En este cuento de la escritora salvadoreña Claudia Hernández, el mundo de los oficinistas parece el de siempre: chismes, despidos, demandas. Excepto por una cuestión inquietante: los muertos continúan trabajando.
Muerta, lo que se dice muerta, no estaba. Era sólo una parte suya la que no respondía a estímulos, ya no respiraba ni se divertía. El resto de ella funcionaba justo como nosotros. O al menos así nos lo dijeron en una reunión de personal en la que no estuvo presente. Dijeron también que no podían dejarla ir porque cumplía con sus labores e incluso trabajaba más de lo acordado sin cobrar extra tiempo y sin protestar. Entendían que resultara incómodo para muchos verla en la condición en la que se encontraba, pero nos pedían que comprendiéramos que, a pesar de que todo un lado del cuerpo había dejado de funcionarle, todavía era un ser humano. Dejaron claro que el que ella sonriera cada vez menos y perdiera color cada vez más no eran razones para despedirla, como algunos habían solicitado. No procedía porque, en principio, la chica conservaba las cualidades por las que había sido contratada y mantenía el nivel de efciencia en las operaciones que estaba establecido en su contrato.
La chica seguía siendo como al principio, salvo por el hecho de que una mitad suya emanaba un olor por demás intenso y de que se había vuelto bastante más sensible. No es que llorara por todo, sino que antes, por ejemplo, nunca se habría quejado de la manera en que alguien le hablaba o la veía. Ahora, en cambio, había presentado una denuncia formal contra tres empleadas presentes en la reunión por interactuar con ella en los baños como si sintieran asco de su condición y contra otros dos por desviar la mirada cuando se encontraban ante la parte suya que ya no podía defenderse.
No buscaba compasión ni compensación monetaria, sino trato justo. Decía que odiaba que la hicieran sentirse mal por algo que no era ni su responsabilidad ni había sido decisión suya. ¿O acaso pensábamos que lo era?
No nos estaban pidiendo que socializáramos con ella en nuestro tiempo personal, pero sí que, en virtud de las circunstancias, nos concentráramos, dentro del edifcio o en horario laboral, en el hemisferio suyo que permanecía como cuando entró a tra bajar para la compañía. Sabían que requería esfuerzo adicional por parte de nosotros, por lo que nos agradecían de antemano el trabajo que invirtiéramos en eso y la solidaridad que pudiéramos mostrar para con nuestra compañera de labores en la difícil experiencia que estaba atravesando.
Supe por una de las secretarias de la gerencia que, en verdad, los jefes habrían querido prescindir de sus servicios para evitar lo molesto de la situación, sobre todo con los clientes más importantes, que no dejaban de preguntar qué le sucedía y, tras las respuestas diplomáticas que les daban, sugerían soluciones como trasladarla a un cargo en el que no tuviera que tratar con el público o construirle una caseta tras la cual pudiera trabajar sin tener que poner a gente como ellos en la difícil situación de fingir que no le desagradaba lo que tenía al frente. Preguntaban también cómo era posible que no lo hubieran pensado antes.
En algún momento consideraron decir que su presencia ahí era parte de un plan de inclusión de la compañía, pero desistieron porque, aunque sonaba muy humanitario, temieron que otros como ella llegaran a solicitarles plaza y no hubiera manera de negárselas. Así que, por lo general, guardaban silencio. Pero, cuando había sufciente confanza, les contaban que lo habían intentado y habían recibido, por eso, advertencia de sus abogados: serían demandados tanto si la despedían por lo que fuera que alegaran como si la movían de donde estaba o le cambiaban las condiciones laborales, excepto si era para mejorárselas.
El momento en que podían haberlo hecho sin provocar escándalos había pasado. Ahora buscaban, con mucha discreción, una persona que atestiguara que la chica había actuado de mala fe y que sus llegadas antes de horario, sus salidas tardías, la postura que asumía en la silla de su escritorio y la manera en que peinaba su cabello habían sido todas artimañas para que nadie se diera cuenta de que había dejado de ser la persona idónea para el cargo. Si esa persona, además, conseguía obtener la copia del contrato que estaba en su poder o una prueba de que ella misma se había provocado el padecimiento, la compañía le estaría muy agradecida.
En la opinión de la secretaria, esa persona podía ser yo. Quería saber si me interesaba colaborar con ese asunto. A cambio, recibiría favores que no llegó a especificar porque de inmediato le respondí que debía pensar en alguien más: yo no quería involucrarme. Pensé en decirle que, además, no le convenía: no soy del tipo de gente que sabe mentir. ¿Qué iba a hacer cuando alguien señalara que era imposible que supiera lo que sea que quisieran que fuera a decir porque mi trabajo no tenía nada que ver con el de ella? ¿Cómo se le ocurría meterme en algo como eso?
No fue necesario porque, tan pronto como escuchó mi respuesta, dijo que no me preocupara ni me lo tomara a pecho, que sólo estaba jugando, que nada más había querido ponerme a prueba, que lo único que buscaba era saber la clase de persona que yo era y que le alegraba saber que era de buena clase. No supo decir para qué quería saber algo como eso, nomás respondió que siempre era bueno conocer esos detalles, que no pretendía nada con ello, que ya me olvidara del asunto, que hiciera como si no hubiera sucedido. Me invitaba a cenar.
Al día siguiente, la vi conversar en un pasillo con otra persona de mi área y usar con ella los mismos gestos que había empleado durante nuestra breve plática. Entonces decidí acercarme a la chica del problema para advertirle de la clase de lugar en que se encontraba y sugerirle que se cuidara de lo que se tramaba en su contra.
Estaba enterada. De todas maneras, me agradecía que le hubiera pasado el dato. Le parecía muy noble de mi parte. Siempre pensó que yo estaba del lado de los jefes y sus secretarias. Y le sorprendía que la apoyara después de lo mal que ella me había tratado la única vez que nuestros trabajos coincidieron. Se sentía avergonzada y aprovechó el momento —por si no llegaba a haber otro más adelante— para pedirme disculpas por eso.
Contesté que no había rencores, que ni siquiera sabía a qué se estaba refriendo. Sonrió tanto como pudo. Lo tomó como una gentileza de mi parte y pasó a darme detalles de un episodio que yo no recordaba, no porque tuviera mala memoria, sino porque ella lucía tan diferente que no había yo caído en la cuenta de que se trataba de la misma persona que me había ofendido una vez. No quedaba rastro de la belleza que tenía, ni siquiera en la parte que no se le había podrido. Y, sin embargo, me resultaba atractiva.
Le pedí que dejáramos de hacer memoria. No era el momento apropiado. Lo que importaba era el asunto suyo. ¿Había alguna manera en la que yo pudiera ayudarla?
De hecho, la había.
Necesitaba encontrar pronto un nuevo lugar donde vivir. Mejor si era en esa zona. Tenía que dejar su edificio en pocas semanas: los vecinos se las habían arreglado para convencer a la casera de que no le renovara el contrato. La mujer, encima de todo, le había anunciado que no le regresaría su depósito: debía pagar con él por una limpieza profunda del lugar, pintura completa y cambio del retrete, del lavabo y de la ducha para poder conseguir un nuevo inquilino tras la historia que los vecinos seguro contarían del apartamento una vez que ella lo dejara.
Necesitaría, además, que la ayudara con la mudanza: no tenía demasiadas cosas, pero no podría con todas ellas con apenas medio cuerpo disponible para su acarreo. ¿Era mucho pedir? De ninguna manera. Si quería, podía mudarse conmigo. Mi casa tenía suficiente espacio para una persona más. Podíamos llevar todas sus cosas a ella. O, si lo prefería, tomar sólo lo indispensable y dejarle a la dueña la molestia de resolver qué hacer con sus haberes.
Se rehusó a pesar de que le juré que no contaría en la compañía que compartíamos espacio y que nunca llegaríamos o nos iríamos del trabajo al mismo tiempo ni intentaría ayudarla en él cuando las cosas se complicaran debido a su condición: las relaciones sentimentales entre empleados estaban prohibidas. No importaba que no tuviéramos una, ellos podían valerse de lo que fuera que creyeran que había entre nosotros para sacársela de encima. Además, era cuestión de tiempo que yo quisiera algo, y ella no estaría para amores en esos momentos.
Le aseguré que podía estar tranquila: no estaba buscando nada con ella. ¿Se había visto en el espejo en los últimos días? Lo había hecho.
Sentí vergüenza por mi comportamiento y preferí alejarme y desatenderme de sus asuntos. No respondí a sus llamadas para ayudarla el día de la mudanza ni correspondí al número que me dejó en sus mensajes, ni pregunté por ella en la compañía. Si supe, un día, que había dejado su puesto fue porque todo mundo lo comentó. Se rumoraba que había llegado a un acuerdo con los dueños, pero no era cierto, como tampoco lo era el que ellos hubieran encontrado una manera de despedirla sin resultar dañados: me lo dijo la secretaria que había tratado de reclutarme para ayudarlos con ese asunto. La chica pidió ser transferida a una planta de producción a cambio de no demandarlos. ¿Por qué quería saber a cuál? ¿No había dicho yo que no me importaba lo que le sucediera?
No me importaba. Nada más quería saber si había sido por causa mía. ¿Por qué lo creía? La chica no había dado mayores explicaciones, pero en la gerencia habían creído que mucho tenía que ver con lo cerca que la planta quedaba del lugar al que se había mudado recién. No sabía si era muy tarde para reclamar el crédito y cobrar los favores que me habían ofrecido o si las pruebas resultarían sufcientes. En todo caso, hablaría con sus jefes.
Se rió al pensar en lo ingenua que había sido al creer en mi sinceridad al negarme. Sintió que de verdad se había metido en problemas ese día. La aliviaba saber que era yo el tipo de persona que había calculado, y hasta peor porque intentaba cobrar por un trabajo que nadie podía asegurar que había realizado. Lo tendría en mente por si llegaba a presentarse otra situación de esas. Esperaba que no. ¿Me imaginaba lo que sería pasar de nuevo por eso? Por fortuna, el perfil del puesto había cambiado y el contrato ahora no sólo estipulaba sonreír con la boca completa, sino que también prohibía morir de manera gradual o parcial. ¿No me parecía maravilloso?
Me lo parecería más si me dijera a cuál planta había sido trasladada. Quería evitarla a como diera lugar.
Costó un poco, pero accedió a darme el dato, no sin antes hacerme jurar que no diría que fue ella quien me dio la información: la chica había pedido que no fuera revelada y los jefes lo habían aceptado como una muestra de cortesía. No quería quedarles mal, por eso me pidió que no fuera a compartirlo con alguien ni a intentar buscarla. ¿Estaba yo de acuerdo?
Esta vez no me invitó a cenar. Dijo que podríamos salir en otra oportunidad por unos tragos, pero yo debía pagar por ellos y por el buen susto que le había hecho pasar la otra vez.
■
Me encontré con la chica en un supermercado de la zona en que vivía, un par de años después. No habría podido reconocerla si ella no me hubiera llamado por mi nombre, saludado contenta y preguntado si seguía trabajando para esos cerdos de la compañía: la parte suya que había estado muerta tenía color de nuevo, cabello brillante y movimiento. Miraba diferente y emanaba un olor dulce.
Al principio, me desconcerté. Luego le dije que me daba gusto verla de nuevo. Me disculpé por no haberme presentado a ayudarla con su mudanza. Antes de que yo inventara una mala excusa, ella respondió que no era necesario: ambos sabíamos que se lo había ganado. Esperaba que pudiéramos dejar eso atrás. Apreciaba el gesto que tuve de ayudarla cuando todo el mundo le dio la espalda. Se avergonzaba de haberme tratado como lo hizo en ambas ocasiones. Me pidió que la entendiera: no había sido ella misma en esos momentos. La primera vez, lo que le pasaba estaba comenzando y la hacía sentir miedo y estar alterada.
¿Y la segunda vez? Estaba comenzado a extendérsele a su otro lado. Lo que menos necesitaba entonces era a alguien del trabajo que se acercara demasiado y lo descubriera. Ahora era diferente. Se sentía mucho mejor. ¿Podía yo notarlo?
El cambio era evidente. Había recuperado tanto fulgor que casi no se notaba que el lado que antes respiraba había dejado de hacerlo, perdido firmeza y comenzado a oler a carne en descomposición.
Como la noté feliz, le pregunté cómo lo había logrado. Dijo que había comido algunas cosas, bebido otras tantas, pero más que todo le había ayudado vivir con la mujer que la recibió cuando se quedó sin hogar. Le gustaría presentármela. Era una anciana que le cobraba renta sólo a su parte animada y le ayudaba a bañar y a peinar a la parte que había creído muerta. Creía que la había traído de regreso a fuerza de ponerle flores a los pies y susurrarle algo como rezos o como canciones durante varias noches, mientras dormía, hasta que, un día, esa parte comenzó a sonreír y vivir sin que ella se diera cuenta. Sólo sintió algo así como un hormigueo en la cabeza que, de a poco, se convirtió en espasmos en el torso y luego en tirones casi eléctricos al nivel de las piernas.
Al principio pensó que estaba llegando al final de todo porque la respiración a la que estaba acostumbrada le fue cambiando, perdió visión con el ojo que antes le funcionaba y dejó de poder mover la mano de ese lado. Pero, no. Estaba ahí. Espléndida. Había dejado la compañía y conseguido un mejor empleo. Estaba alegre y lista para lo que viniera. ¿Quería intentarlo ahora?
¿Intentar qué?
No era tanto que tuviera a alguien más en mi vida y estuviera pensando en formar una familia, sino que ella ya no era la persona que yo había querido tener al lado. No era porque ahora estuviera deslumbrante, sino que lo estaba del lado equivocado. Le dije que no quería que me malinterpretara, que me alegraba que se sintiera mejor, pero eso era todo. Yo seguía trabajando para la compañía a la que ella estaba insultando y le pedía que nos respetara.
Desde Cuba, la poeta Jamila M. Ríos reflexiona sobre el sitio que ocupa su isla natal en el mapa americano. Si hay quienes viajan para «conocer su geografía» y quienes lo hacen para «perder países», según el dictum pessoa-vilamatiano, Jamila recorre aquí su propia escritura para trazar un mapa donde el centro está en todas partes, y cualquier verso puede ser una isla.
I
Mar afuera. Tierra adentro. Insular. Continental. Lengua de tierra. Tierra firme… Determinaciones en que la voz subraya un lugar de enunciación, una disparidad. Aunque entre glocalización y migraciones (de m/patria-lengua-cuerpo-imaginario), dizque giramos desasidos; mientras otros se desmarcan transfronterizos para discursar de América, ¿por qué soy llamada yo, en mi Cuba a la deriva? ¿Será que localizada (isla adentro im-presa), hay una mar-ca de salitre que en la voz impregnan el mar y los altos malecones?
Me anonado, mas me ganan el continente y un trasunto de orgullo nacional… Aprieto el lápiz. Si es cierto que Cuba es, o parece (en el microscopio de cubanólogos, cubafóbicos y cubafílicos): una isla (geográfica) dentro de una isla (política) dentro de una isla (social) dentro de otra isla (utópica) que estaría fuera de…, ¿es ese mi centro, literalmente, de gravedad? ¿Estoy-soy un islote de escrivencias amardazado?
Parto la punta, mordisqueo la goma, hago un borrón. Acometo en mi menor no la escritura desde sino de mi cayerío (cachaza de archipiélago). ¿Zona de playa, pues, y dienteperro y ciénaga y solazo y contra-viento-y-marea? ¿Y monte arribabajo, cañaveral y guardarraya, pal-mar, mar-abuzal? ¿Cómo rehuir estereotipos si soy por una etiqueta (#cubana de Cuba) con-minada? Pero, ¿mis trabajos y mis días de Huecos de araña a Primaveras cortadas a Anémona a «País de la siguaraya» no son un recorrido de des-tierro a la matriz? Migraciones, reencarnaciones. Vado y crecida espiritual. Regresando con ellos me recuento insular…
II
Con Huecos de araña (2009), los agujeros del patio de mis abuelos se propagaron como determinaciones: sexo-género-lenguacuerpo-familia-afinidades-boca y país amante. Bordeándolos con vértigo, sin sembrarme ni caer, me pinté desligada del hierro de la res. En «Disidencia», la rebeldía es clara: «Si pudiéramos tener otra muerte/ desmarcarnos/ escoger otro modo de llegar// ya nos han dicho que cada cual es el resultado/ pero haber podido tener otros padres/ otra tierra en circunstancia/ otra podrida mueca al levantarnos// […] cuando rompa la luz no vayas a perder esa única puerta/ de voltear tu blasfemia hacia la llaga/ injuriar tus raíces/ los marbetes en la piel/ la sangre de los muertos que te tocara en suerte» (2009: 55). La resonancia del Virgilio Piñera de «La isla en peso» (y su «agua por todas partes») va del mar al terruño y vuelve en «Campo de amapolas en Hatia». Unas fotos (mi abuelo en Holguín, 1942, en un trabajo voluntario por «la derrota de Hitler»; mi padre en la urss, 1989, avistando monumentos de la Segunda Guerra Mundial: la colina de la victoria, la estatua del abuelo) me instan a recrear ese reticulado donde descansarían (confundidas por mí) las urnas con tierra de 614 aldeas soviéticas destruidas por Alemania: un de(s)rrame que relativiza la veneración por el suelo patrio. La maldición del archipiélago es reasumida como ansia al ver en otra «demasiada hambre de costa»; y es al fin dádiva: «los aislados no sabemos calcular palmo a palmo (de paño) el privilegio del mar/ de la carencia/ no conocemos el grito la incertidumbre del agua —por ninguna parte el ahogo del círculo—/ pequeña muerte lo llaman: al síndrome de las fronteras al estigma de su estrechez acorralando». Al cierre, entre inversiones brota la ahogadura del mar adentro; concentrada en ser yo la nieta que acune al abuelo, percibo: «mis venas han enflaquecido encanecido/ han ido secándose como un lago cercado como una mar negro o rojo extirpado de fondo/ en una amputación definitiva» (2009: 65). Si tal alusión respondía más a la fascinación por los mares interiores continentales y a dibujar el debilitamiento de las herencias, es innegable que el paso del océano (su tachadura) puede rastrearse.
En «P(ie)lagada» la amenaza cruza el aire: «Una isla es un estrecho en tajo/ la gente se arremolina a sus costados a saborear el infinito/ la peor enfermedad de sus habitantes/ sobreviene cuando añoran volar» (2009: 68); y en «Noria» la alegoría naturaliza la emigración (y su nost-algia) con el ciclo de ida y vuelta de las aves: «Algo inquietante se tiende sobre el pájaro / hiende su carne blanda / muerde en el agua de su canto. / Un ala se alza y otra y otra / se les oye llamarse a cada uno por su muerte. / […] Las bocas curvas y duras son estiradas hacia arriba con una mueca de dolor […] Hay un silbido inexplicable reptando en el fondo de sus cuerpos de armiño/ […] Las patas se niegan a estar pegadas a la costa/ la arena tampoco alcanza a sostenerlas:/ […] sobre la espalda el misterioso ciclo de la tierra» (2009: 60-61). Esa melancolía de la vuelta al hogar se desarma en Anémona (2013), al hibridar el Caribe con «Caribdis»: «la isla dragada y bojeada/ masticando moliéndonos/ hasta s/vaciarnos/ de recuerdos/ los huesos» es monstruo «que nos deja zombis», y que regula al yo en sus circunstancias: «La patria […] c/pulpa jaula corsé:/ el terco buey de su pe/aso/ coartando el reír/ el hablar/ el dimequé-hay del caminar/ la puñalada y la caricia». Enemigos del yugo, cuerpo y querer se encabritan contra esa «isla (a)pegada al corazón/ como hez a la suela del zapato/ caracola metida en los oídos:/ tambor del mar/ ululando/ entre la vaharada del sol…», castigándola con el desmoronamiento de su imperio: «Quién creería que al regresar a las caletas/ sería solo tu cuerpecito roto de libélula/ :/ su/ cru-/ ji-/ do» (2013: 51-52).
Disentir de país y familia varía su brújula al desembocar en la capital: «Emigro. Hay algo ahí con la desposesión:/ raíces sin tener dónde agarrar./ […] Mi padre y mi madre./ Vienen descoronados./ Por ver si pongo un huevo/ apretujo mis raíces en un hueco de araña y/ asegurándolas con caca y con saliva/ les prometo crecer.// […] Padres/ los he traído a La Vana/ traigo también la cabeza descubierta/ la postal de esta ciudad/ […] no se va a sostener dentro de mí/ allá está el oro de mis pies/ recuerdos nítidos que puedo sin equivocarme repasar/ […] (IrakEgiptoBaguaníSanctispíritusCanadáMadridChecoslovaquiaHolguín Rusias de mi cabeza)./ Parpadeo/ cierro los ojos enrollada en mis raíces como en un velo denso/ para dormir y regresar» (2009: 69, 72). Así, la cepa arrancada se trasmuta en cielo protector, y el cuerpo (pájaro aovado) sueña que recomienza su ciclo.
La inmovilidad familiar y sus tentáculos perennifolios resurgen en Primaveras cortadas (2011). Concentrada en mudanzas y despedidas, la sección «Anatopia» suscribe (en intercambiable archipiélago) los reclamos filiales. En «Hanami», la hija, vista al cielo, a punto de man/rcharse (¿alzando el vuelo?) con un (cieno) desconocido, es dibujada taciturna: «¿qué fuiste a buscar entre las ramas/ más allá de las islas del Japón?», ignorando que su tierra es su «columna vertebral» y que el cerezo de su pie «quedará unido a [su] tobillo-por infinitos pedúnculos de seda» contra toda poción del olvido (2011: 69). En «Sakurazensen», so pena de ir de boca en boca como guisante de sangre, piden al hijo no partir a la guerra… hasta el deshielo: «No vayas lejos a contemplar el mar de leva/ quédate en Okinawa// qué suave mece/ el ondulante rosa del cerezo» (2011: 70), como si ese florecimiento sobre las islas lo pudiera detener, de camino a la muerte. Los vástagos encarnan, otra vez, ese disentir de lo heredado.
Con dejo ensayístico, «Hojarasca» trenza la pesadilla de La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo. Las hojas-islas, «infinita[s] como un eco», y su blandura «bajo el pie» (2009: 48) confirman la subalternidad del retratado: «femenino/ negro/ joven/ caribeño» —como dirá «El código binario explicado a los niños» (2013: 45-46). A la sazón, «Hojarasca» —en «Cuerpo de reina»— se refiere sólo a dos, sin obviar el continente (ni su antípoda): «América el otro opuesto a Europa/ o Europa dibujándose sobre un campo de rizomas/ contra el Lejanoriente impenetrable/ contra el Cercanoriente irracional/ el Caribe bahína conquistada/ la mujer el otro/ ambas inasibles desiguales sobretodos en su humedad calibán, caribe, caribú» (2009: 47-48). Pespuntea la inclinación a explorar las relaciones mujer-líquido, y el desprendimiento de lo patriarcal por la isla al pairo (ríos de otro libro-ambiente-paisaje: Anémona). Zahieren las memorias del (sub)desarrollo y del bello sexo, su tributo a la entronización: «La mujer como un agua se desborda se desangra en partar modernidad/ […] hongos, islas de corcho, islas sonantes, islas solamente sostenidas por los corales/ que van entrando dolorosos en el mar» (2009: 48). Esa conexión in(di)soluta con los piélagos retorna en «Tragaluz», panorama donde la isla (chupadora-trepa[na]dora-carnívora —como acuso en «Caribdis»—) es asaltada por otra hojarasca (foránea, disímil), mientras devuelve oleadas de oriflamas. Así, la Plaza de la Revolución, de míticos discursos y manifestaciones, dominada por el Memorial José Martí que el populus llama la raspadura[1] (estrella que desde arriba semeja una lucerna), se embrolla en un mar picado (azul-blanco-rojo, rojinegro, verdeolivo), uniforme como la sola voz desplegada por el país, al irradiar su ideología. La tensión trema como un pendón de guerra a la intemperie, anunciando el peligro: «Rumorean/ que la hojarasca entra despacio por la tierra/ si se apagan de noche las banderas./ (Particularmente he pedido un intermezzo;/ no quiero alentar la fácil respuesta que soñé o he visto ayer en mi ventana:/ el viento cortaba a contraluz/ y andanadas tricolor, enrojecidas,/ se combaban entrando por el mar.)» (2009: 17).
Mis simbologías en torno al caguayo-isla (distanciamiento, feminidad, expropiación) se afilian a corrientes descolonizadoras consabidas (un rizoma ya árbol). Tales esencialismos aprovecharán a la liberación de letra y ego, al apostar por la «Hungulación y [las] bondades de la anémona»: «Una escritura que persigue la descentración, lo inefable. De ahí la isla, su espejismo, y la persistencia en ser una balsa de hojas secas, una barcaza hacia el país del sol, o una banquisa defendida por los hielos. De ahí el estrecho cortado: un deseo de ligereza que tampoco puede alcanzarse —como el goce. Cebada en su aligeramiento, la mujer casquivana […] desconectado el cerebro hasta límites inexplorables […] que lleguen por fin a generar paz» (2013: 98). Por esa vía de emancipación, la soledad del yo «descoronado» (ya en «Langustia», 2009) y el apego a la juventud se habían enhebrado a lo insular en Primaveras… Tras el florilegio de escritoras suicidas segadas y congeladas («Utopia»), tras revoluciones y amores abortados («Ectopia»), coronando lo familiar, sella el poemario «Islarmadillo», hibridación que calma un par de anhelos. Entre el campo de islas, el tatuaje de mi antebrazo, antídoto contra dependencias: «Hay una isla fugando/ imitativa/ isla girándula:/ […] el armadillo gordo como un cerdo/ que baja/ por galerías en la tierra/ su cueva en espiral como sus huesos/ —un hueco redondo, un huevo—/ es su blasón en la corteza./ […] La cópula […]/ solo el esfuerzo de un suave tirón/ de carne/ trunca.// Bajo la luz ultravioleta/ que ennegrece la plata/ mirándose en las aguas de lavanda/ quién pudiera pescar la joya blanca de la primavera» (2011: 71-72). Y la metamorfosis se agiganta cuando me sueño, fallida y sucesivamente: anemonarmadillo, hongo…, contra las ca/ondenas del amor. Ineficaz en lo reproductivo, la mutación sirve a la obsesión por mudar de espacio, incluso arrejuntada: «El cangrejo ermitaño a veces fija una anémona sobre su caparazón. Y algunas anémonas se convierten en parásitas de ciertas especies de medusas. La decisión de anemonarse antes de hungular […] permite este lujo de diáspora […], esta vocación de archipiélago que […] deja escoger […] su mascarón de proa al vagab/mundo”. Aún más radical es transformarse en el «hongo talofítico (como el sargazo)», que asegura la perennidad al proliferar en materias orgánicas descompuestas (2013: 100-101).
Luego la insularidad se abre al hongo en «Hueso, surco y dinamita» para pelear contra el «imaginario» y vivir «sin tanta ansia por el o(t)ro», sin vigilar «boquiabierto […]/ lo que entra y sale por los puertos». «Mutar [pues] del archipiélago/ al país intramontano…/ de la cárcel de agua/ —fondo de útero y de ojo/ de huracán—/ al territorio entrerríos/ centro de firmes/ […] con fronteras por toda playa» (2013: 55-56). Si «Fur(n)ia» asume la diferencia femenina como surplus de la escritura: «Lecho de arena y concha para ser des(h)ollado. Playa, puerto, embarcadero, varadero, abrevadero, aliviadero, bebedero» (2013: 6), en cambio, aquí todo es insurrección: «Desabriga/ desarma el ser ahogado en amnios./ No seas más bahía penetrada» (2013: 56). Pariendo hábitats por normalizar la otredad y liberar el pensamiento de moldes contextuales, se conjura un aluvión: raíces, tentáculos, puentes, pedraplenes, chinampas, telar de «araña que zurce con cien patas/ híbrido de catapulta y tiovivo», musgo, alga y hongo por fin: «Así empenachado/ no habrá ecosistema que se te resista. Una lengua/ un cerebro crecido/ en forma de liquen/ es de una imaginación incomparable» (2013: 60).
Existen además metamorfosis insulares levemente piñerianas (mas huérfanas de humor), como esas en que me niego a ser «isla encallada/ el tronco hundido entre dos placas que emergen/ para formar en el brote una ilusión de continente», y me prefiero velero que surca las aguas-malas, amansadas como cocuyos («Me han visitado marineros», 2013: 17), aunque otras me pregunten por la (in)utilidad del desarraigo: «Seca la rosa náutica/ […] ¿qué goce/ halla una isla-navío sin gobernalle/ aleteando/ coleteando a la deriva/ arrancada del agua?» («Sin gobernalle», 2013: 48). Herida de medusa, la huella de isla se repite, ya convertida en balsa-mujer, en las muertes de Ofelia («Yo sé la infinitud del Psalterio de Utrech», 2009) y Alejandra Pizarnik («1936-1972/ Grand Prismatic Spring», 2011), o «En la botadura de mi plataforma insular», al reunirnos a «proyectar el vaciamiento gozoso de la tierra/ que agarra este cayerío por el moño/ [… para] inaugurar nuestros b(ill)ares/ […] en la huerta de los cala-mares/ entre la arena ya suelta del fara(ll)ón» (2013: 64), sino en el cruce «a nado [d]el Mar de los Sargazos» de un pez sin bicicleta que practica en el mangle «su propia rebelión» (2013: 46). El amnios evoca el mar: en el formol donde floto, de niña y coloreada («Hermosas patologías de cuello», 2013); y en la serenidad de que «Al fin […] y al cabo todo es agua», como ese líquido «en que dormimos sin mirar» (2013: 95)… Entremezclados el mundo y el yo, el océano y sus islas, juego a ser cosmos recreándolos, y «escupo un mar y un archipiélago:/ flores sanguinolentas consteladas/ […] estrellas expandidas por el agua/ […] tiovivos de risa» («La nebulosa de Andrómeda», 2013: 73).
En el confín del viaje, barril y barrilete, de pleamar a bajamar, los vientos me posan bamboleante en tierra, un poquitico ebria de mí. Mañana volveré país(aje) adentro: a esas acuarelas donde recorro la Isla saltando la suiza entre pita y ola. Mas hoy la reencarnación asoma su cresta y Cuba juega a incorporarme a su tierral, hasta la próxima vendimia: «Pa(r)ís de la siguaraya. Quietecita en tu raíz, dando rueda por tu vientre, envuelta en periódicos […], recorriendo tus campos promisorios, me desvelo todavía, esperando ser talada. Si me quedo al fin dormida, si me dejo engullir, dime (en) qué floreceré. ¿Alcohol de madera, raspadura, panqué, gordos de leche, hojas de papel manufacturado, estantes pequeñitos de bagazo?» («Ánimas-Mayabeque», 2012: 49).
[1] Dulce que se prepara a partir de la solidificación de la melaza, extraída luego de procesar la caña de azúcar (N. de la A.)
*Textos de la autora referidos en el texto: Huecos de araña. La Habana: Ediciones Unión, 2009; Primaveras cortadas. Proyecto Literal: México D.F., 2011; Del corazón de la col y otras mentiras. La Habana: Sureditores, 2013; Anémona. Santa Clara: Sed de Belleza, 2013; «País de la siguaraya». La Gaceta de Cuba, julioagosto de 2012.
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Existe una sensación de fin de época que se vuelve más evidente en la medida en la que los números lo hacen tangible. Técnicamente cada día estamos más cerca de la muerte, pero el camino está lleno de finales provisionales, de ciclos que terminan y exigen miradas en retrospectiva. Conocí a alguien que cumplía años el 31 de diciembre y era capaz de voltear al año que terminaba para mirar también un año completo de vida. Siempre envidié esa perspectiva completa del año biológico a la par del calendario.
Los inicios marcan también los finales. Los años, como el final de un libro, se anuncian desde que empiezan. Un terror nos invade por la expectativa que generan los días que prosiguen, junto con la falta de rendimiento o la mediocridad del que se queda atrás. Las transiciones se complejizan porque son la bisagra entre la esperanza de lo que sucederá y los “resultados” de una esperanza previa, quizá muerta o no concretada para este punto.
Nuestras vidas y acciones son un cúmulo de posibilidades que se potencializan con los números, la llegada de finales, las metas y los deadlines. Vivimos para los desenlaces, para que las historias terminen de contarse. Nos quedamos en la sala para ver la palabra “fin” en la pantalla, para tener perspectivas completas. Sin embargo, hay finales alternativos, existe la posibilidad de pensar que eso que creíamos un final realmente no lo era y puede cambiar. Esta idea fue llevada al límite con Elige tu propia aventura, una serie de libros, publicados originalmente en inglés, pero traducidos al español a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Sus 90 títulos circularon por España y América Latina durante varios años.
Estas publicaciones, sin ser una novedad en el tema, plantearon la posibilidad de que una historia tuviera más de un final. A lo largo de las páginas el lector podía tomar una serie de decisiones que modificarían el rumbo del personaje. La lectura se convertía entonces en una serie de elecciones consecutivas y no un asunto lineal. Esta libertad, a pesar de estar limitada a cierto número de opciones, configuraba un juego subversivo pues otorgaba al niño lector un campo único de libertad. A pesar de que los finales existían, quien leía tenía la posibilidad de llegar a ellos más tarde o por otras vías. Las historias Elige tu propia aventura no tienen pretensiones en el sentido estilístico, pero sí propuesta de independencia para el lector, una independencia que pocas veces existe en el mundo infantil.
Por otro lado, las sagas, junto con los libros y la televisión en serie, proponen también ideas alternativas en torno a los finales. Estas narraciones de larga duración, con pausas largas y con certezas provisionales significan otra forma de consumir historias. Sugieren miradas largas y profundas sobre ciertos aspectos y fugaces sobre otros. Son formas de terminar y cerrar ciertas tramas sin que el verdadero final se manifieste. Tranquilizan las ansias del lector/espectador al tiempo que le prometen que hay un poco más. Mientras tanto, en nuestra vida pocas veces tenemos el control de los desenlaces propios. Cada vez que creemos que ha llegado un fin de época o que hay temas cerrados, algunas señales o eventos demuestran lo contrario. Sin embargo, el fin de un calendario y el paso de los meses nos dan la oportunidad de parar para mirar hacia atrás, hacer un inventario de experiencias y pensar en el futuro, uno peor o mejor. Quizá la vida se parezca más a Elige tu propia aventura que a las novelas tradicionales, pues se trata más de tomar de decisiones que de poner puntos finales o bajar telones.
¿Hay espacio en la violenta rutina de un sicario para las mujeres distintas, las que no lo llaman “Ponchito” y no mueren por enviarle fotos de los pies al escote?, se pregunta Aniela Rodríguez, en este cuento que forma parte de la antología Once navajas: narradores al filo de los treinta, disponible gratuitamente en nuestra web.
Podría haber sido una mujer cualquiera, como siempre, como todos los días, pero había sido la Güera, y esa mujer dolía más que todas. Uno no se enamora de un día para otro, hacen falta más ganas de morirse de hambre o de pegarse un tiro. Tú sabes. Lo que pasa es que al Alfonso le gustaba la mala vida. No era capaz de meterse en sus propios problemas y tenía que andar embarrando a otros. Le gustaba jugar sucio. Pinche maricón, ¿que no podía hacer el jale él solo? La verdad era que no. Alfonso era, como dicen, un pocos güevos.
Ella se llamaba Mercedes. El Poncho no tenía idea porque nunca se le había ocurrido preguntarle el nombre. Desde el primer día se lanzó directo y comenzó su chamba. No pensó en decirle cuántas morras habían ido a parar a la forense por su culpa, troceadas en cachitos o enmadejadas en negras bolsas de basura. Con la Güera era distinto; aunque en el fondo sabía que iba a terminar mandándola al matadero, la sangre se le hacía de hielo cada vez que la veía. No era como aquellas que a cada rato se empeñaban en enviarle fotos del tacón al escote. La Güera no tenía esa gracia, era distinta. No la quería por bonita ni por bragada, sino todo lo contrario. Y en una de ésas, imaginaba, ella también podía quererlo a él.
La había visto un día de aquellos en los que iba a la plaza Merino a bolearse las botas: ella había salido de una de esas tienduchas que huelen a plástico rancio, donde la gente entra y sale sin saber qué quiere. Llevaba amarrado el delantal azul, y en la cara, una sonrisa que se leparecía más bien a una naranja. Se presentó, primero, como el Poncho: así le decía la raza, nunca se había puesto a pensar en eso hasta que la Güera paladeó todas sus vocales. Alfonso, le dijo. Nunca antes le había sabido tan a gusto su nombre, como si estuviera pidiendo tres kilos de tortillas o haciéndole la parada al camión. Alfonso, te llamas, y él dijo que sí a todo.
No sabía mucho de ella. Se la había llevado para su casa unos días después a punta de palabrejas y cariños. Se la ganó con regalos tontos: una esclava dorada que hacía juego con los aretes, dos arreglos de rosas en la puerta de su casa. Una vez le llevó mariachi y ella pa’ pronto fue a callarlo. La mamá no se había dado cuenta que estaba saliendo con un bato de ese cale; había quienes los odiaban y para otros tantos eran algo así como supermanes de la nueva era. Quién sabe. En fin, lo único que sabía hacer Alfonso era tirar verbo. Era un pinche maestro de la palabra y sabía jugar las cartas a su favor. Por eso no se lo habían quebrado todavía: era precavido, a veces ni siquiera se ensuciaba las manos para sacar una chamba. Así había sido, y estaba escrito que así fuera.
Al principio no sabía bien a bien cuánto iba a quererla, sólo tenía claro que no quería verla en el titular del periódico por su culpa. Pero cuando se dio cuenta de eso, ya era muy tarde. Si no era la Güera iba a ser cualquiera de esas morras, que al final siempre terminaban con el corazón hecho gajos y la cabeza reventada a plomazos. Él hacía el trabajo limpio, ellas se ensuciaban lo necesario. No tenía nada de raro hasta que llegó ella a cambiarlo todo. Si se había enamorado o no, las cosas eran así. Alfonso estaba ahí, enterito, ¿qué sabía de esa pinche vieja que pudiera dolerle tanto? Nada más acuérdate, le había dicho su compa, que hay agujeros que no cierran ni con una cosida.
Y entonces en el silencio, Alfonso aprovechó para recordar que nunca había querido de esa forma. Acuérdate que lo de ella es un hoyo más en el camposanto.
Un matón de poca monta como Alfonso conoce a detalle cómo hay que tratar a la muerte cuando se la tiene en la cara, y ésa era una de esas veces. El Júnior era uno de los pesados. Se llamaba así porque su papá le había heredado la plaza y con él empezó un legado de tortura y cabezas desparramadas en los cruceros. Al Júnior había que tenerlo contento o empezaba a ponerse fiera la cosa. Todos ahí lo sabían. El encargo consistía en llevarle un dinerito para que se quedara a gusto un rato. A Alfonso se le daban bien esas cosas. Lo habían metido de sicario hacía unos años por dos mil varos a la semana, pero salió talentoso. Sabía hacer su jale sin dejar rastro, y eso vale más que cualquier cosa en este infierno de mierda. Se encargaba de hablarle bonito a las muchachas que conocía en cantinas de poca monta o en las plazas. Sabe Dios cómo le hacía para ponerlas a tono, pero después de un tiempo, todas estaban dispuestas a hacer un trabajo rápido a cambio de un poco de dinero, o la promesa de un amor que nunca se correspondía.
Cuando Alfonso se lo pidió, la Güera sintió una especie de chicharra revoloteándole en las tripas. A lo mejor no quería hacerlo y su intención no era mandarla al matadero, pero ya ves: vivimos en un pinche mundo de ratas. Hay que tragarse la tristeza y apretarse un güevo, o es a ti al que se quiebran; en menos de lo que piensas, plaf, ya tienes a un cabrón apuntándote con un cuerno de chivo. Te salvas tú y se ponchan al que sigue, no hay más. Por eso las cruces y los santitos en la cartera: uno espera vivir más de treinta años, pero sabe que eso es imposible, es querer pasarse de listo. La historia la conoces de pies a cabeza: le dicen el tiro de gracia y tiene de todo menos chiste. Hay unos que se creen ese cuento de que los va a sacar de pobres. Son esos pendejos los que merecen el hoyo en la frente.
La cosa era bien simple: la Güera llevaría el paquete escondido en la barriga. Tendría que ir muy calladita, como si fuera una de esas muchachas arrepentidas que van a la iglesia a confesar sus pecados. De ahí se sacaría los billetes sin decir una palabra, para entregárselos al cabrón aquel y pelarse a la chingada. Lo habían hecho un chingo de veces con otras morras, a las que Alfonso nunca había mirado más que como lo que eran, un puño de mulas cualquiera. La mayoría venía de las maquilas, de colonias lejanas, donde los cerros ya están pelones y el cielo se ve transparente. Nadie las obligaba a quedarse con él; sólo en la tumba, cuando ya estaban bien tronadas, comenzaban a arrepentirse por haberse metido con un pendejo como Alfonso.
Cuando a uno le cuentan la historia de alguien que se va a morir, lo primero que pasa es que se le oprime el pecho y le entran unas cosquillas que no se sienten como las de a de veras. Lo normal, en estos casos, es voltear la página y aguantarse la náusea que le provoca a uno escuchar la palabra muerte. El Poncho no era normal, lo habían hecho a palos. Con los años lo único que hizo fue ponerse necio, se fajó una pistola y lo demás ya no tiene caso ni repetirlo: lo había hecho semana tras semana con tal de evitar el destino que se merecía. A final de cuentas, era un hijo de puta, por más corazón que tuviera, y los hijos de puta vienen al mundo con un chingo de suerte.
Pero ya ni llorar es bueno.
La Güera se había puesto una falda ancha para que no se le notara el bulto. Tenía fe en sus tres santos a los que les rezaba todos los días antes de salir de casa. No era suficiente, ni para ella ni para el montón de pocos güevos que andaban en esas cosas. Uno siempre se queda a medio camino, le hacen falta más escapularios y estampitas, nunca entiende cómo terminó perforado, hasta el tope de balas. Andaba bien nerviosa, se le notaba en la forma de arrastrar los pies. Estaba intentando esconderlo, de verdad que lo hacía: en esta vida para qué quiere uno ser gata cuando puede ser perra, lo había escuchado entre las del trabajo, y como un credo se lo venía repitiendo, no porque fuera esa clase de muchacha, sino porque ahora, justo en aquel instante, más le valdría serlo.
El pinche Júnior ya le había marcado las reglas desde hacía mucho. La entrega sería rápida, y nadie más podría enterarse, eso era un pedo entre ellos. Total, que a fin de cuentas aceptó que fuera una morra la que le llevara el paquete, ya sabía cómo se las gastaba el Poncho con esos asuntos. Se verían en la iglesia de San Francisco, él la estaría esperando en el segundo reclinatorio del lado derecho. El Júnior sólo hizo una advertencia: si alguien más se metía en este pedo, todo valía madres. Y Alfonso bien sabía que hablaba en serio.
Total, que dejó a la Güera unas calles antes, cuidando que no se le fuera a caer el montón de billetes. Le dio la bendición, cuídese mucho, mi Güera, que aquí la voy a estar esperando. Era un jueves de treintaitrés grados. Alfonso se quedó en la camioneta esperando que la mujer hiciera su trabajo y se regresara. Pensó que en una de esas, si salía de aquel chingadazo, la sacaba de trabajar de esa pinche tienda maloliente y le ponía una casita como dios manda. Se metió la mano a la bolsa y se echó un padrenuestro, esperando que la Güera fuera un garbanzo de a libra, ¿o cómo se dice?
La Güera iba sin rumbo. Había pasado toda su vida sorteando esas calles, ¿por qué chingados no se acordaba qué calle tomar para llegar a San Francisco? Dio vuelta por el hospital de la Trini, pero se acordó que por ahí no era y se puso todavía más nerviosa. Puta madre, Alfonso. Delante de ella iban dos viejos tomados de la mano. Trató de ir más rápido, intentó pasarlos, y luego se le metieron en el camino unos pinches gringos con la pura pinta de yonquis; iban bien pasados, ella ya conocía esos ojos inyectados de sangre de tanto verlos por la colonia, los tenía guardados para recordar lo que es la muerte. Si serás taruga, Güera. Claro que tuvo miedo, pero no era un miedo cualquiera. Reparó en que aquella punzada en las costillas ya la había tenido muchas veces antes, cuando pensaba en Alfonso, cuando lo veía acercarse lentamente por la plaza, esperando a que entrara y le plantara un beso en la mejilla y para entonces todos los malos recuerdos dejaban de ser culpa de nadie y pertenecían, como la mayoría de las cosas, al desastroso reino de lo infame.
El Júnior andaba hasta la madre, reventado en coca y apestando a cantina barata. La Güera supo que era él nada más verlo: la camisa desfajada y una enorme barriga colgando abajo del cinturón, ¿quién más podía ser? Le temblaron las manos; había recordado cuánto le gustaban esos zapatos y esa falda y tuvo la nostalgia que le da a uno de todas las cosas que no había hecho. Se acordó, por ejemplo, que un día había visto en la tele un filete de salmón muy grande y gordo, y entonces quiso correr y sacarse de la barriga el bulto y decirle al pendejo aquel que tuviera su pinche paquete y se pelara, porque a ella todavía le daba la gana probar el salmón aunque fuera en anafre. Pero no le dio tiempo de hacer todo lo que quería. Sintió el fajo de billetes rozándole la piel y pensó que mal que bien, se había convertido en una baratija, que Alfonso quizá ni siquiera la quería tanto. Luego se acordó que tenía que apechugar y ponerse dura, y empezó a contar hasta diez, para ver si así se le quitaba la temblorina antes de que el Júnior la viera.
Pero no pudo. Cuando iba ya en el siete y medio, de atrás le llegó el rumor de una pesada mano en el hombro. ¿Quihubo, mi Güera?, ¿qué andas haciendo por acá? Ella lo reconoció de volada. Era el Javi, un cabrón que vivía a cinco casas de la suya, y que desde hacía mucho la traía entre ceja y ceja. El Javi le lanzó un chingo de preguntas sin sentido, para ver si así lograba sacarla a dar la vuelta, uno de esos días. La Güera contestó con monosílabos, esperando que no fueran a escucharla. Quiso callar al Javi, pero él no se dio cuenta del pedo en el que se estaba metiendo. ¿Cuándo se deja ver por la casa, reina? Ya le hace falta una podada a las plantitas, y usté re bien que las trata, hasta se ponen contentas nomás de verla llegar. Y la Güera, podrida del susto, le tapó la boca.
Todavía era temprano. Las campanadas habían anunciado las diez hacía pocos minutos. El Javi le quitó la mano, se echó a carcajadas, ¿pues qué se trae entre manos, reina? No me diga que ya tiene galán, a ver, ¿quién es el chingón? ¿No me lo va a presentar? La Güera no dijo nada. Supo, en menos de un instante, que su suerte ya estaba echada. No es cierto eso que dicen que la película de tu vida pasa frente a ti cuando estás a punto de morirte. Lo único que sucede es que te entra un piquete frío por las venas, como si te hubieras dado un mal chute con la aguja equivocada. Se te para el mundo. Todo se vuelve de cera, y lo que sientes es un chingo de frío. La Güera supo que no tenía más que perder. El salmón era lo que más le podía de todo. Pinche Alfonso. Ahí comprendió que ya no había más remedio, y se entregó completa.
No se escucharon más que tres, cuatro, siete golpes de bala que hicieron eco por las cúpulas y llevaron el secreto a los lavacoches y vendedores de cigarros. A la Güera le tocaron seis, repartidos por todo el cuerpo, por querer pasarse de lista. El Javi se llevó uno directo en la nuca, que lo tumbó al momento y lo convirtió en una de esas fotografías que salen de portada en la policiaca. El Júnior le pasó por encima a la mujer, no sin antes meterle la mano entre las piernas para sacar los billetes. Ella gimió una última vez. Luego se le desinfló el pecho y se quedó boquiabierta, como esperando la hostia que la salvara de ese infierno.
La Güera no sabía que no iba a volver a hacer esas cosas que disfrutaba tanto, como ir a comprar la fruta los viernes al tianguis de la Virgen, cuando las marchantas partían en ocho gajos una toronja para dejar orear la carne viva. No tenía idea; de haberlo sabido no se hubiera puesto tan chula esa tarde, a sabiendas que los zapatos se le iban a quedar todos manchados de sangre, y del sudor y de los gritos de la gente que llegaba por montones, queriendo tapar los hoyos de las balas. Pero era injusto y era innecesario, y era también una pérdida de tiempo: por los seis agujeros, a la Güera se le había escapado todo eso que llaman alma.
No hubo más. Por los ribetes de la falda se le estampó un río de sangre que ya nadie pudo volver a poner en su sitio. Alfonso supo que no iba a regresar, como todas a las que cada tanto mandaba a chingar a su madre. También es mentira eso de que uno debe seguir la luz al final del túnel: lo único que pasa es que alguien baja la luz y de repente no hay nada más que eso, un cuarto muy oscuro en el que no tiene sentido ni perderse ni buscar la salida. Estás jodido. Te dije, pinche Poncho, que conmigo no se juega, escribió el Júnior. El mensaje llegó a su celular pocos minutos después de las balas, cuando todavía tenía fuerzas para seguir rezando. Alfonso se quedó mirándolo por unos minutos. Pero ya ni llorar es bueno, se dijo; estrelló en la banqueta el teléfono y arrancó la camioneta rumbo a casa.
Lettering de Jonathan Cuervo (Ciudad de México, 1985)
Está muerta. La idea se encaja en su memoria. Está muerta. Es la imagen recurrente que infecta los recuerdos.
Diego Ikal Peralta tiene dos semanas en el camino seguro hacia una cirrosis crítica, a una aguda depresión, o a un episodio psicótico severo.
Lleva días intentando alejarse de las memorias que lo mantienen despierto en las madrugadas, hasta terminar con la botella de Appleton añejo, licor que no logra suplir el Ativan, el Tafil, las inhalaciones de cocaína y toda una gama de nuevas drogas. Toda la variedad de estupefacientes que necesita alguien con tantas imágenes incrustadas en los ojos y en el olfato.
Es María José quien va tras él todas las noches. Su esposa, que hace semanas falleció. «La mataron», se dice. A diario, cuando Ikal cae en la cama, su mujer llega desde el río con el abrigo puesto, las piedras hundiéndola y su hijo nonato en el vientre. «La mataron», se repite.
Y lo sostendrá aunque el resto del mundo diga lo contrario. Aunque el expediente del Ministerio Público subraye frases como «Se presume que cometió el acto de suicidio». La primera vez que lo leyó casi escupe en la cara del ministerial. Suicidio. La palabra retumba en su memoria. No. No lo hizo. Ikal sabe que María José sería incapaz. Ya había dejado la adicción a las Experiencias Vívidas.
Hace dos semanas, ella asistió a unas pruebas mercadológicas para el lanzamiento de la nueva droga de recreación que está produciendo Dreamhost. «Ahí nos chingaron, mi amor». Ese día tuvo una noche de tormenta, identificaron diez cuerpos que arrastró el río, uno de ellos era María José.
Ahora Diego Ikal se encuentra en La Divina, un bar del centro de la ciudad. Es tarde. Lo sabe porque la sed es tan letal que sólo se puede quemar con alcohol. Revisa la bolsa de su pantalón y empuña la Ruger LCR.22 de ocho tiros; aún le parece un arma femenina, pero, con la premura, fue lo que pudo encontrar.
Está instalado en el lugar más oscuro, en la esquina perfecta para ver quién entra y quién sale. Toca la pared y rasca el yeso con las uñas, lo lleva a la boca y saborea, la sensación terrosa en la lengua lo reconforta.
La Divina es de una planta: al entrar, la barra se encuentra en el lado derecho; a la izquierda y al fondo hay más de veinte mesas distribuidas con orden, todas con comensales que ya van en la cuarta, quinta, sexta ronda de la noche. «No deben tardar». Ruega que sea suficiente alcohol para borrar los recuerdos. No está seguro y ordena otro Appleton al mesero, quien trae un caldo de lentejas como aperitivo. Recorre de nuevo el bar con la vista, buscando alguna sombra conocida, algo que lo alerte, y entonces atacar, eliminarlo, descargar la frustración que lo tiene nadando en este lodo fétido de añoranzas.
Piensa en Dreamhost. Saca su celular, accede a la carpeta de imágenes y selecciona una titulada Pendientes; así la llamó desde el día en que decidió lanzarse a la cruzada para aniquilar a los responsables de la muerte de su esposa y de su hijo nonato. Adentro hay una serie de fotos, se detiene en tres: en una de ellas aparece el director de Salud Pública, un tipo moreno, gordo y detestable; en otra aparece un señor con bata blanca, serio, de barba y cabello gris, «Sebastián Terreros», piensa; en la tercera hay un tipo con rostro de rata obesa, «Jacint Casals», se dice.
No fue difícil saber en dónde se encontrarían: un par de llamadas, cobrar otros favores y listo. «Allí se juntan los miércoles, saliendo de la oficina, como a eso de las nueve», le dijo la secretaria del director de Salud Pública. Sin embargo, ya son casi las once de la noche y no han llegado. Bebe de nuevo cuando le traen el trago y pide otro caldo de lentejas para calmar la necesidad de raspar el yeso de la pared.
«Hay que tener cuidado con las mujeres que se abandonan», piensa mientras busca su cartera, saca un billete de quinientos y lo coloca en la bolsa contraria de donde guarda el arma.
Luego de la muerte de su esposa inició una investigación sobre la nueva droga de diseño de Dreamhost, enfocado en los daños colaterales que pudiera ocasionar.
Se trataba de una droga de calidad, de elite. Al parecer estaban haciendo pruebas con testers y ofrecían cincuenta mil pesos a quienes pudieran pasar los exámenes y lograran consumirla. Sin embargo, Ikal no sabía ni a cuántos ni a quiénes se aplicaba, tampoco sus efectos. Era algo mucho más fuerte que las Experiencias Vívidas, algo que se vendería mucho más caro. Además el corporativo en Barcelona había delegado a un tal Jacint Casals. Algo se estaba cocinando.
Esculcó en casa y de uno de los cajones de María José rescató un contrato de la compañía, Art Viu: De lo Bello a lo Sublime, la nueva droga ya tenía nombre.
Así que fue a visitar al doctor Terreros: en la primera ocasión lo recibió cordialmente, en la segunda lo dejó en la antesala, y a partir de la tercera no le permitió entrar al edificio.
Terreros aceptó que se estaba llevando a cabo el desarrollo de una nueva droga, pero negó por completo que se estuvieran reclutando donadores o testers y que, además, algunos de ellos tuvieran efectos secundarios. Ikal buscó otros métodos.
Hacía guardias por las noches. Comenzó a vigilar la basura de la farmacéutica. En una de sus exploraciones dentro de los contenedores encontró una lista, estaba cortada en tiras y tardó un par de días en armarla y entender lo que decían los papeles. Nombres, direcciones, teléfonos, correos, y una columna con la variable: Pérdida. Ahí se encontraba el nombre de María José. «Mierda», los huesos comenzaron a hacérsele polvo del coraje. «Fueron ellos», lo supo y encontró la forma de verse de nuevo con Terreros.
Hizo llamadas y visitas. Y sí, el común denominador era el suicidio. Comenzó a redactar la nota y siguió uniendo los cabos sueltos. Tenía que encontrar más información.
Ahora Ikal no puede buscar respaldo en el Ministerio Público, ni con los Federales, ni con la PGR. Repudia a las autoridades, todas son una mierda de corrupción. «A la chingada con la nota, primero lo primero», se dijo. Guardó la lista y el contrato, se lanzó al abismo y tuvo la certeza que se encontraría de nuevo con Terreros y con el director de Salud Pública, que acababa de autorizar un enlace entre Dreamhost y los Centros de Integración Juvenil.
Aquí está, esperándolos.
La puerta principal se abre y entra un grupo de personas. «Son ellos». El director de Salud abraza a una chica joven, rubia y delgada, vestida de traje sastre negro; a un lado, Sebastián Terreros Maldonado mira ávidamente sobre su hombro, como cerciorándose de que algo no esté, de que algo no repte por su espalda. «Ya era hora». Se pone de pie, tambalea, toma un envase de botella y se acerca a los recién llegados.
El director, quien trae la mano debajo del pantalón de la chica, sonríe, intenta reconocerlo y hace un ademán para saludar. Ikal empuña el envase. Toma fuerza y lo estrella en el rostro del funcionario.
Gritos, dudas, incertidumbre.
La rubia cae junto con el agredido; Terreros se repliega hacia el interior y lanza un par de blasfemias, no sabe qué está sucediendo. Algunos meseros se acercan para calmar la escena, pero de inmediato Diego saca su Ruger femenino y dispara dos veces hacia el techo.
Más gritos, muchos se esconden bajo las mesas, otros piensan que es un asalto y levantan las manos.
—Atrás, cabrones, que esto es entre estos pendejos y yo, atrás —dice y dispara de nuevo.
Apunta hacia el piso, donde el director de Salud intenta ponerse en pie, apoyándose en la chica rubia que llora copiosamente.
—¡Ahora sí, para que sigas aprobando pendejadas!
Acciona el gatillo.
El eco del impacto se embarra en las paredes. El director gime, destila sangre desde el hombro.
—Cállate, cabrón.
Dispara de nuevo, ahora en una de las piernas. Los comensales huyen. Los sollozos de la chica resbalan por la piel. «¿Cuántos tiros llevo?».
Entonces una botella se estrella en su espalda, la fuerza del golpe lo hace girar por inercia y dispara de inmediato a un mesero. No da en el blanco: logró parapetarse detrás de una mesa.
Terreros aprovecha la confusión y salta sobre Ikal. Logra derribarlo y, en el forcejeo, el atacante pierde el arma. Se pone en pie y arremete contra el doctor, golpea con saña, con una rabia que creía apagada, con el coraje de las peleas de su adolescencia. No da tregua. Impacto tras impacto. Busca el arma, la toma, apunta a su estómago. «Por María José y mi hijo, cabrón de mierda», piensa y, antes de accionar el gatillo, otra botella se estrella en su hombro. Dispara. Falla. Apenas impacta en una de las piernas del doctor. Un segundo destello atraviesa el estómago del mesero que lanzó las botellas. Terreros se aleja reptando.
Alguien que se encuentra al lado del mesero herido grita y maldice. Vocifera que llamen a una ambulancia, que si hay un médico en el lugar, que alguien los ayude. Pronto dos, tres, cuatro compañeros se le unen e intentan detener la hemorragia del estómago.
A su lado, el director de Salud se desangra. La chica rubia intenta cerrar la herida sin resultados, el líquido fluye por el piso. Apunta al funcionario, jala el gatillo. Nada. «Se me acabaron los pinches tiros y no compré más», piensa y guarda el arma. Patea el rostro ya astillado por los vidrios.
Busca al doctor Terreros. «¿Dónde estás, cabrón?». Los segundos son una eternidad. Lo encuentra. «¿Conque escondiéndote, hijo de la chingada?», se acerca a la mesa, toma una botella Buchanan’s y la lanza. Da en su pierna. Sale de su escondite y se miden. Intenta repetirlo, pero se detiene. Un compañero del mesero herido le cierra el paso, lleva una picahielo como arma. La mirada entre Terreros e Ikal, a sólo cuatro metros de distancia, es una trinchera en suspenso.
Los gritos siguen. El sudor. Otros meseros se acercan y vienen armados con cuchillos, botellas y tenedores. «Si me agarran me meten una chinga que no me la quito ni con sal».
Observa al director en el suelo, se retuerce y se queja con la chica rubia a un lado, que ya tiene las manos empapadas en sangre. «Uno u otro», piensa, se acomoda y lo golpea. Asesta un jab seco y certero, tanto que al momento del impacto, Ikal escucha que algo se rompe. «Otra botella», toma espacio para seguir golpeando con la misma mano, pero no responde, ha quedado neutralizada; «me la chingué». Intenta moverla. Nada.
«Ya estuvo suave». Es momento de iniciar el escape, de lo contrario terminará encobijado en el río de la ciudad. «Vámonos». A su lado, en el piso, el director intenta maldecir, parte de la quijada no está en su lugar: Ikal consiguió zafarle el maxilar.
—¡Ahora sí, para que sigas aprobando pendejadas! —dice mientras busca la oportunidad de escapar.
De nuevo encuentra a Terreros. Lejos, poco más de seis metros. Imposible alcanzarlo sin meterse más a la boca del lobo. Las trincheras seguirán intactas.
Tiene que largarse. Rodea al director y a la chica. Cruza la puerta y corre.
Huye sosteniendo su mano izquierda; no importa el cansancio, ni el dolor en la espalda, mucho menos la falta del zapato izquierdo que abandonó en el campo de batalla. Detiene un taxi y sube.
—Vámonos, para Garza Sada.
Aunque está más apaleado que un toro antes de entrar al ruedo, sonríe, sabe que ha avanzado. «Uno por uno», piensa mientras recibe el aire de la noche.
Con la mano sana saca el billete de quinientos y lo entrega al conductor.
—Luego para el sur, para la carretera. Y acelere, que traemos prisa.
El espectro de un alpinista que murió escalando el Everest, un diseñador que sobrevive en la capital alemana produciendo porno amateur y una obsesión amorosa, confluyen en esta narración de Rodrigo Hasbún, uno de los escritores bolivianos más reconocidos de su país.
Lo vi en un bar años después de que hubiera muerto, pero la barba y una mueca persistente que no recordaba demoraron mi resolución de acercarme. Cuando al fin iba a hacerlo, él se levantó de pronto, me dio una mirada rápida y se largó del lugar. Afuera el cielo estaba nublado, como sucede a menudo en Berlín, y los dos éramos extraños en la ciudad y en el idioma, extraños en todo, incluidos los lazos que nos habían unido alguna vez.
La historia del hombre que era o no era él podía resumirse fácil. Descendiente de aimaras, se había ido a los dieciocho de Bolivia, donde sin duda le hubieran puesto trabas a su ambición, y sólo empezó a volver treinta años después, ya convertido en un reconocido cirujano radicado en Boston. En una de esas vacaciones encontró casualmente a mi padre, uno de sus pocos amigos de colegio, y a partir de entonces retomaron el trato. El hombre practicaba alpinismo en su tiempo libre y ya había escalado algunas de las montañas más altas del mundo. Su próxima meta, le dijo a mi padre la última vez que se vieron, era conquistar el Everest. Medio año después, a punto de llegar a la cumbre junto al guía nepalí que había contratado, se desplomó en la nieve y lo hizo porque estaba bien muerto antes de caer. Eso, al menos, es lo que contó el otro o lo que contó su esposa que había contado. Lo cierto es que el cuerpo nunca apareció, luego de ir en busca de ayuda el guía no supo encontrarlo. En resumen, había un muerto pero no su cuerpo y la historia se volvía confusa a momentos, por lo que empezaron a proliferar versiones encontradas, entre ellas que la esposa se había deshecho del hombre para heredar su fortuna o que él ya no la amaba y había ideado todo para empezar una nueva vida lejos de ella.
En Berlín, por ejemplo, donde me pareció verlo, aunque la barba y la mueca persistente me hicieran dudar. Quedaban sus billetes sobre la mesa. Tan repentinamente como él, me largué de ahí y lo hice no sólo sin pagar, sino además llevándome su dinero.
Nadie vino tras de mí, en un barrio como Schönenberg no están acostumbrados a gestos como ese. Igual caminé rápido, mientras decidía a dónde ir. A algún otro bar, quizá, o a esperar el final de la tarde en el Nolli.
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Diseñaba sitios web, antes de irme de Cochabamba y también en Berlín, adonde llegué siguiendo a Luana, una alemana que no mucho tiempo después me dejó. Las alemanas hacen eso sobre todo, destrozan a los hombres, los pisotean con su frialdad intermitente, con su indiferencia repentina, y yo no opuse demasiada resistencia mientras se desencadenaba el abandono. Mi trabajo más constante, el que me permitía llevar cierto tipo de vida, lo hacía para Ben, un inglés treintón que simulaba ser agente de actrices de cine adulto. Entrevistaba a nueve o diez candidatas por semana y por lo menos a dos o tres se las terminaba cogiendo en la misma entrevista, delante de varias cámaras que filmaban simultáneamente. Antes del sexo les decía que enviaría los videos a productores importantes y era esa la razón por la que ellas se animaban, pero después de terminar y de dejarlas limpiarse y vestirse, les confesaba la mentira y les ofrecía cuatrocientos euros para que lo dejaran colgar el video. Ellas, eslovacas o colombianas, alemanas o turcas, querían ser actrices y casi siempre estaban demasiado urgidas de dinero o eran adictas a algo, así que la mayoría aceptaba. Lo que hacía yo era editar los videos, borronear la cara de Ben y subirlos al sitio, que también me dedicaba a promover en la red. A los usuarios les gustaba pensar que esas mujeres habían sido embaucadas, que no recibieron nada a cambio, que ni siquiera llegaron a saber que los videos podían verse, y era eso lo que más explotábamos para divulgarlos. Funcionaba bien, más allá de que hubiera varios otros agentes falsos haciendo lo mismo en distintos países.
El tiempo que vivimos juntos, a Luana no le molestaba verme editando los videos, y una vez me confesó incluso que fantaseaba con hacer una porno algún día. ¿Qué tipo de porno?, le había preguntado yo. Una, dijo, en la que quince o veinte tipos me traten como a una perra de la calle. Pero no sólo eso, siguió diciendo Luana esa vez, quiero además que me terminen encima y que me orinen y me caguen y me escupan. Una lluvia asquerosa, dijo, y yo me reí nada más, sin estar seguro si bromeaba y sin sospechar cuán imposible me resultaría luego sacarme de la cabeza esa conversación.
El trabajo estaba detenido porque poco antes Ben había tenido dificultades con dos chicas. Una acompañaba a la otra para darle valor pero él logró convencer a ambas y, aunque eran tímidas e inexpertas, o quizá porque lo eran, esa entrevista y la cogida fueron de las mejores. Días después apareció la madre de la amiguita con documentos que demostraban que sólo tenía dieciséis. Era una alemana humilde, me contó luego Ben, pero se la veía obstinada y no llegaron a nada. Sólo busca plata, dijo, es lo único que busca, porque bien debe saber que los gustos de su hija ya no tienen vuelta atrás. Ben era un tipo de apariencia decente. Eso ayudaba a que ellas confiaran en él. Inicialmente quería dirigir películas eróticas. Al hacer su primer casting se dio cuenta de lo interesantes que podían ser en sí mismos, y ya no se movió de ahí. Ahora, mientras solucionaba los problemas con la mujer, me pidió que bajara el video y también prefirió que desmontáramos las cámaras y nos tomáramos unos días libres.
Marqué el número de Luana mientras me alejaba del bar en el que vi al amigo muerto de mi padre. Ya había sobrevivido al tiempo en el que necesitaba contarle todo para que tuviera sentido, pero se me ocurrió que la divertiría la situación. No colgó como venía haciendo hacía meses, aunque es cierto que sonaba adormecida o drogada. Acabo de ver un fantasma, le dije sin dejar de caminar, acabo de ver a un hombre que ya no estaba y ahora sí. Sólo quería contarte eso, fue emocionante pero también un poco tenebroso. No me animé a acercarme, me quedé mirándolo nada más. Un fantasma, Luana, un fantasma boliviano. Ella soltó una risita extraña, una risita o un suspiro o una tos, y yo no quería aburrirla, así que cambié de tema. Le dije que había encontrado una polera suya detrás del estante de la sala. Parecía un trapo de lo sucia que estaba, pero ya la lavé. Ahora está guardada. Es una rosada, sin mangas. Luana no decía nada y yo volví al muerto casi inevitablemente, le conté la historia entera, estaba acelerado, y como seguía sin decir nada, mencioné por último la situación de Ben. Hacía meses que no hablábamos y se sentía como un subidón.
No estoy lejos, dije.
Ven, dijo Luana, y colgó.
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Nos habíamos conocido en mi bar preferido de Cochabamba, ese principio perfecto importa. Importa que ella viajaba sola por Latinoamérica en un momento en el que yo lo que más necesitaba era viajar (algo que casi no había hecho hasta entonces, al menos no fuera del país) y que dejé todo para acompañarla. Fueron las mejores semanas de mi vida y lo supe mientras sucedían y eso importa. Importa que era la primera mujer que conocí que tenía condones en su mochila, que era la primera mujer que me pidió, la segunda o tercera vez que estuvimos juntos, que le chupara el culo, que a veces prefería por ahí. Importa que no le temía a nada y que descubrí a su lado que yo le temía a todo y que logré vencer algunos de esos miedos gracias a ella. Sin embargo, mientras subía las escaleras del viejo edificio al que se había mudado, ahora sólo podía recordarla en una cama. Sonreía y fumaba y cogía de todas las maneras posibles y dormía y era lo único que podía recordar, Luana en una cama y no en calles y bares y cafés en cualquiera de las ciudades en las que habíamos estado, Luana sólo en el deseo y ya no en el amor.
Toqué fuerte, para que me oyera a la primera, pero no abrió. Volví a tocar y no abrió y la llamé al celular. Estoy aquí, dije. Pasa, dijo ella. La puerta estaba sin seguro, apareció apenas me metí. Sólo tenía puestas unas medias gruesas, una polera delgadita y un calzón azul, y parecía que había estado llorando aunque Luana no lloraba. Me acerqué y la abracé y se dejó. Luego sacó dos cervezas de su refri y nos sentamos en la mesa de la cocina. Le conté que me fui del bar sin pagar y que además me llevé la plata del muerto, del boliviano prófugo, del fantasmita de mierda. Ella respondió que dejara de hacer esas cosas, que por algo así podía terminar deportado, pero lo decía sin ninguna convicción. Nunca la había visto tan lejos de sí misma, ni siquiera el día que me dijo que se iba, que ya no me quería y se iba, que se estaba yendo, que se había ido antes de irse.
¿Cómo va el trabajo?, pregunté para distraernos, para evadir el deseo y la incomodidad. Hizo una mueca rara y entendí que no debía buscar charla, la reconfortaba tenerme cerca pero prefería que permaneciéramos callados. Se había ganado la confianza de la dueña como secretaria de una agencia de modelaje en la que trabajaba hacía años. Ella misma había llegado probando suerte (tenía cara de ángel y ojos de ángel y concha de ángel y le hubiera ido bien), pero pronto se dio cuenta de que no era lo suyo, a pesar de que el mundillo le gustara. Había despilfarro y viajes y droga y hombres adinerados y quería quedarse, gozando de los privilegios sin tener que sacrificar nada a cambio. Como secretaria, estaba y no estaba. Estaba y no estaba, al igual que en todo lo demás en su vida.
Apenas terminé mi cerveza, me pidió que sacara dos más. Eran las últimas. Abrí la suya, se la dejé sobre la mesa y volví a sentarme, aun los movimientos más insulsos habían cobrado un peso específico. Era su silencio lo que provocaba eso, su silencio y también las cervezas que ya llevaba dentro y el hecho de que me siguiera pareciendo hermosa.
Unos veinte minutos más tarde, cuando la situación empezó a sentirse absurda y después de que me rechazara un nuevo abrazo, Luana habló. Lo único que saqué en claro en medio de tanta conjetura es que había sabido ese mismo día que estaba embarazada y que no estaba segura de quién.
Era triste imaginarle algo dentro. Era intolerable y triste y un poco estúpido saber que no era mío eso que le crecía dentro.
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Ben me despertó temprano al día siguiente.
Te voy a buscar ahora mismo, dijo y apareció a la media hora, cargado de una caja de cintas y memorias. Preparé café y lo serví en dos tazas y esperé a que hablara. Teníamos que bajar el sitio, borrar las evidencias. ¿Es posible?, preguntó, ¿es posible limpiarlo todo sin dejar huellas? No lo era, pero le dije que algo se podía hacer, lo suficiente para que la mujer se viera en problemas por sí sola, a menos que hubiera tomado previsiones y hubiera descargado el material o lo hubiera capturado con algún otro dispositivo. Revisé los datos de los nuevos usuarios, dijo Ben, ninguno es de la ciudad, más bien que la perra esa es una ignorante. Son medidas provisorias, dijo, pero me costó creerle porque también me dijo que se iba a Londres por unas semanas, hasta que el asunto se tranquilizara. Miró hacia la caja que había dejado a un costado de la sala y sonrió, recordando quizá los polvos filmados, al menos trescientos y todos sin condón. Yo hubiera querido preguntarle si se hacía exámenes semanales, si las chicas tenían que mostrarle los resultados de los que ellas quizá estaban obligadas a hacerse, si había algo de lo que no estaba al tanto. Al final no me animé.
La tarde la pasé caminando. La Berlín derruida todavía era visible. Daba euforia y miedo estar ahí, sobre todo para alguien como yo, nacido en un país tan ensimismado en sus guerras propias. Luana llamó en algún momento y yo pensé que quería verme, que le había hecho bien verme el día anterior y que le gustaría repetir, pero se limitó a decirme que había sido una falsa alarma, que era mejor que lo supiera, y se rió nerviosamente durante algunos segundos antes de colgar. La odié, de verdad o de mentira, la odié nada más, y no supe qué creer. Luego me quedé pensando en ella y en mí y en Ben y las chicas y la madre, pensando que estábamos vacíos y que quizá esa era la enfermedad de nuestra época, la verdadera enfermedad, que todos nos hubiéramos aligerado tanto.
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Haciendo las compras en una tienda del barrio, menos de una semana después vi al hombre que había sido amigo de mi padre. En una ciudad tan descomunal no sólo es improbable sino prácticamente imposible volver a encontrar a un desconocido, menos si nació como tú a miles de kilómetros de distancia, menos si volvió del otro lado de los muertos, pero aun así no me sorprendí. Lo que sí hice de inmediato fue abordarlo y esta vez no tuve ninguna duda de que era quien creía. Él se negó tajantemente y no pude hacer nada que no fuera insistir. Prometo que no le diré a nadie, dije, ni siquiera a papá, y añadí en español que para mí era necesario aclarar esto. Ha sido una semana dura, dije, creo que perdí mi trabajo, y perdí o volví a perder a la mujer que más quise. Mi jefe es un hijo de puta y las está contagiando a todas, dije también. Él respondió que no sabía hablar lo que fuera que estaba hablando y que no entendía nada de lo que le decía. Había muerto ya, de un ataque al corazón, ese hombre al que tenía delante. Rodeado de nieve, había muerto escalando el Everest.
Y entonces hizo lo que tenía que hacer. Con miedo de mí o de sí mismo, en esta su nueva vida, se disculpó apenas, cogió sus bolsas y se alejó.
Desde Estados Unidos, donde radica, la escritora Dolores Dorantes reflexiona en este texto sobre la moda de «dolerse» frente a las desgracias de los otros, y también acerca del acto de crear desde un territorio impuesto.
I
Hoy pensaba concluir un artículo que me ha tomado meses escribir, relacionado con los procesos de copia y cómo es que la realidad que percibimos fuera de nosotros se construye a partir de esos procesos; procesos de reproducción y de repetición que me han obsesionado estos últimos dos años, por tener la capacidad de programarnos la mente. Arno Gruen, psicólogo alemán fallecido en octubre del año pasado, sostenía entre otras cosas que estos procesos de reproducción daban en el clavo del control de las sociedades, de tal forma que nos convirtieron en personas conformes con la guerra y su crecimiento global. Esta forma de reproducir lo aprendido, sobre todo al momento de manejar nuestro dolor, nos lleva, afirma Gruen, a justificar la guerra. Hace años estaba en eso, cuando repentinamente alguien (o algo) decidió que el dolor en México debía expresarse públicamente; comenzaron a dolerse todos, así tan fácil, como si hubieran sanado una programación de siglos y pasaran a formar parte de los conmovidos, de los dolientes, de los cortados a la mitad, de los tocados por la experiencia de la guerra. El mundo se transforma mucho más rápido de lo que se transforma mi pensamiento, creí: tanto tiempo buscando entender cómo es que la realidad se manifiesta a través de los procesos de copia; años de conversaciones al respecto con amigos, años de escuchar a Arno Gruen y de repente, así, como si se tratara sólo de pronunciar una palabra, de crear el concepto adecuado, el mundo se arregla en un chasquido: todo mundo sufre y no se lo guarda, todo mundo recorta las partes más sangrientas de los periódicos, le da «voz» a las víctimas, arriesga su vida haciendo residencias artísticas en Ciudad Juárez y «so on». Entonces me di cuenta que pienso muy lentamente, que medito demasiado, que todos mis amigos son obsesivos y que a ellos y a mí nos da por desconfiar de estas oleadas de justicia que nacen de los corazones literaria y oportunamente indignados.
Mejor tarde que nunca, me gusta imaginar. Aunque después de unas cuantas lecturas y de rastrear evidencias, supe que esto de dolerse se trataba únicamente de un concepto, pero no un concepto de los buenos, que son fuente infinita de conocimiento y diversidad; un concepto de esos que consisten en vaciar, en despojar la palabra de experiencia, en un cascarón pues:
¿Cómo se duele alguien frente al poder desde el poder? ¿Cómo puede el poder degollarse a sí mismo, torturarse, secuestrarse, desaparecerse y a la vez expresarse, escribir su dolor por la tortura que él mismo se inflige? ¿Cómo puede el poder hablar desde la cabeza que corta, desde el cuerpo que tortura o que secuestra?:
Vaciando de significado su lenguaje; reproduciendo la máscara (máscara, pero no de las buenas) del dolor. Todos tranquilos, todos podemos decir que algo nos duele, nos parte el corazón y está bien, tenemos permiso de dolernos porque tenemos libertad, ¿cierto? Nadie va a matarnos por ejercer la libertad en este país, ¿cierto? No vamos a aparecer ejecutados al puro estilo militar con cinta canela alrededor de la cabeza y nadie va a decir «en algo andaba» sólo por expresar nuestro dolor, ¿cierto? Las escritoras en México podemos escribir incluso contemplando desde Polanco el mismísimo infierno, ¿no es así? ¡Nos entregan premios! Porque aunque las mujeres y las niñas en México continúan desapareciendo y apareciendo asesinadas ¡somos un país que apoya a las intelectuales feministas! ¿Verdad? Qué maravilla. Qué alivio.
Y, como es así, vivo en el extranjero. No me gusta dolerme mucho, la verdad. Expreso mi dolor en privado. Oigan, mi blog es uno de mis lugares privados, BTW. Y no me siento muy libre. Sobre todo porque vivo con una visa de residente permanente y cada vez que regreso a este país, después de estar algún tiempo en Ecuador o en Argentina, tengo que pasar por un túnel metálico de interrogaciones, un cuarto separado donde los agentes de migración se burlan de mi procedencia e insinúan que me dedico al narcotráfico. Qué se puede esperar, despierto esos sentimientos en el extranjero cuando viajo como escritora. Lo bueno es que hace unos meses me gradué de gurú, así que, espero, mis siguientes viajes serán sobre una alfombra mágica entre nubes de abundancia, seda, discípulos y azúcar.
II
Me fue solicitado un artículo sobre la escritura desde un territorio impuesto, sobre tu experiencia personal en ese sentido. Así que, supongo, debo hablar de mí, porque estos de aquí son mis amigos.
Mi experiencia personal me ha llevado a revelaciones maravillosas sobre procesos de copia, de reproducción y construcción de estructuras de pensamiento. Así, de forma personalísima, en este «territorio impuesto» algunas editoriales me han solicitado firmarles contratos donde regalo los derechos de mi «obra» para publicarse en cualquier lugar del mundo, a cambio de tres libros, por ejemplo. Cuando me negué a firmar uno de esos contratos me respondieron que «quizá no estaba yo entendiendo el inglés»; después me aclararon que se trataba de una editorial «no lucrativa», por ejemplo. «Yo también soy no lucrativa», respondí, «¿acaso ustedes creen que porque exijo un derecho —el pago por derechos de autor— estoy recibiendo una ganancia?».
Y ellos creían que sí, creían que el pago de quinientos dólares, junto al honor de ser publicada por una editorial niuyorquina era mi «ganancia», cuando en realidad no representa ni la inversión que hice durante un mes de trabajo (escribir el libro me tomó un año, y a mí me gusta vestir kimonos de seda decorados a mano cuando escribo). Disculpen que hable en estos términos pero, ya se imaginan qué país es «mi territorio impuesto». No es una queja, es un ejemplo; el ejemplo de una situación real que me llevó a pensar en la forma en que editoriales no lucrativas, como la del ejemplo, llegaban al punto de creer que la mejor forma para que los libros continúen existiendo es despojar a los autores de sus derechos. ¡Oh «America»! ¿De dónde nació la idea de que el autor que exige sus derechos es un ambicioso voraz?, y añadido a este punto, ¿cómo es que esa idea se transformó en un juicio social que presiona desde la comunidad de autores-editores? ¡Es mal visto que un autor exija sus derechos! ¡¿En verdad creen que éste es el primer mundo?! Any who.
La idea de la editorial no lucrativa como estructura de poder nació como una idea anti-capitalista; en este país los autores no comerciales (los autores «comprometidos») comenzaron a ceder sus derechos de autor a editoriales no comerciales para garantizar la existencia de tirajes pequeños en oposición a los sistemas corporativos-comerciales que actualmente controlan el mundo, pero ¡oh fortuna!, las editoriales pequeñas con prestigio se convirtieron en concentraciones de poder que seleccionan, promueven, distribuyen y comercian con sus libros de la misma manera en que lo hacen las transnacionales (¿ven por qué me obsesionan los procesos de copia?), con la diferencia de que las pequeñas editoriales exigen (¿por qué?: por lo mismo que Google: porque pueden) la renuncia de los derechos de autor a cambio de la publicación que garantiza al escritor cierta visibilidad en círculos intelectuales en boga; ellos «no lucran» con sus ganancias sino que las reinvierten en proyectos que promueven lo que más le conviene a su concentración de poder y de expansión internacional (como una corporación cualquiera). Y entonces volví a preguntar: si este tipo de proyecto nació de cierta idea de justicia a favor de la literatura y a favor de los bienes intelectuales de todos, ¿por qué no se intercambia la cesión de derechos por la participación del autor en el comité de selección de la siguiente colección de la editorial? El poder que estas editoriales han construido quedaría disuelto. ¿No se trataba de eso desde un inicio?
Así es como, poco a poco, lentamente, los autores somos despojados de nuestro prestigio —y del lugar que el poder de la editorial no lucrativa proporciona— en los círculos donde se concentran los intelectuales no-comerciales en caso de intentar recuperar un poco del dinero que necesitamos para sobrevivir. O si no, somos despojados de nuestro derecho de autor a cambio de ser bienvenidos en esos círculos.
No me mal entiendan, no se trata sólo de mezquindades. Si alcanzamos a percibir que una obra literaria es un bien intelectual y, por ende, un bien infinito, ¿cómo tasarlo? Ya lo platiqué públicamente antes con mi amigo Ben Ehrenreich; se trata de algo más triste. Ningún autor puede vivir de lo que escribe, a menos que sirva a una corporación, es decir: se convierte en el corrector de estilo del discurso de las corporaciones. Si un escritor quiere escribir sin que nadie le dicte, entonces debe trabajar como maestro, editor, periodista, columnista o vender calcetines chinos. Un sacrificio que muchos hacemos y que nos impide dedicarnos de tiempo completo a escribir; escribir es pensar y ¿a quién le conviene que no existan escritores que tengan el tiempo completo para escribir y la libertad para pensar? Y también por eso, ¿a quién le conviene que las editoriales sean la autoridad por encima del autor, al que despojan de sus derechos controlándolo a través de presión social: una comunidad de autores que lo considera inmoral por pretender firmar un contrato que le garantice pago por regalías? Con todas esas buenas intenciones, a fin de cuentas, ¿a cuál amo servimos?
Menos mal que me gradué de gurú, y los gurús tenemos el poder de ser todo lo que se nos ocurra; sabemos que el mundo es uno solo. No vivo en un territorio impuesto; para los gurús la identidad no existe, su patria es la mente y, en ocasiones, se refugian en el corazón de algún amante al que perciben como un lago tranquilo, vaya ¡los gurús tienen que compartir su amor y, lo mejor de todo: los gurús somos muy felices!
¿A qué le temías cuando niño? A una imagen, un olor, un grito, a un cuadro en la pared del cuarto de tus papás. La razón por la que amo tanto leer y escribir narrativas macabras es porque soy muy miedosa. Desde que soy niña me dan miedo un montón de cosas. Me gusta que me asusten. Me gusta seguir siendo niña y seguir asombrándome con manos que emergen de entre las tierras grises de los cementerios.
Este 2016 nos obligó a todos a crecer. Para bien y para mal. Por eso decidí consentir a mi Luisa de cinco años y recordarle que los sustos de la infancia despiertan nuestra curiosidad por el mundo y nuestra inagotable capacidad de sorprendernos y de contar historias.
La imaginación del hombre:
Tenía nueve años cuando apareció esta cortinilla en Canal 5. Mi pasión en la vida era Keiko, la orca de Reino Aventura. Le decía a mis papás que cuando yo creciera habría una operación que me convertiría en ballena (así es, South Park se robó mi fantasía). No tenía mayores problemas. Recuerdo que por ahí de las ocho de la noche el océano se apoderó del televisor.
—¿De qué creen que hable Jacques Cousteau? —Preguntó mamá.
—¡De Keiko, de Keiko! —respondí a gritos —¡Tiene que hablar de ballenas!
Dos enormes ojos aparecieron entre las profundidades. La imaginación del hombre. Comencé a llorar. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Mamá me llevó a la cama y me abrazó hasta que se me pasó el susto.
A partir de ese momento cada vez que la cortinilla se cruzaba en la programación, yo corría a esconderme en alguna habitación lejana.
Solía darle muchas vueltas al asunto, intentaba ponerme simbólica; creo que simplemente me asustaban los ojos al revés. Hasta la fecha me ponen nerviosa.
Las pesadillas de mi hermana:
No soy de las que recuerdan sus pesadillas, mi hermana sí. Sabina tenía un sueño recurrente con un caracol de plastilina.
¿Recuerdas el cuarto secreto debajo de las escaleras de la primaria? En mi sueño era un taller; ahí estaba yo, haciendo un caracolito de plastilina azul… y que se pone a caminar por la pared. Me daba miedo, lo arrancaba, lo hacía bola y lo tiraba al piso…. Pero se formaba solito y volvía a trepar la pared.
En cuanto Sabina comenzaba a describir su sueño yo imaginaba que el caracol iba a matarlos a los tres; a ella, a mamá y a papá. En mi cabeza el caracol se desenredaba, comenzaba una música espantosa y luego los mataba a todos.
No puedo contar los verdaderos detalles de la pesadilla. No hay manera de que pudiera meterme en la cabeza de mi hermana. Pero esto no es mentira. El día que se estrenó el video de Came back haunted de NIN, dirigido por David Lynch, lo primero que hice fue llamarla.
¿Ya viste el nuevo video de Trent?
—¡En eso estoy! ¿Te está gustando?
—No sé, es que… me recuerda a tu caracol.
—¿Cómo supiste que así se veía en mis sueños?
—No tengo la menor idea.
Track 99:
“Empty sounds of hate” es el track 99 del Anticristo Superestrella de Marilyn Manson. Éste fue uno de los primeros discos que compré con mi dinero, cuando trabajaba en la barra radiofónica infantil del IMER. La tarde que mis papás me llevaron a Mixup a comprarlo fue una de las más felices de mi vida. Y es que si les soy sincera, no hay razón para tenerle miedo a esta pieza inocentona. Pero nada es más espeluznante que tener diez años, dejar tu CD player andando hasta a las doce de la noche y encontrarte con la voz del Reverendo debajo de las cobijas. Ahora es normal dormir con los audífonos puestos y con el celular en la mano. Sin embargo, hace poco más de años la travesura de escuchar música en un dispositivo portátil era completamente inusual.
No se me olvida el alarido que me aventé cuando este track me rasguñó los oídos por primera vez.
¡Cuidado con las arañas!
Éste es quizá mi recuerdo favorito, por distintas razones. La principal: ésta es mi primera remembranza macabra. Andamos por ahí de 1990. Tiempos de Aracnofobia. El filme no me asusta ni me resulta trascendente. En aquel momento era muy pequeña como para ponerme nerviosa con la escena de la regadera, o como para recordar qué buen tipo es John Goodman. El caso es que cuando terminó la película, mi hermana y yo decidimos ir a jugar a la recámara.
—¡Cuidado con las arañas! —Gritó mamá con una risa juguetona.
Algo se me quebró en la cabeza. Me tomé de manera terrible la broma. Lloré. Lloré más. Hice una pataleta de épicas dimensiones. Fue la primera vez que imaginé que esa ficción que me entretenía en la pantalla, podía salirse a picotearme los dedos de los pies.
Recuerdo la colcha de globos de la cama de mis papás. Recuerdo que estaba atardeciendo y que olía a pan.
Ese día me volví miedosa (en el mejor sentido del miedo, el sobresalto y la sorpresa). Y para mi fortuna, no se me pasó nunca.