beef ?, obra de Cristóbal Gracia, se activa el paralelismo disímil que una pieza puede tener en dos contextos distintos. En la Ciudad de México, la escultura Muro articulado, de Herbert Bayer, se hallaba en el olvido hasta hace unos años, cuando el patronato de la Ruta de la Amistad la recuperó. Por el contra rio, su réplica, ubicada en un centro comercial en Denver, Colorado, tiene una connotación incluso afectiva por parte de los usuarios de dicha plaza, quienes la conocen como «The French Fry Stack». Ante la negativa de un permiso para efectuarlo en la Ciudad de México, fue en Denver en donde Gracia, con apoyo de una cadena de comida rápida, convocó a un concurso para saber quién podía comer más papas fritas, un gesto irónico si lo entendemos como la ingesta de los componentes de la escultura.
Daniel Aguilar Ruvalcaba revive los estragos causados por la crisis de 1994 en su familia en ¿Por qué no fui tu amigo? Uno de los factores que contribuyó a su quiebra fue un préstamo emitido por Bancomer. Con una sólida táctica de crítica institucional, Ruvalcaba se comprometió a saldar la deuda de un homónimo de su padre, siempre y cuando este participara en las recreaciones de los episodios ocurridos en esa época. Actuando en el límite de los esquemas del programa, el artista produjo obra que después vendió y, con ese pago, liquidó la deuda de Juan Manuel Aguilar. Una vez más, la reactivación de la memoria se une a la imaginación subversiva para denunciar las crudas consecuencias de la vinculación con la institución bancaria a través de sus mecanismos inherentes.
Al repetir el título de la exposición varias veces, De la formación a lo público también puede leerse como «a lo público de la formación». No se trata ya de un proceso lineal con un final definido, sino de una retroalimentación continua, donde los proyectos artísticos se construyen en diálogo con su inserción en sociedad. Los trabajos de estos artistas dependen de relaciones comunitarias y reflexiones públicas; las estructuras formativas se fortalecen al ser expuestas. Este ejercicio expositivo funciona como recordatorio sobre la permanente bidireccionalidad e interdependencia de la formación.
A diez años de que El agua está helada fuera publicado y galardonado con el Premio Libro Sonorense 2006, rescatamos «Tarántula y mis ideas abandonadas» de Cristina Rascón, cuento en el cual se juega con lo fantástico y con lo onírico para crear cierta sensación de vaguedad, de incertidumbre, de irrealidad.
Retratos
Sentadas en la banca, Tara y yo vemos el álbum de familia: una banqueta gris con linde amarillo, favor de permanecer detrás de la línea; un brief canyon que es un hoyo de piedras rojas, muy bonitas, cortadas por una pareja de rieles; del otro lado la banqueta gris, otra línea amarilla, otra muchacha sentada con su bufanda enredada en las manos retando al frío, dos extranjeros tomándole fotos al anuncio con el nombre de la estación.
El sonido del tren, intermitente, truculento, grave… Pausa y nada, sólo resoplar, exhalar de un viento cansado, un viento interrumpido por los vagones, roto como un vidrio antes suspensión, como si el oxígeno hubiera solidificado para después estrellarse con la rutina. Pausa y nada. Sólo el viento cansado, roto, violado; moviendo travieso las faldas y los sacos largos de las mujeres, sacudiéndolos como si fueran olas en un mar de telas gruesas y gesticulaciones. Hace frío, dice Tara con los ojos que no tiene. Las manos se meten en las bolsas de los abrigos mientras rodillas desnudas se besan por el viento. Las botas son altas, negras, rojas, cafés. Pesa el maquillaje. Once pe eme. Ellas van al centro de Ōsaka en el último tren, a Umeda, a trabajar. Hostess. Yo tomo el vagón en dirección contraria, sintiéndome un poco extraña en casa por la noche, leyendo o viendo películas con mi amiga de estambre.
Decidí subirme a otro vagón hace unos meses, cansada del whisky y las risas, los cigarros y el tren de regreso a los suburbios a las seis de la mañana. Mis vagones van ahora hacia otras partes, atraviesan mi cerebro y llegan a mi estación central. Son los vagones que tanto tiempo quise tomar y no podía. Había que trabajar, llegar a tiempo, enviar dinero a casa, pagar créditos e hipotecas, ahorrar porque en un futuro. Había que pintarse las uñas y enviar currículums, no fuera a ser que la oportunidad me detuviera el paso hacia el vagón que no regresa hasta las seis de la mañana y me ofreciera otro tipo de vagón exterior.
Observo los retratos movientes. No se detienen en otras personas, ni siquiera el apetito viril se clava voyeurianamente en las piernas redondas que se frotan unas con otras, sentadas, de pie, acuclilladas. Aquí los ojos son caminantes sin otros ojos en dónde reposar. Observo los rostros blancos, rojos, dizque amarillos. Helados. Y los rieles y el sonido de las puertas del vagón, cuando se abren y cuando se hermetizan. It’s the same, everywhere, it’s the same as everywhere, rumia Tarántula, enrollada en sus propios viajes y preguntas, recordando trenes en Europa, México y Australia. It’s the same, even if those eyes could stop in some other wondering eyes, she says.
Renumero los foreigners que llegan a descubrir el oriente, los becarios con planes y papeles, las bailarinas de show y sus listas de novios, citas y billetes, los blue collar workers apadrinados por sus empresas y managers. Retrato en mi mente al inocente fuereño que no habla niponés y no sabe en qué dirección va el tren porque no sabe leer ideogramas y ríe y toma fotografías y eventualmente se cansa, aprende las direcciones por minutos transcurridos o número de paradas y se engrana en el lenguaje del silencio y las miradas hacia el suelo. Se cansa. Y de pronto se encuentra solo, al borde de la lágrima, sin saber por qué y piensa que Japón es territorio conocido, porque sabe que nadie miente y sabe exactamente qué preguntas le harán al conocerlo y cuáles serán sus respuestas, porque conoce cada sabor de los distintos tipos de salsa soya y de jóvenes preparatorianas. Eventualmente sabrá que es parte de una escenografía donde la pieza última del rompecabezas no es él, no era, no son esos que llegan ahora a la plataforma y fotografían el insípido letrero que nombra a la estación.
¿Tarántula?
Con regularidad se me cuestiona acerca de Tarántula. Se le acusa de no ser un ser viviente, producto de mi imaginación sin tubo de desagüe, proyección de mi personalidad fragmentada, instrumento de combate a la soledad, y no sé cuántas más erradas teorías sobre la pobre cosa que yace ahora sobre mis piernas, mirándome.
Tarántula es negra, esponjosa, aterciopelada. Huele un poco mal, pero es el tipo de seres que no se bañan. Sus ojos no están ahí donde habrían de estar, pero para sus expresiones no le son necesarios. Tampoco tiene lo que formalmente se conoce como patas delanteras y traseras, pero para trasladarse de un lugar a otro generalmente obtiene la ayuda necesaria, ya que tiene los amigos perfectos para alguien que carece de los órganos físicos requeridos, como articulaciones y columna vertebral. Ni pies ni garras ni aletas, pero tiene un juego de cincuenta pares de estambrosos filamentos, gruesos y útiles para tener contacto con espacios físicos, seres humanos y animales. Su forma se puede confundir con la de una serpiente, pero su eje principal es demasiado flaco y blando. Sus patitas son estambres largos y débiles. Alguna vez tuvo amoríos con un gato holandés que se obsesionó con tales patitas estrujables.
Si de su personalidad se trata, es una fémina coqueta y observadora. Le gusta salir de noche a pubs y centros de baile, le gusta el olor del cigarro y las bebidas alcohólicas, y tiene gran curiosidad por todo tipo de drogas. Hace unos meses estuvo viviendo con su novio El Gay, corona con flores azules de orígenes europeos. Por cierto, Tarántula viene de París, no me gusta hablar con ella sobre su ascendencia, no sé mucho acerca de su familia y me incomodaría que preguntara demasiado. Le gusta viajar en avión, arreglarse con broches de colores, usar lentes para ver libros y películas, y digo ver porque no sabe leer ni escribir. Pero Tarántula es inteligente. Da buenos consejos cuando se los piden y es más que nada un ser de tranquilidad, de relajamiento, de diversión y sexo responsable, nunca escaso y nunca eterno. Últimamente ha penetrado el mundo de mis sueños. En mis oníricas alucinaciones, Tarántula se movía sola, sin necesitar de la mano o el cuello de alguien para enrollarse y conmutar. Era extremadamente felina y femenina, y al final del sueño me reconocía y contestaba a mi frase de Te quiero como puede contestar mi mejor amiga. Tarántula es eso, una amiga, a pesar de que our acquaintances supongan que soy su madre adoptiva. Tara ha crecido y madurado a mi lado. Nuestros destinos se enrollan en sincrónica cuenta hacia atrás.
Vagones
Las casas muestran orondas techos sin azoteas, techos sin desorden de ropa a secar, sin perros rascando el precipicio. Techos de escamas gruesas, azules, grises, negras. Nunca un color saltón o la improvisación del cuarto pequeño, la pareja escondiéndose, el hombre fumando. Pareciera que no hay persona suelta, que hombres y mujeres pertenecen matemáticamente a una recámara, a un coche o a un vagón en el estómago del metro. Pareciera que sólo existe el Nosotros: pasajeros admirando la vista desde una ventana hermética, viendo pasar los techos y las calles y el mar, allá, lejos.
Techos como pequeños botecitos de basura, con su correspondiente cubierta impecable. Como si también tuvieran la etiqueta de inflamable/plástico/latas. Pero no la tiene, no hay letras pintadas, ni números. Sólo líneas entrecruzadas, decorativos artísticos, árboles moldeados desde pequeños. Recuerdo los techos habitacionales en México, las azoteas desbordándose de perros, pedazos de cartón y cáscaras de fruta. Las tapas coronándose de tendederos y mujeres y niños. Las cucarachas gigantes y voladoras, cruzando la frontera de un bote a otro; hombres hacinándose en alguno que otro, porque donde come uno comen dos compadre, déjeme al chamaco. Things may look nicer, but it’s the same, the same shit inside of the little boxes – says Tarántula.
A mí esta vista de los techno tecno tekno buidings me molesta. Habrá ciertos compatriotas que enloquezcan ante la innovadora, hermosa, eficiente, exacta y matemática arquitectura nihon-nesa. Habrá uno que otro turista que gire su vista hacia mí y me diga señalando a la ventana: qué hermosura, qué vista, los edificios, el puente, el atardecer, qué bello. Entonces me invade la náusea, las hileras de por-qués, de qué-ha-go-a-quí-es. Si todo frente a mí fuera un archivo de corel draw yo borraría (delete, cut, edit) todos los horribles edificios que sabotean el mar con sus escamas de luz. El sol, que aquí y en China (no tan lejana) parece una flotante yema de huevo, tiembla y se sonroja y me llama. Me dice algo en su luznaranja. La vista desde el sol debe ser fascinante, ¿qué borraría el sol del paisaje desde su tiempo más veloz y más lento y más eterno? Se atraviesa una fábrica.
Yo contesto a la voz que a mi lado alaba la vista desde el monorreil de Ōsaka: —Es que a mí no me gustan los edificios, me estorban. O contesto: será que a mí no me gusta ver los paisajes desde abajo.
—¿Cómo desde abajo?
—Sí, sin tener que atravesar tanto cerco, techo, fierro, ventana, puentes. Incluso desde aquí, a una altura paralela, donde el sol y mi cara se encuentran directito, incluso así, no me gustan los edificios (gris, acero, aviones, humo, toneladas de pisos enfilados a romper una nube, dos, las que se atraviesen).
A mí me gustan las ciudades desde arriba, cuando tierra y verde y edificios se vuelven amalgama paisajesca. Me siento entonces como Alicia en el país de las maravillas: agigantada. Será que a mí Japón ya me está quedando atrás, será que tengo que cambiar de vagón, de carreras nocturnas, de paisajes soligrisáceos. Será que mi propio vagón contestará todas mis preguntas, recuperará mis ideas abandonadas.
O, más bien,
Japón ya me está empequeñeciendo, me convierte en un chip disfuncional incrustado en la matrix panorámica y por más que yo siga maquinando cómo salir de la máquina, la Mano Nipona me engarra la cabeza con pinzas gigantescas y me arroja en el cesto de la basura no. 3: No Reciclable: Mi dormitorio y Tarántula.
Por todo esto, he decidido abordar mi propio vagón hacia la tierra del hubiera.
Unknown territory (The If-land)
Tara insiste: no abordemos, no. Pero las puertas se abren y mis pasos avanzan. Si Japón es territorio conocido, alejarme de Japón. Si Japón es el universo, alejarme del universo. Si Japón no soy yo, acercarme a lo que soy. En el vagón del hubiera hay muchas mujeres. En el vagón del hubiera me veo de pie, colgada en las argollas con traje sastre, me veo sentada y descalza con un punto rojo en la frente, me veo con uniforme deportivo, con mallas y vestido corto, con vestido escotado y zapatos altos. Todas las ellas están aquí, estacionadas en el vagón del hubiera, como si el tiempo no, los años no, la conciencia menos.
Entonces aparecen las mujeres enamoradas del hombre equivocado, caminan y discuten frente a mi bufanda y yo, que sabemos esas mujeres soy, fui, hubiera sido, era y otra vez soy. Mujeres con hijos, con lágrimas. Mujeres de cabello largo escribiendo canciones de protesta. Mujeres ilegales. Este vagón no soy yo, tampoco, le digo a una mujer mayor, con cara de autonomía. Tampoco yo, me responde. No se parece a mí, no ahora. A lo mejor soy otra pieza de la serie, a lo mejor ya me abandoné y encerré en esta escenografía, tal vez.
Me asomo al resto de los vagones, todos parte de la If-land, de otros seres, de otros japoneses. Una anciana en kimono fuma cigarros de clavo, un joven soldado pregunta algo en ruso, una rubia en uniforme colegial se me queda viendo mientras camina de la mano con un hombre mayor de ojos rasgados, un hombre vomita brocha en mano tratando de pintar el interior del tubo de acero. El tren se vuelve algo así como el edificio frente a la bolsa de valores en París con sus murales underground, como el graffiti en el muro de Tijuana, como una tarjeta navideña hecha pedazos, como un orgasmo fluorescente, escupitajos en el suelo, sudor, besos, carcajadas. Tarántula me planta en un sofá obstáculo al sendero peatonal, entre los asientos, su mirada puesta en mí, luego en el paisaje, en las casas y castillos que cada vez menos y en el verde montaña, el verde fresco que nos pertenece a todos y ya hemos nombrado de alguna forma, en todos los idiomas. Don’t let me go, she says.
Lo sabe. Este leak del universo es lo que yo no era, lo que ya no soy, lo que pude mas no quise haber sido. Este vagón ya no es para mí. Tarántula es amiga de la mujer que se queda en el sofá, apretujando filamentos negros, fumando insegura, flotando entre las noches y su búsqueda de pertenencia. Esa que ya no soy o más bien he decidido no ser. Una mujer más mirándome con ojos que son míos. Mi reflejo frente a la puerta que se abre, mis pies que descienden, mis manos libres. Me siento y observo a una chica allá, del otro lado de los rieles, bufanda enredada en las manos retando al frío, dos extranjeros fotografiando el anuncio que nombra a la estación. El verdadero territorio desconocido is the I-land, I say. A las doce los trenes terminan su faena y faltan cinco minutos. Froto mis rodillas, espero sin tomar fotografías. Todavía me falta abordar el vagón hacia mí misma, in order to truly find some other pair of eyes I could lay on, somewhere else inside of me, somewhere else outside of me, maybe it wouldn‘t be the same, maybe, may, be.