Sólo uno mismo conoce sus falsedades. Todo aquello que nos aleja del modelo original. La mala pincelada en la boca ligeramente ladeada, los trazos asimétricos que nos dejaron una pierna más corta, una mano más grande, una ceja más gruesa que la otra. Somos reproducciones inexactas que se cotizan en el mercado como piezas pictóricas originales. Somos un cuadro de Van Gogh reproducido millones de veces en una pequeña villa china y, sin embargo, en la fisura del error reconocemos lo que nos distingue.
Pierre tiene dos dientes falsos.
Mientras espera en la sala del consultorio dental se abre el espacio propicio para la confesión que da inicio a Dafen: dientes falsos: «Me dan miedo los dentistas». Una copia exacta de Los girasoles de Van Gogh cuelga frente a él. Se pregunta si acaso ese cuadro será una treta del dentista para que sus pacientes olviden su futuro suplicio. Y ahí tenemos que el autor cae en el engaño y su pensamiento se traslada de los dientes al arte. El cuadro es una de muchas copias que hay de Los girasoles.
En Dafen, un pequeño pueblo en la provincia de Shenzhen, a 30 km de Hong Kong, alrededor de diez mil personas se dedican a reproducir anualmente cinco millones de cuadros que serán exportados a todo el mundo. Copias de pinturas de Picasso, Da Vinci, Van Gogh, llegan a los más diversos lugares.
Dafen está ahora en el consultorio dental en el que el autor espera.
La información sobre Dafen, villa de pintores en China, será repetida numerosas veces a lo largo del libro, leeremos con frecuencia: provincia de Shenzhen, a 30 km de Hong Kong, cinco millones de cuadros de Van Gogh, de Da Vinci, de Picasso. A veces en este orden, a veces en otro. En el texto, se ponen en tela de juicio las categorías de originalidad y autenticidad, tan apreciadas en la cultura occidental, a partir de la reflexión sobre la producción en masa de las copias realizadas en Dafen, así como de otras historias de célebres copistas y falsificadores. A su vez, el libro está plagado de copias de fragmentos de su propio contenido y de otros textos, de copy-paste. Es un ensayo que, para hablar de «lo original», copia, repite, replica. Como los pintores de Dafen. Es un ensayo que se duplica y se multiplica, es uno y muchos discursos a la vez. Porque estas reiteraciones son iguales, pero inevitablemente tienen variantes, como las miles de reproducciones de Los girasoles.
Cada repetición adquiere un matiz distinto, dependiendo del lugar que ocupa dentro de todo el discurso, de su disposición textual, tipológica. El copy-paste no como reiteración estéril sino como recurso de apropiación creativa. Las citas textuales de autores también adquieren un color especial al editarlas. Escribir también es editar. Editar a Benjamin para reescribirlo, a Bloch, a Cristina Rivera Garza. Dafen es un pueblo de copistas que conocemos a través de este ensayo copia. El autor es un copista que varía las obras que reescribe y las vuelve suyas. Reescribir. No estamos solos cuando escribimos. La noción de autor se desestabiliza. Existe, pero se entremezcla con otras voces. La transformación en verso de lo que antes era prosa y el encabalgamiento son nuevos dotadores de sentido, las notas del periódico se transforman en fragmentos poéticos.
Un ensayo en verso. Dentro de todo el caos que provoca pensar en un género tan heterogéneo y polimorfo como es el ensayo, al menos nos quedaba la idea de que era una expresión principalmente en prosa, pero aquí el ensayo se nos muestra en otra de sus potencialidades. Ensayar la forma de la idea. Usar todos los recursos que se tienen a mano: jugar con los espacios, los cortes; llenar, vaciar, copiar, borrar, tachar. Los versos permiten poner énfasis, separar ideas; los encabalgamientos, duplicar sentidos. Se potencia la diversidad de lecturas. El texto es tanto para leerse como para verse.
En alguna de sus páginas es posible observar un par de ilustraciones de bocas con dentaduras incompletas. Tratamos todo el tiempo de rellenar vacíos, poner prótesis donde antes había dientes, poner más letras donde la hoja blanca se vuelve amenazante, colgar más cuadros en las paredes de los consultorios. Pero a veces hay que aceptar los vacíos. Renunciar: «Abre la boca./ Y renuncia a tus dientes/ imperfectos,/ como renunciaste a tus dientes/ de leche./ Renuncia./ Y aprende que nada crecerá/ nuevamente ahí,/ sólo dientes falsos.»
Dafen es un libro que invita a la copia, a la réplica, a la reescritura, pero también al vacío y a la renuncia. Nunca estamos totalmente terminados, completamente hechos, perfectos. Renunciar a ponerle punto final a una idea, a crear una obra «original», «la obra». Aprender a comer con nuestros dientes ficticios, a reescribir lo que también otros han pensado. Hay mucho de Borges, mucho de Ulises Carrión en todo esto. Pero también mucho de Pierre Herrera, autor de Dafen y poseedor de dos dientes falsos.
Querido lector: puedes estar tranquilo. Todo va a estar bien. Te regalo este lugar común porque se avecina, no exagero, tu peor pesadilla. Éste no es un libro de aparecidos, es uno de vacíos y desapariciones. Y no, no puedo explicarlo desde la comodidad de la crítica, debo ser brutalmente honesta: esta novela me hizo mucho daño.
Había una vez un pederasta y una enana que secuestraron a una niña para abusar sistemáticamente de ella y devorar su infancia. No te preocupes, los dos están en la cárcel y la pequeña hoy duerme en la cama de su madre. Si no te suena familiar este desenlace es quizá porque en nuestro país los pederastas, los violadores y los feminicidas son cobijados por las instituciones y los huecos jurídicos. Los asesinos son los que duermen libres en las camas de sus madres; pero esa historia la dejamos para otra reseña, o en una de esas, para el periódico de la semana.
Estarás pensando que ya te conté el final de la pesadilla (no puede estar tan fuerte, me vas a decir). No, no creas que me estoy adelantando a tu lectura. Nada de lo que podamos escribir te dará tranquilidad si planeas arrojarte a las caricias del Monstruo pentápodo. Ésta no es una novela que persiga el qué, tampoco podría asegurar que se obsesione con el cómo. Es un texto único, un ejercicio profundo de empatía. Un estudio de la crueldad, el dolor y la vulnerabilidad.
Qué difícil ponerse en el lugar de las criaturas creadas por Liliana Blum. Por instantes somos Aimeé, estamos enamoradas de monstruos encubiertos porque quizá nadie más se atrevería a amarnos. Somos los padres despistados de los veintitantos chamacos que corren en el parque, somos los niños enlodados, somos las madres depresivas y aunque nos horrorice, somos Raymundo y tenemos que luchar con un deseo y una naturaleza prohibidos.
¿Qué hacemos con lo prohibido? ¿Nos condenamos a la contención o elegimos la violencia? ¿Qué harías tú? La respuesta se antoja obvia y sencilla. Y sin embargo… he charlado con muchos lectores de Liliana que me compartieron dolorosas vivencias y en algunos casos, aterradoras reflexiones.
Estoy enojada con Liliana Blum, simplemente porque es genial. Porque su prosa es única. Por su inesperada y retorcida narrativa. Porque me hizo sentir una herida tan profunda como madre, como hija, como espectadora a veces pasiva de la violencia. Porque su pluma es despiadada y cruel. Porque no estaba preparada para El monstruo pentápodo. Porque me obligó a hacerme preguntas que no quería hacerme y no tengo herramientas para describir este dolor más que compartir mi experiencia y decir que este libro me cambió para siempre.
El monstruo pentápodo, no me canso de decirlo, es una invitación a ser lector; pero sobre todo a ser actor frente a los colmillos de la realidad.
Imaginen una pequeña embarcación en medio del mar con una característica extraordinaria que es la de ser más grande por dentro de lo que es por fuera. Una nave cargada de tesoros de todos los tiempos y lugares: reliquias, bellas aves de enormes alas, cantos de gorriones, gatos complejos que viven un único y eterno día, un violonchelo con su caja-laberinto de la cual sale un sonido que simula la voz humana; personas y personajes. Adentro también hay reflexiones no sólo profundas sino necesarias: el nombre de dicho galeón no es ingenuo, bien sabemos que Satán es el embaucador que conduce a la humanidad por el mal camino, el adversario, el enemigo y el acusador. Todo lo que convive en el interior tiene forma de ensayos literarios que bien podrían ser cuentos o poemas. En esa nave capitaneada por Mariana Orantes encontraremos historias asombrosas y también algunos horrores.
Hace algunos años vi un documental sobre el genocidio camboyano, recuerdo sentirme impresionada al escuchar de voz de Pol Pot, el principal dirigente de los Jemeres Rojos, decir que la tortura y la muerte de millones de camboyanos eran necesarias, y que él solo recibía órdenes, para después detallar esa forma de tortura en la que era de suma importancia no dejar morir a los prisioneros. Recordé esto al leer «Pequeño funcionario con cartera», en el que la autora nos habla de la deshumanización en la que vivimos, y hace un llamado a la vida, a tener una conciencia propia. Con un tono que raya en lo pícaro, pero sin nunca perder la seriedad de lo dicho, brincamos como pulga de palabra en palabra, de idea en idea e imaginamos «el mal» no sin preguntarnos cómo es que llegamos ahí si estábamos en la fila de un banco, aterrados sí, por burócratas que no pueden dar salida a nuestros problemas. Las palabras burocracia, miedo, tortura y poder resaltan. Leemos: «las personas son capaces de actos crueles cuando pueden depositar la culpa en otros». Es ahí cuando el miedo entra y se instala, ya que lo siguiente es pensar en esas acciones que responden a la obediencia y que eximen de culpa a sus ejecutores, desde aquellos pequeños funcionarios que pueden o no reponerte una tarjeta de crédito, hasta esos genocidas que con un sello decidieron el destino de un sinnúmero de personas. Un «sinnúmero de personas» porque al parecer el olvido nos ha hecho repetir tragedias una y otra vez. Y es entonces cuando pensamos en el mal y en la urgencia del bien.
Hay una urgente necesidad de espíritu, nos dice Orantes, al referirse al sacrificio de la humanidad en favor de lo virtual donde parece suceder la vida, el amor, el desamor, la muerte e incluso el más allá. Hay una urgente necesidad de humanismo, de memoria para seguir buscando a los desaparecidos. Daniela Xochitl Elizarrarás Rojas es sólo un caso entre tantos de desaparecidos en nuestro país. Ella tenía seis años cuando dejó de ocupar un lugar y después de muchos años sigue sin aparecer en ese acto de continuidad. En este libro Orantes nos confronta con nuestros miedos más grandes: vivimos en un país en el que cualquiera puede desaparecer; en el que las mujeres son punto de ataque y el feminismo es un movimiento desestimado; en el que el derecho a defendernos y ser nosotros mismos está mal visto porque «gustamos normalizar la violencia en aras del bien común».
Tal es el caso de «…Y me gusta ser una zorra (Anarcoma)», el ensayo que cierra el libro de Mariana y que relata su adolescencia en una preparatoria del Estado de México. ¿En serio es normal que se culpe a la víctima de una violación por ofrecida, por su vestimenta? Es decir, que la normalidad depende de lo que establezca la mayoría como «normal».
La normalidad se ha pervertido porque lo cotidiano debería ser el canto del gorrión por la mañana, el café cargado, los gatos negándose a ser amigos o servidores, los albatros rompiendo el viento con sus enormes alas, los pericos y sus palabras, los cometas, un camino por las calles de Tlatelolco, pero en su lugar «Buscamos teorías que nos expliquen la violencia del día a día, que nos digan en qué reside el mal, cómo funciona…».
Mariana Orantes está enojada, y ¿cómo podría no estarlo? Cuando todos los días tenemos que retar a una serie de imposiciones y falso bienestar.
La pulga de Satán es una pequeña embarcación que guarda un mundo que necesita ser mejor.
La experiencia no sólo es el nombre que damos a nuestros errores, según la boutade de Wilde, ya que implica reconocer que la vida misma es una equivocación y aunque así pueda ser en algunos casos (el suicida potencial piensa que lo es), también es la fuente de vivencias que ayudan a integrar los segmentos de memoria necesarios para dar identidad al individuo.
Ahora que Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945) entrega a la imprenta Los niños están locos, una reunión de cuentos sobre la épica de crecer en tres tiempos, más que nunca se advierte su ánimo de búsqueda y de persecución de la forma. Y es que lo fácil es suponer que los individuos brotan en el mundo sin apenas explicaciones. Y entonces ejercen como madres/padres de familia, líderes políticos o religiosos o fugaces estrellas de futbol. Pero lo cierto es que hay un escenario que los vio crecer y los generó, que los aproximó a las vivencias fundamentales: el amor, los celos, el alcohol y el trabajo, vías todas de acceso al éxito o al fracaso. En esas fracciones de segundo de la vida, Manjarrez se detiene a mirar con los ojos del narrador discreto y contundente que ha sido a lo largo de su carrera.
Crecer siempre es un internamiento en lo desconocido, pero lo es más durante las etapas críticas del individuo. Es el hallazgo de nuevas cualidades y el olvido de otras que ya no habrán de utilizarse. El registro de los cuentos es realista, pero se cuelan a ratos hilos de actividad onírica en los personajes, lo que genera saltos en la narración de un punto a otro. Los sueños de la vigilia son trampolines para intentar una vida distinta y en cada relato subsiste la intención del salto al vacío.
Manjarrez, fiel a su manera de contar, logra relatos (algunos incluso próximos a ser brevísimas nouvelles) que se desgajan abriendo más y más posibilidades narrativas. La suya es una cuentística de corte clásico en la que si un personaje pide al autor que cuente su historia, éste lo hará sin importar lo que le demore. Es un libro que dinamita cualquier significación presupuesta para girar próximo a una idea que se asume vertebral, pero no lo es. Los árboles y las plantas crecen tras el rayo del sol; los seres humanos hacen lo que pueden atados a su circunstancia. Crecer, sí: ¿hacia dónde? Las posibilidades de esta confirmación de destino permiten a Manjarrez reconstruir imágenes del recuerdo. Somos lo que fuimos a pesar de la expectativa de un mañana.
De Emmanuel Carrère se dice que reinventó la literatura de no ficción; si uno está dispuesto a creerlo bastaría con leer su mejor obra, Limónov, en la que despliega todo su arsenal para construir obsesivamente, en HD, a este estrafalario poeta ruso que vivió como vagabundo mientras escribía novelas autobiográficas. Sin embargo, se tendría que leer El Reino para comprender a toda profundidad la arquitectura de la obra de Carrère. Tardó siete años en escribirlo y pensó, tal como le confesó a Wyatt Mason en el New York Times, que con esta obra culminaría una segunda época creativa y comenzaría una tercera. Hasta la fecha El Reino parece tener el efecto de una lápida más que de un cometa.
El Reino se encuentra dividido en cuatro momentos: Una crisis (París 1990-1993), Pablo (Grecia 50-58), La investigación ( Judea 58-60) y Lucas (Roma 60-90). Además, el libro es clausurado por un capítulo que lanza una flecha desde la Roma del año 90 hasta el París de 2014. La edición de Anagrama tiene 516 páginas, de modo que el volumen tiene una dimensión casi bíblica. El género de El Reino es una mezcla de ensayo informal pero erudito, autoficción y novela de viajes. El personaje central es Emmanuel Carrère; por fortuna su prosa limpia y transparente y su sentido del humor superan —por una nariz— su propio ego.
El Reino tiene dos fines ulteriores: construir una reflexión sobre la fe religiosa que condense las contradicciones del mundo en su encarnación actual, y una apología de la única fe que salvará a nuestra fallida especie: la escritura. Ambos objetivos se complementan. Al estar consciente en cada letra de que lo que escribe es una obra maestra, Carrère cuida que la transubstanciación que ha sufrido con Cristo no se torne chocante.
En la primera parte nos confiesa su efímero fervor católico (de apenas tres años) en el que, como Saulo de Tarso, se vuelve un converso-casi-fanático y pasa a ser Pablo que vuelve a ser sustituido por el antiguo perseguidor. En esta época Carrère goza de éxito profesional y creativo al mismo tiempo que es atrapado por el más profundo desasosiego. Su madrina Jaqueline, quien es una devota de María, lo comienza a guiar al camino de Cristo en el que finalmente se reconoce a través del Evangelio de Juan: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras».
Los años de conversión y pérdida de la fe son acompañados con el tras bambalinas de la biografía de Phillip K. Dick, textos de Simone Weill, el I-Ching, los paseos en los alrededores de un chalet suizo con su mejor amigo y el consuelo de haber sepultado esa fe en la cual, aunque le resulta perturbador, millones de personas siguen creyendo. Antes de embarcarse en su propia y muy singular exégesis de los orígenes del catolicismo, el autor espeta un «te abandono, Señor. Tú no me abandones».
La historia de un muerto que ha resucitado y que hace milagros parece un K. Dick vintage que ha logrado fundar una religión, la más extendida en el mundo. Para ejecutar su proeza literaria el autor se vale de los evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, los textos de los exégetas, las referencias pop y fuentes históricas de la época que reconstruyen los primeros días del fenómeno cultural más poderoso del que se tenga memoria.
La revisión minuciosa de los Hechos de los Apóstoles le permite dibujar al héroe del texto, un culto médico griego que siguió al converso Pablo y que logró tejer el relato que sería su propio evangelio, el de las escenas y pasajes universales y eternos, Lucas. A partir de dos intervenciones en primera persona de Lucas, Carrère es capaz de seguirlo, colocarlo frente a la realidad y cuando se acaban los recursos, liberarse e imaginar la ucronía perfecta. Lucas entonces se convierte en el gran escritor, el que le da sentido de trascendencia a su tarea de organizar, traducir y redactar las misiones paulinas, sus cartas y sus disputas políticas en los primeros días del movimiento. Para Carrère, Lucas se encuentra en todo momento consciente de su tarea de escritor, «dramatiza, guioniza, fabula […] Y cuando algo no le gusta, no duda en corregirlo».
En este making off del Nuevo Testamento, Carrère ha tomado como pretexto los orígenes del cristianismo para hablar del poder de la palabra, para llevar su propia buena nueva: «la palabra nos hará libres».
¿De dónde provienen la creación y la inspiración? La protagonista del presente relato encuentra su vocación tras descubrir el secreto que guarda la máquina de escribir de su madre.
Sabía que mi madre escribía por las noches; en pocas ocasiones llegó a despertarme o causarme algún tipo de molestia. Luego llegó la máquina de escribir, una Olivetti Underwood Lettera 32 en una cubierta negra con la marca impresa en letras verdes. Mi madre tenía una amplia sonrisa al llegar a casa después de comprarla. Sus ojos tenían un brillo diferente, alegría y ambición se mezclaban en ellos. La máquina era su vellocino de oro.
Lo primero que hizo fue prohibirme que la tocara y la colocó sobre el escritorio de su recámara, a la cual yo no tenía permitido entrar. En ese momento supe que si me atrevía siquiera a rozar las teclas con las yemas de los dedos, ella lo sabría de alguna forma. Mi deseo de hacer sonar la campana, recorrer la cinta entintada de un lado a otro, teclear libre, ruidosa y constantemente sin escribir algo con sentido, fue reprimido por su constante vigilancia. Traté de persuadirla con mis infantiles argumentos, diciéndole que en caso de un incendio yo podría salvar su gran tesoro, pero me contestó cortante que prefería que se carbonizara.
Los primeros días con la Olivetti en casa, mi madre tuvo un pésimo humor, la causa era que no sabía mecanografiar. El tecleo era caótico y espaciado, la escuchaba maldecir constantemente mientras me iba quedando dormida, arrullada por esa melodía desafinada que poco a poco se iba transformando en algún ensueño. Sus planes de hacer eficiente su escritura no estaban dando resultados sino todo lo contrario. Mientras que escribir a mano le rendía varias cuartillas por noche, con la máquina apenas si llegaba a dos, tal vez tres, pero mi madre tenía el orgullo blindado para las derrotas. Su actitud hacia la máquina ya no fue para nada amistosa.
El sonido de las teclas fue adquiriendo con el tiempo y la práctica un ritmo más constante. Los arrullos de aquella melodía disforme habían quedado atrás y cada vez era más difícil conciliar el sueño. Su estado de ánimo fue volviendo a la normalidad, el cual no era propiamente optimista ni alegre sino más bien tímido, sonreía en lugar de iniciar conversaciones.
Tenía el conocimiento de que se dedicaba a escribir pequeñas historias, las cuales yo nunca había leído pero que colmaba con mi propio imaginario. Ella se decía diferente a las demás madres. En realidad era igual a ellas, me ponía un suéter cuando la temperatura bajaba un par de grados, me obligaba a comer vegetales y todas las noches me besaba la frente. La única diferencia era que trabajaba de noche, decía que se concentraba mejor. Cada semana enviaba su trabajo por correo, al final de mes recibía un giro postal. Los problemas económicos eran los mismos que en los otros hogares, no éramos ni más ricas ni más pobres que los vecinos, donde el padre era obrero o la madre señora de limpieza en alguna casa de ricos.
A los seis meses de la llegada de la máquina, mi madre era una mecanógrafa casi experta. Para mí era impensable hablarle sobre mis problemas para dormir a causa de la Olivetti. Siempre estuve al tanto de su esfuerzo y sus aspiraciones, de las que me hacía cómplice. Tenía fantasías de mandarme un día a estudiar en una universidad en el extranjero, de abandonar ambas el país e irnos a Estados Unidos o Francia, donde según mi madre podría encontrar un nicho lleno de personas como ella: artistas.
Muchas tardes se entregó a este tipo de ensoñaciones mientras ponía en el tocadiscos alguno de sus álbumes, su favorito: Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane. Esperaba a que dieran las diez de la noche, llenaba un gran termo verde de café y se encerraba en su recámara con la Olivetti. Después de arreglar sus diferencias, se habían convertido en marido y mujer, y yo terminé por acostumbrarme al sonido de las teclas de mi padre sustituto.
Pasó un año y me preguntaba en qué momento se cumplirían todos aquellos sueños, cuándo llegaría mi madre a mostrarme un cheque con una cifra desorbitante y diciendo: haz las maletas, nos vamos a París. Yo seguía en la misma escuela pública con pupitres desvencijados, cristales rotos y una maestra irascible.
Con el tiempo mi madre fue bajando la guardia del cuidado de la máquina de escribir. A veces mientras ella estaba en la cocina, veía la puerta entreabierta de su cuarto y sigilosamente me acercaba para mirarla. Me asombraba que a pesar de escucharla cada noche, no la había tocado ni siquiera una vez. Una mañana mi madre se ausentó al ir a recoger el giro postal y la curiosidad por saber si había dejado la puerta abierta de la habitación me invadió. La perilla dio la vuelta completa y entre todos los papeles revueltos del escritorio y el gran termo verde vacío estaba la Olivetti Underwood Lettera 32.
Una hoja de papel seguía ahí, escrita hasta la mitad. Mi impulso inmediato no fue leerla, accidentalmente algunas palabras saltaron a mi vista: palabras obscenas, las partes privadas del cuerpo llamadas con nombres vulgares. Comencé a leer desde la primera línea hasta la última, busqué entre los papeles las faltantes, era el relato de un encuentro sexual entre dos hombres y una mujer, contado con detalles explícitos y en un lenguaje tan soez que ni siquiera el peor de mis compañeros de clase hubiera empleado con tanta soltura. El caos en que se encontraba el escritorio tomó forma. Aquí y allá había anotaciones y borradores con procacidades iguales o peores, firmados todos con el mote de La secretaria lujuriosa.
A pesar de la angustia que me provocó ese descubrimiento, traté de no dejar huella de mi estadía en la habitación durante su ausencia. Me refugié en mi cuarto y fingí estar dormida. Sin embargo no dejaba de pensar en aquellos dos hombres y esa mujer entregados a una serie de actos que a mi corta edad me parecían insólitos. Lo que más pesar me causaba era que la cabeza de mi madre estuviera repleta de tales imágenes y que el imaginario que le había adjudicado a sus trabajos nocturnos estuviera poblado de personajes controlados por sus deseos. Me sentí traicionada. Cómo era posible que todas sus aspiraciones, cultivadas en mi mente con paciencia fueran un día a cumplirse mientras ella escribía porquerías.
El sonido de la Olivetti me atormentaba más que en los primeros meses de su llegada. Ahora se asemejaba a un monstruo mecánico que me perseguía en la duermevela. Escuchando el trastabillar de las teclas pensaba que aquel alfabeto no era el mismo que yo había aprendido. Mientras que la A de mis maestros era un signo gráfico, la A de mi madre se transfiguraba en cuerpos, posiciones, órganos sexuales exhibidos como la carne en las vitrinas de las carnicerías.
Era difícil concebir a una mujer viviendo sola y más aún si era madre soltera así que la habitual duda sobre mi padre se amplió como un cráter en mi cabeza. La información que había recibido sobre él era nula, las palabras si no está aquí, ¿de qué te sirve saber dónde? eran las únicas que recibía de su parte. Sin embargo, ella había inventado una historia en la que se daba el título de viuda a causa de un accidente trágico y me explicó que con esto se ahorraba la molestia de un enjambre de buenos samaritanos prometiendo hacerse cargo de ambas. De esta forma mi madre fingía un luto perpetuo pero después del encuentro con la máquina puse en tela de juicio su decencia. Nacieron inquietudes, escenarios diferentes, fantasías terribles en las que mi concepción era resultado de comportamientos desenfrenados que reflejaba en sus relatos nocturnos. Al mirarla, con sus habituales ojeras, veía a otra persona.
Apenas descuidaba su vigilancia, entraba de nuevo a la habitación para encontrarme con nuevos textos que me hacían perder el color pero que no dejaba de leer. En cada uno se narraban situaciones diferentes, pero la línea conductora que los unía era el hambre sexual del personaje femenino, La secretaria lujuriosa, que exponía los detalles de sus aventuras eróticas. De esta forma recibía una educación sexual minuciosa pero involuntaria, en la que los protagonistas eran hombres con grandes miembros, mujeres de atributos físicos exacerbados y una secretaria que siempre quería más.
A cambio, mi madre no resentía la indiferencia y el desprecio que yo procuraba asestarle a diario. Sus ocupaciones seguían el ritmo usual. Escribía de noche, enviaba sus documentos por correo y recibía giros postales puntualmente. Una tarde, mientras comíamos, comenzó la acostumbrada charla sobre sus proyecciones a futuro. Hablaba para sí misma. El enojo que había reprimido por meses no se hizo esperar y a diferencia de días pasados en que rehuía a sus conversaciones, la enfrenté.
—¿Cómo vas a lograr todo lo que dices escribiendo porquerías? —le dije con la mirada furiosa. Ella me miró con sorpresa, abriendo mucho sus pequeños ojos detrás de los cristales de los lentes—. ¡Las personas que te leen deben ser unos depravados, igual que tú! ¡Eres la secretaria, pero del diablo! —. Y después de mi afirmación infantil, rompí en llanto.
Mi madre se soltó a carcajadas al escuchar esto último y, con una indignación todavía mayor, me levanté de la mesa.
Pasaron semanas para que volviera a dirigirle la palabra, mientras ella reforzaba la defensa de la Olivetti. La única explicación que recibí fue que se trataba de un buen trabajo y no hice más preguntas. Con el tiempo, tanto mi paz mental como nuestro trato volvieron a la normalidad aunque la máquina de escribir se vio forzada a trabajar turnos más largos. Mi madre continuaba escribiendo por la noche sin falta pero comenzaba un par de horas antes. Compró un termo nuevo que también llenaba al tope y que al día siguiente estaba tan vacío como el verde. Dejó también de relatarme sus proyectos y se limitaba a conversaciones sobre asuntos cotidianos.
Dos años después cesó el tecleo por un par de semanas. La revista para caballeros a la que mi madre enviaba su trabajo se fue a la quiebra, así que decidió darse un descanso de la escritura nocturna y encontró trabajo por la tarde dando clases de primaria a adultos, y aunque el pago era menor, irónicamente nos las arreglamos.
Un día, al regresar de la secundaria, la encontré llorando en el sillón, escuchando «White rabbit» de Jefferson Airplane, con el volumen más alto que podía dar el viejo tocadiscos. Entre los dedos sostenía una carta. Mi madre no era una mujer propensa al llanto pero la noticia sobre la publicación de su novela la conmovió. La editorial Publicaciones Toro era pequeña, independiente y totalmente desconocida, pero bastó para sentirnos en el camino hacia la realización de los sueños que a esas alturas compartíamos.
Apenas estuvo listo, el editor envió uno de los ejemplares de un tiraje de doscientos. En letras negras, grandes y cursivas se leía La secretaria de Satanás, abajo estaba el dibujo de una máquina de escribir enorme y una mujer exuberante sobre ella a gatas, vestida con un traje sastre reducido a traje de baño de dos piezas. De la máquina de escribir salía una hoja con el contorno de un falo en ella y en el lomo se agregaba el seudónimo de la autora La secretaria lujuriosa. El material era de baja calidad, las tapas del libro eran apenas más gruesas que las hojas, casi se transparentaban.
El dinero de la novela no nos hizo llegar a Francia pero pagó algunas deudas y necesidades de primera mano. Mi madre logró hacerse además de una Olivetti Lettera 36 eléctrica y la vieja máquina pasó a mi habitación. Y a pesar de que el tiempo había limado las asperezas, un sentimiento de zozobra me impedía tocarla. Por varias semanas la Olivetti estuvo empolvándose sobre el buró con una cinta entintada bicolor nueva.
Finalmente, mi madre amenazó con regalarla a quien sí le sacara provecho. Sentí temor de perderla, ya era mía después de todo, así que esa misma tarde coloqué una hoja en el rodillo. Primero presioné la A, luego la L y después sólo me dejé llevar por el impulso, dejando caer mis dedos frenéticamente sobre las letras hasta que sonó la campanilla. Tomé la palanca e inicié de nuevo.
La vida y obra de Alessa Flores, en voz de ella misma1
Mediante una mezcla de crónica y ensayo, Carmen Amat retrata el pensamiento y la lucha de una activista que quiso cambiar los estereotipos en torno al trabajo sexual y a la condición transexual. Su historia refleja con crudeza la realidad de una batalla que está lejos de ganarse.
Estamos en un mundo nuevo. Este mundo no es ni de feas ni de bonitas, es de listas y de pendejas. Es de la que más perra se pone a pensar, de la que salta, de la que lucha por su causa. Mi causa es ésta: demostrarle a todos ustedes, amigos, que tal y cual como eres, la gente te tiene que amar. Alessa Flores
YO NO QUIERO SER UN MACHO: 2015 Y ANTES
Espero no tener que estar en este cartel nunca —dice, mirando directamente a la lente, mientras con la mano derecha señala una de las cartulinas que descansan sobre el altar de flores añejas. Llevan los nombres de mujeres fallecidas. Les ha montado una ofrenda, una muestra de aprecio. Es día de muertos y ella cumple con el rito para las trabajadoras sexuales de Tlalpan desaparecidas, a las que todos ignoran.
Parece alegre de colaborar con la cámara, como en todos los videos que filmó, pero a ratos se perturba por lo que expresa de forma espontánea, como sin darse cuenta.
—Espero no tener que estar en este cartel nunca. Bueno, que es imposible porque no soy inmortal. Pero espero no terminar aquí y terminar en otro lado. —Con la mano derecha recoge un mechón de la extensión de cabello azul que resbala por su frente y cubre su escote. Está incómoda.
Imagínense cuántos nombres son. Aproximadamente veinticuatro, veintiséis nombres sólo aquí, en el área entre San Antonio Abad y Chabacano. Cada metro hace sus altares. Ahora imagínense cuántas chicas juntaríamos con un magno altar cada año. Duele saber que muchas de estas chicas ni siquiera pudieron regresar a sus casas. Vinieron de otros lados de la República a trabajar aquí y aquí acabó su vida, aquí acabó todo.
En una medianoche de octubre y a media Calzada de Tlalpan, la mujer hablando a la cámara viste minifalda, tacones altos y una camiseta ligera con una leyenda de los Arctic Monkeys. Es la trabajadora sexual transexual y activista social, Alessa Méndez Flores, que poco antes de filmar el video de la ofrenda, fue invitada a dar una charla en la UNAM.
En la grabación casera que alguien hizo del foro universitario, se puede ver cómo sonríe de orgullo. No puede evitarlo: las académicas de currículum extenso que la acompañan en la mesa se quedan calladas cuando ella agarra el micrófono. Todas se muestran interesadas en lo que tiene que decir a los universitarios una transexual sin estudios sobre su experiencia de vida como trabajadora sexual y como activista.
En el video de la ofrenda del día de muertos, en cambio, su sonrisa es más bien controlada. Alessa quiere ser amable con su público, pero también quiere ser precisa. Quiere que entiendan.
Nació el 20 de mayo de 1988, en Frontera, Tabasco, con las características biológicas de un varón. Sus padres la nombraron Alan Jesús Méndez Flores, y esa decisión ajena se materializó en un cerco físico —aun si éste no era visible para los demás. La identidad se impone. El individuo debe portarla al cuello, sobre el rostro, en el cuerpo, y aún en el timbre de voz. La mayor parte de su existencia se limitó a llenar el espacio que dispusieron para otra persona: Alan Jesús. Faltaba, por supuesto, espacio para ella, Alessa. Un error ajeno al respecto de quién debe ser uno, y, más importante aún, quién no, y el marco queda bien delimitado. De aquí a acá, tus posibilidades; el campo de acción de lo que puedes decir, hacer o pensar perfectamente restringido. Que nadie se confunda.
Algo parecido a vivir en una casa con el cerrojo puesto y que sea alguien más quien tenga las llaves.
Sólo que no es una casa. No se puede suprimir ni suplantar por un espacio más cómodo. No es posible quebrar un vidrio y escapar del cuerpo propio. Nadie esquiva la expectativa ajena. A Alessa la encerraron, y por dieciocho años su cuerpo le perteneció a los otros, porque, aun cuando su propiedad era atribuida a la persona de Alan Jesús, Alessa no se reconocía; no era, en definitiva, su cuerpo.
No quería ser un hombre. Me molestaba ser un hombre, verme en el espejo. Me sentía mal conmigo misma. A veces entre la adolescencia y la juventud no podemos hacer la transición. Y nos seguimos viendo en el espejo pero sabemos que no somos nosotros. Sabemos que nosotros somos otras personas.
Witold Gombrowicz, el escritor polaco que al decidirse a radicar en Argentina minó sus posibilidades de ser reconocido en su propio idioma, publicó una especie de novela de iniciación, bastante disparatada, medio siglo antes del nacimiento de Alessa, acerca de este mismo problema.
Quizá ella habría disfrutado el argumento de Ferdydurke: a un hombre de treinta años lo devuelven a la educación básica; todos a su alrededor concuerdan en que el sitio indicado para Pepillo es el del pupitre, y aunque Pepillo sabe muy bien que él es un hombre maduro y no un niño, no encuentra cómo salir del enredo en el que lo meten las expectativas ajenas sobre su vida privada.
Mucho más que una novela rebelde, Ferdydurke es una parodia reveladora de los usos y costumbres de la convivencia humana llevados a sus últimas consecuencias, donde se muestra a ratos el revés ingenuo, ridículo, y en cierta medida patético, de nuestras creencias sobre la identidad.
Pienso que leer esa novela habría hecho reír en voz alta a Alessa, porque no hay mejor ejemplo de un mundo idiota en el que los sujetos (aun si no son transexuales) comparten sus condiciones de vida: los personajes ahí también sucumben bajo el peso de la mirada del otro. Pero a diferencia de lo que sucedió con ella, aquellos sí bajan la cabeza. Obedecen. Firman el contrato sólo por no ser la decepción de las expectativas de los demás. A medida que confirman ser lo que se espera de ellos, no obstante, son cada vez más débiles y patéticos: se vuelven decepciones de sí mismos.
El caso de Alessa y el de Gombrowicz son idénticos, aunque no sean iguales: son esfuerzos por subrayar el hecho de que ni la identidad personal nos pertenece.
La modernidad prometió a los sujetos la libertad de sí mismos. Pero ¿qué saben las promesas del arrastre cotidiano? La costumbre obliga a que la identidad sea decisión de quienes rodean y tienen poder en la jerarquía y álgebra de la vida. Ninguno decide ni aún lo más básico: recibimos el nombre propio antes de ser capaces siquiera de pronunciarlo.
Son excepciones de la regla los casos en que, como Alessa o Gombrowicz, el sujeto rebosa los límites, hace explotar sus confines, empuja sus fronteras personales unos milímetros; halla sus nudos identitarios, los deshace, y los vuelve a amarrara voluntad propia. Si nadie puede en realidad deshacerse de ella, estos sujetos al menos deciden cómo se anuda la soga que llevan atada al cuello. Y saben cómo destensarla en caso de asfixia existencial.
Para respirar mejor, Alessa eligió el silencio, la quietud de las partículas, la soledad de las galaxias. La senda amurallada y con frecuencia corta del que camina haciendo caso omiso a las expectativas ajenas:
Yo soy de Tabasco. Cuando mi familia se enteró que yo era una chica transexual, optó por llevarme a un lugar en donde la heteronormatividad es lo que rige: el norte del país. Los norteños son como: «pues aquí te vas a hacer hombre porque naciste hombre y a pesar de que tú te sientas la más mujer del mundo, tú eres hombre».
—Ya no quería ser un macho —dice Alessa a los universitarios. Mira al vacío. Se negó las comodidades que habrían llegado solas, de haberse conformado con el papel que le asignaban— Sí, tienes casa, tienes coche, tienes todo, pero si eres un hombre. Si eres mujer, ni te aparezcas por aquí.
OK, NO SIRVES
—Siempre hizo lo que quiso —declararía una tía suya con algo de zozobra a un reportero que la cuestionaba sobre la vida anterior de su sobrina. El aislamiento involuntario de Alessa durante su envío al norte del país no habría de impedirle vivir su nueva identidad bajo sus propias reglas.
Porque esos primeros años vivió aislada. Tuvo un episodio de consumo de drogas que terminó en una sobredosis de la que por milagro se salvó. Además de no desarrollar amistades fácilmente, y de cortar con los nexos familiares, Alessa no encontró un empleo en el que pudiera desenvolverse. Vivía de prejuicio en prejuicio. No tuvo opciones:
Fue difícil pertenecer o durar, o pedir un mejor puesto. Dejé de trabajar y conocí a ciertas chicas que se dedicaban a esto y ellas me fueron incluyendo en este mundo. Porque desafortunadamente la ideología de la gente es cerrada y no te da la oportunidad de demostrar tus capacidades; aunque nosotros sepamos que tenemos muchas capacidades, no te da la oportunidad. Creo que no sólo pasa con las chicas transexuales, creo que le sucede a toda la diversidad.
Pero faltaba más, porque aun si estaba segura entre otras transexuales, Alessa intuía que se reproducían las mismas dinámicas de su infancia y joven adultez:
Si eres transexual ya te discriminan. Pero, si eres transexual y trabajadora sexual, te discriminan más. Es como: «ok, no sirves». Hasta entre las propias chicas trans: «si yo tengo mejor empleo que tú, lo siento, tú eres prostituta y no entras en mi élite».
SÍ, YO VENDO MI CUERPO; PERO MI INTELIGENCIA NO; ÉSA TE LA REGALO
Quizá fue la réplica de marginación entre los integrantes de la comunidad LGBTTTI+, o la falta de espacio de su infancia y joven adultez lo que hizo intuir a Alessa la importancia de ganarse un sitio, y ampliarlo bajo la premisa de que debe ser habitado en conjunto. Asumió que las condiciones de la vida precaria debían de ser cambiadas por mano propia. Y pensaba que los recursos para hacerlo son tan vastos como la voluntad del dueño.
Una vez hecha trabajadora sexual y ya bien instalada en el centro del país, Alessa formó redes de apoyo. A su llegada a la Ciudad de México comenzó a vincularse con organizaciones y colectivos que trabajaban en contra de la discriminación y a favor de los derechos humanos. Y cuando cayó en cuenta de la marginalidad en que viven los sujetos transexuales que además se dedican al sexoservicio, decidió volverse activista.
Lo primero que hizo fue un canal de YouTube, al que tituló «Memorias de una puta». Con la audiencia que generó, Alessa obtuvo cada vez más contactos y espacios, pero sobre todo, generó vínculos. Después vino el ofrecimiento de participar en un programa de radio, del que estaba orgullosa: «Heteroflexibles».2 Y también se sumó a otras luchas, aunque no perdió de vista sus objetivos. Lo que quería era formar lazos.
Comenzó siendo crítica con lo que observaba. En sus primeros videos quiere desmentir mitos sobre el mundo transexual y sobre la prostitución, a base de experiencias propias y de lecturas ocasionales, aunque atentas. También quiere destruir cierto campo semántico que rodea y circunda aquello que significa «ser mujer». Lo que es notorio es que ésta es una etapa en la que estudia los discursos de otros y que no tiene reparo en contestar. No tolera quedarse callada frente a prejuicios; ni siquiera frente a los de su pareja. Incluso si significa perder público, Alessa no duda en responder:
Ser una trabajadora sexual no es fácil. El hecho de que yo haga videos de esta índole no quiere decir que sea un tutorial como, hola, estoy haciendo el tutorial de hoy para que tú puteés y vendas las nalgas, y puedas tener dinero, amiga. Y también estoy haciendo un tutorial para que yo sea una madrota y las venda. Obvio no. Yo no quiero que nadie más se venda. Y no es envidia ni egoísmo ni nada. Simple y sencillamente, chicas, hay muchas opciones. El trabajo sexual no es malo, pero tampoco debe ser lo único.
Quiso cambiar los clichés que intuía en torno al trabajo sexual y frente a la condición transexual. Hay videos de Alessa confrontando a recepcionistas de hoteles, argumentando discriminación cuando le impiden el ingreso. Hay grabaciones de Alessa conversando con estudiantes de la Universidad Iberoamericana sobre mitos acerca de lo transexual y los derechos humanos, o increpando directamente a los entrevistadores sobre su papel como activistas heterosexuales en la lucha del colectivo LGBTTTI+.
Éstos últimos son especialmente interesantes: son la metacrítica del sujeto que contesta incluso a quienes se afanan en ayudarlo; la voz que se hace escuchar porque sabe que el precio de la defensa ajena de una causa propia es el de ser usurpada del espacio político y la toma de decisiones. En una palabra, un rechazo honesto y amable a ser infantilizado por la protección de otro: «O sea, está padre y se los agradecemos a todos, pero creo que nosotras somos las que debemos tomar cartas en el asunto».
Y también hay videos de Alessa alegre y segura, contestando burlas personales que hicieron usuarios de las redes: «Sí, está bien, yo sé que ustedes dicen, ay, no, esta puta qué puede andar diciendo… Sí, es verdad, yo vendo mi cuerpo. Pero mi inteligencia no; ésa te la regalo. Aprende algo: humildad».
Quizá los de mayor fuerza sean los videos de Alessa criticando el estándar imposible de perfección femenina que observa en otras transexuales. Quiere dignidad. En vez de hacer tutoriales sobre cómo colocarse pestañas o extensiones, cómo inyectarse aceite para moldear la cadera, Alessa hace videoblogs para no sucumbir al deseo de ser la mujer más bella, a costa de correr riesgos de salud innecesarios. En ellos imposta la voz y luego ríe para quitarse las extensiones y las pestañas frente a la cámara:
¿Qué pasaría si enseñáramos a la gente que no es la estética lo que hace a una mujer? O sea, una mujer no es más mujer porque es más bonita o menos mujer porque no lo es tanto. Una mujer se mide por la capacidad que tiene en su mente y por lo que es dentro. Constrúyanse desde su psique, porque eso es lo que va a ser que sean mujeres empoderadas, perronas, y no cualquier persona las va a venir a hacer menos. (Imposta la voz) Ciao, bye, chicas (manda beso a la cámara y ríe).
Lo que impresiona más, en definitiva, del personaje que construyó de sí misma, es la fuerza que ganan sus argumentos con el buen humor con que hace frente a lo que le enoja o perjudica. Buscaba la manera de restar a la realidad el peso inútil de lo negativo:
Amigos, no griten «¡Viva México!» porque realmente México no está tan vivo: está de la chingada. Y, pues, ya saben: si llego a desaparecer forzadamente… pues estamos en México, las desapariciones forzadas suceden.
SEÑORA POLITÓLOGA, ME DISCULPA USTED Y TODOS SUS TÍTULOS, PERO SOY UNA MUJER
El mejor ejemplo de esta crítica de buen humor desarrollada intuitivamente es la grabación en la que Alessa increpa a su novio para en realidad responderle a otra transexual.
La pareja acaba de regresar a casa. Antes, asistieron a un evento organizado por el gobierno de la Ciudad de México; un programa para celebrar la transexualidad. Pero a Alessa y a su novio al inicio no los habían dejado pasar al recinto donde se llevaba cabo, y uno de los guardias, incluso, en vez de referirse a ella como «señorita», la llamó «amigo», argumentando que «no tiene por qué saber qué cosa es ella». Alessa no contesta en ese momento, pero cuando llega a casa graba con el celular un video y lo sube a sus redes esa misma noche.
Pese al mal trato que le dieron, su verdadera irritación no es de carácter íntimo, sino político. Tiene que ver con lo dicho por los invitados; en concreto, sobre las diferencias entre ser una mujer transexual y ser una mujer cisgénero.
Desnuda sobre la cama y con su novio recostado al lado, Alessa le pregunta a quemarropa si la considera o no mujer, aun si no tiene glándulas mamarias o matriz, y tiene en cambio un pene. El novio no se sorprende con la espontaneidad de la chica y responde que sí, que él la considera una mujer completa, y Alessa entonces aprovecha para increpar a otra transexual, invitada oficialmente al evento por el gobierno capitalino:
Eres un orgullo mexicano, lo sé, pero ¿tenías que quedarte callada, comadre? ¿Neta? ¿No tenías que alzar la voz? Yo creo que nosotras nos construimos también, así como las mujeres [cisgénero] se van construyendo, como dice esa señora. Nos construimos. Nos construimos ante una sociedad que no es recíproca, que discrimina, que hace misoginia y transfobia. Decían que la misoginia y la transfobia no son lo mismo. Para mí son exactamente lo mismo. Porque cuando hablamos de crímenes de odio y de muertes trans, estamos hablando de mujeres que mueren. De. Mujeres. Que. Mueren. Y para las personas que no lo saben es difícil darse cuenta, y al contrario de aclararla, la confundimos más. Merecíamos que nos defendieras de esa señora. Aunque fuera tu invitada. Debemos de defender nuestros ideales, nuestro género. También hay chicas que son mujeres, y se identifican y aman su cuerpo, siendo mujeres con pene. Mujeres sin implantes. Sin un culazo, con cabello corto. Mujeres en su totalidad aunque no tengan matriz. No necesitas una matriz ni procrear. Porque lo que nos hace mujeres es lo que tenemos aquí [señala la sien]; todo lo que la gente quería estudiar y por lo que quería mandarnos con psiquiatras. Creo que no nos están mandando con psiquiatras pero nos están menospreciando. Hay mujeres con pene y hay hombres con vulva y eso está bien.
RECUERDEN QUE AQUÍ HASTA LA MÁS CHIMUELA MASCA BIEN
Una paradoja en la que pensar: entre la vida peligrosa y breve que suponen por igual el sexoservicio transexual y el activismo social en México, y la vida material cómoda de la estoica aceptación de lo impuesto, Alessa elige la primera opción. Es paradójico si se observa su vida entera, porque ella sabía bien que elegir la segunda opción no hubiera sido sólo fácil sino, además, una forma de preservar su vida. Y sabía también que la suya era la decisión de mayor peligro: «Ya seas trabajadora sexual o no lo seas, las transexuales no llegamos ni a los treinta. Nuestra posibilidad es ésa, simplemente, porque nos jodemos la vida desde bien chiquitas».
Tenía planes para su vida a futuro que no involucraban morir joven, pese a todos los indicadores en su contra. Quiso hacer activismo y no sólo para los sujetos transexuales. Le interesaba contribuir a cambiar la situación de aquél que viviese en condiciones insoportables. En otro de sus videos habla del bienestar animal, las personas en situación de calle y los huérfanos. Además de luchar por la dignidad de un empleo sexual bien remunerado y seguro, Alessa quería realizar estudios universitarios, como refiere en la conferencia de la UNAM. Y también manifestó deseos de convertirse en ama de casa y en madre.
QUE SE REEDUQUE LA GENTE QUE YA ESTÁ EDUCADA
En la habitación #135 del hotel Caleta, ubicado en la colonia Obrera, cerca de la calzada de Tlalpan, en el área exacta que va de la estación de metro San Antonio Abad a la estación Chabacano, cerca de donde habría colocado otro altar este año, Alessa Méndez Flores fue asesinada. Tenía 28 años cumplidos. Ingresó al hotel en la madrugada, acompañada de un hombre, pero ella nunca salió. Su cuerpo fue encontrado cerca del mediodía del jueves 13 de octubre de 2016, semidesnudo, envuelto en una sábana blanca. Presentaba marcas de estrangulamiento.
Y espero que estén al pendiente de esto porque yo un día voy a ser otra cosa y ya no voy a ser puta. O quizá sea puta y sea otra cosa, e intercale las dos cosas. Y pues… nada más, era el consejo que les quería dar: no se dejen de nadie, y traten de hacer las cosas que quieren hacer. Y ni modo ¿no?
1N. de la A. Todas las citas de este documento son testimonios de Alessa Flores, disponibles en YouTube. También el título de sus apartados. Algunos extractos sufrieron modificaciones con el fin de armonizar con el tono de este escrito. Debido a la extensión original del ensayo, la versión que aparece aquí es una reducción respetuosa del mismo.
2El título hace referencia a una orientación sexual liminal, que Alessa equiparaba, por ejemplo, con la orientación del hombre heterosexual, capaz de enamorarse de una mujer transgénero (que conserva el aparato reproductor masculino). Ese hombre es heteroflexible, de acuerdo con la experiencia y opinión de Alessa.