Tierra Adentro

Los primeros fueron textos delirantes: dibujos y garabatos, imprecaciones y balbuceos sin mucho sentido. Escupitajos en serie de mis residuos emocionales. Recostado sobre la cama de un cuarto tapizado con carteles de cuerpos femeninos, a veces tomaba los lápices de la infancia para trazar palabras sobre la piel impresa de las modelos. Todo salvajismo adolescente tiene debilidades. Más temprano que tarde, abandoné la lógicas familiares de sacrificio en la productividad, para seguir a un primer amor con edulcorada ceguera animal. Ella me ayudó a salir de ahí y, para matizar el juego absurdo que recién comenzaba, también me traicionó largándose con un danzante conchero de modales «impecables» y razones de perogrullo. Y yo, como en el amanecer de una fiesta; con una resaca del demonio, embadurnado de merengue y desnudo frente a la mañana del mundo y sus sandeces. Pero al menos ahí estaba, aunque loco, salvo: los últimos años de mi segunda década de vida habían transcurrido sin que nadie me violara o me enviara a una guerra. Sin embargo, fue ahí que perdí del todo la inocencia. Ahí, también, comencé a escribir.

Optar por una escritura que imagine honestidad puede representar la renuncia a un paraíso de moral tranquilizante fincada en las necedades que intentan explicarla. Es dudar con constancia y a la vez engañarse porque a uno le sabe bien. Toda levedad —necesaria para asumir los dispositivos de la literatura— tiene algo de angustioso. Y luego lo demás: odio o alegría, placidez o nerviosismo; la vida del equilibrista sobre cables tensados por las antípodas y sus mil contradicciones. Es decir, un desasosiego como resultado de haber perdido el contacto con la materia sensible de las cosas, la comprensión de su pulpa primitiva. De esa manera, quien escribe más allá de la denotación, como es el caso de la escritura poética, se acerca también a la soberbia del poder y al dolor provocado por la renuncia a una primera libertad en los actos.

Así, eso que llaman «ocio» comenzó a parecerme, por aquellas épocas iniciales, una sofisticada simulación para que quienes nunca deseamos nada con prudencia tuviéramos algo en qué ocupar las manos. A la vez un paliativo para no terminar delirando por las calles, bañados de ira ante la aridez de los días transcurridos en la ciudad. Navegar montado en dispositivos identitarios en el mar fantasmal del juicio lector. Porque de cualquier manera, a la larga comencé a disfrutar de aquel juego, gracias a que lo defendido ahí estaba hecho de ficciones abiertas, frente a la cerrazón de aquella otra ficción llamada pomposamente «verdad». Un presentimiento en el montaje regido por las leyes del arte, para la defensa de islas subjetivas dentro de las cuales se guardan cristales para observar el mundo. ¿Quién dice que las cuentas de vidrio no tienen su propio valor?

No puedo entonces hacer apologías reduccionistas: yo era un ser que abusaba de su mirada, desde una soberbia cuya raíz estaba en la creencia de una inteligibilidad propia. Nada más, pero nada menos. Luego, un onanista capaz de sentir placer particularizando el sufrimiento de los demás y el suyo propio. Pronto habría de planteármelo: el nacimiento de la escritura está en el fracaso de los cuerpos y en la imposibilidad del disfrute pleno de experiencias alternas e intransferibles. Ese esfuerzo de comunicación emocional que a duras penas da frutos en el amor.

Y aun así, aunque el amor sea una especie de animal medroso, escondido en quién sabe qué agujero del bosque, también se perfila en lo escrito. La poesía, similar a la masturbación y a sus instantes posteriores, es apenas su llamado. Dibujar barroquismos con los restos de líquido seminal, e imaginar que eso sirve al menos para sugerir el origen del mundo, su recomposición atómica como modelo. Semina rerum, decía Lucrecio: partículas materiales infinitas, indestructibles, indivisibles e invisibles que permiten paliar el temor a los dioses, en pleno orgi-reven mundano. Por ello, ya en el extremo, la poesía se me antojaba un acto de dolor minucioso hacia la paradoja del placer, reconstrucción de sentido en el extravío del sinsentido. Aquellos otros mundos, vaciados en el texto. Y el poeta: un personaje construido por el autor que los figura, fingiendo su realización en el entramado de vínculos significativos. Su disfraz es el de la política de la identidad, forjada mediante la comprensión de los detalles del discurso. Entonces el empleo de herramientas —también el video, la acción, la música, etc.— encuentra su sentido más allá de la tradición. Vehículos no al servicio de la conservación de una idea orgánica del mundo, sino útiles para transgredir los límites. ¿Cómo perderse de la diversión de un cierto desvarío frente a una «realidad» operativa cada vez menos eficaz para explicar la vida? Porque aquel yo que firma, sabe intuitivamente la diferencia entre lo fasto y lo nefasto cuando intenta convencer mediante su discurso (per fas y per nefas según la definición de Schopenhauer: medios lícitos y medios ilícitos). En eso se basa el principio del placer, regido por el deseo y la seducción de la diferencia. Entonces, un acompañamiento en el desatino que implica el pensamiento hasta sus consecuencias extremas.

Al respecto, siempre recordé una idea, extraída de la lectura de El Perfume de Süskind: si ya has contraído ántrax y has sobrevivido, tu cuerpo naturalmente será resistente. Decidir quedarse es aceptar la complejidad de las operaciones para subsistir; su lógica irremediable. Lo que no implica tragárselo todito —con albur incluido—. La literatura, la poesía, las múltiples hibridaciones que la exceden, funcionan más allá del deleite. Son fisuras capaces de reconfigurar el espacio en el que están insertos. Y el trabajo del poeta es mayor al que suele reconocérsele. Aquel que se concentre exclusivamente en escribir poemas desatiende lo más interesante: hacerlos posibles, hacerlos realidad, ser la realidad presente que, aunque sea por unos segundos, exorcice la neurosis de la verdad, la tome por asalto, la haga recular y la obligue a aceptar que también es aquello que creía no ser.