Tierra Adentro

Ilustraciones: Raquel Moreno

 

¿De dónde provienen la creación y la inspiración? La protagonista del presente relato encuentra su vocación tras descubrir el secreto que guarda la máquina de escribir de su madre.

 

Sabía que mi madre escribía por las noches; en pocas ocasiones llegó a despertarme o causarme algún tipo de molestia. Luego llegó la máquina de escribir, una Olivetti Underwood Lettera 32 en una cubierta negra con la marca impresa en letras verdes. Mi madre tenía una amplia sonrisa al llegar a casa después de comprarla. Sus ojos tenían un brillo diferente, alegría y ambición se mezclaban en ellos. La máquina era su vellocino de oro.

Lo primero que hizo fue prohibirme que la tocara y la colocó sobre el escritorio de su recámara, a la cual yo no tenía permitido entrar. En ese momento supe que si me atrevía siquiera a rozar las teclas con las yemas de los dedos, ella lo sabría de alguna forma. Mi deseo de hacer sonar la campana, recorrer la cinta entintada de un lado a otro, teclear libre, ruidosa y constantemente sin escribir algo con sentido, fue reprimido por su constante vigilancia. Traté de persuadirla con mis infantiles argumentos, diciéndole que en caso de un incendio yo podría salvar su gran tesoro, pero me contestó cortante que prefería que se carbonizara.

Los primeros días con la Olivetti en casa, mi madre tuvo un pésimo humor, la causa era que no sabía mecanografiar. El tecleo era caótico y espaciado, la escuchaba maldecir constantemente mientras me iba quedando dormida, arrullada por esa melodía desafinada que poco a poco se iba transformando en algún ensueño. Sus planes de hacer eficiente su escritura no estaban dando resultados sino todo lo contrario. Mientras que escribir a mano le rendía varias cuartillas por noche, con la máquina apenas si llegaba a dos, tal vez tres, pero mi madre tenía el orgullo blindado para las derrotas. Su actitud hacia la máquina ya no fue para nada amistosa.

El sonido de las teclas fue adquiriendo con el tiempo y la práctica un ritmo más constante. Los arrullos de aquella melodía disforme habían quedado atrás y cada vez era más difícil conciliar el sueño. Su estado de ánimo fue volviendo a la normalidad, el cual no era propiamente optimista ni alegre sino más bien tímido, sonreía en lugar de iniciar conversaciones.

Tenía el conocimiento de que se dedicaba a escribir pequeñas historias, las cuales yo nunca había leído pero que colmaba con mi propio imaginario. Ella se decía diferente a las demás madres. En realidad era igual a ellas, me ponía un suéter cuando la temperatura bajaba un par de grados, me obligaba a comer vegetales y todas las noches me besaba la frente. La única diferencia era que trabajaba de noche, decía que se concentraba mejor. Cada semana enviaba su trabajo por correo, al final de mes recibía un giro postal. Los problemas económicos eran los mismos que en los otros hogares, no éramos ni más ricas ni más pobres que los vecinos, donde el padre era obrero o la madre señora de limpieza en alguna casa de ricos.

A los seis meses de la llegada de la máquina, mi madre era una mecanógrafa casi experta. Para mí era impensable hablarle sobre mis problemas para dormir a causa de la Olivetti. Siempre estuve al tanto de su esfuerzo y sus aspiraciones, de las que me hacía cómplice. Tenía fantasías de mandarme un día a estudiar en una universidad en el extranjero, de abandonar ambas el país e irnos a Estados Unidos o Francia, donde según mi madre podría encontrar un nicho lleno de personas como ella: artistas.

Muchas tardes se entregó a este tipo de ensoñaciones mientras ponía en el tocadiscos alguno de sus álbumes, su favorito: Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane. Esperaba a que dieran las diez de la noche, llenaba un gran termo verde de café y se encerraba en su recámara con la Olivetti. Después de arreglar sus diferencias, se habían convertido en marido y mujer, y yo terminé por acostumbrarme al sonido de las teclas de mi padre sustituto.

Pasó un año y me preguntaba en qué momento se cumplirían todos aquellos sueños, cuándo llegaría mi madre a mostrarme un cheque con una cifra desorbitante y diciendo: haz las maletas, nos vamos a París. Yo seguía en la misma escuela pública con pupitres desvencijados, cristales rotos y una maestra irascible.

Con el tiempo mi madre fue bajando la guardia del cuidado de la máquina de escribir. A veces mientras ella estaba en la cocina, veía la puerta entreabierta de su cuarto y sigilosamente me acercaba para mirarla. Me asombraba que a pesar de escucharla cada noche, no la había tocado ni siquiera una vez. Una mañana mi madre se ausentó al ir a recoger el giro postal y la curiosidad por saber si había dejado la puerta abierta de la habitación me invadió. La perilla dio la vuelta completa y entre todos los papeles revueltos del escritorio y el gran termo verde vacío estaba la Olivetti Underwood Lettera 32.

Una hoja de papel seguía ahí, escrita hasta la mitad. Mi impulso inmediato no fue leerla, accidentalmente algunas palabras saltaron a mi vista: palabras obscenas, las partes privadas del cuerpo llamadas con nombres vulgares. Comencé a leer desde la primera línea hasta la última, busqué entre los papeles las faltantes, era el relato de un encuentro sexual entre dos hombres y una mujer, contado con detalles explícitos y en un lenguaje tan soez que ni siquiera el peor de mis compañeros de clase hubiera empleado con tanta soltura. El caos en que se encontraba el escritorio tomó forma. Aquí y allá había anotaciones y borradores con procacidades iguales o peores, firmados todos con el mote de La secretaria lujuriosa.

A pesar de la angustia que me provocó ese descubrimiento, traté de no dejar huella de mi estadía en la habitación durante su ausencia. Me refugié en mi cuarto y fingí estar dormida. Sin embargo no dejaba de pensar en aquellos dos hombres y esa mujer entregados a una serie de actos que a mi corta edad me parecían insólitos. Lo que más pesar me causaba era que la cabeza de mi madre estuviera repleta de tales imágenes y que el imaginario que le había adjudicado a sus trabajos nocturnos estuviera poblado de personajes controlados por sus deseos. Me sentí traicionada. Cómo era posible que todas sus aspiraciones, cultivadas en mi mente con paciencia fueran un día a cumplirse mientras ella escribía porquerías.

El sonido de la Olivetti me atormentaba más que en los primeros meses de su llegada. Ahora se asemejaba a un monstruo mecánico que me perseguía en la duermevela. Escuchando el trastabillar de las teclas pensaba que aquel alfabeto no era el mismo que yo había aprendido. Mientras que la A de mis maestros era un signo gráfico, la A de mi madre se transfiguraba en cuerpos, posiciones, órganos sexuales exhibidos como la carne en las vitrinas de las carnicerías.

Era difícil concebir a una mujer viviendo sola y más aún si era madre soltera así que la habitual duda sobre mi padre se amplió como un cráter en mi cabeza. La información que había recibido sobre él era nula, las palabras si no está aquí, ¿de qué te sirve saber dónde? eran las únicas que recibía de su parte. Sin embargo, ella había inventado una historia en la que se daba el título de viuda a causa de un accidente trágico y me explicó que con esto se ahorraba la molestia de un enjambre de buenos samaritanos prometiendo hacerse cargo de ambas. De esta forma mi madre fingía un luto perpetuo pero después del encuentro con la máquina puse en tela de juicio su decencia. Nacieron inquietudes, escenarios diferentes, fantasías terribles en las que mi concepción era resultado de comportamientos desenfrenados que reflejaba en sus relatos nocturnos. Al mirarla, con sus habituales ojeras, veía a otra persona.

Apenas descuidaba su vigilancia, entraba de nuevo a la habitación para encontrarme con nuevos textos que me hacían perder el color pero que no dejaba de leer. En cada uno se narraban situaciones diferentes, pero la línea conductora que los unía era el hambre sexual del personaje femenino, La secretaria lujuriosa, que exponía los detalles de sus aventuras eróticas. De esta forma recibía una educación sexual minuciosa pero involuntaria, en la que los protagonistas eran hombres con grandes miembros, mujeres de atributos físicos exacerbados y una secretaria que siempre quería más.

A cambio, mi madre no resentía la indiferencia y el desprecio que yo procuraba asestarle a diario. Sus ocupaciones seguían el ritmo usual. Escribía de noche, enviaba sus documentos por correo y recibía giros postales puntualmente. Una tarde, mientras comíamos, comenzó la acostumbrada charla sobre sus proyecciones a futuro. Hablaba para sí misma. El enojo que había reprimido por meses no se hizo esperar y a diferencia de días pasados en que rehuía a sus conversaciones, la enfrenté.

—¿Cómo vas a lograr todo lo que dices escribiendo porquerías? —le dije con la mirada furiosa. Ella me miró con sorpresa, abriendo mucho sus pequeños ojos detrás de los cristales de los lentes—. ¡Las personas que te leen deben ser unos depravados, igual que tú! ¡Eres la secretaria, pero del diablo! —. Y después de mi afirmación infantil, rompí en llanto.

Mi madre se soltó a carcajadas al escuchar esto último y, con una indignación todavía mayor, me levanté de la mesa.

Pasaron semanas para que volviera a dirigirle la palabra, mientras ella reforzaba la defensa de la Olivetti. La única explicación que recibí fue que se trataba de un buen trabajo y no hice más preguntas. Con el tiempo, tanto mi paz mental como nuestro trato volvieron a la normalidad aunque la máquina de escribir se vio forzada a trabajar turnos más largos. Mi madre continuaba escribiendo por la noche sin falta pero comenzaba un par de horas antes. Compró un termo nuevo que también llenaba al tope y que al día siguiente estaba tan vacío como el verde. Dejó también de relatarme sus proyectos y se limitaba a conversaciones sobre asuntos cotidianos.

Dos años después cesó el tecleo por un par de semanas. La revista para caballeros a la que mi madre enviaba su trabajo se fue a la quiebra, así que decidió darse un descanso de la escritura nocturna y encontró trabajo por la tarde dando clases de primaria a adultos, y aunque el pago era menor, irónicamente nos las arreglamos.

Un día, al regresar de la secundaria, la encontré llorando en el sillón, escuchando «White rabbit» de Jefferson Airplane, con el volumen más alto que podía dar el viejo tocadiscos. Entre los dedos sostenía una carta. Mi madre no era una mujer propensa al llanto pero la noticia sobre la publicación de su novela la conmovió. La editorial Publicaciones Toro era pequeña, independiente y totalmente desconocida, pero bastó para sentirnos en el camino hacia la realización de los sueños que a esas alturas compartíamos.

Apenas estuvo listo, el editor envió uno de los ejemplares de un tiraje de doscientos. En letras negras, grandes y cursivas se leía La secretaria de Satanás, abajo estaba el dibujo de una máquina de escribir enorme y una mujer exuberante sobre ella a gatas, vestida con un traje sastre reducido a traje de baño de dos piezas. De la máquina de escribir salía una hoja con el contorno de un falo en ella y en el lomo se agregaba el seudónimo de la autora La secretaria lujuriosa. El material era de baja calidad, las tapas del libro eran apenas más gruesas que las hojas, casi se transparentaban.

El dinero de la novela no nos hizo llegar a Francia pero pagó algunas deudas y necesidades de primera mano. Mi madre logró hacerse además de una Olivetti Lettera 36 eléctrica y la vieja máquina pasó a mi habitación. Y a pesar de que el tiempo había limado las asperezas, un sentimiento de zozobra me impedía tocarla. Por varias semanas la Olivetti estuvo empolvándose sobre el buró con una cinta entintada bicolor nueva.

Finalmente, mi madre amenazó con regalarla a quien sí le sacara provecho. Sentí temor de perderla, ya era mía después de todo, así que esa misma tarde coloqué una hoja en el rodillo. Primero presioné la A, luego la L y después sólo me dejé llevar por el impulso, dejando caer mis dedos frenéticamente sobre las letras hasta que sonó la campanilla. Tomé la palanca e inicié de nuevo.

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