Era un humilde teatro parisino ubicado en la avenida que conecta el bulevar Saint-Germain con la Plaza Denfert-Rochereau. No había pasado más de un año desde que el prolífico actor y director Jean-Marie Serreau lo inauguró, y tampoco pasaría más de un año para que cerrara sus puertas debido a las dificultades financieras que acompañan a la taquilla baja.
Breve y accidentado, el recinto no necesitó dilatarse en el calendario para dar origen a una de las tradiciones dramáticas más importantes de la historia contemporánea.
Durante la noche invernal del 5 de enero de 1953, el Théâtre de Babylone vio llenas sus pocas butacas, mientras atestiguaba uno de los episodios más estimulantes del arte del siglo XX. La intriga y la curiosidad, más que los propios humanos, fueron la presencia mayoritaria.
Se han cumplido ya setenta años desde que En attendant Godot fuera puesta en escena por primera vez bajo la dirección de Roger Blin, el admirado dramaturgo que protagonizó el panorama parisino, después de emerger de la tutela de Antonin Artaud.
Samuel Beckett, autor en pleno ascenso responsable de la obra, ganaría el Premio Nobel de Literatura 16 años más tarde. Y lo cierto es que ni Blin ni Beckett, al menos durante esa expectante noche inaugural, fueron capaces de prever la revolución y la polémica que quedaría imantada a su trabajo para siempre.
II. Beckett, la desmesura discreta
Emil Cioran, en uno de los pasajes de los Cuadernos1, dejó bastante clara la primera impresión que le provocó enterarse de que Beckett recibiría el Nobel: “¡Qué humillación para un hombre tan orgulloso! La tristeza de ser comprendido.” Y es que, para Beckett, hay que decirlo, el enigma es la mayor de las dignidades de un artista.
Construido con medios estéticos y ontológicos completamente distintos al de su maestro dublinés, el inescrutable laberinto literario de Beckett terminó por tener aspiraciones similares a las de James Joyce.
A pesar de que las obras de ambos irlandeses se emparentan por una infranqueable naturaleza en común, el más joven tuvo la cautela necesaria para emanciparse de la sombra creadora de su mentor.
Desde sus primeros textos, el autor de Malone Meurt se había distanciado de la hipertrofia —lingüística y narrativa, desde el rincón que se prefiera observar— que caracterizó a la producción joyceana.
A Beckett le interesaba el desolador laconismo que subyace en la decadencia humana y atinó en formularlo con una austeridad perturbadora. La proyección de un humor disparatado en medio del pesimismo que empleó para sus primeras tres novelas, se agudizó en el prodigio absurdista que Esperando a Godot encarnó más tarde.
La escritura desde los solipsismos afectó considerablemente la comodidad de Beckett. Durante su estancia parisina que extendió de 1946 a 1948, apenas recuperado del horror nazi que lo persiguió en los años previos, tuvo la sensación de que su prosa novelística era mediocre. Con recurrencia les decía a sus amigos que la escritura de una pieza teatral le ayudaría a encontrar un descanso, un lugar habitable2.
A pesar de la renovación que significó para su autor, Esperando a Godot tendría grandes dificultades para encontrar escenarios dignos de su radical propuesta.
III. Blin, la salvación
Suzanne Déchevaux-Dumesnil acompañó a Beckett durante las tardes de los años treinta, en las que ambos practicaban tenis, al igual que durante las noches de inicios de los cuarenta, en las que ambos tuvieron que escapar de las amenazas del ejército alemán.
La pianista de izquierda apoyó la trayectoria literaria de su esposo con la misma devoción y cariño que merecieron el resto de los aspectos de su vida.
Suzanne evitó que Beckett desistiera en sus esfuerzos profesionales de publicación, al presentar sus libros a todos los editores con los que se topaba. Cuando Esperando a Godot estuvo lista, ella misma se encargó de buscar un productor que la llevara a los teatros. El intento fue igual de fallido: a nadie le interesaba poner en escena una obra que carecía de una trama convencional (y que, de cierto modo, se resistía a tener una en absoluto).
Fue entonces cuando Suzanne pensó en un posible salvador del teatro de Beckett: Roger Blin. Más de diez años atrás, el hombre había ganado notoriedad con su aparición en la adaptación de The Cenci que estuvo a cargo de Antonin Artaud; también era conocido por haberse aventurado en la innovación mímica de Jean-Louis Barrault y por valerse de ciertos asomos experimentales en su trabajo como director. Un tipo de su perfil sería la mejor de las apuestas.
En efecto, Blin le volcó su fe a la obra. Después de pedirle dinero prestado a sus amigos y de ganarse una subvención gubernamental —sin la posibilidad presupuestaria de recibir honorarios por las presentaciones, ni él ni Becket—, el director tuvo lista la puesta en escena la noche del 5 de enero de 1953.
El reparto consistió en Pierre Latour como Estragon, Lucian Raimbourg como Vladimir, Jean Martin como Lucky y Serge Lecointe como el Muchacho. El mismo Blin se encargó de interpretar a Pozzo.
Muy pronto, Esperando a Godot se ganó el peculiar prestigio de las obras con recepción contradictoria. No sin risas de por medio, sólo se me ocurre un caso tan radical como el ocurrido en 2013, cuando el medio de crítica musical Pitchfork lanzó una encuesta a sus lectores de todo el mundo preguntándoles sus preferencias del año. Yeezus, de Kanye West, ganó el primer lugar en las categorías de álbum más sobrevalorado, álbum más infravalorado y mejor álbum. A Beckett le pasó algo así, más de medio siglo antes.
Genio y charlatán son dos palabras a las que les gusta caminar de la mano. El irlandés lo aprendió temprano en la vida. Por un lado, muchos de los asistentes consideraron al Godot como una burla a la inteligencia y al buen gusto, un producto a modo para que el esnobismo de la época se regodeara en los sinsentidos y la opacidad.
Por el otro, no tardaron en aparecer las voces que reconocieron a la obra con un entusiasmo bastante nutrido de alegorías e interpretaciones diversas. Jean Anouilh, el autor de Antígona, tuvo el tino de entregarle sus primeras flores al trabajo que Beckett y Blin lograron forjar en medio de las precariedades y los contratiempos:
No pasa nada. Nadie viene, nadie va, es horrible. Esta línea, dicha por uno de los personajes de la obra, proporciona su mejor resumen. Godot es una obra maestra que provocará la desesperación de los hombres en general y de los dramaturgos en particular. Pienso que la noche de estreno en el Théâtre de Babylone es tan importante como el estreno de Pirandello en París en 1923, presentado por Pitoeff3.
Pasaron años para que, durante las presentaciones de Esperando a Godot, dejaran de ocurrir ciertos episodios que se practicaban con regularidad protocolaria. Cuando el teatro no se vaciaba antes del segundo acto, a los presentes les gustaba quedarse para gritar entre diálogos y arrojar cosas al escenario. Las risas abundaron siempre.
Era el tiempo en el que Beckett aún no conocía del todo la humillación de ser comprendido.
IV. Tras el telón
Setenta años, sí, con un Nobel y la inmortalidad de por medio. Poseedor de un destino común a los hombres y las mujeres de su estirpe intelectual, Beckett —su estudio, sus interpretaciones, su referencialidad— emigró de la literatura y llegó a asentarse en el cine, las artes visuales, el psicoanálisis y todos los rincones imaginables de la cultura popular4.
La espera es una presencia inamovible en toda su obra. Símbolo y a la vez ecosistema, en ella se explica la enorme plasticidad con la que el universo literario del autor pudo adaptarse a diferentes medios. Sin la intervención de mayores cosmogonías, se trataba, siempre, de una espera humana.
A la luz de esto, Lois Gordon consideró que el mayor ingenio de Beckett se veía reflejado a la hora de trazar las relaciones de sus personajes entre sí, ya que comparten la difícil situación de pasar el tiempo, es decir, de vivir en el acto de esperar5. La lógica de la acción suspendida.
A pesar de su errático discurso y de su conducta caprichosa, Vladimir y Estragon no dejan de manifestar, en su interacción, la dinámica interna de los componentes racionales y emocionales del comportamiento humano. En ocasiones siendo dos partes de un mismo Yo y, en otras, dos niveles diferentes de una misma realidad, los protagonistas de la obra extienden sus horas en medio de un mundo desgajado y trunco.
Toda la inmovilidad y el absurdo se condensan y afloran en cada una de las facetas de Esperando a Godot. No en balde, el primer diálogo funciona como una advertencia que, al mismo tiempo, pareciera ser una resignación universal: No hay nada que hacer.
Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Lo que alguna vez fue un piso de oficinas en renta se transforma hoy en “la Capilla Sixtina de los call centers”. Este es el ambicioso mural que presenta José Eduardo Barajas sobre el techo de Proyectos Multipropósito, galería ubicada en el segundo piso de un edificio aledaño a un estacionamiento en la calle Sevilla, en la Ciudad de México. Desprovisto de la sofisticación de antaño, el inmueble permanece activo gracias al entrar y salir de los automóviles. La pandemia desplazó a quienes alguna vez trabajaron en la maraña de explotación típica del call center. No es, como podría pensarse, una rehabilitación del espacio y su mera reactivación mercantilista; tampoco opera dentro de los márgenes de la gentrificación, aunque los roza; el funcionamiento de la Juárez aparece hoy ya dominado por otro tipo de economías y poblaciones en una dinámica social más compleja de lo que aparenta. El proyecto de Barajas contesta a un proceso de modernidad inestable que hace de la colonia Juárez un sitio clave para comprender dicho proceso en la capital mexicana.
Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Varias décadas atrás la Juárez simbolizaba el entramado de la bohemia a la par de una siempre postergada bonanza económica. Hoy se ha convertido en una vida contradictoria de bares y AirBnBs para extranjeros al lado de antros de ambiente condenados a su eventual clausura; a la par, coexisten comercios, puestos y habitantes en la pobreza que día con día se cruzan, ajenos e irritables, en una suerte de Torre de Babel. Acaso la Juárez se ha convertido no solo en un sitio de especulación inmobiliaria, sino en un vasto no-lugar (el término es de Marc Augé) que intenta reanimar la prosperidad de la clase porfiriana elitista que le dio vida1. Barajas introduce un significado artístico sobre este vacío de significación histórica y esta amnesia con respecto a la arquitectura citadina. Mediante fragmentos de un paisaje natural convencional reanima este otro paisaje que habitamos, contradictorio e incomprensible, donde la transitoriedad dicta el periplo de sus habitantes.
Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
La pintura de José Eduardo Barajas es un lago donde confluyen como ríos diversas tradiciones pictóricas. Depende del horizonte de expectativas del espectador descubrir las referencias, sin que por ello sean codependientes. Las alusiones sirven, en todo caso, como hipervínculos. Aunque las citas provienen de otras tradiciones, sería incorrecto pensar que el arte mexicano debe leerse desde esquemas eurocéntricos. Este legado colonialista no es culpa de nuestra época sino de la herencia del academicismo decimonónico que hizo del arte europeo el paradigma a seguir para producir el local; poco a poco, espoleado por los conflictos armados y las transformaciones ideológicas en el seno de la revolución, nuestro arte consiguió soltar un poco más esas cadenas como lo evidencia un destacado manifiesto de Siqueiros en 19212. Barajas dialoga con el academicismo decimonónico en términos de técnica, es cierto; pero temática e iconográficamente lo subvierte.
“Mercurio líquido”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm
“Peso”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm
Una referencia crucial para comprender el ejercicio meta-pictórico de José Eduardo Barajas es Eugenio Landesio (1810-1879). Teresa del Conde lo llamó “el primer ‘teórico’ del paisaje mexicano”3. Landesio fue maestro, a su vez, de José María Velasco. En el compendio “Cimientos del artista, dibujante y pintor”, Landesio sistematizó una serie de preceptos para la construcción adecuada de paisajes. A partir del estudio de la geometría, Landesio formuló nociones para obtener efectos de refracción, sombras, espejos y luz. De la última, detecta dos vertientes: natural y artificial. De acuerdo con Landesio, “cuando la atmósfera está pura, vemos los objetos a grandes distancias”4. Pero la pintura de Barajas no captura la pureza del Valle de México, según consigna Alfonso Reyes en “Visión de Anáhuac” —otro texto fundacional sobre el paisaje nacional—, “donde el aire brilla como espejo” y la “atmósfera es de extremada nitidez”5, sino la película de smog citadina y la experiencia caótica de la urbe. “No tuve una idea preconcebida del paisaje”, asegura José Eduardo. “Empecé hace siete u ocho años pintando protectores de pantalla de paisaje. Me interesaba explorar la relación entre la naturaleza y lo digital”6. Su inquietud desembocó en una vasta investigación sobre las transformaciones en la representación del paisaje y sus diferentes etapas a lo largo de la historia del arte.
”Aniquilación 2”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm
Vista de sala de “Tierra-Tierra” (2020). Cortesía de Neo-tortilleria
La luz y sus refracciones, a la par de los efectos ópticos que ésta devuelve, serán una constante en la obra de Barajas. De la misma forma que los primeros pintores del renacimiento italiano entendieron la conexión entre el espacio pictórico y el espacio ambiental (tal como lo hizo hace unos años en el jardín Barragán), su trabajo problematiza la luz, de lo oscuro a lo luminoso, en consonancia con la idea de esplendor que concibieron los filósofos medievales como la “manifestación de la visión entre el ojo y el objeto visto”7. El juego de sombras en las imágenes de Barajas introduce, además de la contaminación atmosférica, el ruido del del internet al adaptar la producción de sus imágenes a la lógica del scroll y el algoritmo. Ya no es el paisaje estático, eternizado, único y fijo del paisaje tradicional a la manera de Velasco, sino la temporalidad efímera de las imágenes en un iPhone, escurriéndose en un repliegue del tiempo cuyo movimiento no se puede medir, pues obedece a la inmediatez del “tiempo real”8. De acuerdo con la historiadora Natalia de la Rosa, la obra de Barajas rompe “con la mirada panorámica tradicional de los paisajes políticos del siglo XX y XXI” al plantear un “horizonte en crisis”, noción a la que volveré más adelante9.
Vista de instalación de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art
Vista de sala de “¿Por dónde sale El sol?” (2020). Foto por Diego Berruecos. Cortesía de Relaciones Públicas Art
Un cuadro al óleo de Barajas ilustra bien aquella puesta en crisis. Un resplandeciente moño de regalos plateado interrumpe la vista del paisaje tradicional. El moño es sinécdoque del entorno contemporáneo que no concuerda con la grandilocuencia del paisajismo político de la segunda mitad del siglo XIX. ¿Cómo representar hoy en día el paisaje nacional con las intromisiones de la vida urbana? Interrupción y subversión. Para subvertir el paisaje, debemos leerlo, ante todo, como una ficción en sí mismo. ¿Se trata entonces de un atentado hacia la grandilocuencia y la solemnidad de un género pictórico manipulado por intereses nacionalistas e institucionales?
“Moño”, 2022, óleo sobre tela, 50×60 cm
“The closer we get, the deeper we are hurt”, 2021, óleo sobre tela, 100×80 cm. Colección de Jos Sacre
Barajas retoma el gesto anti-grandilocuente de Gerhard Richter. Específicamente, de los paisajes que Richter comenzó a pintar a partir de fotografías tras un viaje a Córcega en 1968. Richter hizo de la fotografía el material primario para sus paisajes románticos “vacíos de expresión”. No obstante, el procedimiento de Barajas se asemeja más a las series abstractas de Richter una década más tarde, donde la solución pictórica definitiva se descubre en el proceso y se delimita por la arbitrariedad, el azar y, sobre todo, por no trabajar a partir de ninguna imagen referencial concreta. Cada panel del mural de Barajas se esboza sin rumbo fijo. Es una no-composición que plantea nociones más bien subjetivas del paisaje. La intuición guía al pintor hacia recuerdos que no puede alcanzar, envolviendo al espectador en una ambientación bucólica.
Estas aerografías —en total, más de 600 paneles desprendidos del techo de la oficina— sugieren un planteamiento literario: una crónica personal de memorias, momentos transitorios y pérdidas. El efecto conseguido es muy parecido al del haiku: el tallo de una planta se confunde con un chorro de agua, tal como sucede en los mangas de onomatopeyas de Yuichi Yokoyama, donde cada viñeta intenta capturar “el sonido del líquido al derramarse” y “el sonido del papel al caer”10. La naturaleza no es estática sino que está en permanente movimiento; es toda multiperspectivismo. De ahí que el pintor capture la belleza del instante y la fugacidad, dejándonos una sensación de déjà-vu o sueño lúcido. El flujo de lo efímero recorre al cuerpo de obra en su totalidad. Afirma Christine Buci-Gluksmann que lo “efímero es aceptar lo fluyente y lo flotante”11, y, a la manera de Manet, el fotorrealismo onírico de Barajas, engendra un plano-cristalino que lo iguala todo en una misma superficie: flores, frutos y nubes12.
La instalación pastoral de Barajas nos lleva a su propia Arcadia, localizada difusamente en sus años de infancia: un bosque de nieblas en Santo Tomás Ajusco. En Landscape and Memory, Simon Schama distingue dos tipos de Arcadia: una de ocio bucólico y otra de pánico primitivo13. La tradición arcaica de la región imaginaria griega iba de la mano con el mito de Pan y la fecundidad de la naturaleza. A partir de Virgilio, la construcción de Arcadia comenzó idealizarse como la antípoda del campo de trabajo y fue despojada de su salvajismo al ser domesticada por el orden económico como un sitio de ocio y perfecta convivencia con la naturaleza. A mediados del siglo XVI, conforme empezó a circular la obra literaria de Virgilio, las bestias abandonaron Arcadia, y esta se volvió el modelo bajo el cual se diseñaron villas y jardines14. El rediseño idealizado de Arcadia fue producto de la mente ordenada y no del juego desenfrenado de los sentidos15. La Arcadia que Barajas nos entrega en su mural aparece fragmentada por la memoria. Prevalece la acechanza de los orígenes y la necesidad de erigir símbolos personales.
El repertorio del pintor se nutre del diario visual que ha llevado desde hace varios años. Este diario, publicado bajo el título SKY (que, desde luego, invita al juego de apropiación al aludir a la compañía de televisión satelital) propone una combinación de imágenes y secuencias narrativas que se desploman con un ritmo vertiginoso. De tal manera, Barajas desafía las convenciones del diario al “escribirlo” tan solo con dibujos. Ejercicio obsesivo de variaciones, cada viñeta o grupo de viñetas evoca una anécdota mediante una organización secuencial derivada del cómic, puesto que “es posible contar una historia con la sola imagen, sin el soporte de las palabras”16. Barajas lo llama, en efecto, un cómic sin texto: “Me interesa la trascendencia del cotidiano y cómo desde el mismo lenguaje cotidiano se puede generar una forma de expresarse en sí misma”.
SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez
SKY. Publicado por Vacaciones de trabajo (2018) Foto por Ramiro Chávez
No podemos ignorar el aspecto visual y material de tantos diarios literarios en la historia de la literatura hispánica; sin embargo, son raros y excepcionales los casos de diarios contados decididamente a partir de dibujos. La mirada del diarista, que ve y escribe del paisaje que tiene frente a sí, como señala Ana Caballé, persigue un paisaje que hoy se sabe destruido o modificado: “Muchos diaristas expresan la conciencia afligida de haber tenido que renunciar a la singularidad del paisaje en beneficio de la uniformidad o de la masificación, o bien se refugian literariamente en un entorno que por alguna razón mantiene todavía una cierta idea de belleza”17. Barajas transforma el diario íntimo en un cómic desestructurado y polivalente. Manual de instrucciones de uso o historial del cuerpo y sus experiencias, la trama se anima con retazos provenientes de la televisión y la imaginación personal. El dibujo como práctica de resiliencia frente a la alienación de lo cotidiano.
¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez
El artista advierte la serialidad de las imágenes en otros momentos de la historia del arte, de las cuevas de Lascaux a los códices precolombinos. Este esquema fue “la herramienta más primigenia que descubrió para contar una historia”. El dibujo de una moneda o un billete con bolígrafo y colores sirve como comentario irónico a las presiones económicas del artista que comienza a independizarse y vivir de su obra. En otra viñeta, un calentador de inmersión sirve como “símbolo de resistencia” frente a una realidad agridulce que se intenta mirar con optimismo. La secuencia desorientadora de las viñetas genera dinamismo y tensión, de servir hielos a cocinar huevos hasta utilizar herramientas. Narra el drama de supervivencia donde el artista aprende y fracasa al explorar el mundo circundante y los gajes del oficio.
¿Por dónde sale el sol? Publicado por Relaciones Públicas Art (2020) Foto por Ramiro Chávez
“Yo encontré sentido del arte a través del oficio, de dibujar todos los días”, afirma Barajas la tarde que nos encontramos en el segundo piso de Sevilla. No por nada su ritmo de producción puede llegar a lo frenético, a veces pintando hasta diez a doce horas diarias, contra viento y marea, con escasos intervalos de descanso, asistido por Andi García, joven pintor de Michoacán. Barajas admite que en el proceso de su gran obra, su “capilla sixtina de call center” le ha servido como “terapia y catarsis” tras la muerte de su hermana. Una de las primeras imágenes de esta serie (la única de la serie que toman una fotografía como referencia) capta las refracciones de la luz sobre el agua en Puerto Escondido, cuando el pintor se despide y devuelve al mar las cenizas, creando así, como una constelación de fragmentos, una geografía personal sellada por el duelo y la pérdida. Hay algo trágico en la obra cuando nos rescata del desmoronamiento. En otras palabras, la obra tiene la posibilidad de monitorear atmósferas y climas emocionales.
Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
El vasto mural a techo que Barajas se ha propuesto completar en cuestión de tres meses conforma una “estética melancólica”. El fragmento, advierte, Jacky Bowring en Melancholy and the Landscape, induce a la contemplación melancólica conforme el espectador reconstruye en su mente aquello que ya no está completo18. A diferencia del paisaje vigoroso, brillante y diverso en colores, el paisaje melancólico posee colores tenues, se acerca a lo monocromático y es de contención compositiva19. Barajas obtiene esta textura a través de la técnica veneciana, de magro a graso. Pero la melancolía empieza justo en el entorno donde la obra nace, el call center abandonado, otrora el sitio donde la juventud se subcontrata con “trabajos de paso” en dinámicas perversas de explotación laboral. No es solo el horizonte en crisis del paisaje como género lo que mira el artista, sino también el horizonte incierto e inestable de la juventud. Por todo lo anterior, José Eduardo Barajas ha conseguido ser el pintor mexicano que habla directamente a un sentimiento compartido por toda una generación.
Viernes 13, 2023 – Ciudad de México
Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Vista de estudio en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Retrato de José Eduardo Barajas en Proyectos Multipropósito. Foto por Javier Silva
Portada de la película “Gato con Botas: el último deseo”, 2022. Director: Joel Crawford. DreamWorks Animation.
Si tienes entre quince y treinta años probablemente hayas visto el meme de Martin Scorcesse con las manos levantadas y expresión sorprendida acompañado de la leyenda: “Me atrapaste, ¡es cine!”, comúnmente utilizada cuando una muestra audiovisual (por lo general, un clip con alguna conversación mamalona de la película de moda, como es el caso de la batalla final del Gato con Botas: el Último Deseo) es del agrado del espectador.
Este tipo de memes se da al mismo tiempo que una chaviza con acceso a internet, poco a poco, se interesa más por consumir productos culturares más enriquecedores. Internet, la era de la información y la piratería han contribuido a ampliar el bagaje y el criterio del público; hecho que trae consigo una mayor necesidad de obras que valgan el tiempo invertido. Entre los criterios de estos cinéfilos amateurs para determinar qué películas son “buenas” está, entre otras cosas, la fotografía, banda sonora y el guion.
El que una pieza te provoque algo sin necesidad de un conocimiento extenso la hace chingona, pero el explorar su composición ayuda a lograr una apreciación más completa. Como yo no soy un experto de música ni de fotografía, les hablaré sobre la catarsis en el guion del Gato con Botas y sobre dos comentarios recurrentes que se pueden encontrar en grupos de Facebook dedicados a la noble tarea de discutir y compartir memes sobre el séptimo arte.
La catarsis se da al exaltar los ánimos del público enganchado o provocando en la obra en un acto de crecimiento interno, pero ¿cómo se engancha al público?
¡Pero mira ese desarrollo de personaje!
Una de las características que debe tener la tragedia según Aristóteles es que el protagonista se transforme y crezca a lo largo de la historia.
La tragedia consta de cuatro actos a través de los cuales nuestro personaje pasa por diferentes estados, tanto internos como circunstanciales; estas partes son prólogo, episodio, éxodo y parte coral —ésta última es generalmente una lamentación por el destino del protagonista—.
La alteración de los estado del héroe no deben ser arbitrarios, sino que están sujetos a la peripecia y la agnición, que es el actuar de manera imprudente, debido a la pasión o la ignorancia, que en la mayoría de las veces, suele llevar a un lance patético con un resultando fatal.
En la película (alerta de spoilers a partir de éste punto) de El Gato con Botas: El último deseo (2022) vemos a un Gato que ha agotado ocho de sus vidas y se dispone a encontrar la mítica Estrella de los Deseos para pedir otras nueve; sin embargo, la Muerte lo está cazando y compite por llegar a la Estrella con Ricitos de Oro y su familia criminal de Osos, así como Jack Horner: un tipo que es malo solo por ser malo, y su viejo amor: Kitty Patitas Suaves.
Para los poetas griegos, la tragedia era una oportunidad de enseñar qué pasaba cuando uno intentaba ir en contra del destino. Gato quiere comerse un guajolote en el monte él solito… (otra vez se me cruzaron los canales) es decir, intenta burlar a la Muerte porque, como muestra su pelaje erizado en el primer duelo, tiene miedo de ésta. No obstante, el encuentro con Kitty y la aparición de un Perrito sin nombre, le hará replantearse sus objetivos, hasta el punto que varios personajes terminaran por decirle: “ya no eres el mismo que conocí”.
El protagonista, al ir cambiando, aprendiendo y negándose a la verdad al mismo tiempo, ya que es humanamente contradictorio, le permite al espectador identificarse con él.
La identificación y el desarrollo tienen el objetivo de convertirnos en partícipes de la obra para que, cuando el protagonista tenga esa revelación o castigo, mediante el cual purga sus males, el espectador haga lo mismo.
Durante el último deseo acompañamos a Gato, pero al ir conociendo las motivaciones detrás de cada uno de los personajes, cada unx puede identificarse con quien más se le acerque.
Kitty, después de haber sido plantada por Gato en su boda, anhela encontrar a alguien que nunca la traicione. Ricitos revela en una discusión con Bebé Oso que desea una familia normal. Gato, al haber desafiado a la Muerte en un acto de agnición busca escapar. Perrito dice no tener ningún deseo pues ya lo tiene todo: un suéter chido y dos buenos amigos. Jack, el coleccionista que siempre tuvo todo lo que quiso, nada más quiere toda la magia del mundo para él solo. Retehumilde el wey.
En cierto punto de la historia, Gato se encuentra frente a frente con sus vidas anteriores, gastadas de manera frívola y ególatra en busca de fama y aventuras (muere apostando con perros, ebrio, ligando, etc.).
Yo creo que todxs hemos estado más de una vez tan cegadxs por nuestras ambiciones, que no nos detenemos a pensar en el hecho de que estamos viviendo. O quizá hemos deseado tanto como Ricitos tener una familia “normal” porque la nuestra nos parece demasiado problemática como la pandilla de Osos criminales. O también hemos anhelado alguien nunca nos abandone.
Gato, al darse cuenta de esto, decide que quiere disfrutar la vida que le queda con Kitty, pero en eso aparece la Muerte y comienza una persecución ,cuyo desenlace no te cuento para que te avientes la peli y puedas prender un cigarro imaginario, mientras murmuras para ti mismx (o posteas en FB) “¡Joder, definitivamente es cine!”
Antes de terminar…
(advertencia de más spoilers).
Perrito
El concepto de virtud para los griegos era muy diferente al que tenemos hoy día. La palabra usada en ese entonces era areté, que, entre otras cosas, consistía en desempeñar correcta y honradamente tu papel en la vida. El objetivo de la catarsis es progresar en el desarrollo del areté. Sin embargo, el aprendizaje en la obra no siempre se da a través de un desenlace fatal, a veces podemos encontrar alguien que de manera consciente o inconsciente nos guíe en el camino.
Perrito aparece en los primeros momentos de la película en un asilo felino, donde Gato intenta pasar sus últimos días antes de descubrir la existencia del mapa hacia la Estrella. Aunque el protagonista planea robar el mapa solo, Perrito se escabulle y termina acompañándolo en su aventura.
Recordemos que los personajes de una tragedia suelen intentar escapar de su destino y se rebelan contra el flujo de las cosas. Perrito es un marginal. Le cuesta hacer amigos y de cachorro fue lanzado al río dentro de un calcetín con una piedra. Lejos de lamentarse por su suerte, Perrito se fabrica un suéter con el calcetín. Kitty no confía en él cuando se conocen “nadie es tan tonto, nadie es tan lindo”, dice.
Pero Perrito no es tonto. Podrá ser simple, castroso, naco, feo, tonto, estrella porno, pero nunca un inmaduro emocional. A pesar de haber sido constantemente rechazado, siempre intenta ver el lado bueno de la banda y entender la situación que vive la gente a su alrededor. “No importa si no confías en mí, siempre y cuando confíes en ti” le responde a Kitty.
Al ser tocado, el mapa de la Estrella cambia junto al entorno para que la peripecia sea acorde a quien la vive. Para los demás personajes se presenta un camino peligroso: Pantano de la desesperación, Pinos nostálgicos…
Cuando Perrito toca el mapa, el camino se vuelve tranquilo y apacible. Antes de llegar a las Aguas de la Relajación tienen que superar el épico reto de disfrutar el olor de unas rosas gigantes.
Gran parte de la evolución de los personajes durante la película se da gracias a la interacción con Perrito. Por ejemplo, al ser secuestrado por la Familia criminal de Osos, le cuenta a Ricitos que también es huérfano y al ver la dinámica del grupo opina que la chica de acento argentino (en la versión latina) “se sacó la lotería de la orfandad” con su familia adoptiva. Hecho que influirá en las decisiones futuras de Ricitos.
Perrito es el único personaje que va en busca de la Estrella sin un deseo en mente. Se embarca en la aventura por el mero hecho de vivir y compartirla con sus compas. Va por la existencia sin otra ambición que hacer buenos amigos y se ve que se la pasa muy chido así. Seguramente habría sido muy fan de The Goonies.
Por otro lado, el personaje de Jack Horner funciona bien como su contraparte al ser un villano que tuvo la vida en bandeja de plata y sigue traumado con el hecho de que Pinocho haya tenido más éxito musical que él. Es déspota y no le interesa su gente, a quienes deja morir o asesina. Haría cualquier cosa con tal de obtener poder. Hasta a Pepe Grillo le cae mal.
A pesar de su gran tamaño, riqueza y colección de objetos mágicos, Jack no ha madurado y sigue siendo un niño mimado como lo demuestra su forma de comer pastel con el pulgar y su actitud berrinchuda. Es por ello que, mientras el resto de personajes se da cuenta de que ya tiene aquello que desea, Jack sigue empeñado en conseguir su fin egoísta, solo para ser enfrentado por todxs y morirse alv durante el colapso de la Estrella.
En conclusión: muy chido el Macario de Dreamworks; definitivamente es cine 🚬.*
*Espero no estar cometiendo ningún delito con esto y que todavía se permita fumar en las revistas.
La novela debe reemplazar a la historia en ese punto en que la experiencia es lo bastante emocional, espiritual, psíquica, moral, existencial o sobrenatural como para que el historiador, al perseguir tal experiencia, se vea obligado a abandonar los límites precisos de la investigación histórica.
—Norman Mailer
En 1948, un exsoldado de 25 años publicó su primera novela y se unió al torrente sanguíneo de la narrativa estadunidense: pletórica, imparable (por ser acaso joven como él); una literatura siempre dispuesta a revitalizar el cuerpo de una sociedad trepidante, en cuya dermis las dominaciones y conquistas dejan llagas y suturas y en cuyos órganos se gestan infecciones longevas e incurables como el oro y la guerra.
Con Los desnudos y los muertos, narración semi autobiográfica sobre la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, Norman Mailer (1923-2007) llegó al pináculo de la consagración. Giras, entrevistas, publicidad, contratos, gran expectativa, altos niveles de exposición mediática y todo lo que implica el terrible beso de la fama.
Desde ese momento hasta su muerte en 2007, Mailer tuvo que estar a la altura de su doble bautismo de fuego: su experiencia en la guerra y su combate en la trinchera periodística. Su precocidad se correspondió con una escritura fecunda. Junto a Truman Capote, Tom Wolfe y más adelante Hunter S. Thompson —entre varios más—, revolucionó la manera de hacer y escribir periodismo. Heredero de las firmes desilusiones de la Generación perdida, admiró el genio y figura de Hemingway, de quien elogió la virtud de la bravura y la virilidad, el pacto de armas y letras, entre lo escrito y lo vivido en carne y sangre, que debe honrar el escritor al encarnar sus ficciones.
Vicios, virtudes y ficción sin fronteras
“Al fin y al cabo no hay manera de que alguien trate de aprehender una realidad compleja sin alguna ‘ficción’”, escribió Mailer en Advertisements of Myself (1959). Desde entonces ese sería el santo y seña de su quehacer literario, en su mayor parte el de un escritor político—y no sólo en el sentido temático (Mailer aspiró a ser alcalde de Nueva York en 1969).
Llamó novelas a varios de sus largos reportajes políticos y culturales, los cuales , sin duda, se encuentran entre lo más brillante de su obra, como La canción del verdugo (1979).
Para quien se adentre en la década de 1960, son piezas documentales imprescindibles: Los ejércitos de la noche, Miami y el sitio de Chicago (ambos de 1968), Of a fire in the Moon (1971) y varios de sus largas crónicas sobre las convenciones republicanas y demócratas.
En este periodismo innovador de Mailer, la aparición de extensos rodeos metafóricos, el comentario abundante al pie del acontecimiento, el cotejo de varias fuentes noticiosas, la introspección, así como el perfil sociológico y psicológico del momento, son una lucha contra el lenguaje árido y presuntamente objetivo de una prensa estadunidense que, desde mediados del siglo XIX —en 1846 se fundó la Associated Press en Nueva York— fue desplazando poco a poco a un modelo francés, mucho más literario.
Mailer emprendió una cruzada por derrocar al reino del dato duro, al periodismo instantáneo (que ha triunfado en nuestros días). Después tomó por asalto la simplificación televisiva, en la que veía locura, banalidad, manipulación; una reducción de la realidad.
Por eso, a Mailer nunca puede reprochársele el talento de haber devuelto al periodismo al nido: la literatura. Sin embargo, en este renovado ímpetu, el ego creador puede avasallarlo todo.
“La validez de la noticia —apunta Monsiváis sobre Mailer— depende de la variedad y sucesión de estados de ánimo que provoca en quien la interpreta y describe (y finalmente la crea) […]. Con una salvedad: quien resiente y transmite la noticia se concibe a sí mismo como termómetro magnífico, el receptáculo de la más alta sensibilidad. Mailer lleva, in extremis, arrogancia y egocentrismo al reportaje […]”1.
Tiene razón Monsiváis, hasta cierto punto. El egocentrismo es una muralla de petulancia que se impone al lector, pero sólo quien tome a Mailer al pie de la letra pensará que el muro es infranqueable.
Las sinuosas parrafadas de este novelista con disfraz de reportero, tienen fuerte dosis de auto-parodia, puesta en escena de ese falso ego genial (no olvidemos que Mailer dirigió y actuó en varias películas de Hollywood), despliegue de ironía mordaz contra una realidad bastante más absurda, que muchos periodistas ataviados en la modestia servicial.
El problema, y aquí tiene razón Monsiváis, es que con Mailer la frontera entre el ego creativo necesario y su personaje público, altanero e insoportable quedó diluida. Quizá a causa del mismo juego teatral de Mailer, que se comió por igual su vida y sus libros. Su estilo, devorador y omnívoro, fue una sobreactuación del precepto de Wilde: “la Vida imita al Arte mucho más de lo que el Arte imita a la Vida”.
Los ejércitos de la noche y las aguas del olvido
Algo me dice que nuestro autor —como tantos otros “maestros” de siglos anteriores— está siendo arrastrado río abajo por las aguas del olvido. Mailer permanecerá en los anaqueles de las escuelas de comunicación y periodismo, pero ¿qué tanto se lee hoy? Me temo que poco o nada.
Lo cierto es que, si viviera, sus barbajanadas, su protagonismo sostenido, su defensa de la virilidad masculina, su condenable vida privada y su misoginia puntual (en una riña apuñaló a su esposa con un cortaplumas) lo habrían llevado al tribunal de la cultura de cancelación.
Dejemos que cada quien escoja a sus artistas y decida si separa al creador de la obra. No hay duda de que Mailer retrató con muy finas pinceladas la era contracultural de los 1960, los cambios en la sociedad bajo la guerra de Vietnam, los asesinatos de los Kennedy o de Martin Luther King y toda la revolución “hippie” con sus “ritos de tránsito”. Sus pretenciosos murales narrativos buscaban, en muchos casos, “la margarina institucional de las ideas norteamericanas más asfixiantes” y al aparato militar-industrial que tanto lo obsesionó.
Dejemos como muestra este pasaje del que es acaso su mejor libro, Los ejércitos de la noche; obra que revive con ademanes de crónica, la marcha pacífica al Pentágono en octubre de 1967, durante la cual Mailer acabó detenido
Aquel viaje a través de la noche era un rito de tránsito, y aquellos desencantados herederos de la Vieja Izquierda, aquella chusma del Vietcong norteamericana, aquellos hippies pacifistas y demás jóvenes que allí quedaban, navegaban a la deriva […] Ahora dieciocho horas más tarde, a la débil luz del alba, el eco de otros insignes ritos de tránsito en la historia de los Estados Unidos, el esplendor de otras horas más heroicas y excelsas iluminaba quizá el universo interior y las cavernas de aquellos jóvenes anárquicos, quizá flotaba en el aire algún atisbo de un futuro glorioso, algún melodioso acento de todos los grandes ritos de tránsito norteamericanos, cuando hombres y mujeres se maniataban a una causa perdida y dolorosa y sobrevivían un día, una noche, una semana, un mes, un año […] El país mismo había sido fundado sobre un rito de tránsito. Pocos habían emigrado a este país sin un eco de tal rito, aun cuando sólo se tratara (nada menos) de los ocho días de hedor, de agitación, de miedo y de promiscuidad (en la entrecubierta, el pasaje más barato) de una travesía oceánica (o los ochenta días de agonía en un barco de esclavos).
Y algunas de sus observaciones no son egocentrismo sino verdadera lucidez augural de nuestro tiempo:
El siglo XX estaba en vías de arrebatar al hombre el poder de los sentidos que le quedaba, en aras de almacenar el poder en apiñados bancos de saber codificado. La esencia del conocimiento codificado residía en que podía dejarse al alcance de todo el mundo, ya que sólo unos pocos poseían las claves de su comprensión2.
Más allá de antipatías personales, a Mailer lo seguirán leyendo para abrir boca, en las escuelas de periodismo y en las mesas de trabajo, quienes quieran entender cómo formarse una voz propia y así lanzarse al ruedo cruel de los hechos. Hoy parece irrefutable el talante estético de cualquier reportaje; no lo era cuando Mailer y el Nuevo Periodismo remodeló el género.
Junta de sombras (para nuevas efemerides)
Para el centenario de Carlos Monsiváis (2038), Juan Villoro y Martín Caparrós buscan organizar un ciclo sobre crónica y reportaje literario, el viejo y el nuevo periodismo: mesas y lecturas desde los modernistas hasta John Reed, James Agee, Kapuscinski, Mailer, García Márquez… No encuentran patrocinadores ni instituciones interesadas. Quedan exiguos casos de prensa escrita.
Algunas plumas humanas envían por mail boletines diarios a suscriptores exquisitos, incurables nostálgicos. Los periodistas se han mudado a redes sociales de paga donde informan en vivo, en un flujo constante de videos de realidad virtual, a todas horas y desde cualquier lugar.
Quien no se pone sus cascos VR en tiempo y forma, puede leer los despachos instantáneos que redactan miles de bots personalizados, hijos todos del temible protocolo ChatGPT, y con quienes se puede dialogar sobre casi cualquier tema de actualidad.
En esas circunstancias, en el patio colonial de la actual sede del Banco Nafta, antiguo Colegio Nacional, aparecen los espectros encorvados de Norman Mailer y Monsiváis.
MAILER: ¿Qué hacemos aquí? ¡Qué ciudad más horrible! ¿Quién fue el inhumano que nos invocó esta vez en un banco?
MONSIVÁIS: No se preocupe, Norman. Después de la primera generación de escritores mexicanos nacidos en Estados Unidos, ahora ya somos todos una impúdica familia feliz norteamericana. Usted está aquí porque en una sesión de ouija le dije a Juan que me hubiera encantado verlo en mi centenario.
MAILER: No me sorprende que mi influencia haya llegado al sur del Río Bravo. Siempre fui uno de los mejores escritores de entre todos los vivos.
MONSIVÁIS: Su modestia siempre fue admirable, Norman. Veo que el polvo de los cementerios no le ha afectado.
MAILER: Si usted lo dice. Jamás logré hacer la gran novela que pudiera revolucionar la conciencia de mi país. Y eso que escribí más de 30 libros, varios de ellos geniales.
MONSIVÁIS: Los medios masivos lo consumieron en su pira. Trabajó para ellos, contra ellos, por ellos. Nunca resistió ni se redimió del discurso normativo de la caja idiota, siempre necesitada de antagonistas bufones, histriónicos intelectuales rebuscados, como usted.
MAILER: No se haga, Charles. He hurgado en la biblioteca de este banco. A mí no me engaña. Usted también fue periodísticamente ubicuo en un país no menos paranoico. Paz lo acusó de ser hombre de ocurrencias, no de ideas. Alguna vez lo llamaron de cariño “MonsiMarx, MonsiMailer”.
MONSIVÁIS: Pero mis ocurrencias no exhibían ese ardor payaso en público. Yo no soltaba a los mastines de mi Gran Ego a la menor provocación. Su esfuerzo por mantener su mala reputación, renovándola, fue una empresa energética y deprimente.
MAILER: Tuve que vivir en el sarcófago de mi propia imagen. Los reseñistas y entrevistadores de medio pelo fueron muy dañinos, víboras insaciables del star system. Dicen que usted, undercover, tuvo una proverbial lengua viperina. A mí esa ponzoña me fortificaba en mi ánimo combativo. Hasta fui buen pugilista.
MONSIVÁIS: Y un político lamentable.
MAILER: Esa campaña fue un desastre. La política fue mi cosmos pero también mi campo de tiro simbólico. Además, usted sabe que varios tiros acabaron con ciertos políticos de mi época.
MONSIVÁIS: Algo similar ocurrió también aquí, the Mexican way. Justo cuando sonaba un hit de la redención postrural, hablando de víboras: una canción llamada La culebra…
MAILER: ¿Cómo? ¿También tuvieron a un Lee Harvey Oswald?
MONSIVÁIS: Gracias a su tocho de 800 páginas sobre Oswald y a su teoría del lobo solitario, muchos le dieron sentido a los hechos del 94 mexicano: Oswald-Aburto.
MAILER: La vida es absurda y los egos fascinantes…
Una puerta rechina. Desde la biblioteca se arrastra una sombra más ágil, con unos gruesos lentes negros diciendo: ¡Aquí hay dos fusilados que viven!
MAILER: Otra víctima de Nixon, ¡es Allende!
MONSIVÁIS: Norman, compórtese. Es Rodolfo Walsh, uno de nuestros grandes maestros. El verdadero iniciador de la novela de no-ficción.
MAILER: Bullshit! Ese fue mi amigo Truman con A sangre fría, una novela inmortal.
MONSIVÁIS: La autosuficiencia cultural yanqui le impide saber que don Rodolfo urdió una obra maestra: Operación Masacre, y la hizo casi diez años antes que Capote y corriendo mayores riesgos que él.
WALSH: Hasta hace poco han empezado a reivindicarme en ese podio. En 2017, la UNAM publicó mi Operación Masacre en una espléndida y digna reedición y ahora aparezco hasta en la global Wikipedia. Pero, ¡qué importa quién fue precursor de quién! A mí no me dio tiempo de nada más. A mí segaron casi de raíz. A mí no dejaron apelar a un tribunal por cinco días de cárcel en una marcha pacífica. A mí la verdadera noche del pentágono me engulló para siempre en su tiniebla sudamericana…
De pronto se oyen las botas de la policía bancaria acercándose…
MONSIVÁIS: Vámonos ipso facto. No nos vayan a llevar a los separos. Mailer, no querrá usted que lo vuelvan a detener. Sobre todo, ahora que no hay cámaras de televisión ni reporteros…
MAILER: Me interesa más nuestro amigo Walsh. ¿Rodolfo, verdad? Qué bien suena en español. No como la voz inglesa Rudolf que me recuerda a ese horrendo alcalde… Verá, Walsh, una vez en Nueva York yo…
Las voces se pierden en la oscuridad antes del cálido amanecer del 4 de mayo de 2038…