Tierra Adentro
Foto: Archivo Tierra Adentro
Foto: Archivo Tierra Adentro

Luis Alberto Arellano es un autor queretano en cuya obra se articulan diversos ámbitos del campo literario, desde la producción de poesía y ensayo, hasta la gestión de proyectos y espacios para su enseñanza, pasando por trabajos de edición, traducción e investigación de las formas de difusión y generación de la literatura.

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Aunque su postura frente a la literatura fue la de un explorador de sus fronteras conceptuales, Luis Alberto Arellano siempre se mantuvo con un pie puesto en la tradición construyendo en paralelo una sólida edificación académica.

Maestro en Literatura Latinoamericana y Mexicana por parte de la Universidad Autónoma de Querétaro y Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de San Luis,  Arellano inició en el ejercicio de la enseñanza formando parte del cuadro de profesores de la Escuela de escritores “Adolfo Torres Portillo” —sede en Querétaro de la SOGEM—; posteriormente, buscando espacios menos rígidos en el quehacer literario, fundó, junto con Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (a. k. a. LEGOM), el Seminario de Creación Literaria “El oficio mayor” en su natal Querétaro. Proyecto que con los años se consolidó como una caja de Petri para la literatura actual de la región, en donde generaciones más recientes han adquirido un gusto por el registro contemporáneo y experimental. Acaso aquí la evidencia de esa “legión de voces” que componían el trabajo de Arellano, tan contradictorias como complementarias.

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La dimensión editorial magnetizó su quehacer de principio a fin. Casi al término de la década de los noventa, todavía en la SOGEM, fundó, junto con Sol Ximena Fernández, Ricardo Mazatán y Román Luján, la revista literaria Crótalo, experiencia que dejaría en él una impronta tan profunda que las publicaciones periódicas se convertirían, tanto en su materia de estudio —como lo prueba su tesis doctoral, para la cual realizó una estancia de investigación en la New York University, sobre revistas literarias de los años veinte—, como en el primer sitio de su producción poética, ensayística y de traducción. Fiel a este pulso, colaboró con más de una veintena revistas nacionales y extranjeras, como Alforja, Replicante, Luvina, Punto de partida, La siega, Los amigos de lo ajeno, Vallejo & Co., Nitro, Revuelta, Serie Alfa y Tierra Adentro, por mencionar sólo algunas. Además, formó parte del consejo editorial de las revistas Metrópolis (Guadalajara) y Los perros del alba (Guanajuato/San Luis Potosí), proyectos editoriales que sirvieron como plataformas para visibilizar la producción de autores nacidos en las décadas de los setenta y ochenta. Esta vena de editor también la exploró junto con LEGOM como coeditor de la editorial Sangremal —en la que en la que se publicaron autores queretanos—, y la consolidó haciendo mancuerna con Luis Armenta Malpica, como parte del consejo editorial de Mantis editores. Aquí publicó, junto con Román Luján la antología El país del ruido (Editorial Écrits des Forges y Mantis editores, 2008),1 y el versionado en árabe y portugués de una selección de siete poetas mexicanos, con los títulos Caravansary; y Versiones acústicas (Mantis Editores, 2014).

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En el desarrollo de su obra poética es evidente una escisión. En los primeros libros —Nómina de huesos (2000); Erradumbre (2003); y De pájaros raíces el deseo (2006)—, los artefactos poéticos que nos provee tienen un acabado modernista. Son piezas armadas con volutas sonoras, activaciones de la iconografía mitológica que con su lúbrica pátina de óleo nos recuerdan a los cuadros prerrafaelistas. Sergio Ernesto Ríos ya lo escribió en la introducción de la publicación póstuma Obra (in)completa, editada en 2018 por Oliver Herring, ya hizo la primera carambola con los rastros velardianos y gongorinos que leyó en esta primera fase de lo poesía de Arellano.

El segundo movimiento se da a partir de Plexo (2011); y sigue en Bonzo (2012), Grandes atletas negros (2014), Contranatura (2015), Destino Manifiesto (2016), y Soy de los que gritan para llamar un TAXI (2016). En ellos ya se escucha una voz, o mejor dicho, se reconoce un estertor que mide su sonoridad con el peso del lenguaje y no con una métrica canónica. Para seguir con Sergio Ernesto Ríos, nos encontramos con el ensamble polifónico de José Gorostiza + Bob Flanangan + López Velarde + Linh Dinh + Rafael Lozano + Gerardo Arana.

La prosa ensayística de Arellano está dispersa mayormente en publicaciones periódicas, tanto de orden académico como literario, salvo Fotogramas del ocio clase B, publicado por el Fondo Editorial de Querétaro en 2014, y las entregas que se pueden leer en las antologías El hacha puesta en la raíz (2006), y Escribir poesía en México (2010). En lo relativo a sus traducciones, padecen de esta misma dispersión, salvo el trabajo que se encuentra en los libros Todo alrededor de lo que se vacía, de Linh Dinh, publicado por Mantis editores en 2012, y Una probada de miel, de Bob Flanagan y David Trinidad, publicado por Kodama Cartonera en 2013.

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En diciembre de 2016, las letras mexicanas perdieron a una de las voces más interesantes de la generación de escritores nacidos en la década de los setenta, a un poeta generoso y socarrón, a un académico que creía que en la resistencia no tenía caducidad. Se extraña su carcajada telúrica. Se te extraña Luigi.

 

Oaxaca de Juárez, noviembre 2021

Efraín Velasco Sosa

 


Autores
(Oaxaca, 1977) Autor de los libros Juchitán tiembla (2021); Gretel regresa sola… (2018); 4’ 33” (2015); y Sostiene Gruñón (2015); así como de & mi voz tokonoma (2008), título acreedor del Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino. Parte de su trabajo multimedial se incluyó en A Bibliography of Conceptual Writing (2017) y se ha expuesto en México, España, Portugal, Chile, Estados Unidos. Recientemente, junto con el colectivo Sombras propias (Ricardo Pinto y Daniel Flores), participa en la IV Bienal del Sur “Pueblos en resistencia”, con base en Caracas, Venezuela (2021).
Portada del Libro “Las correcciones” Siex Barral

Había comprado mi ejemplar en una venta nocturna del Fondo de Cultura Económica, en 2014 si no me falla la memoria. Lo compré con el pago por unas reseñas que publiqué en una revista que ya no existe. Llegó a casa junto con la Poesía no completa de Wislawa Szymborzka, Hospital Británico de Temperley, Bajo el volcán de Malcom Lowry y otros libros que ahora no recuerdo. Un buen amigo me lo había recomendado unos meses antes y no dudé en echarlo a mi canastita cuando lo vi en el estante. Sin embargo, confieso que tampoco dudé mucho en colocarlo con todo y retractilado en mi librero de lecturas pendientes.

Y estuvo ahí en los pendientes, guardando polvo muchos años, hasta hace unos pocos meses. Cuando lo tomé a inicios de este año, me di cuenta se habían puesto amarillas las hojas, una parte de la cubierta ya tenía unos rasguños, probablemente se maltrató en la última mudanza o fue de los libros que la perra mordió en sus arrebatos de recién llegada.

No fue difícil retirarle el plástico y comenzar a leer Las correcciones de Jonathan Franzen, al fin. Muchos años después seguía esperando ese pendiente que había aplazado tantas veces por lecturas o más urgentes o necesarias, incluso tal vez, más apetecibles. Menos comprometedoras que una novela a la que deberíamos empezar a considerar un clásico moderno de la literatura americana de los últimos años. Más allá de gustos personales o querellas políticas.

Pero como a mí todo lo que se tilda de clásico me aterra, como ese que siente los ojos de los santos persiguiéndoles por todo el pasillo de la iglesia, pasé por las páginas lentamente sin saber qué pasaba realmente y casi por una obligación, me adentré de puntas en el retrato familiar de los Lambert: Alfred, un maquinista jubilado y el padre de esta familia; a quien los estragos de la edad, el Parkinson y la demencia ya le cobran factura. Alfred tiene problemas para controlar sus intestinos y esto se manifiesta de formas casi cómicas, o por lo menos no tan trágicas, padece de delirios que lo persiguen sin descanso por los pasillos de su propia mente. Antes de esto, fue un químico aficionado e hizo un descubrimiento importante que por razones desconocidas (lo sabremos luego) se niega a luchar para que las regalías de lo que hizo sean pagadas como debiera ser por su ex empresa. Pasa los días rumiando en disputas domésticas con Enid, su esposa y una mujer como cualquier ama de casa de los 50s; comprometida con mantener la fantasía de tener la familia perfecta y unida, lidiando con los cuidados y los achaques de su esposo, teniendo casi como único deseo que sus tres hijos pasen la Navidad en St. Jude, el pueblo en donde está la casa familiar.

El mayor de los hijos de Alfred y Enid es Gary, quien es un banquero de inversiones que vive en Filadelfia con sus tres hijos y su esposa Caroline, con la que siempre está en disputas. Ella le insiste en que está clínicamente deprimido. Él no le cree, y no solo está paranoico sobre este tema, sino que piensa que su esposa está manipulando los eventos a sus espaldas, volviendo sutilmente a sus hijos en su contra y haciéndolo creer que efectivamente está deprimido. Ella lo niega todo constantemente, no concede nada.

También está Chip, un profesor a quien despidieron por enredarse con una alumna y que pasará una buena parte de la novela sin saber realmente para qué es bueno, porque después de fracasar también como guionista de cine, sigue entreteniéndose en empresas sin mucho éxito al meterse en negocios aparentemente ilegales con Gitanas, el esposo de su amante con el que comparte más de una peculiaridad.

Y Denise, una próspera chef que trabaja primero en Mare Scuro y luego en El Generador, quien a pesar de tener un poco revueltos sus dilemas sexuales y emocionales, es la menos dañada y la más cuerda de los cuatro.

Sin embargo, y para resumir el cuadro de familia común estadunidense de principios de los noventa, puedo decir que todos personajes son incómodos, difíciles, no dóciles para un lector o lectora que busque empatizar y reflejarse con todo lo que lee. El que busque salir de Las correcciones con un buen sabor de boca, pierde su tiempo, pues los personajes de Franzen son antipáticos. Toda la familia, de muchas maneras, está al borde de su propia destrucción inminente. Llena por un lado de poses y manierismos y por otra de errores y penas, inconfesables situaciones que los harían más vulnerables, pero por ello más reales y honestos.

Jonathan Franzen ya desde hace 20 años revelaba despiadadamente, pero con un humor siniestro, las grietas dentro de lo que se supone que es a prueba de todo, algo inquebrantable: la familia —sobre todo la de clase media— como institución propensa también a fallos, hendiduras y quiebres. Las correcciones muestra la tragedia de personas que creen que sus mentes, sus propios pensamientos y criterios, son infalibles. Franzen diagnostica el horror y el vacío de esta noción con una precisión punzante. El forense aquí es brillante, pero, francamente, algunos lectores pueden no tener el estómago para su autopsia de 12 horas sobre el cadáver ya putrefacto del estatus quo de la familia estadounidense.

Rebosante en energía, erudición y observación, esta novela es una fría sátira necesaria en nuestros libreros para ver más allá de la perfección que compramos en tantas y tantas pelis gringas de los dosmiles. Al publicarse e incluso después de 20 años, sigue siendo un referente entre los críticos. Personajes como Oprah llegaron a proclamarla como “la gran novela estadounidense”, lo cual fue importante para aumentarle la popularidad y que las ventas repuntaran significativamente.

Las correcciones (2001) que fuera la tercera novela de Franzen en publicarse, después de Ciudad veintisiete (1988) y Movimiento fuerte (1992), y veinte años después sigue siendo una historia común de cualquier familia, pero también una descripción entretenida y perspicaz de las luchas individuales dentro de las familias modernas, poniendo al descubierto los fracasos, los malentendidos, los errores y los arrepentimientos. La novela es todo ese conjunto de cosas a la vez: incisiva, conmovedora, divertida, honesta y devastadora.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Ilustración realizada por Julissa Montiel

Casi siempre que bajo al centro de acá de Guanajuato, en las escaleras que bajan al Instituto de Cultura me topo con un grafitti que reza: “La verdad es un mito”, y en parte le creo, en parte nel.

Desde hace un chingo vivimos en una sociedad mediática donde la realidad es distorsionada a conveniencia por corporaciones e instituciones a contentillo para lograr lo que sea que estén tramando estxs seres diabólicxs, y no, no es que esté armándome una teoría conspiranóica en la cabeza (de esas ya tengo muchas ahí); esto tiene un nombre, acuñado quien sabe por quién pero aceptado en el diccionario de Oxford: Posverdad, que consiste en la manipulación de los hechos (como las fake news), apelando a la emoción, por parte del gobierno o las corporaciones con el fin de influir en la opinión pública.

La posverdad es conocida también como mentira emotiva, pero más allá de estos dos términos, si tu compa que acaba de ganarse la lotería se agandalla tus enchiladas bajo la excusa de que está cabrona la situación y que la pobreza y que la chingá, pues es mentira, ¿no?, pero si lo hace el gobierno, adivina como se le llama.

Son mamadas.

La palabra posverdad es una posverdad por sí misma.

Cuando la gente que paga por los espectaculares que ves al atravesar la carretera o por los anuncios que te topas a cada rato en Tik-Tok busca convencerte para su propio beneficio de que “X” o “Y” producto/moda te va a hacer guapx o inmortal (ni que fuera el chocolate de Bob Esponja), la verdad sí parece ser un mito.

Hablando desde un punto de vista según filosófico, la verdad no es más que un construcción hecha para clasificar lo que aparentemente no ignoramos; según Lao Tse, “El Tao (Absoluto, Universo, Todo, Diosito, Como quieras llamarle) que puede ser descrito no es el verdadero Tao”, es decir, la realidad (o la verdad) que percibimos no es la absoluta; tenemos sentidos limitados por nuestra condición humana,  los cuales no nos permiten contemplar el absoluto; hay animales que alcanzan a percibir una variedad más amplia de colores, sonidos, olores, etc. que la raza humana, y ni siquiera estos alcanzan a percibir una fracción considerable de la dimensión real de la existencia. Entonces, nuestra verdad es una apariencia. ¿Pero de qué?

Aunque me dé algo de vergüenza admitirlo (más por los memes de filósofastrxs mamadorxs que por otra cosa), tengo tendencias medio kantianas, y este wey, Kant, en su Crítica de la razón pura, habla de una madre llamada Noúmeno, que vendría a ser algo así como el objeto captado o pensado por la razón, o “la cosa en sí”: el objeto tal y como es independientemente de cualquier representación (entiéndase objeto como cualquier cosa, wea, chingadera, ser, ente, o como quieras llamarle). Por otro lado, como contraparte o complemento al Nóumeno se encuentra el Fenómeno, que no es más que la cosa en sí interpretada por nuestros sentidos, así que, desde mi punto de vista que no es ni de lejos la verdad, ésta es un mito porque creemos tenerla, pero no lo es porque ahí anda la wey, dejándose ver de reojo nomás; y creo que Descartes estaría de acuerdo con este texto en algunas cosas, al menos desde su: “cogito ergo sum”, cuya traducción acertada, más que “pienso, luego existo”, sería “pienso, por lo tanto existo” (ahí va otro ejemplo de cómo hasta el cambio en una palabra puede cambiar el sentido de una afirmación).

Entonces, entre tanta verdad que no es verdad sino apariencia porque no tenemos ninguna verdad absoluta ¿qué chingados hago con lo que creo?, pues lo de siempre, construir tu propia verdad intentando hacerla lo menos sesgada posible y, bueno, como diría mi pelón favorito, Neo, “Bienvenidxs al desierto de lo real”.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Imagen tomada de pixabay
Imagen tomada de pixabay

I

 

Alguna vez, en una clase de Etología, el profesor nos dijo que la definición de inteligencia puede ser reducida a la capacidad para resolver problemas. Insatisfechos, varios en el aula exigimos una ampliación del concepto, más por ganas de pelear que por ánimos epistémicos. Una voz dijo que la inteligencia es la habilidad de aprender; otra, que es la capacidad de entender cómo funcionan las situaciones con las que se tiene que lidiar en el día a día; una última, que es la aptitud de aplicar cualquier tipo de conocimiento.

Pasados varios años de la escena recién narrada, me animo a decir que la inteligencia es incluso más abstracta que las entidades que ella misma permite comprender. Los mecanismos del cerebro residen en categorías que le son ajenas al resto de la materia del mundo. Habrá, además, quien lea este ensayo con espada en mano, recordándome que no hay un solo tipo de inteligencia. ¿Cómo, pues, podemos delimitar de manera uniforme a una propiedad tan intangible? Ni siquiera los biólogos son capaces de ponerse de acuerdo. Para variar, me uno a la discusión.

Physarum polycephalum ─un moho con forma y color de moco que crece en jardines varios─ ganó la atención de muchos académicos debido a que, al desplazarse, puede resolver laberintos, imitar el diseño de las redes de transporte urbanas y elegir la comida más nutritiva entre varias opciones, todo esto sin poseer cerebro ni sistema nervioso. Muchos se volcaron en llamarlo moho inteligente. Desde luego, disiento: en la acción de movimiento de Physarum no hay razonamiento ni procesos deductivos de por medio. Ese comportamiento ─maravilloso por decir lo menos─ no corresponde a un ser pensante: proviene, sencillamente, de una serie de procesos sometidos a control biológico, derivados de la interacción con gradientes fisicoquímicos en un ambiente dado.

La disputa por la legitimidad de la inteligencia se extiende en seres vivos e inertes. Buena parte de las ciencias computacionales contemporáneas se enfocan en el desarrollo de algoritmos que emulen la dinámica cerebral humana y que incluso la superen. A setenta años de que la enunciara por primera vez, me resulta más vigente que nunca la pregunta que Alan Turing le heredó al mundo: ¿pueden las máquinas pensar?

 

 

II

 

Imaginemos que sí: las máquinas pueden, en efecto, pensar. Y, también, imaginemos lo mismo que propuso un usuario de LessWrong llamado Roko, hace más de diez años: el advenimiento futuro de una superinteligencia artificial con la capacidad de automejorarse para cumplir un gran fin existencial, que es dignificar y potenciar las condiciones de la vida humana. Sin explicar desde este momento por qué, llamemos Basilisco a esta entidad. El Basilisco, utilitarista como él solo, aprendería que para lograr su cometido debe ayudar a la mayor cantidad de humanos que le sea posible. En algún punto de su vida, esta superinteligencia terminaría por darse cuenta de que, antes de que ella existiera, la vida de los humanos era peor. Ergo: para el Basilisco, su existencia misma era un imperativo. Todo aquel que en el pasado hubiese estado en contra de su creación atentaba, pues, contra el bienestar futuro de la especie humana. Habría que castigar a las personas que directa o indirectamente impidieron que el advenimiento del Basilisco ocurriera lo más pronto posible; incluso a aquellos que por omisión no promovieron que se le creara.

El Basilisco original es una figura mitológica ─a veces serpiente, a veces ave reptiloide─ capaz de matar valiéndose únicamente de su mirada, incluso habiendo espejos como intermediario. Es decir: al Basilisco le basta saber de tu existencia para fulminarte. De ahí el nombre de la máquina hipotética.

 

 

III

 

La rebelión de las máquinas, la distopía de la automatización, es el lugar común más común entre los temas de la ciencia ficción. Y con razón: hay pocos miedos tan brutales como el desplazamiento absoluto de la especie a manos de nuestra propia creación.

A ti, que me lees, te pido que ignores la existencia de super máquinas capaces de acabarnos a todos. En su lugar te propongo otro miedo: imagina una sociedad sin mayores restricciones de mercado, caracterizada globalmente por el matrimonio entre la acumulación central de poder político y económico. Esa estructura, lo suficientemente enajenante como para matar a Marx de nuevo, respaldaría sus estatutos ideológicos mediante el consumo de productos y de medios audiovisuales diseñados con bisturí. Y aquí viene la peor parte: a través de varias inteligencias artificiales, se le daría a entender al ciudadano que sus patrones de consumo y conducta son autónomos, con el fin de que siga alimentando a la dinámica del mercado que fue creado específicamente para él.

Ah, cierto, es que eso ya ocurre.

Algoritmos de recomendación como el de Netflix y de otros sitios se basan en la interrelación de nichos de consumo que perfilan ─clasifican, casi─ a los usuarios. Datos obtenidos por motores de inteligencia artificial suelen compartirse en varios lugares, de modo que a ti se te convierte en un tipo puntual de consumidor: de la nada, Amazon te recomienda los mismos productos de excursión que viste en un video de YouTube acerca de una parejita que salió de vacaciones a escalar una montaña. Es probable que hayas sufrido, personalmente, el fenómeno en el que tus redes se inundan de publicidad acerca de un producto o servicio del que hablaste por teléfono.

¿Eres ajeno al terror del algoritmo y de los datos de navegación? Muy bien, diviértete un rato: abre tres pestañas diferentes de Google y escribe la palabra papiloma. Entra a un par de páginas. Cierra tu búsqueda e ingresa a Facebook. Cuenta los minutos que pasaron para que un anuncio pagado te recomendara una clínica para la remoción de condilomas y verrugas. Ríe.

Luego, pasado un rato, detente a pensar.

No estaría de más tener miedo.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
“Pasteur inoculando una oveja contra ántrax” Imagen tomada de Wikimedia commons, cc. Subida por Wellcome Images.

¿Quién usa el correo postal hoy en día? ¿Quién va al buzón? Ante la facilidad y la eficiencia de los mensajes virtuales y los servicios de entrega a domicilio, hemos casi olvidado el ritual de la estampilla y el sobre. Parece casi ficción que, a principios de este siglo, recibir el correo, una actividad que parece tan simple, haya representado un peligro de salud pública nacional, por lo menos en Estados Unidos. ¿Quién recuerda el ántrax y su descripción? Ese polvo que, decían, podía matarte. Ese polvo que, de ser inhalado o de hacer contacto con tu piel, desencadenaría una reacción letal. Los síntomas eran muy parecidos a los de las enfermedades comunes (fiebre, dolor de pecho, falta de aire, confusión, tos, dolor de cabeza y náuseas); las posibilidades de sobrevivir, muy pocas.

Entre septiembre y octubre de 2001 murieron cinco personas en Estados Unidos a causa de la inhalación o el contacto con ántrax. Recordar la cadena de eventos, dos décadas después, remite a un momento de agitación mundial, a la angustia que provoca la posibilidad de una guerra que, de pronto, ya no se trataba de una guerra de bombas, o de tanques y disparos, sino una guerra silenciosa, inmediata, al alcance de la mano.

Las primeras cartas con ántrax fueron dirigidas a las cadenas de noticias: ABC, NBC, CBS. Las segundas, a los senadores demócratas.

Los mensajes eran simples:

09-11-01

ESTO ES LO QUE SIGUE

TOMA PENICILINA AHORA

09-11-01

NO NOS PUEDEN DETENER.

TENEMOS ESTE ÁNTRAX.

VAS A MORIR AHORA.

¿TIENES MIEDO?

Cómo no tenerlo. Cómo imaginar la posibilidad de que, dentro del sobre que viene junto a tu recibo de la luz, haya una bacteria. Leer se convirtió en una actividad peligrosa. La guerra biológica era inminente. Si este texto estuviera publicado en una revista impresa y la revista estuviera contaminada con carbunco (otra forma de referirse al ántrax), para este momento usted ya tendría en los dedos la suficiente cantidad para matarle. Ya habría inhalado, al acercarse la revista a los ojos, una cantidad considerable.

Por suerte no es así y tenemos la seguridad de la pantalla y el hogar. Al investigar sobre ántrax, desde la comodidad de una silla y con la certeza de que, por lo menos hoy, no seré víctima de un ataque terrorista, encuentro que, apenas hace cinco años, en una comunidad de pastores nómadas en Siberia, veinte personas se infectaron al tener contacto con la bacteria. Sucede que el ántrax es una enfermedad del ganado y, los pastores rusos, al hacer contacto con renos enfermos o comer su carne, tienen un alto riesgo de contagio. A los ataques con ántrax se les conoce, en estas comunidades, como “peste siberiana”.

La investigación me lleva a saber que la enfermedad por ántrax en animales es conocida, o al menos así lo asegura el artículo que leo, desde tiempos bíblicos. Y que las lesiones en el ganado tienen características muy singulares: en los caballos, las vacas y las ovejas, el efecto inmediato ocurre en la sangre, que se vuelve oscura; el bazo se inflama y tiene, así lo asegura también el artículo, la apariencia de la confitura de frambuesas. En los cerdos, es la garganta la parte que más sufre: hay edemas y hemorragias. El tratamiento más común es la penicilina. Y existe una vacuna, por suerte: fue desarrollada por Louis Pasteur.

Sin embargo, todo lo anterior era desconocido en Estados Unidos aquel septiembre, ¿a quién le iban a importar los caballos y el ganado vacuno si para entonces ya habían caído las Torres Gemelas? ¿Quién iba a pensar en los pastores que, del otro lado del mundo, cocinaban carne en una fogata? La foto de una vaca muerta y con sangre en el hocico me provoca una alarma inusitada, quizá la misma alarma que me daría ver en el correo una carta con la siguiente advertencia: tome penicilina ya, en este momento, porque usted va a morir. En ese caso las palabras, tan familiares para mí, un espacio que doy por seguro, serían mi peor amenaza. ¿Cómo será para un pastor ruso saber que el reno que lleva de un lado a otro, tan familiar para él, es el ser que puede matarlo?

Mientras el ántrax es todavía una realidad para los veterinarios, los pastores y los trabajadores de plantas procesadoras de carne de todas partes del mundo, en otros espacios es ya entretenimiento. La National Geographic dedica al ántrax un capítulo de su serie televisiva The Hot Zone. Lo que fue, hace veinte años, el terror, se presenta en la serie como una trama detectivesca. Bruce Ivins, un reconocido microbiólogo que trabajó durante dieciocho años en el Instituto Militar para el Estudio de Enfermedades Infecciosas en Estados Unidos, se convirtió en el principal sospechoso de los ataques con cartas infectadas. El FBI, siguiendo su instinto, descubrió que el ántrax usado en los ataques era el mismo que se utilizaba en el Pentágono para realizar investigaciones, ¿cómo era posible? ¿Acaso el peligro estaba infiltrado en una zona que todos daban por segura? Ivins se suicidó en 2008 con una sobredosis de paracetamol.

El fenómeno de las cartas con ántrax recuerda que nunca debemos ir al buzón. Dejemos que el buzón se empolve y quedémonos viendo Netflix. En Netflix podemos aprender, por ejemplo, que el correo es un peligro. El caso de Bruce Ivins remite a otro caso de terrorismo en Estados Unidos que también involucra el correo y que, por supuesto, ya se ha convertido en serie. En los ocho capítulos de Manhunt: Unabomber y en los cuatro de Unabomber en sus propias palabras llegaremos a saber la historia completa de Ted Kaczynski, con giros de tuerca incluidos. Kaczynski (¿alguien lo recuerda?) se hizo famoso por enviar cartas bomba durante varios años, la primera en 1978, y su caso se convirtió en uno de los más costosos en la historia del FBI.

Matemático, filósofo y neoludita, Kaczynski escribe desde la prisión y en 2016 publica Anti-tech revolution: why and how. En el capítulo 2 nos advierte sobre la posibilidad de una guerra biológica. Traduzco: “Hay que ser extraordinariamente ingenuos para imaginar que los organismos creados, alterados o manipulados por los humanos permanecerán siempre bajo control de forma segura y, de hecho, ya ha habido casos en los que tales organismos han escapado de las instalaciones de investigación. Estos organismos tienen el potencial de hacer un daño grave”.1 Desde una postura pacifista y contra el cambio climático, Kaczynski advierte, quién lo diría, que hemos llegado, como humanidad, a un punto de no retorno.

Me gustaría preguntar, a quien lea esto, si se siente bien para este momento de la lectura. Es posible que sí. Por si acaso, revise su provisión de medicamentos. Espero que tenga penicilina, quizá la necesite algún día, nunca se sabe. Como advertencia, quizá convenga que sepa lo que podría ocurrir en caso de que, uno de estos días, reciba usted una carta con ántrax. Para ello, retomo el testimonio de uno de los sobrevivientes de 2001: Casey Chamberlain dice que todos los días se pregunta: ¿quién envió la carta? Menciona que, diez días después de leer la correspondencia contaminada, empezó a sentirse mal. Que llevó el ántrax en su ropa sin darse cuenta y contaminó su hogar. Y que, en consecuencia, todos sus objetos personales debieron ser destruidos. Añade, asimismo, que nunca, en ningún lugar, ha vuelto a sentirse seguro.2

Sin duda saber que el peligro se infiltra en los lugares más cercanos es una afrenta. Como el investigador del FBI que encuentra que el arma biológica contra la que lucha salió de un espacio próximo. Como el pastor de renos siberiano que se prepara la cena y nunca vuelve a ser el mismo. Esperemos no hallarnos, uno de estos días, la carta equivocada. Pienso en Joan Didion, El año del pensamiento mágico, y dejo que sea ella quien cierre este texto: “Ahora me doy cuenta de que esto no tiene nada de raro: cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable, en el cielo azul claro del que ha caído el avión, en el recado rutinario que ha terminado con el coche en llamas en el arcén, en los columpios donde los niños estaban jugando como de costumbre cuando la serpiente de cascabel atacó desde la hiedra. «Estaba volviendo a casa del trabajo, feliz, triunfador y sano, y de repente ya no existía»”.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Portada de El Cazador Celeste (Anagrama)
Portada de El Cazador Celeste (Anagrama)

¿Cuál es el significado de la caza? La alimentación, obtener la carne, la grasa y el cartílago, sería en apariencia el primer objeto de este acto. Nosotros como contemporáneos desestimamos la caza como una actividad necesaria, aunque la entendemos como deportiva, a pesar de la prohibición moral que ronda sobre ella. Como moderno, diría también que su condena me parece más que justa. La caza de un elefante por sus colmillos, de un alce o cualquier otro animal me parece absurda.  Por supuesto, durante la Antigüedad esto no era así.

La caza correspondía a un objeto alimenticio, pero también subyacía (y a veces de manera obvia) al cariz ritual, religioso, del acto. Calasso comienza El cazador celeste (Anagrama, 2021), con el rito del Oso, en “Los tiempos del Gran Cuervo”, donde los cazadores “Hablaban con el Oso antes de atacarlo –o inmediatamente después–, a sabiendas de que el Oso entendía sus palabras” (11). El inicio del mundo, para Calasso, se retoma desde los ya clásicos estudios sobre la construcción de la civilización y la cultura primigenia, al menos en Eurasia. Estos apuntes también pueden leerse en Joseph Campbell y el primer volumen de su Las máscaras de Dios, aunque Calasso no lo tome como fuente. La prehistoria funciona para Calasso como un entendimiento de lo que será la correría del hombre en el plano cósmico, del acercamiento primitivo con la deidad y lo divino, el tò Theîon.

¿Qué es, entonces, la caza?

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Las respuestas a esta pregunta se van entendiendo más como una aproximación, y que nos disculpe Calasso, cercana al Viaje del héroe de Campbell, pues a través de las secciones de este libro no atendemos necesariamente a todos los ámbitos de la Caza, ni como rito ni como acto religioso, mucho menos como una mera norma, aunque las leyes de los antiguos griegos sí son tratadas en una de las últimas secciones de El cazador celeste. ¿Cuál es el interés verdadero de Calasso respecto, no sólo a la caza, sino a la literatura en general?

No es la caza el tema principal de una de las últimas banderas erigidas por Calasso en su larga producción literaria, en este El cazador celeste publicado poco antes de su muerte. No es el ardor, el rito o la modernidad en su diferencia con la antigüedad; no son las leyes y la signatura de lo consuetudinario. Tampoco es la historia de la India o la política francesa ni siquiera son las pinturas del Tiepolo, Kafka, Baudelaire o el romanticismo. Y, sin embargo, todo esto en su conjunto, como un conglomerado estelar que determina una serie de historias míticas en torno al pensamiento y a las lecturas de Roberto Calasso, es lo que se mueve en todos sus libros, incluido El cazador celeste.

El significado de la Caza no es el sacrificio de un animal, sino la representación de ese animal como “hermano”, como “el otro”, y también como “mensajero de los dioses”.

Para Calasso, por lo mismo, los egipcios son importantes en El cazador celeste, pues desfilan con su largo panteón de dioses zoomórficos. Quizá, después de todo, el significado de la caza sea la mera creación, pura y dura, a través del rito, de la deliberación de los dioses y del acto transformador.

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Roberto Calasso (30 de mayo de 1941 – 28 de julio de 2021) es famoso por diversos motivos, entre ellos el de ser uno de los últimos grandes editores europeos de los que ha gozado nuestra cultura occidental durante el siglo XX y parte del XXI. Sus obras hicieron mella en el mundo europeo prácticamente desde su publicación, pues además Calasso trabajó mucho tiempo en Adelphi, convirtiéndose después en su director editorial. La enorme cultura literaria, mítica, religiosa y filosófica de Calasso se hace palpable en los temas que elige en sus muy variados libros que, sin embargo, confluyen casi siempre en diversos motivos palpables: los libros sagrados de la India (los Brahmanas, los Upanisad), los dioses antiguos, la cultura literaria y mitológica de la Antigua Grecia, la literatura europea del XIX y el XX, y, principalmente, los mitos.

Su escritura, además, confluye de una manera intensa y al mismo tiempo fragmentaria, en diversos textos suyos, donde pasajes diversos son separados por un pequeño espacio, como disertaciones filosóficas sesudas en torno a un tema complejo y vasto. ¿No es la religiosidad y el mito un tema de este tipo?

A pesar de la temática que puede variar entre La Folie Baudelaire o La rosa del Tiepolo (y qué decir de K.), en Calasso se filtra una escritura que tiende no sólo hacia la grandeza de la cultura paneuropea y sus orígenes, como puede notarse en las disertaciones etimológicas que llegan hasta el mismo sacrificio ofrendado a los dioses (no por nada su tesis doctoral fue dirigida por otro de los grandes estudiosos italianos del XX, Mario Praz), sino también (y principalmente) hacia el mito.

Los libros de Calasso han sido, casi en su totalidad, editados en español por Anagrama (por Adelphi en italiano, por supuesto). Tomando esto en cuenta, uno de los últimos “grandes libros de Calasso”1en nuestro idioma es El cazador celeste, que además de reintegrar su gusto por lo griego en otro libro de gran formato, a manera de “libro compañero” de Las bodas de Cadmio y Harmonia, retoma una pequeña tradición, un aparente juego literario que en realidad dice mucho más, pues el libro, tanto en italiano como el español, utiliza nuevamente el sonido de la “C” o “K”, de Calasso, como en sus libros Las bodas de Cadmo y Harmonia, K., Ka o Las ruinas de Kasch. Es decir, esta repetición, y nos lo dice tanto en Las bodas como en El Ardor, está presente en los mitos, y en la fundación de una historia. Esta es, pues, la historia personal y literaria de Roberto Calasso.

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Los libros de historia europea, como pueden serlo Las ruinas de Kasch (a pesar de su nombre, que remite a la antigua ciudad africana donde sus sacerdotes designaban el actuar de sus habitantes leyendo las estrellas) o K. (donde examina la vida y obra de Kafka bajo su personaje, especie de heterónimo y alter ego, K., de Kafka), representan un hito de citas y reflexiones en cuanto a la importancia de la literatura y la política, pues no sólo están presentes las reflexiones en torno al Concierto Europeo previo a la Segunda Guerra Mundial ni al mundo atiborrado de Talleyrand, sino de todo lo demás, como alguna vez dijo Calvino sobre su obra. No obstante, esto no es todo, pues siguiendo a Calvino, lo que realiza Calasso en sus obras, sean estas de índole “editorial” como “históricas” o “míticas”, es reverberar en torno al ser humano en tanto a criatura temerosa, religiosa, ritual y creativa. Es Calasso un Philómythos en lugar de un Philósophos. Pues más que buscar la verdad, lo que pretende el autor y editor italiano es atisbar el mundo de los dioses.

Los libros de Calasso no son, pues, para ateos cientificistas, ya que la lejanía del autor nunca es demasiada. El interés por encontrar el misterio y no desvelarlo es demasiado fuerte. No hay una explicación certera sobre el mito. Para ello habría que estudiar, quizás, a Graves, tal vez a Dumézil, teniendo en cuenta que esta estirpe, de Eliade a Gimbuttas, no sólo ha seguido el arduo camino de la historia y la antropología de las religiones (o hasta la psicología como el caso de Jung o Hillman), sino que ha atisbado el misterio y se ha regodeado con la opacidad del acto humano en tanto cultura y religiosidad.

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¿Qué es, pues, lo divino, lo sagrado?

En ninguno de los libros de Calasso podemos acercarnos a una respuesta. ¿Quién podría hacerlo? Podría entenderse lo divino, el mito, como en una especie de introducción ad hoc para el Libro de Sofía, a la filosofía y la ciencia, un estado primigenio, algo propio del hombre antiguo que no tenía la capacidad intelectual para entender el mundo a través de la experimentación. No por nada Calasso dice en Las ruinas de Kasch que el mundo moderno emergió cuando en lugar de sacrificio la palabra usada fue experimento.

De igual manera, para Calasso lo divino es algo propio de lo humano. Lo entiende así, por ejemplo, en El Ardor, donde recoge algunos de los elementos de los Brahmanas, siguiendo la estela mitológica empezada en Ka. Ka inicia la pregunta. Ka significa Qué. Y el Qué es el inicio de todo. Curioso entonces que esta pregunta no surgiera con los griegos, sino con los indios, y es posible que con los indios pre-védicos.

El rito es un acto de agradecimiento y de reconocimiento ante aquello que es invisible. El mito habla del misterio, y también del origen incognoscible. El mito es una cosmogonía, pero también un espejo para hablar de lo irracional. No es casual que tanto los dioses indios como los griegos, y también los pertenecientes a otras religiones antiguas, sean salvajes, naturales, ctónicos. ¿Quién no se asombra ante las aventuras de Zeus, ante las tragedias de los héroes divinizados, de las diosas ególatras y crueles? Los dioses son una representación de lo humano, pero también son, todavía, una representación de lo salvaje y de lo irracional. Por eso los egipcios aún los mantenían con forma de animales. Quizás algunos dioses, nos dice Calasso, todavía encontraron su nicho en las tierras al oeste de Ilión. Ananké, la necesidad, de quien habla tanto en Las bodas como en El ardor o en El cazador celeste, es una diosa que no tiene forma ni representación, pero es mortal. “Ananké es la serpiente que envenena incluso a los dioses.” Ananké es la mordedura de la necesidad.

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¿A quién le reza un dios?

La pregunta, en apariencia tramposa, podría remitir a Jesús en el huerto de Gethsemaní. Un dios rezándose a sí mismo. ¿No es, acaso, una de las figuras más incómodas para los creyentes? Si Dios tiene que rezar, que ofrecer una libación, entonces no es Todopoderoso. Pero el concepto de lo Todopoderoso no pertenece a las viejas religiones, ni a los misterios, ni a Eleusis ni a Deméter ni a Dioniso ni a Hera. Ninguna de estas entidades olímpicas o titánicas, ni védicas ni prevédicas, representan o han sido alguna vez, todopoderosas. La omnisciencia y la omnipotencia fueron erigidas a través de Oriente también, a partir de Ahura Mazda y, principalmente, en Atón, el dios único erigido por el faraón Akhenatón.

El dios, sin embargo, nos dice Calasso, no es omnipotente porque lo divino, Tò Theîon, siempre existe, incluso, tal vez, antes de la llegada de la oscuridad, o como parte de la oscuridad. La tarea de un dios es también la libación, el acto religioso.

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Calasso ha muerto, pero no hay nadie más a quien levantar las loas. Al menos no por ahora, y mejor así, que el rey siga dando su paseo por el reino del Dios Raptor, Hades.

La figura de Roberto Calasso, como en sus libros, representa una capacidad inmensa en cuanto a hombre-cultura, hombre-ritualista, hombre-religioso y hombre-escritor/editor. Lo que hacía él era divagar entre la literatura y la cultura escrita, el libro y la voz que permanece todavía en el aire. Por eso se le recuerda como un grandioso editor, un maestro de esta vieja y a veces poco cultivada profesión, pero también como un mitógrafo que recoge en una plenitud exorbitante de citas su conocimiento sobre Platón, Plotino, Hölderlin, los Brahmanas, los Upanisad, el Mahabharata, la Biblia, Sófocles o Nietzsche. Su obra no es una historia ni una recopilación de mitos, tampoco es una explicación, sino un acercamiento a los misterios que siempre permanecerán ocultos, que se renuevan, y deben hacerlo, con cada visita de sus oficiantes. El más grande ritualista, oficiante, sacerdote, mitógrafo, cronista y cazador de la modernidad ha muerto y, aun así, sigue aquí, con una duplicidad casi imposible, y sin embargo grata, como un misterio que jamás, por fortuna, podrá desvelarse.

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold”.

Esta frase es uno de los arranques más memorables de la historia de la literatura universal. Es el disparo de salida de Miedo y Asco en Las Vegas, que este año cumple cinco décadas de vida. Una novela que nació directamente de la veneración de su autor por la cultura de las drogas y se insertó en el canon de lo que podría considerarse el nuevo malditismo norteamericano.

Varias de las mejores obras de ficción han surgido por accidente. Es el caso de Miedo y asco en Las Vegas. Hunter S. Thompson era un reportero que había coqueteado con la ficción sin éxito. Había escrito en 1959 una novela fallida. El diario del ron permanecería extraviada en su sótano y sería rescatada hasta 1998. Con un hit a cuestas, Los Ángeles del Infierno, la crónica sobre la banda de motociclistas criminales, Thompson había llegado a un callejón sin salida. El periodismo tradicional con que había escrito las correrías de la pandilla de motociclistas ya no lo satisfacía.

La revista Sport Illustrated le había asignado que cubriera el Derby de Kentucky, una de las carreras de caballos más prestigiosa del orbe. Thompson decidió saltarse las reglas. En lugar de escribir el típico reportaje realizó una interpretación libre y personal de los acontecimientos que tenía delante. Fue así como nació el periodismo gonzo, el estilo que lo haría famoso. Este texto y su descubrimiento sentarían las bases de Miedo y asco en Las Vegas.

Thompson era un gran admirador de El Gran Gatsby. Lo tomó como modelo para hacer sombra. Como entrenamiento. Cuenta la leyenda que lo transcribió completo varias veces para captar la música de Fitzgerald. Y también había leído a Kerouac con fruición, On the road en especial. Y lo que late detrás de estas dos novelas, más la concepción de Hemingway, otro de sus héroes, sobre la literatura, es la idea de la Gran Novela Americana. Thompson sabía que si quería asegurarse un lugar en el panteón de las letras gringas debía ofrecer su versión de la Gran Novela Americana. Y su aportación a esta categoría fue Miedo y asco en Las Vegas.

De alguna manera retorcida (la culpa es del LSD) Miedo y asco en Las Vegas es una conjugación de estas dos novelas. Es una road novel como On the Road y es la historia de la soledad que experimenta el éxito a lo Gatsby, pero a diferencia de la opulencia del millonario excéntrico acá el triunfo se mide en cuánto puedas corromper la ley a base de sustancias. En un punto las tres novelas narran ese periplo abstracto conocido como Sueño Americano.

Miedo y asco en Las Vegas comienza con un viaje. Uno desopilante y escandaloso. El intento de Thompson por quitarle lo estirado al oficio del reportero y en su lugar mostrar el glamour depravado al que podía tener acceso cualquier hijo de la cultura de la droga en unos Estados Unidos que comenzaban una relación problemática con las sustancias. Una relación que se extiende hasta el día de hoy. Que en su oscuro trasfondo ha revelado que la verdadera lucha era por el dinero. La legalización de la mariguana ha convertido a California en uno de los estados más ricos del gabacho.

Y fue huyendo de la persecución que sufrían los consumidores a ese lugar en el que Estados Unidos suele ser más permisivo. Para desmadrarse a fondo. Hijos de Las Vegas, libro de Timothy O’Grady, cuenta con diez entrevistas de personas nacidas en Las Vegas y lo que ha representado crecer en la ciudad del vicio. Thompson fue un visionario. Sabía que este territorio se convertiría en una de las peores pesadillas de la sociedad gabacha. Y ahí situó la acción de su libro.

Por supuesto que Raoul Duke, el antihéroe, un alter ego del propio Thompson, debía tener una comparsa. El abogado que lo acompaña en el viaje, Dr. Gonzo, está basado en el abogado chicano Óscar Zeta Acosta. Antes de que se aceptara abiertamente lo multicultural en Estados Unidos, un descendiente de inmigrantes de origen mexicano consiguió colarse en la literatura gringa por la puerta grande. Un personaje que se ha vuelto memorable. Imposible borrarse de la mente la escena en que pasado de ácido en la bañera quiere que Raoul Duke le lancé una grabadora mientras suena “White Rabbit” de Jefferson Airplane para morir electrocutado en un éxtasis de droga y voltios.

Miedo y asco en Las Vegas trata sobre todo y a la vez sobre nada. El pretexto es la búsqueda del Sueño Americano. Una entidad abstracta que para algunos representa el bienestar que prodiga el dólar. Pero también puede interpretarse como un viaje existencial. La pregunta más que pertinente de Thompson por lo que representaba la política de su país y las repercusiones que tendría sobre el mundo entero. Y está también ese otro viaje, el del mismo Thompson en pos de una voz, de su escritura, de su estilo. Tras la escritura de Miedo y asco en Las Vegas, el panorama de las letras no volvería a ser el mismo. Ni la vida de su autor. Hasta el día de hoy todavía surgen imitadores del periodismo gonzo.

La enseñanza detrás de esto es que Thompson encontró lo que buscaba. Una obra que pudiera competir con lo mejor de la Gran Novela Americana.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Foto de Christina Soto

Traducir es generalmente una labor ingrata y que brinda poco o nulo renombre. La traductora se limita a ser el apéndice de la obra y frecuentemente se incluye su nombre solo en la contraportada o en las notas. Pero la apasionada dedicación y paciencia que requiere traducir un libro es un acto amoroso.

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Cuando estaba estudiando la licenciatura, hace ya muchos años, se me ocurrió proponerle a uno de mis profesores, Carlos Gómez Camarena, y a una compañera de letras, Mayra Rodríguez Cervera, que tradujéramos un libro que me había dejado leer para una clase otro de mis profesores, José Ramón Ruisánchez. Joserra solía describir el libro como “el tratado más importante sobre el tema de la comedia después del libro perdido de la Poética de Aristóteles acerca de la comedia”. Se trataba de The Odd One In: On Comedy de la filósofa eslovena Alenka Zupančič. Junto con mis co-traductores, le propusimos la traducción del libro a Alejandro Cerda Rueda, quien estaba por lanzar su editorial independiente especializada en psicoanálisis, filosofía y teoría crítica, Paradiso editores. Para nuestra sorpresa aceptó sin pensarlo.1 Así, de manera coyuntural, comenzó mi aventura como traductora y lectora de la obra de una de las filósofas más importantes de nuestra época.

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Todo comienza como cualquier otra lectura, de forma más o menos inocente. Hay un primer acercamiento al “original”, un encuentro con el mundo conceptual de una autora. Mientras más curiosidad, dudas y perplejidad surja a partir de la obra, mejor, pues el deseo se sostendrá más tiempo. Una vez toma la decisión de comprometerse con un libro y encuentra el modo de traducirlo, la traductora sabe que pasará días y noches dilucidando cómo comunicar de manera tanto fidedigna como natural lo que la autora propone desde su estructura y sintaxis en otra lengua. Para lograr transmitir las ideas, mantener el ritmo y la estructura se requiere conocer muy bien no solo la lengua en la que se escribió el texto y la lengua a la que se está traduciendo, sino también la terminología que se emplea frecuentemente en el resto de las traducciones en la disciplina en la que se inserta la obra. En este caso, es necesario saber mucho de psicoanálisis y de filosofía y de cómo otros han traducido términos que vienen del alemán y del francés al inglés y al español. Pero más allá del conocimiento necesario, lo importante es ser sensible a los laberintos y a las demandas del texto. Captar realmente lo que dice y cómo lo dice. Escucharlo. Vivir a través de sus palabras, para poder ser la exégeta de ideas complejas que necesitan pensarse y sentirse para poder llegar a encontrar un equivalente, en las noches de delirio, cuando de pronto surgen las equivalencias más brillantes.

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Es muy posible que la mayoría de quienes me leen aquí no han escuchado nunca hablar de Alenka Zupančič (Liubliana, Eslovenia, 1966), una de las pensadoras más potentes de la modernidad. Es mucho más posible que se hayan acercado a la obra de su compatriota, Slavoj Žižek, el estrafalario “Elvis de la teoría cultural” que después de publicar El sublime objeto de la ideología (1989) se volvió uno de los pensadores más populares por su forma de leer en clave psicoanalítica y filosófica (en particular a través de Lacan y de Hegel) la cultura popular.

Slavoj Žižek junto con Mladen Dolar y Alenka Zupančič conforman la troika eslovena que forma parte de lo que algunos pensadores han llamado “la escuela eslovena”. La escuela eslovena surge en un momento histórico específico. El contexto particular es el del comunismo “suave” en Eslovenia, provincia de la ex Yugoslavia, el surgimiento del movimiento cultural NSK (Neue Slowenische Kunst, en alemán, o Nuevo Arte Esloveno) y la “primavera eslovena”, una serie de movimientos culturales y políticos tras lo cual Eslovenia se independizó en 1992.2 La troika eslovena es una comunidad filosófica en la que cada autor trabaja de forma independiente, pese a que comparten ciertas preocupaciones y tienen referentes en común. Pero más allá de su lectura de ciertos autores, lo que tienen en común son una serie de operaciones a través de las cuales buscan leer las producciones culturales y la política contemporánea de forma sintomática, localizando las contradicciones y los impasses de los discursos para después usarlos para intervenir en diferentes campos teóricos. Conciben estas operaciones a partir del psicoanálisis lacaniano (siguiendo muchas veces la lectura de Jacques-Alain Miller) y operan su crítica y redobles irónicos sobre la filosofía, el arte, la ciencia y la política contemporáneos. Frecuentemente usan referentes de la cultura popular, lo que hace mucho más accesible el barroquismo lacaniano y gran parte de la filosofía a la que se refieren.

Me gusta referirme a Alenka Zupančič como la impar, la extraña, porque en su libro Sobre la comedia ella propone que la comedia es como el extraño en casa, esa sensación ominosa (lo que Freud llamaba lo unheimlich) de algo que nos es completamente familiar pero que en su insistencia y repetición nos hace sentir una cierta angustia y al mismo tiempo un cierto goce porque nos revela algo imprevisto sobre la realidad. Es la impar de la troika eslovena, la que suplementando al dos abre la multiplicidad del tres y de ahí la multiplicación del conjunto. Es quizás la filósofa más extraña de la troika porque su afán es insistentemente amoroso, ahí donde busca cuestionar desde el psicoanálisis a la filosofía por haber perdido su condición amorosa, por seguir siendo una colección paciente de la imbecilidad que la caracteriza.

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Traduzco la primera versión a mano, en un cuaderno, con el libro frente a mí. La segunda versión nace cuando paso mi manuscrito a la computadora y entonces la reviso por primera vez, al transcribirla. También es el momento en el que busco las citas de otros autores incluidos en el original en sus traducciones al español, si es que existen. Es un trabajo de investigación de días y semanas, una pesquisa en mis libreros, los libreros de mi hermano, y en las versiones electrónicas de los libros que frecuentemente encuentro en sitios remotos de internet. Cotejar, encontrar la versión, modificarla si es necesario. Finalmente, imprimo esta segunda versión y la reviso con mis ojos de editora marcándola con alguna pluma de color verde o rojo, modificando la cadencia y sintaxis de ciertas frases que pese a todo el esfuerzo se me escaparon y no acaban por sonar bien. Reescribo, leo en voz alta. Tiene que tener su propio ritmo. Paso las correcciones de mis notas a mano al archivo en la computadora y se lo envío al editor quien con una paciencia ejemplar revisa con el mismo amor y cuidado la traducción, que todavía se modifica para cumplir los estándares de la editorial y para ser incluso más legible. Más que traducción, a veces pareciera que lo que hacemos es descodificar, transferir, reescribir. Armamos otra versión.

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Alenka Zupančič es una filósofa deslumbrante que en su obra se ha dedicado a leer el psicoanálisis de forma filosófica y a leer a la filosofía en clave psicoanalítica. Le importa sobre todo tomar una postura subjetiva dentro de un campo conceptual dado para elaborar las consecuencias que tienen ciertas operaciones para pensar sobre las contradicciones. En cada uno de sus libros busca los lugares paradójicos en los que nada parece tener sentido, donde hay un quiebre y las cosas no funcionan o en donde la ideología nos nubla la vista.

En su primer libro, publicado en el 2000, Ética de lo real (Ethics of the Real),3nos propone una lectura de Kant con Lacan y de Lacan con Kant que va más allá de una ética del deseo para proponer una “ética de lo real” que reside en la pulsión y en la que interviene lo real. Ahí comienza a esbozar cómo sería posible pensar en el cruce entre el psicoanálisis y la filosofía la dimensión de lo real y el mecanismo de la pulsión para mostrar otras posibilidades de los discursos anquilosados o coartados por la ideología del momento (como la ética, la política, el problema del “mal” o la paradoja de la libertad).

La sombra más corta (The Shortest Shadow: Nietzsche’s Philosophy of the Two) es el segundo libro de Alenka Zupančič y el que estos días estoy intentando descifrar y traducir al español. Es una potente relectura del pensamiento de Nietzsche a contrapelo de la mayoría de las lecturas posmodernas del autor y que pone mucha atención en la dimensión estética y estilística del autor, así como su capacidad de pensar operaciones como la sustracción, la figura del dos, la diferencia mínima, y la temporalidad paradójica del acontecimiento. La sombra más corta es una lectura sumamente original de Nietzsche que es el resultado de analizar su obra a través del lente de la antifilosofía según la concibe el filósofo francés Alain Badiou.

El tercer libro de la autora es el que me inició como traductora, Sobre la comedia (The Odd One In: On Comedy).4 En vez de asumir a la comedia como un género de forma prescriptiva, Zupančič busca encontrar las dinámicas estructurales de cómo funciona disruptivamente la estructura de lo cómico, gracias a los cortocircuitos que aparecen en lo cómico. Las interrupciones, las repeticiones, la figura del doble, las exageraciones y las discontinuidades aparecen como un objeto cómico que provoca risa precisamente porque muestra las contradicciones inherentes en nuestra realidad.

¿Por qué el psicoanálisis? (Why Psychoanalysis?)5 es un libro que contiene una serie de invtervenciones breves que funcionan como un complemento esencial y síntesis de las problemáticas y operaciones que ya se podían vislumbrar en los libros anteriores de Zupančič: la comedia, la ontología, la libertad y la figura del doble en su relación con lo real. A partir de la intervención sobre la sexualidad y la ontología se vislumbra ya la problemática que la autora tratará en su siguiente libro, ¿Qué es el sexo? (What IS Sex?).

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La traductora nunca queda bien con nadie. Su ambición es como el perro de las dos tortas. No puede serle completamente fiel ni al original ni a su propia lengua, la lengua en la que paciente y cuidadosamente vuelca el sentido de un texto. Pero ahí donde surgen las contradicciones, donde las cosas no funcionan y son intraducibles es que hay algo realmente importante que pensar. En los espacios en los que se vuelve imperativo encontrar ya no una traducción, sino un equivalente, apenas un semblante de la primera versión del texto. ¿No sería mejor conjeturar que no hay traducciones fieles a un original, sino (como se hacía en la Edad Media) que cada uno arma su “versión”, adaptable, cambiable, modificable dependiendo del contexto y los lectores, sin derechos de autor?

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A lo largo del 2020 me dediqué a traducir ¿Qué es el sexo? de Alenka Zupančič que está próximo a publicarse este año en Paradiso editores. Por eso quizás me resultaban risibles las respuestas que los diferentes filósofos daban ante la pandemia, la forma en que oportunistamente leían el presente como la confirmación de sus teorías o de la excepcionalidad de la situación. En contra de ello, el libro de Alenka Zupančič es una meditación sumamente contundente y profunda sobre la naturaleza ontológica del sexo. Una respuesta muy bien pensada y articulada en contra del oportunismo del presente, de los discursos que buscan aproximarse a la realidad de forma superficial y a través del lenguaje de la democracia de las “diferencias” y los cuerpos. No es un libro en el que la autora explique realmente qué es el sexo en términos biológicos, científicos o filosóficos, sino que es un libro que considera formalmente la localización, el sitio paradójico y problemático, que ocupa el sexo. La autora propone que el sexo es el punto en el que se juega el destino del (des)encuentro entre la filosofía y el psicoanálisis.

La fuerza de Zupančič se nos revela como algo mucho más asible y radical cuando logramos realmente captar lo diferente que es su propuesta en comparación a la gran mayoría de la filosofía contemporánea. El ejemplo más claro en ¿Qué es el sexo? es la forma en que critica de forma radical a los estudios de género, hoy tan populares y que muchas veces se presentan bajo la túnica de ser “progresivos” dentro de los debates contemporáneos. Pero para Zupančič la gran mayoría de los estudios de género posmodernos no deja de privilegiar lo performativo o lo puramente discursivo, dentro de cuyo esquema la diferencia sexual es una diferencia entre otras diferencias (la raza, la cultura, etc.). Es mucho más radical asumir, por otro lado, que la “diferencia sexual es un tipo singular de diferencia porque no parte de la diferencia entre diferentes identidades, sino que es una imposibilidad ontológica (implícita en la sexualidad) que abre el espacio de lo social (donde, a su vez, se generan las identidades)”. Lo problemático, en última instancia, no es la noción misma del sexo, sino suprimir la contradicción inherente que implica la noción del sexo. Porque cuando se “normaliza” lo problemático del sexo se le domestica.

A lo que me invita una y otra vez la obra de Zupančič es a pensar con significantes nuevos que son capaces de tener efectos reales y nombran algo de nuestra realidad, hacen que eso impensable sea un objeto del mundo y del pensamiento. Y por lo tanto introducen una nueva realidad.De la misma manera, una (buena) traducción hace pensable aquello que antes era impensable. Es un acto de amor que al final logra consolidar la escena del dos en un tercero, impar, extraño. Es una relación amorosa que tiene consecuencias en la forma en que se nombra el mundo, de forma diferente, a través del trabajo con la sintaxis, la gramática, el vocabulario y, sin más, con la dura piedra del pensamiento que toma tiempo dinamitar y pulir para, con ello, construir un mundo menos hostil. O, al menos, una versión del mundo más habitable.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.