Julián Herbert nos envía el siguiente poema como Ayuda a Guerrero:
Tengo una banda de rock llamada Madrastras, y con ella compuse y grabé hace tiempo una canción titulada “Huracán”. Creo que viene muy a cuento con lo que está pasando. Puedes escucharla y descargarla aquí:
La letra de la rola forma parte de mi libro de poemas Álbum Iscariote, que está por salir bajo el sello de Era.
Huracán
es negro este huracánnegra destrezade sumarviento y ruinasnegra la tierra firme la oscuridaddevoró las cosasclarasnegras las bodasnegro el arroznegras las velas encendidascarbón y tiznela voz más dulce y Noche Oscuratu mano en la mía
Poesía Visual Mexicana y Ediciones del Lirio convocan, a través de su dirección editorial y en el marco del “Beneficio a los Proyectos de Inversión en la Producción de Obras Literarias Nacionales”, (EPRO) del Consejo Nacuonal para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), a participar en la colección mexicana LA PALABRA TRANSFIGURADA.
BASES DE PARTICIPACIÓN
1) Podrán concursar poetas, artistas visuales, creadores gráficos, diseñadores, fotógrafos…, mexicanos por nacimiento o naturalizados, con un máximo de tres poemas visuales (caligramático, concreto, visivo, letrista, collage…) realizados del año 2000 en adelante. Sobre este género pueden consultar: http://www.poesiavisualmexicana.com.mx
2) El material digitalizado debe ser enviado a poesiavisualmexicana@gmail.com No podrá tener una dimensión mayor al tamaño carta (21 por 27.5 cms. ). En el caso del poema – objeto o instalación deberá de fotografiarse. La obra va firmada con el nombre del postulante, no pseudónimo, excepto en el caso de que sea su nombre artístico. Se adjuntará una breve semblanza artística en .doc o .docx. De ser seleccionado deberá entregar el archivo en alta definición y firmar una carta de sesión de derechos por la edición.
3) La obra no necesariamente debe ser inédita. Dado el caso, debe adjuntarse la ficha bibliográfica de su publicación, así como una carta de consentimiento del editor donde se autorice su reproducción si detenta los derechos de reproducción.
4) Las obras seleccionadas se publicarán en el volumen V de la colección POESÍA VISUAL MEXICANA. LA PALABRA TRANSFIGURADA el cual se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2013 y en el Palacio de Bellas Artes en 2014. Los artistas seleccionados recibirán una colección y reconocimiento. En su momento se gestionará la exposición de dichas obras.
6) Los ganadores serán definidos por un jurado cuyas decisiones son inapelables. Cualquier caso no contemplado en esta convocatoria será resuelto por el jurado. Al participar en este concurso el artista acepta estar de acuerdo con las presentes bases de participación.
7) FECHA LÍMITE DE RECEPCIÓN: 7 DE OCTUBRE DE 2013
El siguiente es un fragmento del libro Ojos que no ven, corazón desierto, publicado en 2009 en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Él azota la puerta. Es su única forma de liberar la ira. Ella no lo comprende. Ni siquiera tiene ya la paciencia de escucharlo. No debió hacer su esposa a una mujer que nunca lo ha querido. Cualquiera de las otras a las que abandonó cuando ella dijo “estoy embarazada” lo hubiera amado más. Han tenido tres hijos. Ha sido una buena madre, pero él necesitaba una mejor amante. Se ha dado cuenta tarde. Está viejo, muy viejo para empezar de nuevo. Aun así tiene ganas de salir a la calle, tomar un autobús a cualquier parte y no regresar nunca, olvidar para siempre que tuvo esposa e hijos, que pagó una hipoteca por treinta años, que odiaba su trabajo, que visitó a sus padres los domingos. No puede. Mañana tiene cita con el médico —de seguro se le subió el azúcar por el coraje—; debe llegar temprano a la oficina —hay trabajo pendiente antes de que lo auditen—. Lo único que le queda es tirarse en la cama y esperar que el sueño lo rescate del mundo.
Ella se arrepiente. El silencio pudo haberlo evitado.
Pero no, lo dijo:
—¡Ya vas a empezar!
No sabía, de verdad no sabía lo que él iba a decirle.
Algo tenía que ver con las costumbres raras de su gato. Pero estaba tan harta. Se sentía, se siente tan cansada. Las palabras brotaron de su boca, azuzadas por el deseo inconsciente de crear un escudo contra la costumbre de escucharlo quejarse por todo y por cualquier cosa antes de dormir, amargando de más los últimos momentos del día. Está triste. La tristeza le oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena.
La hija, la menor, escucha desde su recámara la puerta que se azota. Escudriña el silencio que le sigue. Siente curiosidad, pero sólo un instante. Las discusiones son algo cotidiano. Su madre sólo llora, su padre sólo gruñe. Promete no casarse con nadie que no sea capaz de provocarle una sonrisa siempre. Quizá deba salir y ver qué pasa afuera. Decide que no importa. Mañana tiene examen. No debe distraerse, sino memorizar una definición que aún no comprende. Poliedros conjugados: el número de caras de uno es igual al número de vértices de otro y viceversa. Es simple: uno pone una cara, el otro da una esquina.
Él da vueltas en la cama y procura hacer ruido. Resopla. Espera que ella note su respiración agitada, el coraje que tanto daño le hace después de dos infartos. Tal vez no le interese. Tal vez lo que ella quiere es que él se muera. A pesar de la edad, es una mujer bella. A él, desde hace mucho, la obesidad y la calvicie le impiden considerarse un hombre guapo. No tiene ya memoria de hace cuánto dejó de tocarla; corrige, de hace cuánto no permite que la toque. Ella tiene un amante. No hay otra explicación. Sus vísceras se enroscan. No puede respirar. Tose fuerte, muy fuerte, un poco para aliviar el malestar y otro tanto para hacerle saber a ella que es su culpa.
Ella se mete al baño. Se desnuda. Mira en el espejo su cuerpo desgastado. Trata de recrear la imagen que un día tuvo de sí misma. Recuerda que los conductores disminuían la velocidad para poder mirarla. Luego, después del embarazo, un traje de grasa ocultó aquella imagen. Por eso él es infiel. Ya sólo la tocaba alguna madrugada por equivocación, quizá medio dormido, mientras pensaba en otra, y al darse cuenta de que era ella, apartaba su cuerpo casi sin haberla penetrado. Un día ella decidió que era bastante.
Abre la regadera. Es el único sitio para llorar a gusto. Nadie pregunta nunca por qué los ojos se le han enrojecido. “Una especie de alergia”, les diría. Pero a nadie le importa, no ha tenido ocasión de estrenar esa excusa.
Alguna vez se amaron. De eso no cabe duda. Sus hijos mayores los recuerdan tomados de la mano, prolongando los besos de adiós y bienvenida. Después fue la distancia, la crisis de los ochenta. Él tuvo que emigrar al otro lado para encontrar trabajo. Llamaba en Navidad y a veces, muy de vez en cuando, un fin de semana. Tenía que ahorrarlo todo para regresar pronto, se decía. Extrañaba a su esposa y a sus hijos. Ella se quedó en casa, haciéndose cargo de los niños, cosiendo ropa ajena para ganar dinero. Él los había olvidado, pensaba, o al menos olvidó que los niños comían, que iban a la escuela. También se sentía sola, pero se conformó con mecer las ansias, adelante y atrás, frente a una máquina de coser. Colocaba sus piernas rígidas sobre los pedales, las apretaba fuerte. No conciliaba el sueño por las noches.
Él volvió una mañana de noviembre, después de cuatro años, y no creyó jamás en la versión posmoderna de Penélope, quizá porque no supo encontrar una forma de calmarse las ganas que no tuviera cuerpo de mujer. Buscó quien la supliera por un tiempo. Y cuando regresó, cada vez que trepaba el cuerpo de su esposa, buscaba en cada gesto nuevo para él un indicio que la delatara. La ira le apagaba el deseo. Frustrado se hacía a un lado y leía en el gesto de frustración de ella la señal inequívoca de la infidelidad. Un día que intentó tocarla ella le dijo:
—Es que ya estamos viejos.
Bastó. Ya no se aman. De eso no cabe duda.
Él repasa con la mano su barriga abultada. Mira sus piernas flacas, más flacas con el paso del tiempo. Su cuerpo es un despojo: las coyunturas duelen, se sofoca con sólo dar dos pasos, las heridas no cierran. Debe tomar pastillas todo el tiempo. Ahora sus ojos lloran, no él, porque él es fuerte. Sus ojos fallan como el resto del cuerpo. Aprieta sobre ellos las yemas de sus dedos como quien busca contener una fuga. Es inútil, como el medicamento y las caminatas matutinas, como la comida sin sal y los postres sin dulce, como todo lo que hace para evitar morirse de un infarto. Deja de resistirse. La luz está apagada y ella no notará que está llorando. Ser fuerte es muy cansado.
Ella cierra la llave de la regadera. Se da cuenta de que olvidó la toalla. No trajo ropa limpia, pero no quiere molestar a nadie. Volverá desnuda al cuarto conyugal. No importa. Ya no hay pudor posible. Ni deseo. Hace tanto tiempo que hay dos camas. Está cansada. Quizá por eso piensa en la muerte. Morir debe de ser igual que descansar: dejar de ir al mercado y no preparar más el almuerzo, y no volver a lavar los trastes ni la ropa, no barrer ni trapear, no volver a preparar la comida ni lavar nuevamente los trastes, no tener que escucharlos a todos sin derecho a sentirse agotada o sin estar de humor, sin derecho a quejarse, a decir que le duelen la espalda, la cintura, la cabeza, los pies. Pensar en el cansancio también cansa.
—“Según el teorema de Euler, los poliedros conjugados deben tener el mismo número de aristas” —repite la hija, tratando de aprenderse de memoria la posible pregunta del examen.
No entiende que es arista. Busca en el diccionario:
En geometría, el segmento de recta donde se interceptan dos planos. Por extensión se conoce con este nombre al segmento común que tienen dos caras vecinas de un poliedro y que se forman al estar en contacto. También se dice del filamento áspero del cascabillo del trigo.
No sabe que es cascabillo. Pero le queda claro: las aristas lastiman; se producen al estar en contacto.
Él no encuentra acomodo. Respira con dificultad. Toca entre sus piernas el colgajo oscuro que sirve para orinar de pie y para nada más. Es un hombre inservible, al menos inservible como hombre desde hace mucho tiempo. No entiende por qué ella no decidió dejarlo. Por qué aún se levanta cada día para tenerle listo el desayuno; le recuerda el horario de sus medicamentos, le pregunta qué quiere de comer. Quizá porque aún le queda algo de aquel cariño de los primero años. Se le ocurre que cuando ella entre al cuarto se acostará a su lado. Le preguntará cómo se siente. La escuchará en silencio. Después le contará que se siente cansado, que se ha sentido viejo, que necesita que lo abrace fuerte.
Ella pone un pie fuera del baño. Resbala. El dolor es líquido y caliente; se agolpa en la nuca empapando sus cabellos canosos. Piensa en gritar para que alguien la ayude, pero no sabe cómo. Tiene la costumbre de callar lo que siente. Y ahora ya no importa. Está en el piso y tiene mucho sueño. Piensa en sus hijos: ya no la necesitan, incluso la más chica estará bien sin ella. Piensa en su esposo. Él es quien no sabe valerse por sí mismo. Ya no habrá quien lo escuche por las noches quejándose de todo. ¿Quién le hará de comer si ella le falta? La quiere. Aún la quiere. Por eso, en cada aniversario, él lee un poema que escribió mientras estuvo lejos. Los dos lloran. Ella lleva el papel, pequeño y arrugado, guardado en la cartera. Y cada vez que está a punto de rendirse va a la recámara, saca aquel escrito y vuelve a sentir fuerzas. Ahora mismo, sólo por acordarse, se siente con más ánimo, aunque a su alrededor el mundo se oscurece.
Él ahora no lo sabe, pero en un momento la encontrará inconsciente, la cabeza sangrando después de haberse golpeado con el filo del escalón del baño. Gritará su nombre muchas veces sin obtener respuesta. Escuchará la voz de su hija pequeña preguntando qué pasa. Le ordenará llamar a una ambulancia, avisar a sus hermanos, traer una bata limpia. Vestirá a su mujer repitiendo “Dios mío, Dios mío” con el miedo atravesado en la garganta. Entonces sí las lágrimas brotarán sin pudor. Y se sentirá débil cuando vea al paramédicorevisando los signos vitales de su esposa, la mujer con la que ha compartido treinta años de su vida, la madre de sus hijos. Tomará entre las suyas la mano de su cónyuge, se acercará a su rostro y le dirá:
—No te mueras.
Ella ahora no lo sabe, pero en algunos días despertará en un cuarto de hospital, preguntará por él y nadie le dirá nada. Tiempo después le contarán que llegando a la clínica, los hijos empezaron a correr de un lado a otro para que la atendieran. Él dijo:
—Tengo sed, háganse cargo —y encaminó sus pasos a la cafetería.
Un médico internista la llevó a terapia intensiva, sus hijos permanecieron en la puerta. Cuando el doctor salió a decirles que todo estaba bien buscaron a su padre. Lo encontraron dormido en la sala de espera. Quisieron despertarlo. Fue imposible. Había muerto de infarto. Nadie se dio cuenta, porque no dijo nada. No se quejó al primer malestar, como hacía siempre. Ella dirá “Dios mío, Dios mío” y llorará por él, también por ella misma, porque entonces conocerá de verdad lo que es sentirse sola.
La hija, ahora no lo sabe, pero en algunos años, cuando firme el divorcio, recordará a sus padres y les envidiará aquella voluntad de permanencia. Entenderá por fin que las aristas no son más que una forma de mantener el contacto entre los lados. Los lados forman el poliedro, y que dos se conjuguen es casi poco menos que un milagro.
Rafa es una referencia obligada de la Tijuana actual, con sus programas de radio sobre música (era un ferviente melómano, siempre descubriendo nuevas bandas, compartiendo esa música en su blog), con los fanzines que publicó a lo largo de varios años, presente en todas las fiestas y toquines que se hacían allá en los que a veces se presentaba como DJ: Rafa Dro, con sus libros de cuentos, unos cuentos posmodernos, divertidos, radicales con su mescolanza de inglés y español y sarcasmo: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996; Nitro press, 2012), Buten Smileys (Yoremito, 1997; Libros Malaletra, 2011), Lejos del Noise (Moho, 2003) y Crossfader 2.0. B-sides, hidden tracks & remixes (Nortestación, 2011). Tal vez sin él no se entendería mucho de lo que hoy se hace y se vive en Tijuana.
Rafa siempre estuvo al día en asuntos de la tecnología: fue uno de los primeros mexicanos en tener un blog (allá por 1999, si mal no recuerdo), cuando pocos conocían esa plataforma digital de autopublicación. Además, fue el creador de la célebre frase “Tijuana makes me happy”, que después musicalizaron los de Nortec: “The happiest place on earth”. Y todo, siempre, desde esa esquina noroeste del país donde, según reza el lema, “inicia la patria”. Porque Rafa, a pesar del potencial que tenía, nunca se fue de allí e hizo de Tijuana su centro de operaciones: recientemente estudiaba una maestría en el Colef cuyo proyecto era, justamente, sobre fanzines.
Al saber de su prematura muerte trato de recordar cómo nos conocimos. No lo recuerdo con precisión, pero debió ser hace casi 10 años en Tijuana, en uno de los bares que frecuentaba: el “Turístico” en la plaza Santa Cecilia o el “Dandy del sur” en la calle Sexta, donde una vez coincidimos y ante mi ridiculez de tomar sólo una “cheve” él insistió en pagarla. Y seguramente fue por los amigos en común: Heriberto, Mayra, Juan Carlos Reyna, Eduardo, Amaranta (recuerdo una vez que amanecieron juntos en la playa después de una fiesta), Abril, Omar, Lorena y Louie, Haydé (con quien siempre se quedaba cuando venía al DF), Karla y recientemente con nuestra querida Gaby Torres. Algunos de ellos se han enemistado con el tiempo, pero Rafa siempre fue amigo de todos ellos. En nuestro caso, fueron pocas veces las que coincidimos después pero Rafa siempre fue muy amable, era de esas personas con las que te encariñas desde la primera.
En Radiante, uno de los fanzines que publicó junto con su amigo Checo Brown, me invitó a colaborar y le envié algo que él, sin reticencias, incluyó. Después se me ocurrió hacer una antología de cuento en la que, desde luego, lo quería incluir y él me envió a los pocos días una selección de ellos para escoger alguno. Una vez lo vi caminar por el camellón de la avenida Álvaro Obregón, aquí en el DF, y yo lancé un twitt para decírselo, cosa que le hizo mucha gracia. Tal vez la última vez que nos vimos fue en un lugar de la calle Sexta al que fuimos con Lorena y Louie, Juan Carlos Bautista y Víctor Jaramillo después de presentar un libro en la Feria de Tijuana. El contacto se mantuvo cordial con el intercambio de algunos twitts o algunos favs en Instagram, a donde siempre subía fotos de sus clases, sus amigos y, sobre todo, las playas de la Tijuana que lo hacía feliz.
Los siguientes poemas aparecieron en el libro Serial, publicado en 2011 en el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Al filo de la navaja, V
Un día antes de perder a mi gato tuve una pesadilla. Venía yo de la playacon varios peces aún moviéndose,un auto se paró delante,la calle me pareció conocida,no ascendía desde la playa:había un cementerio al lado de la casa.eso fue en un sueñoporque cuando perdí de verdad a mi gatoya tenía claro el grito intempestivo, el sitio anticipado, el tufo de muerte que perfumó esa tarde la ciudad. de allí que mi voz sea fruta amarga,sonido que no se oye
Sitiado, V
sin temor a equivocarmecuando acabe de escribir estas líneasni tan líneas porque la vida a cado rato se interrumpe, iré a tomar un trago.regresar y sabe dios qué pase después.estoy vivo porque mi ánimo lo diceo porque de plano mi pensamiento es neciocomo el alba.
Vista de la ciudad desde el Cerro de los Remedios. Fotografía de Eugenia Montalván
Un amigo escritor del D.F., establecido en una aburrida provincia mexicana, cuando le mandé un correo electrónico contándole que estoy viviendo en Durango, me respondió: “Yo no conozco ese estado, siempre me lo he imaginado repleto de pistoleros, alacranes güeros y con tormentas de viento en el desierto”. No, no, no… ¿Por qué? ¿Quién se encargó de crear esta imagen? No me ofendo si me dicen que lo de “pueblo pistolero” se lo debemos a Jhon Wayne, protagonista de siete películas filmadas aquí en una época memorable para las producciones duranguenses, de mediados de los sesenta a principios de los setenta, cuando empezó a correr como pólvora para el estado el mote de “Tierra del Cine”, entre otras cosas porque en las montañas, a quince minutos de la ciudad, se asoleaba el guapo actor norteamericano haciendo una película tras otra: Los hijos de Katie Elder, Lucha de gigantes, Los invencibles, Chisum rey del Oeste, Gigante entre los hombres, Los chacales de Oeste y De su propia sangre. Y puedo mencionarlas de corridito porque tengo frente a mí un libro aparentemente bien documentado que circula como coffe table book desde hace casi dos semanas: Durango 450 años (producido por el gobierno en conjunto con Banamex e Índice Editores).
También es cierto que en esos años llegaron a rodar aquí algunas películas mexicanas, ¡con pistoleros valientes en primera línea! Soy testigo de la filmación de algunas a la vuelta de mi casa y en el bar de mi papá, con Mario Almada, Julio Alemán y Valentín Trujillo, entre otros señores mal encarados dispuestos a dejarse morir o a desenvainar su arma a la primera provocación.
Y de los alacranes, ¿qué decir? El libro en cuestión rehúsa ahondar en ese escabroso tema; solamente hace alusión a ellos brevemente; primero vemos al temido animal reproducido casi a tamaño natural, pero esculpido en plata, y páginas más adelante aparece como la especie venenosa que es, y que estudiaron a fondo dos científicos cuyos nombres se rememoran en dos calles importantes: Carlos León de la Peña e Isauro Venzor, quienes a principios del siglo pasado desarrollaron el antídoto contra la picadura, “logrando con ello salvar muchas vidas a muy bajo costo”.
Lo cierto es que los alacranes son el souvenir más popular y económico: “en los mercados [especialmente el Gómez Palacio] pueden hallarse en forma de dulces, en llaveros, en ceniceros y postales”, aunque también se consiguen vivos y muertos, a cinco pesos el ejemplar. Pero de ahí a que la gente que no conoce Durango se imagine que son tan comunes como los mosquitos en Yucatán, no es justo. Diversos repelentes inhiben su aparición, y ya es realmente remota la posibilidad de escuchar que alguien muere por un piquete de alacrán.
Fotografía de Christian Saucedo
Javier Guerrero Romero y Miguel Vallebueno Garcinava, autores de esta obra, documentan con datos y fotos de Federico Gil la geografía privilegiada que tenemos repartida en 123,420 kilómetros cuadrados, “donde confluyen dos de los accidentes más notables del país: la Altiplanicie mexicana y la Sierra Madre Occidental”. Desde luego, acepto que conozco poco la variedad de paisajes que transportan ríos y conectan zonas áridas con cadenas montañosas, pero para eso estoy aquí, para empezar a entender qué pasa más allá de la ciudad que, gracias al libro, ahora vuelve a agarrar vuelo para continuar en su celebración de 450 años de fundada. Y, por cierto, otro gran suceso para animar esta fiesta fue el Concierto “Septiembre mexicano 450” de la Orquesta Filarmónica de Durango, bajo la dirección de Juan Manuel Arpero: ¡de lujo! Válgame Dios, Arpero hizo unos arreglos muy buenos a algunas piezas clásicas del cancionero mexicano y se lució, sobre todo con la famosa “Negra consentida” de Joaquín Pardavé, en la que cada sección de la orquesta se desdobló en un conjunto musical por sí mismo, como si se tratara de una revancha; es decir, como si nos hubiéramos transportado a un bar de jazz, especialmente por el deslumbrante soliloquio del saxofón y la vibrante intervención de las percusiones. En efecto, la gente sintió correr entre las butacas cierto aire “pro”, y los que empezaron a marcar el ritmo con las palmas, después movían los hombros y terminaron cantando. No exagero si digo que la figura del director creció al doble de su proyección real, y aunque puedo sonar extrema, me gustó verlo enérgico, incluso sobreactuado, exigiéndoles más a sus cantantes, conmovido con ciertos deslices de patriotismo sonoro en ejecuciones impecables.
Orquesta Filarmónica de Durango. Fotografía de Eugenia Montalván.
La Orquesta Filarmónica de Durango es un logro del músico Enrique Escajeda González, ex funcionario cultural que ahora trabaja de manera independiente en una Asociación Civil capaz de generar todo un movimiento artístico para hacer venir desde cualquier otra provincia, e incluso de la ciudad de México, a los músicos que, de manera fija o esporádica, sustentan los programas de orquestación clásica para los melómanos duranguenses.
Esa noche, además, me gustó porque la primera parte del concierto la escuché en primera fila, y después me cambié a un palco, por el puro gusto de tomar fotos desde otra perspectiva. Es así, en este Teatro majestuoso llamado “Ricardo Castro”, en honor al gran compositor nacido en esta tierra, no hay edecanes incómodos que te hagan la vida difícil. Obviamente no fui la única que cambió de lugar.
Fotografía de Christian Saucedo
Con este aperitivo, era imposible volver a casa tranquilamente. Se me antojó un mezcal. Caminé unas cuadras hacia el histórico barrio de El Calvario y llegué a “La Fonda de la Tía Chona”, un lugar excepcional en el Centro Histórico. Cada veladora, cada flor, cada mueble y cada artesanía hacen que se te abra el apetito visual, y aun en medio del asombro de la decoración, el sentido del gusto se estimula deliciosamente al paladear un chile rojo relleno de queso añejo servido en salsa de piña. Confieso que esa noche brindé sola; el día del Grito, en cambio, cubierta con mi rebozo rojo de seda, cené en casa de Christian Saucedo. Ahí, en la mesa de la sala, descubrí el libro que hoy reseño; así es como todo confluye en un sabor de boca exquisito: Descubrí una mención de Christian Saucedo en la página 167. Se refieren a él como un escultor “con una trayectoria diferente”; los autores quisieron decir que hace instalación, obra pública, video, arquitectura, fotografía, últimamente especializado en vistas aéreas y celestes, etcétera. Esa noche, sin embargo, con su camisa y moño de charro, Christian cocinó unos ricos y hermosos chiles en nogada.
Volviendo al libro di el grito, pero de sorpresa, cuando descubrí, en fotografías, el recetario de “La Fonda de la Tía Chona”, propiedad de Ángel de los Ríos y Jesús Ibarra. Su cocina es la imagen de la gastronomía duranguense, la cual rebasa, por su buen gusto, los límites del desierto, los cielos rojos de fuego encendido, las cascadas, el puente tirante más grande de Latinoamérica, las cuevas rebosantes de alacranes güeros y los westerns de pistoleros.
Benavente. Apuntes 2. Acuarela y tinta. 15 x 9 cm. 2009.
Julián, el único cantante de ópera que terminó como montador de toros, se ajustó la correa del sombrero en la barbilla y tocó el lomo de aquella bestia. Pese a los guantes y al acústico cuero de sus chaparreras, sintió hervir al animal. Tal vez sea yo, se dijo.
Trepado en lo más alto del cajón de los sueños, flexionó sus rodillas una y otra vez, en espera del momento preciso para comenzar la monta.
Qué parecido es el ruedo a un escenario operístico, pensó. Ambos, el punto central de un anfiteatro. La diferencia: la ópera daba aplausos y el jaripeo, la gloria.
Las 5 mil almas que presenciaban la corrida de toros, disfrutaban el preludio de la monta de Julián. La banda sinfónica -una novedad en este espectáculo introducida por el montador cantante- ejecutaba el Corrido de Juan Martha. Lo tocaban de manera pulcra, pero con la dosis necesaria de empirismo, para que el respetable no se diera cuenta de la sustitución de la banda de chile frito, que había sido lo tradicional. El director de orquesta volteaba a ver a Julián, en espera del momento exacto en que el montador cayera al lomo vacuno, ahí tendría que interrumpir el corrido y ordenar el Son de la Rabia, como sentencian los cánones no escritos del jaripeo costeño.
Julián contuvo el resuello para frenar sus variaciones cardiacas. Se sentía como en los albores del momento central de La forza del destino. Burbujas estomacales, manos sudorosas y escalofríos en la nuca. Puso en práctica unos ejercicios de respiración: contuvo el aire uno, dos, tres segundos y lo sacó. Repitió la táctica. Necesitaba la cabeza serena y las manos orquestales para la monta de su vida, pues no estaba dispuesto a dejarse tumbar por aquel toro.
Se preguntó cómo diablos había aceptado una apuesta de ese tipo. Sí, de ganar, resolvería sus cuitas. Pero de perder, su honor como montador, su modesta fama operística, y su vida, se irían derecho a la Edad Media.
Como un adagio, una gota de sudor comenzó a bajar por su frente. Se deslizó por el cachete y de ahí enfiló a la barbilla. La gota se hizo más grande y se soltó hacia el vacío. Durante los instantes que la gota caía al suelo, Julián pensó:
-Qué diría el tío Sancho de este barroco enredo. Tal vez lloraría de orgullo.
Vino a su memoria el tío Sancho, un ganadero que lo ayudó desde muy pequeño en la polifonía de la vida campirana. Con los años, Julián se dio cuenta de que su tío, además de enseñarle los secretos del oficio (en los que iba incluida la monta), también evitó su ingreso al semitono de la orfandad, al que estaba sentenciado con la muerte de sus padres.
Luego de años con el tío Sancho, Julián se convirtió en un vaquero da capo. Lazaba con doble punto, herraba con cadencia y montaba toros que era unos auténticos bemoles dobles.
Pero una tarde de nubes atonales, tras mirar un concierto de orquesta sinfónica en la televisión, decidió dejar las vacas y buscar fortuna en la música.
El tío Sancho fingió una síncopa para confirmar si Julián realmente quería dedicarse a la música. No quería que su pariente fuera estribillo de muchos villancicos.
Si quieres ser músico, pos éntrale a la banda de la iglesia, le dijo.
No, tío, quiero estudiar música de verdad, respondió.
Como su sobrino no bajaba la guardia, el tío Sancho le dio la mano en señal de aprobación.
La música la traes en la sangre, chamaco, pensó el tío al recordar los antecedentes operísticos de su cuñado, quien moriría poco después de ver a su único hijo, a quien sólo le pudo heredar el nombre, apellido y también, la inquietud musical.
Cuatro años después, Julián Vitelli, se graduó en la Escuela Nacional de Música como pianista. Y dos años después, ya incursionaba en la ópera.
Un día antes de que ofreciera su primer recital como parte del Coro de la Ciudad, recibió la noticia: su tío agonizaba en cama tras un minuendo cardiaco. Apenas alcanzó a llegar al rancho. Ver postrado al tigre que había sido su segundo padre, le arrugó el tono.
¿Estás contento con la cantada?, le preguntó a bocajarro.
Mucho, tío, gracias por todo, respondió Julián.
No me agradezcas nada. Agradécemelo cuando ese oficio te enchine el cuero, te dé honor y te moje de gloria. Si no es así, entonces búscale por otro lado, sentenció.
El tío Sancho murió al amanecer. Luego del funeral, a Julián lo trabó la tristeza. Recordaba al tío Sancho, su ayuda, sus chistes y sus últimas palabras. Pasaron los días y una noche llamaron del Coro de la Ciudad para saber si regresaría. Vitelli no tenía ánimos de música, ni del canto. A sus 25 años se sentía seco de emociones. La pérdida del tío Sancho lo estaba convirtiendo en un acorde menor y desafinado.
Para distraerse, se refugió en las vacas. Se levantaba de madrugada a la ordeña. El aroma a estiércol fresco le enmendaba la partitura y lo transportaba a su niñez. La leche bronca le traía al tío de regreso y con ello, los tonos bullían como trinos de urracas. Luego del almuerzo, pasaba horas sabaneando toros, marcando fierros y atrancando corrales.
Hasta que el cambio ocurrió: el día iba in crescendo, cuando un grupo de peones lo llevó al corral a ver la monta de uno de los becerros. Al mirar al animal y jinete, volar en un solo allegro, le aplacó la nostalgia como por arte de magia. Vitelli decidió volver a montar, quizá a medio reparo se le enchinara el pellejo y quizá, también, escuchara al tío.
Julián Vitelli jamás fue el mismo tras aquella monta. Cada arsis no sólo le erizó la cáscara, sino que al bajar del toro y sentir los aplausos de los presentes, saboreó el honor. El honor que se le reconoce a alguien que ha vencido a un animal sin más armas que sus dos manos. Entonces un arpegio le vino a la mente: dejaría la ópera y sus hipócritas modos. Sería un montador.
No le costó trabajo emplearse como jinete, primero en la palomilla del pueblo y después, en una de las más afamadas del ejido. Su estilo suicida, le dio popularidad casi inmediata en los misteriosos rumbos del jaripeo. Año y medio le bastó para formar su propia palomilla.
La monta profesional le dio a Julián la certeza de que sólo en el lomo de un toro conseguiría la gloria. El tío Sancho tenía razón.
En todo el suroeste mexicano la monta de toros es un submundo que genera dinero y muerte, ambos atributos son suficientes para atraer multitudes. Eso terminó de animar a Vitelli.
Aunque este oficio no se trasmite por televisión, ni tiene cobertura mediática, su promoción se lleva a cabo de la manera más antigua, pero también, de la más precisa: de boca en boca. Julián destacó por sus montas a una mano o incluso, sin manos, es decir, sólo se aferraba con las piernas. Era común que a medio reparo, adoptara posturas de tenor en el primer acto de Orfeo y Eurídice. Lo apodaron El Divo.
Pero sus montas y su mote no habrían tenido mayor importancia (pese a la inclusión de rasgos operísticos que nadie apreciaba y pese a su temerario estilo) de no ser porque comenzó a desafiar a los toros más difíciles.
Como un empresario de bel canto, los propietarios de toros famosos cojean del mismo pie: el dinero. Los dueños de animales apostarán, pero apostarán a lo seguro. Así como Mozart sólo recibió la mitad del pago por su Misa de Réquiem en re menor, K. 626, así veían a Julián los dueños: la manera más fácil de ganar plata. Al montar sin manos, el toro siempre llevaría las de ganar. Con 900 o mil kilos de furia y pellejo, bastarían unos cuantos reparos del animal para desequilibrar al Divo. El triunfo de un montador sólo ocurre cuando se desmonta por decisión propia. Y eso ocurre muy pocas veces.
Aún así y pese a los pronósticos en contra, Julián venció al Tartamudo, al Rufián, al Teresito, al Poquilín y al Bubulubo. Nueve meses le bastaron para semejante logro y también, para destrozar su cadera. Una monta más y te quedarás en silla de ruedas, le dijo el doctor.
Julián decidió dejar la monta. Con su fama, administraría su palomilla de montadores y ganaría dinero sin poner en peligro sus botas. Se casaría con Valeria, tendría hijos, se dedicaría a criar toros de jaripeo y quizá, también daría clases de canto.
Pero los caminos de la vida son muy difícil de andarlos. Un día antes de que Julián se comprometiera con Valeria, llegó el dueño del Tartamudo con una nueva oferta que apestaba a revancha: la camioneta y el rancho si se le quedaba a su nuevo toro: el Cantante. Estoy retirado, dijo Julián con ganas de que no le creyera. Y así fue.
¿Prefieres que todo mundo sepa que el Julián el Divo Vitelli se le rajó al Cantante?
Vitelli pensó en Valeria, pero también en su honor. Quizá era el momento de aclarar todo: si ganaba, además de la apuesta, confirmaría que no había errado al cambiar de oficio. Si perdía, todo se iría al caño.
Hecho, dijo Julián, mientras extendía la mano en señal de garantía.
El Cantante no era cualquier animal. La palabra toro estaba hecha justo a su medida. Mil 200 kilos de poder bajo un pelaje tan hosco como las penas de amores. Cuajado de tronco, joroba discreta y cornamenta temible, el Cantante entraba al ruedo con andar tan manso como tortuga galápago. La capa roja sobre su lomo lo hacía más grande de lo que de por sí era y también, le daba un aire de gladiador romano.
Julián lo había visto en videos, pero al tenerlo enfrente se le apretó el gaznate y sintió escozor en los güevos. Un trago de mezcal tumbapelo (el ideal para antes de montar) le dio valor para ir al centro del ruedo y arrodillado, con sombrero entre sus manos, hizo la oración del montador.
La gota de sudor que iba en el aire se estrelló en la tierra suelta.
Julián el Divo Vitelli aspiró fuerte. Hizo una venia al cielo con el sombrero. Encorvó el tronco sobre las rodillas y se dejó caer sobre el Cantante. El cajón de los sueños abrió la compuerta y ambos salieron juntos en el primer reparo. Toro y montador se mantenían en el aire, cuando el cielo se puso rojo, luego blanco…
* * *
Los japoneses jamás se equivocan, dijo el señor con voz arenosa. El aroma a gasolina y aceite quemado se metía, picante, en las narices de todos los visitantes de ese inmenso expendio de autos usados. Como el hijo puso cara de huevo duro, el viejo justificó:
Sólo a eshos se les pudo ocurrir algo tan grande como el Shamato o el Sansui BA-3000. Sólo a eshos.
El señor, hay que explicarlo, se refería al buque de guerra más grande jamás construido, el Yamato. El BA-3000, por su parte, es el mejor amplificador de sonido que ha fabricado la mano del hombre. Ambas razones, también hay que aclararlo, al hijo le importaban una pura y dos con sal, lo cual se reflejó en su contestación:
Sí, pero este Accord no vale ni 2 mil pesos. Está muy baqueteado. Y vos debés entenderlo, padre.
Pero, Dieguito, es japonés, es un Honda. Carajo.
Será muy japonés, será muy Honda, pero dudo que shegués a casa con él.
Esto último no le gustó del todo al anciano porque era verdad. Aquel Accord 94, en efecto, poseía la línea más clásica del modelo, pero su estado era casi lamentable: salpicaderas picadas; mohosas vestiduras; motor remendado; cristales estrellados y cuarteaduras en el tablero. Levantar aquel montón de hojalata iba a costar dinero, dinero que el hijo no estaba dispuesto a gastar.
Sin embargo, como pocas cosas pueden con la voluntad de un viejo, unas horas después ambos tomaban la Ruta Nacional 9 con rumbo a Buenos Aires. El viejo Honda echaba humaredas como si fuera tren del viejo oeste, emitía un sonido parecido a una licuadora y avanzaba con muchos trabajos por aquellos lares argentinos. Diego rogaba que una patrulla los detuviera y les quitara el desvencijado armatoste.
No es que Diego no estimara a su padre. Pero le sacaba de quicio cuando afloraban sus ínfulas de coleccionista fracasado. Y lo consideraba fracasado porque durante sus 76 años, el viejo no había podido comprar más que una rocola, un par de JBL L-16, un Mcintosh MCLK12 y un disco de los Sex Pistols. También atesoraba decenas de artículos viejos que compraba por Internet o en tiendas de antigüedades del barrio de San Telmo.
En la rocola su padre invirtió mucho dinero, pues aseguraba que al venderla, haría un gran negocio. Pero no contaba con que al aparato le faltaba gran parte del mecanismo interno y por tanto, repararla, además de difícil, iba a ser carísimo. Fracaso. Con las JBL pasó algo similar, pues al intentar revenderlas, el comprador le dijo que los conos de los altavoces no eran los originales. Fracaso. Y al Mcintosh le faltaba un par de bulbos inconseguibles. Fracaso.
Con el disco de los Sex Pistols había tenido suerte de bobo. En aquellos años Diego todavía estudiaba la carrera de ingeniería civil. Esa tarde el hijo meditaba sobre cómo empezar un proyecto de concreto hidráulico para su tesis final, cuando llegó su padre con una cara que Diego no olvidaría jamás.
No sabés, pibe, lo que acabo de encontrar. No sabés.
Pero que boludez traes, viejo.
Pibe, pibe, mirá lo que compré a un porteño en San Telmo. Mirá, mirá.
Diego se imaginó un vejestorio que engrosaría el cuarto de trebejos. Abrió la bolsa y sacó un disco de vinil. Otra macana más, pensó Diego. Se trataba de un sencillo de los Sex Pistols. En su portada se podía medio ver una imagen de la reina Isabel, sobre un fondo difuminado de la bandera británica.
Este es el God save the Queen/No feelings. Fue editado en el 77 y sólo hay unas 300 copias. Vale como 10 mil dólares y lo compré en cinco.
¿No será un trucho?
No, no. Lo he revisado bien y no veo nada raro.
Días más tarde, cuando llevaron el disco con un experto, confirmó todo: el disco era original, estaba impecable y valía como 10 mil dólares. Finalmente el viejo hizo algo, pensó Diego. Pero la suerte le enseñó su otra cara: sí, el disco estaba valuado en 10 mil dólares y es uno de los más caros del mundo, pero jamás encontró un cliente que pagara semejante cantidad por un acetato. Incluso, aunque lo bajó a 5 mil dólares, nadie realizó la compra en Mercado Libre y demás páginas de ventas. Al final, el viejo lo guardó y desde entonces era el orgullo de sus conversaciones.
Cuando murió la madre de Diego, familiares y amigos de la familia, recomendaron atención para el viejo y al ser hijo único, Diego estaba obligado a atenderlo. Pero sus responsabilidades como alto ejecutivo de una empresa constructora le impedían verlo con frecuencia y sustituía sus visitas con dinero. No mucho, pero sí el suficiente para que su padre se entretuviera en su pasatiempo predilecto: cacharros viejos.
Meses después, el médico familiar informó a Diego que el corazón de su padre estaba cansado y le recomendó:
Dieguito, disfrutá del viejo antes de que te arrepientas.
Entonces a Diego le entró el remordimiento. Se sentía un tipo con suerte: dinero, autos, mujeres y un trabajo de ensueño. Sus viajes al extranjero eran frecuentes, sus cuentas bancarias eran copiosas y su padre se moría sin que pudiera evitarlo. Vino la época de acercamiento. De recorrer San Telmo junto al viejo para comprar tiliches, de ir a los partidos de futbol, de cenar choripanes juntos. Entonces vino la petición.
Dicen que en Bolivia se consiguen autos a buen precio.
¿Acaso te faltán algunos tornishos?, Bolivia está lejos y tu corazón puede que no aguante por la altura.
Pibe, al menos quiero eso antes de que me echés al pozo.
No era un sueño, una inquietud o un deseo. Era la última voluntad de su padre y a Diego no le quedó más que acompañarlo hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia, donde el viejo descubrió el Accord en un enorme lote de autos usados que provenían de Estados Unidos. Ante la negativa de Diego para comprar el vejestorio rodante, su padre usó el mismo as que siempre traía bajo la manga: ¿Acaso no recordás el disco de los Pistols? Diego entendió que pese a su realismo, no había otra salida que comprar el auto. En el camino de regreso a Buenos Aires, Diego ya iba resignado, aunque deseoso de alguna autoridad les quitara el coche.
La torreta de una patrulla lo sacó de sus cavilaciones. Le ordenaron orillarse. La suerte le había sonreído. Seguro les quitarían el Accord.
La concha de su madre, qué va a querer este macana. Tengo todo en regla. ¿O es que acaso no dejarán que este viejo se muera en paz? Masculló el anciano, cuando escuchó al policía por el altavoz.
Diego escuchó algo de tristeza en la voz del viejo. Pensó que no había sido buena idea desear una patrulla. Entonces decidió que nadie, ni una patrulla, les quitaría el Accord. Entonces escuchó el tronido en el cielo…
* * *
Plutarco Mendoza abrió los ojos por las punzadas de un dolor de cabeza. Había dormido más de lo debido. Necesitaba un analgésico para mitigar la inutilidad que le provocaba la resaca: sensibilidad a la luz, al ruido, al movimiento.
Reconoció la habitación: era de Celina Torres Gil, la mujer que dormía a su lado. Celina era su amante desde varios meses antes, a pesar de que era la esposa de un político de moda y a pesar de que olía a pólvora.
A Plutarco eso le importaba un plátano. Las nalgas de aquella mujer valían la pena. Al menos eso creía hasta ese momento. Aquella habitación era parte de una cabaña que el esposo de Celina tenía a las faldas del bosque de Toro Viejo. No es que al político le interesara la vista campestre. No. Pretendía, mediante algunas maniobras chapuceras, hacerse de la posesión de cientos de hectáreas de bosque, las cuales ya tenía apalabradas con empresarios que convertirían los árboles en dinero.
Los amantes solían usar la cabaña de manera frecuente, para pasar uno o dos días juntos y evitar los moteles de paso, donde el riesgo de ser sorprendidos, era mayor. La noche anterior, la ingesta de vino tinto había sido tanta, que la pareja se quedó dormida, antes de que intercambiaran las caricias lógicas para celebrar el medio año juntos en esa relación clandestina.
Plutarco se levantó de la cama y caminó entre el reguero de ropa y zapatos de ambos. Se dirigió al baño, donde ya sabía la ubicación del paracetamol: extremo derecho de la segunda repisa. Al parecer, al político también lo agobiaban los dolores de moyera.
Sacó un par de grageas y pensó en ir a la cocina para tomárselas con una cerveza helada que le abriera el apetito, lo suficiente, como para regresar a la birria de chivo en Ciudad Impune. Un festín de carne, consomé y salsas, capaz de sacarle a patadas la crudota que cargaba.
Pero en vez de eso, salió del baño y caminó hacia la terraza. La luz del sol era de intensidades atómicas. El paisaje lo cautivó una vez más. Al abrir el ventanal y llenarse los pulmones con aire de los pinos, pensó, una vez más, que el esposo de Celina era un soberano pendejo para preferir un manojo de billetes a cambio de esa vista, de esos cerros, de todo el bosque de Toro Viejo. Pinche pendejo, pensó.
Recordó que la noche anterior no se había cogido a Celina a causa de las ocho botellas de vino. Pero cómo se me ocurre beber vino, se dijo. La celebración había quedado en borrachera. Sí, se rieron de cómo se conocieron en esa tienda de autoservicio. Sí, reconocieron que su amasiato no tenía mucho futuro. Sí, lloraron de que un día dejarían de verse. Sí, ella le mamó la verga remojada en vino. Sí, él se sirvió licor en su panocha una y otra vez. Sí, se besaron en cada ángulo. Sí, se juraron deseo, amor, calentura. Pero no cogieron. El diler de Plutarco nunca llegó con la coca, con la cual tenía planeado amanecerse, bebiendo y culeando.
Ahorita le voy a hablar a ese cabrón. Que me la traiga. Recordó Plutarco. Entró al cuarto y sacó su teléfono celular del pantalón. Volvió a la terraza. Mientras marcaba, pensó en bajar a la cocina a tomarse las pastillas con una cerveza. Regreso a cogerme a Celina como Dios manda. Luego nos alivianamos con unos pases y nos vamos a la birria. Imaginó.
Su llamada entró.
¿Bueno? Respondieron del otro lado de la línea.
No pudo responder. Nunca podría volver a hacerlo. Porque un balazo entró por su mano derecha que sostenía el aparato. El tiro atravesó su mano, el celular y entró entre los cachetes. Debido a su calibre, tal vez 9 milímetros, tal vez, .44 o incluso .45, la bala se llevó una gran parte de los maxilares y casi toda la lengua de Plutarco. Por el impacto, varias muelas se quebraron como cristales. Algunos de esos fragmentos fueron aspirados por Plutarco, quien, inconsciente, se aferró a la vida.
El marido ofendido surgió de entre los árboles que admiraba Plutarco antes del disparo. Lo acompañaban dos pistoleros, uno de ellos, con un rifle de mira telescópica y cañón humeante. Entraron a la cabaña, subieron a la terraza, donde encontraron a Mendoza con la cabeza agujerada.
Todavía resuella ¿lo remato? Preguntó el del rifle.
Espérame tantito. Este pendejo debe morir poco a poco. Mientras me voy a encargar de esa puta. Respondió el político con pistola en mano.
Celina aún dormía, ebria, sin imaginar que jamás despertaría porque un tiro le iba a destapar las sienes. El político regresó a la terraza, tomó la pistola y la puso en la entrepierna de Plutarco, tirado a medio charco de sangre. Una explosión que venía desde atrás de las nubes paralizó su dedo sobre el gatillo. Todos voltearon hacia arriba…
* * *
Se llamaba John Pach, pero entre sus círculos más cercanos era conocido como el Marciano.
No creo que halla mejor apodo: Pach era de piel tan pálida que, pese a los cotidianos baños en su cama solar, tenía el aspecto de una salamanquesa; sus dedos eran largos (aun con las dos cirugías para disminuir su tamaño) como los de ET; el pelo tan ralo (siempre se opuso a los implantes) como Gollum y su rostro, una copia exacta de los aliens que aparecen en la película Encuentros cercanos del tercer tipo. Un cosa bien rara.
No pocas amistades jugaron bromas con su aspecto. En las redes sociales cercanas a él era frecuente el uso del término Pach como sinónimo de alien o marciano. A veces, para no hacerlo directamente usaban pachiano, para referirse a todo aquello con aires alienígenas.
Pero eso sí, tengo que reconocer que con Pach, la vida humana iba a cambiar para siempre.
Nacido en los barrios bajos de Manchester, Pach comenzó a destacar muy pronto en su vecindario. Primero fue la burla de todo aquel que se topara con ese niño de aspecto alienígena. Pasada la novedad del niño-alien, los padres de Pach (un matrimonio disfuncional, hay que decirlo) lo emplearon en programas televisivos de ciencia ficción (invasiones extraterrestres, contacto con otras civilizaciones y viajes por el espacio). Los padres obtuvieron medianas ganancias financieras, que invirtieron de manera religiosa en peleas de perros. No hay que ser experto para saber que perdieron todo y cuando ya no hubo programa, ni comerciales que contrataran a su pequeño hijo, lo enviaron a un internado judío, donde jamás volvieron a verlo.
En el internado, Pach volvió a pasar por lo mismo, con la diferencia de que ahí no fue contratado por nadie para las obras de teatro: los judíos odian los extraterrestres. Al ser el apestado de lugar, John se refugió en las bibliotecas, donde encontró la que había de ser su principal compañera: una vieja computadora IBM, polvosa y sin acceso a Internet.
Nadie, ni Nostradamus habría adivinado que, 10 años después, aquel chiquillo de cara intergaláctica iba a ser el siguiente eslabón tecnológico.
¿Cómo lo hizo? ¿quién le enseño? Eso nadie lo sabe y es probable que nadie lo sepa, pues Pach era muy hermético con su vida privada. No sabíamos si tenía esposa (nadie le conoció una sola mujer, motivo por el que se le relacionaba con el movimiento gay), tampoco si tenía hijos o familiares. De sus padres, como ya se dijo, nunca más se supo nada.
Pero nadie creyó en el proyecto de John Pach, al que bautizó como Neron. Todo aquel que escuchó su proyecto para descentralizar el mundo cibernético y mandar al museo la lap-top, el smartphone y cualquier artefacto de comunicación, creyó que se trataba de una broma.
El Marciano inventó, pero nunca patentó, la navegación mental. Gracias a ella, no necesitaríamos de una computadora para surfear en Internet: nuestro cerebro funcionaría como un disco duro portátil. En lugar de parasitar frente a una pantalla, Neron ofrecería la posibilidad de hacerlo mentalmente. En el momento en que lo deseáramos, nos conectaría a Internet (sin cables, sin módem, sin contraseñas y sin virus), elegiríamos qué escuchar, ver o leer. Todo ocurriría en la cabeza. Lo dicho, Pach era un genio. Pero nadie lo entendió.
Yo fui uno de los afortunados que recibió una prueba de Neron. La conseguí gracias a un amigo que se encontraba trabajando con Pach. Mis páginas de Internet (casi todas, de negocios ilegales) me proporcionaban ganancias suficientes y los amigos necesarios para enterarme de los últimos adelantos tecnológicos.
Como yo, muchos creyeron que Neron sólo era una fantasía. Incluso yo lo creí: después de instalarme Neron, recostado en mi cama, modifiqué por horas mi perfil de Facebook y mi página personal. Luego me dormí. Al día siguiente, no resistí la curiosidad y encendí mi lap para corroborar si los cambios en mi perfil realmente habían ocurrido. No era un fraude: mi perfil estaba tal y como lo había dejado en mi mente. Lo mismo pasó con el Tumblr.
Pach era como un Dios y siempre es preciso acercarse a Dios.
Ese día preparé un equipaje y tomé el primer avión a Iowa, donde estaban las oficinas (si se les puede llamar oficinas) de Pach. No me costó trabajo ingresar. Yo tenía amplios conocimientos en redes, en sistemas y en diseño virtual.
Las oficinas de Neron Co. eran una enorme granja de pinta antigua (por no decir, vieja), en la que había borregos, gallinas, caballos y porquerizas. Al prescindir de computadoras, cables y demás enseres hasta ese día, imprescindibles en cualquier despacho, en Neron Co. los aparatos eléctricos eran rarísimos: una cafetera, un refrigerador y un tocadiscos. Todo lo demás estaba dentro de los cráneos de sus 45 empleados, quienes trabajaban (diseño, pruebas, llamadas telefónicas, etcétera) en los lugares más inverosímiles: bajo la sombra de un árbol, montados a caballo, pescando en el lago o sentados en la vieja salita del edificio principal. Todo indicaba que la venta de computadoras se vendría abajo y Pach se convertiría en el hombre más rico del mundo. Sólo había que esperar el día del lanzamiento oficial.
Aunque ingresé a Neron y conocí de cerca a Pach, había un límite hacia su persona. Conversaba, compartía cosas y bromeaba sin reservas. Pero a la hora de salida, nunca se iba acompañado, nunca fue a una fiesta, nunca se interesó en nada que no fuera Nerón. A todos nos parecía lógico su comportamiento hiper nerd y que se preocupara por el proyecto de su vida.
En nuestras reuniones estimativas calculamos que Neron Co. crecería de forma exponencial (en la granja y en todo el mundo). Un 85 por ciento de la población mundial usaría Neron, cuando menos, para navegar por internet, llamar por teléfono, ver películas o escuchar música. Nos acercaríamos a presidentes, cantantes y empresarios de altos vuelos, para ofrecerles redes mentales de intercomunicación. Las ondas de radio vivían sus últimos días.
Conforme pasaban el tiempo, hubo unos cambios en el cubículo de Pach. Pasó de ser la biblioteca de la granja, a un cuarto de cristal con piso oscuro como de lente polarizado (muchos afirmaban que debajo había cámaras, pero no era así), un extraño sillón metálico y un escritorio de tamaño medio. Pero pocos pusimos atención en estas modificaciones, porque estábamos endiosados con el lanzamiento de Nerón, ya que para esos días, nos habíamos convertido en accionistas de la empresa.
Diez días antes del lanzamiento yo estaba en Neron Co. haciendo unos ajustes finales. Aquel día había terminado una actualización del navegador mental, sólo faltaba el visto bueno de Pach. Luego de comer un emparedado de jamón serrano y cebollines, me dirigí al despacho del Marciano. Según otros compañeros, últimamente Pach pasaba mucho tiempo en su cubículo. Algo raro en él, amante de caminar por la pradera, mientras atendía llamadas, entrevistas o convenios. Pero lo atribuíamos al estrés del lanzamiento.
Había otras dos personas antes que yo que hacían turno para entrar al despacho del Marciano, así que tomé asiento en los sillones de espera.
Todo ocurrió muy rápido. Mientras yo leía el diario en su versión electrónica al ritmo de Jaco Pastorius, se cimbró el piso. Supuse, primero, nuevos arreglos al edificio. Cuando enfoqué la vista en Pach, aquello era una visión escalofriante: todo el despacho cristalino de Pach emitía luz propia. El Marciano, sentado en aquel asiento rarísimo, tenía los párpados más abiertos que nunca y de sus ojos salían extrañas formas de luz. El movimiento del suelo se hizo más intenso. Algunas maderas del techo comenzaron a caer. Era hora de salir de ahí o acabaríamos mal, debajo de los escombros.
Lo último que vimos, fue cómo se elevaba el cubículo de Pach. El piso polarizado, las paredes de cristal y enmedio, el Marciano, con los ojos psicodélicos. Entre más alto estaba, más luminoso era. Hasta que ya no lo pudimos ver más y se perdió en el cielo de Iowa.
Entonces supimos que John Pach no era de este mundo. Entonces se activó la alerta contra impacto espacial, una aplicación instalada en el navegador cerebral de los empleados y que creímos inútil. Entonces vimos al cielo encenderse…
* * *
20 de noviembre de 2033.
2:35 PM
El asteroide Apophis, de 2500 metros de diámetro, entra a la atmósfera terrestre.
Ayer se llevaron a Genaro. Nadie, luego de 48 horas de desaparecido, ha hecho algo por buscarlo. Ni siquiera su familia precisa demasiado interés en recuperar al menor de los integrantes de la familia Expediente de Averiguación Previa 11.
Más vale esperar en sensato silencio y ecuánime actitud. Ser tolerante, minimizar la rabia, y mirar en mutismo y discreción a la policía que ayer tuvo la delicadeza de ir a la casa de Genaro para preguntar si tenía enemigos o una vida algo deschabetada. Sí, ese fue el término que usaron los elementos de la autoridad cuando sugirieron que Genaro podría estar de fiesta con sus amigos, más específicamente en malas compañías, gente que pudiera haberle metido en líos. Algo de lógica había en aquella culposa teoría policíaca. Después de todo, la mayoría de los más recientes levantamientos, habían ocurrido en altas e inmorales horas de la noche, y sí, ese fue otro término usado por la policía.
Para el comandante Carlos Estévez, norteño afincado no hace más de medio año en el puerto, lo verdaderamente malo sucede en la frontera norte del país, no en un puerto como Acapulco en donde para él apenas acontecen infracciones menores, delitos sin importancia cuyo origen debe ser producto de algún inesperado desequilibrio en uno que otro poblador y no el resultado de la elucubrada mente de criminales. Básicamente la educación sentimental de ‘Charly el cucho’, como pedía ser llamado el comandante Estévez, estaba conformada a base de corridos, carne asada, películas de los Hermanos Almada y miércoles de Tecates con los amigos. Era posible que para cualquier persona aquellos gustos significaran un catálogo de preferencias ciertamente raquítico, opciones de divertimento no el credo con el que conformaba su existencia y la de quienes sin ánimo de hacerlo cruzaran por su vida; para Charly el cucho, por el contrario, sus elecciones se etiquetaban bajo el marco justificado al que apelan quienes hacen de los ‘usos y costumbres’ una dignificante forma de vida.
Para Estévez, norte y sur no pueden ser polos más opuestos. Por más similitudes que pudieran derivarse a futuro, y por mucho que el sureño promedio acoja accidentalmente términos como: morra, troca o chulos, sólo existe un Coahuila. Era absolutamente lógico que bajo esa visión, la violencia que a fechas recientes aquejaba al puerto sureño, en opinión de Estévez fuera más bien una peripecia orquestada por pobladores cuya única finalidad era forjar en su sureña patria, un norte más cercano.
Como solía suceder, al término del interrogatorio y a veces sin necesidad de exponer la crudeza de su juicio final, para Estévez todo lo malo ocurre a partir de la ambigüedad, es decir: todos somos víctimas propiciatorias. Esa tarde, durante el interrogatorio en la casa de la familia Expediente de Averiguación Previa 11, el comandante Estévez aunque todavía reacio y ligeramente hostil, ofreció de buena gana algunas, vagas todas ellas, teorías de lo sucedido; incluso la abducción fue una de las posibles opciones. Más que el diálogo entre representantes de la seguridad estatal, aquello era la representación de un examen de opción múltiple. Se entiende el desorden, las pistas son confusas: la cartera de Genaro encontrada tirada justo debajo del auto con dinero todavía en su interior desecha la teoría de un asalto. Hasta el momento la única información obtenida fue gracias a los diarios locales que pronto reportaron la desaparición de un hombre y su auto abandonado sin aparente violencia de por medio. Aun así, la sola especulación de una vida participativa en actos deshonestos e inmorales que mantiene Charly el cuche, no logra sustentarse en los familiares de Genaro. Nadie que lo conociera podría asegurar que lo suyo fuera la juerga espontánea o el súbito desliz, vaya que ni siquiera el más lacónico ánimo festivo. En realidad, su existencia se ha movido pasivamente entre el patetismo y el conformismo más arraigado. Lo más temerario que había hecho, al menos la semana previa a su evanescencia fue pedirle a Luciérnaga, nombre artístico que había elegido la última adquisición artística del bar “Puerto Navy”, una cita.
Si de algo podía culparse a Genaro, era el padecimiento insufrible por un proclive enamoramiento a figuras del más paupérrimo ambiente artístico. Fue un accidente, un hecho fortuito el que lo hizo conocer a Luciérnaga. Sucedió una tarde en la que Genaro confundió la calle que lo llevaría de regreso a casa después del trabajo, con un estrecho sendero por el que, apilados en expuesta presencia, se desglosaban diversos bares. La mayoría presentaba una fachada de similar textura: iluminación irritante producto del neón de las luces, el movimiento en las puertas principales de caderas ambivalentes y juguetonas, cadenciosas en el movimiento musical que surgía desde el interior del tugurio que antecedieran. Un olor común, fétido, similar al de la descomposición de la carne sobrevolaba la superficie más arriba de lo tolerable. A la par de los bares, una sustanciosa presencia de vagabundos, custodios en aparente derrota sobre el suelo. Más adelante, sobre la misma escena carnavalesca se observaba el amor de inmediato acceso, cuerpos de grotescas formas emulando restregones y besos precipitados e invasivos. Esa noche, luego de permanecer extraviado sin encontrar alguna calle familiar que le llevara de regreso al simplismo conocido, Genaro tropezó con el cuerpo estilizado y cobrizo de Luciérnaga, bastó mirarla cabeceando bajo la estrambótica estampa de aquella noche, para que localizara en la firmeza de su anatomía, en la torpe emulsión de sus movimientos, una fascinación irreconocible, se sintió perdido.
Se llama casualidad a la peculiaridad que tienen ciertos hechos, a los finales activos de participar en ciertos embrollos, a la inesperada actitud ante sucesos que, fuera del carácter ordinario, se anticipan necesarios por experimentar. Esa tarde, cuando Genaro encontró que su solitaria vida necesitaba algo más que la típica rutina clase mediera, algo, como el encendido del botón indicado en lo recóndito de su mente se activó; fue como si el motor del que están hechas las opciones incendiara su cuerpo y de improviso lo sacara de su aletargada existencia. Decidió, envalentonado más por la posibilidad quimérica que por la factibilidad física de los sucesos asegurados, acercarse a Luciérnaga.
De inmediato hubo una reacción. Aunque más callada de lo esperado, Genaro no encontró rechazo ni la intención de uno que debilitaran su intención. La felicidad de aquella aproximación se repitió en los días siguientes. Pasaron de las citas a una tierna custodia que incluía llevar a Luciérnaga hasta el bar en que trabajaba. La noche previa a su desaparición, Genaro acordó con Luciérnaga un encuentro un poco más tarde. La cita sería ya no en el bar, sino en el malecón ubicado a cinco cuadras del bar donde trabajaba Luciérnaga.
El reloj de su muñeca marcaba casi las 11 y media de la noche, en algún punto entre que salió de casa y condujo por las calles, perdió media hora. Sabía que necesitaba recuperar el tiempo perdido, tuvo la idea de acortar el camino, conocía un atajo. Para llegar a él debía cambiar al carril de la izquierda y así tomar la avenida principal. Comprobó que no viniera ningún auto por la derecha, aceleró, y entró en la desviación que necesitaba. Genaro era hábil manejando. Recuperó la mitad del tiempo perdido. A pesar del esfuerzo empleado, llegó pasado las doce y media de la madrugada. Estacionó el vehículo, caminó una distancia de dos cuadras. Encontró a Luciérnaga en el malecón.
Mientras caminaba los últimos pasos hacia ella, atisbó que no muy distanciados de ella, se encontraba un grupo de adolescentes bastante alcoholizados. Cuando al fin llegó hasta donde Luciérnaga aguardaba, confirmó lo que sospechaba. La molestia de la joven era notoria. Como el enamorado que era, Genaro intentó que la amabilidad de sus palabras pudiera minimizar la irritación. Se acercó con delicado cuidado, su mano se estiró hasta alcanzar el hombro desnudo de la mujer, cuando hubo entre ambos contacto de pieles, sintió aunque sutil, un rechazo notorio. El brazo de Luciérnaga se endureció, separándose con cierto hastío del de Genaro. Lo supo, esa noche su retraso le iba a costar la cita. Se disculpó sabiendo que se iría sin que un beso, como en otras ocasiones lo había logrado, derrumbara la rabia con la que Luciérnaga ahora le miraba. Los minutos que el dedicó a llevarla de regreso a su auto, no alcanzaron para formar alguna tregua. Luciérnaga entró a su auto sin despedirse de Genaro.
Para escapar del daño que ocasionó en él la exasperación de Luciérnaga, Genaro se dirigió con extremada prisa hacia su auto; un hombre ligeramente despreciado es un hombre cuyos actos siguientes resultan desorganizados, confusos. Todavía se encontraba ofuscado cuando arrancó su auto y comenzó a manejar. Desconcertado condujo por calles en las que rara vez había estado. Muchas de ellas, se encontraban saturadas de baches, con topes mal hechos: el deterioro era evidente. La molestia de su desencuentro con Luciérnaga le impidió atisbar lo que al fondo de la calle se encontraba.
Aunque todavía bastante alejado de la imagen, pudo distinguir la figura de dos hombres que aparentemente forcejeaban. No pudo reprimir la curiosidad de mirarlos. La luz del auto se reflejó sobre un par de botes de basura, el hecho hizo evidente la presencia de Genaro. La concentración que dedicó a ambos hombres fue interrumpida cuando uno de ellos cayó hasta el suelo. Sólo cuando el extraño quedó abatido sobre la inmunda banqueta, Genaro tuvo conciencia de lo que sucedía. Una flor de sangre se abría del estómago del hombre provocando un vigoroso río. Era un homicidio, y él por una azarosa casualidad se había convertido testigo presencial del hecho. Se quedó estupefacto sin poder siquiera reprimir el espasmo que desde los pies subió hasta sus manos. El horror amplió su significado cuando Genaro se miró dentro de los ojos del hombre que todavía con el arma homicida en sus manos seguía de pie, frente al cuerpo del hombre que había derrotado. Se miraron unos segundos, los suficientes para armar una memoria. Genaro se sintió vulnerable, dedujo que su sentencia de muerte había sido firmada por el número de serie de sus placas. Tenía que tomar pronto una decisión. Sin pensarlo más, Genaro colocó la palanca en reversa, hundió el pie en el acelerador, el movimiento fue una línea en zigzag que golpeó todo lo que encontró en su camino. Aunque sin mucha coordinación y abollando la defensa trasera de cuanto objeto se atravesara, Genaro en lo único que pensaba era en concluir con éxito el escape. El movimiento con el que finaliza la evasión, remata en una imperfecta escuadra, que lo deja de costado al callejón y casi frente al hombre del que aspira fugarse. Se vuelven a mirar; los ojos del extraño parecen los de un animal, desorbitados, el iris fragmentado. Genaro siente que la mirada del extraño se le mete bajo la piel. Vuelve el pie sobre el pedal, esta vez no se detiene, pasa calle tras calle.
El auto se alejó a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Para cuando se dió cuenta, había salido del centro de la ciudad. Llegó sin notarlo hasta el extremo este del puerto, aunque sin ver el mar podía escuchar el sonido que producen las olas del mar al estrellarse entre los acantilados. El mar es un dialecto que hombres como Genaro pueden identificar. Aunque familiarizado con la jerga de elementos marítimos, no termina de reconocer el espacio en donde se encuentra
Detiene el auto, no quiere arriesgarse a manejar en oscuridad total y sobre un camino por el que no ha manejado. Sólo hay tierra y piedras en su derredor, algo de fauna desperdigada en una distancia mayor a los cuarenta metros culmina el paisaje. Todavía siente los ojos del aquél hombre en su rostro, como si la mirada pudiera tener un peso y no soportara llevarla en sus pensamientos. Baja del auto. El recuerdo que lo ha hecho moverse bruscamente por las calles le hace tirar su propia cartera, uno de sus pies termina por empujarla bajo el auto, Genaro no se da cuenta de este sencillo hecho. Una cosa es presenciar muertes ficticias, encontrarlas visualmente atractivas en una película, o escuchar sin proponérselo el asesinato de algún pobre diablo, otra cosa es, mirar cómo un hombre cae hasta el piso inerte, dejando sus últimos suspiros sobre aquél que le robado la vida. La desgracia contemplada indica, con cierta resignación que ésta será capaz de alcanzarlo. Camina sobre el despeñadero. Sus pasos, como si se tratara de un hecho cíclico, le recuerdan a los que realizara Luciérnaga minutos antes sobre el malecón. No puede traer ni su inofensivo rostro ni la jocosidad de su comportamiento a la memoria, simplemente no puede recordar nada que no sea la muerte del hombre frente a su auto.
Sigue caminando. El panorama desértico no acoge la afectuosidad del mar, sólo hay negritud. No muy lejos de donde se encuentra, se observa una camioneta con las luces encendidas. Frente al vehículo se localiza un pequeño grupo de jóvenes. Genaro se sorprende al darse cuenta que son los mismos que se encontraban con Luciérnaga en el malecón. La distracción continúa cuando repara en los rostros de los jóvenes; sus edades deben oscilar entre los quince y dieciocho años. Aunque no planea acercarse, no puede detener el empeño de sus pasos; son ellos quienes le colocan frente al grupo; la separación ahora es nimia. El tono alto de la conversación y lo desordenado de los diálogos que sostienen entre ellos refleja lo indiscutible de la juerga.
Uno de los chicos lo observa, de todos, parece ser el menos alcoholizado, todavía estructura oraciones racionales, en un tono casi amigable pregunta a Genaro si tiene un encendedor que pueda facilitarle. La pregunta toma por sorpresa a Genaro. El mundo es un lugar irracional, diseccionado en fotografías que de algún modo se relacionan. Mira al joven, a él lo une la polaroid de Luciérnaga caminando irritada en el malecón. Indirectamente ella misma le ha llevado hasta él, de algún modo no suministrarle el encendedor podría romper el culebrón en que se encuentra. Escarba en el bolso de la camisa, luego, más despacio hurga en las bolsas de sus pantalones. Mientras insiste en encontrar el objeto solicitado, recuerda que tiene uno en la guantera del auto. Genaro le explica al joven dónde está el encendedor, en espontáneo acuerdo van juntos al vehículo. El joven aunque más consciente que el resto, camina dando ligeros tumbos.
Llegan al auto, Genaro abre la puerta y revisa la guantera, el joven se coloca a un lado del automóvil, abre su bragueta y comienza a orinar en la defensa trasera del auto. Termina antes de que Genaro le muestre el encendedor; en un acto que busca corresponder la camaradería inesperada de un extraño, el joven le señala un golpe en la defensa del auto sobre la que ha orinado. Genaro sabe que ese impacto ha sido producto de la reversa que efectuó en aquella oscura calle. El joven se despide con una sonrisa que aleja a Genaro de la ilustración del miedo y de la muerte que se han impreso en su cabeza. Es un gesto de genuina gratitud, sincero, una acción que silencia el ruido que persigue a Genaro.
El risco se vacía. La luz de la camioneta se vuelve un punto lejano. La oscuridad puebla sus ojos; de nuevo el camino es una estancia desconocida. Regresa al confort que le provee un objeto que identifica: su auto. En efecto, en la parte trasera tiene una abolladura notoria. Como si intentara despedirse de la noche, mira por última vez el distante grupo, se detiene al escuchar un sonido, algo que parece ser un trueno en el cielo, posiblemente de lluvia. Mira consecutivamente el horizonte, espera encontrar la línea imperceptible donde el cielo se fusiona con el mar. Vuelve a escuchar el mismo sonido, no puede distinguir si son nubes los fragmentos de oscura consistencia sobre el cielo o sólo una imagen que se le ha extendido producto de los anteriores acontecimientos. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia. Un relámpago brilla lejano en la profundidad del horizonte, más cercano otro trueno revienta furioso sobre su cabeza. El estruendo ilumina por segundos el espacio donde está parado. La brisa del mar salpica su rostro.
Es justo detrás de él donde el océano oscuro es cobijado por riscos y piedras de angustiosas formas. Genaro voltea estrepitoso, una desesperación incomprensible vuelve a abrazarlo. El movimiento de su cuerpo se torna torpe, carente de coordinación. En el instante en que voltea sobre su eje, atora un pie con el otro; el giro es rápido, una fuerza ignota parece controlarlo, algo lo obliga a tropezar. No atina a sujetarse con las piedras. Resbala. La densa consistencia de su cuerpo provoca que la caída entre las rocas, sea similar a la de un costal de papas que es azotado en forma rabiosa al suelo. Mientras se precipita irreductible por la gravedad, las primeras gotas de la lluvia que caen, borran sus huellas. Mientras Genaro se precipita, su cabeza es golpeada una y otra vez dejando un breve pero firme consistente sesgo de sangre. Al legar al mar, su cuerpo crea una sombra que poco a poco se desvanece. Antes de naufragar intenta hablar, formar un grito. La frase más larga que repite, es inaudible, sin ninguna entonación.