Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
En esta crónica, Rodrigo Jardón nos pasea entre los elementos más icónicos de la cultura mixteca que se encuentran enraizados en las comunidades oaxaqueñas de California, Estados Unidos.
Nacimos en la pobreza porque Dios quiso que viva-
mos en este lugar. Aunque el mixteco salga, luego
se arrepiente y regresa a su tierra porque lo llama la
Virgen Magdalena y tiene que obedecer su llamado.
Y otros, los que salen lejos y andan muchas leguas,
cuando les cae encima la enfermedad, recuerdan que
aquí nacieron y regresan a morir a su tierra.
Fernando Benítez, Los indios de México .
XIXI
Mi abuela Adelaida tiene la creencia de que el cordón umbilical de un recién nacido debe ser enterrado bajo un árbol en el lugar donde el bebé fue parido, una antigua tradición de las comunidades indígenas que le da a la criatura un sentido de arraigo a la tierra: un hogar. En la década de 1940, Adelaida emigró a la Ciudad de México desde la Mixteca Alta de Oaxaca en busca de aventuras y una mejor vida. Cincuenta años más tarde regresó para construir una pequeña casa en Santiago Nundiche, su pueblo natal.
La palabra «Xixi» significa «tía» en lengua mixteca y es como los jóvenes llaman respetuosamente a una mujer mayor como Adelaida en los pueblos de la Mixteca Alta, región que por su complicada geografía aislada entre valles y montañas, ha conservado fuertes rasgos de su identidad prehispánica, como si el tiempo se hubiera detenido.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
FRESNO YOSEMITE INTERNATIONAL AIRPORT
El perro policía se alborota, mete la nariz entre la enorme bolsa llena de tlayudas y la caja de huevos amarrada con mecate donde la señora de canas trenzadas ha empacado mole, chocolate y chapulines. El oficial jala la correa del canino y le sonríe a la anciana sin obtener respuesta, ella está ocupada discutiendo con su esposo, un hombre pequeño y bigotón que usa sombrero y viste chamarra de mezclilla con borrega.
No hay ningún turista típico a la vista, es evidente que la vida de la mayoría de personas en esta fila de migración está ligada al campo. El par de viejitos camina lentamente hacia la agente que no les pregunta nada, sólo los mira y pide sus papeles. La mujer de trenzas mete la mano en el hueco entre su pecho y su rebozo gris para tomar un sobre con dos pasaportes y sus tarjetas de residentes permanentes (la green card )
Dos jóvenes reciben a la pareja en el área de llegadas del pequeño aeropuerto adornado con secuoyas falsas. Los llaman desde lejos «Xixi y Xitó»: tía y tío.
FRESNO CITY
La televisión muestra un documental sobre el asesinato de John F. Kennedy. Elio se levanta y corta una sandía, su fruta favorita, luego toma un par de botellas de agua del garaje; aquí el agua de la llave no se puede beber porque está mezclada con los químicos utilizados para regar los campos. Regresa al lado de su padre, termina su plato de sandía y ambos caen dormidos.
El graznido de los cuervos anuncia el amanecer, las últimas estrellas de la noche se van perdiendo entre las siluetas que delinean el maizal, para donde uno voltee hay field . Adormilado, Elio se rasca el bigote y toca la puerta del cuarto de sus padres para despedirse de ellos en el mixteco de la región de Santiago Juxtlahuaca mezclado con algunos términos en español, un idioma poco utilizado en esta casa.
A diferencia de la generación de sus padres, Elio no trabaja en el campo sino que acude a la Universidad de Fresno State. Hace varios años, él y otros jóvenes de la comunidad oaxaqueña de los valles centrales de California, inmigrantes o hijos de inmigrantes principalmente mixtecos, zapotecos y mixes que llegaron a la universidad, comenzaron a organizar el Oaxaqueño Youth Encuentro (OYE), un espacio para hablar de la doble discriminación que sufren por ser mexicanos y por ser indígenas.
Antes de formar parte del OYE, Elio quiso cumplir sus sueños con un grupo de coaching motivacional llamado Visión Efectiva, uno de los mayores fraudes del mundo contemporáneo que opera torturando psicológicamente a sus víctimas, haciéndolas sentir miserables para después venderles cursos de cómo ser exitosas y poner en práctica sus aprendizajes al reclutar a otras. Según él, la mayoría de los asistentes son oaxaqueños provenientes de comunidades muy pobres que dan todo su dinero a esta secta. Los que pertenecen a ella se identifican con un saludo especial doblando el pulgar hacia adentro, como si contaran cuatro.
Por el contrario, en el OYE se ofrecen talleres como: «Derechos legales para inmigrantes», «Cómo valorar el conocimiento no escolarizado», «Identidad indígena e identidad sexual» y «Cómo descolonizar tu dieta», reuniendo a casi 100 adolescentes en las montañas de Tulare County una vez al año durante el otoño, con la intención de sanar las heridas provocadas por la discriminación. Para los organizadores, preservar su cultura oaxaqueña no es sólo un tema folclórico sino una forma de resistir los abusos de un mundo que históricamente los ha tratado como inferiores. Es por eso que Elio maneja a tempranas horas de la mañana a través de los caminos que delimitan los campos de maíz, y que al salir el sol se convierten en calles que desembocan en la ciudad de Fresno, para recoger de las oficinas del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales los trajes y vestidos típicos de Xiadani del Valle, el grupo de baile folclórico al que él pertenece.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
Un letrero en la avenida Van Ness anuncia Fresno: The best little city in the U.S.A. El auto de Elio pasa frente a un car wash , los Bail Bonds, un Pare de Sufrir, la Taqueria Yarelis, famosa por el gigante Burrito Anaconda y licorerías merodeadas por vagabundos, todos estos lugares adornados con banderas norteamericanas. Fresno es la ciudad más deprimida económicamente en la región de California, el llamado Estado Dorado, y una de las más pobres de los Estados Unidos. Lo que los gringos llaman The wrong side of the tracks.
WEST FRESNO
Con una mirada penetrante, desde la sombra que produce la visera de su gorra, Rey mira fijamente a los ojos de las personas cuando les estrecha la mano. Con su enorme cuerpo carga una montaña de sacos, látigos y máscaras de madera para ponerlos en la cajuela de su automóvil. Antes de acomodar las cosas toma uno de los látigos y lo azota una y otra vez en el estacionamiento del parque de remolques donde vive con sus dos hermanos y su madre; ella los trajo aquí desde el pueblo de San Miguel Cuevas, Oaxaca, cuando eran niños.
Cansado, se sienta en el borde de la defensa del auto, deja el látigo y toma las chiveras, tiras de cuero cubiertas de pelos largos de animal con las que los danzantes del Baile de los Diablos y el Baile de los Rubios cubren sus pantalones. Con una delicadeza que contrasta con el latigueo anterior comienza a peinarlas y piensa: «Esto es muy caro… You know? »
Dentro de la casa está Jorge, el hermano mayor de Rey, pintando obsesivamente cuadros que muestran a personajes de las celebraciones mixtecas, hombres posando con máscaras de diablos, mujeres con vestidos de manta, un guerrero jaguar y un campo agrícola con jornaleros. Entre un cesto de frutas, algunos tópers y latas de refresco vacíos, las pinturas vinílicas de Jorge permanecen a la mano, su brazo encogido sostiene el pincel que traza el marco garigoleado de un cuadro mientras él mira de reojo a Leonardo DiCaprio y Cameron Diaz bailando en Gangs of New York : lo emociona la fantasía romántica de algún día conocer una chica que lo ame incondicionalmente.
Al fondo persiste el sonido de una máquina de coser proveniente de un cuarto esquinado y cerrado con seguro, aparentemente el único con acceso a luz natural. Detrás de la puerta hay una mujer cosiendo pedazos de tela, remendando vestidos, haciendo y deshaciendo mecánicamente piezas de ropa para conseguir dinero y comprar comida, principalmente para ella y Jorge, quien jamás ha conseguido trabajo debido a su autismo.
Con todas las máscaras, chaquetas y látigos adentro de la cajuela, Rey se dirige a una gasolinera para llenar el tanque y comprar un breakfast burrito . Los hombres de la fila para pagar los alimentos traen puestos gorras o sombreros: la mitad se ve muy joven, la otra mitad muy vieja. Algunos sostienen cajas de cerveza con sus manos callosas: es fin de semana y están lejos de sus familias. Rey prende el motor una vez más y pone un álbum del rapero 50 Cent: Get Rich Or Die Tryin’ . El sol californiano de la mañana hace que su piel morena brille y se vea dorada.
CALWA PARK
Miguel supervisa el montaje del escenario principal, su largo cabello amarrado en una sola trenza y a rape de los lados no sólo le ayuda a soportar el calor húmedo del Calwa Park sino que le da un aire heroico a sus rasgos indígenas. También conocido por su nombre artístico como Una Isu, «Ocho Venado»,(tributo al rey mixteco Ocho Venado Garra de Jaguar), Miguel es líder de su comunidad y un rapero profesional trilingüe que mezcla en sus canciones el mixteco con el inglés y el español.
El olor a barbacoa de borrego llega envuelto en humo desde la esquina de los foodtrucks estacionados en el parque. Una familia calienta el manjar, preparado la noche anterior, al lado de las tlayudas de tasajo y chorizo, el mole, pozole, chocolate, tejate, chapulines y otros platillos típicos de Oaxaca. Los aromas que recorren los puestos traen recuerdos de las abuelas cocinando con ollas de barro en sus casas de adobe. Para los niños hay nieve tradicional de leche quemada.
Elio arregla los trajes en el perchero colocado dentro de una carpa ubicada detrás del escenario de baile; poco a poco sus compañeros de grupo van llegando. Las mujeres se prueban vestidos y ponen maquillaje, y los hombres amarran sus cintos encima de la ropa de manta. Sus hijos los esperan jugando en los columpios.
Mientras su carrera en el rap despega bajo el nombre artístico de Mixteko, siguiendo los pasos de Una Isu, Rey trabaja en la organización Centro La Familia por la defensa legal de los migrantes, apoyando en la difusión y la realización de eventos para recaudar fondos. Coloca una mesa con mantel azul y sobre ella varios folletos: «¿Abuso doméstico? NO MÁS / Domestic abuse? STOP», «Conoce tus DERECHOS / Know your RIGHTS», «Atención beneficiarios DACA / Attention DACA beneficiaries». Una mujer lleva a un niño tomado de la mano y otro en su rebozo, se acerca temerosa a mirar la mesa. Rey le da un bonche de folletos, un par de plumas y una gorra.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
Al fondo del parque, frente a las paredes grafiteadas que lo separan de un conjunto residencial, se extiende un mercado con artesanías de barro negro, alebrijes, sarapes, sombreros, morrales, ceniceros de pasta decorados con soles aztecas, collares, aretes, rebozos, huaraches, juguetes de madera y playeras de Frida Kahlo. Entre huipiles bordados triquis, istmeños y mixes, una muñeca rubia viste un traje tricolor híbrido, típico de las meseras de Sanborn’s.
Un padre le ajusta a su hijo una máscara de luchador, no precisamente oaxaqueña pero sí asociada a la cultura mexicana; la paga con billetes verdes cuando repentinamente comienza el estruendo de la banda de viento. Todos voltean a ver la silueta de un monstruo: se ve gigante por los cuernos que adornan su cabeza, porta una máscara de diablo y camina tomado de la mano con dos niñas. Le sigue una docena de diablos bailarines que levanta el polvo con su zapateado y el golpe de sus látigos.
GUELAGUETZA
En años recientes, la mezcla cultural entre México y Estados Unidos ha abierto nuevos caminos identitarios a través del arte, con generaciones enteras de niñas y niños indígenas nacidos o llevados a distintos estados de la Unión Americana que hablan su lengua materna en casa y la mezclan con el inglés que aprenden en las escuelas. Ellos han encontrado en el lenguaje universal de la danza y la música una forma de preservar sus raíces a pesar de las fronteras, creando así nuevas identidades como en el caso de los «oaxacalifornianos».
Una vez al año, a mediados de septiembre, los oaxacalifornianos de Fresno y sus alrededores recrean en el Parque Calwa el evento más importante de su comunidad: la Guelaguetza. Con orígenes en la época prehispánica, en esta celebración de identidad indígena tanto niños como personas de tercera edad participan en las danzas folclóricas tradicionales como el baile Flor de Piña, baile del Torito Serrano, jarabe ejuteco, jarabe mixteco, los sones istmeños que se bailan con huipiles de tehuana o la Danza de la Pluma, que retrata simbólicamente la conquista de los españoles sobre el Imperio azteca.
La Guelaguetza es representada por muchos otros grupos de mexicanos que viven en los Estados Unidos, orgullosos de sus costumbres, música, forma de pensar y valores. Pero aquí, por la concentración de población mixteca del municipio de Santiago Juxtlahuaca, destacan la Danza de los Rubios —que representa la vida rural de los hombres mixtecos quienes al final de su jornada de trabajo prenden fogatas y beben aguardiente—, así como los terribles monstruos de la Danza de los Diablos, una tradición que parece salida de una pesadilla del fin del mundo.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
Actualmente existen una decena de grupos de diablos en Fresno como el Nosave y el Nuu Yuku, entre los cuales hay conflictos sobre la autenticidad de sus bailes: están los más conservadores, quienes piensan que las máscaras no deben ser modificadas ni siquiera con la laca para proteger la madera, hasta los que hacen máscaras con influencia de personajes de la cultura popular estadounidense como Spider-Man, los Transformers o los Power Rangers.
Los bailes son representados en fiestas patronales y carnavales de Oaxaca, donde se danza la chilena mixteca y se portan máscaras, chiveras, lazos, látigos, sacos, botas y paliacates de colores para contagiar el entusiasmo a todos los espectadores.
Cuando los migrantes de Santiago Juxtlahuaca se estaban organizando aquí, hace más de 15 años, sólo tenían un grupo de baile y cualquiera era bienvenido; eran tiempos en los que todos tenían un fin común. Al asentarse y cubrir sus necesidades básicas con trabajo y vivienda fijos, cada quien «jaló agua para su pozo»; pareciera ésta la naturaleza de los grupos humanos en el proceso de la globalización.
CASA SAN MIGUEL
Cadenas de papel picado de colores rezan: «Bienvenido a San Miguel». ¿En dónde está Mixteko?», preguntan unos niños a sus padres. Rey, quien algunas veces realiza en las fiestas presentaciones en vivo de sus temas de rap, llegará tarde a la celebración porque tuvo un evento de fundraising de su trabajo.
No importa, un primo abre la primera Bud Light y la bebe mientras sostiene a su hijo en el regazo; van llegando los demás primos, cargando 12 packs y acomodan sus sillas bajo un árbol en la esquina de las calles Santa Clara y B Street, en el barrio conocido como Casa San Miguel. La comunidad migrante originaria del pueblo de San Miguel Cuevas en Oaxaca, México, celebra su fiesta patronal por el día de San Miguel Arcángel, jefe de los ejércitos de Dios, el 29 de septiembre de cada año.
Tras atender al saludo de la figura del Santo Patrono, adornado con cientos de flores y veladoras en una vitrina colocada al centro del garaje de la casa del mayordomo, los asistentes son invitados a sentarse. Las tías salen, entran y vuelven a salir de la cocina apareciendo platos de mole negro con pollo y arroz rojo. Los ponen al lado de las tortillas envueltas en servilletas bordadas, sobre las mesas de plástico rentadas, abarrotadas de botellas de Coronitas que hombres y mujeres beben por igual.
Una vez que todos han comido, por fin es hora de que entren los diablos, el orgullo de la comunidad. Sorprende la cantidad de niños y niñas involucrados. Rey —Mixteko— aparece en su Honda blanco, salió tarde de trabajar porque al final del evento de beneficencia en el cual fungió como mesero se quedó tomando de las botellas sobrantes. Se sienta con los primos, está muy cansado para bailar pero no para ayudarlos a terminarse las Bud Light. Mientras las tías recogen, Rey y sus amigos Eddie y Joseph siguen bebiendo hasta olvidar si están en California o back in Oaxaca .
Al caer la noche, una patrulla se detiene en el extremo de la calle todavía cerrada, con niños corriendo, baños portátiles y hombres disfrazados de diablos. Un oficial desciende de ella; se queda unos minutos a observar el baile, luego pregunta si todo está en orden. Uno de los primos corre a decirle que no hay ningún problema.
Rey, con la mirada fija que lo caracteriza, observa en silencio el baile y piensa en su traje guardado en la cajuela, el que no pudo sacar en la Guelaguetza por estar atendiendo su puesto de volantes y que tampoco se pudo poner hoy porque llegó tarde y cansado.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)
Cuando Rey se viste y baila como diablo se transforma en otra persona, se olvida de todo, de las peleas familiares, de su novia celosa, de la falta de dinero y de sus problemas con la ley. Él siempre bromea con sus amigos: Dancing gets me high . Bailando piensa en cómo sería su vida si se hubiera quedado en el pueblo cuyas tradiciones tanto añora, sin haber ido a la escuela, sin dinero, sin la oportunidad de grabar sus discos de rap y seguramente sin los breakfast burritos que tanto le gustan. Sabe que algunas veces es más fácil querer de lejos porque sólo se tiene la idea abstracta de algo, cuando se vuelve real se pierde la ilusión. ¿Es ésta su naturaleza por no ser ni gringo ni mexicano, ni oaxaqueño ni californiano? Para él no será fácil encontrar su lugar en el mundo y lo tiene muy claro.
Rey regresa a casa y estaciona su auto. Antes de apagarlo, los faros frontales iluminan las escaleras de madera en donde yace tirado su hermano menor con las manos tiesas, juntas entre sus piernas como si estuviesen amarradas a sus botas puntiagudas: «Anduvo de loco». El sombrero le cubre la cara y al levantarlo para llevarlo a la cama, Rey queda embarrado de su saliva. Es imposible no pensar en los hombres tirados en las calles después de las borracheras en los pueblos de la Mixteca, los compadres felices que no pudieron abrir la puerta de su casa o los hombres tristes y solos que simplemente no tienen a dónde ir.
Su madre despierta con el ruido que hace al entrar a casa arrastrando a su hermano, les grita reclamos en una lengua que sólo entiende la gente de San Miguel Cuevas, la especificidad del mixteco en cada pueblo es producto de su aislamiento en feudos durante cientos de años. Jorge está muy aturdido, pero es difícil decir si realmente está asustado, no levanta la mirada de su cuaderno de rayas en el que practica su escritura con la misma frase una y otra vez: I deserve to be loved . Rey lo abraza para tranquilizarlo y le dice en voz baja y serena: Don’t worry. I’m gonna make it and when I make it, I’m taking you with me .
Autores
(Ciudad de México, 1987) es fotógrafo documental enfocado en los efectos de las políticas económicas globales sobre pequeñas comunidades.
Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)
Rafael Gumucio resalta la lucha interna y externa del legendario físico y poeta por librar a la poesía de la solemnidad, y nos recuerda que el legado de Parra no sólo es la antipoesía, sino también la resistencia.
La historia de la antipoesía contada por Nicanor Parra es la de un combate lento y complejo para poder decir en voz alta lo que pensaba en secreto y silencio desde que nació en San Fabían de Alico, sur de Chile, en la primavera del año 1914. Su infancia y adolescencia las pasó en Lautaro, Santiago y Chillán, cerca de cementerios, prostíbulos y circos pobres. Quizá por eso no pudo creer en ninguno de los grandes metarrelatos de su época. La belleza y la pureza le resultaban mentiras piadosas. Le parecía que la poesía al intentar embellecer el diálogo, olvidaba justamente el poder de la real conversación. Le interesaba la realidad real, pero sabía que hablar de eso, de todo eso, lo obligaba al peligro de quedar expuesto y solo en un mundo cultural que se dividía entre el surrealismo místico del grupo Mandragorista y su maestro Vicente Huidobro y la retórica fundacional de Pablo Neruda y su banda.
Así, poder hablar, permitirse el derecho a hablar, fue su único combate. Preguntas que a finales de los años cuarenta pasaron de su cabeza a su garganta, y de ahí a sus pulmones impidiéndole a comienzos de 1952 pronunciar ninguna palabra de más de dos sílabas.
Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)
«Cuando niño, yo me asustaba mucho con las caras, con los trajes y con las voces de los interlocutores, y quedaba prácticamente inhibido para comunicarme —les decía a los estudiantes de la Universidad de Chicago en 1987, invitado por el catedrático americano René de Costa a dar un seminario sobre su poesía—. Quedaba pegado, por ejemplo, en un par de anteojos; si alguien me miraba con unos anteojos chiquititos así, entonces yo me quedaba pegado en los anteojos, o en si la nariz era demasiado gruesa. De eso se trataría, de encontrar un método que le permita a uno efectivamente llegar al interlocutor, sin enredarse, sin quedarse pegado en el mar de Sargazos. De a poco empecé a perder la voz. Podía decir palabras aisladas: árbol, árabe, sombra, tinta china. Pero juntar las cosas no podía. Por ejemplo: podía yo decir “qué”, “hora”, “es”, pero “¿qué hora es?” no me podía salir. No podía hablar, no era una simple especulación».
Tenía 38 años. Trabajaba como profesor de mecánica teórica, una rama de la física en la Facultad de Física y Matemática de la Universidad de Chile. Su incapacidad de hablar lo obligó a desplazarse de la docencia a las labores administrativas. Se convirtió en subdirector de la escuela. Ni joven ni viejo, era entonces un hombre delgado, moreno, casi siempre impecablemente trajeado de tweed y corbata, casi siempre serio, alerta, aun cuando lograba salir de los monosílabos usaba el tono altisonante e irrisorio de los payasos de circo pobre. Eso eran sus hermanos, rumoreaban sus colegas y alumnos en tono de burla. Los habían visto alguna vez en bares, carpas desvencijadas, cantando en prostíbulos, Roberto, Eduardo, Lautaro y Óscar (alias Tony Canarito).
La vergüenza era aún la moneda más corriente en su intercambio con el resto de los colegas y alumnos que sabían sin saber del todo una serie de rumores sobre el subdirector de la carrera, un señor formal y puntual que más o menos abandonó a tres hijos por ahí junto a su madre, Ana Troncoso, reemplazada por una misteriosa sueca igualita a Ingrid Bergman en Stromboli , de Rosellini, una película en la que una sueca, por desesperación económica, se casa con un pescador siciliano que la lleva a una miserable isla volcánica donde nadie intenta entenderla.
Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)
Sin aire, a veces el profesor repasaba su vida larga y angosta, una serie de logros que eran fracasos, un libro que ganó el premio municipal que le daba vergüenza, una beca en Oxford en que se dedicó a no estudiar nada, y la impresión de comprender todo, de tener todo más claro que nadie y no poder decírselo a nadie. «Me morí una vez haciendo clases en la Escuela de Ingeniería —le contó a la periodista Ximena Torres Cautivo en 2001—. Vi un rectángulo con mis dos manos encima: después me di cuenta de que era un libro. Fue una secuencia en tres etapas. Lo vi al frente mío, después lo mismo en negativo, el mismo rectángulo negro. De repente, volví. Estaba sentado frente a mis alumnos y eso me produjo cierto terror, una molestia tremenda. Y dije: ah, pero claro. Ellos son mis estudiantes; yo soy Parra. Habían transcurrido los nueve segundos en el ring ; yo llegué hasta ocho. Al décimo, uno está listo: knock out ».
Resucitado salía a la calle después de hacer clases y era víctima de alucinaciones criminales. Ganas de mear sobre los muros y escribir con su orina consignas terribles. Ganas de encabezar rebeliones de mendigos, ganas de morir y de matar.
«Yo estaba tartamudeando —explicaba Parra a los alumnos de Chicago— para conquistar un discurso plausible. Entonces, como los discursos no me parecían plausibles, no podía hablar. Me parecía una mentira, una comedia, hablar como habla un profesor, por ejemplo, o como habla cualquier sujeto, o como habla un poeta establecido».
«Un terror al significado, un horror al significado, una conquista, un discurso plausible», se diagnosticaba a sí mismo en la consulta del psiquiatra que le hizo ver que llevaba ya tres sesiones hablando perfectamente.
Si quiere seguir viniendo, venga, pero ya no es necesario.
Aunque hablaba, sentía que seguía siendo mudo.
Cuento eso como un hecho después de otro. La historia de un hombre de clase media atormentado por su pasado y aterrorizado por su futuro. Pero Parra contaba la historia como una leyenda medieval, como una lucha de fuerzas míticas, como una broma.
No podía hablar, ni menos escribir, así que pegoteaba palabras con Enrique Lihn y Alejandro Jorodowsky, dos jóvenes de menos de 20 años, que mezclaban en enormes cartulinas titulares y fotos del diario que luego colgaban en la calle para provocar a los paseantes.
ANTROPÓLOGOS COMPRAN MUERTOS O HERIDOS EN FRASCOS.
O
GORDO ESPECTACULAR HA SOBREPASADO TODO LÍMITE DE CONSIDERACIÓN Y RESPETO.
O
EN UN ASILO DE HUÉRFANOS SE DISPUTAN OJOS Y OÍDOS.
Quebrantahuesos , como le puso Parra por un pájaro terrible del sur, y provocó un pequeño escándalo con carabineros, y opiniones encontradas en la ciudad resfriada de 1952. Y después el silencio, la carga académica, los permisos sin sueldos, los exámenes finales. Rumiando versos mientras tanto, inventando defensas para no publicarlos, para terminar de terminar esas frases oídas de pasada en la calle. Hasta que sin aviso previo Pablo Neruda lo retó a duelo.
«A ver, Parrita, léenos algo si te atreves, lee esos esquinazos tan graciosos…».
«El poeta —abría los ojos y las manos Nicanor Parra en Las Cruces para señalarte la importancia del momento—, así se decía entonces, “el poeta”, y todo su círculo, todos esperando ahí para destruirme. No se le podía decir que no así nomás al poeta. Eso sí que no».
Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)
Y sus cejas y sus uñas amarillas crispadas para que supiera que venía el salto mortal. «Qué se hace en esos casos, me pregunto yo», se seguía preguntando Parra como si se tratara de una película del Oeste, o más cerca aún, unas coplas del Martín Fierro . Neruda quería unos «Esquinazos», unos poemas semifolclóricos que le habían gustado cuando conoció a Parra en Chillán en 1938. Parra sabía que si le daba eso se encerraría para siempre en el personaje que Neruda le había inventado. Tenía que hablar, tenía que lanzar su voz o morir para siempre. Así que, agitado, buscó entre las hojas fusiladas por la máquina de escribir. Las vacas sagradas a su alrededor sostenían el silencio. Hacía frío, como siempre de noche en La Reina, Los Guindos, Michoacán, como llamaban la casa que compartía el poeta con la Hormiguita, Delia del Carril, «tú ubicas con la Hormiguita, la mujer del Pablo». Todos eran redondos, gordos, imponentes. Sólo Parra se sostenía en sus huesos como un pararrayo al que se colgara una cresta de indomable pelo negro.
Carraspeó. Su garganta atravesó varias capas de hielo hasta encontrar la voz rotunda y falsa de sus hermanos en el circo. Esa voz que habla directamente desde los pulmones. Fingió leer el poema que sabía de memoria, porque llevaba años y años redondeando cada palabra, cada exabrupto:
Los delincuentes modernos
están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines,
provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo […]
La cara redonda de Acario Cotapos, del ex policía Diego Muñoz, la complicada cara de bandido rural de Tomás Lago, la Hormiguita Delia del Carril y las ojeras anfibias de Pablo Neruda que no entiende: «¿dónde va Parrita? ¿Qué pretende este cabro ahora?» Parra sintió la obligación de seguir, aunque el frío le hiciera doblar las rodillas y bajo sus zapatos de cuero, cubiertos de una delgada capa de polvo, se abriera un vacío de mil metros:
[…] entran a saco en los quioscos favorecidos por la muerte
e instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los
alrededores
procurando levantar un pequeño templo a la miseria
y si se presenta la oportunidad llegan a poseer a un lustrabotas
melancólico.
«Cáspita, recórcholis, sorpresa general, escándalo, silencio totaaaaal. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó aquí?», contaba Nicanor Parra 50 años después de aquel día, en casa de Neruda, en el centro mismo de su círculo, que asombrado le quitó las hojas de las manos buscando el truco:
«¿Cómo hiciste eso, Parra? ¿De dónde sacaste eso?»
Agitando las hojas para ver si caía la trampa, las palabras, algo. El resto no se atrevía a pronunciarse antes de que lo hiciera el propio Neruda, que dejó pasar varios segundos para luego levantar las cejas, el pecho gigantesco, la voz nasal, y decretar que lo aprueba total y parcialmente, que incluso lo prologaría.
Era 1954. Cumplía 40, había recuperado su propia voz, y fue el año en que, de una u otra manera, Nicanor Parra admitía haber nacido.
Autores
(Santiago, Chile, 1970) es escritor y dirige el Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales en Santiago. Su novela más reciente es
El galán imperfecto (2017).
Ilustrador
Hernán Gallo
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.
Autores
(Ciudad de México, 1985) es editor y artista en internet. Piezas suyas han aparecido en
Paper Mag , Centro de la Imagen,
Vozed ,
PICS y
The Wrong .
Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)
¿Qué hay al otro lado de la soledad? En este cuento, Atenea Cruz narra la historia de una mujer que, en medio de su nada extraordinaria rutina, encuentra un misterio que dislocará su experiencia cotidiana por completo.
Llamó al trabajo y dijo una mentira para faltar ese día. No fue difícil que le creyeran: era una empleada con historial impecable, reconocida por una puntualidad tan exagerada que irritaba a sus colegas. A Margarita le tenían sin cuidado las miradas de desagrado cada vez que se colgaba su retrato en aquella pared tapizada de fotos suyas con la leyenda «Empleado del mes»: el rostro serio, la cabeza erguida, ni un cabello fuera de su lugar; tal y como debe posarse ante la cámara. Tampoco le incomodaban los cuchicheos a la hora del almuerzo, las espaldas siempre volteadas hacia ella; ya en el colegio había tenido tiempo de sobra para practicar el fino arte de la indiferencia. Su trabajo era su vida, no tanto porque tuviera un alto cargo (a final de cuentas, no era más que una simple contadora), sino porque su dedicación y compromiso la habían vuelto una pieza indispensable en el engranaje perfecto de Tuercas y Tornillos Rodríguez, S. A.
Era una mujer de placeres simples: lo único que le causaba más satisfacción que escuchar a su patrón reiterarle que el día que ella se retirara la empresa iba a venirse abajo, era regresar por la noche a su departamento y tomar un té de azahar sentada a la mesa. Desde el octavo piso donde vivía bastaba mirar por la ventana para tener una panorámica privilegiada de la ciudad: decenas de edificios grises, idénticos al suyo; el asfalto por el que circulaban apresurados automóviles, los peatones como una hilera de las hormigas rojas a las que era alérgica. Todo era una entelequia, un universo que gustaba de contemplar como desde un telescopio.
Su departamento era más bien pequeño: una recámara, la sala-comedor, un pasillo que a duras penas podía llamarse cocina y el baño. Sin embargo, algunas tardes las paredes parecían contraerse, como si el exterior intentara derruirlas; en esos momentos Margarita experimentaba una opresión idéntica a cuando Boris, su gato, se acostaba sobre su pecho y le provoca pesadillas. Pero, en general, el departamento era el lugar en el cual se sentía más cómoda: un espacio armónico y de gusto exquisito donde los objetos se correspondían en limpio ordenamiento. Si alguna vez alguien le hubiera preguntado a qué olía la felicidad, habría respondido sin dudarlo: a cloro y a lavanda. Casi todas las religiones hablan de la pureza como un requisito fundamental para la paz espiritual y, puesto que el mundo le parecía un lugar cubierto de basura y mugre, Margarita estaba convencida de que el camino más corto a la tranquilidad del alma era una botella de desinfectante.
Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)
Por eso fue tan inesperado el descubrimiento de aquella mancha en el espejo situado encima del lavabo: un puntito negro (aproximadamente del tamaño de la cabeza de un alfiler), más o menos a la altura de su ojo derecho. Primero percibió algo extraño en su mirada, la posibilidad de tener un raspón en la retina la asustó, pero una vez pasado ese instante de sorpresa, cayó en cuenta de lo absurdo de su pensamiento: no era posible tener algo así en el ojo sin dolores o ardor. Respiró profundo un par de veces para terminar de calmarse y se dirigió al viejo tocador de su cuarto, herencia de una tía abuela solterona, como ella. La luz que entraba por la ventana fue suficiente para suspirar con alivio tras constatar que su ojo derecho no había sufrido ningún cambio.
Regresó al espejo del lavabo y lo inspeccionó con sumo cuidado. Una mancha. Una mancha en su casa. ¿Cómo era posible? Apresurada tomó un trapo, lo humedeció con líquido limpiavidrios y frotó, al principio con suavidad y después frenéticamente. Fue inútil. Por más fuerza que aplicara, aquel puntito negro se negaba a desaparecer. No supo cuánto tiempo llevaba intentando limpiar el espejo hasta que las campanadas de una iglesia cercana la sacaron de aquel trance aséptico. Miró el reloj de la sala y calculó que si tomaba un taxi llegaría al trabajo justo a la hora de entrada y no con sus acostumbrados 15 minutos de anticipación. Estuvo de mal humor el resto del día.
Esa noche, apenas volvió a casa, se despojó del saco sastre y se dedicó a tratar de eliminar aquel punto. Probó con todos los limpiadores que tenía (que no eran pocos), incluso los abrasivos, a riesgo de estropear el espejo. De nada sirvieron. Intrigada por el origen de la persistente mancha, Margarita se fue a la cama sin cenar, aunque no pudo pegar el ojo hasta bien entrada la madrugada.
Por la mañana, apenas se levantó, corrió al espejo y contempló con azoro que en una sola noche el punto había triplicado su diámetro. Margarita se talló los ojos con furia, en un intento por despejarse de la modorra y arrancar de su vista aquella mancha que parecía haberle quemado la retina como cuando se mira el sol. Pese a que tuvo el presentimiento de que sería en vano, pasó de nueva cuenta un trapo con cloro por la superficie del espejo. La mancha permaneció incólume. Con todo y desazón, Margarita logró recomponerse y decidió que no podía desperdiciar el tiempo del mismo modo que la mañana anterior. Tomar taxi más de una vez a la semana era un lujo innecesario. Quizá fuera la falta de sueño, lo cierto es que le temblaban tanto las manos que no pudo siquiera prepararse un café, así que optó por abandonar su hogar cuanto antes. Si había oportunidad, ya en la oficina se prepararía un té de manzanilla, aunque fuera de bolsita.
La noche en vela afectó su capacidad de concentración a tal grado que incluso un par de compañeros, acostumbrados al actuar enérgico y diligente de Margarita, se mostraron extrañados ante la lentitud de sus movimientos y constante titubeo. No obstante, lo que al principio fue una contrariedad, más tarde se convirtió en una ventaja: sus equivocaciones a lo largo del día la obligaron a olvidarse de aquel condenado punto casi por completo. Camino a casa acarició la certeza de que el agotamiento le ayudaría a conciliar el sueño. No contaba con que el horror aguardaba por ella en el espejo, materializado en una mancha negra del tamaño de una moneda de diez pesos. Pasó el trapo sólo una vez, casi por compromiso. Como no supo de qué modo proceder, hizo limpieza general. Fregó cada pedazo de piso, cada traste, cada vidrio con auténtica rabia. La frustración la hizo caer rendida aquella noche de sueño inquieto.
Eran las 10 de la mañana del día siguiente cuando Margarita, ya en la oficina, abrió el directorio telefónico en la letra E: «espejos, instalación de; véase también marcos y molduras». Escogió un negocio cuyo anuncio a todo color ocupaba la mitad de la página: la empresa se jactaba de ser la mejor en su ramo, 60 años de experiencia la avalaban. Margarita apuntó el número en su agenda de bolsillo y llamó, unos minutos después le dictaba su dirección a una señora de voz atiplada y exasperante rapidez al hablar. Acomodó la cita para su hora de comida y dio por resuelto el problema.
Dentro de la inmensa lista de cosas que Margarita detestaba en los demás —y en sí misma— se encontraba que los demás la vieran comer, así que resolvió no preparar alimento: era preferible no probar bocado a ser interrumpida por un extraño. Treinta minutos después de la hora acordada, cuando por fin llegó el empleado, Margarita se arrepentía de su decisión debido al ataque de colitis nerviosa que el hambre y el retraso de aquel hombre le estaban provocando.
Con toda la parsimonia del mundo, el sujeto enfundado en un overol azul parduzco con el nombre del negocio en la espalda y mugre bajo las uñas crecidas observó la mancha, que ahora ostentaba el tamaño de una de las micas de sus lentes. El empleado se rascó la cabeza y se limitó a hacer preguntas estúpidas, para luego pasar por el espejo una jerga apestosa que Margarita hubiera incinerado con suma alegría.
—Los espejos se deterioran con el tiempo, señora.
—Eso ya lo sé —respondió Margarita, irritada— lo que no entiendo es por qué crece tan rápido esa mancha.
—¿Cómo rápido?
—Apareció hace un par de días y se va extendiendo.
—Eso está muy raro. Normalmente se van desgastando poco a poco. No crecen.
—¿Y entonces?
—No sabría decirle, seño.
—¡Pero si en su negocio se anuncian como los expertos!, usted debería poder explicarme.
—Pues mire, lo que sí puedo decirle es que este espejo ya no va a servir. Nosotros vendemos unos muy buenos, garantizados. Si quiere ahorita mismo tomo las medidas y le hago un presupuesto.
Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)
En lugar de aceptar la propuesta, Margarita narró a detalle la aparición y crecimiento de la mancha. El empleado guardó un displicente silencio durante un momento, suspiró con fastidio e insistió en instalar un espejo nuevo. Como única respuesta Margarita lo corrió de la casa sin pagar el diagnóstico, igual que a otros seis chalanes de distintos negocios de la ciudad. No obstante, el fin de semana se dio por vencida, aceptó que instalaran otro espejo y movió el viejo a una esquina de su habitación. Para entonces la mancha había alcanzado las dimensiones de un platito pastelero.
Como Margarita no tenía amigos cercanos (ni lejanos) renunció a la posibilidad de desahogarse platicando. Tampoco estaba dispuesta a quedar como una chiflada frente a sus compañeros de trabajo, no quería proporcionarles más material para sus críticas cotidianas. Demostrar debilidad o desequilibrio ante cualquier persona era inaceptable para Margarita. Decidió guardar silencio. Y vaya que no hablar de ello era un verdadero reto. Durante las horas laborales, por mucho que se empeñara en resolver los pendientes con su característica eficiencia, una pequeña, casi ínfima parte de su cerebro no hacía más que pensar en aquella mancha, la obsesión se expandía hasta nublar su mirada. Cada noche, de vuelta en casa, se dedicaba a observarla largamente, presa de una angustiosa fascinación que poco a poco la fue llevando a realizar todos los deberes domésticos posibles frente a ella. Había notado que su crecimiento ya no era tan rápido como al principio, igual que sucede con el ser humano al llegar a la edad adulta; también su apariencia había cambiado: ahora lucía opaca y menos sólida que el resto de la superficie.
Una mañana se animó a tocarla. Todo su cuerpo se sacudió por la impresión de aquella textura inesperada: tibia, blanda, de una suavidad próxima al terciopelo. Pasó la yema de su dedo índice izquierdo por la mancha, palpó los bordes. Un impulso eléctrico recorrió su brazo. Asustada, salió de la casa. Ese día trabajó como una autómata, consumida por esa negrura que demandaba ser tocada de nuevo. La jornada le pareció eterna.
Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)
Una vez en su departamento, Margarita se dirigió a su habitación y se apostó frente al espejo, determinada a indagar aquello. Le sorprendió descubrir que la mancha había mudado no de tamaño, sino de forma: se había transformado en un largo óvalo, un poco más oscuro en las orillas que en el centro. Margarita posó su mano con lentitud, tapándolo, notó que despedía un leve calor que aumentó su temperatura también. Repasó los bordes con cuidado (no recordaba con exactitud, pero estaba casi segura de que todavía unas horas atrás no era más que una superficie lisa y dura): se habían vuelto esponjosos.
Lo siguiente era explorar el centro. Con la punta de los dedos índice y medio Margarita fue tanteando la profundidad de la ranura, una cosquilla deliciosa viajó por toda su piel conforme los introducía. Un gozo desconocido la invitó a meter un dedo más. Otra forma de ansiedad, hasta ahora desconocida, le dictó una cadencia que era preciso seguir. Sintió cómo el golpetear de la sangre iba elevando el pulso en todo su cuerpo y reparó de pronto en el vértice superior del óvalo: se alcanzaba a distinguir el primer punto, la primera mancha, ahora en forma de protuberancia. Lo tocó y un espasmo incontrolable la fulminó. No pudo contener sus gemidos ni el grito de éxtasis. Esa noche durmió plácidamente.
En Tuercas y Tornillos Rodríguez, S.A., por el contrario, la situación fue tornándose más y más fatigosa: si ya antes la sola existencia de la mancha le hacía difícil concentrarse, ahora le era imposible pensar en cualquier otra cosa. En el colmo de la neurosis (que creía haber alcanzado años atrás), los detalles más inocuos le resultaban chocantes: desde el respaldo de la silla giratoria hasta la charla plana de sus colegas a la hora del descanso. Las cifras, los antes amados libros de gastos, los cobros, las facturas fueron vaciándose de significado porque no había método en el mundo para aquilatar lo que experimentaba frente al espejo: ¿qué número podría denotar el grado máximo de plenitud que Margarita alcanzaba con sólo tocar la diminuta protuberancia al norte de aquella enigmática ranura? Con el inicio de mes llegó un anuncio inverosímil: por primera vez en años Margarita no era la empleada de mejor desempeño. Más sorprendente aún fue que no le importó en absoluto.
El deseo de penetrar aquella oscuridad inexplicable consumía a Margarita de manera literal: su estómago aprendió a resistir los largos periodos de hambre a los que era sometido y acabó por acostumbrarse a pedir apenas lo necesario para mantenerla con vida; no así el cuerpo, que pedía placer en cantidades cada vez mayores. Incapaz de satisfacer tales demandas con apenas tres dedos, Margarita probó introducir el antebrazo derecho y luego la pierna. El vaho que la proximidad de su rostro dejaba en el espejo le dio una idea. Insegura primero y con notable voracidad después, descubrió que pasear su lengua por las orillas de la mancha y succionar la protuberancia le proporcionaban un goce indescriptible. Esa noche fue apenas un suspiro junto a las delicias de la mancha.
La alarma del despertador regresó a Margarita a una deslucida realidad: dentro de hora y media tenía que estar checando la tarjeta de entrada. Se levantó para encaminarse al cuarto de baño, pero se detuvo en el marco de la puerta. Recorrió la habitación con la mirada, dilatándose en llegar al objeto de su atención. La mancha seguía ahí, inagotable, exigiéndole más; una ligera brisa proveniente de ésta acarició el rostro de Margarita. Tuvo una revelación. Volvió a cerrar la puerta del cuarto y, como hipnotizada, regresó ante el espejo.
Contempló su desnudez con una sonrisa que se extendía hacia el lado izquierdo de su rostro y extendió las piernas con lentitud, echándose sobre las nalgas y apoyando su peso en los codos. La oscuridad era una boca que recibió los dedos de sus pies con húmeda tibieza. Margarita se deleitó en la lujuria de esas cosquillas y fue metiéndose cada vez más. Algo más grande que la felicidad la envolvió cuando su bajo vientre tocó la negrura por primera vez. Sus pezones endurecidos la hicieron gritar al cruzar el límite. Cerró los ojos.
Cuando el último de sus cabellos fue engullido, la mancha comenzó a encogerse, devorándose a sí misma. Los cambios eran vertiginosos y en sentido inverso: un largo óvalo, una mancha del tamaño de un platito, de un lente, de una moneda, de un punto. Se escuchó un chasquido apenas perceptible y después no hubo nada.
Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de
Ecos , publicado por el FETA (2017).
Ilustrador
Jimena Estíbaliz
(Ciudad de México, 1990). Estudio Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha dibujado siempre, pero hace 730 días lo hace con particular intensidad.
Y qué si este día no camino sobre la noche, me he acostumbrado a caminar descalza sobre piedra. Qué si los girasoles al pasar me voltean su cara, he aprendido a caminar viendo espaldas. Qué si la naturaleza un día rechaza mi nombre, comprendo que no fue ella quien me lo dio. Qué si un día lo que pensé creer se desmoronara, he aprendido a buscar ilusión bajo la tierra. Qué si un día siento tu abandono, me has enseñado a verte en la oscuridad, a encontrarte en el silencio, a tocarte en el vacío, a ser parte de ti cuando siento ser parte de nada.
—Sandra Arias
Autores
(Ciudad de México, 1988) estudio Cinematografía con especialidad en Cinefotografía en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Como director de fotografía, con
Nunca regreses (2014) de Leonardo Diaz, gano el premio a Mejor Cortometraje Iberoamericano en el 29 FICG.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
Desde el urbanismo se empiezan a identificar diversas tendencias que anuncian un futuro distópico en las megalópolis del mundo. Intercalando la revisión de la literatura técnica con la descripción de obras cinematográficas de las últimas décadas, Salvador Medina especula sobre el futuro ciberpunk de las ciudades.
Hay un orden en las cosas. Eso es lo
que hacemos aquí. Mantenemos el
orden… El mundo está construido con
un muro que separa cada clase.
BLADE RUNNER 2049
No hay ciudades sin tecnología, éstas han estado ligadas desde sus orígenes. Desde la Revolución Industrial, es en la ciudad donde acontece la modernidad: un futuro promisorio para un nuevo tipo de sociedad que trabaje menos, conviva mejor, resuelva sus necesidades y goce de las comodidades fruto del ingenio humano. Pero también está su otro rostro. Las ciudades pueden ser escenarios de sociedades divididas, manipuladas con la tecnología dispuesta al servicio de las grandes corporaciones para controlar gobiernos. Un futuro distópico es posible. De hecho, se pueden identificar ocho tendencias que anuncian un futuro urbano mundial distópico, como ha sido incluso retratado por diversas películas ciberpunks.
La primera tendencia identificable es el crecimiento demográfico y la urbanización de la población a nivel mundial. A mitad de siglo llegaremos a 10 mil millones de personas, aproximadamente el 70 por ciento vivirá en ciudades y muchas de ellas serán megalópolis. Cúmulos de ciudades interconectadas agruparán varias decenas de millones de personas en un continuo urbano, donde convivirán las grandes densidades habitacionales verticales, como se plantea en la ciudad de New Port City en Ghost in the Shell (el ánime y su versión hollywoodense); al tiempo que se expanden los suburbios por centenares de kilómetros, como Mega-City One que ocupa toda la costa oeste de Estados Unidos, en Judge Dread (2012). Esto pareciera una fantasía, pero ya China planea la creación de la megalópolis de Jing-Jin-Jin, para 130 millones de personas[1] .
El debilitamiento de los gobiernos de las ciudades es la segunda tendencia. Tanto por la fragmentación administrativa que necesita el tamaño de estas urbes, como por la tendencia a adoptar políticas en que se cede a las corporaciones privadas el control de bienes y servicios públicos. Lo anterior, por ejemplo, se plantea en RoboCop (1993), en donde todos los servicios de la ciudad de Detroit han sido privatizados y son controlados por la megacorporación Omni Consumer Products. Casos semejantes ya existen en la realidad. En el condado de Sandy Springs, suburbio de Atlanta, fuera de la policía y bomberos, los empleados administrativos públicos son sólo siete.[2] , prácticamente todos los servicios han sido privatizados a diferentes compañías. En Londres, entre muchos otros servicios públicos privatizados, hay al menos 50 «espacios seudopúblicos», parques, plazas, de acceso controlado por policías privadas[3] .
Como tercera tendencia, y complemento de las anteriores, se avizora un control y vigilancia policial cada vez más intrusiva en las ciudades. Un panóptico omnipresente que nos vigilará con drones con inteligencia artificial en cada rincón de la ciudad, un Big Brother que controlará el comportamiento social con sistemas electrónicos de autovigilancia, gracias al Big Data (como en el capítulo «Nosedive» de la serie Black Mirror).
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
China ha anunciado que para 2020 todos los ciudadanos y empresas tendrán que adoptar la Sesame Credit , una app para obtener crédito de acuerdo a una calificación basada en redes sociales, compras e información gubernamental, así como multas. Un sistema de control basado en el dinero, en el que si compras algo que el gobierno considere ilegal, como libros o noticias del extranjero, la puntuación bajará. También está el ejemplo de Río de Janeiro, Brasil, en donde, por iniciativa del gobierno, IBM ha instalado miles de cámaras de video en el espacio público, controladas por un centro de operaciones usado para la imposición de un Estado de vigilancia policiaco panóptico. En palabras del ex alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes: «El centro de operaciones nos permite tener gente buscando en todos los rincones de la ciudad, las 24 horas del día, los siete días de la semana»[4] .
A lo largo de las últimas décadas, la desigualdad a nivel mundial se ha incrementado y no hay indicios de que vaya a reducirse. Esta cuarta tendencia es hoy tal que el uno por ciento de la población concentra el 38 por ciento de la riqueza mundial, mientras que en 1990 sólo controlaba el 33 por ciento[5] . México no está exento de esto y se calcula que el uno por ciento acapara el 26 por ciento de los ingresos del país[6] . Las proyecciones a futuro no son halagüeñas y en el peor de los escenarios el uno por ciento podría concentrar el 40 por ciento de la riqueza en 2050[7] . Un fenómeno que en conjunto con otras tendencias generará un separatismo social de los más ricos, así como una erosión de la democracia. Con el poderío económico que tiene el uno por ciento se puede financiar a los candidatos que se desee, crearlos y hasta comprarlos.
La quinta tendencia es una fragmentación cada vez mayor de las ciudades, tanto del espacio público como de los mismos barrios habitacionales. El espacio público de las nuevas ciudades es dominado por vialidades y grandes infraestructuras que separan a la población al evitar la accesibilidad a pie o en transporte público. Esto a pesar de los ejemplos en el mundo de reconquista del espacio público por los peatones. Al mismo tiempo que las ciudades se expanden, las clases altas, cada vez más ricas, se aíslan del resto de la población. Barrios cerrados en la periferia, departamentos de lujo en rascacielos, barrios gentrificados para colocar vivienda de lujo, mientras que las personas de bajos ingresos no tienen otra opción más que vivir en barrios alejados, con pocos servicios o hacinados. Esto se nota en la película Elysium (2013), donde los ricos viven en una ciudad sin violencia ni pobreza ni enfermedades, al mismo tiempo que los trabajadores viven en una ciudad decadente y precaria. No hay que ir lejos, se puede comparar fácilmente a los habitantes de los desarrollos cerrados en Santa Fe o Huixquilucan contra las condiciones en que se vive en Ecatepec o Nezahualcóyotl, donde se filmó esta película.
La desigualdad y la fragmentación del espacio público sólo pueden llevar a acentuar las diferencias sociales, presentándose mayor clasismo y menores servicios públicos para las zonas pobres, para los olvidados. Sitios en donde no reinará ninguna autoridad, los trabajos serán precarios y el crimen será rampante.
Las cinco primeras tendencias son las que marcan el surgimiento de un Estado autoritario, títere de las grandes corporaciones, de pérdida de libertad, elementos clásicos de las distopías; las tres últimas tendencias relacionadas con el uso de la tecnología y el deterioro del medio ambiente son, hasta cierto punto, las que crearán una distopía ciberpunk.
La omnipresencia de la tecnología, en especial de la conexión a internet, es algo que continuará creciendo y penetrando a los grupos de menores ingresos. Aquí es donde el uso del Big Data podrá ser utilizado en contra de la población. Hay muchos ejemplos de tecnologías basadas en datos masivos que están generando mayor desigualdad y erosionando la democracia al ofrecer créditos a quien no los pagará, al criminalizar la pobreza o al manipular el voto de las personas en Estados Unidos[8] . A esto hay que acompañarlo con la creciente robotización y automatización de empleos. No parece lejano el surgimiento de autos que se conducen solos, de vehículos personalizados que vuelan, de drones que entreguen volando paquetería, como ya lo planea Amazon. Uber transportará a sus clientes con vehículos autónomos que compitan con el transporte público, lo que dividiría aún más a la sociedad: pocos podrán pagar un transporte de calidad y el resto se verá obligado a utilizar servicios públicos deficientes, si es que pueden costearlos ante la desaparición de empleos por la automatización y la robotización. Ante esta tendencia no es difícil ver cómo puede suceder una mayor separación de la población. Una en donde las élites no tengan que cruzarse en las ciudades con nadie en ningún momento, como sucede también en Elysium , donde el capataz de la fábrica llega en un auto volador rodeado de robots guardaespaldas, sin tener que cruzar la ciudad de los pobres, mientras los trabajadores llegan en autobuses que son chatarra.
La séptima tendencia son los avances en la manipulación genética y de implantes cibernéticos. En un futuro cercano, la posibilidad de modificar completamente a un ser humano ya no será sólo poder elegir el sexo de los hijos, la altura o el color de sus ojos, sino elegir ventajas en cuanto a fuerza, capacidad de memoria, etcétera. Además de que un recién nacido podría recibir un implante con acceso inmediato a todo el conocimiento acumulado u otras habilidades físicas extraordinarias. No obstante, no cualquiera podría pagarlo y se podría generar así una desigualdad mayor, un nuevo tipo de guerra de clases entre ricos súper humanos vs. humanos no manipulados y pobres, como ha señalado Slavoj Žižek[9] . Es el camino a la creación de una posthumanidad: humanos manipulados, clones, cíborgs y mutantes. Aún peor sería que algún régimen o corporación decidiera manipular a la población genéticamente o mediante implantes cibernéticos, con el fin de controlar su psique y atributos. Para hacer dóciles a los trabajadores, incrementar la opresión a las mujeres, eliminar las tendencias naturales homosexuales o para crear súper policías o súper soldados, como sucede en el manga y ánime Ghost in The Shell . Mientras, las élites aseguran ser más fuertes y longevas. Futuros como en Gattaca (1997) o Æon Flux (2005), donde la manipulación genética, la clonación y el clasismo están entrelazados para determinar profesiones y vidas, podrían volverse realidad.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
La última tendencia, la contaminación omnipresente y crisis ambientales masivas a futuro son altamente posibles; megaciudades contaminadas y rodeadas de paisajes estériles, como en Blade Runner 2049 (2017), podrían ser la norma. Las estimaciones actuales mencionan que el cambio climático será un hecho: el aumento de la temperatura del planeta sucederá, el incremento de los niveles del mar también, y con ello vendrán otras consecuencias inesperadas. Ciudades costeras desaparecerán, otras se volverán un desierto en donde el agua será ultravaliosa, enfermedades tropicales llegarán a ciudades del norte, otras serán abandonadas al volverse inhabitables, y veremos no sólo conflictos locales derivados de ello, sino que migraciones masivas sucederán. Por ejemplo, este año, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, podría ser la primera ciudad del mundo en quedarse sin agua debido a una gran sequía[10] , probablemente agravada por el cambio climático.
Así, no es difícil imaginarse diferentes tipos de ciudades ciberpunks en el futuro, dependiendo del grado de desarrollo de cada nación. Ciudades gigantes, con gran concentración de población, densas, altamente tecnificadas, pero socialmente divididas, con masas precarizadas y controladas. Con sectores de altos ingresos que se separan del resto de la población tanto por barreras físicas y por nivel de riqueza como por alteraciones en su misma naturaleza humana. Con acceso a los avances tecnológicos: autos voladores, robots; y a los avances en la medicina, a una vida más larga. Dueños de las corporaciones que tendrán el control de la ciudad y en donde la policía se encargará de protegerlos. Con controles masivos de vigilancia cada vez más omnipresentes y a la vez sutiles. Probablemente Ghost in The Shell (1995 y 2017) o Akira (1988) ilustren muy bien cómo podrían verse las megaciudades desarrolladas, mientras que Elysium y RoboCop 3 (1993) cómo podrían ser las ciudades subdesarrolladas y en proceso de desindustrialización.
Estas tendencias que pueden marcar un futuro distópico ciberpunk no son la pauta de futuros posibles. Éstas se pueden tanto revertir como poner al control de un verdadero beneficio social. El uso de las ciudades y la tecnología hasta ahora parece encaminado a beneficiar a pocos, socavando la democracia y tratando de controlar a las poblaciones de las urbes, donde la humanidad ha encontrado modos de vivir sin la opresión, de liberarse, de encontrar modos democráticos y solidarios de vivir. Dadas estas tendencias, es indispensable desplegar una lucha por el derecho a la ciudad, a la Henri Lefevbre: [11] a ser un lugar de encuentro, al valor de uso de lo urbano, a la igualdad, a decidir colectivamente sobre el aprovechamiento del espacio, el derecho a la vida urbana lúdica y transformadora. No es difícil pensar cómo los avances tecnológicos pueden socializarse para tener menores horarios de trabajo, más tiempo para convivir, mejor medio ambiente, mayor salud, mayores diversiones, una vida plena. Claro está que esto requiere un control democrático de la tecnología y de su uso para una justicia social mayor.
Notas
[1] New York Times , «As Beijing Becomes a Supercity, the Rapid Growth Brings Pain», 19 de julio de 2015.
[2] The Economist , «Here’s how to do it», 28 de junio de 2012.
[3] The Guardian , «Reveled: the insidious creep of pseudo-public space in London», 24 de julio de 2017.
[4] Anthony Townsend, Smart Cities: Big Data, Civic Hackers, and the Quest for a New Utopia , W.W. Norton & Co Inc., New York, 2013, p. 67.
[5] World Inequality Lab, World Inequality Report 2018, 2017.
[6] Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México , OXFAM, México, 2015.
[7] World Inequality Lab, op. cit .
[8] Cathy O’Neil, Weapons of Math Destruction: How Big Data Increase Inequality and Threatens Democracy , Crown, New York, 2016.
[9] Slavoj Žižek, «Bring me my Philips Mental Jacket», en London Review of Books , vol. 25, núm. 10, 22 de mayo 2003.
[10] BBC Mundo, «Ciudad del Cabo: el “día cero” en el que por primera vez una gran ciudad del mundo podría quedarse sin agua», disponible en http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-42742476
[11] Henri Lefevbre, El derecho a la ciudad , Capitan Swing, 2017.
*Agradezco a Dulce Colín por sus comentarios.
Autores
(Ciudad de México, 1977) es economista y maestro en urbanismo. Trabaja temas de movilidad y sustentabilidad urbana.
Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste .
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
Vivimos en un mundo en el que los antibióticos están por doquier y a veces parecen la única opción al momento de curar infecciones. A propósito de esto, Alejandra Ortiz nos invita a reflexionar sobre el uso indiscriminado de los antibióticos y sus posibles consecuencias distópicas en el futuro.
Mr. X. has a sore throat. He buys some penicillin and
gives himself, not enough to kill the streptococci but
enough to educate them to resist penicillin. He then
infects his wife. Mrs. X gets pneumonia and is treated
with penicillin. As the streptococci are now resistant to
penicillin the treatment fails. Mrs. X dies. Who is pri-
marily responsible for Mrs. X’s death?
ALEXANDER FLEMING, descubridor de la penicilina
Que levante la mano aquel que nunca haya ido a una farmacia de similares por una receta de antibióticos. Que tire la primera piedra quien no le haya pedido específicamente este tipo de fármacos a un médico para aliviar un resfriado. Que diga «yo» aquella persona que pueda presumir con certeza que no es responsable de la muerte de Mrs. X.
Los antibióticos son, sin duda, uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX y probablemente de toda la historia de la medicina. En el mundo preantibióticos cualquier infección cargaba el riesgo de muerte: una caries mal atendida, un accidente en la bicicleta, ni hablar de cirugías. Poco antes del uso de antibióticos perdían un miembro una de cada 10 personas que contraían una infección en la piel provocada por una cortada o raspada; las principales causas de muerte alrededor del mundo eran enfermedades infecciosas como cólera y neumonía; la esperanza de vida al nacer en países industrializados no pasaba de los 50 años. Entonces, en 1928, llegó la penicilina.
A partir de entonces los antibióticos son un elemento clave para lo que consideramos un estilo de vida moderno, es decir, la vida de cualquiera que esté leyendo esto. No nada más son útiles durante infecciones, sino también para prevenirlas en pacientes en quimioterapia o con enfermedades crónicas como diabetes o artritis; sin antibióticos las cirugías, desde una remoción de apéndice hasta un trasplante de órganos o de ligamentos, serían imposibles. Los procedimientos dentales y heridas cotidianas supondrían grandes riesgos. Vivimos en un mundo de bacterias y estaríamos a merced de ellas, constantemente, de no ser por los antibióticos. Lo sabemos bien, pues durante prácticamente toda la historia de la humanidad, excepto los últimos 100 años, había sido así. Las principales causas de muerte en países como México ya no son infecciones, sino enfermedades cardiovasculares, cáncer, y diabetes. Gracias a los antibióticos, junto con las mejoras en salubridad y vivienda, la esperanza de vida al nacer ha aumentado por lo menos 30 años. Los antibióticos nos parecen tan habituales, que seguramente varios guardamos algunos de ellos en el botiquín de nuestro hogar, por si se ofrecen.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
Antes de que en 2010 en México se regulara la venta de antibióticos con receta médica, eran el segundo medicamento más consumido en el país. Se calcula que más del 70 por ciento de los antibióticos se utilizaban inapropiadamente, cifra que no dista mucho del cálculo actual, en la que ya sea por mal diagnóstico, malas indicaciones, o mal uso, la terapia con antibióticos es incorrecta entre el 30 y 50 por ciento de los casos en que se receta. El patrón es mundial: hay un uso exagerado e inútil de antibióticos para casos que no se necesitan.
Este uso indiscriminado e incorrecto de antibióticos es lo que paradójicamente nos está ofreciendo un futuro en el que ya no podamos confiar más en ellos. El mundo postantibióticos se parece mucho al pasado en el que no los teníamos.
EL MUNDO POSTANTIBIÓTICOS
Dudé mucho en relatar una historia real de infección resistente a antibióticos. Todas suenan alarmistas y siguen más o menos la misma trama: una persona joven y sana entra a una cirugía rutinaria, se infecta ahí con alguna cepa bacteriana resistente a
antibióticos y su vida se convierte en una pesadilla al tratar de acabar con la infección, que va colonizando varias partes del cuerpo. Siguen operaciones para remover los tejidos infectados (por ejemplo huesos o piel), tratamientos sin fin de antibióticos con efectos secundarios. Los finales felices tienen siempre puntos suspensivos, pues existe el riesgo de que la infección regrese. Las historias con otros finales terminan en muerte.
Las variaciones de estas narraciones van desde accidentes aparatosos en los cuales se contraen diversas bacterias resistentes, hasta infecciones de oído contraídas en el kínder. Al googlear «apocalipsis bacteriano» me encontré con varios artículos titulados de esa manera. Muchos se escribieron a raíz de las declaraciones de la directora médica del Reino Unido sobre este asunto: «el mundo se enfrenta a un apocalipsis de los antibióticos ». En ese lugar se considera la resistencia a antibióticos como una emergencia civil tan grave como una pandemia de influenza o una gran inundación, y se encuentra, junto con el terrorismo, en una lista de los mayores riesgos para la nación.
Es complicado no parecer alarmista.
Los números tampoco ayudan mucho. Según un informe oficial, también del Reino Unido, en 2050 la resistencia a antibióticos podría causar 10 millones de muertes al año, si es que desde ahora no se empieza a poner más atención al problema. Esa cifra es mayor que las muertes actuales por cáncer y diabetes juntas.
Pero aún no estamos ahí.
Hoy en día se calcula conservadoramente que al año mueren 700 mil personas directamente por este tipo de infecciones. En Estados Unidos, la cifra por esta causa es mayor que las de personas que mueren por VIH y sida, enfisema, y homicidio combinadas. Si bien todavía no estamos en el escenario de los 10 millones, vamos en camino. Y este camino está lleno de antibióticos.
¿QUÉ ES LA RESISTENCIA A ANTIBIÓTICOS?
La penicilina comenzó a recetarse para tratar infecciones en 1937, siendo de gran ayuda para los soldados durante la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, ya se había detectado resistencia bacteriana a este antibiótico. En 1950 aparecen las tetraciclinas, una nueva clase de antibióticos, cuyo destino fue el mismo que el de las penicilinas, pues para 1959 la resistencia había aparecido. La historia continúa hasta 1987, cuando se desarrolló la última clase de antibióticos, para la cual se detectó resistencia en 2005.
Si esto parece una carrera es porque lo es. Y gracias a las condiciones de la pista, las bacterias están destinadas a ganar invariablemente.
La resistencia a antibióticos es una condición que adquieren las bacterias por un proceso evolutivo totalmente natural y, sobre todo, constante. En cualquier especie hay individuos que tienen características que les permiten reproducirse y sobrevivir más que otros; dado que estos individuos tuvieron más hijos que los demás, si esas características son heredables entonces en la siguiente generación habrá más individuos con esos rasgos en la población. Eso es básicamente la evolución por selección natural. La resistencia a antibióticos es un gran ejemplo de lo poderoso y simple que puede ser este proceso.
Pensemos en una persona que consume antibióticos. Si el antibiótico es efectivo, como esperamos que lo sea, muchas bacterias morirán. Pero no todas. De forma natural, y por mutaciones que ocurren azarosamente, habrá algunas bacterias que resisten a esta muerte. Y, gracias al tratamiento con antibióticos que mató a muchas otras, tienen ahora la cancha libre.
Las bacterias tienen además otro as bajo la manga. Pueden «contagiarse» o compartir la capacidad de resistencia no solamente a su progenie, sino de forma horizontal hacia otras bacterias contemporáneas, incluso de diferentes especies. En pocas palabras, pueden compartirse genes, como los de la resistencia. Y donde haya más bacterias, es más probable que ocurra este intercambio. Por ejemplo, dentro de nuestros cuerpos.
Mediante estos mecanismos han evolucionado las bacterias resistentes a antibióticos, y en particular, las resistentes a todos los antibióticos. Por tanto, la emergencia de la amenaza no es un evento único; la resistencia ha evolucionado en repetidas ocasiones, en diversos lugares, y lo seguirá haciendo. El monstruo que
perseguimos (o nos persigue) no son las bacterias, es un proceso que tiene como múltiples escenarios a cada uno de nuestros cuerpos, y el de 20 mil millones de animales más.
ANTIBIÓTICOS EN LOS ANIMALES
Como en México, en muchos países la venta de antibióticos está controlada con receta médica, pero esto sólo para el consumo humano. En animales de granja los antibióticos permiten un mayor crecimiento con menos alimento, por lo que medicar a todos los animales, sanos o enfermos, es una práctica común que no requiere de recetas. Los antibióticos usados en esta industria superan por mucho a los antibióticos para uso humano; en Estados Unidos, el 80 por ciento de los antibióticos vendidos son para consumo animal.
Quienes están en esta industria argumentan que sería peor para la humanidad no medicar a los animales, y probablemente tengan razón. Entre todos los pollos, el ganado y los cerdos que existen superan por más del triple a la población humana actual, y sus condiciones de vida hacinadas e insalubres vuelven a sus confinamientos caldos de cultivo ideales para la emergencia y propagación de cepas bacterianas resistentes (y de algunos virus, como las influenzas).
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)
El contagio de animales a humanos puede ocurrir de diversas formas. Una es ingiriendo carne contaminada, ya sea porque se coció mal o porque otros alimentos se contaminaron (por ejemplo, una lechuga en el fregadero donde antes estuvo un pollo descongelándose). Prácticamente todas las pechugas de pollo y la mitad de las chuletas de cerdo están contaminadas con bacterias intestinales, de las cuales la mitad son resistentes a por lo menos tres clases de antibióticos.
QUÉ SE PUEDE HACER
Nada de esto es algo nuevo. Hemos lidiado con la resistencia a antibióticos desde la aparición de éstos, hace casi 100 años. La solución ha sido desarrollar nuevas clases de antibióticos, algo que ya no sucede desde los ochenta. Durante varios años la creación de nuevos antibióticos proveyó de cierta tranquilidad, hasta que las empresas farmacéuticas dejaron de invertir en ello. Un fármaco que está inevitablemente destinado a la obsolescencia no es negocio.
El panorama podría parecer digno de una distopía en la que la gente teme a cualquier raspón y al contacto con otros humanos. Sin embargo hay ciertas medidas que podemos tomar para contener ese futuro, donde si bien las cepas resistentes que ya existen no desaparecerán, se puede prevenir la rápida emergencia de otras y sobre todo de infecciones.
Evitar el consumo de antibióticos es tal vez lo mejor que se puede hacer: entre menos antibióticos usemos, menos probabilidad de que evolucionen más bacterias resistentes. Consejos clásicos como lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño, y desinfectar frutas y verduras, son en realidad muy relevantes, aunque habría que ajustarlos a lo que sabemos que está causando más infecciones. Hay que poner atención en lo que comemos y las condiciones en que esos productos fueron tratados desde su origen, especialmente si se trata de animales.
La prevención de contagios inicia con mantener sano al sistema inmune. No es casualidad que el mayor riesgo de infecciones resistentes a antibióticos ocurra en hospitales. En estos lugares se tiene por un lado un alto uso de antibióticos, y por el otro una población humana enferma, con sistemas inmunes comprometidos y débiles, en los que las bacterias pueden prosperar. Si la atención a nuestra salud es vista como un proceso continuo y no como eventos disruptivos de enfermedad, las probabilidades de infecciones se reducirán. Y si es absolutamente necesario ir al médico, entonces hay que ser críticos en estas visitas.
¿Cuándo fue la última vez que les dijeron exactamente qué bacteria estaba causando su enfermedad? ¿Qué análisis se llevaron a cabo para determinarlo? De parte de los gobiernos se tiene que educar al personal médico y a la población sobre los riesgos individuales y sociales de recetar antibióticos en casos que no son necesarios y, por lo tanto, de la importancia de reducir la incertidumbre en los diagnósticos.
En los problemas complejos como el de la resistencia a antibióticos las causas son tan diversas que señalar responsables se vuelve elusivo e incluso inútil. Sería absurdo tratar de encontrar quién mató a Mrs. X. Pero no por esto se debe pasar por alto la agencia que tenemos cada uno de nosotros en el asunto, tanto en su emergencia como en su solución.
Autores
(Guadalajara, 1984) es bióloga y ha ganado el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia en dos ocasiones. Se desempeña como Directora de Innovación Educativa en la Universidad del Medio Ambiente.
Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste .