Una mujer pierde a su hijo, otra se lo llevó. El niño autista no hizo ruido cuando una desconocida lo tomó de la mano, lo cubrió con un paraguas y terminó llevándoselo lejos de ese parque. Ella quedó tan cautivada por la belleza del niño que ni siquiera se dio cuenta de su condición. Tras poner a sus personajes en sendos aprietos en Casas Vacías (Kajanegra, 2018), Brenda Navarro se limita a ser dos cosas: amanuense y proveedora de problemas. La autora escucha atentamente a sus personajes, a ese par de mujeres que cuentan su propia historia, y anota. Anota la culpa de una por no saber cuidar a su hijo, mientras anota el deseo de la otra de tener una familia, a tener un niño “bonito”. La copista registra los sentimientos de sus personajes: enojo, frustración, autocompasión, piedad, esperanza, miedo. Tan bien escucha que registra esos fugaces momentos de claridad, de autoperdón, de discernimiento.
Pero que la libertad de sus personajes no confunda. La autoridad de la escritora se deja sentir en cada giro tortuoso, en cada desgracia que se suma, en cada esperanza que descarta: Brenda ahorca, ¿pero no mata?
La historia se trata de dos mujeres sin nombre. La primera goza de ciertos privilegios, pues no se preocupa por dinero, viaja a Europa, está casada con un catalán y se permite adoptar a su sobrina política. La segunda, en cambio, es una mujer pobre cuya miseria se refleja menos en su estatus económico —se gana la vida vendiendo paletas que ella misma fabrica— que en la evidente familia disfuncional (la palabra no hace justicia a la violencia que representa) de la que viene, primero, y la que trata de formar, después. En medio de ellas dos está Daniel/Leonel un niño autista y, desde luego, más personajes, pero de los demás sólo sabemos lo que estas mujeres nos cuentan.
La maternidad y la desaparición son los temas que se han barajado para explicar esta novela. Pero más allá de estos motivos, la materia fundamental de la novela es la soledad. Si algo tienen en común estas mujeres tan diferentes, es la profunda pesadumbre de saber que no están acompañadas. Ambas están ahí contando su historia a un interlocutor incierto. Tal vez a ellas mismas. Porque no hay nadie en su entorno que las escuche, que las entienda. Jalando de este hilo, el autismo del niño que cruza ambas historias cobra un sentido simbólico: ¿qué mejor alegoría de la soledad que un niño autista?
Hay dos imágenes que persisten a lo largo de la novela. Con lo dicho hasta aquí, la reiterada imagen de la casa vacía apenas merece describirse. Varias veces las narradoras-personaje se identifican como casas vacías, como si lo esencial de ellas, por alguna razón, no estuviera. Se encuentran como existencias sin sentido. La imagen es efectiva y sutil porque comunica abandono, alejamiento, silencio, y se traduce en preguntas: ¿qué sentido tiene una casa sin habitantes? ¿Qué es una madre sin sus hijos?
Sin embargo, la reiterada imagen de los pájaros que se estrellan contra los edificios es más secreta, menos accesible. ¿Qué significa esta poderosa y recurrente imagen de un pájaro que embiste los rascacielos y al caer nadie lo ve, nadie lo recoge? Los pájaros, se dará cuenta el lector, acompañan cada página.
Los recursos de la narradora se traducen en una prosa ágil que prefiere la brevedad en párrafos, oraciones y capítulos. El ritmo de la novela le debe mucho a la alternancia de estilos que remarcan la diferencia entre las narradoras: una tiene un habla estándar y la otra utiliza giros populares. De esta manera, Navarro hace un alarde de su oído y su capacidad para construir personajes complejos, profundos.
Brenda Navarro escribió una novela costumbrista que fija distintas expresiones de violencia, desde la estructural y económica hasta la física, pasando por temas cruciales como el feminicidio, la impunidad, la desaparición —fenómeno que poco a poco va consolidando un corpus en Latinoamérica— y la incompetencia institucional. Todos sus personajes, hombres y mujeres, ricos y pobres, sufren un sistema que los oprime. Tras el primer párrafo:
Daniel desapareció tres meses, dos días, ocho horas después de su cumpleaños. Tenía tres años. Era mi hijo. La última vez que lo vi estaba entre el subibaja y la resbaladilla del parque al que lo llevaba por las tardes. No recuerdo más.
… la asfixiante sensación de angustia se intensifica a la par de la esperanza del lector porque, como se sabe, la esperanza muere al último.
Brenda Navarro Socióloga por la UNAM. Actualmente está estudiando el máster de Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. En el proyecto Enjambre Literario, busca —junto a otras mujeres— la creación de redes de escritoras y abrir espacios de difusión para nuevas voces literarias en Iberoamérica. Antes de Casas Vacías publicó cuentos y poesía.
*El libro se puede descargar sin costo en el sitio de Kaja Negra
Al paso del tiempo, el hip hop se ha convertido en una importante manifestación de la cultura que dejó de ser sólo del barrio y para el barrio: tras conquistar nuevos públicos, su mensaje impulsa visiones críticas sobre la sociedad.
Hipi Hapa
Dr. Montiverzo
De fondo suena el bum bap inconfundible del hip hop en estado puro, el que nació en los barrios más bajos de Estados Unidos para darle voz a una comunidad silenciada por el gran desarrollo, imperceptible a los ojos del gran capital. Suena el compás de un gigante dormido que se levantó para no olvidar y con un grito desesperado decir: «¡Aquí estamos, esto somos!». Un mensaje tan importante no puede existir sin ser escuchado.
Esa mezcla de realidades, habilidades, esperanzas, aspiraciones, inspiraciones, contradicciones, lucha y paz, encontró en el grafiti, break dance, DJ, en el ritmo y la poesía la correspondencia perfecta para danzar en la oscuridad e iluminar todo a su paso.
El hip hop abrió el apetito de los guetos para comerse al mundo.
Hoy, la realidad es que la cultura urbana dio lugar a un monstruo que creció a sus costillas; le llaman industria. Las letras contestatarias y honestas, las paredes multicolores, los ritmos africanos moviendo cuerpos y cabezas de arriba abajo contagiaron a las personas y de alguna manera pasaron a ser parte de un contenido digerible, entretenido y bailable para el grueso de la gente; la premisa inicial fue perdiendo energía, pero la música es capaz de transmitir, trasgredir y transmutar; es resiliente, fuerte, amable, y el hip hop no es la excepción.
El planeta entero se inundó con su esencia; hoy no existe un lugar en el mundo libre de su poder hiptonizante. Los puristas claman por el alma perdida de aquella revolución cultural y observan atónitos la inclusión al poder de la globalización de lo que ellos llaman música real. El hip hop ya no es sólo del barrio para el barrio, es ahora una fusión de culturas, conciencias, pensamientos, intereses y negocios; ha salido de casa, creció y está tomando su propio rumbo, forcejeando entre lo bueno y lo malo, forjando su propio camino.
Si bien es presa de un jefe capitalista que lo maneja a su antojo, existe también libre y creativo, desordenado y lleno de energía; nos transporta a otros universos; sigue escupiendo verdades desde abajo: «¡Aquí estamos, esto somos!». Acapara lo que puede y como puede, con hambre insaciable, desde una pequeña trinchera, desde el lugar más recóndito del barrio más pobre hasta el escenario más imponente del globo, ha llegado a todas las clases y estratos sociales, no importa dónde lo escuches, no importa dónde lo veas, desde el boom de los setenta hasta lo mainstream de los 2000, el hip hop siempre será del mundo o quizá el mundo siempre será del hip hop porque «el mundo es un barrio, homs».
Hip hop deslactosado light
Roco Casillas
«Llaves, teléfono y cartera…». Así empieza una de las canciones más famosas de Lng/SHT, rapero que dedica su lírica a temas del adulto joven clasemediero. En muchos sentidos, la realidad de la que habla es a la que pertenezco. No cargo con armas (en mi vida he sostenido una en mis manos) y mi encuentro más grave con la policía consiste en que invadí el carril del Metrobús de Eje 4.
Más allá de su regular habilidad como MC, hay algo en sus letras que me repele por soso. No creo que sea una cuestión de que Gastón (su verdadero nombre) no sea true. Realmente creo que cada aseveración que expresa corresponde a su vida y a sus experiencias. Y aunque las temáticas de sus canciones son bastante cercanas a la realidad que vivo, éstas no me ponen. Siento que estoy tomando leche deslactosada light. Hay algo agresivo en el Hip Hop (con mayúsculas) que me atrae intensamente. Incluso cuando hay opulencia en las rimas, ésta es sórdida, ponzoñosa… y eso me hace falta cuando escucho a este tipo de raperos.
Entonces sale a flote mi contradicción: cuando veo de frente la realidad que es campo fértil para el hip hop más espeso, cuando se me queda viendo a los ojos, le rehuyo. Para muestra, un botón: un día iba en el pesero y subió un vato a tirar rimas por monedas; era un virtuoso. Como constantemente busco músicos con quiénes colaborar intercambiamos perfiles de Facebook. Días después, el susodicho subió un álbum de fotos donde posaba con armas. Lo eliminé de mi lista de amigos. Lo que yo admiraba como la violenta ficción del hip hop resultó ser real.
El hip hop y su crudeza me atrae como cuando juego Grand Theft Auto o veo películas de guerra. Me gusta habitar ficciones por un rato y luego volver a mi vida, donde estoy en problemas porque el portal del SAT no me deja subir mi declaración anual de impuestos. Me gusta salir de la ficción para volver a mi realidad gastonesca. Con las letras de Lng/SHT siento que viajo como turista. Es como ver un documental particularmente aburrido en vez de una película de superhéroes.
Hay otra cosa que me incomoda cada que escucho este tipo de rap, algo más profundo. Sospecho que no trago el hip hop condechi porque está escrito desde una posición de privilegio social y económico. A pesar de que escribo desde un estado muy similar al de Gastón, no creo que uno deba andar presumiéndolo: «Nuestro crew haciendo bulla/ ¿Y la tuya mi artista?/ No pagan cover, mejor ponlos en la lista». Así reza un tema donde Lng/SHT y Sabino (otro deslactosado light) hacen una apología de sus temas y los autoproclaman como una novedad. Pero ni novedad, virtud, virtuosismo o destreza caracterizan a estos raperos.
¿Será que lo que los ha proyectado tanto se llama privilegio? Al tener una carga verbal tan importante, el hip hop se volvió el arte mainstream para transmitir leyendas, pesares y fantasías de sociedades marginadas. Para ponerlas en el reflector, apreciarlas y validarlas; para empoderar a la gente que ahora vomita todas las palabras que tuvo que tragarse durante tanto tiempo. Así que, ¿realmente vale la pena tomar el micrófono para rapear de nuestro privilegio sin siquiera cuestionarlo?
Detalle. Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).
David Bowie dijo alguna vez que Berlín era la mayor extravagancia cultural que uno podría imaginar. En este ensayo, el narrador, a la manera de Virgilio, conduce al lector por calles y barrios de esta ciudad para ofrecer una visión construida como una cadena que eslabona fotografías instantáneas, postales, recuerdos y sueños.
BÚNKER
Penetré hoy en el búnker de la Colección Boros, una fortaleza nazi del centro de la Welthauptstadt Germania (la Berlín imperial de Adolf Hitler), que fue cárcel de guerra después de la toma de la capital alemana por el Ejército Rojo, y luego, durante la era socialista, almacén de frutas tropicales que provenían de los satélites soviéticos, y más tarde, con el Muro derrumbado, un antro de música techno, en cuyas celdas oscuras cientos de berlineses se extraviaban.
El búnker ha condensado como pocos edificios de Berlín cada una de las eras desde la última guerra mundial: hoy está privatizado, según la gentrificación más exquisita, y funciona como una prisión de Piranesi particular sobre la que el capital de Christian Boros, un magnate de los medios de comunicación, erigió un refugio para su arte —y encima de él un penthouse aeróbico, donde vive. El giro hacia la elegancia era el destino del búnker: los nazis ya planeaban recubrirlo de mármol cuando ganaran la guerra. Este fortín sobrevivió los raids del siglo XX, pero Boros supo sitiarlo y obtuvo permiso para horadar el techo. Tres meses tardaron en perforar la techumbre, cuyo grosor era casi el mismo que la altura del propio Muro de Berlín —tres metros con sesenta centímetros.
TRES METROS CON SESENTA CENTÍMETROS
Mi amigo Juaritos tiene complejo de Dante Alighieri, y yo, en consecuencia, elegí como un Virgilio la vía purgativa, la vía mística, el ascenso. Salimos de Boxhagener Straße, una calle de Berlín Oriental, para cruzar las aguas del Spree y encontrar a la mujer de Juaritos.
Iba dándole a mi amigo, que es poeta, los signos para que pudiera regresar, en caso de que yo me devolviera antes que él. La tensión pasaba por el infiernillo de los antros de la Warschauer Straße, por los orines y los pordioseros. No abandonamos toda esperanza, porque había probabilidad de comedia. Sin ninguna advertencia hice que el poeta cruzara por el Muro. Lo llevé a tientas y lo dejé frente a los tres metros y sesenta centímetros de cemento con varilla y aerosol, para que llegara erizado al Chatel y encontrara su Finlandia en carne y hueso. No hubo tiempo de enseñarle el beso soviético de Brézhnev y Honecker: el muchacho dantesco estaba en ascuas. Vi su cara excitarse ante el Ángel de la Historia y esbocé una mueca y le guardé escombro como souvenir. El paso del infierno comunista al purgatorio capitalista, vigilado por la Mercedes Benz Arena y el mall laxante, requirió de catarsis.
Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).
Fuimos desde la Colina de Federico hasta la Montaña de la Cruz. Almitas del Purgatorio penaban en el Berghain y el Tresor y en el resto de los antros electrónicos; hasta nosotros llegaba la radiación de sus tachas. Caminamos sobre las aguas del Spree, dejamos atrás el Leteo. Del otro lado torcimos a la izquierda a fin de buscar el Chatel. Pasamos por las tierras eslavas, por los canales de Treptow, y olí en el aire los mármoles con el nombre de Stalin grabado en letras doradas, tanto en el alfabeto cirílico como en el latino. Había animación en los bares: la Berolina twerkeaba. Llegamos al Empíreo, pero no teníamos señal. El guardián nos impidió el paso por no parecer de este rumbo, pero pude pronunciar algunas señas en la lengua del siglo. Dije: «Mi amigo tiene una muchacha dentro», y el cadenero accedió. Entramos al club de techno, que festejaba su quinto aniversario. Afuera había fogatas: el cielo también olía a ceniza. Dentro nos dividimos, a fin de buscar el agua, la mujer y los venenos. Yo iba a la barra; Juaritos encontró a Beátrix en un resplandor de láser y hielo seco y disco de los años noventa. Ella venía con Rami, un geógrafo finés con cara de viejito que me escupía en la oreja cada vez que me hablaba al oído para superar el volumen de la música electrónica. Nos apartamos. Los dejamos disfrutando la anagnórisis. Nos reunimos cuando dio la hora precisa y dejamos el Chatel.
Volvimos sin Rami por los tres sectores, Paraíso, Purgatorio, Infierno, y el tufo de Warschauer Straße dejó de importar porque se había visitado el Empíreo. Caminamos hacia el origen del Infierno, la Stalin-Allee —y llegamos al hotel Best Western de la Frankfurter Allee, donde la finesa temporalmente hibernaba.
FRANKFURTER ALLEE
Esta vez no me quedo en la Pequeña Estambul, sino en una Suave Moscú. De Boxhagener Straße, donde rento un cuarto, camino unas cuadras y de pronto parece que estoy en la perspectiva Kutuzovsky de Moscú o en la Plaza Konstytucji de Varsovia: es la Frankfurter Allee de Berlín, de arquitectura estalinista que, algunas cuadras monumentales más lejos, yendo hacia Alexanderplatz, se vuelve la Karl-Marx-Allee, aunque el estilo arquitectónico se mantiene.
Ambos tramos recibieron el nombre de Stalin (Stalin-Allee) hacia finales de los años cuarenta. Al regalo posbélico para el Padrecito de los Pueblos («una avenida en ruinas», dice cierta placa) pronto se le imprimió el estilo imperial del eclecticismo de Moscú: los colores crudos, los órdenes romanos, la discreta adición por aquí y por allá de dos masones de yeso que sostienen, uno, el mazo, y otro, el ladrillo, y que prefiguran las labores para crear el Muro de Berlín una década más tarde y dividir ambos mundos. Hoy el capitalismo hace negocios con la Ostalgie: DDR Limited, una tienda de la Strausberger Platz, ofrece decoración soviética a precios cosmonáuticos: mil seiscientos euros por una mesita esquinera fabricada con un medallón de la Stalin-Allee.
Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).
La gran huelga de la República Democrática Alemana del 17 de junio de 1953, a unos meses de la muerte de Stalin, explotó justo entre los masones que levantaban esta avenida a imagen y semejanza de Moscú, y recibió su respectiva matanza. Esa sublevación se conmemora actualmente en la misma vía donde se erigió el monumento a los hombres soviéticos caídos durante la toma de Berlín —la Calle del 17 de Junio, que parte de las Puertas de Brandenburgo y atraviesa hacia el oeste el Jardín de las Fieras.
EL JARDÍN DE LAS FIERAS ROSADAS
(A PARTIR DE BORGES)
Venía de las Puertas de Brandenburgo, donde me había protegido de la lluvia entre contingentes de turistas y camaradas LGBT. Todos estábamos empapados. Cuando paró la lluvia, caminé contracorriente del desfile del orgullo, hacia la Columna de la Victoria, atravesando el Jardín de las Fieras. En las orillas circulaban la cerveza y los cocteles. En la parte final del desfile, en la Calle del 17 de Junio, vi a un hombre encuerado con un anillo de metal que asfixiaba sus genitales. El diámetro de su pene sería de tres o cuatro centímetros, pero ahí atrás había doscientos millones de espermatozoides sin tacha como para poblar de vikingos la Tierra. Vi el bosque alemán, vi sus osos, vi valquirias. Vi un avatar en tacones. Vi que el Oriente Cercano mandaba belleza hacia el norte. Vi los efectos atroces del sol del sur en la piel albina. Vi carros alegóricos como naves de los locos de Alemania. Vi los tráileres de los turcos, de los sadomasoquistas, de los seropositivos, de los osos. Vi músculos al aire. Vi una mujer rapada sin chichis. Vi un hombre blanco vestido de Aladino con una esvástica tatuada en el pecho. Vi quince de los rostros más hermosos de mi vida. Vi un pene tremendo del tamaño del tuyo erecto, pero estaba flácido. Vi un lubricante de última generación que producen en Berlín. Vi cómo un chaparrito reconocía a su gigante y saltaba de un camión para treparse en él. Vi dos o tres paquetes inmamables. Vi tatuajes enteros que sólo había visto parcialmente. Vi a dos locas que bailaban para el fin del mundo. Vi a un hombre con máscara de perro que saludó a otros hombres con aullidos (era BDSM). Vi una sinécdoque que llevaba el sustantivo Wurst. Vi pasar plataformas gigantes con música pop y techno, con sus séquitos de hombres en trance y en tacha. Vi que existía el pasto pelirrojo. Vi un hombre en tanga que twerkeaba contra el suelo como bestia. Vi la quimera feroz de lo que había sido en otra vida una Beátrixxx, hoy efebo. Vi otros testículos, y en los testículos me volví a figurar las hordas de la Tierra, y en la Tierra los testículos, los pitos, las vulvas y las tetas que esos testículos a su vez producirían. Vi su cara, me dio un mareo y chillé, pues había visto en su cara bronceada y en sus ojos la belleza inconseguible que angustia, y quise ser los matorrales del Jardín de las Fieras Rosadas para que todos esos borrachos preciosos me orinaran encima —e hiciéramos del Jardín un pantano.
PANTANOS Y BRUMA
El sábado a la medianoche fui a ver Octubre de Serguéi Eisenstein en el cine Babylon: cumplía cien años la Revolución bolchevique. La proyección combinaba el ciclo sobre esa revolución con uno de películas mudas, musicalizadas en vivo, que se exhibían con cooperación voluntaria cada sábado a esa hora, en ese lugar. Antes de tomar el tranvía hacia la Rosa-Luxemburg-Platz, le expliqué a mi vecino el finlandés que su broma sobre que no era oportuno ver una película llamada Octubre en pleno noviembre no funcionaba si se tomaba en cuenta que el cañonazo del buque de guerra Avrora (o Aurora) y el asalto al Palacio de Invierno ocurrieron el 7 de noviembre, según el calendario gregoriano, mientras que en Rusia todavía era el 25 de octubre, según el calendario juliano. En un clima menos radical que el del Golfo de Finlandia (donde erigieron hace tres siglos San Petersburgo), los revolucionarios franceses le dieron a este mes el nombre meteorológico de brumario por la brume, o bruma, que encaminaba al invierno. A estas alturas del año en Berlín oscurece a media tarde. Para la medianoche del sábado yo ya llevaba varias horas en la oscuridad recorriendo de arriba abajo los barrios de Prenzlauer Berg, Mitte, Kreuzberg, Weißensee.
El cine Babylon fue construido en los años veinte con el estilo de la nueva objetividad y ni la Segunda Guerra Mundial pudo destruirlo. Me metí a la película muda de Eisenstein como a una especie de sueño espectral, valga la redundancia. Las figuras de los revolucionarios de Petrogrado se me introducían como los fantasmas de la medicina griega después de la digestión (el pneuma de Aristóteles, que Giorgio Agamben estudia en Estancias y que conocí en las clases de literatura medieval, cuando hacíamos ensayos de crítica textual sobre el Tratado del dormir y despertar y del soñar y de las adevinanças y agüeros y profeçía de Lope de Barrientos, con la doctora Laurette Godinas). En la película, el claroscuro casi tenebrista y la contrapicada de la marcha popular revolucionándose, a la manera de Ródchenko, cimbraba porque fue pánico el suceso y aparecía representado con una tecnología hoy primitiva, que otorga a las imágenes un peso luciferino, es decir, un peso angélico. Miles de trabajadores padecieron ese frío brumoso, húmedo, cuando tuvieron que cimentar con troncos la capital del Imperio ruso sobre pantanos para tener la prometida ventana a Occidente, dos siglos antes de la Revolución rusa, por decreto de Pedro el Grande. (Quizá por un atavismo, Tarkovski hijo se enfrasca obsesivamente por aquí y por allá con la inmersión en el agua con todo y capote.)
Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).
Estaba yo tan cansando, y ya era tan tarde, que caí al sueño por instantes y lo mezclé con las escenas del asalto al Palacio de Invierno y la música de Shostakóvich, en una sucesión entrecortada, que oscilaba entre espectros mentales y espectros ópticos. Salí del cine con mareo, en parte por culpa de Eisenstein y Shostakóvich, en parte por culpa de la cruda (era sábado).
Hoy, en el centenario de la Revolución rusa, volvieron las imágenes, porque llegó la niebla densa y bajó el clima: esta noche andamos a dos grados centígrados y se alarman los fantasmas de Berlín Oriental: vivo frente a un cementerio protestante y el otoño desnuda los árboles y expone las tumbas. También en el mes de brumario, pero de hace cinco siglos, Martín Lutero comenzó otra revolución. 1517, 1917, 2017 —número, número, número y bruma.
NÚMERO Y BRUMA (TRIGÉSIMA REFUTACIÓN
DEL TIEMPO)
Soñé un sueño realista: visitaba San Petersburgo con mi hermano Mauricio. Llegábamos a la casa de un ruso, Víktor, que vestía con ropa femenina y peluca, aunque en la vida real es homófobo y odia a Chaikovski, y es alto y hermoso y por eso lo apodan «Jirafa». De acuerdo con el sueño, San Petersburgo también era Moscú, y en planos aéreos subsecuentes mis ojos visitaban oníricamente el parque Gorki y la iglesia del Cristo Salvador. Luego nos dirigíamos todos al Museo del Hermitage; nos llevaba Víktor en su coche. Las afueras de San Petersburgo se parecían a las aldeas de Vladímir y Súzdal, que conocí hace cinco años: pueblos típicos rusos con mucha vegetación descuidada e iglesias de cebollas ortodoxas. Al llegar al centro de San Petersburgo, dejaba de ser Súzdal o Vladímir y se empezaba a parecer a la calzada Zaragoza de la Ciudad de México.
El sueño que soñé era tan realista que desperté con la convicción de que estaba en Rusia y no en mi cuarto de Berlín. Salí del sueño. Luego recordé que cumplía treinta años: me estaba hablando una señora en alemán al celular para decirme que me traía flores y que le abriera la puerta. Tardé mucho en poderle responder porque la lengua era ajena y yo venía de Rusia. Las flores llegaban por encargo desde México y formaban un ramo de lilis, gerberas y crisantemos. En la cocina estaba Diana, que es tártara y nació en Ufá —una ciudad rusa en la cordillera de los Urales, donde colindan Asia y Europa. Le dije que cumplía treinta años y me abrazó. Luego le conté que había soñado que estaba en Rusia y hablamos con extrañeza de su patria, y entonces la confusión de Chuang Tzu —entre ser hombre que sueña que es mariposa o ser mariposa que sueña que es hombre— se erigió en parábola cardinal.