sigue ahí el simio llevándose las manos a la boca, ahí sigue, con el pelo revuelto, los ojos vacíos y la camisa colgando malamente sobre el cuerpo.
Es vuestro hermano: de tal modo idéntico a vosotros mismos.
Os sonríe con todos los dientes porque él, (que fue bendecido con la invisibilidad de los espejos), está privado de la capacidad de querer ser lo que no es. De desear ser nada, de desear ser todo plumas, por ejemplo.
Grabados de Antonio Rodríguez (1765-1825) publicados en Tipos y modas de Madrid en 1801 .
Personas de 88 países viven en Madrid. La capital española se ha enriquecido desde hace veinte años con la población inmigrante que se ha asentado en barrios como Lavapiés, en una suerte de big bang de diversidad y armonía multicultural.
Después de veinte años, Desislava Ilieva tuvo que esperar una hora larga para cumplir uno de sus sueños. Hacia las cinco y media de la tarde llegó a la FNAC de Madrid. Preguntó dónde sería la firma de libros y se fue a comprar el suyo. Subió a la cuarta planta, cogió la novela, bajó a la primera, hizo una cola corta para pagar y volvió a la cuarta. Por lo menos estaban las escaleras eléctricas. Fue la primera en llegar. Había una mesa vacía y varias personas empezaban a hacer una pirámide con los libros, otras cubrían la mesa con una tela negra y sobre esta un pequeño cartel que anunciaba que el escritor firmaría libros a partir de las siete. Faltaba una hora, así es que Desislava, a cuatro pasos de aquella mesa, se apoyó sobre la pared, sacó de la bolsa la novela recién comprada y empezó a leer Berta Isla, de Javier Marías.
La primera vez que leyó al escritor madrileño fue hace veinte años cuando llegó de Bulgaria. Lo descubrió con Mañana en la batalla piensa en mí, luego vinieron las demás novelas. Ahora aguardaba a que Javier Marías llegara para que le firmara su nuevo libro. Uno que habla, precisamente, sobre la espera.
La fila de detrás de Desislava creció poco a poco. Una pareja ya mayor de Sevilla, una muchacha de Madrid, un informático de Cádiz, otra pareja con sus dos hijas y así hasta unas doscientas personas… Entre ellos un venezolano, José Miguel del Poso; sólo que la Berta Isla que tiene entre sus manos no será dedicada a él sino a su madre que se la encargó para que se la enviara cuanto antes a Caracas.
Están en la cuarta planta de un gran almacén de libros, discos e informática. En el centro de Madrid, a cien metros de Gran Vía donde hay ríos de gente en las aceras. Los turistas que han aumentado se mezclan con los madrileños y españoles de todas partes e inmigrantes del resto del mundo.
Porque el resto del mundo está aquí bien representado con personas de ochenta y ocho países. Ese es el número de nacionalidades de inmigrantes que viven en la Comunidad de Madrid, cuya capital es la ciudad del mismo nombre. Una región donde trece de cada cien son inmigrantes, es decir 864 485 personas, frente a los seis millones y medio de habitantes oficiales.
Uno de ellos es Desislava Ilieva. La lectora búlgara que trabaja en un bufete de abogados y que hace ya unos cuantos años, tiene la nacionalidad española. Su país es la octava comunidad en número de inmigrantes. Por delante están Marruecos, Rumanía, China, Ecuador, Colombia, Italia y Perú. Y así hasta un total de esos ochenta y ocho países que también incluyen desde México y Japón, pasando por Nigeria, Líbano, Turquía, India y Argelia, hasta Francia, Finlandia, Rusia…
Ellos han cambiado el color de Madrid, no sólo de todos los tonos de piel sino del vestuario. Bajo el fotogénico cielo azul de la ciudad, donde antes predominaban las ropas de tonos tostados, grises y negros ahora hay una explosión de color y diseños. Y depende de qué zonas, puede parecer otra región del mundo. Mientras los ecuatorianos son mayoría en Colmenar Viejo, los peruanos lo son en Tres Cantos, los africanos lo son en Villa del Prado, los búlgaros en Valdelaguna, los chinos en Hoyo de Manzanares, los franceses en Puebla de la Sierra y los rumanos en Madrid capital.
Pero la verdad es que en esta zona céntrica, la más poblada y el corazón financiero y comercial de la Comunidad de Madrid, lo que se ve en la calle es la diversidad. Dentro de sus barrios hay dos que reinan por ello: Lavapiés y Malasaña. Ambos muy cerca, a un lado y otro de la Puerta del Sol donde está el kilómetro cero de España. Lavapiés al sur, Malasaña al norte.
CRUCE DE CAMINOS DEL MUNDO
Madrid ha vuelto a ser el cruce de caminos como cuando hace unos siglos medio mundo pasaba por allí; eran los tiempos en los que debido a las colonias y conquistas en España no se ocultaba el Sol.
Los tiempos cambiaron tanto que al comenzar el siglo XX España quedó circunscrita, prácticamente, a la península, y, encima, durante casi cuarenta años pasaron a casi no tener sol bajo la dictadura de Francisco Franco, de 1939, después de la Guerra Civil, a 1975.
Fue con la llamada movida madrileña, en los años ochenta, que se dio el primer campanazo. Aunque fue sólo hasta la segunda mitad de los años noventa cuando la ciudad empezó a cambiar de verdad, cuando el mundo empezó a querer vivir allí.
Cuentan los mayores que era muy raro ver a una persona negra. Y que su presencia por la calle hacía girar más de una cabeza. Todo eso ha cambiado en veinte años durante los cuales el país ha vivido en una montaña rusa de progreso y ánimo, de mayor o menor presencia de inmigrantes según la oferta de trabajo.
Antes la gente iba a España por turismo y los inmigrantes eran, sobre todo, estudiantes latinoamericanos. Los marroquíes eran, y son, el grupo mayoritario, por vecindad y relaciones históricas.
En estas últimas dos décadas, la mejora de la economía española y el crecimiento del país obligó a traer mano de obra extranjera. España se convirtió en un destino atractivo para muchas regiones, sobre todo de Suramérica y Europa del este. La agricultura y la construcción crecieron rápido a la vez que la hostelería siguió su ascenso sostenido.
Morenos, trigueños, mestizos, rubios, blancos y negros empezaron a hacer de Madrid una ciudad pluricultural, a ponerla al día en el cosmopolitismo que tanto necesitaba. La ciudad se fue convirtiendo en una colcha de retazos culturales. Los barrios de la periferia y unos pocos del centro fueron los elegidos por el bajo coste de los arriendos.
La inmigración contribuyó al crecimiento urbanístico y a recuperar algunos de los barrios históricos que estaban en decadencia. Y renacieron. Insuflaron más vida a través de la diversidad.
Una diversidad nacida, sobre todo, de la necesidad de sus inmigrantes que tratan de mejorar su vida, que huyen de las adversidades de sus países de origen. Que se enfrentan a su destino y tratan de hacerlo a su manera. Como ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad.
CAMBIO DE ROSTRO
Los trabajos y oficios empezaron a tener ciertas nacionalidades mayoritarias. Los campos se llenaron, sobre todo, de marroquíes y europeos del este; las labores domésticas y el cuidado a las personas mayores tuvo rostro latinoamericano; y la construcción fue mano de casi todas las nacionalidades.
Sigilosos, entre ellos, arribaron los chinos. Su ritmo de trabajo y mirada comercial contribuyeron a alterar la vida de la ciudad. Sin apenas darse cuenta, Madrid empezó a poblarse de tiendas chinas que lo tenían todo a bajo precio y a toda hora. La ciudad que hasta finales de los noventa parecía medio desierta a medio día, porque gran parte del comercio cerraba, poco a poco se vio empujada a jornadas continuas y los cierres de los comercios pasaron de las ocho de la noche a las nueve o diez.
Los chinos, además, han empezado a comprar los tradicionales bares y restaurantes madrileños de barrio. Los administran ellos, en las cocinas trabajan ellos, pero ofrecen comida española atendida por españoles o inmigrantes.
Una contribución silenciosa, clave y esencial a mediano y largo plazo para el progreso del país es la natalidad. En 1997 España tenía uno de los índices más bajos del mundo: 1.15 hijos por mujer, un mal dato porque esto acelera el envejecimiento de un país al no garantizar el relevo generacional con sus consecuencias en el estancamiento de la economía y aportes a la seguridad social y demás. Con la llegada de los inmigrantes coincide la subida de ese índice de natalidad. Tanto que en el año 2000 llegó a 2.2 hijos por mujer y en 2008 alcanzó los 2.45.
Pero así como 2008 es una fecha tope en todo, es a partir de entonces que todo desciende. Marca el comienzo de la crisis económica en Europa y España. Muchos extranjeros quedaron sin trabajo o en malas condiciones laborales y deciden retornar a sus países de origen.
Para entonces, ya algunos barrios de Madrid tenían una identidad nueva: Lavapiés, barrio tradicional y uno de los más antiguos, se consolida como el sector interracial y multicultural, y Malasaña, emblemático porque allí empezaron las revueltas del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, se reinventó como una zona alternativa de ocio y cultura impulsada por inmigrantes españoles y europeos.
LAVAPIÉS, CORAZÓN DE LA DIVERSIDAD
Un hombre con chilaba blanca y sandalias hace señas con la mano a un grupo de hombres que parecen esperarlo en la plaza…
Una mujer de jean ajustado y blusa hasta el ombligo va por la mitad de la calle como si fuera de ella…
Otra mujer con un sari rojo de bordados dorados lleva un cochecito y habla con su huésped de unos tres años…
Dos adolescentes con hiyab gris están sentadas en uno de los bancos mientras juegan con los celulares…
Unos diez hombres africanos cruzan la plaza de prisa llevando en las manos unas bolsas gigantes de tela donde tienen los artículos que venderán cerca de la Puerta del Sol…
Un muchacho de elegante traje gris y camisa negra sale de uno de los edificios de la mano de quien parece ser su esposa forrada en un vestido morado…
Unos niños latinoamericanos, africanos, españoles y uno asiático juegan con la pelota mientras una de las madres los pone nerviosos con sus continuos gritos de “¡Cuidado, cuidado!”…
Tres abuelas bajo un árbol de poca sombra charlan y ríen sin quitar los ojos de encima a un niño de seis años que corre a su alrededor…
Una mujer de cabello rubio en las raíces y negro el resto pasa sigilosa sobre unos tacones de vértigo hasta entrar en la boca del metro de Lavapiés…
Baja las escaleras sin hacer sentir su taconeo. Fuera, la vida sigue en la plaza donde todavía queda una hora para que baje el sol, aunque son las ocho de la tarde. Y después de ida la luz la vida continuará con un relevo de pobladores nocturnos.
Llegado el momento, se encienden las farolas de luz ambarina de uno de los barrios más antiguos de Madrid. Está en el centro de la ciudad, a cinco minutos de la famosa Puerta del Sol. Lavapiés empieza por el norte donde termina esa pequeña meseta de la ciudad, ahí está la Plaza Tirso de Molina, luego todo es cuesta abajo.
Callejuelas angostas y adoquinadas por donde antes corrían riachuelos. Callejuelas sin un orden, improvisadas, unas largas otras cortas, pero todas custodiadas por edificios de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, XIX y unos poquitos del XX.
Edificios de cuatro o seis plantas con sus colores vivos, donde la gente asoma desde sus ventanas de madera o sale a un rayito de sol o de luna en sus diminutos balcones de hierro.
TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A…
Un pueblo. Un pueblo del mundo. Eso es Lavapiés. Ese ha sido su destino desde el Medievo. Allí siempre han ido a parar los migrantes que han querido hacer vida en Madrid, primero los del mundo conocido antes del Nuevo Mundo, luego los de ese Nuevo Mundo que se liberaban de sus amos y después, los venidos de todos los rincones de España como si Lavapiés fuera Roma.
Durante muchas décadas Lavapiés fue dejado de la mano de Dios, del rey de turno, del dictador Franco y de sus sucesores democráticos. Nadie quería vivir allí, sólo vivían quienes no podían hacerlo en otra parte.
Olvido, pobreza, desilusión, droga, delincuencia… Decadencia… Hasta que en los años ochenta llegó el primer resquicio de salvación con algunos grupos sociales, escritores y artistas que se fueron a vivir allí por los arriendos bajos.
Fue sólo hasta finales del siglo XX y comienzos del XXI cuando las cosas se encauzaron de nuevo por aquellos edificios sostenidos por la esperanza inquebrantable de generaciones y generaciones. Lavapiés empezó su regeneración.
En ese periodo de entre siglos es cuando empieza a aumentar la inmigración y los que se quedan en Madrid capital llegan a Lavapiés.
Tanta gente de todas partes y de todos los oficios y profesiones no sólo llenaron las calles con sus voces extrañas, sonidos, músicas y bullas desconocidas y vestuarios salidos de libros y películas, sino que hicieron que el barrio se fuera poblando de asociaciones comunitarias, pequeñas galerías, centros de arte o pequeños teatros rodeados de bares y restaurantes de muchas regiones del mundo. Explosión de aromas.
Es un micromundo en el cual se aprecia los porcentajes de distribución de la población extranjera madrileña: el 42.88 es de origen europeo, el 33.02% es latinoamericano, y de ellas un 23.88% es de América del Sur; el 13% es de origen africano, con un 9.06% de la población proveniente de Marruecos; y el 10.99% es de origen asiático, la mayoría chinos que representan el 6.73%.
En cualquier punto del barrio, se mire a donde se mire, la sensación es de que algo está pasando, de que se es testigo o copartícipe de algo bueno aunque no se sepa qué.
MALASAÑA, DE LO TRADICIONAL AL POP VINTAGE
Retazos de modernidad futura siempre quieren adelantarse en Malasaña. Si Lavapiés está unas cuadras detrás de la Puerta del Sol, Malasaña está unas cinco cuadras delante de la Puerta del Sol.
El espíritu más joven y con vocación innovadora vive por allí. Si Lavapiés acoge la inmigración del mundo y con pocos o medianos recursos económicos, aunque eso empieza a cambiar, Malasaña es el lugar donde conviven familias tradicionales de Madrid con universitarios de España, estudiantes con mejores recursos y la gente más modernilla.
Ya en los años ochenta este barrio fue uno de los centros de la famosa movida madrileña. Sus bonitos edificios clásicos llenos de balcones tienen en los bajos toda clase de establecimientos para el ocio: bares de toda la vida, bares con salas de conciertos de todo tipo, boutiques de moda, tiendas de artículos especiales, restaurantes mimosamente decorados, discotecas, plazas con mesas para disfrutar de refrescos y comidas y un sinfín de locales que animan la noche y el día.
Futuro y vintage. La juventud que se resiste a partir.
Esto hace que Malasaña viva su gentrificación, una manera de llamar a la elitización o aburguesamiento de una zona. Son fenómenos vividos por barrios emblemáticos y en decadencia de grandes ciudades como Berlín, Nueva York y Londres.
El riesgo con estas zonas es que tras la recuperación se conviertan más en postales turísticas que en sitios de vida placentera.
Esta moda asedia a Lavapiés. Su punto multicultural atrae a los estudiantes, artistas emergentes, nuevos profesionales y el espíritu bohemio o de sentir el corazón del mundo. Es el virus de la hipsterización. La presión de vivir allí hace que empiecen a subir los arriendos y a expulsar a los vecinos hacia la periferia dando paso a una clase media que aspira a lo vintage, a lo cool.
A la espera de ese tiempo, Lavapiés sigue con sus túnicas, saris, jeans y demás vestuarios del mundo por sus calles, en una vida impulsada por asociaciones vecinales y culturales. El barrio de marginados, trabajadores y rebuscadores de vida que revivió y rejuveneció el centro de Madrid no sólo con la presencia física, sino que desde ese rincón del mundo han creado un big bang de nuevos acentos, voces y sonidos que polinizan un idioma llamado castellano o español.
Un mexicano persigue de manera desesperada a un turista finlandés, tan esquivo como borracho, por el barrio madrileño de Chueca. El resultado es una aventura febril, absurda, digna de contarse.
Tuomas Böehm, que estará sano y salvo ya, en algún círculo del infierno.
El señor Parkinnen no dejaba de usar estas palabras entre frase y frase: Marlboro, Nokia, leche, México, cerveza; pero al repetirlas en voz alta, Manuel no lograba encajarlas en un conjunto que le diera pistas sobre su paradero. Se había paseado varias veces por las terrazas llenas de turistas que había entre las calles de Montera y del Carmen, repitiéndolas como un mantra. Qué gilipollas, gritó, finalmente, se me encomienda un borracho peligroso y no soy capaz de encontrarlo. El mendigo que lo observaba sin soltar la tacita de las monedas, sentado a la entrada de una iglesia, parecía decirle: yo sé dónde buscar, pero me valen madre tus ansias.
Alguien tenía que haberlo visto: el violinista que tocaba Vivaldi frente a la FNAC, la señora que ofrecía los décimos de lotería que llevaba colgados del cuello o la estatua humana del Marajá flotante a la que el señor Parkinnen había hecho casi estamparse al suelo de una patada. Todos lo recordaban, pero nadie lo había visto fugarse. Era un extranjero inolvidable al que se había tragado la tierra. Tenía dinero, tenía labia, era guapo, pero no dejaba de beber y, por si fuera poco, era muy probable que conociera la ciudad mejor que el promedio de sus habitantes. Cuando él, Manuel Medina, con pasaporte 0035978GG, llegó a Madrid diez años atrás, no se atrevía a hablar con nadie y no tenía dinero para emborracharse. En ese entonces, el único Madrid que conocía era el de El día de la bestia, una película que siempre recordaba por una escena: aquella en la cual tres personajes excéntricos están colgando de un anuncio luminoso de Schweppes.
Él no buscaba al demonio para exterminarlo, como el cura en la película, pero devolver sano y salvo al hostal a su demonio particular significaba cobrar una comisión como guía de turistas para comprar un billete de ida a su país natal.
Cuando repasó mentalmente la escena de la desaparición, no recordó nada importante. El señor Parkinnen, enamorado como todos los finlandeses de su Nokia, estaba comiendo un burrito en un kebab y a cada bocado bebía medio litro de cerveza. En un momento dado, se le ocurrió que tenía que llamar a su madre y pidió que le compraran una tarjeta de prepago en la tienda de enfrente. Manuel Medina se ofreció a cruzar la calle y comprarla antes de que el marroquí desconocido al que Parkinnen había invitado a la mesa pudiera abrir la boca. Se levantó, cruzó la calle, compró la tarjeta y al volver al kebab ni el finlandés ni el marroquí estaban en la mesa donde los había dejado.
—¿Has visto por dónde se fueron? —le preguntó al cocinero que cortaba en pedacitos el cordero humeante sobre el asador. Pero el cocinero no negociaba información con extraños que no habían pagado ninguna cuenta e hizo como si no entendiera.
Manuel subió por la calle de la Salud, dejó atrás el hostal en que se hospedaba Tomás y continuó hasta Gran Vía. A la izquierda tenía el anuncio de Schweppes, y a la derecha un McDonald’s. Mientras decidía hacia dónde avanzar, volvió a repasar su lista de palabras clave: coger, Marlboro, cerveza, México, leche, ¡leche! La palabra clave era leche.
Lo primero que había hecho Tomás la noche anterior cuando llegaron al hostal fue pedirle una cerveza. Él lo llevó al kebab por primera vez, le pidió una jarra de Heineken y después de dos tragos, Tomás le preguntó con sorna: «Manolito, ¿te gusta la leche?». En ese momento, Manuel pensó que lo estaba vacilando, pero ahora era obvio que esa sonrisa velada de «¿te gusta la leche?» significaba un borbotón de semen. Así llegó a la conclusión de que el único sitio donde podías encontrar a alguien que te preguntaba si te gustaban los borbotones de semen, era la zona a la que siempre se había negado a ir con sus amigos putos: Chueca.
Manuel volvió al hostal antes de ir en pos de su presa. Quería asegurarse de que, si por algún error Tomás volvía antes que él, no se movería de allí. Entró en la recepción y le pidió al recepcionista:
—Si viene por aquí el Sr. Parkinnen, dígale que lo ando buscando y que deje dicho dónde va a estar.
—Si quiere pase a su habitación. Allí está el señor Abdel. Manuel hizo como si supiera de lo que le estaban hablando y caminó de frente hasta la habitación 403. Al otro lado se oía la TV. Tocó un par de veces. La respuesta no fue la que esperaba: ¡Abran! ¡Abran! Joel, el recepcionista, fue corriendo a ver qué pasaba. Los gritos aumentaron: ¡Abran! Joel sacó un manojo de llaves. Cuando abrió la puerta, apareció el marroquí recién conocido del kebab en calzones, estirando la mano como un cuenco, igual que el mendigo de la iglesia, y ya más calmado y con la voz tranquila, explicó: Me dijo señor Parking de ir al cajero para venirme a pagar y de venir pronto, pero no viene.
Durante una semana, Manuel Medina había estudiado a conciencia el mapa de la ciudad, las plazas, los monumentos, las galerías, la historia de los reyes. Había paseado por cada milímetro de las zonas más conocidas de Madrid a pesar de la advertencia: «Tomás ha paseado muchas veces por Madrid, así que no te preocupes y déjate llevar por él, no le lleves la contraria», le había dicho el amigo que ambos tenían en común y que los había puesto en contacto dos días después de que Medina le suplicara: «Tengo que volver a México, tienes que ayudarme, puedo trabajar de lo que sea». Y de lo que sea se acabó convirtiendo en la caza de finlandeses errantes que encerraban a extraños en habitaciones de hotel.
Le dio los últimos diez euros que traía en la cartera al «señor Abdel». Luego le prometió a Joel que volvería tan pronto pudiera recoger el equipaje de Tomás. No te preocupes, le respondió Joel, tu amigo no tiene equipaje, todo lo trae cargando en la mochila.
Pasó por segunda vez frente al anuncio de Schweppes. Quizá llegaría el momento en que él mismo estaría colgado del cartel. Estaba dispuesto a todo por largarse. Pero ni los reyes, ni el callejero en miniatura que llevaba en el bolsillo lo podían ayudar en su misión. Se lamentó de que en todos esos años jamás hubiera aceptado una invitación de sus «amigos putos» para pasear por Chueca. Él era Manuel Medina, doctorando de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y no tenía tiempo para hacer esa clase de turismo. El conocimiento te permite un profundo acercamiento a la realidad, a costa de no explorar la profundidad de la superficie urbana, solía decir a los tres pendejos que todavía lo escuchaban. Ya habrá tiempo, decía. Y sus amigos putos, madrileños todos, nada contentos, mucho más penetrantes, le decían: ¿Te has vuelto gilipollas o qué? Si vienes del tercer mundo. Y él, divertido, les contestaba: yo vine acá a estudiar, muchachos, no a chupar verga.
Y ahora, en el ahorita de ese momento en que el azul, el rojo y el verde de Schweppes ya borboteaban en una mansa oscuridad desde la azotea de un céntrico hotel en la Gran Vía de Madrid, Manuel Medina estaba a punto de chupar toda la verga que no había chupado en los últimos diez años.
Allí donde acababa la calle de la Salud empezaba la Gran Vía, y al cruzarla, podías caminar unos cien metros hacia abajo y pasar delante de una antigua zona de putas reconvertida en barrio cool, luego entrar por Hortaleza y seguir un par de calles hacia adentro y nada más oler el aire perfumado ya estar rodeado de gente hetero, bi, homo, y de toda la gama LGTB que uno se pueda imaginar comprando en tiendas, hasta que la oscuridad más iluminada expulsa a los que compran y atrae a los que cenan, cogen y beben toda la leche que haga falta.
Manolito Medina bajó despacio por Augusto Figueroa rumbo a la célebre plaza de Chueca. A cada paso se bajaba de la banqueta para evitar roces ambiguos con gente «leather», con «osos» desafiantes, con «musculocas» ofendibles. Tan miedoso se había vuelto Medina que ya no sabía en qué ciudad había vivido o estaba viviendo. Las tardes de cinco años entrando y saliendo de Madrid en autobuses interurbanos para dar clases a niños malcriados porque había decidido dejar el doctorado que le financiaba el gobierno mexicano. Desde entonces, al volver a Madrid desde la periferia, había compartido asiento con nigerianos y ecuatorianas con quienes no temía rozarse. Se había cogido a un par de sirvientas peruanas. Le habían invitado cerveza los fornidos fontaneros polacos. Y cuando llegaba a la central de autobuses de Plaza de Castilla, en el norte de la ciudad, estaba tan hastiado que no tenía ganas de ir a defender su ideología de doctorando de izquierdas a la Puerta del Sol, ni a codearse con manifestantes radicales y alguno que otro japonés temerario al pie de El oso y el madroño.
Por eso le jodió tanto cuando el finlandés, la noche que llegó, le dijo tras el enésimo trago de chela:
—¡Qué bien estar contigo en la madre patria!
—No diga eso, Parkinnen, que suena rancio.
—¿Rancio? ¿Ahora hablas como español? ¿Podrías mejor decir viejo, pasado de moda y no rancio?
—Lo siento, pero es lo que me sale de dentro.
—Pero tú sigues siendo muy mexicano. Fíjate en tu piel, en tu cara chichimeca. No dices rancio si eres mexicano y menos en la madre patria.
—Pues sí, será, pero «madre patria» sólo dicen los políticos, o los turistas babosos que vienen a pasearse por Europa y a comprar souvenirs.
—Yo en Helsinki tengo una terracita con platos de Puebla, un calendario azteca y un cenicero de barro. Y he llevado a mi terraza al embajador de México en Finlandia, al escultor mexicano Sebastián, al dueño de Nokia, y a mucha gente con doctorado. Llevo a México en la sangre y tengo una comadre. ¿A ti te da vergüenza ser mexicano?
—No, claro que no, pero la identidad es otra cosa, no unos platitos de barro.
—Uy, mi mexicano ¡Qué profundo!
Llegó a la plaza de Chueca. Dio santo y seña de Parkinnen y nada. Una pareja de «osos» le invitaron un vermú y cuando salió de nuevo a la plaza y vio todas las mesas al aire libre ocupadas, supo que al señor Parkinnen iba a estar bien difícil encontrarlo. Pasó por el Mercado de San Antón, dio la vuelta en San Marcos y volvió a la plaza por Gravina. De pronto, no supo si por cansancio o por el vermú que se iba tomando en cada bar para despistar a la clientela, le pareció ver a uno de sus amigos putos. Para esquivarlo se metió a un antro, y como aún no eran ni las diez de la noche y no había nadie, el mesero le sirvió su quinto vermú de mala gana. Se le ocurrió que, si dejaba de buscar, quizás Tomás aparecería detenido en los separos de la policía, asaltado o muerto en la cama de un hostal de mala muerte y él recibiría una llamada fatídica. Aunque luego lo pensó mejor: un final así era imposible en un lugar tan aséptico, seguro y pudiente como Chueca.
Como siempre que se agotaba y se le ocurría alguna idea, una última pista le cruzó por la cabeza, como una lucecilla azul en la frente: en el diccionario del finlandés (coger, Marlboro, leche, cerveza, México) había otra palabra muy obvia: Nokia.
Si volvía al hotel quizá tuvieran registrado el número de ese teléfono de última generación del que el señor Parkinnen se sentía tan orgulloso. Quizá aún estaba a tiempo de que todo saliera bien. Pagó su vermú y volvió al hostal siguiendo más o menos por la misma ruta por la que había caminado hasta allí. Cuando se acercaba a Gran Vía los efectos todavía modestos del vermú volvieron a inflamarlo de esperanza. El señor Parkinnen era puto, borracho y nacionalista, pero hasta donde había visto con sus propios ojos, también era un tipo generoso, lleno de vida y de viajes, y eso era más, mucho más que un mexicano medio sobrio, hetero y apátrida que se había perdido todas las movilizaciones sociales y las juergas importantes de la ciudad en la que había vivido en la última década. Todavía estaba a tiempo de irse de juerga con el finlandés, de beber cerveza y fumar Marlboro.
Al llegar al hostal, Joel le dio el número del Nokia. Manuel se gastó todo el saldo que le quedaba en su móvil para hacer la llamada. El tono sonó tres veces antes de que Parkinnen contestara:
—¡Manolito!, estamos con unos amigos en un antro de Chueca y vamos todos a tomar leeeche. Pero a ti no te gusta la leche. Pinche mexicano pendejo —y le colgó.
Hubiera sido inútil volver a llamarlo. Así que dio las gracias a Joel y se fue. Por tercera vez subió por la calle de la Salud hasta Gran Vía y se echó a correr. A sus espaldas el luminoso de Schweppes lo vigilaba en parpadeos tricolores.
Estaba dispuesto a traer a Tomás al hotel. Atravesó la avenida esquivando parejas, familias que iban pacíficas a casa. Hacía años que no corría y la fatiga empezó a pesarle en los pies. En las películas que transcurren en las ciudades la gente nunca corre a no ser que huya de algo, o persiga algo inalcanzable, pensó. Fuera de las películas la gente camina extraviada sin reconocerse en otros. Las ciudades han dejado de ser ciudades excepto cuando se encienden luces de determinados colores y sabemos que se ha producido una catástrofe, que la policía emprende una persecución para encontrar al culpable, cuando un actor famoso llega a la alfombra roja o una plaza se llena de velas para conmemorar una victoria transitoria o un duelo. Eso lo tenía escrito Manuel Medina en alguna nota de página de su extinta tesis doctoral sobre la ciudad y la nota roja en la España contemporánea. En la realidad él se encontraba ya en Augusto Figueroa otra vez, trotando, sudando, tropezando. Cuando al fin llegó, la plaza estaba a reventar pero no encontró a Parkinnen por ninguna parte.
Al día siguiente revisó que el depósito por su trabajo como guía apareciera en su cuenta y, pensando que dejaría de chupar verga, compró su boleto de avión.
Ya en México, empezó a fumar Marlboro, a coger más seguido, a retomar la versión local del doctorado que había dejado inconcluso en Madrid. Y así, como en los cuentos donde vemos que el tiempo pasa porque aparece el sol tropical, la lluvia o la nieve, pasaron los meses, hasta que un día, mientras se tomaba una chela con unos compañeros maestros, le sonó el celular:
—¡Manolito! —era Mr. Parkinnen. Instintivamente, en lugar de hacerle las preguntas habituales de cómo estás, qué has hecho, cuándo vienes, le hizo la pregunta que jamás le había podido hacer, la única pregunta cuya respuesta le llegó a importar esa noche de Chueca.
—¿Dónde estás?
Primero oyó el barullo de la gente, y luego, la risita tosca y sonora de Parkinnen, que pareció tomar aire para contestar:
—Pues si te llamo a ti, ¿dónde voy a estar? En la madre patria.
Y al oír eso, fue él, Manolito Medina, el que se llenó de rabia y colgó.
¿Cuál es la primera reacción hoy de la gente en las calles de Madrid frente a una mujer con hiyab? ¿Cuál era hace veinticinco años? Sirin Adlbi hace un relato encarnado de lo que significa ser estigmatizada a través del odio, el temor y la incomprensión en una ciudad que, paradójicamente, tuvo desde sus inicios una fuerte herencia musulmana.
Cuando la subieron a aquel avión de no retorno que la lanzaba a lo desconocido, ella no sabía que dejaba allí atrás, en Damasco, no sólo la salvaje dictadura de los Asad y sus amenazas de muerte y tortura, sino todo aquello que antes había existido, salvo su pluma. Su pluma la salvó, porque con ella pudo «seguir siendo/resistiendo» a través de las letras; seguir caminando entre los renglones torcidos del destino del que la quisieron borrar, a ella y a todo sentido de la libertad, dignidad, justicia y esperanza. Quizá lo único que algún día realmente fue, y sigue siendo, es su pluma. Como diría el filósofo musulmán Taha Abderrahmane: «Escribe, luego existe».
Al subirse a aquel avión, dejó de tener nombre propio. Puso un pie en la cuerda sostenida sobre el abismo. Se convirtió en «una mora» en «una mujer musulmana con hiyab». Aquel avión la conduciría al mundo de las sombras, de las «casi personas», tal y como treinta y seis años después revela en su novela autobiográfica árabe Una mora en Madrid, publicada en Beirut en 2016. Un texto que condensa la guerra, la dictadura, el exilio, la migración, el rechazo, la invisibilización, el racismo, la colonialidad, el dolor, la revolución, la resistencia: Siria.
En la primera página escribe:
«Mora»… ¡Curioso término! Que a mis veintiocho años y a los muchos recuerdos que arrastraba conmigo de mi ancha vida en Damasco, nos convirtió en extranjeros. Extranjera hasta la espina dorsal.
Convirtió en extranjeros mis anhelos y sufrimientos y los de mi esposo e hijos y sus sufrimientos. Extranjeras mis hojas y mi tintero. Extranjero mi corazón, cuyos informes médicos certificaron su cansancio.
«Mora»… Tan sólo una palabra, una sola palabra junto a todas estas personas, recuerdos, sentimientos, imágenes… me he doblegado hacia ella, me ha lanzado y abandonado en ella, asfixiándome, lucho contra su prisión, intento romper con uñas y dientes las paredes del peso de su opresión, pero no acabo de lograrlo, pues apenas he comenzado después de todos estos largos años a convivir con ella —¡por suerte y por desgracia!— como lo hago con Madrid mismamente, igual que convive una persona con su padecimiento cardíaco y con el reúma crónicos… sin la existencia de tratamiento y sin solución.
Comienzo a aceptar el papel en cuyo interior Madrid me ha obligado a confinarme.
«Mora»… El papel que me ha asignado Madrid y que me veo obligada a aceptar, el papel del que, después de tantos años, no he logrado ni deshacerme ni desligarme.
La autora de estas palabras es la escritora y opositora siria exiliada en España Nawal al- Sibai: mi madre. Dos años después de su «desgarro existencial», de su llegada a España en 1980, nací yo en la ciudad nazarí de Granada, que tanto le recordaba a ella a Damasco, a sus antiguas, estrechas y olvidadas callejuelas, a sus jazmines y al peso de la historia que flota y ensordece su aire.
Nací pues en el doloroso 1982, el año de las masacres de Sabra y Shatila y de la Hama asesinada por el comandante criminal Rifaat el Asad, que sigue disfrutando con total impunidad hasta el día de hoy de los lujos y opulencias marbellíes, el «amo de Puerto Banús» como le llaman en Costa del Sol».1 Pero nací en Granada y no en Damasco, aunque del mismo vientre en el que anidaba un dolor inconmensurable por la tierra, la dignidad y la justicia, que no podía sino dar forma a mis propios sueños y anhelos.
Tres años después, una segunda despedida. Nos fuimos mis padres, mis otras dos hermanas y yo a Madrid, la ciudad en la que he vivido a lo largo de veintiséis años, hasta que en 2011 me mudé con mi marido y mi hijo de tres años para asentarnos en la Casablanca marroquí.
Madrid es donde he vivido la mayor parte de mi vida, es la ciudad que en gran medida ha dado forma a mi ser, a mi sentir y a mi pensar. Es la ciudad que dibuja el marco y las esquinas de cada uno de mis recuerdos a lo largo de esos veintiséis años, a pesar de ella misma y de su voluntad. Porque Madrid ha sido esa ciudad en la que cuando se celebraba la victoria del Real Madrid en algún viejo clásico, inmediatamente me pretendían encarcelar como a un «mora de mierda» en una eterna condición de «extranjería», de «ajena», de «lejana», «extraña», sin derecho a sentimientos de pertenencia o a emociones compartidas de ningún tipo. De mis padres heredé no sólo el dolor por Siria, sino además la resistencia a la «no condición», la «no identidad», el «no ser» de «moras» o, en palabras más fidedignas, de «moras de mierda».
Madrid nunca me ha dejado sentir duda alguna acerca de quién o qué soy: un objeto colonial. Houría Boutheldja diría una «indígena de la república» (en mi caso del «reino español»). Desde los compañeros de clase en el colegio Lorenzo Luzuriaga, que llamaban a mi hermana mayor «jamona» por no comer cerdo o que nos amenazaban con violarnos y agredirnos en el recreo por ser, otra vez, «moras de mierda»; o la profesora que en el comedor pretendía obligarnos a comer todo el plato de lentejas con chorizo, hasta las miradas acosadoras en la calle que entremezclan desprecio y pena y ametrallan nuestros cuerpos de mujeres musulmanas cubiertos por los últimos vestigios de territorio libre donde poder decidir sobre él mismo, allí donde toda nuestra existencia ha sido ocupada y colonizada. O, cómo no, los eternos recordatorios en todas partes, en el supermercado, en el médico o en el polideportivo de «lo bien que hablamos español».
Al llegar a la universidad todo cambió, o eso creía. Comencé a cursar mis estudios iniciales de licenciatura en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid, donde pude disfrutar, salvo muy marginales excepciones, de la compañía inolvidable de grandes compañerxs, profesorxs y amigxs, donde pasé, sin lugar a dudas, los mejores años de mi vida, creyendo que el espacio universitario era un oasis de pluralismo y buena convivencia, en el que me sentía absolutamente ¡¿integrada?!… ¡terrible concepto!
Sin embargo, no era más que un espejismo, el de la excepción de estar rodeada de personas más que familiarizadas con el islam y los musulmanes y que, de hecho, dedican su vida al estudio de esas realidades y, en no pocas ocasiones, a la militancia en pro de sus derechos o de causas tan nobles como la palestina, así como la lucha contra la islamofobia, como es el caso de nombres tan destacables, entre otros muchos, como los de Ángeles Ramírez, Ana Planet, Luz Gómez, Gema Martín Muñoz, Bernabé López García, Puerto García, Ignacio Álvarez Osorio, Fernando Bravo López, Laura Mijares, Ignacio Gutiérrez de Terán…
Mi desembarco posterior en el Departamento de Ciencias Políticas para cursar los estudios de doctorado fue el bofetón que me hizo despertar a esta realidad. Gracias al profesor del curso cuyo título merece ser nombrado: Democracia y Derechos Humanos: las libertades fundamentales en una sociedad en transformación, que a la entrada del aula, al verme, me espetó: «Es la primera vez que veo una mora por aquí… espero no tener que ver más». Gracias también al profesor que iría a ser ni más ni menos que mi tutor, en el periodo de docencia, quien preguntó: «¿Por qué y para qué haces una tesis doctoral si llevas hiyab?» o a la compañera que me dijo que «vestía demasiado bien y elegante para ser una mora»
2001 – 2004
11 de septiembre de 2001. Fecha maldita. Los «moros de mierda» pasamos a convertirnos en «terroristas», en «amenaza». Pasamos a ser la «excusa perfecta» para la invasión, destrucción y nueva reestructuración de nuestros países de origen.
Las miradas furtivas de desprecio y compasión pasaron a convertirse en miradas de desconfianza, odio y temor. Mientras iba subida en alguno de los vagones del metro pensaba a menudo que prefería mil veces más las antiguas miradas de desprecio a las desarmantes miradas de miedo. A la sexagenaria señora que, bajo los efectos de los «desinformativos» que machaconamente se empeñan en sembrar la desconfianza, el miedo y el choque, al verme entrar con mi mochila se encogió aterrorizada y se santiguó rezando un padrenuestro, hubiera deseado poder abrazarla con fuerza y decirle que la estaban engañando y manipulando para romper el mundo.
14 de marzo de 2004, atentado en la estación madrileña de Atocha. Por suerte, ese día no cogí el metro para ir a la universidad. Fui a pie hasta Plaza Castilla para coger el autobús. El móvil sonó desesperado, al fondo la voz rota de mi madre: «¿Estás bien? Vuelve a casa inmediatamente». No podía ser cierto lo que estaba sucediendo.
Son días que recuerdo como un vendaval furioso que golpeó a todas las comunidades musulmanas en España. Difícil echar la vista atrás y no sentir, cuando menos, náuseas… rabia profunda. Todos los dedos acusadores se dirigían hacia nosotros. ¡Pero nosotros fuimos y seguimos siendo las principales víctimas! Comenzó, como ya nos hemos acostumbrado a presenciar hoy cada vez que un atentado azota alguna de las ciudades del «mundo civilizado», el carnaval mediático de la extrema derecha, la orgía de la islamofobia, del odio y la tergiversación… La frágil convivencia se vio más en peligro que nunca. Y comenzaron los odiosos «no somos terroristas» de las comunidades musulmanas, que como decía un compañero por las redes sociales, se parecen al «no pienses en un elefante azul».
Queremos la paz,2 así titulamos la obra que como Asociación de Jóvenes Musulmanes de Madrid presentamos, recogiendo setecientas tarjetas verdes, a través de las cuales niños musulmanes madrileños de entre cinco y diecisiete años dibujaron los mapas de sus sentimientos encontrados, de su vulnerabilidad, inocencia, dolor e impotencia ante tanta barbarie. Casa Árabe la publicó en un libro posteriormente en 2009. Un grito desde el naufragio.
FINALES DE 2010 Y PRINCIPIOS DE 2011
El pueblo quiere que caiga el régimen. Hemos logrado echar a Ben Ali y a Mubarak. O eso es lo que pensábamos hasta que la contrarrevolución dio la vuelta a todo.
Marzo de 2011. Recibo un whatsapp: «Sirin, mira las noticias».
¡¿Manifestaciones en Siria?! ¡¿Daraa?!
Tan lejos, pero tan cerca. Siria siempre ha estado ardiendo y escociendo en lo más profundo de mi ser. Era nuestra oportunidad. No podía ir a Siria a participar en las movilizaciones pero había mucho trabajo que hacer desde el lugar en el que estábamos en Madrid: apoyar a nuestros familiares y amigos y a los comités de coordinación de la revolución siria. Llamé a un par de amigos, solicitamos el permiso y convocamos para el 17 de marzo de 2011 una manifestación en la plaza Platerías Martínez, frente a la embajada del régimen sirio. Temía que, aún aterrorizada la gente de nuestra comunidad siria en Madrid, muy pocos fueran a acudir. Algunas madres de amigas, al ver lo que iba publicando y compartiendo por las redes en apoyo a la revolución en Siria y al ver que había convocado la manifestación, llamaron escandalizadas a mis padres para que me «controlaran».
Llegó el día y la respuesta era mucho mayor de lo que había podido imaginar, pero muchos iban con las caras cubiertas para no ser identificados por los objetivos de las cámaras de quienes nos fotografiaban tras las ventanas de la embajada para ponernos en listas negras y luego enviarnos amenazas de todo tipo.
Subí a un banco que había en la plaza a leer un comunicado: nuestra condena a la dictadura, nuestra exigencia de justicia y libertad. Sentí vértigo, como si estuviera al borde de un precipicio. Basel, un compañero egipcio que vino a apoyarnos, reía diciendo que desafinaba cuando cantaba las consignas… Apenas comenzábamos a aprender cómo cantar nuestras ansias de libertad, a pesar de la garganta que, literalmente, el régimen genocida de los Asad arrancó a nuestro Ibrahim Qashush3.
Semana a semana, como en Siria, las manifestaciones en Madrid iban creciendo. Desde la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio, logramos hacer un importante trabajo de concienciación y movilización. Lo que en principio eran decenas de manifestantes, se convirtieron en centenares. Después de mucho esfuerzo, reuniones con partidos políticos diversos y con el gobierno, después de mucha sangre derramada, logramos que cerrasen la embajada.
Casi seis años después, el hedor insoportable de los cadáveres de más de medio millón de personas asesinadas por los Asad, Hezbolá, Irán y Rusia (especialmente, pero también del DAESH que introdujeron en el tercer año de nuestra revolución y de la Coalición Internacional encabezada por Estados Unidos) ha cubierto cada recoveco de la humanidad y el ensordecedor eco del silencio y la complicidad internacionales ha desdibujado de nuevo nuestras voces. La esperanza se tiñe de sangre y del más rocambolesco escenario jamás imaginado.
Siria vuelve a ser Madrid y todas las esquinas del mundo. Vuelve a ser las calles de Casablanca por donde paseo y encuentro familias enteras de refugiados con sus bebés, tirados en las calles, suplicando cobijo.
DE NINGÚN LUGAR… O DE TODOS
Dicen algunos que la revolución terminó. Que todo está perdido. Que guardar esperanza alguna es de locos. Yo digo que los que así hablan no han entendido nada. No han logrado comprender nada de historia, geografía, política, ni mucho menos de filosofía.
La esperanza hoy, sin duda, es revolucionaria. Es el terreno que difícilmente los genocidas que desde el primer día nos lanzaron la promesa cumplida de «o El Asad o quemamos Siria», no pueden ni arrebatarnos ni quemar. Es lo último que nos queda y a lo que nos aferramos con uñas y dientes.
La revolución no es algo puntual, es una postura existencial, es una forma de vida. Al sistema que se ha levantado a lo largo de quinientos años no vamos a destruirlo en cinco ni en diez años. A los imperialistas y a los colonizadores de Occidente y de Oriente que tanto han sudado para robarnos nuestras tierras y recursos, redibujar los mapas de nuestra existencia y también de nuestros deseos, no vamos a quitárnoslos de encima con «tan sólo» medio millón de mártires o «tan sólo» cinco millones y medio de refugiados.
El pueblo sirio o los pueblos de la región árabe en particular y todos los pueblos colonizados en general necesitamos una apertura de conciencia renovada glocal, una conciencia decolonial, antirracista, antisexista, anticlasista, antiecologicida… que nos permita identificar las raíces profundas de los conflictos que sufrimos hoy y que, por lo tanto, nos permita diseñar estrategias efectivas de lucha y liberación que no nos reinserten sistemática y estructuralmente en las cárceles del sistema mundo moderno-colonial.
Hoy más que nunca, como hija de exiliados políticos sirios, como opositora siria, como musulmana y como árabe, como mujer, como alguien que siente que hace malabarismos constantemente sobre las cuerdas flojas de las eternas fronteras, de las identidades múltiples enredadas, negadas, invisibilizadas, deshumanizadas, quiero reafirmarme en esta lucha, resistencia, existencia viviente y vibrante, que durará por siempre, que ni la pueden agotar ni quemar ni bombardear ni degollar ni desangrar ni violar, que es la lucha de mi pueblo y de todos los pueblos colonizados. Reivindiquemos conjuntamente el derecho a luchar y a dibujar cartografías renovadas. El derecho a existir, a ser.
Porque, precisamente, los que «no somos», «les damnés de la terre», somos lo único que es. El verdadero rostro del sistema, la realidad más elemental de la existencia hoy. De ningún lugar… o de todos.
1http://www.elmundo.es/cronica/2015/11/29/565967d746163f6a768b45db. html
Las novelas del escritor francés Emmanuel Carrère son inseparables del ensayo y sus crónicas indistinguibles de la autobiografía. Gabriel Bernal Granados analiza en este agudo texto los claroscuros en la obra del más reciente Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.
Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria. —El adversario
El Reino (2014), el libro central de la obra de Emmanuel Carrère, resume la historia de un debate espiritual necesario; la historia de una conversión, no tanto del hombre católico de nacimiento en el hombre católico por convicción, sino la conversión del hombre en el hombre; del hombre en lo que verdaderamente es: uno mismo.
El desencanto que no se abandona; el desencanto como huella dactilar de un estilo. Lo hay en Michon; lo hay en Carrère. Sin embargo, Michon es un artista; Carrère, como escritor, dista de serlo. Hay en él un impulso narrativo genuino, y una malicia que se abona, aunque el autor lo deteste, al decadentismo de una prosa que no puede dejar de estar consciente, en todo momento, de sí misma.
Hay una inteligencia y una idiosincrasia; pero sobre todo hay un ansia —el ansia del libro absoluto o de la obra maestra que pueda conducir al reconocimiento del público. Nuevamente, lo que hay en Carrère es el ansia de una conversión, que iría del escritor principiante al escritor que dialoga en el orden de lo absoluto entendido como libro.
De los libros de Carrère, de los libros suyos que he leído hasta ahora, está desterrada la fragmentación; en sus novelas y en esos engendros bestiales que son sus ensayos novelados —o sus crónicas autobiográficas— no hay escisiones. Habría, en todo caso, fisuras espirituales que para nada tienen que ver con las costuras o el entramado de sus libros.
Sin embargo, ahora que lo pienso, no sería necesaria la conversión del hombre en el hombre si no hubiera una escisión fundamental, si el hombre no estuviera carcomido por la duda. Creer o no creer, pero creer o no creer ¿en qué? La disyuntiva se entiende de una mejor manera si se piensa en opuestos tan desvencijados o radicales como la vida mundana y la vida contemplativa, la acción y la reflexión, la postergación y el riesgo que entraña, en definitiva, el hecho incontestable de vivir, a cambio de una suma infinita de errores. «El fantasma y la revelación divina», dice Carrère en algún lugar de su libro.
La vida del escritor Emmanuel Carrère —el otro al que permanentemente se refirió Borges en numerosos escritos— está constelada de personalidades dobles, que suplantan por periodos y alternativamente la vida del señor Emmanuel Carrère. Philip K. Dick, en la biografía que Carrère escribió sobre el autor de ciencia ficción al que considera «el Dostoievski de nuestra época» (Yo estoy vivo y ustedes están muertos); Jean-Claude Romand en El adversario; Mary Shelley en Bravura; y los emblemas del psicoanalista y el converso en El Reino. Esta sumatoria de alter egos es una constatación del apego irrenunciable que se encuentra en la narrativa de Carrère con respecto a la realidad. Sus novelas son inseparables del ensayo y sus crónicas son indistinguibles de una autobiografía que recibe, de su autor, una mezcla apenas necesaria de veladuras.
El Reino, la suma de todos estos libros, el que los comprende y los apostrofa a todos, es en el fondo la trabajosa articulación de una confesión honesta… Es tan posible creer como no creer del todo… El hombre de fe no es, en esencia, muy distinto del ateo. Ambos se aferran a la realidad del mundo, apretando ya sea una u otra asa de un solo cuenco. «La noche sucede al día, los buenos ciclos a los malos y los malos a los buenos. Esto es verdad, lisa y llanamente, no una verdad embadurnada de moral, como diría Nietzsche. Afirma que cuando estás bien es prudente esperar la desdicha y viceversa, no que esté mal ser feliz y bien ser desdichado». Y al final de la confesión de las propias flaquezas se encuentra siempre la sabiduría.
Líneas arriba dije que había una ansia en Carrère. Esto es verdad si uno se atiene a criterios morales a la hora de juzgar su obra; sin embargo y sobre todo, también debe reconocerse que en su obra hay una idea de la prosa, una prosa que se moldea a sí misma, de la misma forma en que la corriente de un río dibuja el lecho sobre el cual transcurre, de manera incansable y vertiginosa. Carrère, por momentos, se vuelve prolijo, se regodea en los poderes de una prosa que parece fluir con la misma facilidad del río. Abre la llave del grifo y las palabras no dejan de manar durante periodos enteros registrados por la norma de lo anodino o lo insulso; no obstante, también por momentos, Carrère se convierte en artesano de joyas encubiertas en el pajar de su prosa. He aquí un ejemplo (las cursivas son mías): «Incluso sin deseo, sin beneficio. Incluso si al instante le arrastra la corriente de los pensamientos parasitarios, centrífugos —pequeños monos que no cesan de saltar de rama en rama, dicen los budistas—, cada segundo orando, cada esfuerzo por orar justifica el día. Un relámpago en el túnel, un minúsculo refugio de eternidad arrebatado a la nada».
Porque también prosa es una forma de pautar el propio pensamiento.
Como sucede con todos, cuando frecuentamos el vicio impune de la lectura, los hilos invisibles de lo que uno lee se anudan a los hilos invisibles de lo que uno vive. A partir de ahí se genera la trama engañosa del propio pensamiento. Engañosa porque el pensamiento dista de ser propio. Está hecho de vivencias ajenas y vivencias propias, lecturas y contralecturas, hechos y ficciones que dejan de aplazarse en el momento de la escritura, y encuentran entonces una forma definitiva —engañosamente definitiva, porque lo que uno escribe es susceptible, en el mejor de los casos, de destejerse y de mezclarse a los pensamientos de otro para conformar una nueva trama; una obra o una lucubración íntima.
La Biblia es el subtexto que se encuentra en las páginas de El Reino. De hecho, el libro de Carrère puede —y debe— ser leído como un comentario minucioso del Nuevo Testamento, el segmento bíblico que anticipa y reseña el surgimiento del cristianismo. Pero en realidad lo que hace Carrère cuando interpreta o comenta de manera erudita algún pasaje de la historia contenida en el Nuevo Testamento es narrar: visualiza y desarrolla (a la manera de un guión cinematográfico) lo que nadie había visto hasta entonces. Imagina, a su modo, y describe la escena como si se tratara de una derivación. En lugar de una glosa, lo que el lector encuentra es una historia —un organismo viviente o el boceto, para siempre inconcluso, de una novela que no deja de pertenecer a un ensayo en su proyección original; esto es, un proyecto que se interrumpe de manera constante para dar pie a otro, un proyecto que en su simiente comporta la dispersión.
Carrère proyecta todo el tiempo lo que piensa sobre una sábana blanca, como esas películas de súper ocho que nuestros abuelos proyectaban sobre la pared de una recámara sumida en penumbras. «Para que un pensamiento me afecte necesito que lo transmita una voz, que emane de un hombre, que yo sepa el camino que ha abierto en él. Pienso además que los únicos argumentos de peso en una conversación son los argumentos ad hominem. Pablo era de esos hombres que no se hacen del rogar para decir lo que piensan, es decir, para hablar de sí mismos». En el párrafo anterior, Carrère aporta dos claves, la primera para comprender su proyecto literario en general, y la segunda para comprender su intención. Carrère es un escritor que no avanza sin cautela: piensa a partir de imágenes, y todo lo que escribe obedece a esta forma de discurso tan similar al guión cinematográfico: lo que no se puede ver de antemano no es susceptible de transcribirse a la pantalla de una computadora bajo la forma de un texto. Lo que no se puede ver no se puede escribir, ni mucho menos entender. Sólo aquellas ideas susceptibles de ser narradas son dignas de ser trasladadas a la sábana manchada de negro que frente a nuestros ojos aparece en la pantalla de la computadora a medida que vamos escribiendo. (Por otro lado, no son infrecuentes en la obra de Carrère los símiles, las referencias y los desarrollos netamente cinematográficos: a lo largo de su vida adulta, es decir, a lo largo de su vida de escritor, ha dedicado tiempo considerable a hacer guiones para cine y televisión; de él, podríamos argumentar sin temor a equivocarnos que es un «hombre de cine», y un escritor que reconoce sin ambigüedades una plataforma intelectual cinéfila tan relevante en su formación y en el desarrollo de sus obras como la libresca).
El segundo miembro de la ecuación parece más determinante que el primero para comprender la tentativa de la obra impresa de Carrère. «Pablo era de esos hombres que no se hacen del rogar para decir lo que piensan, es decir, para hablar de sí mismos…». Aun en el caso de sus novelas sin ficción —la trilogía conformada por El adversario, Una novela rusa y De vidas ajenas—, Carrère está escribiendo lo que piensa, esto es, está hablando de sí mismo. En su caso, no podría ser de otra manera. Él mismo lo ha dicho: «cuando comienzo a leer una historia, me gusta saber quién me la cuenta»; y quién mejor para contar una historia que uno mismo. En otro pasaje, escondido por ahí en el rincón de los trebejos de nuestra cultura que podría ser El Reino, también lo apunta: «yo hablo de lo que sé». De ahí que los soportes literarios o librescos que podrían fundamentar la erudición necesaria a algunos de sus proyectos más ambiciosos se diluyan frente a la magnitud o la importancia que llega a tener el cine en la historia de una sensibilidad como la suya (que no es otra, en realidad, que la historia de una sensibilidad como la nuestra).
En un punto de El Reino, Carrère se sorprende de que San Lucas, en la relación que hace de la vida de San Pablo en los Hechos de los Apóstoles, pase de pronto de la tercera a la primera persona. Más que un comentario erudito, esta observación se convierte en motivo de una revelación literaria: en el momento en el que San Lucas se inmiscuye en el relato de la vida y milagros de San Pablo, en ese momento nos es más sencillo imaginar su historia. Ver equivale entonces a entender. De otro modo, si no vemos lo que leemos, el relato se vuelve opaco y demasiado abstracto, carente por completo de interés narrativo, personal, mundano. La reconstrucción arqueológica y el comentario ecuménico, el catolicismo verdadero de este escritor que es Carrère, se resume en esta capacidad de ver y entender. Si estas dos premisas no se cumplen al pie de la letra, el acto compartido de la lectura y la escritura, perpetrado de manera simultánea, no se realiza. El Reino al que hace alusión el autor en el libro más ecuménico de los que ha publicado hasta ahora, se vuelve una quimera inalcanzable y desprovista por completo de sentido.
De ahí que la primera persona siempre irrumpa, o esté latente, incluso en las páginas más eruditas de los libros de Carrère. Si no se manifiesta como tal, ésta aparece sugerida en su estilo, por momentos desfachatado o carente de decoro. Hablando de Plinio el Joven, autor de una carta enviada al emperador Trajano para comentar la aparición de una secta religiosa que está, de manera casi imperceptible en ese momento, vulnerando los cimientos de la religión cívica romana, Carrère introduce palabras y tropos todos ellos tomados del habla del barrio. Esto, desde luego, tiene la finalidad de quebrantar una solemnidad literaria de la cual Carrère, como escritor, quiere alejarse. Todo escritor, para ser leído, parece decirnos, tiene que aproximarse a sus escuchas, y la única forma que un escritor tiene de aproximarse a quien lo escucha es hablando de la manera más llana posible, sin importar que los temas que se aborden sean asaz escabrosos o eruditos. El vigor de una prosa, no su acartonamiento, es lo que garantiza un mínimo éxito de lectores. Así pues, la sombra de la conversión de Carrère continúa haciendo acto de presencia en sus libros: nunca, de hecho, ha podido desterrar de sí al fantasma que deambula por su estudio en el momento en el que escribe, previo a la aparición de un dios que no es dable entender en otros términos que no sean los de un desapego a los afectos materiales que nos proporciona nuestra pertenencia al mundo.
Con Pierre Michon (1945) y Pascal Quignard (1948), Carrère (1957) es uno de los escritores de lengua francesa que más proyección internacional ha tenido en las décadas recientes. Sin embargo, lo que tendría en común con sus predecesores inmediatos no es tanto el reconocimiento, que en el caso de los tres ha llegado algo tardíamente a sus vidas, sino la excentricidad de sus proyectos particulares de escritura. Lo mejor de la prosa de Michon se encuentra en la intensidad y el valor de lo minúsculo: sus personajes, prácticamente todos, se parecen a él —habitantes de la periferia, donde la única tabla de salvación frente a los demonios de la disolución absoluta se encuentra en el ejercicio de las palabras—. Quignard es un disidente que ha descubierto su identidad en el nomadismo manifiesto de sus libros. Sin embargo, a diferencia de ambos predecesores, Carrère descree de la miniatura. Su signo discurre por un cauce contrario: el de la profusión y el rompimiento de aquello que considera la tradición. Si de repente, en el transcurso de su prosa, siente que está incurriendo en la poesía, se interrumpe, modula la voz de una manera distinta, más ronca o más burda, y se acerca con cautela a lo que podría ser considerado como una revelación. La divinidad sólo se manifiesta si no la buscas, o incluso si lo que pretendes es huir de ella siguiendo el camino contrario, como sucedió con Jonás y como sucedió, precisamente, con Pablo.
Las revelaciones sólo pueden llegar a través de las pequeñas cosas, y en esto, no obstante su carácter, Carrère parece estar de acuerdo con sus contemporáneos.
Carrère, como Jules Renard, escribe de religión sobre el entendido de que ha dejado de creer a pie juntillas en lo que mandan los credos. El Reino cuenta la historia de un converso, Saúl se convierte en Pablo y Emmanuel Carrère se convierte en… Emmanuele Carrère. En ese sentido, su libro, suma de todos sus libros anteriores, da cuenta de un trayecto necesario en la vida de un autor que se busca a sí mismo, y se localiza finalmente en la dispersión de sus semillas.
Antes que una obra maestra, un libro es muchos libros, y esto no depende de su número de lectores sino de los momentos que un libro contiene en su interior, múltiple y cambiante. Así, al final del primer capítulo de El Reino, Carrère deja que se asome lo que podría ser el sentido último de su «conversión».
Veinte años más tarde, Hervé1 y yo seguimos caminando juntos por los mismos senderos y nuestras conversaciones siguen girando en torno a los mismos temas. Llamamos meditación a lo que llamábamos oración, pero siempre encaminamos nuestros pasos hacia la misma montaña que siempre parece igual de lejana.
Y el sentido último de un libro podría encontrarse, en el mejor de los casos, en la amistad o la conversación.
1Para los curiosos que no han leído El Reino, Hervé es el nombre del mejor amigo de Carrère, quien, como él, buscaba en la religión el sentido último de la vida, sin desde luego encontrarlo ahí.
1
Bebimos de ese frasco que trajiste con agua del Mar Muerto.
La conciencia flotaba sin esfuerzo dentro de esa dureza
salitrosa que permitía a nuestros ojos mirar el cielo
sin pensar en el ahogo y distenderse en él,
plácidamente. Solíamos buscar una manera
de sacar vida aun de la mortaja, y ahora esa mortaja
era líquida, y viajaba en el centro de nosotros,
y nos daba fuerzas. La muerte nos volvía, sí, convulsos,
pero de tanto asco y tanta risa, y, salobres, nos dejaba
sobrevivir. Esa muerte que nos diste se volvió un lazo
de sal entre nosotros, para que nunca nos faltara
luego de aquel amanecer en el que intuimos
un haz de mutaciones, un tosco crecimiento
que no alcanzábamos a aprehender desde tu azotea.
2
Contábamos los días para que el año terminara.
Faltaban veintitrés, y algo había de muñón adentro
nuestro, “como si hubiéramos visto, en un segundo,
toda la mordedura que el tiempo nos tenía
preparada”. El teléfono sonó, insistente, y tuve
que contestarte, a pesar de que yo solo
quería fundirme en el ardor de mi rotura.
Tu novia. Tú. Una cresta verdosa que se hacía,
terca y cotiledónea, camino hacia la atmósfera.
¿Qué necesitas? alcancé a decirte. Mientras, luchaba,
en el surco de la asimilación, en plena noche,
como si el ladrido de un perro desquiciante,
y te vi, en el medio de un desierto, líquido
y espeso, que no quita la sed ni cede al nado.
3
«Desde el fondo de ella, arrodillada», se venía preparando
una tormenta. Tu cabeza se ahogaba en ese líquido
amniótico. Teníamos dieciocho y, a ochenta kilómetros
de aquí, prometía comenzar, para tus ojos, un ajetreo
decidido por adentrarte en lo recóndito hasta la más absoluta
pequeñez, por sumirte en nuestro adentro inconcebible,
compuesto por cadenas infinitas y frágiles, descomunales
y nimias. Tu pasión era aprender a mirar La Vida
y saborear, como el agua saborea su lento tránsito
hacia el fondo de lo grave, el desollarla sutilmente
para observar, en pleno asombro, su cráter misterioso
y germinante. Tal vez por eso entendías mejor que nadie
aquello que venía formándose en su vientre,
que se me figuraba denso, granizo de sal cuajada.
4
En dónde se encontraba lo Correcto. En tu íntima
Gomorra, veía cómo arrastrabas los pies para salvarte,
tentado siempre a mirar hacia atrás, como esperando
que un faro ultraterreno te hiciera ver aquello
que ganabas o perdías, aquello que dejabas
atrás para pudrirse. Al fin y al cabo, no dependía
sólo de ti, y yo sabía que tú, cínico y todo,
harías lo que ella te pidiera. De cualquier forma,
manoteabas, espasmódico, para alejar el arrepentimiento
(y eso yo lo sé aunque jamás me lo dijiste de ese modo),
y sudabas del esfuerzo, como el rey de un cuento laberíntico,
abandonado a su suerte en una cárcel de arena.
Hoy tendría unos diez años, y lo imagino, y no me gusta
imaginármelo, igual a ti en esa foto de tu casa.
5
Entre el fragor de una estación del metro,
y oculto de los guardias trepados en tarima,
intercambié el dinero que me diste por unas
píldoras que, en el Norte, habían sido ya aprobadas
por los filtros de sanidad. Tomada ya la decisión,
me lo habías pedido, y yo no supe negarme.
Después, según dijiste, vino la náusea
como un desgajamiento. El jadeo alérgico
de aquella temporada parecía venir de esa tormenta,
sin nombre, por cuyo escampe clavé, en el tuyo,
cuchillos en la tierra. O más bien: para su siega,
te conseguí la hoz con la cual impediste que ese tallo
de vapor continuara subiendo a condensarse,
cumulonímbico y severo, sobre sus rostros aturdidos.
6
Nunca lo hemos platicado, y ahora, de seguro,
pensarás: ¿de dónde sale todo esto? Es curioso
pensar así las cosas: de esa otra mortaja compartida,
se posó, entre los dos, un vínculo cómplice tan ceñido
como la muerte misma: en el fondo de lo muerto
se forja lo que no se deshace, lo que de veras perdura,
como la vida paciente de la artemia jordana
en su paraje de sal. Acaso la amistad sea sólo esto
que obtuvimos de la muerte, esto que, tercamente,
persiste, renaciendo, y que nos dice cómo
tomar agua tan dura y no desfallecer, sino aferrarnos,
más enérgicos, al placer de flotar, con la vista hacia arriba,
mientras hablamos, riendo, de todo o casi todo;
mientras callamos todo aquello que no es necesario decirnos.
* Fragmento del libro ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2017.
El autor de este texto, quien pasó parte de su infancia entre los pasillos de la escuela Rébsamen, conecta los sismos de 1985 y el 2017 mediante un ejercicio de la memoria, pero también a través de una reflexión sobre el miedo y la imposibilidad de asimilar una tragedia en toda su magnitud.
La sincronía es la trigonometría del azar.
Víctor Toledo
I
19 de septiembre, jueves, son casi las siete de la mañana. Como todos los días vamos al colegio mis dos hermanas y yo. Papá maneja un Ford Fairmont color rojo, modelo 82 o quizá 83. Como siempre, voy en el asiento trasero del lado derecho. Miro distraído el paisaje citadino, demasiado familiar, tengo sueño. Entro más tarde a la primaria pero para facilitar las cosas, papá me deja a la hora en que mis hermanas entran a la secundaria, que está a unas cuantas cuadras de ahí. Esta mañana es parecida a todas: voy pensando en mis clases de fútbol en el CECAP, que tomo por las tardes, y también en el mundial de futbol, que será el próximo año. No hemos avanzado mucho, acabamos de pasar el club de tenis Tepepan, vamos saliendo de la colonia cuando en una glorieta, justo en el alto que nos marca un semáforo, sentimos que el auto se estremece de forma violenta, como si alguien lo estuviera moviendo. Los árboles, el poste amarillo del semáforo, los cables, los demás autos, también se balancean. Mi papá mete reversa, y mueve el auto un poco hacia atrás para no quedar debajo del semáforo, que parece a punto de caerse. ¿De dónde saca mi padre la templanza para hacer eso en ese instante? Quién sabe. El caso es que mucho tiempo después, también eso va a recordar mi hermana, cuando logremos hablar del tema, y también va a recordar que a ella las piernas le chocaban. Ese tiempo parece extenderse, es difícil de calcular, un minuto, dos, tres, no sabemos, pero nos parece que dura mucho. Pasa el movimiento, no estoy asustado, nunca he vivido un temblor, no alcanzo a ver a nadie lastimado, ningún tipo de destrucción. Llegamos al colegio de mis hermanas, la secundaria Alejandro Guillot; la construcción parece intacta, mis hermanas se quedan. Después papá conduce hacia mi escuela, en Rancho Tamborero número 11; al circular por una callecita de terracería, por la que cortamos camino, vemos la barda de la primaria caída, justo la barda de ladrillos pintada de beige en donde con grandes letras azules decía Colegio Enrique Rébsamen. Pese al montón de ladrillos en el suelo, no parece dañado el edificio, que consta de una planta baja y dos pisos. Sin embargo, esa barda caída le da mala espina a mi padre, ni siquiera nos bajamos del auto. Prefiere regresar a casa y ver a mi mamá, intentar hablar por teléfono con mis tíos, que viven en la Narvarte, en Iztacalco, en la Roma, y con mi abuelo que vive en unos multifamiliares frente al edificio de la SCOP. En el camino, la radio del Fairmont empieza a escupir las primeras noticias, confusas, inexactas, a cuenta gotas. Al llegar a mi casa, mi madre nos está esperando afuera, en el patio. Dentro hay cosas en el piso, unas macetas que pendían con plantas colgantes, hechas añicos, aún sostenidas absurdamente, con la tierra apelmazada y las raíces expuestas. Papá revisa la casa, detenidamente, después entramos. Me quito el uniforme de la escuela para no ensuciarlo. Un pantalón azul marino, un suéter del mismo color con dos franjas rojas y el escudo de la escuela donde se pueden ver las iniciales CER, coronadas por una pequeña estrella encima de la letra E. Me cambio también la camisa blanca y los zapatos negros de charol recién boleados. La radio sobre el refrigerador de la cocina sigue dando noticias, mamá sube el volumen.
Escucho a los adultos, en un primer momento parece que no es tan grave la situación, pero poco a poco, las voces que salen de la radio y la televisión cambian, sus rostros también cambian. Se respira angustia, miedo, confusión. Todo cobra dimensiones hipertrofiadas. El ambiente es una mezcla de miedo y consternación. También se derrumbó Radio Fórmula, dicen, acaban de decir. Mis padres repiten nombres de calles, de colonias, de edificios, de personas, concentran su atención intermitentemente en la radio y la televisión, insisten en vano en hablar por teléfono. Yo escucho, intento entender.
Epicentro entre las costas de Guerrero y Michoacán. Derrumbes en el Centro Histórico, en Tlatelolco, en la Narvarte, en la Juárez. Muchos muertos y heridos. Bomberos, ambulancias, patrullas y ejército por toda la ciudad. El aeropuerto cerrado, gas, luz y agua, cortados en muchas colonias. La ciudad está revuelta, dice mi hermana mayor, sin entender muy bien a sus catorce años, cómo procesar eso. La veo escribir en su diario, la veo llorar a escondidas, la vida de muchas personas ha cambiado en tres minutos, dice o escribe o recuerdo que dice.
El 20 de septiembre, en la noche, otro temblor. Papá nos saca al patio, todos los vecinos salen. Preguntan por sus casas, por las casas de sus familiares. Algunos se abrazan o rezan. Mi madre me reúne con mis hermanas, dice que debemos orar. Qué extraño verbo, acaso justo. Pienso ahora que escribir es una forma de orar, de hacer oraciones. Vemos el piso de adoquines esperando que se abra la tierra, pero nada sucede. En el patio una vecina intenta prender una palma milagrosa, pero no la dejan, puede haber fugas de gas, le explican. Después supimos que ese temblor había sido de menor intensidad pero tremendamente destructivo, pues terminó de desmoronar algunos edificios.
Trajimos a mi abuelo desde la Narvarte, por su casa hay muchos edificios colapsados. Pasan los días, yo no voy al Rébsamen. Mi casa parece un albergue, se están quedando aquí más familiares. El 22 de septiembre mi hermana anota en su diario: «Hoy terminan los tres días de duelo nacional, todo este tiempo se izó la bandera a media asta, gracias a Dios estoy viva y mi casa en pie. No tenemos agua pero sí gas y luz».
En la televisión dicen que esta tragedia es difícil de comprender. Yo no sé lo que es una tragedia, y quizá, a esta edad, treinta y dos años después, tampoco lo sepa. Mi hermana mayor no usa esa palabra, a ella le parece una pesadilla, lo dice, es terrible, no reconoce la ciudad. Tiene hepatitis, ya la tenía antes del 19, pero ahora le parece insignificante su enfermedad, frente a eso que vive la ciudad. ¿Cuántos muertos?, imposible saberlo en ese momento.
A veces las macetas colgantes dan vueltas y vueltas. Real o ficticiamente, no lo sé. Mi padre mejor las quita. También fabrica una alarma casera. Un viejo polín sirve de base, encima un anillo metálico conectado a una chicharra de escuela, dentro del anillo un péndulo metálico que cuelga desde lo alto del techo con un cordón de cortinero, si el péndulo toca la pared del anillo la chicharra suena. Entonces hay que dejar lo que se está haciendo y salir rápido. Pasan los días, el tenor mexicano Plácido Domingo sigue ayudando con los voluntarios. En el diario alguien escribió que dentro de treinta años se vivirá un temblor similar. La gente habla de los topos, en la televisión entrevistan a uno al que le apodan La Pulga. El 27 de septiembre otra réplica, mis primos y yo salimos asustados, apurados por los adultos. En algún hospital colapsado, rescatan a un bebé de nueve días de nacido; la gente se conmueve y habla de eso. Yo no entiendo cómo pudo sobrevivir y no pregunto, no pregunto pero me quedo mucho tiempo pensando en eso, un bebé entre los escombros.
Cuando mi hermana mayor le explica a mi otra hermana, más de una semana después, el miedo que experimenta permanentemente, le dice, «siento que tiembla todo el tiempo pero lo único que tiembla es mi cuerpo». La menor, que es más madura y que ha reaccionado asombrosamente ecuánime, intenta calmarla, cuidarla. Mamá va con las damas voluntarias del Banco de México, al Xoco, a la Cruz Verde, pues necesitan ayuda para ordenar las medicinas y víveres que están enviando a los damnificados. El día 30 de septiembre mi hermana consigna en su diario lo que escucha en la radio, que se han dado unos 80 movimientos telúricos, sólo tres de importancia, y que justo ese día, 30 de septiembre, «murió el que inventó la escala de temblores». No parece una coincidencia tampoco. Para entonces ya tenemos clases, y la barda del Rébsamen está reconstruida o ya no está, no recuerdo.
Jacobo Zabludovsky pide serenidad y calma al pueblo, mi hermana piensa que ella no sería buena reportera. El presidente felicitó al pueblo por la solidaridad mostrada. Papá guardó en la cajuela del carro un garrafón de agua. Todos dormimos en la sala y vestidos para poder salir rápido en caso de una réplica. A mi hermana todo parece provocarle tristeza, vive en angustia. «Yo no quiero sobrevivir para contarlo sino para olvidarlo», escribe en su diario que deja abierto sobre la mesa y que yo leo en secreto. Y pienso que yo ahora, aquí, lo estoy contando. Contando justo aquello que ella intentó olvidar. Acaso siempre sea así, alguien cuenta las cosas y otro las olvida; amnesia y memoria, movimientos hermanados, caras de la moneda del fatum, lanzada al aire. Un bolado que tarda treinta y dos años en caer, y que se escribe de muchas formas.
La verdadera poesía es máxima sincronicidad, escribe Víctor Toledo en Poética de la sincronicidad. La lengua de Adán y Eva. Y yo pienso que alguien ha dicho que la mirada del poeta hace que un día cualquiera al pasar frente a un muro, ese muro deje de ser simplemente un muro, y se convierta en algo más. Pienso en los dos muros, el transfigurado por la mirada poética y el muro del Rébsamen, que yo vi a mis ocho años, ahí en el piso, transfigurado también, pero materialmente, en piedras desordenadas y amontonadas. El miedo, de alguna manera, también es máxima sincronicidad, pienso.
Pero recordar, hacer memoria, intentar narrar eso que uno recuerda, parece disolver el tiempo, si la narración anula el tiempo, y su efecto parece sintetizarse en la idea de que el tiempo no existe, sucede lo mismo con el miedo, el miedo también es asincrónico, y entonces el 19 de septiembre deja de tener año, deja de ser fecha, y se convierte en cifra, la cifra de un miedo que parece atemporal, ahistórico. Treinta y dos años parecen un puente falso, el tiempo histórico colapsa, y el miedo y la memoria y las palabras, parecen entrar en esa zona que recién se abre así, como por azar.
DIOS OSCURO
Martes, gran sismo, epicentro entre Puebla y Morelos, 7.1 de magnitud. Esta vez sentí que moriría. Primer piso de la universidad, interrumpir la clase de guionismo; ver cómo se mueve el edificio, las bancas de metal golpeando entre ellas, las gruesas columnas de concreto agitándose, escuchar vidrios de ventanas que se rompen; salir todos con premura; alcanzar a decir a los muchachos, «no corran», como un eco imposible de la voz de mi maestra de primaria, repetido absurdamente. Conmoción general, unas alumnas lloran. Largo camino de evacuación, del salón al jardín central, cruzando un pasillo que sentí que se caería. Luego horas de angustia, sin poder comunicarme con nadie. Sin luz y sin teléfono en mi casa, escuchando un radio de pilas. Y de pronto ese aparatito, ese radio de pilas, la fecha precisa, el miedo que se siente mientras uno escucha las noticias, hacen que la memoria conecte con la sincronicidad. No un déja vu sino algo más sobrecogedor, algo tremendo, como si rasgaran la realidad y se descubriera de golpe una lógica distinta, oculta, sin tiempo ni espacio, una suerte de Dios oscuro moviendo los hilos. A las once de la mañana se había programado un simulacro, justo por la fecha, y a la una de la tarde con catorce minutos, sin que sonara la alarma, todo se cimbró, en una coincidencia siniestra. Sí, otra vez es 19 de septiembre, y entonces todo parece salirse de su lugar, moverse a otra región, en un tiempo distinto; como si uno se desplazara apenas unos milímetros y una veladura cayera. Como si uno ahí, estúpidamente sentado en la cocina, sin luz, escuchando el radio de pilas, cambiara de pronto de paralaje y se entrara en un fatum, más allá de la historia.
Me entero de golpe en Facebook sobre el derrumbe en el Rébsamen. Mi primo, que vive cerca, está ahí removiendo escombros. La sincronicidad de nuevo en forma de miedo, un agrietarse. ¿Por qué precisamente me entero de esa escuela primaria y no de otra? Regresan los pasillos del Rébsamen, los míos, los de mi niñez, y también regresa el olor a muerte que flotaba en la ciudad, mis ocho años, aquellas ruinas, una ciudad destruida; y de pronto un montón de recuerdos salen quién sabe de dónde, imágenes en tropel. Nino Canún en la televisión, dando listas de nombres, un inventario de cadáveres o de desaparecidos. La avenida División del Norte con las ventanas de los segundos pisos al ras de la banqueta. El susurro de los adultos hablando de los edificios colapsados, casi en silencio, para que los niños no nos enteráramos y no sintiéramos miedo. La maleta con las escrituras de la casa, víveres y una linterna de pilas, puesta ahí en la puerta de la casa, a la mano. Las camas improvisadas en la planta baja para salir rápido si era necesario. Unos autos aplastados como si fueran de juguete, en la planta baja de un edificio que como un acordeón se vino abajo sin desplomarse por completo. La espera indefinida de una nueva réplica. Cosas diminutas que uno cree olvidadas y que de pronto regresan, treinta y dos años después, y se seca la boca y no son diminutas y el miedo es cíclico. Y me doy cuenta que de alguna manera esa paranoia se metió un poco dentro de mí, ese absurdo esperar aquella réplica que nos sacaría de la cama en plena madrugada. Quizá por eso en el 2009 escribí Código de barras, una obra de teatro sobre un terremoto que deja a cuatro personas atrapadas en los escombros de un supermercado; después del estreno jamás la volvimos a montar, la intenté borrar, aquella escenificación me pareció tonta, irrespetuosa, de más.
Y sí, es de nuevo el decimonoveno día del noveno mes, pero es 2017 y estoy sentado en mi cocina, escuchando en la radio portátil que en Cholula, sobre la pirámide, las torres de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios se han derrumbado. Y sí, es de nuevo diecinueve pero no hay cambio visible de paralaje, ni revelación de un fatum más allá de la historia, es sólo miedo. Miedo físico y metafísico, a causa de la coincidencia inverosímil. Pienso con angustia en la escuela de mis sobrinos y en mis familiares que viven en la Ciudad de México. Se mandan mensajes por teléfono celular que no llegan, se piensa también en los mensajes que nos están enviando que tampoco llegan. Una red invisible de mensajes que no llegan y que llegarán a destiempo, inútiles, cuando ya no signifiquen nada, o simplemente mensajes perdidos, escritos rápidamente, que ya nunca llegarán.
Justo hace treinta y dos años mi primaria sólo tuvo una barda caída, pero esta vez la escuela Enrique Rébsamen quedó derrumbada. Pienso eso, pienso que no es una coincidencia, que hay allí un signo. Luego me doy cuenta que desvarío; en realidad no hay signos, no puede haberlos, intento ser realista. Sensación de profundo misterio, miedo por esa coincidencia, que de alguna forma secreta y siniestra, parece no serlo. Miedo sincrónico. Niños atrapados bajo los escombros, en ese preciso lugar, ese espacio en donde yo jugué y crecí, niños que pudieron haber sido yo hace treinta y dos años o viceversa. Recuerdo los tubos de metal color rojo, como de bomberos, que había instalados en aquel edificio, adosados a los barandales; recuerdo los simulacros que hacíamos frecuentemente después de aquel año de 1985. «No corro, no grito, no empujo», letreros en cada descanso de la escalera y junto a la tiendita. Yo era jefe de grupo y tenía que sonar un silbato para salir de los salones cuando sonara la alarma. Primero bajaban las niñas que se tiraban con algo de miedo en los tubos metálicos, que nos recordaban a los superhéroes de las películas; después los niños, y al final el maestro o la maestra responsable del grupo. Recuerdo que mi mamá llevaba frecuentemente el Ford Fairmont a un taller mecánico que los hijos de la dueña del Rébsamen tenían junto a la escuela; aquel coche se calentaba a cada rato y había que echarle agua al radiador constantemente. Veo incrédulo las fotos que circulan en la red: arriba de ese antiguo taller hicieron ampliaciones, al parecer esa es la parte de la escuela que colapsó. Veo la fotografía en el monitor, en el patio que aparece lleno de escombros, pasé casi toda mi infancia. Estudié de primero a quinto de primaria, después, justo por el terremoto, mi familia y yo nos mudamos a Puebla y nunca volví a poner un pie ahí. Mi padre trabajaba para el FIRA, un fideicomiso del Banco de México, que por aquella época fue de las pocas instituciones que sí aplicó la política de descentralización que tanto pregonaban como algo urgente en la planeación urbana. Salimos de ahí, de la capital. Llegué a provincia, a estudiar entre desconocidos mi sexto año de primaria, en una escuela que tenía una edificación de ciento veinte años, una especie de castillo histórico en donde se había refugiado Madero y que paradójicamente parecía más seguro, más sólido, que cualquiera de las escuelas construidas recientemente. Me adapté a Puebla más rápido que mis hermanas, que aún querían seguir escuchando a Jaime Pontones y su Utopía radiofónica transmitida desde Rock 101. Mi padre, al llegar a la nueva casa, ya no armó una alarma sísmica, sino que tuvo que ingeniárselas para hacer una antena que captara la voz de Pontones, para que mi hermana mayor pudiera dejar de sentirse nerviosa y exiliada. Era, ahora lo pienso, una suerte de terapia. Aquel año comprendí, sin quererlo, una disyuntiva: mudarse o enmudecer. O buscábamos la aparente normalidad, olvidando poco a poco lo acontecido y dejábamos de hablar del sismo, o nos mudábamos definitivamente de aquella ciudad que nos había dejado imágenes de destrucción y paranoia. Mudarse o enmudecer: repito eso ahora, de forma extraña. Suspensión de clases en la universidad, suspensión de mi programa radial de los martes. Necesidad de ayudar de alguna manera, de forma inmediata. Y al mismo tiempo no saber cómo ayudar, ni dónde. Un tiempo muerto, lleno de ansiedad.
Y junto al miedo y la sincronicidad, la urgencia por negarlos. Percatarse de que justo en esa negación, hay algo secreto que los une. Darse cuenta, comprender de una forma no racional, que uno es impotente y partícipe de esa especie de trama secreta.
Darse cuenta que uno es inútil, a pesar de las buenas intenciones y de la organización espontánea de la dichosa sociedad civil, término que a mí me parece inventado por Monsiváis justo a partir de la experiencia de 1985. Sin cronos, sin aprendizaje, hoy de nuevo el sismo y la desgracia han revelado la ausencia de la reacción eficaz del Estado, su virtualidad, la corrupción expandida como un cáncer, la desigualdad, ese otro gran terremoto. Y por otro lado la movilización de la gente, la energía de mujeres y hombres que todavía son capaces de sentir empatía por el otro. Las redes sociales bombardean con información y denuncias, llamados de auxilio, la misma mierda en ciertos sectores del gobierno, intentos de jugar con la desgracia a su favor, confiscar las donaciones y los víveres para después repartirlos a nombre suyo. Mandar remover escombros con maquinaria, aun sabiendo que hay o puede haber sobrevivientes. Desalojo violento de socorristas. Indignación, polarización. Mi primo sabe que yo estudié ahí; llegó a División del Norte y vio el río
de gente que iba al mismo lugar, sobre todo médicos de la clínica 32 y muchos muchachos de la prepa 5. En Facebook escribió al día siguiente lo que vivió:
Apenas había pasado el terremoto y ya estaban allí cientos de personas organizadísimas, ya habían ido por los carritos de un supermercado para retirar los escombros, ya habían formado una valla para pasar cubetas de mano en mano, ya estaban repartiendo tapabocas, ya estaban organizando el tráfico en ausencia de los policías, ya estaban descargando garrafones de agua y cajas de suministros, ya estaban consolando a los que necesitaban consuelo…
En el libro Poética de la sincronicidad, que gané por azar en una emisión radiofónica de Radio BUAP, Víctor Toledo habla de un amigo suyo que en 1995, durante un congreso en Colima, se había ido a Manzanillo a descansar, y se había hospedado justo en el hotel en donde le habían dicho que no lo hiciera, pues diez años antes, en el terremoto de 1985, había sido fuertemente afectado. Toledo cuenta que ese amigo que se había salvado de milagro en 1985 por levantarse de su cama a tomar agua justo en el instante del terremoto, diez años después murió ahí, en ese hotel de Manzanillo, en el sismo de 1995. «El mismo temblor lo perdonó y lo mató», escribe Toledo. Mientras tanto, yo sigo meditando la conexión misteriosa que opera entre el miedo y la sincronicidad. Pero no llego a nada, no sé pensar aquello, dejo esto en puntos suspensivos, porque si no habría que empezar de nuevo a recordar aquel jueves en el que tenía ocho años, eran casi las siete de la mañana e iba al colegio Enrique Rébsamen.