Tierra Adentro

 

Estas calles no son Brooklyn. Me pertenecen de una manera jamás pretendida; nunca conquistada. Hasta que no las abandoné no necesité poseer ningún lugar. Estaba, claro, el sueño de la huida, pero lo que existía fuera de estos márgenes eran apenas imágenes o historias de otras, lugares que después nunca he pisado a pesar de haber caminado sus nombres en los mapas.

Están como apuntaladas en el tiempo. Esta misma esquina donde antes estuvo la panadería del pan blanquísimo puede ser la de mis doce años volviendo de la escuela o la de mis veinte, esa imagen sin fisura de descubrir la noche de invierno, cuando las aceras devolvían el ruido apagado de mis pasos solos, de única habitante del mundo.

Ahora un niño está completamente agachado y se ata los zapatos (también, otro día, decir ese instante, la revelación del secreto de anudarse los cordones). No hay ninguna inseguridad, ninguna sensación de no ser fuerte. Tomar consciencia de esta ausencia de preocupación como cuando advertimos un ruido constante una vez que ha dejado de existir; el sonido resuena en la memoria, pero hasta que no se ha apagado nadie ha reparado en él, que ya no es.


Autores
(Basauri, 1982) es poeta. Ha publicado los poemarios Irse y También eso era el verano.

Ilustraciones: Armando Fonseca

 

Una madre y un niño en una noche con niebla. Extraños dibujos en las paredes y la máscara de un oso juegan un papel importante en este extraño e inquietante relato.

 

Esa noche me llamaba, y no parecía que fuera a parar.

—Mamá. ¡Mamá!

Lo decía así, ofreciéndomelo a mí y al cuarto mientras se encogía en una oscuridad de cera, llena de juguetes (su única propiedad). Volvió a gritármelo, mucho más fuerte, y entonces aparté la vista y acaricié el vaso de whisky, justo debajo de la base, hasta que la humedad pasó a la punta del dedo.

La palabra estaba bien cosida a su cerebro desde bebé.

Me quedé muy quieta mientras miraba la forma irisada y terca de la gota. No era un crimen dejarle que aprendiera a sentir frío, o cómo bebérselo. Imaginaba su lengua al tensarse, el exceso de saliva al decir con claridad quién era yo en esta casa, mamá, mamá, mamá; ese rezo ahogado, esa súplica al único Dios que conocía de verdad. Algunas veces, desde que nació y lo sostuve en mis brazos, había deseado que me viesen unos ojos distintos. Ser simplemente una desconocida que se aleja del todo, pero al mismo tiempo se refleja, un instante, en las pupilas de quien la está mirando. Jamás me llamaba por mi verdadero nombre. De nuevo otro ruego, mamá, ven, la gota tensa y afilada en la punta de mi dedo, mamá, mami, ya desviándose. Ahora, esa palabra correteaba hasta mí con un sonido húmedo; tantas veces reblandecida en un chillido por la fiebre, por un pie que se le ha quedado atascado al salir del coche.

—Ven —repitió—. Me está hablando.

Me tapé los oídos. Reconocía el dolor. Luego fijé la vista en la mesa de madera donde comíamos (a veces con las manos, como en una película que le gusta; las ardillas hablan con elocuencia griega entre las ramas de un gran roble y parten nueces con la mandíbula, tienen los dientes planos, enormes; más tarde vencen a un malvado). Tres sillas estaban separadas. Eran de diseño industrial, de color negro, y brillaban mucho bajo la luz de la lámpara. Mi silla, la de mi hijo y la silla de enfrente. Sólo Adrián jugaba en el salón. La tercera tenía que haberla separado él. Volví a atacar el vaso, cada vez más frío. Puede que lamiera el fondo tratando de comprender. Una intuición vibraba detrás de aquella imagen; el hecho de que la tercera silla, separada de la mesa del comedor, fuera tan real en sus detalles. Había algo raro en cómo estaba colocada, como si alguien acabara de sentarse ahí a charlar conmigo; a decirme…, no pude terminar de pensarlo.

—Mamá, ven —volvió a decir.

—Duérmete, Adrián. Quiero estar sola. Hay muchos otros ratos que estoy contigo.

—Es que…

—He dicho que te duermas.

Al oírme, ya tenía que haberse cubierto la cara con su edredón con dibujos de aviones, hasta no dejar pasar el aire. No se calló esta vez. Era extraño. Siempre había sido un niño obediente, con los dientes separados y blancos. Se le veían en la oscuridad. Ni siquiera vomitaba cuando tenía gripe.

—Me está hablando.

Yo temblaba otra vez al beber, y presionaba el vaso contra el pecho. La piel de las yemas se había quedado blanca, sin sangre.

—Tápate la boca, hijo. Aprieta bien los dientes.

Clavé mi voz en el pasillo, en la pelota deshinchada, en todos sus muñecos de guerreros mutantes amontonados en una especie de fosa (una vez había bebido y, antes de que cerrara la puerta de su cuarto, le dije que le quitara la cabeza a cada muñeco y me los enseñara). ¿Quién iba a hablarle? El sabor ácido y espeso del whisky hacía que mi cabeza rodeara el corazón de esa frase. Se ramificaba y se abría más. De pronto, era como si mi hijo pudiera contagiarme hasta que me salieran ronchas, y más tarde, ya fuera capaz de ver a mi lado a uno de sus amigos invisibles. Sentado, sin moverse.

—Cállate de una…

Clavé la voz en la puerta de su cuarto y la retorcí para que no me llamara más. Me quedaba casi media botella. Pero él seguía rogando que fuera allí. No iba a parar. Quizás no podía, y ahora su cuerpo estaba enfermo de ese verbo. Ven, en los músculos, detrás de los ojos. Ven , me está hablando, encharcándose en la sangre. Estaba muy mareada, así que me levanté, respiré hondo y me cubrí con la palabra de nuevo. Bebí una vez más para apagar la luz.

—Mamá.

Al decirla en voz alta, con el mareo, la noté demasiado blanda. Se había deformado. En la calle no pasaba ningún coche. Creí distinguir unos pájaros inmóviles, clavados a las ramas de la acacia de enfrente. La niebla se pegaba a la ventana como lo hace una lengua. Sólo era una avenida vacía donde caía a plomo la palabra mamá, y yo no podía ir detrás, casi no podía seguirla o correr tras ella. Tenía que quedarme encerrada con él. Pasé al lado de la tercera silla y acaricié el respaldo. Pide un deseo. La luz la hacía resbaladiza, de un negro irreal. Pide un deseo. Una grieta en mitad de la casa.

Seguí caminando, adentrándome en el pasillo con más dificultad. De pronto, pisé algo duro y tropecé. Me golpeé contra la esquina de la pared. Conseguí sostenerme. Seguro que era un muñeco. El crujido blanco del plástico al romperse me trepó por la pierna.

—Mamá viene —dije en voz alta, y me reí sola—. Está muy cerca.

Me detuve otra vez y miré nuestras fotografías colgadas en la pared. En varias le pasaba el brazo por el hombro a Adrián, suavemente, y ya no parecía mamá, mamá, mamá. La sensación de antes me brotó más fuerte en la garganta. Se metía dentro. Ven. Pero no podía dejar de mirar las fotos. Daba la impresión de que, en esos lugares donde le habíamos pedido a algún lugareño que nos fotografiara —el pueblo donde pasábamos las vacaciones, su calima húmeda, sus ojos tras los visillos—, también hubiéramos dejado un hueco, siempre a la izquierda, para alguien más. Al lado de varios marcos, encontré trazos de lápiz rojo y amarillo. La punta había dejado incisiones en la pared. Eran dibujos de Adrián. Las cabezas dentadas de un grupo de niños, seguramente. ¿Estaría yo ahí? No pueden mirarte, Clara. Nuestras imágenes se mezclaban con los dibujos torcidos de los niños, a lápiz. Había pintado cada uno de un color, sin cara, con brazos en forma de palo o las piernas en espirales, garfios, puntas. ¿Quería él que entraran dentro de nuestras fotos? Estaban muy cerca. Fui hasta la cocina y abrí la ventana para mirar la niebla y dejar que se posara en el borde.

Cuando me metí en su habitación, él había empezado a cambiar el grito. En cuanto me vio, en el quicio de la puerta, se quitó el edredón de la cara. Sólo dejó al descubierto sus ojos y su nariz. Me susurraba algo con pequeñas agujas de voz, pero no comprendía lo que quería decirme.

—¿Qué le has hecho a la pared? —dije.

Apreté el puño. Temblaba, y no me importaba que me descubriera así.

—Son mis amigos.

—Esos no son tus amigos. Tienes que hacer mejor las líneas de la cara.

Quizás era el momento de empezar a hablarle como a un adulto y tomar ventaja. Sé que una madre nunca jamás tiene que brindar delante de su hijo. Yo lo hice.

La toalla tapaba el soporte en la pared, frente a la cama. Había preparado su habitación para que no me molestaran sus juguetes, y sobre todo, la cara del oso que colgué ahí cuando tenía cuatro años. Tiempo atrás, le había enseñado a cubrirla al terminar de jugar con él. Solía pedirme que la quitara de ahí, cuando tenía pesadillas. En una, me contó, el dentista le arrancaba los dientes, uno a uno, y le colocaba ceras de colores en los agujeros. Luego me rogaba que la volviera a poner, y entonces el oso era el verdadero monarca del cuarto. Parecía que al cubrirle con la toalla estuviera arrancando el único trozo de belleza.

Esta vez, quité la toalla de los ganchos y me reí sujetando muy fuerte el vaso. Bebí. Le acaricié el hocico. Tenía uno de esos rostros animales ridículos, donde la nariz y la boca eran de un tamaño exagerado. El fabricante le había quitado los dientes, imagino que por un miedo del todo absurdo: que eso fuera a traumatizar al niño. El interior de la boca era una pura masa de plástico rígido, parecido a una masilla ensangrentada. El oso se reía. Los dos nos reíamos. No volví a taparlo.

—¿Por qué no te duermes?

—Es que no deja de hablarme.

—Los osos no hablan, Adrián. No tiene lengua.

Pero yo no estaba mirando al animal cuando lo dije. La niebla cubría casi toda la calle, un intestino que salía al otro lado de la ventana y se metía debajo de los coches. Las ramas tenían hojas curvas, se torcían por el viento y caían sin sonido. Adrián temblaba; y yo necesitaba beber, volver a tumbarme en el sofá o buscar otro sitio. Fuera.

—Mejor si te duermes —dije, y sentí que desenterraba las palabras—. Hazme caso.

Al acercarme, noté que estaba pálido y le brillaban los ojos, como si se los hubieran encendido desde dentro. Le toqué la frente y le sujeté. Estaba caliente, aunque no tenía fiebre todavía. Me pareció que movía los labios y que decía ven. Gimió una vez más.

—Mamá, tú tienes frío, como él.

—Sí, tienes razón. Tengo mucho frío.

Al hacerme sitio a su lado, sentí que la cama estaba hundida de más y pensé, un instante, en la tercera silla separada de la mesa. Dejé el vaso en el suelo. Creo que llegué a escuchar cómo se volcaba. Luego cogí su cabeza y la apreté contra mi pecho. Ahora, me veía los pies desnudos. La boca del oso se había difuminado en mi mirada; y era negra, las encías, todo abierto. Descolgué la mano de la cama, intenté tocar el vaso, pero los dedos me pesaban y no lo encontré. Los empapé en el whisky. Sentía que deliraba a nado, en un círculo, como si pudiera ver con más claridad, sumergirle la cabeza ahí, en el color rojo y en el color amarillo —quería beber, y él se resistía en mis brazos—; sumergirle en mamá, y al fondo, un lago lleno de niños que flotan muy quietos en la superficie. Yo misma ocupando lentamente el hueco de uno de esos niños pintados en la pared y entrando en una fotografía en la que sólo apareciera mi figura. Quería quedarme ahí. Darme la vuelta y marcharme, volver a colocar la silla.

—Ven —dije.

Aún seguía apretando su cabeza.


Autores
(Madrid, 1984) es narrador y guionista. Ha publicado Fiebre y Antes de las jirafas, entre otros títulos.

Ilustraciones: Pau Gasol Valls

 

Un tren de alta velocidad choca, el día de su viaje inaugural, contra una vaca, lo que despierta insospechadas reflexiones en el protagonista de este cómico y melancólico relato.

 

Se pensó que había sido un atentado porque los nervios estaban tensos de antemano y hasta el último minuto se estuvo a punto de suspender el trayecto inaugural. Luego, de inmediato, se pensó en un suicida. O al menos lo pensó el Jefe de Tren Santos quien no tardó en insultar a los inoportunos suicidas de este mundo, a sus ruines vidas y a aquella falta de tacto que les empujaba al exhibicionismo en sus últimos instantes de conciencia (para el Jefe de Tren Santos, que había visto ya no pocos suicidios en sus veinte años de oficio, los suicidas tenían una firme vocación de hijos de puta). A bordo iban, junto a una cohorte de periodistas, el presidente de Ferrocarriles Nacionales, los alcaldes de las dos ciudades hermanadas por aquel tren de alta velocidad, varios ayudantes, dos secretarias menos guapas de lo previsible y media docena de familiares de personal que habían conseguido colarse. El estruendo retumbó en todo el tren a los treinta y dos minutos de la partida, justo cuando el presidente de Ferrocarriles Nacionales acababa de terminar su pequeño discurso informal en el que había asegurado que aquella joya en la que iban montados alcanzaba la exorbitante velocidad de dos-cien-tos-cin-cuen-ta kilómetros por hora. Luego, de inmediato, el golpe. Hubo un enorme silencio y después un resoplido colectivo, como si todos hubiesen cogido aire al unísono para hinchar un globo. El tren se detuvo en seco. Mirada fulminante de los alcaldes, primero el uno al otro y luego los dos, como si hubiesen rebotado las miradas, al Jefe de Tren Santos, que sintió cómo se le encogía el estómago. Pidió permiso, aseguró con una reverencia (él, que no las había hecho en toda su vida) que iba de inmediato a comprobar lo que había sucedido y corrió hasta el vagón de cabeza.

—Se me ha echado encima— se limitó a decir el maquinista.

—¿Quién?

—La vaca.

—¿Te la has comido?

—No directamente.

—¿Cómo no directamente?

La vaca —se supo más tarde, tras comprobar los desperfectos, una hereford color tostado con una gran mota blanca en forma de pera— no había impactado directamente contra el vagón de cabeza, sino que había realizado un impresionante vuelo elíptico de tres vagones y había colisionado contra el vagón número cuatro en el que afortunadamente no iba nadie. Doscientos cincuenta kilómetros por hora eran muchos kilómetros por hora, también para una vaca. El Jefe de Tren Santos le comunicó al presidente de Ferrocarriles Nacionales el motivo de aquel estruendoso sonido y de la parada.

—Pero ¿podemos seguir o no?

—Creo que sí…

—Más le vale— le susurró apocalípticamente el presidente de Ferrocarriles Nacionales.

Los periodistas miraban ansiosamente hacia el exterior, hacían de pronto fotos de todo y de todos, hasta parecía haberles cambiado un poco la cara, como si les hubiesen salido (eso le parecía al Jefe de Tren Santos) unos colmillitos difusos. Afortunadamente no se veía nada desde allí. El presidente se levantó con lentitud para dirigirse a la comitiva:

—Ha habido una pequeña avería técnica —dijo con autoridad— se solventará inmediatamente y enseguida estaremos en marcha de nuevo, nada de lo que deban preocuparse.

—¿Pero y el golpe?— preguntó el periodista.

El presidente levantó las cejas y encogió los hombros como si preguntara: «¿Qué golpe?». Luego agarró del brazo del Jefe de Tren Santos antes de que se retirara y le dio una orden avalada por más de quince años de presidencia y trato político:

—Cierre el vagón y deles de beber.

Se cerró el vagón. Se les dio de beber. El Jefe de Tren Santos pudo ver durante unos minutos varias manitas de periodistas aporreando indignadas la ventanilla, y a los pocos minutos, varias manitas de periodistas con un whisky. En el exterior, sin embargo, el espectáculo era desolador. La vaca, lo que quedaba de ella, estaba viva aún y berreaba como el Jefe de Tren Santos no había pensado nunca que pudiera berrear ninguna vaca. Aquella lo hacía, de hecho, sin un cuerno y sin una de las patas traseras, que no se sabía muy bien dónde estaba, tal vez al otro lado de las vías. Era de hecho casi media vaca lo que berreaba como un poltergeist. No lo hizo, desde luego, mucho tiempo. Se murió enseguida, como mueren las buenas hereford, con unos ojazos de señora expatriada mirando fijamente al Jefe de Tren Santos y al maquinista. Ninguno de los dos se atrevió a confesar que se les había encogido el corazón viendo a la vaca despanzurrada junto a la vía. En el vagón contra el que se había golpeado no había más que una marca con una inexplicable forma de ele.

—¿Podemos seguir?— le preguntó al maquinista.

—Sí, la máquina está perfectamente.

Y ya estaba a punto de decir: «pues nos vamos» cuando apareció aquel hombre en la distancia, pegando gritos.

—¿Corremos?— preguntó el maquinista.

Y en mala hora el Jefe de Tren Santos respondió:

—No.

Fue imposible quitárselo de encima. El hombre quería dinero y lo quería ya. De poco sirvió explicarle que, según las leyes, el responsable era él, y que de hecho podía ser acusado de negligencia, llevado a juicio y, seguramente, encarcelado. Tenía unos cincuenta años, parecía el primo de cualquiera y tenía una manera de blasfemar impresionantemente creativa. No entró en razón, ni al primer minuto ni al sexto y la conversación ya empezaba a entrar en bucle cuando apareció el mismísimo presidente de Ferrocarriles Nacionales, miró con asco el cadáver de la vaca, preguntó quién era aquel gañán y por qué no estaban ya en marcha. Aquella vez el golpe fue visible, aunque se produjo a una velocidad pasmosa y el presidente de Ferrocarriles Españoles cayó inconsciente junto a la vía. Lo único que acertó a ver el Jefe de Tren Santos fue cómo aquel hombre retiraba el bastón fantasma. El Jefe de Tren Santos tuvo en aquel momento un instante de audacia: sacó la cartera del presidente de Ferrocarriles Nacionales, extrajo de ella tres billetes de cien euros, se los ofreció al primo de cualquiera y metieron al presidente en el tren como pudieron. Cinco minutos después estaban en marcha de nuevo y diez minutos más tarde el presidente había recuperado la conciencia y tenía un flemón del tamaño de una mandarina. Se miró en el espejo del servicio, se cagó en la genealogía del labriego, lloró un minuto (cosa que le produjo al Jefe de Tren Santos una congoja inexplicable) y con una solemnidad patética le dijo que no podía dejarse ver de aquella forma y que en sus manos encomendaba el triunfo de aquel trayecto inaugural.

El Jefe de Tren Santos no sabe si fue ahí donde comenzó todo, aquella tristeza, aquella extraña melancolía. Cuando regresó al vagón presidencial nadie preguntó por el presidente. Entre los alcaldes de las ciudades hermanadas, sus ayudantes y los periodistas habían reducido el minibar a la mitad y reinaba en el vagón una especie de festivo jolgorio. El Jefe de Tren Santos recordó aquel cuento que había leído hace años en que un hombre celebra una fiesta y le avisan en medio de ella de que su madre está muriendo, y él se marcha, pero la fiesta continúa sin que nadie se dé cuenta, la fiesta que él mismo había organizado. Durante los siguientes quince minutos se limitó a estar allí, apoyado contra la puerta del vagón, contemplando aquellas veinte cabecitas que bailaban de un lado a otro como sumergidas en una corriente submarina, aquellos cabellos bien peinados, aquellos trajes elegantes y vestidos de fiesta, e hizo algo que nunca había hecho hasta entonces y que después de entonces nunca volvería a hacer: le pidió a la azafata un gin tonic y se sentó en uno de los asientos que quedaba libre, junto a la ventanilla, como si fuese un pasajero más. Fue vaciando a sorbitos el gin tonic con la sensación de que, con cada trago, entraba en él una conciencia extraña de aquel espacio, del tren mismo quizá, como si su cabeza fuese por fin capaz de formular pensamientos que de alguna manera se habían producido a lo largo de todos aquellos años pero nunca habían llegado a cerrarse, como quien está a punto de entender un problema y luego, un segundo después, no lo comprende.

El tren no le parecía, de pronto, un lugar real, sino un tránsito, un hueco, un espacio fantasma entre dos lugares reales, había bastado que se sentara un segundo como un pasajero para entenderlo. Miró a su alrededor: los rostros adquirían, al mirar por la ventanilla, un ensimismamiento extraño y pensativo, como si los lavara el paisaje. Él mismo quedaba lavado también de pronto, lo sintió como si le recorriera el cuerpo un hormigueo difuso y vencido, y pensó que debía de parecer en ese instante desde fuera como tantos pasajeros a los que había visto a lo largo de toda su vida. Pensó en la mirada de la vaca, en aquel último fulgor coqueto y lleno de pestañas y le recordó a los suicidas y tuvo la sensación de que ahora podía quitar en el recuerdo cientos de paneles muy finos hasta rescatar en ellos toda su humanidad. Le dio pena no haberles querido más, no haberles compadecido más, le dio vergüenza haberles insultado. Ellos no querían arruinar el día a nadie, tal vez querían morir, sencillamente. También el Jefe de Tren Santos pensó que quería morir en ese instante, pero sin desearlo realmente, como se desea morir sólo para sentir el arrullo amable del detenimiento del ser. Pero el tren continuaba (¿no era prodigioso?) a aquella velocidad imposible de doscientos cincuenta kilómetros por hora, los árboles se sucedían como recuerdos apenas entrevistos y si se dejaba la mirada detenida en el suelo y se hacía descansar la vista se tenía la sensación de que todo el suelo se hacía líquido. Tras veinte años de oficio el Jefe de Tren Santos descubría ahora (casi le habría dado miedo reconocerlo) lo que era un tren, lo descubría como en ciertos matrimonios, tras muchos años de convivencia, uno de los cónyuges se queda de pronto paralizado y patidifuso frente al otro, como si comprendiera con quién se ha casado en una especie de iluminación terrible. Pero la iluminación del Jefe de Tren Santos era, a la vez, amable, le había agarrado de las tripas como los rieles agarraban las vías, sentía necesidad de hablar de la absoluta belleza y simplicidad de aquello: que uno pudiera estar allí sentado, sencillamente y ver pasar frente a sí aquel paisaje líquido de personas, casas en la distancia, vacas… comenzaba a atardecer y era como si la luz, filtrada a través del cristal esmerilado de la ventanilla, adquiriera de pronto una cualidad dorada y múltiple, caramelizada, las calvas de los alcaldes de las ciudades hermanadas parecían dos manzanas de feria y hasta las secretarias se habían vuelto todo lo previsiblemente guapas que podían ser. El Jefe de Tren Santos entendió entonces algo que había escuchado muchas veces y de lo que siempre se había reído: que fuera tan sencillo enamorarse en los trenes. Una de las secretarias se volvió hacia él y le descubrió con los ojos clavados en sus pechos pero no pareció importarle, le miró con una sonrisa maravillosamente dulce. Sonó entonces un sonoro pitido que anunciaba la llegada a la estación y el Jefe de Tren Santos se levantó como un resorte, le dio el gin tonic a una de las azafatas y se dirigió a los alcaldes:

—El presidente de Ferrocarriles Nacionales me ha pedido que le disculpe de su parte. Haré yo los honores si les parece bien.

Los alcaldes se miraron entre ellos un poco sorprendidos, como si se preguntaran secretamente a qué se refería exactamente con «los honores» aquel hombre que al principio del viaje parecía tan adusto y ahora tan sobreexcitado. Pero el Jefe de Tren Santos no se daba cuenta de nada, tan pronto sentía que se le venía a los labios una carcajada estruendosa como que se le cerraba la garganta y se le humedecían un poco los ojos.

A la salida del tren habían armado un pequeño podio. Allí subieron los dos alcaldes y allí subió también, por pura inercia y sin que nadie le hubiese invitado, el Jefe de Tren Santos. Los discursos fueron breves, políticos y casi idénticos, como si los hubiesen preparado con plantilla dos gemelos kafkianos en dos oscuros ayuntamientos de provincia, y cuando terminaron los dos se volvieron por puro compromiso hacia el Jefe de Tren Santos, más que para invitarle, para disuadirle. El Jefe de Tren Santos dio un paso al frente y luego otro más. Se puso a temblar. Frente a él había varias decenas de cámaras y fotógrafos, golpeó el micrófono con el dedo, carraspeó brevemente y dijo con voz temblorosa:

—Queridos amigos…

Se detuvo un instante, y luego se dejó llevar:

—¡Hermanos! —gritó señalando el tren— ¿No es prodigioso?


Autores
(Madrid, 1975) es narrador, traductor y fotógrafo. Autor de En presencia de un payaso, entre otros títulos.

 

Le habéis visto:

sigue ahí el simio
llevándose las manos
a la boca, ahí sigue,
con el pelo revuelto,
los ojos vacíos y la camisa
colgando malamente
sobre el cuerpo.

Es vuestro hermano:
de tal modo idéntico
a vosotros mismos.

Os sonríe con todos
los dientes
porque él,
(que fue bendecido
con la invisibilidad
de los espejos),
está privado
de la capacidad de querer
ser lo que no
es. De desear
ser nada, de desear
ser todo
plumas, por ejemplo.

Vosotros sois
los imitadores.


Autores
(Madrid, 1978) es profesora de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Autora de Es el verbo tan frágil, entre otros títulos.

Grabados de Antonio Rodríguez (1765-1825) publicados en Tipos y modas de Madrid en 1801 .

 

Personas de 88 países viven en Madrid. La capital española se ha enriquecido desde hace veinte años con la población inmigrante que se ha asentado en barrios como Lavapiés, en una suerte de big bang de diversidad y armonía multicultural.

 

Después de veinte años, Desislava Ilieva tuvo que esperar una hora larga para cumplir uno de sus sueños. Hacia las cinco y media de la tarde llegó a la FNAC de Madrid. Preguntó dónde sería la firma de libros y se fue a comprar el suyo. Subió a la cuarta planta, cogió la novela, bajó a la primera, hizo una cola corta para pagar y volvió a la cuarta. Por lo menos estaban las escaleras eléctricas. Fue la primera en llegar. Había una mesa vacía y varias personas empezaban a hacer una pirámide con los libros, otras cubrían la mesa con una tela negra y sobre esta un pequeño cartel que anunciaba que el escritor firmaría libros a partir de las siete. Faltaba una hora, así es que Desislava, a cuatro pasos de aquella mesa, se apoyó sobre la pared, sacó de la bolsa la novela recién comprada y empezó a leer Berta Isla, de Javier Marías.

La primera vez que leyó al escritor madrileño fue hace veinte años cuando llegó de Bulgaria. Lo descubrió con Mañana en la batalla piensa en mí, luego vinieron las demás novelas. Ahora aguardaba a que Javier Marías llegara para que le firmara su nuevo libro. Uno que habla, precisamente, sobre la espera.

La fila de detrás de Desislava creció poco a poco. Una pareja ya mayor de Sevilla, una muchacha de Madrid, un informático de Cádiz, otra pareja con sus dos hijas y así hasta unas doscientas personas… Entre ellos un venezolano, José Miguel del Poso; sólo que la Berta Isla que tiene entre sus manos no será dedicada a él sino a su madre que se la encargó para que se la enviara cuanto antes a Caracas.

Están en la cuarta planta de un gran almacén de libros, discos e informática. En el centro de Madrid, a cien metros de Gran Vía donde hay ríos de gente en las aceras. Los turistas que han aumentado se mezclan con los madrileños y españoles de todas partes e inmigrantes del resto del mundo.

Porque el resto del mundo está aquí bien representado con personas de ochenta y ocho países. Ese es el número de nacionalidades de inmigrantes que viven en la Comunidad de Madrid, cuya capital es la ciudad del mismo nombre. Una región donde trece de cada cien son inmigrantes, es decir 864 485 personas, frente a los seis millones y medio de habitantes oficiales.

Uno de ellos es Desislava Ilieva. La lectora búlgara que trabaja en un bufete de abogados y que hace ya unos cuantos años, tiene la nacionalidad española. Su país es la octava comunidad en número de inmigrantes. Por delante están Marruecos, Rumanía, China, Ecuador, Colombia, Italia y Perú. Y así hasta un total de esos ochenta y ocho países que también incluyen desde México y Japón, pasando por Nigeria, Líbano, Turquía, India y Argelia, hasta Francia, Finlandia, Rusia…

Ellos han cambiado el color de Madrid, no sólo de todos los tonos de piel sino del vestuario. Bajo el fotogénico cielo azul de la ciudad, donde antes predominaban las ropas de tonos tostados, grises y negros ahora hay una explosión de color y diseños. Y depende de qué zonas, puede parecer otra región del mundo. Mientras los ecuatorianos son mayoría en Colmenar Viejo, los peruanos lo son en Tres Cantos, los africanos lo son en Villa del Prado, los búlgaros en Valdelaguna, los chinos en Hoyo de Manzanares, los franceses en Puebla de la Sierra y los rumanos en Madrid capital.

Pero la verdad es que en esta zona céntrica, la más poblada y el corazón financiero y comercial de la Comunidad de Madrid, lo que se ve en la calle es la diversidad. Dentro de sus barrios hay dos que reinan por ello: Lavapiés y Malasaña. Ambos muy cerca, a un lado y otro de la Puerta del Sol donde está el kilómetro cero de España. Lavapiés al sur, Malasaña al norte.

 

CRUCE DE CAMINOS DEL MUNDO

Madrid ha vuelto a ser el cruce de caminos como cuando hace unos siglos medio mundo pasaba por allí; eran los tiempos en los que debido a las colonias y conquistas en España no se ocultaba el Sol.

Los tiempos cambiaron tanto que al comenzar el siglo XX España quedó circunscrita, prácticamente, a la península, y, encima, durante casi cuarenta años pasaron a casi no tener sol bajo la dictadura de Francisco Franco, de 1939, después de la Guerra Civil, a 1975.

Fue con la llamada movida madrileña, en los años ochenta, que se dio el primer campanazo. Aunque fue sólo hasta la segunda mitad de los años noventa cuando la ciudad empezó a cambiar de verdad, cuando el mundo empezó a querer vivir allí.

Cuentan los mayores que era muy raro ver a una persona negra. Y que su presencia por la calle hacía girar más de una cabeza. Todo eso ha cambiado en veinte años durante los cuales el país ha vivido en una montaña rusa de progreso y ánimo, de mayor o menor presencia de inmigrantes según la oferta de trabajo.

Antes la gente iba a España por turismo y los inmigrantes eran, sobre todo, estudiantes latinoamericanos. Los marroquíes eran, y son, el grupo mayoritario, por vecindad y relaciones históricas.

En estas últimas dos décadas, la mejora de la economía española y el crecimiento del país obligó a traer mano de obra extranjera. España se convirtió en un destino atractivo para muchas regiones, sobre todo de Suramérica y Europa del este. La agricultura y la construcción crecieron rápido a la vez que la hostelería siguió su ascenso sostenido.

Morenos, trigueños, mestizos, rubios, blancos y negros empezaron a hacer de Madrid una ciudad pluricultural, a ponerla al día en el cosmopolitismo que tanto necesitaba. La ciudad se fue convirtiendo en una colcha de retazos culturales. Los barrios de la periferia y unos pocos del centro fueron los elegidos por el bajo coste de los arriendos.

La inmigración contribuyó al crecimiento urbanístico y a recuperar algunos de los barrios históricos que estaban en decadencia. Y renacieron. Insuflaron más vida a través de la diversidad.

Una diversidad nacida, sobre todo, de la necesidad de sus inmigrantes que tratan de mejorar su vida, que huyen de las adversidades de sus países de origen. Que se enfrentan a su destino y tratan de hacerlo a su manera. Como ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad.

 

CAMBIO DE ROSTRO

Los trabajos y oficios empezaron a tener ciertas nacionalidades mayoritarias. Los campos se llenaron, sobre todo, de marroquíes y europeos del este; las labores domésticas y el cuidado a las personas mayores tuvo rostro latinoamericano; y la construcción fue mano de casi todas las nacionalidades.

Sigilosos, entre ellos, arribaron los chinos. Su ritmo de trabajo y mirada comercial contribuyeron a alterar la vida de la ciudad. Sin apenas darse cuenta, Madrid empezó a poblarse de tiendas chinas que lo tenían todo a bajo precio y a toda hora. La ciudad que hasta finales de los noventa parecía medio desierta a medio día, porque gran parte del comercio cerraba, poco a poco se vio empujada a jornadas continuas y los cierres de los comercios pasaron de las ocho de la noche a las nueve o diez.

Los chinos, además, han empezado a comprar los tradicionales bares y restaurantes madrileños de barrio. Los administran ellos, en las cocinas trabajan ellos, pero ofrecen comida española atendida por españoles o inmigrantes.

Una contribución silenciosa, clave y esencial a mediano y largo plazo para el progreso del país es la natalidad. En 1997 España tenía uno de los índices más bajos del mundo: 1.15 hijos por mujer, un mal dato porque esto acelera el envejecimiento de un país al no garantizar el relevo generacional con sus consecuencias en el estancamiento de la economía y aportes a la seguridad social y demás. Con la llegada de los inmigrantes coincide la subida de ese índice de natalidad. Tanto que en el año 2000 llegó a 2.2 hijos por mujer y en 2008 alcanzó los 2.45.

Pero así como 2008 es una fecha tope en todo, es a partir de entonces que todo desciende. Marca el comienzo de la crisis económica en Europa y España. Muchos extranjeros quedaron sin trabajo o en malas condiciones laborales y deciden retornar a sus países de origen.

Para entonces, ya algunos barrios de Madrid tenían una identidad nueva: Lavapiés, barrio tradicional y uno de los más antiguos, se consolida como el sector interracial y multicultural, y Malasaña, emblemático porque allí empezaron las revueltas del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, se reinventó como una zona alternativa de ocio y cultura impulsada por inmigrantes españoles y europeos.

 

LAVAPIÉS, CORAZÓN DE LA DIVERSIDAD

Un hombre con chilaba blanca y sandalias hace señas con la mano a un grupo de hombres que parecen esperarlo en la plaza…

Una mujer de jean ajustado y blusa hasta el ombligo va por la mitad de la calle como si fuera de ella…

Otra mujer con un sari rojo de bordados dorados lleva un cochecito y habla con su huésped de unos tres años…

Dos adolescentes con hiyab gris están sentadas en uno de los bancos mientras juegan con los celulares…

Unos diez hombres africanos cruzan la plaza de prisa llevando en las manos unas bolsas gigantes de tela donde tienen los artículos que venderán cerca de la Puerta del Sol…

Un muchacho de elegante traje gris y camisa negra sale de uno de los edificios de la mano de quien parece ser su esposa forrada en un vestido morado…

Unos niños latinoamericanos, africanos, españoles y uno asiático juegan con la pelota mientras una de las madres los pone nerviosos con sus continuos gritos de “¡Cuidado, cuidado!”…

Tres abuelas bajo un árbol de poca sombra charlan y ríen sin quitar los ojos de encima a un niño de seis años que corre a su alrededor…

Una mujer de cabello rubio en las raíces y negro el resto pasa sigilosa sobre unos tacones de vértigo hasta entrar en la boca del metro de Lavapiés…

Baja las escaleras sin hacer sentir su taconeo. Fuera, la vida sigue en la plaza donde todavía queda una hora para que baje el sol, aunque son las ocho de la tarde. Y después de ida la luz la vida continuará con un relevo de pobladores nocturnos.

Llegado el momento, se encienden las farolas de luz ambarina de uno de los barrios más antiguos de Madrid. Está en el centro de la ciudad, a cinco minutos de la famosa Puerta del Sol. Lavapiés empieza por el norte donde termina esa pequeña meseta de la ciudad, ahí está la Plaza Tirso de Molina, luego todo es cuesta abajo.

Callejuelas angostas y adoquinadas por donde antes corrían riachuelos. Callejuelas sin un orden, improvisadas, unas largas otras cortas, pero todas custodiadas por edificios de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, XIX y unos poquitos del XX.

Edificios de cuatro o seis plantas con sus colores vivos, donde la gente asoma desde sus ventanas de madera o sale a un rayito de sol o de luna en sus diminutos balcones de hierro.

 

TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A…

Un pueblo. Un pueblo del mundo. Eso es Lavapiés. Ese ha sido su destino desde el Medievo. Allí siempre han ido a parar los migrantes que han querido hacer vida en Madrid, primero los del mundo conocido antes del Nuevo Mundo, luego los de ese Nuevo Mundo que se liberaban de sus amos y después, los venidos de todos los rincones de España como si Lavapiés fuera Roma.

Durante muchas décadas Lavapiés fue dejado de la mano de Dios, del rey de turno, del dictador Franco y de sus sucesores democráticos. Nadie quería vivir allí, sólo vivían quienes no podían hacerlo en otra parte.

Olvido, pobreza, desilusión, droga, delincuencia… Decadencia… Hasta que en los años ochenta llegó el primer resquicio de salvación con algunos grupos sociales, escritores y artistas que se fueron a vivir allí por los arriendos bajos.

Fue sólo hasta finales del siglo XX y comienzos del XXI cuando las cosas se encauzaron de nuevo por aquellos edificios sostenidos por la esperanza inquebrantable de generaciones y generaciones. Lavapiés empezó su regeneración.

En ese periodo de entre siglos es cuando empieza a aumentar la inmigración y los que se quedan en Madrid capital llegan a Lavapiés.

Tanta gente de todas partes y de todos los oficios y profesiones no sólo llenaron las calles con sus voces extrañas, sonidos, músicas y bullas desconocidas y vestuarios salidos de libros y películas, sino que hicieron que el barrio se fuera poblando de asociaciones comunitarias, pequeñas galerías, centros de arte o pequeños teatros rodeados de bares y restaurantes de muchas regiones del mundo. Explosión de aromas.

Es un micromundo en el cual se aprecia los porcentajes de distribución de la población extranjera madrileña: el 42.88 es de origen europeo, el 33.02% es latinoamericano, y de ellas un 23.88% es de América del Sur; el 13% es de origen africano, con un 9.06% de la población proveniente de Marruecos; y el 10.99% es de origen asiático, la mayoría chinos que representan el 6.73%.

En cualquier punto del barrio, se mire a donde se mire, la sensación es de que algo está pasando, de que se es testigo o copartícipe de algo bueno aunque no se sepa qué.

 

MALASAÑA, DE LO TRADICIONAL AL POP VINTAGE

Retazos de modernidad futura siempre quieren adelantarse en Malasaña. Si Lavapiés está unas cuadras detrás de la Puerta del Sol, Malasaña está unas cinco cuadras delante de la Puerta del Sol.

El soplo vivificador de la inmigración_5

El espíritu más joven y con vocación innovadora vive por allí. Si Lavapiés acoge la inmigración del mundo y con pocos o medianos recursos económicos, aunque eso empieza a cambiar, Malasaña es el lugar donde conviven familias tradicionales de Madrid con universitarios de España, estudiantes con mejores recursos y la gente más modernilla.

Ya en los años ochenta este barrio fue uno de los centros de la famosa movida madrileña. Sus bonitos edificios clásicos llenos de balcones tienen en los bajos toda clase de establecimientos para el ocio: bares de toda la vida, bares con salas de conciertos de todo tipo, boutiques de moda, tiendas de artículos especiales, restaurantes mimosamente decorados, discotecas, plazas con mesas para disfrutar de refrescos y comidas y un sinfín de locales que animan la noche y el día.

Futuro y vintage. La juventud que se resiste a partir.

Esto hace que Malasaña viva su gentrificación, una manera de llamar a la elitización o aburguesamiento de una zona. Son fenómenos vividos por barrios emblemáticos y en decadencia de grandes ciudades como Berlín, Nueva York y Londres.

El riesgo con estas zonas es que tras la recuperación se conviertan más en postales turísticas que en sitios de vida placentera.

Esta moda asedia a Lavapiés. Su punto multicultural atrae a los estudiantes, artistas emergentes, nuevos profesionales y el espíritu bohemio o de sentir el corazón del mundo. Es el virus de la hipsterización. La presión de vivir allí hace que empiecen a subir los arriendos y a expulsar a los vecinos hacia la periferia dando paso a una clase media que aspira a lo vintage, a lo cool.

A la espera de ese tiempo, Lavapiés sigue con sus túnicas, saris, jeans y demás vestuarios del mundo por sus calles, en una vida impulsada por asociaciones vecinales y culturales. El barrio de marginados, trabajadores y rebuscadores de vida que revivió y rejuveneció el centro de Madrid no sólo con la presencia física, sino que desde ese rincón del mundo han creado un big bang de nuevos acentos, voces y sonidos que polinizan un idioma llamado castellano o español.


Autores
Es director y fundador de Wmagazín, revista literaria digital global e itinerante. Fue responsable de libros y literatura del suplemento Babelia y la sección de Cultura del diario El País donde sigue colaborando.

Ilustraciones: Mercedes Bellido y Javier Jubera

 

Un mexicano persigue de manera desesperada a un turista finlandés, tan esquivo como borracho, por el barrio madrileño de Chueca. El resultado es una aventura febril, absurda, digna de contarse.

 

Tuomas Böehm, que estará sano
y salvo ya, en algún círculo del
infierno.

 

El señor Parkinnen no dejaba de usar estas palabras entre frase y frase: Marlboro, Nokia, leche, México, cerveza; pero al repetirlas en voz alta, Manuel no lograba encajarlas en un conjunto que le diera pistas sobre su paradero. Se había paseado varias veces por las terrazas llenas de turistas que había entre las calles de Montera y del Carmen, repitiéndolas como un mantra. Qué gilipollas, gritó, finalmente, se me encomienda un borracho peligroso y no soy capaz de encontrarlo. El mendigo que lo observaba sin soltar la tacita de las monedas, sentado a la entrada de una iglesia, parecía decirle: yo sé dónde buscar, pero me valen madre tus ansias.

Alguien tenía que haberlo visto: el violinista que tocaba Vivaldi frente a la FNAC, la señora que ofrecía los décimos de lotería que llevaba colgados del cuello o la estatua humana del Marajá flotante a la que el señor Parkinnen había hecho casi estamparse al suelo de una patada. Todos lo recordaban, pero nadie lo había visto fugarse. Era un extranjero inolvidable al que se había tragado la tierra. Tenía dinero, tenía labia, era guapo, pero no dejaba de beber y, por si fuera poco, era muy probable que conociera la ciudad mejor que el promedio de sus habitantes. Cuando él, Manuel Medina, con pasaporte 0035978GG, llegó a Madrid diez años atrás, no se atrevía a hablar con nadie y no tenía dinero para emborracharse. En ese entonces, el único Madrid que conocía era el de El día de la bestia, una película que siempre recordaba por una escena: aquella en la cual tres personajes excéntricos están colgando de un anuncio luminoso de Schweppes.

Él no buscaba al demonio para exterminarlo, como el cura en la película, pero devolver sano y salvo al hostal a su demonio particular significaba cobrar una comisión como guía de turistas para comprar un billete de ida a su país natal.

Cuando repasó mentalmente la escena de la desaparición, no recordó nada importante. El señor Parkinnen, enamorado como todos los finlandeses de su Nokia, estaba comiendo un burrito en un kebab y a cada bocado bebía medio litro de cerveza. En un momento dado, se le ocurrió que tenía que llamar a su madre y pidió que le compraran una tarjeta de prepago en la tienda de enfrente. Manuel Medina se ofreció a cruzar la calle y comprarla antes de que el marroquí desconocido al que Parkinnen había invitado a la mesa pudiera abrir la boca. Se levantó, cruzó la calle, compró la tarjeta y al volver al kebab ni el finlandés ni el marroquí estaban en la mesa donde los había dejado.

—¿Has visto por dónde se fueron? —le preguntó al cocinero que cortaba en pedacitos el cordero humeante sobre el asador. Pero el cocinero no negociaba información con extraños que no habían pagado ninguna cuenta e hizo como si no entendiera.

Manuel subió por la calle de la Salud, dejó atrás el hostal en que se hospedaba Tomás y continuó hasta Gran Vía. A la izquierda tenía el anuncio de Schweppes, y a la derecha un McDonald’s. Mientras decidía hacia dónde avanzar, volvió a repasar su lista de palabras clave: coger, Marlboro, cerveza, México, leche, ¡leche! La palabra clave era leche.

Lo primero que había hecho Tomás la noche anterior cuando llegaron al hostal fue pedirle una cerveza. Él lo llevó al kebab por primera vez, le pidió una jarra de Heineken y después de dos tragos, Tomás le preguntó con sorna: «Manolito, ¿te gusta la leche?». En ese momento, Manuel pensó que lo estaba vacilando, pero ahora era obvio que esa sonrisa velada de «¿te gusta la leche?» significaba un borbotón de semen. Así llegó a la conclusión de que el único sitio donde podías encontrar a alguien que te preguntaba si te gustaban los borbotones de semen, era la zona a la que siempre se había negado a ir con sus amigos putos: Chueca.

Manuel volvió al hostal antes de ir en pos de su presa. Quería asegurarse de que, si por algún error Tomás volvía antes que él, no se movería de allí. Entró en la recepción y le pidió al recepcionista:

—Si viene por aquí el Sr. Parkinnen, dígale que lo ando buscando y que deje dicho dónde va a estar.

—Si quiere pase a su habitación. Allí está el señor Abdel. Manuel hizo como si supiera de lo que le estaban hablando y caminó de frente hasta la habitación 403. Al otro lado se oía la TV. Tocó un par de veces. La respuesta no fue la que esperaba: ¡Abran! ¡Abran! Joel, el recepcionista, fue corriendo a ver qué pasaba. Los gritos aumentaron: ¡Abran! Joel sacó un manojo de llaves. Cuando abrió la puerta, apareció el marroquí recién conocido del kebab en calzones, estirando la mano como un cuenco, igual que el mendigo de la iglesia, y ya más calmado y con la voz tranquila, explicó: Me dijo señor Parking de ir al cajero para venirme a pagar y de venir pronto, pero no viene.

Durante una semana, Manuel Medina había estudiado a conciencia el mapa de la ciudad, las plazas, los monumentos, las galerías, la historia de los reyes. Había paseado por cada milímetro de las zonas más conocidas de Madrid a pesar de la advertencia: «Tomás ha paseado muchas veces por Madrid, así que no te preocupes y déjate llevar por él, no le lleves la contraria», le había dicho el amigo que ambos tenían en común y que los había puesto en contacto dos días después de que Medina le suplicara: «Tengo que volver a México, tienes que ayudarme, puedo trabajar de lo que sea». Y de lo que sea se acabó convirtiendo en la caza de finlandeses errantes que encerraban a extraños en habitaciones de hotel.

Le dio los últimos diez euros que traía en la cartera al «señor Abdel». Luego le prometió a Joel que volvería tan pronto pudiera recoger el equipaje de Tomás. No te preocupes, le respondió Joel, tu amigo no tiene equipaje, todo lo trae cargando en la mochila.

Pasó por segunda vez frente al anuncio de Schweppes. Quizá llegaría el momento en que él mismo estaría colgado del cartel. Estaba dispuesto a todo por largarse. Pero ni los reyes, ni el callejero en miniatura que llevaba en el bolsillo lo podían ayudar en su misión. Se lamentó de que en todos esos años jamás hubiera aceptado una invitación de sus «amigos putos» para pasear por Chueca. Él era Manuel Medina, doctorando de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y no tenía tiempo para hacer esa clase de turismo. El conocimiento te permite un profundo acercamiento a la realidad, a costa de no explorar la profundidad de la superficie urbana, solía decir a los tres pendejos que todavía lo escuchaban. Ya habrá tiempo, decía. Y sus amigos putos, madrileños todos, nada contentos, mucho más penetrantes, le decían: ¿Te has vuelto gilipollas o qué? Si vienes del tercer mundo. Y él, divertido, les contestaba: yo vine acá a estudiar, muchachos, no a chupar verga.

Y ahora, en el ahorita de ese momento en que el azul, el rojo y el verde de Schweppes ya borboteaban en una mansa oscuridad desde la azotea de un céntrico hotel en la Gran Vía de Madrid, Manuel Medina estaba a punto de chupar toda la verga que no había chupado en los últimos diez años.

Allí donde acababa la calle de la Salud empezaba la Gran Vía, y al cruzarla, podías caminar unos cien metros hacia abajo y pasar delante de una antigua zona de putas reconvertida en barrio cool, luego entrar por Hortaleza y seguir un par de calles hacia adentro y nada más oler el aire perfumado ya estar rodeado de gente hetero, bi, homo, y de toda la gama LGTB que uno se pueda imaginar comprando en tiendas, hasta que la oscuridad más iluminada expulsa a los que compran y atrae a los que cenan, cogen y beben toda la leche que haga falta.

Manolito Medina bajó despacio por Augusto Figueroa rumbo a la célebre plaza de Chueca. A cada paso se bajaba de la banqueta para evitar roces ambiguos con gente «leather», con «osos» desafiantes, con «musculocas» ofendibles. Tan miedoso se había vuelto Medina que ya no sabía en qué ciudad había vivido o estaba viviendo. Las tardes de cinco años entrando y saliendo de Madrid en autobuses interurbanos para dar clases a niños malcriados porque había decidido dejar el doctorado que le financiaba el gobierno mexicano. Desde entonces, al volver a Madrid desde la periferia, había compartido asiento con nigerianos y ecuatorianas con quienes no temía rozarse. Se había cogido a un par de sirvientas peruanas. Le habían invitado cerveza los fornidos fontaneros polacos. Y cuando llegaba a la central de autobuses de Plaza de Castilla, en el norte de la ciudad, estaba tan hastiado que no tenía ganas de ir a defender su ideología de doctorando de izquierdas a la Puerta del Sol, ni a codearse con manifestantes radicales y alguno que otro japonés temerario al pie de El oso y el madroño.

Por eso le jodió tanto cuando el finlandés, la noche que llegó, le dijo tras el enésimo trago de chela:

—¡Qué bien estar contigo en la madre patria!

—No diga eso, Parkinnen, que suena rancio.

—¿Rancio? ¿Ahora hablas como español? ¿Podrías mejor decir viejo, pasado de moda y no rancio?

—Lo siento, pero es lo que me sale de dentro.

—Pero tú sigues siendo muy mexicano. Fíjate en tu piel, en tu cara chichimeca. No dices rancio si eres mexicano y menos en la madre patria.

—Pues sí, será, pero «madre patria» sólo dicen los políticos, o los turistas babosos que vienen a pasearse por Europa y a comprar souvenirs.

—Yo en Helsinki tengo una terracita con platos de Puebla, un calendario azteca y un cenicero de barro. Y he llevado a mi terraza al embajador de México en Finlandia, al escultor mexicano Sebastián, al dueño de Nokia, y a mucha gente con doctorado. Llevo a México en la sangre y tengo una comadre. ¿A ti te da vergüenza ser mexicano?

—No, claro que no, pero la identidad es otra cosa, no unos platitos de barro.

—Uy, mi mexicano ¡Qué profundo!

Llegó a la plaza de Chueca. Dio santo y seña de Parkinnen y nada. Una pareja de «osos» le invitaron un vermú y cuando salió de nuevo a la plaza y vio todas las mesas al aire libre ocupadas, supo que al señor Parkinnen iba a estar bien difícil encontrarlo. Pasó por el Mercado de San Antón, dio la vuelta en San Marcos y volvió a la plaza por Gravina. De pronto, no supo si por cansancio o por el vermú que se iba tomando en cada bar para despistar a la clientela, le pareció ver a uno de sus amigos putos. Para esquivarlo se metió a un antro, y como aún no eran ni las diez de la noche y no había nadie, el mesero le sirvió su quinto vermú de mala gana. Se le ocurrió que, si dejaba de buscar, quizás Tomás aparecería detenido en los separos de la policía, asaltado o muerto en la cama de un hostal de mala muerte y él recibiría una llamada fatídica. Aunque luego lo pensó mejor: un final así era imposible en un lugar tan aséptico, seguro y pudiente como Chueca.

Como siempre que se agotaba y se le ocurría alguna idea, una última pista le cruzó por la cabeza, como una lucecilla azul en la frente: en el diccionario del finlandés (coger, Marlboro, leche, cerveza, México) había otra palabra muy obvia: Nokia.

Si volvía al hotel quizá tuvieran registrado el número de ese teléfono de última generación del que el señor Parkinnen se sentía tan orgulloso. Quizá aún estaba a tiempo de que todo saliera bien. Pagó su vermú y volvió al hostal siguiendo más o menos por la misma ruta por la que había caminado hasta allí. Cuando se acercaba a Gran Vía los efectos todavía modestos del vermú volvieron a inflamarlo de esperanza. El señor Parkinnen era puto, borracho y nacionalista, pero hasta donde había visto con sus propios ojos, también era un tipo generoso, lleno de vida y de viajes, y eso era más, mucho más que un mexicano medio sobrio, hetero y apátrida que se había perdido todas las movilizaciones sociales y las juergas importantes de la ciudad en la que había vivido en la última década. Todavía estaba a tiempo de irse de juerga con el finlandés, de beber cerveza y fumar Marlboro.

Al llegar al hostal, Joel le dio el número del Nokia. Manuel se gastó todo el saldo que le quedaba en su móvil para hacer la llamada. El tono sonó tres veces antes de que Parkinnen contestara:

—¡Manolito!, estamos con unos amigos en un antro de Chueca y vamos todos a tomar leeeche. Pero a ti no te gusta la leche. Pinche mexicano pendejo —y le colgó.

Hubiera sido inútil volver a llamarlo. Así que dio las gracias a Joel y se fue. Por tercera vez subió por la calle de la Salud hasta Gran Vía y se echó a correr. A sus espaldas el luminoso de Schweppes lo vigilaba en parpadeos tricolores.

Estaba dispuesto a traer a Tomás al hotel. Atravesó la avenida esquivando parejas, familias que iban pacíficas a casa. Hacía años que no corría y la fatiga empezó a pesarle en los pies. En las películas que transcurren en las ciudades la gente nunca corre a no ser que huya de algo, o persiga algo inalcanzable, pensó. Fuera de las películas la gente camina extraviada sin reconocerse en otros. Las ciudades han dejado de ser ciudades excepto cuando se encienden luces de determinados colores y sabemos que se ha producido una catástrofe, que la policía emprende una persecución para encontrar al culpable, cuando un actor famoso llega a la alfombra roja o una plaza se llena de velas para conmemorar una victoria transitoria o un duelo. Eso lo tenía escrito Manuel Medina en alguna nota de página de su extinta tesis doctoral sobre la ciudad y la nota roja en la España contemporánea. En la realidad él se encontraba ya en Augusto Figueroa otra vez, trotando, sudando, tropezando. Cuando al fin llegó, la plaza estaba a reventar pero no encontró a Parkinnen por ninguna parte.

Al día siguiente revisó que el depósito por su trabajo como guía apareciera en su cuenta y, pensando que dejaría de chupar verga, compró su boleto de avión.

Ya en México, empezó a fumar Marlboro, a coger más seguido, a retomar la versión local del doctorado que había dejado inconcluso en Madrid. Y así, como en los cuentos donde vemos que el tiempo pasa porque aparece el sol tropical, la lluvia o la nieve, pasaron los meses, hasta que un día, mientras se tomaba una chela con unos compañeros maestros, le sonó el celular:

—¡Manolito! —era Mr. Parkinnen. Instintivamente, en lugar de hacerle las preguntas habituales de cómo estás, qué has hecho, cuándo vienes, le hizo la pregunta que jamás le había podido hacer, la única pregunta cuya respuesta le llegó a importar esa noche de Chueca.

—¿Dónde estás?

Primero oyó el barullo de la gente, y luego, la risita tosca y sonora de Parkinnen, que pareció tomar aire para contestar:

—Pues si te llamo a ti, ¿dónde voy a estar? En la madre patria.

Y al oír eso, fue él, Manolito Medina, el que se llenó de rabia y colgó.


Autores
(Celaya, 1977) es escritor e investigador. Ha publicado el conjunto de relatos Flores a la sombra, en el FETA.