Tierra Adentro

Noche tras noche, Raúl padece la misma escena: alguien, tras el sonido de un llanto, comienza a transitar por su casa. Escucha pisadas y siente un cuerpo que recorre sigilosamente distintas habitaciones hasta llegar a su cuarto y aproximarse a los pies de la cama en la que intenta dormir. El miedo no lo deja destaparse para confirmar de quién es la presencia que lo acecha. Éste es el inicio de la estimulante novela de Atenea Cruz: Ecos.

La obra, publicada a inicios de este año, está dividida en tres «llamadas» que conforman un espectáculo de verdaderos fenómenos del circo humano. De manera fragmentada y desordenada, Ecos relata la historia de Celia, una joven amante de los caballos con un odio funesto por los hombres, y su relación con su esposo Raúl, con su madre, su abuela y con su excéntrico pasado.

El nombre de la novela es afortunado. La narración retrospectiva de la vida de la protagonista, desde sus últimos días en una casa en el medio del bosque (que nos recuerda al Anticristo de Lars von Trier) hasta su infancia en una carpa de circo, es construida por diversas voces, algunas provenientes de este mundo y otras no tanto. Con perversos crímenes flotando sobre todas las páginas, juicios tormentosos y personalidades trastornadas, Ecos genera un ambiente fantasmagórico que sugiere, entre murmullos del más allá, augurios del pasado y desencantos del presente, una condena atávica inescrutable: «No estuve segura de que Dios existiera hasta que aborté. Vivía asustada, esperando el castigo. Cuando me embaracé por segunda vez tuve una pequeña esperanza […] Y Dios no me falló: palpé su furia blanca, afilada, en la boca de Bruno».

En poco más de una centena de páginas, el lector se irá inmiscuyendo secretamente en la intimidad de un grupo de mentes torcidas: las ideas de una joven perturbada, las opiniones de una madre perniciosa, los presagios de una abuela resentida, y la erótica vida de un grupo de artistas de circo dentro de un par de carromatos maltrechos. La novela se llena de personajes y actos crueles, planes siniestros que alcanzan su mayor turbación no tanto en sus efectos como en lo que secretamente insinúan, en el eco.

La primera novela de Atenea Cruz plantea una interrogante sobre los deseos sórdidos que habita inevitable e incomprensiblemente en toda relación humana.


Autores
(Ciudad de México, 1994), se dedica al periodismo cultural. Ha publicado varios artículos sobre literatura y arte en distintos periódicos y revistas culturales.

Plaga serena, de Iván Ballesteros (Hermosillo, Sonora, 1979), publicado por la editorial tapatía Salto Mortal, es un libro de relatos que todos deberíamos tener a la mano porque vamos a necesitarlo.

Por mi experiencia como lectora y, cada vez más, como doñita, sé que la condición humana de la vejez raras veces se trata sin ser acometida por una cursilería a mansalva o por una búsqueda mórbida. Sin embargo, el trabajo de Ballesteros es preciso, honesto y arriesgado en la forma de abordar estas historias. Un gran acierto es que no cuenta como si él sólo fuera un espectador de espectadores que transmitirá el asco, el miedo, el dolor y el deseo de las personas mayores, que por otra parte, son sentimientos con los que nos hemos familiarizado a lo largo de la existencia. El narrador no es un cuidador cuya espera es la muerte del paciente, o del cliente, mejor dicho, para pasar a una cartera más rolliza y sana. El autor da voz a estos ancianos que resultan ser demasiado parecidos a él, a nosotros.

Este libro nos enseña que entre las así llamadas tercera o cuarta edad y nuestro estadio de jóvenes titanes de la cochinada sólo se interponen algunas arrugas y las paredes salitrosas de un asilo. Los personajes de este libro son entrañables porque son despreciables y melancólicos, pero están vivos y quieren seguirlo estando, como uno.

Algo extraño y fascinante de esta entrega es que Ballesteros tiene una manera muy espontánea de hacer literatura. No es un escritor para escritores. Tiene un registro extraño, fresco y —ahora que lo leo— necesario en la literatura mexicana. Y es que Iván se presenta ante todo como profesor de preparatoria y editor, o sea, lector.

En su oficio se nota la vitalidad que da el acercamiento a la delincuencia juvenil (y a la senil) que son algunos de los órganos vitales de las historias de este libro, ya que muchos relatos se tratan, vaya, de junkies. ¿Y quién de nosotros no lo es? El que esté libre de pecado, que prenda la primera piedra, ya que, según Plaga serena, las adicciones no son algo que se cure con la edad, sino el único amigo que nos acompaña hasta la muerte.

Este libro me recordó en muchas formas al grupo Pulp. En la voz de Jarvis Cocker podemos escuchar la canción «Ayuda a los viejitos» («Help the Aged»), en la que se apunta (es mi traducción; lo bueno de envejecer es que uno le va perdiendo el miedo al ridículo): «Una vez ellos fueron como tú bebiendo, fumando cigarrillos y oliendo resistol./ Ayúdalos,/ No sólo los dejes en un asilo».

Uno de mis relatos favoritos del libro es «Bungalow» porque da una introducción al abandono. Un joven insular que se retira al mar después del vaticinio de su muerte. Algo que nos recuerda mucho al Ismael de Moby Dick cuando prefiere ir al encuentro de las mandíbulas oceánicas que permanecer en su pasado, y refiere al mar como su «sustituto de la pistola y la bala».

A lo largo de esta colección de relatos, las sorpresas vienen en forma de imágenes prístinas y poderosas que dan cuenta del paisaje sonorense donde se desarrolla. Frases como «¡Las tardes en esta playa! Pareciera que el sol es degollado en la distancia y que su sangre enjuaga las nubes que sobrevuelan la costa» crecen por todas partes en los relatos, como sahuaros en las dunas de las situaciones limítrofes (que hay entre la vida y la muerte) de los personajes.

Sin embargo, el libro no sólo huele a naftalina. La tercera parte, «Mecanismos», son historias de gente que no pertenece a la senectud y que incluye textos como «Materia oscura», un divertido y escalofriante cuento kafkiano que —visto a la luz de la hermenéutica del electrolite— se refiere sin duda a la veisalgia, el término médico de la cruda.

La cualidad cinematográfica de este libro (ya alguien mencionó el parecido de estos relatos al trabajo de Michael Haneke) me hace pensar en la realidad de la labor de Ballesteros con residentes de casas de retiro, a quienes les impartió talleres de literatura. Al igual que el cine del director alemán, la lectura de Plaga serena resulta inquietante por una sordidez que ilumina a todos sus personajes, incluso a los jóvenes que se arrojan como bólidos a muertes prematuras o a las llanas estepas de la soledad y el ensombrecimiento de una adultez abúlica e interminable.

Iván Ballesteros es un viejito intrépido —característica indispensable para escribir buenas historias—, divertido y certero; además sabe que debemos prepararnos porque ya viene la plaga de la vejez y no todos saldremos bien bailados.


Autores
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.

Si es verdad, como quería Hegel, que la Historia es una sustancia viva más que una mera «galería de opiniones» o un mapa envejecido de hechos aislados, también resulta evidente que sin el registro de algunos personajes imprescindibles y sus anecdotarios, el discurso histórico se perdería entre la nebulosidad de lo abstracto. Quizá por eso este siglo prefiere la multiplicidad sobre lo unívoco, la microhistoria sobre los recuentos totalitarios.

Quizá por eso también, como propone Aurelio de los Reyes, una amplia selección de miradas minuciosas cobra mayor importancia a la hora de recontar nuestro cine. ¿Y desde dónde llegan esas miradas? ¿Quién ve y qué es lo que se ve? Aunque forzosamente se impone un descarte, el objetivo de Miradas al cine mexicano no ha sido prejuzgar sino compendiar. En sus más de ochocientas páginas, hay espacio para un abanico de hipótesis diversas que, hurgando en las profundidades de la psique del cine nacional —con voluntad y súper yo propios—, contribuye desde su singularidad a esta visión panorámica.

Son mayoría los temas que obsesionan a la crítica histórica de nuestro tiempo: la construcción y representación de lo masculino y lo femenino (lo mismo en el cine de ficheras que en el de figuras consagradas como María Félix o Mauricio Garcés), el cuestionamiento a la unidad de los géneros cinematográficos (del dorado melodrama o la comicidad cantinflesca hasta el redivivo documentalismo revolucionario) y la consolidación de «una» identidad nacional.

Ningún enfoque y ninguna cinta pueden considerarse «menores» o de «ínfima calidad» en este recuento porque, como afirma De los Reyes, «cada una de ellas nos historia». En estos cien años, hubo etapas grises y etapas de oropel, etapas de extrema abundancia y de pírricas singularidades, pero todos esos filmes, al fin y al cabo, funcionan como el retrato cambiante de la sociedad que los produjo: son documentos históricos y a la vez espirituales, bitácoras de campo que relatan cómo se forjaron nuestras ilusiones de grandeza, cómo se consumieron las esperanzas del milagro mexicano, cómo se fugaron los cerebros y tocó fondo, finalmente, la industria fílmica del país.

Y si el coordinador de este volumen, Aurelio de los Reyes —el Edward Gibbon y el Theodor Mommsen por partida doble de nuestro cine— no decidió titular estas miradas «Auge y caída del imperio del cine mexicano» ha sido sólo porque sabe, en armonía con Hegel, que la historia es una sustancia viva y que como Argos, aquel gigante mitológico lleno de ojos, está siempre al acecho de revertir todas las miradas.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es miembro de la Redacción de Tierra Adentro.

1. Biografía: Conversé con José Emilio Pacheco durante la Feria Internacional del Libro de Oaxaca en 2012, que le rindió un homenaje ese año. Era, lo sabemos, un ser humano generoso, erudito, abierto, memorioso, incapaz de perder su característica aceleración vital. Personas iban y venían, le pedían una foto o su firma. En un momento José Emilio y yo abordamos el tema de las obras multigenéricas, esas escrituras que se construyen desde distintos frentes. Una frase suya se me quedó grabada: estamos condenados a ser escritores divididos. Esto, aclaró, porque mientras algunos lectores leían sus libros de poemas, otros sólo se enteraban de su obra narrativa, algunos únicamente lo conocían como columnista o ensayista. Teníamos claro que nadie escribe para alimentar una imagen unitaria de sí mismo, pero la sensación excluyente de ser uno u otro en un momento determinado resultaba una experiencia curiosa. Morirás lejos refuerza esa idea. Porque los lectores de Pacheco que aún no conozcan este libro tendrán que abrir una categoría nueva, o al menos ampliar su repisa, para acomodar en ella a un libro que nada tiene que ver con ningún otro del autor.

2. Historia: La primera edición de Morirás lejos apareció en 1967, bajo el legendario sello Joaquín Mortiz. Una segunda edición revisada se publicó, misma editorial, una década después. Y el resto fue silencio, hasta hace unos meses, cuando Ediciones Era nos ofreció de nuevo la oportunidad de conocer esta novela atípica, movediza. Ya es una clave de su personaje literario el que José Emilio Pacheco corregía constantemente sus libros, tratándolos como manuscritos sujetos de ajustes, correcciones, reescrituras. Hay libros que experimentaron pequeñas variaciones, y otros que fueron cambiando (como No me preguntes cómo pasa el tiempo) hasta convertirse en otros. En ocasiones, es fama, las reediciones de sus libros se detenían durante años debido al meticuloso deseo de precisión del autor. Pareciera que del otro lado de la última corrección se abre el fin del mundo.

3. Narrativa (1): Una novela en la que el presente es conjetural y el pasado es un horror perpetuo y encarnado. Morirás lejos se sostiene sobre dos ejes narrativos. El primero consiste en una escena bastante sencilla: dos hombres se enfrentan, o eso parece; «eme», quien, disimulado tras la persiana cerrada, se asoma por la ventana y ve a un hombre sentado en el parque de enfrente, leyendo el anuncio oportuno de un periódico. Entre ambos se teje una tensión que podría tener raíces en la historia de la violencia y la crueldad humanas. O no. Quizá uno es un paranoico que vive entre el descuido y las alucinaciones, mientras el otro es un desempleado o un artista o un detective que mata el tiempo o planea su siguiente obra o espera a alguien. O tampoco. Y la casa fue derrumbada, «eme» murió hace veinte años y el sujeto del parque no existe. O sí. Pero la verdad está en otra parte. En una venganza por cumplirse. En la justicia que aguarda décadas para suceder. En un crimen que no puede perdonarse.

4. Narrativa (2): El segundo eje toma la forma de un collage donde se describe, en incisos resumidos (casi instantáneas históricas), la historia del pueblo judío. Su rebelión ante el dominio romano, el sitio de Jerusalén, la destrucción del templo, el horror del gueto de Varsovia, el holocausto judío, la aberración nazi, la tortura, la agonía, el limbo de cientos de miles que murieron por el absurdo delirio de un mesías y la obediencia de muchos. A medida que se acercan al presente, los pasajes se van enfocando en la figura de un médico, un monstruo que experimentó con seres humanos a niveles indecibles. Y esa podría ser la conexión con el presente. ¿Quién es quién, y cuál es la razón de su vigilancia? ¿Se prepara para atacar o para huir? ¿Hay algo que pueda saberse a ciencia cierta? Lo hay: el asesino y su herencia de horror.

5. Metanarrativa: La escritura de la novela, sus procedimientos, sus planteamientos y las variaciones posibles de la trama forman parte de la novela. En realidad, son la novela. La conjetura, el paso en falso y su señalamiento, los ensayos y vuelos de una historia siempre en entredicho. Morirás lejos representa junto con Farabeuf los aciertos mexicanos disímbolos en los rumbos del nouveau roman. Experimentalismo, rechazo a las convenciones narrativas, tramas difuminadas. La de Pacheco es precursora de ese ámbito que Julián Herbert llamó «nazismo mágico». Junto con el «Deutsches Requiem» de Borges, representa un vistazo breve a la locura de la historia reciente que nos ayuda a no olvidar.


Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de Las afueras, entre otros libros.

La Antología Resonante. Selección de obra poética y ensayística de Alastair Reid (1926-2014), publicada por la editorial mexicana Bonobos en 2016, nos permite conocer al más latinoamericano de los escritores escoceses, poeta directo, aparentemente contenido, pero brutal, de ensayos tan gozosos de leer como conversaciones después de una buena comida, generoso traductor e intelectual.

Poeta del amor mundano, celebra los entresijos de la realidad con lenguaje:

Sobre todo, esa interminable, inútil catarata de preguntas.

¿Y cómo has estado? ¿Cómo va todo por allá?

¿Quiénes seremos tú y yo dentro de un año?

¿Quiénes somos ahora?

 

Ah, no,

no hay carta que enviar, sólo este río

de descoyuntadas cavilaciones, este ritmo

de lo que falta, palabras

de difícil manejo, cojas.

ven.

Lo que él mismo llama borgiano, «ciertas intromisiones de inquietud que socavan lo que se cree una realidad», podría aplicarse también a su propia poesía:

¿Quién víctima de fiebres de amor,
no ha insistido en el voto fatal, el “para siempre”,
sin sentir, antes de esfumarse las palabras,
que en ellas se anuncia el final?

Audaz en el uso del adjetivo, es capaz de calificar a una lagartija como meditabunda pero, tal como su amigo Neruda, «simplificando deliberadamente, haciendo la poesía accesible a la gente», sin perder rastro de belleza: «y yo me trasladé del circuito de su atención hasta el laberinto de aquella inagotable ciudad».

De la traducción, apunta: «Traducir la obra de alguien, poética en particular, conlleva algo semejante a sentirse poseído, hechizado». Porque «una persona bilingüe está mucho más consciente del golfo existente entre la palabra y la cosa, que alguien confinado a una sola lengua».

Pablo Neruda y su esposa Matilde fueron quienes lo bautizaron como «Patapelá» por andar descalzo en Isla Negra. Sobre su experiencia en lo español-latinoamericano, dice: «No hay nada como la inmersión en algo desconocido —nuevos lugares, nuevos paisajes, nuevas preocupaciones, nuevos amores, nuevas lenguas— para afilar los bordes de la percepción». De los españoles, recalca que la lengua es «su patio de juegos».

Al leer a Alastair Reid, sucede lo que él ya pronosticaba: «Borges solía decir que, cuando los escritores mueren, se vuelven libros, encarnación bastante satisfactoria según su punto de vista. Con suerte, sin embargo, creo que se vuelven voces». Él es voz presente, en español e inglés.


Autores
(San Salvador, El Salvador, 1980) es autora de La primavera se amotina, Sucias palabras de amor, Del mar es el ahogo y El tiempo es un texto indescifrable.

El cáncer es omnipresente. La palabra por sí sola evoca simultáneamente las ideas de sufrimiento y optimismo por superarlo, cubiertas con un velo de ignorancia y superstición. Jorge Comensal decide alejarse de estos lugares comunes y conjuntar en su primera novela elementos aparentemente incompatibles: enfermedad y comedia, comedia y ciencia. Este no es un libro de víctimas ni de lucha contra monstruos impalpables. Tampoco es un libro con un final feliz pero sí uno que consigue propiciar la risa a partir las situaciones más dolorosas.

Los personajes que habitan las mutaciones tienen que vérselas de frente con el cáncer de maneras distintas. Ramón Martínez, un abogado prolífico, independiente, cacique de su hogar y de su mundo entero, se encuentra en la aterradora posición de perder la lengua. Sin opción alguna, una cirugía salva su cuerpo pero condena todos los demás aspectos de su existencia. Su vida y la de su familia se parten en dos. Su forma de subsistencia se viene abajo y la deuda adquirida con su mezquino hermano lo aplasta como una losa de concreto.

A cambio, se transforma en el observador que nunca pudo ser desde su lugar de privilegio. Para compensar el silencio, Elodia, la diligente señora al servicio de los Martínez, le regala un perico, con todo un repertorio de insultos incluidos. Este perico es el receptor telepático de los monólogos de Ramón, que, encerrado en sí mismo, tiene que encontrar nuevas maneras de articular su personalidad, con todos los cambios que ésta experimenta. Incapaz de defenderse hasta en los conflictos más cotidianos, Ramón comienza a tener reacciones que jamás habría imaginado. En una escena hilarante, desesperado por las afrentas de su hermano que no puede contestar, le asesta un golpe con una botella, una actitud impropia del ciudadano ideal que se presumía antes de la cirugía que le robó el habla.

La profundidad de los personajes, sus fallos, anhelos y obsesiones son explorados mediante el narrador en tercera persona que los sigue en sus monólogos interiores en momentos clave. Juntos, estos mundos constituyen el entramado más amplio del cáncer, ése que relaciona lo privado de la enfermedad con lo político; un hecho físico y particular con nuestras concepciones y juicios sobre él, así como la ambición de la ciencia, la capacidad sanadora de la palabra en el psicoanálisis, la legalización de la marihuana, la justicia de los sistemas de salud, y la pretensión clasemediera. Comensal tiene una capacidad para hacer orgánico este amplísimo muestrario humano sin perder de vista la individualidad de las personas.

Los hábitos de la clase media citadina se ven reflejados de manera nítida, y es en esta caracterización donde se ve una de las grandes virtudes del autor. Los detalles en el habla y el comportamiento de los personajes crean un ambiente realista y cotidiano. La familia Martínez se aferra a no perder un estilo de vida, a tomar lo que se puede de la poca fe que sostienen de manera relajada, a negar lo inevitable.

Simultáneamente, vemos una radiografía del doctor que atiende el inaudito tumor de Ramón, Joaquín Aldama, un oncólogo, como todos, se nos dice, sumergido en la melancolía, que encuentra aquí la posibilidad de escalar en la jerarquía del mundo médico. Disquisiciones sobre tumores, sobre fe y ciencia y sobre música rondan la cabeza del doctor que, a fuerza de estar expuesto de común a la muerte, se ha vuelto casi insensible.

Las mutaciones apela a una despersonificación necesaria del cáncer. No es éste un elemento externo que viene a atacar un organismo, es parte misma de la constitución del individuo. Esto se manifiesta en una de las facetas más desarrolladas de la novela, la científica. Las explicaciones médicas se sostienen por sí mismas, pero aparecen siempre con elementos de ficción. El segundo capítulo del libro es muestra de esto: una genealogía del cáncer de mama que transita desde las lejanas tierras de Jerusalén hasta los genes corrompidos de Teresa, psicoanalista especializada en pacientes con esta enfermedad, que termina por atender a Ramón. Conocemos de ella también su proceso de aceptación de la vida después de la mutilación de su cuerpo mediante los mecanismos del psicoanálisis.

Las mutaciones es un debut extraordinario que avanza con paso ágil y humor a través de los vericuetos del franco encuentro con la muerte, y que coloca a Jorge Comensal dentro del mapa de escritores a los que hay que tener presentes.


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Ilustración: Eduardo Cruz

Ante la admiración de unos y el repudio de otros, la llamada narcoliteratura ha experimentado un auge. ¿Vale la pena? Los narradores Orfa Alarcón (Perra brava) y Geney Beltrán Félix (Cualquier cadáver) discurren al respecto.

 

La narconovela (aún) no existe

Geney Beltrán Félix

No estoy en contra del género de la narconovela. Sería absurdo estar en contra de algo que no existe. El cuestionamiento es a los resultados, a los libros que se vinculan con una etiqueta, hasta hoy más una oportunidad mercantil que una forma novelística en sí. También sería ridículo estar en contra de que los asuntos del narcotráfico aparezcan en la ficción. Como el secuestro, la trata de blancas, los desaparecidos, la corrupción judicial y política o la pobreza, el tráfico de drogas forma parte de la realidad mexicana, y como tal está llamado a hacerse un sitio en las representaciones de la ficción presente y futura.

Existen novelas sobre el narcotráfico, no narconovelas. La mayoría son obras de técnica convencional: reelaboraciones de la novela de aventuras, policiaca o de folletín. No hay nada nuevo en ellas, se traten de las obras de Pérez Reverte, Elmer Mendoza o Bernardo Fernández. Ceden al apetito por los números negros del gerente de ventas de una editorial, y no se permiten la menor trasgresión que traicione las expectativas del lector visto como un nicho de mercado, no como un interlocutor crítico ante la realidad. Una inspección de los nudos morales que trasiegan la vida del narco también está ausente. Determinar si hay oportunismo o un desplante ya por entero amarillista, competería menos a la estética y más a la sociología. Pero, como ha señalado Oswaldo Zavala, mucha de esta narrativa valida en sus representaciones la versión histórica que el Estado neoliberal ha decidido impulsar a la hora de explicar el problema: una en que se difuminan los lazos de conveniencia entre la clase política, la empresarial y bancaria y la estrictamente operativa, la de los capos y sicarios. Acaso tampoco debería haber demasiado énfasis en la queja: es natural que la vitalidad periodística del narcotráfico produzca tomitos olvidables, epigonales, blandengues. Y es natural que se requiera la distancia que sólo da el tiempo para poner en perspectiva a través de una obra ambiciosa y madura un fenómeno en el que la sociedad mexicana sigue inmersa.

Habrá narconovela cuando el asunto del narcotráfico dé pie a una nueva forma novelística, una evolución del estilo o la estructura que habría de tener su origen en la especificidad de la experiencia del narco al nivel de la identidad: un Pedro Páramo o un Gran sertón: veredas, de la vida de la droga. Las instancias más audaces hasta ahora —Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda; Trabajos del reino, de Yuri Herrera— han hecho propio, en los aspectos formales, el desafío de conocimiento que supone una realidad alterada por las disyuntivas del miedo, el poder y la corrupción interior. Siguen siendo excepciones, y para nada han sido incluidas por el mercado en el centro de las consideraciones lectoras. Y quizá las más notables han sido aquellas —2666, de Roberto Bolaño; La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, de César López Cuadras— que no reducen la realidad representada al ámbito del tráfico de la droga, sino que lo engloban como uno de los elementos que se manifiestan en una realidad más amplia y compleja.

 

Aquellos

Orfa Alarcón

Los otros, aquellos, los muchachos. Esos innombrables. Si era indispensable mencionarlos, en Monterrey se decía «los de la letra», y ahora se les dice, acaso ya con familiaridad, «los malitos ». Cada ciudad tiene su forma de nombrarlos. Cada pueblo su memoria y sus historias. Se metió un comando y dejó el cuerpo ahí en la sala, muy sentadito… Le dijeron a mi comadre que ya no buscara a su hijo, que ya lo habían visto con aquellos… En un solo día hicieron la limpia en la colonia, mataron a 36… Aquí frente a la casa le metieron un tiro, el que le disparó se lo llevó como si cargara un venadito…

No hay manera ni razón de borrar una memoria. La gente cuenta sus historias en lo íntimo. De eso no se habla en público porque nunca se sabe si los de la mesa de al lado son de aquellos, y nadie quiere un tiro en la sopa. Se les nombra «aquellos» porque queremos sentirlos lejanos, cuando, en realidad, están junto a nosotros en la fila del banco.

En un país donde el periodismo es uno de los mayores riesgos, el escritor está protegido. Éste sí puede hablar de aquellos, de los otros. La creación de un narcocorrido, una narconovela, una narcoserie no implica el riesgo de muerte que trae consigo el desenmascaramiento periodístico del crimen, porque mientras el compromiso del periodista es con la verdad, el compromiso del escritor es con la ficción, y cualquier cosa puede llevar esa bandera. Otra protección que no sobra es que, ¿quién no desea convertirse en protagonista de alguna obra artística, sea libro, cine, serie…? Aquellos lo saben, lo disfrutan. Protagonizar un best seller no puede ser comprado con poder ni con dinero, pero sí con la fascinación que «ellos» ejercen sobre los mortales de vidas aburridas, es decir nosotros, es decir los escritores. Es conocida la fascinación del Chapo por Kate del Castillo, quien vio en ella a la mismísima Reina del Sur. Ellos quieren verse retratados, inmortalizados, nosotros queremos saber más de ellos. Fascinación de ida y vuelta.

La llamada narconovela no es un fenómeno nuevo. Podemos rastrear el inicio de este subgénero en Diario de un narcotraficante (1962), de A. Cananeva, aunque hay quien lo ubica en Contrabando (1991), de Rascón Banda. A muchos autores nos han encasillado en la categoría que, insisto, ni es moda ni es reciente. Acaso lo reciente es la queja: están haciendo una apología del delito, están fomentando la violencia, ya aburren. No es función del escritor hacer textos plagados de buenos principios y ejemplos intachables que no servirían de nada. Tampoco es función de la literatura ser consecuente ni agradable.

Claro, hay novelas montadas en la mercadotecnia, pero un título fuerte y una portada con pistolas no garantizan nada. La literatura es la que sigue viva y, diez o cien años después, continuará dialogando con el lector.

Se recurre a la literatura para poder hablar de los otros, preservando una memoria que mancha pero debe mencionarse. Se perpetúa no para perdonar, justificar ni aceptar. Se habla, se escribe, se muestra para lidiar con aquello. Con aquellos. Hay que tomarnos un café en cualquier lugar lleno de gente para platicar de El más buscado, de Sin tetas no hay paraíso, de Los minutos negros o de la última temporada de Narcos. De eso sí podemos conversar. La ficción nos ayuda a entender que aquellos no son tan lejanos, que los otros no son tan aquellos.


Autores
(Culiacán, 1976) estudió letras hispánicas en la UNAM y literatura inglesa en la Universidad de Toronto. Ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos (2002) y el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada (2015). Es autor de las novelas Cualquier cadáver (2014) y Cartas ajenas (2011), el volumen de relatos Habla de lo que sabes (2009), los libros de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma (2009) y El biógrafo de su lector (2003) y el tomo de aforismos El espíritu débil (2017). Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2015.
(nacida en Nuevo León en 1979) es escritora y editora, autora de las novelas Perra brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013). Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, UANL. Ha sido becaria del FONCA en dos ocasiones y finalista del Primer Premio Iberoamericano de Narrativa Las Américas. Sus textos aparecen en diversas antologías y revistas. Fue editora en Alfaguara Infantil, editorial Aguilar y el grupo Random House Mondadori, entre otros. Actualmente es la directora editorial de MiaUtopía y editora en 27 editores.