La noche de los conjurados
todos los bailarines comprendimos el día y la hora
ya que el por qué estaba de sobra justificado
en la inmensa cuantía del sufrimiento humano.
El pasado 14 de mayo Mike Ryan, director de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), declaró que el nuevo coronavirus Sars-CoV-2, causante del COVID-19, tiene el potencial de convertirse en un virus endémico y “no irse nunca”, como sucedió con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), el cual provoca el cuadro de infecciones oportunistas denominado Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).
Me siento sobre las barras de metal, a pocos centímetros del piso, que rodean a las columnas de la Terminal 1 del Aeropuerto de la Ciudad de México mientras espero a que un Uber me traiga el abrigo, olvidado en la percha de la entrada de mi depa.
En enero escuché por primera vez del Coronavirus, pero no lo tomé en serio hasta el 23 de marzo, que comencé a tener fiebre, cuerpo cortado, tos y dolor de cabeza.
Sé que es lunes porque la obra del edificio en construcción frente a mi casa, después de dos días de silencio, reanudó su actividad, los taladros chirriantes y martilleos de siempre; labor que ha perdurado a pesar de la contingencia sanitaria y los avisos de las autoridades.
Me inocularon el virus en Tepito y se activó un año después en el picadero de Jamaica o cómo pude evitar el contagio practicando la permacultura
Pero no solo no comprendí lo que pasaba
sino que me asusté.