Tierra Adentro

Ilustración: Santiago Morilla

 

¿Cuál es la primera reacción hoy de la gente en las calles de Madrid frente a una mujer con hiyab? ¿Cuál era hace veinticinco años? Sirin Adlbi hace un relato encarnado de lo que significa ser estigmatizada a través del odio, el temor y la incomprensión en una ciudad que, paradójicamente, tuvo desde sus inicios una fuerte herencia musulmana.

 

Cuando la subieron a aquel avión de no retorno que la lanzaba a lo desconocido, ella no sabía que dejaba allí atrás, en Damasco, no sólo la salvaje dictadura de los Asad y sus amenazas de muerte y tortura, sino todo aquello que antes había existido, salvo su pluma. Su pluma la salvó, porque con ella pudo «seguir siendo/resistiendo» a través de las letras; seguir caminando entre los renglones torcidos del destino del que la quisieron borrar, a ella y a todo sentido de la libertad, dignidad, justicia y esperanza. Quizá lo único que algún día realmente fue, y sigue siendo, es su pluma. Como diría el filósofo musulmán Taha Abderrahmane: «Escribe, luego existe».

Al subirse a aquel avión, dejó de tener nombre propio. Puso un pie en la cuerda sostenida sobre el abismo. Se convirtió en «una mora» en «una mujer musulmana con hiyab». Aquel avión la conduciría al mundo de las sombras, de las «casi personas», tal y como treinta y seis años después revela en su novela autobiográfica árabe Una mora en Madrid, publicada en Beirut en 2016. Un texto que condensa la guerra, la dictadura, el exilio, la migración, el rechazo, la invisibilización, el racismo, la colonialidad, el dolor, la revolución, la resistencia: Siria.

En la primera página escribe:

«Mora»… ¡Curioso término! Que a mis veintiocho años y a los muchos recuerdos que arrastraba conmigo de mi ancha vida en Damasco, nos convirtió en extranjeros. Extranjera hasta la espina dorsal.

Convirtió en extranjeros mis anhelos y sufrimientos y los de mi esposo e hijos y sus sufrimientos. Extranjeras mis hojas y mi tintero. Extranjero mi corazón, cuyos informes médicos certificaron su cansancio.

«Mora»… Tan sólo una palabra, una sola palabra junto a todas estas personas, recuerdos, sentimientos, imágenes… me he doblegado hacia ella, me ha lanzado y abandonado en ella, asfixiándome, lucho contra su prisión, intento romper con uñas y dientes las paredes del peso de su opresión, pero no acabo de lograrlo, pues apenas he comenzado después de todos estos largos años a convivir con ella —¡por suerte y por desgracia!— como lo hago con Madrid mismamente, igual que convive una persona con su padecimiento cardíaco y con el reúma crónicos… sin la existencia de tratamiento y sin solución.

Comienzo a aceptar el papel en cuyo interior Madrid me ha obligado a confinarme.

«Mora»… El papel que me ha asignado Madrid y que me veo obligada a aceptar, el papel del que, después de tantos años, no he logrado ni deshacerme ni desligarme.

La autora de estas palabras es la escritora y opositora siria exiliada en España Nawal al- Sibai: mi madre. Dos años después de su «desgarro existencial», de su llegada a España en 1980, nací yo en la ciudad nazarí de Granada, que tanto le recordaba a ella a Damasco, a sus antiguas, estrechas y olvidadas callejuelas, a sus jazmines y al peso de la historia que flota y ensordece su aire.

Nací pues en el doloroso 1982, el año de las masacres de Sabra y Shatila y de la Hama asesinada por el comandante criminal Rifaat el Asad, que sigue disfrutando con total impunidad hasta el día de hoy de los lujos y opulencias marbellíes, el «amo de Puerto Banús» como le llaman en Costa del Sol».1 Pero nací en Granada y no en Damasco, aunque del mismo vientre en el que anidaba un dolor inconmensurable por la tierra, la dignidad y la justicia, que no podía sino dar forma a mis propios sueños y anhelos.

Tres años después, una segunda despedida. Nos fuimos mis padres, mis otras dos hermanas y yo a Madrid, la ciudad en la que he vivido a lo largo de veintiséis años, hasta que en 2011 me mudé con mi marido y mi hijo de tres años para asentarnos en la Casablanca marroquí.

Madrid es donde he vivido la mayor parte de mi vida, es la ciudad que en gran medida ha dado forma a mi ser, a mi sentir y a mi pensar. Es la ciudad que dibuja el marco y las esquinas de cada uno de mis recuerdos a lo largo de esos veintiséis años, a pesar de ella misma y de su voluntad. Porque Madrid ha sido esa ciudad en la que cuando se celebraba la victoria del Real Madrid en algún viejo clásico, inmediatamente me pretendían encarcelar como a un «mora de mierda» en una eterna condición de «extranjería», de «ajena», de «lejana», «extraña», sin derecho a sentimientos de pertenencia o a emociones compartidas de ningún tipo. De mis padres heredé no sólo el dolor por Siria, sino además la resistencia a la «no condición», la «no identidad», el «no ser» de «moras» o, en palabras más fidedignas, de «moras de mierda».

Madrid nunca me ha dejado sentir duda alguna acerca de quién o qué soy: un objeto colonial. Houría Boutheldja diría una «indígena de la república» (en mi caso del «reino español»). Desde los compañeros de clase en el colegio Lorenzo Luzuriaga, que llamaban a mi hermana mayor «jamona» por no comer cerdo o que nos amenazaban con violarnos y agredirnos en el recreo por ser, otra vez, «moras de mierda»; o la profesora que en el comedor pretendía obligarnos a comer todo el plato de lentejas con chorizo, hasta las miradas acosadoras en la calle que entremezclan desprecio y pena y ametrallan nuestros cuerpos de mujeres musulmanas cubiertos por los últimos vestigios de territorio libre donde poder decidir sobre él mismo, allí donde toda nuestra existencia ha sido ocupada y colonizada. O, cómo no, los eternos recordatorios en todas partes, en el supermercado, en el médico o en el polideportivo de «lo bien que hablamos español».

Al llegar a la universidad todo cambió, o eso creía. Comencé a cursar mis estudios iniciales de licenciatura en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid, donde pude disfrutar, salvo muy marginales excepciones, de la compañía inolvidable de grandes compañerxs, profesorxs y amigxs, donde pasé, sin lugar a dudas, los mejores años de mi vida, creyendo que el espacio universitario era un oasis de pluralismo y buena convivencia, en el que me sentía absolutamente ¡¿integrada?!… ¡terrible concepto!

Sin embargo, no era más que un espejismo, el de la excepción de estar rodeada de personas más que familiarizadas con el islam y los musulmanes y que, de hecho, dedican su vida al estudio de esas realidades y, en no pocas ocasiones, a la militancia en pro de sus derechos o de causas tan nobles como la palestina, así como la lucha contra la islamofobia, como es el caso de nombres tan destacables, entre otros muchos, como los de Ángeles Ramírez, Ana Planet, Luz Gómez, Gema Martín Muñoz, Bernabé López García, Puerto García, Ignacio Álvarez Osorio, Fernando Bravo López, Laura Mijares, Ignacio Gutiérrez de Terán…

Mi desembarco posterior en el Departamento de Ciencias Políticas para cursar los estudios de doctorado fue el bofetón que me hizo despertar a esta realidad. Gracias al profesor del curso cuyo título merece ser nombrado: Democracia y Derechos Humanos: las libertades fundamentales en una sociedad en transformación, que a la entrada del aula, al verme, me espetó: «Es la primera vez que veo una mora por aquí… espero no tener que ver más». Gracias también al profesor que iría a ser ni más ni menos que mi tutor, en el periodo de docencia, quien preguntó: «¿Por qué y para qué haces una tesis doctoral si llevas hiyab?» o a la compañera que me dijo que «vestía demasiado bien y elegante para ser una mora»

 

2001 – 2004

11 de septiembre de 2001. Fecha maldita. Los «moros de mierda» pasamos a convertirnos en «terroristas», en «amenaza». Pasamos a ser la «excusa perfecta» para la invasión, destrucción y nueva reestructuración de nuestros países de origen.

Las miradas furtivas de desprecio y compasión pasaron a convertirse en miradas de desconfianza, odio y temor. Mientras iba subida en alguno de los vagones del metro pensaba a menudo que prefería mil veces más las antiguas miradas de desprecio a las desarmantes miradas de miedo. A la sexagenaria señora que, bajo los efectos de los «desinformativos» que machaconamente se empeñan en sembrar la desconfianza, el miedo y el choque, al verme entrar con mi mochila se encogió aterrorizada y se santiguó rezando un padrenuestro, hubiera deseado poder abrazarla con fuerza y decirle que la estaban engañando y manipulando para romper el mundo.

14 de marzo de 2004, atentado en la estación madrileña de Atocha. Por suerte, ese día no cogí el metro para ir a la universidad. Fui a pie hasta Plaza Castilla para coger el autobús. El móvil sonó desesperado, al fondo la voz rota de mi madre: «¿Estás bien? Vuelve a casa inmediatamente». No podía ser cierto lo que estaba sucediendo.

Son días que recuerdo como un vendaval furioso que golpeó a todas las comunidades musulmanas en España. Difícil echar la vista atrás y no sentir, cuando menos, náuseas… rabia profunda. Todos los dedos acusadores se dirigían hacia nosotros. ¡Pero nosotros fuimos y seguimos siendo las principales víctimas! Comenzó, como ya nos hemos acostumbrado a presenciar hoy cada vez que un atentado azota alguna de las ciudades del «mundo civilizado», el carnaval mediático de la extrema derecha, la orgía de la islamofobia, del odio y la tergiversación… La frágil convivencia se vio más en peligro que nunca. Y comenzaron los odiosos «no somos terroristas» de las comunidades musulmanas, que como decía un compañero por las redes sociales, se parecen al «no pienses en un elefante azul».

Queremos la paz,2 así titulamos la obra que como Asociación de Jóvenes Musulmanes de Madrid presentamos, recogiendo setecientas tarjetas verdes, a través de las cuales niños musulmanes madrileños de entre cinco y diecisiete años dibujaron los mapas de sus sentimientos encontrados, de su vulnerabilidad, inocencia, dolor e impotencia ante tanta barbarie. Casa Árabe la publicó en un libro posteriormente en 2009. Un grito desde el naufragio.

 

FINALES DE 2010 Y PRINCIPIOS DE 2011

El pueblo quiere que caiga el régimen. Hemos logrado echar a Ben Ali y a Mubarak. O eso es lo que pensábamos hasta que la contrarrevolución dio la vuelta a todo.

Marzo de 2011. Recibo un whatsapp: «Sirin, mira las noticias».

¡¿Manifestaciones en Siria?! ¡¿Daraa?!

Tan lejos, pero tan cerca. Siria siempre ha estado ardiendo y escociendo en lo más profundo de mi ser. Era nuestra oportunidad. No podía ir a Siria a participar en las movilizaciones pero había mucho trabajo que hacer desde el lugar en el que estábamos en Madrid: apoyar a nuestros familiares y amigos y a los comités de coordinación de la revolución siria. Llamé a un par de amigos, solicitamos el permiso y convocamos para el 17 de marzo de 2011 una manifestación en la plaza Platerías Martínez, frente a la embajada del régimen sirio. Temía que, aún aterrorizada la gente de nuestra comunidad siria en Madrid, muy pocos fueran a acudir. Algunas madres de amigas, al ver lo que iba publicando y compartiendo por las redes en apoyo a la revolución en Siria y al ver que había convocado la manifestación, llamaron escandalizadas a mis padres para que me «controlaran».

Llegó el día y la respuesta era mucho mayor de lo que había podido imaginar, pero muchos iban con las caras cubiertas para no ser identificados por los objetivos de las cámaras de quienes nos fotografiaban tras las ventanas de la embajada para ponernos en listas negras y luego enviarnos amenazas de todo tipo.

Subí a un banco que había en la plaza a leer un comunicado: nuestra condena a la dictadura, nuestra exigencia de justicia y libertad. Sentí vértigo, como si estuviera al borde de un precipicio. Basel, un compañero egipcio que vino a apoyarnos, reía diciendo que desafinaba cuando cantaba las consignas… Apenas comenzábamos a aprender cómo cantar nuestras ansias de libertad, a pesar de la garganta que, literalmente, el régimen genocida de los Asad arrancó a nuestro Ibrahim Qashush3.

Semana a semana, como en Siria, las manifestaciones en Madrid iban creciendo. Desde la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio, logramos hacer un importante trabajo de concienciación y movilización. Lo que en principio eran decenas de manifestantes, se convirtieron en centenares. Después de mucho esfuerzo, reuniones con partidos políticos diversos y con el gobierno, después de mucha sangre derramada, logramos que cerrasen la embajada.

Casi seis años después, el hedor insoportable de los cadáveres de más de medio millón de personas asesinadas por los Asad, Hezbolá, Irán y Rusia (especialmente, pero también del DAESH que introdujeron en el tercer año de nuestra revolución y de la Coalición Internacional encabezada por Estados Unidos) ha cubierto cada recoveco de la humanidad y el ensordecedor eco del silencio y la complicidad internacionales ha desdibujado de nuevo nuestras voces. La esperanza se tiñe de sangre y del más rocambolesco escenario jamás imaginado.

Siria vuelve a ser Madrid y todas las esquinas del mundo. Vuelve a ser las calles de Casablanca por donde paseo y encuentro familias enteras de refugiados con sus bebés, tirados en las calles, suplicando cobijo.

 

DE NINGÚN LUGAR… O DE TODOS

Dicen algunos que la revolución terminó. Que todo está perdido. Que guardar esperanza alguna es de locos. Yo digo que los que así hablan no han entendido nada. No han logrado comprender nada de historia, geografía, política, ni mucho menos de filosofía.

La esperanza hoy, sin duda, es revolucionaria. Es el terreno que difícilmente los genocidas que desde el primer día nos lanzaron la promesa cumplida de «o El Asad o quemamos Siria», no pueden ni arrebatarnos ni quemar. Es lo último que nos queda y a lo que nos aferramos con uñas y dientes.

La revolución no es algo puntual, es una postura existencial, es una forma de vida. Al sistema que se ha levantado a lo largo de quinientos años no vamos a destruirlo en cinco ni en diez años. A los imperialistas y a los colonizadores de Occidente y de Oriente que tanto han sudado para robarnos nuestras tierras y recursos, redibujar los mapas de nuestra existencia y también de nuestros deseos, no vamos a quitárnoslos de encima con «tan sólo» medio millón de mártires o «tan sólo» cinco millones y medio de refugiados.

El pueblo sirio o los pueblos de la región árabe en particular y todos los pueblos colonizados en general necesitamos una apertura de conciencia renovada glocal, una conciencia decolonial, antirracista, antisexista, anticlasista, antiecologicida… que nos permita identificar las raíces profundas de los conflictos que sufrimos hoy y que, por lo tanto, nos permita diseñar estrategias efectivas de lucha y liberación que no nos reinserten sistemática y estructuralmente en las cárceles del sistema mundo moderno-colonial.

Hoy más que nunca, como hija de exiliados políticos sirios, como opositora siria, como musulmana y como árabe, como mujer, como alguien que siente que hace malabarismos constantemente sobre las cuerdas flojas de las eternas fronteras, de las identidades múltiples enredadas, negadas, invisibilizadas, deshumanizadas, quiero reafirmarme en esta lucha, resistencia, existencia viviente y vibrante, que durará por siempre, que ni la pueden agotar ni quemar ni bombardear ni degollar ni desangrar ni violar, que es la lucha de mi pueblo y de todos los pueblos colonizados. Reivindiquemos conjuntamente el derecho a luchar y a dibujar cartografías renovadas. El derecho a existir, a ser.

Porque, precisamente, los que «no somos», «les damnés de la terre», somos lo único que es. El verdadero rostro del sistema, la realidad más elemental de la existencia hoy. De ningún lugar… o de todos.

 

1 http://www.elmundo.es/cronica/2015/11/29/565967d746163f6a768b45db. html

2 https://www.webislam.com/articulos/38366-ajmm_asociacion_de_jovenes_musulmanes_de_madrid_en_memoria_de_las_victimas_no_os.html

3 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142567


Autores
(Granada, 1982) es doctora en Estudios Internacionales Mediterráneos por la Universidad Autónoma de Madrid y pensadora musulmana decolonial. Autora de La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial.

 

Las novelas del escritor francés Emmanuel Carrère son inseparables del ensayo y sus crónicas indistinguibles de la autobiografía. Gabriel Bernal Granados analiza en este agudo texto los claroscuros en la obra del más reciente Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

 

Pensé que escribir esta historia sólo
podía ser un crimen o una plegaria.
—El adversario

 

El Reino (2014), el libro central de la obra de Emmanuel Carrère, resume la historia de un debate espiritual necesario; la historia de una conversión, no tanto del hombre católico de nacimiento en el hombre católico por convicción, sino la conversión del hombre en el hombre; del hombre en lo que verdaderamente es: uno mismo.

El desencanto que no se abandona; el desencanto como huella dactilar de un estilo. Lo hay en Michon; lo hay en Carrère. Sin embargo, Michon es un artista; Carrère, como escritor, dista de serlo. Hay en él un impulso narrativo genuino, y una malicia que se abona, aunque el autor lo deteste, al decadentismo de una prosa que no puede dejar de estar consciente, en todo momento, de sí misma.

Hay una inteligencia y una idiosincrasia; pero sobre todo hay un ansia —el ansia del libro absoluto o de la obra maestra que pueda conducir al reconocimiento del público. Nuevamente, lo que hay en Carrère es el ansia de una conversión, que iría del escritor principiante al escritor que dialoga en el orden de lo absoluto entendido como libro.

De los libros de Carrère, de los libros suyos que he leído hasta ahora, está desterrada la fragmentación; en sus novelas y en esos engendros bestiales que son sus ensayos novelados —o sus crónicas autobiográficas— no hay escisiones. Habría, en todo caso, fisuras espirituales que para nada tienen que ver con las costuras o el entramado de sus libros.

Sin embargo, ahora que lo pienso, no sería necesaria la conversión del hombre en el hombre si no hubiera una escisión fundamental, si el hombre no estuviera carcomido por la duda. Creer o no creer, pero creer o no creer ¿en qué? La disyuntiva se entiende de una mejor manera si se piensa en opuestos tan desvencijados o radicales como la vida mundana y la vida contemplativa, la acción y la reflexión, la postergación y el riesgo que entraña, en definitiva, el hecho incontestable de vivir, a cambio de una suma infinita de errores. «El fantasma y la revelación divina», dice Carrère en algún lugar de su libro.

La vida del escritor Emmanuel Carrère —el otro al que permanentemente se refirió Borges en numerosos escritos— está constelada de personalidades dobles, que suplantan por periodos y alternativamente la vida del señor Emmanuel Carrère. Philip K. Dick, en la biografía que Carrère escribió sobre el autor de ciencia ficción al que considera «el Dostoievski de nuestra época» (Yo estoy vivo y ustedes están muertos); Jean-Claude Romand en El adversario; Mary Shelley en Bravura; y los emblemas del psicoanalista y el converso en El Reino. Esta sumatoria de alter egos es una constatación del apego irrenunciable que se encuentra en la narrativa de Carrère con respecto a la realidad. Sus novelas son inseparables del ensayo y sus crónicas son indistinguibles de una autobiografía que recibe, de su autor, una mezcla apenas necesaria de veladuras.

El Reino, la suma de todos estos libros, el que los comprende y los apostrofa a todos, es en el fondo la trabajosa articulación de una confesión honesta… Es tan posible creer como no creer del todo… El hombre de fe no es, en esencia, muy distinto del ateo. Ambos se aferran a la realidad del mundo, apretando ya sea una u otra asa de un solo cuenco. «La noche sucede al día, los buenos ciclos a los malos y los malos a los buenos. Esto es verdad, lisa y llanamente, no una verdad embadurnada de moral, como diría Nietzsche. Afirma que cuando estás bien es prudente esperar la desdicha y viceversa, no que esté mal ser feliz y bien ser desdichado». Y al final de la confesión de las propias flaquezas se encuentra siempre la sabiduría.

Líneas arriba dije que había una ansia en Carrère. Esto es verdad si uno se atiene a criterios morales a la hora de juzgar su obra; sin embargo y sobre todo, también debe reconocerse que en su obra hay una idea de la prosa, una prosa que se moldea a sí misma, de la misma forma en que la corriente de un río dibuja el lecho sobre el cual transcurre, de manera incansable y vertiginosa. Carrère, por momentos, se vuelve prolijo, se regodea en los poderes de una prosa que parece fluir con la misma facilidad del río. Abre la llave del grifo y las palabras no dejan de manar durante periodos enteros registrados por la norma de lo anodino o lo insulso; no obstante, también por momentos, Carrère se convierte en artesano de joyas encubiertas en el pajar de su prosa. He aquí un ejemplo (las cursivas son mías): «Incluso sin deseo, sin beneficio. Incluso si al instante le arrastra la corriente de los pensamientos parasitarios, centrífugos —pequeños monos que no cesan de saltar de rama en rama, dicen los budistas—, cada segundo orando, cada esfuerzo por orar justifica el día. Un relámpago en el túnel, un minúsculo refugio de eternidad arrebatado a la nada».

Porque también prosa es una forma de pautar el propio pensamiento.

Como sucede con todos, cuando frecuentamos el vicio impune de la lectura, los hilos invisibles de lo que uno lee se anudan a los hilos invisibles de lo que uno vive. A partir de ahí se genera la trama engañosa del propio pensamiento. Engañosa porque el pensamiento dista de ser propio. Está hecho de vivencias ajenas y vivencias propias, lecturas y contralecturas, hechos y ficciones que dejan de aplazarse en el momento de la escritura, y encuentran entonces una forma definitiva —engañosamente definitiva, porque lo que uno escribe es susceptible, en el mejor de los casos, de destejerse y de mezclarse a los pensamientos de otro para conformar una nueva trama; una obra o una lucubración íntima.

La Biblia es el subtexto que se encuentra en las páginas de El Reino. De hecho, el libro de Carrère puede —y debe— ser leído como un comentario minucioso del Nuevo Testamento, el segmento bíblico que anticipa y reseña el surgimiento del cristianismo. Pero en realidad lo que hace Carrère cuando interpreta o comenta de manera erudita algún pasaje de la historia contenida en el Nuevo Testamento es narrar: visualiza y desarrolla (a la manera de un guión cinematográfico) lo que nadie había visto hasta entonces. Imagina, a su modo, y describe la escena como si se tratara de una derivación. En lugar de una glosa, lo que el lector encuentra es una historia —un organismo viviente o el boceto, para siempre inconcluso, de una novela que no deja de pertenecer a un ensayo en su proyección original; esto es, un proyecto que se interrumpe de manera constante para dar pie a otro, un proyecto que en su simiente comporta la dispersión.

Carrère proyecta todo el tiempo lo que piensa sobre una sábana blanca, como esas películas de súper ocho que nuestros abuelos proyectaban sobre la pared de una recámara sumida en penumbras. «Para que un pensamiento me afecte necesito que lo transmita una voz, que emane de un hombre, que yo sepa el camino que ha abierto en él. Pienso además que los únicos argumentos de peso en una conversación son los argumentos ad hominem. Pablo era de esos hombres que no se hacen del rogar para decir lo que piensan, es decir, para hablar de sí mismos». En el párrafo anterior, Carrère aporta dos claves, la primera para comprender su proyecto literario en general, y la segunda para comprender su intención. Carrère es un escritor que no avanza sin cautela: piensa a partir de imágenes, y todo lo que escribe obedece a esta forma de discurso tan similar al guión cinematográfico: lo que no se puede ver de antemano no es susceptible de transcribirse a la pantalla de una computadora bajo la forma de un texto. Lo que no se puede ver no se puede escribir, ni mucho menos entender. Sólo aquellas ideas susceptibles de ser narradas son dignas de ser trasladadas a la sábana manchada de negro que frente a nuestros ojos aparece en la pantalla de la computadora a medida que vamos escribiendo. (Por otro lado, no son infrecuentes en la obra de Carrère los símiles, las referencias y los desarrollos netamente cinematográficos: a lo largo de su vida adulta, es decir, a lo largo de su vida de escritor, ha dedicado tiempo considerable a hacer guiones para cine y televisión; de él, podríamos argumentar sin temor a equivocarnos que es un «hombre de cine», y un escritor que reconoce sin ambigüedades una plataforma intelectual cinéfila tan relevante en su formación y en el desarrollo de sus obras como la libresca).

El segundo miembro de la ecuación parece más determinante que el primero para comprender la tentativa de la obra impresa de Carrère. «Pablo era de esos hombres que no se hacen del rogar para decir lo que piensan, es decir, para hablar de sí mismos…». Aun en el caso de sus novelas sin ficción —la trilogía conformada por El adversario, Una novela rusa y De vidas ajenas—, Carrère está escribiendo lo que piensa, esto es, está hablando de sí mismo. En su caso, no podría ser de otra manera. Él mismo lo ha dicho: «cuando comienzo a leer una historia, me gusta saber quién me la cuenta»; y quién mejor para contar una historia que uno mismo. En otro pasaje, escondido por ahí en el rincón de los trebejos de nuestra cultura que podría ser El Reino, también lo apunta: «yo hablo de lo que sé». De ahí que los soportes literarios o librescos que podrían fundamentar la erudición necesaria a algunos de sus proyectos más ambiciosos se diluyan frente a la magnitud o la importancia que llega a tener el cine en la historia de una sensibilidad como la suya (que no es otra, en realidad, que la historia de una sensibilidad como la nuestra).

En un punto de El Reino, Carrère se sorprende de que San Lucas, en la relación que hace de la vida de San Pablo en los Hechos de los Apóstoles, pase de pronto de la tercera a la primera persona. Más que un comentario erudito, esta observación se convierte en motivo de una revelación literaria: en el momento en el que San Lucas se inmiscuye en el relato de la vida y milagros de San Pablo, en ese momento nos es más sencillo imaginar su historia. Ver equivale entonces a entender. De otro modo, si no vemos lo que leemos, el relato se vuelve opaco y demasiado abstracto, carente por completo de interés narrativo, personal, mundano. La reconstrucción arqueológica y el comentario ecuménico, el catolicismo verdadero de este escritor que es Carrère, se resume en esta capacidad de ver y entender. Si estas dos premisas no se cumplen al pie de la letra, el acto compartido de la lectura y la escritura, perpetrado de manera simultánea, no se realiza. El Reino al que hace alusión el autor en el libro más ecuménico de los que ha publicado hasta ahora, se vuelve una quimera inalcanzable y desprovista por completo de sentido.

De ahí que la primera persona siempre irrumpa, o esté latente, incluso en las páginas más eruditas de los libros de Carrère. Si no se manifiesta como tal, ésta aparece sugerida en su estilo, por momentos desfachatado o carente de decoro. Hablando de Plinio el Joven, autor de una carta enviada al emperador Trajano para comentar la aparición de una secta religiosa que está, de manera casi imperceptible en ese momento, vulnerando los cimientos de la religión cívica romana, Carrère introduce palabras y tropos todos ellos tomados del habla del barrio. Esto, desde luego, tiene la finalidad de quebrantar una solemnidad literaria de la cual Carrère, como escritor, quiere alejarse. Todo escritor, para ser leído, parece decirnos, tiene que aproximarse a sus escuchas, y la única forma que un escritor tiene de aproximarse a quien lo escucha es hablando de la manera más llana posible, sin importar que los temas que se aborden sean asaz escabrosos o eruditos. El vigor de una prosa, no su acartonamiento, es lo que garantiza un mínimo éxito de lectores. Así pues, la sombra de la conversión de Carrère continúa haciendo acto de presencia en sus libros: nunca, de hecho, ha podido desterrar de sí al fantasma que deambula por su estudio en el momento en el que escribe, previo a la aparición de un dios que no es dable entender en otros términos que no sean los de un desapego a los afectos materiales que nos proporciona nuestra pertenencia al mundo.

Con Pierre Michon (1945) y Pascal Quignard (1948), Carrère (1957) es uno de los escritores de lengua francesa que más proyección internacional ha tenido en las décadas recientes. Sin embargo, lo que tendría en común con sus predecesores inmediatos no es tanto el reconocimiento, que en el caso de los tres ha llegado algo tardíamente a sus vidas, sino la excentricidad de sus proyectos particulares de escritura. Lo mejor de la prosa de Michon se encuentra en la intensidad y el valor de lo minúsculo: sus personajes, prácticamente todos, se parecen a él —habitantes de la periferia, donde la única tabla de salvación frente a los demonios de la disolución absoluta se encuentra en el ejercicio de las palabras—. Quignard es un disidente que ha descubierto su identidad en el nomadismo manifiesto de sus libros. Sin embargo, a diferencia de ambos predecesores, Carrère descree de la miniatura. Su signo discurre por un cauce contrario: el de la profusión y el rompimiento de aquello que considera la tradición. Si de repente, en el transcurso de su prosa, siente que está incurriendo en la poesía, se interrumpe, modula la voz de una manera distinta, más ronca o más burda, y se acerca con cautela a lo que podría ser considerado como una revelación. La divinidad sólo se manifiesta si no la buscas, o incluso si lo que pretendes es huir de ella siguiendo el camino contrario, como sucedió con Jonás y como sucedió, precisamente, con Pablo.

Las revelaciones sólo pueden llegar a través de las pequeñas cosas, y en esto, no obstante su carácter, Carrère parece estar de acuerdo con sus contemporáneos.

Carrère, como Jules Renard, escribe de religión sobre el entendido de que ha dejado de creer a pie juntillas en lo que mandan los credos. El Reino cuenta la historia de un converso, Saúl se convierte en Pablo y Emmanuel Carrère se convierte en… Emmanuele Carrère. En ese sentido, su libro, suma de todos sus libros anteriores, da cuenta de un trayecto necesario en la vida de un autor que se busca a sí mismo, y se localiza finalmente en la dispersión de sus semillas.

Antes que una obra maestra, un libro es muchos libros, y esto no depende de su número de lectores sino de los momentos que un libro contiene en su interior, múltiple y cambiante. Así, al final del primer capítulo de El Reino, Carrère deja que se asome lo que podría ser el sentido último de su «conversión».

Veinte años más tarde, Hervé1 y yo seguimos caminando juntos por los mismos senderos y nuestras conversaciones siguen girando en torno a los mismos temas. Llamamos meditación a lo que llamábamos oración, pero siempre encaminamos nuestros pasos hacia la misma montaña que siempre parece igual de lejana.

Y el sentido último de un libro podría encontrarse, en el mejor de los casos, en la amistad o la conversación.

1 Para los curiosos que no han leído El Reino, Hervé es el nombre del mejor amigo de Carrère, quien, como él, buscaba en la religión el sentido último de la vida, sin desde luego encontrarlo ahí.


Autores
(Ciudad de México, 1973) es ensayista, narrador y poeta. Autor de Anotaciones para una teoría del fracaso, entre otros títulos.

 

1
Bebimos de ese frasco que trajiste con agua del Mar Muerto.
La conciencia flotaba sin esfuerzo dentro de esa dureza
salitrosa que permitía a nuestros ojos mirar el cielo
sin pensar en el ahogo y distenderse en él,
plácidamente. Solíamos buscar una manera
de sacar vida aun de la mortaja, y ahora esa mortaja
era líquida, y viajaba en el centro de nosotros,
y nos daba fuerzas. La muerte nos volvía, sí, convulsos,
pero de tanto asco y tanta risa, y, salobres, nos dejaba
sobrevivir. Esa muerte que nos diste se volvió un lazo
de sal entre nosotros, para que nunca nos faltara
luego de aquel amanecer en el que intuimos
un haz de mutaciones, un tosco crecimiento
que no alcanzábamos a aprehender desde tu azotea.

 

2
Contábamos los días para que el año terminara.
Faltaban veintitrés, y algo había de muñón adentro
nuestro, “como si hubiéramos visto, en un segundo,
toda la mordedura que el tiempo nos tenía
preparada”. El teléfono sonó, insistente, y tuve
que contestarte, a pesar de que yo solo
quería fundirme en el ardor de mi rotura.
Tu novia. Tú. Una cresta verdosa que se hacía,
terca y cotiledónea, camino hacia la atmósfera.
¿Qué necesitas? alcancé a decirte. Mientras, luchaba,
en el surco de la asimilación, en plena noche,
como si el ladrido de un perro desquiciante,
y te vi, en el medio de un desierto, líquido
y espeso, que no quita la sed ni cede al nado.

 

3
«Desde el fondo de ella, arrodillada», se venía preparando
una tormenta. Tu cabeza se ahogaba en ese líquido
amniótico. Teníamos dieciocho y, a ochenta kilómetros
de aquí, prometía comenzar, para tus ojos, un ajetreo
decidido por adentrarte en lo recóndito hasta la más absoluta
pequeñez, por sumirte en nuestro adentro inconcebible,
compuesto por cadenas infinitas y frágiles, descomunales
y nimias. Tu pasión era aprender a mirar La Vida
y saborear, como el agua saborea su lento tránsito
hacia el fondo de lo grave, el desollarla sutilmente
para observar, en pleno asombro, su cráter misterioso
y germinante. Tal vez por eso entendías mejor que nadie
aquello que venía formándose en su vientre,
que se me figuraba denso, granizo de sal cuajada.

 

4
En dónde se encontraba lo Correcto. En tu íntima
Gomorra, veía cómo arrastrabas los pies para salvarte,
tentado siempre a mirar hacia atrás, como esperando
que un faro ultraterreno te hiciera ver aquello
que ganabas o perdías, aquello que dejabas
atrás para pudrirse. Al fin y al cabo, no dependía
sólo de ti, y yo sabía que tú, cínico y todo,
harías lo que ella te pidiera. De cualquier forma,
manoteabas, espasmódico, para alejar el arrepentimiento
(y eso yo lo sé aunque jamás me lo dijiste de ese modo),
y sudabas del esfuerzo, como el rey de un cuento laberíntico,
abandonado a su suerte en una cárcel de arena.
Hoy tendría unos diez años, y lo imagino, y no me gusta
imaginármelo, igual a ti en esa foto de tu casa.

 

5
Entre el fragor de una estación del metro,
y oculto de los guardias trepados en tarima,
intercambié el dinero que me diste por unas
píldoras que, en el Norte, habían sido ya aprobadas
por los filtros de sanidad. Tomada ya la decisión,
me lo habías pedido, y yo no supe negarme.
Después, según dijiste, vino la náusea
como un desgajamiento. El jadeo alérgico
de aquella temporada parecía venir de esa tormenta,
sin nombre, por cuyo escampe clavé, en el tuyo,
cuchillos en la tierra. O más bien: para su siega,
te conseguí la hoz con la cual impediste que ese tallo
de vapor continuara subiendo a condensarse,
cumulonímbico y severo, sobre sus rostros aturdidos.

 

6
Nunca lo hemos platicado, y ahora, de seguro,
pensarás: ¿de dónde sale todo esto? Es curioso
pensar así las cosas: de esa otra mortaja compartida,
se posó, entre los dos, un vínculo cómplice tan ceñido
como la muerte misma: en el fondo de lo muerto
se forja lo que no se deshace, lo que de veras perdura,
como la vida paciente de la artemia jordana
en su paraje de sal. Acaso la amistad sea sólo esto
que obtuvimos de la muerte, esto que, tercamente,
persiste, renaciendo, y que nos dice cómo
tomar agua tan dura y no desfallecer, sino aferrarnos,
más enérgicos, al placer de flotar, con la vista hacia arriba,
mientras hablamos, riendo, de todo o casi todo;
mientras callamos todo aquello que no es necesario decirnos.

 

* Fragmento del libro ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2017.


Autores
(Ciudad de México, 1987) es poeta y ensayista. Actualmente es becario de la FLM y miembro de la redacción del Periódico de Poesía.

 

El autor de este texto, quien pasó parte de su infancia entre los pasillos de la escuela Rébsamen, conecta los sismos de 1985 y el 2017 mediante un ejercicio de la memoria, pero también a través de una reflexión sobre el miedo y la imposibilidad de asimilar una tragedia en toda su magnitud.

 

La sincronía es la trigonometría
del azar.

Víctor Toledo

 

I

19 de septiembre, jueves, son casi las siete de la mañana. Como todos los días vamos al colegio mis dos hermanas y yo. Papá maneja un Ford Fairmont color rojo, modelo 82 o quizá 83. Como siempre, voy en el asiento trasero del lado derecho. Miro distraído el paisaje citadino, demasiado familiar, tengo sueño. Entro más tarde a la primaria pero para facilitar las cosas, papá me deja a la hora en que mis hermanas entran a la secundaria, que está a unas cuantas cuadras de ahí. Esta mañana es parecida a todas: voy pensando en mis clases de fútbol en el CECAP, que tomo por las tardes, y también en el mundial de futbol, que será el próximo año. No hemos avanzado mucho, acabamos de pasar el club de tenis Tepepan, vamos saliendo de la colonia cuando en una glorieta, justo en el alto que nos marca un semáforo, sentimos que el auto se estremece de forma violenta, como si alguien lo estuviera moviendo. Los árboles, el poste amarillo del semáforo, los cables, los demás autos, también se balancean. Mi papá mete reversa, y mueve el auto un poco hacia atrás para no quedar debajo del semáforo, que parece a punto de caerse. ¿De dónde saca mi padre la templanza para hacer eso en ese instante? Quién sabe. El caso es que mucho tiempo después, también eso va a recordar mi hermana, cuando logremos hablar del tema, y también va a recordar que a ella las piernas le chocaban. Ese tiempo parece extenderse, es difícil de calcular, un minuto, dos, tres, no sabemos, pero nos parece que dura mucho. Pasa el movimiento, no estoy asustado, nunca he vivido un temblor, no alcanzo a ver a nadie lastimado, ningún tipo de destrucción. Llegamos al colegio de mis hermanas, la secundaria Alejandro Guillot; la construcción parece intacta, mis hermanas se quedan. Después papá conduce hacia mi escuela, en Rancho Tamborero número 11; al circular por una callecita de terracería, por la que cortamos camino, vemos la barda de la primaria caída, justo la barda de ladrillos pintada de beige en donde con grandes letras azules decía Colegio Enrique Rébsamen. Pese al montón de ladrillos en el suelo, no parece dañado el edificio, que consta de una planta baja y dos pisos. Sin embargo, esa barda caída le da mala espina a mi padre, ni siquiera nos bajamos del auto. Prefiere regresar a casa y ver a mi mamá, intentar hablar por teléfono con mis tíos, que viven en la Narvarte, en Iztacalco, en la Roma, y con mi abuelo que vive en unos multifamiliares frente al edificio de la SCOP. En el camino, la radio del Fairmont empieza a escupir las primeras noticias, confusas, inexactas, a cuenta gotas. Al llegar a mi casa, mi madre nos está esperando afuera, en el patio. Dentro hay cosas en el piso, unas macetas que pendían con plantas colgantes, hechas añicos, aún sostenidas absurdamente, con la tierra apelmazada y las raíces expuestas. Papá revisa la casa, detenidamente, después entramos. Me quito el uniforme de la escuela para no ensuciarlo. Un pantalón azul marino, un suéter del mismo color con dos franjas rojas y el escudo de la escuela donde se pueden ver las iniciales CER, coronadas por una pequeña estrella encima de la letra E. Me cambio también la camisa blanca y los zapatos negros de charol recién boleados. La radio sobre el refrigerador de la cocina sigue dando noticias, mamá sube el volumen.

Escucho a los adultos, en un primer momento parece que no es tan grave la situación, pero poco a poco, las voces que salen de la radio y la televisión cambian, sus rostros también cambian. Se respira angustia, miedo, confusión. Todo cobra dimensiones hipertrofiadas. El ambiente es una mezcla de miedo y consternación. También se derrumbó Radio Fórmula, dicen, acaban de decir. Mis padres repiten nombres de calles, de colonias, de edificios, de personas, concentran su atención intermitentemente en la radio y la televisión, insisten en vano en hablar por teléfono. Yo escucho, intento entender.

Epicentro entre las costas de Guerrero y Michoacán. Derrumbes en el Centro Histórico, en Tlatelolco, en la Narvarte, en la Juárez. Muchos muertos y heridos. Bomberos, ambulancias, patrullas y ejército por toda la ciudad. El aeropuerto cerrado, gas, luz y agua, cortados en muchas colonias. La ciudad está revuelta, dice mi hermana mayor, sin entender muy bien a sus catorce años, cómo procesar eso. La veo escribir en su diario, la veo llorar a escondidas, la vida de muchas personas ha cambiado en tres minutos, dice o escribe o recuerdo que dice.

El 20 de septiembre, en la noche, otro temblor. Papá nos saca al patio, todos los vecinos salen. Preguntan por sus casas, por las casas de sus familiares. Algunos se abrazan o rezan. Mi madre me reúne con mis hermanas, dice que debemos orar. Qué extraño verbo, acaso justo. Pienso ahora que escribir es una forma de orar, de hacer oraciones. Vemos el piso de adoquines esperando que se abra la tierra, pero nada sucede. En el patio una vecina intenta prender una palma milagrosa, pero no la dejan, puede haber fugas de gas, le explican. Después supimos que ese temblor había sido de menor intensidad pero tremendamente destructivo, pues terminó de desmoronar algunos edificios.

Trajimos a mi abuelo desde la Narvarte, por su casa hay muchos edificios colapsados. Pasan los días, yo no voy al Rébsamen. Mi casa parece un albergue, se están quedando aquí más familiares. El 22 de septiembre mi hermana anota en su diario: «Hoy terminan los tres días de duelo nacional, todo este tiempo se izó la bandera a media asta, gracias a Dios estoy viva y mi casa en pie. No tenemos agua pero sí gas y luz».

En la televisión dicen que esta tragedia es difícil de comprender. Yo no sé lo que es una tragedia, y quizá, a esta edad, treinta y dos años después, tampoco lo sepa. Mi hermana mayor no usa esa palabra, a ella le parece una pesadilla, lo dice, es terrible, no reconoce la ciudad. Tiene hepatitis, ya la tenía antes del 19, pero ahora le parece insignificante su enfermedad, frente a eso que vive la ciudad. ¿Cuántos muertos?, imposible saberlo en ese momento.

A veces las macetas colgantes dan vueltas y vueltas. Real o ficticiamente, no lo sé. Mi padre mejor las quita. También fabrica una alarma casera. Un viejo polín sirve de base, encima un anillo metálico conectado a una chicharra de escuela, dentro del anillo un péndulo metálico que cuelga desde lo alto del techo con un cordón de cortinero, si el péndulo toca la pared del anillo la chicharra suena. Entonces hay que dejar lo que se está haciendo y salir rápido. Pasan los días, el tenor mexicano Plácido Domingo sigue ayudando con los voluntarios. En el diario alguien escribió que dentro de treinta años se vivirá un temblor similar. La gente habla de los topos, en la televisión entrevistan a uno al que le apodan La Pulga. El 27 de septiembre otra réplica, mis primos y yo salimos asustados, apurados por los adultos. En algún hospital colapsado, rescatan a un bebé de nueve días de nacido; la gente se conmueve y habla de eso. Yo no entiendo cómo pudo sobrevivir y no pregunto, no pregunto pero me quedo mucho tiempo pensando en eso, un bebé entre los escombros.

Cuando mi hermana mayor le explica a mi otra hermana, más de una semana después, el miedo que experimenta permanentemente, le dice, «siento que tiembla todo el tiempo pero lo único que tiembla es mi cuerpo». La menor, que es más madura y que ha reaccionado asombrosamente ecuánime, intenta calmarla, cuidarla. Mamá va con las damas voluntarias del Banco de México, al Xoco, a la Cruz Verde, pues necesitan ayuda para ordenar las medicinas y víveres que están enviando a los damnificados. El día 30 de septiembre mi hermana consigna en su diario lo que escucha en la radio, que se han dado unos 80 movimientos telúricos, sólo tres de importancia, y que justo ese día, 30 de septiembre, «murió el que inventó la escala de temblores». No parece una coincidencia tampoco. Para entonces ya tenemos clases, y la barda del Rébsamen está reconstruida o ya no está, no recuerdo.

Jacobo Zabludovsky pide serenidad y calma al pueblo, mi hermana piensa que ella no sería buena reportera. El presidente felicitó al pueblo por la solidaridad mostrada. Papá guardó en la cajuela del carro un garrafón de agua. Todos dormimos en la sala y vestidos para poder salir rápido en caso de una réplica. A mi hermana todo parece provocarle tristeza, vive en angustia. «Yo no quiero sobrevivir para contarlo sino para olvidarlo», escribe en su diario que deja abierto sobre la mesa y que yo leo en secreto. Y pienso que yo ahora, aquí, lo estoy contando. Contando justo aquello que ella intentó olvidar. Acaso siempre sea así, alguien cuenta las cosas y otro las olvida; amnesia y memoria, movimientos hermanados, caras de la moneda del fatum, lanzada al aire. Un bolado que tarda treinta y dos años en caer, y que se escribe de muchas formas.

La verdadera poesía es máxima sincronicidad, escribe Víctor Toledo en Poética de la sincronicidad. La lengua de Adán y Eva. Y yo pienso que alguien ha dicho que la mirada del poeta hace que un día cualquiera al pasar frente a un muro, ese muro deje de ser simplemente un muro, y se convierta en algo más. Pienso en los dos muros, el transfigurado por la mirada poética y el muro del Rébsamen, que yo vi a mis ocho años, ahí en el piso, transfigurado también, pero materialmente, en piedras desordenadas y amontonadas. El miedo, de alguna manera, también es máxima sincronicidad, pienso.

Pero recordar, hacer memoria, intentar narrar eso que uno recuerda, parece disolver el tiempo, si la narración anula el tiempo, y su efecto parece sintetizarse en la idea de que el tiempo no existe, sucede lo mismo con el miedo, el miedo también es asincrónico, y entonces el 19 de septiembre deja de tener año, deja de ser fecha, y se convierte en cifra, la cifra de un miedo que parece atemporal, ahistórico. Treinta y dos años parecen un puente falso, el tiempo histórico colapsa, y el miedo y la memoria y las palabras, parecen entrar en esa zona que recién se abre así, como por azar.

 

DIOS OSCURO

Martes, gran sismo, epicentro entre Puebla y Morelos, 7.1 de magnitud. Esta vez sentí que moriría. Primer piso de la universidad, interrumpir la clase de guionismo; ver cómo se mueve el edificio, las bancas de metal golpeando entre ellas, las gruesas columnas de concreto agitándose, escuchar vidrios de ventanas que se rompen; salir todos con premura; alcanzar a decir a los muchachos, «no corran», como un eco imposible de la voz de mi maestra de primaria, repetido absurdamente. Conmoción general, unas alumnas lloran. Largo camino de evacuación, del salón al jardín central, cruzando un pasillo que sentí que se caería. Luego horas de angustia, sin poder comunicarme con nadie. Sin luz y sin teléfono en mi casa, escuchando un radio de pilas. Y de pronto ese aparatito, ese radio de pilas, la fecha precisa, el miedo que se siente mientras uno escucha las noticias, hacen que la memoria conecte con la sincronicidad. No un déja vu sino algo más sobrecogedor, algo tremendo, como si rasgaran la realidad y se descubriera de golpe una lógica distinta, oculta, sin tiempo ni espacio, una suerte de Dios oscuro moviendo los hilos. A las once de la mañana se había programado un simulacro, justo por la fecha, y a la una de la tarde con catorce minutos, sin que sonara la alarma, todo se cimbró, en una coincidencia siniestra. Sí, otra vez es 19 de septiembre, y entonces todo parece salirse de su lugar, moverse a otra región, en un tiempo distinto; como si uno se desplazara apenas unos milímetros y una veladura cayera. Como si uno ahí, estúpidamente sentado en la cocina, sin luz, escuchando el radio de pilas, cambiara de pronto de paralaje y se entrara en un fatum, más allá de la historia.

Me entero de golpe en Facebook sobre el derrumbe en el Rébsamen. Mi primo, que vive cerca, está ahí removiendo escombros. La sincronicidad de nuevo en forma de miedo, un agrietarse. ¿Por qué precisamente me entero de esa escuela primaria y no de otra? Regresan los pasillos del Rébsamen, los míos, los de mi niñez, y también regresa el olor a muerte que flotaba en la ciudad, mis ocho años, aquellas ruinas, una ciudad destruida; y de pronto un montón de recuerdos salen quién sabe de dónde, imágenes en tropel. Nino Canún en la televisión, dando listas de nombres, un inventario de cadáveres o de desaparecidos. La avenida División del Norte con las ventanas de los segundos pisos al ras de la banqueta. El susurro de los adultos hablando de los edificios colapsados, casi en silencio, para que los niños no nos enteráramos y no sintiéramos miedo. La maleta con las escrituras de la casa, víveres y una linterna de pilas, puesta ahí en la puerta de la casa, a la mano. Las camas improvisadas en la planta baja para salir rápido si era necesario. Unos autos aplastados como si fueran de juguete, en la planta baja de un edificio que como un acordeón se vino abajo sin desplomarse por completo. La espera indefinida de una nueva réplica. Cosas diminutas que uno cree olvidadas y que de pronto regresan, treinta y dos años después, y se seca la boca y no son diminutas y el miedo es cíclico. Y me doy cuenta que de alguna manera esa paranoia se metió un poco dentro de mí, ese absurdo esperar aquella réplica que nos sacaría de la cama en plena madrugada. Quizá por eso en el 2009 escribí Código de barras, una obra de teatro sobre un terremoto que deja a cuatro personas atrapadas en los escombros de un supermercado; después del estreno jamás la volvimos a montar, la intenté borrar, aquella escenificación me pareció tonta, irrespetuosa, de más.

Y sí, es de nuevo el decimonoveno día del noveno mes, pero es 2017 y estoy sentado en mi cocina, escuchando en la radio portátil que en Cholula, sobre la pirámide, las torres de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios se han derrumbado. Y sí, es de nuevo diecinueve pero no hay cambio visible de paralaje, ni revelación de un fatum más allá de la historia, es sólo miedo. Miedo físico y metafísico, a causa de la coincidencia inverosímil. Pienso con angustia en la escuela de mis sobrinos y en mis familiares que viven en la Ciudad de México. Se mandan mensajes por teléfono celular que no llegan, se piensa también en los mensajes que nos están enviando que tampoco llegan. Una red invisible de mensajes que no llegan y que llegarán a destiempo, inútiles, cuando ya no signifiquen nada, o simplemente mensajes perdidos, escritos rápidamente, que ya nunca llegarán.

Justo hace treinta y dos años mi primaria sólo tuvo una barda caída, pero esta vez la escuela Enrique Rébsamen quedó derrumbada. Pienso eso, pienso que no es una coincidencia, que hay allí un signo. Luego me doy cuenta que desvarío; en realidad no hay signos, no puede haberlos, intento ser realista. Sensación de profundo misterio, miedo por esa coincidencia, que de alguna forma secreta y siniestra, parece no serlo. Miedo sincrónico. Niños atrapados bajo los escombros, en ese preciso lugar, ese espacio en donde yo jugué y crecí, niños que pudieron haber sido yo hace treinta y dos años o viceversa. Recuerdo los tubos de metal color rojo, como de bomberos, que había instalados en aquel edificio, adosados a los barandales; recuerdo los simulacros que hacíamos frecuentemente después de aquel año de 1985. «No corro, no grito, no empujo», letreros en cada descanso de la escalera y junto a la tiendita. Yo era jefe de grupo y tenía que sonar un silbato para salir de los salones cuando sonara la alarma. Primero bajaban las niñas que se tiraban con algo de miedo en los tubos metálicos, que nos recordaban a los superhéroes de las películas; después los niños, y al final el maestro o la maestra responsable del grupo. Recuerdo que mi mamá llevaba frecuentemente el Ford Fairmont a un taller mecánico que los hijos de la dueña del Rébsamen tenían junto a la escuela; aquel coche se calentaba a cada rato y había que echarle agua al radiador constantemente. Veo incrédulo las fotos que circulan en la red: arriba de ese antiguo taller hicieron ampliaciones, al parecer esa es la parte de la escuela que colapsó. Veo la fotografía en el monitor, en el patio que aparece lleno de escombros, pasé casi toda mi infancia. Estudié de primero a quinto de primaria, después, justo por el terremoto, mi familia y yo nos mudamos a Puebla y nunca volví a poner un pie ahí. Mi padre trabajaba para el FIRA, un fideicomiso del Banco de México, que por aquella época fue de las pocas instituciones que sí aplicó la política de descentralización que tanto pregonaban como algo urgente en la planeación urbana. Salimos de ahí, de la capital. Llegué a provincia, a estudiar entre desconocidos mi sexto año de primaria, en una escuela que tenía una edificación de ciento veinte años, una especie de castillo histórico en donde se había refugiado Madero y que paradójicamente parecía más seguro, más sólido, que cualquiera de las escuelas construidas recientemente. Me adapté a Puebla más rápido que mis hermanas, que aún querían seguir escuchando a Jaime Pontones y su Utopía radiofónica transmitida desde Rock 101. Mi padre, al llegar a la nueva casa, ya no armó una alarma sísmica, sino que tuvo que ingeniárselas para hacer una antena que captara la voz de Pontones, para que mi hermana mayor pudiera dejar de sentirse nerviosa y exiliada. Era, ahora lo pienso, una suerte de terapia. Aquel año comprendí, sin quererlo, una disyuntiva: mudarse o enmudecer. O buscábamos la aparente normalidad, olvidando poco a poco lo acontecido y dejábamos de hablar del sismo, o nos mudábamos definitivamente de aquella ciudad que nos había dejado imágenes de destrucción y paranoia. Mudarse o enmudecer: repito eso ahora, de forma extraña. Suspensión de clases en la universidad, suspensión de mi programa radial de los martes. Necesidad de ayudar de alguna manera, de forma inmediata. Y al mismo tiempo no saber cómo ayudar, ni dónde. Un tiempo muerto, lleno de ansiedad.

Y junto al miedo y la sincronicidad, la urgencia por negarlos. Percatarse de que justo en esa negación, hay algo secreto que los une. Darse cuenta, comprender de una forma no racional, que uno es impotente y partícipe de esa especie de trama secreta.

Darse cuenta que uno es inútil, a pesar de las buenas intenciones y de la organización espontánea de la dichosa sociedad civil, término que a mí me parece inventado por Monsiváis justo a partir de la experiencia de 1985. Sin cronos, sin aprendizaje, hoy de nuevo el sismo y la desgracia han revelado la ausencia de la reacción eficaz del Estado, su virtualidad, la corrupción expandida como un cáncer, la desigualdad, ese otro gran terremoto. Y por otro lado la movilización de la gente, la energía de mujeres y hombres que todavía son capaces de sentir empatía por el otro. Las redes sociales bombardean con información y denuncias, llamados de auxilio, la misma mierda en ciertos sectores del gobierno, intentos de jugar con la desgracia a su favor, confiscar las donaciones y los víveres para después repartirlos a nombre suyo. Mandar remover escombros con maquinaria, aun sabiendo que hay o puede haber sobrevivientes. Desalojo violento de socorristas. Indignación, polarización. Mi primo sabe que yo estudié ahí; llegó a División del Norte y vio el río
de gente que iba al mismo lugar, sobre todo médicos de la clínica 32 y muchos muchachos de la prepa 5. En Facebook escribió al día siguiente lo que vivió:

Apenas había pasado el terremoto y ya estaban allí cientos de personas organizadísimas, ya habían ido por los carritos de un supermercado para retirar los escombros, ya habían formado una valla para pasar cubetas de mano en mano, ya estaban repartiendo tapabocas, ya estaban organizando el tráfico en ausencia de los policías, ya estaban descargando garrafones de agua y cajas de suministros, ya estaban consolando a los que necesitaban consuelo…

En el libro Poética de la sincronicidad, que gané por azar en una emisión radiofónica de Radio BUAP, Víctor Toledo habla de un amigo suyo que en 1995, durante un congreso en Colima, se había ido a Manzanillo a descansar, y se había hospedado justo en el hotel en donde le habían dicho que no lo hiciera, pues diez años antes, en el terremoto de 1985, había sido fuertemente afectado. Toledo cuenta que ese amigo que se había salvado de milagro en 1985 por levantarse de su cama a tomar agua justo en el instante del terremoto, diez años después murió ahí, en ese hotel de Manzanillo, en el sismo de 1995. «El mismo temblor lo perdonó y lo mató», escribe Toledo. Mientras tanto, yo sigo meditando la conexión misteriosa que opera entre el miedo y la sincronicidad. Pero no llego a nada, no sé pensar aquello, dejo esto en puntos suspensivos, porque si no habría que empezar de nuevo a recordar aquel jueves en el que tenía ocho años, eran casi las siete de la mañana e iba al colegio Enrique Rébsamen.


Autores
(Puebla, 1977) es maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana; autor del libro Liquidaciones, publicado por el FETA.

 

World Press Photo es la continuación de un ritual establecido en 1955, corte de caja sobre el estado de la humanidad, ejercicio de observación como testimonio, un recuento de dolores, tanto como un archivo de la persistencia. Cada año la muestra se tiñe de líneas que atraviesan el tránsito histórico en imágenes de ese año en particular. En su edición actual, ese hilo conductor habla del exabrupto y el resquebrajamiento de ciertos códigos que creíamos inamovibles. El ejemplo más directo de ello es la fotografía ganadora del año: un retrato de Burhan Ozbilici, quien captó el instante previo y posterior al asesinato de Andréi Kárlov, embajador ruso en Turquía, a manos de Mevlüt Mert Altıntaş, en una galería de arte en diciembre de 2016. La imagen transmite —en esos breves segundos en los que el atacante permanece de pie con un brazo en alto proclamando sus motivos— la urgencia de un momento único, la certeza de que algo en el orden del mundo se ha transformado.

Dado que el gesto fotográfico se ha vuelto ya cotidiano, olvidamos con facilidad la relación entre la fotografía y el tránsito del tiempo. La capacidad para congelar un instante hace de la cámara un testigo particular que genera la ilusión de un espacio estático. Pocas veces como espectadores nos preguntamos qué pasó después de que la fotografía fuera tomada. Somos rehenes del instante que observamos. ¿Cuál es la historia de estos cuerpos una vez que la cámara cerró su ojo? Es posible que la cámara de Ozbilici captara el después: la intervención de la policía, la evacuación de la galería, la ejecución de Mevlüt Mert Altıntaş. Pero esas imágenes no forman parte de la secuencia ganadora. Pertenecen a otro momento y a otro espacio. Lo mismo sucede con la muestra en su totalidad: por cada fotografía que miramos hay cientos que dejamos de observar. Pero la ausencia de éstas traza ya una silueta que se puede leer a partir de lo que se considera digno de ser mirado.

La cámara solidifica lo que por naturaleza es móvil. Detiene. Y como tal, nos permite un instante de contemplación y observación que de otro modo resultaría imposible, o quizás insoportable, de sostener. La cámara nos permite una velocidad diferente de percepción, una que implica selectividad. Toda imagen que vemos contiene en potencia la imagen que no vemos, y al mirar a la que observamos no debemos olvidar que en ella habitan también todas aquellas que no llegaremos a ver nunca.


Autores
(Ciudad de México, 1983) es ensayista, historiadora y traductora; autora de Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia.

 

Todo empieza con un conteo de diez segundos hacia atrás. La primera detonación atómica de la historia, realizada el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, se encuentra con las escalofriantes cincuenta y dos cuerdas del Treno a las víctimas de Hiroshima que compuso Krzysztof Penderecki en 1960. El fuego y la música en perfecta sincronía con el ojo cinematográfico de David Lynch. El artista de Missoula, Montana, dirige cada una de las primeras nueve partes del regreso de Twin Peaks, veinticinco años después de «Beyond Life and Death», el memorable episodio en el que el agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan) emprende un viaje a la Logia Negra para hallar a su oscuro doble y cumplir su fatídico destino.

Un cuarto de siglo debería ser tiempo suficiente para anular el peso específico que el spoiler tiene hoy sobre las audiencias audiovisuales, hiperconectadas e hipersensibles. ¿Qué es lo que el spoiler pone en riesgo? El efecto calculado del giro inesperado y del cliffhanger. Nada más. Si el spoiler puede derrumbar la experiencia completa de una historia, quizá en ella haya una falta de sustancia que se disimula con excitante pirotecnia. El largo camino de la llamada época de oro de la televisión, que bien pudo haber comenzado en 1990 con la pregunta ¿quién mató a Laura Palmer?, alcanza su forma última en otra pregunta: ¿a quién matarán Negan o George R. R. Martin? La respuesta a esta última pregunta es, necesariamente, un spoiler, una apuesta que se repite cada temporada. En contraste, la pregunta de Twin Peaks es un misterio inconmensurable. En sus dos presentaciones televisivas, la experiencia fundamental de Twin Peaks es la perturbación, es decir, la agitación de los fundamentos sobre los que descansa nuestra certeza de lo real. La experiencia más notoria de fenómenos televisivos como Game of Thrones o The Walking Dead es el shock, precedido por una suerte de indiscreto deseo de trauma dosificado, y anhelado por los públicos (el subgénero de la videoreacción da cuenta de esto).

La octava parte del relanzamiento de Twin Peaks lidia con el hongo atómico, imagen por excelencia del trauma histórico del siglo XX, a la que Lynch y Frost convierten en un nuevo misterio: ¿cómo surgió el mal que acabó con la vida de Laura Palmer y amenaza a la humanidad misma? Se trata de un crimen del que todos, a estas alturas de la historia, somos testigos. La forma en que el ojo de Lynch penetra en el misterio del fuego atómico también es conocida. El camino está allanado, claro, por el canto fúnebre de Krzysztof Penderecki, pero también por el viaje final de Bowman en 2001: A Space Odyssey, por la ciencia ficción estadounidense de los años cincuenta y sesenta, por los inesperados juegos del surrealismo y la tradición del audiovisual experimental, por las escenas de cotidianidad amenazada de Edward Hopper (el mal que atisba el gigante en la sala de cine de la Logia Blanca recuerda al oscuro presentimiento de la acomodadora rubia de New York Movie, 1939) y, a fin de cuentas, por la obra plástica y el metódico onirismo del propio Lynch.

A pesar del envite a veces radical de su estructura, se adivina en la primera mitad de esta temporada de Twin Peaks una mutación definitiva desde el noir místico de las dos temporadas de los noventa hacia un relato de alcances más bien míticos. El homicidio de una muchacha en un pueblito cualquiera del noroeste de Estados Unidos se convierte ahora en un crimen cósmico sin asesino ni víctima concreta, acaso un asesinato de la realidad como el que discute Jean Baudrillard en El crimen perfecto. La comentada octava parte de Twin Peaks es el corazón de este proceso de mitificación del crimen. Pero también los momentos en apariencia menos conectados con esta mitificación, como la extrañísima comedia de Cooper-Dougie, participan de la ampliación del relato hacia lo legendario, alejándolo de cualquier psicologismo naturalista.

El tema esencial de esta nueva Twin Peaks es el renacimiento (literal, en el caso de la infantilizada conciencia de Cooper-Dougie). En esta trama, uno de los Cooper debe morir. Ahora mismo, Cooper-Dougie, cual bebé, se encuentra vulnerable ante la vida misma (de ahí el patetismo de algunos momentos de la serie) y ante Mr. C, su oscuro doppelgänger poseído por Bob desde hace veinticinco años. Todo parece indicar que el retorno del Cooper amante de la ley, del Tíbet, de los pays de cereza, de los abetos Douglas y del buen café, se llevará a cabo en la segunda mitad de la serie. El choque de los Cooper parece inevitable, está escrito con fuego y música. Cuando se trata de destino, futuro es pasado. He ahí una de las condiciones de lo mitológico. Otra circunstancia del mito: no hay spoiler que pueda socavarlo.


Autores
(Nayarit, 1981) es autor de Juan Peregrino no salva al mundo; ha sido becario del FONCA.

 

En la época de la segmentación y la hiperespecialización, el arte contemporáneo se abre paso como un caballo desbocado que corre en contrasentido: para apreciar el trabajo de Merce Cunningham no hace daño saber un poco de Léon Bakst, para hablar de arquitectura nunca sobran las referencias a la teología o al constructivismo ruso, de la misma forma en que, para sacar del lugar común la obra de Louise Bourgeois se necesita algo más que rezarle fervientemente a la cofradía de santos patronos de la crítica actual con todo y su advocaciones locales: Danto, Debord, Benjamin, Paz y un amplio «et al», internacional, actualizado y de rigor.

En ese sentido, Arturo Delgado juega con ventaja; no sólo se mueve con soltura entre distintas disciplinas, sino que su circunstancia biográfica como galerista, diplomático y flâneur le ha permitido forjarse una visión crítica privilegiada, a partir de la multiplicidad barroca propia de nuestro tiempo. En Horror al vacío, la pluma de Delgado intenta transcribir las notas casi estridentistas de la abigarrada sinfonía de este mundo post-neo-barroco. Y aunque la mayoría de los textos remiten a la Ciudad de México, el autor logra ampliar el tránsito de estas páginas desde París o Sidney hasta Londres o Bangkok. Al fin y al cabo, cualquier cultura urbana dibujada sobre la panza del globo terráqueo, como en el patrón asimétrico de una vasija micénica, es un buen ejemplo de ese «horror al vacío», donde «puede suceder todo menos el aburrimiento».

Pese a ello, del Twitter al MoMA, de Constantinopla a la Suprema Corte de Justicia, e incluso de lo «cool» al «horror vacui», la crítica de Delgado adolece de una circunstancia: su contexto de producción la reblandece. El barniz contingente propio del género periodístico que abunda en sus reseñas (todos los textos presentes aquí fueron antes columnas del Excélsior) jamás conlleva una reflexión ensayística profunda, una «crítica del juicio», como quería Kant.

Cierto que las teorías contemporáneas se han distanciado de todo absolutismo del gusto, sobre todo, del que se presume categórico. Cierto también que incluso algunos de los ya citados papas del quehacer estético han incurrido varias veces en el lujo de un compendio articulista por aquí y otra antología periodística por allá. Y, sin embargo, sin poner en duda el valor documental de una antología de esta naturaleza, como lectores es lícito preguntarnos, a coro con el bardo de Machuelo Abajo, en dónde exactamente reside el mérito de leer el periódico de ayer.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

Los citadinos de zonas céntricas tenemos contacto con los barrios periféricos sólo cuando tomamos carretera para emprender un viaje, y contemplamos tales asentamientos de lejos, por segundos y a velocidad. No nos preguntamos cuál es la historia de esas colonias, mucho menos cómo viven ni cómo arribaron ahí sus pobladores. Si acaso, nos congratulamos por no vivir como ellos, quienes diario invierten dos o tres horas en llegar al trabajo y otras tantas de regreso. Esos barrios y su gente son invisibles para nosotros. Lo deja claro Emiliano Ruiz Parra en su crónica Obra negra. Invisibles debido a que desconocemos sus circunstancias, pero sobre todo a ese silencio al que nuestra indiferencia los ha condenado.

Pero cada uno de los residentes en las orillas de la megalópolis tiene su propia historia, que al sumarse con las de sus vecinos deviene gesta colectiva, lucha multitudinaria por la vida y la tierra, donde se ven involucradas los vicios más oscuros del carácter nacional: ambición y rapiña desmedidas, corrupción en todos los niveles de gobierno, abuso de los poderosos sobre los indefensos, delincuencia generalizada y ausencia total de justicia. Con el fin de abrirnos los ojos a lo que no queremos ver, Ruiz Parra se ha internado entre los solares y las callejuelas de la colonia Golondrinas, en el municipio de Ecatepec, en los márgenes de la mancha urbana de la Ciudad de México, con los oídos bien atentos a la voz de los colonos, para transmitirnos el devenir de unos terrenos que pasaron de ser propiedad comunal a botín de funcionarios, luego mercancía de timadores, hasta llegar a ser colonia sujeta a los vaivenes de la política reciente.

Para responder a la pregunta de cómo nace una colonia periférica, marginal, el autor de Obra negra entra en contacto con los pioneros de Golondrinas, en su mayoría mujeres que han estado en pie de lucha desde los últimos años del siglo pasado, cuando hizo su aparición en la zona el fraccionador, mercachifle por lo común fraudulento que, tras ofrecer una bicoca a los ejidatarios por las hectáreas que no pueden trabajar, las divide para vender cientos de lotes irregulares a personas necesitadas de vivienda. Así, amasa una fortuna antes de desaparecer dejando a sus clientes sepultados en una montaña de problemas legales y a merced de los partidos políticos que exigen vasallaje total y votos a cambio de servicios básicos. Según testimonio de los colonos más antiguos de Golondrinas, ellos llegaron ahí con un título de propiedad espurio a levantar una choza entre maizales, en un territorio sin calles ni luz ni drenaje ni agua, a iniciar la eterna lucha de David y Goliat con las autoridades.

Expulsados en su mayoría de sus lugares de origen a causa del «error de diciembre» de 1995, cuando el gobierno le falló a los mexicanos por enésima vez, estos pioneros arribaron a Golondrinas con la esperanza de hallar su paraíso, sin saber que el predio arrastraba problemas legales desde más de cien años atrás. Ruiz Parra traza una breve y escalofriante historia del terreno desde tiempos del Benemérito, pasando por la Revolución, hasta llegar a los años cincuenta del siglo XX, cuando don Jesús Fragoso asumió el liderazgo de los comuneros para defender la propiedad de la codicia de funcionarios priístas, entre ellos el ex presidente Echeverría, en una lucha que se extendió hasta 1997. Fragoso obtuvo la victoria en los tribunales, pero no contaba con la ambición corrupta de los nuevos políticos mexiquenses. Asesinado poco después, dejó a su gente indefensa ante los líderes de asociaciones partidistas tanto de la izquierda como del PAN y del PRI.

Emiliano Ruiz Parra transcribe y organiza los relatos orales de los colonos, investiga en archivos, enumera pérdidas y logros, registra tragedias personales y colectivas, hurga en la vida cotidiana de sus entrevistados, da expresión a esperanzas y sueños, transmite a los lectores las sensaciones de entusiasmo, decepción e impotencia. A través de sus palabras, nos pone en contacto con ellos. Al final, configura en Obra negra un cuadro completo de lo que él ha bautizado como «épica de la precariedad», en el que los habitantes de Golondrinas se transforman en un símbolo de millones de mexicanos que, a despecho de la indiferencia y la sordera de quienes no sufrimos lo que ellos, han pasado su existencia en una batalla constante contra la adversidad, la violencia, la delincuencia oficial y los poderes que supuestamente deberían estar de su lado.


Autores
(León, 1965) es ensayista y narrador; autor de Parábolas del silencio, entre otros títulos.