Tierra Adentro
Benavente. Apuntes 2. Acuarela y tinta. 15 x 9 cm. 2009.

no es chicle lo que yo masco,

sino el dolor insepulto

José Agustín Ramírez

* * *

20 de noviembre de 2033.

2:35 PM.

* * *

Julián, el único cantante de ópera que terminó como montador de toros, se ajustó la correa del sombrero en la barbilla y tocó el lomo de aquella bestia. Pese a los guantes y al acústico cuero de sus chaparreras, sintió hervir al animal. Tal vez sea yo, se dijo.

Trepado en lo más alto del cajón de los sueños, flexionó sus rodillas una y otra vez, en espera del momento preciso para comenzar la monta.

Qué parecido es el ruedo a un escenario operístico, pensó. Ambos, el punto central de un anfiteatro. La diferencia: la ópera daba aplausos y el jaripeo, la gloria.

Las 5 mil almas que presenciaban la corrida de toros, disfrutaban el preludio de la monta de Julián. La banda sinfónica -una novedad en este espectáculo introducida por el montador cantante- ejecutaba el Corrido de Juan Martha. Lo tocaban de manera pulcra, pero con la dosis necesaria de empirismo, para que el respetable no se diera cuenta de la sustitución de la banda de chile frito, que había sido lo tradicional. El director de orquesta volteaba a ver a Julián, en espera del momento exacto en que el montador cayera al lomo vacuno, ahí tendría que interrumpir el corrido y ordenar el Son de la Rabia, como sentencian los cánones no escritos del jaripeo costeño.

Julián contuvo el resuello para frenar sus variaciones cardiacas. Se sentía como en los albores del momento central de La forza del destino. Burbujas estomacales, manos sudorosas y escalofríos en la nuca. Puso en práctica unos ejercicios de respiración: contuvo el aire uno, dos, tres segundos y lo sacó. Repitió la táctica. Necesitaba la cabeza serena y las manos orquestales para la monta de su vida, pues no estaba dispuesto a dejarse tumbar por aquel toro.

Se preguntó cómo diablos había aceptado una apuesta de ese tipo. Sí, de ganar, resolvería sus cuitas. Pero de perder, su honor como montador, su modesta fama operística, y su vida, se irían derecho a la Edad Media.

Como un adagio, una gota de sudor comenzó a bajar por su frente. Se deslizó por el cachete y de ahí enfiló a la barbilla. La gota se hizo más grande y se soltó hacia el vacío. Durante los instantes que la gota caía al suelo, Julián pensó:

-Qué diría el tío Sancho de este barroco enredo. Tal vez lloraría de orgullo.

Vino a su memoria el tío Sancho, un ganadero que lo ayudó desde muy pequeño en la polifonía de la vida campirana. Con los años, Julián se dio cuenta de que su tío, además de enseñarle los secretos del oficio (en los que iba incluida la monta), también evitó su ingreso al semitono de la orfandad, al que estaba sentenciado con la muerte de sus padres.

Luego de años con el tío Sancho, Julián se convirtió en un vaquero da capo. Lazaba con doble punto, herraba con cadencia y montaba toros que era unos auténticos bemoles dobles.

Pero una tarde de nubes atonales, tras mirar un concierto de orquesta sinfónica en la televisión, decidió dejar las vacas y buscar fortuna en la música.

El tío Sancho fingió una síncopa para confirmar si Julián realmente quería dedicarse a la música. No quería que su pariente fuera estribillo de muchos villancicos.

Si quieres ser músico, pos éntrale a la banda de la iglesia, le dijo.

No, tío, quiero estudiar música de verdad, respondió.

Como su sobrino no bajaba la guardia, el tío Sancho le dio la mano en señal de aprobación.

La música la traes en la sangre, chamaco, pensó el tío al recordar los antecedentes operísticos de su cuñado, quien moriría poco después de ver a su único hijo, a quien sólo le pudo heredar el nombre, apellido y también, la inquietud musical.

Cuatro años después, Julián Vitelli, se graduó en la Escuela Nacional de Música como pianista. Y dos años después, ya incursionaba en la ópera.

Un día antes de que ofreciera su primer recital como parte del Coro de la Ciudad, recibió la noticia: su tío agonizaba en cama tras un minuendo cardiaco. Apenas alcanzó a llegar al rancho. Ver postrado al tigre que había sido su segundo padre, le arrugó el tono.

¿Estás contento con la cantada?, le preguntó a bocajarro.

Mucho, tío, gracias por todo, respondió Julián.

No me agradezcas nada. Agradécemelo cuando ese oficio te enchine el cuero, te dé honor y te moje de gloria. Si no es así, entonces búscale por otro lado, sentenció.

El tío Sancho murió al amanecer. Luego del funeral, a Julián lo trabó la tristeza. Recordaba al tío Sancho, su ayuda, sus chistes y sus últimas palabras. Pasaron los días y una noche llamaron del Coro de la Ciudad para saber si regresaría. Vitelli no tenía ánimos de música, ni del canto. A sus 25 años se sentía seco de emociones. La pérdida del tío Sancho lo estaba convirtiendo en un acorde menor y desafinado.

Para distraerse, se refugió en las vacas. Se levantaba de madrugada a la ordeña. El aroma a estiércol fresco le enmendaba la partitura y lo transportaba a su niñez. La leche bronca le traía al tío de regreso y con ello, los tonos bullían como trinos de urracas. Luego del almuerzo, pasaba horas sabaneando toros, marcando fierros y atrancando corrales.

Hasta que el cambio ocurrió: el día iba in crescendo, cuando un grupo de peones lo llevó al corral a ver la monta de uno de los becerros. Al mirar al animal y jinete, volar en un solo allegro, le aplacó la nostalgia como por arte de magia. Vitelli decidió volver a montar, quizá a medio reparo se le enchinara el pellejo y quizá, también, escuchara al tío.

Julián Vitelli jamás fue el mismo tras aquella monta. Cada arsis no sólo le erizó la cáscara, sino que al bajar del toro y sentir los aplausos de los presentes, saboreó el honor. El honor que se le reconoce a alguien que ha vencido a un animal sin más armas que sus dos manos. Entonces un arpegio le vino a la mente: dejaría la ópera y sus hipócritas modos. Sería un montador.

No le costó trabajo emplearse como jinete, primero en la palomilla del pueblo y después, en una de las más afamadas del ejido. Su estilo suicida, le dio popularidad casi inmediata en los misteriosos rumbos del jaripeo. Año y medio le bastó para formar su propia palomilla.

La monta profesional le dio a Julián la certeza de que sólo en el lomo de un toro conseguiría la gloria. El tío Sancho tenía razón.

En todo el suroeste mexicano la monta de toros es un submundo que genera dinero y muerte, ambos atributos son suficientes para atraer multitudes. Eso terminó de animar a Vitelli.

Aunque este oficio no se trasmite por televisión, ni tiene cobertura mediática, su promoción se lleva a cabo de la manera más antigua, pero también, de la más precisa: de boca en boca. Julián destacó por sus montas a una mano o incluso, sin manos, es decir, sólo se aferraba con las piernas. Era común que a medio reparo, adoptara posturas de tenor en el primer acto de Orfeo y Eurídice. Lo apodaron El Divo.

Pero sus montas y su mote no habrían tenido mayor importancia (pese a la inclusión de rasgos operísticos que nadie apreciaba y pese a su temerario estilo) de no ser porque comenzó a desafiar a los toros más difíciles.

Como un empresario de bel canto, los propietarios de toros famosos cojean del mismo pie: el dinero. Los dueños de animales apostarán, pero apostarán a lo seguro. Así como Mozart sólo recibió la mitad del pago por su Misa de Réquiem en re menor, K. 626, así veían a Julián los dueños: la manera más fácil de ganar plata. Al montar sin manos, el toro siempre llevaría las de ganar. Con 900 o mil kilos de furia y pellejo, bastarían unos cuantos reparos del animal para desequilibrar al Divo. El triunfo de un montador sólo ocurre cuando se desmonta por decisión propia. Y eso ocurre muy pocas veces.

Aún así y pese a los pronósticos en contra, Julián venció al Tartamudo, al Rufián, al Teresito, al Poquilín y al Bubulubo. Nueve meses le bastaron para semejante logro y también, para destrozar su cadera. Una monta más y te quedarás en silla de ruedas, le dijo el doctor.

Julián decidió dejar la monta. Con su fama, administraría su palomilla de montadores y ganaría dinero sin poner en peligro sus botas. Se casaría con Valeria, tendría hijos, se dedicaría a criar toros de jaripeo y quizá, también daría clases de canto.

Pero los caminos de la vida son muy difícil de andarlos. Un día antes de que Julián se comprometiera con Valeria, llegó el dueño del Tartamudo con una nueva oferta que apestaba a revancha: la camioneta y el rancho si se le quedaba a su nuevo toro: el Cantante. Estoy retirado, dijo Julián con ganas de que no le creyera. Y así fue.

¿Prefieres que todo mundo sepa que el Julián el Divo Vitelli se le rajó al Cantante?

Vitelli pensó en Valeria, pero también en su honor. Quizá era el momento de aclarar todo: si ganaba, además de la apuesta, confirmaría que no había errado al cambiar de oficio. Si perdía, todo se iría al caño.

Hecho, dijo Julián, mientras extendía la mano en señal de garantía.

El Cantante no era cualquier animal. La palabra toro estaba hecha justo a su medida. Mil 200 kilos de poder bajo un pelaje tan hosco como las penas de amores. Cuajado de tronco, joroba discreta y cornamenta temible, el Cantante entraba al ruedo con andar tan manso como tortuga galápago. La capa roja sobre su lomo lo hacía más grande de lo que de por sí era y también, le daba un aire de gladiador romano.

Julián lo había visto en videos, pero al tenerlo enfrente se le apretó el gaznate y sintió escozor en los güevos. Un trago de mezcal tumbapelo (el ideal para antes de montar) le dio valor para ir al centro del ruedo y arrodillado, con sombrero entre sus manos, hizo la oración del montador.

La gota de sudor que iba en el aire se estrelló en la tierra suelta.

Julián el Divo Vitelli aspiró fuerte. Hizo una venia al cielo con el sombrero. Encorvó el tronco sobre las rodillas y se dejó caer sobre el Cantante. El cajón de los sueños abrió la compuerta y ambos salieron juntos en el primer reparo. Toro y montador se mantenían en el aire, cuando el cielo se puso rojo, luego blanco…

* * *

Los japoneses jamás se equivocan, dijo el señor con voz arenosa. El aroma a gasolina y aceite quemado se metía, picante, en las narices de todos los visitantes de ese inmenso expendio de autos usados. Como el hijo puso cara de huevo duro, el viejo justificó:

Sólo a eshos se les pudo ocurrir algo tan grande como el Shamato o el Sansui BA-3000. Sólo a eshos.

El señor, hay que explicarlo, se refería al buque de guerra más grande jamás construido, el Yamato. El BA-3000, por su parte, es el mejor amplificador de sonido que ha fabricado la mano del hombre. Ambas razones, también hay que aclararlo, al hijo le importaban una pura y dos con sal, lo cual se reflejó en su contestación:

Sí, pero este Accord no vale ni 2 mil pesos. Está muy baqueteado. Y vos debés entenderlo, padre.

Pero, Dieguito, es japonés, es un Honda. Carajo.

Será muy japonés, será muy Honda, pero dudo que shegués a casa con él.

Esto último no le gustó del todo al anciano porque era verdad. Aquel Accord 94, en efecto, poseía la línea más clásica del modelo, pero su estado era casi lamentable: salpicaderas picadas; mohosas vestiduras; motor remendado; cristales estrellados y cuarteaduras en el tablero. Levantar aquel montón de hojalata iba a costar dinero, dinero que el hijo no estaba dispuesto a gastar.

Sin embargo, como pocas cosas pueden con la voluntad de un viejo, unas horas después ambos tomaban la Ruta Nacional 9 con rumbo a Buenos Aires. El viejo Honda echaba humaredas como si fuera tren del viejo oeste, emitía un sonido parecido a una licuadora y avanzaba con muchos trabajos por aquellos lares argentinos. Diego rogaba que una patrulla los detuviera y les quitara el desvencijado armatoste.

No es que Diego no estimara a su padre. Pero le sacaba de quicio cuando afloraban sus ínfulas de coleccionista fracasado. Y lo consideraba fracasado porque durante sus 76 años, el viejo no había podido comprar más que una rocola, un par de JBL L-16, un Mcintosh MCLK12 y un disco de los Sex Pistols. También atesoraba decenas de artículos viejos que compraba por Internet o en tiendas de antigüedades del barrio de San Telmo.

En la rocola su padre invirtió mucho dinero, pues aseguraba que al venderla, haría un gran negocio. Pero no contaba con que al aparato le faltaba gran parte del mecanismo interno y por tanto, repararla, además de difícil, iba a ser carísimo. Fracaso. Con las JBL pasó algo similar, pues al intentar revenderlas, el comprador le dijo que los conos de los altavoces no eran los originales. Fracaso. Y al Mcintosh le faltaba un par de bulbos inconseguibles. Fracaso.

Con el disco de los Sex Pistols había tenido suerte de bobo. En aquellos años Diego todavía estudiaba la carrera de ingeniería civil. Esa tarde el hijo meditaba sobre cómo empezar un proyecto de concreto hidráulico para su tesis final, cuando llegó su padre con una cara que Diego no olvidaría jamás.

No sabés, pibe, lo que acabo de encontrar. No sabés.

Pero que boludez traes, viejo.

Pibe, pibe, mirá lo que compré a un porteño en San Telmo. Mirá, mirá.

Diego se imaginó un vejestorio que engrosaría el cuarto de trebejos. Abrió la bolsa y sacó un disco de vinil. Otra macana más, pensó Diego. Se trataba de un sencillo de los Sex Pistols. En su portada se podía medio ver una imagen de la reina Isabel, sobre un fondo difuminado de la bandera británica.

Este es el God save the Queen/No feelings. Fue editado en el 77 y sólo hay unas 300 copias. Vale como 10 mil dólares y lo compré en cinco.

¿No será un trucho?

No, no. Lo he revisado bien y no veo nada raro.

Días más tarde, cuando llevaron el disco con un experto, confirmó todo: el disco era original, estaba impecable y valía como 10 mil dólares. Finalmente el viejo hizo algo, pensó Diego. Pero la suerte le enseñó su otra cara: sí, el disco estaba valuado en 10 mil dólares y es uno de los más caros del mundo, pero jamás encontró un cliente que pagara semejante cantidad por un acetato. Incluso, aunque lo bajó a 5 mil dólares, nadie realizó la compra en Mercado Libre y demás páginas de ventas. Al final, el viejo lo guardó y desde entonces era el orgullo de sus conversaciones.

Cuando murió la madre de Diego, familiares y amigos de la familia, recomendaron atención para el viejo y al ser hijo único, Diego estaba obligado a atenderlo. Pero sus responsabilidades como alto ejecutivo de una empresa constructora le impedían verlo con frecuencia y sustituía sus visitas con dinero. No mucho, pero sí el suficiente para que su padre se entretuviera en su pasatiempo predilecto: cacharros viejos.

Meses después, el médico familiar informó a Diego que el corazón de su padre estaba cansado y le recomendó:

Dieguito, disfrutá del viejo antes de que te arrepientas.

Entonces a Diego le entró el remordimiento. Se sentía un tipo con suerte: dinero, autos, mujeres y un trabajo de ensueño. Sus viajes al extranjero eran frecuentes, sus cuentas bancarias eran copiosas y su padre se moría sin que pudiera evitarlo. Vino la época de acercamiento. De recorrer San Telmo junto al viejo para comprar tiliches, de ir a los partidos de futbol, de cenar choripanes juntos. Entonces vino la petición.

Dicen que en Bolivia se consiguen autos a buen precio.

¿Acaso te faltán algunos tornishos?, Bolivia está lejos y tu corazón puede que no aguante por la altura.

Pibe, al menos quiero eso antes de que me echés al pozo.

No era un sueño, una inquietud o un deseo. Era la última voluntad de su padre y a Diego no le quedó más que acompañarlo hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia, donde el viejo descubrió el Accord en un enorme lote de autos usados que provenían de Estados Unidos. Ante la negativa de Diego para comprar el vejestorio rodante, su padre usó el mismo as que siempre traía bajo la manga: ¿Acaso no recordás el disco de los Pistols? Diego entendió que pese a su realismo, no había otra salida que comprar el auto. En el camino de regreso a Buenos Aires, Diego ya iba resignado, aunque deseoso de alguna autoridad les quitara el coche.

La torreta de una patrulla lo sacó de sus cavilaciones. Le ordenaron orillarse. La suerte le había sonreído. Seguro les quitarían el Accord.

La concha de su madre, qué va a querer este macana. Tengo todo en regla. ¿O es que acaso no dejarán que este viejo se muera en paz? Masculló el anciano, cuando escuchó al policía por el altavoz.

Diego escuchó algo de tristeza en la voz del viejo. Pensó que no había sido buena idea desear una patrulla. Entonces decidió que nadie, ni una patrulla, les quitaría el Accord. Entonces escuchó el tronido en el cielo…

* * *

Plutarco Mendoza abrió los ojos por las punzadas de un dolor de cabeza. Había dormido más de lo debido. Necesitaba un analgésico para mitigar la inutilidad que le provocaba la resaca: sensibilidad a la luz, al ruido, al movimiento.

Reconoció la habitación: era de Celina Torres Gil, la mujer que dormía a su lado. Celina era su amante desde varios meses antes, a pesar de que era la esposa de un político de moda y a pesar de que olía a pólvora.

A Plutarco eso le importaba un plátano. Las nalgas de aquella mujer valían la pena. Al menos eso creía hasta ese momento. Aquella habitación era parte de una cabaña que el esposo de Celina tenía a las faldas del bosque de Toro Viejo. No es que al político le interesara la vista campestre. No. Pretendía, mediante algunas maniobras chapuceras, hacerse de la posesión de cientos de hectáreas de bosque, las cuales ya tenía apalabradas con empresarios que convertirían los árboles en dinero.

Los amantes solían usar la cabaña de manera frecuente, para pasar uno o dos días juntos y evitar los moteles de paso, donde el riesgo de ser sorprendidos, era mayor. La noche anterior, la ingesta de vino tinto había sido tanta, que la pareja se quedó dormida, antes de que intercambiaran las caricias lógicas para celebrar el medio año juntos en esa relación clandestina.

Plutarco se levantó de la cama y caminó entre el reguero de ropa y zapatos de ambos. Se dirigió al baño, donde ya sabía la ubicación del paracetamol: extremo derecho de la segunda repisa. Al parecer, al político también lo agobiaban los dolores de moyera.

Sacó un par de grageas y pensó en ir a la cocina para tomárselas con una cerveza helada que le abriera el apetito, lo suficiente, como para regresar a la birria de chivo en Ciudad Impune. Un festín de carne, consomé y salsas, capaz de sacarle a patadas la crudota que cargaba.

Pero en vez de eso, salió del baño y caminó hacia la terraza. La luz del sol era de intensidades atómicas. El paisaje lo cautivó una vez más. Al abrir el ventanal y llenarse los pulmones con aire de los pinos, pensó, una vez más, que el esposo de Celina era un soberano pendejo para preferir un manojo de billetes a cambio de esa vista, de esos cerros, de todo el bosque de Toro Viejo. Pinche pendejo, pensó.

Recordó que la noche anterior no se había cogido a Celina a causa de las ocho botellas de vino. Pero cómo se me ocurre beber vino, se dijo. La celebración había quedado en borrachera. Sí, se rieron de cómo se conocieron en esa tienda de autoservicio. Sí, reconocieron que su amasiato no tenía mucho futuro. Sí, lloraron de que un día dejarían de verse. Sí, ella le mamó la verga remojada en vino. Sí, él se sirvió licor en su panocha una y otra vez. Sí, se besaron en cada ángulo. Sí, se juraron deseo, amor, calentura. Pero no cogieron. El diler de Plutarco nunca llegó con la coca, con la cual tenía planeado amanecerse, bebiendo y culeando.

Ahorita le voy a hablar a ese cabrón. Que me la traiga. Recordó Plutarco. Entró al cuarto y sacó su teléfono celular del pantalón. Volvió a la terraza. Mientras marcaba, pensó en bajar a la cocina a tomarse las pastillas con una cerveza. Regreso a cogerme a Celina como Dios manda. Luego nos alivianamos con unos pases y nos vamos a la birria. Imaginó.

Su llamada entró.

¿Bueno? Respondieron del otro lado de la línea.

No pudo responder. Nunca podría volver a hacerlo. Porque un balazo entró por su mano derecha que sostenía el aparato. El tiro atravesó su mano, el celular y entró entre los cachetes. Debido a su calibre, tal vez 9 milímetros, tal vez, .44 o incluso .45, la bala se llevó una gran parte de los maxilares y casi toda la lengua de Plutarco. Por el impacto, varias muelas se quebraron como cristales. Algunos de esos fragmentos fueron aspirados por Plutarco, quien, inconsciente, se aferró a la vida.

El marido ofendido surgió de entre los árboles que admiraba Plutarco antes del disparo. Lo acompañaban dos pistoleros, uno de ellos, con un rifle de mira telescópica y cañón humeante. Entraron a la cabaña, subieron a la terraza, donde encontraron a Mendoza con la cabeza agujerada.

Todavía resuella ¿lo remato? Preguntó el del rifle.

Espérame tantito. Este pendejo debe morir poco a poco. Mientras me voy a encargar de esa puta. Respondió el político con pistola en mano.

Celina aún dormía, ebria, sin imaginar que jamás despertaría porque un tiro le iba a destapar las sienes. El político regresó a la terraza, tomó la pistola y la puso en la entrepierna de Plutarco, tirado a medio charco de sangre. Una explosión que venía desde atrás de las nubes paralizó su dedo sobre el gatillo. Todos voltearon hacia arriba…

* * *

Se llamaba John Pach, pero entre sus círculos más cercanos era conocido como el Marciano.

No creo que halla mejor apodo: Pach era de piel tan pálida que, pese a los cotidianos baños en su cama solar, tenía el aspecto de una salamanquesa; sus dedos eran largos (aun con las dos cirugías para disminuir su tamaño) como los de ET; el pelo tan ralo (siempre se opuso a los implantes) como Gollum y su rostro, una copia exacta de los aliens que aparecen en la película Encuentros cercanos del tercer tipo. Un cosa bien rara.

No pocas amistades jugaron bromas con su aspecto. En las redes sociales cercanas a él era frecuente el uso del término Pach como sinónimo de alien o marciano. A veces, para no hacerlo directamente usaban pachiano, para referirse a todo aquello con aires alienígenas.

Pero eso sí, tengo que reconocer que con Pach, la vida humana iba a cambiar para siempre.

Nacido en los barrios bajos de Manchester, Pach comenzó a destacar muy pronto en su vecindario. Primero fue la burla de todo aquel que se topara con ese niño de aspecto alienígena. Pasada la novedad del niño-alien, los padres de Pach (un matrimonio disfuncional, hay que decirlo) lo emplearon en programas televisivos de ciencia ficción (invasiones extraterrestres, contacto con otras civilizaciones y viajes por el espacio). Los padres obtuvieron medianas ganancias financieras, que invirtieron de manera religiosa en peleas de perros. No hay que ser experto para saber que perdieron todo y cuando ya no hubo programa, ni comerciales que contrataran a su pequeño hijo, lo enviaron a un internado judío, donde jamás volvieron a verlo.

En el internado, Pach volvió a pasar por lo mismo, con la diferencia de que ahí no fue contratado por nadie para las obras de teatro: los judíos odian los extraterrestres. Al ser el apestado de lugar, John se refugió en las bibliotecas, donde encontró la que había de ser su principal compañera: una vieja computadora IBM, polvosa y sin acceso a Internet.

Nadie, ni Nostradamus habría adivinado que, 10 años después, aquel chiquillo de cara intergaláctica iba a ser el siguiente eslabón tecnológico.

¿Cómo lo hizo? ¿quién le enseño? Eso nadie lo sabe y es probable que nadie lo sepa, pues Pach era muy hermético con su vida privada. No sabíamos si tenía esposa (nadie le conoció una sola mujer, motivo por el que se le relacionaba con el movimiento gay), tampoco si tenía hijos o familiares. De sus padres, como ya se dijo, nunca más se supo nada.

Pero nadie creyó en el proyecto de John Pach, al que bautizó como Neron. Todo aquel que escuchó su proyecto para descentralizar el mundo cibernético y mandar al museo la lap-top, el smartphone y cualquier artefacto de comunicación, creyó que se trataba de una broma.

El Marciano inventó, pero nunca patentó, la navegación mental. Gracias a ella, no necesitaríamos de una computadora para surfear en Internet: nuestro cerebro funcionaría como un disco duro portátil. En lugar de parasitar frente a una pantalla, Neron ofrecería la posibilidad de hacerlo mentalmente. En el momento en que lo deseáramos, nos conectaría a Internet (sin cables, sin módem, sin contraseñas y sin virus), elegiríamos qué escuchar, ver o leer. Todo ocurriría en la cabeza. Lo dicho, Pach era un genio. Pero nadie lo entendió.

Yo fui uno de los afortunados que recibió una prueba de Neron. La conseguí gracias a un amigo que se encontraba trabajando con Pach. Mis páginas de Internet (casi todas, de negocios ilegales) me proporcionaban ganancias suficientes y los amigos necesarios para enterarme de los últimos adelantos tecnológicos.

Como yo, muchos creyeron que Neron sólo era una fantasía. Incluso yo lo creí: después de instalarme Neron, recostado en mi cama, modifiqué por horas mi perfil de Facebook y mi página personal. Luego me dormí. Al día siguiente, no resistí la curiosidad y encendí mi lap para corroborar si los cambios en mi perfil realmente habían ocurrido. No era un fraude: mi perfil estaba tal y como lo había dejado en mi mente. Lo mismo pasó con el Tumblr.

Pach era como un Dios y siempre es preciso acercarse a Dios.

Ese día preparé un equipaje y tomé el primer avión a Iowa, donde estaban las oficinas (si se les puede llamar oficinas) de Pach. No me costó trabajo ingresar. Yo tenía amplios conocimientos en redes, en sistemas y en diseño virtual.

Las oficinas de Neron Co. eran una enorme granja de pinta antigua (por no decir, vieja), en la que había borregos, gallinas, caballos y porquerizas. Al prescindir de computadoras, cables y demás enseres hasta ese día, imprescindibles en cualquier despacho, en Neron Co. los aparatos eléctricos eran rarísimos: una cafetera, un refrigerador y un tocadiscos. Todo lo demás estaba dentro de los cráneos de sus 45 empleados, quienes trabajaban (diseño, pruebas, llamadas telefónicas, etcétera) en los lugares más inverosímiles: bajo la sombra de un árbol, montados a caballo, pescando en el lago o sentados en la vieja salita del edificio principal. Todo indicaba que la venta de computadoras se vendría abajo y Pach se convertiría en el hombre más rico del mundo. Sólo había que esperar el día del lanzamiento oficial.

Aunque ingresé a Neron y conocí de cerca a Pach, había un límite hacia su persona. Conversaba, compartía cosas y bromeaba sin reservas. Pero a la hora de salida, nunca se iba acompañado, nunca fue a una fiesta, nunca se interesó en nada que no fuera Nerón. A todos nos parecía lógico su comportamiento hiper nerd y que se preocupara por el proyecto de su vida.

En nuestras reuniones estimativas calculamos que Neron Co. crecería de forma exponencial (en la granja y en todo el mundo). Un 85 por ciento de la población mundial usaría Neron, cuando menos, para navegar por internet, llamar por teléfono, ver películas o escuchar música. Nos acercaríamos a presidentes, cantantes y empresarios de altos vuelos, para ofrecerles redes mentales de intercomunicación. Las ondas de radio vivían sus últimos días.

Conforme pasaban el tiempo, hubo unos cambios en el cubículo de Pach. Pasó de ser la biblioteca de la granja, a un cuarto de cristal con piso oscuro como de lente polarizado (muchos afirmaban que debajo había cámaras, pero no era así), un extraño sillón metálico y un escritorio de tamaño medio. Pero pocos pusimos atención en estas modificaciones, porque estábamos endiosados con el lanzamiento de Nerón, ya que para esos días, nos habíamos convertido en accionistas de la empresa.

Diez días antes del lanzamiento yo estaba en Neron Co. haciendo unos ajustes finales. Aquel día había terminado una actualización del navegador mental, sólo faltaba el visto bueno de Pach. Luego de comer un emparedado de jamón serrano y cebollines, me dirigí al despacho del Marciano. Según otros compañeros, últimamente Pach pasaba mucho tiempo en su cubículo. Algo raro en él, amante de caminar por la pradera, mientras atendía llamadas, entrevistas o convenios. Pero lo atribuíamos al estrés del lanzamiento.

Había otras dos personas antes que yo que hacían turno para entrar al despacho del Marciano, así que tomé asiento en los sillones de espera.

Todo ocurrió muy rápido. Mientras yo leía el diario en su versión electrónica al ritmo de Jaco Pastorius, se cimbró el piso. Supuse, primero, nuevos arreglos al edificio. Cuando enfoqué la vista en Pach, aquello era una visión escalofriante: todo el despacho cristalino de Pach emitía luz propia. El Marciano, sentado en aquel asiento rarísimo, tenía los párpados más abiertos que nunca y de sus ojos salían extrañas formas de luz. El movimiento del suelo se hizo más intenso. Algunas maderas del techo comenzaron a caer. Era hora de salir de ahí o acabaríamos mal, debajo de los escombros.

Lo último que vimos, fue cómo se elevaba el cubículo de Pach. El piso polarizado, las paredes de cristal y enmedio, el Marciano, con los ojos psicodélicos. Entre más alto estaba, más luminoso era. Hasta que ya no lo pudimos ver más y se perdió en el cielo de Iowa.

Entonces supimos que John Pach no era de este mundo. Entonces se activó la alerta contra impacto espacial, una aplicación instalada en el navegador cerebral de los empleados y que creímos inútil. Entonces vimos al cielo encenderse…

* * *

20 de noviembre de 2033.

2:35 PM

El asteroide Apophis, de 2500 metros de diámetro, entra a la atmósfera terrestre.

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