Decir que un libro pertenece a la “narrativa del desierto” suena como a un juego editorial, una trampa concebida para llevar al lector a esas novelas duras, a esos cuentos de violencia y paisajes abiertos y narcos destruyendo todo el Mundo habitable.
En el libro, siempre a mitad de camino entre el producto cultural y el objeto mercantil, se entrecruzan las supersticiones del coleccionista, las necesidades del estudiante, los placeres del lector, los campos de batalla del editor y los procesos personales del escritor.