Dafen: dientes falsos ocurre en la sala de espera de un consultorio dental. La espera que normalmente se asocia a la aburrición o al tedio, en este libro se convierte en un tiempo-espacio de alta productividad literaria. Mientras otros leeríamos la tvynovelas o escribiríamos por whatsapp, Pierre se ausculta la cabeza. Cada minuto implica una nueva conexión ensayística y un traslado hacia otras geografías y otros tiempos. Mientras él espera el temido momento en que el dentista le ilumine la cara y meta las manos a su boca, observa una réplica de Los girasoles de Van Gogh que cuelga de la pared. Basta ese detonante para que el ensayista discurra por diversos temas, desde lo más íntimo –la autenticidad o no de sus propios dientes– hasta lo más ajeno, la vida de una población anónima en un país lejano nunca visitado. Las derivas que toma el pensamiento confluyen en una misma inquietud sobre la experiencia estética de la copia.
Una forma de identificar cadáveres, asegurarse de que no son copia de otros, es a través de los dientes. Se trata del residuo último de nuestra identidad; cuando ya no hay huellas dactilares ni más información forense, los dientes nos dan rostro incluso después de muertos. En Masa y poder Elías Canetti dedica un apartado a explicar desde el acto de comer en compañía y mostrar los dientes hasta la risa como formas atávicas del poder. Según el escritor búlgaro cuando comemos con amigos o con nuestra familia, en el acto de abrir la boca para meternos el bocado y mostrar los dientes, hay un mensaje subyacente: aunque podría comerte a ti, eres de mi clan, así que me voy a comer este bistec, pero no te metas conmigo. La costumbre de comer con la boca cerrada, según él, tiene que ver con matizar esa amenaza. Sin embargo, dice, seguimos usando tenedores y filosos cuchillos, armas a fin de cuentas. Mostrar los dientes para reír es una muestra de poder. Canetti añade que “la risa —que nos da cuando alguien (Edgar por ejemplo) se cae— contenía seguramente la alegría por un botín o un alimento que a uno le parecía asegurado”. El gato deja que el ratón juegue, pero lo mantiene bajo el radar, le permite cierta esperanza de sobrevivir, pero al final sabe que en cuanto lo desee, lo devorará. Se puede provocar la risa de las hienas cuando se les acerca un pedazo de carne.
Cuando Pierre no quiere mostrar los dientes, como cuenta en el libro, en realidad es porque no quiere ser amenazante, no quieres ser un dictador, un depredador, una figura de autoridad. “Para la milenaria cultura china, la figura del autor es despreciable, repulsiva, porque se despreocupa por su comunidad. La del copista es la venerable figura de un creador y artesano”. Se deduce de esta cita que Pierre entiende la escritura no como la creación unilateral, competitiva, sino como la reescritura de lo que ya existe, de lo que hemos creado juntos durante siglos. Pierre no es un carnívoro sino un reciclador.
Para explicar la diferencia entre reciclar y depredar, Zygmunt Bauman contrapone la agricultura a la minería. Dice que las formas contemporáneas de crear —o de destruir creativamente— se han conformado a semejanza de la minería. “Lo nuevo no puede nacer a menos que se deseche, se retire o se destruya algo”: cultura de la explotación, la innovación y la rápida creación de basura, desechos. En cambio, el modelo creativo de la agricultura implica “el cultivo como reafirmación del ser”, crecimiento sin pérdidas, sin desechos, la eterna continuidad de las cosas, la repetición, los renacimientos.
Pierre y yo fuimos compañeros en la Fundación para las Letras Mexicanas y el año pasado junto con Carmen Amat, Alejandro Blasco, Marco Antonio Larios, Diego Rodríguez Landeros compartimos una mesa en el Colegio Nacional, invitados por Vicente Quirarte, para hablar sobre Salvador Elizondo. El texto de Pierre trataba sobre un viaje imaginario de Salvador Elizondo a Pekín. Elizondo fue el gran sinólogo mexicano, escribió Farabeuf, una novela manufacturada con la técnica del montaje cinematográfico que trata sobre un supliciado chino. Elizondo nunca viajó a China pero la construyó en su mente. Ahora Pierre desde un consultorio dental en México hace lo mismo: un viaje especular a la villa de copistas de Dafen. Esto con premisas o búsquedas formales parecidas a las de Elizondo. Quizá una secuela de este libro podría surgir después de un viaje físico de Pierre a Dafen.
Dafen: dientes falsos no es lineal; se entrecruzan temas como sucede en nuestro scrolleo en las redes sociales. Conforme descendemos en la línea del tiempo se nos aparecen noticias o fotografías de amigos, vidas privadas publicadas. Pasamos de un contenido a otro en cuestión de segundos y nuestra mente llena los huecos. En el libro de Pierre las ideas dibujan un movimiento pendular: se enuncian y se retiran para dar paso a otras y recorren la misma trayectoria de vuelta para volver a aparecer en el texto.
Hay una recurrencia de las ideas que escapan del relato diegético para dibujar un círculo, una imagen. En Dafen: dientes falsos, las ideas se replican pero son un poco distintas cada vez. A base de repeticiones cavan la profundidad del argumento. El libro prescinde de los enlaces entre ideas porque nuestro cerebro está acostumbrado a hacer las conexiones. Pierre tiene una preocupación profunda por hacer arte textual o literatura para nuestro tiempo. En este sentido cita a Kenneth Goldsmith: “Si no estás haciendo arte con la intención de ser copiado, no estás haciendo arte para el siglo XXI”.
Lo curioso es que nuestro tiempo, es también el tiempo de antes. La idea del arte como juego se puede rastrear desde muy atrás. Por situar un momento digamos siglo XVIII, Schiller: el juego en el arte implica que es posible ensayar las formas y, con ello, ponernos en juego a nosotros mismos. Lo cual es la característica del ensayo al más puro estilo de Montaigne: que el ensayista dé cuenta de sí mismo, se transforme mientras escribe y modifique su relación con el entorno y los otros. Después Rancière retomaría a Schiller para pensar que el juego del arte puede ayudar a crear una nueva vida en común. Modificar el régimen estético es modificar el mundo.
Antes dije que el reciclaje del conocimiento funciona a la manera de la agricultura, contrario a la minería. Sin embargo, la repetición conlleva a su vez el automatismo del gusto. Para Paolo Virno la pérdida de comunidades fuertes, de códigos que nos identifiquen, de costumbres o ideologías claras, rasgos de la modernidad líquida, nos lleva a modos de vida repetitivos. Un niño encuentra seguridad en la repetición; va a querer ver Buscando a Nemo hasta el cansancio o jugar el mismo juego una y otra vez. Se supone que la repetición de la infancia se sustituye por los usos y costumbre de una comunidad; también son repeticiones pero más complejas que el juego infantil. Pero en nuestros tiempos cuando esas costumbres no son claras, como sucede en las ciudades que tienden a ser más caóticas, la infancia se perpetúa. “Benjamin asoció el juego infantil y la repetición con la reproductibilidad técnica de la obra de arte”, dice Virno, en esa similitud encontró cómo se forjan formas de percepción. A falta de otras certidumbres, queremos ver el mismo cuadro de Van Gogh cientos de veces porque nos da seguridad como a los niños ver la misma película.
¿De que habla el que todos reconozcamos a un Van Gogh en un consultorio dental? ¿de un gusto programado? ¿De la democratización del arte? ¿Del miedo a ser una copia? ¿El miedo a ser un producto imperfecto del caos? Somos replicantes. Una falsa réplica de nosotros mismos. Nos medimos con el pasado. Con el original que fuimos cuando éramos niños.
El ensayista piensa en sus par de dientes falsos, en que no le gusta sonreír a pesar de que le han aconsejado que ese gesto le abrirá puertas. Se evade de la inminente intervención dental viajando al otro lado del mundo.
En Dafen, la villa de pintores en la provincia de Shenzhen en China, se producen al año alrededor de 5 millones de copias de pinturas icónicas como Los girasoles y se venden por todo el mundo. En este pueblo que se ha especializado en la copia, los artesanos viven en condiciones precarias. Hay un concurso anual de pintura, relata Pierre, en el que alrededor de cien pintores se disputan en tres horas y media, además de un premio en efectivo, la posibilidad de legalizarse, obtener un registro de habitación. “Copian para existir a los ojos del gobierno Chino”, dice Pierre.
El acto creativo en condiciones de esclavitud.
Necesitamos una dentadura perfecta para volvernos visibles o necesitamos ganar premios para existir.
Pierre se cuestiona sobre las formas de vida de un pueblo en China; a partir de la copia, algunos en Dafen se legalizan. Quizá al pensar en la repetición, en el juego de las formas, en el ponerse en juego a uno mismo, el ensayista no sólo se pregunta sobre la reproducción de las obras de arte, sino sobre la comunidad. Hacerse o no visible, sonreír o no existir, sonreir u ocultarse de los ojos de los otros. Me pregunto si Pierre nos va a mostrar sus dientes.
En un juego de dualidades, podríamos imaginar a nuestro yo en un cierto plano de la conciencia cuyo reflejo es un inconsciente insondable e inmenso, tanto individual como colectivo. Como herederos de un mundo colonizado por Occidente, este entorno dual podría mostrarnos en lo aparente como continuadores de la historia de la razón, sabedores de la verdad de las ciencias y como demócratas indignados ante cualquier barbarie; en la oscuridad somos perplejos y eternos subyugados, estupefactos ante el despojo, enojados detractores de las instituciones, de la patria misma, parias necesitados de nuevos y mejores olvidos, mestizos urgidos de una revolución que no hemos sabido hacer. Entre lo consciente y lo inconsciente, entre la selva y la ciudad, entre el europeo y el muy soterrado indio, la vida misma se parece de pronto a un Corazón de las tinieblas, en búsqueda de un Kurtz que nos libere a base de locura. Tal vez, en el fondo de nuestra psique, donde existe eso que Freud llama Das Unheimliche (lo ominoso o lo siniestro), hay un Marlon Brando pelón gritando «¡The horror!». Los psicodélicos en reciente boga entre occidentales (digamos, de los sesenta a la actualidad), son un vistazo citadino a estas dualidades; el internet nos muestra su propio trayecto oscuro y, de pronto, nos interesa saber los derroteros de una deepweb de la que, en general, no participamos.
La realidad parece suficientemente difusa, después de las teorías posmodernas, provocándonos una inmovilidad incluso epistémica. Fake news es nuestra bandera, desde antes de que Donald Trump la haya ondeado con ese cinismo que a veces confundimos con plena estupidez. Recientemente hemos visto a los especímenes de humanos más bellos (según estándares de Hollywood) mostrar ese lado monstruoso que nos confirma (ya lo sabíamos) que las reglas de abajo, del poder y el machismo flagrantes, de la injusticia y el sobajamiento, son también las reglas de arriba. La miseria sexual cuenta entre sus víctimas a las más famosas actrices y, entre sus silenciosos cómplices, a los más conocidos galanes. Esos mismos que se han golpeado una y otra vez en defensa de justicias prefabricadas e, incluso, han gritado la vulgaridad de su propia condición dentro de grandes cintas, se ven envueltos de pronto en su propio infierno, hecho del mismo estado de cosas. La bella foto familiar de los estereotipos más guapos oculta una verdad terrible.
En todo eso hace pensar la novela de Carlos Fonseca Museo animal. Su historia va develando un tránsito del bello mundo de la moda (el culmen de lo civilizado) a la selva (agreste y profunda); este camino implica por un lado degradación, explotación y oscuridad y, por otro, verdad, acción y sentido. Es por eso que las menciones al neo zapatismo y, en particular, al Sub Marcos son recurrentes. Como si la conciencia política y la verdad social nos arrastrara al sur, al indigenismo, a la tierra, mientras la levedad del mundo mediático nos representara un occidente lujoso y pleno, que deseamos con desgana y como avatares de nosotros mismos, desaparecidos en esa noche luminosa, de candiles dorados, en la que, sin embargo, el anfitrión es Harvey Weinstein.
En este tránsito, de la farándula a la selva, Fonseca está lleno de cultura, de visiones artísticas, de referencias históricas y también de cualidades literarias. Sus referencias a veces desbordan la página, del General William Sherman a Alexander von Humboldt, de Jacoby, Costa y Escari al movimiento beatnik, de Picasso al Subcomandante Insurgente Marcos. La máscara y la transfiguración están presentes siempre. A veces, en su alarde, se olvida de la verosimilitud de su propia trama, enamorado acaso de los símbolos que es capaz de desplegar. Con sólo treinta años, se trata de un escritor profundo y disperso, que vale la pena leer. Su tema tiene los derroteros de la actualidad mientras deja ver la realidad de un mundo globalizado, atascado de información y comunicación. Me cuesta trabajo empatizar con sus personajes porque acaso son ellos mismos los animales de su Museo, camaleónicos ocultos, mimetizados, a la vez voraces y calmos. Pero empatizo, eso sí, con algunos propósitos de estos personajes, sobre todo con la idea (un poco, tal vez, a lo Chuck Palahniuk) de un arte conceptual terrorista, un gran golpe del arte al statu quo que muestre una organización por un lado radical y, por otro, llena de sentido del humor. Entre Banksy y Francis Alÿs, entre Black Mirror y Joseph Beuys, entre Andy Warhol y Hermann Nitsch. Tal vez un poco (demasiado) Hollywood… ¿A poco no nos gustaría? Finamente, la guillotina era también un espectáculo.
La casa es una ruta anclada en la memoria.
La casa también es un gesto duplicado.
La casa (…) es una grabación de la infancia, un recuerdo implantado
(…) un ritual para volverse ave.
Mariana Oliver
Imaginemos que una mujer entra en diecisiete departamentos y casas donde viven parejas que comparten la vida diaria con la finalidad de fotografiar su intimidad. Entra, por supuesto, cuando las parejas no están presentes en sus viviendas y con el objetivo de apropiarse de los territorios de los otros, de sus objetos y sus rastros. Imaginemos que esa misma mujer regresa a una casa vacía, la casa de su infancia y juventud, la casa donde vivió hasta que sus padres decidieron separarse. Imaginemos ahora que esa mujer, llamada Ana Blumenkron, coloca las fotografías de su expedición en las moradas ajenas, es decir, yuxtapone imágenes de camas destendidas, trastes sucios, fruteros, cepillos y pastas dentales, estropajos y champús, cucharas y tenedores, cartas escritas a mano almacenadas en cajones, sobre los espacios en blanco de ese ex-hogar que ya no, que no más. Imaginemos que una mujer logra re-habitar un espacio que alguna vez le perteneció con representaciones de la forma en que otros residen en sus contornos más íntimos. Imaginemos que Ana Blumenkron vuelve a poblar lo deshabitado a través de la evocación del habitar de la otredad. Quizá los objetos cotidianos revelan más de lo que suponemos sobre las personas, escribe Mariana Oliver mirándolos sabemos algo de quien los habita. Hay un yo regado por ahí.
■
Los modos en que se configura, se habita, se re-habita y se piensa un territorio, sea éste un país, una ciudad, una casa, una habitación o incluso un lenguaje, una epifanía, ciertas maneras de estar en tránsito, son dilucidados y desmenuzados en Aves migratorias con la fruición y la morosidad de quien concienzudamente prepara el equipaje para una muy muy larga travesía. Un recorrido que nos conduce espacialmente por Canadá, Capadocia, Berlín, Estambul, Turquía, Koblenz, Normandía, La Habana, Estados Unidos, Guinea, Sierra Leona y Liberia; y, temporal y temáticamente, desde la mitología griega hasta el siglo XXI, pasando por los primeros cristianos, la Edad Media, el Renacimiento, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, la literatura alemana y la Revolución Cubana.
Así, un joven daltónico que siente envidia de las alas de los pájaros y decide construirse unas para enmendar su cuerpo imperfecto; una ciudad subterránea habitada por seres encorvados, somnolientos y cenizos de huesos y articulaciones endebles; un país que en el pasado estuvo dividido por un muro —como siamesas zurcidas por la espalda que compartían un solo corazón— y al que la gente llega, en el presente, buscando lo que ya no existe; una ciudad que exige pensarla en fragmentos, perfecta para los aficionados a los mapas; una ciudad que súbitamente se hizo frágil, minada por bombas que están siempre a punto de explotar; territorios que en realidad son cuerpos de mujeres atravesados por la guerra; niños que viajaron al País de Nunca Jamás y que perdieron su sombra y que por eso saben más de la despedida que del reencuentro; una mujer que sobrevivió una guerra mientras escribía una novela, con el fin de que la historia no se repitiera, sobre otra mujer que vio, literalmente, arder Troya dos veces; una mujer que llega a un país sin boleto de regreso, que se entrega voluntariamente a una extranjería indeterminada, que se abandona en otra lengua y asume que siempre habrá algo imposible de comprender en las palabras, al tiempo que escribe sobre la experiencia de migrar a una ciudad nueva y quedarse a vivir ahí; dos niñas frente a una videocasetera apostándole a su memoria a través de juegos de mnemotecnia; una mujer que recorre, que recrea, que reconstruye a través del lenguaje la casa que habita, la casa que lleva cosida al cuerpo; son los escenarios movedizos, los protagonistas tránsfugas de los textos que conforman este volumen.
■
Con un oficio discursivo sólido y diáfano, Mariana Oliver construye capa por capa edificaciones ensayísticas que no son lineales ni unívocas, que van del pasado al presente; de la historia colectiva a la vulnerabilidad del yo; de la contextualización histórica al lirismo poético, como cuando escribe En el centro del radio, una bomba duerme, la arrulla un sueño de pólvora y ceniza; del abordaje analítico, incisivo y minucioso, a la espontaneidad de la epifanía y la íntima cercanía de lo confesional, cito: Cuando mi madre perdió el cabello, yo extravié las palabras. No sólo las mías, también las que no lo eran. Sus cabellos castaños volaron hasta mi garganta y ahí adentro, como si fueran de alambre, se volvieron nudos. Bajo ese tapón espinoso y oxidado se estancó todo lo que hubiera podido decir. A la distancia y con la resaca implacable que deja el silencio, creo que cortarme el cabello hubiera sido el único modo posible de reconciliación con mi mutismo. De esos meses conservo un malestar entre las costillas. Un pinchazo profundo que se repite cada vez que veo mujeres que llevan un pañuelo en la cabeza.
En sus ensayos, Oliver nos vislumbra como lectores-espectadores, pero también como viajeros-sombras, quienes, por encima de su hombro, avizoramos los lugares, los hechos y los procesos que deconstruye y reconstruye en su memoria y en la nuestra. Sabe que vamos mirando a través de sus ojos y por eso se detiene a contemplar, por eso hace zoom en ciertas palabras y significados, en ciertas calles y rituales, en ciertos colores, sonidos, velocidades y texturas, cito: Así, en un principio, Heimweh es “dolor”. Pero no un dolor cualquiera, es un dolor por la casa, por el espacio perdido, por la lengua, por lo que considerábamos propio y ya no está.
Se trata, pues, no de una escritura de superficies sino de una de entrañas y matices. Mariana Oliver, como Ana Blumenkron, se infiltra hasta lo más hondo e íntimo del habitar del otro. Así, en Aves migratorias, convierte la exploración de la casa-memoria-textualidad-viaje-corporalidad ajenos, en una indagación personalísima sobre el propio habitar, sobre la propia casa, sobre la propia lengua, sobre las propias mudanzas.
Se trata pues, de ensayos fragmentarios y radiales en los que Oliver va colocando, estrato por estrato, cada una de las capas de ese tejido orgánico que es su escritura. Sus múltiples asedios funcionan como planos superpuestos que intercalan matrices de sentido en torno a cuerpo, casa, lenguaje y territorio como ejes que a su vez se ramifican y se intersectan: el cuerpo es entonces lenguaje, palabras, memoria y olvido; la casa es el habitar y el construir, el plano y la cartografía intrínseca; el territorio es el país, la ciudad, la patria y la identidad, pero también los límites, las fronteras, los muros, la migración y la extranjería, los fantasmas y la pérdida; el lenguaje es vuelo, ir más allá del límite, el germen de todas las guerras, la irrecusable vuelta a la infancia.
■
¿Llevamos nuestras casas, nuestras ciudades, nuestros lenguajes, nuestras guerras, nuestras pérdidas, nuestras mudanzas cosidas al cuerpo? ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de distinguir nuestra casa de otras casas, si una tarde, al volver del trabajo, la hallásemos vacía, despojada de cortina y sillones? ¿Qué clase de cosas de nosotros dice el desgaste acumulado de los objetos, de nuestras viviendas, de nuestras ciudades? ¿Cuánto tiempo necesita una palabra para sanar? ¿De qué manera se pronuncia un idioma improvisado, que no consta en gramática alguna y carece de un acento correcto y una manera unívoca de escritura, que existe sólo para ser hablado, para olvidar pronto lo que en él dijimos? ¿Cómo se cuentan los muertos y los heridos que sigue acumulando una guerra que ya terminó? ¿Cuáles son los mecanismos de sobrevivencia de quienes viven en una ciudad donde las bombas están fundidas con los escombros, escondidas debajo de los museos y los monumentos, bajo los estadios de futbol y las escuelas?
■
La migración involucra la re-habitación de la piel, dice Sarah Ahmed, citada por Cristina Rivera Garza. En este libro, todo tiene que ver con desplazamientos, con entrar y salir de los territorios materiales e inmateriales que nos configuran. Por azar y fortuna leí Aves migratorias durante algunos de mis trayectos primerizos en Metro en la Ciudad de México a la que llegué a vivir hace casi cuatro meses, después de haber embalado en cajas una vida, una casa de dos décadas. Así que mientras leía La lengua de Özdamar sentí, parafraseando a Mariana, que yo también necesitaba tiempo para acostumbrarme a los colores, para descifrar cuánto veía, para adaptarme a lo que me rodeaba y saber qué significaban las palabras que saturan las calles, los aparadores o el mapa del Metro. Mientras leía Casandra empecé a colgar fotografías para adueñarme de las paredes de mi nuevo departamento. Mientras leía Plano de una casa intenté recorrer a tientas mis nuevos espacios para ver si podía llamarlos casa y recordé que antes de llegar al que es hoy mi hogar yo también tuve que cerrar los ojos e imaginar y confiar en que existiría. Al tiempo que leía en el ensayo que da título a este libro que algunas veces, de manera inesperada, es posible anticipar fragmentos del futuro en un momento, que hay destellos que desgarran el curso de lo cotidiano, una epifanía de la que después no es posible desprenderse, tuve mi propia epifanía, mi propio atisbo de porvenir. Una mañana, mientas subía las escaleras de salida del Metro Pino Suárez, vi mis pies ascendiendo por los escalones, vi de reojo los otros múltiples pies y pude escuchar el sonido —un murmullo ciego y omniabarcante, que de súbito se impuso como la única realidad existente en ese instante— de todas esas suelas de zapatos chocando automática y rítmicamente contra el pavimento. Todo lo demás se evaporó. Toda yo era ese subir, ese estar inserta en una de las inercias, en uno de los gestos de esta urbe. Fue justo en ese momento en que supe que yo podría enamorarme de esta ciudad. Que en un futuro esta ciudad y yo tendremos una historia. Que sus calles podrán decirme algo sobre que quién soy.
La casa está cosida al cuerpo, nos habita, escribe Mariana Oliver en este entrañable libro, a través del que, sin duda, emprenderemos un periplo cuyo final de partida será el re-habitarnos.
Para este proyecto, imaginé un personaje y adopté su punto de vista; se trata de un observador que por medio de fotografías intenta constatar los indicios de una conspiración en su contra. Paranoidiaries (Los diarios del paranoico) establece una base para la lectura subjetiva de imágenes fotográficas por medio del constante y deliberado ocultamiento de las referencias visuales. Con esto, se hace énfasis en el ejercicio fotográfico como constructor de verosimilitudes, y en el papel de la fotografía como medio (auto)generador de interpretaciones. El conjunto de imágenes fue captado en tiempo real, a través de una especie de autoficción fotográfica ocurrida en diversos momentos entre 2012 y 2017, en la Ciudad de México, Nueva York, Berlín y Buenos Aires.
Estas calles no son Brooklyn. Me pertenecen de una manera jamás pretendida; nunca conquistada. Hasta que no las abandoné no necesité poseer ningún lugar. Estaba, claro, el sueño de la huida, pero lo que existía fuera de estos márgenes eran apenas imágenes o historias de otras, lugares que después nunca he pisado a pesar de haber caminado sus nombres en los mapas.
Están como apuntaladas en el tiempo. Esta misma esquina donde antes estuvo la panadería del pan blanquísimo puede ser la de mis doce años volviendo de la escuela o la de mis veinte, esa imagen sin fisura de descubrir la noche de invierno, cuando las aceras devolvían el ruido apagado de mis pasos solos, de única habitante del mundo.
Ahora un niño está completamente agachado y se ata los zapatos (también, otro día, decir ese instante, la revelación del secreto de anudarse los cordones). No hay ninguna inseguridad, ninguna sensación de no ser fuerte. Tomar consciencia de esta ausencia de preocupación como cuando advertimos un ruido constante una vez que ha dejado de existir; el sonido resuena en la memoria, pero hasta que no se ha apagado nadie ha reparado en él, que ya no es.
Una madre y un niño en una noche con niebla. Extraños dibujos en las paredes y la máscara de un oso juegan un papel importante en este extraño e inquietante relato.
Esa noche me llamaba, y no parecía que fuera a parar.
—Mamá. ¡Mamá!
Lo decía así, ofreciéndomelo a mí y al cuarto mientras se encogía en una oscuridad de cera, llena de juguetes (su única propiedad). Volvió a gritármelo, mucho más fuerte, y entonces aparté la vista y acaricié el vaso de whisky, justo debajo de la base, hasta que la humedad pasó a la punta del dedo.
La palabra estaba bien cosida a su cerebro desde bebé.
Me quedé muy quieta mientras miraba la forma irisada y terca de la gota. No era un crimen dejarle que aprendiera a sentir frío, o cómo bebérselo. Imaginaba su lengua al tensarse, el exceso de saliva al decir con claridad quién era yo en esta casa, mamá, mamá, mamá; ese rezo ahogado, esa súplica al único Dios que conocía de verdad. Algunas veces, desde que nació y lo sostuve en mis brazos, había deseado que me viesen unos ojos distintos. Ser simplemente una desconocida que se aleja del todo, pero al mismo tiempo se refleja, un instante, en las pupilas de quien la está mirando. Jamás me llamaba por mi verdadero nombre. De nuevo otro ruego, mamá, ven, la gota tensa y afilada en la punta de mi dedo, mamá, mami, ya desviándose. Ahora, esa palabra correteaba hasta mí con un sonido húmedo; tantas veces reblandecida en un chillido por la fiebre, por un pie que se le ha quedado atascado al salir del coche.
—Ven —repitió—. Me está hablando.
Me tapé los oídos. Reconocía el dolor. Luego fijé la vista en la mesa de madera donde comíamos (a veces con las manos, como en una película que le gusta; las ardillas hablan con elocuencia griega entre las ramas de un gran roble y parten nueces con la mandíbula, tienen los dientes planos, enormes; más tarde vencen a un malvado). Tres sillas estaban separadas. Eran de diseño industrial, de color negro, y brillaban mucho bajo la luz de la lámpara. Mi silla, la de mi hijo y la silla de enfrente. Sólo Adrián jugaba en el salón. La tercera tenía que haberla separado él. Volví a atacar el vaso, cada vez más frío. Puede que lamiera el fondo tratando de comprender. Una intuición vibraba detrás de aquella imagen; el hecho de que la tercera silla, separada de la mesa del comedor, fuera tan real en sus detalles. Había algo raro en cómo estaba colocada, como si alguien acabara de sentarse ahí a charlar conmigo; a decirme…, no pude terminar de pensarlo.
—Mamá, ven —volvió a decir.
—Duérmete, Adrián. Quiero estar sola. Hay muchos otros ratos que estoy contigo.
—Es que…
—He dicho que te duermas.
Al oírme, ya tenía que haberse cubierto la cara con su edredón con dibujos de aviones, hasta no dejar pasar el aire. No se calló esta vez. Era extraño. Siempre había sido un niño obediente, con los dientes separados y blancos. Se le veían en la oscuridad. Ni siquiera vomitaba cuando tenía gripe.
—Me está hablando.
Yo temblaba otra vez al beber, y presionaba el vaso contra el pecho. La piel de las yemas se había quedado blanca, sin sangre.
—Tápate la boca, hijo. Aprieta bien los dientes.
Clavé mi voz en el pasillo, en la pelota deshinchada, en todos sus muñecos de guerreros mutantes amontonados en una especie de fosa (una vez había bebido y, antes de que cerrara la puerta de su cuarto, le dije que le quitara la cabeza a cada muñeco y me los enseñara). ¿Quién iba a hablarle? El sabor ácido y espeso del whisky hacía que mi cabeza rodeara el corazón de esa frase. Se ramificaba y se abría más. De pronto, era como si mi hijo pudiera contagiarme hasta que me salieran ronchas, y más tarde, ya fuera capaz de ver a mi lado a uno de sus amigos invisibles. Sentado, sin moverse.
—Cállate de una…
Clavé la voz en la puerta de su cuarto y la retorcí para que no me llamara más. Me quedaba casi media botella. Pero él seguía rogando que fuera allí. No iba a parar. Quizás no podía, y ahora su cuerpo estaba enfermo de ese verbo. Ven, en los músculos, detrás de los ojos. Ven , me está hablando, encharcándose en la sangre. Estaba muy mareada, así que me levanté, respiré hondo y me cubrí con la palabra de nuevo. Bebí una vez más para apagar la luz.
—Mamá.
Al decirla en voz alta, con el mareo, la noté demasiado blanda. Se había deformado. En la calle no pasaba ningún coche. Creí distinguir unos pájaros inmóviles, clavados a las ramas de la acacia de enfrente. La niebla se pegaba a la ventana como lo hace una lengua. Sólo era una avenida vacía donde caía a plomo la palabra mamá, y yo no podía ir detrás, casi no podía seguirla o correr tras ella. Tenía que quedarme encerrada con él. Pasé al lado de la tercera silla y acaricié el respaldo. Pide un deseo. La luz la hacía resbaladiza, de un negro irreal. Pide un deseo. Una grieta en mitad de la casa.
Seguí caminando, adentrándome en el pasillo con más dificultad. De pronto, pisé algo duro y tropecé. Me golpeé contra la esquina de la pared. Conseguí sostenerme. Seguro que era un muñeco. El crujido blanco del plástico al romperse me trepó por la pierna.
—Mamá viene —dije en voz alta, y me reí sola—. Está muy cerca.
Me detuve otra vez y miré nuestras fotografías colgadas en la pared. En varias le pasaba el brazo por el hombro a Adrián, suavemente, y ya no parecía mamá, mamá, mamá. La sensación de antes me brotó más fuerte en la garganta. Se metía dentro. Ven. Pero no podía dejar de mirar las fotos. Daba la impresión de que, en esos lugares donde le habíamos pedido a algún lugareño que nos fotografiara —el pueblo donde pasábamos las vacaciones, su calima húmeda, sus ojos tras los visillos—, también hubiéramos dejado un hueco, siempre a la izquierda, para alguien más. Al lado de varios marcos, encontré trazos de lápiz rojo y amarillo. La punta había dejado incisiones en la pared. Eran dibujos de Adrián. Las cabezas dentadas de un grupo de niños, seguramente. ¿Estaría yo ahí? No pueden mirarte, Clara. Nuestras imágenes se mezclaban con los dibujos torcidos de los niños, a lápiz. Había pintado cada uno de un color, sin cara, con brazos en forma de palo o las piernas en espirales, garfios, puntas. ¿Quería él que entraran dentro de nuestras fotos? Estaban muy cerca. Fui hasta la cocina y abrí la ventana para mirar la niebla y dejar que se posara en el borde.
Cuando me metí en su habitación, él había empezado a cambiar el grito. En cuanto me vio, en el quicio de la puerta, se quitó el edredón de la cara. Sólo dejó al descubierto sus ojos y su nariz. Me susurraba algo con pequeñas agujas de voz, pero no comprendía lo que quería decirme.
—¿Qué le has hecho a la pared? —dije.
Apreté el puño. Temblaba, y no me importaba que me descubriera así.
—Son mis amigos.
—Esos no son tus amigos. Tienes que hacer mejor las líneas de la cara.
Quizás era el momento de empezar a hablarle como a un adulto y tomar ventaja. Sé que una madre nunca jamás tiene que brindar delante de su hijo. Yo lo hice.
La toalla tapaba el soporte en la pared, frente a la cama. Había preparado su habitación para que no me molestaran sus juguetes, y sobre todo, la cara del oso que colgué ahí cuando tenía cuatro años. Tiempo atrás, le había enseñado a cubrirla al terminar de jugar con él. Solía pedirme que la quitara de ahí, cuando tenía pesadillas. En una, me contó, el dentista le arrancaba los dientes, uno a uno, y le colocaba ceras de colores en los agujeros. Luego me rogaba que la volviera a poner, y entonces el oso era el verdadero monarca del cuarto. Parecía que al cubrirle con la toalla estuviera arrancando el único trozo de belleza.
Esta vez, quité la toalla de los ganchos y me reí sujetando muy fuerte el vaso. Bebí. Le acaricié el hocico. Tenía uno de esos rostros animales ridículos, donde la nariz y la boca eran de un tamaño exagerado. El fabricante le había quitado los dientes, imagino que por un miedo del todo absurdo: que eso fuera a traumatizar al niño. El interior de la boca era una pura masa de plástico rígido, parecido a una masilla ensangrentada. El oso se reía. Los dos nos reíamos. No volví a taparlo.
—¿Por qué no te duermes?
—Es que no deja de hablarme.
—Los osos no hablan, Adrián. No tiene lengua.
Pero yo no estaba mirando al animal cuando lo dije. La niebla cubría casi toda la calle, un intestino que salía al otro lado de la ventana y se metía debajo de los coches. Las ramas tenían hojas curvas, se torcían por el viento y caían sin sonido. Adrián temblaba; y yo necesitaba beber, volver a tumbarme en el sofá o buscar otro sitio. Fuera.
—Mejor si te duermes —dije, y sentí que desenterraba las palabras—. Hazme caso.
Al acercarme, noté que estaba pálido y le brillaban los ojos, como si se los hubieran encendido desde dentro. Le toqué la frente y le sujeté. Estaba caliente, aunque no tenía fiebre todavía. Me pareció que movía los labios y que decía ven. Gimió una vez más.
—Mamá, tú tienes frío, como él.
—Sí, tienes razón. Tengo mucho frío.
Al hacerme sitio a su lado, sentí que la cama estaba hundida de más y pensé, un instante, en la tercera silla separada de la mesa. Dejé el vaso en el suelo. Creo que llegué a escuchar cómo se volcaba. Luego cogí su cabeza y la apreté contra mi pecho. Ahora, me veía los pies desnudos. La boca del oso se había difuminado en mi mirada; y era negra, las encías, todo abierto. Descolgué la mano de la cama, intenté tocar el vaso, pero los dedos me pesaban y no lo encontré. Los empapé en el whisky. Sentía que deliraba a nado, en un círculo, como si pudiera ver con más claridad, sumergirle la cabeza ahí, en el color rojo y en el color amarillo —quería beber, y él se resistía en mis brazos—; sumergirle en mamá, y al fondo, un lago lleno de niños que flotan muy quietos en la superficie. Yo misma ocupando lentamente el hueco de uno de esos niños pintados en la pared y entrando en una fotografía en la que sólo apareciera mi figura. Quería quedarme ahí. Darme la vuelta y marcharme, volver a colocar la silla.
Un tren de alta velocidad choca, el día de su viaje inaugural, contra una vaca, lo que despierta insospechadas reflexiones en el protagonista de este cómico y melancólico relato.
Se pensó que había sido un atentado porque los nervios estaban tensos de antemano y hasta el último minuto se estuvo a punto de suspender el trayecto inaugural. Luego, de inmediato, se pensó en un suicida. O al menos lo pensó el Jefe de Tren Santos quien no tardó en insultar a los inoportunos suicidas de este mundo, a sus ruines vidas y a aquella falta de tacto que les empujaba al exhibicionismo en sus últimos instantes de conciencia (para el Jefe de Tren Santos, que había visto ya no pocos suicidios en sus veinte años de oficio, los suicidas tenían una firme vocación de hijos de puta). A bordo iban, junto a una cohorte de periodistas, el presidente de Ferrocarriles Nacionales, los alcaldes de las dos ciudades hermanadas por aquel tren de alta velocidad, varios ayudantes, dos secretarias menos guapas de lo previsible y media docena de familiares de personal que habían conseguido colarse. El estruendo retumbó en todo el tren a los treinta y dos minutos de la partida, justo cuando el presidente de Ferrocarriles Nacionales acababa de terminar su pequeño discurso informal en el que había asegurado que aquella joya en la que iban montados alcanzaba la exorbitante velocidad de dos-cien-tos-cin-cuen-ta kilómetros por hora. Luego, de inmediato, el golpe. Hubo un enorme silencio y después un resoplido colectivo, como si todos hubiesen cogido aire al unísono para hinchar un globo. El tren se detuvo en seco. Mirada fulminante de los alcaldes, primero el uno al otro y luego los dos, como si hubiesen rebotado las miradas, al Jefe de Tren Santos, que sintió cómo se le encogía el estómago. Pidió permiso, aseguró con una reverencia (él, que no las había hecho en toda su vida) que iba de inmediato a comprobar lo que había sucedido y corrió hasta el vagón de cabeza.
—Se me ha echado encima— se limitó a decir el maquinista.
—¿Quién?
—La vaca.
—¿Te la has comido?
—No directamente.
—¿Cómo no directamente?
La vaca —se supo más tarde, tras comprobar los desperfectos, una hereford color tostado con una gran mota blanca en forma de pera— no había impactado directamente contra el vagón de cabeza, sino que había realizado un impresionante vuelo elíptico de tres vagones y había colisionado contra el vagón número cuatro en el que afortunadamente no iba nadie. Doscientos cincuenta kilómetros por hora eran muchos kilómetros por hora, también para una vaca. El Jefe de Tren Santos le comunicó al presidente de Ferrocarriles Nacionales el motivo de aquel estruendoso sonido y de la parada.
—Pero ¿podemos seguir o no?
—Creo que sí…
—Más le vale— le susurró apocalípticamente el presidente de Ferrocarriles Nacionales.
Los periodistas miraban ansiosamente hacia el exterior, hacían de pronto fotos de todo y de todos, hasta parecía haberles cambiado un poco la cara, como si les hubiesen salido (eso le parecía al Jefe de Tren Santos) unos colmillitos difusos. Afortunadamente no se veía nada desde allí. El presidente se levantó con lentitud para dirigirse a la comitiva:
—Ha habido una pequeña avería técnica —dijo con autoridad— se solventará inmediatamente y enseguida estaremos en marcha de nuevo, nada de lo que deban preocuparse.
—¿Pero y el golpe?— preguntó el periodista.
El presidente levantó las cejas y encogió los hombros como si preguntara: «¿Qué golpe?». Luego agarró del brazo del Jefe de Tren Santos antes de que se retirara y le dio una orden avalada por más de quince años de presidencia y trato político:
—Cierre el vagón y deles de beber.
Se cerró el vagón. Se les dio de beber. El Jefe de Tren Santos pudo ver durante unos minutos varias manitas de periodistas aporreando indignadas la ventanilla, y a los pocos minutos, varias manitas de periodistas con un whisky. En el exterior, sin embargo, el espectáculo era desolador. La vaca, lo que quedaba de ella, estaba viva aún y berreaba como el Jefe de Tren Santos no había pensado nunca que pudiera berrear ninguna vaca. Aquella lo hacía, de hecho, sin un cuerno y sin una de las patas traseras, que no se sabía muy bien dónde estaba, tal vez al otro lado de las vías. Era de hecho casi media vaca lo que berreaba como un poltergeist. No lo hizo, desde luego, mucho tiempo. Se murió enseguida, como mueren las buenas hereford, con unos ojazos de señora expatriada mirando fijamente al Jefe de Tren Santos y al maquinista. Ninguno de los dos se atrevió a confesar que se les había encogido el corazón viendo a la vaca despanzurrada junto a la vía. En el vagón contra el que se había golpeado no había más que una marca con una inexplicable forma de ele.
—¿Podemos seguir?— le preguntó al maquinista.
—Sí, la máquina está perfectamente.
Y ya estaba a punto de decir: «pues nos vamos» cuando apareció aquel hombre en la distancia, pegando gritos.
—¿Corremos?— preguntó el maquinista.
Y en mala hora el Jefe de Tren Santos respondió:
—No.
Fue imposible quitárselo de encima. El hombre quería dinero y lo quería ya. De poco sirvió explicarle que, según las leyes, el responsable era él, y que de hecho podía ser acusado de negligencia, llevado a juicio y, seguramente, encarcelado. Tenía unos cincuenta años, parecía el primo de cualquiera y tenía una manera de blasfemar impresionantemente creativa. No entró en razón, ni al primer minuto ni al sexto y la conversación ya empezaba a entrar en bucle cuando apareció el mismísimo presidente de Ferrocarriles Nacionales, miró con asco el cadáver de la vaca, preguntó quién era aquel gañán y por qué no estaban ya en marcha. Aquella vez el golpe fue visible, aunque se produjo a una velocidad pasmosa y el presidente de Ferrocarriles Españoles cayó inconsciente junto a la vía. Lo único que acertó a ver el Jefe de Tren Santos fue cómo aquel hombre retiraba el bastón fantasma. El Jefe de Tren Santos tuvo en aquel momento un instante de audacia: sacó la cartera del presidente de Ferrocarriles Nacionales, extrajo de ella tres billetes de cien euros, se los ofreció al primo de cualquiera y metieron al presidente en el tren como pudieron. Cinco minutos después estaban en marcha de nuevo y diez minutos más tarde el presidente había recuperado la conciencia y tenía un flemón del tamaño de una mandarina. Se miró en el espejo del servicio, se cagó en la genealogía del labriego, lloró un minuto (cosa que le produjo al Jefe de Tren Santos una congoja inexplicable) y con una solemnidad patética le dijo que no podía dejarse ver de aquella forma y que en sus manos encomendaba el triunfo de aquel trayecto inaugural.
El Jefe de Tren Santos no sabe si fue ahí donde comenzó todo, aquella tristeza, aquella extraña melancolía. Cuando regresó al vagón presidencial nadie preguntó por el presidente. Entre los alcaldes de las ciudades hermanadas, sus ayudantes y los periodistas habían reducido el minibar a la mitad y reinaba en el vagón una especie de festivo jolgorio. El Jefe de Tren Santos recordó aquel cuento que había leído hace años en que un hombre celebra una fiesta y le avisan en medio de ella de que su madre está muriendo, y él se marcha, pero la fiesta continúa sin que nadie se dé cuenta, la fiesta que él mismo había organizado. Durante los siguientes quince minutos se limitó a estar allí, apoyado contra la puerta del vagón, contemplando aquellas veinte cabecitas que bailaban de un lado a otro como sumergidas en una corriente submarina, aquellos cabellos bien peinados, aquellos trajes elegantes y vestidos de fiesta, e hizo algo que nunca había hecho hasta entonces y que después de entonces nunca volvería a hacer: le pidió a la azafata un gin tonic y se sentó en uno de los asientos que quedaba libre, junto a la ventanilla, como si fuese un pasajero más. Fue vaciando a sorbitos el gin tonic con la sensación de que, con cada trago, entraba en él una conciencia extraña de aquel espacio, del tren mismo quizá, como si su cabeza fuese por fin capaz de formular pensamientos que de alguna manera se habían producido a lo largo de todos aquellos años pero nunca habían llegado a cerrarse, como quien está a punto de entender un problema y luego, un segundo después, no lo comprende.
El tren no le parecía, de pronto, un lugar real, sino un tránsito, un hueco, un espacio fantasma entre dos lugares reales, había bastado que se sentara un segundo como un pasajero para entenderlo. Miró a su alrededor: los rostros adquirían, al mirar por la ventanilla, un ensimismamiento extraño y pensativo, como si los lavara el paisaje. Él mismo quedaba lavado también de pronto, lo sintió como si le recorriera el cuerpo un hormigueo difuso y vencido, y pensó que debía de parecer en ese instante desde fuera como tantos pasajeros a los que había visto a lo largo de toda su vida. Pensó en la mirada de la vaca, en aquel último fulgor coqueto y lleno de pestañas y le recordó a los suicidas y tuvo la sensación de que ahora podía quitar en el recuerdo cientos de paneles muy finos hasta rescatar en ellos toda su humanidad. Le dio pena no haberles querido más, no haberles compadecido más, le dio vergüenza haberles insultado. Ellos no querían arruinar el día a nadie, tal vez querían morir, sencillamente. También el Jefe de Tren Santos pensó que quería morir en ese instante, pero sin desearlo realmente, como se desea morir sólo para sentir el arrullo amable del detenimiento del ser. Pero el tren continuaba (¿no era prodigioso?) a aquella velocidad imposible de doscientos cincuenta kilómetros por hora, los árboles se sucedían como recuerdos apenas entrevistos y si se dejaba la mirada detenida en el suelo y se hacía descansar la vista se tenía la sensación de que todo el suelo se hacía líquido. Tras veinte años de oficio el Jefe de Tren Santos descubría ahora (casi le habría dado miedo reconocerlo) lo que era un tren, lo descubría como en ciertos matrimonios, tras muchos años de convivencia, uno de los cónyuges se queda de pronto paralizado y patidifuso frente al otro, como si comprendiera con quién se ha casado en una especie de iluminación terrible. Pero la iluminación del Jefe de Tren Santos era, a la vez, amable, le había agarrado de las tripas como los rieles agarraban las vías, sentía necesidad de hablar de la absoluta belleza y simplicidad de aquello: que uno pudiera estar allí sentado, sencillamente y ver pasar frente a sí aquel paisaje líquido de personas, casas en la distancia, vacas… comenzaba a atardecer y era como si la luz, filtrada a través del cristal esmerilado de la ventanilla, adquiriera de pronto una cualidad dorada y múltiple, caramelizada, las calvas de los alcaldes de las ciudades hermanadas parecían dos manzanas de feria y hasta las secretarias se habían vuelto todo lo previsiblemente guapas que podían ser. El Jefe de Tren Santos entendió entonces algo que había escuchado muchas veces y de lo que siempre se había reído: que fuera tan sencillo enamorarse en los trenes. Una de las secretarias se volvió hacia él y le descubrió con los ojos clavados en sus pechos pero no pareció importarle, le miró con una sonrisa maravillosamente dulce. Sonó entonces un sonoro pitido que anunciaba la llegada a la estación y el Jefe de Tren Santos se levantó como un resorte, le dio el gin tonic a una de las azafatas y se dirigió a los alcaldes:
—El presidente de Ferrocarriles Nacionales me ha pedido que le disculpe de su parte. Haré yo los honores si les parece bien.
Los alcaldes se miraron entre ellos un poco sorprendidos, como si se preguntaran secretamente a qué se refería exactamente con «los honores» aquel hombre que al principio del viaje parecía tan adusto y ahora tan sobreexcitado. Pero el Jefe de Tren Santos no se daba cuenta de nada, tan pronto sentía que se le venía a los labios una carcajada estruendosa como que se le cerraba la garganta y se le humedecían un poco los ojos.
A la salida del tren habían armado un pequeño podio. Allí subieron los dos alcaldes y allí subió también, por pura inercia y sin que nadie le hubiese invitado, el Jefe de Tren Santos. Los discursos fueron breves, políticos y casi idénticos, como si los hubiesen preparado con plantilla dos gemelos kafkianos en dos oscuros ayuntamientos de provincia, y cuando terminaron los dos se volvieron por puro compromiso hacia el Jefe de Tren Santos, más que para invitarle, para disuadirle. El Jefe de Tren Santos dio un paso al frente y luego otro más. Se puso a temblar. Frente a él había varias decenas de cámaras y fotógrafos, golpeó el micrófono con el dedo, carraspeó brevemente y dijo con voz temblorosa:
—Queridos amigos…
Se detuvo un instante, y luego se dejó llevar:
—¡Hermanos! —gritó señalando el tren— ¿No es prodigioso?