Ayer se llevaron a Genaro. Nadie, luego de 48 horas de desaparecido, ha hecho algo por buscarlo. Ni siquiera su familia precisa demasiado interés en recuperar al menor de los integrantes de la familia Expediente de Averiguación Previa 11.
Más vale esperar en sensato silencio y ecuánime actitud. Ser tolerante, minimizar la rabia, y mirar en mutismo y discreción a la policía que ayer tuvo la delicadeza de ir a la casa de Genaro para preguntar si tenía enemigos o una vida algo deschabetada. Sí, ese fue el término que usaron los elementos de la autoridad cuando sugirieron que Genaro podría estar de fiesta con sus amigos, más específicamente en malas compañías, gente que pudiera haberle metido en líos. Algo de lógica había en aquella culposa teoría policíaca. Después de todo, la mayoría de los más recientes levantamientos, habían ocurrido en altas e inmorales horas de la noche, y sí, ese fue otro término usado por la policía.
Para el comandante Carlos Estévez, norteño afincado no hace más de medio año en el puerto, lo verdaderamente malo sucede en la frontera norte del país, no en un puerto como Acapulco en donde para él apenas acontecen infracciones menores, delitos sin importancia cuyo origen debe ser producto de algún inesperado desequilibrio en uno que otro poblador y no el resultado de la elucubrada mente de criminales. Básicamente la educación sentimental de ‘Charly el cucho’, como pedía ser llamado el comandante Estévez, estaba conformada a base de corridos, carne asada, películas de los Hermanos Almada y miércoles de Tecates con los amigos. Era posible que para cualquier persona aquellos gustos significaran un catálogo de preferencias ciertamente raquítico, opciones de divertimento no el credo con el que conformaba su existencia y la de quienes sin ánimo de hacerlo cruzaran por su vida; para Charly el cucho, por el contrario, sus elecciones se etiquetaban bajo el marco justificado al que apelan quienes hacen de los ‘usos y costumbres’ una dignificante forma de vida.
Para Estévez, norte y sur no pueden ser polos más opuestos. Por más similitudes que pudieran derivarse a futuro, y por mucho que el sureño promedio acoja accidentalmente términos como: morra, troca o chulos, sólo existe un Coahuila. Era absolutamente lógico que bajo esa visión, la violencia que a fechas recientes aquejaba al puerto sureño, en opinión de Estévez fuera más bien una peripecia orquestada por pobladores cuya única finalidad era forjar en su sureña patria, un norte más cercano.
Como solía suceder, al término del interrogatorio y a veces sin necesidad de exponer la crudeza de su juicio final, para Estévez todo lo malo ocurre a partir de la ambigüedad, es decir: todos somos víctimas propiciatorias. Esa tarde, durante el interrogatorio en la casa de la familia Expediente de Averiguación Previa 11, el comandante Estévez aunque todavía reacio y ligeramente hostil, ofreció de buena gana algunas, vagas todas ellas, teorías de lo sucedido; incluso la abducción fue una de las posibles opciones. Más que el diálogo entre representantes de la seguridad estatal, aquello era la representación de un examen de opción múltiple. Se entiende el desorden, las pistas son confusas: la cartera de Genaro encontrada tirada justo debajo del auto con dinero todavía en su interior desecha la teoría de un asalto. Hasta el momento la única información obtenida fue gracias a los diarios locales que pronto reportaron la desaparición de un hombre y su auto abandonado sin aparente violencia de por medio. Aun así, la sola especulación de una vida participativa en actos deshonestos e inmorales que mantiene Charly el cuche, no logra sustentarse en los familiares de Genaro. Nadie que lo conociera podría asegurar que lo suyo fuera la juerga espontánea o el súbito desliz, vaya que ni siquiera el más lacónico ánimo festivo. En realidad, su existencia se ha movido pasivamente entre el patetismo y el conformismo más arraigado. Lo más temerario que había hecho, al menos la semana previa a su evanescencia fue pedirle a Luciérnaga, nombre artístico que había elegido la última adquisición artística del bar “Puerto Navy”, una cita.
Si de algo podía culparse a Genaro, era el padecimiento insufrible por un proclive enamoramiento a figuras del más paupérrimo ambiente artístico. Fue un accidente, un hecho fortuito el que lo hizo conocer a Luciérnaga. Sucedió una tarde en la que Genaro confundió la calle que lo llevaría de regreso a casa después del trabajo, con un estrecho sendero por el que, apilados en expuesta presencia, se desglosaban diversos bares. La mayoría presentaba una fachada de similar textura: iluminación irritante producto del neón de las luces, el movimiento en las puertas principales de caderas ambivalentes y juguetonas, cadenciosas en el movimiento musical que surgía desde el interior del tugurio que antecedieran. Un olor común, fétido, similar al de la descomposición de la carne sobrevolaba la superficie más arriba de lo tolerable. A la par de los bares, una sustanciosa presencia de vagabundos, custodios en aparente derrota sobre el suelo. Más adelante, sobre la misma escena carnavalesca se observaba el amor de inmediato acceso, cuerpos de grotescas formas emulando restregones y besos precipitados e invasivos. Esa noche, luego de permanecer extraviado sin encontrar alguna calle familiar que le llevara de regreso al simplismo conocido, Genaro tropezó con el cuerpo estilizado y cobrizo de Luciérnaga, bastó mirarla cabeceando bajo la estrambótica estampa de aquella noche, para que localizara en la firmeza de su anatomía, en la torpe emulsión de sus movimientos, una fascinación irreconocible, se sintió perdido.
Se llama casualidad a la peculiaridad que tienen ciertos hechos, a los finales activos de participar en ciertos embrollos, a la inesperada actitud ante sucesos que, fuera del carácter ordinario, se anticipan necesarios por experimentar. Esa tarde, cuando Genaro encontró que su solitaria vida necesitaba algo más que la típica rutina clase mediera, algo, como el encendido del botón indicado en lo recóndito de su mente se activó; fue como si el motor del que están hechas las opciones incendiara su cuerpo y de improviso lo sacara de su aletargada existencia. Decidió, envalentonado más por la posibilidad quimérica que por la factibilidad física de los sucesos asegurados, acercarse a Luciérnaga.
De inmediato hubo una reacción. Aunque más callada de lo esperado, Genaro no encontró rechazo ni la intención de uno que debilitaran su intención. La felicidad de aquella aproximación se repitió en los días siguientes. Pasaron de las citas a una tierna custodia que incluía llevar a Luciérnaga hasta el bar en que trabajaba. La noche previa a su desaparición, Genaro acordó con Luciérnaga un encuentro un poco más tarde. La cita sería ya no en el bar, sino en el malecón ubicado a cinco cuadras del bar donde trabajaba Luciérnaga.
El reloj de su muñeca marcaba casi las 11 y media de la noche, en algún punto entre que salió de casa y condujo por las calles, perdió media hora. Sabía que necesitaba recuperar el tiempo perdido, tuvo la idea de acortar el camino, conocía un atajo. Para llegar a él debía cambiar al carril de la izquierda y así tomar la avenida principal. Comprobó que no viniera ningún auto por la derecha, aceleró, y entró en la desviación que necesitaba. Genaro era hábil manejando. Recuperó la mitad del tiempo perdido. A pesar del esfuerzo empleado, llegó pasado las doce y media de la madrugada. Estacionó el vehículo, caminó una distancia de dos cuadras. Encontró a Luciérnaga en el malecón.
Mientras caminaba los últimos pasos hacia ella, atisbó que no muy distanciados de ella, se encontraba un grupo de adolescentes bastante alcoholizados. Cuando al fin llegó hasta donde Luciérnaga aguardaba, confirmó lo que sospechaba. La molestia de la joven era notoria. Como el enamorado que era, Genaro intentó que la amabilidad de sus palabras pudiera minimizar la irritación. Se acercó con delicado cuidado, su mano se estiró hasta alcanzar el hombro desnudo de la mujer, cuando hubo entre ambos contacto de pieles, sintió aunque sutil, un rechazo notorio. El brazo de Luciérnaga se endureció, separándose con cierto hastío del de Genaro. Lo supo, esa noche su retraso le iba a costar la cita. Se disculpó sabiendo que se iría sin que un beso, como en otras ocasiones lo había logrado, derrumbara la rabia con la que Luciérnaga ahora le miraba. Los minutos que el dedicó a llevarla de regreso a su auto, no alcanzaron para formar alguna tregua. Luciérnaga entró a su auto sin despedirse de Genaro.
Para escapar del daño que ocasionó en él la exasperación de Luciérnaga, Genaro se dirigió con extremada prisa hacia su auto; un hombre ligeramente despreciado es un hombre cuyos actos siguientes resultan desorganizados, confusos. Todavía se encontraba ofuscado cuando arrancó su auto y comenzó a manejar. Desconcertado condujo por calles en las que rara vez había estado. Muchas de ellas, se encontraban saturadas de baches, con topes mal hechos: el deterioro era evidente. La molestia de su desencuentro con Luciérnaga le impidió atisbar lo que al fondo de la calle se encontraba.
Aunque todavía bastante alejado de la imagen, pudo distinguir la figura de dos hombres que aparentemente forcejeaban. No pudo reprimir la curiosidad de mirarlos. La luz del auto se reflejó sobre un par de botes de basura, el hecho hizo evidente la presencia de Genaro. La concentración que dedicó a ambos hombres fue interrumpida cuando uno de ellos cayó hasta el suelo. Sólo cuando el extraño quedó abatido sobre la inmunda banqueta, Genaro tuvo conciencia de lo que sucedía. Una flor de sangre se abría del estómago del hombre provocando un vigoroso río. Era un homicidio, y él por una azarosa casualidad se había convertido testigo presencial del hecho. Se quedó estupefacto sin poder siquiera reprimir el espasmo que desde los pies subió hasta sus manos. El horror amplió su significado cuando Genaro se miró dentro de los ojos del hombre que todavía con el arma homicida en sus manos seguía de pie, frente al cuerpo del hombre que había derrotado. Se miraron unos segundos, los suficientes para armar una memoria. Genaro se sintió vulnerable, dedujo que su sentencia de muerte había sido firmada por el número de serie de sus placas. Tenía que tomar pronto una decisión. Sin pensarlo más, Genaro colocó la palanca en reversa, hundió el pie en el acelerador, el movimiento fue una línea en zigzag que golpeó todo lo que encontró en su camino. Aunque sin mucha coordinación y abollando la defensa trasera de cuanto objeto se atravesara, Genaro en lo único que pensaba era en concluir con éxito el escape. El movimiento con el que finaliza la evasión, remata en una imperfecta escuadra, que lo deja de costado al callejón y casi frente al hombre del que aspira fugarse. Se vuelven a mirar; los ojos del extraño parecen los de un animal, desorbitados, el iris fragmentado. Genaro siente que la mirada del extraño se le mete bajo la piel. Vuelve el pie sobre el pedal, esta vez no se detiene, pasa calle tras calle.
El auto se alejó a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Para cuando se dió cuenta, había salido del centro de la ciudad. Llegó sin notarlo hasta el extremo este del puerto, aunque sin ver el mar podía escuchar el sonido que producen las olas del mar al estrellarse entre los acantilados. El mar es un dialecto que hombres como Genaro pueden identificar. Aunque familiarizado con la jerga de elementos marítimos, no termina de reconocer el espacio en donde se encuentra
Detiene el auto, no quiere arriesgarse a manejar en oscuridad total y sobre un camino por el que no ha manejado. Sólo hay tierra y piedras en su derredor, algo de fauna desperdigada en una distancia mayor a los cuarenta metros culmina el paisaje. Todavía siente los ojos del aquél hombre en su rostro, como si la mirada pudiera tener un peso y no soportara llevarla en sus pensamientos. Baja del auto. El recuerdo que lo ha hecho moverse bruscamente por las calles le hace tirar su propia cartera, uno de sus pies termina por empujarla bajo el auto, Genaro no se da cuenta de este sencillo hecho. Una cosa es presenciar muertes ficticias, encontrarlas visualmente atractivas en una película, o escuchar sin proponérselo el asesinato de algún pobre diablo, otra cosa es, mirar cómo un hombre cae hasta el piso inerte, dejando sus últimos suspiros sobre aquél que le robado la vida. La desgracia contemplada indica, con cierta resignación que ésta será capaz de alcanzarlo. Camina sobre el despeñadero. Sus pasos, como si se tratara de un hecho cíclico, le recuerdan a los que realizara Luciérnaga minutos antes sobre el malecón. No puede traer ni su inofensivo rostro ni la jocosidad de su comportamiento a la memoria, simplemente no puede recordar nada que no sea la muerte del hombre frente a su auto.
Sigue caminando. El panorama desértico no acoge la afectuosidad del mar, sólo hay negritud. No muy lejos de donde se encuentra, se observa una camioneta con las luces encendidas. Frente al vehículo se localiza un pequeño grupo de jóvenes. Genaro se sorprende al darse cuenta que son los mismos que se encontraban con Luciérnaga en el malecón. La distracción continúa cuando repara en los rostros de los jóvenes; sus edades deben oscilar entre los quince y dieciocho años. Aunque no planea acercarse, no puede detener el empeño de sus pasos; son ellos quienes le colocan frente al grupo; la separación ahora es nimia. El tono alto de la conversación y lo desordenado de los diálogos que sostienen entre ellos refleja lo indiscutible de la juerga.
Uno de los chicos lo observa, de todos, parece ser el menos alcoholizado, todavía estructura oraciones racionales, en un tono casi amigable pregunta a Genaro si tiene un encendedor que pueda facilitarle. La pregunta toma por sorpresa a Genaro. El mundo es un lugar irracional, diseccionado en fotografías que de algún modo se relacionan. Mira al joven, a él lo une la polaroid de Luciérnaga caminando irritada en el malecón. Indirectamente ella misma le ha llevado hasta él, de algún modo no suministrarle el encendedor podría romper el culebrón en que se encuentra. Escarba en el bolso de la camisa, luego, más despacio hurga en las bolsas de sus pantalones. Mientras insiste en encontrar el objeto solicitado, recuerda que tiene uno en la guantera del auto. Genaro le explica al joven dónde está el encendedor, en espontáneo acuerdo van juntos al vehículo. El joven aunque más consciente que el resto, camina dando ligeros tumbos.
Llegan al auto, Genaro abre la puerta y revisa la guantera, el joven se coloca a un lado del automóvil, abre su bragueta y comienza a orinar en la defensa trasera del auto. Termina antes de que Genaro le muestre el encendedor; en un acto que busca corresponder la camaradería inesperada de un extraño, el joven le señala un golpe en la defensa del auto sobre la que ha orinado. Genaro sabe que ese impacto ha sido producto de la reversa que efectuó en aquella oscura calle. El joven se despide con una sonrisa que aleja a Genaro de la ilustración del miedo y de la muerte que se han impreso en su cabeza. Es un gesto de genuina gratitud, sincero, una acción que silencia el ruido que persigue a Genaro.
El risco se vacía. La luz de la camioneta se vuelve un punto lejano. La oscuridad puebla sus ojos; de nuevo el camino es una estancia desconocida. Regresa al confort que le provee un objeto que identifica: su auto. En efecto, en la parte trasera tiene una abolladura notoria. Como si intentara despedirse de la noche, mira por última vez el distante grupo, se detiene al escuchar un sonido, algo que parece ser un trueno en el cielo, posiblemente de lluvia. Mira consecutivamente el horizonte, espera encontrar la línea imperceptible donde el cielo se fusiona con el mar. Vuelve a escuchar el mismo sonido, no puede distinguir si son nubes los fragmentos de oscura consistencia sobre el cielo o sólo una imagen que se le ha extendido producto de los anteriores acontecimientos. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia. Un relámpago brilla lejano en la profundidad del horizonte, más cercano otro trueno revienta furioso sobre su cabeza. El estruendo ilumina por segundos el espacio donde está parado. La brisa del mar salpica su rostro.
Es justo detrás de él donde el océano oscuro es cobijado por riscos y piedras de angustiosas formas. Genaro voltea estrepitoso, una desesperación incomprensible vuelve a abrazarlo. El movimiento de su cuerpo se torna torpe, carente de coordinación. En el instante en que voltea sobre su eje, atora un pie con el otro; el giro es rápido, una fuerza ignota parece controlarlo, algo lo obliga a tropezar. No atina a sujetarse con las piedras. Resbala. La densa consistencia de su cuerpo provoca que la caída entre las rocas, sea similar a la de un costal de papas que es azotado en forma rabiosa al suelo. Mientras se precipita irreductible por la gravedad, las primeras gotas de la lluvia que caen, borran sus huellas. Mientras Genaro se precipita, su cabeza es golpeada una y otra vez dejando un breve pero firme consistente sesgo de sangre. Al legar al mar, su cuerpo crea una sombra que poco a poco se desvanece. Antes de naufragar intenta hablar, formar un grito. La frase más larga que repite, es inaudible, sin ninguna entonación.
Difícil escribir este post bloguero hoy. Difícil escribir para despedir a alguien que acaba de irse. Difícil y al mismo tiempo ruido y motor. Energía. Radiador. Propulsión a chorro. Rafa Saavedra personaje emblemático de la ciudad, ayer 17 de septiembre emprendió ruta nueva. Y va hacia todos los “Tomorrows posibles”. Así escribió desde su celular hacia su muro en FB. Nada extraño para un cibernauta de su linaje.
He de decir que este es un post donde -como he mencionado antes- voy a comentar y compartir algunas de mis observaciones, puntos de vista sobre las formas de producción cultural y sus participantes en esta zona izquierda norte. He de decir que este post es también muy personal.
Recién llegada a esta ciudad conocí a Rafa Saavedra a través de un texto suyo que un amigo en común me pasó. “¿No conoces a Rafa Saavedra? Pues léelo.” Tiempo después, en una de las muchas fiestas de la noche tijuánica, lo topé. Y fue como tenía qué ser: Entre muchos amigos y amigas, música, música, música, risas y cerveza. Esa noche, durante la conversación me felicitó por mi entonces recién estrenado blog. Esa charla sucedió una noche del mes de noviembre de 2002.
No son de mi predilección las notas de despedida donde los autores o autoras hablan de sí mismos en lugar de la persona a quien despiden. Pero en este caso, tengo que romper la norma y mencionar que escribí el párrafo anterior para dar contexto a unas líneas que aparecen en el manuscrito de mi tesis de maestría en Estudios Socioculturales (2010):
[…] Las referencias de la producción cultural en Tijuana, Mexicali, Nuevo Laredo, siempre han sido las más reconocidas en contraste con las otras ciudades de la región fronteriza. Durante los años 1999, 2000 y 2001 (propiamente la transición del s. XX al s. XXI), la ciudad de Tijuana fue reconocida como uno de los focos culturales –analizada desde diversas disciplinas– en el país. Desde que aconteciera este “boom” cultural, el auge de las artes –en todos sus géneros– ha ido en aumento. Si el reconocimiento de autores(as) y artistas en Baja California ya había dado frutos desde algunas décadas pasadas como se ha mencionado en los párrafos anteriores, no es sino hasta inicio del siglo XXI en que las artes de Baja California saltan a la escena internacional de manera mucho más notable y continua. (p.41)
[…] Dentro de este “boom” también una de las participaciones más activas e interesantes ha sido a través de la literatura, y más aún: la inscrita en las nuevas formas que demarcan la contemporaneidad: la literatura que se realiza a través de las nuevas tecnologías y medios. También en Tijuana, ha sido trascendente el caso del colectivo Tijuana Bloguita Front (TJBF) concentrado por el escritor tijuanense Rafael Saavedra en su anterior blog titulado: “La ciudad en movimiento” y ubicado directamente en la plataforma de Blogger en el sitio: www.rafadro.blogspot, hoy transformado al: http://crossfadernetwork.wordpress.com, que sin ser propiamente un colectivo organizado de manera tradicional, resultó una comunidad virtual muy activa y reconocida en la denominada “Blogósfera”; desde la ciudad de Tijuana, varios escritores y escritoras jóvenes –reconocidos y no– en el mainstream literario nacional, de manera independiente, dieron a conocer su trabajo literario a través de estas nuevas plataformas y herramientas alternativas con todas las características que les atañe. […]El uso de las nuevas tecnologías ha demarcado –y de alguna manera “corregido”– la falta de atención hacia la producción artística cultural en provincia. (p.42)
El objetivo de transcribir estas palabras es un agradecimiento. Un guiño de amistad hacia una persona que de múltiples maneras, desde sus ideas y sensibilidades participó cotidianamente en una comunidad cultural, en una ciudad tan ruda como amable y generosa: Tijuana. Esta ciudad o experiencia colectiva construida por muchas personas –tijuanenses o no– que desde sus posibilidades, contribuyen de manera directa e incidente en la transformación cultural de la que muchos somos partícipes.
Es aquí donde Rafa Saavedra, escritor, dj, tallerista, profesor, conductor de radio o melómano irreductible, tomaba las radiografías urbanas que luego compartía en sus textos y en sus fotos. La narrativa de Rafa Saavedra fue editada e impresa en sus libros “Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio” (1995), “Butten smileys” (1997) ambos reeditados recientemente, “Lejos del noise” (2002) y “Crossfader, B-sides, hidden tracks & remixes” (2009), así como en múltiples fanzines y revistas nacionales e internacionales. Es aquí, en esta ciudad, donde frases como “Tijuana makes me happy”, “lo de hoy”, o “Please don’t buther me (estoy cambiando de canal)”, o “Love you all, pals”, hicieron eco y loops, cruzando fronteras.
En el sitio online de Rafa Dro (su alias musical) se lee una descripción con la que se definía:
Rafa Saavedra: 1) Tijuanense. 2) Cronista snobground. 3) Fanzinero-revistero de luxe (Psychocandy, El Centro de la Rabia, Velocet, Radiante) . 4) CDJ en alza (style + songs + bagaje cultural). 5) Escritor beyondeado con tres libros de relatos: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996), Buten Smileys (Yoremito, 1997) y Lejos del Noise (Moho, 2003). 6) Productor de Selector de Frecuencias (a very cool radio show). 7) Fotógrafo de escenas y nimiedades. 8) Bloguero posteverything.
Mi trato con Rafa fue continuo y amable pero no muy frecuente. Mucha risa, mucha carrilla, pero mucha, de la buena. De la que “echan acá” en el norte. Con la que aprendí a jugar yo también luego de tanta algarabía, conversaciones, noches, fiesta. Fiestas donde invariablemente siempre acudía el Rafa como la antítesis de sus nocturnos, frenéticos personajes. Rafa Saavedra es un amigo entrañable para muchas personas en esta ciudad y en otras. Es raro hablar de ti en pasado, Rafa. Tengo el sonido de tu voz tan particular, con los tonitos que marcaban la ironía suspicaz, una de tus reconocidas características.
Me dio gusto saludarte las dos últimas veces en Playas de Tijuana, tu amada sede. Ahí junto al Pacífico. Me dio mucho gusto encontrarte y conversar largo en el Pasaje Rodríguez, donde me dijiste la palabra “Roma” como un sinónimo de tomorrow. Pero seguro que me dará más gusto encontrarte en donde tú escribiste: “en cualquier fiesta en cualquier sitio una noche cualquiera. Love and respect.”
Recientemente el semanario Proceso publicó una nota en la que daba cuenta de la presentación de un libro de poesía en Chihuahua que, ante la “falta de apoyo oficial”, tuvo lugar ni más ni menos que en una carnicería.
El autor del libro en cuestión, Israel Gayosso, a quien el texto refiere como poeta decadente, se enfrentó a la crítica y señalamientos de autoridades de “un instituto de cultura del estado” quienes no consideraron su obra digna de publicación: “Fui a pedir apoyo en un instituto y me lo negaron, me dijeron: ‘eres un poeta maldito y no vas a tener apoyo’. Y aquí estoy, en una carnicería”, señaló.
Pese a toda reserva, el pasado 14 de septiembre se presentó Compendio de poesía negada, editado por Chipotle Colectivo, en voz de Martha Cecilia Soto Núñez y Mariela Castro.
Al explicar el porqué del lugar elegido para tal efecto, Gayosso señala que se trata de “un espectáculo urbano […] los dogmas no permiten darle su verdadero valor a las sociedades marginadas y el mismo sistema o capitalismo impone etiquetas”.
Mariela Castro habló en la presentación del libro sobre el eje que conduce este tipo de trabajo: “sin pretender hacer análisis político, hacer poesía decadente refleja la realidad, cómo vivimos y percibimos nuestras creencias y la falta de solidaridad”.
*
Al margen de la espectacularidad y de la poca o mucha calidad del material literario o artístico ubicado en el universo de lo que podría catalogarse como marginal, la curiosa nota antes referida suscita la reflexión en torno a dos temas centrales para la poesía actual.
En primer lugar, la inquietante respuesta oficial referida por el autor —a pesar de no dar las referencias necesarias para considerar o constatar el hecho en sí— refleja una realidad innegable: la preeminencia de un criterio que valora el trabajo artístico con parámetros subjetivos, definidos por una serie de prejuicios sujetos a consideraciones personales, de grupo, económicas y políticas que pocas veces rinden cuentas tanto a la comunidad cultural como a la sociedad en su conjunto y que priva no sólo en el sector estatal sino en la mayoría de los canales de distribución del arte y la cultura.
Ello no implica que deba publicarse cualquier obra al margen de su calidad; sino, por el contrario, hace evidente la necesidad de establecer principios claros para dictaminar el trabajo creativo, con base en consideraciones formales en las que prevalezca el rigor por encima de las afinidades personales, estéticas o ideológicas de quienes detentan la toma de decisiones en este ámbito.
Lo anterior conlleva la segunda reflexión: ¿todo texto dotado de un carácter o compromiso político es necesariamente fallido en términos estéticos? Bajo los criterios predominantes; sí.
En la actualidad, la crítica ha construido un sistema de valoración del trabajo literario —muchas veces implícito—, en el que se reconoce como meritorio sólo aquello que oscila entre la mera “innovación” o el experimento formal (específicamente en el terreno poético) subordinando su contenido a aspectos superficiales de la experiencia vital.
De acuerdo con este modelo, la poesía debe, entonces, estar cargada de temas cotidianos, estrictamente personales, aderezados con apropiaciones caprichosas, que permitan el regodeo de un conocimiento literario enciclopédico, por encima de la construcción de un discurso ligado a reflexiones sobre distintas realidades humanas, o la búsqueda de una verdad poética.
En dicho contexto, el trabajo de autores de primera línea como Efraín Huerta ha pasado a la historia literaria como una mera curiosidad. Así, hay quien llega a considerar el aspecto más sensible de su obra como falto de valor estético, debido al prejuicio de que escribir sobre política, ensayar sobre acontecimientos sociales o denunciar lo injusto, hace que un autor sea estigmatizado como panfletario o de poca calidad.
Desde el punto de vista de una lógica estricta, ningún tema humano le es ajeno a la poesía. La eficacia formal, retórica y sonora no es privilegio del solipsismo poético. Por el contrario, abundan muestras de autores interesados en la realidad social de su época, cuya calidad los ha convertido en clásicos en muchas de nuestras tradiciones: Antonio Machado, Miguel Hernández, Ernesto Cardenal, Yanko González, Gonzalo Rojas, Yevgueni Yevtushenko, Pedro Garfias, Nicanor Parra, Pablo Neruda, Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide, Rafael Alberti, Blas de Otero, Federico García Lorca, Nicolás Guillén, José Martí, Aimé Césaire, Paul Éluard, Pier Paolo Pasolini, Constantitno Cavafis, Fray Luis de León, Dante Allighieri.
No obstante, la escena de la literatura mexicana actual parece carecer tanto de figuras destacables por su contundencia estética, como de voces que puedan articular atinadamente inquietudes sociales con acierto literario. Será difícil cambiar este panorama mientras siga siendo moda o ley publicar sólo textos autorreferenciales; mientras menos comprensibles, mejor y convenientemente ajenos a todo lo político. Lo demás, para la carnicería.
En la revista Tierra Adentro de junio-julio de 2008 apareció un texto del narrador Rafa Saavedra sobre Radioglobal, un colectivo de jóvenes de Tijuana que giraba en torno a una estación de radio por internet, y a una larga cadena de fiestas al más puro estilo tijuanense. Cuando apareció publicado, Mauricio Cuevas, uno de los miembros de Radioglobal, dijo: “leyendo este texto, yo también quiero esta colección de objetos de RG”. Eso era Rafa, un escritor intenso, cronista de la noche y la escena de su ciudad, amigo de todos los reventados y tranquilos, conciliador, carrilla, practicante de una narrativa innovadora, bloguero, fotógrafo, caminante, fan de la gastronomía bajacaliforniana, habitante emblemático de playas, y un gran conocedor de música. ¿Qué sería de decenas de personas, jóvenes y no tan jóvenes sin las conversaciones de este fanático de Aviador Dro? ¿Qué sería de la escena nocturna de la calle Sexta, de esa frontera que se pierde en el horizonte marino sin su registro cotidiano? En Tierra Adentro tuvimos la fortuna de contar con sus colaboraciones; alguna vez le preguntamos por sus diez narradores mexicanos contemporáneos favoritos. Rafa nos hizo un listado rápido, y nos llamó la atención un nombre desconocido: Javier Fernández. Al sentir que nuestra pregunta estaba en el aire, con rapidez añadió: “es como Carlos Fuentes, pero en ácido”.
Su siguiente colaboración fue una charla con el mismo Javier, que ilustró Efrén Miranda. Su último texto está dedicado al trabajo de Mónica Arreola, una de sus interlocutoras más cercanas. Desde nuestra página despedimos a este amigo generoso, colaborador entusiasta, escritor fundamental para entender la frontera.
En 2010 el Colectivo Palabras de Arena, dirigido por Ana Laura Ramírez Vázquez, decidió organizar y llevar a cabo el proyecto de una biblioteca intependiente en Ciudad Juárez.
Ma’juana nace de la labor y el ímpetu de la misma Ana Laura Ramírez y de su otra co-fundadora Susana Báez, que en medio de un contexto de violencia y ruptura de la idea de comunidad, ha llevado a los jóvenes a perder centros o espacios para el desarollo social.
El objetivo principal de este proyecto es orientar, difundir y promover la lectura, para así dar herramientas a los niños y jóvenes, lo cuales han padecido la desarticulación de su entorno.
Ma’juana centra sus actividades en impartir no sólo un plan de lecturas, sino dar a conocer una idea de futuro para las nuevas generaciones de Ciudad Juárez. Reconstruir el tejido social y dar la noción de pertenencia a la comunidad. Esto ha resultado como un catalizador en colonias de alta insidencia delictiva.
La ola de violencia sufrida en regiones de todo el país ha dado como resultado una separación entre comunidades y entre miembros de una misma comunidad, lo cual ha propiciado la escasez de recursos sociales y culturales.
La propuesta de esta biblioteca es brindar un espacio libre, sólido y efectivo para el esparcimiento, la divulgación y la creación cultural.
Con el propósito de difundir el arte de la animación bajo esta técnica tradicional y así dar a conocer las obras más reciente de este género, el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) ha dado a conocer la creación del nuevo festival Stop Motion México, en el Distrito Federal, en el que se presentarán trabajos de animación de México y el mundo en diversas sedes del Centro Nacional de las Artes (Cenart), del 10 al 12 de octubre de 2013.
De acuerdo con el comunicado dado a conocer recientemente por sus organizadores, el festival se propone “familiarizar a aquel público que cree que el stop motion está muerto, la primera edición del festival presentará una muestra de películas contemporáneas”.
El programa de actividades de Stop Motion México puede consultarse en su sitio web
La obra poética del chileno Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 20 de diciembre de 1916- Santiago de Chile, 25 de abril de 2011), por fortuna, ha sido muy publicada y por lo tanto es bien conocida en el mundo de habla hispana. Las ediciones de sus libros y antologías han circulado con bastante éxito; pienso particularmente en Antología de aire (Fondo de Cultura Económica, 1995), publicada originalmente en Chile pero que llegó hasta nuestro país; y también en Del zumbido (Fondo de Cultura Económica, 2004), una bella edición en tres tomos que organiza su poesía temáticamente, y en Duotto. Canto a dos voces (Fondo de Cultura Económica, 2005). ¿Por qué, entonces, publicar su obra poética “íntegra”? ¿Cuál es el sentido de este nuevo libro?
Ahora bien, lo que se ha dicho entorno a su obra también ha sido abundante. Por ejemplo, el poeta uruguayo radicado en México, Eduardo Milán, dice: “la poesía de Gonzalo Rojas es un híbrido, un híbrido de hablas. Esto último tiene, por lo menos, dos aspectos. El primero es el aspecto del híbrido especial entre la mímesis del habla cotidiana y el lenguaje de la poesía de invención” (en Antología de aire). Por su parte, Adolfo Castañón en la ya mencionada Del zumbido, escribió: “En Gonzalo Rojas –ya se ha dicho– la oralidad no es gesto sino además imperativo e impulsivo del ahogado que busca el aire. Puede haber desde luego, en la raíz de este ademán –que no aspaviento–, una causa digamos clínica, pero más allá y más acá de esa motivación casi diríase superficial, corre una comprensión del combate que ha de sostener el poeta contra el idioma lapidario, contra la esclerosis, contra los despojos nauseabundos de la elocuencia que lo llevan desde muy temprano a cortarse la lengua y a decirla entrecortada”. ¿Qué más se puede decir? ¿La reunión de la poesía de Rojas cambiaría radicalmente la opinión que se tiene de su obra?
Para empezar con las respuestas, hay que decir que nunca es suficiente todo lo que se haga para difundir la obra de un poeta de la altura de Gonzalo Rojas, o lo que es lo mismo, siempre hay que volverla a poner en circulación, al alcance del mayor número de lectores. Su lectura les será deslumbrante, sorpresiva. Sin embargo, Bradu hace una atinada observación: “muy escasos son los lectores que tienen en su biblioteca la totalidad de los libros del chileno, y cantidad de sus poemas habían caído en desgracia o en la sombra del olvido”. Por esa razón se hacía necesaria la reunión de toda su poesía por mucho que fuera conocida. Después de leer Íntegra, la visión que tendrá el lector sobre la poesía de Rojas, entonces, será más amplia, más completa.
Por otra parte, Rojas, según dice Bradu en la presentación, “siempre sostuvo que escribiría un solo libro en su vida: éste, que es la suma de todos sus poemas y, al mismo tiempo, el único de su autoría que él no conoció”. Íntegra es, pues, un solo libro con todos sus poemas, los publicados en libros y, al final del tomo, los dispersos que nunca fueron recogidos en libro y los inéditos (por ejemplo, el poema con el que ganó los Juegos Florales de Iquique en 1935, que puede considerarse su primer poema publicado y que firmó con su nombre completo: Gonzalo Mario Rojas Pizarro). Al pie de cada uno de los poemas viene una nota de Bradu sobre el origen del poema (la mayoría de los papeles privados del poeta), dónde fue publicado (si en revista, en libro o no fue recogido o era inédito), un breve comentario gozoso de Rojas sobre el poema en cuestión o simplemente la fecha en que fue escrito.
Así, pues, más que cambiar la opinión que se tiene de la obra de Rojas, Íntegra confirma muchas de las que la han elogiado, como las de Milán y Castañón. A ellas y otras se une la de Bradu, quien dice con respecto al título general del libro pero ampara a toda la poesía del chileno: “La escogí sobre todo por ser una palabra esdrújula y porque, a mi juicio, su bisemia encierra las connotaciones apropiadas para sellar la obra de Gonzalo Rojas: una poesía honrada, recta, proba, que no transige con ningún otro ámbito ni compromiso ajeno a ella misma”. Desde luego, cada lector encontrará distintas virtudes en esta poesía rica en lenguaje, en temas, en imágenes. Una obra poética sólida que les será cercana, muy familiar, porque no pocas veces les parecerá que les habla algún amigo, un viejo juglar que les quiere contar una ingeniosa historia. Rojas era un poeta cercano a la gente, encantaba a sus oyentes y desechó el mito de que la poesía es un género elevado que pocos entienden y al que pocos tienen acceso.
Alguna vez, el propio Gonzalo Rojas tan sólo reconoció en su poesía como suyas “11 líneas, ¿no basta? Lo demás es pura oralidad en estado salvaje, pero –eso sí– no fárrago. Ni memorias, oyentes míos, ni para qué decir obras completas. No haya corrupción”.
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