Ilustrador
Sharet Ubaldo
(Ciudad de México, 1989) es una exploradora de la imagen que pretende mejorar el mundo con dibujos.
Detalle. Todos en la misma fiesta, técnica mixta sobre madera, 75 × 125 cm.
La pintura de Guillermo Martínez Rochín es inquietante. Bajo la apariencia de lo tierno, basta profundizar en ella para encontrar un diálogo patente de estímulos visuales. El trabajo evoca, convoca y coloca dentro de un mismo ambiente: el de la imaginación sin límites propia de un artista.
El tratamiento de su obra gráfica nos lleva a descifrar su argumento; academia y accidente, línea y mancha, formalidad y deconstrucción. Todo converge, todo empata. Se trata de la seña de lo concreto, de la forma en totalidad: Gestalt llena de signos y símbolos, unión y comunión de la creatividad, de las artes plásticas y del diseño.
Maestría joven que se potencia y que va en un armónico crescendo , Guillermo Martínez nos muestra que la vida es una tragicomedia posmoderna, selfies transformadas en un falso documental. Su lenguaje personal abraza tanto a nuestra cultura consumista como a la belleza del rostro humano, a las formas abstractas y al nido de la figuración.
César Bernal
*Esta serie, aún en proceso, está conformada por autorretratos melancólicos basados en la actriz española Ana Torrent, con imágenes tomadas de las películas Cría cuervos y El espíritu de la colmena .
Niña con conejos, técnica mixta sobre madera, 18.5 x 18.5 cm.
Si yo fuera Ana II, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.
Si yo fuera Ana I, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.
Sin hambre, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.
Todos en la misma fiesta, técnica mixta sobre madera, 75 × 125 cm.
Autores
(Durango, 1993) forma parte del taller-galería La Casa, un foro cultural que apoya a artistas duranguenses emergentes. Ha participado en diversas muestras individuales y colectivas en México.
Rafael Cadenas, Jalisco, 2009. FOTO Claudia Posadas (Detalle)
Con el otorgamiento al venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, 1930) del XXVII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018, el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa, se refrenda su figura como una de las conciencias críticas más importantes de América Latina en tanto su obra poética y ensayística ha significado un riguroso análisis del hombre contemporáneo.
La coherencia de su pensamiento y poesía con su actual discurso, vertido en sus dos recientes libros de poemas, Sobre abierto y En torno a Basho y otras cuestiones (Pre-textos, España, 2012 y 2016), y en Contestaciones (Fundación para la cultura urbana, Venezuela, 2016), una especie de diálogos incisivos y breves que ejerce con la escritura de diversos autores, demuestran la continuidad, fuerza y vigencia de una obra fincada en la honestidad, acorde con la preocupación fundamental en su obra: la búsqueda de una ética universal de lo humano a partir de la aceptación y el concilio con el misterio de la existencia desde la disolución del yo.
En octubre próximo, Cadenas recibirá el galardón iberoamericano en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entidad que, junto con Patrimonio Nacional de España, concede dicho reconocimiento. Ha recibido, además, y entre otros, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca 2015, el Premio Nacional de Literatura en Venezuela 1985, el Premio fil de Literatura en Lenguas Romances 2009 y el Premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua 2015.
La presente entrevista revisa temas fundamentales de su reflexión poética y de su biografía. Para conocer más en torno a su trabajo y complementar aspectos vertidos en esta conversación, se puede consultar el ensayo “La observancia como quietud que aguarda el instante”, realizado por Claudia Posadas, en este enlace .
Un aspecto central de su pensamiento es la búsqueda del concilio con nuestra condición humana, que se ha resuelto en el ethos clásico. ¿Cuál es el origen de esta búsqueda y cómo se fue conformando? ¿Cuál es el balance de este proceso, cuál es la distancia entre el Cadenas del desasosiego al Cadenas de la gratitud?
El origen está en una especie de quiebra psíquica al comienzo de los años sesenta, la cual me llevó a hacerme preguntas que creía resueltas. Fue un despertar, pues hasta entonces yo había vivido conforme a ideas procedentes de un esquema que a todo responde, que todo lo explica, cuando en realidad no existe nada que esté fuera del misterio, de ese misterio de fondo que también nos constituye, y cualquier explicación no trasciende el campo de lo relativo donde sí puede tener validez. Es allí donde funciona el pensamiento, más allá no, más allá tiene que enmudecer, lo que no está mal pues es muy hablador, porque ha de toparse con lo desconocido, con la fuente infranqueable, con lo que ha recibido muchos nombres, pero en realidad no puede tener ninguno. Es asombroso ¿verdad?, que en rigor no podamos dirigirle la palabra a nuestro fundamento esencial. En cuanto al balance, no me atrevo a hacerlo, pues me parece que implica un cierre. Se asemeja a un inventario espiritual, lo que exigiría más espacio del que ofrece una entrevista. Espero, sin embargo, que mis otras respuestas complementen las que acabo de darte.
Una de las maneras de emprender esta búsqueda es a través de un cuestionamiento del yo. Este proceso es paulatino: ante la derrota, hay un enfrentamiento crudo y descarnado con los diversos yo (Falsas maniobras ); después, se presenta un estado de vacío (Intemperie —1977—). En Memorial se estanca este proceso hasta llegar a Gestiones (1992) y Anotaciones (1983), donde se da un concilio. ¿Qué implica este enfrentamiento como método? ¿Qué yo permanece?
Cuestionar el yo, enfrentarlo suena contradictorio. Es lo que suele hacerse, pero no creo que resulte difícil darse cuenta de que eso lo realiza el mismo yo. Así, además de dividirse, termina fortaleciéndose. Ésta es una lucha que se refleja, como bien lo señalas, en los libros que mencionas, todos escritos desde cierta depresión, especialmente Intemperie . En Memorial confluyen las diversas formas usadas en los libros anteriores. Gestiones también las mantiene, pero hay más despersonalización, un intento de expresarme indirectamente, mediante motivos, algo que, claro, tampoco estaba ausente en los demás libros. Yo no rehúyo la primera persona, ni creo que usarla signifique egotismo; muchos, en cambio, la evitan, pero carecen de humildad. Me preguntas qué yo ha quedado. Pues el actual, el que traza estas líneas para pasarlas a la pequeña Olivetti y enviártelas; el que se interrumpe para ir a comprar Tal cual , periódico que dirige Teodoro Petkof, periódico padrísimo , como dicen ustedes, los mexicanos; el que intenta darse al instante, habitarlo, pues sólo existe el presente y un incesante devenir, de manera que el que escribió mis libros es otro, el de ayer es otro, el de hace unos minutos, ya que cambiamos, es otro, otro y el mismo, pero ese mismo es sólo la sensación de ser, de sentirse siendo. “El presente es perpetuo”, dice un verso de Octavio Paz, quien siempre insistió en el valor absoluto del presente y del origen. ¿Habrá diferencia entre ellos? Estas dos constantes de Paz me parecen vitales para sus lectores, siempre que las tomen en serio.
El fracaso como lucidez
El cuestionamiento es en torno al yo pero también del orden; además, ambos aspectos, están ligados al concepto de derrota: se parte de un sentimiento de no pertenencia (Los cuadernos del destierro —1960—), que se expresa en el famoso poema “Derrota”. Después, dicho sentimiento se convierte en un espacio de libertad que desemboca en un estado de vigilancia y cuestionamiento de un sistema que nos presiona y que se manifiesta en el poema “Fracaso”, donde éste es una actitud ética. ¿Qué significó ese estadio de tal modo que fue punto de partida? Actualmente, ¿se encuentra en los poemas citados? ¿Su actitud surge de la experiencia que vivió en su exilio?
Los cuadernos del destierro es un poema en prosa sobre mi experiencia como exiliado en Trinidad (1952-1956), isla muy próxima a la costa oriental de Venezuela. Era entonces todavía colonia inglesa, de modo que durante cuatro años fui súbdito involuntario, pero gustoso, de la reina Isabel. A este periodo le debo un idioma que leo mucho, pero que hablo sólo cuando viajo a Estados Unidos o a Inglaterra. El libro recoge también mi situación íntima de los años sesenta que te mencioné. Hoy no me encuentro en “Derrota”, pero no porque crea tener éxito, esta palabra no forma parte de mi vocabulario, lo que ocurre es que ese poema lo escribió un joven con quien ya casi no hablo, es decir, yo hace cuarenta años. Te daré un ejemplo: en el poema se aprueba en cierta forma la lucha armada y hoy la rechazo. Hace muchos años me di cuenta de que no es ésa la vía para lograr determinado cambio social. Ahora pienso en términos de reforma, no de revolución. Ésta se me antoja, después de las experiencias del siglo que acaba de concluir, un sangriento anacronismo que en todos los casos terminó en dictadura. En cambio, hay revoluciones que no suelen tenerse por tales como la que ha ocurrido en la física, cuyas implicaciones filosóficas apenas comienzan a vislumbrarse o la comunicacional tan prodigiosa o la del movimiento ecológico, y tal vez estén en camino otras que no podemos anticipar. Mi atención está puesta en el individuo más que en lo colectivo. Siento más cercano el poema “Fracaso”; y actitud crítica siempre he tenido, sólo que ahora no procede de ninguna postura previa, sino del simple ver. Al menos me vigilo para que sea así. Cualquier ideología es perversa, aunque esté guiada por la buena intención, porque separa a los seres humanos. El bien que se busca termina trocándose en mal. Las revoluciones traen violencia, se vuelven sangrientas, instauran dictaduras, destruyen y se autodestruyen, todo por el bien del pueblo. Prefiero el sentido común, que es ajeno a carismas, redencionismos, salvaciones, a todas esas grandiosidades hipócritas cuyos promotores nunca se han visto a sí mismos. Si lo hicieran se darían cuenta de que el mal que pretenden combatir está también en ellos y eso es igualmente valedero para los que se les oponen, quienes, sin embargo, por estar más cerca de la realidad —al menos su retórica no tiene pretensiones mesiánicas— podrían acercarse al autoconocimiento.
La necesidad del “autohacerse”
Tanto en su poesía como en su ensayo, la crítica se orienta a cuestionar cualquier fundamentalismo ya sea económico, religioso o político, y se centra en cuestionar la realidad. ¿Por qué este escepticismo como método para sus indagaciones?
El politólogo alemán Thomas Meyer definió el fundamentalismo como “movimiento de exclusión arbitrario” muy opuesto a la modernidad y el cual “pretende ofrecer, en la medida en que condena toda posible alternativa, certezas absolutas, sostén firme, auxilio permanente y orientación incuestionable”. Esta definición que encontré en el libro El fundamentalismo religioso, de Klaus Kienzler (Alianza Editorial), permite detectar dicho fenómeno en muchos otros ámbitos. En todo caso, su auge se debe probablemente a que suministra a la persona que elige una creencia cerrándose totalmente, una seguridad que ella siente como inexpugnable. En realidad, no se trata de una elección. La creencia procede inicialmente del hogar, la escuela, el ambiente, y es sólo más tarde cuando puede afirmarse con carácter absoluto, impermeable a todo interrogar. Aparte de la religión, donde hay más propensión a incurrir en fundamentalismos es en el terreno de la política. Los estragos que causa este fenómeno y su acompañante inseparable, el fanatismo, están a la vista con una contundencia inaudita debido al terrorismo que es en su expresión extrema. En cuanto a mi método, en realidad no tengo ninguno salvo la cautela de ese ver que he mencionado.
¿Considera que esto debería ser un centro de reflexión contemporánea, dada la situación de las confrontaciones a gran escala a partir de lo religioso que observamos?
En realidad, todos los fanatismos son religiosos, pues entrañan una absolutización de lo relativo. En ellos subyacen las funestas deificaciones de causas. Fanático es el que extrema su adhesión a una ideología. Según Arthur Koestler “el problema de nuestra especie no es un exceso de agresión , sino una excesiva capacidad de fanática devoción”. El fanático se identifica totalmente con un credo, que puede estar representado por su tribu, patria, iglesia, Dios, historia, futuro, revolución, caudillo. Para reiterar lo que he dicho sobre el condicionamiento, agrego estas otras palabras de Koestler: “Para una vasta mayoría de hombres a lo largo de la historia, el sistema de creencias aceptado, por el cual estuvieron dispuestos a vivir o morir, no fue de su propia factura o elección; fue impelido hacia sus gargantas por los azares del nacimiento”, lo cual nos dice cuánto peso tiene en la historia lo que se acepta sin examen. A propósito de lo que vengo diciendo, pienso en el peligro que encierran las grandes palabras, pues en su nombre se suelen suspender la razón, la ética y la piedad, y entonces todo desmán, toda inhumanidad, todo horror se tornan posibles. Las citas que he hecho de Koestler proceden de su ensayo “La explosión cerebral”. Este escritor, testigo y víctima de las tragedias del siglo xx , que se prolongan en éste, no creía posible un cambio en el ser humano. Confiaba sí en que la ciencia pudiera crear una sustancia que impidiese las locuras del cerebro arcaico, el reptiliano, pues sólo a él se las atribuye, librando así de responsabilidad a la neo-corteza, el cerebro propiamente humano, que para mí, al contrario, es el más acusable. También Peter Sloterdijk apela a la tecnobiología con un fin parecido, en su libro Normas para el parque humano .
¿De qué manera refrenda su visión al observar la situación de su país? [1]
Me preocupa mucho la división del país. Estamos ante un gobierno que trata de fabricar una revolución que en ningún momento ha definido claramente, y ante una oposición que la rechaza por considerar que conlleva un propósito de dominación con miras a implantar un régimen hecho de retazos ideológicos de la vieja izquierda, militarismo y caudillismo, todo ello cubierto con el nombre de Bolívar cuyo uso desmedido da la impresión de que el gobierno ha literalizado el poema de Neruda a este héroe: “Todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada”, etc., lo que está bien en un poema, pero en la realidad resulta un exceso. En el país existe, sin duda, libertad de expresión, pero los llamados círculos bolivarianos —tenían que llamarse así, ¿verdad?— constituidos por el propio gobierno para su defensa, amenazan, insultan y agreden a periodistas y a manifestantes de la oposición. La justicia adolece de una falla radical: los poderes públicos —contralor, fiscal y defensor del pueblo— son personas que están al servicio del régimen y no al de la sociedad. También los magistrados del Tribunal Supremo fueron escogidos con la misma intención, pero últimamente dieron una muestra inesperada de independencia para consternación del gobierno que reaccionó inmediatamente con insultos y amenazas a los magistrados que no votaron como éste lo deseaba. En una democracia es esencial que los poderes públicos sean realmente autónomos. A mi ver tal ha sido aquí el problema central pues sin justicia la verdad es inoperante. La división de poderes ideada por Montesquieu tenía el propósito de cerrarle el paso al despotismo y moralizar el Estado, urgencia por la que claman en vano desde su nacimiento los países de nuestro continente. “Es una experiencia constante —piensa— que todo hombre que posee poder tiende a abusar de él y esto último es, precisamente, lo que hay que impedir”, dice José Luis Aranguren en su libro Ética y política (Guadarrama). Por eso dije en una declaración que ese francés ha sido muy infortunado en nuestro país, sobre todo en el actual periodo. De tal anomalía —a la cual se suma el control de la Asamblea Nacional por el gobierno— se derivan los otros males que no voy a mencionar para no extenderme. Finalmente, no puedo pasar por alto que la cultura ha estado muy relegada. Daré un solo ejemplo: la Editorial Monte Avila tiene más de un año sin recibir el aporte del Estado para la publicación de libros. Es necesario sobre todo en Latinoamérica —permíteme insistir en esto— limitar el poder de los presidentes, tengan o no inclinación autoritaria, pues a veces actúan como reyes del periodo absolutista cuando simplemente son empleados públicos al servicio del país, y nunca al de una parcialidad, lo cual sería una aberración. Ellos son elegidos por el pueblo, denominación que incluye a todos los sectores de una nación, no por una divinidad. Ponerles coto mediante la constitución contribuiría a evitar que el poder los enloquezca, tal vez dejarían de sentirse importantes, y hasta se vuelvan humildes al perder los “humos de propia estimación”, para decirlo con frase de Santa Teresa. Después de todo, el brillo que presta el cargo dura poco, y al concluir, el mandatario pasa o debería pasar a ser un ciudadano corriente.
Misterio y realidad
Hay cierta trayectoria del espíritu que inicia con una negación “de los caminos de gracia”; posteriormente acepta un “hambre de gracia”, hasta que llega a la aceptación del fluir con la vida. Así, concilia dos aspectos, la razón y esta apertura “al misterio de vivir”, es decir, llega a una “mística personal”, como dice. ¿El concepto del ethos clásico es la manera de conciliar estos aspectos?
Sí, procuro ir con la vida sin oponerle resistencia. Casi me dejo llevar, aunque a veces me atasco. Dependemos de esa fuente, pero no la poseemos, más bien le pertenecemos. Ver, sentir eso es una apertura que puede significar mucho para quien esté muy envuelto por su ego. Debo decir que siempre evito la palabra mística porque se presta a confusión. Al usarla conviene tener la precaución de precisar qué tratamos de decir con ella. Razón y misterio no se oponen, lo que pasa es que ella llega a un punto después del cual no puede seguir. Allí se encuentra con el espacio del misterio, palabra que por cierto tiene la misma etimología del término místico . Deriva como éste de mistés , que designaba en Grecia a la persona iniciada en los ritos secretos. Si lo que se llama certeza religiosa tiene que ver con creencia, pues no tengo ninguna. ¿Creer significa religión? Pienso que no, aunque es lo que piensan los más. Pero sentir el misterio que nos rodea y nos constituye sí me parece religiosidad.
Como ha dicho, en sus concepciones hay un privilegio de lo existente, e incluso, el concepto del misterio de vivir , se afinca en la realidad (por ejemplo, niega cualquier concepción que privilegie otra realidad más allá de ésta). ¿De qué manera esta visión se fue conformando dentro de su proceso crítico? ¿Qué se deja de lado o qué se gana?
La palabra realidad para mí es otro nombre de lo desconocido, que nunca será conocido. Es todo cuanto sucede, pero también lo nouménico. Detrás de lo existente hay una especie de inteligencia ¿verdad? Marco Aurelio tiene una frase que me gusta y viene al caso. Él habla de “la mente gobernadora del universo”. Piensa, por ejemplo, en nuestro cuerpo. Ahí tienen lugar innumerables y complejos procesos que afortunadamente no dependen de nuestra mente consciente. El yo no podría manejarlos, produciría un desastre como pasa con todo lo que toca. Es otra mente absolutamente impersonal la que los lleva cabo. Alan Watts tiene sobre esto páginas esclarecedoras. Preguntas qué se gana. Creo que nada y todo. Se deja de lado la mezquindad, y si aparece en nosotros nos damos cuenta. En realidad, no somos dueños de nada. El yo se apropia de todo empezando por el cuerpo, lo que le es más próximo. Si alguien, pongamos por caso, tiene un don, cualquiera que sea, el yo se lo apropia cuando en rigor el mérito de éste estribaría en lo que haga con él, pero básicamente no le pertenece. Comprender esto puede ponerle fin a la vanidad. Acabo de notar que estoy hablando como alguien que sabe y eso me alarma; pido me disculpen.
De pronto se vuelve la sombra, al yo que todo lo trastoca; por ejemplo, en Memorial : “hoy descubrí que el borde maligno aún existe”. Después escribe “Caemos, recaemos”. Una vez llegado al concilio, ¿éste permanece? ¿Qué es lo alcanzado entonces?
Porque no existe ninguna garantía. Podemos deprimirnos o sentirnos ansiosos o ser visitados por el miedo. Aunque se haya lidiado con el yo, es posible que esos estados se aparezcan y se trate de hacer algo, pero no creo que enfrentarlos con la idea de vencerlos sea lo más conveniente. Tal es el impulso habitual. Como si se tratara de una pelea, pero en este caso la inveterada agresividad de los humanos no tiene cabida. Ellos quieren siempre dominar, controlar, triunfar. Uno de los poemas de D. H. Lawrence que traduje hace tiempo es precisamente “Triunfo”. Lo copio.
Me parece que durante cinco mil años por lo menos
los hombres han querido triunfar, triunfar, triunfar,
triunfar sobre sus semejantes, triunfar sobre obstáculos
triunfar sobre el mal
hasta que ahora la palabra misma es asqueante, no la
podemos oír más.
Si miráramos en nuestros corazones, veríamos
que detestamos la idea del triunfo,
estamos hartos de eso.
El trayecto no es lineal. Tampoco la palabra resultado sería apropiada y nada tiene permanencia, como lo sabía bien Heráclito.
El erario del poeta
Una característica de su escritura es un discurso contundente, pero sobrio, temperado, ajeno a la “verbosidad abundosa”, como usted dice, que se da a la par de un proceso de escritura meditado. Estos aspectos se reflejan en temas escritos a partir de una auto exploración honesta. ¿Desde qué convicción surge esta actitud de vida y escritura? ¿La asume como una estética?
Hoy pienso más las palabras, lo que tal vez no sea conveniente para la poesía, pero ¿qué puedo hacer? En su reino no caben las decisiones. Los cambios se dan un poco solos. Van apareciendo sin que uno se dé cuenta, aunque están vinculados con nuestro movimiento interior. Mi actitud no es estética, si bien le doy, claro, mucha importancia a la forma, sin ella no hay poema ni nada, y lo que haya de ética en mi trabajo nace de un sentimiento de unidad, de esa unidad que subyace en todo lo existente. Uno puede rechazar posiciones ideológicas de otros sin perder de vista que son seres humanos, y lo más importante es esta condición. Percatarse de que ella está por encima de todo es muy saludable en este mundo tan lleno de violencia. El crimen en política comienza con la palabra enemigo. Usarla es ya prepararlo.
Su escritura tiene varios registros: el poema breve y metafórico escrito en sus primeros libros; los poemas en prosa, abundantes y plenos de imaginería, y por último los aforismos y los “dichos”, donde sintetiza su pensamiento. ¿De qué manera este proceso estético se ha desarrollado a la par del proceso existencial? ¿Qué trayectoria de decantación implica el haber llegado a los aforismos?
Trayectoria existencial y proceso estético son inseparables. Los cuadernos del destierro fueron escritos desde la depresión, luego, poco a poco, iba saliendo de ella, lo cual se puede palpar en los libros siguientes. Junto a los de poesía fueron surgiendo los de prosa y por eso están como entrelazados. Las lecturas han sido vitales para mí. Me interesa mucho el pensamiento vedántico, el taoísmo, el zen, y del lado de acá Whitman, Rilke, Lawrence, Pessoa, Ungaretti, Milosz (Czeslaw), Michaux; han sido una presencia constante en mí. También Jung, Watts, López Pedraza. He leído mucho a los clásicos, sobre todo los españoles, y de los modernos a Ortega, Unamuno, Machado, Salinas y Guillén. De Hispanoamérica me han acompañado siempre sus maestros, Reyes, Henríquez Ureña (Pedro), Sanín Cano, Borges, Paz, pero en fin sólo puedo mencionarte algunas de mis lecturas. Es cierto, me atrae el apunte como el de Anotaciones , la forma gnómica de Dichos , el aforismo. Tal vez eso se deba a cierta urgencia por ir derechamente al blanco sin todo el acompañamiento explicativo que suelen llevar los escritos más completos. Tal vez influya también mi gusto por leer, que no me deja salir de la escritura breve. Tal vez mi propia limitación, no sé, pero confieso que admiro a los poetas abundantes, mis opuestos, aunque los leo poco. Los veo como a príncipes que hunden sus manos cada vez que quieren en su erario verbal y de ahí sacan toda clase de joyas. Yo soy más bien lento, paso semanas, meses, años revisando un poema, indeciso, avergonzado, pobre.
Un tema constante a lo largo de sus libros es una revisión del lenguaje, del poema y del poeta. Para usted, la poesía es contrapeso del poder, una ofrenda. En cuanto al autor “uno sólo espera de los poetas un óbolo que sirva para el trayecto”. Pero ante la barbarie, ¿el poema y poeta tiene algún sentido?
La poesía, el arte, el pensamiento son como contrapeso del poder y de la sociedad. Aquél tiende a volverse perverso y ésta a aletargarse. Se requieren antídotos fuertes para contrarrestar esas calamidades ¿y dónde encontrarlos sino dentro de la cultura? Se suele pensar que la poesía puede muy poco frente a la barbarie porque sólo le interesa a una ínfima minoría, pero ésta es una legión del espíritu y por medio de ella actúa la poesía llegando así a ámbitos más amplios. En todo caso, lo más importante es el desarrollo de la conciencia; en tal sentido la lectura, pero no sólo de poesía, es decisiva.
El hombre crucificado por su existencia
¿Cómo se puede conciliar esta búsqueda de la dignidad, este “autohacerse”, con el escepticismo que siente hacia el ser humano? ¿Éste es permanente y definitivo?
Escepticismo, para lo que uno siente en este momento, es un término eufemístico. Basta ver lo que ocurre todos los días en el mundo para no incurrir en optimismos, que nos colocan, voy a usar una frase que le robo a Juan Goytisolo, en las afueras de la realidad. La verdad es que nos hemos acostumbrado al horror. Ni siquiera el más extremo, el de los genocidios, no conmueve a la mayoría de los seres humanos. Voy a citar sólo uno. Según Mathieu Ricard, en un diálogo con su padre Jean Francois Revel, los chinos asesinaron un millón de tibetanos además de destruir seis mil monasterios y oprimen el Tíbet, todo ello ante la indiferencia mundial. En casi todos los países se violan los derechos humanos. Los más civilizados son los que fabrican más y mejores armas. El último aporte de Italia a la cultura, por medio de la fiat , es el haber perfeccionado las minas antipersonas. Ahora no las hace de metal sino de plástico para que no puedan ser detectadas. Mujeres y niños seguirán siendo las víctimas de esas bombas. Las armas atómicas y químicas continúan siendo una amenaza. No se le ve fin a la insania antirreligiosa de las religiones más mortíferas. El más inteligente de los depredadores sigue hiriendo la tierra, que es como si hiriera su propio cuerpo. Los brotes de violencia aparecen en cualquier parte, cesan en un lugar y surgen en otro. La delincuencia, el terrorismo y la corrupción son enfermedades endémicas y a todo lo anterior se añade el crecimiento desmedido de la población, que reproduce sin cesar los problemas; pero no seguiré esta enumeración. Son tan sabidos los males que nos rodean. En cuanto a los países hispanoamericanos, parecen destinados a no acertar. Suelen ser víctimas de caudillismos militaristas o de regímenes democráticos que terminan destruidos por la viveza criolla. En nuestras naciones lo único que parece prosperar es el ego. ¿Cuándo tendremos gobiernos donde realmente prevalezca la honestidad, una honestidad que sea inexpugnable? Yo siempre espero que aparezca el hombre ético. Sin embargo, a la democracia, aunque siempre nos deja insatisfechos, hay que cuidarla; esto se lo digo, con abuso de confianza, a mis queridos mexicanos, y la mejor manera de hacerlo es ampliándola, despojándola de sus vicios, haciéndola socialmente más justa y por tanto más sólida. Casi siempre es posible mejorarla, a menos que haya fuerzas diabólicas que lo impidan. Termino, a modo de desquite, con una pregunta. ¿Cómo anda la de ustedes?
[1] Cabe señalar que esta pregunta se le realizó todavía en el contexto del gobierno de Hugo Chávez.
Rafael Cadenas, Jalisco, 2009. FOTO Claudia Posadas
Autores
(Ciudad de México, 1970) Poeta, periodista y promotora cultural mexicana.
Detalle de portada del libro Sobre abierto
I.- Decantación después del camino
La atención, en el instante justo del abrir de la rosa (“Flor, / el que te mira / en este instante / se aparta / para hacerte sitio”[1] ) o del saltar de la rana al estanque (“No desdeñes nada. / Una rana le dio a Basho / su mejor poema”[2] ); el silencio y la celebración ante la belleza y el misterio de mundo y la disolución del yo, si bien han sido aspectos fundamentales en el pensamiento y obra poética de Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, 1930), XXVII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018, estos se decantan y logran su expresión más certera en sus dos recientes libros de poemas, Sobre abierto y En torno a Basho y otras cuestiones (Pre-textos, España, 2012 y 2016).
Se trata de dos volúmenes hermanos, casi gemelos, de este autor venezolano a quien, en octubre próximo, le será conferido el galardón iberoamericano en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entidad que, junto con Patrimonio Nacional de España, concede dicho reconocimiento, el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa.
Dos libros unidos si bien por una brevedad expresiva, más por el temperamento de un haijin (juglar) errante quien, como Basho, haijin mayor y maestro del haiku a quien admira Cadenas, después de haber recorrido amplias regiones sin explorar, se mitiga en la quietud del observador escindido, aunque conforme, por los territorios movedizos de la conciencia.
Quizá, para algunos, esta depuración sería un retroceso ya que, de esa poesía narrativa y de largo aliento expresada en soberbias manifestaciones del lenguaje (que puede consultarse, entre otras antologías, en Obra entera. Poesía y prosa —1958-1995—, FCE, Col. Tierra Firme, México, 1ª ed., 2000; 2ª ed., 2009; en el CD Rafael Cadenas, ECOS, en voz del autor , Conaculta, INBA, FCE, col. Entre voces, México, 2011 y en Obra entera , Editorial Pre-textos, España, 2007), Rafael Cadenas llega a una poesía, como él ha señalado, “menos exuberante”. A dicha extrañeza, el poeta ha respondido, dentro de su acostumbrada discreción: “La poesía a cierta edad es un desaprendizaje”[3] .
Sin embargo, esta trayectoria es inherente al desarrollo del ethos del escritor ya que ha implicado el zambullirse en las aguas de otro estanque de más hondura, el de la psique, estanque anegado de una sabiduría y templanza que siempre estuvieron aguardando el momento preciso: “La rana estuvo esperando a Basho, / tal vez ella sabía cuan atento / era el haijin errante”[4] .
De esta forma, el pensamiento poético del autor desemboca en una lucidez y precisión absolutas manifestadas en la gran contención poética plena de significado que observamos en estas recientes obras.
Por ello, no es ajeno que esta voz incisiva e irónica sea la que conteste a diversos pensadores, políticos y escritores con los que Cadenas mismo comulga, en esa curiosidad de libro, también de reciente publicación, que es Contestaciones [5] :
“A Takuboku”
Hay un prisionero
en el corazón
de cada hombre.
Suéltalo cuanto antes,
si esperas, aumenta de tamaño
y no podrá escapar.
“A Ernesto ‘Che’ Guevara”
El revolucionario es el más alto escalón
de la especie humana .
Al menos debió agregar: modestia aparte.
II. La derrota del yo
Como se dijo, vigilancia del instante, aceptación del misterio y reducción del yo, son las premisas de la obra poética del también Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca 2105, Premio Nacional de Literatura en Venezuela 1985, Premio fil de Literatura en Lenguas Romances 2009 y Premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua 2015.
Dichas instancias significan fuerzas a las que se ha accedido por medio de un proceso de redención y que han desembocado en un concilio definitivo con la existencia (“No somos la fuente de nuestro vivir, pero por nosotros pasan las aguas”[6] ) y en el disolverse, como dice el autor, citando a Teresa de Ávila, de “los humos de la propia estimación”, aspecto consustancial a la observancia ya que una psique desbordada es imposible que se mantenga vigilante.
Sin embargo, el camino a esta libertad ha sido arduo y pleno de confrontaciones con la conciencia y la propia biografía (recordemos que el autor sufrió cárcel y fue exiliado por cuatro años en la isla de Trinidad durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez debido a su militancia en el partido comunista, hasta que en 1957 regresó a Caracas, meses antes de la caída del tirano) pero ante todo, con la praxis de una civilización contemporánea basada en el “entronizamiento” del yo y de sus manifestaciones extremas: la violencia, los totalitarismos y el anhelo de poder:
En el mundo no señorea el ser sino otra fuerza. Existe una desconexión con el fundamento. Esta quiebra forma el telón de fondo del caos actual[7] .
Ante esta fractura, la poesía y el pensamiento de Cadenas se erigen como una referencia de análisis del ser humano contemporáneo y de sus órdenes. Su crítica parte de un diagnóstico de conciencia, estancia generadora de nuestro desgarramiento, de la que se extrae una sola condición:
El ser humano víctima de su propia psique […], de sus prejuicios […]; el ser humano que ‘proyecta’ su angustia en todo lo que hace creando división, sufrimiento, agonía […]; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder […]; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse […][8] .
Frente a este panorama, sus planteamientos apuntan a considerar “la vida como totalidad” y no a partir del fragmento que conlleva la visión del ego. Así, busca un equilibrio entre la psique, el espíritu y lo axial para llegar “al autohacerse” de un hombre que reconozca y se reconozca en el misterio del ser por lo que su reflexión desemboca en la práctica de un “ethos clásico de la gratitud y de la aceptación de la existencia finita (Schajowicz)[9] ”, un ethos construible, universal, que trascienda el dogma: “Sólo en un sitio puede ser derrotada una sociedad: en el pecho de cada hombre”[10] .
Para Cadenas, la poesía ha sido la fuente en donde ha buscado esta perspectiva y en la cual ha ejercido una revisión profunda y descarnada del yo, tal como lo enuncia en su poética:
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir
brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. […]
Quiero exactitudes aterradoras [11] .
Su creación es el espejo de un hombre que busca el centro de quietud donde la barbarie sea transfigurada y el escenario del “autohacer” de su visión de lo humano y de la justa expresión en las diversas estaciones del yo en las que se ha detenido en sus libros, estados que transcurren desde la psique atormentada de ese volumen emblemático que es Falsas maniobras[12] , hasta el equilibrio alcanzado por la voz poética en las recientes obras.
Falsas maniobras es el poemario en el que simbólicamente podemos observar aspectos representativos de ese yo atormentado en tanto que, como ha declarado el autor, fue escrito en medio de una honda depresión. En él, la subjetividad se enfrenta a sus sombras:
Cada vez que tenía un momento de reposo, me asaltaban las imágenes de transformaciones, llevándome al aislamiento. La multiplicidad se lanzaba contra mí. […] / Era el desfile de los habitantes desunidos[13] ;
y también se reconoce, con dolor, en ese hombre que
complica, complica. / Si se le entrega un pequeño laberinto, un laberinto de juguete con pocas vueltas, con un número razonable de trampas, […] / en pocos días lo convertirá en un enrevesado órgano de tortura[14] .
Aun así, en este páramo, la conciencia poética asienta su expectativa de templanza:
Tal vez el secreto de lo apacible esté allí, entre líneas, como un resplandor innominado, y mi soberbia […] ceda el paso a una gran paz, una alegría sobria, […]. / Hasta entonces.[15]
Entonces al que se llega, finalmente, en esas actas epilogales en las que desemboca todo maestro-juglar-errante que son Sobre abierto y En torno a Basho donde, a la vera del zen, se privilegia la transparencia y brevedad de un discurso avenido con el yo y el misterio, pero, ante todo, a una comprensión de éste bajo la sombra-luz del Tao.
Por otra parte, destacando más el papel de Falsas maniobras dentro del habla aterida, cabe señalar que en él se incluyó uno de los poemas más gustados de Cadenas, “Derrota”, que expresa la visión del vencido frente al sistema:
Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
[…]
que he sido negado anticipadamente y encarnecido por los más aptos…[16] .
Sin embargo, pese al continuo entusiasmo lector, el poeta del presente, atemperado, ha dicho que ya no se reconoce en ese joven de treinta y dos años que escribió dicho texto y ha explicado que su éxito se debió al contexto en que fue escrito, una compleja Venezuela posdictadura de los años sesenta.
III. Otro temple
Aunque el tipo de escritura de Sobre … y En torno a …, es decir, soles diminutos que alumbran el universo, lo podemos encontrar en Memorial [17] : “Nada pides. Sabes que estás completo. Lo sabes con tu piel. Ni de ti eres dueño”[18] y, en mayor medida, en los “aforismos” de Dichos : “Si lo que existe nos parece poco, ¿qué puede sosegarnos?”[19] , los recientes libros son cauces definitorios.
Empero, en Sobre … se mantiene en cierta medida aquella voz del desamparo de Memorial y Dichos por lo que aún quedan resquicios de aquel habitante desunido:
“El que está siempre
Rehaciéndose
no tiene idioma,
se contiene, balbuce, anota.
[…]
Disfraza la intemperie con su quehacer…[20]
que todavía mantiene restos de intemperie, como se observa en el poema “Ser”:
Si lo vislumbraste
[…]
¿por qué tu idioma es el mismo?
[…]
Ah, es que el viejo camino
no se desprende de tu paso[21] .
De cualquier manera, el camino está andado y este libro da entrada a esa completud que observamos en En torno a … en tanto que las preocupaciones de Cadenas se depuran al grado de que los poemas se constituyen en una especie de contestación o de cauce a las mismas, y son desarrolladas en un solo y certero golpe.
Pero sobre todo, Rafael Cadenas, como si fuese un Haijin trasplantado de la antigüedad oriental a nuestra época, condensa en este libro el entendimiento del Tao como el Todo circundante y urdidor de la existencia: “… la mayoría es indiferente, / pero él, que propiamente no existe, / maneja los hilos”[22] , al contrario que en Sobre… , donde apenas si se le nombra como una entidad perdida en la memoria y, en la relación de los elementos a los que alude, en honor al famoso haikú de Basho (“Un viejo estanque: / salta una rana, /ruido de agua”), es decir, la rana, el estanque, el agua, poco se entrevé su hilo de predestinación:
… Sin el estanque
tampoco Basho y la rana
hubieran escrito el poema.
No podía faltar
el prodigioso Tao
pero está acostumbrado al olvido[23] .
De ahí que, en En torno a … para Cadenas, la rana-símbolo, el estanque-espejo-de-conciencia y el salto a lo profundo son presencias y acciones arquetípicas de la naturaleza para expresar el orden y por tanto son consecuencia de esa corriente que es el Tao por la cual las cosas suceden como deben, de ese Todo que juega para que eso aparentemente inocuo, el estanque, la rana, el zambullirse, el agua, el sonido, ocurran en el instante preciso pero ya transfigurados en fuerzas en tensión y representaciones de ese tejido mayor:
Basho no habría oído zambullirse
la rana y hacer ruido en el agua
sin el permiso del indecible Tao[24] .
De esta forma, siguiendo a su maestro oriental, en estas recientes brevedades el autor llega a una esencia que trasciende lo ya explorado en su trayectoria poética. En este orden, el misterio de la existencia, su gran tema, de ser un fluir ajeno que nos escinde:
el misterio es una gravitación poderosa; se hace sentir por ráfagas (…) que nos hienden y nos dejan expuestos, en la extrañeza[25] ,
se logra la imbricación de sus hilos en la inconmensurable urdimbre del Tao: “Eres oculto apuntador[26] .
Es entonces cuando el yo guarda silencio y abre la puerta a la atención y al honrar de las manifestaciones del Tao en esas perlas-soles-diminutos que son estos recientes poemas:
El viento lo lleva
no hace resistencia y pierde
su ilusorio yo[27] .
Sin embargo, para ello, y como se mencionó, la poética-conciencia tuvo que hundirse en ese estanque oscuro del ser, pero el camino y, como Rafael Cadenas diría, “el desaprendizaje” valió la pena ya que esta gran voz de la poesía hispanoamericana halló su certidumbre:
Nunca encontramos el Grial.
[…]
Sólo la fatiga de los caminos acompañó
a los que se aventuraron.
Sin embargo, concluido el viaje
sentimos que en nosotros
[…]
había nacido/ otro temple.[28]
Así, Sobre Abierto y En torno a Basho y otras cuestiones , significan la perfecta y natural desembocadura de la trayectoria estética y reflexiva de Rafael Cadenas, pero llevada a cabo de la mano del zen, conocimiento que ha atemperado por completo a este espíritu que, como la rana de Basho, sonríe ante el camino elegido:
Te has dejado llevar.
Tal vez otro camino esperó en vano.
Eres una contramarcha sonriente[29] .
* Para conocer más en torno a la obra del Rafael Cadenas, consultar la entrevista con el autor “Contra los humos de la propia estimación”, realizada por Claudia Posadas, en este enlace :
[1] Cadenas, Rafael, Sobre abierto , Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 24.
[2] Cadenas, Rafael, Op. cit , Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 16.
[3] Lucas, Antonio, “La poesía debe agitar”. Entrevista con Rafael Cadenas, Periódico El mundo , España, versión digital, 19 de octubre de 2014, http://www.elmundo.es/cultura/2014/10/18/54417be322601d6d648b4582.html Fecha de consulta: agosto de 2018.
[4] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones , transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae , 2014, https://www.youtube.com/watch?v=OzlMgQ4W63g Fecha de consulta, agosto de 2018.
[5] Cadenas, Rafael, Contestaciones , Fundación para la cultura urbana, Venezuela, 2016.
[6] Cadenas, Rafael, Obra entera. Poesía y prosa —1958-1995—, Dichos (1992), FCE, Col. Tierra Firme, México, Primera edición, 2000, p. 660.
[7] Ibídem , p. 664.
[8] Cadenas, Rafael, Op. Cit. , Realidad y literatura (1979), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 468.
[9] ——, Op. Cit. , Anotaciones (1983), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 552.
[10] ——, Op. Cit. , Dichos (1992), FCE, Col. Tierra Firme, México, Primera edición, p. 662.
[11] ——, Op. Cit. , Intemperie (1977), “Ars poética”, FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p157.
[12] Cadenas, Rafael, Op. cit., Falsas maniobras (1966), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p.106.
[13] Ibídem , p. 107.
[14] Ibídem , pp.109-110.
[15] Ibídem , p. 107.
[16] Ibídem , p. 137.
[17] Cadenas, Rafael, Op. cit. , Memorial (1997), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 159.
[18] Ibídem , p. 177.
[19] Cadenas, Rafael, Op. cit., Dichos (1992), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 664.
[20] ——, Op. cit. , 2012, p. 52.
[21] Ibídem , p. 45.
[22] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones , transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae , 2014, Op. cit .
[23] Cadenas, Rafael, Op. cit. , Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 34.
[24] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones , transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae , 2014, Op. cit .
[25] Cadenas, Rafael, Op. cit. , Dichos (1992), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p.660.
[26] ——, Op. cit. , 2012, p. 61.
[27] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones , transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae , 2014, Op. cit .
[28] Cadenas, Rafael, Op. cit , 2012, p. 64.
[29] ——, poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones , transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae , 2014, Op. Cit.
Autores
(Ciudad de México, 1970) Poeta, periodista y promotora cultural mexicana.
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
Las langostas son arrojadas vivas a una olla de agua hirviendo para evitar que las proteasas descompongan su carne. Es probable que David Foster Wallace viera en ese violento acto culinario un reflejo de su propio dolor interno, que en este texto se analiza bajo el influjo de una intensa, cegadora y amarga migraña.
1
Un taladro me perfora las meninges. La migraña también incluye náusea, taquicardia y fotofobia. Mas no basta con eso. Me abate una tristeza tan honda que la muerte parece un buen prospecto. Sé que este pesar suicida es efecto de la migraña, y que un cuarto oscuro y ocho gotas de Tradol® podrán reconciliarme con la vida (al menos con esa forma pálida de existir que es la rutina).
De niño las migrañas eran peores; suplicaba que me cortaran la cabeza (en vez de una guillotina, me administraban un supositorio). Dejar de sufrir era lo único que me importaba. Hay una turbia secta de origen brasileño que opera en México bajo ese lema: Pare de Sufrir. David Foster Wallace lo hizo el 12 de septiembre de 2008. Saltó desde la cima de la celebridad literaria y quedó colgando de una soga, en lo alto para siempre, como en el título del mejor relato suyo que he leído («Forever Overhead»). Sospecho que la tristeza que siento con la migraña es una versión en miniatura del dolor psíquico que él padecía. Imagino su mente como una caldera lacerante, y cada palabra de su obra como una burbuja huyendo del calor.
2
Si no anduviera tan triste últimamente, este ensayo se llamaría «Hipsters & Lobsters» y sería un panfleto contra la gentrificación de la literatura mexicana. Dadas mis circunstancias anímicas, me limitaré a hablar sobre Wallace y las langostas.
La buena literatura brota a veces en lugares imprevistos como la revista Gourmet . Entre sus páginas —tan triviales como apetitosas— se publicó «Consider the Lobster», crónica del viaje de Wallace al Maine Lobster Festival en el verano de 2003. Los editores de dicha publicación culinaria probablemente esperaban que el autor aplicaría su talento como retratista a uno que otro de los ochenta mil asistentes al festival, y que lograría grandes efectos cómicos al describir, con la precisión quirúrgica que lo caracterizaba, sucesos como el concurso de belleza Diosa Marina de Maine o la Gran Carrera dominical de jaulas para atrapar langostas.
Lo que seguramente no esperaban esos editores era que se concentraría en el aspecto más oscuro del festival: en la Olla para Langostas más Grande del Mundo se cocinan cada año decenas de miles de langostas vivas . La pregunta medular del texto es: ¿Está bien hervir viva a una criatura sintiente sólo para nuestro placer gustativo? Debo confesar que no me acordé de esta interrogante cuando llegué a la costa de Nueva Inglaterra años después de haber leído «Consider the Lobster», y lo primero que hice fue ir a cenar langosta en un tugurio pintoresco donde la servían con mantequilla derretida en platos de unicel. Lo que entonces me intrigaba era saber qué se sentía comer uno de los alimentos más suntuosos que existen. Como casi toda «primera vez», no fue tan especial como esperaba. Tenía una carne suave y blanca, de sabor sutil, marino y almendrado. Estaba sabrosa, pero no tanto como para que valiera la pena pagar fortunas por ella e ignorar el problema ético de cocinar vivo a un animal.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
La postura difundida por el festival es que, dado que las langostas carecen de las estructuras nerviosas con las que se asocia la experiencia de dolor en los humanos, echarlas a hervir despiertas no implica ninguna crueldad. A muchos, incluido Wallace, no los convence este argumento, y apelan al hecho de que las langostas tienen receptores de dolor y presentan conductas de evasión del daño —como tratar de escapar de las ollas de agua hirviente— para creer que estos artrópodos sí sienten dolor. Algunos afirman que sentir dolor no es lo mismo que sufrirlo , y que las langostas justamente carecen de las facultades para hacer esto. El debate continúa (y no cabe en este ensayo), pero la balanza de las razones me inclina hacia la prudencia: hay que considerar a las langostas y tratarlas con lo que burocráticamente llamaré protocolos de compasión.
Más allá del problema bioético, me intriga por qué Wallace decidió dedicar la parte más sustancial de su artículo en Gourmet al problema del dolor de las langostas. ¿Por qué lo atrapó justo ese tema? ¿Por qué no, por ejemplo, desarrollar el magnífico ensayo contra el turismo que está latente en la nota seis del texto[1] ? ¿Por qué no extender al ámbito psicológico o al socioeconómico la pregunta sobre la validez de infligir dolor a otros para nuestro usufructo? ¿Por qué no abordar el sadismo o la sobrexplotación laboral? ¿Por qué no divertirnos, como buen humorista que era, describiendo la torpeza de la gente al manipular langostas? ¿Por qué no aprovechar las multitudes de adultos comiendo con babero para hablar de la infantilización progresiva de nuestra sociedad? Tantos temas apetecibles, y escribió sobre la experiencia atroz de las langostas. ¿Por qué?
3
«La persona deprimida realmente sentía que lo que era realmente injusto era que no podía… comunicar la terrible e incesante agonía de su depresión en sí misma , la agonía que era la realidad imperante y a priori de cada minuto de su vida —i.e. no poder compartir la forma en que eso se sentía [2] …»
4
Leo «Consider the Lobster» como expresión de una psique atormentada. Esta lectura, a su vez, puede leerse como expresión de una psique atormentada (sin duda lo es). Antes que un alegato animalista, el texto de Wallace es testimonio de un sufrimiento incomprensible para las personas que lo rodeaban. Esta condición lo hermana con las langostas. Supo qué se sentía ser langosta en la medida en que se identificó con ellas: «de pie junto a los tanques burbujeantes de la Olla de Langostas más Grande del Mundo, mirando a las langostas recién capturadas apilarse unas sobre otras, agitar con impotencia sus tenazas amarradas, apretujarse en las esquinas posteriores, o alejarse con pánico del vidrio cuando uno se les acerca, es difícil no sentir que ellas están infelices, o asustadas, aunque se trate de una versión rudimentaria de estos sentimientos». Nadie conoce el sufrimiento ignoto como alguien que padece depresión crónica. «Échale ganas», le dice la gente con menosprecio hacia sus quejas, y le recuerdan que podría estar mucho peor, como los niños con leucemia, las costureras de Bangladesh o los habitantes de la Franja de Gaza. «Mírate: tienes piernas, ojos, plaza de funcionario, lavadora y secadora, ¿de qué te quejas?» Si el deprimido responde, como en el relato «The Depressed Person», que tiene «sentimientos insoportables de pérdida y abandono, así como mareas de resentimiento y autocompasión», la gente le dice «No mames». Cuando yo me sentía apesadumbrado en la adolescencia, mi padre juzgaba que me encontraba en un estado de ánimo particularmente «mamón». Casi todo lo que pueda explicar una persona deprimida sobre su padecimiento será una «mamada» para la vox populi . Mamar parece ser el acto esencial del deprimido, un mamar al aire, en vano, con una nostalgia irremediable por el seno materno en el que fue feliz. Felices los mamones, porque de ellos será el reino de los cielos.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
Las hordas de comensales que acuden al Maine Lobster Festival ignoran por completo la agonía que David Foster Wallace reconoce en las langostas. La indiferencia de los otros debe haber multiplicado su compasión hacia ellas. A pesar de que sus padres y su novia lo acompañaron al festival, debe haberse sentido muy solo, tan solo como las langostas en espera de ser hervidas. «Me da curiosidad si el lector puede identificarse con alguna de estas reacciones, reflexiones e incomodidades», escribe casi al final del artículo. Para eso apela a la literatura: para ver si hay alguien por ahí que lo comprenda, alguien a quien pueda comunicar lo que siente, con quien pueda conjurar la soledad. Leo «Consider the Lobster» como un reproche, un desafío, como algo que, más que una pregunta, es un ruego desesperado.
5
Mil trescientos gramos de grasa con sueños. Nadie entiende cómo se aviva la materia y experimenta aromas, sonidos, colores. Nadie sabe dónde empieza la vigilia: ¿acaso los gusanos son animales zombis? ¿Las almejas, los grillos? La tristeza destaca entre los muchos enigmas de la mente. ¿Cómo es que duele eso tan vago que es la conciencia? Sabemos que si un antidepresivo inhibe la reabsorción de cierta molécula mensajera entre neuronas (la serotonina, por ejemplo), el cerebro se comunica mejor y la persona experimenta una patente mejoría en su estado de ánimo. El antidepresivo que Wallace usó durante más tiempo operaba bajo el mismo principio: al impedir que ciertas enzimas degradaran los neurotransmisores, aumentaba la disponibilidad de estos mensajeros y el escritor ya no sentía ese pánico terrible, la angustia, el desamparo. Así de simple, así de raro. El mundo es del color que nos lo pinta la fenelzina (Nardil®) o la fluoxetina (Prozac®). En 2007, dejó la fenelzina debido a sus efectos secundarios. Al año siguiente se colgó de una viga. ¿Cómo es posible que una píldora de inhibidores enzimáticos pudiera más que su pasmosa inteligencia para mantenerlo a salvo del abismo? Este hecho puede darnos una lección de humildad intelectual. ¿Por qué habrían de sufrir menos los organismos que carecen de sistemas nerviosos tan complejos como el nuestro? En «Consider the Lobster», el autor contempla que, precisamente debido a su desamparo cognitivo, las langostas sufren aún más que nosotros al sentir estímulos nocivos como una olla gigante de agua en ebullición. Al parecer no importa qué tan inteligentes seamos: hervir es doloroso.
6
Cuando se activaban las alarmas de tornado en Illinois, la familia Wallace corría a refugiarse al lugar más seguro de su casa, que en ausencia de sótano era el vestíbulo, junto a la entrada. Entonces, cuando sus padres se distraían, el pequeño David Foster Wallace salía corriendo a abrir la puerta y asomarse para ver el temible monstruo de aire. Su madre le gritaba que volviera adentro de inmediato, pero él, poseído por la curiosidad, respondía: «Lo veré antes de que me lleve»[3] .
7
Los imbéciles y los genios son un peligro para sí mismos. Les conviene que una fuerza externa modere, respectivamente, sus apetitos y razonamientos, sus arrebatos y obsesiones, caprichos y certezas. Las pasiones siempre tiñen el pensamiento, y la desdicha sugiere premisas que, con suficiente necedad o inteligencia, pueden llevar a conclusiones fatales.
Me acuerdo de san Agustín, ese filósofo excelso cuya obra ya nos queda tan lejos. Se percató de la decadencia romana (de eso, en última instancia, tratan sus Confesiones) y postuló una salida ideológica por la puerta del cristianismo, hacia la Ciudad de Dios . David Foster Wallace diagnosticó en su obra la decadencia de nuestra cultura —la del entretenimiento y la farmacodependencia en Infinite Jest ; la de la alienación y la burocracia en The Pale King . Pero él no halló salida. No hubo ciudad de Dios para ese hombre. Le faltó evangelio —no encontró a la Pachamama new age ni a los tecnoapóstoles del futuro cyborg . San Agustín y Wallace: he aquí una tesis doctoral que nunca escribiré. San Agustín y David Foster Wallace: canarios en la mina de sus imperios. La obra de Wallace denuncia y padece el egotismo cultural de Estados Unidos. Por más minuciosa que sea la descripción de sus escenarios y personajes, siempre parece estar reflexionando. Acaso era demasiado inteligente para ser novelista. Acaso sus grandes libros son novelas por accidente (sólo porque la novela es el género más trendy desde el siglo XVIII), pero convenga leerlos como tratados de filosofía moral. La prosa deslumbra, el mensaje cala hondo. Se trata de un mensaje de compasión, de empatía: borrachos de cinismo, estamos cada día más solos. Hay que buscarnos. Al escribir, ya sea sobre una tenista caída en desgracia, una anciana rezando tras el ataque a las Torres Gemelas o una langosta acorralada contra el vidrio de la pecera, Wallace se esfuerza por entender al otro.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
¿Por qué, entonces, si hizo tanto por entender a un artrópodo marino, no pudo ser más empático con Mary Karr, la escritora a la que acosó y violentó durante una relación atroz? ¿Por qué, uno se pregunta neciamente, no fue capaz de resistir la tentación de suicidarse, por qué no «aguantó» por compasión hacia su familia, y en especial hacia su esposa, la artista Karen Green, a la que condenó a vivir con el recuerdo de su esposo desnucado? Las pasiones no sólo tiñen el pensamiento, también pueden volverlo venenoso, letal.
8
El año pasado renuncié a la empatía sin darme cuenta. Fui un compañero inepto a través de una depresión que, a pesar de ser bastante moderada y razonable, no supe compartir; en vez de sentirla y de aliviarla con afecto, traté de gestionarla con sensatez. Mi presencia se convirtió en un distante y opresivo «échale ganas». Con la mente sumergida en problemas lógicos —cursaba un estéril posgrado en filosofía—, me ausenté del cuerpo. El reproche desde entonces me taladra la memoria. Ahora entiendo mejor cómo funciona el llanto. Amanezco y la belleza del jardín no me consuela. La vida es una olla hirviendo a cien grados de absurdo. Escribir es una forma de empujar la tapa tratando de escapar.
Notas
[1] Considero que la abundancia de notas en la obra literaria de David Foster Wallace es un rasgo capitalista de acumulación insaciable y proliferación caótica. Habrá quien aplauda las bifurcaciones y paralelismos discursivos que las notas producen en obras como Infinite Jes t o Brief Interviews with Hideous Men , habrá quien celebre la manera en que las notas suplementan (trastornan) el sentido de lo anotado; la forma en que anotar resignifica un dispositivo textual característico de la escritura académica y lo pone al servicio de la literatura. A mí me gustaban antes, pero ya no. ¿Quién querría desviarse del discurso para atender una farragosa nota a pie de página?
[2] «The Depressed Person», David Foster Wallace, Harper’s , enero de 1998. Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]
[3] Esta anécdota es referida por Amy Wallace, hermana del autor, en el documental Endnotes de la BBC.
Autores
(Ciudad de México, 1987) es narrador y ensayista. Autor de la novela
Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo
Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).
Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
A lo largo de su vida, David Foster Wallace enfrentó a dos enemigos: la depresión y la fama. La primera terminó por matarlo; la presión de la segunda fue, quizá, el detonante de su suicidio.
¿Qué hacer con la popularidad no deseada que atrapa y seduce con su irremediable coqueteo? La fascinación por el escritor y el personaje son los temas del siguiente texto.
When young, Pinch considered human
connections the refuge of those
who couldn’t make art. Or is art
just the refuge of those who cannot
connect?
Tom Rachman,The Italian
Teacher
En 1996, David Lipsky, entonces reportero de una Rolling Stone que todavía se asemejaba a lo que una vez fue, propuso a sus editores entrevistar a David Foster Wallace. «¿Cuál es la historia? —le preguntaron—. Tiene que haber una historia[1] .»
Wallace no era rocanrol. No era siquiera Ernest Hemingway, cuyas aseveraciones eran tan contundentes que resultaban tan irrefutables como dogma tan sólo ser enunciadas. Era lo contrario. Si Hemingway era el arquetipo de lo sexy y lo que debía ser un escritor, aquí había un gigante de dos metros, con una pañoleta alrededor del pelo y ropa con más semejanza a un sintecho que a alguien que pocos años después ganaría la beca MacArthur, popularmente conocida como el «genius grant», o «la beca para genios»
David Foster Wallace era el autor de Infinite Jest , un libro de más de mil páginas, atiborrado de notas al pie, de digresiones, de comentarios, de lo que bien podría ser un ensayo disfrazado de novela que abarcaba el presente y el futuro, todo y nada. Era, como lo que a la postre es cada crónica de la Rolling Stone , según Lester Bangs: alguien que comenzaba a enfrentarse al concepto de la fama, al mismo tiempo que luchaba con sus propias limitaciones frente a ella.
Para Wallace la fama —como para cualquier ser humano, si somos honestos— era un arma de doble filo, en particular en el aspecto práctico. Podía servir para cumplirle alguno que otro capricho, como conocer a Alanis Morissette, pero también para ser objeto de acoso. No sólo él, sino sus papás, en un caso extremo.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
En un plano existencial ni se diga. Alguien que luchó —¿por qué siempre la relación con las enfermedades se traduce a verbos como luchar y batallar ?— contra la depresión y terminó por ser vencido. La idea de que sus palabras dejaran de ser suyas y se convirtieran en propiedad de alguien más , ya fuera única o compartida —porque uno termina por apropiarse de lo que lee, a fin de cuentas—, era apabullante.
Pero, por otro lado, no dejaba de ser un masaje al ego. Como describe Lipsky en Although of Course You End Up Becoming Yourself , el libro que publicó en 2010, dos años después del suicidio de Wallace: «Intenta mostrar cuánto es que no le gusta la publicidad. Salvo que si no es un genio, no hay una buena razón para leer la novela. No abres un libro de mil páginas porque has escuchado que el autor es una buena persona. Lo abres —una vez que en efecto decides abrir el libro— porque entiendes que el autor es brillante»[2] .
La fama. Te pone en boca de todos, pero te roba aquello que te hizo famoso. No tu talento, no tu habilidad, sino la privacidad para crear sin que los demás definan y decidan qué hiciste.
■
Dado lo anterior, y antes de avanzar, es pertinente responder la siguiente pregunta a manera de advertencia: ¿Alguna vez he leído a David Foster Wallace? Sí, pero no me gusta su ficción.
Me gusta el personaje. Me es fascinante. Por eso, quizá, es que he leído la mayor parte de su obra de no ficción. Cierto es —y él mismo le admite a Lipsky de forma velada— que todo es autobiográfico, como alguna vez dijo García Márquez. Pero esa autobiografía encerrada dentro de la literatura no deja de ser construida. Es Wallace, de manera mucho más consciente de lo que admite, mostrándose como quiere ser.
Es como el epitafio en la lápida de Royal Tenenbaum en The Royal Tenenbaums : «Murió trágicamente al rescatar a su familia de la destrucción de un buque de guerra que se hundía». En el fondo, toda ficción es una cuestión de control.
Dice David Foster Wallace al respecto, en un momento meta sobre la creación misma de la imagen: «Me encantaría hacer un perfil de uno de ustedes que hace un perfil sobre mí. Sería demasiado posmoderno y bonito de hacer. Pero sería muy interesante. Sería la manera en la que yo podría hacerme de parte del control. Porque, si tú quisieras —dentro de los parámetros de no poder mentirle abiertamente a quien verifica lo que escribes, porque yo se lo negaré. Pero si quisiera, digo, vas a poder, esencialmente, darle la forma que quieras a esto. Y para mí eso es verdaderamente perturbador. Porque yo quiero tener la capacidad de formar y administrar la impresión de mí que vas a dar a conocer. Y quizá es por eso que los escritores somos entrevistados tan pinches»[3] .
Por eso, tal vez, es más interesante leer a Wallace en su faceta de no ficción. No porque lo otro no sea grandioso, sino porque, aunque también haya un disfraz en la narración de lo real —a fin de cuentas el autor quiere transmitir lo que ve y que el lector opine no sólo sobre eso, sino sobre cómo lo transmite—, hay mayor honestidad.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
Tomemos, por ejemplo, uno de los textos que escribió para Harper’s , «Shipping Out», en enero de 1996, justo un mes antes de que Infinite Jest fuese publicado[4] . «Shipping Out» es la experiencia de alguien que nunca antes se ha subido —y probablemente nunca más se suba— a un crucero.
Los primeros siete párrafos de la crónica-ensayo empiezan con la palabra yo . «Yo he visto», «Yo ahora sé», «Yo he aprendido». No queda duda de que se trata del intento del autor por establecerse en el texto: un novato en la experiencia y lo que ha aprendido de ella tras sobrevivirla. «Vengan conmigo, yo tampoco sé de qué se trata esto. Les prometo algo de voyerismo a cambio de unos cuantos dólares: así viven los demás, los que hacen esto por gusto propio. Esa gente.»
Pero también es un acto de desaparición: esa manera de desprenderse del contexto, de narrar la historia a manera de representación del lector —ese yo podría ser cualquiera. Es una manera de ponerse cómodo sin exponerse. Es el mejor mundo posible para Wallace. Cualquier crítica que haga es posible trasladarla al lector. Toda proporción guardada, recuerda un poco a uno de los shows de stand-up de Louis C.K. antes de que cayera en desgracia: si te ríes de uno de sus chistes políticamente incorrectos, no puedes fingir ofensa cuando hace otro igual, te dice, y de paso rompe la cuarta barrera. El yo de «Shipping Out» es en realidad el lector y es parte del chiste. No por nada Wallace da un nombre falso al barco que aborda, el Nadir, o el Punto más Bajo.
Así, al borrarse, en realidad genera una relación profunda. No finge pero sí amolda a escondidas. Nos está diciendo qué sentir, pero lo comparte con nosotros.
Algo similar sucede en otra de sus piezas más recordadas, «This Is Water», el discurso de graduación que dio a los alumnos del Kenyon College, en Ohio, el 21 de mayo de 2005. La puesta en escena de «This Is Water» es aún más compacta que en «Shipping Out». En tan sólo dos líneas ya sabemos quién es él y a quiénes va dirigido el discurso: «Hay dos peces jóvenes que van nadando por ahí, y se encuentran a un pez mayor, que nada en dirección contraria, inclina la cabeza y les dice, “Buenos días, jóvenes, ¿qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más, hasta que eventualmente uno voltea hacia el otro y le dice “¿Qué demonios es agua?”» [5] .
Para «This Is Water», David Foster Wallace ya es el escritor consumado. Pero aún no ha publicado el follow-up , o la siguiente novela —la tercera— de su carrera. Aunque escribió The Broom of the System en 1987, no fue sino hasta Infinite Jest que apareció en el radar literario estadunidense. Por eso, se piensa, resulta que su tercera novela es, para efectos prácticos, la segunda. Aquella que, en términos de Rolling Stone , dirá si es un one-hit wonder o no. A pesar del éxito avasallador de Infinite Jest , en un mundo tan cruel como el literario, su estatus sigue siendo frágil.
(Wallace, para quien no lo sepa, jamás completará otra obra de ficción. Junto a su cuerpo, en 2008, quedó parte del manuscrito de The Pale King. )
Aquí vemos, una vez más, lo complicado del encuadre, lo difícil de mantener control sin revelar demasiado. El autor tiene cuarenta y tres años, asume el papel de pez viejo, mientras que para la crítica literaria —y pop, porque el fenómeno de Wallace transgrede esa frontera desde Infinite Jest ; Lipsky ganó un premio nacional de periodismo por un reportaje que, según sus editores, no tenía punto— sigue sin serlo.
Wallace vive dos existencias paralelas; por eso la representación del pez, que en realidad no es más que un preludio a un discurso sobre las capas dentro de la banalidad de la vida adulta. Y es, claro está, un tratado sobre la mortalidad y el significado de la vida. El discurso cierra: «La verdad con V mayúscula es sobre la vida antes de la muerte. Es sobre llegar a los treinta o quizá a los cincuenta sin querer pegarte un tiro en la cabeza. Es sobre simple conciencia —conciencia de aquello que es tan real y tan esencial, tan escondido frente a nuestras narices que nos tenemos que recordar a nosotros mismos, una y otra vez: “Esto es agua, esto es agua”».
Lo que puede interpretarse como una versión simplista de la vida es mierda, y para no pensarlo hay que recordar que, ante todo, es vida, es en realidad Wallace enfrentando su fama, su imagen y su mortalidad.
No sólo es tomar el control de la narrativa, es hacer partícipes a los alumnos en una versión sombría del viaje en el crucero. Es conectar con ellos a través de una situación típicamente estadunidense, en la que se formó y a la vez aborrece el autor: el discurso de graduación. En esencia, David Foster Wallace es una vez más el narrador omnisciente que refleja lo que el lector —en este caso, los alumnos— tiene en la cabeza en un momento que la sociedad infla a más no poder: la graduación es uno de los símbolos más importantes del estatus cultural estadunidense; en cada pared de cada casa está la foto con toga y birrete.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
En un momento tan banal, y tan coreografiado, es cuando vemos al escritor más honesto. No al de ficción, donde tiende a esconderse, sino al que se expone cuando narra lo que ve. Yo sé que esto es agua. Sépanlo ustedes también.
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Hace unos meses, Junot Díaz, quien ganó el Pulitzer con su primera novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Random House, 2011), escribió un ensayo personal en The New Yorker , «The Silence: the Legacy of Childhood Trauma». El texto es el primer ajuste de cuentas público del escritor con su pasado. Ahí confiesa el horror de haber sido violado en repetidas ocasiones cuando tenía nueve años.
Díaz narra al inicio que en una firma de autógrafos se reencuentra con X, un personaje de su pasado. X le hace una pregunta incómoda que desata esta introspección irónicamente pública: ¿El abuso sexual que sugiere Díaz en su obra es autobiográfico[6] ? No es hasta que alguien más se da cuenta que la verdad surge como torrente.
Con Lipsky, con el tedio en el crucero y con «This Is Water» ocurre lo mismo. Aquello que se atisba en su ficción está al descubierto en su no ficción. La depresión, el suicidio, lo abrumador de la sociedad estadunidense. La representación de sí. Porque aunque tanto en ficción como en no ficción siempre haya un interés por controlar la narrativa, en lo que se ve —mas no en lo que se crea— es donde la apertura es brutal. Ahí se expone Wallace al mundo porque ahí es donde puede conectar y alejarse de la soledad del oficio que requiere cientos de horas de encierro. Al introducirse, y avisar que lo está haciendo, nos dice que son sus palabras. Pero, a diferencia de la ficción, en la que de inmediato se las transfieres al lector para perderlas por siempre, en la no ficción de David Foster Wallace, y en la conversación con Lipsky, hay algunos instantes en los que las palabras no son ni de uno ni del otro: son de ambos, porque hay una conexión fuerte que sólo podrá ser rebanada por un punto final.
Notas
[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]
[2] David Lipsky, Although of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace , Broadway Books, 2010, p. 44.
[3] Ibid. , pp. 17-18.
[4] El texto completo está disponible en la edición digital de Harper’s . Véase: https://harpers.org/wp-content/uploads/2008/09/HarpersMagazine-1996-01-0007859.pdf [consulta: 10 de abril de 2018].
[5] Una transcripción del discurso está guardada en el archivo de la universidad. Véase http://bulletin-archive.kenyon.edu/x4280.html [consulta: 10 de abril de 2018].
[6] Junot Díaz, «The Silence: the Legacy of Childhood Trauma», The New Yorker , 16 de abril de 2018. Véase https://www.newyorker.com/magazine/2018/04/16/the-silence-the-legacy-of-childhood-trauma [consulta: 10 de abril de 2018].
Autores
(Ciudad de México, 1986) es escritor. Su más reciente libro es
Fake News, la nueva realidad (Grijalbo, 2018).
Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
El atractivo social, estético y político del rap atrajo en los años noventa la mirada de intelectuales y artistas ajenos a la experiencia afroamericana para tratar de entender y luego explicar la idiosincrasia de una manifestación creativa fundamentalmente identitaria.
David Foster Wallace fue uno de ellos con Signifying Rappers, intento poco afortunado y condescendiente de acercarse a este género para tratar de desmenuzarlo.
Some say that rap is just madness
I say I’m glad that I had this.
Schoolly D, «Education of a
Black Man»
And I just don’t have the patience
to deal with these cocky caucasians.
Eminem, «The Way I am»
El rap, como pocas expresiones culturales, tiene capacidades de autoempoderamiento que ponen pálida a cualquier hegemonía. En 1990, poco antes de que este género fuera integrado y luego cooptado por el corporativismo convenenciero que ha herido de muerte a la industria musical, la comunidad minoritaria que se encargaba de producirlo en barrios de las grandes ciudades de Estados Unidos, principalmente afroamericanos y latinos, aún mantenía la pureza urbana y social que marcó su debut comercial.
La potencia del rap para proyectar la realidad marginal de las minorías, la capacidad simultánea que representa para generar esparcimiento y olvidarse un rato del caos o la agresividad con la que es capaz de denunciar cualquier asimetría social o política resultaron fascinantes para la tribuna blanca de la sociedad gabacha del momento.
Desde su posición intrínseca de merecedores incuestionables o celosos observadores autorizados, intelectuales, escritores, artistas, conductores, opinadores y, en general, un grueso importante de la sociedad estadunidense enfocaron la mirada crítica en el rap. Ya sea por supuesta violencia explícita y su «destructiva » influencia, o por el vehículo de expresión y catarsis social que representaba para los sectores oprimidos de Estados Unidos, el rap pasó a hospedarse en la lista de temas recurrentes de conversación. Tal como ocurrió con el blues, el rocanrol o el jazz, el rap empezó a ser el nuevo fenómeno exótico que provenía de las calles. Su perfecta estridencia urbana y su estrategia creativa de guerrilla para encontrar ritmos, diseccionarlos y luego coserlos espalda con espalda para producir algo completamente nuevo, resultaron ser el puente posmoderno perfecto para cruzar hacia el nuevo milenio.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
Y mentes inquietas como la de David Foster Wallace no quedaron exentas de su atractivo estético, social y urbano. En 1990, el mismo año que salieron placas clave del canon rapero como «Fear of a Black Planet», de Public Enemy, «Mama Said Knock You Out», de L.L. Cool J. o «One for All», de Brand Nubian, Wallace publicó Signifying Rappers , un intento poco afortunado por acercarse al rap y tratar de desmenuzarlo. Y aunque las intenciones del escritor por entender y luego explicar la idiosincrasia de una manifestación creativa íntimamente vinculada con la experiencia afroamericana pudieran ser genuinas, las metidas de pata no son menores.
Me considero un contento seguidor de la autodeconstrucción que Wallace era capaz de generar con su prosa. Siempre me ha sorprendido la habilidad que tenía para abstraerse y ubicarse en contextos tan disparatados y luego describirlos con una agilidad literaria maestra y sensible. Quizá no sea sobrado decir que Infinite Jest , su obra más conocida, revolucionó la idea de novela como formato literario. El uso astuto de estrategias metatextuales, tratando de desplegar significados alternativos o secundarios, me representa una multiplicidad de dimensiones temáticas y una cartera de recursos narrativos que definitivamente merecen mención honorífica. La búsqueda de vacíos existenciales como gasolina literaria me obliga a reconocer el riesgo que tomaba para darle nuevos bríos a su escritura.
Sin embargo, es verdad que se acercó al rap con una miopía social avasalladora.
Su acercamiento naive sólo acentuó la grieta social que hay entre un blanco pudiente como él, estudiando un posgrado sofisticado en una de las universidades con más renombre del mundo, y el rap, una expresión artística urbana originada en el seno del contexto racista de Estados Unidos.
Además de constantemente referirse a este género como «música negra urbana hecha por y para afroamericanos»[1] , para Wallace, el rap se mantuvo como un fenómeno ajeno: «For outsiders, rap is easy to move to, hard to dissect. The more we listened and thought and drank beers and argued, the more we felt that the stuff ’s appeal for two highbrow upscale white was just incongruous»[2] .
Las conjeturas en Signifying Rappers resaltan esa otredad con la que veía a sus paisanos afroamericanos raperos. Wallace aclara desde el principio: «Please know we’re very sensitive to this question: what business have two white yuppies trying to do a sampler on rap?» [3] . Se percibe una amabilidad forzada. Pareciera que estaba haciéndoles el favor explicativo a otros blancos intelectualoides interesados en el rap. Y resulta imposible perdonarle la posición de superioridad, voluntaria o no, que denota a lo largo del texto.
Bakari Kitwana, un activista e intelectual afroamericano que en 2005 publicó un libro titulado Why White Kids Love Hip-Hop , sale al rescate. La tesis principal reconoce el cambio de paradigma social y político que ha caracterizado las generaciones que han venido después de los famosos baby boomers . Para Kitwana, la generación postsegregacionista de jóvenes se ha embarcado en procesos distintos a los que generaciones previas usaron para digerir el panorama de desigualdades raciales. Ahora, Kitwana asegura que las generaciones tienen estructuras culturales mucho más potentes; templetes culturales como el hip hop permiten una absoluta inmersión en la nueva codificación de la política racial en Estados Unidos. El problema, Kitwana continúa, es que hay un intermediario metiéndole distorsión a la percepción que hay del hip hop y de cualquier manifestación cultural con origen en minorías: los medios de comunicación. La audiencia de la corriente principal se embarca en procesos de consumo que se limitan a captar una versión mediática del rap, orillando la cultura afroamericana original a una posición secundaria, incluso a una distorsión relegada del producto comercial.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
La fascinación que Estados Unidos ha tenido con la cultura afroamericana no es nada nueva. Y la obsesión de Wallace por entender el rap es la versión noventera de esa fascinación, filtrada por su pedigrí intelectual. Entonces, al leer el ejercicio ensayístico que hizo del rap, vale la pena tener presente que «cuando se absorben/incorporan aspectos de la cultura juvenil afroamericana, generalmente a través de la cultura popular, se empieza a engendrar una subcultura completamente nueva»[4] ; blanca y foránea en el caso de David Foster Wallace y el rap: «The lyrics are about […] how sex and violence and yuppie toys represent the perfectly urban black lifedrive to late 80s American glory»[5] .
Al final, solamente fue capaz de ver el rap como un fetiche. La otredad con la que se refiere a este género es un constante recordatorio de que su acercamiento es más bien una especie de safari musical local.
Más adelante, tratando de explicar las peripecias que en ese momento representaba acceder a información sobre el rap, Wallace confiesa que los únicos fanzines que no lograba tener eran los que «circulaban en las secciones más inmundas del Bronx, las partes del barrio en las que era igual de difícil para un blanco aprender de rap que conectar perico o armas de calibre grueso». Igualmente, recordando un concierto de Slick Rick The Ruler en el gimnasio de una prepa, más allá de apuntar la destreza y la delicadeza del flow inmortal de Slick Rick para rapear, sólo permite ver lo intrépido que era para él ir, y lo preocupado que estaba por vestirse acorde al evento: «We left our dates at home, in their paisley skirts. Decided to dress mean —fatigues, old sneakers, bowling shirts only half-buttoned. Didn’t shave. We were scared, but we liked it, the “danger” involved in just liking rap, from the outside. Talk about a music with an edge…[…] Evidently the cops had the same stuff about rap that we had. They and we were suffering a kind of delicious enforced paranoia»[6] .
Desde una posición mucho más privilegiada que la del gringo blanco promedio, incluso reconociendo que un policía y él se relacionan igual con el rap, pareciera que el trato condescendiente de Wallace tiene más que ver con la barranca cultural y social que había entre los raperos del momento y él, que con el complejísimo entramado musical y lírico que el rap representa, aunado a su capacidad para navegar fronteras, culturas y adaptarse sin perder esa esencia expositora y contestataria. En 1990, ese mismo año que Wallace nos compartió su fijación por este género, el Muro de Berlín acaba de ser derrumbado, el apartheid en Sudáfrica se estaba desmantelando y los disturbios en el barrio angelino de Watts, ocasionados por una brutal madriza captada en VHS, estaban por explotar. David Foster Wallace no fue capaz de conectar todo eso con el rap.
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En 1993, tres años después de la publicación de Signifying Rappers , salió un libro que vino a dar el manotazo en la mesa de los estudios críticos culturales. Paul Gilroy, un académico británico con orígenes afrocaribeños (Londres-Guyana, 1953), publicó The Black Atlantic. Modernity and Double-Consciousness . Y justamente, utilizando manifestaciones musicales como el jazz o el rap, además de apoyarse en algunos intelectuales negros que sentaron bases ideológicas fundacionales (W.E.B. Du Bois, Toni Morrison, Frederick Douglass), Gilroy designa el espacio geográfico entre el continente africano y el Caribe —el Atlántico negro—, reconocido como el principal paso comercial en el traslado de esclavos, como pieza clave para entender —y retar— la idea occidental de modernidad y su orden económico global.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).
El Atlántico negro de Paul Gilroy y su idea de doble conciencia me permiten entender la absoluta desubicación de Wallace. Un híbrido de culturas y naciones (africano, caribeño, americano, británico), el Atlántico negro ubica el intercambio de esclavos como factor indispensable para el funcionamiento del engranaje capitalista occidental. Para los afroamericanos, Gilroy explica, el trabajo moderno termina siendo un sinónimo de servidumbre, subordinación, infelicidad y marginalización. Y al mismo tiempo, el Atlántico negro también se convierte en la fuente primaria de capital cultural para todas las personas impactadas por la esclavitud. Se empiezan a construir discursos alrededor de una autenticidad cultural híbrida. La configuración de la identidad ya no es desde una posición únicamente nacionalista. Su desterritorialización y la búsqueda de la libertad colectiva se convierten en parte de la esencia multicultural del Atlántico negro. Consecuentemente —Gilroy termina—, además de ser intrínsecamente contraculturales, el ejercicio creativo y la posibilidad artística cobran sentidos liberatorios y antinacionalistas. La esencia del rap es eso, un ejercicio creativo de empoderamiento y de liberación física, mental y social.
A través de lo que David Foster Wallace escribió, me animo a decir que no captó que se trata de una mixtura de identidades culturales que se manifiesta desde el aislamiento social. No logró ver el rap como una herramienta creativa que permite el empoderamiento social construyendo imaginarios culturales nuevos desde la marginalización.
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Rakim, contemporáneo al momento en que Wallace estuvo escuchando rap, y probablemente el rapero mas devaluado de la historia, casi no pasa por las páginas de Signifying Rappers . La descalificación en automático que hace de los Beastie Boys también señala su falta de puntería («serious rap is not J.J. Fad or Tone Loc or Beasties, Egyptian Lover of Fat Boys»)[7] . Al final, aunque su lugar en la rotonda de grandes escritores estadunidenses ya está, al parecer, asegurado, y aunque se le haya designado mártir por excelencia de la depresión con fines literarios, como un Kurt Cobain de la literatura (o mejor como un Elliott Smith o Mark Oliver Everett), Wallace nunca pudo desmarcarse totalmente de su identidad eurocentrista. Y aunque sin duda trató de desmantelar su privilegio, en Signifying Rappers no pudo negar la cruz de su parroquia anglosajona: «The music’s paranoia, together with its hermetic racial context, maybe helps explain why it appears just as vibrant and impassioned as it does scary and alien, to us, from the outside»cada segundo [8] .
La distancia social que indirectamente marcó las opiniones de David Foster Wallace sobre el rap y sus exponentes es la misma que ha marcado parte de nuestra identidad como mexicanos/ latinos. Si se hubiera permitido seguir entre nosotros, ¿con qué ojos se hubiera acercado al reguetón? A lo mejor hubiera sido un campeón defensor de este ritmo, como un símbolo de cultura afrolatina contemporánea. Quizá lo hubiera reconocido como un espacio que vive del talento creativo y de la transformación de ritmos con un marcado acento afrolatino, declarando su victoria al evitar el blanqueamiento que otros géneros musicales han sufrido. Probablemente se hubiera chutado los libros de Paul Gilroy y, al igual que el Atlántico negro, hubiera reconocido el capital cultural del reguetón y su posibilidad para proveer un espacio que se alimenta de todas las intersecciones sociales y culturales actuales en Latinoamérica. Y al igual que el rap, quizá hubiera podido ver la capacidad de autoempoderamiento que tiene.
Igualmente, con suerte también hubiera registrado los discursos actualizados de autenticidad latina y afrolatina que el reguetón permite, así como su natural dimensión para dibujar y compartir cualquier contexto urbano. Y ni qué decir de la simbiosis que hay en este género entre estudio de grabación y pista de baile. Una bomba de ritmo y candela que no necesita de las reglas ortodoxas de la composición musical europea, algo que a estas alturas Wallace quizá sí hubiera sentido. Como no lo sintió con el rap. Pero a lo mejor no, a lo mejor sólo nos hubiéramos acordado de David Foster Wallace a través de algún dardo-tuit de Aleks Syntek citándolo para justificar su feliz ignorancia.
Notas
[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]
[2] «Para los de afuera, es fácil moverse con el rap, pero difícil diseccionarlo. Entre más escuchábamos y pensábamos y bebíamos cervezas y discutíamos, más sentíamos que para dos blancos de alto nivel el atractivo del rap era simplemente incongruente.» [Trad. de los eds.]
[3] «Por favor, sepan que somos muy sensibles a esta pregunta: ¿qué derecho tienen dos yuppies blancos a intentar hacer un muestrario de lo que es el rap?» [Trad. de los eds.]
[4] Bakari Kitwana, Why White Kids Love Hip-Hop. Wankstas, Wiggers, Wannabes, and the New Reality of Race in America , Basic Civitas Books, 2005, p. 124.
[5] «La letras tratan de […] cómo el sexo y la violencia y los juguetes yuppies representan a la perfección el impulso vital de la población negra urbana hacia la gloria americana de finales de los ochenta.» [Trad. de los eds.]
[6] «Dejamos a nuestras parejas en casa, con sus faldas estampadas de cachemir. Decidimos vestirnos como tipos duros: pantalones militares, tenis viejos, camisas de bolera abotonadas a medias. No nos rasuramos. Teníamos miedo pero al mismo tiempo nos gustaba el peligro que implicaba el simple hecho de que nos gustara el rap siendo de fuera. Hablamos de música peligrosa… […] Evidentemente la policía sabía lo mismo que nosotros sobre el rap. Tanto ellos como nosotros estábamos sufriendo una especie de deliciosa paranoia impuesta.»[Trad. de los eds.]
[7] «El rap serio no son J. J. Fad ni Tone Loc ni Beastie Boys, Egyptian Lover o Fat Boys.» [Trad. de los eds.]
[8] «La paranoia de la música, junto con su hermético contexto racial, quizá explique por qué, para nosotros que venimos de fuera, nos parece tan vibrante y apasionada como aterradora y extraña.»[Trad. de los eds.]
Autores
(Ciudad de México, 1980) es periodista
freelance . Fue becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología para investigar el hip hop mexicano. Actualmente estudia un posgrado en la University of Wisconsin en Madison.
Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).