Tierra Adentro
Jorge Petraglia, Roberto Villanueva, Leal Rey - Esperando a Godot, Buenos Aires, 1956. Fotografía de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.
Jorge Petraglia, Roberto Villanueva, Leal Rey – Esperando a Godot, Buenos Aires, 1956. Fotografía de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.

VLADIMIR: Cuando uno piensa, oye.

ESTRAGON: Cierto.

VLADIMIR: Y eso impide reflexionar.

ESTRAGON: Claro.

VLADIMIR: De todos modos se piensa.

ESTRAGON: ¡Qué va, es imposible!

VLADIMIR: Eso es, contradigámonos.

Samuel Beckett

Esperando a Godot (trad. de Ana Moix)

 

I. Babylone

Era un humilde teatro parisino ubicado en la avenida que conecta el bulevar Saint-Germain con la Plaza Denfert-Rochereau. No había pasado más de un año desde que el prolífico actor y director Jean-Marie Serreau lo inauguró, y tampoco pasaría más de un año para que cerrara sus puertas debido a las dificultades financieras que acompañan a la taquilla baja.

Breve y accidentado, el recinto no necesitó dilatarse en el calendario para dar origen a una de las tradiciones dramáticas más importantes de la historia contemporánea.

Durante la noche invernal del 5 de enero de 1953, el Théâtre de Babylone vio llenas sus pocas butacas, mientras atestiguaba uno de los episodios más estimulantes del arte del siglo XX. La intriga y la curiosidad, más que los propios humanos, fueron la presencia mayoritaria.

Se han cumplido ya setenta años desde que En attendant Godot fuera puesta en escena por primera vez bajo la dirección de Roger Blin, el admirado dramaturgo que protagonizó el panorama parisino, después de emerger de la tutela de Antonin Artaud.

Samuel Beckett, autor en pleno ascenso responsable de la obra, ganaría el Premio Nobel de Literatura 16 años más tarde. Y lo cierto es que ni Blin ni Beckett, al menos durante esa expectante noche inaugural, fueron capaces de prever la revolución y la polémica que quedaría imantada a su trabajo para siempre.

 

II. Beckett, la desmesura discreta

Emil Cioran, en uno de los pasajes de los Cuadernos1, dejó bastante clara la primera impresión que le provocó enterarse de que Beckett recibiría el Nobel: “¡Qué humillación para un hombre tan orgulloso! La tristeza de ser comprendido.” Y es que, para Beckett, hay que decirlo, el enigma es la mayor de las dignidades de un artista.

Construido con medios estéticos y ontológicos completamente distintos al de su maestro dublinés, el inescrutable laberinto literario de Beckett terminó por tener aspiraciones similares a las de James Joyce.

A pesar de que las obras de ambos irlandeses se emparentan por una infranqueable naturaleza en común, el más joven tuvo la cautela necesaria para emanciparse de la sombra creadora de su mentor.

Desde sus primeros textos, el autor de Malone Meurt se había distanciado de la hipertrofia —lingüística y narrativa, desde el rincón que se prefiera observar— que caracterizó a la producción joyceana.

A Beckett le interesaba el desolador laconismo que subyace en la decadencia humana y atinó en formularlo con una austeridad perturbadora. La proyección de un humor disparatado en medio del pesimismo que empleó para sus primeras tres novelas, se agudizó en el prodigio absurdista que Esperando a Godot encarnó más tarde.

La escritura desde los solipsismos afectó considerablemente la comodidad de Beckett. Durante su estancia parisina que extendió de 1946 a 1948, apenas recuperado del horror nazi que lo persiguió en los años previos, tuvo la sensación de que su prosa novelística era mediocre. Con recurrencia les decía a sus amigos que la escritura de una pieza teatral le ayudaría a encontrar un descanso, un lugar habitable2.

A pesar de la renovación que significó para su autor, Esperando a Godot tendría grandes dificultades para encontrar escenarios dignos de su radical propuesta.

 

III. Blin, la salvación

Suzanne Déchevaux-Dumesnil acompañó a Beckett durante las tardes de los años treinta, en las que ambos practicaban tenis, al igual que durante las noches de inicios de los cuarenta, en las que ambos tuvieron que escapar de las amenazas del ejército alemán.

La pianista de izquierda apoyó la trayectoria literaria de su esposo con la misma devoción y cariño que merecieron el resto de los aspectos de su vida.

Suzanne evitó que Beckett desistiera en sus esfuerzos profesionales de publicación, al presentar sus libros a todos los editores con los que se topaba. Cuando Esperando a Godot estuvo lista, ella misma se encargó de buscar un productor que la llevara a los teatros. El intento fue igual de fallido: a nadie le interesaba poner en escena una obra que carecía de una trama convencional (y que, de cierto modo, se resistía a tener una en absoluto).

Fue entonces cuando Suzanne pensó en un posible salvador del teatro de Beckett: Roger Blin. Más de diez años atrás, el hombre había ganado notoriedad con su aparición en la adaptación de The Cenci que estuvo a cargo de Antonin Artaud; también era conocido por haberse aventurado en la innovación mímica de Jean-Louis Barrault y por valerse de ciertos asomos experimentales en su trabajo como director. Un tipo de su perfil sería la mejor de las apuestas.

En efecto, Blin le volcó su fe a la obra. Después de pedirle dinero prestado a sus amigos y de ganarse una subvención gubernamental —sin la posibilidad presupuestaria de recibir honorarios por las presentaciones, ni él ni Becket—, el director tuvo lista la puesta en escena la noche del 5 de enero de 1953.

El reparto consistió en Pierre Latour como Estragon, Lucian Raimbourg como Vladimir, Jean Martin como Lucky y Serge Lecointe como el Muchacho. El mismo Blin se encargó de interpretar a Pozzo.

Muy pronto, Esperando a Godot se ganó el peculiar prestigio de las obras con recepción contradictoria. No sin risas de por medio, sólo se me ocurre un caso tan radical como el ocurrido en 2013, cuando el medio de crítica musical Pitchfork lanzó una encuesta a sus lectores de todo el mundo preguntándoles sus preferencias del año. Yeezus, de Kanye West, ganó el primer lugar en las categorías de álbum más sobrevalorado, álbum más infravalorado y mejor álbum. A Beckett le pasó algo así, más de medio siglo antes.

Genio y charlatán son dos palabras a las que les gusta caminar de la mano. El irlandés lo aprendió temprano en la vida. Por un lado, muchos de los asistentes consideraron al Godot como una burla a la inteligencia y al buen gusto, un producto a modo para que el esnobismo de la época se regodeara en los sinsentidos y la opacidad.

Por el otro, no tardaron en aparecer las voces que reconocieron a la obra con un entusiasmo bastante nutrido de alegorías e interpretaciones diversas. Jean Anouilh, el autor de Antígona, tuvo el tino de entregarle sus primeras flores al trabajo que Beckett y Blin lograron forjar en medio de las precariedades y los contratiempos:

No pasa nada. Nadie viene, nadie va, es horrible. Esta línea, dicha por uno de los personajes de la obra, proporciona su mejor resumen. Godot es una obra maestra que provocará la desesperación de los hombres en general y de los dramaturgos en particular. Pienso que la noche de estreno en el Théâtre de Babylone es tan importante como el estreno de Pirandello en París en 1923, presentado por Pitoeff3.

Pasaron años para que, durante las presentaciones de Esperando a Godot, dejaran de ocurrir ciertos episodios que se practicaban con regularidad protocolaria. Cuando el teatro no se vaciaba antes del segundo acto, a los presentes les gustaba quedarse para gritar entre diálogos y arrojar cosas al escenario. Las risas abundaron siempre.

Era el tiempo en el que Beckett aún no conocía del todo la humillación de ser comprendido.

 

IV. Tras el telón

Setenta años, sí, con un Nobel y la inmortalidad de por medio. Poseedor de un destino común a los hombres y las mujeres de su estirpe intelectual, Beckett —su estudio, sus interpretaciones, su referencialidad— emigró de la literatura y llegó a asentarse en el cine, las artes visuales, el psicoanálisis y todos los rincones imaginables de la cultura popular4.

La espera es una presencia inamovible en toda su obra. Símbolo y a la vez ecosistema, en ella se explica la enorme plasticidad con la que el universo literario del autor pudo adaptarse a diferentes medios. Sin la intervención de mayores cosmogonías, se trataba, siempre, de una espera humana.

A la luz de esto, Lois Gordon consideró que el mayor ingenio de Beckett se veía reflejado a la hora de trazar las relaciones de sus personajes entre sí, ya que comparten la difícil situación de pasar el tiempo, es decir, de vivir en el acto de esperar5. La lógica de la acción suspendida.

A pesar de su errático discurso y de su conducta caprichosa, Vladimir y Estragon no dejan de manifestar, en su interacción, la dinámica interna de los componentes racionales y emocionales del comportamiento humano. En ocasiones siendo dos partes de un mismo Yo y, en otras, dos niveles diferentes de una misma realidad, los protagonistas de la obra extienden sus horas en medio de un mundo desgajado y trunco.

Toda la inmovilidad y el absurdo se condensan y afloran en cada una de las facetas de Esperando a Godot. No en balde, el primer diálogo funciona como una advertencia que, al mismo tiempo, pareciera ser una resignación universal: No hay nada que hacer.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Lo que alguna vez fue un piso de oficinas en renta se transforma hoy en “la Capilla Sixtina de los call centers”. Este es el ambicioso mural que presenta José Eduardo Barajas sobre el techo de Proyectos Multipropósito, galería ubicada en el segundo piso de un edificio aledaño a un estacionamiento en la calle Sevilla, en la Ciudad de México. Desprovisto de la sofisticación de antaño, el inmueble permanece activo gracias al entrar y salir de los automóviles. La pandemia desplazó a quienes alguna vez trabajaron en la maraña de explotación típica del call center. No es, como podría pensarse, una rehabilitación del espacio y su mera reactivación mercantilista; tampoco opera dentro de los márgenes de la gentrificación, aunque los roza; el funcionamiento de la Juárez aparece hoy ya dominado por otro tipo de economías y poblaciones en una dinámica social más compleja de lo que aparenta. El proyecto de Barajas contesta a un proceso de modernidad inestable que hace de la colonia Juárez un sitio clave para comprender dicho proceso en la capital mexicana.

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Varias décadas atrás la Juárez simbolizaba el entramado de la bohemia a la par de una siempre postergada bonanza económica. Hoy se ha convertido en una vida contradictoria de bares y AirBnBs para extranjeros al lado de antros de ambiente condenados a su eventual clausura; a la par, coexisten comercios, puestos y habitantes en la pobreza que día con día se cruzan, ajenos e irritables, en una suerte de Torre de Babel. Acaso la Juárez se ha convertido no solo en un sitio de especulación inmobiliaria, sino en un vasto no-lugar (el término es de Marc Augé) que intenta reanimar la prosperidad de la clase porfiriana elitista que le dio vida1. Barajas introduce un significado artístico sobre este vacío de significación histórica y esta amnesia con respecto a la arquitectura citadina. Mediante fragmentos de un paisaje natural convencional reanima este otro paisaje que habitamos, contradictorio e incomprensible, donde la transitoriedad dicta el periplo de sus habitantes.

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

La pintura de José Eduardo Barajas es un lago donde confluyen como ríos diversas tradiciones pictóricas. Depende del horizonte de expectativas del espectador descubrir las referencias, sin que por ello sean codependientes. Las alusiones sirven, en todo caso, como hipervínculos. Aunque las citas provienen de otras tradiciones, sería incorrecto pensar que el arte mexicano debe leerse desde esquemas eurocéntricos. Este legado colonialista no es culpa de nuestra época sino de la herencia del academicismo decimonónico que hizo del arte europeo el paradigma a seguir para producir el local; poco a poco, espoleado por los conflictos armados y las transformaciones ideológicas en el seno de la revolución, nuestro arte consiguió soltar un poco más esas cadenas como lo evidencia un destacado manifiesto de Siqueiros en 19212. Barajas dialoga con el academicismo decimonónico en términos de técnica, es cierto; pero temática e iconográficamente lo subvierte.

“Mercurio líquido”, 2022, óleo sobre tela, 50x60 cm

“Mercurio líquido”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm

“Peso”, 2022, óleo sobre tela, 50x60 cm

“Peso”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm

Una referencia crucial para comprender el ejercicio meta-pictórico de José Eduardo Barajas es Eugenio Landesio (1810-1879). Teresa del Conde lo llamó “el primer ‘teórico’ del paisaje mexicano”3. Landesio fue maestro, a su vez, de José María Velasco. En el compendio “Cimientos del artista, dibujante y pintor”, Landesio sistematizó una serie de preceptos para la construcción adecuada de paisajes. A partir del estudio de la geometría, Landesio formuló nociones para obtener efectos de refracción, sombras, espejos y luz. De la última, detecta dos vertientes: natural y artificial. De acuerdo con Landesio, “cuando la atmósfera está pura, vemos los objetos a grandes distancias”4. Pero la pintura de Barajas no captura la pureza del Valle de México, según consigna Alfonso Reyes en “Visión de Anáhuac” otro texto fundacional sobre el paisaje nacional, “donde el aire brilla como espejo”  y la “atmósfera es de extremada nitidez”5, sino la película de smog citadina y la experiencia caótica de la urbe. “No tuve una idea preconcebida del paisaje”, asegura José Eduardo. “Empecé hace siete u ocho años pintando protectores de pantalla de paisaje. Me interesaba explorar la relación entre la naturaleza y lo digital”6. Su inquietud desembocó en una vasta investigación sobre las transformaciones en la representación del paisaje y sus diferentes etapas a lo largo de la historia del arte.

”Aniquilación 2”, 2022, óleo sobre tela, 50x60 cm

”Aniquilación 2”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm

Vista de sala de “Tierra-Tierra” (2020). Cortesía de Neo-tortilleria

Vista de sala de “Tierra-Tierra” (2020). Cortesía de Neo-tortilleria

La luz y sus refracciones, a la par de los efectos ópticos que ésta devuelve, serán una constante en la obra de Barajas. De la misma forma que los primeros pintores del renacimiento italiano entendieron la conexión entre el espacio pictórico y el espacio ambiental (tal como lo hizo hace unos años en el jardín Barragán), su trabajo problematiza la luz, de lo oscuro a lo luminoso, en consonancia con la idea de esplendor que concibieron los filósofos medievales como la “manifestación de la visión entre el ojo y el objeto visto”7. El juego de sombras en las imágenes de Barajas introduce, además de la contaminación atmosférica, el ruido del del internet al adaptar la producción de sus imágenes a la lógica del scroll y el algoritmo. Ya no es el paisaje estático, eternizado, único y fijo del paisaje tradicional a la manera de Velasco, sino la temporalidad efímera de las imágenes en un iPhone, escurriéndose en un repliegue del tiempo cuyo movimiento no se puede medir, pues obedece a la inmediatez del “tiempo real”8. De acuerdo con la historiadora Natalia de la Rosa, la obra de Barajas rompe “con la mirada panorámica tradicional de los paisajes políticos del siglo XX y XXI” al plantear un “horizonte en crisis”, noción a la que volveré más adelante9.

Vista de instalación de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art

Vista de instalación de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art

Vista de sala de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art

Vista de sala de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art

Un cuadro al óleo de Barajas ilustra bien aquella puesta en crisis. Un resplandeciente moño de regalos plateado interrumpe la vista del paisaje tradicional. El moño es sinécdoque del entorno contemporáneo que no concuerda con la grandilocuencia del paisajismo político de la segunda mitad del siglo XIX. ¿Cómo representar hoy en día el paisaje nacional con las intromisiones de la vida urbana? Interrupción y subversión. Para subvertir el paisaje, debemos leerlo, ante todo, como una ficción en sí mismo. ¿Se trata entonces de un atentado hacia la grandilocuencia y la solemnidad de un género pictórico manipulado por intereses nacionalistas e institucionales?

“Moño”, 2022, óleo sobre tela, 50x60 cm

“Moño”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm

“The closer we get, the deeper we are hurt”, 2021, óleo sobre tela, 100x80 cm. Colección de Jos Sacre

“The closer we get, the deeper we are hurt”, 2021, óleo sobre tela, 100×80 cm. Colección de Jos Sacre

Barajas retoma el gesto anti-grandilocuente de Gerhard Richter. Específicamente, de los paisajes que Richter comenzó a pintar a partir de fotografías tras un viaje a Córcega en 1968. Richter hizo de la fotografía el material primario para sus paisajes románticos “vacíos de expresión”. No obstante, el procedimiento de Barajas se asemeja más a las series abstractas de Richter una década más tarde, donde la solución pictórica definitiva se descubre en el proceso y se delimita por la arbitrariedad, el azar y, sobre todo, por no trabajar a partir de ninguna imagen referencial concreta. Cada panel del mural de Barajas se esboza sin rumbo fijo. Es una no-composición que plantea nociones más bien subjetivas del paisaje. La intuición guía al pintor hacia recuerdos que no puede alcanzar, envolviendo al espectador en una ambientación bucólica.

Estas aerografías en total, más de 600 paneles desprendidos del techo de la oficina sugieren un planteamiento literario: una crónica personal de memorias, momentos transitorios y pérdidas. El efecto conseguido es muy parecido al del haiku: el tallo de una planta se confunde con un chorro de agua, tal como sucede en los mangas de onomatopeyas de Yuichi Yokoyama, donde cada viñeta intenta capturar “el sonido del líquido al derramarse” y “el sonido del papel al caer”10. La naturaleza no es estática sino que está en permanente movimiento; es toda multiperspectivismo. De ahí que el pintor capture la belleza del instante y la fugacidad, dejándonos una sensación de déjà-vu o sueño lúcido. El flujo de lo efímero recorre al cuerpo de obra en su totalidad. Afirma Christine Buci-Gluksmann que lo “efímero es aceptar lo fluyente y lo flotante”11, y, a la manera de Manet, el fotorrealismo onírico de Barajas, engendra un plano-cristalino que lo iguala todo en una misma superficie: flores, frutos y nubes12.

La instalación pastoral de Barajas nos lleva a su propia Arcadia, localizada difusamente en sus años de infancia: un bosque de nieblas en Santo Tomás Ajusco. En Landscape and Memory, Simon Schama distingue dos tipos de Arcadia: una de ocio bucólico y otra de pánico primitivo13. La tradición arcaica de la región imaginaria griega iba de la mano con el mito de Pan y la fecundidad de la naturaleza. A partir de Virgilio, la construcción de Arcadia comenzó idealizarse como la antípoda del campo de trabajo y  fue despojada de su salvajismo al ser domesticada por el orden económico como un sitio de ocio y perfecta convivencia con la naturaleza. A mediados del siglo XVI, conforme empezó a circular la obra literaria de Virgilio, las bestias abandonaron Arcadia, y esta se volvió el modelo bajo el cual se diseñaron villas y jardines14. El rediseño idealizado de Arcadia fue producto de la mente ordenada y no del juego desenfrenado de los sentidos15. La Arcadia que Barajas nos entrega en su mural aparece fragmentada por la memoria. Prevalece la acechanza de los orígenes y la necesidad de erigir símbolos personales.

El repertorio del pintor se nutre del diario visual que ha llevado desde hace varios años. Este diario, publicado bajo el título SKY (que, desde luego, invita al juego de apropiación al aludir a la compañía de televisión satelital) propone una combinación de imágenes y secuencias narrativas que se desploman con un ritmo vertiginoso. De tal manera, Barajas desafía las convenciones del diario al “escribirlo” tan solo con dibujos. Ejercicio obsesivo de variaciones, cada viñeta o grupo de viñetas evoca una anécdota mediante una organización secuencial derivada del cómic, puesto que “es posible contar una historia con la sola imagen, sin el soporte de las palabras”16.  Barajas lo llama, en efecto, un cómic sin texto: “Me interesa la trascendencia del cotidiano y cómo desde el mismo lenguaje cotidiano se puede generar una forma de expresarse en sí misma”.

SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez

SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez

SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez

SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez

No podemos ignorar el aspecto visual y material de tantos diarios literarios en la historia de la literatura hispánica; sin embargo, son raros y excepcionales los casos de diarios contados decididamente a partir de dibujos. La mirada del diarista, que ve y escribe del paisaje que tiene frente a sí, como señala Ana Caballé, persigue un paisaje que hoy se sabe destruido o modificado: “Muchos diaristas expresan la conciencia afligida de haber tenido que renunciar a la singularidad del paisaje en beneficio de la uniformidad o de la masificación, o bien se refugian literariamente en un entorno que por alguna razón mantiene todavía una cierta idea de belleza”17. Barajas transforma el diario íntimo en un cómic desestructurado y polivalente. Manual de instrucciones de uso o historial del cuerpo y sus experiencias, la trama se anima con retazos provenientes de la televisión y la imaginación personal. El dibujo como práctica de resiliencia frente a la alienación de lo cotidiano.

¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez

¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez

El artista advierte la serialidad de las imágenes en otros momentos de la historia del arte, de las cuevas de Lascaux a los códices precolombinos. Este esquema fue “la herramienta más primigenia que descubrió para contar una historia”. El dibujo de una moneda o un billete con bolígrafo y colores sirve como comentario irónico a las presiones económicas del artista que comienza a independizarse y vivir de su obra. En otra viñeta, un calentador de inmersión sirve como “símbolo de resistencia” frente a una realidad agridulce que se intenta mirar con optimismo. La secuencia desorientadora de las viñetas genera dinamismo y tensión, de servir hielos a cocinar huevos hasta utilizar herramientas. Narra el drama de supervivencia donde el artista aprende y fracasa al explorar el mundo circundante y los gajes del oficio.

¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez

¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez

“Yo encontré sentido del arte a través del oficio, de dibujar todos los días”, afirma Barajas la tarde que nos encontramos en el segundo piso de Sevilla. No por nada su ritmo de producción puede llegar a lo frenético, a veces pintando hasta diez a doce horas diarias, contra viento y marea, con escasos intervalos de descanso, asistido por Andi García, joven pintor de Michoacán. Barajas admite que en el proceso de su gran obra, su “capilla sixtina de call center” le ha servido como “terapia y catarsis” tras la muerte de su hermana. Una de las primeras imágenes de esta serie (la única de la serie que toman una fotografía como referencia) capta las refracciones de la luz sobre el agua en Puerto Escondido, cuando el pintor se despide y devuelve al mar las cenizas, creando así, como una constelación de fragmentos, una geografía personal sellada por el duelo y la pérdida. Hay algo trágico en la obra cuando nos rescata del desmoronamiento. En otras palabras, la obra tiene la posibilidad de monitorear atmósferas y climas emocionales.

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

El vasto mural a techo que Barajas se ha propuesto completar en cuestión de tres meses conforma una “estética melancólica”. El fragmento, advierte, Jacky Bowring en Melancholy and the Landscape, induce a la contemplación melancólica conforme el espectador reconstruye en su mente aquello que ya no está completo18. A diferencia del paisaje vigoroso, brillante y diverso en colores, el paisaje melancólico posee colores tenues, se acerca a lo monocromático y es de contención compositiva19. Barajas obtiene esta textura a través de la técnica veneciana, de magro a graso. Pero la melancolía empieza justo en el entorno donde la obra nace, el call center abandonado, otrora el sitio donde la juventud se subcontrata con “trabajos de paso” en dinámicas perversas de explotación laboral. No es solo el horizonte en crisis del paisaje como género lo que mira el artista, sino también el horizonte incierto e inestable de la juventud. Por todo lo anterior, José Eduardo Barajas ha conseguido ser el pintor mexicano que habla directamente a un sentimiento compartido por toda una generación.

Viernes 13, 2023 – Ciudad de México

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva

Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Portada de la película "Gato con Botas: el último deseo", 2022. Director: Joel Crawford. DreamWorks Animation.
Portada de la película “Gato con Botas: el último deseo”, 2022. Director: Joel Crawford. DreamWorks Animation.

Si tienes entre quince y treinta años probablemente hayas visto el meme de Martin Scorcesse con las manos levantadas y expresión sorprendida acompañado de la leyenda: “Me atrapaste, ¡es cine!”, comúnmente utilizada cuando una muestra audiovisual (por lo general, un clip con alguna conversación mamalona de la película de moda, como es el caso de la batalla final del Gato con Botas: el Último Deseo) es del agrado del espectador.

Este tipo de memes se da al mismo tiempo que una chaviza con acceso a internet, poco a poco, se interesa más por consumir productos culturares más enriquecedores. Internet, la era de la información y la piratería han contribuido a ampliar el bagaje y el criterio del público; hecho que trae consigo una mayor necesidad de obras que valgan el tiempo invertido. Entre los criterios de estos cinéfilos amateurs para determinar qué películas son “buenas” está, entre otras cosas, la fotografía, banda sonora y el guion.

El que una pieza te provoque algo sin necesidad de un conocimiento extenso la hace chingona, pero el explorar su composición ayuda a lograr una apreciación más completa. Como yo no soy un experto de música ni de fotografía, les hablaré sobre la catarsis en el guion del Gato con Botas y sobre dos comentarios recurrentes que se pueden encontrar en grupos de Facebook dedicados a la noble tarea de discutir y compartir memes sobre el séptimo arte.

La catarsis se da al exaltar los ánimos del público enganchado o provocando en la obra en un acto de crecimiento interno, pero ¿cómo se engancha al público?

 

¡Pero mira ese desarrollo de personaje!

Una de las características que debe tener la tragedia según Aristóteles es que el protagonista se transforme y crezca a lo largo de la historia.

La tragedia consta de cuatro actos a través de los cuales nuestro personaje pasa por diferentes estados, tanto internos como circunstanciales; estas partes son prólogo, episodio, éxodo y parte coral —ésta última es generalmente una lamentación por el destino del protagonista—.

La alteración de los estado del héroe no deben ser arbitrarios, sino que están sujetos a la peripecia y la agnición, que es el actuar de manera imprudente, debido a la pasión o la ignorancia, que en la mayoría de las veces, suele llevar a un lance patético con un resultando fatal.

En la película (alerta de spoilers a partir de éste punto) de El Gato con Botas: El último deseo (2022) vemos a un Gato que ha agotado ocho de sus vidas y se dispone a encontrar la mítica Estrella de los Deseos para pedir otras nueve; sin embargo, la Muerte lo está cazando y compite por llegar a la Estrella con Ricitos de Oro y su familia criminal de Osos, así como Jack Horner: un tipo que es malo solo por ser malo, y su viejo amor: Kitty Patitas Suaves.

Para los poetas griegos, la tragedia era una oportunidad de enseñar qué pasaba cuando uno intentaba ir en contra del destino. Gato quiere comerse un guajolote en el monte él solito… (otra vez se me cruzaron los canales) es decir, intenta burlar a la Muerte porque, como muestra su pelaje erizado en el primer duelo, tiene miedo de ésta. No obstante, el encuentro con Kitty y la aparición de un Perrito sin nombre, le hará replantearse sus objetivos, hasta el punto que varios personajes terminaran por decirle: “ya no eres el mismo que conocí”.

El protagonista, al ir cambiando, aprendiendo y negándose a la verdad al mismo tiempo, ya que es humanamente contradictorio, le permite al espectador identificarse con él.

La identificación y el desarrollo tienen el objetivo de convertirnos en partícipes de la obra para que, cuando el protagonista tenga esa revelación o castigo, mediante el cual purga sus males, el espectador haga lo mismo.

Durante el último deseo acompañamos a Gato, pero al ir conociendo las motivaciones detrás de cada uno de los personajes, cada unx puede identificarse con quien más se le acerque.

Kitty, después de haber sido plantada por Gato en su boda, anhela encontrar a alguien que nunca la traicione. Ricitos revela en una discusión con Bebé Oso que desea una familia normal. Gato, al haber desafiado a la Muerte en un acto de agnición busca escapar. Perrito dice no tener ningún deseo pues ya lo tiene todo: un suéter chido y dos buenos amigos. Jack, el coleccionista que siempre tuvo todo lo que quiso, nada más quiere toda la magia del mundo para él solo. Retehumilde el wey.

En cierto punto de la historia, Gato se encuentra frente a frente con sus vidas anteriores, gastadas de manera frívola y ególatra en busca de fama y aventuras (muere apostando con perros, ebrio, ligando, etc.).

Yo creo que todxs hemos estado más de una vez tan cegadxs por nuestras ambiciones, que no nos detenemos a pensar en el hecho de que estamos viviendo. O quizá hemos deseado tanto como Ricitos tener una familia “normal” porque la nuestra nos parece demasiado problemática como la pandilla de Osos criminales. O también hemos anhelado alguien nunca nos abandone.

Gato, al darse cuenta de esto, decide que quiere disfrutar la vida que le queda con Kitty, pero en eso aparece la Muerte y comienza una persecución ,cuyo desenlace no te cuento para que te avientes la peli y puedas prender un cigarro imaginario, mientras murmuras para ti mismx (o posteas en FB) “¡Joder, definitivamente es cine!”

 

Antes de terminar…

                                    (advertencia de más spoilers).

 

Perrito

El concepto de virtud para los griegos era muy diferente al que tenemos hoy día. La palabra usada en ese entonces era areté, que, entre otras cosas, consistía en desempeñar correcta y honradamente tu papel en la vida. El objetivo de la catarsis es progresar en el desarrollo del areté. Sin embargo, el aprendizaje en la obra no siempre se da a través de un desenlace fatal, a veces podemos encontrar alguien que de manera consciente o inconsciente nos guíe en el camino.

Perrito aparece en los primeros momentos de la película en un asilo felino, donde Gato intenta pasar sus últimos días antes de descubrir la existencia del mapa hacia la Estrella. Aunque el protagonista planea robar el mapa solo, Perrito se escabulle y termina acompañándolo en su aventura.

Recordemos que los personajes de una tragedia suelen intentar escapar de su destino y se rebelan contra el flujo de las cosas. Perrito es un marginal. Le cuesta hacer amigos y de cachorro fue lanzado al río dentro de un calcetín con una piedra. Lejos de lamentarse por su suerte, Perrito se fabrica un suéter con el calcetín.  Kitty no confía en él cuando se conocen “nadie es tan tonto, nadie es tan lindo”, dice.

Pero Perrito no es tonto. Podrá ser simple, castroso, naco, feo, tonto, estrella porno, pero nunca un inmaduro emocional. A pesar de haber sido constantemente rechazado, siempre intenta ver el lado bueno de la banda y entender la situación que vive la gente a su alrededor. “No importa si no confías en mí, siempre y cuando confíes en ti” le responde a Kitty.

Al ser tocado, el mapa de la Estrella cambia junto al entorno para que la peripecia sea acorde a quien la vive. Para los demás personajes se presenta un camino peligroso: Pantano de la desesperación, Pinos nostálgicos…

Cuando Perrito toca el mapa, el camino se vuelve tranquilo y apacible. Antes de llegar a las Aguas de la Relajación tienen que superar el épico reto de disfrutar el olor de unas rosas gigantes.

Gran parte de la evolución de los personajes durante la película se da gracias a la interacción con Perrito. Por ejemplo, al ser secuestrado por la Familia criminal de Osos, le cuenta a Ricitos que también es huérfano y al ver la dinámica  del grupo opina que la chica de acento argentino (en la versión latina) “se sacó la lotería de la orfandad” con su familia adoptiva. Hecho que influirá en las decisiones futuras de Ricitos.

Perrito es el único personaje que va en busca de la Estrella sin un deseo en mente. Se embarca en la aventura por el mero hecho de vivir y compartirla con sus compas. Va por la existencia sin otra ambición que hacer buenos amigos y se ve que se la pasa muy chido así. Seguramente habría sido muy fan de The Goonies.

Por otro lado, el personaje de Jack Horner funciona bien como su contraparte al ser un villano que tuvo la vida en bandeja de plata y sigue traumado con el hecho de que Pinocho haya tenido más éxito musical que él. Es déspota y no le interesa su gente, a quienes deja morir o asesina. Haría cualquier cosa con tal de obtener poder. Hasta a Pepe Grillo le cae mal.

A pesar de su gran tamaño, riqueza y colección de objetos mágicos, Jack no ha madurado y sigue siendo un niño mimado como lo demuestra su forma de comer pastel con el pulgar y su actitud berrinchuda. Es por ello que, mientras el resto de personajes se da cuenta de que ya tiene aquello que desea, Jack sigue empeñado en conseguir su fin egoísta, solo para ser enfrentado por todxs y morirse alv durante el colapso de la Estrella.

En conclusión: muy chido el Macario de Dreamworks; definitivamente es cine 🚬.*

 

*Espero  no estar cometiendo ningún delito con esto y que todavía se permita fumar en las revistas.

 


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración realizada por Mariana Martínez.
Ilustración realizada por Mariana Martínez.

La novela debe reemplazar a la historia en ese punto en que la experiencia es lo bastante emocional, espiritual, psíquica, moral, existencial o sobrenatural como para que el historiador, al perseguir tal experiencia, se vea obligado a abandonar los límites precisos de la investigación histórica.

—Norman Mailer

En 1948, un exsoldado de 25 años publicó su primera novela y se unió al torrente sanguíneo de la narrativa estadunidense: pletórica, imparable (por ser acaso joven como él); una literatura siempre dispuesta a revitalizar el cuerpo de una sociedad trepidante, en cuya dermis las dominaciones y conquistas dejan llagas y suturas y en cuyos órganos se gestan infecciones longevas e incurables como el oro y la guerra.

Con Los desnudos y los muertos, narración semi autobiográfica sobre la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, Norman Mailer (1923-2007) llegó al pináculo de la consagración. Giras, entrevistas, publicidad, contratos, gran expectativa, altos niveles de exposición mediática y todo lo que implica el terrible beso de la fama.

Desde ese momento hasta su muerte en 2007, Mailer tuvo que estar a la altura de su doble bautismo de fuego: su experiencia en la guerra y su combate en la trinchera periodística. Su precocidad se correspondió con una escritura fecunda. Junto a Truman Capote, Tom Wolfe y más adelante Hunter S. Thompson —entre varios más—, revolucionó la manera de hacer y escribir periodismo. Heredero de las firmes desilusiones de la Generación perdida, admiró el genio y figura de Hemingway, de quien elogió la virtud de la bravura y la virilidad, el pacto de armas y letras, entre lo escrito y lo vivido en carne y sangre, que debe honrar el escritor al encarnar sus ficciones.

 

Vicios, virtudes y ficción sin fronteras

“Al fin y al cabo no hay manera de que alguien trate de aprehender una realidad compleja sin alguna ‘ficción’”, escribió Mailer en Advertisements of Myself (1959). Desde entonces ese sería el santo y seña de su quehacer literario, en su mayor parte el de un escritor político—y no sólo en el sentido temático (Mailer aspiró a ser alcalde de Nueva York en 1969).

Llamó novelas a varios de sus largos reportajes políticos y culturales, los cuales , sin duda, se encuentran entre lo más brillante de su obra, como La canción del verdugo (1979).

Para quien se adentre en la década de 1960, son piezas documentales imprescindibles: Los ejércitos de la noche, Miami y el sitio de Chicago (ambos de 1968), Of a fire in the Moon (1971) y varios de sus largas crónicas sobre las convenciones republicanas y demócratas.

En este periodismo innovador de Mailer, la aparición de extensos rodeos metafóricos, el comentario abundante al pie del acontecimiento, el cotejo de varias fuentes noticiosas, la introspección, así como el perfil sociológico y psicológico del momento, son una lucha contra el lenguaje árido y presuntamente objetivo de una prensa estadunidense que, desde mediados del siglo XIX —en 1846 se fundó la Associated Press en Nueva York— fue desplazando poco a poco a un modelo francés, mucho más literario.

Mailer emprendió una cruzada por derrocar al reino del dato duro, al periodismo instantáneo (que ha triunfado en nuestros días). Después tomó por asalto la simplificación televisiva, en la que veía locura, banalidad, manipulación; una reducción de la realidad.

Por eso, a Mailer nunca puede reprochársele el talento de haber devuelto al periodismo al nido: la literatura. Sin embargo, en este renovado ímpetu, el ego creador puede avasallarlo todo.

“La validez de la noticia —apunta Monsiváis sobre Mailer— depende de la variedad y sucesión de estados de ánimo que provoca en quien la interpreta y describe (y finalmente la crea) […]. Con una salvedad: quien resiente y transmite la noticia se concibe a sí mismo como termómetro magnífico, el receptáculo de la más alta sensibilidad. Mailer lleva, in extremis, arrogancia y egocentrismo al reportaje […]”1.

Tiene razón Monsiváis, hasta cierto punto. El egocentrismo es una muralla de petulancia que se impone al lector, pero sólo quien tome a Mailer al pie de la letra pensará que el muro es infranqueable.

Las sinuosas parrafadas de este novelista con disfraz de reportero, tienen fuerte dosis de auto-parodia, puesta en escena de ese falso ego genial (no olvidemos que Mailer dirigió y actuó en varias películas de Hollywood), despliegue de ironía mordaz contra una realidad bastante más absurda, que muchos periodistas ataviados en la modestia servicial.

El problema, y aquí tiene razón Monsiváis, es que con Mailer la frontera entre el ego creativo necesario y su personaje público, altanero e insoportable quedó diluida. Quizá a causa del mismo juego teatral de Mailer, que se comió por igual su vida y sus libros. Su estilo, devorador y omnívoro, fue una sobreactuación del precepto de Wilde: “la Vida imita al Arte mucho más de lo que el Arte imita a la Vida”.

 

Los ejércitos de la noche y las aguas del olvido

Algo me dice que nuestro autor —como tantos otros “maestros” de siglos anteriores— está siendo arrastrado río abajo por las aguas del olvido. Mailer permanecerá en los anaqueles de las escuelas de comunicación y periodismo, pero ¿qué tanto se lee hoy? Me temo que poco o nada.

Lo cierto es que, si viviera, sus barbajanadas, su protagonismo sostenido, su defensa de la virilidad masculina, su condenable vida privada y su misoginia puntual (en una riña apuñaló a su esposa con un cortaplumas) lo habrían llevado al tribunal de la cultura de cancelación.

Dejemos que cada quien escoja a sus artistas y decida si separa al creador de la obra. No hay duda de que Mailer retrató con muy finas pinceladas la era contracultural de los 1960, los cambios en la sociedad bajo la guerra de Vietnam, los asesinatos de los Kennedy o de Martin Luther King y toda la revolución “hippie” con sus “ritos de tránsito”. Sus pretenciosos murales narrativos buscaban, en muchos casos, “la margarina institucional de las ideas norteamericanas más asfixiantes” y al aparato militar-industrial que tanto lo obsesionó.

Dejemos como muestra este pasaje del que es acaso su mejor libro,  Los ejércitos de la noche; obra que revive con ademanes de crónica, la marcha pacífica al Pentágono en octubre de 1967, durante la cual Mailer acabó detenido

Aquel viaje a través de la noche era un rito de tránsito, y aquellos desencantados herederos de la Vieja Izquierda, aquella chusma del Vietcong norteamericana, aquellos hippies pacifistas y demás jóvenes que allí quedaban, navegaban a la deriva […] Ahora dieciocho horas más tarde, a la débil luz del alba, el eco de otros insignes ritos de tránsito en la historia de los Estados Unidos, el esplendor de otras horas más heroicas y excelsas iluminaba quizá el universo interior y las cavernas de aquellos jóvenes anárquicos, quizá flotaba en el aire algún atisbo de un futuro glorioso, algún melodioso acento de todos los grandes ritos de tránsito norteamericanos, cuando hombres y mujeres se maniataban a una causa perdida y dolorosa y sobrevivían un día, una noche, una semana, un mes, un año […] El país mismo había sido fundado sobre un rito de tránsito. Pocos habían emigrado a este país sin un eco de tal rito, aun cuando sólo se tratara (nada menos) de los ocho días de hedor, de agitación, de miedo y de promiscuidad (en la entrecubierta, el pasaje más barato) de una travesía oceánica (o los ochenta días de agonía en un barco de esclavos).

Y algunas de sus observaciones no son egocentrismo sino verdadera lucidez augural de nuestro tiempo:

El siglo XX estaba en vías de arrebatar al hombre el poder de los sentidos que le quedaba, en aras de almacenar el poder en apiñados bancos de saber codificado. La esencia del conocimiento codificado residía en que podía dejarse al alcance de todo el mundo, ya que sólo unos pocos poseían las claves de su comprensión2.

Más allá de antipatías personales, a Mailer lo seguirán leyendo para abrir boca, en las escuelas de periodismo y en las mesas de trabajo, quienes quieran entender cómo formarse una voz propia y así lanzarse al ruedo cruel de los hechos. Hoy parece irrefutable el talante estético de cualquier reportaje; no lo era cuando Mailer y el Nuevo Periodismo remodeló el género.

 

Junta de sombras (para nuevas efemerides)

Para el centenario de Carlos Monsiváis (2038), Juan Villoro y Martín Caparrós buscan organizar un ciclo sobre crónica y reportaje literario, el viejo y el nuevo periodismo: mesas y lecturas desde los modernistas hasta John Reed, James Agee, Kapuscinski, Mailer, García Márquez… No encuentran patrocinadores ni instituciones interesadas. Quedan exiguos casos de prensa escrita.

Algunas plumas humanas envían por mail boletines diarios a suscriptores exquisitos, incurables nostálgicos. Los periodistas se han mudado a redes sociales de paga donde informan en vivo, en un flujo constante de videos de realidad virtual, a todas horas y desde cualquier lugar.

Quien no se pone sus cascos VR en tiempo y forma, puede leer los despachos instantáneos que redactan miles de bots personalizados, hijos todos del temible protocolo ChatGPT, y con quienes se puede dialogar sobre casi cualquier tema de actualidad.

En esas circunstancias, en el patio colonial de la actual sede del Banco Nafta, antiguo Colegio Nacional, aparecen los espectros encorvados de Norman Mailer y Monsiváis.

MAILER: ¿Qué hacemos aquí? ¡Qué ciudad más horrible! ¿Quién fue el inhumano que nos invocó esta vez en un banco?

MONSIVÁIS: No se preocupe, Norman. Después de la primera generación de escritores mexicanos nacidos en Estados Unidos, ahora ya somos todos una impúdica familia feliz norteamericana. Usted está aquí porque en una sesión de ouija le dije a Juan que me hubiera encantado verlo en mi centenario.

MAILER: No me sorprende que mi influencia haya llegado al sur del Río Bravo. Siempre fui uno de los mejores escritores de entre todos los vivos.

MONSIVÁIS: Su modestia siempre fue admirable, Norman. Veo que el polvo de los cementerios no le ha afectado.

MAILER: Si usted lo dice. Jamás logré hacer la gran novela que pudiera revolucionar la conciencia de mi país. Y eso que escribí más de 30 libros, varios de ellos geniales.

MONSIVÁIS: Los medios masivos lo consumieron en su pira. Trabajó para ellos, contra ellos, por ellos. Nunca resistió ni se redimió del discurso normativo de la caja idiota, siempre necesitada de antagonistas bufones, histriónicos intelectuales rebuscados, como usted.

MAILER: No se haga, Charles. He hurgado en la biblioteca de este banco. A mí no me engaña. Usted también fue periodísticamente ubicuo en un país no menos paranoico. Paz lo acusó de ser hombre de ocurrencias, no de ideas. Alguna vez lo llamaron de cariño “MonsiMarx, MonsiMailer”.

MONSIVÁIS: Pero mis ocurrencias no exhibían ese ardor payaso en público. Yo no soltaba a los mastines de mi Gran Ego a la menor provocación. Su esfuerzo por mantener su mala reputación, renovándola, fue una empresa energética y deprimente.

MAILER: Tuve que vivir en el sarcófago de mi propia imagen. Los reseñistas y entrevistadores de medio pelo fueron muy dañinos, víboras insaciables del star system. Dicen que usted, undercover, tuvo una proverbial lengua viperina. A mí esa ponzoña me fortificaba en mi ánimo combativo. Hasta fui buen pugilista.

MONSIVÁIS: Y un político lamentable.

MAILER: Esa campaña fue un desastre. La política fue mi cosmos pero también mi campo de tiro simbólico. Además, usted sabe que varios tiros acabaron con ciertos políticos de mi época.

MONSIVÁIS: Algo similar ocurrió también aquí, the Mexican way. Justo cuando sonaba un hit de la redención postrural, hablando de víboras: una canción llamada La culebra

MAILER: ¿Cómo? ¿También tuvieron a un Lee Harvey Oswald?

MONSIVÁIS: Gracias a su tocho de 800 páginas sobre Oswald y a su teoría del lobo solitario, muchos le dieron sentido a los hechos del 94 mexicano: Oswald-Aburto.

MAILER: La vida es absurda y los egos fascinantes…

 

Una puerta rechina. Desde la biblioteca se arrastra una sombra más ágil, con unos gruesos lentes negros diciendo: ¡Aquí hay dos fusilados que viven!

 

MAILER: Otra víctima de Nixon, ¡es Allende!

MONSIVÁIS: Norman, compórtese. Es Rodolfo Walsh, uno de nuestros grandes maestros. El verdadero iniciador de la novela de no-ficción.

MAILER: Bullshit! Ese fue mi amigo Truman con A sangre fría, una novela inmortal.

MONSIVÁIS: La autosuficiencia cultural yanqui le impide saber que don Rodolfo urdió una obra maestra: Operación Masacre, y la hizo casi diez años antes que Capote y corriendo mayores riesgos que él.

WALSH: Hasta hace poco han empezado a reivindicarme en ese podio. En 2017, la UNAM publicó mi Operación Masacre en una espléndida y digna reedición y ahora aparezco hasta en la global Wikipedia. Pero, ¡qué importa quién fue precursor de quién! A mí no me dio tiempo de nada más. A mí segaron casi de raíz. A mí no dejaron apelar a un tribunal por cinco días de cárcel en una marcha pacífica. A mí la verdadera noche del pentágono me engulló para siempre en su tiniebla sudamericana…

 

De pronto se oyen las botas de la policía bancaria acercándose…

 

MONSIVÁIS: Vámonos ipso facto. No nos vayan a llevar a los separos. Mailer, no querrá usted que lo vuelvan a detener. Sobre todo, ahora que no hay cámaras de televisión ni reporteros…

MAILER: Me interesa más nuestro amigo Walsh. ¿Rodolfo, verdad? Qué bien suena en español. No como la voz inglesa Rudolf que me recuerda a ese horrendo alcalde… Verá, Walsh, una vez en Nueva York yo…

 

Las voces se pierden en la oscuridad antes del cálido amanecer del 4 de mayo de 2038…


Autores
Ciudad de México, 1988. Es traductor y editor. Actualmente trabaja en la revista Nexos. Obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Toulouse y por la Universidad de Sevilla con una tesis sobre la columna Inventario de José Emilio Pacheco.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Portada "Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas" de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada “Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas” de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.

YAYIJEM CH’ULELETIK

(ALMAS HERIDAS)

 

¡Llévame! Está la noche

muy negra y muy sombría:

La muerte por los mundos

anda de cacería.

Hazme olvidar lo mucho que

me pesa en los hombros.

Esta carga pesada de

pesados escombros.

ALFONSINA STORNI

 

CHILAJ

(muero)

Chilaj ta svulel yo’onton jyaya

ta syayijemal sbek’tal jme’:

te xvok’talel sk’ejimol at o’ontonal,

xet’emik vinajel,

xchi’uk jalijem at o’ontonal.

 

Chilaj ta uts’intael yu’un

jun chopol vinik,

chipajesbun ko’onton ta skapemal

xchi’uk ta syayijesbun jch’ulel.

 

Chilaj ta yelov sat jtsebtak

mu’yuk spajebal ch-ok’ik,

ta sk’ejik ta xch’ulel svokolik.

 

Chilaj ta yelov sat uts’intael.

Chilaj ta sts’ijesun ilbajinel.

Chilaj ta jubej snail jkuxlejal.

Chilaj ta jujukoj jik’ o’ontonal.

 

Chilaj.

 

MUERO

(chilaj)

Muero con la angustia de mi abuela

en las heridas abiertas de mi madre:

allí brotan cantos tristes,

cielos despedazados,

largas agonías.

 

Muero entre palabras hirientes

de un hombre violento,

que con su furia me infecta el corazón

y parte mi alma en pedazos.

 

Muero en la mirada perdida

de mis hijas, que lloran sin pausa,

anudando secretos en su alma.

 

Muero con el rostro marginado.

Muero silenciada por el desprecio.

Muero en todos y cada uno

de los rincones de mi vida.

Muero en cada suspiro.

 

Yo muero.


 

MU XA JAK’BUN

(no me preguntes)

¡Avokoluk!

Mu xa jak’bun li jvokole,

xcha’kuxital jnopben

k’untoe chabat,

jtuk chaviktaun.

 

¡Avokoluk!

Mu xa jak’bun li jvokole,

chayayijes stuch’emal jbek’tal,

chamut’ijesbun ta lajebal

xchi’uk mu’yuk buch’u ta skoltaun.

 

¡Avokoluk!

Mu xa jak’bun li jvokole,

yu’un ta ya’lel asat

chat’uxubtasbun spatobil ko’onton.

Mu xa k’an xacham xchi’uk ju’un.

 

NO ME PREGUNTES

(mu xa jak’bun)

¡Por favor!

No preguntes por mi dolor,

podrías revivir mis recuerdos

y luego te irás,

dejándome a solas.

 

¡Por favor!

No preguntes por mi dolor,

podrías desgarrar mis heridas,

hundirme de nuevo en el abismo

y nadie podrá salvarme de ahí.

 

¡Por favor!

No preguntes por mi dolor,

podrías ahogar con tu llanto

mis esperanzas, mis ganas de vivir.

Y no querrás morir junto a mí.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.
Fotograma de video campaña contra la piratería. Canacine, 2005.
Fotograma de video campaña contra la piratería. Canacine, 2005.

Esta es la historia del cinéfilo impaciente, tumbado en el sofá de su casa frente a la televisión. En la comodidad de su sala, hay un estreno de cine con un audio apenas comprensible. La definición de la imagen es aún peor: los actores aparecen desenfocados y son reemplazados por un par de sombras pequeñas, cuyos murmullos acompañan los diálogos de la película.

También es el relato del chico entusiasmado por ver el último éxito de taquilla, con ayuda de su reproductor DVD. Antes de disfrutarlo, tiene que toparse con un asalto a la moral en menos de dos minutos. Este llamado a la honestidad es un video, protagonizado por una madre que, sin quererlo, da un mal ejemplo a sus hijos tras comprar una película pirata, delito equivalente a un robo, según el cortometraje de la campaña antipiratería.

Esta es la historia de la sociedad mexicana con las películas pirata. Desde 2016, al menos 34.8 millones de mexicanos compraron DVDs apócrifos. En 2022, con la proliferación de blogs en línea, hubo 3.5 millones de visitas a sitios web piratas, de acuerdo con los análisis de México realizados por la empresa MUSO, dedicada a recopilar información sobre el consumo de piratería.

 

El romance con la piratería 

Debido a la incidencia en este delito, México ocupa el primer lugar en piratería en América Latina, conforme a Cámara Nacional de la Industria de Transformación (Canacintra). Los resultados del 2022 también indicaron que uno de cada tres productos vendidos en el país proviene del mercado ilegal.

La presencia de la piratería puede rastrearse en un testimonio de hace 30 años. Era 1989, mientras Michael Keaton conquistaba Hollywood con su traje musculoso de Batman, y Disney contaba la historia de una sirena obsesionada por formar parte del mundo humano; Claudia Gómez, una niña de 12 años en ese entonces, descubría el VHS pirata de El color Púrpura, disponible en una sala modesta como cualquier otra de Azcapotzalco, CDMX, tras la devaluación del peso 1982. 

“Mi tío Efrén organizaba los viernes de películas para alejar a los chicos de la violencia en las calles”, recuerda Claudia. Cada fin de semana, la chica esperaba emocionada el final de la escuela. Tenía una cita a las 5 p.m. para ver a uno de los amores de su vida: el cine. 

Una vieja videocasetera se convirtió en el proyector de grandes clásicos. Desde El mago de Oz hasta El niño de piedra, Claudia revivió las películas icónicas de Estados Unidos y México; ¿cuáles eran sus favoritas?, los filmes ochenteros de terror. 

De acuerdo con American Chamber Mexico en su estudio, Piratería en México: Diagnóstico de la oferta y de las acciones institucionales, publicado en julio del 2020, las décadas de los setenta y ochenta fueron considerados por los entrevistados como puntos de inflexión en la industria de la piratería mexicana.

En aquel entonces poco importaba de dónde venían los VHS, la cuestión era adónde llevarían cuando los reprodujeran, ¿a un cementerio maldito?, ¿a un pueblo pobre de Norteamérica con payasos en las alcantarillas?, ¿llevarían a los colmillos sanguinolentos de un perro San Bernardo con rabia o a la excursión de un cuarteto de amigos incondicionales? Claudia estuvo en esos lugares, a través de las copias piratas de las adaptaciones basadas en novelas de Stephen King.

Claudia, entre risas, confiesa que sus tíos tuvieron que comprar más de una vez varios casetes de su colección apócrifa. “Veía tantas veces las mismas cintas que se destruían, en especial la de El color púrpura”.

Los VHS piratas eran de menor calidad que los originales, o así lo eran hasta inicios de 1990, cuando Javier Nava trabajaba en una consolidada distribuidora VHS llamada Videomax. Conducía un auto de la empresa para distribuir películas de pequeñas productoras, recorría ciudades de otros estados mientras gozaba de la prosperidad de 1992.

Entre sus clientes, había uno que comparaba los VHS originales con los apócrifos. “La diferencia era notable porque las películas pirata comenzaban a desgastarse, o borraban fragmentos de una cinta después de reproducirla varias veces”, explica Javier. Respecto al costo, recuerda que un VHS original costaba lo equivalente a 500 pesos actuales; “mientras que uno pirata te salía de 90 pesos para abajo. Mucho más barato para cualquiera en ese tiempo”. 

Javier cumplió 33 años cuando dejó su trabajo en Videomax. Ahora, con 61 años, recuerda 1994 por una razón además de la crisis económica y su renuncia. El cliente de las películas pirata rechazó por primera vez, en dos años de negocios, comprar una cinta original. “Mejor yo te vendo una a ti”, dijo él con tanta seguridad que convirtió a su proveedor en su comprador.

Aquel día, regresó a casa con un VHS pirata de 70 pesos que llevaba por título La Máscara. Cuando terminó de verla, Javier tuvo una certeza además de que el largometraje se convertiría en un clásico en la filmografía de Jim Carrey: la copia había alcanzado calidad de original y mantenía la cinta en buen estado después de varias reproducciones. El negocio de las películas llegaba a su fin.

 

Un negocio basado en pérdidas para el cine

Con la llegada de los DVD a México en 1999, la piratería tuvo que adaptarse al nuevo formato. Para el 2005, 8 de cada 10 películas compradas en el país fueron pirata, lo equivalente a 3 mil 800 millones de pesos en pérdidas. El cine tuvo 40 millones de butacas vacías, de acuerdo con Francisco Guerra, el entonces director del Programa Antipiratería en México de la Motion Picture Association of America (MPA).

El problema fue tan grave que, en marzo de ese mismo año, la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica y del Videograma (Canacine) lanzó una campaña de publicidad antipiratería. Se trataba de comerciales para televisión y cine, dirigidos por Carlos Sama (Sin ton ni Sonia), de la productora Catatonia Films, con la participación de la agencia de publicidad Euro RSCG, a cargo de Pepe Beker.

Los cortos buscaban concientizar a la población sobre los daños de este delito, sin satanizar a quienes incurren en él. La campaña fue popular, aunque por razones distintas. Los DVDs piratas fueron el medio ideal para propagar los comerciales, pero tuvieron una baja efectividad en la población.

Los tipos de películas pirata que mostraban estos cortos son conocidos como clones, cuyo formato llamado RIP alcanza una mayor fidelidad a la calidad de los DVDs originales y su contenido. El “ripping”, proceso en el que una persona graba con una cámara la película desde la sala de cine, había quedado en el pasado; aunque nunca salieron del mercado ilegal.

Carlos es un exvendedor de películas pirata, y decidió usar este pseudónimo para hablar de los siete mil pesos que obtenía en dos días de comerciar DVDs apócrifos, tanto formato RIP como ripping. El hombre recuerda cómo el 2005 estuvo marcado por sus viajes a Tepito, CDMX, para surtir su mercancía y revenderla en su puesto de nueve metros de su natal Michoacán.

“Era un negocio muy redituable, comenzó como un experimento hasta que las personas iban exclusivamente a comprarme películas”. Carlos asegura que conseguía los DVDs en tres pesos, y en Michoacán los vendía en 10 pesos, “era una ganancia de cinco mil pesos, un poco más cuando la mercancía se terminaba en una tarde”.

En opinión de Carlos, uno puede conocer a cualquier sociedad a través del cine que consume. En Michoacán, “la gente normaliza la violencia del crimen organizado, por eso compraban películas de los hermanos Almada, sobre balaceras a cada rato”. Los tiroteos y enfrentamientos entre cárteles en ese estado se intensificaron en 2006, un año marcado por el inicio de la Guerra contra el narco.

Carlos resintió la presencia de las redes criminales desde los últimos meses del 2005, cuando escuchó rumores de que una banda delictiva tomaría el control del mercado donde trabajaba. “A nosotros nos dijeron que pasarían a visitarnos”, cuenta el antes vendedor de piratería.

Como medida preventiva, Carlos dejó a sus hijos en casa, pues con ellos solía armar su puesto de películas. “Un domingo, llegaron tres fulanos y me enseñaron las armas que llevan en sus cinturones”. Los hombres obligaron a sentarse al comerciante mientras ellos permanecían de pie, para reafirmar su autoridad.

Uno de ellos tomó otra silla del puesto y se inclinó hacia Carlos mientras explicaba que el puesto comenzaría a vender películas pirata producidas en otro lugar. “Me entregó un papel en el que venía una dirección”. El sitio era una bodega donde se distribuían productos apócrifos. Antes de que los tres hombres se fueran, el mismo sujeto los presentó: “nosotros somos gente de la última letra del abecedario”.

El entonces vendedor se enteró después que los Zetas querían expandir su dominio en el territorio de la Familia Michoacana. Desde ese día, decidió dejar de vender piratería. Han pasado casi 18 años y Carlos aún está inseguro de hablar sobre el tema. No teme a la policía; sino al narco. “Las cosas están muy mal aquí en Michoacán”.

Es cierto, el panorama es el mismo desde el 2005 hasta la fecha. Los Zetas y la Familia Michoacana demarcan puntos de distribución y controlan el tráfico de piratería en las fronteras de su estado.

 

Un fantasma de la década anterior 

Carlos reconoce que el negocio de los DVDs pirata dejó de ser rentable como hace una década atrás, debido a la llegada de los servicios streaming; sin embargo, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) aseguró 3.4 millones de productos falsificados en 2021, además alertó que México es el segundo país con mayor número de descargas de películas apócrifas.

Esta situación ha sido constante desde los últimos ocho años. En 2014, el MPA reportó que debido a este delito, el cine perdió 340 millones de dólares. En 2017, la Encuesta para la Medición de la Piratería en México reveló que 41.9 millones de mexicanos compraron piratería física y online de música, películas, libros, pintura y escultura.

En el 2019, este delito representó el 1.2% del PIB y costó 43,000 millones de pesos anuales a nuestro país, de acuerdo con la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo de los Estados Unidos Mexicanos (Concanaco). Durante ese mismo año, los resultados de la Encuesta Nacional Hábitos Consumo Piratería arrojaron que los productos piratas más consumidos son las películas, con el 39% de los encuestados que admitieron comprarlas.

Para el 2021, el Estudio Nacional sobre Hábitos de Consumo de Piratería concluyó en que el 22% de los encuestados aceptó haber comprado películas pirata. Respecto a estos índices, Carlos y Claudia los explican de forma pragmática, al asegurar que la compra de estos productos se debe al escaso poder adquisitivo de las familias mexicanas.

Claudia ahora es madre de dos hijos, a quienes compartió los clásicos que vio cuando niña, solo que esta vez lo hace por medio de DVDs piratas. Ella admite que es una mala conducta comprar este tipo de productos, “pero son un mal que le regala un momento mágico a quienes no tenemos para comprar las películas originales”.

Las películas piratas son el fantasma de la sociedad mexicana. Revelan testimonios de la marginalidad presente a lo largo de casi 30 años y los daños que ha ocasionado a la industria cinematográfica.

La relación de México con este delito es un relato complejo, como los problemas estructurales de la contemporaneidad. Claudia, ahora una mujer de 45 años, puede percatarse de ello y se abruma por el papel que el narco interpreta en la trama de la piratería. Esa cercanía con el horror es la que revive cuando se sienta a ver sus películas de terror favoritas. Aquellas historias terribles abrieron puertas en su alma cuando era niña.

Al preguntarle sobre su filme preferido de aquellos años, ella evoca un relato clásico sobre un hotel embrujado, donde los fantasmas intentan destruir a un niño con poderes psíquicos. Contrario a lo esperado, el chico logra sobrevivir por su extraordinario don, una representación del poder de la niñez.

Quizá por esa metáfora, cada vez que Claudia ve una película, vuelve a su pasado. El faro de aquellas memorias es un cúmulo de VHS piratas, cintas que alimentaron el resplandor de su infancia ante una colonia ensombrecida por la violencia.

 

Fuentes y referencias: 

https://www.jornada.com.mx/2006/01/26/index.php?section=espectaculos&article=a12n1esp 

https://www.google.com/amp/s/www.eleconomista.com.mx/amp/arteseideas/Cine-pierde-US340-millones-por-pirateria-20160321-0016.html 

https://idconline.mx/corporativo/2022/06/23/mexico-en-los-primeros-lugares-de-pirateria 

https://www.jornada.com.mx/2019/01/06/economia/014n1eco 

https://www.google.com/amp/s/www.eleconomista.com.mx/amp/arteseideas/Mexicanos-aceptan-la-pirateria-20171025-0173.html 

https://contralinea.com.mx/interno/semana/redes-criminales-controlan-pirateria-en-mexico/ 

https://cio.com.mx/mexico-ocupa-el-puesto-13-en-el-ranking-mundial-de-accesos-a-sitios-web-de-pirateria/ 

http://bibliodigitalibd.senado.gob.mx/bitstream/handle/123456789/1950/CI-22.pdf?sequence=1&isAllowed=y 

https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/Mexicanos-aceptan-la-pirateria-20171025-0173.html 

https://contralinea.com.mx/interno/semana/por-pirateria-impi-destruyo-1-8-millones-de-productos-y-aplico-multas-por-43-millones/https://www.jornada.com.mx/2005/03/02/index.php?section=espectaculos&article=a12n1esp 

https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/763744/Encuesta_Nacional_Ha_bitos_Consumo_Pirateri_a._cuantitativo_2021_compressed.pdf 

https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/538431/Encuesta_Nacional_RESULTADOS_CUANTITATIVOS_2019_compressed.pdf 

https://elpais.com/mexico/2022-12-19/el-terror-de-la-familia-michoacana-el-longevo-cartel-mexicano-que-aun-busca-imponer-su-ley-de-plomo.html


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Mi hermano murió por mi culpa y sucedió más o menos así:

Después de muchos años de insinuarles a mis familiares de formas cada vez menos discretas, cada día un poco más humillantes, que hicieran caso de aquello que sin mucho furor ni éxito yo publicaba en algunas revistas digitales y, tras comprobar que era imposible convencerlos de que leyeran algo que sobrepasara la longitud de un twit, decidí soltarme. Usaría la escritura, mi herramienta, para alcanzar la libertad.

Entonces me alejé de mis motivos iniciales, relatos donde los personajes se transformaban en animales o eran presas de alguna fuerza sobrenatural, y comencé a pronunciarme desde las profundidades: a acceder a los recovecos tan temidos de mi mente y, por escalofriantes, siempre bloqueados; a usar los defectos y malas fortunas de mis allegados en favor de mi oficio.

Por largo tiempo aseguré que no existía ningún límite para mí entre lo que era accesible y lo que no, entre lo permisible y lo prohibido, pero en realidad dejé bajo llave los temas más delicados porque temía ofender o perder el poco cariño que me quedaba.

Un día, bajo un trance de quién sabe de dónde, escribí un cuento sobre un miedo mío: que mi hermano, el único y el menor, se suicidara. Mi temor era más amplio, abarcaba muchas posibilidades: que muriera joven, atropellado o asesinado, pero el suicidio, la cara más oscura de la muerte, era lo peor.

Cuando se dice que una persona es inesperada suele ser falso. Se trata de gente ocurrente o que sale de la norma, pero por lo general dentro de una línea que, a lo largo del tiempo, puede predecirse. Mi hermano es la única persona realmente impredecible que conocí.

Podía abrazar por sorpresa y llenarme la cabeza de besos en un desplante de ternura que resultaba incómodo en su torpeza, o dejar de dirigirme la palabra por semanas, ignorándome cuando me lo cruzaba en la cocina o en la escuela, ofendido por razones ya olvidadas.

A veces se reía cuando, en mis arrebatos de coraje, lo insultaba con rabia; otras veces lloraba desconsolado ante incidentes irrelevantes, como encontrarse uno de mis pelos güeros en el piso del baño. Yo procuraba estar atenta a recogerlos todos, pero resultaba imposible con mi cantidad de pelo y mi capacidad para perderlo.

Lo más extraño eran sus respuestas. Si le preguntaban su edad, decía “me quedan 56 años según el promedio nacional”. A la pregunta qué quieres ser de grande, desde muy pequeño contestaba “un vagabundo, para que me cuides”. Para mis padres, él representaba un dilema tan indescifrable que, cansados de mirar la situación desde el ángulo equivocado, dejaron de intentarlo. Eso sí, hacían un esfuerzo enternecedor porque no notáramos su sutileza para ignorarlo.

En el cuento sobre su muerte narré con detalle morboso, rozando lo escatológico, mi pesadilla. La viví en carne propia; como masoquista, me pasé las tardes llorando por un suceso imaginario y logré producir párrafos poderosos de los que podía envanecerme. Lo envié a una revista, casi sin pensarlo. Es así cómo Dios se venga de nuestra ingenuidad, pues ese relato causó un gran revuelo y acabó publicado en el Reforma, que ni sección de cuentos tenía.

Entonces sí mis seres queridos (gente michoacana que llegó a la ciudad presta a impresionar con su mundo, preparados para esconder sus raíces de campo, a los que poco les interesaba cualquier muestra cultural innovadora o que rasgara sus creencias cristianas más arraigadas, que los cayos que no lograban limarse por completo de las manos) se enorgullecieron de la oveja negra. Ahora resulta.

Mi hermano, de quien menos esperaba ese comportamiento ridículo, se cruzó con esas frases y se las creyó enteras. Yo le dije: “Ey, es ficción, hermano, por eso me pagan, por inventar”, pero él quedó encantado con el protagonismo, a pesar de la mala prensa del suicidio y de las emociones crudas que suscita a su alrededor. Traía una copia cargando a todas partes y se la mostraba a cualquier incauto con quien cruzara miradas. “¿No quiere leer la narración de mi muerte?”.

Descubrí entonces que en mi familia de más de cien integrantes no existía uno sólo que comprendiera que las novelas y relatos pueden ser ficción sin ser fantasía. El único disparate para ellos era que mi hermano aún no había muerto, pero su destino estaba claro, estaba escrito.

¡Ay, mi hermano! De niños viajábamos cada Semana Santa a Michoacán para pasar los días en el pueblo y seguir la procesión del Vía Crucis con nuestros viejitos. Mi padre nos ordenaba tratar a todos los ancianos del pueblo como si fueran nuestros abuelos, porque estaban grandes y la monotonía de sus vidas rurales los confundía; los apapachos jóvenes y los oídos dispuestos eran un respiro a su soledad. De ellos aprendí y mantuve la manera anticuada de hablar, creo.

La carretera que conducía a la tierra de mi padre estaba llena de baches, nunca la pavimentaron. La sola existencia de un camino era mérito de uno de mis tatarabuelos, que fue presidente municipal ochenta años atrás.

En retrospectiva, disfrutaba de esos viajes por la espontaneidad, por la cantidad de incidentes que pasamos en medio de la carretera (con mis padres peleando, mi hermano dormido y yo leyendo en el coche), y su bullicioso sentido de comunidad, porque, desde el instante en que poníamos un pie en el pueblo, la gente nos saludaba.

Preguntaba a mi padre por el negocio y a mi madre por la moda de la ciudad; arrojaban balones que mi hermano devolvía con displicencia. Si algo ha sido constante en su personalidad es su odio férreo al futbol. Háblenle de pingpong, de skate o de rugby, pero por Dios, jamás de futbol.

Nos quedábamos siempre en casa de un familiar distinto, en la que mi hermano y yo éramos forzados a compartir cama, catre o sillón. Una vez, incluso dormimos la semana entera en la parte trasera del coche, porque hacía menos calor que en la casa de mi tía Ticha.

Era bueno ir en Semana Santa porque cuando íbamos antes en el año, cosa a veces a papá se le ocurría, nos tocaba la migración de las mariposas monarca hacia el norte. Esos trayectos sí que se sufrían enteros. No me asustaba quedarnos sin gasolina y que nos aparecieran hombres con machetes a medio camino, como temían los prejuicios chilangos de mi madre, sino que matáramos a las mariposas con la velocidad del coche.

A mi padre el tema le parecía odioso porque, a pesar de amar ese animal emblemático tan suyo, mi súplica por los pequeños insectos lo obligaban a ir a veinte kilómetros por hora y él hubiera preferido extinguir la especie entera antes que ir a esa velocidad —con todo y sus esfuerzos, una que otra moría con un pequeño ruido sordo que me apretaba el pescuezo y me echaba a llorar—.

Las peores eran las que ni siquiera morían y se quedaban ahí pegadas en el vidrio, todavía aleteando medio borrachas como se mueven siempre las mariposas. Algunas veces nos deteníamos cuando parecía que la vida podía salvarse y me dejaban guardar los cadáveres de las asesinadas para más tarde hacerles un pequeño funeral, proporcional a sus pequeños cuerpos, en el panteón donde están sepultados la mitad de mis ancestros. A mi hermano le importaban las mariposas sólo porque eran importantes para mí, y me asistía en las labores de rescate y entierro.

Hacía mucho de la última vez que estuvimos todos juntos en Michoacán. A veces me atacaba la nostalgia con una fuerza que me empujaba a regresar de improviso. Por eso, al poco de mi exitosa publicación volví a casa de mis padres con la intención de instalarme ahí unas semanas (yo vivía en el campo, cerca de Puebla, recluida como debe hacerlo una buena escritora). Apenas llegó, recibí un mensaje de mi hermano: “estoy en la ventana, corre”, y vaya que corrí, con el pulso acelerado de una mala premonición.

Me lo encontré sentado peligrosamente en el alféizar y con las piernas hacia el patio central de la privada, hacía el abismo cuatro pisos abajo, porque nuestra casa es alta y flaca, como sus habitantes. Intentando aligerar mis intuiciones oscuras le dije: “estás como Horacio”, pero no contestó el viejo chiste.

Con una gravedad de actor profesional en escena culmen, sin dramas exacerbados ni trivializaciones, comenzó a citar una por una las palabras de mi cuento. Yo en shock, absorta por la irracionalidad de todo, de él de la vida por ponerme en frente un evento sacado de una comedia tonta, al no saber cómo comportarme opté por seguir el libreto que yo misma diseñé. Y comparto un extracto de lo que representamos, los dos, en aquel momento de delirio:

—Por favor, no hagas esto. Deja de decir babosadas y ven para acá.

—No te acerques.

Se inclina amenazante hacia el vacío.

—Está bien, está bien—, responde ella alzando las manos y retrocediendo—. ¿Qué es lo que decías?

—Que al fin lo entendí todo. Hay personas que vinimos al mundo para ser la prueba de alguien más, para que pulan sus miedos y defectos. Yo soy uno de esos. Una herramienta. En cambio, tú eres un fin en ti misma, como el arte.

—No hagas esto—. Parece ser lo único que se le ocurre decir.

—No se trata de hacerlo o no hacerlo, en realidad, siempre estuvo hecho.

—No estás diciendo nada.

—Me refiero a que siempre he sido un lastre para los demás, se estresan pensando con qué nueva ocurrencia mía los hará pensar en la muerte. Llevas años temiendo esto, una vez que suceda, podrás descansar.

De pronto, el hermano sonríe de lado, pero ella no consigue descifrar su sonrisa. Quiere decirle que no, que está equivocado, pero no puede mentirle. No ahora.

—¿Te acuerdas de cuando pensaron que había matado a alguien? Porque llegué empapado de pintura roja y yo les seguí el juego, luego les dije que Joaquín había abierto una carnicería y para inaugurarla fuimos los amigos a destazar una vaca, como si fuera una piñata.

Ella intenta burlarse y reír con el recuerdo. Apelar a buenas emociones, emociones viejas.

—Es que cómo se iban a creer esa historia, si en las carnicerías ni sangre hay.

—Tú nunca has visto tanta sangre… es peor que cualquier droga.

—Tú tampoco, raro.

Pero el muchacho mira a otro lugar, se queda en trance unos instantes recordando o imaginando, en una de esas ausencias repentinas que a ella le enervan porque la aterran; son los breves instantes en que duda de su pureza. Vacilación que más tarde se recriminará frente al espejo.

 —Bueno, gracias por venir, voy a hacerlo.

Y el chico se inclinó un poco más hacía el adoquín que lo aguardaba veinte metros abajo.

En un golpe repentino caí en cuenta de que él llevaría la actuación al límite, que estaba comprometido con el texto, con el teatro y que en ese instante perdería cualquier gracia y sería el fin de mi vida. Así que deseché las palabras del relato que antes me parecieron tan precisas y ahora palidecían frente a la realidad. Mi imaginación fue ridícula y acartonada. Le arrojé mis mejores cartas.

Pedí que nos recordara en los viajes largos de la familia caminando con los brazos entrelazados. Mamá debió tomarnos cientos de fotos en la misma postura, ajenos al mundo, incluso al paisaje; reíamos frenéticos con la risa exclusiva que guardábamos para el otro, por libres y por idiotas. ¿No se acordaba cómo minaba las pesadillas que me robaban la paz? Tanto que jamás logré desembarazarme de ellas, porque él siempre venía a mi rescate. Cenar noche tras noche chocomilk, con los pijamas combinados, ver caricaturas y más tarde telenovelas cuando no había padres en la costa., ¿qué no sabía que todo aquello era hermoso, perfecto?

—Pasado—, completó él.

Seguí rascando hasta los recuerdos más elusivos, algunos en los que él era demasiado joven para recordar o en los que ni yo estuve presente y me conmovía con mi propia retórica. Lloraba y lloraba, porque en ese sentido, el de la egolatría más histérica, he sido una artista desde la inseminación.

Cuando terminé de hablar se me vaciaba el cuerpo, mi pecho era una carcasa rellena de un vacío poderoso, una ausencia pesada, expansiva, como el espacio exterior y vi en su cara un dolor inconmensurable, el desgarro que nunca vi de tanto tener miedo y al que tampoco quise mirar de frente, que sólo intuía porque él me lo ocultaba, me protegía. Exhausta, guardé silencio.

—La paz la encontraré en cuanto apague la luz.

—Pero ¿así? Vas a hacer a mamá y papá bajar a recoger tus restos, qué grosería.

—¿Tú crees? —, dijo casi divertido.

—Sí, a pegar el rompecabezas que no lograron terminar.

—Ni siquiera lo intentaron, y lo sabes.

Nunca lo escuché hablar así de claro, con las ideas en el lugar correcto. Pocas veces pensé que dentro de su excentricidad podía haber tanta coherencia, certezas e ideales; lo tomé por un loco, un loco adorable a quien había que amar y proteger sin comprenderlo. Ante mi silencio, continuó:

—Cualquier otra opción implica pausa. Aquí ya estoy listo y tú también, por fin. Jamás haría esto si no estuvieras lista para entenderme.

Nuestras miradas se atrajeron y apareció un mecate indestructible que iba de mi tercer ojo al suyo, una unión demasiado fuerte. Si yo no parpadeaba, si lograba mantenerme estática, una hora, dos días, cuatro años, él jamás saltaría. No se atrevería a romper nuestra complicidad construida tan silenciosamente con los años. Pero él quería irse, dejarme.

—¿Serás bueno? —, dije con lágrimas en los ojos, que me empujaban a un parpadeo que no cedería; no todavía.

—Mejor que nunca—. Y sonrío tembloroso, bello.

—¿Vas a pensar en mí?

—Serás lo único que me llevo conmigo

—Déjame agarrarte la mano, anda, una vez más.

—No querrás venirte conmigo eh, pilla—. Hace años no me llamaba así: pilla.

—Por ésta que no—, respondí como inducía el recuerdo, con una frase gastada y empolvada, que se hacía trizas al salir de mi boca. Sin darle tiempo del más mínimo movimiento, le tomé las dos manos y me las llevé al cachete. Estaban frías y, quizás por primera vez, firmes, secas, sin la humedad que de niño le sacaba ronchas, le daba comezón y lo hacía llorar desde antes que lo graduaran de la cuna al colchoncito.

—No sé cómo voy a seguir sin ti.

—Más tranquila, por supuesto. Ya no estarás preocupada por mis pendejadas. Lo peor pasará y me amarás como cuando éramos niños. Yo no puedo volver ahí, estoy roto y lo sabes, pero tú sí.

Nos quedamos un rato así, en contemplación de las piezas crecidas, deformes de lo que alguna vez fuimos. Brillantes y poderosos como el sol, sin esquinas, redondeados y tan suaves que ningún filo podría atravesarnos. La maldad resbalaba por nuestra piel, la misma piel.

Me tapé los oídos y cerré los ojos; grité tan fuerte como pude para bloquear el sablazo de su espíritu separándose del cuerpo, pegado con el peso de años; el madrazo de su ser dejándome sola, la mitad de una piel.

No logro entender qué es lo que me hizo asomarme a un horror que nadie debería enfrentar, nunca. Pero lo hice. Me asomé y lo que vi era tan enorme que mi cerebro se tardó en decodificar la imagen. Daba la impresión de una gran tela, como una casa de campaña dividida en dos, naranja y con venas negras, en las orillas círculos blancos como ojos. Era una gigantesca mariposa monarca, sello de nuestras raíces, insecto viajero y espiritual.

Uno de los costados se alzó de la manera más ligera y me ayudó a completar la imagen: las antenas, la cabecilla peluda y las dos perfectas alas que se formaban de cada lado. Ese era mi hermano. Sus billones de células reacomodadas en un insecto magnífico. Una crisálida que no supo encontrar el camino a la salida. O, pensándolo bien, lo estaba encontrando de la forma más extraña. Bajé corriendo.

Mirar un bicho que estamos acostumbrados a considerar minúsculo es extraño; hace que las mandíbulas se cierren y los dientes rechinen, una ansiedad ante los detalles que no solemos distinguir. Pero sus alas eran delicadas, traslúcidas. Levantó una de ellas para que me resguardara en su sombra y miré el cielo. El sol lo atravesaba.

Sus escamas (jamás pensé que las mariposas tuvieran escamas) guardaban un poco de esa luz y la hacían estallar en figuras geométricas. Su piel, que ya no era la mía, me llamaba. Estiré la mano hacia arriba y al acariciarla cerré los ojos. Toqué un terciopelo finísimo, y de pronto, nada.

Abrí los ojos asustada de que fuera la ilusión de una mente delirante, pero me encontré con muchas, miles tal vez, de mariposas monarcas de tamaño normal, como las que evitábamos atropellar camino a Michoacán. Eran tantas que formaban una nube, una manada (estoy segura de que así no se les llama). Me rodearon, me tocaron e hicieron cosquillas, un instante antes de dispersarse hacia el interior de la casa.

Han pasado más de dos semanas y mis papás aún me preguntan dónde está mi hermano. Insisten en saber si me avisó de sus planes —quién sabe en qué anda ese muchacho—, yo de seguro estoy enterada, porque en mí sí confía, sólo a mí me comparte sus cosas. Si supieran, lo poco que yo sabía…

Levantan el celular para llamarlo, pero pronto se olvidan para qué habrán agarrado el aparato. Cuando se acuerdan, lo buscan debajo de la cama, adentro del tarro de galletas, entre los libros en la estantería, con una desesperación cada día más falsa. Están contentos. Las mariposas los hacen olvidar la ausencia de su hijo y sus demás pesares, porque los padres también tienen propios problemas.

A mi madre se le detienen sobre el cuerpo y le hacen ahora un vestido, ahora un sombrero. Las mariposas, a pesar de ser insectos, despliegan cierta elegancia; son coloridas: no la perturban con su esencia. Siempre lleva al menos una en el pelo.

A mi padre las mariposas le recuerdan su tierra, pues de allá vienen y hasta Canadá llegan. Le interesan como un objeto complejo y valioso. De repente toma una entre sus manos y la analiza a contraluz. Lo he escuchado algunas veces incluso discutiendo con ellas sobre los mecanismos de la migración al norte, los resultados del futbol o las elecciones del próximo julio.

Es increíble lo que sucedió, me digo de pronto, pues si hay algo que no debe decirse es que a veces, el suicidio puede ser maravilloso.


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada de "La tierra baldía" de T.S. Eliot. Editado por fce, Universidad del Claustro de Sor Juana, 2022.
Portada de “La tierra baldía” de T.S. Eliot. Editado por fce, Universidad del Claustro de Sor Juana, 2022.

Nadie, ni en la más recurrente de sus pesadillas, adivinaría con qué puntualidad perfecta y oscura se repite la historia.

Suele decirse que 1922 fue el año de años del siglo xx literario. Una Europa afantasmada por la primera Guerra Mundial (1914-1918) vio la publicación de Ulises, de James Joyce; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y Elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke. Una América Latina desgarrada y convulsa dio a luz Trilce, del peruano César Vallejo, y El soldado desconocido, del nicaragüense Salomón de la Selva, la Paulicea desvariada, del brasileño Mário de Andrade y el manifi esto estridentista, redactado por el mexicano Manuel Maples Arce el 31 de diciembre de 1921.

Luego de exactamente un siglo, el mundo vuelve a oír los tambores globales de una guerra local —esta vez, en Ucrania—, a lidiar con los estragos sociales, sanitarios y económicos de una pandemia —la del covid-19, un virus semejante al de la “gripa española”— y a escindirse por extremos políticos e ideológicos —el robustecimiento de la ultraderecha y la agonía del pensamiento liberal—. Deudos de nuestra época, sentimos los coletazos de la historia en tiempo real y en carne viva. Borís Pasternak advirtió en El doctor Zhivago: “Nadie hace la historia. La historia no se ve, como no se ve crecer la hierba”. La historia, sin embargo, se pone en marcha y se hace visible en la poesía —que cataliza y acelera las metamorfosis de la lengua común— con algo más que fechas concretas, datos duros y personajes clave. Verdura de las eras, la historia crece a la velocidad centrífuga del verso, aunque termine por adquirir la forma peculiar que la contiene, por recortarse nítidamente contra ella. En el caso de T. S. Eliot (San Luis, Misuri, Estados Unidos, 1888-Londres, Reino Unido, 1965), la historia es el predio abandonado de las civilizaciones, un Edén convertido en deshuesadero. Lejos están “esas horas / de esplendor en la hierba, de gloria entre las flores” que anheló William Wordsworth, en un último intento del romántico por volver a la infancia. Sólo resta preguntarse, con la conformidad del sobreviviente o la incredulidad del fallecido,

¿Cuáles son las raíces que se aferran, qué ramerío crece

de estos pétreos cascajos? Hijo de hombre,

no lo puedes decir ni adivinar pues conoces tan sólo

una pila de imágenes quebradas donde golpea el sol

y el árbol muerto ya no da cobijo ni los grillos consuelo

ni la piedra reseca el sonido del agua.

(“El entierro de los muertos”)

Después de cien millones de víctimas por aquella guerra y aquella pandemia, la tierra lucía fértil únicamente en muertos. “¿Ya retoñó el cadáver que hace un año plantaste / en tu jardín? —formula Eliot, e insiste:— ¿Florecerá este año?” En una tierra así de ubicua y desolada, la hierba crece en las tumbas y devora las lápidas de los cementerios.

 

*

 

La tierra baldía, La tierra yerma, La tierra estéril, La tierra agostada, El páramo, El erial… Desde su título, sin importar cuál traducción se prefiera o se acuñe, The Waste Land —publicado como libro en diciembre de 1922— ofrece un claro ejemplo de lo que Eliot llama “correlato objetivo”: “un conjunto de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos que sean la fórmula de esa emoción en particular; de modo que, cuando los hechos externos, que deben terminar en experiencia sensorial, estén dados, la emoción sea inmediatamente evocada”. En ninguno de los 434 versos aparece la expresión que nombra al conjunto y, sin embargo, en las cinco secciones del poema resulta malestar y síntoma, atmósfera y esencia, lugar y metáfora. Antes que apelar a la emoción directa, el correlato hurga en la memoria afectiva que guardamos de cosas y seres —y, en el caso de la frase “la tierra baldía”, la que guardamos de ese sitio—; antes que nombrar el miedo y condicionar nuestra reacción, Eliot muestra “el miedo en un montón de polvo”; antes que referirse a la soledad y a la muerte, el poeta propone ver “los huesos regados en un seco desván”.

La agonía de Occidente, las convulsiones de la democracia, los cismas individuales de la fe, la vitalidad de los mitos griegos y la inquietud por la filosofía oriental; incluso la literatura entendida como saqueo y no como museo, o los trastornos de una generación anímicamente amputada… Lo anterior y mucho más comparece en imágenes inapelables: un invierno que “cubría / la tierra de nieve olvidadiza [y] criaba / una vida pequeña con tubérculos secos”, “la sombra de esta roca roja”, “multitudes que caminan en círculos”, “la piedra colorida / en cuya triste luz nada un delfín tallado”, “muñones lívidos de tiempo”, “un callejón de ratas / donde los hombres muertos extraviaron sus huesos”, “el monte muerto boca de los dientes con caries incapaz de escupir”, “murciélagos con caras de niño en luz violeta”, “Fragmentos que afiancé contra mis ruinas”. Imágenes que dicen —o postulan— más que mil palabras gastadas. El “correlato objetivo” demanda que la emoción personal proyecte una imagen concreta. Aunque baldía, la de Eliot sigue evocando inmediatamente la promesa de una tierra.

 

*

 

Pero el poema de Eliot no sólo constituye “una pila de imágenes quebradas”, las esquirlas de una granada que estalla en los ojos del lector. Por lo variopinto de sus hablas y tonos —que abarcan el diálogo, la canción popular, la confesión, el rezo, la didascalia y las citas textuales—, La tierra baldía es una pieza coral donde las voces de vivos y muertos, de personas y personajes, se atropellan, se travisten de otros o de versiones pasadas y futuras de sí mismos.

Ya en “La canción de amor de J. Alfred Prufrock” (1917), Eliot había creado a un señorito inglés que, a la deriva de su propia vida, admite: “soy de la comitiva, uno que basta y sobra / para engordar la trama, arrancar una escena o tal vez dos”. No es casual que Eliot escogiera el monólogo dramático para Prufrock, una modalidad que tuvo su esplendor en la época victoriana con Browning y Tennyson, opuestos a la pomposa lírica prerrafaelita. Harto de la nostalgia por los paisajes exteriores e interiores del romanticismo inglés, Eliot rescata el monólogo dramático en “La canción de amor…” y lo actualiza en La tierra baldía; su antena ya no capta a un individuo sino a un grupo de inadaptados: miembros de la realeza y profetas caídos en desgracia, médiums y comadres que charlan sobre el clima o un aborto, mecanógrafas y empleados que se seducen y olvidan por tedio, exploradores y marinos sin rumbo… Tal comunidad se arrebata la palabra e intenta comunicarse desde la angustia, la impotencia y el caos. De ahí las fallas de origen de sus matices y expresiones, la imposibilidad de “conectar / nada con nada”. Una ópera en retazos para un elenco que, al concluir sus respectivas arias, desaparecerá de escena.

Cuando el poema llegó a manos de Ezra Pound se titulaba He Do the Police in Different Voices [Imita a un policía en varias voces]. “Gracias a Dios —admite Eliot— que [Pound] redujo casi a la mitad un desastre de cerca de ochocientos versos.” Quienes revisen La tierra baldía. Facsímil y transcripción de los bocetos originales (1971) apreciarán el trabajo impecable e implacable de Il miglior fabbro (“El mejor hacedor”), su hondísima huella en el texto definitivo. Pound ayudó a que el talento de Eliot para las imitaciones madurase en un don para las caracterizaciones. Como la de Virgilio en la Comedia de Dante, la voz de Pound es un personaje central del poema de Eliot —al menos, de la lengua del poema—.

 

*

 

De no ser porque miles de millones temen su existencia ulterior, el “Infierno” constituiría un ejemplo de “correlato objetivo”. Ambientado en la escatología cristiana, el poema de Dante se atreve a concebir los estadios de la vida futura que promueve su religión. En el poema de Eliot, cada sujeto, cada voz, sólo puede imaginar su vida presentísima y aislada. “Eliot ve en la autodestrucción de Europa un paralelo [e incluso, un correlato objetivo] de su derrumbe personal”, señala José Emilio Pacheco sobre La tierra baldía. Si no la habitáramos, ésta constituiría un buen ejemplo de “infierno”, un correlato más en el que cada alma, al pensar en la llave de su salvación o libertad, “corrobora una cárcel”. Eliot evoca inmediatamente la emoción de un “derrumbe personal” a través del derrumbe del poema: una torre de Babel o un Puente de Londres que, en la célebre ronda infantil, is falling down, / falling down, / falling down (“se está cayendo, cayendo, cayendo”).

 

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… una obra de arte, a la larga, siempre se reconoce según los valores tradicionales, clásicos, las grandes convenciones seculares, que cambian tan lento que no vale la pena hacerse ilusiones de que vamos a presenciar el cambio —apunta César Aira, y remata:— No importa todo lo revolucionaria o provocadora que sea la obra: valores de ruptura e innovación cuentan sólo en el primer momento, en la aparición de la obra, en la recepción que lleva implícita. Después, cuando la trabaja el tiempo, vuelven a imponerse, a favor y en contra, los valores tradicionales.

Los lectores contemporáneos de La tierra baldía han presenciado ya un cambio en “las grandes convenciones seculares” que, hace cien años, juzgaron el ars combinatoria de Eliot con dureza y estupor. Nadie, entonces, hubiera adivinado que el poema se convertiría en un clásico insumiso, en una lección crítica de rebeldía: una escuela donde el talento individual aprende los mecanismos de la tradición —“impulso, energía y organización”, al decir de Pierre Boulez— para hacerla volar en pedazos. Un talento individual, en palabras del compositor francés, como “fusión del artesano y del hechicero”, pero también del arquitecto y del terrorista.

Los viejos sitios de peregrinación suelen ser laboratorios de credos por venir. La tierra baldía seguirá atrayendo lectores a condición de que éstos, en un acto de fe, se deshagan de los dogmas como si fueran mercaderías y alcen nuevos templos para que otros los dinamiten.

 


Autores
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.