Morelos vive un momento efervescente en la escena cultural. No se trata de la impresión de un recién llegado que resulta deslumbrado por la retórica cultureta gregaria, ni de una lectura superficial, sino de un sumario de elementos que reunidos resultan un corpus más que notable.
Por ejemplo, Ruina Tropical es un movimiento propuesto por Davo Valdés, Amaury Colmenares y Faby Valdés que genera eventos artísticos multidisciplinarios en espacios no institucionales; este colectivo se ubica en Cuernavaca y toma la ciudad por asalto, involucrando artistas de todas las disciplinas, con un fuerte acento en la producción literaria y la fotografía. El jueves 14 de jukio del año pasado, la lectura de cuentos 4LETRAS en Casa Tikal, con escritores como Roberto Abad, Diego Gallardo, Eduardo Oyervides, Tigram Contreras y Abraham Villaseñor, fue una cita de lecturas aceptables y una concurrencia nutrida, de hecho todos los eventos se caracterizan por tener una gran participación de público, lo que cumple uno de los objetivos del colectivo: la generación de nuevos públicos, aunque eso a veces resulte en una ruidosa convivencia como en la lectura de poesía 4LETRAS en el bar Penny Lane, donde la poesía de Denisse Buendía Castañeda, Ivana Melgoza, David Cerqueda, Lu Schaffer y Rodrigo Bazán luchó palmo a palmo con el ruidazo ambiental, con una victoria para quienes particparon, cabe decirlo, porque no era el típico cuchicheo de bar, sino una auténtica conflagración de estruendos felicísimos de ambos bandos, con la poesía arrancando aplausos y desbordando las manifestaciones jubilosas.
La poesía está viva y goza de una vitalidad singular en Cuernavaca, florece como florecen las ruinas de Mirada Ruin, proyecto fotográfico de Bernardo Ávila que documenta esa decadencia urbana elemental a todas las urbes, que en el caso de Cuernavaca es aún más dramático y paróxico cuanto de exuberante y colorido tiene la fastuosa reapropiación de la naturaleza de las construcciones citadinas, que la hermana en su florida decadencia con La Habana, Detroit y Chernobil.
Ruina Tropical también es música con Loquera Morelanse, serie de presentaciones de grupos como Los Pápalos, Akapulke, Old Wave, Chronos; algunos de ellos participaron también en la intervención masiva de la nueva sede de la compañía de circo Submarino Morado, una enorme construcción en forma de redondel que está en obra negra. El evento llevó el nombre de Grietas y participaron artistas como Cisco Jiménez, Lalo Lugo, Patricia Couto, Minerva Ayón, Natalia Efe, Eduardo Casillas, Pedro Mantecón, Ale Marzana, Josemaría Bahena y Claudio Rousselon, y los músicos Augusto Herrero, Lolo, Diego Álvarez Icaza y Pedro Mantecón.
Ruina Tropical se enlaza a través de sus integrantes con otros movimientos, como La Rabia del Axolotl, una plataforma colombiana de difusión de arte latinoamericano, y con la revista La voz de la tribu, de la UAEM. En esta red de correspondencias arbitrarias, me es inevitable pensar en la ciudad de León y su Poesía Mugrista, movimiento poético multidisciplinario encabezado por José Zarzi, Pedro Mena y Carlos Hugo González, que como una bocanada refrescante irrumpió en bares y cantinas con poesía, música rompedora, multimedia y artes visuales, degenerando luego en el más formal Encuentro de Poesía de León, programando lecturas de escritores como Rocío Cerón, Ángel Ortuño, Julian Herbert y León Plascencia Ñol. Continuando con los paralelos, la ciudad de Cuernavaca vive la florescencia cultural después de una larga noche de violencia y atrocidades que no terminan de acabar, pero que ya no alcanzan los niveles de alarma de hace escasos años, cuando la captura con lujo de violencia del capo Arturo Beltrán Leyva generó un abanico de reacciones violentas y sumió a la ciudad y la región en la depresión moral y económica. En estos días el crimen organizado se deja sentir con fuerza en León, cuando antes Guanajuato era considerada una “plaza libre”, es decir al margen de las acciones violentas que han bañado de sangre al resto del país, como si se tratara de una excepción a la regla, un islote de paz en medio de los tiroteos de Michoacán y Jalisco.
Las acciones culturales en este contexto violento entonces, pueden-deben ser entendidas como acciones de resistencia y disentimiento, retomando espacios públicos que le pertenecen a todos y no al crimen organizado y sus aliados en los gobiernos. Esta reapropiación es necesaria para expiar el miedo y evitar que éste nos paralice como sociedad, es entonces cuando el arte debe ser ariete y cuña para la acción social, el arte como factor de cambio en una sociedad lastimada; los artistas de Morelos han aprendido esa lección que quizá ahora le tocará aprender al Bajío… Al menos ese es el discurso dominante entre los artistas cuando se les pregunta si el arte puede aportar algo de luz tras la oscurana que vive nuestro país, cuestión que sirve de eje al documental que realiza el cineasta Adrian Castillo, sobre los artistas de Morelos. Este documental es derivado de otro proyecto mayor, un catálogo de artistas de Morelos que dirigen, al margen de las instituciones oficiales, Ricardo Ariza, Ulises García, Denisse Buendía y Miguel Izquierdo. Este trabajo monumental se propone reunir artistas de todas las disciplinas y áreas afines como la gestión cultural y la curaduría, desde artistas emergentes, hasta artistas de larga trayectoria como Roger Von Gunten y los escritores Javier Sicilia y Francisco Rebolledo.
Algunos foros que animan la vida cultural de la ciudad son el restaurante La Maga, un foro bastante activo para músicos y exposiciones, sede de El Rapidín, una iniciativa de Belem Recillas que semana a semana convoca a artistas visuales para elaborar pequeñas piezas en vivo y que ha resultado un exito; L´Arrosoir, otro sitio siempre lleno que presenta ágilmente exposiciones de gran calidad y que es el centro de reunión obligado de la comunidad cultural; Celofán, una cooperativa de artistas con una tienda que exhibe y vende lo que producen; y LAMULI, Laboratorio de Arte Múltiple e Impresos, un taller de producción y galería que ofrece clases de grabado y producción gráfica con artistas, así como el multiforo Aquí Estuvo Zapata.
Mención aparte merece el colectivo Lunámbulas, una agrupación de poetas feministas que echan mano del performance, la música y la poesía para poner a discusión temas como la violencia de género, los feminicidios (Morelos presenta uno de los índices más altos del país, y es por decreto federal un Estado en Alerta de Género), el aborto y la equidad de género. Además del colectivo, las cuatro Lunámbulas, Xochiquetzal Salazar, Barbara Durán, Amatista Lía y Denisse Buendía Castañeda, tienen por separado una nutrida agenda relacionada con los derechos humanos, la literatura, el feminismo y la música, como es el caso de Amatista Lía que recién compuso letra y música del Cabaret Concierto para Locas, Putas y Feas, de la aguerrida showgirl Minerva Valenzuela.
Por si fuera poco, el estado de Morelos fue el invitado del Festival Cervantino en 2015, llevando a tierras guanajuatenses una buena comitiva de artistas morelenses, sobretodo grupos musicales-multimedia, que aunque grande y variada, sin embargo, apenas representa una breve selección de todo el panoráma musical de la entidad. Por nombrar algunas: Neoplen, Las Galletas de Mr. Esqueleto, Cuarteto Magatama, Never After Before, Som Bit, Libertad de la tierra, Fake Fémina, Cuarenta Días, Rinno, La Banda de Tlayacapan Brígido Santamaría, Son de Tepoztlán, Jesús Peredo Flores, Tembembe Ensamble Continuo, BaNdula, Los Amos del Recreo, Sociedad Acústica de Capital Variable, Ary Ehrenberg , Javier Ocampo, Elías Xolocotzin, Marte Roel, Moises Regla, Raquel Punto, Galo Íñiguez, Leonardo Requejo, Capital Sur, ÁdadA, Leika Mochán, Seres Lunáticos, Ikal Gallo y Sesar Adjuster, Zeñal & Zación, Casa del Sur, Valsian, María Cantú, Kamikaze Beat Band, La Bolonchona, Djémbere y, mi favorito, el power dúo La Perra.
Empecé a escribir para la revista Tierra Adentro hace exactamente dos años. Así me lo recordó una notificación en mis redes sociales la semana pasada. Un aviso que contribuyó a un recuerdo pero también me devolvió al punto de partida. Cuando escribí los primeros textos todavía no abría la cafetería que frente a mi casa, me veía en la necesidad de buscar lugar en alguna atiborrada cadena y quedarme ahí hasta el cierre. Empecé a organizar mi semana en función de lo que entregaría; el proceso empezaba desde qué pensaba en un tema y cómo éste sería pertinente dentro del campo semántico: literatura infantil y juvenil. A partir Los libros de niños no son para niños, el primer escrito publicado en la revista, mi mensaje era más o menos claro: no creía en la existencia de algo tal como literatura infantil y juvenil, pero debía escribir sobre ella.
A pesar de entender la literatura como un todo, cuyo quehacer va más allá de las edades o los públicos, el ejercicio propuesto era el de acotarlo a categorías establecidas cultural y comercialmente. Para mí desgracia, me había interesado en una literatura que nace de la segmentación y que le atribuye a su lector características innegables. El proceso se dio como se dan todos los procesos editoriales en la literatura infantil: un adulto se acerca a la concepción que tiene de cómo es o debería ser un niño, luego construye un discurso. Mi referente más cercano fue siempre mi propia infancia, pero también la resignificación de ésta muchos años más tarde. Revisité los primeros textos que leí e intenté evocar las razones por las que se habían vuelto entrañables. Sin embargo, este recurso se agota , al poco tiempo se vuelve testimonial y poco importaba mi biografía lectora. Seguí adelante partiendo de los títulos y autores que como adulta me habían parecido relevantes y propositivos. Los lectores siempre quieren mirar recomendaciones, posibilidades lectoras que los emocionan o despiertan algún tipo de curiosidad.
Con el tiempo los textos que enviaba a la revista se convirtieron en híbridos entre mi primer y segundo intento. Volvía a una noción de una literatura sin edades, era una adulta leyendo libros para niños, pero empezaba a vincularlos con problemáticas de mi vida cotidiana: la neurosis, la oscuridad, la pérdida, la lluvia, etc. Este ejercicio me recalcó la posibilidad de una literatura sin adjetivos ni etiquetas. A pesar de que los textos aparecieran en la sección “Literatura infantil y juvenil”, eran leídos, escritos, editados y criticados por adultos. Ningún niño tuvo noticia de su publicación.
Las discusiones, algunas internas y otras sociabilizadas, me obligaron a establecer ciertas categorías de análisis que me permitieron no olvidar por qué existe esta segmentación y cómo se construye la idea de un lector especializado. Mis tres grandes (pero intrascendentes) conclusiones a partir de la relectura y escritura fueron las siguientes:
1. Cualquier libro es para un niño si no lo aburre, si lo entiende y quiere seguir adelante.
2, Los niños pueden enterarse de cualquier tema, si el tema no les resulta cercano o no empatizan con él, lo dejarán de lado.
3. Los adultos estamos aterrados del mundo que rodea a los niños contemporáneos, pero aislarlos y desinformarlos los vuelve vulnerables ante los peligros inevitables de vivir.
Mis conclusiones no son certezas, son verdades provisionales o interrogantes que nacieron con la escritura de una literatura que se define por adjetivos. Adjetivos que la complejizan, la llenan de sutilezas, la problematizan y la vuelven más que una “cosa de niños”. Estos dos años, casi ininterrumpidos de publicaciones, sirven para mirar en retrospectiva aunque este ejercicio no termine nunca. Quizá revisite los mismos temas en algunos años y los aborde desde perspectivas radicalmente opuestas. La literatura (una o muchas) nos brinda la posibilidad de repensarnos una y otra vez.
Ilustración: “No me olvides”, Abril Castillo Cabrera
No todo dibujo es para niños ni todos los libros infantiles son ilustrados. ¿Qué es un libro álbum? ¿Qué hace que un libro sea para niños? ¿Existen reglas básicas? ¿Son inamovibles? ¿Quién las determinó?
Hay autores que reflexionan sobre su propia poética desde el quehacer creativo, pero son sobre todo los críticos, los promotores, los especialistas quienes determinan los cánones actuales de literatura infantil y juvenil (LIJ). Muchos de ellos deciden también qué se publica y qué llega a los lectores en forma de planes escolares o listas de fin de año.
Más que hablar desde la prescripción, desde el deber ser, dada la proliferación del mercado editorial de LIJ, cada día surgen tan diversas propuestas que es posible estudiarlas desde sus particularidades, sorprendernos con las novedades y, también, aburrirnos con las réplicas, las copias, los lugares comunes y los discursos moralizantes y vacíos.
Se puede abordar la crítica de la LIJ desde el punto de vista pedagógico, histórico o literario. En el mundo de los libros para niños por lo general intervienen especialistas en la infancia, en la promoción de la lectura, en la narración oral, la literatura, la divulgación científica, la ilustración, el diseño, la edición. Unos prescriben los libros y otros los escriben. Resulta más claro que afirmar qué fue primero, si el huevo o la gallina, que saber si la escritura antecede a la lectura y a la crítica. Sin embargo, las tres están tan intrincadas que parecerían ocurrir simultáneamente, comunicarse a cada paso y a veces prescribir mientras se escribe una obra.
El papel que juega la ilustración en el mundo del libro infantil y del libro en general reporta grandes cambios en los últimos años. La ilustración es un discurso que siempre ha estado al servicio del textual, subordinada y menor. Pero hoy en día resulta innegable que representa un discurso que cada vez le pide menos a otros. Que los ilustradores son artistas completos, aunque siempre lo hayan sido, quizá hoy más porque el medio los reconoce como tales. Desde hace décadas se producen libros álbum sin texto, en congresos y encuentros a algunos ilustradores ya se les llama autores sin aclarar que sólo dibujan, los adultos son consumidores de libros ilustrados y hay editoriales que publican para un público general álbumes y novelas gráficas.
No todo dibujo es ilustración, ni toda ilustración es infantil. Pensemos en dos géneros altamente estudiados y que aun así, parecen resbalosos, difíciles de contener en un solo cajón: la novela y el álbum ilustrado. Ambos géneros han sido espacio de exploración y artistas de todas las épocas han hecho de esos formatos campo de juegos múltiples que, a pesar de su diversidad, pueden contemplarse como géneros.
Como me parece que si partimos de su contenido ambos géneros son difíciles de aprehender, quizá lo más sencillo sería tratar de explicarlos por su forma. Pero, de nuevo, ambas se enredan constantemente.
Recuerdo que aprendí el concepto de género literario por los formalistas rusos. Al releerlos encontré fascinante los puentes que pueden tenderse entre cosas quizá tan dispares como un análisis formal de la literatura y este no-género formato que es el álbum ilustrado.
Porque, para empezar, ¿qué es un género? Boris Tomachevschi, hace casi cien años, afirmaba que “la escala de los géneros es compleja: las obras se distribuyen en vastas clases que a u vez se diferencian en tipos y especies. Si descendemos en la escala de los géneros pasaremos de las clases abstractas a las distinciones históricas concretas hasta llegar a las obras particulares”.1
Para abordar el libro álbum moderno bien podríamos partir de Donde habitan los monstruos (1963) de Maurice Sendak, quien fue uno de los pioneros en utilizar la doble página y dar un nivel imperante a la ilustración en la construcción del discurso narrativo. Páginas donde no hay texto pero la narración continúa y se teje de manera contundente. Se podría hablar de casos particulares de autores que vienen de esos cincuenta años a la fecha haciendo cuña, como Peter Sis, Kveta Pacovska, Tomi Ungerer, Roberto Innocenti, hasta la actualidad con propuestas como Isol, Oliver Jeffers, Javier Sáez Castán, Shaun Tan, entre tantos otros. En cincuenta años ha cambiado mucho el panorama y las propuestas. Lo que era un álbum en 1963 y lo que es hoy, con todas las coincidencias que compartan, debería haber cambiado, en tanto forma de arte.
En sus estudios, publicados hace casi cien años, los formalistas rusos ponían énfasis en la función poética del lenguaje y no tanto en sus autores o lectores, aunque evidentemente estaban implícitos.
En la evolución de cada género llega un momento en que después de haber sido utilizado con objetivo enteramente serio o “elevado”, degenera y adopta una forma cómica o paródica. El mismo fenómeno se produjo con el poema épico, la novela de aventuras, etc. Las condiciones locales o históricas crean diferentes variaciones, pero el proceso conserva esta acción como ley evolutiva: la interpretación seria de una fabulación motivada cuidadosa y detalladamente, cede lugar a la ironía, a la broma, a la imitación. Así se produce la regeneración del género: se hallan nuevas posibilidades y nuevas formas.2
Borges desdeñaba las novelas porque decía que estaban llenas de paja. Las novelas son casi por excelencia misceláneas, extensas, aburridas o divertidas, exhaustivas o inacabables. Dentro de una novela cabe todo, hoy en día hasta dibujos, quizá de ahí ese más o menos nuevo término de novela gráfica que muchos dibujantes de cómic tomen con recelo. Se habla de que la novela gráfica es simplemente una historieta en pasta dura, un cómic nombrado desde un esnobismo que ha puesto a ciertas obras por encima de otras, lo independiente por encima de lo comercial, lo artístico por encima de lo mainstream.
¿Para qué se evidencia un artificio? Cuando se intenta enmascarar un procedimiento perceptible, produce una impresión cómica, en detraimiento de la obra … Por lo visto, los procedimientos nacen, viven envejecen y mueren. A medida que se aplican se vuelven mecánicos, pierden su función y dejan de ser activos. Para combatir su mecanización se los renueva mediante una nueva función o un sentido nuevo: la renovación del procedimiento es análoga al empleo de una cita de un viejo autor en un contexto nuevo y con un nuevo significado.3
Si la primera novela moderna fue El Quijote y el primer álbum Donde habitan los monstruos, ¿qué ha ocurrido al día de hoy? Muchos definen un álbum como dos discursos, texto e imagen, perfectamente intrincados, de tal manera que uno sin el otro no sería lo que es, como dos voces que construyen una única voz. Uno puede analizar varios álbumes clásicos del siglo XX y comprobarlo, el problema surge cuando no se hace la prueba del termómetro del álbum una vez que el autor lo ha terminado, sino que se vuelve prescripción o receta del éxito.
Los procedimientos de construcción se agrupan y se crean clases particulares de obras (géneros) caracterizadas por un agrupamiento de procedimientos a los que llamamos rasgos del género … Estos rasgos son polivalentes, se entrecruzan y no permiten una clasificación lógica de los géneros con base en un criterio único. Los géneros viven y se desarrollan: en las obras que aparecen posteriormente se ha de observar una tendencia a asemejarse a las de ese género o, por el contrario, a diferenciarse de ellas.4
La solución más fácil sería dejar de llamarle álbumes a ciertos libros, pero hay un cierre de fronteras entre aquellos libros que a todas luces no son álbumes y otros que para unos sería álbum y para otros no. Y esos libros frontera son quizá los que más rompen actualmente los paradigmas de lo que es el álbum. Su relevancia está en que es la imagen quien pone todo a temblar. Las ilustraciones cobran relevancia y ganan terreno día a día en el ámbito editorial y no lo hacen como meras acompañantes del discurso del otro.
Por otro lado, ¿qué hace que un libro sea infantil? ¿Los temas, las imágenes, el manejo del lenguaje, los colores para cada edad, el público al que va dirigido? Parecería que ese análisis que funciona con la lectura, mata el arte con la creación. No es lo mismo desbaratar un reloj para entender su funcionamiento que seguir esas mismas reglas para generar una obra de arte. Como dicen, la poesía es del cielo cuando se lee y del infierno cuando se trata de explicar. Porque el arte no tiene una única función y no hay recetas para conmover.
El mejor arte es el universal, atemporal. Los mejores libros para niños no son sólo para niños, son para cualquier lector. Y los mejores artistas no están preocupados en ser publicados o no es su máxima, sino que quieren entender el mundo y verlo por primera vez siempre, tal como en El pintor debajo del lavaplatos, novela del portugués Afonso Cruz: cuando el hijo nace y lo miran con un ojo cerrado, la partera afirma que el niño será artista. La madre tirita de tristeza y afirma que “no hay nada más triste que ser un artista y ver todo por primera vez. Cuando vea las cosas quiero que me sean familiares. Solo se es feliz cuando ya no se sienten los zapatos en los pies”.5 El gran arte nos sorprende porque siempre es diferente; es una cuña que modifica paulatinamente los modos de ver el mundo.
Los libros para niños desde siempre han estado parados en la parte de hasta abajo del escalafón, junto con la infancia, pero ganan terreno poco a poco al ser leídos por todos. Y así los escritores como los ilustradores ganan estatus, junto con las editoriales que los publican:
El proceso de canonización de los géneros vulgares no constituye una ley universal, pero es frecuente que cuando un historiador de la literatura busca las fuentes de un fenómeno literario, debe dirigirse a los fenómenos insignificantes y no a los grandes fenómenos literarios precedentes. Los grandes escritores se apoderan de los géneros vulgares y los elevan a cánones de los géneros cultos en los que determinan efectos estéticos inesperados y profundamente originales. El periodo de expansión creadora de la literatura está precedido por una lenta acumulación, en las capa literarias inferiores, de medios aún no canonizados que luego renovarán la literatura entera. La aparición de un genio equivale siempre a una revolución literaria que destrona el canon dominante y otorga a una revolución literaria el poder a artificios hasta entonces subordinados.6
El problema está en pensar en los libros para niños como medios para discursos y no como un fin estético en sí mismo. Si bien tiene que haber un equilibrio entre todas sus partes, pues si no hay un afán de lectura la obra de arte no es tal. Para Barthes siempre será necesario estudiar a los clásicos, pero también entender y darle lugar a las vanguardias:
Nada tiene de asombroso que un país retome periódicamente los objetos de su pasado y los describa de nuevo para saber que puede hacer con ellos, esos son, esos deberían ser los procedimientos regulares de valoración. Pero he aquí que bruscamente se acaba de acusar a este movimiento de impostura, lanzando contra sus obras los interdictos que definen comúnmente por repulsión toda vanguardia: se descubre que son obras vacías intelectualmente, verbalmente sofisticadas, moralmente peligrosas y que solo deben su éxito al esnobismo.7
En la literatura infantil se gesta la crítica literaria, pero, tal como le ocurría a Barthes en los años sesenta del siglo XX, se cuelan comentarios que no tienen esa objetividad necesaria de la crítica. Con todo, para aspirar a una crítica objetiva y casi científica, no quiere decir que eliminemos las listas de libros que se hacen cada fin de año, las recomendaciones de mano a mano, los premios. Pues todo esto constituye un termómetro que nos acerca a esa objetividad. Todo esto para darle un lugar también a las nuevas propuestas, que pueden no entrar en esas reglas básicas y al parecer inamovibles de lo que es un álbum, pero que rompen y quedan como libros inclasificables, que ya un crítico buscará darle nombre.
En la actualidad se leen libros impresos en ferias del libro, en bibliotecas escolares y públicas, en librerías. Se lee en papel y en pantalla, hay imágenes que se mueven al tocarlas en físico y en luz, pop-ups, interactivos, libros ilustrados de divulgación, álbumes para adultos, historietas y novelas gráficas. Y todas son lecturas, unas mejor aceptadas socialmente que otras.
Recupero el género del álbum porque dentro cabe la diversidad, sobre todo de mano de los creadores. Los géneros de libros para niños están en movimiento, cambian y se renuevan constantemente. Hoy encontramos ilustración en fanzines, cómics, novelas gráficas, todos son libros ilustrados, y ni ellos ni la LIJ es menor a ningún arte mayor. Porque el arte busca generar conocimiento, no sólo en quien lo lee, sino también en quien lo hace. Y en tanto arte, los lectores también son artistas en potencia.
El secreto del arte como creadores y como lectores es no temerle a la ruptura, a la desviación, a lo diferente. No entrar en silencio. Es necesario leer como ruido, como voz y como identidad.
El mundo de la crítica y el de la creación se separan en caudales y luego se juntan. La crítica y la teoría del arte, después de todo, también tienen un afán creativo. Uno prescribe y otro debe resistir para crear. Lo que dijeron los formalistas hace cien años es cierto: el arte sobrevive cuando da la vuelta al discurso oficial, cuando se burla de él y consigue finalmente un lugar privilegiado en el poder. Porque la ilustración ha pasado de ese lugar bajo tierra a un montículo donde se escucha por fin su propia voz.
1Tomashevski, “Temática” [1925], en Tzvetan Todorov, Teoría de la literatura de los formalistas rusos. México: Siglo XXI, 2002, p. 232.
2Eichenbaum, “Sobre la teoría de la prosa” [1925], en op. cit., p. 156.
En enero de 2011, la proyección en 16 mm de El Perro y la Calentura, de Raúl Kamffer, marcó el cierre de El Pochote, el cineclub impulsado en Oaxaca desde los años 90 por el maestro Francisco Toledo que se ubicaba en una casa de adobe con un jardín adoquinado, salpicado de ceibas, al paso de un antiguo acueducto que proveía de agua a la ciudad desde los aledaños cerros de San Felipe en el siglo XVIII.
Poco después cerraría otro espacio pionero de exhibición de películas que, con el nombre de Ni más ni menos, había operado durante más de diez años, domingo tras domingo, de la mano del promotor independiente y gran serigrafista de playeras de arte Francisco Zamora. Éste no funcionaba en el centro de la ciudad capital, sino –como señuelo o premonición– en un pequeño poblado a 13 kilómetros por la libre hacia México, el mismo donde más adelante abriría sus puertas el hoy reconocido Centro de las Artes de San Agustín (CASA).
El declive de estos dos lugares emblemáticos, donde se acudía sigilosamente como si fuera misa, no supuso, sin embargo, la abdicación cinéfila en Oaxaca; todo lo contrario. A partir de entonces se registraría una gran efervescencia y surgirían o se consolidarían iniciativas en torno a la difusión del cine, pero también a la creación y, más recientemente, a la capacitación.
En el centro y en las agencias y municipios conurbados han proliferado múltiples espacios donde se proyecta de todo y, sobre todo, lo no comercial. Esto en contraste con los Cinemex y Cinépolis ubicados en centros comerciales en los bordes de la ciudad, que se han convertido en los espacios preferidos de convivencia de familias enteras, que se empecinan en recrear la vida y la estética de refrescos y palomitas en cajas de cartón y se resisten a los estrenos de hechura mexicana, europea o, más aún, latinoamericana.
No se trata de salas de cine convencionales, sino de lugares variopintos y variados –pequeños cafés, canchas de básquetbol, patios de museo, cantinas, teatros, bibliotecas o bodegas en la antigua estación del ferrocarril– que se mutan regularmente en lugares de exhibición con una programación propia o acogiendo muestras y festivales nacionales e internacionales, probando así de esta manera que el cine hoy en día no tiene límites y se puede ver en cualquier parte.
Se trata de proyectos de difusión impulsados indistintamente desde iniciativas independientes y autogestivas, asociaciones civiles, comités de vecinos, fundaciones privadas o instancias gubernamentales. Entre todos estos actores de la promoción, se ha logrado que la oferta fílmica se diversifique al máximo, en beneficio de un público heterogéneo y cambiante, pero cada vez más asiduo, exigente y expectante. Así, la cartelera cinematográfica local abarca un amplio abanico de géneros y épocas de realización: desde los albores del cine nacional de los años 40 con Una mujer de Oriente, de Juan Orol, proyectada en una cantina de cervezas al 2×1, hasta la extrema película de cuatro horas Norte o El fin de la historia, del director filipino Lav Díaz, como parte de la reciente programación de Oaxaca-Cine Alcalá en el portentoso recinto porfirista. Y entre uno y otro, se pueden ver documentales sobre movimientos sociales (desde soberanía alimentaria y maíz nativo, hasta Ayotzinapa y Nochixtlán) en la cafebrería de La Jícara, iconos musicales (Pink Floyd en Pompeya) en la Biblioteca Henestrosa u obras maestras dadaístas como Symphony Diagonal de Viking Eggeling , musicalizada en vivo por Cinema Domingo Orquestra en la explanada principal de un pueblo alfarero colindante con la capital.
Pero Oaxaca no solamente se ha convertido en los últimos años en un lugar donde poder ver buenas películas, sino también en un lugar donde se está creando cine, y cine de indudable calidad. Actualmente están brotando del estado sureño cineastas y videastas como antaño pintores y compositores, como si Oaxaca se reciclara y renovara periódicamente sus formas de dar salida a la profunda sensibilidad de sus gentes.
Y ello a pesar de que no existe a nivel local una oferta académica de profesionalización especializada, fuera de talleres temporales y temáticamente muy específicos a cargo de expertos normalmente invitados por los mismos entes organizadores de las programaciones y muestras. Esta falta de carreras universitarias hace que hombres y mujeres opten, al filo de su pasión, por salir de su tierra hacia destinos como Jalisco, CDMX o incluso Cuba, a fin de poderse instruir debidamente en las artes cinematográficas.
Se trata, la mayoría de las veces, de un movimiento pendular: salen durante los años necesarios para formarse y luego regresan. Es decir, en vez de focalizar sus energías en tratar de integrarse a los ambientes foráneos donde se favorecen los contactos, las relaciones y los dineros con vistas a la proyección rápida de su carrera profesional, deciden volver a su terruño de origen. Es como si cumplieran con una promesa o, mejor aún, como si se tratara de un viejo rito de reconocimiento y agradecimiento para con aquello que los vio nacer y nutrió durante sus primeros años de existencia. Tal vez sea, también, el designio o la práctica de la mano vuelta, esa tradición tan arraigada todavía al día de hoy en las comunidades indígenas, de correspondencia o devolución de lo que se recibió en algún momento, como una forma de solidaridad y ayuda mutua.
El hecho es que regresan a su cuna y enfocan el zoom de sus cámaras para, cual bisturí, hurgar en los paisajes socioculturales y geográficos locales, dando lugar a obras que, desde la ficción o el documental, exploran y hienden su mirada en las realidades diversas e híbridas que caracterizan al Oaxaca contemporáneo. Pero no Oaxaca ciudad, urbe, capital, sino aquel Oaxaca que se expande y manifiesta tierra adentro, en sus comunidades, donde conviven y entremezclan rituales milenarios con bolsas de plástico, metates, parabólicas, vestidos de crinolinas para los quince años y fuertes movimientos sociales antisistémicos.
Se trata de filmes cuyas historias transcurren normalmente en locaciones donde suele tener gran presencia y protagonismo visual y sensitivo el conjunto de los elementos naturales (viento, cerro, polvo, cactus, agua) propios de la zona. En esos paisajes, muchas veces agrestes o de condiciones climatológicas extremas que traspasan la pantalla para adherirse a la piel del público, se desenvuelven historias sin romanticismos ni concesiones, en ocasiones con actores no profesionales, que pueden ora retratar y recrear la realidad tal como es, ora exponerla para crear espacios de denuncia o reflexión, ora sacudirla, ora honrarla en su magnificencia o simplicidad. Tiricia o cómo curar la tristeza, por ejemplo, es un cortometraje de apenas 12 minutos con el que la directora (y renombrada actriz) Ángeles Cruz ganó en el año 2013 un Ariel. Ambientado en la Mixteca profunda de donde es originaria ella misma, el filme abre al rojo vivo la herida de tres generaciones de mujeres, víctimas una y otra vez de abuso sexual desde su más tierna infancia, hasta que una de ellas decide poner el alto.Tiricia también es el título de la película con la que el director Jorge Pérez Solano, igualmente mixteco, obtuvo dos Arieles. Lo mismo que en su ópera prima, Espiral, el cineasta aborda temas vinculados con la soledad de las mujeres en el contexto de los procesos migratorios que expulsan a los hombres jóvenes en edad productiva de sus comunidades campesinas y en un marco de valores y conductas permeadas por un fuerte y permisivo machismo.
Rigoberto Perezcano, por su lado, fue preseleccionado para los premios Óscar por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas con su largometraje Carmín tropical. El film aborda, a partir de una historia de ficción, la problemática de los crímenes de odio contra la población homosexual. La trama transcurre bajo el sol ardiente y canicular de Juchitán, en pleno corazón istmeño, donde se transita, en un vaivén permanente ambiguo, entre la aceptación y el desdén para con los muxes locales que, asumiendo plenamente su sexualidad, deciden vestirse y hacer de mujer.
Ignacio Ortiz, Nicolás Rojas, Roberto Olivares, Mariana Musalem y Edson Caballero son otros de los tantos nombres de realizadores que desde Oaxaca están haciendo propuestas cinematográficas de gran interés. Destaca también la joven figura de Luna Marán, en tanto cineasta, pero también gestora cultural. Nacida hace treinta años en el pueblo zapoteco de Guelatao de Juárez, en la Sierra Norte de Oaxaca, se licenció en la Universidad de Guadalajara con el trabajo audiovisual Me parezco tanto a ti, donde mujeres de diferentes edades y vivencias en su pueblo natal se comparten, se platican, se miran a los ojos y se reconocen las unas en las otras, más allá del paso tiempo y de los años distantes.
De regreso del Bajío, Marán puso en marcha la Calenda Audiovisual , un proyecto integral que, bajo los principios de identidad, desarrollo, autonomía y comunalidad, implementa de manera complementaria tres grandes ejes de trabajo: Aquí Cine, que, con fines de difusión, consiste en la creación/consolidación de una red de cines comunitarios a nivel estatal; la Cooperativa Audiovisual, enfocada a la producción con miras a apoyar a los realizadores principiantes y, finalmente, el Campamento Audiovisual Itinerante, abocado a la formación en el séptimo arte de jóvenes de las comunidades dispersas a lo largo y ancho de la geografía oaxaqueña para que, con la mirada hacia adentro, hacia el ombligo de sus vidas, sus procesos y comunidades, puedan contar historias, repensarse y reconstruir la realidad a su antojo en este lugar del sur de México complejo e intenso donde se confunden los cohetes por los santos con los disparos a los maestros.
Esto es de celebrarse. Esto es como la punta del iceberg que se extiende, tal vez, hasta el fondo de la tierra que descansa en lo profundo. Exploré y me encontré con más. Más todo. Con senderos que se abren.a través de cualquier elemento que se interponga. Rompen piedras, abren océanos. Poco a poco, pero cómo sería de otra forma. Algo se aproxima. Una ola. Digital pero bien palpable. Y contundente. Ya viene; desde aquí se divisa el triunfo de la narrativa gráfica mexicana.
Tuvo que ser a través del webcómic. Tuvo que ser así porque el mercado no lo permitía. Quién iba a comprar cosas hechas por mexicanos. Quién en México iba a leer historias de gente joven, historias que no se llevan al cine. Aún. Quién. Muchos. La plataforma digital también nos ha dado estas certezas. No son millones pero ya cientos de miles los lectores que buscan a los autores mexicanos. Y los encuentran porque en el internet todos estamos al mismo tiempo, en el mismo lugar. En el espacio infinito, todas las narraciones y las artes caben. E importan. Ya no nos tenemos que preocupar por la gran Historia, por la épica que redima al pueblo. Porque ahora es el tiempo de las historias. Así, con minúscula. Es necesario. Es una liberación. Es parte del proceso durísimo que ha tenido este país para que se empiece a leer y escribir e ilustrar narrativa gráfica de calidad. La ha habido antes, no podemos olvidarla, pero no tal vez con la apertura, solidez y consistencia de ahora. El cómic de autor ya no es el que hacen sólo un par en todo el país. Está cambiando. Mudando. Y ahora está el webcómic, que es de muchos, y cada quien lo trabaja desde su muy asaltada trinchera no sólo por los prejuicios, sino por sus propias marcas, ritmos, colores, personajes, formas y obsesiones.
No todo es armonía, eso sí. Hay cosas al interior que combate el webcómic. Por un lado, el meme, la botana del entretenimiento digital; por el otro, su contrario que existe en un pedestal: la novela gráfica. Aún la pensamos como el clímax del artista, donde muestra la totalidad de sus capacidades. No creo que sea así. La novela gráfica no es indispensable ya para demostrarlo. El tamaño importa, pensamos. O nos lo hacen creer. Pero la novela es más que su extensión. Se puede ser exhaustivo y profundo en no más de treinta páginas. O menos. El webcómic lucha contra esa innecesaria y vieja idea. Explora y enseña que es posible crear universos congruentes página por página. Se construye con lo mínimo pero tiene efectos máximos. Y sí, puede llegar a ser novela, pero es más un objetivo secundario. Porque en el webcómic, más que el resultado, leemos el proceso. Del artista y de la historia. Se desdobla, entonces, la lectura. En muchas.
Podemos ver, entonces, los otros procesos que hay en la narrativa gráfica mexicana. Los propios. Hay que decirlo ya: no habrá nunca un Moebius, un Alan Moore, un Stan Lee, un Jack Kirby. El perfil del artista mexicano es otro. Marvel y DC no existirán: somos demasiado cínicos (y estamos muy cerca de Estados Unidos) para tener súper héroes como los anglosajones. Sí, tenemos a Kalimán, al Santo en sus fotonovelas, El Bulbo, Ultrapato y no tantos otros, pero ya son años de ellos. Están y no en la escena nacional. Otros tiempos nos tocan. Unos donde -todavía- existe y circula El libro vaquero mientras el (web)cómic de autor aumenta en cantidad y calidad. Los héroes están muertos y nosotros los hemos asesinado. Pero no necesitamos de ninguna consolación, porque un panorama muy fértil se nos muestra.
Suenan y se dejan leer voces nuevas. Jóvenes, pero nada más por edad. Porque son autores nada ingenuos con su trabajo. Conocen sus raíces. Que nacen de libros, películas, series (animadas), videojuegos y, claro, cómics. Y tal vez hasta alcanzan a divisar hacia dónde van. Por eso siempre hay más qué decir acerca de su obra. Y hay más de quiénes hablar. Pienso en Jours de Papier, Virus Visual, Ari y la cafetería de los horrores, José García, Ritalink, El Dee y muchos más que merecen ser mencionados y mi memoria no me lo permite. Son caminos que empiezan. Que no anulan los que están detrás. Los honran. Cabrera, BEF, Sandoval y Clement (por decir algunos nombres) siguen ahí. Aquí, más bien. Presentes.
No podemos, sin embargo, negar algo: queda por mucho por hacer. Consolidar. Diversificar. Falta pulir. Faltan guionistas. Faltan editoriales. Pero se acercan. Miren: este campo florece. Ni me disculpo de este tono profético. Porque lo que he hecho aquí, con estos textos, es (de)mostrar síntomas. Espacios de posibilidad en un medio artístico que crece y crece y crece.
Corren ríos de tinta digital. Lo que nos queda por hacer consumirlos y dejarnos consumir por ellos. Y sumergirnos. Y unirnos a la corriente. Crear también con ella. Transformarla en tormenta que arrase con todo. Y cantar victoria.
En busca de una editorial se podría titular un libro de 1000 páginas con algunas de las peripecias reales por las que pasaron muchos escritores antes de publicar su primer libro. En México, la situación es particularmente compleja por varias razones: 1) Se escribe mucho y se lee poco. 2) De los pocos que leen, la gran mayoría no son lectores de literatura «pura y dura», «seria» o, para que todos me entiendan, de literatura que se reconoce a sí misma como heredera de una tradición en donde reinan los clásicos contemporáneos y modernos. Eso no quiere decir que las editoriales no estén interesadas en publicar a jóvenes autores, sino que las editoriales desarrollan todo tipo de esquemas para encontrar autores jóvenes que tengan futuro (entre más inmediato el futuro mejor) y que el espacio que se le puede dar a estos autores ocupa un margen muy reducido en la generalidad de un catálogo que necesita orientarse en mayor medida a la venta de libros más comerciales que hagan rentable la operación general de la editorial, lo cual permite, justamente, que exista ese espacio para autores que no venderán mucho. 3) Por lo tanto, la competencia es muy reñida.
Este esquema de las circunstancias se puede aplicar, aunque con distinta proporción, tanto a sellos de los grandes grupos como a editoriales independientes medianas o pequeñas, todo en el horizonte mexicano. Publicar en las editoriales españolas se ha visto siempre como la panacea, aunque en realidad se conducen de forma similar y es igual o más difícil conseguir que hagan caso de la propuesta de un autor joven. Pero no imposible.
En otro lado del espectro están las editoriales relacionadas con el gobierno mexicano (pienso en la Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, con su programa Tierra Adentro, o en el Fondo de Cultura Económica), donde hay muchas posibilidades de publicar, aunque a veces los tiempos de dictaminación de un manuscrito se vuelven épicos. En gran medida eso se debe al enorme volumen de títulos y al plan editorial de largo aliento con los que deben lidiar estas editoriales.
Ahora, hay varias ecuaciones que considerar antes de enviar el manuscrito (y después de registrarlo debidamente), una de ellas, la más obvia pero error frecuente entre jóvenes autores, es saber si la editorial en mente recibe manuscritos no solicitados. Muchas anuncian su negativa con claridad en sus sitios web, pero con otras en necesario cerciorarse. Hecho esto, es tiempo de enviar ese manuscrito a quien se deje y sentarse a esperar las cartas de respuesta (muy probablemente negativa), y no lo digo por desanimar sino al contrario, por situar con claridad las posibilidades. Y no me digan que tal o cual autor publicó su primera novela a los 21 y fue un éxito inmediato. Esos son casos inusuales, aislados, que confirman la regla (aunque, de nuevo, es justo insistir en que no las hay), y pertenecen a la muy particular circunstancia de cada autor. Lo que un escritor joven necesita crear, o encontrar o dejar que lo encuentre, es su propia circunstancia benéfica. Aquí entra una tentación a la que aludí en la entrega anterior (La escritura de la novela), escribir con una agenda, pensando que si se cuenta una historia plagada de muertos, policías, el narco y quién sabe qué otros elementos sensacionalistas se puede lograr que el editor ponga mayor atención a nuestra novela. No juzgo géneros, sólo creo entonces pertinente volver a llamar la atención del escritor para decirle que ahí también, en la arena romana de los escritores de thrillers, los codazos son innumerables y se propinan a traición, como en todo el espectro literario. Lo esencial es encontrar una voz, un género y una propuesta propia y abismarse ahí. Si el resultado es bueno, habrá un editor interesado. Y, de nuevo, mi aparente pesimismo: o no. Recordemos a escritores como John Kennedy Toole, que no logró publicar en vida y cuya novela La conjura de los necios, rechazada por casi todas las editoriales, fue publicada póstumamente gracias a las gestiones de su madre y se volvió un éxito crítico y de ventas, y luego una novela de culto.
Una cosa que sí puede allanar un poco el camino es tener un padrino literario, un escritor con carrera andada que quiera recomendar la novela con un amigo editor. Esto no garantiza la publicación pero ayuda a distinguir el manuscrito del autor joven un poco más en la enorme mesa de manuscritos inéditos con la que se enfrenta un editor cada día.
Mejor escribir sin pensar en publicar. Escribir para la nada. Y, eso sí, una vez que se ha escrito, hay que cambiar de traje y volverse el vendedor de la propia obra. Como decía arriba, el mercado mexicano es difícil y el español casi utópico, pero hay dónde publicar. Una buena estrategia para empezar son los concursos literarios (si se tiene la paciencia para someterse a esa lotería), pues en caso de resultar ganador, el libro puede verse publicado, al menos así lo estipulan muchos concursos de no poca seriedad. Y cada vez hay más concursos para escritores que comienzan, algunos incluso señalan que no se recibirán obras de escritores que hayan publicado, o que hayan publicado más de una novela.
¿Buscar un agente literario? Aún más absurdo si se está comenzando en el oficio. Los agentes sirven cuando uno tiene por lo menos dos libros publicados y no tiene ya tiempo (entre el trabajo que le da de comer y escribir es sus ratos libres) para pelearse con los editores, mejorar contratos, buscar invitaciones a ferias del libro, un contrato para que se adapte el libro a película, editores extranjeros que quieran traducir el libro, etc. Cuestiones que sencillamente no suelen sucederle al escritor que a duras penas está tratando de vender su primer libro. Y otra cosa, la mayoría de los agentes tampoco aceptan manuscritos no solicitados.
¿Autopublicarse? Parece sensato sólo en principio. Y sólo si el escritor quiere ser el próximo rey del thriller histórico, o de la novela rosa, o de la novela policíaca. Si consultan ustedes quiénes son los escritores autopublicados más vendidos de Amazon o los ganadores de su concurso para escritores «indie», como erróneamente les llaman, verán que no me equivoco. Si lo que escribe el autor incipiente es una novela con un poco más de pretensión artística, es muy probable que venda unos cuantos ejemplares y nada más. Cumpliendo el dictum de un artículo que leí al respecto: «el 70% de cero es cero».
Cada época ve surgir promesas de atajos para el autor que comienza, pero desgraciadamente, al final, sólo quedan el trabajo duro frente a la máquina, leer mucho y pensar más, escribir poco. Sin embargo, insisto, hay editoriales interesadas en buena literatura y en autores nuevos. El camino sigue siendo muy pedestre: insistir e insistir hasta que nuestras mentiras verdaderas, nuestro entendimiento de lo que es o debe ser la literatura comienzan a resonar como algo cierto y digno de publicación en los oídos del editor.
En octubre de 2016, Marina Garone Gravier, Andrea Fuentes Silva y Astrid Velasco organizaron la primera Jornada “Mujeres y Edición” en la Biblioteca Nacional de México en la UNAM. Me invitaron a hablar de libros e ilustración. Para ello, entrevisté a cerca de treinta mujeres latinoamericanas, interesada en conocer sus procesos de trabajo, creativos y cómo éstos se relacionan con su vida cotidiana. Este texto parte de dicha conferencia.
¿Las mujeres que dibujan lo hacen distinto a los hombres? ¿Las historias que narran son diferentes a las de ellos? ¿Existe una identidad femenina en la ilustración, el cómic, la novela gráfica, el dibujo? ¿Y en la edición de sus obras? ¿Hay un mercado específico, hecho sólo de mujeres, o estos libros son leídos por cualquiera?
La obra de las ilustradoras y novelistas gráficas de las que me interesa hablar, en su mayoría se genera por iniciativa de la autora y sin una meta necesariamente establecida. Algunas surgen desde una libreta, otras en un blog, como webcomic o como colaboraciones periódicas a revistas, diarios o proyectos virtuales.
Me llama la atención el proceso creativo en este sector, porque, cuando una obra es por encargo, se recurre a ciertas metodologías personales, rituales comprobados, una improvisación vuelta método. Se lee, se boceta, se toman decisiones, se ejecuta una pieza, se entrega, se corrige o no, se acepta, se paga, se imprime. Y aunque la creación de las historias de estas mujeres también transita por algunos o todos estos pasos, su particular detonante de la historia que se narra me me incita a observar estas obras más de cerca.
Asimismo,el papel del editor en este ámbito es distinto al que juega cuando trabaja con ilustradoras. En general, las novelas gráficas de las que hablaré tuvieron un editor que llegó después, casi como un comprador de derechos, como un corrector ortotipográfico, como un distribuidor. Así, el editor de estas novelas gráficas es alguien que apuesta porque se conozca ese discurso, así como la autora apostó por contar al mundo su historia.
Editar es, antes que nada, leer. Pero quizá lo que distingue a un lector de un editor sean las ganas de generar más lecturas, no sólo consumirlas, sino hacer un banquete para los demás. En el caso de la ilustración, tanto editoriales grandes como independientes recurren al trabajo de los ilustradores para acompañar textos; en algunos casos, publican la obra donde el ilustrador es un autor total.
Si bien puedo sonar injusta al referirme a las ilustradoras en relación con las novelistas gráficas, lo cierto es que las primeras aportan en discurso, pero casi siempre bajo unos parámetros editoriales previamente establecidos. Como en su mayoría trabajan para editoriales, su lugar más sincero de expresión se dé quizá en los talleres y en los concursos, en sus libros autorales (en el caso de aquellas que escriben e ilustran álbumes), pero incluso Paloma Valdivia, autora de unos cinco álbumes, dio el salto a la novela gráfica con Sin palabras, quizá porque el lector de álbum sigue siendo sobre todo infantil, los cómics autobiográficos tienen un lector más amplio y se habla desde la primera persona
Las novelistas gráficas no trabajan por encargo necesariamente, y casi nunca. Lo hacen sobre todo por una necesidad narrativa autoral. De ahí mi interés por sus procesos creativos, por su cotidianidad y por cómo ésta se relaciona con su obra.
Los temas de la cotidianidad de una dibujante están inmersos en su proceso creativo. Por un lado, estas mujeres del siglo XXI pertenecen a una época en que los temas autobiográficos tienen un peso muy fuerte, pero también recuperan una herencia de ciertas temáticas y formas de narrar de artistas norteamericanas, como Julie Doucet y Alison Kominsky. Artistas como Powerpaola, Marcela Trujillo (Maliki 4 Ojos), Sol Díaz, Inés Estrada, Catalina Bu se apropian de este lenguaje, y lo renuevan al plantear sus propias narraciones desde su realidad latinoamericana, de haber vivido la historia política, social, cultural, familiar e íntima que a cada una le tocó vivir. Gracias a estas historias, se vuelve más visible ese rol de la mujer, quien, al contar su vida, se inserta en la historia de la humanidad. No por nada Powerpaola habla de los conflictos de Colombia, mientras narra la vida de su familia, o Marjane Satrapi de los de Oriente Medio, mientras habla de su crecimiento y vivencias.
El dibujo de las mujeres se convierte así en un acto revolucionario, en un ir contracorriente. Se trata de contar sus historias sin que nadie se las haya preguntado. Tal como dice Karla Santamaría en su tesis de licenciatura, Espacio doméstico y arte. Cinco artistas visuales contemporáneas en México:
En el trabajo de las artistas lo personal se vuelve político, confronta el ideal doméstico y el de las mujeres como madresposas. Se cumplen dichos roles de género pero, durante el proceso creativo y en las obras de cada artista, se cuestionan. Transforman esa idea de que el arte para las mujeres es un pasatiempo y no una forma de trabajo. Crear es pensar y requiere conocimientos, experiencias, prácticas y tiempo para su realización. Un espacio personal, privado. En el espacio de creación, solo existe la artista y su obra.
Las mujeres han encontrado en la autobiografía un lugar donde se comparten entre ellas sus historias, se reflejan ahí y consiguen que otros más se identifiquen con ellas. No son cómics de mujeres para mujeres, sino obras que se arriesgan y exponen su vida públicamente, sublimándola con el dibujo y la narración.
Para entender mejor estos procesos creativos, le pregunté a más de treinta mujeres de cuatro países cómo se siente ser una mujer que dibuja. Hice cinco preguntas básicas y otras complementarias. Recibí respuesta de veintiún artistas.
Me interesaba tener a la vista por un lado su edad y su nacionalidad. Aunque todas son latinoamericanas, pensaba que esa brecha generacional y nacional implicaría ciertos puntos de vista particulares. Ellas provienen de México, Colombia, Argentina y Chile, y sus edades oscilan entre los 25 y los 50 años.
Las preguntas que hice giraban en torno a sus rutinas de trabajo, si tienen o no un proceso creativo que sigan repetidamente, sus temas favoritos, sus influencias y, finalmente, su apreciación sobre el papel de la mujer en el cómic y la ilustración. Además, les pregunté acerca de su modo de vida. En caso de que vivieran con alguien, si había un reparto de las tareas del hogar, si éstas influían o interrumpían su trabajo creativo. Si la vida cotidiana se relaciona con sus temas, trabajo y procesos. Si tienen metas fijas, cuáles se han cumplido y qué sacrificios han hecho. Si se dedican sólo a dibujar o tienen otros trabajos. Y, finalmente, cómo se relaciona su vida familiar con la profesional, si tienen hijos, y si quieren tenerlos o no.
Alejandra Barba trata de no tener rutinas. Le parece que deterioran el espíritu creativo, pues cuando uno se casa con cierta fórmula, se pierde la alegría y esencia del trabajo. En cada proyecto muestra una fase distinta de su persona porque ella misma es distinta; es decir, cómo va a ser la misma de hace 15 años. No hay caminos que aseguren los triunfos.
En El buen relato, una conversación entre el escritor J. M. Coetzee y la psicoanalista Arabella Kurtz, esta última habla de cómo “[en las narraciones vitales] no se puede decir que exista una verdad fija y eterna a la que se pueda acceder de forma gradual y con gran esfuerzo … Es por eso por lo que la verdad en psicoterapia es esencialmente dinámica: porque deriva de la perspectiva de un ser vivo cuyas características internas y externas experimentan cambios, aunque sean pequeños, a lo largo del tiempo”.
A Alejandra Espino (México) le interesa contar historias centradas en universos alrededor de “lo femenino”, entendido en un sentido amplio. Le importa la construcción de la identidad, los roles de género, los procesos históricos. Desde un punto de vista puramente creativo, las historias y las imágenes familiares han servido como detonantes para algunos proyectos de trabajo, así como lo han hecho diversas relaciones a lo largo de su historia personal, que terminan transformándose, directa o indirectamente, en imágenes o narraciones.
Ilustración de Alejandra Espino
El primer sacrificio de Catalina Bu (Chile) al dedicarse a ser dibujante fue renunciar a la estabilidad económica, que no es menor. Dejar de ser parte de un sistema es complejo, desde el punto vista laboral, hasta el punto de vista emocional, porque la incertidumbre es frustrante. Afortunadamente, ha logrado cumplir su sueño de hacer lo que le gusta.
Ilustración de Catalina Bu
María Luque(Argentina) intenta comenzar proyectos importante o que requieren mucho trabajo cuando hay luna creciente. Por lo general, su trabajo es bastante autobiográfico, pero también aparecen otros protagonistas, como la historia del arte, pintores del siglo XIX, mascotas, amigos.Una meta era poder vivir solo dibujando y se está cumpliendo. Hace ya varios años que no trabaja de otra cosa. Al principio fue difícil, pero se acostumbró a vivir sin demasiados gastos.
Desde que Cecilia Rébora (México) tiene hijos, trabaja medias jornadas y si pasa cualquier imprevisto con ellos, casi no puede hacerlo. Ella pensó que podía dividir su tiempo, pero ha sido muy difícil. Como meta personal laboral, antes quería pertenecer a un círculo virtuoso de ilustradores (estar en el medio), pero ahora es sólo hacer los trabajos que la hagan feliz.
Cecilia Varela usa ciertas labores del hogar como meditación para concentrarse y para dar tiempo al pensamiento. Su vida cotidiana se relaciona con su trabajo en lo práctico y en lo conceptual. En lo práctico: cuando una ilustración tarda en secar, va a la cocina a lavar los platos mientras. En lo conceptual: la crianza y la creación requieren de paciencia, conocerse a uno mismo, buscar dentro de uno para aprender a verse, pulir ciertos errores, aceptarlos, mejorarlos. Aceptar el fracaso, el error, lo espontáneo, aprender a organizarse y planificar.
Ilustración de Cecilia Varela
Ilustración de Cecilia Rébora
Ilustración de María Luque
Claudia Gutiérrez tiene la ventaja de tener su estudio dentro de casa; a las 8:30 ya está trabajando, hasta más o menos las 4:30 pm, cuando sus hijos regresan de la escuela y es hora de revisar tareas. En el hogar, su esposo la ayuda bastante, pero por la naturaleza de su trabajo (es cirujano), ella está al frente, si bien tiene contratada a una mujer que la apoya con algunas tareas de la casa. Su vida familiar está interrelacionada con la profesional, muchas veces interrumpe lo que está haciendo para estar con su familia, y muchas otras deja de hacer cosas con su familia para ponerse a trabajar.
A Claudia Navarro (México) le gusta cuando hay un proyecto que le exige buscar para poder proponer y explorar; desgraciadamente son proyectos que se desarrollan en largo tiempo y la paga es poca. Los tiempos de entrega por lo regular son muy apretados y suele angustiarse mucho. Esto es un problema general del ilustrador.
Cuando Estelí Meza (México) trabaja en un proyecto personal, es muy inconsciente el proceso. Hace apuntes, toma notas, hay algo que detona y ahí comienza a salir una historia. Este proceso puede ser muy largo. En proyectos de trabajo, tiene una fecha de entrega. Esta es la parte que más le disgusta del trabajo, los tiempos tan apretados para el trabajo de la ilustración.
Ilustración de Estelí Meza
Ilustración de Claudia Gutiérrez
No todas las mujeres pueden repartirse las tareas de forma equitativa. En el caso de Majo Ramírez (México), su vida doméstica es desequilibrada. A veces quisiera poder pagar para que alguien más se encargara de hacer esas cosas y así tener más tiempo para trabajar. Su solución es esperar a que las capas de pelo de gato sean verdaderamente intolerables. Ella ve sus días y su trabajo como un todo; los temas se mezclan y las emociones también, para bien y para mal. Si está estresada, trabaja más lento y se paraliza a ratos. Aunque a veces la felicidad también la distrae. Necesita cierta estabilidad en el día a día para fluir creativamente.
Mara Soler sigue una rutina muy básica. Empieza con mapas mentales, pequeños caos visuales donde desglosa toda la información de un proyecto, primeras ideas y conceptos. Las tareas del hogar no interrumpen tanto su trabajo, como sí lo hacen las redes sociales. Le gusta que su obra esté llena de pequeños toques personales, datos curiosos e información vergonzosa. Así que la vida cotidiana siempre esta ahí, siendo parte de todo.
Marcelilla Pillatiene el hábito de hacer al menos un dibujo al día. Por las mañana trabaja en un hotel. Estar en el trabajo le desbloquea la cabeza y la hace pensar con gracia. Escribe todas las ideas y se va a un lugar donde no haya internet y comienza a desarrollar el proyecto. El internet la bloquea, los referentes se los lleva en la cabeza pero nunca se permite mirarlos mientras trabaja, porque empieza a repetir y copiar cosas que no le salen en realidad. Hay dos cosas que ha descubierto como patrón en sus dibujos, el primero es la gente, y lo segundo es la historia de su vida como un diario de viaje, aunque no viaje.
Ilustración de Marcelilla Pilla
Ilustración de Mara Soler
Ilustración de Majo Ramírez
Chikijet, el segundo libro de Margarita Valdés(Chile), tiene como< trasfondo su infancia, muchas cosas que se hacían latentes en esa época (el gusto por lo simple, una visión un poco mágica de las cosas, el juego, la amistad), que en la adultez, aunque no parezca, siguen ahí. También quería transmitir la infancia en los ochenta, cuando no había internet, y la identidad chilena.
Nadina Rubiños (Argentina) tiene dos hijos, y cada día cuenta con tres horas, mientras ellos van a la escuela, para sus asuntos personales, entre ellos dibujar. Desde hace un tiempo dibuja plantas y tuvo una etapa de maternidad profunda cuando sus niños eran pequeños y los dibujaba. Hoy su meta es ver la inmensidad de lo que tiene. Darle trascendencia a la cotidianeidad. Dejar de buscar. Dice que todos hacemos sacrificios cada vez que nos dejamos convencer de que la felicidad está fuera de nuestra vida cotidiana.
Cuando le llega un proyecto nuevo,Natalia Gurovich(Chile-México) primero tiene un gran momento de alegría y luego una fase de angustia porque siente que es estar desde cero frente a algo. Con el tiempo ha ido cambiando sus metas en la vida. Antes quizá quería tener reconocimiento, fama, pero esta meta nunca es suficiente, pues nunca se es tan capaz como para estar satisfecho, así es que hoy, su meta en lo laboral es gozar más el trabajo mientras lo hace, poder sentir que es un juego.
La hora favorita dePaloma Valdivia(Chile) para trabajar esla noche, porque puede hacerlo sin interrupciones. Recuerda cómo en su libro Atrapa el pez dorado, David Lynch dice que necesita ocho horas de trabajo seguidas para llegar a un estado de conciencia y conexión con su trabajo. A ella le pasa lo mismo, solo que siendo mujer, separada y con un hijo, es muy difícil encontrar esas instancias en la cotidianeidad.Para Paloma, la motivación intelectual y emocional no es el lucro, pero éste es un elemento esencial, pues, como dice Gompertz: “El dinero compra la libertad y la libertad significa tiempo. Y el tiempo, para un artista, es el activo más valioso de todos”.
Ilustración de Natalia Gurovich
Ilustración de Nadina Rubinos
Como rutina diaria, Powerpaola(Colombia)trata de meditar antes del desayuno. Casi siempre trabaja en libretas, eso le permite dibujar en cualquier parte.En su trabajo, su intención es ser lo más honesta con su presente. Hace ilustraciones para otros, dibuja historietas sobre temas autobiográficos o temas que la estén persiguiendo. Trata de no repetirse, de experimentar materiales, formas de narrar y dibujar. No le gustan los lugares cómodos.
Rachel Levit (México)empieza los proyectos de dibujocon bocetos, porque es como pensar con la mano.Los temas salen solos y tienen que ver con su alrededor. Dibuja mujeres, sentimientos, objetos y la cultura que la rodea.La vida cotidiana es importante para el proceso creativo. Por ejemplo, el yoga la ayuda a estar menos estresada. Ir a museos es esencial para manterse motivada e inspirada y tener más referencias. Las metas de su vida son tener una carrera artística que le permita ser autosuficiente y su principal sacrificio, estar lejos de su familia.
Sol Díaz(Chile)trabaja desde su casa, tiene un cuarto que usa como taller, entonces el trabajo se mezcla con una rutina de hogar, lo cual le acomoda mucho.Con el tiempo, se ha dado cuenta de que trabaja mucho con temas de identidad, de cómo se ven y sitúan las mujeres en la sociedad. Le llama la atención la búsqueda de una esencia primitiva y desde ahí busca la libertad. Le gusta trabajar con sus miedos, y sobre todo, hacerse preguntas con el dibujo.
Sonia Pérez (Colombia)siempre imprime algo de soledad en lo que hace. En su trabajo busca sacar algo que le duele. Como hay algo muy triste que percibe en el arte, le gusta equilibrarlo con un contrario. No le interesa hacer monstruos horribles, pero tampoco hadas maravillosas. Disfruta de dibujar seres ambiguos, que no son del todo tiernos, pero que no aterran.
De una u otra manera, estas mujeres tocan los mismos temas, y aun así éstos no caduca ni se repiten. Cada experiencia, cada historia, cada vida se vuelve interesante de leer. Como dijo Delacroix: “Lo que define al hombre de genio o, más bien, lo que inspira su obra, no son las nuevas ideas. Lo que lo empuja es la idea de que lo que se ha dicho no se ha dicho lo suficiente”.1
ParaAlejandra Espinolas mujeres siempre han estado presentes en la creación, históricamente hablando, pero ha costado mucho trabajo que se reconozca esta presencia. Vivimos un buen momento porque gracias a la apertura de espacios y a las facilidades que da la tecnología se hacen presentes más voces y más diversas. Por ejemplo, en el caso del cómic, sigue siendo muy escasa la presencia femenina en los espacios industriales-súper heroicos, pero en la producción independiente, autoral, ya sea de larga extensión, como en novelas gráficas o web cómics en tira, es irrebatible que cada vez hay más autoras con gran solidez.
Amanda Mijangos considera que esos argumentos que impedían a las mujeres incursionar en nuestro medio parecen ya no estar presentes, pero lo cierto es que en el ámbito del cómic, la novela gráfica y la ilustración, sigue habiendo muchos más hombres publicados y reconocidos que mujeres, por lo menos en México y eso hace pensar si aunque el discurso ya no se oye, en la práctica sigue sucediendo.
Ilustración de Amanda Mijangos
Catalina Bu considera que la presencia de la mujer en el ámbito del cómic, la novela gráfica y la ilustración ha estado muy presente porque las mujeres ven las cosas desde una perspectiva más emocional, que hace que uno conecte con su obra de una manera mucho mas visceral. Ya sea con la autobiografía o tocando temas sociales, el lado femenino de la historieta genera un puente con el lector. Según la última encuesta sectorial de ilustración en Chile, hay casi igualdad de mujeres y hombres en el medio.
Para Mara Soler,hay todo un boom del poder femenino que está removiendo varios sectores y la ilustración, el cómic y demás no se quedan atrás. Hay mujeres hablando de mujeres, de pelos en las piernas y lonjas imposibles de desaparecer. Una manera de ver el cambio es contraponer esas historias “de la vida real” contra las superheroínas de falda corta dando patadas con botas de tacón.
Marcelilla Pilla me dijo:
Yo siento que nací siendo una persona, creo que de niña no me di cuenta de que era mujer. En mi familia nunca hubo una distinción entre hombre y mujer, con mi hermanito siempre hacíamos lo mismo: cocinar, lavar el carro y ese tipo de cosas catalogadas como de hombre o de mujer. En mi familia y en mi entorno nunca me sentí mujer, siempre me sentí simplemente una persona, pero por estos años me he dado cuenta de que las mujeres hemos sido oprimidas e irrespetadas en un montón de situaciones que yo no había notado, tal vez porque nunca me parecía que hacían parte de un género, sino de un atropello a la humanidad en general; entonces la realidad es que cuando alguien me habla de femenino o de masculino, yo te juro que más o menos no lo puedo ver, yo veo gente, gente en general, sin género, sólo personas.
Para Paloma Valdivia la mujer se hace cada vez más presente en todas las áreas posibles de acción laboral. Es más difícil para las mujeres ser profesionales exitosas, es posible, sin duda, pero hay que trabajar el doble. No se trata de talento, sino de que muchas mujeres tienen hijos y llevan un hogar. No vivimos en una sociedad igualitaria, quizás estamos abriéndonos a esa posibilidad, pero aún está lejos de serlo.
Rachel Levit no sabe bien cómo es en Mexico, pero en Estados Unidos, donde vive y trabaja, se nota una presencia cada vez más fuerte de la mujer. Hay mucha conciencia de igualdad de género y esto influye en el apoyo que le dan a las mujeres. Es por eso que ha podido trabajar con muchas publicaciones. Aun así, sigue habiendo problemas en cuanto a los pagos, por ejemplo, y el tipo de trabajos que se asignan.
Para María Luque hay muchas mujeres dibujando y cada vez se ven más. Como en casi todos los ámbitos, en los últimos años se nota que las mujeres ganan espacio y visibilidad. De todas formas, todavía falta mucho. Siguen surgiendo paneles o charlas con títulos del tipo: “La mujer y el comic”. Ojalá en unos años se hablara del trabajo de las mujeres, independientemente del género.
Justamente en Monotipias, una serie de conferencias que hacen en Plop! Galería en Chile, Sol Undurraga dijo que le desesperaba que cuando se habla desde el género, no se hablara más de procesos creativo, y que para ella su obra es más que ser mujer. A lo que Katherine Supnem le respondió que no sólo se puede hablar de ambas cosas, sino que es necesario visibilizarlo y difundirlo, sobre todo tener una postura: “Si en tu obra no hablas desde ti misma como mujer, ¿de qué hablas? Uno debe plantearse desde su propia identidad, por eso es diferente si es un hombre o una mujer quien hace el discurso. La creatividad ayuda a sublimar esas cosas, y para ser creativo hay que tener una dificultad y algo honesto que contar”.
Asimismo, en La Polola, un podcast de comic femenino chileno, Sol Díaz decía que es imposible separar género y creación, pues en mayor o menor medida nuestro género define nuestro discurso también, es imposible hablar desde otro lugar, ver con otros ojos. Como dice Coetzee: “Son los artistas quienes más me han inspirado la idea de la naturaleza subjetiva e intersubjetiva de la experiencia; quienes me dicen que no podemos evitar ser nosotros mismos, pese a que nos haga falta confianza para ser conscientes de ello; y que no podemos evitar que nos influyan los demás, quienes vinieron antes que nosotros y quienes viven a nuestro lado”.2
Sonia Pérezcreció escuchando hablar de los hombres que hacen la historia. Cuando ella era chiquita no le gustaba ni le disgustaba Bugs Bunny, pero lo veía por una única razón: decían un nombre, al final de cada caricatura: Hanna-Barbera. Ella pensaba que quien dibujaba era una mujer. Luego se enteró de la triste noticia de que era el apellido de los dos productores. Con todo, recuerda que de niña buscaba apegarse a esas mujeres que hubieran hecho cosas al nivel de todos los hombres que la rodeaban, quizá en parte para creer que ella podría hacer algo así, y no tener que creer que las mujeres son menos, que algo les falta genéticamente, y sentir que ella misma estaba condenada.
Poco a poco le fue importando menos y comenzó más bien a creer, con el miedo de quien elige creer lo menos hiriente, que simplemente en el mundo se le daba menos oportunidad a los hombres que a las mujeres, y que por eso crecíamos leyéndolos, estudiándolos y viéndolos; que si nuestra cultura fuera otra, las cosas serían de otra manera. Pero de fondo siempre le queda la duda de si es inferior o no, si le hace falta algo que le permitiría llegar a donde quiere, pero que por ser mujer (bien sea por genética o por cultura) no va a poder llegar a hacer.
En su TED Talk “Teach girls bravery, not perfection”, Reshima Saujani, dice que aunque la imperfección funciona como motor, la mayoría de las niñas son enseñadas a evitar el riesgo y el fracaso, a sonreír bellamente, irse a la segura, sacar puros dieces. Mientras, a los niños se les educa para jugar rudo, escalar alto, subirse hasta la cima de la resbaladilla y simplemente tirarse. Las mujeres no toman riesgos mientras que a los hombres se les premia por ello.
O, como dice Dalí: “No tengas miedo de la perfección, nunca la alcanzarás”.
¿La perfección nos obliga a quedarnos encerradas en nuestro pensamiento? ¿Lo bueno es enemigo de lo perfecto? ¿Somos nuestras peores enemigas? La sociedad sin duda dicta ciertas guías por las que dejamos de preguntarnos, hasta que alguna estructura se rompe, hasta que alguna puerta se cierra, hasta que se quita algún velo de los ojos, como diría Browning: “Justo cuando nos sentimos seguros, llega una muerte, un atardecer, un canto de Eurípides. La muerte nos quita un velo de los ojos que la costumbre fue poniendo. Por eso el dolor también entraña belleza”. Y ese duelo nos permite cuestionar nuestro lugar en el mundo.
Estas mujeres lo buscan cada día, algunas en momentos sienten que lo encontraron, y nos conducen todo el tiempo hacia el nuestro a través de sus historias.
1Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, pp. 141.
2 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 24-25.
1Karla Santamaría Benavides, “Espacio doméstico y arte. Cinco artistas visuales contemporáneas en México”, tesis de licenciatura en Ciencias de la Comunicación (Periodismo), México, UNAM, 2016, pp. 119-120.
2 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 18-19.
3Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, p. 24.
4Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, pp. 141.
5 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 24-25.
The sixth sense, Unbreakable, Signs, The village: películas que, hace más de una década, cimentaron la noción de M. Night Shyamalan como un director de vueltas de tuerca. Permitáseme hacer ahí una anotación: más que hablar de vueltas de tuerca —es decir: de giros un tanto inesperados o inverosímiles en la trama—, de lo que creo que hablamos cuando hablamos del cine de Shyamalan es de revelaciones. Es decir: en el cine de Shyamalan lo que aparece —muchas veces, hacia el final— no es algo sacado de la manga, no es algo que no esperábamos —como sí sucede, por ejemplo, en los casos del cliché «todo era un sueño»—, sino, por el contrario, algo que esperábamos, que sabíamos que estaba ahí, solo que no conocíamos su exacta naturaleza. En el caso de The village, por ejemplo: es claro que algo estaba mal en ese sitio, que los monstruos no existían o que no eran lo que esa gente se repetía que era. Entonces, pues, el final —el plot twist, o como prefiero decirlo, la revelación— no aparece algo de la nada, sino que viene a develar algo que siempre supimos que estaba ahíi.
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La anécdota de Split, que cuenta las aventuras de un sujeto con veintitrés personalidades —a punto de descubrir las capacidades de una personalidad más, oculta hasta entonces—, ha sido discutida ya por su retrato de la salud mental. Es cierto: el lugar común del enfermo mental que se embarca en una serie de brutales asesinatos ha sido visitado hasta el hartazgo, y Split, es verdad también, resulta relativamente formulaica al retratarlo. Digo «relativamente» y no «en su totalidad» porque creo que en el fondo de la película palpita una preocupación genuina por la dimensión real del problema y por la falta de concientización al respecto —esto porque Shyamalan es uno de esos creadores que creen que los discursos pueden envolverse en la metáfora de la ficción más que en la presentación o alusión directa de sus asuntos—. Un crítico generoso con la obra no leería la representación de la salud mental como una explotación de las enfermedades reales, sino que señalaría que buena parte del conflicto ocurre debido, precisamente, a que la gente —incluida la comunidad científica— parece no creerle ni a Kevin, el hombre de las veintitrés personalidades, ni a la doctora Fletcher, la siquiatra de Kevinii. Es decir: leída desde ahí —y en conjunto con otras películas firmadas por Shyamalan— tanto Split como Signs como The Sixth Sense funcionarían como un llamado de alerta, un recordatorio acerca de la necesidad de escuchar los gritos de auxilio de los que nos parecen débiles o diferentes.
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Split es, tal vez, la mejor actuación en la joven pero nutrida carrera de James McAvoy. McAvoy es un rostro conocido para todos los que frecuentan el cine de superhéroes, gracias a su papel del joven Charles Xavier en la saga de X-Men. Sin embargo, es Split en donde despliega su arsenal de posibilidades histriónicas —de forma similar a aquel despliegue dual de Edward Norton en Primal Fear—. Lo de las veintitrés personalidades, tan publicitado en notas de prensa y críticas laudatorias, es puro hiperbólico cuento: en realidad, Split se concentra en seis personalidades centrales —Hedwig, el niño de ocho años; Patricia, una mujer sicópata, casi fanática religiosa; Dennis, con trastorno obsesivo compulsivo; Barry, diseñador de modas; Kevin, el sujeto que los contiene a todos, y La Bestia, la personalidad número veinticuatro, dotada de habilidades metahumanas—, suficientes para mostrar el abanico de McAvoy. En una escena particularmente intensa [van spoilers], la doctora Fletcher cae en la cuenta de que Dennis ha tomado control casi total de Kevin, y que se ha estado haciendo pasar por Barry, quien en las noches emerge y envía desesperados correos de auxilio a su siquiatra. La siquiatra, temerosa, le pide a Dennis que se revele, y entonces el rostro de McAvoy, que aparece iluminado mientras la personalidad de Barry está a cargo, se ensombrece: las facciones parecen afilarse, la masa corporal aparenta aumentar, la mirada se reviste de una maligna dureza. Es un desplante actoral notable, vaya, y en él reside buena parte de la potencia de Split: un thriller o una película de horror son tan buenos como efectivos sean sus monstruos.
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La anécdota de Casey, la otra protagonista de Split, también ha sido señalada como un uso indebido o distorsionado del abuso como estrategia narrativaiii. Creo que esa lectura es apropiada, pero no la única posible. Porque si se lee a Kevin no como un sicópata puro que goza de hacer daño nomás por amor al arte, sino como un sujeto perturbado producto de una infancia abusiva y una adultez complicada, Casey aparece ante nosotros como la contraparte de ese mismo proceso, como otro tipo de resultado posible. Casey, como Kevin, sufrió un abuso prolongado durante su niñez y adolescencia —de hecho, Casey es una víctima por partida doble: conforme la trama de la película se desdobla en flashbacks que honran el título, Dividido, nos enteramos que no solo sufrió abuso sexual por parte de su tío, sino que, a la muerte de su padre, Casey pasó a la custodia legal de su abusador—. Pero Casey sale del atolladero traumático conforme avanza la película. Asume que el trauma seguirá ahí, como parte de ella, pero no como una seña que la defina de manera vitalicia. Si algo me quedó a deber Split fue, justamente, la clausura de ese arco: aunque puedo interpretar el disparo de Casey contra La Bestia como un cierre a aquel disparo que [de nuevo: spoilers] Casey no logra ejecutar contra su tío abusador, me sigue faltando más. Me faltó, pues, catarsis.
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Una de las marcas autorales de Shyamalan de las que se escribe con menor frecuencia —pero que siguen ahí desde hace veinte años— es su persistente interés en buscar fotógrafos extraordinarios para sus películas. Un ejemplo de esa minuciosidad puede verse en su anterior filme, The visit: filmada como found footage, Shyamalan recurrió a Maryse Alberti como su directora de fotografía. Alberti ha hecho gran parte de su carrera filmando cine documental, y cuando se pasa al terreno de la ficción, su trabajo tiende al naturalismo: en su filmografía se encuentran, por ejemplo, The Wrestler de Aronofsky o Tape de Linklater. Split no se despega de esa tendencia: su fotógrafo, Mike Gioulakis, también de It follows, trabaja con encuadres divididos diegéticamente, como acentuando o aludiendo a la condición dividida de Kevin:
Supongo que lo que quiero decir es que Shyamalan es un director en control de la mayoría —y escribo «mayoría» con «totalidad» en la punta de los dedos— de los elementos técnicos de sus películas, algo que no es para echar en saco roto en esta época de metraje digital, shaky cam y edición caótica.
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Una vez que Split termina, vemos una escena que, a manera de coda, vincula a esa película tangencialmente con el tema de esta intermitente columna. Sentados a la mesa de un diner, unas personas ven las noticias del ataque de La Bestia —que los medios conocen, ahora, como La Horda—. Se menciona de pasada el hecho de que La Horda posee ciertas habilidades sobrehumanas. «Como aquel otro sujeto, el de la silla de ruedas. También le pusieron un apodo. ¿Cómo se llamaba?», pregunta una comensal. La cámara describe un leve movimiento lateral para revelar a Bruce Willis —caracterizado a todas luces como David Dunn, protagonista de Unbreakable—, quien responde: «Mr. Glass. Lo llamaban Mr. Glass». Corte a negro. Ruedan los créditos. Y esta escena no solo resignifica —es, esta sí, un auténtico plot twist— la película como una secuela lateral de Unbreakable, una de las mejores películas de superhéroes jamás filmadas, además de cariñoso homenaje a la cultura del cómic, sino que, en consecuencia, convierte al thriller de buena factura que acabamos de ver en una cinta, al menos tangencialmente, superheroica. Visto desde ahí, creo, Split mejora: se convierte, pues, en una —modesta, si se quiere— demostración de las amplias y a menudo ignoradas posibilidades del género superheróico.
iNo digo que Shyamalan no trabaje con vueltas de tuerca. El caso de Signs quizá sirva para ilustrar eso: el agua como herramienta de aniquilación de los alienígenas aparece como algo ligeramente inverosímil, inesperado: over the top, dirían los anglosajones. Sin embargo —y esto gracias a que Shyamalan es un director estrictamente educado en el cine clásico hollywoodense, con Hitchcock como uno de sus grandes referentes en la escritura y estructura de sus filmes—, el agua siempre está ahí en Signs, desde el principio de la película, como una presencia ominosa que es casual tan solo en apariencia. Es decir, incluso cuando el cine de Shyamalan da un giro inverosímil, pretende hacerlo anunciándose, dejando pistas regadas por toda la película.
iiEsto es un eco —amplificado— de una incredulidad real: el trastorno de identidad disociativa, aunque generalmente aceptado, sí enfrenta, aún, prejuicios que cuestionan su existencia, dentro y fuera de la comunidad siquiátrica.
iiiAl margen, al menos en este texto: sé bien que esas lecturas han ido en aumento en años recientes. Mi propia manera de ver las películas —extensiva a los productos culturales en su totalidad— ha cambiado con los tiempos, en buena parte debido a la atención creciente que ha recibido el feminismo de tercera ola. Sé bien, también, que a muchos críticos y lectores les pueden parecer fastidiosas, o cansinas, o innecesarias; lo sé porque en su momento a mí también me lo parecieron. Empero, extiendo la invitación a añadir esa capa de interpretación al cajón de lo posible: no solo por el potencial social del arte, por su capacidad de incidir en el mundo, sino por la posibilidad de tener filmes más ricos, con mayor textura y complejidad, con personajes mejor escritos, mejor construidos, es decir, si se perdona el cliché, más humanos.