Tierra Adentro
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Los futuros opresivos están de moda: el regreso del conservadurismo, la subyugación sistemática de la mujer conviven en la programación televisiva y en las marquesinas de los cines. ¿Por qué ahora? Wensceslao Bruciaga se pregunta por el verdadero origen de estas historias y explora dónde realmente están las distopías, dentro o fuera de la pantalla.

 

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El año pasado, The Handmaid’s Tale fue probablemente la serie más diseccionada en medios, y la más premiada en la ceremonia de los Emmy; sacudió la aparente estabilidad social de la audiencia por su historia, la de Offred y todas las mujeres de la otrora Norteamérica rebautizada como Gilead, quienes pierden su libertad y dignidad, condenadas por un gobierno teocrático, un sistema de castas de autoritarismo machista, que condiciona el valor de la vida de la mujer a su capacidad reproductiva.

The Handmaid’s Tale cimbra nuestra fragilidad moral, cuestiona nuestro sistema de valores y, así, tradiciones enteras que por años consideramos infalibles.

La premisa horroriza. Un horror que, por lo visto, es irresistible y tan exitoso que la serie de Hulu fue también una de las series más comentadas en redes sociales. Quizá, en esa reacción desenfrenada y masiva, hemos atestiguado una de las primeras cosechas de otra distopía que ya nos gobierna sin darnos cuenta.

Tal vez lo más perturbador de la serie The Handmaid’s Tale, cuyo tráiler de la segunda temporada ya circula en internet, no es la acaso involuntaria y perversa nostalgia por viejos tiempos (incluyendo los tribales, en los que la colonización, al parecer, nos mantenía en un estado de pureza casi celestial), sino su atemporalidad hiperrealista. Ambientada en una época moderadamente tecnificada, la historia bien puede acontecer en un mañana o pasado inmediatos, o en el presente que respiramos hoy día, contaminado de gadgets y redes sociales que permiten la diseminación de opiniones e ideas sin ningún tipo de filtro, producto de fobias y paranoias. La ebullición digital resulta, muchas veces, en linchamientos virtuales sin sustento.

 

2

No es la primera vez que The Handmaid’s Tale llega a la pantalla: existe una muy oscura versión fílmica con Faye Dunaway en el papel de Offred, de 1990, cuando arrancaba la última década del siglo XX y del milenio (a tan sólo 11 años del tan profetizado 2001, en muchos sentidos tiempos de libertad más sencillos: el VIH y el sida generaban estragos quizá más devastadores que los zombies de The Walking Dead o Dead Set), cuando la indignación se movía en terrenos más tolerantes, en ausencia de la viralidad. Y ni hablar de la reacción que la novela distópica de Margaret Atwood, en la cual se basan la película y la serie, causó en 1985, año de su publicación.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)


 
 

¿Qué es la distopía sino la pesadilla contraria al estado de bienestar ideal que sueña la utopía? Es una «sociedad indeseable en sí misma», escribe Sergio Hernández-Ranera en el prólogo de la novela Nosotros de Yevgueni Zamiatin (1921), sobre una sociedad tiranizada por una policía represora, que serviría de inspiración para el Gran Hermano de 1984 de George Orwell, probablemente uno de los primeros antecedentes de la distopía como la entendemos hoy día.

Si nos ponemos estrictos con los orígenes de estas «nuevas» distopías que actualmente invaden la televisión online, nos daremos cuenta de que no son especulaciones surgidas de estos tiempos de aceleradísima evolución tecnológica, más bien fueron escritas en un periodo específico: la segunda mitad de los ochenta, los noventa del siglo pasado y hasta 2002, cuando William Gibson publicó Historia cero. Y de ahí no parecen moverse.

Pensemos en el primer capítulo de la cuarta temporada de Black Mirror, aquel del experto en videojuegos virtuales que hurga en la basura para robar el ADN de sus compañeros, ingrediente orgánico que le sirve para clonarlos en un mundo virtual programado por él mismo, donde reivindica su torpeza social en el mundo real. Los personajes virtuales toman conciencia de su existencia a merced del creador del juego y luchan por recuperar su condición humana. La estética a gogó del capítulo es de la época en la que Philip K. Dick ya escribía sobre la inteligencia artificial autoconsciente y sentimental, con robots o replicantes en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de donde salió Blade Runner, la de 1982 de Ridley Scott y la del año pasado en manos de Denis Villeneuve.

No hay espacio para mencionarlos a todos, pero además de Philip K. Dick, William Gibson, Neal Stephenson y sobre todo J. G. Ballard fueron los escritores que engendraron el caldo de cultivo para las «nuevas» distopías que actualmente vemos en televisión. Sin ánimos de provocar, Atwood es considerada la Ballard femenina, la pitonisa de las distopías contemporáneas.

Aprovechando la moda, Netflix no quiso quedarse fuera de la atwoodmanía y decidió hacer lo propio al producir una miniserie basada en otra novela de Atwood, Alias Grace, que, aunque ubicada en el siglo XIX (la época es sólo un pretexto, una ficción basada en la especulación histórica también conocida como ucronía), desboca, una vez más, sus obsesiones: el papel de la mujer en las sociedades patriarcales, la biología y sensibilidad femenina como constructo individual y arma, la búsqueda de la identidad canadiense frente a los valores norteamericanos.

Para mantenerse en la competencia, Amazon Prime ha anunciado estruendosamente la producción de una serie basada en la tremenda novela de Neal Stephenson de 1992, Snow Crash, sobre las aventuras de una especie de héroe maldito y el «metaverso». En su momento de publicación, Snow Crash sentó el antecedente de la realidad virtual: el desdoblamiento de los seres humanos en redes sociales en un universo virtual que, conforme se actualiza, genera sus propias leyes digitales: premia la buena conducta y castiga los comentarios ofensivos, por ejemplo, con la prohibición del acceso a la cuenta por días, semanas, meses o años.

Así como Snow Crash penaliza a los personajes excluyéndolos para diseñar una sociedad paralela y libre de mal, dos capítulos de Black Mirror, ahora bajos las riendas de Netflix, también cuestionan cómo afecta nuestro desarrollo humano el estar desaparecido de las redes sociales. Dichos capítulos, «White Christmas » y «Nosedive», recuperan las preocupaciones ontológicas de Snow Crash; en particular, «Nosedive» se fusila el corrosivo tono de comedia y la destreza juvenil que tanto particularizan a Snow Crash, y que la diferencian de otras novelas ciberpunk, donde la angustia es lo imperante.

 

3

Se dice que las distopías son las profecías hechas realidad de la ciencia ficción, pero, en realidad, su indiscutible marcapasos es el ciberpunk.

La ciencia ficción casi siempre ha idealizado la tecnología. La obsesión por la tecnología perdió de vista el componente humano y por eso centra las aventuras en rayos espaciales y marcianos. Los libros de Isaac Asimov narran aventuras intergalácticas de heroismos épicos, hasta la madre de moralejas, como La guerra de las galaxias. Y 2001: Odisea del espacio, tanto la novela de Arthur C. Clarke como la obra maestra de Kubrick, envejecieron de forma acelerada (al menos en términos estéticos), caducaron mucho antes de que el 2001 llegara, porque no se ensucia las manos complejizando la mentalidad de sus personajes. Como dice J. G. Ballard en el prólogo de Crash, novela sobre un grupo de depravados que sienten placer al tener accidentes automovilísticos deliberados:

2001: Odisea del espacio comunicaba esta impresión de un modo particularmente conmovedor. Este film anuncia a mi juicio el fin de la época heroica de la ciencia ficción moderna. Los paisajes y el vestuario cuidadosamente concebidos, las maquetas espectaculares, me hicieron pensar en Lo que el viento se llevó; la epopeya tecnológica se transformaba en una especie de novela histórica al revés, un mundo cerrado donde nunca se permitía que entrase la luz cruda de la realidad contemporánea.

Todas las comparaciones son odiosas, pero si enfrentamos 2001: Odisea del espacio con Snow Crash, es relativamente fácil deducir que la novela de Stephenson tiene más posibilidades de llegar a ser una realidad (si no es que, en parte, ya lo es) por la sencilla razón de su espíritu ciberpunk puro, como la distopía debe ser; es decir, la crudeza con la que una obra es capaz de predecir la psicología y la conducta humana, sobre todo occidental, amenazada por el bombardeo publicitario programador de sensaciones de éxito o fracaso; la enajenación del entretenimiento, el uso voraz de la tecnología, el engaño de la vida virtual, donde todos, como en la reacción multitudinaria a The Handsmaid’s Tale, desvían su activismo hacia los caracteres, en vez de luchar por un cambio en la vida real.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

El consumo de la serie de Hulu, la revuelta virtual que detonó The Handsmaid’s Tale, cumple la predicción de aquellas distopías del ciberpunk original. Con una producción multimillonaria pensada para el streaming, sin horarios estelares, tan sólo con un día de lanzamiento oficial, los miércoles, la distopía, más allá de la trama, está fuera de la pantalla, en la audiencia; una consecuencia calculada por el progreso tecnológico del entretenimiento, un efecto que hasta no hace mucho hubiéramos interpretado como una extravagancia de la ciencia ficción. Mientras los totalitarismos se pelean por el poder, los ciudadanos debaten en redes sociales la desigualdad.

 

4

Si Dick y Gibson fueron los artífices de las distopías instaladas en el existencialismo tecnológico, aquel que cuestiona la conciencia como un ente independiente del cuerpo humano y que lo mismo puede sobrevivir en una neurona o en microchip, es J. G. Ballard el visionario que más ha acertado al disloque cultural de las nuevas distopías (no sólo las que vemos, sino en las que participamos). Su capacidad para desgranar las obsesiones de los ciudadanos de occidente, incapaces de huir de convencionalismos como crecer para trabajar, casarse, reproducirse, parámetros de éxito inducidos por la publicidad.

Decía Ballard, en el mismo prólogo de Crash, que «nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo —en un plano social y psicológico— […] el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable». Lo cierto es que, hoy, el acceso a internet ha facilitado el reforzamiento y glorificación de muchos prejuicios que en 2002 considerábamos arcaicos.

Más tarde, en una entrevista que concedió al fanzine Re/ Search en 1982, Ballard definía el futuro como un «enorme y resignado suburbio del alma, nada nuevo va a surgir, ninguna evasión tendrá lugar otra vez, esto es lo que puede pasar y es mi gran temor».

¿Soñábamos, por ejemplo, con un futuro en el que condenaríamos libros como Lolita de Nabokov por considerarse un estimulador social de la pedofilia mediante peticiones de internet cuyas firmas aumentan a la velocidad de la luz apoyando el retiro de cuadros de Balthus por sexualizar la infancia?

Algo que Ballard también ya veía venir: «Puedo ver que el reloj retrocede, aunque no creo que eso vaya a ocurrir de una manera tan evidente. Creo que podríamos entrar en una nueva era victoriana donde quizá se empiecen a aplicar las mismas restricciones. Quizá la coerción venga de un lugar diferente, pero el resultado será igual de represivo», respondió el escritor en aquella entrevista de 1982.

Hoy, basta ver cómo los escándalos de abuso sobre la figura de Kevin Spacey pusieron un inesperado intermedio al revolucionario título de Netflix, House of Cards, pionero en los contenidos exclusivos para la televisión personalizada impulsada por megabytes. Salidas del clóset, interrupciones de contratos millonarios, exclusiones, denuncias de acoso con más de 30 años de atraso, sentencias de culpabilidad, todas provocadas por la presión de algoritmos circulando en nubes informáticas e intangibles, sin un proceso legal de por medio. Tan sólo motivados por apetitos personales.

Poco a poco, las leyes del mundo virtual van imponiéndose por sobre las constituciones, para dar paso a un conglomerado de fobias e intolerancias personales, como las que sirvieron para fundar el Gilead de The Handmaid’s Tale.

Es el caso de un fenómeno al que llamo «La primavera moral», un movimiento social surgido desde aplicaciones instaladas en tabletas y teléfonos que pretende liberar a la sociedad de conductas nocivas, resultado de la colonización de los imperios económicos y blancos, el patriarcado, el machismo, la misoginia o la homofobia. «La primavera moral», sin embargo, no distingue (o no quiere, o se resiste) entre el rencor del trauma y los deseos de venganza, y la erradicación de la violencia; se pronuncia desde el anonimato, un anonimato voluntario que recuerda el anonimato impuesto a las mujeres rebautizadas de The Handmaid’s Tale.


Autores
(Torreón, 1977) es escritor, periodista especializado en diversidad sexual, cronista, columnista. Bareback Juke-Box (2017) es su más reciente novela.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

¿Por qué todos sabemos usar una computadora pero no sabemos programarla? ¿Cuál es el futuro de una sociedad controlada por una tecnología que al facilitarnos la vida cotidiana aparenta liberarnos? Irene Soria identifica posibles formas de opresión y nos cuestiona por qué no somos hackers.

 

Tan sutil que es casi invisible a los ojos, tan cómoda que ni siquiera la tocamos con los sentidos, y tan vital para algunas personas, que podrían defenderla a capa y espada. Hablar de una distopía tecnológica es hablar del presente, de nuestra rutina, de nuestra vida diaria.

Sin bien la ciencia ficción ha ofrecido durante décadas imágenes de diversos mundos posibles, donde los robots se apoderan de nuestra voluntad o donde viajamos en autos voladores, es en fechas recientes que algunas series y películas nos plantean la suerte de un futuro muy inmediato. Series como Black Mirror relatan situaciones tan escalofriantes como verosímiles (por supuesto, más logrado en unos capítulos que en otros) en un futuro tan cercano que podríamos estarlo viviendo hoy.

Si el futuro ya está aquí, o al menos una pequeña prueba de lo que podría llegar a ser, ¿qué tan conscientes somos de ello? ¿Hay manera de modificarlo? ¿Podríamos incluso decidir si deseamos vivir o no ese futuro? ¿Está en nuestras manos revertir la distopía?

 

LA DISTOPÍA QUE SE VEÍA VENIR

Si hasta aquí sospecha usted que contravendré la tan proliferada idea de que la tecnología digital ha potenciado la libertad de expresión, la democratización de los medios, el conocimiento abierto al mundo y la producción de contenido más allá de la hegemonía, permítame decirle que tiene razón. Pero antes de que me queme en leña verde, me remontaré a la década de los ochenta, cuando inició el consumo tecnológico digital en masa y cuando algunas personas comenzaron a vislumbrar un futuro bastante oscuro.

Fue en 1984 cuando salió al mercado estadounidense la Macintosh. Con ella, el fundador de la empresa que la fabricó, Steve Jobs, aspiraba a que el cómputo estuviera al alcance de cualquier persona y no sólo de algunos conocedores del lenguaje de programación (como había sucedido hasta entonces). La Macintosh era tan fácil de usar como un electrodoméstico.

Esta tendencia a «hacer todo más fácil» se apoderó del mercado de Apple y de otras empresas que se apresuraron a fabricar tecnología cada vez más intuitiva y sencilla. Esta «facilidad» que hoy ha hecho que muchas y variadas personas puedan acceder y usar computadoras en sus casas, escuelas u oficinas, así como la invención de nuevos materiales, devinieron en la necesidad de utilizar estos equipos en cada vez más actividades de la vida diaria y hacer aquellas computadoras personales más portables y pequeñas; convirtiéndose, además, en un aparato íntimo e indispensable.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Hoy en día estas computadoras caben en nuestros bolsillos y son parte de nuestra identidad, guardamos en sus memorias nuestra vida entera. La tendencia es lograr que sean cada vez menos visibles, al grado de traer gadgets pegados al cuerpo o incrustados en la piel.

Sin embargo, la portabilidad, la comodidad y la accesibilidad de los gadgets se han convertido en un arma de dos filos. Estos procesos que «facilitan» la vida requieren de muchísimas acciones detrás, que siempre están veladas para las personas usuarias comunes. Dicho de otro modo, si bien la comunicación con nuestros equipos tecnológicos es eficaz e inmediata, ésta también nos oculta los procesos que ocurren detrás, lo cual vuelve estos mecanismos desconocidos para el usuario y lejanos a su entendimiento, ¿o tiene idea de la cantidad obscena de información que recolecta sobre usted una empresa, al momento que solicita su servicio de taxis por medio de una aplicación? Este pequeño detalle del «ocultamiento» del proceso, tan cotidiano e imperceptible en nuestros días, podría ser el campo de cultivo de una sociedad distópica que supere ampliamente la ficción.

Sin embargo, este ofuscamiento de procesos sólo lo es para las personas usuarias finales, pues el know how, el código o la receta de cocina con la que se hace dicha tecnología, sólo será visible y modificable para pocos agentes: el proveedor del servicio, el fabricante o la empresa, es decir, un tercero.

Así entonces, en nuestra presente-futura sociedad distópica, cada paso, actividad, palabra, conversación, canción, ubicación, signo vital, estado de ánimo, ciclo menstrual, hábito de consumo y de conducta, frustración, ruptura, reacción ante el conflicto y más, quedarán registrados en bytes almacenados como cúmulo de datos completamente correlacionables, a la disposición de un cúmulo de intereses, los del proveedor-dueño del servicio.

 

LA DISTOPÍA PRESENTE-FUTURA

Aunque, hoy en día, esto parece no alterar mucho al inconsciente colectivo a pesar de las declaraciones de diversos personajes[1], las repercusiones de una sociedad súmamente vigilada distan mucho de poder ocultarse; es muy probable que, mientras que otras generaciones soñaron con ser famosas, nuestra sociedad distópica soñará con tener privacidad. En el «mejor» de los casos, estos datos son recolectados con fines de consumo, pero ¿qué pasaría si cruzamos esta posibilidad con contextos políticos, sociales y/o económicos de ciertas regiones del mundo? Imaginemos algunos escenarios.

En un mundo donde los datos de los ciudadanos son tan fácilmente recolectables y relacionables, es completamente posible conocer las preferencias ideológicas, sexuales y hasta debilidades psicológicas y hábitos de conducta, tanto de individuos como de masas, lo cual permitiría estudiar de manera más precisa a los votantes, por ejemplo, y lograr gracias al uso y manipulación de estos datos que un hombre millonario con nula idea de política y con claras tendencias sociópatas se convierta en presidente de una nación.[2].

En este mismo escenario, el motor de búsqueda del proveedor de servicio, (cuya infraestructura está alojada en el país cuyo presidente es el millonario sociópata) podría impedir el acceso a ciertos artículos de opinión o investigación donde esto se hace evidente, o peor aún, imposibilitaría la búsqueda de ciertos libros icónicos vinculados con teorías críticas o pensamientos libertarios.

En esta distopía presente-futura, será imposible encontrar ciertos libros digitalizados, pues los temas y las ideas políticas de las personas que hacen la búsqueda, contravendrían los intereses del poder dominante; se sabría por los registros en bases de datos, qué periodistas hacen qué tipo de investigación y a quién investigan, facilitando su desaparición antes de que completen su nota periodística.

De igual forma, cada persona tendrá una evaluación con base a sus acciones tanto sociales como privadas, permitiendo clasificarlos como buenos o malos ciudadanos y con ello permitirles o no el acceso a servicios que provengan del Estado.[3].

La neutralidad en la red, que permite que los paquetes de información que circulan en internet no sean «discriminados» por su contenido, sería regulada en nuestra sociedad distópica, impidiendo que podamos compartir videos de detenciones arbitrarias en las manifestaciones públicas, pues «no es posible enviar videos» a nuestros contactos a menos que subamos el rango de pago de nuestro paquete de internet.

En esta sociedad distópica, sería imposible ver una película producida en los dosmiles, pues habría sido retirada de todo repositorio, sin copias físicas suficientes, habría que pagar un derecho para verla una vez, cubriendo con el costo sólo la exhibición y restando la posibilidad de almacenarla, o preservarla como hicieran las antiguas filmotecas con el celuloide; mucho menos, podríamos compartirla o mostrarla en una clase.

Porque, además, se habrían hecho más rígidas las leyes de derecho de autor apoyadas en gran medida por los escritores, pintores, cineastas y artistas que creyeron el cuento de que dichas leyes «protegerían su obra» para fomentar la creación. Así fue como las corporaciones pudieron poner copyright o legislaciones similares a las fijaciones de la memoria humana en soportes físicos, una vez que los avances tecnológicos hicieron posible poner en imágenes los recuerdos de las personas.[4].

En esta sociedad distópica será más fácil acceder a una obra del siglo XVII, que a una obra digital del siglo XXI.

 

EL FUTURO LO PREDIJERON LOS HACKERS

Richard Stallman, padre del software libre.[5], ya había vislumbrado en 1983 las implicaciones que tendría en la sociedad este velo en los procesos y las recetas de cocina secretos y cerrados. Desde su visión como programador en los años setenta, y con la imposibilidad de poder modificar algunos software para mejorar su vida cotidiana, Stallman y otras personas advirtieron las amenazas de dejar la tecnología en manos de las corporaciones.[6]. La sociedad les llamó paranoicos.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Quizá por eso no sea gratuito que la figura del hacker, como se le ha considerado a Stallman, sea visto de manera negativa en la cultura popular. El hacker ha sido malinterpretado como un pirata informático, alguien con conocimientos profundos de computación que vulneran la seguridad digital y cometen delitos informáticos. Sin embargo, una de las aproximaciones del término hacker proviene de hack, que significa «golpe», un golpe que ayuda a que algo funcione mejor. Aunado a esto, el propio Stallman dice que hacker es alguien que usa de manera lúdica sus conocimientos y habilidades. Lo cierto es que las comunidades de hackers contemporáneas se conciben como personas que gustan de solucionar retos informáticos por el placer de enfrentarse y solucionar problemas. Algunas de estas comunidades se han dedicado a abrir repositorios en internet para el libre acceso a libros, revistas, películas, artículos y arte digitalizados que sería imposible conseguir de otro modo.

Hombres y mujeres hackers entienden la tecnología desde otro punto de vista que no es el del consumo, el elitismo o el individualismo aislado. Su mirada es desde la soberanía, la comunidad, la apropiación y el saber cómo funcionan las cosas.[7]. Gracias a ello y a su conocimiento técnico, conocen gran parte del funcionamiento de las tecnologías digitales y la importancia del cuidado de la privacidad, la necesidad del anonimato y el acceso a la información.

Así pues, en nuestra sociedad distópica, hacker es la persona disidente tecnológica que nos ayudará a entender los problemas de la dependencia tecnológica y que, a su vez, impulsará la apropiación y conocimiento profundo de la tecnología. Por supuesto que estos hackers serán señalados y mal vistos, incluso, se les buscará por diversos medios y se hará popular el uso de la palabra hackear para referirse al robo de una contraseña o a la intromisión ilegal en un sistema con fines negativos y lucrativos.

 

SEAMOS HACKERS

Es muy probable que en un mundo distópico la resistencia esté conformada por hackers que han vivido la comunidad como una realidad posible y palpable, lo cual contraviene la idea de consumidores aislados compitiendo entre sí; sabrán que las tecnologías no se fabrican aisladamente y que han sido desarrolladas en comunidades; sabrán también que nadie inventa o desarrolla si no es a partir de los avances de alguien más. Sabrán, ¿o saben ya?, que hay que trabajar en comunidad.

La gran resistencia hacker no será fabricar tecnologías propias únicamente, sino enseñar a otros y otras a hacerlo; compartiendo y fomentando habilidades técnicas y su manera de entender y hacer la tecnología. Desde hoy, podríamos comenzar con una educación tecnológica en la infancia, vinculada con el aprendizaje de programación y no limitada al uso de una herramienta. Usted, por ejemplo, podría comenzar a usar software libre y aplicaciones más seguras y confiables en su celular (como Telegram o Signal para enviar mensajes instantáneos), leer las cláusulas de términos y condiciones de los servicios tecnológicos que usa y preguntarse si de verdad es necesario compartir todos los detalles de su vida en redes sociodigitales.

Si bien las estrategias para desmantelar la distopía aún son obtusas, comenzarán a clarificarse cuando cada uno de nosotros use su ingenio para el bien común, cuando seamos críticos y rompamos reglas injustas, pero sobre todo, cuando decidamos cambiar en cada uno de nuestros actos nuestra propia realidad… es decir, cuando seamos hackers.


Notas

[1] Ver el documental Citizenfour, de Laura Poitras, Estados Unidos, 2014.

[2] Para saber más: «The Data That Turned the World Upside Down», disponible en: https://motherboard.vice.com/en_us/article/mg9vvn/how-our-likes-helped-trump-win

[3] «China calificará a sus ciudadanos como en Black Mirror», disponible en: http://www.elfinanciero.com.mx/tech/china-calificara-a-sus-ciudadanoscomo-en-black-mirror.html

[4] Conferencia del Dr. Alejandro Miranda hablando de la nota: «Scientists Use Brain Imaging to Reveal the Movies in Our Mind», disponible en http://news.berkeley.edu/2011/09/22/brain-movies/

[5] Programa de cómputo cuya licencia de uso permite ser estudiado, copiado, distribuido y mejorado.

[6] Richard Stallman cuenta su anécdota con una impresora del MIT y cómo ésta dio origen al proyecto GNU y al movimiento del software libre en el libro: Software libre para una sociedad libre.

[7] Varios autores, Soberanía tecnológica 2, Barcelona, Descontrol, 2017, disponible en: https://www.ritimo.org/IMG/pdf/sobtech2-es-with-covers-web-150dpi-2018-01-13-v2.pdf


Autores
(Ciudad de México, 1983) es doctoranda en estudios feministas, académica y activista del movimiento de software y cultura libre.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Aunque parezca contraintuitivo, el 90 por ciento del futuro está aquí. Las distopías que consumirán a nuestras sociedades se pueden entrever en las problemáticas contemporáneas. En este ensayo, Diego Castañeda recorre los pormenores económicos de estas distopías que, lejos de conjugarse en tiempo futuro, empiezan a estar cada vez más presentes en nuestra cotidianidad.

 

El mundo de las utopías y distopías es uno entrelazado desde el comienzo. Es imposible separar las utopías de Francis Bacon en la Nueva Atlántida o de Thomas More en Utopía de su contraparte en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Si las primeras son paraísos, las segundas son paraísos perdidos. Es común que hoy imaginemos mundos distópicos del futuro lejano y no tan lejano como mundos postapocalípticos, de caos y destrucción, donde la humanidad paga las consecuencias de su hibris; sin embargo, lo que realmente tienen en común, desde los despliegues de autoritarismo y trivialidad de la sociedad liliputiense o la inmoralidad de la que escapan los marineros rescatados en Bensalem hasta los clásicos del siglo XX o las nuevas distopías del siglo XXI, es algo mucho más sutil. Una distopía es, en su corazón, una historia sobre la desintegración social.

Ya sea el conflicto de los humanos con los Murlocks en The Time Machine de H.G. Wells, la sociedad perfectamente segregada en clases y ocupaciones de A Brave New World de Aldous Huxley; la sociedad profundamente superficial, vanidosa y manipulable de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury; o los humanos amenazados por la máquina, como en The City and the Stars de Arthur C. Clarke, Caves of Steel de Isaac Asimov o Do Androids Dream of Electric Sheep? de Phillip K. Dick, las distopías siempre han representado los temores e inseguridades de la sociedad en un momento específico del tiempo. Son historias que obedecen a las rápidas transformaciones de las sociedades, sus promesas y sus peligros, incluidas las tramas donde el cambio climático y la globalización ¿amenazan? a la humanidad, como en de The Windup Girl de Paolo Bacigalupi.

Wells se inspiró en los debates sobre el socialismo en el siglo XIX, Huxley en la Gran Guerra y en la desintegración de la primera globalización y del patrón oro de inicios del siglo XX. Para muchos otros, la posguerra de las dos guerras mundiales, la subsecuente Guerra Fría y los avances tecnológicos consecuentes (avances derivados del proyecto Manhattan, de los Laboratorios Bell y de la carrera espacial) guiaron sus historias.

El nacimiento de la era digital encauzó preocupaciones sobre la mente humana y la conectividad, novelas como Neuromancer de William Gibson o películas como The Matrix, por ejemplo, exploran esta relación.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Si las distopías son un reflejo de su tiempo y si en su esencia tratan sobre la decadencia o la desintegración social, ¿cuáles pueden ser las distopías de nuestro tiempo?

Para intentar contestar esa pregunta, necesitamos pensar en cuáles son los grandes problemas de nuestro tiempo. ¿Cuáles son sus grandes transformaciones? Charles Stross, uno de los escritores de ciencia ficción más reconocidos de nuestra era, dice seguir una regla simple para imaginar el futuro: el 90 por ciento de lo que vemos hoy seguirá ahí en 10, 20 o 30 años. Los edificios seguirán ahí, las máquinas mejorarán pero conservarán sus funciones. El 10 por ciento restante es incertidumbre, todo puede pasar. Por lo tanto, las distopías del futuro en alguna forma ya deben estar aquí.

En el mundo interconectado del siglo XXI, dos de los grandes problemas globales son la creciente desigualdad económica y la degradación del medio ambiente. Las grandes transformaciones que vivimos son el cambio tecnológico exponencial, el fin de la hiperglobalización, la ruptura del orden global establecido desde la segunda mitad del siglo XX y el surgimiento, nuevamente, de un mundo multipolar, donde no existe una única superpotencia y la cooperación y el entendimiento entre países es más importante para resolver los problemas mundiales.

La desigualdad y el cambio climático son, en gran medida, producto de nuestra forma de vida, de la forma en que decidimos estructurar la actividad económica en el mundo. Son una consecuencia del desarrollo que elegimos, lo que los marxistas llamarían el modo de producción capitalista. Sus efectos son, en el mejor de los casos, alarmantes. La desigualdad hace a las sociedades vulnerables más propensas a la violencia, acaba con la cohesión social. La brecha entre los que tienen todo y los que no es causa de detrimento en la calidad de vida de las sociedades de todo el mundo al grado de distorsionar la vida democrática o incluso terminarla; la desigualdad creciente es una señal del advenimiento de la plutocracia global. Por su lado, la degradación ambiental, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad son igualmente dañinas, limitan nuestra capacidad de sobrevivir en el largo plazo y ponen en riesgo a todos o casi todos los subsistemas de nuestras sociedades. Las regiones más pobres del mundo ven estos problemas en sus manifestaciones más agudas y exhiben una fragilidad enorme.

No es de extrañarnos que muchas distopías de nuestra época incorporan en alguna medida la creciente desigualdad o los peligros del clima extremo. El arte, después de todo, es una representación de la sociedad en un instante en el tiempo: la respuesta a la zozobra que produce una utopía que nos contamos todo el tiempo los unos a los otros en la vida real, la del tecno-optimismo y la disonancia cognitiva que nos produce ver que la realidad y nuestras expectativas no coinciden. No todas las utopías o distopías necesitan una manifestación literaria o cinematográfica, algunas, quizá las mejores, nos las contamos en la calle; las leemos en los periódicos, las escuchamos de comentaristas en programas de opinión o debate. Escuchamos cómo nuestros avances tecnológicos nos protegerán de nuestra desmesura o sobre cómo el modelo económico imperante es nuestra mejor opción y nos llevará al primer mundo, a ser «una potencia». La historia que nos contamos todo el tiempo es la de un futuro esplendoroso aunque al presente se le preste poca atención.

Lo que en nuestra hibris nos decimos tiene otra cara, la de las distopías de la vida real. Huxley auguraba que el precio del orden en la sociedad era la segregación en clases. Hoy la clase sigue siendo una forma de dividirnos; de hecho, la desigualdad en el mundo actual se mueve en una trayectoria que nos encamina a niveles parecidos a los del siglo XIX, donde la diferencia de clase dominaba. Bradbury temía que un gobierno totalitario controlara a tal grado la información, la cultura, que ordenaría la quema de libros y la censura de opiniones divergentes y que esto conduciría a la sociedad hacia la vanidad y vacuidad. Hoy no necesitamos que ningún gobierno queme libros o censure —aunque algunos gobiernos en el mundo lo hacen— nuestra superficialidad es producto de una dictadura más inescapable, la del tiempo, el trabajo y la productividad.

En el año 1930, John Maynard Keynes (el economista más importante del siglo XX) escribía «Economic Possibilities for Our Grandchildren», un ensayo imaginando el futuro 100 años adelante. Keynes esperaba que en el año 2030 trabajaríamos apenas 15 horas a la semana, menos del 30 por ciento de lo que hoy se trabaja en México de acuerdo a la OCDE; por lo tanto, en el ideal keynesiano, tendríamos, por gracia del crecimiento de la productividad y de los avances tecnológicos, tiempo para dedicarnos a la buena vida: a leer, al arte, a filosofar con amigos, a escribir grandes trabajos literarios, incluso al ocio. Sin duda Keynes imaginaba una especie de utopía para el trabajador. En aquel momento de los años treinta la sobreexplotación era norma en casi todo el mundo, con escasos si no es que inexistentes derechos laborales. Imaginaba una sociedad donde el progreso técnico vería sus frutos compartidos y disfrutados por todos.

Ochenta y ocho años después del pronóstico de Keynes estamos en un mundo muy distante. Los estándares de vida y la productividad sí cambiaron como Keynes esperaba, pero no las horas de trabajo. Hoy trabajamos mucho más, incluso si somos más productivos. México es un gran ejemplo de ello, es el país que más horas trabaja de la OCDE y también un país donde los trabajadores siguen sin disfrutar de derechos laborales plenos.

Vivir en un mundo que demanda cada vez más horas de trabajo, en ciudades que son como agujeros negros que capturan y devoran el tiempo de las personas en largos trayectos, siguiendo vidas cada vez más concentradas en el trabajo —la iteración de una larga rutina de la cama a la oficina y de la oficina a la cama— y menos en los placeres de la vida, es una distopía real y tangible de nuestro tiempo. Como resultado no hace falta quemar libros, la gente simplemente no tiene tiempo para leer, su información proviene más y más de fuentes que curan e interpretan información para ser consumida rápidamente con todos los sesgos que esto implica. Cada vez existe menos espacio para ejercitar el pensamiento crítico. El antídoto es tener tiempo, ¿de qué manera nuestra estructura económica podría permitirnos que ese tiempo exista para la mayoría?

Las distopías nos obligan a preguntarnos cómo es posible que una sociedad con nuestro nivel de sofisticación no sea capaz de prevenir o resolver problemas sistémicos como la degradación del planeta, la desigualdad y el cambio climático. Nuestra distopía del mundo real es estar atrapados en un mal equilibrio en el cual es difícil generar la coordinación necesaria para proveer un bien público global (nuestro medio ambiente).

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Frente a la dictadura de la organización social que nos hemos construido, las soluciones que suelen aparecer no son perfectas y contienen dentro de sí mismas el potencial para nuevas distopías. Una de ellas es el llamado ingreso básico universal, una transferencia mínima de recursos para todo ciudadano, que busca que nadie viva por debajo de cierto estándar. En principio, se piensa que nos haría libres, nos regresaría la capacidad de elegir sobre el tipo de vida que deseamos vivir, encontrar trabajos que nos agradan sin vernos obligados a elegir uno que nos desagrada para subsistir. Nos regresaría el dominio del tiempo para hacer lo que queramos; la solución responde al perenne temor de ser sustituidos por una máquina y vivir en el desempleo. Es una reacción al cambio tecnológico en el que vivimos, aunque en ocasiones sea exagerado. ¿Acaso esto no podría fácilmente conducir a otra distopía? Desde los clásicos del siglo XIX como Weber o como Marx sabemos que el trabajo es parte esencial de las personas. Las investigaciones modernas nos dicen que el sentirnos productivos, tener ocupación, es parte básica de nuestra salud mental y emocional; soluciones que parten de la premisa de no tener que trabajar o que faciliten la posibilidad de no trabajar, en lugar de generar las condiciones para que esos empleos existan contienen, por lo tanto, dentro de sí mismas las semillas de otra potencial causa de desintegración social. Un futuro donde no necesitemos trabajar bien podría ser una distopía del futuro.

En palabras de Ursula K. Le Guin: «Toda utopía desde Utopía también ha sido, claramente u obscuramente, realmente o posiblemente, en el juicio del autor o del lector, tanto un lugar bueno como uno malo. Toda utopía contiene una distopía, toda distopía contiene una utopía»

Un mundo profundamente desigual, donde el tiempo para todo aquello diferente del trabajo es casi un lujo y donde el daño que le hacemos a nuestro planeta nos pone en peligro existencial es un caldo de cultivo para las distopías literarias del mañana porque están inspiradas en las distopías del mundo real en el presente. Pero no tiene que ser así. Vivimos en un mundo de subóptimos, no en el paraíso; por tanto, no tenemos un paraíso que perder.

Podemos adaptarnos a los cambios actuales, al cambio tecnológico. La automatización no necesariamente implica la obsolescencia humana, la tecnología puede hacernos más productivos sin reemplazarnos, siempre y cuando nos demos a la tarea de movernos a nuevos sectores, tal como hicimos durante la primera Revolución Industrial. El cambio climático no tiene por qué destruir nuestras sociedades, no lo hará si podemos tomar medidas de adaptación y mitigación, si podemos encontrar la forma de cooperar y proveer bienes públicos globales. La desigualdad no tiene por qué seguir desintegrándonos si recordamos las lecciones de la historia, sobre cómo la desigualdad contribuyó al final de la primera globalización del siglo XIX, si recordamos que las relaciones económicas en el mundo tienen efectos distributivos y actuamos para que las ganancias y costos se distribuyan de una forma mucho más equitativa.

No existen problemas sociales que no tengan soluciones dentro de las sociedades. Esas soluciones requieren menos sueños tecnológicos, menos escapismo hacia el futuro y más política en el presente. En una época de transformaciones profundas es sencillo ver al mundo como el mejor de los mundos posibles… o el peor de ellos. La realidad es mucho menos extrema, vivimos al mismo tiempo en el peor y mejor mundo posible en algunos aspectos. Ver al mundo a través de los lentes de la utopía o la distopía es simplificar demasiado nuestra realidad. Aun así, lo utópico y lo distópico tienen una función importante, no en el futuro sino en el presente: hacernos pensar sobre mundos de desilusión y, con ello, pensar en los problemas de nuestros tiempos, concentrarnos en ese 90 por ciento que podemos prever y no en el 10 por ciento que quizá nunca exista.


Autores
(Saltillo, 1984) es economista por la University of London.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.

 

Se abren las compuertas del elevador. Luis Antonio de Villena sale hecho un dandy −ya desde temprano−; lleva un sombrero panamá blanco a juego con el blazer con que viste.

Con un fular rojo se cubre el cuello; su camiseta a rayas va bien fajada dentro de un pantalón negro y holgado, que sostiene con dos tirantes. Sus zapatos de suela lisa son de tela; el calzado combina con el fular.

Una vez que nos encontramos y nos saludamos, vamos a la pequeña terraza del Hotel Stanza que en esquina se abre, brevemente, hacia la avenida Álvaro Obregón, paseo que Villena califica como el más “joto” de la Ciudad de México: dice que esconde una lectura secreta, y que el número de estatuas desnudas masculinas en sus camellones dan cuenta de ello. Nos sentamos, uno frente al otro, en una pequeña mesa blanca. Su bastón descansa pegado al cristal que nos separa del comedor del hotel. Sus ojos, resguardados por gafas de sol, apenas y se ven a través de los cristales ahumados de sus lentes. Los dedos de sus manos, que tiemblan un poco, llevan varias sortijas; en la derecha un anillo hecho con un denario, y otro de cristal de murano color aguamarina. En la izquierda lleva uno muy gordo con lapislázuli incrustado y también otro de murano italiano, éste rojo.

Le pregunto por su anterior visita a Xalapa, donde presentó la antología editada por la Universidad Veracruzana. También le pregunto por un amigo en común, el poeta y editor Jorge Lobillo. Empezamos hablando de su particular amistad con el poeta xalapeño:

En afan desmedido

Luis Antonio de Villena: Jorge dijo en la presentación de la antología “nosotros somos amigos hace diez años”, y yo estuve por decirle: “Bueno, somos amigos desde hace diez años, es verdad,. Ahora bien, en esos diez años no nos habíamos visto, es hoy la primera vez que nos vemos, y nos hemos visto, menos los tres cuartos de hora de la lectura, seis minutos”. La amistad que tengo con él es mandarnos correítos cada cinco o seis meses. A Édgar Valencia[1] le conté que yo le escribí un prólogo a Jorge Lobillo para una antología o para un libro, no me acuerdo ya muy bien, suyo, que amablemente me mandó. Lo leí, me pareció bien y le escribí el prólogo. Luego el libro no salió nunca.

Jorge, ahora que lo conocí, me pareció raro, de una extrema timidez. Sin embargo, en efecto somos amigos de hace años, y él ha hecho –toma el ejemplar que he traído de Afán desmedido − esta nueva antología de mi poesía, cosa que le agradezco muchísimo.

Lino Monanegi: Para dejarlo bien claro, la génesis de la antología es iniciativa de Jorge. Su manufactura toda −me refiero a la selección y organización del libro− es enteramente de él. Según lo veo es el amoroso homenaje de un admirador de tu poesía.

LAdeV: Sí, el origen es Jorge Lobillo. Él me dijo si podía hacer una antología de mi poesía porque le gustaba mucho, y yo le dije que sí.

Entonces, él hizo el libro, y mientras lo fue haciendo me preguntó: “¿quieres que te diga los poemas que voy a poner?”, yo le respondí: “No hace falta, los poemas pones los que tú quieras, eso es una elección tuya como antólogo. Lo único que te voy a pedir es que al título sí me gusta darle el visto bueno, si lo pones tú, lo pones tú, pero si por un casual, a mí el título no me gustase, entonces sí te lo diría para poner otro”. Sacó éste: Afán desmedido, que es una parte de un verso mío. Eso lo suelen hacer muchos antólogos.

LM: Me parece una grata coincidencia que justo en 2017, cuando se conmemoraron los sesenta años de la Editorial de la Universidad Veracruzana, la edición de tu libro haya refrendado, simbólicamente, el compromiso de la UV por editar en nuestro país a autores españoles. No hay que olvidar que la editorial de la Veracruzana recibió entre sus libros a varios autores españoles republicanos en el exilio. ¿Qué opinión te merece esta suerte de coincidencia?

LAdeV: yo conocí la editorial de la Universidad Veracruzana porque he sido y soy un devoto de uno de los grandes escritores en España, bueno no sólo de España, sino en español, que es Luis Cernuda.

Luis Cernuda tiene un libro de prosas poéticas admirable que empezó a hacer en Londres, cuando estaba ya exiliado, que se llama Ocnos; ese libro tiene la primera edición en una editorial de Londres que se llamaba The Dolphin Press, que salió en 1942. Entonces era un libro pequeñito. Hay una segunda edición aumentada que se editó en España, a pesar de que él estaba exiliado aquí en México. Esta edición apareció en 1949, con el sello de Ínsula, que era una editorial pequeña, vinculada a una revista homónima. La tercera edición, la definitiva, que en realidad era la suma de las dos primeras, porque todas habían ido aumentando, aunque esta tercera edición, más que las anteriores, se editó en la Universidad Veracruzana en 1963, el mismo año de la muerte de Cernuda. El de la Universidad Veracruzana me lo encontré en España todavía como un libro nuevo, aunque entonces, cuando lo compré, hacía cinco o seis años que había salido. A partir de ese momento siempre me acordé de ese sello editorial porque era el que había editado la tercera versión de Ocnos, la definitiva, la que ya tiene el libro completo. Cernuda no editaba si no tenía muchas garantías de que iba a salir bien, él era un señor muy refinado con todas estas cosas, exigía mucha calidad, y si él dijo que sí a la Universidad Veracruzana es porque le debió parecer un sello muy respetable y muy bien hecho, si no, hubiera dicho que no.

LM: En Lenguaje y silencio, George Steiner dice “Cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que el poema no escrito”. Modifico las palabras de Steiner para preguntarte, ¿cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que la voz del poeta? Agrego un poco más: ¿Crees que el poeta, el poeta intelectual, tenga el deber de levantar su voz en un escenario como éste? Pienso por ejemplo en Octavio Paz al preguntarte esto.

LAdeV: Eso ocurría en otro tiempo, hoy día no. Paz fue criticado y tenía enemigos por esto, tenía polémicas enormes aquí en México. En España Octavio iba a descansar. En España sí tenía críticos, pero no armaban gran escándalo. En España él era recibido con los brazos abiertos, allí era un dios, y los que estaban en su contra más bien se callaban, no iban a nada de él, no compraban sus libros, no tenían una actitud beligerante en su contra. En cambio, en México sí me tocó ver una actitud beligerante en contra suya. De hecho, él tenía una polémica con Carlos Monsiváis, a quien Paz detestaba; Paz tendía, cosa que es elegante, a no hablar de sus enemigos, a no ponerles nombre. Corrijo: hablar de sus enemigos hablaba mucho, pero no les ponía nombre, decía “yo aquí tengo muchos enemigos, la mayoría de la sociedad mexicana no me entiende, no entienden lo que yo quiero decir”. A mí me llegó a decir de Monsiváis al que descalificó diciendo que era una persona de ínfima categoría, de ahí la molestia por una broma que yo le hice un día a Octavio al decirle que él pertenecía a los mexicanos que iban en carro y Monsiváis de los que iban a pie, entonces él lo entendió como una cuestión de identidad, y me dijo: “¡Me estás diciendo que yo no soy mexicano, yo tengo dieciséis generaciones mexicanas más que Monsiváis!”. Yo no me iba a poner a contar en ese momento.

LM: Este año, el 19 de abril, se cumplen veinte años de la muerte de Octavio Paz. Tú lo conociste en 1974, Cuéntame qué significó para ti el premio Nobel mexicano.

LAdeV: Sí. El último año de su vida no lo vi porque ya estaba muy mal, físicamente muy deteriorado. La última vez que lo vi fue en el noventa y siete y él murió en el noventa y ocho. Tuve muy buena amistad con él. Octavio y yo éramos jurados del Premio Loewe, él era presidente del jurado. Él empezó siendo parte del jurado antes de recibir el Premio Nobel, en el año ochenta y nueve, y pensamos que cuando le dieron el Nobel, igual y ya no iba ser jurado, pero lo siguió siendo, y marcó mucho el premio, pues instituyó una cosa que me parecía muy buena: que los jurados discutieran el libro que preferían, defenderlo sostenidamente, al menos un cuarto de hora.

Luis Antonio de Vilena

Luis Antonio de Vilena


 
 

Aunque hay poemas maravillosos, los de Piedra de Sol me parecen de lo mejor de Octavio. Siendo un gran poeta, −y esto lo digo sabiendo que a él no le gustaría oírlo− a mí me parece un mejor crítico, mejor intelectual. Sus libros de ensayo son libros muy bien escritos, le parigualan a Ortega y Gasset, que fue un pensador que escribía muy bien, no fue un pensador “profesor de instituto”, un pensador “profesor de una universidad” que escribiera regular. Entonces uno puede leer El laberinto de la soledad no sólo para enterarse qué es México, sino porque está muy bien escrito, para mí ese es el Paz que me ha influido más, más que el poeta me ha influido el crítico y me ha influido esa idea de que la crítica cuando se hace bien es también literatura; la crítica buena ha de ser también literatura.

LM: Para vislumbrar la poética de tu vida, tomaré prestada la conocidísima línea de Octavio Paz que dice: “la biografía del poeta está en sus poemas”, y me gustaría agregarle lo que en una anterior ocasión te escuché confesar, citando a Jaime Gil de Biedma: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Luis Antonio de Villena está en sus poemas, no porque en ellos habite su autor, sino porque él es el poema.

LAdeV: Lo que tú has dicho son cosas que van uniéndose la una a la otra. Es decir: “la biografía del poeta está en sus poemas”, sí, pero sólo de fondo, porque hay poemas que no son muy biográficos. Yo parto de la base de que todos los que escribimos, lo hacemos desde un fondo personal, tanto que en el fondo de los poemas de Octavio Paz está Octavio Paz, está su vida, está su circunstancia. Él no hubiera escrito Ladera Este si no hubiera vivido en la India. Entonces en la poesía puede haber un fondo personalísimo, pero puede haber más, un fondo, directamente, autobiográfico con un tanto por ciento de ficción. Y luego, finalmente, uno sabe que –aunque eso ya se escapa al poema mismo− la pervivencia de un poeta, a nivel académico, está en sus libros pero a nivel popular está en su figura. Esto puede ser bueno o malo, quizá es malo en la medida que te está diciendo que la gente no lee, se deja guiar más por el personaje, pero si el personaje logra además de ser buen escritor, fíjate que estoy poniendo primero ser buen escritor, además de eso logra tener un aura mítica −vamos a llamarlo así− tiene todo hecho. De ahí que, efectivamente, yo quiero ser poema, o sea que los poemas de los otros hablen de mí, y si los poetas hablan de mí, es porque no sólo me he convertido en poesía, sino que me he convertido en un mito; en un mito estupendo.


Notas

[1] Se refiere a Édgar Valencia, Director de la Editorial de la Universidad Veracruzana, desde 2013 a la fecha.


Autores
(Coatzacoalcos, Ver., 1988) Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UV. Es miembro del Consejo de Redacción de la revista La Palabra y el Hombre. Durante 2017 fue becario de la FLM, en el género de ensayo.


Autores
(Coatzacoalcos, 1983) es ilustradora, autora de la novela gráfica La historia de N, desarrollada con la beca Jóvenes Creadores del Fonca (2016-2017).

 

Esa mañana Google adornó su navegador con una ilustración de Elvia Carrillo Puerto —la más conocida sufragista mexicana— dibujada por Hilda Palafox, artista y también mexicana. El doodle recibió el aplauso de los usuarios de las redes sociales, que retuitearon la imagen hasta que se copió cientos, no, miles de veces. Una coincidencia quiso que ese mismo día, algunas horas más tarde, Vértigo Galería inaugurara Estereotipas. Romper para construir nuevas miradas, una muestra del trabajo de más de una treintena de ilustradoras. Me pareció entonces que ese día, peculiar como pocos, había planeado —de antemano y en secreto— dedicarse a la aportación de las mujeres.

A las aportaciones, debería escribir, por la variedad de técnicas, estilos y temas reunidos esa misma noche en Estereotipas. “No encontraremos homogeneidad”, se lee en el comentario de María José Ramírez que acompaña, junto con los textos de otras escritoras, las piezas. Pero no resisto el intento de hacer una lectura de sus semejanzas, como tampoco lo hicieron las curadoras Abril Castillo y Clarisa Moura.

Si algo tienen en común —la mayoría de ellas, al menos— es una apuesta por la figura femenina que rechaza el male gaze y, a cambio, ofrece otras versiones del cuerpo de las mujeres, dibujadas a partir de una autonomía indiscutible. Las hay rebeldes —como aquel de Pamela Medina en que una mujer abandona la concha que vestía hace apenas unos segundos para huir de la extraña (pero, ay, tan familiar) sociedad de personas-caparazón. Las hay también inquietantes y perversas: es el caso de la mujer a la que le crece una cola de gato de las nalgas, el de las mujeres hipnotizadas e hipnóticas de Elisa Malo. Aun las más sugerentes se apartan del deseo masculino para ser —mejor— desnudos marciales, empoderados. Del mismo modo, los antirretratos de Liz Melville son un sano repudio a la selfie. Sí, por su desafío, Estereotipas es un buen título para la muestra.

Pero cómo evitar que la lectura del recorrido se limite a una que —sin querer— oscurezca otras —un riesgo de las exposiciones que reúnen obras diversas bajo la justificación de que fueron hechas por mujeres. Y por qué hacer el combo de mexicanas y argentinas. Pese a ello, la coincidencia de ilustradoras, escritoras, curadoras, galeristas —la feliz declinación de las profesiones al género femenino— consiguió que ese día la igualdad no se sintiera distante, sino concreta. Un alivio porque, como se sabe, no es algo que ocurra todos los días.


Autores
(Ciudad de México, 1986) estudió la licenciatura en Ciencia Política en el ITAM. Es editora y estudia el arte feminista.

 

En un lugar de la Mancha… El día en que lo iban a matar… Era el mejor de los tiem¬pos, era el peor de los tiempos… Hay muchos inicios de novela memorables, pero pocos finales lo son. ¿Quién recuerda la última frase, la última palabra, del Quijote, ya no digamos de En busca del tiempo perdido? Con el cine, al menos con algunas películas, sucede otra cosa. El final de El ciudadano Kane es más recordado que su toma inicial, lo mismo que Michael cerrándole la puerta en la cara a Kay en El padrino (una excepción sería Sombras del mal y su mítico plano secuencia inicial en la frontera México-Estados Unidos). Pero es difícil pensar en un final más icónico que el de El planeta de los simios (Schaffner, 1968): Charlton Heston arrodillado en la playa (alerta de spoiler) ante una Estatua de la Libertad derruida.

¿De qué trata esta película? A primera vista, de una malograda expedición espacial y de un astronauta que intenta recuperar su libertad y su dignidad frente a una especie de homínidos inteligentes que dominan al planeta en el que ha aterrizado y a sus habitantes humanos. ¿De qué trata realmente? La trama principal sólo nos dice lo que sucede, las tramas secundarias son las que abordan el tema de fondo. En este sentido, son varias las interpretaciones posibles. Hoy, a 50 años de haber sido proyectada por primera vez en las salas de cine, una de las que tal vez tenga más resonancia es la capacidad destructiva que tienen la ciencia y la tecnología y nuestra incapacidad de hacernos responsables de sus efectos.

La ciencia de los simios se muestra como obtusa. George Taylor, el capitán de la expedición, y sus compañeros son sometidos a cualquier cantidad de vejaciones a manos del grupo de investigadores simiescos que se hacen cargo de ellos, todo a nombre del progreso. Pero el secreto de la película está en que la ciencia de los humanos es mucho más terrible.

El ideal de la ciencia como una maquinaria prístina y perfecta, escribe el sociólogo inglés Harry Collins, es como ese tren que siempre acaba de partir cuando uno apenas está llegando a la estación. Las décadas de los cuarenta y cincuenta sumieron a la sociedad en el shock de la destrucción nuclear (ver El café atómico, de Loader y Rafferty, 1982); los sesenta vieron despertar una nueva conciencia ambientalista (leer Primavera silenciosa, de Rachel Carson, 1962, el primer clásico sobre el tema), así como el relativismo epistémico (leer La estructura de las revoluciones científicas, de Kuhn, también de 1962). En los setenta el cisma se haría todavía más profundo, gracias a los trabajos de autores como Bruno Latour y Karin Knorr Cetina, quienes propusieron que la ciencia no se produce por medio de una estructura racional-lógica (por lo menos no exclusivamente), ni a partir del método científico, sino de las prácticas cotidianas en el laboratorio. El planeta de los simios aparece a la mitad de todo eso.

La película es una rara avis de origen estadounidense, pero también es producto de la tradición francesa de ciencia ficción, por vía de la novela original, obra de Pierre Boulle (1963). En este sentido, no sorprende que tanto la novela como la película presenten temas que se encuentran ya en una obra como La Jetée (Marker, 1962), también francesa (el apocalipsis ambiental y las paradojas temporales).

Las prácticas de laboratorio de El planeta de los simios están marcadas por una cultura jerárquica y hegemónica. Los chimpancés, como Zira, hacen el trabajo científico cotidiano mientras que los orangutanes, como el Dr. Zaius, representan a las academias, los colegios y las élites intelectuales, contrarios a las ideas nuevas y con miembros que se otorgan premios entre sí y pueden decidir sobre el trabajo de los demás: las prácticas de laboratorio como relaciones de poder.

Hay en El planeta de los simios una crítica abierta al cientificismo. ¿Pero cuál es la idea de la ciencia que pone sobre la palestra? ¿El escolasticismo (conocimiento obtenido por autoridad)? ¿La religiosidad (conocimiento obtenido por revelación)? ¿O el dogmatismo (conocimiento obtenido sólo por el razonamiento lógico-formal)? La novela de Boulle es más rotunda, pero la película se decanta por una mezcolanza de las tres y están todas representadas allí: en la Estatua de la Libertad como símbolo de nuestro fracaso.

A diferencia de los temas que trata, El planeta de los simios no ha envejecido bien. Es una cinta que ya no se suele ver y cuyo conocimiento proviene sobre todo de fuentes indirectas, residuales: homenajes, parodias y los recientes remakes. Pero su imagen final sigue gozando de cabal salud.


Autores
(Ciudad de México, 1973) es escritor y académico del CUEC, UNAM. Obtuvo el Premio Caza de Letras (UNAM, 2008) y sus libros más recientes son Última vez en Plutón y Te vas a morir (Conaculta-DGP).

 

Nada es perfecto, nada es permanente, nada está completo: es la premisa bajo la que se guía el wabi-sabi, corriente estética japonesa que celebra la magia de lo imperfecto. Encontrar belleza en el caos; esto es, precisamente, lo que Hiromi Kawakami presenta al lector en Los amores de Nishino (Alfaguara, 2017), un retrato a diez voces de Yukihiko Nishino: galán de horas de oficina, infiel por naturaleza, pero sobre todo, un misterioso hombre lleno de incógnitas.

Lo sabemos: vamos a enamorarnos de Nishino. Ya lo sentencia una de las mujeres que han pasado por su vida: “aunque querer a Nishino no reportaba demasiados beneficios, tenía su punto placentero. Era una condena por la que merecía la pena pasar”. A través de los relatos de diez de sus amantes, la enigmática figura de Yukihiko Nishino comienza a develarse al correr de las páginas, sin llegar a dibujarse por completo. Imprudente, pero siempre galante, entra en la vida de las mujeres con un silencio que nadie se atreve a interrumpir. Bastan dos semanas o seis meses para que deje su huella: en ocasiones, representa el simple recuerdo de un bollo de anko cubierto de semillas de amapola; otras tantas, el doloroso desencuentro del primer amor.

Los diez cuentos en los que Hiromi Kawakami dibuja la silueta de Nishino son suficientes para reflexionar sobre el amor, sus síntomas y sus condiciones a través de mujeres que, en secreta complicidad, construyen historias llenas de nostalgia, cubiertas del manto de la fugacidad amorosa. Nunca sabemos del todo quién es Yukihiko Nishino: hay pocas certezas, pero, finalmente, la verdadera historia la edifican esas diez voces femeninas que se balancean en la cuerda floja de la memoria y el olvido, a la vez que construyen una poderosa reflexión sobre la vida y las relaciones modernas.

A Kawakami hay que agradecerle que Nishino sea un fugitivo y se nos escape como agua: hay que seguir sus pasos, adivinar sus movimientos, anticipar su pasado y predecir su futuro. Hay que reconstruirlo a él y a las diez mujeres que lo acompañan: sólo así podremos reconocer esa vorágine, ponerle nombre a sus recuerdos y, con suerte, conocer una pequeña parte de sus vidas. Los amores de Nishino traza esa delgada línea entre lo efímero y lo perdurable; a final de cuentas nada es permanente, y es imposible atravesar estas páginas sin enamorarnos, aunque sea un rato, de ese tal Yukihiko Nishino.


Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos.