El presentador de la revista matutina local sonríe con la falsedad de la gente que trabaja en televisión. Entrevista, en teoría, a una psicóloga y la oye y asiente sin prestar atención. De repente, la psicóloga pausa; entiende el muchacho que es su turno de hablar. “Gracias por venir”, dice. “¡Tú sos muy lista!”. Tú sos. Tú sos. Corro a la cocina a echarme aceite hirviendo en los oídos.
El presentador de la sonrisa falsa no tiene motivo alguno para tutearme a mí, a la psicóloga ni a la teleaudiencia. Como televidente (que no entiende por qué rayos está viendo una revista matutina) me siento ofendida. Estamos en El Salvador, somos salvadoreños ambas. ¿Por qué me está tuteando? Nosotros voseamos.
Contrario a otros contextos culturales, como el peruano o el chileno, en donde el voseo se asocia con un estrato social dado, en Centroamérica su uso es universal, como en Argentina o Uruguay. El usted se reserva para personas con autoridad o desconocidos. El tuteo predomina únicamente en Panamá, que tiene más en común culturalmente con Colombia que con el resto de Centroamérica. Sin embargo, la mueca sonriente del anfitrión de televisión tutea a la invitada mientras su conjugación verbal vosea, como si eso fuese algo común, deseable o gramaticalmente correcto.
Nadie afuera de Centroamérica parece saber que voseamos. Hablando con argentinos siempre nos preguntan si imitamos su conjugación para burlarnos. Cuando debemos hablar con mexicanos, la mayoría tutea y lo hace bien a pesar de que dentro de nuestras fronteras el tuteo no se use jamás. Todo esto es obra y gracia de la televisión.
Es domingo a la tarde a finales de los noventa. En San Salvador, mi mamá plancha frente al televisor y llora. Torito acaba de morir en un incendio y Pepe el Toro grita de dolor otra vez, como suele hacerlo todos los domingos a las 3, en la franja de cine de oro mexicano de un canal local de televisión abierta. Le sigue la transmisión de un partido de la liga mexicana de fútbol y luego un resumen semanal de Ventaneando. Se intercalan comerciales de Banco Azteca y Elektra sumando en conjunto horas y horas de gente conjugando distinto a nosotros.
Esto no es nuevo ni tiene nada de particular. Desde siempre, toda o gran parte de nuestra oferta de entretenimiento viene de México (vía doblaje o producción propia). Es comprensible; ninguno de los países centroamericanos tenía los recursos o la estabilidad política para montar emporios mediáticos, mucho menos para exportarlos. Tutea la radio, tutea la televisión y tutean los subtítulos, los doblajes de las películas. Tutean los libros, incluso los escritos en Centroamérica. Todo se hace en México o para México, todo me tutea. Todo lo que me entretiene me es ajeno. Si me baso únicamente en las producciones multimedia, Centroamérica no existe; estas tierras nomás son un apéndice de un México más chico, más pobre que une el México grande con la Gran Colombia.
Me busco, nos busco en los medios locales. No estamos por ningún lado. El presentador de la mañana se delata en deslices como el voseo verbal, esa combinación espantosa y hostil del tú internalizado con el voseo omnipresente. En algún lado de su socialización en comunicación, el locutor, el presentador y el escritor entendieron que el tú es la opción por defecto. El voseo, nuestro acento, son vicios que descubren un origen inferior y periférico que no tiene cabida alguna en los medios nuestros ni de nadie más. Ser nosotros, hablar como hablamos, es inferior, menos digno, algo que debe permanecer oculto en casa.
El problema es que Centroamérica es inhóspita. Eso nos convierte en eternos migrantes, exiliados o refugiados, como quiera llamársele. Nacemos en Centroamérica pero nuestro destino es huir. Guardamos el sol de octubre, el sabor del loroco, el voseo en una mochila y nos vamos porque nos echan el hambre, los militares, las maras, la policía, la sequía, el exterminio y un enorme etcétera. Centroamérica es esto, está acá, pero huye siempre. Y al hacerlo se oculta.
Uno de los beneficios colaterales de la omnipresencia de México es que las novelas, Pedro Infante, Exa FM y la inflexión espantosa de los actores de voz del valle de México han enseñado a Centroamérica a ocultarse mejor, a sobrevivir en el tránsito asesino de cruzar al México grande. El voseo se oculta, se diluye y se imitan la inflexión, las afinidades futboleras, los modismos y el imaginario cultural. Para permanecer vivos en el tránsito debemos mimetizarnos, desaparecer, porque ser centroamericano sin papeles es un riesgo mortal. Nunca nadie esperó que Televisa le enseñase a nadie a sobrevivir.
El muchacho de la telerrevista matutina no piensa nunca en esto. Él tutea porque eso requiere el medio, porque su principal interés es ser cul. Sonríe con una mueca, sin notar que cuando habla, cuando conjuga mal, desaparecemos. Tú sos muy lista. Corro a la cocina a echarme aceite hirviendo en los oídos. Y a llorar.
¿Forma parte Brasil de América Latina? Para Sérgio Rodrigues, la respuesta, lejos de ser obvia, evidencia la soledad de su gigantesco país, mezcla de una autosuficiencia orgullosa y el aislamiento al que lo condena el idioma.
El 29 de noviembre de 2014 yo estaba en la Ciudad de México cuando el periódico Excélsior publicó el obituario de Roberto Gómez Bolaños, en el que afirmaba que la muerte del famoso comediante, ocurrida la noche anterior en Cancún, dejaba en luto a una multitud «en toda América Latina, en Brasil y en España». Fue el diplomático brasileño Gustavo Pacheco, entonces encargado de nuestra promoción cultural en tierras mexicanas, quien me llamó la atención sobre un detalle. En la lógica del periódico se refleja una percepción bastante común: Brasil no es parte de «América Latina». Hay que nombrarlo aparte.
¿Será así? ¿Acaso a los brasileños no les gusta verse de esa manera? Si es evidente que, histórica y políticamente, eso es un error de clasificación, hay poderosos vectores culturales que apoyan la idea de separar al país latinoamericano más grande territorialmente y colonizado por los portugueses, del resto del bloque, aquellos colonizados por los españoles. Lo sé desde siempre. Lo sabemos todos. Pero fue en aquella visita de 2014, mientras presentaba en Ciudad de México y en Guadalajara mi novela El regate (aparecida en Anagrama, con traducción del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos), cuando me puse a reflexionar más detenidamente sobre esa distancia, ese abismo, esa falla. Estas mismas ideas las retomé ahora, en septiembre pasado, cuando volví al país invitado al festival literario de San Luis Potosí y comprobé que aquella distancia sigue intacta.
¿De dónde viene este alejamiento? ¿A dónde nos lleva? ¿Y cómo explicar que, a pesar de todo esto, yo me sienta en casa cada vez que vengo a México, ahora que estoy en la bella ciudad potosina, lo mismo que en mi primera visita en 1986, cuando llegué como reportero principiante para cubrir el mundial de futbol?
Ahora recuerdo otra anécdota ocurrida en 2014 que, tal vez, pueda ser leída como una síntesis de los efectos que nuestra desunión histórica provoca en el campo de la literatura. Invitado junto a otros escritores brasileños a la monumental Feria Internacional del Libro de Guadalajara, participé en una de las mesas del programa Latinoamérica Viva junto a un escritor uruguayo, un argentino, un chileno y una ecuatoriana. No sé decir si la experiencia fue interesante para mis colegas o para el público que llenó uno de los auditorios de la fil, pero para mí resultó tan riesgoso como dar un salto mortal sin red. Tomé la decisión de no llevar ningún texto pensado y revisado para leer en el escenario. De haberlo hecho, mi acento sería suficiente para evidenciar mi incómoda posición. Pero fue algo imprudente. Como si no fuera lingüística la fundación de nuestros desencuentros (o como si yo tuviera sobre el español un dominio pleno que sólo tengo de vez en cuando en mis sueños), decidí confiar en mi improvisación. Inmediatamente recibí con sorpresa, y acaso algo de pánico, los discursos leídos por el chileno Nicolás Poblete y por la ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Y yo, finalmente, ¿qué estaba haciendo? ¿Me estaba arriesgando a dar un paso mayor al que mis piernas podían dar?
En la opción de la improvisación me acompañaron el uruguayo Mario Delgado Aparaín y el argentino Rodrigo Fresán. Pero la diferencia obvia es que mi jam session tapatía implicaba muchos más riesgos léxico-gramaticales; algo similar a si un estudiante de segundo año de trompeta decidiera subirse al escenario del Blue Note. Pero no me arrepentí. Para tocar el nervio que me interesaba tocar, simular una situación de comodidad hubiera sido escenificar una mentira.
Comencé hablando de la noticia de la muerte del Chavo del 8 en el periódico, argumentando que esto evidenciaba la amenazada condición de los brasileños —condición, sin dudas, más compleja— como latinoamericanos. Acabé comentando un episodio en el que una amable reportera de la revista New Yorker, en una entrevista telefónica sobre el fenómeno editorial de Paulo Coelho, dijo algo que nunca olvidé. Me preguntó por qué Coelho no abría las puertas al mercado internacional a otros autores brasileños semejantes a él, y yo le respondí que no había ningún otro escritor brasileño parecido a Paulo Coelho. Su trabajo es algo muy diferente, más relacionado con Carlos Castañeda o Richard Bach que a cualquier cosa hecha aquí —le expliqué—. No hay ninguna relación entre lo que hace y la tradición literaria brasileña. Y ahí fue cuando la periodista me lanzó una pregunta espantosa, brutal y al mismo tiempo cándida, claramente desprovista de malicia o de intención de ofender: «¿Acaso la literatura brasilera tiene una tradición?».
Si la misma reportera entrevistara a un escritor argentino, o colombiano, o mexicano, o peruano, dudo que fuera tan ignorante, dudo que hubiese expuesto de manera tan impávida su ignorancia.
¿Y qué tiene que ver una anécdota con la otra? Creo que ambas ilustran el aislamiento brasileño, esa mezcla de autosuficiencia (orgullosa) y soledad (dolorida) de mi gigantesco país. En la mirada extranjera eso se traduce de diversas maneras, tanto en una buena dosis de desconocimiento y dificultad de clasificarnos, como resulta más fácil tratándose de otros pueblos latinoamericanos, hasta aquella ignorancia total e indiferente demostrada por la periodista norteamericana, miembro de una de las revistas más inteligentes del mundo. En términos culturales, Brasil siempre suele proyectarse como un personaje vagamente simpático, pero con este cuento —samba, bossa nova, futbol, favela, playa, caipirinha— casi nadie puede ir más allá de la quinta página.
No tenemos un Instituto Machado de Assis. Las acciones gubernamentales de inserción internacional son escasas y erráticas. Hace dos años, el recién creado programa de apoyo a traducciones de la Biblioteca Nacional —un raro golazo en esa área— rendía frutos en serie, entre los cuales, en lo personal, coseché la edición española de El regate. Hoy, después de restricciones presupuestarias y atrasos continuos en el cumplimiento de los acuerdos firmados con las editoriales extranjeras, corremos el riesgo de que la literatura brasileña, que vive una época de cierta efervescencia dentro del país y que comenzó en los últimos años a tomar promesas de deshielo en el exterior, vuelva a ser un secreto restringido a los brasileños, y ni tanto.
En Guadalajara, el veterano Mario, que habló antes que yo, citó entre sus referencias de la literatura de América Latina al genial Guimarães Rosa, autor de la difícil —incluso para los brasileños— novela experimental Grande Sertão: Veredas (Gran Sertón: Veredas). Me resultó conmovedor, pero no pude dejar de apuntar el carácter excepcional de esa elección en una mesa en la que fueron citados decenas de autores en lengua española. La asimetría de relación que mantenemos con nuestros vecinos, observé, es flagrante. Sería difícil encontrar a un escritor brasileño digno de ese nombre que no haya leído a Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Felisberto Hernández o Roberto Bolaño; tal vez no la lista completa, pero al menos un puñado de ellos. Tan difícil, probablemente, como encontrar un joven escritor hispanoamericano que haya leído a Machado, «el brujo» mulato autodidacta que Carlos Fuentes consideraba «un milagro» y uno de los escritores más fascinantes que el mundo produjo en la segunda mitad del siglo XIX. O Graciliano Ramos. O Raduan Nassar. Ahora, para ser justos, hay que reconocer que Clarice Lispector y Rubem Fonseca son bastantes leídos más allá de Brasil.
Pero aquí no se trata de homenajear a Antônio Maria, un cronista y compositor brasileño que en los años cincuenta tuvo algún éxito en la radio gracias a una melodramática canción: «Ninguém me ama», nadie me ama. Nada más lejos de esto. Pero conviene reconocer que, por encima de las diferencias regionales, la literatura hispanoamericana forma una comunidad en la que la información circula velozmente y existe un reconocimiento de un patrimonio común. La base de esta comunidad es, obviamente, lingüística. Aquella vez en la fil, Rodrigo Fresán discurrió sobre el español internacional, un español de sabor mexicano más cosmopolita, que fue creado de manera deliberada en el siglo XX y consolidado con doblajes y traducciones literarias de amplia circulación. Incluso, el autor de Jardines de Kensington reconoció escribir en ese registro.
Sí, claro que siempre existirá el riesgo de artificialidad y pasteurización en el registro lingüístico destinado a romper fronteras. Mientras tanto, las simples posibilidades de su existencia denotan un espíritu comunitario que es confirmado por el papel del viejo mundo en todo esto, como centro aglutinador y caja de resonancia. La mitad de los autores de lengua española de aquella mesa (Fresán y Ampuero) habían elegido vivir en España. También vivía, y aún vive allá, el traductor de El regate, responsable de la calidad excepcional de la edición barcelonesa que ya me llevó dos veces a México. En este punto, la asimetría que mencioné antes, alcanza niveles más dolorosos: Portugal vive en este siglo un momento de especial indiferencia por la literatura escrita en el país que concentra el ochenta por ciento de los hablantes de portugués.
Y a pesar de los obstáculos, de la distancia y de la eterna necesidad de traducción, con todas las inevitables traiciones y malos entendidos que eso conlleva, el haber sido recibido en México con tanto cariño y profesionalismo para hablar de un libro profundamente brasileño como El regate, tanto en 2014 como en 2016, me envuelve en una nube de calor y optimismo parecida a la que me proporcionan dos o tres dosis de mezcal. En la presentación de mi libro en Ciudad de México (donde tuve a Juan Villoro como generoso anfitrión) y en Guadalajara, en las mesas de la FIL con colegas brasileños como Ana Paula Maia, Luiz Bras y Paloma Vidal; en los intercambios de experiencias de madrugada con compañeros de letras de las más diversas naciones, en las cantinas de San Luis Potosí; en los debates siempre animados con estudiantes de secundaria o universitarios; en todas partes, el ambiente de bienvenida que siempre encuentro en México es tan caluroso que a primera vista parece difícil entender por qué Villoro afirmó, en una entrevista publicada durante mi visita de hace unos años, que el país estaba «en descomposición».
Sucede que el México que reencontré en los últimos tiempos conserva la belleza, la alegría y el espíritu festivo del país que conocí en 1986, pero todos sabemos que está gravemente herido. Más herido de lo que, en aquella época, lo había dejado el terremoto del año anterior. El dolor ahora es más profundo porque es espiritual. Dos años atrás, el asesinato monstruoso de cuarenta y tres estudiantes normalistas de Iguala por policías narcotraficantes, a cargo de políticos narcotraficantes, ya exhibía con crudeza casi insuperable el grado de corrupción que puede alcanzar un estado criminal, y no me parece que haya mejorado desde entonces. El momento más dramático de aquella mesa en la FIL sucedió cuando un hombre entre el público, un hombre de alrededor de setenta años, nos preguntó con lágrimas en los ojos si alguno se imaginaba una salida para su país, porque él ya no veía ninguna.
No dudo que esa salida —que yo, evidentemente vislumbro menos que aquel hombre— anida en un futuro en el que a nadie se le ocurrirá decir que el Brasil es una cosa y América Latina, otra. Incluso porque, si en ese futuro no nos hermanamos en la solución, seguramente nos igualaremos en la tragedia de estas sociedades fundadas en desigualdades de pesadilla, habituadas a ser administradas con la violencia del terror.
“…Y nomás por no escribir entre esta banda de pendejos yo ya no quiero volver a escribir jamás nada mágico. Han echado a perder toda la posibilidad de novela en América Latina con tanto realismo y tanta magia (…)”
E.G
Piromaniaca. Suicida. Paranoica. Adúltera. Fugitiva. Chivata. La rubia que encabezó una revuelta de indígenas en un cóctel del Fondo de Cultura Económica, quienes, bajo su mando, poncharon las llantas de las limusinas propiedad de intelectuales mexicanos arropados por el gobierno. Una ola esbelta y ligera, según la inmortalizó el hombre que más la amó y más la odió, “Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras” (“Mi vida con la ola”, Octavio Paz). En la estilizada figura de Elena Garro convergen todas las heroínas que recorren las baldosas húmedas de sus novelas y cuentos: Isabel (la estatua de piedra), Mariana, Verónica, Consuelo, Úrsula…las que, como su creadora, son capaces de asistir a una fiesta de gala en bicicleta y escaparse con su amante por la ventana. “Era todavía más hermosa cuando hablaba”, llegó a afirmar el crítico Emmanuel Carballo. Francesca Gargallo señala contundente: “Elena Garro, con Los recuerdos del porvenir, que se publica cuatro años antes que Cien años de soledad, inaugura el realismo mágico, lo funda ella y no García Márquez”. Carballo lo subraya en entrevista con Carlos Landeros: “….Se adelanta también, también, a García Márquez, Ixtepec, el pueblo de Los recuerdos del porvenir, se fundó antes que el Macondo de Cien años de soledad” (Yo, Elena Garro, Carlos Landeros, Lumen, México, 2007, p. 80).
Pero a Elena, no obstante haber sido designada por el mismísimo Borges “el Tolstoi mexicano”, se le ha escatimado todo mérito, y a cambio se le ha envuelto en una leyenda sórdida donde lo menos descabellado que se dice de ella es que fue espía del FBI. Se le ignora, en cambio, como fundadora de una corriente literaria. Como a prácticamente todas las grandes autoras latinoamericanas, se le excluyó del llamado “boom” pese a que su primera novela, Los recuerdos del porvenir, es un parteaguas no sólo en la literatura mexicana, sino en la de habla española. Nacida en Puebla, el 11 de diciembre de 1916, se trasladaría con su familia a Iguala, Guerrero, durante la revuelta cristera. Se le negó la nacionalidad mexicana porque su padre era español. A partir de ese momento, la niña rubia fue recibida por un mundo hostil que le obstaculizaría su libertad ciudadana, y hasta el último suspiro la élite intelectual le cobró un precio muy alto por rebelarse al rol de “Señora de Paz”; por ungirse en todo su genio que le valdría ser, después de Sor Juana, la más grande escritora mexicana, aunque habría que ver, objetivamente, hasta qué punto la propia Elena propició y promovió esta persecución; ese bullying moral. Hay momentos de su vida que podrían equiparse con la más brutal de sus novelas, Inés, publicada en 1995, cuando ya la autora vivía en Cuernavaca, retirada de la vida pública al lado de su única hija, la poeta Helena Paz, y docenas de gatos.
Las prototípicas protagonistas de las novelas de Elena, una madre y una hija rubias que huyen de un posible linchamiento, aparecen en Inés como personajes casi incidentales: Irene, una adolescente a quien su padre y la amante de este le aplican palizas brutales, mientras la madre, Paula, intenta desesperadamente rescatarla de donde quiera que esté, que pueden ser las invernales calles de París o el sótano innombrado de aquella casa donde nunca entra el sol. Inés, la protagonista, es una novicia española que ha sido contratada por tiempo indefinido para ejercer como doncella de aquella lóbrega mansión francesa, y ante la serie de circunstancias anómalas que pueblan aquella casa donde personajes dignos del Marqués de Sade entran y salen sin empacho, al tiempo que Javier, propietario del lugar, padre de Irene y esposo de Paula, tortura física y psicológicamente a las mujeres de su familia. Inés, que es una jovencita inocente, les brinda auxilio hasta donde su justificable cobardía se lo permite, pero termina convirtiéndose en el cordero de aquella panda de seres infernales que la someten a vejaciones que la autora detalla con admirable sutileza.
Prácticamente todas las novelas de Elena son “romans à clef” (novelas en clave) en gran medida autobiográficas, pero contrario a lo que se ha dicho, advierto en Inés una carga autobiográfica más simbólica que en las otras porque en este caso no solo podría ser Paula o la propia Irene, sino incluso la mismísima Inés, la españolita que nunca dejó de ser: un cuerpo hermoso y juvenil hecho jiras a manos de hombres y mujeres que ostentan alguna clase de poder, de este u otro mundo, que los coloca por encima de la ley.
Y qué decir de Testimonios sobre Mariana, que se afirma es una autobiografía, aunque resulta imposible imaginar a Elena someterse como Mariana ante Augusto, el esposo intelectual de ambiciones exacerbadas, que cada vez que puede la hace parecer ante los demás como idiota o narcotizada: “Nunca supe qué mecanismo secreto provocó su catástrofe —dice Vicente, personaje en el que se ha creído identificar a Adolfo Bioy Casares, el amante parisino de Elena —. Era algo ajeno a ella, un cuerpo extraño que la empujaba a un abismo inevitable. Lo menos suicida en ella era verme y me atrevo a asegurar que fue lo único saludable que hizo. Digo mal, poco después también se cerró para mí como una puerta sellada.”
Elena fue una niña hiperactiva, mitómana y nerviosa que primero soñó con ser “general mexicano” (así, en masculino) y luego bailarina. Sus padres vivían inmersos en actividades intelectuales, particularmente su madre, que deploraba la cocina y permanecía sumergida en la lectura. Ya entonces, la conducta de Elenita dejaba mucho que desear y entre sus peores travesuras sobresale haber estado a punto de incendiar la casa de una vecina, “Amaba el fuego y un día le prendí fuego a la casa de doña Carolina Cortina”. Su padre la envió entonces al internado Sara L. Keen, en la ciudad de México, donde, se esperaba, se disciplinara a golpe de regla y rezos. Consiguieron hacerla devota de la Virgen de Guadalupe, lo cual no le impidió llegar a cabo su segunda gran travesura: casarse a escondidas, siendo menor de edad, con el más porfiado de sus pretendientes: Octavio Paz, apuesto joven de ojos azules y pelo negro y rizado, estudiante de Derecho que prácticamente la raptó cuando iba camino a la UNAM, donde ella estudiaba Letras. En medio del jaleo, todo cuanto preocupaba a Elena era llegar a tiempo a su examen de latín, a lo que él prometió no demorar mucho en el juzgado. Elena nunca se presentó al examen. No regresó, de hecho. Su padre lloró ante la evidencia de que su talentosa hija abandonaba los estudios por seguir en su azarosa aventura intelectual a un marido de veintidós años, pero ya aclamado poeta.
Ser la Señora de Paz permitió a Elena viajar alrededor del mundo e ingresar a un ambiente ultra refinado, que si bien la dejó asqueada le aportó material más que suficiente para sus novelas. Nos dice Rosas Lopategui: “Escribir, obsesiva o compulsivamente, sobre la patología de las relaciones humanas se convierte en Elena en el instrumento que le permite sobrevivir en un mundo en el que ella también es una pieza del complejo tejido de los juegos sexuales, políticos y sociales de los artistas, intelectuales y diplomáticos en el siglo XX (…) son un estudio anatómico, al desnudo, de las lacras de la condición humana.” En Testimonios sobre Mariana, Elena metaforiza su accidentada vida conyugal con Octavio Paz quien, según constatan sus diarios, la humillaba en público y además le era infiel (aunque, insisto, ella no se quedaba atrás). Recrea también su reconocido adulterio con Adolfo Bioy Casares, ya casado con la escritora Silvina Ocampo, quien también aparece como personaje en Testimonios… bajo la identidad de la cínica Sabina, y al que cede la voz narrativa del primer testimonio: el de Vicente. En los diarios inéditos que Patricia Rosas halló parcialmente destruidos por el orín de gato, y se tomó su tiempo para descifrar, Elena confiesa, entre otras cosas, que Bioy fue el gran amor de su vida; que intentó suicidarse junto con su hija, niña entonces, ingiriendo pastillas para dormir y abriendo la llave del gas y que la otra Señora Paz, su suegra, ahorcó a su gatito, cosa que nunca le perdonó.
Octavio Paz se divorcia de Elena cuando trasciende la aventura de esta con el cineasta Archibaldo Burns. Según insinúa Elena en sus diarios, no fue la infidelidad lo que enfureció a Paz (él le permitía hacer el amor con otros) sino su descaro. Sin embargo, una vez divorciada, Elena termina su relación con Burns, quien llegó a confesar que vivir con ella era una calamidad… pero no recuerda un momento aburrido a su lado. La odisea para colocar su primera novela, Los recuerdos del porvenir, concluye cuando Paz, que a pesar de todo reconoce la genialidad de su ex mujer, lección de ética jamás aprendida por sus autoungidos herederos intelectuales, convence a Joaquín Mortiz de publicarla.
Por entonces Elena se fascina con la ideología social y política de Carlos Madrazo, y apoya activamente la lucha del líder campesino, Rubén Jaramillo, y la huelga de obreros comandada por Valentín Campa y Demetrio Vallejo, detalles que sus detractores ignoran o, en su defecto, pasan por alto en forma deliberada. Estas actividades, aunadas a sus apasionadas críticas periodísticas contra “los intelectuales” que azuzan a los estudiantes de la UNAM a iniciar una revuelta, la colocan en la mira como una de las instigadoras de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Amenazada de muerte por voces anónimas, se oculta con su hija en una casa de huéspedes, propiedad de María Collado, una española que fuera nana de su madre. Exhibida por la prensa como la “soplona” que dio a conocer la lista de unos quinientos intelectuales involucrados en la agitación (Rosario Castellanos entre ellos), Elena se defiende diciendo que lo que denunció fue la tibieza de estos mismos intelectuales que “(…) usaron la bandera de Rubén Jaramillo, pero jamás se ocuparon de él. Yo lo conocí, yo lo traté, ellos no.”
Aquí inicia la parte más conocida de la historia: el exilio de Elena y de su hija, dos cabezas doradas siempre juntas; su vagancia por París con las medias corridas, su doloroso retorno al terruño amado a instancias de su buen amigo, el escritor René Avilés Fabila; período durante el cual no cesó de escribir obsesivamente sobre su angustia, endilgándosela a Verónica, Bárbara e Inés… mujeres acosadas, perseguidas, algunas veces temidas, cuyos destinos dependen de los caprichos de un ser omnisciente (¿El esposo? ¿El padre?). En sus últimos libros los críticos han creído ver más hambre que arte, particularmente en Mi hermanita Magdalena (Ediciones Castillo, 1998), publicada pocos meses después del deceso de la autora que ya había aprobado su publicación. Esta es también, como todas las de Elena, una roman à clef, “creo que todas las novelas son roman à clef o no son novelas.” Aquí es el personaje de la fugitiva Magdalena, raptada por un iracundo pretendiente, Enrique, en el que la autora se recicla a sí misma y al secuestrador de su alma: Octavio. Estructurada como una novela negra, la trama persigue, a través de las hermanas de Magdalena, Rosa y Estefanía, el destino de la joven rebelde que termina tragada por una puerta negra que engulle a las novias.
Ediciones Castillo sacó a la luz Testimonios sobre Elena Garro, cuya autora, Patricia Rosas Lopátegui, profesora de literatura de la Universidad de Nuevo México y agente literaria de la propia Elena, enfrentó al principio la oposición legal de Helena Paz, quien la acusó de haber sustraído el material, fotografías y textos inéditos, sin autorización, aunque cuatro años después, en 2006, la poeta se disculpó públicamente y reconoció la magnífica y desinteresada labor de la académica. Testimonios sobre Elena Garro, en concreto, dignifica la imagen de la escritora, aunque exagere hasta la hipérbole la “maldad” de Octavio Paz. La ausculta y nos la descifra recurriendo no solo a la experiencia de su trato directo con la autora sino al psicoanálisis. Esta biografía se complementa con El asesinato de Elena Garro (Porrúa, 2006) que sustenta la argumentación del libro anterior con artículos y reportajes de la autoría de la propia Elena, publicados en la revista Presente! de Cuernavaca. Su faceta periodística había sido misteriosamente suprimida hasta entonces. Elena Garro fue la primera en denunciar el asesinato de Rubén Jaramillo junto con su mujer encinta y sus tres hijos pequeños. Muerte, dicen, ordenada por el entonces presidente Adolfo López Mateos, al que por cierto Elena llegó a acusar de acoso sexual, siendo todavía presidente en funciones. Elena misma escondió en casa de su hermana Deva a Jaramillo cuando era perseguido por los federales. La rubia sentía, como Rosario Castellanos, gran debilidad por los indígenas a los que defendía, arropaba y alimentaba. Elena y Deva fueron prácticamente criadas por servidumbre indígena, de ahí que Elena haya estado tan compenetrada no sólo con la problemática sino también con la cosmovisión que da origen a lo que dieron en nombrar “realismo mágico”.
En este mismo libro se menciona el vínculo de Elena Garro con Lee Harvey Oswald, presunto asesino de Kennedy, de donde seguramente surge el descabellado rumor de que la escritora pasaba información a los altos mandos del gobierno mexicano, incluso del estadounidense. Al parecer Elena declaró haber visto a Oswald en la fiesta de un primo suyo. Estaba convencida de que a Kennedy lo habían matado los comunistas (que consideraba verdaderos monstruos); incluso se había personado en la Embajada de Cuba para gritarles “¡asesinos!” el mismo 22 de noviembre de 1963, y aseguraba en privado que Silvia Durán, prima política suya, era comunista y amante de Oswald. Todo lo anterior se volvió el pretexto ideal para hacerla pasar por cabecilla de una compleja labor de espionaje montada por el FBI, cuyo verdadera inquietud se centraba en la alianza entre la escritora y otro defensor de los derechos de los indígenas: Carlos Madrazo, insólito líder priista con claras tendencias izquierdistas, lector asiduo de Balzac y con grandes posibilidades de alcanzar la silla presidencial. El político tabasqueño habría de morir en un sospechoso accidente de aviación en 1969, un año después de que, sin éxito, se intentó presentarlo como principal instigador del Movimiento Estudiantil.
La duda, pues, queda en el aire: ¿Mintió Elena para salvar a Madrazo?, es decir, ¿demandó garantías de protección para su admirado amigo, a cambio de poner el dedo sobre los intelectuales involucrados en la insurrección estudiantil? ¿O fue realmente una soplona, solo por fastidiar a los cortesanos de su exesposo? Su artículo publicado en días previos a la matanza, el 17 de agosto de 1968, en Revista de México, no pudo ser más claro respecto a lo que se estaba gestando: “¿Quiénes son los estudiantes? Los futuros intelectuales. Luego es justo que se lancen a la defensa de los intereses creados por los actuales profesores, periodistas, locutores, pintores, escritores, etc. Y, en efecto, a través del mundo democrático se lanza a los menores de edad al incendio de ciudades y de políticos, posibles contrarios a los intereses creados de los intelectuales en el poder (…) El Complot de los Cobardes, ya que no son los complotistas los que salen a dar las batallas callejeras y a enfrentarse con las policías o con el Ejército en defensa de sus intereses, sino que lanzan a millares de menores de edad a luchar por sus prebendas y posiciones (…)”
Elena Garro era, pues, una mujer que sabía demasiado. Destruirla, asesinarla moralmente se volvía imperativo para las clases política e intelectual de nuestro país, y hacer de ella una especie de Judas de su gremio particularmente rencoroso, remedio infalible. El resto de la historia ya la conocemos… el encono de los críticos contra quien fuera la esposa del hombre más poderoso de las letras mexicanas; de la mujer que se le parecía a Paz más que cualquier otro ser en el mundo, aunque con la enorme desventaja de ser mujer, y quizá en ello radicó la auténtica tragedia de Elena Garro: en ser el yang de aquel tan amado como maldecido.
Leer la obra de Elena Garro es explorar mundos luminosos y sombríos, donde la imaginación amplía las fronteras de la realidad, lo fantástico rompe la línea rígida del tiempo, y conviven personajes históricos y ficticios, seres apegados a lo cotidiano, con sus desventuras y alegrías, y seres que aspiran a vivir lejos de la mediocridad y la violencia.
Narradora, dramaturga, periodista, guionista, ensayista y memorialista, Garro creó un universo lleno de contrastes, en que se entrecruzan la ironía y la tragedia, el realismo desencantado y la confianza en el poder de una palabra transformadora. Testigo de su tiempo, la escritora plasmó en su obra su visión crítica de algunos de los acontecimientos fundamentales del siglo XX, como la revolución mexicana y la guerra civil española, y trazó una lúcida representación de algunos de los males sociales de su época, como el racismo, la corrupción, el abuso de poder y la violencia, en particular la violencia contra mujeres y marginados.
En este ensayo destacaré el aspecto fantástico e irónico de sus primeras publicaciones (entre 1957 y 1968), la crítica social que conllevan, así como su gran aportación al teatro histórico mexicano: la obra Felipe Ángeles (1979). Hay que señalar, sin embargo, que las novelas y cuentos que publicó a partir de 1980 y sus Memorias de España 1937 ofrecen también un interesante paisaje que explorar desde una perspectiva literaria y de género. Aunque lo fantástico tiene un papel menos significativo y la ironía tiende a desaparecer, los cuentos de Andamos huyendo Lola (1980), El accidente y otros cuentos inéditos (1997), sus novelas, en particular Testimonios sobre Mariana (1981), e Y Matarazo no llamó… (1991) son en su mayoría obras de gran calidad literaria, en que sobresalen cierta profundidad psicológica y la crítica de la violencia. Para situar mejor esta obra en su contexto, conviene recordar algunos aspectos de la vida de la autora.
Una escritora del siglo XX
Elena Garro nació en Puebla en 1916, hija de padre español y madre mexicana. Vivió su infancia en Iguala, pueblo cuya vida bajo la posrevolución recreó en su primera y mejor novela Los recuerdos del porvenir, por la que obtuvo en premio Villaurrutia en 1963. La convivencia con campesinos e indígenas en su infancia inspiró en ella un interés por la cosmovisión indígena y fue tal vez el punto de partida de la preocupación por los problemas del campo que, a finales de los años 50 y en los 60, la llevó a apoyar algunas luchas por la recuperación de tierras en Morelos.
Desde su infancia y adolescencia, Garro fue una gran lectora. Devoró primero los libros de la biblioteca de su tío Boni, donde igual leyó a grandes autores españoles de los siglos de oro que libros de filosofía e historia, occidental y oriental. A lo largo de su vida, amplió sus lecturas a la literatura mexicana, la literatura fantástica del río de la Plata, la poesía romántica alemana y los grandes escritores rusos, en particular Dostoievski y Chejov, y la historia de la revolución rusa, entre otros temas.
Tras mudarse a la ciudad de México, la futura escritora terminó sus estudios secundarios, estudió literatura en la UNAM, cultivó la danza, una de sus grandes pasiones; se inició como coreógrafa y mostró interés por el teatro y el cine. En 1937, Elena Garro se casó con el joven poeta Octavio Paz y viajó con él a España al II Congreso de Intelectuales Antifascistas. Recordaría esta experiencia en sus Memorias de España 1937 (1992), libro en el que, desde una perspectiva irónicamente ingenua, retrata a algunos de los escritores que conoció entonces, como Neruda, Cernuda y Vallejo.
Los antecedentes del oficio de escritora en Garro pueden ubicarse primero en el periodismo que ejerció en 1941 en la revista Así, donde publicó algunas entrevistas y un agudo reportaje sobre la correccional de menores para mujeres. Esta ocupación, sin embargo, quedó en suspenso hasta fines de los años 50, ya que a partir de 1943, Garro y Paz vivieron fuera de México. A través de las numerosas cartas que escribe desde Estados Unidos, París, Japón y Suiza a familiares y amigos, puede trazarse, sin embargo, el desarrollo de una escritora en formación que culmina, en 1952-53, en la primera versión de Los recuerdos del porvenir.
De regreso a México en 1953, Garro se da a conocer como autora teatral con tres farsas que se estrenan en 1957 en el marco de la iniciativa de renovación teatral Poesía en voz alta. En ellas revela ya su originalidad, su gran sentido del diálogo y su visión crítica de la sociedad mexicana. La figura de la escritora se consolida en los años 60 con la publicación de su primera novela, la colección de cuentos La semana de colores y sus piezas de teatro. Aunque, como sucede con otras escritoras notables, a Garro no se le incluye en el canon del boom ni recibe pleno reconocimiento, para 1968 era ya una escritora y periodista conocida.
El movimiento estudiantil de 1968 marcó un giro en la vida y en la obra de la autora: lejos de apoyarlo como muchos intelectuales progresistas, Garro se deslindó de éste. Sin embargo, fue acusada el 5 de octubre de ser una de los líderes del “complot comunista contra el gobierno” (como lo llamaban las autoridades), tras lo cual asumió una posición problemática, que la llevó a quedar aislada. Los intelectuales que apoyaron el movimiento y el gobierno sospechaban de ella. Después de varios años de exilio interior, Garro se exilió en Nueva York, España y Francia, donde pasó dos décadas difíciles y, pese a todo, siguió escribiendo.
El efecto del desarraigo en la obra de la escritora no es menor: sólo vuelve a publicar en 1980 y sus libros no se difundieron en México como merecen pues pesa sobre ellos la leyenda negra de su autora. Sólo en 1991, con un homenaje nacional, se empezó a reconocer en México su excelencia, ya valorada en otros países. No obstante, nunca se le otorgó el Premio Nacional de Literatura. Murió en Cuernavaca en 1998.
Poderes de la imaginación y de la palabra
La vida de Elena Garro no puede confundirse con su obra, aunque haya en ella referencias autobiográficas. Muchos escritores se inspiran en lo que han vivido o en personas que han conocido para crear personajes y situaciones. Lo que interesa a los lectores es la capacidad creativa, el estilo, la magia narrativa o dramática que sumerge en historias, escenas o dramas que “entretienen y enseñan”, y permiten gozar de la lectura.
Una de las facetas más conocidas de la obra garriana es su recurso a lo fantástico, presente en su narrativa y, con distintos matices, en su teatro. Una de sus obras maestras, Los recuerdos del porvenir, combina una prosa poética plena de imágenes visuales, sonoridad, oralidad, y ritmo; una veta fantástica, una visión crítica de la historia contada desde la voz colectiva del pueblo, una historia de amor, y una representación crítica de la sociedad que expone los mecanismos que favorecen la violencia política, social y personal y llevan hasta la destrucción.
En esta novela, el pueblo de Ixtepec cuenta su historia en la postrevolución y narra los efectos de la guerra cristera desde la perspectiva de sus habitantes, que se sienten agredidos por el cierre de la iglesia e intentan resistir al ejército federal, al que ven como invasor. Lejos de ser una novela cristera, se trata de una obra que cuestiona la historia oficial y cuenta la experiencia de quienes no viven la Historia sino sus efectos en el día a día. En este contexto, Garro crea a dos personajes femeninas contrastantes: Julia, que inspira el amor posesivo del general Rosas, e Isabel, hija de familia que, en un intento de resistencia pasa a convertirse en amante incómoda, juez y testigo de éste. Más allá de la trama, Garro transmite el peso de la violencia en la vida de mujeres y hombres, el fracaso de la revolución agraria, la imposibilidad del amor bajo la violencia, y el poder de la ilusión. En una escena emblemática del realismo mágico, del que esta novela es iniciadora, el tiempo se detiene y todo queda en silencio sin que el pueblo entienda lo que pasa. Esta ruptura fantástica permite la huida de Julia y su amante verdadero, o salvador, Felipe Hurtado, un ser con rasgos mágicos que había intentado cambiar la suerte de Ixtepec mediante el teatro. El destino también fantástico de Isabel, al final de la novela, contrasta con la salida más feliz de Julia.
La presencia de lo fantástico como medio de escapar de una realidad mediocre o destructiva, y sobre todo del aburrido tiempo cronológico, caracteriza también varios cuentos de La semana de colores (1964, reeditado en 1987 como La culpa es de los tlaxcaltecas). En “El día que fuimos perros”, por ejemplo, las niñas Eva y Leli, protagonistas de la colección, entran a un día paralelo en que pueden vivir como perros, porque el tiempo se ha bifurcado. En “La semana de colores”, las niñas descubren una semana con días coloridos, que las acercan al mundo de la sexualidad, la sensualidad y la violencia; descubren también que han vivido un tiempo que, de manera inexplicable, supera el tiempo cronológico. En “El duende”, este personaje aparece con vida propia en un jardín que resulta menos paradisiaco de lo que parece. Más allá de la fantasía y la idealización de la infancia, la escritora va trazando los conflictos que viven niñas y adolescentes en el proceso de individuación. No faltan aquí las referencias a la historia: en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, uno de los mejores cuentos mexicanos, el tiempo de la conquista y el del siglo XX se entrecruzan en un complejo tejido que nos lleva a reflexionar sobre la historia de México y sus contradicciones y sobre la condición de las mujeres. Al poder de la imaginación se añade en estos relatos la magia de una escritura que da voz propia a niñas, animales y seres extraordinarios, y traza paisajes lleno de luz, que a veces se ensombrecen.
Ironía y crítica social
Otra de las facetas más atractivas y sugerentes de la obra de Garro es la ironía que se despliega en sus farsas. Un hogar sólido y otras piezas (1957 y 1983) nos adentra en escenarios mexicanos donde conviven la vida y la muerte, seres luminosos y sombríos, donde la palabra tiene una carga positiva o fatal. La mayoría de las piezas son farsas, caracterizadas por la agilidad de los diálogos, la abundancia de imágenes visuales y una fina ironía que mueve a la risa y a la reflexión.
“Un hogar sólido”, por ejemplo, nos presenta a una familia que se va reuniendo en una cripta. Como en Pedro Páramo, todos están muertos, pero aquí recuerdan su pasado con nostalgia, a la vez que descubren lo que es vivir fuera del tiempo y poder “ser todas las cosas”. En un sentido, la muerte no es una ruptura sino una constante transformación. La veta fantástica adquiere rasgos de grotesco en “Benito Fernández”, donde el protagonista es un joven sin cabeza que acude a un mercado para comprar una que le permita casarse. La discusión acerca de la cabeza más conveniente para este hijo de buena familia, nos lleva a través de la historia de México y devela los prejuicios clasistas y racistas que caracterizan a nuestra sociedad. No falta la presencia de un político que se dice revolucionario, pero busca el ascenso social mediante un cambio de apariencia.
“Los perros”, “El rastro” y “El árbol” contrastan con las farsas por la violencia que sacan a la luz. En estas obras el lenguaje poético intensifica el peso del silencio y del miedo, el delirio alcohólico que lleva al feminicidio, el resentimiento entre clases y etnias que se oculta bajo la falsa cordialidad.
La crítica social que atraviesa las piezas en un acto de manera más sutil o ligera, cobra mayor fuerza en Felipe Ángeles (1979), drama histórico, basado en investigación de archivo, en que la escritora recrea el juicio que en Chihuahua llevó a la condena a muerte del revolucionario, por órdenes de Carranza en 1919. Además del interés histórico de la obra y de la fuerte crítica al abuso del poder de los triunfadores de la revolución, la autora reivindica a un héroe que, para ella, representa la coherencia y la ética, y la defensa de la palabra que le dice la verdad al poder. Ésta es sin duda una obra vigente, que permite reflexionar sobre el pasado y el presente e invita a tomar postura contra la demagogia, que contamina tanto la realidad como la comunicación.
Este breve recorrido por algunos de los escenarios garrianos busca sugerir la riqueza de una obra variada en géneros, tonos y registros, que amplía nuestro concepto del tiempo, e invita a mirar con lucidez las contradicciones de la realidad y a imaginar otras maneras más libres y plenas de vivir.
En esta ocasión, la poeta y traductora Tanya Huntington (Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente) y el poeta José Eugenio Sánchez (Galaxy limited café) discurren si el legendario Bob Dylan merece o no el Premio Nobel de Literatura.
This Land Is Your Land
Por: José Eugenio Sánchez
Este premio a Bob Dylan también es un homenaje a la literatura americana que cambió el rumbo de arte. Negar la existencia de los Beats como la estética más importante del siglo xx en Norteamérica es negar los tiempos actuales. La Academia gringa tardó décadas en aceptar que ese grupo de insatisfechos escritores representaban e influyeron a casi toda América, abordando temas poco tocados hasta la época. El canon jamás colocará a los Beats en sus dóciles páginas. Y por fortuna el Nobel jamás se le va a otorgar a miembro alguno de la generación Beat; su máximo logro: mantenerse aislados de la frivolidad literaria.
Mientras los Beats trataban de llenar de música su poesía, Dylan hizo lo mismo en una acción inversa y correspondiente. La literatura no se limita a lo que se imprime en páginas de papel; es capaz de existir en otros formatos, consumirse de otras maneras.
La obra de Dylan es referencia para describir la historia de un país. Es un objeto vivo que sin estar en el anaquel de una biblioteca termina siendo un bocadillo para los académicos y un canto liberador para los borrachos. Sus lecturas son a la vez accesibles y profundas. Canta contra las injusticias sociales y contra la guerra: «Ustedes preparan todos los gatillos/ para que otros disparen/ luego se apartan y esperan/ cuando las listas de muertos aumentan, ustedes se esconden en su mansión/ mientras la sangre de los jóvenes/ se escapa de sus cuerpos y se encharca en el lodo».
Este premio Nobel es un reconocimiento a la poesía y un desaire a la industria editorial: sin importar para quién fuera el premio de la Academia sueca, siempre ganaba una transnacional explotando la obra de un autor que regularmente no conocíamos; y después, ese autor obtenía dinero en regalías, pero no dejaban de ser migajas de un botín que se repartían los empresarios. El premio Nobel nunca había sido un premio a un autor y su riqueza. Para que esto sucediera se lo tuvieron que otorgar a un millonario: la literatura se ha vuelto inofensiva. Este premio es un golpe a cierta falsedad, y una victoria de otra falsedad: novedosa: cómplice de la realidad y que a veces tiene coros.
Sin ser escritor, Dylan publicó un libro que pesa seis kilos y medio y tiene más de mil páginas. También una novela, Tarantula, y Chronicles volume 1. The Lyrics: Since 1962, que salió a la venta en noviembre de 2014 en edición limitada. En aquel momento, el volumen costaba doscientos dólares y se pusieron a la venta cincuenta ejemplares firmados por el artista a cinco mil dólares cada uno.
Qué éramos antes de obtener el Nobel: ah sí: los maricas, los judíos en lajas de jabón, los esclavos, los putos, los desalineados, los insurrectos, los rebeldes, los imbéciles, los anacrónicos, los transexuales, los asesinados, los bombardeados: éramos la bazofia de los que sólo querían ocultar su propia mierda y éramos la carne de sus negocios: antes del Nobel éramos los que respiraban correctamente el humo del napalm como una bendición: éramos los que aceptamos valientemente tragarnos nuestra identidad a cambio de una firma estampada en pluma fuente sobre un gran escritorio con bellos pisapapeles.
¿Qué hay en un premio?
Por: Tanya Huntington
Suelen preguntarme si mi hijo se llama «Dylan» por el cantante: tanto así, que ya tengo la rutina armada. Invariablemente respondo que andaba pensando más bien en el poeta galés al ver asomarse ese par de cachetes redondos y ese pelo rojo revuelto. Para rematar, reconozco que no fue del todo justo dejarme llevar por las apariencias, dado que no me sé de memoria más que un poema de Dylan Thomas, pero son muchas las canciones de Bob que puedo interpretar con enjundia (y con guitarra).
Cuando sostengo, en cambio, que ni le hace falta el premio Nobel ni a nosotros nos hace falta que lo gane, creo que estoy siendo del todo justa.
Sus detractores hemos sido acusados o de ser cuadrados, o de ser ignorantes del papel que juega la tradición oral en la poesía. No puedo hablar por los demás, mucho menos por sus tabuladores de poetas. Pero sí puedo aclarar que mi resquemor no tiene nada que ver con algún prejuicio contra los trovadores —yo misma soy tan multidisciplinaria que me califico como circense, y reitero: soy fanática de Bob Dylan hasta Hurricane. Es decir, de manera retroactiva.
He allí el meollo del asunto. Lo que me inquieta es el hecho de que, al parecer, la Academia busca a un poeta que dejó de existir hace muchas décadas, y a cuyo avatar presente le irrita cuando le exigen que lo siga siendo. Ese poeta —al que quieren premiar los suecos, si es que lo logran— difícilmente hubiera aceptado cinco millones de dólares para filmar para el Súper Tazón un anuncio del Escalade de Cadillac, una aberración motorizada que le hubiera servido antaño como metáfora de la guerra en Iraq, o de los excesos y males del establishment capitalista. Para premiarlo, los miembros de la Academia tendrían que inventar primero una máquina del tiempo.
Más allá de un reconocimiento demasiado tardío (como suelen ser los de las instituciones ante la contundencia de una realidad cambiante) del papel que tuvo la música popular estadounidense en la renovación de la poesía (yo me hubiera inclinado más por el jazz), algunos especulan que su decisión conlleva un propósito más actual: el de protestar contra Donald Trump y sus seguidores. Francamente, me siento rebasada por la lógica de castigar a un farandulero premiando a otro. Los dos, Trump y Dylan, se han convertido en monstruos de la fama y del mercado. Igual que Trump, dudo que Dylan hubiera sido candidato si no tuviera millones de fanáticos, si sus ventas no fueran millonarias. La diferencia estriba en que no buscó esa candidatura y, al parecer, no la quiere.
Tampoco exageremos: el premio Nobel es de los suecos, y pueden galardonar a quien se les pegue la gana. Suelen alternar entre lo mediático y lo obscuro. Ojalá y para la siguiente nos presenten a un autor que necesita, o cuando menos quiera, ser premiado. Uno que no sea un lugar común, que aliente al derribo de muros culturales, que resulte ser una gran revelación: eso que alguna vez fue Bob Dylan.
No recuerdo el primer cómic completo que leí. No importa. Sí recuerdo dónde: en la pantalla de mi computadora. No fue hace mucho, seguramente. Cinco años, como máximo. Antes de esas fechas, estoy casi seguro de no haber tocado cualquier cosa relacionada con la narrativa gráfica más de tres veces en mi vida. El pueblo en donde crecí casi no tenía librerías y mucho menos tiendas que vendieran cómics. No fui un lector prematuro. No pude vivir el mito de muchos: haber leído de pequeño algún clásico, haber tenido alguna historia sobre el personal y delirante momento que fue comprar mi primer cómic para que después iniciar una enorme e incontable colección. No. Me di cuenta de que me gustaba leer hasta muy tarde. Y peor aún con los cómics: hasta no hace mucho eran para mí objetos lejanos, propios de la cultura norteamericana, de las grandes ciudades llenas de grandes tiendas. Mi idea no estaba lejos de la realidad. Pronto llegaría la infestación de películas basadas en cómics de superhéroes (que he llegado a aborrecer) y, con ellas, la venta por todos lados de los textos en los que estaban basados.
Sí recuerdo algo del primer cómic que leí: no era de superhéroes. Tal vez fue Maus, pero no estoy seguro. Después de esa lectura incierta me di cuenta de lo que me estaba perdiendo y me puse al corriente. Leí y leí. Porque me sentía atrasado. No sé con qué. Pero algo me empujaba a buscar todo lo que yo creía me había perdido durante esos años.
El internet, entonces, se hizo mi aliado: encontré aquí una librería infinita, un espacio que además podía explorar y conocer. Luego, por este medio, supe que no era el único: existía más gente que no podía leer lo que quería, que se sentía apartada, en los márgenes, pero que quería aprender. Devorar. Crear, sobre todo. Esas personas vieron también en el internet un espacio inexplorado (al menos por ellos) que había que llenar con sus experiencias. Experiencias tal vez compartidas No puedo decir que era una comunidad, pero sí fue un espacio en el que pude encontrar más de lo que yo esperaba de cualquier cosa. (Así es la vida: uno la va descubriendo poco a poco y uno se va dando cuenta de que el río de donde bebe es en realidad un charco comparado a los mares que hay en otros horizontes). Algo cambió en mi mundo. Llegué frente a discusiones y cuestionamientos a los que antes ni siquiera hubiera molestado en pensar. Cambié, y las cosas alrededor de mí también lo hicieron. Y yo también me sumergí y arrojé a mi trabajo. Quise, sobre todo, conocer el de otros. Conocer otras pasiones materializadas (o digitalizadas).
Así me encontré con el proyecto de webcómic de Axur Eneas. Su trabajo es tan particular y variado como su nombre. Ha colaborado tanto en proyectos de animación (la película de Don Gato y su pandilla) como en proyectos de narrativa gráfica en otros países (The Adventures of Aero-Girl y Sleigher. The Heavy Metal Santa Claus) y en México (Hotel Mairet). Más allá de las historias que se cuentan en esos proyectos, en su trazo dice algo, deja testimonio de una exploración que se muestra concreta en sus trabajos individuales como Este cómic no es arte (finalista del premio SecuenciArte 2015). Este cómic es él. Su historia. Y eso también ha hecho en su trabajo en la red. Él es su webcómic. Él es su trazo.
Eneas viene de la línea artística de narradores que han encontrado en el cómic un medio para hablar de sus historias. Art Spiegelman, Craig Thompson y Alice Bechdel son algunos autores que, sin duda, hacen eco en sus obras. Los tres son muy viscerales, duros. Y es un trabajo tal vez arriesgado el contar esas vidas: es natural pensar que a nadie le importaría leer la historia personal de un desconocido. A todos. Eso también es algo muy natural. Y más de la persona artística que Eneas se ha creado. Viene de una causa que subyace la mayoría de los discursos de subjetividad de hoy: el ser uno mismo. Está bien: la búsqueda de una identidad única es necesaria, pero también esa enunciación nos ha llevado, sin que nos demos cuenta, a una soledad masiva y compartida. Donde todos callan. Donde nos cerramos sobre nosotros mismos, nos plegamos hacia el interior hasta que ya no podemos salir y todo se derrumba.
Leer a Eneas es revitalizante. Porque aún él marca su línea con los autores conocidos que trabajan el testimonio. Sus historias, así como surgidas de un blog, pero también de una crónica bien consciente de su lugar en la marea del arte actual, son sinceras porque son emocionantes. Están llenas de emociones. Cuenta en ellas nada y todo. Cuenta su vida que podría ser la de cualquiera. Los fracasos, éxitos, accidentes, desamores y que él vivió no son sólo suyos ni de los lectores, son de la gente que vive. La fuerza de sus historias es una poderosa pero casi imperceptible. Trabaja en silencio, en soledad. Las pequeñas tristezas y miedos y felicidades que cuenta hasta en sus trazos se vuelven enormes; hacen eco dentro de nosotros, cavernas llenas de heridas invisibles. Son como milagros secretos. Que Axur–protagonista de su webcómic sea también el escritor cambia muchas cosas. En lo que podría ser el lugar casi común de los funny animals (como en Maus), Eneas encuentra la forma para contar desde su persona sin dejar a un lado a las otras. Todos los animales de sus tiras tienen una presencia por sólo ser.
Incluso en sus más recientes proyectos –públicos–, como el inktober sobre monstruos disfrazados de sus personajes favoritos, hay una sinceridad que surge en las contradicciones irónicas del dibujo, de la tensión monstruo/disfraz.
Eneas trabaja. Pelea. Por el cómic y por su lugar en él. Ha logrado explotar en sus historias y en su estilo un ritmo y contenido que rompe con los de hoy. Es el ritmo de una vida pero también de un arte. Eneas hace webcómics y cómics y animaciones, pero también documentos. La obra muestra y es su propio proceso. De un webcómic y de, siempre, antes que todo, una persona. Alguien que quiere decir y hacer. Escuchar y ser escuchado.
*Fe de erratas: en la entrega de esta columna sobre The Mountain With Teeth, mencioné a el Hombre Gris como un personaje de Gámez. Error: es de Eneas; la equivocación surgió de trabajos en conjunto y caemos que han tenido en las tiras de cada uno.
Placa del Gran Hotel
Velázquez, en el barrio de Salamanca, actual corazón político y financiero de la ciudad de
Madrid. Fotografías: Laura Fugo.
Desde ese otro Madrid, el de los desterrados, los amenazados y los dolidos, la voz de María Fernanda Ampuero dialoga en estas cartas imaginarias con las sombras que dejó a su paso por la capital española la joven Elena Garro, durante su visita para defender las causas de la Segunda República.
Mamá Jesusita. —Pero ¿por qué te tutea?
Gertrudis. —Es la moda, mamá, hablarle de tú a los muertos.
Un hogar sólido
Acuérdate de que hay que ceder, que eres una extranjera fugitiva y necesitada,
y a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería
Las suplicantes
Madrid, verano, 2016
He estado buscándote, Elena. Lo que quiere decir, en verdad, que he estado buscándome a mí misma. Las biografías son autobiografías. Las cartas a otros son cartas a una misma. Las calles por las que tú andabas, Elena, Tippi Hedren con acento mexicano, ya no son las mismas. Llevan los mismos nombres, vaya. Conservan algunos portalones negros con dorado, pero, créeme, no reconocerías nada de esto. Camino por el barrio de Salamanca, la zona que tú más conociste, donde transcurrió tu vida madrileña, y pienso que quedarías fascinada. Entro a una tienda de ropa para perros. Está cerca de la calle Lagasca, de los apartamentos Golden Brick, donde viviste una temporada. Una mujer está comprando una chaqueta metalizada con capucha de pelo para un perrito maltés; ya sabes cómo son, muy nerviosos, muy crispados, que no parece querer llevar chaqueta alguna. Finjo alcurnia y me intereso por un collar para Olimpia, mi perrita, rescatada de la perrera. Me preguntan la raza y digo que no tiene, que es un chucho, como un salchicha peludo. Dan un respingo. Explico que la iban a sacrificar y todo cambia: me convierto en heroína y Olimpia en una diosa. El collar cuesta noventa euros. Prometo que volveré para probárselo. Tú te morirías de la risa y del absurdo. Nos iríamos del brazo carcajeándonos. Con ese dinero, las inmigrantes comemos tres semanas. Todo es muy hermoso, muy de diseño, en el barrio de Salamanca: oleoteca, vinoteca, centro wellness, boutique del pan, hair concept, restaurantes japoneses, un local especializado sólo en tomates, y yo pienso que cualquier día de estos empiezan a pedirnos pasaporte para entrar aquí. Los únicos extranjeros y extranjeras que me encuentro por el camino están vestidos con monos de construcción o con uniformes de servicio doméstico. Las mujeres inmigrantes cuidan a los niños y a los ancianos, es decir, a lo más precioso de un hogar. Esto siempre me ha fascinado y sé que te fascinaría a ti también: la memoria de este país la guardan mujeres extranjeras que dan largos paseos del brazo de esas ancianitas —las mujeres sobrevivimos más, a más cosas— como si fueran sus propias abuelas. ¿Quién dará el brazo a sus abuelas verdaderas en Perú, Ecuador, Colombia, Paraguay? Estoy segura de que te sentarías, como yo, en las bancas de las plazas del barrio a ver a los ancianos con sus cuidadoras latinoamericanas. El último runrún que se llevan los oídos de esas mujeres y esos hombres a la muerte es nuestro acento. ¿Qué se cuentan los unos a los otros, Elena? ¿Qué se preguntarán? ¿En medio del cuidado diario, de las pastillas, de la sopa, qué historias asomarán? Ha habido tanto dolor en este país, lo sabes perfectamente: guerras, hambre, dictadura y ahora crisis económica. ¿Preguntarán, unos y otros, como La Llorona, «dónde están mis hijos»? La vida es tan desgarradoramente hermosa. Tan tiernamente dolorosa. A veces quisiera volver a casa, pero ya no sé dónde está eso. ¿Quién te pregunta, Elena, cuando eres extranjera, cómo estás? ¿No te pasa que tienes la sensación de vivir como tras una película borrosa, como que tu cerebro está algodonado? ¿No crees que encontrar el país de una es imposible? ¿No te sientes a veces de ninguna parte? Yo te leo y encuentro cosas como ésta y creo que sí, que lo has sentido, que somos compatriotas de esa tierra que no es ninguna, que es, realmente, la búsqueda de esa tierra:
Era un detective del pasado que buscaba sombras que le dieran la clave de su derrota. Cruzaría el tiempo para hablar con sus abuelos muertos. Era una paria. En ambos lados del océano era extranjera y sospechosa. Había huido a México, y después había huido de México. Su pasado era una sucesión de casas extrañas, rostros desconocidos y palabras no pronunciadas. No tenía absolutamente nada que decir a los vivos. Todos los seres de este mundo le producían terror y para esconderse de ellos, buscaba a los otros, a los muertos. La casa junto al río
Madrid, verano, 2016
Elena querida, he encontrado este poema de Roberto Juarroz:
Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.
Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.
Me gustó mucho la idea de salvar a alguien pensándolo, y lo que subyace en el poema, que es que traer a alguien con el pensamiento también se parece a resucitarlo. ¿Estás de acuerdo? Me quedé pensando en eso porque ahora mismo hay mucha gente pensando en ti y, aunque supongo que no amortigua tantas muertes, tanta gente que te mató con tanto olvido y mentiras y desprecio, es un proceso de resurrección que se da, a la vez, en muchas casas, en muchos países. Quiero decir —a ver si desmadejo esta bola de lana de mi cabeza— que si moriste un poco en cada exilio, en cada huida, en cada guarida en la que te ocultaste, animalistas asustadas tú y tu hija, ahora vives un poco en cada casa donde estamos haciendo esto: escribir(te). Elena Garro, estás sentada en mi mesa de madera sencilla, en mi pisito de Madrid, en mi cocina que es a la vez comedor, estudio y lavandería. Elena Garro, por fin, sin esconderte. Todo lo contrario. Tus libros desplegados sobre la mesa. Notas. Las direcciones de los lugares donde viviste en Madrid. Calle Velázquez, Hermosilla, Lagasca, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega. Elenagarrismo total. Y ningún miedo. Si la muerte es el exilio final, entonces ya está, ya no te tienes que esconder más, ya eres «un hogar sólido».
Madrid, verano, 2016
No me gusta la calle Velázquez, en la que viviste, en el Hotel Velázquez. Esa calle me trae malos recuerdos. Cuando yo llegué a España, hace ya muchos años, allí un hombre intentó abusar de mí. No era una niña, tenía casi treinta años y, aunque más inocentona, ya algo había de la conciencia feminista que tengo ahora. Mi vulnerabilidad eran los papeles: estaba indocumentada en este país. Tú sabes de lo que hablo, Elena; para las mujeres como nosotras, hijas de sus papás y de sus mamás, es difícil imaginar un escenario de carencia, de precariedad, de indefensión, de ser, en poquitas palabras, el otro. No lo digo con ninguna superioridad, al contrario, me avergüenzo: yo era una niñata, como se dice en España, mimada y burguesa que, de pronto, después de diez horas de avión, se vio cara a cara con los dientes de la vida. Me mordió, claro. ¿Qué te voy a contar a ti? Estar en el país de una es como estar en el útero materno y salir al extranjero es como si te hubieran parido en alta mar. En la calle Velázquez estaba la embajada de mi país y el entonces embajador, un hombre obeso, calvo, manchado de lunares, al que se le formaban globos de saliva en las comisuras de los labios y se los lamía y a cuya nieta le di clases, me dijo que podía conseguirme los papeles si me iba con él a Mallorca y que si me gustaban los tríos, los azotes, y que las chicas que emigraban solas tenían una vida sexual muy activa, y que si yo hacía cositas con mi compañera de piso. Mujer, extranjera y sin papeles. Haz la suma de las papeletas que tenía para que me humillaran. Quien me acosó sexualmente era el embajador de mi país. Yo no podía denunciarlo porque era la denuncia de una mujer sin papeles frente a la de un diplomático al que el rey invitaba a cenar. Yo no era nadie, Elena, yo era de esos seres del mundo a los que les puedes hacer lo que quieras, lo que sea, a cambio de cualquier migaja o de un puñetazo o del miedo.
El frío produce la nostalgia de las chimeneas y de las confidencias. También el frío les recuerda a los perseguidos que alguna vez tuvieron casa y en su memoria brotan duelas brillantes, mesas puestas, conversaciones y personajes risueños que fueron ellos mismos antes de convertirse en pedigüeños de papeles, y permisos para sobrevivir en aceras barridas por los cuatro vientos. Andamos huyendo Lola
No sé bien qué dije, cómo me levanté. Sólo sé que en el momento en el que mi pie tocó la calle Velázquez me eché a llorar como nunca en mi vida: llanto de orfandad, Elena, llanto de extranjeridad, de ver el lado B de este maldito mundo cuando no tienes una sola herramienta para defenderte de él. El cuerpo se me quedó rígido por varios meses, pensé que me deportarían si hacía cualquier cosa, así que el embajador terminó su periodo en absoluta impunidad. ¿Y yo? Yo dejé de ser el «personaje risueño» que era. Como tantas y tantos. Como tú, seguramente. La alegría también es una patria de la que se nos exilia constantemente.
Madrid, verano, 2016
Leo sobre tu regreso a México después de veintiún años. «Aquí no somos nada», dijiste. Pienso en eso de que el regreso es imposible. ¿Cómo regresar aunque te ofrezcan lo que sea en tu país, si ese país fue del que huiste y ya no reconoces nada? ¿Si, de hecho, ya no te reconoces a ti misma en esas calles? Yo no puedo volver, Elena, aunque aquí sea miserable. Lo que quiero decir es que ya no hay «aquí» o «allá». Quizás estoy pensando en Cavafis, el poema «La Ciudad» y eso de que «así como has destruido tu vida aquí, en esta pequeña esquina, la has arruinado en el mundo entero». No sé, Elena, probablemente estoy pensando en que pertenecemos a la raza de las inconformes y que esperábamos otra cosa —muchas otras cosas— y la vida nos ha llenado de mierda y que estamos cansadísimas. Todas pudimos haber escrito el libro del desasosiego. No sé si tendrás ganas de que te toque el tema del amor. Hoy no, ¿verdad? No, mejor hoy no.
Panorámica actual de la calle Ventura de la Vega núm. 16, donde Garro se alojó fugazmente en su paso por la capital española.
Vista actual del conjunto de apartamentos de la calle de Lagasca, en Madrid, donde vivió Elena Garro
Madrid, verano, 2016
Hay una frase de «La culpa es de los tlaxcaltecas» que me subyuga: «siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho». Quisiera poder decírsela a alguien alguna vez.
Madrid, verano, 2016
No sé si alguna vez anduviste por mi barrio. Se llama Lavapiés. Muy cerquita de mi casa hay una plaza que se llama Agustín Lara, ¿sabías? Tiene una estatua de don Agustín con pose de pensar y de recitar y de galantear y en una placa dice Agustín Lara, insigne compositor mexicano que cantó a España antes de conocerla, autor del célebre chotis Madrid y de las canciones Madrid, Valencia, Sevilla, Navarra, Toledo, Murcia, Granada. La plaza de al lado de mi casa se llama Nelson Mandela. Eso, el cambio de nombre, lo consiguió el barrio. Le queda bien: allí se juntan los africanos. Lavapiés es un barrio negro, árabe y latino. «Donde todos somos extranjeros, ninguno es extranjero», dice Julia Kristeva. Al lado de esa plaza hay una fuente donde se lee: República Española. Debe de ser de las pocas cosas que quedan de la república. Todo tiene su coherencia. Bueno, todo no. Pero me gusta el barrio y quiero que te lo imagines con toda la cursilería posible: crisol de culturas. Estoy sonriendo y elevando las cejas. Hay broncas y policía y gritos desde las ventanas y más droga de la que debería. Pero nadie aquí se siente extranjero. Y algunos días no sentirse extranjera, tú lo sabes mejor que nadie, es como haber sido tocada por el ala de un ángel.
Madrid, verano, 2016
Hace tanto calor y es tan cansado todo. Leo que escribiste en una entrada de tu diario «me desperté deprimida y humillada y cansada y rendida y perseguida» y suscribo cada palabra. Quisiera rendirme. Salir con la bandera blanca en alto. Decir me rindo. Leo, Elena, tus maravillosas Memorias de España 1937, una España por partes carbonizada, azulada de hambre y, por otra parte, furiosa por vivir, peleándole unas risas a los bombardeos.
Lo mejor de Madrid eran las veladas en la Casa de la Cultura. Llegábamos de noche a tropezones en aquella oscuridad de boca de lobo para encontrarnos en el palacio de los duques de Heredia Spínola a los intelectuales que vivían allí, disfrazados con los trajes de los duques. No olvidaré a Alberti disfrazado de cochero, ni a María Teresa, con un traje de época precioso. Langston Hughes se reía a mandíbula batiente, no era tan alegre como Nicolás Guillén, pero se divertía husmeando en los armarios y vistiéndose de príncipe o de lacayo. Después de las risas, nos quedamosmelancólicos. ¿Cuándo terminará esa maldita guerra?
¿Es que nunca dejaremos de hacernos esa pregunta? Tú no sabes, Elena, la guerra que hay ahora en Europa, en España. Es tan discreta, como un asesino experimentado: nada de refugios antiaéreos ni barricadas; si no te fijas, ni la ves. Ahora la forma de matar es con la indiferencia. Resulta que ahora los españoles se van, Elena, chicos y chicas con unas carreras y unos másters y unos cursos y unos certificados que ni tú ni yo, y lavan platos en el Reino Unido. Resulta que ahora hay pobreza energética, lo que significa que si es invierno tus criaturas se pueden enfermar porque no tienes cómo calentarlos y ya no hay leña ni bosques ni pueblos ni vecinos ni esas cosas de antes, sino ciudades crueles de edificios altos como dioses despiadados. Resulta que ahora, después de la riqueza brutal que atrajo a gente de todo el mundo hasta llegar a que el diez por ciento de la población de España, desde el año 99 hasta el 2008, fuera extranjera, hay gente que no tiene qué comer. Que no tiene qué comer. Quiero decir, Elena, que hay niños y ancianos que pasan hambre. Y, paralelamente, un collar de noventa euros para un perrito y gente que lo puede pagar sin un suspiro. Esa es la guerra, Elena. La desigualdad tan monstruosa. Y más: Europa blindándose contra los refugiados. El terrorismo. Ustedes por lo menos la veían. La guerra, digo. Las bombas. Al enemigo. Sonaban las sirenas. Ahora un día te dicen que no vuelvas al trabajo porque van a cerrar la empresa. Ahora un día vas en el tren y explota. Ahora no tienes qué darle de comer a tus niños y es diciembre y hace menos diez grados.
¿Cuándo terminará esta maldita guerra?
Madrid, verano, 2016
Qué violento es el miedo, ¿no? La enfermedad del miedo la llamaste tú. Quisiera no sentirlo al menos un minuto. Sesenta segundos libres de miedo. Qué delicia. La gente que no tiene miedo no sabe lo libre que es, no tiene idea lo feliz que es, lo dichosa, lo plena, lo privilegiada. Aunque no te muevas de donde estás, el miedo te hace sentir que estás huyendo todo el tiempo, en alerta, con el perseguidor detrás de tu hombro. Sé que sabes perfectamente de qué estoy hablando. Estoy hablando de ti y de mí, un par de mujeres asustadas. ¿Es inherente a la condición de extranjera el miedo? ¿O somos nosotras y nuestras decisiones, nuestros pulsos, nuestros cerebros de agua mala en los que naufragamos? Tengo miedo, Elena.
Madrid, otoño, 2016
Ya es otoño. En esta ciudad, ya sabes, el frío no se desliza suavemente bajo las mantas, sino que cae como un baldazo de agua helada mientras duermes. Aquí llega el frío como una mala noticia. Todo morirá —los árboles del parque de El Retiro, las flores— y yo moriré un poco con todo. Ya es otoño, Elena, lo que quiere decir que empezaré a ser cada día menos feliz hasta la primavera. Y faltan siglos.
Leerte me hace pensar en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino:
El infierno de los vivos no es algo
por venir; hay uno, el que ya está
aquí, el que habitamos todos los
días, el que formamos estando juntos.
Hay dos maneras de no sufrirlo.
La primera es fácil para muchos:
aceptar el infierno y volverse parte de
él hasta el punto de dejar de verlo. La
segunda es arriesgada y exige atención y
aprendizajes continuos: buscar y saber reconocer
quién y qué, en medio del infierno, no es infierno.
Porque creo, Elena, que encontraste el no-infierno en la literatura, en la creación literaria: tu mundo interior, tu patria. Al menos para mí, que siempre busco qué y quién no es infierno, tu obra me ha servido para habitar otro lugar que no queme. Hermana, Elena. Amiga, Elena. Amor, Elena. Gracias.
Diciembre es un mes que incuestionablemente significa fin de época. En este punto todos pensamos exhaustivamente en qué pasó con el año que termina, quiénes fuimos, qué hicimos y cuáles son los momentos dignos de recordar. Con esta sensación viene la idea del recuento, luego la elección de los mejores y los peores momentos. Una retrospectiva que nos permite mirar ese año a partir de esos elementos, pues ese año significa la gente que conociste, las ideas que rondaron por tu cabeza, los libros que leíste y las canciones que más escuchaste.
Quizá yo en 2016 leí menos libros nuevos de los que había leído años anteriores, por varias razones. La principal es la promesa que me hice: no comprar más libros hasta que tuviera espacio para acomodarlos. Así, entonces, compré un e-reader y descargué las novedades que me interesaban. Para mi desgracia, el mundo de los libros electrónicos poco se ha interesado en las publicaciones infantiles y el catálogo es limitado, los clásicos dominan. Sin embargo, este año que termina visité algunas librerías y ferias del libro para mantenerme al día de las nuevas publicaciones infantiles y juveniles. Vi mucho, nada que me impactara demasiado, pero elegí los cinco que fueron mis favoritos:
1.- Punkzilla de Adam Rapp, publicado por el Fondo de Cultura Económica, es una novela juvenil que narra la travesía de un adolescente por Estados Unidos, cuyo objetivo es encontrarse con su hermano agonizante. El autor es una de las voces más propositivas de la literatura juvenil norteamericana y con este título se inserta en el mercado hispanoparlante. Su visión realista del mundo juvenil aporta a sus lectores elementos entrañables que se parecen más a J.D. Salinger que a la propuesta comercial de literatura contemporánea para jóvenes.
2.- ¿Qué cuentan los días? de Roger Ycaza, publicado por La Herrata Feliz, es un libro ilustrado que relata el pasar de los días a través de ilustraciones. A lo largo de un mes, el autor se dedicó a llevar un diario gráfico de lo que pasó a través de estos días y qué momentos le parecieron dignos de guardar en registro. Es un proyecto personal que se torna universal al explorar una serie de sentimientos y sensaciones a lo largo íntimos a lo largo de varias semanas. Una propuesta para detenerse a pensar en los días que parecen intrascendentes, pero que siempre construyen la forma en la que nos entendemos y nos enfrentamos a la realidad.
3.- Salvaje de Emily Hughes fue publicado en español por Libros del Zorro Rojo en el 2015, pero lo incluyo en esta línea porque durante este año tuvo mayor exposición. Es un libro álbum que cuenta la historia de una niña pequeña que crece entre animales y cada uno le enseña algo. Un día llegan un par de humanos que la sacan de su entorno y la llevan a casa para civilizarla. La niña sufre porque lo único que quiere es volver a ser salvaje. El clásico relato de pez fuera del agua que cuestiona si realmente es importante ser educados y saber comer con cubiertos, ¿eso te puede hacer feliz o te ata a normas infinitas? Un relato corto, magistralmente ilustrado, que resignifica el valor de ser salvaje.
4.- Los cuentos negros de Ofelia de Jorge Estrada con ilustraciones de Mónica Loya, publicado por Uranito, es una serie de relatos contados por Ofelia, una niña amante del terror. Este libro explora la posibilidad de un terror para niños desde la voz oscura de una niña de su misma edad. Destaca por la precisión de los miedos que aborda, pues entiende perfectamente la dimensión de los miedos infantiles, los complejiza a partir de una narrativa impecable y llena de detalles. Un libro que alude a tanto a los terrores más profundos como a los más cotidianos.
5.- El bosque dentro de mí de Adolfo Serra fue el ganador del XIX Concurso de Álbum ilustrado A la Orilla del Viento y publicado por el Fondo de Cultura Económica. Es un álbum mudo que relata el camino de un niño por el bosque en compañía de sus miedos y de un personaje misterioso. Una obra que, además de demostrar el talento de este artista, nos deja caminar por nuestra propia oscuridad. Un relato sin palabras que da pie a las más distintas y complejas interpretaciones. Una obra para mirar una y otra vez.
Las listas son elecciones parciales basadas en lo subjetivo, jamás verdades absolutas, siempre están llenas de omisiones. Elegí los libros cuyos temas me parecen importantes y pertinentes para los niños contemporáneos. Además de las impecables propuestas gráficas, estos autores se hacen preguntas exhaustivas, no son obras que terminan cuando se lee la última página. Así como los años que terminan cuando el último día diciembre guardan preguntas para el futuro.