Tierra Adentro
Ilustración de Adriana Degetau.

Todavía no sé si atribuir al destino o al azar haber conocido en México a Roicki, mientras ambos, tipos distantes, cursábamos una maestría en la Universidad Nacional. Él, de Cracovia, era un rubio afectado, poco varonil y, como yo, devoto de Kafka (debo confesar que pertenezco a esa secta que defiende a aquel autor como a un padre o a un hijo).

Roicki estaba empecinado en investigar temas de pobreza y burocracia. Relacionaba sus estudios de la crisis mexicana con la situación checa y la polaca debido a algún afán sociológico. Kafka salía a relucir siempre en nuestras charlas y ejemplificaba sus apuntes. Era buen bebedor y en un antrillo cercano a Ciudad Universitaria prometimos que un día nos reencontraríamos en Praga. Él la conocía bien e incluso era asiduo de los santuarios kafkianos, eso puso en tela de juicio mi convicción, no sé si infundada, de que los polacos detestan a los checos.

Cuando volvió a Polonia, un par de años más tarde, seguimos en contacto mediante correo electrónico. Desde la distancia me compartía los avances de su investigación que, lejos de la sociología, cada vez se convertía más en una antropología literaria enfocada en el autor de La metamorfosis. Me decía que le parecía extraordinario cómo el burócrata que escribió ese libro, hombre plomizo y mecánico por fuerza, hubiera podido plasmar esa especie de sabiduría universal en sus textos. Vamos, decía, «no es que un hombre común no sea capaz de hacerlo: Cervantes, Dostoievski, tantos más, lo han sido, sin embargo Kafka despierta sospechas de una iniciación en algo que no me deja creer del todo en su genialidad, sino en sus ganas de comunicar mucho más que su angustia, desde una erudición inocultable», reflexionaba.

En esos tiempos, con el fin de documentar sus sospechas, Roicki ansiaba conocer el contenido de la maleta que Max Brod, el mejor amigo de Kafka, había librado del destino de cenizas al que la había condenado la inseguridad de Franz. Brod, me decía Roicki, era un tipo genial, frío, atrevido: había desobedecido a Kafka en cuanto a destruir su legado. Por desgracia, la obra aún era conocida de manera parcial y lo que restaba en el fondo de aquella valija no era público: había ido a parar a las manos de la hija de la secretaria de Brod. Ahí, decía Roicki, debía estar la clave para explicar muchas de sus ideas.

En esas especificidades se diluían nuestras diarias y largas conversaciones en chat o correo electrónico, hasta que Roicki empezó a espaciar los encuentros, luego del episodio del ensayo.

Lo había publicado en una revista inglesa comparando la obra de Brod, siempre considerado un escritor correcto pero no genial, y la de Kafka. En el perfil del segundo hallaba incongruencias interesantes y dignas de recordarse, aunque más fascinante era leer lo que argumentaba en cuanto a la colaboración que detectaba en el trabajo de ambos escritores y cuánto de uno había en la obra del otro. Cuando me hizo saber el repudio que produjo su publicación, me dijo, muy contrariado, que el ensayo había sido descalificado de forma unánime, no obstante, eso no lo atribulaba demasiado sino el accidente de su hermano, terrible: frente a Roicki fue arrollado por un auto, cerca de Kielce. El ánimo, como puede esperarse, hizo que mi amigo adquiriera un fuerte recelo hacia los demás. Poco quedó del generoso Roicki que me compartía sus indagaciones y estaba dispuesto a charlar en todo momento.

Tiempo después, a petición mía, me envió el borrador de un segundo ensayo, continuación del que había publicado. Estaba escrito en polaco y mi amigo olvidó (acaso el verbo no sea preciso) mandar también la traducción. Conozco poco de ese idioma y me esforcé en conseguir ayuda. En el escrito ponía en duda que las ideas de Kafka hubiesen surgido de un personaje tan desdibujado como lo era el ahora célebre checo. Terminé de leerlo, con la ayuda de una colega de la Universidad, el día que anunciaron el fallo judicial que arrebataba la maleta de Kafka a la hija de la secretaria de Brod y se la otorgaba a la Biblioteca Nacional de Israel, donde podría consultarse. Apenas me enteré del hecho, traté de localizar al polaco, pensando que estaría rebosante, loco de alegría, mas sucedió lo contrario. Se escondió. Tardó varios días en responder mis mensajes y sólo mandó un correo electrónico vacío cuyo subject sostenía: «Nie mogę. Nie widzę, nie wytrzyman» [Ya no puedo. No veo, no aguanto].

Ilustración de Adriana Degetau.

Ilustración de Adriana Degetau.

 
 
Mi trabajo en la Universidad Nacional me obligó, un mes después, a viajar a Praga de una manera muy oportuna para rescatar del ostracismo a Roicki. Así lo pensé y así se lo dije: le escribí anunciándole mi viaje y pidiéndole que nos encontráramos en el café del que tanto me había hablado. Como no me respondió el correo, cuando lo vi entrar al lugar, a la hora fijada, me sorprendió que atendiera a mi llamado. Apenas lo reconocí. Era otro Roicki, uno enfermo, con aire desahuciado. Sus ojos turquesa se habían enturbiado, no exagero si digo que me recordaron un cielo en temporal, quizá contaminados por la sombra de las cuencas voraces que casi tragaban esa mirada tan atractiva a las mujeres de mi país. Sus largos dedos se habían agarrotado y todo él olía mal.

Al saludarlo creí que había iniciado el proceso hacia la metamorfosis. No se lo dije: la broma habría caído muy mal, como todas las que evidencian algo muy cercano a la realidad.

Entró dubitante, asustado. Había pocos parroquianos, era un local pequeño, un café de barrio, y su presencia fue advertida con facilidad. Me contó que se sentía acosado desde la publicación de sus ensayos por cierto tipo de fanáticos de Kafka. Había sido amenazado y temía que alguien lo matara. «¿Ves a esos de allá?, me siguen», dijo. «Alucinas», respondí. No miré a quienes me señalaba. «¿Qué podría haber de malo en tus trabajos como para que alguien quisiera hacerte daño, quiénes?», traté de tranquilizarlo con esa cuestión básica.

El hombre me sostuvo la mirada varios segundos. Percibí un leve tremor en sus labios entornados.

Sacó un legajo de recortes y apuntes de entre su abrigo raído. Trazó un mapa fantástico de relaciones, fechas, escritos e interpretaciones de la obra de Brod, entrecruzada con la de Kafka (la complejidad de lo expuesto y mi asombro al conocerlo me impiden repetir de forma ordenada lo que trató de expresarme), cuya columna vertebral era su convicción de que Max Brod había sido el verdadero autor de la obra que le imputó al otro, a su amigo, a ese escritor menor que, muerto ya, jamás podría desmentir su autoría de El Proceso, de El Castillo, obras que a un escritor vivo, lejos de la celebridad, le habrían acarreado otro tipo de distracciones; así, la minuciosa mente de Brod pudo llevar a cumplimiento su plan genial, anunciado una y otra vez en las transfiguraciones y la lucha por la libertad que tanto inquietaban a Kafka, el supuesto autor. La treta del trabajo no quemado, añadió Roicki, fue un buen golpe que le permitió a Brod ser el mejor promotor de su propia obra. Cuando concluyó, me miró y, al ver mi impasibilidad, empezó a temblar.

Guardé silencio. El mozo nos trajo dos infusiones humeantes y preguntó algo que no entendí. Negué con un ademán. Roicki me miraba, ya muy nervioso, y alternaba sus ojos entre mi lugar y el par de hombres que antes me había señalado. Estábamos flanqueados por ellos, desde mesas cercanas.

Traté de calmarlo. Con la mayor sutileza de la que fui dueño en ese instante, le deslicé que no sabía en qué medida le había afectado la muerte del hermano, le pedí que se aquietara y no repitiera ante nadie lo que me había relatado. Yo podría olvidarme de todo; era un fútil argumento que lo dañaría.

«Por eso vine, por lo que le hicieron a mi hermano; entendí el mensaje. Sé que van a matarme», gruñó, enfadado.

Traté de enfriar la situación con un poco de silencio. Comenzó a llorar. Dejé que se desahogara durante algunos minutos y, cuando empezó a serenarse, le ofrecí acudir a la policía, con la prensa, al lugar donde se sintiera más seguro, pero que tratara de calmarse: «Te acompañaré a tu casa, a que te duches, que comas algo y después iremos a donde quieras. En ese estado desconfiarán de ti, pensarán que estás trastornado», sugerí. Al escuchar mi última palabra me miró con desprecio.

«Únicamente dime una cosa: ¿estás seguro de lo que dices, puedes acusar a alguien?», pregunté. Bajó la mirada. Respondió que eso sería inútil: «Tú mejor que nadie sabes de qué se trata», dijo. No sólo sospechaba, sino que estaba seguro de la existencia de una especie de logia que defendía el secreto del verdadero Kafka. Explicó, ya con resignación, que durante su estancia en México, mi interés y mi conducta hacia el autor checo lo habían hecho dudar, al principio, acerca de la amplitud de esa presunta red. Mi presencia en Praga confirmaba sus sospechas: había entendido a qué se debió el accidente de su hermano y no sería tan estúpido, enfatizó, para publicar un ensayo más: «Puedo probar todo lo que digo, mas no lo haré, no quiero que me maten», indicó y me entregó lo que, dijo, eran «las pruebas» mientras sacaba más y más papeles de su abrigo pestilente. Añadió que, si quería, podía ya mismo correr a dárselas a los míos.

No me inmuté. Le dije que debía irme y llamé al mozo con la intención de pagar el par de bebidas, intactas.

«¿Te vas sin darme una respuesta? Acudí a tu llamado con la esperanza de que esto terminara de una vez, pero veo que ya han decidido mi destino», me espetó entre gimoteos y aventó contra un muro cercano una de las tazas que no habían sido tocadas sobre la mesa. Todos lo miraron. Me petrifiqué. Ante mi inmovilidad, jugó su última carta: empuñó un cuchillo que guardaba en su cintura. Me dio lástima. No quise fingir que me había asustado, ni siquiera cuando blandió el arma y se me echó encima. Los hombres a los que él temía lo contuvieron con rapidez, lo sujetaron y me miraron expectantes. No intentó zafarse, parecía un animal sin noción de libertad. Su rostro era una pálida máscara carente de expresión, daba lástima verlo así, abandonado, como si hubiese empezado a morir. Yo recordé y recité el inicio de El proceso: «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo». Los hombres se llevaron al polaco aduciendo que eran policías y estaban siguiendo la pista de este «terrorista». Los parroquianos apenas se inmutaron y pronto volvieron a hablar de sus asuntos. Roicki se convirtió, así, en nada. Nunca volví a verlo y no conozco a otro que se haya atrevido a sostener (ni a divulgar) su absurda tesis, fue como una purificación para quienes adoramos a Kafka, al único, al de siempre.

 

 

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