Tierra Adentro
Foto por Iñaki Espejo-Saavedra en Flickr

Chica, ¿qué dices?

 

Hace unos días apareció en mi feed de Instagram esta imagen: Walter White, el protagonista de Breaking Bad, enfundado en un overol de seguridad amarillo mientras prepara en varias pipetas lo que asumimos son metanfetaminas. En la parte de arriba, sobre un fondo blanco, dice, con la malicia típica de los memeros, «La Rosalía creando cuidadosamente la canción más fea que he escuchado». Se refería (y en ese momento yo creía que tenía razón) a CHICKEN TERIYAKI, una de las primeras canciones del nuevo disco de La Rosalía, Motomami.

Ahora, después de escuchar el disco, me doy cuenta de que el meme tenía razón, pero en sentido contrario.

 

*

 

En un par de entrevistas, Rosalía ha dicho que Motomami es el resultado de una mezcla de ritmos afrocaribeños como el reggaetón, el dembow y la bachata con el flamenco y el pop, vía tecnologías como el autotune y el sampleo. Esta mezcla es posible gracias también a una serie de productores de renombre (The Neptunes, Mike Dean, Tainy, Playboi Carti). Y esta es una característica constante en el disco. Cuando Rosalía canta «Yo me transformo» en SAOKO, la primera canción de Motomami, no solo rinde un homenaje a una modernidad robotizada, sino que inaugura su exploración de las posibilidades creativas de lo que hemos llamado «lo latino». Esto es evidente en LA FAMA, donde The Weeknd no solo canta en español, sino que también intenta bailar bachata.

Y es que, más que anclarse a un género, Motomami es un laboratorio creativo, tal y como el meme sugiere. Rosalía trae la mezcla, el remix, el sampleo y hasta el tema del plagio creativo al debate de la actualización y hasta apropiación de la música flamenca y pop que la ha rodeado desde hace tiempo. Uno de los elementos que resaltan y llaman la atención son las referencias; de hecho, además de CANDY, que alude a la canción de Plan B del mismo nombre: «bailando Plan B, la de Candy», SAOKO ya era una canción de Wisin y Daddy Yankee (de donde sale el coro «Saoco, papi, saoco» en voz de otra mujer). Así arranca el disco, con un verso ajeno que se repite mientras la voz cantante se transforma hasta lo irreconocible.

En BULERÍAS, por ejemplo, se siente lo que ya aparecía en El Mal Querer: un flamenco atrevido, actual, hasta irrespetuoso (si se quiere), que trata de salirse de lo establecido. «De cada puñalaíta saco mi rabia. Y aunque no tenga dinero, no tenga a nadie, yo voy a seguir cantando, porque me nace», dice como reafirmación de lo que está a punto de suceder: si en SAOKO manifiesta un atisbo de cambio, en esta canción hay una metamorfosis completa. El flamenco, como toda su música, también es mío, que la bailo en el pasillo de mi casa, escuchándola con audífonos o en una fiesta futura.

 

*

 

El atractivo de Motomami no está solo en retomar un pasado común, sino en la propuesta que hace para afrontar un futuro ya no binario, sino diverso. Algunas críticas han establecido que se trata de un álbum sin límites claros, un disco random, que no sabe bien a bien qué ser ni cómo serlo. Habrá quien lo considere una desventaja o lo diga desdén, pero es una virtud. De la misma forma en que Arca lo hace con KiCk i, ii, iii y iiiii, Rosalía explora hasta dónde es capaz de metamorfosearse, reinventarse, transformarse en su propia motomami.

 

*

 

Otra serie de imágenes con las que me he encontrado circulando en Twitter hablen sobre qué es ser motomami. Al principio, la referencia más cercana que yo tenía a ese invento de identidad era el ser bichota, por aquella canción de Karol G en la que hablaba de una mujer que era su propia jefa, no rendía cuentas a nadie y perreaba con quien quería y como quería. Ser motomami va en ese mismo sentido.

En uno de esos memes veo a un Spiderman en posición de ataque. En su frente se lee en letras amarillas «Una bichota». Su mano está siendo cubierta por una sustancia negra y viscosa sobre la que se lee, con la tipografía oficial del disco, «Motomami». La bichota se transforma en motomami.

Ser motomami y ser bichota comparten un mismo cuerpo.

 

*

 

G3 N15, CUUUUuuuuuute y DIABLO son manifestaciones de ese nuevo horizonte que Motomami traza.

Las colaboraciones en “Motomami” son sorprendentes. Pharrel es otro de los nombres que aparece en al menos tres canciones: MOTOMAMI, HENTAI y LA COMBI VERSACE, ésta última trabajada también con Tokischa.

Hay en todo el álbum un sentido de modernidad robotizada —Pharrell antes trabajó con un dúo de robots conocido como Daft Punk—. Una modernidad en la que nos pensamos máquinas —para bien: velocidad, alcanzar y superar límites, y para mal: servir a la producción desbordada y desmedida—, o bien una en la que nos pensamos como un cíborg en el sentido de Donna Haraway. Así, CHICKEN TERIYAKI, que fue burla y risas y meme antes de conocerse en su contexto, su universo, se vuelve la canción más atinada de todo el álbum. Aunque las letras aparentemente no tengan sentido —«tu gata quiere maki, mi gata en Kawasaki»—, van en concordancia con toda idea de Motomami.

HENTAÏ (como lo escribe la propia Rosalía) es de las canciones mejor logradas para el contexto de Motomami: una declaración de amor que parte del erotismo y la sexualidad, con letras que no importan mucho salvo para invitarnos a coger. En un tuit, Lucía Lijtmaer dice: «Lo único que sé de Motomami es que “Hentai” está escrita en pleno enamoramiento postcoital, sí, por supuesto». Rosalía explora el cuerpo que se va motorizando. El deseo es uno de los ejes transversales de todo el disco, pero a diferencia de lo que ocurre en El Mal Querer, se trata de un deseo explícito, frontal.

 

*

 

La portada de Motomami no podría ser otra cosa más que reveladora. Rosalía aparece desnuda y cubriéndose únicamente con sus brazos, como una Venus. Esta apariencia es interrumpida por un casco de motociclista que le cubre la cabeza y unas largas uñas blancas. Detrás, su cabello se expande como pequeñas alas de ángel. Un androide sensual.

ROSALÍA, Motomami

ROSALÍA, Motomami

 

 

Como el disco entero, la imagen que lo inaugura está hecha de capas, la tipografía que adorna la palabra Motomami parece grabada en aerosol, como si se tratara de un graffiti que transgrede alguna calle de cualquier barrio. Al fondo, la imagen de la motomami.

Cuando la veo pienso en DELIRIO DE GRANDEZA, una de las canciones que en su movimiento parece la curva que nos trae de regreso. Un tango de desamor hasta que escuchamos una voz en inglés en el fondo y se yuxtaponen ambas letras: «Que retornes buscando una ilusión de amor y volverás a mí, así lo espero» y «Man, it’s ridiculous I got you so delirious, kiss me through the phone while I lick you just like licorice».

Eso también es el disco: sobrepuesta de concepciones de un mundo que, hasta que escuchamos las dieciséis canciones, desconocíamos.

 

*

 

Hay un redondeo que empieza en SAOKO pero que se cierra en SAKURA con una voz honesta, rota, solitaria. «Ser una popstar nunca te dura», canta Rosalía quizá a modo de confesión, pues también en Motomami sucede un quiebre: nada dura, nada permanece. Ser motomami es estar en movimiento. La exploración, la creatividad, la transformación es nómada, nunca sedentaria.

Pero la identidad motomami también ha de agotarse, desgastarse.

 

*

 

El disco parece postular, a través de su incesante mezcla y remezcla, que ser motomami es transformarse, motorizarse, volverse máquina y, en ese mismo espacio, absorber lo que el contexto nos da para inventar(nos) cualquier cosa. No es casualidad que Abcdfg —«M de motomami, motomami, motomami, motomami, motomami»— sea un diccionario no convencional, un diccionario que se baila y se canta, que se permite explorar sus propias definiciones: «I de inteligencia artificial», «Z de zarzamora, o de zapateao, o de zorra también». Ese es el potencial de una motomami, el potencial de la música de Rosalía. La capacidad de escapar de cualquier definición.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.
Andrei Tarkovsky (Flickr)
Andrei Tarkovsky (Flickr)

 

 

De cómo la nostalgia del director impregnó sus películas

 

Tarkovsky (4 de abril, 1932 – 29 de diciembre, 1986) nació exactamente diez años después que la Unión Soviética. Stalin ya había borrado a Trotsky de las fotografías y el primer Plan Quinquenal estaba en marcha. La forja interior de un Estado omnipotente no solo debía proyectarse al exterior, tenía que hacerlo con dramatismo, así lo reclamaba un mundo donde las naciones capitalistas eran la mayor amenaza al proyecto experimental socialista. No había más, la industria cinematográfica, tentáculo del Estado, debía producir panegíricos sobre la nación.

Treinta años después, Tarkovsky se había graduado de la Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía. En 1962, el año más caliente de la Guerra Fría, estrenó La infancia de Iván. Su ópera prima se ceñía al tema nacionalista y militar, el preferido de las instituciones soviéticas. Su impacto en los foros más importantes –ganó el León de Oro–, atrajo la más estricta vigilancia. De ahí en adelante, su obra fue objeto de control estatal con el fin de evitar que se saliera de los lineamientos del Partido. Los roces no se hicieron esperar y Andréi Rubliov (1966) pasó un lustro censurada. Cuando finalmente llegó a Cannes en 1971, bajo órdenes directas tuvo que estrenarse a las 4:00 a.m. En una especie de tregua con el régimen soviético, Tarkovsky filmó Solaris (1972), una pieza de ciencia ficción que, en tanto incapaz de trascender el género, sintió malograda. En 1975 presentó una autobiografía, El Espejo. Por supuesto, los temas espirituales y personales no fueron valorados al igual que los tópicos nacionalistas. Los censores dictaminaron que la llamada “estética burguesa” había infectado su cine y que Tarkovsky debía pisar la cárcel. Estas presiones más la mala fortuna complicaron el surgimiento de Stalker (1979), su película favorita. Como la limitación era asfixiante, Tarkovsky realizó Nostalgia (1986) en Italia y luego, en Suecia, El Sacrificio (1986), su obra cumbre. Como todo exiliado, Tarkovsky pensó que la estadía fuera de su tierra sería pasajera, nunca imaginó que no regresaría ni tampoco que el cáncer solo le permitiría realizar siete películas.

Además de la elección de sus temas, el denso tratamiento de las emociones y la manera de poetizar con la imagen en movimiento, sus obras movilizaban conceptos que no cabían en los rígidos compartimentos de la modernidad. Por ende, chocaron violentamente con las ideas de “función social” del arte en su país. El experimento sociopolítico de la Unión Soviética nació y murió en un mundo en el que los sistemas dominantes únicamente podían existir vía la aniquilación del otro. Capitalismo y socialismo se consideraban como oposiciones absolutas de ambos lados de la Cortina de Hierro. La censura no fue sino una cristalización de este móvil perpetuo de paranoia y miedo.

No obstante lo ruin de sus detractores, Tarkovsky no siempre prefirió a sus seguidores. Cansado de desmentir los vanos simbolismos que tantos creían ver en sus películas, el más grande cineasta según Bergman se empecinó con una respuesta corta: sus películas no contenían metáforas. Un desatino, desde luego. Una cosa es rendir pleitesía a la simbología, otra muy distinta es trabajar metáforas. Las películas de Tarkovsky –no podía ser de otra forma–, están llenas de metáforas. Por dar un solo ejemplo, sus personajes se asoman a los espejos como quien ve un cuadro y ven los cuadros como quien se ve en un espejo. Y no es mera sugerencia o analogía, en el mundo de Tarkovsky, los espejos pintan, las pinturas reflejan, las esculturas son de tiempo y el mundo rebosa agua, porque el arte, como Tarkovsky mismo afirma, es esencialmente metafórico: “la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar del infinito el artista presenta lo finito. Un sustituto. Lo infinito no es materializable. Tan solo puede crearse una ilusión, una imagen.”

 

Jeroglífico

Cuando los estereotipos desfilan, la ciencia y el arte relucen como antípodas. Más una forma de vender mercancía que de argumentar, en las discusiones usuales se anteponen hablillas sobre los hemisferios del cerebro y los tipos de personalidad. Se trata de una batalla maniquea en términos de lo racional vs. lo sentimental, de la creatividad del artista vs. el rigor del científico, etc. En una segunda ronda, no menos estereotipada, arte y ciencia ahora son dos ramificaciones apenas distinguibles en el árbol de la creatividad humana. Como argumentación aquí se enarbola la creatividad onírica del científico al tiempo que se exalta la pericia premonitoria del artista. Es hasta la tercera mano que la sustancia se percibe. La ciencia y el arte, que no conviven en una relación antinómica, representan dos maneras en que la intersubjetividad se configura. En palabras de Tarkovsky:

“En el arte el hombre se apropia de la realidad a través de una experiencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue una escalera sin fin en la que cada peldaño es sustituido sucesivamente por nuevos conocimientos, siendo un descubrimiento refutado con bastante frecuencia por el siguiente en aras de una determinada verdad objetiva. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Aparece como una revelación…”

Tarkovsky insistió en que la revelación era constitutiva del arte y el artista debía volverse un maestro de la revelación:

“Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene que lograr cierta comprensión que requiere como punto de partida un tipo particular de educación. Por su cuenta, el arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional que sea aceptada. No quiere convencer a las personas con inexorables argumentos racionales sino transmitirles una energía espiritual. En vez de una formación científica, el artista requiere un aprendizaje espiritual.”

Algunos prefieren al cineasta que al teórico, los más confiesan no ver diferencia; históricamente no habría uno sin el otro. Obtener el título del séptimo arte no fue tarea fácil. En ausencia de una musa que los defendiera, distintos cineastas optaron por diferentes estrategias. En particular, Tarkovsky apeló a la escultura, la más sólida de las artes. En su visión, el cine podría alcanzar alturas insospechadas, porque el cine no tallaba o bruñía el espacio; el cine cincelaba el tiempo. No se trataba de grabar en las locaciones sino de grabar –la cámara como un buril– el momento. No exenta de belleza ni precisión, esta definición logró su cometido, sirvió como explicación retrospectiva de sus primeras películas y guía para las últimas; confirió un marco tanto teórico como práctico e instauró un estándar de exigencia. El compromiso con lo profundo quedó estipulado.

 

 Verdades veladas

Aletheia, una de las palabras de la grecia clásica para hablar sobre la verdad, significa literalmente des-ocultar. Con poco más que esta pieza de evidencia los doctrinarios montaron su caso. Qué otra cosa sino la verdad es lo que se podría revelar; qué más que la revelación es lo que podría ser verdad. Quedó archivado, la revelación en clave teológica forma una identidad con la verdad. Su paso entre las obras de arte de gran calado fue igualmente previsible, finalmente la escultura, por dar el ejemplo más claro, a todas luces removía, destapaba, descubría, es decir, revelaba en concreto. Y así, la idea de que el verdadero arte apuntaba en dirección a la verdad se volvió común en estos legajos. Ahora bien, con la llegada de la fotografía, el revelado consiguió una nueva forma de materialización igualmente evidente. No obstante lo prosaico y poco espiritual que esto pareció a muchos, no hubo alternativa y la noción de revelación tuvo que ser ampliada. Pero resultó que un abismo separaba las acepciones. La revelación en clave fotográfica, no refería a lo verdadero sino a lo real, era una manera de cobrar realidad, de parir una imagen o dar a luz cierta luz. Lejos de presentarse como un mero juego de palabras, el nuevo término mostró valía como herramienta conceptual. En tanto forma de hablar, permitió un respiro del dogmatismo de las verdades reveladas. En tanto forma de pensar, comprendió verosímilmente los logros artísticos como realidades realizadas.

“Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad (…) Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego”. Líneas como las anteriores muestran que Tarkovsky pecó de excesiva fe en la verdad y otorgó demasiada verdad a la fe. Desde una visión psicoanalítica el problema puede resolverse: lo contrario a la desesperanza no es la fe, ya lo dijo Erikson, sino la integridad. Tarkovsky argumentó que el cine era arte y el arte conocimiento. Y agregó que la revelación era quien gobernaba esta forma de conocimiento. Aquí pudo haber desarrollado el concepto de la revelación en analogía al proceso químico con que revelaba sus propias cintas. No lo hizo. Aunque tenía un lugar privilegiado para afinar la nueva acepción de la revelación, atrapado como estaba en el discurso del absoluto, Tarkovsky se decantó por la mística.

“El arte y la ciencia son” afirma Tarkovsky “formas de apropiarse el mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la ‘verdad absoluta’”. Hubo y habrá filósofos que defiendan esta visión. No obstante, aún si entrecomillada y en minúsculas, es decir incluso reconociendo que la verdad no podría ser locación sino solo horizonte, semejante sentencia resulta operacionalmente falsa. Y no es que la verdad absoluta esté desterrada de la ciencia, en tanto sistema de prácticas simplemente nunca hubo lugar para ella. Y, aunque quisiéramos pretender lo contrario, lo mismo ocurre en nuestras lenguas. Decimos verdadero de algo si concurre con nuestro sentir, si así fue definido, si se sigue mediante un camino lógico, o si es coherente dentro de cierto sistema, lo demás es dogmatismo, fanatismo o franca imposición. Ya lo dijo Rorty: “No existe el amor a la Verdad. Lo que se ha llamado con ese nombre es una mezcla del amor por alcanzar un acuerdo intersubjetivo, el amor por conseguir el dominio de un conjunto de datos recalcitrantes, el amor por ganar argumentos y el amor por sintetizar teorías pequeñas en grandes”.

Quizá verdad y realidad marquen la sinonimia más contrahecha. La noción de verdad como correspondencia queda vacía o se encierra en el lenguaje. Es claro, “los enunciados se comparan con los enunciados”, ya lo dijo Otto Neurath, “no con las ‘experiencias’, ni con el ‘mundo’ ni con nada más”. La verdad juega a disfrazarse con mayúsculas, ponerse apellidos, exigir confesiones, hacer actos de aparición y dar golpes de espectáculo. Y así, mientras la verdad pretende revelarse, lo real de hecho se rebela. Lo real, innombrado e innombrable, aniquila cuando no ignora nuestros deseos. Quien cava en la verdad no se encuentra con quien cava en lo real, moran arenas distintas, la del ser y la del lenguaje.

 

Del celuloide al mármol

Tarkovsky antepuso al veneciano Carpaccio a Rafael de Urbino, cuyo arte encontraba flácido e insípido. Nosotros nos quedamos con el gigante de Caprese. Miguel Ángel es faro del arte y sin embargo vivió a la sombra; en su fuero interno el verdadero artista era otro, uno por el que lo hubiera dado todo: Dante.

De Dante hablo, que mal conocidas sus

obras fueron por ese pueblo ingrato

que sólo a los justos desprovee del bien.

¡Más ojalá hubiese sido él! Por tal fortuna,

con su áspero exilio y también su virtud,

daría yo del mundo el puesto más feliz.

 

Miguel Ángel, el escultor obligado a pintar, el arquitecto a fuerza de protagonismo, el estudioso de Dante, fue el autor menos conocido de más de un centenar de sonetos y madrigales. Aunque la mayoría están dedicados al amor dolido –carnal y espiritual–, otros adoptan un cariz más filosófico. En el soneto X, da su respuesta a la pregunta perenne sobre si la belleza entra o sale del ojo que la mira:

Dime de grado, Amor, si estos mis ojos

de veras ven a la beldad que aspiro

o si va dentro en mí, y a donde miro,

veo esculpido entonces su rostro…

—La belleza que ves en verdad está en ella.

 

Coherente con la objetividad de la belleza, en otro soneto Miguel Ángel supone que la obra escultórica, no importa lo arriesgada o improbable, aguarda matemáticamente al interior del material:

No tiene el gran artista ni un concepto

que un mármol sólo en sí no circunscriba

en su exceso, mas solo a tal arriba

la mano que obedece al intelecto.

 

Si atinados, con los golpes de su cincel el escultor podrá despertar la forma durmiente. En otras palabras, el artista que casa lo que razona e intuye asiste a una revelación. Seguramente Miguel Ángel, sentido creyente, leyó la revelación en el arte en clave teológica; lo intrigante es que su concepción resulta aún más elocuente bajo la lente con que hoy entendemos el proceso de revelado. En la fotografía análoga, suerte de parto onírico, la imagen incubada por la cámara emerge de una piscina química.

“Homero configuró una hermosa construcción de palabras muy variadas porque participaba de una naturaleza divina” (Demócrito, fr. 21). Homero olímpico, el sagrado Dante, el divino Miguel Ángel… La tradición que diviniza el genio para explicarlo es tan larga como poco informativa. Algo parecido ocurre con la visión del arte como revelación; pensadores, críticos, artistas y diletantes coinciden por igual, el arte revela, pero sobre qué y cómo, no dicen nada; calamares a la hora de afirmar, telegrafistas para dilucidar. Dejada a su propia suerte, la tensión en el núcleo del concepto resulta insostenible. En un polo, tenemos la revelación de raigambre teológica, asociada a la verdad, el absoluto y tantas otras palabras con mayúsculas; es la idea de que toda creación guarda una intención ulterior que puede ser manifiesta. En el otro polo, está la noción de revelación propia de la fotografía, menos asociada a la verdad que a la verosimilitud, la perspectiva, y tantos otros términos relativos; es la idea de la materialización polivalente que puede condensar el entramado del que surge. El problema ahora es nítido, la noción de revelación suele digerirse automáticamente en el primer sentido, sin importar que es el segundo el que hace justicia a la configuración técnica que el proceso artístico despliega.

 

En suma

Eisenstein sintetizó una nueva lengua al corazón de la cinematografía. Tarkovsky la articuló en un diálogo de artistas, científicos y teólogos. Sí, entre ciencia y arte existe una tensión esencial, pero no es la que dictan sus estereotipos. Mientras la ciencia avanza en una escalera lógica sin fin, piensa Tarkovsky, el arte se detiene en esferas simbólicas y espirituales. Dado que no calza con el científico, Tarkovsky sugiere que el conocimiento artístico se emparenta al religioso. En esto Andrei Arsenyevich erró. Separado de oratorios y laboratorios, el atelier del artista celebra su modo propio de conocimiento. Las revelaciones teológicas se reciben, estaban dadas; las revelaciones artísticas se ofrecen, son creadas. Los profetas toman dictado, los poetas se lo beben. Tarkovsky explicó el cine a través de la escultura, nosotros preferimos explicar la escultura con la fotografía. Es mucho lo que el discurso de la revelación deja velado; si la noción de revelación habrá de subsistir en el contexto científico y artístico de la actualidad, deberá hacerlo, no más bajo la metáfora de la faz detrás del velo, sino en analogía al cuarto oscuro que da a luz.

 

 

Referencias:

Andrei Tarkovsky, Sculpting in time. University of Texas Press. 1989.

Miguel Ángel Buonarroti, Sonetos completos. Cátedra. España. 1993.

Richard Rorty, Pragmatism as romantic polytheism. In The revival of pragmatism, ed. Morris Dicksein, 21–36. Durham, NC: Duke University Press. 1998.

Neurath, Otto. [1931] Sociology in the framework of physicalism. In Philosophical papers 1913–1946, ed. Robert S. Cohen and Marie Neurath, 58–90. Dordrecht: Reidel. 1983.

Erikson E. H. The life cycle completed. New York: W.W. Norton & Company. 1982.

Kirk, G. S., J. E. Raven, M. Schofield. Los Filósofos Presocráticos. Ed. Gredos. España. 1983

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Ilustración realizada por Jal Reed

De tanto en tanto, despierto con el opening de Pokémon atorado en la cabeza. Cada vez que pasa, siento que regreso a inicios de los 2000. A ese tiempo de infancia donde mi hermano y yo corríamos de regreso de la primaria, prendíamos la televisión y veíamos en Canal 5 otro episodio de las aventuras de Ash Ketchum y sus amigos.

Basta con esa tonada pegajosa, ese yo quiero ser siempre el mejor para que años de televisión regresen volando a mi mente. Estoy ahí de vuelta y me acuerdo de todo: de Misty y Brock, del equipo Rocket y la escena de James “el guajolote” Macías, la triste historia de Meowth con Meowzie y la emoción de ver a Ash compitiendo en una liga. Vuelvo a estar ahí, en el mundo brillante de Pokémon y me parece, entonces, que no ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me senté a ver a Pikachu en la tele. Pero este día marca el 25 aniversario del lanzamiento del anime de Pokémon y me doy cuenta de que ya no sé cómo se llaman los nuevos compañeros de aventuras de Ash. Hemos cambiado, Pokémon y yo, pero no importa porque volver a él es como ir al sitio a donde uno llega de tiempo en tiempo, después de un largo viaje, y se siente como regresar a casa.

El anime de Pokémon estrenó su primer capítulo el 1 de abril de 1997 en la cadena TV Tokio, tan solo un año después del lanzamiento dual de los videojuegos Pokémon Red y Pokémon Green para el Game Boy, los primeros de la saga. El anime llegaría a Estados Unidos hasta 1998 y a México en 1999. Esto marcó el inicio de la “Pokémania”, también apodada la “fiebre amarilla” por el color del Pokémon principal del anime: Pikachu, el ratón eléctrico de mejillas rojizas y compañero eterno de Ash, el protagonista. Ese fue el inicio de todo y desde entonces Pokémon no ha parado, con más de 1000 episodios, 20 temporadas y varias decenas de adaptaciones al manga, Pokémon formó parte por igual de infancias y adolescencias, viendo a una generación entera  de sus seguidores convertirse en adultos.

La trama del anime puede parecer complicada, pero en realidad no lo es. Ash Ketchum, un niño de 10 años, viaja a través del mundo con sus amigos en busca de pokémon, criaturas inspiradas en insectos, animales, plantas, objetos y seres mitológicos. Ash desea convertirse en un Maestro Pokémon, ganar la Liga Pokémon, un torneo donde los pokémon pelean entre sí dirigidos por un entrenador, y lograr capturar (o al menos registrar en su Pokédex, un catálogo de todos los pokémon) a todos los Pokémon existentes. Para lograr clasificar en el torneo de la Liga tendrá que viajar por distintas ciudades en busca de los gimnasios pokémon y derrotar a sus líderes. En el camino, se enfrentará a rivales, enemigos y pokémon salvajes. Esta formula es sencilla e infinita y sin importar las regiones que visite Ash o los nuevos pokémon que descubra, se seguirá repitiendo a lo largo del anime.

Es difícil intentar explicarle a cualquiera que no haya crecido en los tiempos de la Pokémania el profundo impacto cultural que tuvo Pokémon en nuestra generación y en los productos mediáticos que vendrían después. De alguna manera, no basta con decir que Pokémon llegó a ser la segunda franquicia más importante del mundo, que dejó atrás a Hello Kitty y solo fue superada por Mario; que sobrepasó por mucho a su contemporánea, la Pottermanía, en ventas y popularidad o que inició un género de entretenimiento multimedia al que después le seguirían la pauta otras franquicias como Digimon, Yu-Gi-Oh! o Beyblade.

Para pintar una imagen más certera, puedo decir que en esos años todo, absolutamente todo, estaba lleno de Pokémon: loncheras, mochilas, estucheras, llaveros, calcetines, sábanas, colchas y otras amenidades mostraban el rostro sonriente y ratonesco de Pikachu; la radio transmitía sus openings; los cines exhibían sus películas; las tiendas se llenaron de peluches y figuritas de los protagonistas de la serie y de los 151 pokémon iniciales. Todos tenían un pokémon favorito, un personaje favorito, un opening favorito y quienes no jugaban el videojuego, el juego de cartas o con los tazos que salían en las papas sabritas, al menos habían visto una de las películas o uno de los episodios de la serie. Pokémon era inescapable.

Cada semana, nos sentábamos impacientes ante nuestra televisión para ver otro episodio, comprábamos la mercancía o la admirábamos de lejos (yo, por ejemplo, siempre soñé con un Pokédex y un Eevee de peluche y envidiaba terriblemente la pokébola que mi hermano recibió por su cumpleaños), cantábamos los openings, íbamos a ver las películas y vivíamos en ese universo amarillo y feliz de monstruos coleccionables.

Pero, aunque haya parecido así, Pokémon no empezó ese 1 de abril de 1997. Ni siquiera empezó con el lanzamiento de los primeros videojuegos de la saga. Inició en un bosque a las afueras de Tokio donde un niño buscaba insectos. Todo comenzó con Satoshi Tajiri.

Nacido en 1965, Tajiri creció en las afueras rurales de Tokio, destinadas a ser consumidas por la creciente masa citadina. De esos años, Satoshi recuerda la emoción de salir a explorar los ríos y bosques que rodeaban su casa en busca de toda clase de mariposas, escarabajos y gusanos. Soñaba con un día convertirse en entomólogo y coleccionar insectos, pero ese sueño se vio interrumpido por  el frenético ritmo de urbanización de Tokio.

Satoshi Tajiri vio desvanecerse los ríos y bosques que habían sido tan importantes para sus juegos infantiles dando paso a la gran ciudad. Con ellos se fueron también los insectos que tanto había querido. Pero el anhelo de aventura y descubrimiento nunca lo dejó. En lugar de una exploración física, emprendió una digital y se volcó en un mundo distinto.

Desde ese momento y para siempre, la vida de Satoshi Tajiri dejaría de enfocarse en los insectos para girar en torno a los videojuegos. Con el pasar de los años fundó Game Freak, un fanzine de bajo presupuesto sobre videojuegos escrito por él e ilustrado por Ken Sugimori. Game Freak se hizo popular y Tajiri y Sugimori empezaron a preguntarse si podrían hacer la transición de fanzine a empresa desarrolladora de videojuegos. Lo lograron. Llegaron a trabajar con Sega, PlayStation y Nintendo creando para ellos juegos que tuvieron un éxito moderado.

Fue entonces cuando Tajiri empezó a soñar con crear un videojuego que encapsulara el sentido de aventura y maravilla que había encontrado de niño al cazar insectos en el bosque. Quería juntar la búsqueda y captura de seres extraños con la nostalgia del Tokio rural, ahora desaparecido, de su infancia, en una sola experiencia a la que llamaría “Capsule Monsters”. Presentó su idea a Nintendo y Shigeru Miyamoto se interesó por ella. Con Miyamoto como mentor y Sugimori como director artístico, parecía que no tomaría mucho tiempo para que el proyecto entrara a la fase de producción. Pero pasarían todavía varios años antes de que los Capsule Monsters vieran la luz ahora convertidos en Pocket Monsters y abreviados como Pokémon. Nintendo tenía sus dudas sobre las capacidades de Tajiri para dirigir el proyecto y del éxito que podría alcanzar un juego con un concepto tan nuevo.

A pesar de las dudas, el momento llegó y Pokémon fue lanzado el 27 de febrero de 1996 con una dinámica revolucionaria. Aprovechando el sistema de transferencia de datos del Game Boy, el juego sería publicado en dos versiones, Red y Green, cada una con distintos pokémon. La meta: atrapar a cada uno de los 150 monstruos de bolsillo. Para lograrlo, el jugador tendría que comprar ambas versiones del juego o intercambiar pokémon con amigos y conocidos para lograr completar su Pokédex. Nintendo no pensaba que tendría el éxito monumental que tuvo, pues, además de sus dudas sobre el atractivo que podría tener para su audiencia, acababan de lanzar su nueva consola, el Nintendo 64 y creían que las entregas para ese sistema opacarían a las del entonces ya viejo Game Boy. Se equivocaron, desde luego, y Pokémon se convirtió en la opción por excelencia de los jugadores de consolas portátiles.

Pronto salió otra versión del juego, titulada Blue y pensada como una edición especial que solo podría ser pedida por correo. Aunque después fue distribuida como si siempre hubiera sido parte del tiraje inicial. A ella se unió la versión Yellow, inspirada por el éxito del anime y con Pikachu en un rol más importante. Desde entonces, la maquinaria de Pokémon no ha parado.

Me parece increíble que Pokémon haya durado tanto tiempo, que un concepto tan sencillo como coleccionar monstruos y ponerlos a pelear entre sí, haya sobrevivido durante más de 20 años. Pero al mismo tiempo ya no puedo imaginar un mundo donde no existan Pikachu, Chikorita o Vaporeon. Forman parte de mí.

No recuerdo exactamente cuál fue el primer episodio que vi del anime, pero sí lo maravilloso, vibrante y extraño que se me hizo su mundo. Me enamoré de Pokémon, como muchos otros niños de mi edad, porque me permitía explorar un universo inalcanzable y mágico. Porque me llevaba a un lugar de imposibles hechos realidad donde podía emprender nuevas aventuras al lado de Ash. Creo que ese fue el verdadero poder de la Pokémania: darnos la sensación de que podíamos explorar ese mundo, cambiarlo y descubrir sus secretos.

Si Pokémon fue construido sobre el deseo de Satoshi Tajiri de regresar a los bosques ahora desaparecidos de Tokio, mi amor por la franquicia descansa en la nostalgia de un tiempo donde mi paz estaba en sentarme a ver la televisión después de la escuela, coleccionar tazos y soñar con que Ash algún día sería campeón de la liga Johto. Esa fue la época de soñar en grande. De Sakura Card Captor, Ranma 1/2, Dragon Ball Z, Digimon y Pokémon. Fue el momento en el creímos que todo era posible porque todo lo era para los protagonistas de nuestros animes favoritos.

Han pasado muchos años desde entonces y sé que nunca me pondré al corriente con las temporadas, películas y mangas que tengo  atrasados de Pokémon. Prefiero no hacerlo, prefiero no ir buscando ese bosque para darme cuenta, como Satoshi Tajiri, de que ha desaparecido para siempre, reemplazado por algo más. Prefiero no enterarme si el anime ha perdido su esencia. Así seguirá siendo el mismo cada vez que piense en volver a él. Ese pasado seguirá existiendo, resguardado en algún lugar del internet.

Quiero pensar que aún si Pokémon ha cambiado, teniendo que adaptarse a nuevas audiencias, nuevas generaciones que crecerán con su propia versión de la pandilla de Ash, seguirá siendo esencialmente el mismo. Seguirá habiendo una liga que ganar, un grupo de amigos con quienes recorrer el mundo, un equipo Rocket causando problemas, una tierra que explorar y un grupo de pokémon a los que conocer y atrapar. Quiero pensar que yo tampoco he cambiado tanto y que de alguna manera sigo ahí: en esa tierra remota llena de la expectativa de nuevas aventuras.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Portada de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, Fondo de Cultura Económica, 2021

¿Cómo leer a Octavio Paz en pleno 2022? ¿Cómo entender sus ideas después de tanto movimiento social e inclusive una pandemia? ¿Qué tiene que decirnos todavía nuestro único Premio Nobel de literatura? Una figura que sigue rodeada de polémica, que vivo o muerto ha dado de qué hablar aún en nuestros días. Un referente ineludible dentro de la tradición de las letras mexicanas, no solamente lo que atañe a la poesía o al ensayo (par de géneros en el que Paz fuese más prolífico), sino en la manera en la que entendemos nuestra tradición, pues sin él sería casi imposible concebir incluso apoyos vitales para la creación literaria que subsisten hoy en día como lo es el ex Fonca que ahora es el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales.

Octavio Paz no es un escritor cualquiera. Sobre él flota una aurora casi celestial, parecida a la que ostentan los santos de bulto que están en los retablos centrales de las iglesias. Intimida y es algo que parece agradar y hace sentir incluso a sus discípulos o a los que aún cuidan y resguardan su legado. Cierto es que Octavio Paz y su figura no es simple en lo absoluto o algo que pueda resultar irrelevante a la hora de acercarse. Sintamos simpatía por él o no, estemos o no de acuerdo con él, sus ideas son importantísimas, y leerlo con suma atención en nuestro tiempo me parece algo totalmente necesario y fundamental para todas, todos y todes.

El laberinto de la soledad, una de sus obras más importantes y de cuya entraña se desprenden muchos trabajos posteriores, no solo de Paz, sino de muchos y muchas, sigue vigente para entender nuestra realidad como mexicanos, en sus páginas el que su autor explora y revisa lo que él considera que es la idiosincrasia nacional por lo menos hasta sus días. Actualmente, sigue siendo un libro que flota dentro de nuestro imaginario colectivo del lector mexicano, no una obra muerta y polvorienta, olvidada por el paso de los 70 años que han transcurrido desde su publicación.

“Desde 1950, año de su primera edición, El laberinto de la soledad es sin duda una obra magistral del ensayo en lengua española y un texto ineludible para comprender la esencia de la individualidad mexicana” dice la contraportada del libro aún nuevo, que está desde hace un par de años en uno de mis libreros en donde descansa la biografía que adquirí para una tentativa tesis de maestría que aún no empiezo y cuyo tema principal son los ensayos políticos de Octavio Paz. Y aunque durante algunos seminarios en la universidad leyera algunas partes, es la primera vez que me enfrento a su lectura total, atenta y pendiente a lo que Octavio tiene para decirme sobre él, sobre ellos y quizá también sobre mí.

Desde el primer ensayo de este libro “El pachuco y otros extremos” deja ver el ensayista que por causas azarosas y de vida es capaz de ver y de reconocer al mexicano desde lo lejos, desde la mirada del exterior para así hacer una comparación empapada de la objetividad de quien se aleja para mirar la realidad más allá del aire contaminado de un entorno compartido, es un inicio en el que deja ver algo coyuntural para entonces, e inclusive al hombre moderno que quiso ser. Paz usa la imagen del pachuco como una gran metáfora del mexicano, ambos adolescentes, recién llegados conscientemente a la tierra, buscando apropiarse de su vida, rehuyendo de los roles establecidos dice: “a los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido”, comparando lo que le sucede a los pachucos con los estadounidenses y a los mexicanos con sus propios orígenes e historia.

Empieza a esbozar sus propios conceptos sobre “la mexicanidad” como algo que se encuentra en trance, que muta y es fluctuante, pero también sobre la soledad, uno de los ejes que conducen todo el libro, “en todos lados el hombre está solo”, aunque este sentimiento lo entiendan y lo enfrenten de diferentes maneras los mexicanos y los estadounidenses. “La soledad del mexicano es de las aguas estancadas, y la del norteamericano es la del espejo”. Y cuando se refiere a los pachucos, dice que “han perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias” pero se sienten y se reconocen como “parte de algo más vivo y concreto que la abstracta moralidad del American way of life”.

En “Máscaras mexicanas”, el segundo ensayo de esta colección, Paz hace una reflexión ya no al mexicano per se, sino a sus maneras de ser y de sentir, enfocándose en sus sentimientos y en su hermetismo, conociéndolo como una característica natural: “El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso el medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y el carácter de la sociedad que hemos creado”, en este texto también expone la postura de abrirse como sinónimo de “rajarse”, algo que solo es permitido a la mujer (pues nosotras nacemos “rajadas”) y que deja ver buena parte del imaginario machista mexicano, no solamente en los tiempos de Paz, sino incluso actualmente, es decir, la mujer tiene permitido abrirse y mostrar vulnerabilidad porque es solamente un objeto que cumple una función en todo en la vida del hombre. Es aquí donde la lucidez de Paz pierde puntos en vigencia y gana en machismo, pues esa idea le acompañará no solamente a lo largo de todo el segundo ensayo, sino en el total del libro, la concepción y la integración de las mujeres a las reflexiones que integran El laberinto de la soledad es casi nula, salvo Sor Juana y la Malinche, el ensayista no reconoce mayor aporte más allá de ser objetos: “la mujer siempre ha sido para el hombre lo otro, su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse a ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye. La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa”.

Y aunque está haciendo una descripción muy cercana a la realidad de muchas mexicanas, se le nota cómodo, pues jamás hace una crítica al sistema patriarcal, ni siquiera un esfuerzo por disimular que estas ideas le acomodan y que él es parte de ellas al no incluirlas como parte de la creación, sino asumir un papel pasivo dentro del desarrollo de la historia y de la conformación del pensamiento mexicano, pero quizá eso hubiera significado tener que quitarse la máscara y mostrarse expuesto, pues “el mexicano puede doblarse, humillarse, agacharse, pero no rajarse, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad”, dice Octavio al respecto de las máscaras que usamos para vivir.

“Todos Santos. Día de Muertos”, el tercero de los ensayos de este laberinto, revisa el papel que ocupa la fiesta para los mexicanos, uno de los pocos acontecimientos en los que los hombres machos y aguantadores que no se saben rajar, como nos dejó claro en su texto anterior, animados por el alcohol pueden quitarse la máscara sin ser juzgados como llorones o rajones. También habla de la relación que tenemos con la muerte y sus rituales gozosos que por supuesto también incluyen fiesta, comida y alcohol. Desde la óptica de Paz, vida, muerta y fiesta son las mismas cosas: “Dime cómo mueres y te diré quién eres”, no obstante, aclara la indiferencia del mexicano tanto por la vida misma como por su propia muerte, y también ejemplifica con el tratamiento que José Gorostiza y Xavier Villaurrutia que le dan al tema a través de los poemas “Muerte sin fin”, en el caso del primero y de “Nostalgia de la Muerte”, del segundo.

Seguimos con “Los hijos de la Malinche”, y volvemos a ver el tema del hermetismo como una característica fundamental del carácter mexicano, lo retoma y ensaya sobre su posible origen, lo compara con el de otras partes del mundo como en Oriente, en este ensayo la figura de la Malinche, o la chingada es una pieza central. Paz reflexiona entorno a la tradición de Cuauhtémoc y de Doña Marina como personajes que se abrieron a la Conquista Española y que cedieron no solamente su cuerpo sino también a su pueblo; todos somos hijos de la chingada, de la mujer violada. Si alguien en esos tiempos aún sigue sin entender el verdadero significado de la expresión, convendría darle un ojo a estas reflexiones en torno a la palabra y al verbo chingar, en estos días en los que se ha puesto en la mesa y en la coyuntura mediática lo normalizado que tenemos la violación a mujeres, pues desde tiempos de la conquista es algo muy común aceptarnos chingadas, transgredidas, y es triste admitir que en esto Octavio no se equivoca.

 

“Conquista y Colonia” y “De la independencia a la Revolución”, son los ensayos subsecuentes, en los que el autor nos da un recorrido de historia mexicana muy a su manera, empezando desde la caída del Imperio Azteca hasta las quejas zapatistas, analizando sobre todo sus fallas, concentrándose en las cosas que no salieron como tenían que salir, haciendo la crítica a la falta de ideales tanto de parte de los caudillos como de los liberales. Vencidos y vencedores, son puestos en la misma balanza, también el papel de la iglesia y la sociedad como factores determinantes en el progreso mexicano y también en la historia de las ideas. La mayoría de estos personajes tenía las mejores intenciones pero pésimos desempeños a la hora de tomar el poder, llenos de contradicciones, de falta de criterio propio, pero sobre todo de imitación a los modelos extranjeros, retrocesos a mejores épocas, fantasías de gobernantes, pero preponderantemente la idea nostálgica de que todo tiempo pasado fue mejor. Pienso en este par de ensayos, ahora como una ideal lectura complementaria, como una suerte de apunte o comentario que bien podrían ser parte de todos esos libros de texto, llenos de fechas, lugares, datos y estadísticas históricas pero no de una reflexión que ayude a preparatorianos y universitarios a entender nuestra historia pero sobre todo de reflexionar en torno a ella, algo a lo que invita el ensayista, pues él mismo realiza su propia interpretación. Quizás así la historia deja de ser algo que memoricemos y nada más.

 

Este laberinto de historia y de pensamiento nos lleva a “La intelligentsia mexicana”, ensayo en el que ya no solamente el poder es analizado, sino también los protagonistas que forman parte de la cultura mexicana, y cómo todos los sucesos repercutieron en ella. En este texto, Paz analiza la figura de José Vasconcelos y sus aportes a la educación, y lo llama “el fundador de la educación moderna en México” y reconoce su obra personal, aunque refiere que su pensamiento no creó “escuela” en México, y sus ideas se perdieron o por lo menos se disolvieron.

En este ensayo, las grandes críticas a los intelectuales mexicanos de aquel siglo que siguen vigentes y bien pueden aplicarse a los de éste, y una de ellas es que: “La intelligentsia mexicana, en su conjunto, no ha podido o no ha sabido utilizar las armas propias del intelectual: la crítica, el examen, el juicio”, no dudo que en eso Paz no se equivoque, aquella tibieza sigue siendo propia de intelectuales y escritores contemporáneos, también su actitud servil y cortesana ante el poder.

Nombra a Samuel Ramos y retoma la idea de la máscara, el hermetismo y la búsqueda de la identidad al decir que: “el mexicano es un ser que cuando se expresa se oculta; sus palabras y gestos son casi siempre máscaras”.

 

En “Nuestros días”,  el penúltimo de los pasajes del laberinto, el ensayista dice algo que también está subrayado en mi ejemplar: “ser uno mismo es, siempre, llegar a ser ese otro que somos y que llevamos escondido en nuestro interior, más que nada como promesa o posibilidad de ser”, algo que a lo mejor mi psicóloga en una de nuestras tantas sesiones me diría, quizás no con tanta elocuencia pero sí con esa firmeza y que resuena por supuesto aún. Lo que considera sus días ya no son los nuestros desde hace algunas décadas, y me surge la idea de conseguir una máquina del tiempo o por lo menos tabla Ouija para interrogarle y pedirle actualizar nuestros días, pues este título quizá tenía sentido entonces pero dejó de tenerlo ahora, que ya ni siquiera existe la Unión Soviética ni tantas otras cosas que entiende por su realidad.

 

La aparente puerta de salida del laberinto, es un apéndice que se agrega en la segunda edición de 1959, con un tono menos académico, inclinado más en la prosa poética, en el que se nota el aliento del poeta es su exaltación por temas como el amor como preocupación, algo que explorara posteriormente en La llama doble: “el lenguaje popular refleja esta dualidad al identificar a la soledad con pena. Las penas de amor son penas de soledad. Comunión y soledad, deseo y amor se oponen y complementan. Y el poder redentor de la soledad transparenta una oscura, pero viva, noción de culpa: el hombre solo […]

La soledad es una pena, esto es, una condena y una expiación. Es un castigo, pero también una promesa del fin de nuestro exilio. Toda vida está habitada por esta dialéctica.

Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos solos y morimos solos”

En este apartado se erigirá la idea paciana de la soledad como condición inherente al hombre, como enfermedad que tiene pocas curas, la soledad como algo que asfixia y nos inmoviliza.

 

Concluyo mi lectura pensando y creyendo que seguimos siendo hijos e hijas de la soledad, y creo que eso no ha cambiado a pesar de todo, y que en este libro Octavio dictó su gran herencia, no solamente para su círculo más inmediato y para sus colaboradores qué siguen haciendo lo de entonces, sino para nosotros los que ahora seguimos buscando la salida del laberinto. Otra, no la misma de siempre.

Será nuestra la tarea de corregir y aumentar estas ideas.

 


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, Tomada el 25 de abril de 2018

En El libro del desasosiego, Bernardo Soares escribió: “mi patria es la lengua”. Y quizás esta aseveración pueda ser, en ocasiones, inexacta. La lengua, sí, puede ser la patria, asaz el continente de lecturas y tradiciones poéticas y escriturales, pero también puede ser una habitación minúscula, en donde el viaje alrededor de ésta sea un íntimo recorrido por la propia piel y sus sensaciones; por el resabio en la boca de un ósculo impertinente que se quedó para habitarla; por la mirada que fija se pierde y remonta el vuelo por los intersticios de la memoria; por el estruendo de palabras olvidadas que se enquistan en el oído, o tal vez por el aroma del rocío que se posa en la hierba después de haber abandonado el pétalo que la abrigara en primera instancia. La lengua se habita, se reconoce y se desnuda, y al hacerlo quedan sus resquicios expuestos: palabras que la conforman y la limitan, que la renuevan y la distienden y que quedan al cobijo de quien las enuncia para nombrarlo todo siempre por vez primera.

En 1940, se funda la revista América, “por un grupo de jóvenes mexicanos y españoles del exilio vinculados con las Juventudes Socialistas Unificadas de México y de la Juventud Socialista Española”.1 Bajo la dirección inicial de los poetas Roberto Guzmán Araujo y Manuel Lerín, reunió a escritores como Alfonso Reyes y Enrique Diez-Canedo. A partir de agosto de 1942, el poeta Marco Antonio Millán asume la dirección de la revista que tendría, en sus dos décadas de vida, a colaboradores como Efrén Hernández, Margarita Michelena, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Concha Méndez y Xavier Villaurrutia, entre muchos otros. En 1948, la revista cambia el subtítulo de Tribuna de la democracia, por el de Revista Antológica, y desde su creación se dio a la tarea de albergar, en parte gracias a los oficios e instinto de Efrén Hernández, a jóvenes escritores que comenzaban su carrera literaria. Además, América. Revista Antológica publicó, por mencionar algunos, 29 cuentistas mexicanos actuales, de 1945, con notas de Marco Antonio Millán y Manuel Lerín, que antologó cuentos de Ermilo Abreu Gómez, Juan de la Cabada, Jorge Ferretis, Manuel González Ramírez, Jesús R. Guerrero,  Rafael F. Muñoz, José Martínez Sotomayor y Francisco L. Urquizo; también, Presentación al templo, de 1952, de Rosario Castellanos y La tristeza terrestre, de 1954, de Margarita Michelena.2 Y en 1949, sale a la luz El corazón transfigurado, de Dolores Castro. El poemario tenía ilustraciones de Francisco Moreno Capdevila, un grabado del pintor Francisco Amighetti y una presentación de Efrén Hernández. Castro habla de su relación con la revista:

 

La revista América llegaba en un momento en que terminaban una serie de capillas exclusivas, cerradas: Letras de México, El Hijo Pródigo, en fin, cada quien tenía sus escritores. Entonces nosotros, al ver una revista con esa apertura . . . Ahí escribieron todos los que ahora seguimos escribiendo: Juan José Arreola, María Elena Bermúdez […] Sergio Galindo, Emma Godoy, Luisa Josefina Hernández, Margarita Paz Paredes, […] Jaime Sabines, Rodolfo Usigli —en su vertiente poética—, por precisar algunos.3

 

En 1939, un año antes de su fundación, los que formarían parte de la aventura editorial de América se reunían en un café “cerca del Cine Monumental, en la Avenida Hidalgo […] y trasladaron sus sesiones a un café de chinos de las calles de Dolores. Efrén Hernández invitó a Rosario Castellanos y a Dolores Castro a sumarse a dichas reuniones”.4 Esta invitación, debida en parte al poeta Ramón Gálvez Monroy, sería el punto de partida de una de las voces más vibrantes del medio siglo. Desde su primer libro, Dolores Castro mostró una voz que, si bien tenía como referencia una tradición, también comenzaba a romper con ella. El corazón transfigurado es un poema de largo aliento, una silva por sus versos endecasílabos y heptasílabos, que sigue las huellas del Primero sueño, de Sor Juana. El corazón… inicia con el verso “Es tiempo de las sombras”, y termina con “este sueño es la sombra que se muere/ con la primera estrella matutina”. Es el relato de una noche en la que se vislumbra el eco de la monja jerónima, pero también de la generación del 27, por ejemplo, de Pedro Salinas, por el uso del verso blanco. De su primer libro, Rosario Castellanos apunta:

 

Es el amor, el amor más entrañable, el que rompe nuestra condición de isla y toma posesión del mundo, el que se ensancha en el tiempo, atrás, hasta el más remoto ayer, cuando Dios estaba aún “hiriendo las entrañas del vacío […] Para elogiar a Dolores es suficiente señalar su presencia. Es superfluo insistir en la novedad de su estilo, en su intención de perdurabilidad, en el vigor o la delicadeza de su aliento. Quienes la lean encontrarán, ineludiblemente, estas y otras cualidades, pues de todas está su poesía transida y resplandeciente”.5

 

El oficio poético de Dolores Castro encontraría un cauce en la Antología de los 50 poetas contemporáneos en México, de Jesús Arellano, quien recoge sus textos junto a los de Margarita Michelena, Emma Godoy, Margarita Paz Paredes, Concha Urquiza, Guadalupe Amor, Rosario Castellanos y Enriqueta Ochoa. Para Diana del Ángel:

 

En el libro se incluye […] a un total de ocho mujeres frente a cuarenta y dos hombres. A pesar de la simetría numérica, cabe destacar la opinión de Arellano sobre la importancia que desde 1950 tenían las mujeres dentro de la poesía mexicana.6

 

En 1955, Alfonso Méndez Plancarte publica Ocho poetas mexicanos, que reúne, además de a Dolores Castro, a Alejandro Avilés, Roberto Cabral del Hoyo, Efrén Hernández, Honorato Ignacio Margaloni, Octavio Novaro y Javier Peñalosa. A este grupo de poetas se le conocería como el grupo de “los ocho de Ábside”, por ser todos colaboradores de Ábside. Revista de cultura mexicana. La investigadora Alessandra Luiselli consigna que “el lema de la generación poética de ‘los ocho de Ábside’, ideado por Dolores Castro, señalaba: ‘Cada uno su lengua, todos en una llama’”.7 A esta antología seguiría la publicación de los libros Siete poemas, de 1952, y La tierra está sonando, editado por la Imprenta universitaria en 1959. En estos tres primeros libros, puede reconocerse lo que Benjamín Barajas, profundo conocedor de la obra de Castro, afirma en su tesis para obtener el grado de maestro en Literatura Mexicana:

 

La contemplación como principio sobre el cual se funda su poética. […] La poeta se sitúa en un ángulo de privilegio desde donde escucha, palpa, ve siente el transcurrir del mundo, sus fenómenos y sus criaturas.8

 

Lo que en El corazón transfigurado era el sueño, en los dos libros siguientes será el reconocimiento del cuerpo y la alegoría de éste con la naturaleza: el fruto y el vientre, el hijo que no se tiene y el “dulce dolor de estar viviendo”. La poesía de Castro es inmisericorde en el instante, en el aguafuerte en donde la voz poética confiesa impúdica: “La tierra está sonando/ y yo estoy desolada,/ hueca por dentro, triste”. En contrapunto de la mirada que se posa en los pequeños milagros cotidianos como el viento, la flor o las hormigas, está lo que ésta provoca al posarse en ellos: un breve instante en donde el mundo se aclara y la poeta puede verse “fiel a su espejo diario”, como escribiera López Velarde. En el mirar está el ser, en conocer los mínimos universos que se gestan debajo de los pasos de la poeta para pensar sus propias huellas. Cuenta Dolores Castro:

 

Para mí, la principal maravilla fue que pudiera escribir poesía. Fui una niña muy inquieta, pero quería saber. Me ponía a ver cómo eran las hormigas, cómo iban todas. Me quedaba pensando, como me habían dicho en la escuela, que los insectos no ven como nosotros. Y si a éstos les dijeran “aquí hay una niña que las está viendo”. Como ellos tienen esa manera de ver, que no es directa, dirían “me están engañando. No existe esa niña”. Y yo decía, “Dios, a lo mejor lo estamos viendo como si fuéramos hormigas. ¿Por qué no creer en él? Y creo que desde entonces, sin ser santurrona, he creído en Dios.9

 

Ese pensarse como objeto de la contemplación divina marcará la poesía de Castro. En ella, en su poesía, se cumple lo que escribiera Vicente Huidobro: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!/ hacedla florecer en el poema;/ sólo para nosotros/ viven todas las cosas bajo el sol”. Y las rosas de Castro florecen al nombrarlas. En palabras del poeta José Francisco Conde:

 

[Dolores Castro] afina el oído para conocer la premura del agua, que puede ser lluvia o llovizna, o tormenta o río, aun diluvio. De todas formas, lo primero que se divierte es un sonido que puede anunciarlo todo. Es un espejo sonoro que ofrece la quietud, el remanso o los signos luminosos de la catástrofe; o el delicado puñal del recuerdo y el olvido.10

 

Y es también el enunciar de Castro un modo de quebrar el viento y la soledumbre de la existencia. El primer poema de Cantares de vela comienza: “A cabezadas rompo este silencio”. Y es una declaración de fe, un ars poetica que, a la manera del autor de Altazor, quiere declarar una verdad, la de la poeta que sabe que escribir poesía es escribir con ella, sin artificios más allá de los que el mismo lenguaje pueda darle. En Cantares de vela los sustantivos que se repiten son “tinieblas”, “muerte”, “noche”, “sequía”, “rota”: que significan un modo de ver el mundo, de estar en él y cuestionarse a sí misma. La poesía de Dolores Castro es breve, contenida y, a la vez, feraz. El poemario, dividido en siete secciones —“Cantar”, “Viento quebrado”, “Viene vibrando como un bosque sombrío”, “Andar”, “Donde crece mi vida”, “Eclipse”, “De la sombra y el fruto”, además del “Epílogo” de Alfredo Cardona Peña— daría paso a un silencio de más de diecisiete años, hasta la publicación de Soles, en 1977, en donde la experiencia da paso a un humor de hechura fina, como en el poema “Intelectuales, S.A.”: “Mientras tú trabajas/ yo pienso por ti”;11 pero siempre con la consciencia del oficio de entretejer un modo personalísimo de mirar la vida.

Dolores Castro, desde entonces, ha publicado, entre otros, la novela La ciudad y el viento (1962), y Qué es lo vivido (1980), Las palabras (1990), Poemas inéditos (1990), No es el amor el vuelo (1992), Tornasol (1997), Sonar en el silencio (2000), Oleaje, (2003), Íntimos huéspedes (2004), Algo le duele al aire (2011), Sombra domesticada (2013), además de su reconocido ensayo Dimensión de la lengua en su función creativa, emotiva y esencial (1989). Su obra se ha erigido entre el rigor y la generosidad, entre el amoroso “rito cotidiano” y el tráfago vital. En las palabras que ha construido con paciencia y lucidez se abriga una parte fundamental de la historia de la poesía mexicana, esas palabras suyas que “ruedan por esa cuesta/ y tratan de ver el sol/ con sus ojos de piedra/ pulimentada”.12


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Mujeres con jornadas laborales de 12 horas diarias y salarios precarios, tomaron la decisión exigir derechos laborales para su comunidad: las trabajadoras del hogar. El objetivo llevó a las mujeres a Bogotá, Colombia, donde comenzó el primer Congreso de Trabajadoras del Hogar, del 23 al 30 de marzo de 1988. Esta última fecha fue la elegida para conmemorar el  Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar.

Tras 34 años del encuentro y la lucha por garantizar mejores condiciones laborales, México aún carece de un marco jurídico que sancione a los empleadores por incumplir con sus responsabilidades, ni siquiera se contempla en la iniciativa que aprobó el Senado, en la que hace obligatorio el acceso al IMSS para las trabajadoras del hogar, con goce de seguro para enfermedades, riesgos de trabajo, maternidad y cesantía. Pero, los principales obstáculos comienzan por los sueldos bajos.

 

Seguridad social: coartada por la precariedad laboral

El programa piloto de la iniciativa de acceso a la seguridad social, comenzó en abril de 2019; la última modificación a sus requisitos establece una cotización de 20 días con el salario mínimo general para que las trabajadoras del hogar sean beneficiarias del IMSS; sin embargo, a diciembre de 2021, solo  41 mil 300 trabajadoras fueron inscritas al seguro social, de un total de 2.4 millones a nivel nacional.

Detrás de las cifras, hay testimonios sobre cuán costoso es atender una enfermedad en el sector privado: “la última vez que me enfermé, gasté mil 200 pesos”, recuerda Celedonia Lorenzo, trabajadora de 51 años.

La señora Cele, así la llaman sus conocidos, gana 400 pesos por día de trabajo en una casa a la que va solo los miércoles de cada semana. También tiene otro empleo en una oficina, donde labora de lunes a sábado por 350 pesos por día laborado. En ambos trabajos sus jornadas son de 8 horas en un esquema de entrada por salida, sin derecho al IMSS e Infonavit.

En esa misma dinámica de trabajo se encuentra María González, de 51 años, quien prefirió usar ese nombre para proteger su identidad. María tampoco cuenta con seguridad social o algún derecho laboral en ninguna de las tres casas, donde trabaja cuatro horas diarias. En dos hogares, obtiene 350 pesos por día; en la tercera casa, donde acude una vez a la semana, gana 400 pesos.

El salario bajo es una constante en la CDMX y en el interior de la república. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) 2021, las trabajadoras del hogar ganan 3 mil 300 pesos al mes.

En entrevista con las secretarias generales colegiadas del Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar SINACTRAHO, Norma Palacios, Isidra Llanos y María de la Luz, la precariedad laboral es una de sus preocupaciones principales. “En la CDMX encontramos salarios de 200 pesos al día”, comentan las integrantes del SINACTRAHO, quienes visitaron diversos estados, y observaron que en Puebla y Chiapas, “los salarios son de 70 pesos por día”.

Integrantes del SINACTRAHO

 

Los hallazgos del SINACTRAHO en estos estados, exponen una realidad diferente a lo estipulado por la Comisión de Salarios Mínimo (Conasami), que fijó un sueldo de 187.92 pesos por día y de 260.34 pesos para las trabajadoras del norte. Para las integrantes de SINACTRAHO, los pocos días laborados debajo del mínimo de 20 días cotizados al mes, son las limitaciones. “La mayoría de trabajadoras está en la modalidad de entrada por salida, no cubren 5 o 6 días a la semana”, afirman.

Frente al panorama general de los sueldos bajos, Marcelina Bautista, directora y fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH), explica en entrevista que el CACEH propone salarios justos para que la cotización del IMSS, basada en el salario mínimo general, deje de representar un obstáculo.

 

Marcelina Bautista, directora y fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH)

Marcelina Bautista, directora y fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH)

 

En febrero de 2022, el CACEH lanzó los tabuladores de salarios dignos, que aumentan según las cuatro categorías definidas por actividades desde la limpieza general hasta la preparación de alimentos de alta cocina, cuidado de personas enfermas, adultos mayores y niños. El rango de sueldos al día va de los 400 a los 600 pesos.

De acuerdo con Marcelina Bautista, el tabulador fue aprobado por 100 trabajadoras del hogar, con sueldos de 300 a 400 pesos al día, el salario de María y la señora Cele; sin embargo, ambas reconocen que los días laborados se mantienen por debajo de cinco. “Al final, -continúa Marcelina Bautista- los empleadores dicen que no tiene dinero para pagar más”.

 

Una iniciativa sin sanciones a los empleadores

Los aumentos salariales son un diálogo que nunca concluyen, según la experiencia de María. Ella recuerda un empleo que tuvo de 2014 al 2019, donde su empleadora pagaba de 200 pesos a 220 por día laborado. María pidió un nuevo salario de 300 pesos, por respuesta obtuvo un indefinido “yo te aviso”. Después de algunas semanas, se retomó el tema; la empleadora trató de resolverlo con un sueldo de 250 pesos.

María se negó a aceptar la oferta, y recibió una pregunta que despertó inconformidad, “¿por qué?, estamos pagando bien”. Ella solicitó 300 pesos debido a las tareas que realizaba: lavar vidrios, ropa, cortinas, preparar comida, barrer, trapear, sacudir y tender camas. Su jornada de 9 horas  terminaba a las 6 p.m., y volvía a casa con 180 pesos después de tomar los transportes cada lunes y viernes, los días que trabajaba.

Cuando la empleadora de María prometió pagarle 300 pesos, comenzó la pandemia en México. “Yo me enfermé de COVID-19 –cuenta María- así que mis empleadores prefirieron reemplazarme”. La trabajadora decidió renunciar al empleo en julio del 2019, “porque en ningún momento ni antes o después de haberme contagiado de COVID-19, se habló de la posibilidad de inscribirme al IMSS”.

Trabajar sin seguridad social durante décadas es una condición que la señora Cele conoce. “Durante mi tiempo en un empleo que tenía en el Pedregal, donde estuve de 2014 a 2020, comenzó la pandemia, pero no hubo oportunidad de inscribirme al IMSS”, continúa con un tono resignado, “tampoco tengo seguro ni Infonavit en mis empleos actuales”.

Las trasgresiones a los derechos permanecen sin sanciones, pues en el actual dictamen del registro al IMSS aún carece de un sistema de vigilancia para los empleadores. Debido a lo anterior, las secretarias generales colegiadas del SINACTRAHO ven desigualdad en las relaciones empleadores-trabajadoras.

Si bien la reforma es explicita con los requisitos para el acceso a la seguridad social, “se deben diseñar sanciones e inspecciones que respondan a las preguntas: ¿qué pasa si yo como empleador no doy de alta a la trabajadora?, ¿qué pasa si no firmo contrato? A la fecha no pasa nada”, apuntan las integrantes del SINACTRAHO.

Por otro lado, hay avances hacia una regulación justa. La directora del CACEH comenta que desde el inicio de su organización en 2010, se han impulsado iniciativas trascendentales. Comenzaron con una carta de derechos de 12 puntos, con la que el CACEH incidió en la en la reforma a la Ley Federal del Trabajo, para capacitar a las trabajadoras, establecer obligatoriedad en la firma de contratos, seguridad social, vacaciones, aguinaldo, días de descanso y horas extras.

Después de la ratificación en 2020 del convenio 189, que protege los derechos básicos las trabajadoras y los trabajadores del hogar, el CACEH ha organizado campañas para que se cumpla con este convenio que entró en vigor el 3 de julio de 2021. Tras 9 años de lucha, “el trabajo del hogar no se reconoce claramente como un trabajo”, denuncia Bautista.

El camino ha sido duro. Un punto de inflexión fue una demanda en 2016 por parte de una trabajadora del hogar hacia su empleador, el IMSS e Infonavit. El juez no apoyó el caso, “porque no había marco jurídico en el cual se pudiera basar para hacer valer nuestros derechos”, enuncia Bautista el dictamen que incentivó la participación del CACEH con organizaciones civiles.

Una vez que la trabajadora se amparó, la Corte atendió el caso y declaró inconstitucional la resolución inicial e instó al IMSS en 2018 a comenzar con un programa piloto para garantizar los derechos laborales. Estas acciones fueron los antecedentes para que en 2019 se lograra la modificación de la Ley Federal del trabajo, y  en consecuencia, la modificación del capítulo 13 en materia de personas trabajadoras del hogar.

Desde entonces, el SINACTRAHO ha fortalecido sus asesorías legales gratuitas, uno de sus programas trascendentes surgido en 2015. Han brindado atención a un total aproximado de 507 casos; 208 convenios fuera de juicio y 80 fueron ratificados en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Además, se canalizaron 57 demandas y han otorgado más de 242 cálculos de indemnización laboral (vacaciones, prima vacacional, aguinaldo, y solicitudes  para la incorporación al IMSS).

Además de las críticas que aún quedan pendientes a la reforma de seguridad social para las trabajadoras del hogar, la indiferencia de los empleadores se suma a los retos que deben ser superados. De acuerdo con el CACEH, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) realizó cinco estudios en los estados donde se concentra el mayor número del sector de trabajadoras del hogar: Jalisco Estado de México, Ciudad de México, Chiapas y Oaxaca.

También se abordó el perfil de las personas empleadoras en estos estados, “y la mayoría tienen los ingresos suficientes para garantizar un salario justo a las trabajadoras”, sintetiza la SINACTRAHO. En cuanto a la evasión de las inscripciones al IMSS, la cifra asciende al 90% a nivel nacional de trabajadoras del hogar en informalidad.

Las secretarias generales colegiadas del SINACTRAHO han concluido en que será necesario contar con un padrón nacional de registro, tanto de empleadores como de trabajadoras del hogar, con el fin de facilitar un monitoreo de los casos en los que haya una trabajadora sin contrato formal ni prestaciones de ley.

La iniciativa de registro al IMSS imposibilita el registro en un padrón, pues excluye a quienes realicen trabajo del hogar  de manera esporádica, en escuelas y “otros establecimientos análogos”; es decir, perfiles como el de la señora Cele, no son considerados trabajadoras del hogar. Al respecto, el SINACTRAHO lanza una sentencia para el futuro de estas mujeres: “mientras México no dignifique el trabajo del hogar, será complicado garantizar los derechos laborales”.

 

Contra la indiferencia y la discriminación

Las campañas del CACEH son diseñadas para fomentar el respeto a los derechos de las trabajadoras. “Hay campañas que dirigimos a las personas empleadoras –menciona Marcelina Bautista-, por ejemplo, El hogar justo hogar”. A través de la campaña, un grupo de empleadores defensores de derechos humanos se sumó al CACEH en la lucha para concientizar a los empleadores.

“Ahora nos sumamos a la campaña Trabajo justo, que otras organizaciones realizan con la ONU mujeres y con la OIT”, retoma la directora del CACEH los esfuerzos que desarrollan junto a más colectivos. Reconoce que aún hay un camino largo hacia los objetivos del CACEH, “pero  estamos más allá de cómo empezamos en el 2000”.

La señora Cele trabajó en ese contexto, cuenta que vivó maltratos por parte de su empleadora. “En mi primer empleo –evoca-, me ganó el sueño, y desperté a las 6:30 a.m. La señora se enojó mucho y me comenzó a jalonear”. La señora Cele trató defenderse, “le dije que no debía tratarme así, porque no soy su hija”. Cuando su empleadora la soltó, ella corrió a encerrarse en su cuarto.

La señora Cele llegó desde Oaxaca al entonces Distrito Federal en 1992, encontró empleo de planta como trabajadora del hogar, cuyas funciones exigían cuidar niños mientras hacía limpieza general, en un horario de 6 a.m a 10 p.m. Duró tres años en ese trabajo.

“Tuve que terminar esa relación laboral porque ya no me sentía a gusto después de que me jaloneo”, revive la mala experiencia con una empleadora que agredía a sus propias hijas; una de ellas, desesperada por la violencia, intentó convencer a la señora Cele de llevarla con ella en las ocasiones que viajaba a Oaxaca. La cercanía con los ambientes hostiles volvió a afectar a la señora Cele, esta vez en su último empleo. “Decidí salirme porque me arrojaban las cosas, eso me asustaba”.

En el caso de María, había un comentario que escuchaba a menudo: “ustedes no tienen que llevarse así con ella, porque nada más es la criada”, eso decía la empleadora cada que sus niños eran gentiles con María. Sucedía en su segundo empleo, donde además de realizar limpieza general, también debía trabajar en el departamento de la hija de su empleadora y cuidar a sus dos niñas. En ese entonces, María recibió un pago de 5 mil pesos actuales por ambos trabajos considerado como uno solo.

Los hijos de Rosita, la empleadora de María, la invitaban al parque o a ver televisión, “pero Rosita no aceptaba que me sentara en sus sillones. Me hacía sentir mal”, reconoce María los estragos de un acto clasista.

Bajo la visión del SINACTRAHO, muchas de estas vejaciones también ocurren porque este sector de trabajadoras está conformado por mujeres, en su mayoría. “Del 2.4 millones de trabajadoras del hogar a nivel nacional, el 92% somos mujeres”, clarifican las integrantes SINACTRAHO, quienes consideran imprescindible que las leyes laborales para las trabajadoras del hogar sean escritas con perspectiva de género.

El SINACTRAHO expresa su inquietud al respecto, “pues hay atención limitada y un acceso escaso a los cuidados y enfermedades específicas de las mujeres”. Debido al costo elevado en los tratamientos en el sector salud privado, las trabajadoras deben elegir atenderse, o pagar la renta, o la luz, o la educación de los hijos.

En entrevista con Adelina González Marín, Directora de Promoción de Cultura y No Discriminación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), del 2012 al 2022, se han atendido 28 quejas calificadas como presuntos actos de discriminación. En 22 se encontró una causa en la condición social y cinco en condición de salud.

 

 Adelina González Marín, Directora de Promoción de Cultura y No Discriminación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred)

Adelina González Marín, Directora de Promoción de Cultura y No Discriminación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred)

 

Además, han registrado 17 quejas que se relacionan con el ámbito laboral, afectando en 25 ocasiones el derecho al trato digno, en 14 al trabajo y en 10 a la vida libre de violencia. González ha observado que la discriminación contra las personas trabajadoras del hogar se encuentra normalizada.

González atribuye este problema a los estereotipos de género y raciales, “pues muchas de ellas son mujeres y niñas indígenas o migrantes”. Para ahondar en la afirmación anterior, González retoma los resultados del Padrón Voluntario de Trabajadoras del Hogar Remuneradas que laboran en Mérida, en el cual se logró la participación de 362 mujeres, y se registró que el 52% de ellas se consideraban parte de un pueblo indígena.

Con el propósito de prevenir la discriminación a las trabajadoras del hogar, la Conapred insta a la sociedad a eliminar los prejuicios de esta actividad relacionados al género femenino, en palabras de González: “todavía se cree que las labores del hogar son tareas mínimas, en su mayoría, realizado por mujeres, porque por ‘genética’, son mejores y lo anterior es falso”.

Uno de los mensajes que la Conapred trasmite, con especial énfasis, es el de la valoración del trabajo doméstico. “Las personas que realizan este trabajo también son profesionales en esas actividades, para que las personas empleadoras puedan desarrollarse en sus otros ámbitos”, agrega González.

Contra la precariedad laboral, el CACEH ha actualizado su plataforma Digna, disponible durante este año para estipular el pago correspondiente a liquidación, aguinaldo, cálculos de finiquito y prima vacacional. Además, la cooperativa Mujeres Sostenibles, conformada por 24 mujeres, busca donativos para financiar el desarrollo integral de las trabajadoras en cinco áreas: cocina, limpieza general, cuidado de adultos mayores y enfermos, atención a mascotas y jardinería.

Existen soluciones que el CACEH y el SINACTRAHO impulsan para que México valore el trabajo del hogar. La atención se centra en la reforma de inscripción obligatoria al IMSS, y las deficiencias han sido señaladas con nuevas propuestas que fortalecerán la iniciativa. Los derechos de las trabajadoras del hogar serán una realidad cuando la sociedad desherede la discriminación hacia ellas, un proceso que inicia con la inscripción al IMSS en línea.

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

https://aristeguinoticias.com/2001/mexico/trabajadoras-domesticas-casi-97-ven-violentados-sus-derechos-laborales-video/

https://www.la-prensa.com.mx/mexico/onu-mujeres-lanza-campana-para-valorar-a-las-trabajadoras-del-hogar-7787652.html

https://periodicocorreo.com.mx/acusan-que-pandemia-sirvio-para-quitar-antiguedad-a-trabajadoras-del-hogar/

https://www.google.com/amp/s/www.eleconomista.com.mx/amp/capitalhumano/Nuevo-registro-de-trabajadoras-del-hogar-le-cerro-las-puertas-del-IMSS-a-muchas-20210627-0017.html

https://www.google.com/amp/s/www.elfinanciero.com.mx/economia/2022/02/17/organizacion-de-trabajadoras-del-hogar-propone-estos-salarios-para-2022/

https://www.google.com/amp/s/www.forbes.com.mx/women-trabajadoras-del-hogar-enfrentan-al-estigma-social-y-discriminacion-onu-mujeres/amp/

https://www.eleconomista.com.mx/capitalhumano/Trabajadoras-del-hogar-piden-cambios-en-proyecto-para-seguridad-social-obligatoria-20211126-0049.html

https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—americas/—ro-lima/—sro-san_jose/documents/publication/wcms_203988.pdf

https://www.elsoldemexico.com.mx/mexico/politica/avanza-historica-iniciativa-para-brindar-seguridad-social-a-trabajadoras-del-hogar-7902109.html

https://www.eleconomista.com.mx/capitalhumano/Descongelan-reforma-para-garantizar-seguridad-social-para-trabajadoras-del-hogar-20220223-0098.html

https://www.eleconomista.com.mx/politica/Senado-aprueba-reformas-para-que-las-trabajadoras-del-hogar-se-puedan-afiliar-al-IMSS-20220316-0123.html

 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

Mi proyecto de lectura del corto mes de febrero fue releer Las palabras y las cosas de Michel Foucault. No fue un proyecto sencillo. El libro de casi cuatrocientas páginas es una exposición sumamente compleja, escrita en un lenguaje tanto técnico como poético, cuyo argumento se va desarrollando lentamente. Foucault no revela con claridad cuál es su argumento desde un inicio. Hay que encontrarlo entrelazando las escenas que va dibujando, pincelada a pincelada. Tuve que forzarme a leer como leía antes: por placer, con el gusto de descubrir en cada página algo nuevo, sin buscar el corazón de la proposición teórica para digerirlo rápidamente. Las palabras y las cosas se lee como una novela policiaca en la que poco a poco se va aclarando el misterio que se presenta al inicio del texto: ¿por qué la risa sacudió a Foucault cuando leyó “El idioma analítico de John Wilkins” en donde Borges habla de la enciclopedia china que divide a los animales y enlista las extrañas categorías de forma alfabética?

*

Leo a Foucault en medio de la invasión de Rusia a Ucrania. He tenido pesadillas recurrentes y no dejo de actualizar la página de las noticias. ¿Cómo un hecho tan lejano afectó tanto mi precario balance? Había enterrado en la memoria las otras imágenes de la primera guerra televisada que presencié, la invasión de los Estados Unidos a Afganistán. Los bombardeos, los reportajes, verlo todo en la televisión. Y siempre la fuerza del imperio. Y ahora, se supone que debemos de seguir con la vida, sin más, solo preocupándonos de que pagaremos más por la gasolina. Mis pesadillas se van pintando de guerras con pasajes de los sistemas clasificatorios de las ciencias humanas y con mi empecinado intento de aprehender cómo es que la modernidad llegó a desmentir de forma tan radical las verdades ideológicas de las epistemes anteriores. En mis sueños, aparecen las enciclopedias chinas al lado de tanques de guerra y hombres bailando en el Kremlin junto a la Justine de Sade. La escritura es tanto testimonio como terca resistencia ante los acontecimientos que modifican de forma abrupta el orden de las cosas. Escribo para conjeturar, para procesar, para sobrevivir.

*

El título original del libro que Foucault publicó en 1966 era El orden de las cosas (mismo que se mantuvo en ediciones en otros idiomas), que el autor tuvo que modificar por cuestiones editoriales. Las palabras y las cosas tiene como subtítulo el tema del libro: una arqueología de las ciencias humanas. Cuando Foucault habla de una arqueología de las ciencias humanas no debemos imaginar una excavación arqueológica que va “desvelando” los misterios de las civilizaciones extintas, mientras un arqueólogo con gorro, chaleco beige y guantes desempolva artefactos y huesos bajo el inclemente sol. No es una arqueología que busque el arché, el origen de las cosas. La arqueología de Foucault es un intento de separarse de la manera de historiar de la modernidad. Le interesa localizar y analizar no las figuras excepcionales, no los autores, no los eventos y años clave, sino las formaciones discursivas, en un estudio y descripción sistemática del discurso y de sus objetos. El suelo que excava Foucault no es la tierra, sino el suelo del pensamiento, la arena que va configurando la forma en que ordenamos, la rejilla a través de la cual vemos las cosas. Foucault es un arqueólogo de todo lo que damos por sentado, de lo que pensamos que es obvio y cierto. Con pico y pala, en cada línea, va revelando los huesos del pensamiento, documentos de las formas de pensar.

La arqueología de Foucault se aproxima a la historia del pensamiento lejos del espíritu de Marx o de Hegel, en donde la historia sería una suerte de proceso colectivo y de acumulación. Foucault se aproxima al pasado como si tuviera en sus manos un caleidoscopio que contiene fragmentos discretos. En cada vuelta, los cristales se reacomodan y van revelando un patrón, establecido por el azar. Cada episteme o forma de ordenar los saberes es un giro del caleidoscopio que crea un nuevo patrón. No hay una lógica interna ni una norma universal y por lo tanto no hay un propósito ulterior o “progreso” lineal. Cada episteme autoriza “la nueva relación que a través de ella se establece entre las palabras, las cosas y su orden”.

*

¿Nos será posible ser menos ciegos ante nuestro propio caleidoscopio? ¿Cómo analizar los órdenes que han surgido ya cincuenta y cinco años después del libro de Foucault? El orden mundial rápidamente cambiante, una pandemia, guerras continuas y crisis de refugiados, la voracidad de la tecnología y las promesas del capital. ¿Cuál es la relación entre las palabras, las cosas y su orden, hoy? Nos hace falta la lucidez de Foucault para acallar las interminables opiniones y explicaciones hoy ubicuas por la democratización de los medios, por las redes. Nos hace falta alguien que se eche un clavado en el archivo y que duerma en la biblioteca para poder desenterrar el orden que no vemos en nuestro caleidoscopio, ciegos como estamos de tan acostumbrados a ver las mismas figuras, desde la misma perspectiva. Nos hace falta tiempo para poder en retrospectiva pensar, no ya en la voracidad del instante fugaz, el impulso hacia el consumo y la producción del pensamiento.

*

Las palabras y las cosas se publicó en 1966 y el libro fue un sorpresivo bestseller en Francia. La primera edición se agotó rápidamente. Desde entonces el libro se ha traducido y editado en decenas de idiomas y se sigue reimprimiendo en todos ellos. Ya en 1961 Foucault había publicado el libro que lo dio a conocer, la Historia de la locura en la época clásica, pero no fue sino hasta la publicación de Las palabras y las cosas que Foucault consolidó su método, que después sería objeto de su libro más teórico, La arqueología del saber (1969).

En Las palabras y las cosas Foucault traza tres epistemes y describe las formas de ordenar las palabras y las cosas en tres momentos históricos. La invención del hombre como objeto del saber humano es lo que busca desempolvar de los archivos. La búsqueda comienza por el siglo XVI, la episteme del renacimiento, en donde el lenguaje se rige por un sistema de semejanzas. En esta episteme se privilegia el método de los comentarios e interpretaciones, pues se trata de buscar las similitudes: “Conocer las cosas es revelar el sistema de semejanzas que las hace ser próximas y solidarias unas con otras”.

*

Pero hay un quiebre en el orden de las semejanzas. Foucault llama a estos quiebres o discontinuidades “acontecimientos” que se reparten “sobre toda la superficie visible del saber y cuyos signos, sacudidas y efectos pueden seguirse paso a paso”. La tarea del arqueólogo es recorrer el acontecimiento según se va disponiendo y manifestando, pues en ese recorrido quedará claro “cómo las configuraciones propias de cada positividad se modifican”. Esto nos dice más sobre la tarea del arqueólogo foucaultiano: busca esos momentos no en donde todo funciona y opera sin dificultades, sino esos momentos o acontecimientos en donde las configuraciones se modifican, los roles cambian, las formas de pensar dejan de ser evidentes. Es un detective de los archivos que busca los signos y huellas de los acontecimientos en textos y documentos. Busca las borraduras, lo que deja de funcionar, las nuevas positividades. Lo que está a plena vista pero nadie se detiene a analizar.

*

En el siglo XVII y XVIII el racionalismo altera la forma de conocer de la semejanza y modifica la episteme de la cultura occidental cuando comienza a privilegiar un análisis que remite toda medida (toda igualdad o desigualdad) a una puesta en serie que hace aparecer las diferencias como grados de complejidad. Para poder analizar el cambio, Foucault decide centrarse en tres áreas del conocimiento en donde se evidencia el cambio: la teoría del lenguaje, de la clasificación y de la moneda. Es decir, se centra, para traer a la luz la ruptura y el cambio, en el estudio de la gramática general, de la taxonomía de los seres vivos (la historia natural) y el análisis de las riquezas. Estas tres formas de ordenar los saberes son los precursores de lo que ahora conocemos como la filología, la biología y la economía política. En esta episteme clásica se analizaba y establecían sistemas de signos y un cuadro de identidades y de diferencias cuyo centro era la nomenclatura y la taxonomía.

*

La figura que rompe con la episteme del renacimiento es el Quijote y la figura que rompe con la episteme clásica del racionalismo son las libertinas de Sade. Quizás sea la enciclopedia china de Borges la que rompe con la episteme clásica y hace visible la episteme moderna. Llevan hasta sus últimas consecuencias sus sistemas de ordenar y clasificar las palabras y las cosas. Las figuras literarias son el testimonio más visible de los cambios. Esta hipótesis no es inocente: la literatura es uno de los campos en donde las palabras pueden ser las cosas, en donde el orden se modifica con consecuencias diferentes a las que habría en otros saberes. Necesitamos las representaciones para poder reconfigurar los saberes. La imaginación reconfigura los discursos.

*

A finales del siglo XVIII y a principios del siglo XIX hay una discontinuidad que irrumpe en el cuadro de las identidades y que modifica una vez más el panorama. Surge la analogía y la sucesión que relacionan organizaciones distintas y la Historia impone sus leyes al análisis de la producción, de los seres organizados y de los grupos lingüísticos. Esta es la positividad en la que, según Foucault, todavía nos encontramos hoy en día. A partir del siglo XIX se definen los saberes que nos son contemporáneos, la episteme moderna, que define las llamadas “ciencias humanas” que también vienen acompañadas del nacimiento de otros saberes y órdenes como la literatura, la historia, la psicología, la etnología, el psicoanálisis, entre otros. En esta episteme cada positividad tiene la “filosofía” que le conviene: “la economía la de un trabajo marcado por el signo de la necesidad, pero prometido finalmente a la gran recompensa del tiempo; la biología, la de una vida marcada por esa continuidad que solo forma los seres para desatarlos y que se encuentra liberada por ello mismo de todos los límites de la Historia; y las ciencias del lenguaje, una filosofía de las culturas, de su relatividad y poder singular de manifestación”. Las dos grandes formas de análisis de nuestra era son interpretar y formalizar. Según Foucault, interpretamos los hechos y gran parte de las ciencias. Usa la formalización para deducir y elaborar sobre cierto número de datos, en complejos sistemas axiomáticos.

Es en esta episteme en la que el hombre se vuelve por primera vez pensable. El humanismo del renacimiento, el racionalismo de los clásicos, pudieron muy bien dar un lugar de privilegio a los humanos en el orden del mundo, pero no habían podido pensar al hombre. Y no es coincidencia, entonces, que en la modernidad y en el siglo XX hayan surgido tantas teorías que piensan la finitud y manifiestan el fin de la metafísica. En los años sesenta en que Foucault escribía, se proclamaba a diestra y siniestra el fin de la metafísica y el peor insulto para un pensador era llamarlo “metafísico”. Lo que Foucault traza es una genealogía mucho más larga de esta tendencia, lo cual revela que el hombre como objeto del pensamiento se ha vuelto recientemente pensable y es un suceso discursivo que autoriza la episteme moderna. Es decir, el hombre aparece en las ciencias humanas (que para Foucault no son ciencias) como un objeto solo en la modernidad, en donde se disputan los avances metafísicos y manifiestan el fin de la metafísica, que es producto del propio pensamiento occidental.

*

Uno de los libros más claros y útiles (aunque es sumamente parcial) sobre Foucault es el Foucault de Gilles Deleuze. A diferencia de las polémicas abiertas que entablaron Jacques Derrida (quien deconstruyó por completo la base de Historia de la locura en la época clásica en su ensayo “Cogito y la historia de la locura”) y Jean Baudrillard (que criticó a Foucault en su libro titulado Olvidar a Foucault), Deleuze ofrece, antes que nada, una lectura general de la obra de Foucault. Una de las afirmaciones que más me gustan, aunque puede ser leída como una provocación, es la siguiente: “Quizás el efecto de ese positivismo rarificado, a su vez poético, sea reactivar en la diseminación de las formaciones discursivas o de los enunciados una experiencia general que siempre es la de la locura, y en la variedad de las posiciones en el seno de esas formaciones, un emplazamiento móvil que siempre es el de un médico, el de un clínico, el de un diagnosticador, el de un sintomatologista de las civilizaciones”. La afirmación de Deleuze me permite proponer que Foucault es un pensador poético cuya labor es leer los síntomas del discurso occidental, siempre en movimiento.

*

Escribo en el último día de Febrero de 2022. Sigue la guerra en otro continente y las matanzas en mi país. La incertidumbre es la misma. Mis pesadillas se amueblan con nuevos seres y situaciones cada vez más monstruosas. Ayer acabé finalmente Las palabras y las cosas. El libro concluye con una angustiante imagen poética: “El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin… podrá apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”.

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración realizada por Laura Velázquez

 

Para llegar a El Rayo teníamos que agarrar la carretera estatal 16. La única parada que se hacía desde que uno sale de Cuauhtémoc, es en Rubio. En la mayoría de los costados de los cuarenta y un kilómetros entre Cuauhtémoc y Rubio solo se divisan puros comercios menonitas, y alguno que otro establecimiento que no tiene que ver con la siembra o el ganado. Gran parte de esas enormes bodegas con techos de zinc a dos aguas, y que replican las fachadas de sus viviendas familiares, guardan y muestran maquinaria agrícola (segadoras, desgranadoras, motocultores, tractores, etc…). Cualquier cosa que uno imagine que sea útil para el trabajo en la labor, los güeros las venden.

Cuando llegamos a Rubio, le pregunté a mi patrón, Don Gildardo, por qué se le llamaba Rubio al lugar que se anunciaba en un letrero verde con letras blancas como Bienvenidos a Álvaro Obregón.  Solo sacó su mano por la ventana de la troca, señalándome las banquetas y los negocios. Puro menón en todas partes. De vez en cuando, en algún alto, si había transeúntes muy cerca, se lograba distinguir algo parecido al alemán articulándose debajo de sus cachuchas y sombreros. Después, por otros cuarenta kilómetros se ven desplegadas las huertas menonitas hasta donde alcanzan los ojos. Algunas de sus casas utilizan táscates dispuestos como cercas para delimitar lo que sea que les diga su texto anabaptista.

En ese momento yo tenía diecisiete años y no sabía que iba a pasar los próximos seis meses yendo y viniendo por esa carretera. El último campo menonita antes de agarrar la desviación de terracería para el Rayo, y en realidad el último de la Colonia Swift Curren, y de aquella parte de Chihuahua, y de México, era el 117. Y de ahí varios kilómetros hacia adentro de la sierra para llegar al rancho, dejando ver una montaña que, en un principio, de tan lejos solo era una masa azul enorme, como si fuera un mar volteado, pero que cada diez minutos iba agarrando otros colores, hasta mostrar en la mera cima, una uña de color blanco que se resiste a reconocer otra estación que no sea el invierno, a pesar de que la primera vez que nos conocimos fuera marzo.

El trabajo consistía en hacer pacas de pastura de avena, subirlas a una traila e irlas a vendérselas a los menones. Yo, junto con otros cuatro bigotones pasábamos cada semana entre rectángulos amarillos y ratas de campo, comiendo caldo de cola, pan de levadura con salchicón Chimex, frijoles con queso y tortillas de harina con sal y mantequilla. Cuando bebíamos, la mayoría de las veces, tomábamos sotol que siempre se vendía en botellas de Coca Cola de dos litros y algunos contaban historias sobre haber estado en la cárcel, sobre armas cortas y largas que alguien trajo de Arizona, sobre haberse ido del pueblo a trabajar al Chuco y haber sido deportado, sobre juntar el chivo para la señora y sobre lo callado que era el mundo en esa orilla de la sierra de Chihuahua. Ya no recuerdo exactamente por qué acabé en aquella orilla con esos hombres que parecían haber conocido el futuro, y que de tanto haberle aprendido sus mañas, habían decidido renunciar a él para vivir un poco más tranquilos. O eso era lo que pensaba. Hoy más bien los recuerdos tristes o, en todo caso, indiferentes con lo que sea que habían dejado, sin saber si aún los esperaban de regreso.

Una noche, después de hacer el último encargo de la semana, Hans, quien había comprado setenta pacas de pastura, nos invitó unas cervezas. Yo pensé que los menones no bebían. Pero al parecer cierto sector de los menonitas comenzaba a distanciarse de su ortodoxia religiosa, adoptando nuestros pecados. Bebían hasta tropezarse la boca y el caminado, usaban celulares, y cometían actos lascivos y adulterio, aunque esto último no más lo sé de habladas.

Hans borracho hasta combinar inglés, español y plautdietsch, tratando de decir lo que sea, en algún momento dijo que era una lástima que no fuéramos blancos como él, porque de otra forma, nos invitaría a un lugar al que solo los menones, y, obviamente, los narcos de Bachiniva tenían acceso. Por como lo narraba, ese lugar era una cabaña en medio de la sierra, donde había, según Hans, mujeres hermosas que hasta venían desde del fin del mundo, dispuestas a complacerte si contabas con la cantidad dólares adecuada, de lo contrario, solo te dedicabas a mirar, a beber, y quizá, si la noche lo apremiaba, también atacarte algo de coca.

Antes de irnos, me di cuenta de que, desde la ventana de la casa de Hans, dos mujeres se asomaban. Don Gildardo le pregunto a Hans que si no pensaba invitar a su esposa a convivir con nosotros. Esa pregunta, más allá de apelar por la convivencia, era una nítida muestra de burla de parte de un señor a hacia otro señor que ya traía la lengua bien amarrada. Sin embargo, a pesar de las risas, Hans respondió, como pudo, que las mujeres y los hombres no pueden convivir a menos que sea por trabajo o para ir a la iglesia o estando dentro de sus casas. Y que mucho menos, ellas debían estar cerca de hombres de fuera de la colonia. Cuando nos subimos a la troca, vimos a Hans zigzaguear hasta el porche de su casa. Alcancé a ver por última vez la cara de las dos mujeres viendo como nos íbamos. Cuando Hans estaban a unos metros de la puerta, cerraron rápidamente la cortina. La única luz que se miraba en el cuarto también se cerró.

Ya arriba de la troca, viendo como los dos faros en altas abrían la niebla del camino de la granja de Hans hacia el rancho, me imaginé a una mujer japonesa (porque para mi en ese momento era la parte más lejana del mundo), medio vestida, fumándose un cigarro, sentada sobre una paca de pastura, mientras hombres vestidos igual que Hans salían de una galera llena de humo, quitándose el sombrero cuando pasaban al lado de ella, diciendo cualquier cosa en alemán bajo. Y ella, que había venido desde el fin del mundo, solo esperaba su turno para bailar, en otro sitio que, para ella, obviamente, también era el fin del mundo. Desde la galera también salían versos de Flor de Capomo o quizá era lo que sonaba en la troca. Ahora no lo recuerdo muy bien.

 

Tú, mi chiquita,

finge no mirarme,

ponte muy contenta

porque estoy aquí…

 

Esa escena con Hans no la había recordado, al menos no con la misma meticulosidad hasta que leí la contraportada del libro de Miriam Toews después de salir del baño de un Sanborns, y husmear entre los anaqueles de la tienda. Luego de revisar la descripción de la novela, que no utilizaba ningún eufemismo para hablar del contenido del libro (abusos y violaciones a mujeres de una comunidad menonita en Manitoba, Bolivia), apareció como una pared de ladrillo sin terminar, frente a la sección de novelas, un yo de diecisiete, sobre la caja de una troca RAM, yendo por una vereda de terracería rumbo al campo menonita 117. Pagué el libro, compré unos chicles Trident azules, y busqué mi cubrebocas también azul para ir por una banqueta hacia un lugar que no tenía nada que ver con menones, ni con casas sin luz a mitad de la sierra.

Ellas hablan es una novela que más bien podría funcionar como una obra dramática por la forma en que se presenta desde el inicio. Primero, una acotación, o una nota introductoria donde Toews describe que lo que está apunto de leerse está suscrito a hechos ocurridos en una comunidad menonita llamada Manitoba en Bolivia.

 

Acotación:

Entre 2005 y 2009, en una remota colonia menonita de Bolivia llamada Manitoba, como la provincia canadiense, muchas mujeres y niñas se levantaban por la mañana doloridas y con sensación de modorra, sus cuerpos amoratados y sangrantes, como consecuencia de haber sido agredidas por la noche. Estas agresiones se atribuyeron a fantasmas y demonios. Ciertos miembros de la comunidad eran de la opinión de que o Dios o Satán estaban castigando a las mujeres por sus pecados; un grupo muy numeroso las acusaron de mentir para llamar la atención o encubrir adulterios: hubo incluso quienes creyeron que era todo fruto de la viva imaginación femenina. Con el tiempo se descubrió que ocho hombres de la colonia habían administrado anestésico para animales a sus víctimas para dejarlas inconscientes y así poder violarlas.

Después introduce a los personajes. Estas mujeres participan en asambleas realizadas en la Colonia Molostchna entre el 6 y 7 de junio para decidir cómo proceder frente a las violaciones realizadas por hombres de la comunidad menonita.

 

Personajes:
El secretario de las asambleas August Epp.

 

Las Loewen.

 

Greta, la de más edad.

Mariche, la hija mayor de Greta.

Mejal, otra hija más joven de Greta.

Autje, una hija de Mariche.

 

Las Friesen.

 

Agata, la de más edad.

Ona, la hija mayor de Agata.

Salome, otra hija más joven de Agata.

Neitje, una sobrina de Salome.

 

Cuando dije que era como una obra de teatro es porque la relatoría de las actas recrea los diálogos de las asambleas, y a su vez, en ciertos momentos, el secretario August Epp, narra y contextualiza costumbres y escenas de la vida en la Colonia a modo de acotaciones propias de la narraturgia. La preocupación general del libro es una búsqueda por recrear las conversaciones de las mujeres donde cada una de las participantes da su opinión o discute sobre qué acciones tomar a partir de la situación en Molostchna. En este cruce, entre diálogo y contexto, hay también una aproximación de lo que muchas veces se explora en el teatro documental, donde, a pesar de que exista cierto grado de ficcionalización, las marcas concretas de una situación real y denunciada públicamente, se reproducen para reflexionar en todas sus posibilidades, elementos que se perderían al restringirse únicamente a la nota periodística.

El texto asume completamente las dimensiones del titulo cuando se pone en evidencia el detenimiento y rigurosidad con que las mujeres de Molostchna determinan, no solo sus diferencias en tanto que unas prefieren perdonar a los hombres de la comunidad y otras prefieren pelear contra ellos, sino que su pertenencia a la Comunidad se ve cuestionada, pues de no perdonarlos serían excomulgadas y por decreto religioso, su derecho al cielo les sería negado. Consecuentemente, la dimensión ética y teológica de lo que implica la identidad de una mujer menonita se expone en cada uno de las actas. Ona Friesen, una de las mujeres que acude a la asamblea pregunta ¿acaso es perdón verdadero el perdón que se otorga por coacción?, ¿ no es la mentira de fingir perdonar con palabras pero no de corazón un pecado mayor a que simplemente no perdonar?¿ no podría Dios conceder una categoría que contemple la violencia contra los hijos propios un acto tan imposible de perdonar para un padre o una madre que Dios, en Su sabiduría, asumiría en exclusiva la responsabilidad de tal perdón?

Este libro, además de ser un testimonio de una situación de abuso y violencia, y de documentar la vida y costumbres de una comunidad religiosa tan cerrada como la menonita, también se sostiene en otra preocupación. Una que discute las posibilidades de la novela, o más ampliamente, de la narración en el sentido clásico que propone ir de principio a fin para terminar la historia. Aquí, no es la resolución del conflicto lo que importa en términos de la novela, sino todo el entramado dialógico que tiene a su vez, proximidades con el ensayo. Ellas hablan no termina porque las páginas escritas por Toews acaben. En la reproducción de la oralidad de una comunidad de mujeres que no saben escribir ni leer, algo se inaugura.

Hace algunos años comencé a mirar a más menonitas vestidos sin sus ropas tradicionales. Cada vez más su hermetismo se disipa. He sabido de algunos que van a la universidad. He sabido de otros que se casan con gente de fuera de las colonias y se mudan a Cuauhtémoc o a la capital del estado. Cada vez están más cerca del español. Cada vez están más cerca de nuestros pecados. Parece que en Manitoba, Bolivia se los han aprendido completamente.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo mas frecuente.