Tierra Adentro

Ilustración: Gerardo Suzán

 

En este ensayo, Karen Villeda escribe mano a mano con Octavio Paz para reflexionar sobre algunos de los temas más urgentes del país: los derechos humanos, las fosas clandestinas, la impunidad. En México, dice la autora, «los objetivos políticos han usurpado los derechos cívicos».

 

Cada sociedad al definirse a sí
misma, define a las otras.
OCTAVIO PAZ
 

DERECHOS HUMANOS

1. m. pl. Especialmente en el ámbito internacional, derechos fundamentales.

~derechos fundamentales m. pl. Derechos que, por ser inherentes a la dignidad humana y por resultar necesarios para el libre desarrollo de la personalidad, son normalmente recogidos por las constituciones modernas asignándoles un valor jurídico superior.

2. «Es bueno el encaje pero no tan ancho».

3. Paz: Siempre hay un nosotros en cada uno de nosotros […] El fin del hombre no es el hombre sino algo que está más allá y que no acertamos nunca a llamar con un nombre propio sino con otro que, aunque sea vago, nos define y define a nuestros semejantes: los otros. Estamos aquí sobre esta tierra con los otros y por los otros. («Nuestra Fundación: principios y fines», p. 12).

4. Méx. Los expertos señalan que todo derecho es una construcción sociopolítica. En el México real los derechos humanos son una construcción de valor ornamental. En el México desgraciado las violaciones reiterativas a los derechos humanos son construcciones de antaño. Sus muros son impenetrables; sus vigas, preferentes, y sus losas de una argamasa inconmovible. Los expertos también señalan que los derechos humanos no pueden protegerse a expensas del resto de la sociedad. Tienen razón. Aquí estamos a la vanguardia. Mientras persisten la masacre y la represión, hay derechos humanos que están en boga, como el derecho de acceso a la información, la transparencia y la rendición de cuentas. Los objetivos políticos han usurpado los derechos cívicos. Los expertos insisten en la autodeterminación del ciudadano mientras el Estado de derecho es presa de un poder público insaciable. Los expertos le echan la culpa a los actores sociales, quienes deben reconocerse como sujetos de derechos. De esta manera pueden construirse como ciudadanos y redefinir la posición de los servidores públicos ante la sociedad y su desempeño. Los expertos hablan de cultura política sin un enérgico fomento al seguimiento y evaluación de los afortunados que conforman la división de los tres poderes.

La supuesta rotación de partidos en los gobiernos federal, estatal y municipal, la apática ida a las urnas y el conteo minado en las votaciones son el entretelón de un desastre que nos es natural: la damnificación de los derechos humanos. Cuando sube el telón, el espectáculo es de primer nivel: un día de octubre de 1519, los encomenderos chasqueando las Leyes de Indias, una Procuraduría de los Pobres vendida al mejor postor, los veintinueve artículos en la Constitución de 1857, las socavadas garantías individuales, otro día de octubre de 1968, el halconazo, la guerra sucia, Acteal, Atenco, la guerra contra el narco. Reformas consecutivas. Discursos vacíos, ratificaciones de la demagogia. La sangre nos purifica como pueblo y los herederos de los encomenderos siguen su programa de limpieza de sangre.

 

EMANCIPACIÓN

1. f. Acción y efecto de emancipar o emanciparse.

2. «Mal de muchos, consuelo de tontos».

3. Paz: El que monta en burro no cree en las utopías ni en las ideologías. Cree en el cielo y en el infierno. La utopía es la enfermedad de los intelectuales, no del pueblo. Ni en México, ni en ningún otro lado, el pueblo ha creído en las utopías. («América en plural y en singular. II. Los nacionalismos y otros bemoles» p. 28).

4. Méx. Se les exige a los grupos vulnerables y a las minorías pensarse como personas situadas en su propio contexto social e histórico. Hablamos de sectores afectados por determinados roles y limitados por algunas prácticas socioculturales. Desde la perspectiva general de algunos enfoques específicos, como la equidad de género o la atención a las adicciones, se revela que sendos porcentajes de la población son vulnerables: las mujeres, los niños de casa o en situación de calle, los preadolescentes, los adolescentes, los pueblos indígenas, las personas de la tercera edad, las personas discapacitadas, los pobres debajo de la línea de la pobreza. Si la justicia es una obra colectiva, entonces la emancipación es una suerte de acuerdo compartido. Cada comunidad protege las virtudes que considera más espontáneas y cada comunidad también tiene un concepto diverso sobre la distribución de sus bienes, los cuales, a su vez, son evaluados de manera diferenciada. Las políticas públicas se aprovechan de esta situación dando cabida a las demandas de las minorías y se colocan en el aparador como la solución innovadora para la desigualdad prevaleciente. Proponen la implementación de cuotas y estrategias separatistas que se convierten en permanentes, empeorando el desequilibrio.

Estas enmiendas promueven una determinada concepción del bien común que nos divide drásticamente porque siempre responden al parámetro de bienestar de unos cuantos, al tiempo que se alejan de un estándar en el que las preferencias y los deseos de los implicados son evaluados competentemente. No hay integración, sino exclusión velada. El resultado es que los excluidos somos (casi) todos.

 

FOSA

1. f. Enterramiento, sepulcro. | f. Hoyo en la tierra para enterrar uno o más cadáveres. | f. Anat. Depresión que existe en la superficie de algunos huesos.

fosa común f. Lugar donde se entierran los restos humanos exhumados de sepulturas temporales o los muertos que, por cualquier razón, no pueden enterrarse en sepultura propia.

2. «El muerto y el arrimado, a los tres días apestan».

3. Paz: Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. / Rostros perdidos en mi frente, rostros / sin ojos, ojos fijos, vaciados, / ¿busco en ellos acaso mi secreto, / el dios de sangre que mi sangre mueve, / el dios de yelo, el dios que me devora? / Su silencio es espejo de mi vida, / en mi vida su muerte se prolonga: / soy el error final de sus errores. (Fragmento de «Elegía interrumpida»).

4. Méx. Las fosas ya no solamente aparecen en la perra frontera, no están al lado de sus bardas y endebles rejas. Ciudad Juárez o Tijuana ya son un desierto paradigma. En San Fernando encuentran fosas clandestinas con cientos de migrantes. No todo está perdido. Al noroeste de Sonora hay un pueblito con un nombre poético. En Altar venden artículos a los migrantes para resistir: anticonceptivos para las mujeres y bloqueador solar para los hombres.

La fosa es, ahora, una cortina de humo que nos embrutece: tantos muertos y no nos hemos hecho más sabios. No sabemos sus nombres. Acaso intuimos sus edades y su origen. Hay incontables víctimas que son un caldo en ácido o una osamenta enterrada en la arena. Excluidos de la historia, estos muertos pierden su humanidad. Otra vez Paz: la deshumanización de las víctimas […] correspondía a la deshumanización de los verdugos. (La llama doble: amor y erotismo, p. 169).

Los verdugos se erigen como semidioses debido a una matanza sistemática en aras de lo que hace a un país: territorio, población y gobierno. Una excursión familiar que toma un camino equivocado, una mirada dirigida a la persona inadecuada, una simple negativa ya es buscarnos la muerte. Nos la estamos jugando. La muerte se ha institucionalizado.

 

GRILLO

1. m. Insecto ortóptero, de unos tres centímetros de largo, color negro rojizo, con una mancha amarilla en el arranque de las alas, cabeza redonda y ojos muy prominentes.

andar a grillos. loc. verb. coloq. Ocuparse en cosas inútiles o baladíes.

2. «Nadie sabe para quién trabaja».

3. Paz: [La ingobernabilidad] no es ni ha sido un fantasma sino una realidad que ha ensombrecido muchos periodos de nuestra historia («Las elecciones de 1994: doble mandato», p. 12).

4. Méx. Estamos rodeados de alacranes cebolleros. Son hondamente agresivos y sus patas están preparadas para cavar las cámaras donde cuidan sus huevecillos. Los acunan con un canturreo monótono que dura tres o seis años. Hasta cuando están tranquilos, se rozan entre ellos. Dicen que se comen al más débil para absorber su poca energía.

Sin embargo, el sistema político no puede remediarlo todo. Paz siempre reflexionó sobre el nuevo pensamiento político que necesita el país que «no podrá renunciar a lo que llamó la otra voz, la voz de la imaginación poética. La vuelta de los tiempos será el tiempo de la reconquista de aquello que es irreductible a los sistemas y las burocracias: el hombre, sus pasiones, sus visiones» (Paz, Obras completas, 1. La casa de la presencia. Poesía e historia, p. 18).

Ser grillado es ser alelado. Tal vez el país no quiera cambiar. Tal vez no queramos ser sensatos aunque «lo que necesitamos para asegurar nuestro futuro es la moderación, es decir, prudencia […] México ha vivido siempre en entre los extremos […] Nos ha faltado casi siempre un centro y por eso nuestra historia ha sido un largo fracaso. La prudencia, natural enemiga de los extremos, es el puente del tránsito pacífico del autoritarismo a la democracia» («México, después del 6 de julio: una encuesta », p. 19).

HEMOTECA

1. f. ant. Banco de sangre; centro de recogida y almacén de sangre destinada a transfusiones.

2. «La sangre es más espesa que el agua».

3. Paz: Patria de sangre, / única tierra que conozco y me conoce, / única patria en la que creo, / única puerta al infinito. (Fragmento de «Cuerpo a la vista»).

4. Méx. Ésta es un palabra olvidada o en desuso. Somos leales. Somos una sociedad que no se derrama. Juramos con sangre. La hilvanamos en madejas de esperanza aunque seamos un país de huérfanos y de padres sin hijos. En toda casa estamos quedándonos sin padres y deshijándonos. Un reguero de sangre es lo que nos queda porque «desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles (…) al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad» (El laberinto de la soledad, p. 11).

Los indígenas viven antes del tiempo y nos hemos enriquecido a manos llenas a su costa suya. Sus heridas siguen sangrando. Con el hueso occipital molido y los nervios condicionados a las porciones escamosas nos han heredado la complicada tarea de desvestir a una gran herida abierta. La utilidad del odio es el desconocimiento hacia uno mismo. La única pureza en nosotros es la animalidad porque el resto de lo que tenemos está levantado por circunstancias y contextos.

IMPUNIDAD

1. f. Falta de castigo. | f. Escape de la multa.

2. «Del árbol caído todos hacen leña».

3. Paz: Si cada uno es el rey de su casa, el reino es como una casa y la nación como una familia. Si el Estado es el patrimonio del Rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, sus amigos, sus servidores y sus favoritos? («El ogro filantrópico», p. 43).

4. Méx. La impunidad que ha forjado nuestra identidad es una costumbre del Imperio español. Haciendo honor al lema nacional Plus Ultra, la impunidad siempre fue más allá de los territorios ibéricos de la corona de Castilla. En «El ogro filantrópico», Paz rescata el modo de actuar de la reina, quien «en un momento de apuro del erario público, decidió consultar con los teólogos si era lícito vender al mejor postor los altos cargos (…) Los teólogos no encontraron nada en las leyes divinas ni en las humanas que fuese contrario a este recurso» («El ogro filantrópico», p. 43). A lo largo de los veinte millones de kilómetros cuadrados que conformaban el imperio que nunca veía el sol se glorificaba a la impunidad, la cual perdura hasta nuestros días como un escándalo disimulado, pues «personas de irreprochable conducta privada, espejos de moralidad en su casa y en barrio, no tienen escrúpulos en disponer de los bienes públicos como si fuesen propios» (Íbid, p. 43).

La raíz oscura de la impunidad es la corrupción. Instrumentos de medición de varios organismos internacionales nos colocan en un lugar incómodo que significa «extremadamente corrupto». La ironía es que nueve de cada diez personas encuestadas en México están interesadas en involucrarse activamente para detener la corrupción. Este empacho permea en toda la estratificación socioeconómica: desde el albañil que se roba un saco de cemento en la construcción donde trabaja hasta el encumbrado político que realiza transferencias bancarias para lavar extravagantes cantidades de dinero.

Cada uno de nosotros es el motor de la impunidad. Nadie puede echar de cabeza al otro sin ensuciarse un poco.


Autores
(Tlaxcala, 1985) participo en 2015 en el Programa Internacional de Escritura de la University of Iowa. Ha obtenido becas y residencias de Open Society Foundations, The Ragdale Foundation y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

 

Para Federico D-G.
 

Un edificio. La habitación a oscuras
se alumbra con la secuencia del televisor,
como a través de una tormenta lejana.

Nada sabemos de ellos pero ahí están.
Todas las noches
comienza un mundo por sus manos.

El barco se hunde ante las costas
y no podemos hacer nada.
Miramos los vidrios
que se encienden o se apagan.

De pronto sean estas ráfagas de luz
la habitación donde termina un amor
y apenas escuchamos la última silaba del ruido.

Pensaran ellos que somos nosotros
los fantasmas,
prendiendo las luces en los cuartos
o amándonos los sábados.

Y creerán que no están solos.
Y al otro lado de las ventanas
verán el resplandor,
parecido al encuentro de una música amiga.


Autores
(Bogotá, 1985) es poeta y ensayista. Con El movimiento de la tierra gano el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016.

Ilustración: Christian Cáñibe (Éramos Tantos)

 

Monumentos históricos que se cambian por efigies de ídolos del balompié, fanáticos enardecidos que asesinan a un astro del equipo rival en pleno partido, jugadores que compiten por resucitar en menos de tres días, entre otras cosas, ocurren en este delirante relato.

 

No fue una petición imposible. Ya el Papa había besado la mano y las piernas de Javier Fernández, el Frijogol, y le había cedido un par de casas de verano por aquel golazo que encaminó al equipo local a la victoria en la final del campeonato. Pocos meses más tarde, el presidente le otorgó al señor Olmos —el famoso portero que de civil usaba huaraches con traje sastre— las llaves de la ciudad y otra llave simbólica que abría su corazón de mandamás. Y como al rato la Academia Sueca le otorgó el mayor galardón de literatura al mediocampista Iniesto, debido a sus crónicas y poemojis sobre el deporte del balompié, a nadie le dio el patatús cuando la estrella del conjunto parisiense, Zlatan Augustinsson, pidió que se cambiase la torre Eiffel por una estatua de él mismo.

Lo primero fue decidir el material, discusión que terminó en oro y piedras preciosas para los detalles. Luego se contrataron especialistas, expertos en desvalijamientos, que hicieron de las suyas en las mezquitas de los Emiratos Árabes Unidos con tal de aportar al proyecto lapislázulis, amatistas, ónix rojo, aventurina, nácar y concha de abulón especialmente incrustadas en el mármol. Otros saqueadores de Chernóbil contribuyeron con recuerdos valiosos; e hicieron lo propio los culpables del atraco al Museo Nacional en Bagdad.

Si algo se descompone, es mejor tirarlo a la basura en lugar de intentar repararlo. Por eso la torre Eiffel fue dinamitada como si de un viejo e inservible edificio se tratase. Cuenta regresiva: cinco, cuatro, tres, dos, uno: ¡KAPOOM! Fue día de fiesta en la Unión Europea, en América del Sur, en Medio Oriente. No hubo televisión ni teléfono inteligente que no captara la transmisión en vivo. El metal chirrió como un choque de trenes y luego todo fue polvo, una neblina que trajo consigo la promesa de un porvenir anhelado, una fiesta de goles.

Eso sí, hubo intentos de asesinato por envidia y se erigieron templos de alabanza alrededor del globo. Entre los primeros, un niño que acompañaba de la mano a Augustinsson para entrar al campo de juego, retiró una pequeña navaja de sus pequeños shorts y lo atacó con sus pequeñas manos, pero la criatura —que simbolizaba la pureza y limpieza que se debía de mantener en los partidos— fue pateada instantáneamente antes de poder arremeter; no como una pelota de pambol sino como un ovoide de americano: ¡tres puntos! Por otro lado, una descendiente del arquitecto de la «torre de trescientos metros» trató de envenenarlo, pero el físico de Augustinsson, como el de Rasputín, no permitió que el veneno le marcara el último gol a su corazón. Parecía que un halo divino lo cubría por entero: aunque los atentados continuaron —coches bomba, amantes bomba, chicles bomba— nada funcionó.

Entre los jugadores más celosos, Lugo Álvarez, apoyado secretamente por un gobernador con la abierta convicción de llegar a presidente, edificó el Centro Comercial Budista Lugo Álvarez sobre una de las pirámides más antiguas de América. Otro adversario, Diego Casillas, fue el primer jugador en patear una pelota en la luna. «¿Basura espacial? ¡Golazo espacial!», declaró. Por último, Mara Adonis, acaso el rival más íntimo de Augustinsson, espoleado por la envidia, recuperó su mejor versión y anotó más tantos en su respectiva liga. No obstante, su equipo no clasificó y su racha se vio eclipsada, como siempre, por la fama y el talento de los demás.

Evidentemente varias madres y padres bautizaron a sus hijos con el nombre de Zlatan Augustinsson y así aparecieron un sinfín de Zlatan Augustinsson Hernández, Zlatan Augustinsson Wong y Zlatan Augustinsson Smith por todos lados. Tampoco fue infrecuente que una Zlatan Augustinsson Lee contrajera matrimonio con un Zlatan Augustinsson Johnson o que el primogénito fuese nombrado Zlatan y el segundo hijo Augustinsson.

A su vez, surgió la augustinssonlogía, doctrina religiosa que buscaba la felicidad a través de la comprensión del futbol y de Zlatan Augustinsson como ser espiritual, cuyo movimiento logró fundar varias iglesias en todos los continentes. Con el fin de parar una masacre entre reinos rivales de África, un cantante irlandés llevó balones y ropa deportiva firmada por Augustinsson, gesto que, en lugar de avivar el fuego, calmó las aguas tormentosas entre la población. De aquel encuentro nació el Ínter de Hutu y Tutsi United. Muchos creyeron ver la figura de Augustinsson en mantas o en tilmas; los menos hicieron la serie de televisión, la película, la caricatura, mientras que los otros inauguraron la galería A vuelta de rueda tras Augustinsson en cada rincón.

Rumbo al final de la construcción, ya sólo faltaban los elementos trazados milimétricamente sobre la cabeza: ojos de californio, labios de diamante y nariz de cuerno de rinoceronte. El fenómeno Augustinsson se había instalado en todos los corazones y casas de una manera que toda la crueldad inserta en las calles y arterias del mundo llegó a su fin por ensalmo: ¡TADÁ! como un acto de magia. Las vejaciones, impunidad, corrupción, violaciones, abusos, intolerancia, ¡PAF! palidecieron por la luz cegadora de Zlatan. Mejor futbol que violencia, ¿no? Por un heptapichichi, las lágrimas se secaron, los gritos ahogados fueron puestos en libertad y las historias rotas, zurcidas de manera invisible como si nunca hubiesen tenido lugar. Fueron tiempos de paz, tiempos de llegar a palpar Kumbayá, mi señor, en el aire.

Un par de noches previas a la inauguración del coloso, se celebró la final del Mundial de Clubes: el equipo de Zlatan contra el equipo de Frijogol y, lo que pretendía ser un despliegue de facultades divinas, un festín de trallazos mágicos y al ángulo, fue un espectáculo infortunado. A punto de terminar la primera mitad, Javier Fernández marcó un golazo de media cancha que sepultó al estadio en un silencio total. Pocos segundos más tarde, al tiempo que Frijogol celebraba su anotación, una masa enorme de fanáticos irrumpió en el campo para caerle encima cual león hambriento sobre su presa. A esa turba enardecida le siguieron los elementos de seguridad, vendedores de cerveza y playeras, botargas y camarógrafos para apoyar la causa.

No hubo tregua.

No quedó rastro.

Durante el intermedio, miembros de sanidad limpiaron la sangre y el Papa suspiró, pero todo sucedió en un parpadeo, un instante en la eternidad que todos ignoraron por andar viendo a las porristas con rostro de Augustinsson.

Al regreso, no fue extraño que los parisienses remontaran el 1-0 y se llevaran la copa por décimo año consecutivo. Tampoco que el obispo de Roma le regalara su anillo a Zlatan. No fue motivo de asombro que la divisa más comerciada del mundo fuera el dólarsson. Ni siquiera que los mexicanos derrumbaran su ángel de la Independencia por una copia del nuevo monumento histórico en París. No. Fue el hecho de que Javier Fernández, Frijogol, resucitó tres días después en plena ceremonia. Llegó sacudiéndose la camiseta y los shorts, saludó alzando la cabeza una vez como diciendo «qué onda» y se quedó ahí en el Campo Marte esperando la exhibición. Lo cierto es que muchos lo reconocieron; Zlatan lo vio desde el podio. Luego de un momento de expectación, llegó el silencio lleno de interrogantes y de nada; la nada ocurrió entre la concurrencia. «No eres un dios», cortó Frijogol de tajo el silencio y no dejó espacio para una respuesta: desapareció como la buena suerte del Cruz Azul.

No fue necesario que el rebaño augustinssoniano le pidiera a su dios padre realizar un milagro, ya que Zlatan no iba a perdonar que alguien o algo le mancillara el pundonor. Al día siguiente convocó a una reunión de prensa para anunciar su muerte, pero sobre todo, su definitiva resurrección en menos de tres días. ¡Flash! ¡Flash! ¡Flash! Hubo responsos de júbilo, de esperanza, y Augustinsson pasó a degollarse.

A las cincuenta y dos horas Zlatan apareció frente a su estatua con un lancinante dolor de cabeza. Se veía más contento, más vital. Entonces, segundo a segundo, el campo comenzó a llenarse de fanáticos que rápidamente le rindieron altares y besos. No pasó mucho tiempo antes de que gente de todo el globo hiciera el viaje para poder mirar al Jefe de Jefes. A París llegaron más de un billón de personas en menos de un año y Zlatan no se movió ni un centímetro de su efigie que comenzó a plañir sangre.

Nadie lo supo, pero a partir de aquel milagro, lo que era del César, era a Zlatan y lo que era del hombre, a Zlatan. Y así fue por un tiempo, porque en un viento otoñal, Lugo Álvarez se suicidó y revivió a los cinco días. Diego Casillas hizo lo mismo y volvió de entre los muertos a la semana. Mara Adonis pidió que un francotirador experimentado lo liquidara al momento de una chilena perfecta. Y sí. El tiro fue certero y además el mejor gol de la temporada: su cuerpo se alzó de nuevo en menos de setenta y dos horas y a continuación todos los futbolistas, incluidos los de medio pelo, cometieron harakiri y probaron su carácter celestial.

Monumentos históricos fueron tirados abajo y reemplazados por nuevos colosos de héroes pamboleros. Se sustituyeron las materias escolares tradicionales por las asignaturas permanentes de Historia del futbol, Ciencias naturales del futbol y Geografía del futbol. No hubo otro deporte, no hubo otra cosa, no hubo lugar para nada que no fuera la belleza del balompié y, en medio de esa beldad, los futbolistas nunca se arrepintieron de haber creado a sus hinchas y los hombres nunca se cansaron de recrear a sus dioses.

No fue una petición imposible. Al contrario: un mundo milagroso en su totalidad gracias al futbol. La única condición para los humanos fue la imposibilidad de creerse dioses. Zlatan, Frijogol, Mara Adonis, todos eran el sueño de la humanidad porque no había nada más prístino que un jugador. Así fue y no podía ser de otra forma, pues el sueño de los dioses jamás hubiese sido aquella humanidad.

Kè-ní ré tá díɁztèɁ*

 

Prássá; prás mbèɁz men díɁztèɁ
prássá; prás mb-ròɁ thîb ndzět
prássá; prás mblà yìz lo diɁzteɁ
prássá; prás an=ta štil de=díɁz mbèd

CháɁs, cháɁs mbèɁz thîb ngwè’s
CháɁs, cháɁs ná làt zó lè-zùɁ
CháɁs, cháɁs pšék lûd mbòl mbèz
CháɁs, cháɁs díɁz goš nazuɁ

Górrá; gòrr díɁz dá lô yêts
Górrá; gòrr ndé rŏɁ wìz
Górrá; gòrr ndé=y-ăl mbîzɁ

kè-ní ré tá díɁztèɁ=ná
Or yénɁ dá lô šíɁn
m-bì~rè lô lè-zùɁ=ná

 

Baila el zapoteco

[sonido de la lluvia] dicen los zapotecos
[sonido de la lluvia] salió un tlacuache
[sonido de la lluvia] le cayó la enfermedad al zapoteco
[sonido de la lluvia] puro español habla el bebé

[paso a paso] llama a los más sabios
[paso a paso] triste está el corazón
[paso a paso] aguanta un poco hombre, dije
[paso a paso] la palabra antigua esta tibia

[sonido del estómago/hambre] la palabra va al papel
[sonido del estómago/hambre] está saliendo el sol
[sonido del estómago/hambre] está naciendo la semilla

Bailando esta mi lengua zapoteca
Los jóvenes van a trabajar
Regresa a mi corazón.

 

*Nota del autor: Kè-ní ré tá díɁztèɁ [Baila el zapoteco], es un soneto en lengua zapoteca creado bajo el concepto: #DadaísmoZapotecano, iniciativa que busca generar contenido poético usando sistemas informáticos. Forma parte de la llamada ciberpoesía, que resulta de la inspiración digital a la cual se suma el pensamiento zapoteco humano para determinar qué palabra o palabras se deben cambiar. El poema fue creado a partir de una matriz computacional compuesta por catorce versos pentasílabos, organizados en cuatro estrofas: dos cuartetos (de rima fija ABAB) y dos tercetos (de rima variable CDD y CDC), según la estructura tradicional del soneto. Adicionalmente, cada línea del poema está basada en onomatopeyas existentes en la lengua zapoteca.

A contracorriente de la literatura en lenguas indígenas promovida desde algunas instituciones gubernamentales (literatura escrita en español y traducida a lenguas indígenas, para un público que no son los propios hablantes), el fin último es crear poesía desde y para los usuarios del zapoteco, con traducciones literales para aquellos que no dominan la lengua de origen.


Autores
Antipoeta en zapoteco de la Sierra Sur/ central, su lengua materna. Fundador del #DadaismoZapotecano. Iniciativa contracultural a la literatura indígena actual, que mezcla conceptos dadaístas propuestos por Tristan Tzara, la poesía digital de Eugenio Tisselli y la antipoesía de Nicanor de la Parra. Tres poetas de diferentes épocas, cada uno aportando una técnica a un pensamiento humano zapoteco carente de talento artístico. De Tristan toma la sucesión de palabras, letras y sonidos a la que es difícil encontrarle lógica, de Tisselli toma la extraordinaria belleza visual del código informático y la aleatoriedad digital que ofrece un software; y De la Parra, su propuesta de escribir poesía desde cero: homologarse a lo que es el poema, su valor estético, la base metodológica. Se contrapone rotundamente a la traducción e invita al lector a leer el poema en zapoteco.

Fotografía: Carlos León

 

La denominada «autoficción» se ha puesto de moda en el mercado editorial global. Pero, más allá del marketing, y del contexto tecnológico y cultural de las redes sociales que lo potencian, ¿qué tanto hay en este fenómeno de literario?

 

El ochenta y cuatro por ciento de los usuarios de internet mienten una y otra vez en las redes sociales. El dato, que aparece en un informe de 2016 de la Indiana University-Purdue University Fort Wayne (IPFW) sobre el comportamiento en las redes sociales, no debería asombrar a nadie. Cualquier heavy user de Facebook o Twitter sabe que las falsedades en línea son tantas y tan diversas que su enumeración podría resultar agotadora. Cada uno sabe cuál es su mentira digital predilecta. ¿La selfie escenográfica que retrata una alegría inexistente? ¿La reivindicación urgente de una causa social que se apoya sólo para favorecer la propia imagen? ¿La cita de un escritor o el posteo de un link que jamás leímos ni vamos a leer? El menú de engaños es amplio e implica distintas intensidades. En la dinámica de internet, la importancia del avatar que usurpa nuestro nombre y rostro se mide por su aprobación social, no por su veracidad. La verdad virtual no se moldea por lo comprobable o auténtico, sino por aquello que muchos —trolls incluidos— dicen que es cierto. Una verdad a la carta, susceptible de consensos manipulados, hecha a la medida del espejo en el que la masa en movimiento se observa a sí misma.

En ese paisaje de fake news íntimas que construye nuestra identidad pública, la «autoficción» literaria ha irrumpido con fuerza de bestseller en la industria mundial del libro. Aunque los orígenes de las ficciones del yo se remontan a Dante, la presunta novedad se convirtió en boom a través del éxito comercial de la serie Mi lucha, del noruego Karl Ove Knausgård, que entre 2009 y 2013 vendió medio millón de ejemplares en un país, Noruega, de poco más de cinco millones de habitantes. El proyecto literario que surca los seis volúmenes de Mi lucha consiste en mostrar las penurias personales de Knausgård sin ningún tipo de disfraz narrativo: el protagonista, se supone, es el mismísimo Karl Ove, y todo lo que ocurre en esas páginas, desde la muerte de su padre hasta su divorcio, constituye la representación fidedigna de las vivencias del autor. En un sentido amplio, Mi lucha se plantea como una autobiografía novelada, una larga confesión en la que el narrador se toma como personaje y propone un pacto de lectura donde brilla «la verdad». Justo aquello con lo que la literatura mantiene una tensión jamás resuelta, más próxima a la lógica de los sueños que a la de los reportes periodísticos.

TA222.indb

El marketing del Yo que de inmediato rodeó la aparición de Knausgård en un negocio siempre necesitado de mitos exprés transformó al autor en el pionero de una supuesta nueva era en la que la literatura parecía contagiarse de la transparencia en directo de las redes sociales. A la exposición de la intimidad que definen Facebook, Twitter e Instagram empezaba a corresponderle una narrativa al fin contemporánea, impúdica como su tiempo y, quizás, un poco menos banal. En The New Yorker, el crítico James Wood se refirió a los libros de Karl Ove con un enredo que alguien tomó por un elogio consagratorio («incluso cuando me aburría, seguía interesado») y, en The New York Times, Leland de la Durantaye comparó Mi lucha con las hazañas de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido. Tras la extinción del fenómeno Stieg Larsson, la industria global del libro había encontrado un nuevo superventas.

TA222.indb

Además, el marketing del Yo se vio beneficiado por la oportuna pátina intelectual que enalteció el trabajo de Knausgård. De pronto, algunos de los libros más relevantes de los últimos años, como De vidas ajenas (2009) y Limónov (2011), de Emmanuel Carrère, eran compañeros de ruta de Mi lucha. El celebrado Los anillos de Saturno (1995), de W. G. Sebald, podía considerarse un antecedente. Ya en Lunar Park (2005), Bret Easton Ellis podría haber configurado la tendencia. Y en español sobraban los ejemplos, todos muy relevantes, de Negra espalda del tiempo (1998), de Javier Marías; Canción de tumba (2011), de Julián Herbert; y El cuerpo en que nací (2011), de Guadalupe Nettel. Lo cierto es que, con semejante compañía, dio la impresión de que Mi lucha era parte inseparable de una misma sensibilidad que afloraba aquí y allá, como si el ansia por contar «la verdad», sin artificios ni juegos literarios, resultara irrefrenable y a escala global. De repente pareció que en el mercado literario había un público ávido de que se le mostrara la realidad sin vueltas, la misma que se suponía que los individuos exponían en sus redes. El éxito de Knausgård había que leerlo en esa dirección, la que llevaba al desarrollo de una literatura desnuda y directa, que por una vez decía las cosas por su nombre.

El problema con los clichés que explican los sucesos comerciales es que tienden a ocultar y negar una realidad compleja y, a veces, inconveniente. En el caso del éxito de la «autoficción», los dos pilares en los que se basa su moda son inequívocamente falsos. Ni la verdad que prometen esos libros carece de artificios, ni hay —y esto, quizá, es lo único de veras importante— un público voraz dispuesto a consumir verdad cueste lo que cueste. Los argumentos que desmontan la supuesta tendencia son estéticos y sociales. El estético recuerda que en un relato todo personaje, por más «real» que sea, siempre es literario, ya que su construcción depende de herramientas técnicas propias de la narración. El Karl Ove de Mi lucha es y no es el Knausgård real; se trata de un personaje que encarna su historia, pero trabajado como tal por un narrador, que en esos seis libros coincide con la identidad de su creación. O mejor dicho: la intención de Knausgård de borrar las diferencias entre lo que hay «sobre el papel» y el momento «cuando es de verdad» no deja de ser otro artificio, quizás el más complejo de todos aquellos de los que puede echar mano un narrador. La aclaración evoca algunos de los momentos clásicos de la historia de la literatura, como la célebre enunciación «Madame Bovary soy yo» de Gustave Flaubert, y de alguna manera indica que en estos terrenos los lectores siguen sin comprender con exactitud cómo funciona una máquina narrativa. Basta darle al personaje de una novela el mismo nombre del autor para que ya unos cuantos se convenzan de que el texto es una autobiografía. En los tiempos del voyeurismo global, desarticular el equívoco parece menos estimulante que creer que espiar la vida de los demás tiene alguna relación con la literatura. O con la verdad. Pero lo cierto es que no tiene nada que ver con ninguna de las dos.

TA222.indb

De Sophie Calle a Tracey Emin, el arte moderno fue y es mucho más provocador y explícito que la literatura a la hora de airear los secretos personales del creador. Calle mostró los resultados íntimos de su trabajo como recamarera en un hotel y Emin montó una exposición alrededor de su propia cama, un monumento éxtimo al sexo, las drogas y el alcohol. En La muerte del padre, Knausgård sube al trono de la verdad a rajatabla y anuncia que sus hijos no lo emocionan y que no se avergüenza de haber tenido una pésima relación con su progenitor. «Se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando veo a mis hijos –escribe–. Eso no significa que no los quiera, porque sí los quiero, con todo mi corazón, sólo significa que el sentido que proporcionan no puede llenar una vida. Al menos, no la mía». ¿Eso era todo? Al autor hay que agradecerle la franqueza, pero su verdad no pasa de un escándalo burgués, casi de culebrón. Lo que ocurre en su vida no representa una regla ni una novedad. Y que lo diga en un texto con formato autobiográfico tampoco debería inquietar a nadie más que aquellos a los que involucra directamente, como sus hijos o su ex.

TA222.indb

Las confesiones de Knausgård palidecen en comparación con las que el lector entrenado puede hallar en el Dostoievski de El jugador o el Céline de Viaje al fin de la noche, pero la era de las redes sociales distingue al autor que asume con nombre y apellido las palabras de su ficción autobiográfica. El asunto no habla tan mal de la presunta tendencia literaria como de sus lectores. Toda historia literaria, aún la más hermética imaginable, procede de un fondo autobiográfico; que ese origen sea o no verificable nunca es tan significativo como lo que el autor puede hacer con él. Un buen ejemplo lo constituye El adversario (2000), donde Emmanuel Carrère narra la historia de Jean-Claude Romand, quien lleva una falsa vida de médico hasta que sus familiares lo descubren. Cuando su esposa advierte que Romand miente, el falso doctor la asesina junto con sus hijos y sus padres. En el libro, Carrère reconstruye los pasos de Romand y, también, la relación que luego él sostiene con el asesino encarcelado. Esa relación es importante a efectos narrativos, ya que al autor le permite ahondar en su análisis de la personalidad criminal y del morbo que suscita, pero su valor no pasa por el hecho de que sea el Carrère personaje el que interactúe con Romand sino porque ese diálogo le permite al autor (y personaje) medir la seducción de Romand en su propia psique. Al lector no debería impresionarlo la meritoria audacia de Carrère, sino las conclusiones a las que Carrère llega porque se permite caer en las redes seductoras de Romand. La diferencia es sutil pero nada menor, y equivale a la distancia que hay entre un lector-groupie y otro más exigente y culto.

El argumento estético que desmonta la presunta falta de artificios en la verdad de la «autoficción» se revela como parodia en la novela Cómo me hice monja (1993), en la que el argentino César Aira cuenta las andanzas de una niña llamada César Aira. El libro no se asoma ni de lejos a las orillas de la ficción autobiográfica (aunque hay quien ha querido verlo de esa manera), y buena parte de su encanto reside en la burla al lector, profesional o no, incapaz de atender a una obra literaria por sus valores intrínsecos, como si su trascendencia dependiera de la identificación del narrador con sus personajes. Como en la novela gráfica Paying for it (2011), en la que el historietista canadiense Chester Brown narra su paso por el submundo prostibulario tras una dolorosa separación, el libro de Aira deja al lector de «autoficción» ante dos grandes posibilidades: una, dejarse apantallar por el recurso narrativo de sumar las experiencias del autor a la historia que se cuenta (en Paying for it, las relaciones sexuales de Brown con las putas); otra, aceptar que la enunciación autobiográfica es una herramienta tan atractiva o potente como cualquier otra y asomarse a lo que esa herramienta le permite contar al autorpersonaje (en el comic de Brown, el callejón sin salida de la monogamia en nuestras sociedades, la fuerza de la pulsión sexual, las ganas del autor de contar una historia de amor alternativa a la de su fracaso sentimental).

TA222.indb

Pero el boom de la «autoficción» se apoya, sobre todo, en la generalizada idea sociocultural que supone una actualización de la literatura, una puesta al día de su relación con un mundo definido por la transparencia y la exhibición cotidiana de la impunidad. Algo de esto podría ser cierto si nuestra época realmente estimulara el consumo y la difusión de una verdad sin concesiones. Pero lo que cualquier heavy user de internet sabe es que la realidad digital evoca el modelo de la selfie, es decir, el de la construcción, la pose y la verdad escenográfica en el mejor de los casos, y del liso y llano engaño en el peor, representado por el 84% de mentirosos revelados en el informe ya citado de la IPFW. El asesino que mata en directo en Facebook Live no transmite su crimen para mostrar la realidad del hecho; lo hace para convertirse en estrella, es decir, en actor. El Yo de las redes ostenta la verdad de un reality show, una verdad actuada para parecer real. Y quien produce engaño no busca realidades, sino una realidad ajustada a lo que quiere creer.

Si en Facebook y Twitter interactuaran millones de personas deseosas de consumir la verdad pura y dura, lo que esos usuarios harían es aceptarla cuando se le presenta en lugar de dudar de lo que no quieren ver. Pero no, el usuario de redes sociales sólo acepta como información aquellos relatos que sostienen su manera de ver el mundo, el escenario en el que actúa. Las voces que interrumpen ese fluir de la noticia deseada provocan indignación y condena, y como en todo gueto, se las condena al repudio, la desaparición o el exilio. A ese consenso cada vez más estrecho lo llama realidad, y quien rompe el consenso es acusado de mentir y propagar fake news. Para muestra, dos casos. El primero tuvo lugar el 2 de septiembre de 2015, cuando el niño kurdo Aylan Kurdi apareció ahogado en las costas de Turquía. La imagen del chiquito, captada por la fotógrafa turca Nilüfer Demir, dio vuelta el mundo y estrujó el corazón de millones de personas. Menos de una semana después de su aparición, la acalorada discusión sobre si Demir había movido o no el cuerpo de Aylan para obtener una foto más potente se hacía viral en las redes. El segundo caso hay que buscarlo poco menos de un año después, cuando en agosto de 2016 la imagen del niño sirio Omran Daqneesh sentado sobre una ambulancia a las afueras de Aleppo simbolizó el alcance de una tragedia humanitaria de la que aún hoy se desconocen sus lúgubres pormenores. Una vez que la foto se hizo viral, el debate en las redes hablaba, igual que un año atrás, de un presunto retoque de la cara de Omran para la cámara. Como si, a solas ante el poder de esas imágenes, el actual consumidor de información se dijera a sí mismo que esas tragedias no pueden ser tales. Como si no quisiera aceptar que la realidad es más dura, cruel e ingobernable de lo que está dispuesto a creer.

Los casos de Aylan y Omran son elocuentes de la época en la que vivimos. En junio de 1972, la foto de la «niña del napalm», tomada por el fotorreportero Huynh Cong Ut, generó un escándalo tan grande que acabó por sí sola con la guerra de Vietnam. Hoy, las imágenes de Aylan y Omran despiertan una indignación tan recia como fugaz, y la hueca discusión en las redes sobre qué tan cierta es la verdad que evocan. Desde una perspectiva de consumo cultural, demuestran que los usuarios de las redes prefieren olvidar o desacreditar lo que rechazan a apartarle un rincón mental a lo que puede convertirse en una verdad incómoda. Del mismo modo, la verdad que el lector-internauta hoy busca en la «autoficción» es aquella inocua y previsible que difícilmente lo sorprenderá. En la tendencia hay libros muy notables y autores hábiles y sensibles, pero aquello en lo que el lector pone el ojo es siempre lo mismo: ¿de veras el autor vivió lo que cuenta? ¿Qué tanto de autobiografía hay en tal o cual novela? La verdad que pregona la gran literatura es opuesta a la del chisme y mucho más poderosa que la de cualquier confesión autobiográfica. A sabiendas de eso, para quienes una y otra vez le preguntan cuánto de su vida hay en sus libros (sobre todo, en los «autoficcionales » París no se acaba nunca y Kassel no invita a la lógica), Enrique Vila-Matas siempre ofrece la misma respuesta: 27%. Tal vez, el mismo porcentaje de realidad que el lector-internauta contemporáneo está dispuesto a soportar.


Autores
(Mar de Plata, 1967) es cronista y(Argentina, 1967) es periodista y D.J. Autor del libro de crónicas Extranjero siempre.
Fotografía de Daniela Edburg

Fotografía: Daniela Edburg

 

De Marcel Schwob a Rubén Darío, y de Alfonso Reyes a Mario Bellatin, el género de las biografías falsas ha enriquecido a la literatura como una forma poética de la parodia. El presente texto es un repaso por los ejemplos más emblemáticos.

 

Toda vida, cuando termina, se vuelve imaginaria. Habrá quien la pueda contar completa, quien se considere testigo presencial de pasajes enteros, y así quedarán imágenes, anécdotas, obras, hijos, historias. Y conforme transcurra el tiempo, las fotografías, las historias, las versiones de los testigos e incluso de los hijos comenzarán a contradecirse, a adornarse de falsos detalles, de irreales descripciones que idealizarán las cualidades del sujeto, o a plagarse de anécdotas decepcionantes que hundirán su memoria. A falta de la presencia viva que sostiene una multiplicidad de zonas de sombra y contradicciones, los recuerdos y las biografías no dejarán de ser estampas planas e incompletas, siempre necesitadas de las trampas de la ficción, que organizan y dan sentido a las cosas que se escapan, imaginando las partes ausentes. Nos tornaremos así, cada vez que alguna memoria nos convoque, en seres imaginarios.

No fue eso exactamente lo que dijo el escritor, ensayista y traductor francés Marcel Schwob en su prólogo a sus Biografías imaginarias (1896) desde luego, pero de alguna manera se relaciona. Marcel Schwob escribió que el biógrafo no tiene que preocuparse por ser veraz, sino que debe «crear sumido en un caos de rasgos humanos».

 

Pacientes demiurgos han acumulado para el biógrafo ideas, movimientos de fisonomía, acontecimientos. Su obra se encuentra en las crónicas, las memorias, las correspondencias y los escolios. De esta grosera aglomeración el biógrafo entresaca lo necesario para componer una forma que no se parezca a ninguna otra. No es de utilidad que sea parecida a aquella que fue creada otrora por un dios superior, con tal que sea única, como toda nueva creación.

 

Schwob alude al género de la biografía y menciona a algunos biógrafos muy anteriores como Plutarco o el griego Diógenes Laercio, de quien celebra la inclusión de una anécdota sobre Aristóteles (el hecho de que llevaba una vejiga de aceite sobre el vientre) como un detalle que habla más del filósofo que aquellos acontecimientos supuestamente importantes. Y en efecto, las Vidas y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio están llenas de anécdotas inverificables y fantasiosas que, si bien les restarían cierta seriedad ante quienes busquen biografías «trascendentes», enriquecen a sus personajes. Así, las Biografías imaginarias de Marcel Schwob, desde la del griego Empédocles, «envuelto en púrpura y ceñido en lino», hasta la de los asesinos sangrientos Burke y Hare, pasando por Paolo Ucello, Pokahontas y Clodia, «la matrona impúdica», entre otras, resultan una delicia, retratos vivos y reinventados de personajes o personas comunes que vivieron probadamente en algún tiempo y algún lugar, pero recreados, completos, gracias al arte de la ficción, ése que, como decía, ejercemos sin remedio para restituir a nuestros fallecidos la presencia única e individual —pediría Schwob— que tuvieron en el mundo.

TA222.indb

Schwob dio nombre a un género, por decirlo así, que es una forma seria, quizá poética, de la parodia. Es decir, tomó la forma de la biografía para escribir literatura, trasladó el ensayo a la ficción y convirtió a las personas reales en personajes ficticios, ficticios pero verdaderos, pues la parodia, al caricaturizar los rasgos más prominentemente ridículos del personaje, les quita sustancia.

«¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de plata de un místico ensueño?», se preguntaba Rubén Darío en Los raros (1896), una recolección de retratos y vidas de escritores como Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, José Martí y Lautréamont, entre otros, que pretendían de alguna manera retornar sobre lo escrito cuando se daba a conocer en América el simbolismo. Los raros no son exactamente biografías imaginarias, pero de alguna manera sus retratos recuperan, a través del panegírico, la poesía y la evocación, el aire de su tiempo y su gente.

Retratos en un sentido similar serían los escritos por Alfonso Reyes en sus Retratos reales e imaginarios (1920), una recolección de artículos que publicó originalmente en Madrid durante su exilio, algunos de los cuales, podríamos considerar, buscan apegarse a la autoridad de la documentación; en otros, el vuelo de la imaginación retrata al personaje, como el de «Madama Lucrecia, último amor de Don Alfonso el Magnánimo» o en este pasaje de la vida de Fray Servando Teresa de Mier:

 

Acaso entre sus devaneos seniles se le ocurriría sentirse preso en la residencia presidencial y, llevado por su instinto de pájaro, se asomaría por las ventanas, midiendo la distancia que le separaba del suelo, por si se volvía a dar el caso de tener que fugarse.

 

Pero es a Borges a quien de manera más clara se cita como el que retomaría el juego de Schwob con su Historia universal de la infamia (1935), donde recrea las vidas de ciertos coloridos criminales, resolviéndolas como relatos de ficción. Al igual que Schwob, Borges era gran lector de Stevenson y a él agradece, en su prólogo de 1955, la inspiración para estas historias:

 

Derivan, creo, de mis relecturas de Stevenson y de Chesterton, y aun de los primeros films de Von Sternberg y tal vez de cierta biografía de Evaristo Carriego. Abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas […] No son, no tratan de ser, psicológicos.

 

En cuanto a las vidas recreadas, reficcionadas, podríamos seguir en esta línea hasta las Vidas minúsculas del escritor francés Pierre Michon, que reescribe las vidas de algunos personajes de su familia y de su infancia o su «Vida de Joseph Roulin», el cartero amigo de Van Gogh que aparece pintado en muchos de sus cuadros. La vida, para resurgir del pasado en su plenitud, necesita de la literatura y Michon recupera las figuras de la gente común para dar nuevo aliento a la época o el ambiente que rodeaba a su propia infancia y juventud, o la de las figuras y los hechos importantes.

Buscando ejemplos contemporáneos en México, dos vienen a mi mente. Uno es el de José de la Colina, quien en su Personerío (2005) retrata, prosifica y ficciona muy sabrosamente a algunos de sus contemporáneos y otros no tanto, como Octavio Paz, Rulfo, Ibargüengoitia, Pita Amor, entre muchos otros. Otro libro del mismo autor que propone una vuelta al juego de Schwob, yo creo que una muy audaz y literaria, son sus Muertes ejemplares (2004), extraordinario ejemplo de las libertades imaginarias de que hace gala el gran escritor nacido en España y afincado en México. Las Muertes ejemplares retratan, tal como lo supone el título, a una serie de personajes a partir de su muerte trágica o notoria, cosa que une a Teseo, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe, y a otros, con los músicos del Titanic. No cito alguna de sus páginas por la manera interminable en que están escritas, sin puntos, pero dejo a cambio este fragmento del texto sobre Juan Rulfo tomado del Personerío:

 

Y recuerdo que su máscara de hombre callado y hosco se iba desmoronando al segundo café americano, a la segunda cocacola, al tercer cigarrillo, y entonces era como si alguna humedad, algún verdín, alguna respiración vegetal y líquida, le recorriera el pétreo, polvoriento paisaje interior.

 

El otro ejemplo contemporáneo, de naturaleza muy distinta, es una de las novelas del peruano-mexicano Mario Bellatin, Una nariz de ficción (2001), que cuenta la vida del poeta japonés Shiki Nagaoka, autor de una obra intraducible. La materia principal del libro es su enorme nariz, que un sirviente le debe cargar cuando come, así como los tratamientos que se aplica para reducirla de tamaño. La manera en que Bellatin ordena su material, con fotografías y textos históricos sobre grandes narices, logra que el lector dude sinceramente tanto de la existencia como de la inexistencia de Shiki Nagaoka. Es una gran meditación sobre cómo la narrativa puede trastocar la ficción en realidad y viceversa.

En esta vertiente del fervor documental que da realidad a seres falsos, la novela de Bellatin se emparentaría un poco con la La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño. Si bien este libro, una especie de novela híbrida, utiliza el recurso del catálogo enciclopédico para inventar una serie de escritores y de obras, así como el de Bellatin, se desprende totalmente de la posibilidad de hablar de personas reales, como en el caso de Schwob, Borges, Reyes, De la Colina o Michon, para convertirlos en materia de ficción, aunque no ocurre lo mismo con Ulises Lima, el protagonista de Los detectives salvajes, un retrato del poeta Mario Santiago Papasquiaro. El procedimiento del catálogo o la enciclopedia lo retoma Borges en su Manual de zoología fantástica, lejano por otra parte al de la biografía, o incluso en sus Ficciones como «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius».

Y así sucede que, cuando empezamos a buscar biografías imaginarias, hacia delante o en reversa, van apareciendo, unos tras otros, ejemplos que, al igual que las vidas retratadas o por retratar, se empeñan en formar una corriente que de alguna manera escapa a las clasificaciones. Por ejemplo, ¿no podrían formar parte del origen de la honrosa estirpe de Marcel Schwob las Biographical Memoirs of Extraordinary Painters (1780) de William Beckford, conocido como autor de la novela gótica Vathek y por ser un notable coleccionista de arte? O, si se argumentara que éstas corresponden de manera deliberada al género de la parodia, podríamos hablar entonces de la célebre novela de William Thackeray, La suerte de Barry Lyndon, más conocida en nuestros días por la adaptación al cine de Stanley Kubrick. El autor de Vanity Fair se inspiró, al parecer, en un personaje real, Andrew Robinson Stoney, un aventurero irlandés que tuvo a bien (o más bien a mal) casarse con la Condesa Mary Eleanor Bowles y destrozarle la vida al punto de que la llamaban the unhappy countess. La pluma de Thackeray estructura los capítulos de la novela siguiendo un poco, pienso, las estampas de La carrera del libertino, el dieciochesco conjunto de grabados de William Hogarth, mostrando, en una suerte de lección moral, la elevación y caída de su protagonista, traducción protestante del pícaro español.

Y hablando de pícaros, en México tenemos un muy buen ejemplo de biografía literaturizada, que serían los Infortunios de Alonso Ramírez (1690), obra de Carlos de Sigüenza y Góngora, inspirados en el personaje de tal nombre, un aventurero que transmitió al autor los episodios de su recorrido por el mundo conocido de entonces, cuando fue prisionero de los piratas. Sigüenza y Góngora recurrió a la primera persona para dar a su relato aires de verdad, con lo que traslada a su personaje a la ficción y le da vida de nuevo. Eso mismo señala, a su manera, el capellán del rey don Francisco de Santamaría, en la aprobación previa a la obra, al calificar de Homero a Sigüenza y decir que «al embrión de la funestidad confusa de tanto suceso dio alma con lo aliñado de sus discursos y al laberinto enmarañado de tales rodeos halló el hilo de oro para coronarse de aplausos». O sea, diríamos ahora, escribió una buena novela de una vida que le contaron. Lo malo de estos ejemplos es que, si seguimos con ellos, terminamos hablando de la de Don Quijote como una biografía imaginaria, cosa que no haremos aquí, o de la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Lawrence Sterne, que también lo es, y así, al humilde intento de Schwob se lo tragarían los monstruos de la gran ficción.

TA222.indb

A la hora de pensar o imaginar vidas plasmadas en los libros, la línea que separa a la realidad de la ficción se corre a veces sutilmente de un extremo a otro, entre la vida real ficcionalizada y el procedimiento realista para autorizar vidas inventadas. La diferencia entre el procedimiento de Schwob y el de Bolaño o Bellatin sería justamente ésa, y sin embargo es inevitable unirlos como ejemplos (junto a todos los demás ejemplos que se nos puedan ocurrir, pues destapado el tema, la lista es rica e interminable) del afán de dar cuerpo literario a un ser humano, producir, como quería Schwob, la fantasía del individuo con sus detalles, evocar una presencia de la misma manera en que, a veces, sentimos que hay alguien en el cuarto aunque no lo veamos, es decir, dar cuerpo a los fantasmas.

Pero no sólo en la literatura se ha dado este juego. Pienso en dos ejemplos cinematográficos que ilustran también la sutil línea entre verdad y ficción, verdad en el fondo y verdad en el procedimiento. El primero sería, por supuesto, El ciudadano Kane de Orson Welles (1941). Esta película, emblemática del gran director que fue Welles, se desarrolla como un reportaje sobre la vida y la obra de Charles Foster Kane, cuya figura evoca a William Randolph Hearst, el gran magnate de la prensa norteamericana de principios del siglo veinte, dueño de una gran red de periódicos con los que consolidó a la prensa como instrumento del poder político. La película es una mezcla de relato policiaco, documental y retrato de personaje a través del cual un periodista intenta, a la muerte del poderoso magnate ficticio (es interesante saber que Hearst vivía cuando salió la película y que le hizo la vida imposible a Welles), desentrañar lo que significaba para éste la palabra «Rosebud».

Otro ejemplo cinematográfico de una vida imaginaria sería la genial Zelig (1983) de Woody Allen, un documental realizado en blanco y negro sobre un personaje que debido a su inseguridad se mimetiza con su entorno como un camaleón: cuando está con un grupo de negros se vuelve negro, con los judíos se vuelve judío, etcétera. Zelig es un retrato astuto y divertidísimo de ese «hombre de la multitud» que sigue la corriente de los demás. Para darle realidad al personaje, la película está cuidadosamente construida con documentales verdaderos de la primera mitad del siglo y escenas filmadas en blanco y negro. Todo el pietaje se mimetiza para dar unidad a la historia, incluso si es necesario intervenirla, como en esa secuencia en la que Zelig está con Hitler o con el Papa. Por ejemplo, hay un «baile del camaleón» supuestamente en honor a Zelig, con tomas y música de los años veinte que bien podría ser original, pero que se incorpora a la ficción.

Orson Welles creó la vida imaginaria —aunque enriquecida y entremezclada con la de otras figuras, incluso la de él mismo— de un personaje real y lo ficcionalizó a través del documental. Woody Allen, por el contrario, utilizó los recursos del cine de lo «real», el documental, para dar vida imaginaria a un personaje que más que ser un personaje es una idea, pero que está tan bien hecho que resulta conmovedor.

Los mecanismos de la realidad y la ficción suelen tocarse de maneras inusitadas. Lo único cierto es que al final, todos terminamos siendo, en mayor o menor medida, imaginarios.


Autores
(Ciudad de México, 1960) es narradora. Su novela más reciente es Fuego 20.

Fotografía: Carol Espíndola

 

Vivimos en un tiempo en donde las estadísticas y los datos duros han perdido la confianza popular. En medio de ese vacío y desconcierto, la llamada posverdad reina a sus anchas: el territorio ideal para que proliferen en la web las páginas falsas, los bots, los trolls y otros fenómenos que se venden al mejor postor.

 

EL PROBLEMA DE LA VERDAD DE LA REALIDAD
Aceptemos la premisa de que la realidad es tan sólo una construcción perceptual compartida, una serie de condiciones que «aun si dejamos de creer en ellas, seguirán ahí», como dijo Philip K. Dick. No tenemos más opción que confiar en la fidelidad y la resolución de nuestros sentidos para conformar una idea del mundo, la cual imaginamos universal. Sin embargo, sabemos que los objetos que nos rodean están constituidos por trillones de átomos y partículas subatómicas rodeados de vacío. Por tanto su «materialidad» y su solidez en términos estrictos son ambiguas y en cierta manera, una ilusión. Todos y todo está hecho principalmente de ausencia. La distancia entre un neutrón y su electrón más cercano sería proporcionalmente dos veces y media la distancia de la Tierra al Sol. Sin embargo, si dudamos de la firmeza de una piedra o una pared, no tenemos más que darles una patada con el pie descalzo. Lo real es mucho más complejo y potencialmente doloroso de lo que parece.

El mundo pudo haber sido un lugar simple si el conocimiento hubiera sido únicamente como lo definió Platón: una creencia verdadera y justificada. No obstante, las cosas nunca fueron tan sencillas y el propio Platón sabía que para justificar una creencia verdadera hacía falta que la justificación misma fuera conocimiento y por lo tanto estábamos ante un círculo vicioso, ya que la justificación debía a su vez ser justificada. En la mayoría de los dominios de la cultura —fuera de aquellos asuntos que es posible conocer por experiencia propia—, la forma de adquirir conocimiento es a través de las explicaciones de autoridades y expertos. Por tanto, no podemos saber con absoluta certeza si el conocimiento que se nos ofrece es justificado y verdadero. Tenemos que aceptar su autoridad y tener fe en su sabiduría. Una de las ideas centrales de la cultura Occidental parte de la Biblia, Juan 8:32, «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». No obstante, esta verdad dependía de la fe en un ser mágico y de creer en una serie de dogmas religiosos. No hace falta ser cristiano para suscribir esta máxima pero conocer la verdad es más difícil de lo que parece.

En el siglo XVII Descartes propuso que nuestra relación con el conocimiento y la verdad se daba de manera causal, a través de percepciones influenciadas o distorsionadas por nuestra imaginación, nuestros sueños, nuestros dioses y demonios. A partir de entonces la epistemología, es decir las teorías del conocimiento, se han vuelto más y más complejas, ya sea debido a los racionalistas, como Spinoza y Leibniz, o a los empiristas del corte de Locke y Hume, hasta llegar a Kant, quien propuso que toda percepción era filtrada a través de las categorías que determinaba nuestra mente, y ofreció una especie de conciliación entre quienes veían la realidad como algo externo y aquellos que la imaginaban un fenómeno interno: el mundo fenomenológico era empíricamente real. El propio Friedrich Nietzsche, quien vio y celebró la decadencia de la autoridad religiosa, también temía que en su lugar se erigiría una mentalidad de manada, dañina y estéril. Nietzsche era particularmente escéptico al respecto de quienes afirmaban decir la verdad; no negó que ésta pudiera existir pero la consideraba una función del poder para conformar la visión de la realidad. La objetividad debía ser múltiple, fracturada, parcial y contingente. Wittgenstein propuso que la justificación respondía a un juego de lenguaje interno más que a la realidad externa. No son pocos quienes han señalado que el hecho de que en mecánica cuántica la presencia de un observador determine o influya en las características del fenómeno observado es una demostración de que la verdad es inasible, transitoria e influenciable. Así tenemos una enorme variedad de teorías y visiones de la realidad que están limitadas por su parcialidad y en ocasiones su autismo.

TA222.indb

LA PALABRA DEL AÑO
Pero una cosa es el reconocimiento filosófico de que la verdad es ambigua, fluctuante y evasiva y otra es que como especie que sobrevivió a milenios de oscurantismo, represión intelectual y ceguera mística estemos de vuelta en una era en que ignorar los hechos contundentes, distorsionar de manera flagrante datos y negar verdades palpables se haya convertido en una característica de la política del siglo XXI, al grado de que el término posverdad se ha convertido en un mantra para describir el extraño estado de las cosas en Occidente, en particular en naciones usualmente democráticas. A diferencia de cualquier otra era en que los políticos mienten y abusan del poder con engaños, aquí es propiamente la verdad la que ha perdido su valor reivindicador de la realidad en medio de una multitud de «datos alternativos» que son lanzados por individuos en el poder, prácticamente sin consecuencia, y más bien como distracciones y propaganda para saturar los vertiginosos ciclos de noticias.

El 16 de noviembre de 2016 la casa de los diccionarios Oxford anunció que había elegido a post-truth (posverdad) como la palabra internacional del año, debido a que reflejaba mejor que cualquier otra los acontecimientos de los últimos 12 meses en términos de lenguaje, por encima de otros términos políticamente cargados como Brexit y alt-right. La definición que ofrecían era: «que denota circunstancias en las que los datos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que aquellos que apelan a las emociones y creencias personales».

Las primeras apariciones de este término datan del año 1992, pero su uso aumentó entre 2015 y 2016 en un dos mil porciento. Éste es un concepto surgido del populismo demagógico que en sus promesas, acusaciones y pretextos ignora de manera rampante la realidad. En buena medida este término es usado por los liberales para acusar a los conservadores, ya que en esencia la izquierda enfatiza que la verdad nos liberará, mientras que la derecha piensa que el bienestar viene de la preservación de los valores. Ahora bien, esta realidad liberada de la «verdad» coincide con la aparición y popularización de la nueva economía digital, en la cual el trabajo no necesita ser remunerado (basta con compensarlo con likes o me gusta); algunas empresas de internet que no generan ingresos súbitamente son consideradas entre los gigantes corporativos del planeta, y no se cumplen las leyes básicas de la oferta y la demanda. Desde la era del gobierno de Bill Clinton la política dio un viraje hacia el espectáculo, hacia el manejo de las apariencias y el diseño de imágenes para manufacturar el consenso. La primera guerra del Golfo Pérsico es una muestra notable de la administración de un conflicto bélico que trataron de hacer pasar por una confrontación higiénica, peleada con misiles inteligentes, voluntad libertadora y una precisión tal que, supuestamente, no traería como consecuencia «daños colaterales». Todo esto transmitido por televisión y convertido en episódico entretenimiento perverso y patriótico.

La era de la posverdad es irónicamente la era de internet y por tanto de la hiperinformación, el tiempo de Google y Wikipedia, en la que todo dato, fecha y anécdota puede en teoría ser verificado en segundos. Es el tiempo en que la información está al alcance de la mano, disponible en cualquier lugar para cualquiera en cualquier momento. Pero a la vez, estos datos aparecen de manera caótica, atropellada en una vorágine donde se mezclan versiones, visiones, ideologías y mala fe. En el ciberespacio no hay una policía del conocimiento ni una autoridad que pueda sancionar y poner orden a la desinformación y la propaganda. Al crear un medio universal donde cualquiera puede tener un canal o un podio virtual para pregonar su verdad ganamos en posibilidades de expresión al democratizar la cultura y, en teoría, nos liberamos del control de la información de los grandes medios pero a costa de haberse generado nuevos problemas de validación y legitimidad. Hoy podemos consultar los principales diarios y revistas del mundo, así como los sitios informativos y de análisis en nuestros dispositivos portátiles y caseros, muy a menudo de manera gratuita. Pero pisándole los talones a ese privilegio llegaron sitios propagandísticos, bots, páginas falsas, adolescentes macedonios, hackers, trolls (aquellos sujetos que hacen daño por placer) y el alt-right surgido de sitios como 4chan y Reddit (quienes hacen daño con un programa político de extrema derecha). Si a esto añadimos a las redes sociales como los medios informativos predilectos de las masas, en las que prácticamente se puede decir cualquier cosa y diseminar todo tipo de rumores absurdos, tenemos un medio cultural frágil, explosivo y extremadamente confuso.

TA222.indb

Éste es el tiempo de los amateurs y del rechazo a los expertos, especialistas y profesionales con experiencia. Buena parte del público se ha rebelado en contra de lo que perciben como la actitud condescendiente de los intelectuales y en general de las élites (los villanos favoritos de los movimientos populistas).
La gente fue engañada por George W. Bush cuando metió al país a una guerra sin fin, asegurando que Saddam tenía armas de destrucción masiva y fue engañada nuevamente cuando Obama les aseguró que si les gustaba su médico podrían conservarlo en el nuevo seguro médico. Pero más allá de esto el público se ha vuelto paranoico y conspiratorio (conspiranoico) al imaginar complots y manipulaciones por parte de poderes ocultos (como el «Estado profundo») y siniestros y secretos programas políticos. La era de la posverdad es una de improvisación y vértigo. Es un tiempo en que los datos duros y las estadísticas han perdido la confianza popular, especialmente después del fiasco de la elección estadounidense, que todos los conocedores aseguraban ganaría Hillary Clinton.

LA UNIVERSIDAD Y LAS MÚLTIPLES VERDADES
Durante siglos la academia fue la institución donde nacían las ideas y las propuestas transgresoras que representaban el progreso en todas las áreas de conocimiento. Fue también ahí donde hace algunas décadas el concepto de la verdad comenzó a ser cuestionado por motivos políticos y culturales, reducido a ser una versión, usualmente de una minoría con poder, que servía para justificar sus privilegios. Los académicos, en su mayoría de izquierda, trataron de inventar un mundo más justo al revalorar las diversas perspectivas de la realidad de distintos grupos (mujeres, gays, latinos, negros e indígenas de todas nacionalidades) que usualmente no tenían más alternativa que creer en las narrativas de los hombres blancos. A esta estrategia algunos la denominaron con sarcasmo «corrección política», pero el término eventualmente fue adoptado para hablar del respeto que se le debían a los individuos y grupos disidentes del «mainstream» o cultura dominante. De tal manera investigadores y profesores de diferentes facultades universitarias, principalmente del área de humanidades, comenzaron a enfocarse en que todo era relativo y la verdad era en realidad muchas verdades vinculadas con la identidad cultural, racial o étnica de quienes la promovían. En este caldo de cultivo de ideas transgresoras hasta las que se consideraban como certezas biológicas súbitamente fueron cuestionadas, de tal manera surgieron ideas contestatarias como la noción de que la genitalidad no determinaba los géneros sexuales. Las propuestas como ésta eran vistas por la mayoría conservadora, religiosa y a menudo retrógrada como una burla y una agresión a sus creencias. Poco a poco el relativismo cultural y las acciones de los «guerreros para la justicia social» (como se les conoce ahora a los militantes infatigables de internet) fueron convirtiéndose en el blanco de la frustración y odio de la derecha.

La modernidad representa una serie de logros acumulativos y progreso en términos de tecnologías, conocimiento y bienestar. En principio la modernidad es una visión de la realidad justa y despojada de mitos. Sin embargo, el término modernidad es bastante ambiguo y funciona como un comodín que es interpretado de distintas maneras. La modernidad es antes que nada una ruptura con el pasado y la tradición, es un distanciamiento con nuestros antepasados y si bien no está claramente definido cuándo comienza, podemos aventurar que se originó en el siglo XVI. No con alguna revolución tecnológica o un invento en particular sino con una condición subjetiva, como apunta Adam Kirsch, provocada por el vértigo que produjeron descubrimientos y creaciones que pusieron en entredicho el conocimiento de la época, y marcaron un parteaguas definitivo con respecto a las creencias de las generaciones anteriores. Rupturas, como pudieron ser el descubrimiento de que nuestro planeta no era el centro del universo, que la tierra era redonda, que había un inmenso continente entre Europa y Oriente y que habíamos evolucionado del mono, pusieron en evidencia la ignorancia de los intelectuales, monarcas y obispos de esas épocas y demostraron que su idea de la realidad era equivocada o falsa.

En la era de la posverdad parecería que estamos viviendo una pandemia de noticias falsas. No solamente se trata de Donald Trump y sus cómplices, que desprecian toda noción de decencia al afirmar mentiras descabelladas e insultantes, sino que la tendencia estuvo presente en Inglaterra durante el Brexit, cuando los políticos anti-Europa mentían al respecto de lo que se ahorraría el país al abandonar la Unión Europea. O bien en Alemania con los rumores de que Angela Merkel había trabajado para la policía secreta en Alemania Oriental o que era la hija secreta de Hitler. En Francia la «fachósfera» (los blogs y sitios de derecha que promueven ideas ultranacionalistas, antiárabes y antinmigración) con su particular paranoia conspiratoria y permanente tono de histeria, se ha vuelto muy popular en la última década y ha tenido una gran influencia al pregonar el odio racial en un país sacudido por numerosos actos terroristas.

VERDAD: INSTRUCCIONES DE USO
Aceptemos que la ciencia y el periodismo independiente son las principales herramientas en la defensa de la verdad. Por supuesto que no podemos ignorar que la ciencia ha sido en ocasiones usada de manera perversa para enriquecer a unos pocos y devastar el medio ambiente así como ha sido empleada por estados e instituciones para someter y agredir a parte de la humanidad. Sin embargo, la ciencia, aparte de explicar el mundo, nos ofrece contundentes logros que han creado condiciones de bienestar incomparables. De manera semejante el periodismo ha sido usado para manipular, adoctrinar y someter, pero a pesar de sus desviaciones y perversiones sigue siendo un recurso con el que podemos obligar a los poderosos a rendir cuentas de sus actos y abusos.

TA222.indb

Es un hecho que no regresaremos a un tiempo mítico de verdades incuestionables. Más allá de la defensa de la verdad absoluta quizás nuestra prioridad debería radicar en que las verdades sirvan para promover el respeto, la solidaridad y erradicar las actitudes que se traducen en explotación, despojo, crueldad y humillación. La defensa de la libertad de expresión debería ser siempre una prioridad cultural, pero es claro que si se es coherente es necesario proteger todas las formas de expresión, incluyendo las más perturbadoras y tóxicas, que pueden engendrar ideas corruptoras, perversas y totalitarias. Es legítimo preocuparse por la proliferación de noticias falsas, por esa contaminación intelectual que amenaza con hundir al mundo en la ignorancia, como señaló el profesor de Stanford, Robert Proctor, quien acuñó el término «agnotología» para definir a la deliberada propagación de la ignorancia. La verdad no puede pertenecer a un bando político ni puede ser botín ideológico. Parece fácil diferenciar la información verificablemente falsa y eliminarla y en eso radica el peligro. Detrás de la vigilancia de lo que es falso y lo que es real puede esconderse un afán totalitario y censor, una policía del pensamiento y una herramienta censora equiparable a las propias noticias falsas que se quieren eliminar. Más que tratar de borrar noticias e información distorsionada, lo importante es saber de dónde vienen y cuál es su objetivo. Estas distorsiones pueden ser resultado de errores, odio o ambición pero es claro que su popularidad y circulación refleja problemas sociales y de comunicación. Sobre todo, es fundamental entender que no basta con censurar mensajes inaceptables para curar a una sociedad delirante.


Autores
(Ciudad de México, 1963) es narrador y critico cultural. Ha publicado Pornografía, obsesión sexual y tecnológica, entre otros libros.

 

En un mundo marcado por la nostalgia y lo vintage, el cassette ha tenido también su resurrección. A través de la historia del colectivo CINTAS, ubicado en Monterrey, esta crónica muestra la manera en que dicho sistema análogo se ha convertido en un tótem para los melómanos, y también en una manera de hacer frente, mediante la creatividad y el amor por la música, a una industria en franca decadencia.

LADO A

Track 1

—El cassette es un formato que no está del todo muerto pero ahí va.

—¿Ahí va a dónde?

—A la muerte, al olvido.

Todos ríen. Todos reímos.

—Me gusta que lo digan, we.

Track 2
Monterrey, N. L. Quedé de verme con los integrantes de CINTAS en un Beer Box sobre la avenida Eugenio Garza Sada. Los tres manejan una disquera dedicada a la producción de cassettes, aquel formato que definió la reproducción y preservación musical durante los ochenta y parte de los noventa, antes de ser suplantado por el CD, que a su vez fue suplantado por una idea aún más extraña: el sonido archivado en digital.

En un giro que ya se veía venir, el cassette ha tenido un ligero resurgimiento en los últimos tres o cuatro años. El formato que sufrió el desprecio de los audiófilos y partidarios del vinil por su falta de calidad sonora, además de una obsolescencia declarada por las fantasías posibles de la revolución digital, ha cobrado nuevo vigor gracias a un renovado aprecio por su estética —tanto visual como auditiva— que reconsidera sus bondades en esta época en la que las colecciones de música en archivos digitales están siendo desplazadas por el concepto aún más etéreo del streaming como modelo de consumo musical.

Mientras la ciudad oscurece, los integrantes de CINTAS van llegando uno tras otro: primero Rigel Lazo, luego Óscar Aguirre y por último Ernesto «Neto» Vidal. Los cuatro nos sentamos en una misma mesa, amontonando vasos, botellas y pequeños tazones llenos de pretzels y palomitas con sal. Desde el techo suenan los guitarrazos de alguna canción que se desintegra en los vacíos de todo el bar.

CINTAS surgió como una iniciativa cuyo fin era apoyar bandas locales, cuenta Óscar. La escena estaba muriendo y había que revivirla con un proyecto capaz de aportar una plataforma de distribución atractiva y accesible. Lo más fácil habría sido abrir una disquera digital, pero un archivo de mp3 carece del encanto de formatos análogos como el vinil, cuya propia materialidad evoca sensaciones visuales, táctiles y, por supuesto, auditivas. Desgraciadamente, explica Rigel, hacer un vinil sale muy caro e incluso, si tuvieran los recursos para mandar a imprimir discos en vinil, se habrían convertido en poco más que intermediarios entre las bandas y las compañías.

Entonces se consolidó la idea del cassette como una alternativa más factible tanto para ellos como para las bandas interesadas en hacer tangible su sonido. El cassette puede comprarse a buen precio en lotes de entre cincuenta y cien unidades, lo necesario para proyectos emergentes interesados en tirajes que rara vez rebasan las cuarenta copias.

Económicamente hablando, el CD también habría sido una buena alternativa, comenta Neto, pero es un formato que, al menos para ellos, no carga el mismo sentimiento que la cinta magnética encasillada en la carátula rectangular del cassette.

—Creímos que el CD es algo que ya no te expresa nada —dice Rigel—; se te rayan, se te quedan ahí olvidados y ya. Y el cassette pues siempre va a estar, no se te va a rayar realmente. Se te puede desgastar pero no lo vas a tirar.

—En resumidas cuentas —explica Neto— es el formato análogo más accesible para la gente hoy en día. Como que tiene la mejor parte de los dos mundos que nos gustan: es bajo costo y análogo.

—Aparte es un formato que ya es viejo pero que no está tan… pues no estaba tan muerto todavía —interviene Óscar.

Track 3
En su Teoría de los objetos, Abraham Moles facilita un diagrama en el que expone el ciclo de vida de los objetos manufacturados por el hombre. El objeto, que tiene sus inicios en la materia cruda y las transformaciones de la fábrica o el taller, comienza la primera fase de su vida en la tienda, donde tendrá la oportunidad de ser comprado y transportado al hábitat de la persona. Una vez ahí, pasa a una fase de consumo que se extiende hasta alcanzar el fin de su vida útil, que varía según su propósito y durabilidad. Cuando el objeto deja de ser útil, Moles lo condena a uno de tres destinos no necesariamente excluyentes: la basura, el anticuario o el museo. También se sugiere, como colofón, la posibilidad del reuso o el reciclaje.

El cassette, animado por fuerzas aún imprecisas, ha logrado transitar esta escatología de las cosas útiles para resucitar y convertirse en una tendencia, si no sólida, al menos llamativa dentro del mercado musical. En Estados Unidos, la National Audio Com¬pany (NAC) —la productora de audiocassettes más grande del país— registró un incremento de veinte por ciento en sus ventas entre 2006 y 2012, y otro incremento estimado de treinta y un por ciento entre 2014 y 2015, con ventas globales que alcanzaron los veinte millones de unidades.

Al interés de los consumidores hay que añadir también el del mainstream artístico. Hay diversos músicos que reintrodujeron al cassette en la lista de formatos en los que se distribuye su obra. En 2015, Kanye West decidió editar su álbum Yeezus en cassette, dos años después de su lanzamiento original. Ese mismo año, Justin Bieber le siguió el juego con el material de Purpose, y Skrillex un año antes con Recess. También han habido varias reediciones de materiales que aparecieron hace más de una década. Este año, Eminem lanzó una edición especialde The Slim Shady LP (1999) en cassette, y en 2015 Green Day reeditó Dookie (1994) con Burger Records, una disquera independiente especializada en dicho formato. A Metallica también le agradó la idea de circular material antiguo en audiocassette: el año pasado volvieron a lanzar No Life ‘Til Leather, un demo grabado en 1982.

A pesar de este incremento de ventas, la Recording Industry Association of America (RIAA), una de las instituciones encargadas de rastrear las ganancias en la industria musical, ha declarado que el fenómeno, aunque curioso, no refleja un impacto significativo en el panorama general de la industria pues es un número tan pequeño que no alcanza el límite necesario para ser reportado. Ellos reportan ventas en una escala que ronda los millones de dólares, y el cassette simplemente no ha llegado a ese punto. Así que no ha habido un incremento en las ventas del cassette, ni un esfuerzo proactivo por darle seguimiento.

En CINTAS están conscientes de esto. Mientras que en otros países como Estados Unidos e Inglaterra el cassette parece estar teniendo un resurgimiento modesto pero notable, en México su apuesta apunta a un acontecimiento dentro de un nicho discreto que podría llamar la atención sólo de algunos curiosos. No obstante, puede decirse que el mercado existe.

—No creo que vaya a ser un mercado mainstream, que digas vamos a hacer un cassette de oro por ventas. Eso no va a pasar —apunta Óscar.

—Creo que todo es cíclico —propone Rigel—. Así como tuvo su repunte y tuvo su semimuerte, ahorita otra vez está creciendo en ventas. Es un formato que nunca murió y que ahorita está creciendo por… podrá ser por nostalgia, por pertenencia, por moda, lo que sea. Pero si está ahí y la gente lo quiere y a nosotros nos gusta, ¿por qué no usarlo?

Track 4
Cuentan sus integrantes que la idea de CINTAS se originó en noviembre o diciembre de 2014. Entonces la disquera estaba compuesta por Óscar, Neto y otros que ya no están en el proyecto; Rigel se les unió hasta marzo de 2015, y actualmente son ellos tres quienes la componen.

—Fue algo chistoso, porque cuando surgió esta idea era para apoyar a la banda de Osqui [Óscar] —recuerda Rigel—. Fuera de eso no teníamos ni idea.

En julio hicieron su primer lanzamiento, que fue doble: Yo Sí Nací Aquí, de Pura Crema (la banda de Óscar), y The Hard Times, de Progress is Easy, ambos grupos cercanos a CINTAS. La inauguración de la disquera fue en una tocada dentro de Nodriza Estudio, a las orillas del Centro de Monterrey. «Salió la mariposa», como dice Neto. Las ventas fueron buenas ese primer día. Vendieron alrededor de quince copias, una cantidad nada desdeñable para material de grupos emergentes en un formato supuestamente extinto.

De algún modo, la existencia del proyecto llegó a oídos de otras bandas, y CINTAS comenzó a recibir mensajes de artistas interesados en editar su música en cassette. A la fecha han editado veintiún cassettes, con alrededor de mil cuatrocientas unidades producidas, y han trabajado con bandas de Monterrey, Culiacán, Chihuahua, Santiago de Chile y Buenos Aires.

Cuando pregunto cuál es la función de cada uno dentro de CINTAS, hay un silencio y los tres se miran por unos cuantos segundos. De nuevo, las risas comienzan a salir.

Aunque en teoría CINTAS trabaja como una banda en la que cada integrante se especializa en una sola función (Neto produce y administra, Óscar trabaja con las bandas y Rigel se ocupa de lo que llama «enderezado y pintura»), la verdad es que al momento de hacer las cosas la distribución organizada del trabajo suele salir volando por la ventana.

Los tres operan de un modo que podría llamarse informal, o tal vez semiprofesional. Trabajan en casa, comunicándose por chat y viéndose en persona sólo cuando es necesario. Es una labor muy alejada de los aparatos industriales y los presupuestos astronómicos de EMI, Universal y otros sellos discográficos de calibre. El linaje de CINTAS es mucho más cercano a los productores independientes que cultivaron la cinta en el underground de los setenta y ochenta; cercanía atribuible, si no a un seguimiento consciente de la tradición, quizá a un espíritu común facilitado por las circunstancias. El resultado es un proyecto que permite la calidez, además de los cuidados y accidentes del trabajo artesanal.

—Ningún cassette, te podemos decir con seguridad, es idéntico al otro —dice Rigel con cierto orgullo—. Por la tinta, porque tiene algo diferente. Más que verlo como que tiene un error, digo, güey, te estoy dando algo único; no mal hecho, sino que la serigrafía, la tinta, es un proceso único, ¿no? Cada cassette se hace uno por uno.

Es una labor meticulosa, impulsada por el cariño que se le tiene tanto al formato como a la música en sí. Sin embargo, sigue siendo trabajo que consume tiempo y esfuerzo y que a la larga causa desgaste en los integrantes de CINTAS, que tienen otras responsabilidades aparte del proyecto.

—Como dice Rigel, todos llevamos vidas además de CINTAS —explica Neto—. Y somos tres personas. Es complicado a veces hacer todo… Pero nos divertimos mucho.

LADO B

Track 5
Al principio, recuerda Óscar, la idea era que CINTAS grabara a las bandas además de producirlas en cassette. Pero el plan murió por falta de recursos y de tiempo, y no hay intención de revivirlo.

—Está descartadísimo —comenta Neto— y creo que fue una de las peores ideas que he tenido. Porque así como estamos a veces nos gana el tiempo con mil cosas…

También temían que los aspectos más finos del proceso de grabación terminaran por volver lenta la producción entera. Grabar a una banda implica una responsabilidad tremenda; exige cuidado, que a su vez exige mucho tiempo, algo de lo que el trío de CINTAS no suele disponer.

La alternativa era recibir el material grabado en digital directo de las bandas y luego transferirlo a cassette. Para eso haría falta conseguir equipo, que anduvieron cazando entre anuncios de Craiglist y subastas en eBay.

El cassette no ha muerto 4

Neto me muestra la maquinaria en su habitación, que es donde se lleva a cabo la producción y multiplicación de los cassettes. El cuarto es amplio, de músico, con varios bajos y guitarras acomodados en fila cerca de la pared. También hay flyers que cuelgan enmarcados de los muros, y, por supuesto, un par de pequeños anaqueles atiborrados de cassettes.

El proceso de producción, según lo expone Neto, es el siguiente: primero reciben los archivos digitales facilitados por las bandas. Luego conectan la computadora con los archivos a una grabadora análoga —un rectángulo gris con varias perillas y un compartimento para cassette—, que a su vez conectan a una audiocassettera que contiene el cassette en blanco. La computadora transfiere el archivo a la grabadora, que transforma el sonido digital de la computadora («le da calor», dice Neto, «le da como que una vibra análoga»). De ahí, la cassettera recibe la señal y la imprime sobre la cinta del cassette en tiempo real. El resultado es lo que se conoce como un máster: el cassette primero del que se originarán todas las copias. Neto conserva todos los másters en un maletín, junto a una copia de cada uno.

Distingue las copias de los originales marcando estos últimos con cintas de color.

Le pregunto a Neto por qué no pasan los archivos a la grabadora y ahí elaboran el cassette. Me dice que entonces sería necesario hacer una copia en la cassettera. Eso degradaría el sonido, produciendo una cinta con volumen bajo y mucho hiss. Sería como hacer una fotocopia de una fotocopia, o como aquel experimento de Alvin Lucier en el que se grabó leyendo un texto para luego grabar la grabación de su lectura y luego la grabación de la grabación de su lectura y así sucesivamente, hasta que su voz quedó perdida en la distorsión de las generaciones.

—Porque, quieras o no —dice Neto—, al duplicar hay frecuencias que se pierden un poquito. El máster viene directo de lo digital, y viene más cargado de poder.

Ya hecho el máster, es llevado a las duplicadoras: un par de máquinas bien gruesas que yacen sobre un escritorio de madera pegado a una de las paredes de la habitación. Cada una de las duplicadoras tiene hendiduras para cuatro cassettes; en una se coloca el máster y en la otras cassettes vacíos que servirán de copias. Debajo del escritorio hay cajas con cassettes de distintos colores y duraciones (C-47s, C-60s, etc). Neto toma varios de un mismo color, los acomoda en las hendiduras de la duplicadora, presiona un botón y la máquina comienza a duplicar. Es un proceso muy rápido, ya que la duplicadora no copia en tiempo real. Tarda a lo mucho minuto y fracción con cada grupo de cassettes.

Neto recalca que suelen ser muy cuidadosos con el trato que le dan a las duplicadoras. Si no están trabajando, ambas permanecen cubiertas por un plástico que las protege del polvo y otros agentes nocivos del ambiente. Tanto cuidado se debe a que son máquinas delicadas y difíciles de reparar. De hecho, cuando compraron las primeras dos fue necesario llevarlas al taller de Fernando Zavala, «una eminencia del mundo de la cinta magnética», según me cuentan los tres.

Zavala tiene un taller de venta y reparación de equipos de sonido que hoy llamaríamos vintage. Cuando el trío de CINTAS llegó con ambas duplicadoras, Zavala les dijo que intentaría repararlas a pesar de que nunca había trabajado con maquinaria parecida. La operación fue larga, el tiempo tortuoso.

Hicieron falta dos meses para que quedara una de las duplicadoras. Las reparaciones fueron relativamente mínimas, con un intercambio de cabezas como única operación significativa. Al final, sólo una de las duplicadoras funcionó, gracias a un trasplante de partes.

—Ambas tenían fallas. Entonces entre las dos se hizo una buena —recuerda Neto—. Se hizo una especie de Frankenstein.

La tercera duplicadora que compraron después aún permanece guardada, en caso de que una de las dos funcionales necesite un donante de piezas.

Track 6
El cassette, como objeto tangible, exige un manejo por parte del usuario.

—Es como un ritual —dice Óscar—. Desde que tienes ganas de escucharlo y lo vas a poner. Lo sacas de la caja, lo pones en el reproductor…

—Lo regresas —corta Rigel, y vuelven las risotadas.

—Lo tienes que regresar porque seguramente no lo hiciste la última vez. Lo escuchas todo. Si te gustó una canción te regresas y vuelves a escuchar.

—Se acaba y a cambiar de lado.

Puede que la declaración peque de obvia. Sin embargo, el hecho de que haya placer en la mera manipulación del cassette, en los movimientos necesarios para su uso, apunta a algo más que a una agridulce añoranza. Escuchar un cassette se vuelve, efectivamente, una ceremonia personal; grata y significativa incluso en sus inconveniencias

En su «Microcassette Manifesto», Hal McGee identifica este gusto por el objeto con un fetichismo que raya en la devoción religiosa. El cassette es una reliquia de otro tiempo; conservarlo, manipularlo y experimentarlo es entrar en contacto con el pasado perdido. Del cassette se hace entonces una especie de tótem, un artefacto cargado de magia y poder. McGee hace estas afirmaciones con cierto desdén e impaciencia. Siendo alguien que vivió los tiempos del cassette y experimentó las promesas de la revolución digital en la música, encuentra en esa devoción una necedad regresiva. «La música en línea fue, para mí, la continuación lógica y perfecta de lo que hacíamos con la producción casera de cassettes en los ochenta. Anarquía de libre acceso, democrática», escribe.

Con todo, aunque no puede negarse el servicio que la digitalización ha prestado a la democratización y diversificación de la música, tampoco pueden pasarse por alto los aspectos rituales y sensoriales que el cassette aporta al hábito de escuchar.

—No se escucha igual un cassette que un mp3, que un CD, que un vinil —comenta Rigel—. Cuando pones un cassette, vas a apreciarlo todo. No vas a ponerle siguiente canción, no vas a irte a la famosa. Vas a escucharlo de principio a fin porque es el proceso de ese formato.

A la ritualización del cassette debe añadirse lo que Collin McKelvey de Black House Tapes, llama «el fenómeno del objeto». La cinta magnética es un material que responde a las particularidades del ambiente, además de a sus propias reacciones químicas catalizadas por las acumulaciones del tiempo. Estos cambios distorsionan el sonido de un modo que ha despertado el interés de artistas experimentales, sobre todo en las escenas del noise, el drone y el dark ambient. Los años transforman la música, como lo harían con cualquier otro cuerpo.

Paul Hagarty identifica esta cualidad orgánica de la cinta y lleva sus significaciones sobre el cassette (y otros forma¬tos) un poco más lejos. Escribe, en «The Halucinatory Life of Tape»: «Con la caída de los formatos viene la muerte o la lenta agonía de unidades individuales —cintas, discos, cilindros, cartuchos— que se habrán de deteriorar y que al hacerlo nos dan la impresión de que también han vivido».

La materialidad del cassette entonces, le concede al mismo tiempo la cualidad positiva de la muerte. Quizá sea esto lo que empuja a tantos a mantenerlo a raya del olvido.

Track 7
Neto camina hacia uno de los anaqueles pequeños de su habitación. Se hinca, extrae un cassette de entre los muchos y vuelve para mostrármelo. La caja es de un color café que se confunde con el cobre. Del costado emerge un recuadro negro en el que se leen dos nombres: «C86» y «NME».

Es una antología de bandas inglesas editadas por sellos independientes (Primal Scream, Stump, The McKenzies, Miaow, entre otras), lanzada en 1986. Fue armada y distribuida por la revista NME, una de las publicaciones de mayor peso en el ámbito musical británico. Neto me explica que ese cassette contiene el espíritu que prácticamente dio origen a lo que se llegó a conocer como «lo indie». Es el underground de su época cristalizado en unos cuantos metros de cinta magnética.

Durante sus años de dominio, el cassette logró tocar dos extremos de la industria: el mercado masivo, que traficaba con los nombres de Prince, Madonna y Julio Iglesias, y los rincones más discretos pero novedosos de la producción musical. Sus bajos costos de producción permitieron la emergencia de creadores con necesidad de un público pero sin los medios que dan acceso a la atención de las masas, y su manejabilidad dio pie a la proliferación de compilaciones no oficiales, demos perdidos y otras configuraciones del bootleg que transitaban las corrientes clandestinas del mercado musical. Producir música dejó de ser una actividad exclusivamente industrial; el individuo podía crear y distribuir música desde su habitación en el ático.

Hagarty le da un giro político a esta filosofía del DIY (Do It Yourself). El productor pequeño, impulsado por una visión artística o el mero apetito creador, rompe con las dinámicas tradicionales de producción/consumo, desestabilizan¬do las estructuras reforzadas por la industria musical. «[Es] una evasión de la industria cultural, la reapropiación de los medios de producción», escribe.

No parece que los integrantes de CINTAS vean en el cassette una sentencia política —más allá de la vena contracultural que pulsa en los tres—, pero sí han encontrado en él una manera de sortear las condiciones más crueles del mercado, la herramienta para construir plataformas que den vida a proyectos que quizá no sobrevivirían entre las arenas movedizas de la industria.

El cassette no ha muerto 5
—Ése es realmente el objetivo —dice Neto—: materializar esos proyectos que están en el aire, esas bandas que están en la cochera, que a lo mejor son muy buenas y nadie ha escuchado. Es nuestro sueño poder llevarlas a más oídos, y a lo mejor hacer un show con ellas.

Es una visión que los empareja con el espíritu de Tom Furgas, R. Stevie Moore y otros productores independientes que han hecho del cassette una herramienta y un símbolo de la lucha por mantener la creatividad musical a flote. En la era de la descarga, de las abstracciones que flotan en un éter sintético, obtener una manifestación física de la expresión creativa se convierte en un gesto de apoyo para las bandas, una aseveración de fe en su música, o en la Música.

—No queremos perder el foco de apoyar las bandas locales que necesitan sacar material —sigue Neto—, que son buenas bandas y simplemente necesitan poner su música allá afuera, y que alguien…
—Crea —interviene Rigel.

—Que crea, ¿no?, y se las lleve. Entonces sí, como que un gran plan maestro y maquiavélico para dominar la industria (discográfica) que muere, no lo hay, y no lo va a haber. Pero sí, nuestro plan es seguir apoyando ese tipo de bandas.

—Básicamente ese es el proceso: computadora, para acá, de aquí al tape-deck, del tape-deck sale el cassette ese que tenía el scotch, y luego ya ahí hago mi duplicación, regreso. Aquí están generalmente todas las cajas. Este proceso lo hicimos en un departamento en el Centro.

—¿Eso es un teléfono de ruedita?

—Sí.

—Órale, sí que te gusta lo retro.

—Sí… Eso sí que no estaba planeado.

—Y el reloj también se ve muy old school.

—El reloj es de cuerda. Tengo un problema entonces con la nostalgia.

—Eres un hombre análogo en un mundo digital.

—De hecho, we.


Autores
(Monterrey, 1990) es coeditor del semanario de crónicas El barrio antiguo. Sus textos aparecen regularmente en el portal de noticias Plague Media.