Tierra Adentro
Ilustraciones: Diego Molina

—¡La comidaaaa!

El grito de Chica entró por la ventana abierta del taller, nítido, atravesando todo el parque, como si el aire del verano lo cargara en brazos, como a un niño. Sara sonrió y se irguió sobre el banco de trabajo, acomodándose las vértebras. Juntó en una pila los papeles con anotaciones y dibujos, y los metió en una carpeta. Como cada año, trabajaba en un nuevo diseño de prótesis.

Se bajó del banco apoyándose primero en la pierna sana, haciendo un ligero requiebre de cadera cuando la otra, la artificial, tocó el suelo.

Alrededor de las lámparas giraban polillas y otros bichos. La humedad, el calor, los hacía brotar durante la noche. Antes de apagar las luces, Sara paseó la vista por el taller ordenadísimo: Favio, el muchacho nuevo que había contratado para ayudarlas, se había pasado toda la semana limpiando y tirando cosas que no servían pero iban quedando por ahí. Ahora todo parecía haber encontrado su sitio. Hasta sus viejas piernas, una por cada año, cuarenta, colgadas de sus clavos en las paredes.

Su viejo se caería de culo si viera el taller así. Siempre había sido un despelotado.

Caminó desde el fondo hasta la casa con un rengueo suave. Con el tiempo había ido amansando ese cuerpo fuera de escuadra y ahora podía caminar casi con elegancia. Aunque Chica seguía riéndose de ella y de vez en cuando todavía sacaba a relucir aquel viejo chiste infantil:

—Guarda con los pozos, Sarita.

Comieron los tres en la cocina, mirando la telenovela, con las luces apagadas para que los bichos no se metieran en los platos. En vez de eso, se pegaban a la pantalla y Chica, que estaba más a tiro, a cada rato los espantaba con un chicotazo del repasador, que luego se colocaba sobre el hombro.

Ellas dos hablaron de algunas pavadas. Como siempre que iba al pueblo, Chica había traído un montón de chismes. Favio comió callado, apenas levantó la vista del plato para posarla, como un insecto más, en la pantalla. Era un chico tímido, pero voluntarioso. A las dos les caía bien y las ayudaba bastante. Podría colaborar muchísimo más si Chica lo dejara. Pero ella siempre quería hacerlo todo. A Sara no le permitía levantar ni un cubierto.

Apenas terminaron de comer, Favio dijo buenas noches y se fue a su pieza. Le habían instalado un televisorcito chico para que pudiera mirar lo que quisiera.

Mientras Chica limpiaba la cocina, Sara fue a sentarse debajo de los tilos. Caminó despacio, con su ligero vaivén, sobre el césped cortado al ras, como los pelos de una alfombra o una barba prolija. A Chica le gustaba mantenerlo así, a pocos centímetros del suelo. En esta época, día por medio iba y venía por la enorme extensión de terreno, empujando la podadora con la fuerza de sus brazos morenos, hombrunos, metiendo bulla a la hora de la siesta. No tenía caso pedirle que lo dejara para después, cuando el sol no estuviese tan bravo o cuando ella no estuviese descansando. Alguna vez le había dicho de comprar uno de esos tractorcitos para cortar el pasto, para que le resultara más liviano. Chica se había muerto de risa.

—Déjese de joder. Voy a parecer un mono arriba de esa cosa. Como esos monos de los circos que andan en triciclos de este tamaño.

Tampoco quiso oír hablar de que ese trabajo lo hiciera Favio.

—Mire si se electrocuta y hay que pagarlo por bueno.

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Le encantaba el olor dulzón de los tilos florecidos, así que cuando se sentó en el sillón de mimbre, aspiró hondo y retuvo el aire hasta que empezó a marearse y lo fue soltando con pequeños soplidos. De la riñonera sacó la bolsita de tabaco y el papel y armó un cigarrillo. Así como había aprendido a fabricar prótesis mirando a su padre, también había aprendido a armar copiando sus movimientos. El viejo no se hubiese comedido a enseñarle ni una cosa ni la otra.

Desde allí podía ver la ruta que pasaba a unos doscientos metros, más tranquila a estas horas, algunos autos, pero sobre todo camiones. Los camioneros son duchos y saben, mejor que los conductores de veraneo, que más vale agarrar la fresca de la noche para viajar. En cambio, de día, se llena de coches modernos y veloces, cargados hasta la jeta de valijas, tablas de surf, bicicletas, carpas… todos buscando empalmar con la interbalnearia.

Pitó y el dolor vino de golpe, haciéndola atorar con el humo.

La puta madre, pensó. Y enseguida se le vino a la cabeza el vozarrón fastidiado de su padre:

—No es dolor, es sólo un reflejo.

Durante años había tenido que escuchar esa mierda. ¿Por qué no te morís de una vez, la puta que te parió?, escupió cerrando los ojos y volviendo a abrirlos de inmediato. Si los mantenía cerrados, la maldita frase se dibujaba en letras luminosas sobre sus párpados: es sólo un reflejo.

Pasada la primera piña, el dolor se fue convirtiendo sólo en una molestia. Volvió a prender el cigarrito y dio una nueva pitada, el gusto dulce del tabaco mezclado con el olor de las flores.

La vio a Chica salir de la casa con el canasto de ropa debajo del brazo y encaminarse al tendedero. Muerto el viejo, se había salido con la suya y armado el tendedero en el frente. Decía que ahí había “mejor sol y mejor viento” que en los fondos de la casa. Y en verano le gustaba colgar la ropa de noche porque “el secamiento era más suave” y las telas no quedaban duras. Esta Chica estaba llena de mañas.

La observó agacharse, tomar una sábana, sacudirla, prenderla con los broches. Fue repitiendo la acción a lo largo de toda la soga y después pasó a la otra. La luz le daba de atrás y su cuerpo aparecía dibujado a través de las sábanas como un monigote de sombras chinas.

Sara estaba cabeceando cuando sintió el tintinear de vidrios. Era Chica que venía a hacerle compañía. Traía una botella y unas copas.

—Compré un vinito hoy. ¿Quiere?

Se sentó enfrente y el sillón crujió bajo su peso. Sirvió un chorro en cada copa y brindaron por nada en especial, por costumbre.

Chica era la única familia que le quedaba. Se habían criado juntas, tenían más o menos la misma edad y aunque hasta habían ido a la misma escuela, desde que Sara entró en la adolescencia, Chica, su amiga, su compañera de juegos, pero también la hija de la sirvienta, empezó a tratarla de usted.

En un tiempo, como a los veinte, se había ido a vivir a la capital con un hombre. Estuvieron unos cuantos años sin verla, pero siempre llamaba por teléfono o escribía o le mandaba giros a su mamá. Volvió cuando la madre se enfermó. Nunca supieron qué había pasado con el tipo que se la había llevado, ni cómo había sido su vida con él. No hablaba de eso. Simplemente volvió y atendió a su madre y los atendió a ellos y nunca volvió a irse.

—¿Cómo anduvo hoy? —le preguntó Chica tomando un trago y mirándola a los ojos.

—Ahora me duele un poco.

—Es la humedad. Qué porquería. Espérese que ya vengo.

Era la única que siempre le había creído. Nunca su padre ni los médicos que todas las veces le salían con lo del reflejo.

Cuando comenzó a trabajar en el taller, aprovechó su trato directo con los clientes y, cuando su padre no la escuchaba, tímidamente, empezó a preguntarles. Casi todos eran hombres grandes, mucho más fuertes que su viejo, tipos acostumbrados al trabajo bruto, que pese a todo seguían activos. Algunos incluso habían perdido un brazo o una pierna en un accidente laboral. En el campo es bastante común. Otros, los más viejos, por diabetes u otras enfermedades. Sin embargo, todos terminaban confesándole, un poco avergonzados o como un secreto, lo mismo:

—Y sí… digan que no, pero de vez en cuando duele, Sarita.

 

Ahora Chica trajo un frasco con alcohol. Arrastró el sillón más cerca y se dio unos golpecitos en el muslo, como invitando a una mascota a treparse. Sara apoyó en la pierna de Chica su pierna sana. La otra se echó alcohol en las manos y empezó a masajearla con las palmas abiertas, fuerte, casi quemándole la piel. El tronco y la cabeza de Chica se movían también al compás de los masajes.

A su padre podría parecerle una locura, pero funcionaba, el dolor se iba evaporando junto con el alcohol.

—¿Mejor?

—Mucho. Tus friegas siempre dan resultado.

—No se crea que le va a salir de arriba, eh… dele, ármeme un cigarro decente.

Le gustaba fumar, pero tenía los dedos toscos y torpes y sus armados parecían un pedazo de tripa. A veces Sara, cuando tenía tiempo, le preparaba una buena cantidad que ella guardaba en una cajita de lata.

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A su viejo también le armaba los cigarrillos. Nunca le había enseñado nada, pero cuando descubría que ella había aprendido sola, no dudaba en sacar beneficio. No se acordaba qué había sido primero, si los cigarros o las prótesis. Lo que era seguro es que enseguida lo había superado: su padre, un ebanista mediocre, puesto a fabricar patas de palo (como les decía él), no era más que uno del montón. Ella le había dado a la empresa familiar el buen nombre y la calidad que tenía. Y estaba orgullosa de eso.

Muchos pensaban que su padre ya estaba en el negocio cuando ella había tenido el accidente e, invariablemente, se referían al destino como una especie de maldición. Sin embargo, había sido al revés: el accidente primero, después la fábrica. No hay desgracia sin suerte, decía siempre el viejo.

En los últimos años el trabajo había menguado bastante. La gente, aconsejada por los médicos, prefería las prótesis industriales aunque costasen una fortuna. Sara compraba y leía montones de revistas sobre el tema. Y en su taller estudiaba, experimentaba, buscando mejorar algún mínimo detalle. Creía que a pesar de los avances técnicos siempre habría románticos como ella que preferirían la ortopedia artesanal.

En silencio, se tomaron toda la botella. Chica tenía la cara colorada y a Sara le dio risa. La otra le siguió la corriente. Terminaron con los ojos brillosos.

Chica se paró y la ayudó a levantarse. La agarró por abajo del sobaco y medio la cargó sobre su hombro. Al principio trastabillaron, pero después le agarraron el ritmo y entraron en la casa topando muebles. Favio salió, alarmado y con los pelos revueltos, en calzoncillos, a ver qué pasaba. Verlo tan flacucho y pálido y lleno de granitos, cubriéndose avergonzado el bulto con las manos, las hizo doblarse de risa. Chica tuvo que tomar aire para ordenar:

—Vaya a dormir que acá no pasa nada. Entraron al dormitorio y la ayudó a echarse sobre la cama.

—¿Todavía le duele? Sara soltó unos borbotones más de risa antes de contestar:

—Ahora no porque estoy en pedo.

—Olvídese. Esta noche va a dormir como un bebé, Sarita.

—Dormí conmigo.

—Déjese de joder, con la calor que hace.

—Bueno, pero quedate hasta que me duerma. Tengo miedo de lanzar todo.

—Mire que es hinchapelotas cuando quiere.

Chica se tendió de espaldas a su lado. Se quedaron mirando las aspas morosas del ventilador de techo.

Sara le tomó una mano.

—Sos muy buena conmigo, Chica.

Y a Chica le agarró otro ataque de risa.

—Déjese de joder, Sarita. Parecemos dos tortilleras.


Autores
(Entre Ríos, 1973) es narradora, con su obra El viento que arrasa (2012) se consolidó como una de las narradoras más sólidas de Latinoamérica, su segunda novela fue Ladrilleros, 2013. Sus historias se han caracterizado por ser un retrato fiel y lírico del paisaje que sus personajes habitan.
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