1. Escritor que trata sobre materias diferentes.
“En el siglo XVIII el género periodístico, que cultiva el ensayo sobre temas variados, tuvo tal aceptación que son característicos de estos tiempos los llamados polígrafos, como los benedictinos Jerónimo Feijoo y Martín Sarmiento”.
2. Detector empleado en la investigación policial de los delitos para registrar las respuestas corporales de una persona cuando se la interroga y detectar si miente; consiste en varios instrumentos combinados de forma que registren simultá-neamente las fluctuaciones en la presión sanguínea, el pulso y la respiración ante las preguntas que se le formulan.
“Los resultados de los polígrafos no suelen admitirse como pruebas legales en los juzgados de muchos países, excepto en los casos en que hay un acuerdo en este sentido entre las dos partes”.
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Era la primavera de 2002 cuando llamaron al primer teléfono móvil que tuve en mi vida y preguntaron por mí. Era sábado y del otro lado de la línea estaba Sergio González Rodríguez.
–Me dijeron que tengo que entrevistarte porque tienes intenciones de trabajar en el periódico, te veré mañana a las seis de la tarde en la nevería Gelato y necesito que lleves una nota sobre el grafiti en la Ciudad de México.
–Oiga, pero mañana es domingo…
–Pues así es esto, mano. Tienes la libertad de simplemente no presentarte, no pasa naaadaaa.
Como pude armé mi notita y me presenté con mis hojitas dentro de una carpeta color azul. Le entregué la carpeta a Sergio y así como la recibió me la regresó. Ni gracias me dijo.
–¿Cómo vas, dándole durísimo?
Yo no entendía a qué se refería con “dándole durísimo” y me sentía ofendido porque había pasado la noche en vela haciendo mi nota sobre el grafiti y él ni siquiera había sostenido la carpeta azul por más de cinco segundos.
–¿Qué dice la vida, ya comiste, quieres un café?, pide lo que quieras que no hay tiempo.
Hacía mucho viento y las muchachas se esforzaban por mantener las faldas en su lugar. Sergio parecía suspendido en el tiempo. El clima no lo afectaba. Algunas personas se detuvieron a saludarlo.
–¿No va a leer mi nota?
–No hace falta, ha de estar mal hecha, seguramente en vez de una cabeza periodística le pusiste el título como de un ensayo estudiantil –me dijo con esa manera suya que tenía de hablar con los dientes apretados, como si estuviera encabronado contigo por lo menso que eras.
Y así me di cuenta de quién era Sergio González Rodríguez. Una suerte de adivino. Un personaje mágico. Mi notita en efecto tenía un título de dos renglones, y eso era lo menos malo de todo mi escrito. Sergio era alguien que sabía quién eras y cómo hacías lo que hacías antes de que tú mismo supieras quién eras en este mundo, no podías engañarlo, mentirle o anticiparte. Sergio me apareció esa tarde alguien que encontraba fácilmente la manera de descubrirte, alguien que hallaba la manera más humana de exponer ante ti mismo tus fallas voluntarias, tu estulticia, tu contumacia, tu flojera. Después me preguntó que qué música me gustaba.
–El heavy metal –le dije envalentonado– como si aquel señor de chamarra bonita, de piel de gamuza, camisa cara, pantalón de vestir y zapatos lustrados, con ese rostro tan serio, no fuera a entender lo que estaba diciendo.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué bandas te gustan, mano, las que celebran la vida o las otras que son aburridérrimas?
Y con mis respuestas a esa pregunta, la mayoría erradas, me hice amigo de Sergio, así, desde el primer día que lo vi. Y sé que a todos los que tuvimos la fortuna de encontrarlo en nuestro camino les pasó igual, te tocaba el corazón en menos de 10 minutos. Nunca supe cómo era capaz de lograrlo, pero así fue, así era él. Terminamos de conversar y dijo que iba a dar su comentario sobre mi desempeño, que él sólo era un consejero del periódico, que no tenía más poder que ése.
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De Sergio González Rodríguez no puede hablarse en abstracto, sólo en concreto. Mis anécdotas con él se suman a las de decenas de personas. Ayer navegaba por Facebook y dije pero ¿qué puedo aportar yo, si todos tienen un montón de vivencias con él? Y sentí alegría de que en vez de lugares comunes, de adjetivos abstractos, las personas, sus amigos, compartieran un recuerdo, una anécdota concreta que lo describía de cuerpo entero. Sergio González Rodríguez siempre fue un cuerpo completo, unido y reunido por su voluntad de persistir (en hospitales con operaciones, en iglesias con oraciones y en cantinas con conversaciones), a pesar de los numerosos intentos de “El Mal” por desmembrarlo, física, intelectual y emocionalmente. Todos tenemos distintas anécdotas con Sergio: nos obligó a vivir la vida con él, aunque fuera por un instante.
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A la sala de redacción del suplemento siempre llegaba caminando rápido. Y así como llegaba se iba. Le entregaba libros a Alicia y regañaba a Beatriz por cualquier cosa. No le gustaba perder el tiempo.
–¿Cómo ves a estos pillos?
Y si no captabas de qué nota estaba hablando se reía y redundaba diciendo, “No me hagas reír más, por favor. Hay que lograr que triunfe el bien… ¡El Bien!” Nos encargaba un montón de cosas y se iba rápido, yo me quedaba con la sensación de que le aburríamos pronto todos y una vez le pregunté y tú ¿a dónde vas?
–A la vida, mano, no hay de otra.
Después nos invitaba a comer y siempre, siempre, siempre remataba diciendo: “sé feliz”. ¿Sé feliz? Y así es como Sergio se hizo mi maestro. Nunca nadie me había dicho “sé feliz” de esa manera como lo decía él, no era un simple buen deseo, una muletilla para salir del paso o una manera de hacerse el gracioso, era una provocación, un reto, una manera de lograr que tú mismo te pusieras a prueba y te hicieras las preguntas fundamentales, la pregunta fundamental: “¿Soy feliz?”. Sergio era un hombre feliz, con su nostalgia, su soledad, su temor, su paranoia (justificada) su biblioteca, su música, su capacidad de anticipar lo que la gente respondería a sus preguntas, su capacidad de saber que la mayoría de las personas estaban programadas para fallarse a sí mismas. No le gustaba, por ejemplo, asistir a bodas.
–Uno asiste todo emocionado y luego salen con sus tonterías.
A Sergio no le gustaba que las parejas se separaran, le gustaba mirar al amor ganar terreno ante la adversidad.
–Soy un pesimista sin remedio, y por eso creo en la vida, me emocionan los triunfos de El Bien.
Y eso era lo único que nos decía cuando una edición del suplemento nos quedaba… decente. “Un nuevo triunfo del bien”, decía cuando terminaba de hojear el suplemento durante las juntas editoriales. Y después “¿Qué sigue? ¿qué preparan?” Y nunca más miraba atrás.
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Tampoco le gustaba decir adiós. En las reuniones con amigos pagaba la cuenta de todos, sobre todo la cuenta de los más jóvenes, o de los que sabía que estaban pasando por una temporada de apuros económicos, lo hacía con discreción, y siempre avisaba a alguien, algunas de esas veces a mí, que se iría y que no quería despedirse de nadie. Manejaba el arte de la fuga y manejaba el arte del esplendor, nunca escatimaba en lo que daba a otros. Sin embargo, si por alguna razón le daba por despedirse de alguien, no decía adiós, o hasta luego, decía “hablamos temprano”, y después desaparecía. Yo le respondía que temprano no porque tenía que dormir.
–Dormirás mucho cuando te mueras, mano, ¡ahorita es tiempo de vivir!
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A Sergio le debo, además de todas las cosas que le debo, el primer refrigerador que tuve. Los llevé a él y a Beatriz a conocer el primer departamento que renté cerca del periódico.
–¿Y dónde vas a poner las cervezas?
–Pues ahí en la cocina, Serge, ¿por?
–Ja. Ja. No me hagas reír. ¿Cómo vas a traer a tus novias si no tienes ni dónde enfriar las cervezas? ¿Tú crees que así van a tomarte en serio?
Y me llevó a una tienda en ese mismo instante y Beatriz y él escogieron mi primer refri. Y aunque sea una anécdota vacía y estúpida, es el recuerdo más importante que tengo de Sergio. Más importante que todos los autores tan interesantes que me presentó, que todos los libros que me regaló, que todas las ideas que detonó en mi mente, que todas las notas que me hizo repetir una y otra vez porque hay que tomarse este trabajo muy en serio, más que todas las veces que me invitó a comer y pagó la cuenta. Ese refrigerador es lo mejor que recibí de él, no sólo porque no tenía por qué hacerlo, sino porque era una persona que podía vivir en el mundo abstracto de los hombres con ideas pero que nunca olvidaba el mundo de los hombres concretos en el que vivimos todos. Su preocupación por algo tan insignificante como que tuviera donde enfriar las cervezas reveló para mí su grandeza y sigue siendo el recuerdo que me hace llorar ahora que ya no está.
Mi angustia de su partida se aligeró ayer que me pegué a Juan, a Rafael y a Mauricio cuando levantaron la cubierta de su féretro y pude verlo, pálido pero muy bien vestido. No sé explicarlo, pero necesitaba verlo o me hubiera quedado con un vacío inmenso si simplemente hubiera desparecido. Sobre el cristal habían colocado una plumilla roja y eso me hizo sonreír porque sé cuánto le importaba la música y porque creo que le hubiera gustado hacer con la música lo que logró con las palabras, descubrir mentiras, develar verdades, iluminar, ilustrar, emocionar, indignar, conmover y conmocionar.
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Sé que fui de los primeros en enterarme de tu muerte, y tal vez hubiera preferido ser de los últimos, porque tuve la dolorosa tarea de buscar a Mauricio, a Leonardo, a David, y cada vez que repetía que habías muerto sentía como si te murieras otra vez. Y me avergüenza ponerme triste porque sé que preferirías que la gente fuera a una cantina a beber, a conversar y a roquear en vez de andar lloriqueando por algo que ya no tiene remedio. ¡Vámonos a la vida!
¿Y ahora qué sigue, Sergio, ahora qué tramas? Quién sabe cuántos proyectos estabas iniciando o a punto de terminar. Quién sabe en cuántos toquines más tenías pensado participar con tu música estruendosa. Quién sabe a cuántos jóvenes más tenías citados en Gelato para meterlos al mundo del periodismo cultural. Quién sabe… un chingo de cosas que nadie supo nunca de ti. Me quedaré despierto, muy despierto, querido Serge, esperando tus respuestas. Beatriz y yo te vamos a extrañar, tanto o más como muchas personas en muchas partes del mundo.
En fin, Serge, ¡a darle durísimo! ¡Nos hablamos temprano!
Hace casi dos décadas, con su serie de libros del detective Charlie Parker, John Connolly popularizó la hibridación de la novela policiaca con toques del género fantástico. Connolly ponía en juego la creencia de lo sobrenatural como respuesta de los misterios a la realidad. ¿Somos nosotros mismos el mal o hay una entidad tangible que nos obliga a realizar actos malvados?
En esta tradición, Dieciséis toneladas de Ronnie Medellín es una novela donde convergen lo policiaco y el género fantástico desafiando con toda su narrativa esta hibridación poco explotada en la literatura mexicana, y por lo mismo, muy necesaria. Si bien la novela policiaca ya es parte del bagaje de la literatura en nuestro país, a veces se necesita apostarle más a la imaginación cuando la realidad nos rebasa.
Luego de la muerte inexplicable del hijo de algún alto mando político, Rafael, un incipiente intento de asesor privado de la policía, es involucrado para averiguar sobre las extrañas circunstancias que rodean este asesinato. Con la compañía de Larry, el policía que lo acompaña, se dará cuenta que lo real y lo increíble trazan estas muertes y es quizás otra maldad la que las rodea, una que proviene de algo que no es de este mundo.
Lo más notable de la novela de Medellín es que le da un toque fantástico que recupera la idiosincrasia mexicana: animales negros que se nos aparecen en callejones, charros con patas de carnero que montan grandes caballos, autoridades que nos generan un miedo irrefrenable y que no sabemos cómo llegaron a dónde están. Medellín se apropia del género para hacerlo suyo y apostarle a la creación de novelas policiacas sin dejar de lado la fascinación de los mexicanos por el misterio que nos genera la muerte, el diablo y las almas abandonadas por Dios. Sus personajes, además de lidiar con sus propios demonios y con pérdidas del pasado, deben entender que quizás hay algo que los observa en sus momentos más vulnerables. Algo que está listo para mostrarles una salida siempre y cuando ofrezcan algo a cambio.
Dieciséis toneladas tiene ese toque necesario para encajar en la hibridación policiaca pero también para recuperar aquellos elementos que hacen tan variada la narrativa mexicana. Esta novela es una prueba de la importancia de seguir apostando por noveles escritores y esperar que no sea su único intento en una escena literaria cada vez más competida.
Cuando me contactaron de Tierra Adentro para escribir esta reseña inmediatamente acepté pues tuve la fortuna de leer el trabajo en ciernes de Colanzi cuando fui parte del jurado del Premio Aura Estrada, y desde ese momento sus palabras me marcaron. Sobra decir que Colanzi ganó. Parte de aquella propuesta para el premio es lo que podemos leer en Nuestro mundo muerto, su más reciente colección de cuentos. El ejemplar, editado por Almadía, me llegó y se fue. Tan extraño como los cuentos que lleva dentro, este incidente banal y material delata también lo que yo considero es el poder del libro mismo. No es que sea yo supersticiosa, es que puedo contar las veces que he perdido un libro en una sola mano y de esas tan pocas veces que he perdido un libro, dos veces (es decir una abrumadora mayoría) lo ha perdido alguien a quien se lo había prestado o pedido me lo guardara. ¿A dónde habrán ido a parar esas páginas subrayadas? ¿Quién estará descubriendo, fotocopiando, compartiendo, soñando las palabras de ese ejemplar? Fui a buscar otro a una librería y continué con mi reseña. Más allá de ese microincidente, en verdad Nuestro mundo muerto es de una extrañeza y una violencia memorables. El título es provocador, y aunque se refiere a un cuento dentro de la colección donde se aterriza el significado, como precursor a la lectura, las posibilidades que abre el título ya son varias, todas ellas oscuras, y su polisemia puede leerse en referencia a varios de los temas que tocan sus cuentos.
El libro tiene una combinación de bizarrería en todo el sentido hispano de la palabra, generoso, arriesgado, pero extendiendo también su sentido a la acepción del francés, singular, raro. Es un libro potente gracias a una precisión casi aterradora en el lenguaje, y en la variedad de sus voces, tonos y registros que siento sólo pudiera darse en el mejor cuento latinoamericano, o en los cuentos de alguien como Flannery O’Connor y su grotesco sureño, o tal vez en los escritos de alguno de los grandes autores del este de Europa con la imaginación desata-da de principios del siglo XX. En efecto, una de las grandes virtudes del libro de Colanzi es su peculiar forma de encarnar lo que Víktor Shklovski llamó Ostranenie (остранение), el recurso literario, casi podríamos decir por excelencia, pues es a través de esta desfamiliarización que se localiza el lenguaje ordinario vuelto literario al hacer que la lectora perciba lo que se está narrando de forma distinta. Es decir, Colanzi agudiza sus sentidos (y los nuestros) y éstos a su vez afectan el lenguaje que usa de tal forma que logra un efecto literario de extrañamiento. En la mayoría de los cuentos de este compendio, lo familiar se torna insólito, y esto no es meramente un efecto psicológico, es algo que pasa en los textos mismos a través del lenguaje y las voces que habitan cada relato, incluso a través de las descripciones de los cuerpos de los personajes, y, aunque pueden comenzar con algo tan simple y potencialmente sentimental como con la muerte de un compañero de la primaria, en «Alfredito», esto da pie a reflexiones sobre usos y costumbres y la posibilidad de la vida después de la muerte como algo que estalla desde el cuerpo mismo.
Así sus mejores cuentos están repletos de alucinaciones, de una frontera completamente desdibujada entre esta realidad y otras formas de percibir el mundo, cuentos como «Meteorito», «Nuestro mundo muerto», que da título a la colección, y, sobretodo, «Chaco», donde las culpas, taras y maldiciones familiares se entremezclan con los fantasmas del colonialismo de forma avasalladora. Este mundo muerto de Liliana Colanzi en realidad está vivísimo y coleando de formas de vida extraña. No es de sorprender, pues la autora concibe «la escritura como un portal hacia lo desconocido», como dice en una entrevista, y su escritura es un todo donde lo que podría parecer familiar o seguro se torna maldición: las palabras de los antiguos, las tradiciones que tienen peso, pero no como algo mágico que nos puede rescatar, sino como el peso de la violencia de un mundo colonizado, donde las heridas permanecen abiertas a través del tiempo, donde, como escribe Colanzi en «Chaco», «nos abrazamos a lo oscuro».
No la conocía entonces y aun así, en la foto, se parece más a sí mismaque la mujer sentada a mi lado. Míranos, me dice, con su cara ajena, con sus otras manos, con sus ojosde asfalto llovido y hambre a medianoche. En la foto bailan los noviosy afuera estamos ella y yo solas, platicando.
La tristeza de los otros es una ciudad desconocida, calles y calles que no sabes a dónde llevan, casas demolidas, edificios de vidrio, mascaronesy techos con goteras y pasillosde madera combada. Podemos imaginartan poco. Apenas unos segundosse mantiene vigente la trivial fantasíade haber nacido ahí y saber de memoriael tedio de la calle principal, rutas del colectivo, cada parada del metro. Pero es casi imposibleimaginar la costumbre. El recuerdo más tristees sólo una estación del pensamiento, ese mirar sin sorpresa el teatro en ruinas, la parada en Congreso, la espera subterránea, tantas veces visto, todotan rutina. Hasta que pierde filoincluso lo más tristey se cambia el dolor por otra cosa más tibia.
En la mesa de enfrenteuna pareja de viejos come sin mirarse. Es silencio. Es el ritual antiguoque los convoca a morir de a poco, cara a cara. Quizás un díate despiertas y has olvidadolos pasos descalzos de tu amanteen la madera rubia de tu primera casa. Ahora se hace de noche, la ciudad se cierra sobre nuestras palabras. Los viejos se levantan, el lugar se vacía. Al fondo escucho un tango y no recuerdosu nombre. De pronto me parece que esta tardetambién quedó muy lejos, que ya estamosmuy lejos también de Buenos Aires.
Mezcla de relato policial e histórico, el presente texto se remonta al virreinato para narrar un misterio relacionado con el cadáver de una monja y un parásito que produce extraños efectos en los difuntos.
14 de enero de 1813
El día de hoy fui recibido en casa del corregidor don Miguel Domínguez. Cuando entré a su despacho, un señor llamado don Miguel Sandoval se encontraba esperando. Es un hombre de amables pero toscas costumbres; viste de manera simple; ágil, moreno y de rasgos que no logro identificar. Acaso puede venir del sur de la Nueva España, o quizá esté relacionado con familias de Oaxaca, o pudiera también tener rasgos más bien propios de moros. Parece ser un sujeto con vasta literatura. Aprovechamos la espera para platicar un poco de los negocios que le interesaba desarrollar en esta vecindad.
El señor corregidor entró a la habitación, saludándonos al tiempo que nos pedía dispensar el retraso.
—Veo que ya se presentaron. Sin más testigos que nuestra conciencia, comencemos. Estimado señor Argomaniz, he decidido llamarlo hoy como teniente del cuerpo de artillería, para presentarle formalmente al señor don Miguel Sandoval, que nos honra con su visita a la ciudad, aunque sus intenciones no son exclusivamente económicas. El señor, además de un comerciante, es un gran conocedor de los misterios que recorren el mundo.
Manda el señor virrey que le recibamos con agrado y pongamos a su disposición lo necesario para ayudarlo en su tarea de salvaguardar nuestra ciudad.
—¿Nos ayudará a pelear contra los insurgentes? —pregunté. No había tenido oportunidad de charlar con don Miguel sobre mis preocupaciones como teniente de artillería.
—El señor don Miguel tiene otras diligencias en la ciudad, estimado señor Argomaniz —aclaró el corregidor.
—Temo que la ciudad tiene otras amenazas en este momento —interrumpió don Miguel—; debido a la inestabilidad política que vivimos, se han descuidado otros aspectos que normalmente son ignorados por nuestra población tan llena de fe: las fuerzas sobrenaturales. Sucedió en un pasado, durante la conquista so¬bre los mexicanos, y sucederá durante esta guerra que nos traerá independencia… o mantendrá la corona de la Nueva España.
—Si el señor corregidor obedece a las órdenes de su excelencia, consideren a este humilde hombre a vuestro servicio —respondí—. ¿En qué puedo ser útil a sus mercedes?
—Como reconocido comerciante de nuestra ciudad y teniente de artillería, su honorable compañía facilitará la integración de don Miguel a los modos de la ciudad.
No hay necesidad de alarmar al pueblo, y suficiente tienen con su apoyo en contra de la insurgencia. Además, no se me ocurre mejor guía que usted. Sabemos que ha llevado en sus diarios personales la cuenta de los días y sucesos desde 1807, y que continuará con su noble labor a favor de la salvación de la memoria.
Don Miguel sacó un pergamino doblado del cuaderno en donde escribía. Sobre una mesa desplegó un mapa de América.
—Hasta el momento, se han controlado otras amenazas en el país, y en el sur del continente. No soy el único dedicado a este servicio. Me interesa proteger el centro de un futuro país.
—¿Acaso es insurgente, don Sandoval? —increpé.
—Conozco su compromiso, señor Argomaniz. Considere que yo estoy peleando otra batalla. Si bien agradezco el visto bueno de Su Majestad, rindo cuentas a un poder más alto que el de una sola nación.
—De acuerdo, aunque no se me ocurre otra amenaza para esta ciudad de mayor importancia que la insurgencia.
Para ser sincero, me molestó su postura irreverente respecto a la crisis de nuestro reino. Sin embargo, nada podía hacer si, a pesar de su actitud, era recomendado por nuestro señor virrey.
—¿Qué sabe de la muerte de la reverenda madre María Clara del Sacramento, en el templo de Santa Clara? —preguntó don Miguel.
Me quedé desconcertado. No entendía por qué llamar a un teniente de artillería para discutir la enfermedad de una religiosa, mucho menos a tan pocos días de sus santas exequias.
—La reverenda murió el 8 de enero. Según se me informó, de causas naturales —respondí de inmediato.
—¿Sabe algo de una extraña enfermedad o maldición que afectó a la reverenda y tiene a otras tantas religiosas en cama?
El señor corregidor estaba atento escuchando nuestra conversación, hasta que un mozo tocó a la puerta anunciando que lo buscaban en las casas reales.
—Señores, si me disculpan, debo continuar con mis actividades. Suficiente he hecho con verificar esta junta. Su excelencia explícitamente ha indicado que el señor Sandoval deberá tener todo lo necesario para su empresa, sin cuestionamientos ni supervisión, y creo que será grata y oportuna la compañía del señor Argomaniz. Mi misión aquí ha terminado. Me despido deseándoles la mejor de las suertes.
—Le agradezco, corregidor. Y me alegra tener el apoyo de alguien tan distinguido como el señor Argomaniz. Permítanos acompañarlo. Creo que será mejor continuar esta reunión en mi casa.
Caminamos por la ciudad. La gente nos observaba curiosa, sobre todo al recién llegado don Miguel. A pesar de los tiempos que vivimos, no deja de ser novedad un nuevo residente. Más un hombre que aparentemente había traído un museo personal al pueblo, y que un día podía vestir como si perteneciera a la corte europea, y al día siguiente como cualquier norteamericano. Tal curioseada no representaba un problema, ¿quién sospecharía de la junta de dos comerciantes?
Mientras caminaba seguía considerando imposible que nuestra ciudad tuviera una mayor amenaza que la insurgencia, y menos entendía que estuviera relacionada con la muerte y enfermedad en el convento de Santa Clara.
Llegamos a la calle de los Cinco Señores, donde se ubicaba la residencia de don Miguel. Me hizo pasar a una habitación que se encontraba al fondo de la casa.
—Le había preguntado por la muerte de la reverenda madre —don Miguel abría y cerraba cajones de un esquinero alto que contenía diferentes frascos.
Sentado frente a su escritorio observaba cómo se movía en medio del caos. La habitación no tenía un espacio vacío. Por donde quiera había libros, frascos, pinturas y mapas. Era como si una enciclopedia de lo extraordinario hubiese volcado sus palabras en esa habitación que se extendían cual cornucopia de curiosidades por toda la casa.
—Pensaba que era comerciante, pero por los frascos e instrumentos en ese gabinete también veo que es doctor en medicina.
—¿Doctor? No, aunque a veces me confunden con uno —levantó un frasco pequeño y sonrió con satisfacción—. Le preguntaba sobre la madre María, porque la gente que sirve en esta casa no ha dejado de comentar que la fiebre le puso los ojos azules y amarillos, con reflejos tan intensos como los del ópalo.
—¿Y esperaba que yo le respondiera con una habladuría de pueblo? Sí, se dijo eso. A todos sorprendió la muerte tan repentina de la madre María. También creí haber visto sus ojos vidriosos en la función de Corpus, pero pensé que mi mente había sido engañada por tanta habladuría y sorprendida por la rapidez de la desgracia.
Don Miguel dejó un frasco en su escritorio, frente a mí.
—No seré médico, pero sí un entomólogo aficionado. El señor corregidor habló del control de lo sobrenatural, pero temo decirle que la mayoría de las desgracias tienen una explicación. En mi humilde opinión, lo sobrenatural es una forma de llamar a eso que tememos por ignorancia. Por suerte, mi llegada estaba anticipada, y el primer fenómeno a tratar no me es desconocido.
Me acerqué al frasco y vi dos pequeñas esferas sumergidas en agua. La luz se reflejaba en ellas, los colores eran tan vivos como los del ópalo que mencionó don Miguel. Tomé el frasco y me acerqué un poco más. Semejaban dos ojos humanos, una pupila tan obscura como la obsidiana que parecía tener profundidad; estaban rodeadas por un iris que se dibujaba sobre la superficie con multitud de brillos. Sin duda me recordaron los ojos de la difunta madre María, que en paz descanse.
—¿Qué estoy viendo, señor Sandoval? —al pensar en la madre, con un movimiento brusco regresé el frasco al escritorio—. ¿De dónde sacó eso? ¡No me diga que ha profanado una tumba!
No sólo don Miguel irrumpía en la tranquilidad de mi alma al discutir la enfermedad de una santa, ahora colocaba ante mí lo que creí que eran los mismísimos ojos de la difunta.
—¡No me atrevería sin el adecuado permiso! Sé lo que está pensando. ¿Acaso son unos ojos? ¿Ópalos con formas caprichosas?
Don Miguel Sandoval destapó el recipiente. Tomó una pequeña piedra de cantera que tenía cerca del escritorio, y sobre la boca del frasco raspó un poco la superficie con una navaja. El agua se empezó a poner turbia con la fina arena de la cantera.
El frasco se movió ligeramente. Los ojos que estaban sumergidos empezaron a vibrar en cuanto el agua tomó un ligero tono rosado. Puedo jurar que vi aumentar el brillo que despedían. Escuché un pequeño repique. De pronto, el agua que se había hecho turbia empezó a aclararse.
Me puse nervioso al observar un objeto que no obedecía las leyes naturales y me persigné.
—No tema, don José. Son una variedad de cisticerco llamado Cysticercus Lapis. Un espécimen rarísimo de encontrar. Se alimenta de piedra, y prefiere la cantera. Al tener una cubierta de dióxido de silicio se parece y se confunde con el ópalo.
¿Sabía usted que en Europa se considera una joya maldita? Esa mala fama realmente corresponde a estos bichos. Normalmente mueren cuando se exponen al aire. Pero con ciertas condiciones magnéticas y geográficas, su cubierta se puede hacer más resistente. Abundan en los cementerios, yacimientos donde hubo derramamiento de sangre, y otras desgracias. Yo mismo he preparado esta solución con un poco de suero y sangre, propia para mantener a estos especímenes. Cruelmente hermosos, ¿cierto?
—Nunca había visto cosa como esa —no supe qué más decir; nunca había visto o sabido de animales que se alimentaran de minerales, y tuvieran tanto parecido con un objeto inanimado.
—El problema es que, al tener contacto directo con ellos, desprenden pequeños huevecillos pegándose a nuestra piel, y poco a poco, penetran en los poros hasta tocar un capilar. ¿Recuerda el origen de la palabra veta?
—Claro —respondí—. Proviene del latín vitta y corresponde a cualquier conducto, vena o hilillo de agua.
—Exactamente. Nuestro cuerpo es un gran yacimiento de hierro. Éste y otros minerales activan los huevos y viajan por nuestro cuerpo. La sustancia que los mantiene vivos tiene la misma composición que el humor vítreo del globo ocular. Así que maduran en el ojo y empiezan a petrificarlo. Primero la visión, después todo el cuerpo. Algunos libros secretos consideran que, realmente, fue esto lo que convirtió a la mujer de Lot en sal.
—¿Me está diciendo que la reverenda madre murió infectada por estos animales infernales?
—Guarde sus categorías para los siguientes eventos, don José. Respondiendo a su pregunta: sí. Y de no actuar pronto, los cerca¬nos a sor María están en peligro. La tierra donde está enterrada nuestro primer caso puede infectarse. Entonces, ¿son habladurías o en verdad vio los ojos de la madre como este par?
—Es injusto comparar la muerte de la reverenda madre con la mujer de Lot. Pero sí. Doy fe.
—Entonces, hemos encontrado nuestro primer dilema.
Cuando confirmé sus sospechas siguió con su recorrido por la habitación; parecía que yo había desaparecido. Empezó a dar vueltas por la habitación murmurando, juntando libros. Alcancé a ver algunos títulos sobre alquimia, química, medicina, y otras artes.
Aburrido por mi contemplación espectral, me ofrecí para buscar al padre fray Ernesto Arriaga. Muerta la reverenda madre, era el único que nos podía dar acceso al convento.
—Vaya pronto —dijo—, tenemos horas para evitar que este pueblo tenga como dramático final la riqueza de un yacimiento de ópalo apócrifo —sacó una llave de su pecho y abrió un pequeño baúl—. Tome esta carta. Si va a tratar con religiosos, le estoy entregando la llave del cielo en la Tierra.
Fray Ernesto Arriaga era de espíritu jovial y curioso. Tenía la ventaja de mantener sinceras amistades en todas las iglesias. Y daba por casualidad que él arreglaba las funciones del Real Convento de Santa Clara de Jesús.
En varias ocasiones compartimos libros, incluso aquellos que él consideraba impropios para sus actividades, y apreciaba mi discreción. Supongo que el corregidor pensó en mi amistad con el fraile, y que yo me encargaría de eso. Si existía otro religioso que pudiera soportar la herejía que acompañaba al conocimiento del señor Sandoval, ése era fray Ernesto Arriaga.
Llegué al convento de Santa Clara y encontré a fray Ernesto en uno de los patios. Me recibió con la tranquilidad propia del que reflexiona en Dios.
—Éste es el castigo divino que merecemos —fray Ernesto había escuchado atento la historia— pero, querido amigo, me está pidiendo algo imposible. ¿Quiere acceso a las enfermas y, además, profanar la tumba de la reverenda madre? ¿Sólo por una infección de un supuesto animal que, además, parece ajeno a la creación divina?
—Sé que es mucho pedir. Pero el corregidor ha ordenado que apoyemos los menesteres del señor don Miguel Sandoval.
—No sé ni por dónde empezar a solicitar licencias. No podré tener todo listo esta semana.
Recordé la carta que me habían entregado. Se la extendí al señor fraile. Rompió el sello de lacre y empezó a leer. Tambaleó un poco, se recargó sobre una pared y decidió sentarse en una de las bancas.
Pude ver el ocaso reflejado en la mirada de fray Ernesto.
Después de unos momentos de silencio, habló con tanta calma y determinación que me dejó helado.
—Querido amigo, agradezca que nuestros indios tengan plantas que reconfortan y calman al corazón, pues su Santidad nos exige fortaleza y fe en estos tiempos aciagos. Dígale a su amigo que podrá atender a sus enfermas mañana a última hora. Ahora buscaré dos peones para que empiecen a excavar. Entenderá que debe hacerse todo con la mayor discreción. Quizá el cura Hidalgo decidió retar al hombre y desobedecer a Dios. Pero a mí ahora me toca obedecer a Dios y retar al hombre. Que Dios nos ampare.
Fray Ernesto exhaló y se incorporó. Besó la carta antes de entregármela y se despidió rápidamente para empezar a preparar nuestra misión en el convento.
Tomé la carta y no pude contener la curiosidad. Yo también tuve que darme unos minutos para recuperar el aliento después de ver una bula papal que avalaba al señor Sandoval como colaborador ajeno, pero respaldado por la iglesia.
Regresé a casa. Tomé un refrigerio y solicité que no me molestaran durante las siguientes horas. Mandé a un mozo que avisara a mi vecino la hora para vernos mañana. Necesitaba un descanso. En las afueras de la ciudad seguíamos en guerra, y dentro de ella se presentaba una amenaza que debía ser tratada en secreto. Y a pesar de todo, la ciudad dormía en calma.
El silencio protege, pero también amenaza.
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Nos encontramos a la hora acordada. El señor Miguel traía un pequeño maletín. Estaba tan metido en sus asuntos, que no di¬rigió palabra alguna después del saludo.
—Por lo menos tiene herramientas propias de un doctor —comenté para quebrar la tensión.
—Bueno, bueno, si insiste tanto, hoy seré el doctor —dijo sonriendo. Me estrechó la mano y empezó a caminar rumbo al convento de Santa Clara.
Fray Ernesto saludó con respeto. Don Miguel respondió el saludo y habló poco. Ambos estaban enterados de la situación y parecía que preferían evitar el repaso de la desgracia.
Fray Ernesto había convencido a la mayoría de guardarse en sus celdas. Explicó que, ante el temor de una posible diseminación de la enfermedad, tuvo a bien mandar limpiar todo el convento. Consiguió un regimiento de indios que empezó a tallar paredes, pisos, y en medio de ese barullo logró acomodar a las enfermas en una celda que daba al patio. Esa tarde todos en el convento escuchaban voces, pasos, órdenes del capataz, y se guardaron contentos de haber evitado el trabajo pesado. Entre tanto ajetreo, nuestra presencia pasaba inadvertida.
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Antes de abrir la puerta de la habitación donde reposaban las enfermeras, el galeno improvisado se adelantó y advirtió:
—No las toquen. Eviten hablar con ellas. Y recen, si en algo les ayuda.
La habitación tenía a cuatro enfermas con la misma fiebre. Dos parecían conscientes y tranquilas, otra se retorcía en la cama, empapando las sábanas de sudor. Había un olor penetrante de tierra mojada. En los ojos de sor María Micaela Araujo se podía empezar a ver el brillo propio del ópalo. Mejor dicho, el brillo del insecto que me mostró don Miguel.
—Sor Micaela es la que sufre el mal ya avanzado —diagnosticó. Abrió su maletín y comenzó a sacar algunos frascos y plantas—, pero veremos qué podemos hacer.
Vi con mis propios ojos cómo sor María Micaela tomó una actitud amenazante, como un animal temeroso.
—Es una respuesta a la infección, los animales poseen al huésped —aclaró don Miguel—. Pueden controlar la voluntad del enfermo.
—¿Qué hacemos? —preguntó el fraile.
—Son muy susceptibles a una solución a base de aloe, y otros mejunjes que he preparado.
Nos extendió un frasco con agua a cada uno. Fray Ernesto discretamente santiguó su agua: sabía que la ayuda santa no haría mal.
—Sin tocarla directamente, coloquen un poco de esta solución en los ojos de las enfermas.
Protegidos con improvisados guantes de trapo, empezamos a rociar el líquido sobre los ojos de las enfermas. Don Miguel se dirigió a sor María Micaela, y nosotros empezamos a atender a las demás. Fue relativamente sencillo, rociamos un poco de la solución sobre sus ojos, que tomaban una coloración rosá¬cea y de inmediato quedaban profundamente dormidas. Su fiebre empezó a disminuir. Don Miguel tardaba en aplicar su remedio, pues sor María Micaela era la más inquieta. Empezó a gritar, y de pronto, sus alaridos se convirtieron en un sonido gutural, amenazante. A veces tan agudo como el maullido de un gato.
—¡Ayúdeme!
Fray Ernesto y yo nos acercamos para sostener a la enferma. Las otras tres religiosas estaban profundamente dormidas, pero sor María Micaela seguía moviéndose y emitiendo ese ruido. Las gruesas paredes, y el ajetreo de las labores de limpieza mantenían la paz fuera de la habitación.
Don Miguel le dio un fuerte golpe seco en la garganta con el filo de la mano.
—¡Se volvió loco! —gritó fray Ernesto.
—¡Le estoy salvando por primera vez su vida padre! ¡Don José, rápido, la solución!
Tiré lo que quedaba en mi frasco. Al tocar la superficie de sus ojos, el brebaje se convertía en arena. sor María Micaela empezó a toser y arrojó finos cristales como el cuarzo, que brincaban igual que esos frijoles saltarines con los que juegan los niños en Valladolid.
Don Miguel rápidamente empezó a pisar los cristales, hasta deshacerlos. Revisó la boca de Sor María Micaela, que seguía inconsciente, y rápidamente nos recogió los frascos.
—¿Dónde está el cuerpo de sor María Clara? —preguntó don Miguel.
—Aquí afuera, escondido detrás de esta habitación.
—Apurémonos.
Cuando llegamos, el féretro de madera estaba roto.
Peor aún: vacío.
—Tenemos poco tiempo —volvió a gritar don Miguel. Siguió rastros de tierra y pisadas. Pronto arribamos a un huerto, y vimos el cuerpo de sor María Clara del Sacramento parado sobre la tierra.
Al parecer, el grito de sor Micaela había advertido a los cisticercos que se habían estado estableciendo en el cuerpo de la primera huésped.
Su cuerpo estaba raquítico. La descomposición había empezado su trabajo y sus ojos destellaban luces verdes, amarillas y rojas desde el fondo. Algunas partes de su piel se veían brillosas, como si fuera de cristal. La luz de la luna reflejaba finas lágrimas que parecían pequeños diamantes.
Don Miguel retrocedió.
—Si grita, puede levantar sospecha. Necesitamos devolverle el descanso eterno.
—¿Qué hacemos? —preguntó fray Ernesto; su voz más bien solicitaba una razón para no salir corriendo del convento.
—Rodéomosla. Caballeros, ayúdenme.
El cuerpo poseído de sor María Clara parecía observarnos. Mientras don Miguel preparaba otra cura, nos acercamos lentamente hacia ella. Empezaron a brotar miles de ojos falsos sobre la piel de la reverenda madre.
Que Dios y sus mercedes me disculpen por escribir tremendas herejías.
El cuerpo nos observaba. Don Miguel la sujetó evitando hacer contacto con la piel, en tanto fray Arriaga y yo le rociamos la solución. De pronto, su cuerpo empezó a cambiar. Se llenó de astillas y orillas filosas en sus faneras. Y cayó sobre el piso.
Esperamos unos minutos. Parecía que todo estaba en paz, hasta que una mano tomó mi tobillo.
Algo empezó a jalarme hacia la tierra.
—¡Cuidado! —gritó don Miguel. Sentí que me hundía e imaginé mi cuerpo expuesto a cientos de esos animales. La bota me protegía, pero percibía la vibración de miles de sanguijuelas cristalinas.
Don Miguel observó a la reverenda madre. Ésta se revolvía a revolverse en la tierra para enterrarse. Yo seguía atrapado del tobillo. La tierra también se movía alrededor mío. Parecía que algo empezaba a escarbar para salir.
Don Miguel corrió hacia una pileta y terminó vaciando los frascos y otras yerbas. Empezó a acarrear agua con baldes que estaban regados alrededor de la pileta. Fray Ernesto lo imitó.
Don Miguel tiró una cubeta en mis pies y pude sentir cómo me soltaba. Fray Ernesto le aventó un balde de agua a sor María Clara (no sin antes haber santiguado la pileta y haber pedido perdón), y ésta empezó a deshacerse. En algunos lugares donde caía el agua sobre la tierra, se formaba un pequeño ópalo.
—Es la inactivación de los huevos— afirmó don Miguel, a sabiendas de que nadie iba refutar su amplio conocimiento de huevos-ópalo malditos.
Los religiosos piensan que la aparición de cientos de ópalos en la huerta del convento fue un milagro mediado por la reverenda madre, y una señal en contra de la lucha insurgente.
■
Regresamos a la casa de los Cinco Señores. Don Miguel me ofreció un trago, y mientras descansaba mi pie lastimado, explicó que esos huevos estarían inactivos y no habría problema de comerciar con ellos. De su bolsa sacó un puñado de falsos ópalos.
—Una pequeña recompensa por la ardua labor.
—Yo vuelvo a darle las gracias por salvarme la vida.
—Yo no hice nada. Espero que ese mal paso no lo aleje, pues supongo que pronto tendremos más por hacer. Ahora entiende la razón por la cual el oficio de comerciante me es conveniente. Algunas veces uno encuentra su propia recompensa.
—Como buen compañero y vecino, seguiré a su lado. Creo que este año escribiré un poco más que los detalles de años anteriores. No sabía cómo iba a reaccionar al conocer mi función como compañero y cronista de sus aventuras. Tomando en cuenta que en este primer encuentro profanamos una tumba, peleamos contra el cuerpo corrupto de una santa, y casi resulta testigo de mi muerte en un templo.
El aire huele igual en ambos lados de la frontera. Walmart está en todas partes. Edificios nuevos, barrios antiguos. Una maravillosa similitud plástica. Conducimos a través de frondosos suburbios. El ICE caza ilegalmente a quienes llama ilegales, en las Carolinas y en el deep sur. La policía local ayuda con redadas afuera de los supermercados y las iglesias. La comida es prefabricada y segura. Pollo frito y hamburguesas que están hechas de algo más que carne. Y ese olor a pinos, a hierba recién cortada, a costillas ahumadas y cerveza rancia. Hasta que los ojos del Estado se posan sobre ti. Los activistas llamaron a Barack Obama el Deporter in Chief. ¿Qué nos traerá entonces el futuro?
Jeremy Relph
Foto: Jacobo Parra
Foto: Mauricio Palos
Foto: Mauricio Palos
Foto: Mauricio Palos
Foto: Mauricio Palos
Jeremy Relph (Ottawa, 1973), Jacobo Parra (Monterrey, 1975) y Mauricio Palos (San Luis Potosí, 1981) recorrieron 10 327 kilómetros desde Monterrey hasta Toronto para reflexionar sobre la condición de ser extranjero en Norteamérica. En una época en la que se recrudecen los discursos nacionalistas, esta pieza explora el concepto de raza, su intersección con la economía y la política, así como la configuración de ese territorio, tan arbitrario como heterogéneo, llamado país.
Su biografía, llena de huecos y contradicciones, sumada a su escritura periférica, explican por qué la obra de la autora duranguense quedó al margen durante tanto tiempo.
Nace dos veces (1900 o 1909, según las fuentes); pasa por varios nombres: primero se llama María Francisca Moya Luna, pero en algún momento Nellie Ernestina Francisca se convierte, al tomar de su tío el apellido (el Campbell al castellano), en Nellie Campobello; firma con el seudónimo de Francisca (su nombre verdadero) en la publicación de su primer libro, un poemario titulado irónicamente Yo.
Una vida bifurcada en otras: junto con su hermana, se dedicó a dar funciones de danza en colonias populares, fue coreógrafa y directora de la Escuela Nacional de Danza, también aquella que se cruzó con Federico García Lorca una tarde en La Habana, y esa otra que eligiendo la voz de una niña que al contar el episodio villista en Chihuahua entre 1916 y 1920, entregó de ese periodo un testimonio inusual. En su biografía figura un dato que obliga a abrir una pausa para reconocer la descabellada coincidencia: Campobello registró los pormenores de un conflicto violento, a la vez que vivió un acto de extrema agresión al sufrir un secuestro que la hizo desaparecer física y simbólicamente del mapa. Se llama ser testigo y víctima: porque un final así se encuentra de algún modo atado a la historia colectiva destruida del país que ella misma narró. La muerte de una mujer entreverándose en un país patriarcal no puede ser más que personal e histórica: toda existencia silenciada, se sabe, es una muerte política.
Esa circunstancia, o su biografía llena de huecos y contradicciones, o su escritura periférica, vienen quizá a explicar que su obra se hubiese quedado al margen durante tanto tiempo. Sobre todo eso: una escritura periférica. Una obra compuesta de pocos libros, de entre los cuales se destacan Cartucho. Relatos de la lucha en el Norte de México (1931) y Las manos de Mamá (1937), y que debió causar bastante desconcierto en aquella época: mientras avanzaba la épica revolucionaria, una autora optó por desmarcarse de los temas y los escenarios manidos para entregar un libro en el que se recuperaron las historias minúsculas, a través de una capacidad poética que restituía un mundo roto: ésa es la gran aportación de Cartucho, el libro por el que una autora de quien importa su presencia como su ausencia, exige una lectura más justa.
Dice la misma Campobello que todo empezó así: su libreta verde se manchó de estampas que «parecían cuentos», pero que no eran cuentos sino espacios como sepulturas donde fueron apilándose los caídos, fusilados que la narradora recuerda como si se trataran de «juguetes de infancia». Esa voz poco común en la narrativa sembró la diferencia: no sólo era mujer quien recuperaba los relatos orales o los recuerdos propios o ajenos, sino una niña, y entonces por enunciación ambos sujetos poco referidos en la lucha armada entraron a la escena para expresar, a su modo, aquel espanto. Así Cartucho contó lo visto no desde el flanco de los héroes o los villanos sino desde el punto de vista de quien todavía pudo contarlo: una niña que desde su posición, un tanto invisible frente a los otros, se salvó y al escribirlo salvó del anonimato a los otros, inmersos en una tragedia no épica sino cotidiana que ocurría fuera de casa y se metía en ella.
No menos extraño debió ser que la autora se alejara de la novela como forma literaria, y que ese puñado de vidas singulares se pareciera a los cartuchos: breves y veloces, los relatos no terminan de ser cuentos o versiones de los relatos de otros, y guardan semejanza con la urgencia con la que están narrados. Lejos de la linealidad e incluso del realismo, en estos pasajes hay una voz moviéndose entre fronteras más difusas: la de esta niña advierte, al menos, que la observación y la verdad no son sinónimos y que en medio de ellas se filtran esas historias pequeñas cuyo propósito no es el anhelo de probar algo, sino entretejer la intensidad del testimonio íntimo con la inestable fiabilidad de la memoria y la imaginación.
Los treinta y tres relatos de Cartucho fueron publicados en 1931 para después aparecer en una versión ampliada y corregida de cincuenta y seis textos agrupados en tres secciones: en una figuran los Hombres del Norte (hombres viajando hacia su aniquilación), en otra yacen los Fusilados, el resto En el fuego. Las muertes perturban por la fuerza con la que están expresadas como por lo que late debajo de ellas. Treinta y tres relatos de difícil definición son una forma de disipar y mantener, las dos cosas a la vez, ese gesto autoral que se fija en la página cuando la escritura se abre como un espacio en el cual el sujeto que enuncia nunca termina de desaparecer. La voz de Cartucho es la de la narradora adulta y la de la narradora niña, ambas fundando un lugar. Quien escribe es Campobello, una autora que desapareció física y simbólicamente, y pienso en las descabelladas coincidencias. Treinta y tres relatos en la primera versión y cincuenta y seis en la segunda: en conjunto, un cuerpo. Atravesadas las páginas por la grafía breve y veloz, ausentes y presentes tanto la autora, la niña, como esos muertos que las dos abrazan igual a sus juguetes, todo eso me pasa por la cabeza al leer Cartucho. Y me detengo en esta acotación porque me impresiona su materialidad, su carácter de archivo erosionado que, no obstante, se convierte en un inesperado vestigio de resistencia. Un texto es siempre un cuerpo, en él importan las manchas tipográficas, sus tajaduras, sus cicatrices. De ahí que Cartucho puede leerse como un cuerpo en su conjunto pero un cuerpo hecho de fragmentos que se cosen y se descosen. Destaco además que la obra se resista a ser considerada una novela, pues en los relatos tampoco puede leerse trama alguna ni explicaciones unívocas que entreguen certidumbres tranquilizadoras de lo que en aquellos años pasó. Es en la naturaleza desmembrada del libro donde yace la imposibilidad de aprehender un mundo que fue mucho más que un lugar específico atado a un periodo histórico, y del cual sólo puede recobrarse, a través de la lectura, esa trepidación en los nervios que sufre el ojo al observar cadáveres en la intemperie; esa sacudida que viene cuando descubrimos que bajo el entramado de hechos categóricos que viraron el destino de una nación, hubo sobre todo experiencias cotidianas, vidas anónimas, el filo hiriente de la mera supervivencia, gente entregándose no tanto a ideales abstractos sino a un escenario demasiado real: lo único que tenían esos hombres y mujeres era la certeza de su muerte.
El cuerpo es político cuando el lenguaje lo emancipa, es decir, «es político porque es poético». Éste es el atributo que más me conmueve de Campobello en Cartucho. Al aproximarse la narradora a un hecho histórico desde la arista de sus propios recuerdos, ahí donde nada es estable, logra algo más complejo: se «descoloca» la noción que se tiene de lo ocurrido en ese periodo de la lucha revolucionaria, se desajusta su componente canónico al estar atravesado por una mirada periférica que, al narrar, se incorpora por derecho propio a la Historia. Vuelvo a la elección de la narradora insólita en Cartucho, para destacar que ese recurso debió ser otro gesto corporal incómodo. El triunfo revolucionario tendría que admitir, en el momento de su consolidación, un relato contaminado por la brutalidad, el olvido y las omisiones. El testimonio de Campobello viste de escritura a un puñado de cuerpos desnudos. Lo hace eligiendo a una primera persona de la cual se desprenden, a la manera de un coro, esos sujetos con nombres propios o sin ellos, pero siempre singulares: se desprende eso y lo que la escritura puede retener de quienes atrapados entre la vida y la muerte son incapaces de contar su propia versión. De ahí que en Cartucho, esa gente sea de Santiago Papasquiaro, del pueblo de Guerrero, de San Pablo de Balleza, de San Antonio del Tule, de la calle Segunda del Rayo, o de Nieves, Durango. Esto es significativo porque en la enunciación se rescata a esos espacios de su naturaleza liminal y de su consecuente erosión en la memoria macrohistórica: se observa lo que pasa en los extrarradios, desde la ventana de la casa que habita una niña en la calle Segunda del Rayo en Parral, Chihuahua, y no en los espacios hegemónicos desde donde se contó la lucha armada. De ahí que basten un par de adjetivos para que esos sujetos, desprovistos de todo, posean un nuevo estatuto y se salven del anonimato al que los confina la historia oficial, cuando ésta convierte a sus soldados en números o en mera carne de cañón, cuando la batalla pervierte el estado original de los vivos y los muertos. En el libro, a esos anónimos se les otorga nombre, identidad, un atributo a los rostros «borrados de gestos». Y entonces tienen «dos colmillos de oro», o saben «llorar el recuerdo de su mamá», o parecen «un pavorreal, con la cara muy bonita y los dedos llenos de piedras brillantes», o tienen «una pierna más corta y usan un tacón para emparejarse el paso». De ellos importa su manera de caminar, el color de su piel y su pelo, la vestimenta, el lugar de procedencia.
Quienes caen son gente con atributos y de una dignidad que no les deberá arrebatar ni siquiera el llano final (más allá de los bandos a los que pertenezcan), porque todos asumen la gravedad del mismo destino en su precaria existencia («pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado», «había hambre en su risa»). La carnicería humana es materia física y sobre todo una impresión en el ojo para esa niña: «La sangre se había helado, la junté y se la metí en la bolsa de su saco azul de borlón. Eran como cristalitos rojos que ya no se volverían hilos calientes». Cuando la niña observa un par de fusilamientos, a ella no le «salta el corazón, ni se asusta ni siente curiosidad». En vez de eso «se acerca a ellos, les cuenta los balazos, se conmueve un poquito y les dice: pobrecitos, pobrecitos». Luego ve aquella sangre: «Eran como cristalitos rojos». Esa imagen es una manera seca de decirnos que lo que hay son simples hechos, debajo de los cuales algo se desgarra silenciosamente. Lo que la niña retiene es esa demencia abiertamente inútil y sin sentido de lo real afectando su propia percepción.
Escritora y coreógrafa: dos formas de tensar las imágenes en un espacio y de fijarlas. Cartucho es como una coreografía con cadáveres en una tierra «dibujada y sola». Todo lo demás es el mismo relato oral sobre cómo la muerte, desde aquel momento hasta hoy, inundó las calles con su aroma fétido y alcalino. Todo lo demás es esa niña de Cartucho que desvía o interrumpe porque al evitar la retórica de la tragedia, entrega las sensaciones de esas muertes individuales e históricas sin la literalidad de su traspaso. La narradora de este libro derrota la narrativa donde quiera que ésta intente aparecer. Y eso que sucede allá afuera, en las calles, fuera de casa o dentro de ella cuando la muerte entra, lo registra un lenguaje esencialmente visual: sus imágenes son tan duras y plásticas que es imposible a veces entrar en ellas para interrogarlas. La de la sangre convertida en cristalitos rojos, condensa, al menos para mí, la dedicatoria del libro: «A Mamá, que me regaló cuentos verdaderos en un país donde se fabrican leyendas y donde la gente vive adormecida de dolor oyéndolas». En ese pueblo, en esa calle, en esa casa donde vive una niña (debajo de la cual se esconde Nellie, la que nació dos veces y firmó su primer libro titulado irónicamente Yo, bajo seudónimo), hubo una forma de vida donde la muerte constante debió desquiciarla a ella, a la madre y a sus habitantes. Es «la Mamá», por cierto, la figura mítica, el eje en medio de la guerra cotidiana, pero también la transmisora, quien preserva las historias a través de la oralidad. Lo demás ha seguido más o menos como Campobello lo describió (de ahí que sea significativo leerla): un pasado bárbaro que alcanzó al presente, o que es más cercano de lo que parecería a primera vista, porque ese país del que habla Campobello cuando dedica el libro es vergonzosamente idéntico al de hoy: uno en el que se siguen fabricando leyendas y donde la gente vive adormecida de dolor oyéndolas.
Su poesía es poderosa, beligerante y trágica. Llama la atención que una voz tan singular no haya recibido más divulgación y reconocimiento en la escena y el canon literario mexicano.
«Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos, me quedé vacía, a la intemperie», le dice Enriqueta Ochoa a su padre mientras yo escucho con nitidez su vehemencia y resignación. Si cierro los ojos, fácilmente me imagino que estoy en una lectura pública y que el eco subrepticio es a causa del micrófono, no porque esté oyendo en Spotify el álbum de poemas La eternidad, grabado en Ediciones Pentagrama por la autora. Se trata de una voz madura, caracterizada por un cansancio dulce y una suerte de misterio agazapado en la profundidad y la contundencia de su enunciación. ¿Qué se hace con un muerto? Inquiere con un abatimiento añejado, con un duelo que es una gota de lumbre resbalando por los años. ¿Qué hiciste tú, Enriqueta, con las ausencias concatenadas de tu padre, tu madre, tu hermana y hermano, con esa que llamaste avalancha de muerte?
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Enriqueta Ochoa escribió su primer libro a los diecinueve. Un libro que le valió la excomunión y la prohibición desde el púlpito de su norteña tierra natal. Un libro en el que se define como «la anónima, la gris, la desterrada/ para quien sólo existe por patria/ un índice de estragos y de hogueras»; en el que su sangre es una «borrasca delirante y caliente»; en el que, retadora y profana, afirma:
Si cuando niña se me hubiera dicho:«Ante Dios,afloja la rodilla y baja el rostro»,yo hubiera obedecido.Pero nadie sopló luces de mitos en mi frenteni se movió en los nervios de mis actos—aprendí de mi abuelo a levantar las cosas por mi mano—y fui sólo el bárbaro explorador sin ropasque arañando la piedra se trepaba al riscopara avistar las rutas que indicabasu brújula de astros y de olores.
Ahí empezó a cantar en descampado, «sin fronteras ni códigos caducos» sin fábulas ciegas ni «cuentos viejos», más bien con una «identidad sin límites ni ambages», forjando sus «propios cánones y salmos». La suya fue una religiosidad elegida. Un misticismo ecléctico con una sólida raíz esotérica y una espiritualidad asumida desde los cuatros elementos: tierra, aire, fuego y agua, es decir, desde su corporeidad y terrenidad más tangibles:
No rebusquen más mitos en mis labios.Soy la furia salvaje de una criaturaabandonada en el monte,sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermisni más madre que ese lamento gris de tierraque indefinidamente me derrumba y me levanta.
Las urgencias de un Dios, cuyo poema homónimo es fundacional en la poética de Ochoa, es un poemario pleno de una oscura vitalidad que desgarra. La poeta nos sumerge en atmósferas de aflicción desbordada, a un tiempo exuberantes y lúgubres, selváticas y mortuorias; en un quebranto feroz de carácter existencial que se manifiesta a través de un campo semántico erigido con cenizas y cólera, escombros y vendavales, locura y sepulcros, asfixia y soledad, luto y espanto, golpes y fiebres, cegueras e incendios, heridas y sombras, grisura y temblor. Dolor, muerte, finitud.
Hay en su poesía una incertidumbre feral, una tristeza bárbara, una violencia contenida que explota en intempestivas llamaradas que nos remiten a las jaulas y los soles, a los vasos y la sangre, al vacío y los gritos de Alejandra Pizarnik. Ejemplo de ello es «Avispero», en Los himnos del ciego:
Anoche sollozaba por un vaso de luz,toda la noche ardí de sedy amanecí vacía.
Otra noche fue el sobresalto dulce, el de la sangre;enardecida fui de la jaula al látigo,del látigo al silbidoagresivo y caliente de las venas,amanecí amargada.
«Desarráigame», en Las urgencias de un Dios:
Yo luché a tempestad de gritos en tu vientrey te dije que no, que no y que no;(…) que en mí no dispersaras el polvo de otro polvoy no hincaras más soles en el río de mis venas.
«El suicidio», en Retorno de Electra:
Pienso en la fecha de mi suicidioy creo que fue el vientre de mi madre.
Y «Carta a Jesús Arellano», en Los himnos del ciego:
Algo se rompe acá dentro, y pienso:me estoy vaciando viva.
La de Ochoa es una poesía atemporal y demoledora. En ella, toda la inmanencia e incompletud de su palabra se confrontan con su sed de divinidad, con su angustia por el ser.
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Enriqueta Ochoa nació en Torreón, Coahuila, en 1928 (apenas ocho años antes de que al sur de Buenos Aires, en Avellaneda, naciera Pizarnik). Tuvo una niñez y una instrucción temprana atípicas:
La infancia y la adolescencia fueron duras. A las cinco de la mañana nos despertaba mi padre con un silbatazo, seguido de unos pocos minutos para vestirnos con ropa de deporte, y los seis hijos estábamos esperando las órdenes siguientes: ejercicios de gimnasia, juegos de voleibol y básquetbol.²
1 «Errar entrando adentro de una música al suicidio al nacimiento», escribe Pizarnik en Sous la nuit.
Su padre, un férreo patriarca con «ojos de plomo» que tenía por oficio la relojería y la joyería, dispuso que sus hijos estudiaran en casa y que, llegada la pubertad, optasen por la religión que cada uno quisiera.
Así fue como Enriqueta, al tiempo que aprendió piano, inglés y francés, se apropió de un cuarto de tiliches y lo convirtió en la habitación propia woolfiana en la que leía y meditaba la mayor parte del día. Los libros que la nutrieron provenían de su abuelo y de una biblioteca que un tío aceptó como pago de una deuda. A los doce años recibió como regalo un ejemplar de Cumbres borrascosas y, con el tiempo, estableció diálogos con Rilke, san Juan de la Cruz, Saint-John Perse, Pound, Eliot, Miłosz y Neruda, pero también con Madame Blavatsky y Ouspenski —famosos esoteristas, ocultistas y teósofos— al igual que con Virgilio, Dante, Mann y Proust.
Luego de un arranque sedentario, la vida de Enriqueta Ochoa se tornó errante: primero viajó con su hermana a Europa, donde convivió con Rosario Castellanos, Dolores Castro, Gabriela Mistral y Vicente Aleixandre —con este último sostendría una larga conversación epistolar, sin saber que ésas y otras correspondencias con entrañables interlocutores acabarían en el fuego por orden de su madre. Después, a su regreso, el deseo de ser monja la llevó a San Luis Potosí, a casa de María del Rosario Oyarzun, donde escribió —en una sola noche y en la misma habitación donde alguna vez se hospedara Concha Urquiza— su poemario Las vírgenes terrestres; pero no sería en tierras potosinas donde habría de consolidar sus ímpetus monjiles, sino en la Ciudad de México, a donde se marcharía posteriormente a estudiar teatro y terminaría ingresando en un convento, del cual saldría por petición de su padre agonizante. Lo que siguió en su peregrinar fue la etapa de su matrimonio con François Toussaint, misma que la llevó a Francia y a Marruecos y la trajo de vuelta a México, huyendo y de forma clandestina, con su hija Marianne. Enriqueta, además, fue normalista: tras su retorno al país trabajó y estudió por las noches, a las que siempre robaba horas de sueño para su escritura. Maestra en la UNAM, en la UV, en la UAEM, en la Sogem y en el INBA, sus estaciones subsecuentes fueron Xalapa, Estado de México y la Ciudad de México, en donde falleció en 2008.
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¿Por qué una escritura tan poderosa, beligerante y trágica no ha recibido más divulgación y reconocimiento en la escena y el canon literario mexicano? Contemporánea de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y José Revueltas, su obra, finalmente editada en 2008 por el FCE en Poesía reunida, difícilmente estuvo al alcance del lector, salvo por el volumen Retorno de Electra, publicado en 1987 por la SEP en su serie de Lecturas Mexicanas, acervo casi obligado de las bibliotecas públicas y librerías de viejo de México, pero que carece de piezas indispensables para la concepción cabal de su universo poético como son Las urgencias de un dios y Asaltos a la memoria.
Asaltos a la memoria constituye, de hecho, un caso excepcional: su cercanía con la narrativa de Campobello y Rulfo, tan deliciosa como sutil, tan sorpresiva como palpable, y su punzante economía del lenguaje —hermosamente tensada en treinta y dos urnas pétreas fabricadas como pequeñas máquinas del tiempo que nos llevan a un pasado que siempre está a punto de ocurrir— lo consolidan como un libro imprescindible de la literatura mexicana. «Estamos hechos de archivos», dice Ochoa y en este ejercicio prosístico que da cuenta de sus memorias y las de sus ancestros nos ofrece un registro que va desde las épocas revolucionarias hasta las colindancias con la Segunda Guerra Mundial, pasando por las hazañas de sus ancestros familiares y sus épicas infantiles.
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Mientras más leo y hurgo en tu vida y tu poesía, más siento ganas de decirte que «alguien debería llevarte al centro de todas las galaxias», Enriqueta. Es decir, no sé si al centro de la poesía nacional con todos sus bombos, platillos y anquilosamientos o simplemente al vórtice de más y más lectores. Oigo tus elegías «Rafael del Río» y «Retorno de Electra» una y otra vez a modo de amoroso mantra y entonces, en tu voz, todo tiene esa «dimensión remota/ de una isla escondida/ en el centro mismo del devenir/ para evadir la muerte/ y ser pura vibración, puro presente».