Todavía no sé si atribuir al destino o al azar haber conocido en México a Roicki, mientras ambos, tipos distantes, cursábamos una maestría en la Universidad Nacional.
¡Cómo pude caer tan bajo! ¡Cómo pude llegar a esto! ¡A este estado! ¡A ser el eslabón perdido entre el hombre y la bolsa de papas! ¡Yo que siempre me sentí tan bien, tan feliz!.
—¡La comidaaaa!
El grito de Chica entró por la ventana abierta del taller, nítido, atravesando todo el parque, como si el aire del verano lo cargara en brazos, como a un niño.