Tierra Adentro
Lettering Alina Kiliwa (Ciudad de México, 1985)

¿Hay espacio en la violenta rutina de un sicario para las mujeres distintas, las que no lo llaman “Ponchito” y no mueren por enviarle fotos de los pies al escote?, se pregunta Aniela Rodríguez, en este cuento que forma parte de la antología Once navajas: narradores al filo de los treinta, disponible gratuitamente en nuestra web.

Podría haber sido una mujer cualquiera, como siempre, como todos los días, pero había sido la Güera, y esa mujer dolía más que todas. Uno no se enamora de un día para otro, hacen falta más ganas de morirse de hambre o de pegarse un tiro. Tú sabes. Lo que pasa es que al Alfonso le gustaba la mala vida. No era capaz de meterse en sus propios problemas y tenía que andar embarrando a otros. Le gustaba jugar sucio. Pinche maricón, ¿que no podía hacer el jale él solo? La verdad era que no. Alfonso era, como dicen, un pocos güevos.

Ella se llamaba Mercedes. El Poncho no tenía idea porque nunca se le había ocurrido preguntarle el nombre. Desde el primer día se lanzó directo y comenzó su chamba. No pensó en decirle cuántas morras habían ido a parar a la forense por su culpa, troceadas en cachitos o enmadejadas en negras bolsas de basura. Con la Güera era distinto; aunque en el fondo sabía que iba a terminar mandándola al matadero, la sangre se le hacía de hielo cada vez que la veía. No era como aquellas que a cada rato se empeñaban en enviarle fotos del tacón al escote. La Güera no tenía esa gracia, era distinta. No la quería por bonita ni por bragada, sino todo lo contrario. Y en una de ésas, imaginaba, ella también podía quererlo a él.

La había visto un día de aquellos en los que iba a la plaza Merino a bolearse las botas: ella había salido de una de esas tienduchas que huelen a plástico rancio, donde la gente entra y sale sin saber qué quiere. Llevaba amarrado el delantal azul, y en la cara, una sonrisa que se leparecía más bien a una naranja. Se presentó, primero, como el Poncho: así le decía la raza, nunca se había puesto a pensar en eso hasta que la Güera paladeó todas sus vocales. Alfonso, le dijo. Nunca antes le había sabido tan a gusto su nombre, como si estuviera pidiendo tres kilos de tortillas o haciéndole la parada al camión. Alfonso, te llamas, y él dijo que sí a todo.

No sabía mucho de ella. Se la había llevado para su casa unos días después a punta de palabrejas y cariños. Se la ganó con regalos tontos: una esclava dorada que hacía juego con los aretes, dos arreglos de rosas en la puerta de su casa. Una vez le llevó mariachi y ella pa’ pronto fue a callarlo. La mamá no se había dado cuenta que estaba saliendo con un bato de ese cale; había quienes los odiaban y para otros tantos eran algo así como supermanes de la nueva era. Quién sabe. En fin, lo único que sabía hacer Alfonso era tirar verbo. Era un pinche maestro de la palabra y sabía jugar las cartas a su favor. Por eso no se lo habían quebrado todavía: era precavido, a veces ni siquiera se ensuciaba las manos para sacar una chamba. Así había sido, y estaba escrito que así fuera.

Al principio no sabía bien a bien cuánto iba a quererla, sólo tenía claro que no quería verla en el titular del periódico por su culpa. Pero cuando se dio cuenta de eso, ya era muy tarde. Si no era la Güera iba a ser cualquiera de esas morras, que al final siempre terminaban con el corazón hecho gajos y la cabeza reventada a plomazos. Él hacía el trabajo limpio, ellas se ensuciaban lo necesario. No tenía nada de raro hasta que llegó ella a cambiarlo todo. Si se había enamorado o no, las cosas eran así. Alfonso estaba ahí, enterito, ¿qué sabía de esa pinche vieja que pudiera dolerle tanto? Nada más acuérdate, le había dicho su compa, que hay agujeros que no cierran ni con una cosida.

Y entonces en el silencio, Alfonso aprovechó para recordar que nunca había querido de esa forma. Acuérdate que lo de ella es un hoyo más en el camposanto.

Un matón de poca monta como Alfonso conoce a detalle cómo hay que tratar a la muerte cuando se la tiene en la cara, y ésa era una de esas veces. El Júnior era uno de los pesados. Se llamaba así porque su papá le había heredado la plaza y con él empezó un legado de tortura y cabezas desparramadas en los cruceros. Al Júnior había que tenerlo contento o empezaba a ponerse fiera la cosa. Todos ahí lo sabían. El encargo consistía en llevarle un dinerito para que se quedara a gusto un rato. A Alfonso se le daban bien esas cosas. Lo habían metido de sicario hacía unos años por dos mil varos a la semana, pero salió talentoso. Sabía hacer su jale sin dejar rastro, y eso vale más que cualquier cosa en este infierno de mierda. Se encargaba de hablarle bonito a las muchachas que conocía en cantinas de poca monta o en las plazas. Sabe Dios cómo le hacía para ponerlas a tono, pero después de un tiempo, todas estaban dispuestas a hacer un trabajo rápido a cambio de un poco de dinero, o la promesa de un amor que nunca se correspondía.

Cuando Alfonso se lo pidió, la Güera sintió una especie de chicharra revoloteándole en las tripas. A lo mejor no quería hacerlo y su intención no era mandarla al matadero, pero ya ves: vivimos en un pinche mundo de ratas. Hay que tragarse la tristeza y apretarse un güevo, o es a ti al que se quiebran; en menos de lo que piensas, plaf, ya tienes a un cabrón apuntándote con un cuerno de chivo. Te salvas tú y se ponchan al que sigue, no hay más. Por eso las cruces y los santitos en la cartera: uno espera vivir más de treinta años, pero sabe que eso es imposible, es querer pasarse de listo. La historia la conoces de pies a cabeza: le dicen el tiro de gracia y tiene de todo menos chiste. Hay unos que se creen ese cuento de que los va a sacar de pobres. Son esos pendejos los que merecen el hoyo en la frente.
La cosa era bien simple: la Güera llevaría el paquete escondido en la barriga. Tendría que ir muy calladita, como si fuera una de esas muchachas arrepentidas que van a la iglesia a confesar sus pecados. De ahí se sacaría los billetes sin decir una palabra, para entregárselos al cabrón aquel y pelarse a la chingada. Lo habían hecho un chingo de veces con otras morras, a las que Alfonso nunca había mirado más que como lo que eran, un puño de mulas cualquiera. La mayoría venía de las maquilas, de colonias lejanas, donde los cerros ya están pelones y el cielo se ve transparente. Nadie las obligaba a quedarse con él; sólo en la tumba, cuando ya estaban bien tronadas, comenzaban a arrepentirse por haberse metido con un pendejo como Alfonso.

Cuando a uno le cuentan la historia de alguien que se va a morir, lo primero que pasa es que se le oprime el pecho y le entran unas cosquillas que no se sienten como las de a de veras. Lo normal, en estos casos, es voltear la página y aguantarse la náusea que le provoca a uno escuchar la palabra muerte. El Poncho no era normal, lo habían hecho a palos. Con los años lo único que hizo fue ponerse necio, se fajó una pistola y lo demás ya no tiene caso ni repetirlo: lo había hecho semana tras semana con tal de evitar el destino que se merecía. A final de cuentas, era un hijo de puta, por más corazón que tuviera, y los hijos de puta vienen al mundo con un chingo de suerte.

Pero ya ni llorar es bueno.

La Güera se había puesto una falda ancha para que no se le notara el bulto. Tenía fe en sus tres santos a los que les rezaba todos los días antes de salir de casa. No era suficiente, ni para ella ni para el montón de pocos güevos que andaban en esas cosas. Uno siempre se queda a medio camino, le hacen falta más escapularios y estampitas, nunca entiende cómo terminó perforado, hasta el tope de balas. Andaba bien nerviosa, se le notaba en la forma de arrastrar los pies. Estaba intentando esconderlo, de verdad que lo hacía: en esta vida para qué quiere uno ser gata  cuando puede ser perra, lo había escuchado entre las del trabajo, y como un credo se lo venía repitiendo, no porque fuera esa clase de muchacha, sino porque ahora, justo en aquel instante, más le valdría serlo.

El pinche Júnior ya le había marcado las reglas desde hacía mucho. La entrega sería rápida, y nadie más podría enterarse, eso era un pedo entre ellos. Total, que a fin de cuentas aceptó que fuera una morra la que le llevara el paquete, ya sabía cómo se las gastaba el Poncho con esos asuntos. Se verían en la iglesia de San Francisco, él la estaría esperando en el segundo reclinatorio del lado derecho. El Júnior sólo hizo una advertencia: si alguien más se metía en este pedo, todo valía madres. Y Alfonso bien sabía que hablaba en serio.

Total, que dejó a la Güera unas calles antes, cuidando que no se le fuera a caer el montón de billetes. Le dio la bendición, cuídese mucho, mi Güera, que aquí la voy a estar esperando. Era un jueves de treintaitrés grados. Alfonso se quedó en la camioneta esperando que la mujer hiciera su trabajo y se regresara. Pensó que en una de esas, si salía de aquel chingadazo, la sacaba de trabajar de esa pinche tienda maloliente y le ponía una casita como dios manda. Se metió la mano a la bolsa y se echó un padrenuestro, esperando que la Güera fuera un garbanzo de a libra, ¿o cómo se dice?

La Güera iba sin rumbo. Había pasado toda su vida sorteando esas calles, ¿por qué chingados no se acordaba qué calle tomar para llegar a San Francisco? Dio vuelta por el hospital de la Trini, pero se acordó que por ahí no era y se puso todavía más nerviosa. Puta madre, Alfonso. Delante de ella iban dos viejos tomados de la mano. Trató de ir más rápido, intentó pasarlos, y luego se le metieron en el camino unos pinches gringos con la pura pinta de yonquis; iban bien pasados, ella ya conocía esos ojos inyectados de sangre de tanto verlos por la colonia, los tenía guardados para recordar lo que es la muerte. Si serás taruga, Güera. Claro que tuvo miedo, pero no era un miedo cualquiera. Reparó en que aquella punzada en las costillas ya la había tenido muchas veces antes, cuando pensaba en Alfonso, cuando lo veía acercarse lentamente por la plaza, esperando a que entrara y le plantara un beso en la mejilla y para entonces todos los malos recuerdos dejaban de ser culpa de nadie y pertenecían, como la mayoría de las cosas, al desastroso reino de lo infame.

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El Júnior andaba hasta la madre, reventado en coca y apestando a cantina barata. La Güera supo que era él nada más verlo: la camisa desfajada y una enorme barriga colgando abajo del cinturón, ¿quién más podía ser? Le temblaron las manos; había recordado cuánto le gustaban esos zapatos y esa falda y tuvo la nostalgia que le da a uno de todas las cosas que no había hecho. Se acordó, por ejemplo, que un día había visto en la tele un filete de salmón muy grande y gordo, y entonces quiso correr y sacarse de la barriga el bulto y decirle al pendejo aquel que tuviera su pinche paquete y se pelara, porque a ella todavía le daba la gana probar el salmón aunque fuera en anafre. Pero no le dio tiempo de hacer todo lo que quería. Sintió el fajo de billetes rozándole la piel y pensó que mal que bien, se había convertido en una baratija, que Alfonso quizá ni siquiera la quería tanto. Luego se acordó que tenía que apechugar y ponerse dura, y empezó a contar hasta diez, para ver si así se le quitaba la temblorina antes de que el Júnior la viera.

Pero no pudo. Cuando iba ya en el siete y medio, de atrás le llegó el rumor de una pesada mano en el hombro. ¿Quihubo, mi Güera?, ¿qué andas haciendo por acá? Ella lo reconoció de volada. Era el Javi, un cabrón que vivía a cinco casas de la suya, y que desde hacía mucho la traía entre ceja y ceja. El Javi le lanzó un chingo de preguntas sin sentido, para ver si así lograba sacarla a dar la vuelta, uno de esos días. La Güera contestó con monosílabos, esperando que no fueran a escucharla. Quiso callar al Javi, pero él no se dio cuenta del pedo en el que se estaba metiendo. ¿Cuándo se deja ver por la casa, reina? Ya le hace falta una podada a las plantitas, y usté re bien que las trata, hasta se ponen contentas nomás de verla llegar. Y la Güera, podrida del susto, le tapó la boca.

Todavía era temprano. Las campanadas habían anunciado las diez hacía pocos minutos. El Javi le quitó la mano, se echó a carcajadas, ¿pues qué se trae entre manos, reina? No me diga que ya tiene galán, a ver, ¿quién es el chingón? ¿No me lo va a presentar? La Güera no dijo nada. Supo, en menos de un instante, que su suerte ya estaba echada. No es cierto eso que dicen que la película de tu vida pasa frente a ti cuando estás a punto de morirte. Lo único que sucede es que te entra un piquete frío por las venas, como si te hubieras dado un mal chute con la aguja equivocada. Se te para el mundo. Todo se vuelve de cera, y lo que sientes es un chingo de frío. La Güera supo que no tenía más que perder. El salmón era lo que más le podía de todo. Pinche Alfonso. Ahí comprendió que ya no había más remedio, y se entregó completa.
No se escucharon más que tres, cuatro, siete golpes de bala que hicieron eco por las cúpulas y llevaron el secreto a los lavacoches y vendedores de cigarros. A la Güera le tocaron seis, repartidos por todo el cuerpo, por querer pasarse de lista. El Javi se llevó uno directo en la nuca, que lo tumbó al momento y lo convirtió en una de esas fotografías que salen de portada en la policiaca. El Júnior le pasó por encima a la mujer, no sin antes meterle la mano entre las piernas para sacar los billetes. Ella gimió una última vez. Luego se le desinfló el pecho y se quedó boquiabierta, como esperando la hostia que la salvara de ese infierno.

La Güera no sabía que no iba a volver a hacer esas cosas que disfrutaba tanto, como ir a comprar la fruta los viernes al tianguis de la Virgen, cuando las marchantas partían en ocho gajos una toronja para dejar orear la carne viva. No tenía idea; de haberlo sabido no se hubiera puesto tan chula esa tarde, a sabiendas que los zapatos se le iban a quedar todos manchados de sangre, y del sudor y de los gritos de la gente que llegaba por montones, queriendo tapar los hoyos de las balas. Pero era injusto y era innecesario, y era también una pérdida de tiempo: por los seis agujeros, a la Güera se le había escapado todo eso que llaman alma.

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No hubo más. Por los ribetes de la falda se le estampó un río de sangre que ya nadie pudo volver a poner en su sitio. Alfonso supo que no iba a regresar, como todas a las que cada tanto mandaba a chingar a su madre. También es mentira eso de que uno debe seguir la luz al final del túnel: lo único que pasa es que alguien baja la luz y de repente no hay nada más que eso, un cuarto muy oscuro en el que no tiene sentido ni perderse ni buscar la salida. Estás jodido. Te dije, pinche Poncho, que conmigo no se juega, escribió el Júnior. El mensaje llegó a su celular pocos minutos después de las balas, cuando todavía tenía fuerzas para seguir rezando. Alfonso se quedó mirándolo por unos minutos. Pero ya ni llorar es bueno, se dijo; estrelló en la banqueta el teléfono y arrancó la camioneta rumbo a casa.

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Ilustración realizada por Iurhi Peña
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