Tierra Adentro
Fotografía: Vanessa Téllez.

Ayer se llevaron a Genaro. Nadie, luego de 48 horas de desaparecido, ha hecho algo por buscarlo. Ni siquiera su familia precisa demasiado interés en recuperar al menor de los integrantes de la familia Expediente de Averiguación Previa 11.

Más vale esperar en sensato silencio y ecuánime actitud. Ser tolerante, minimizar  la rabia, y mirar en mutismo y discreción a la policía que ayer tuvo la delicadeza de ir a la casa de Genaro para preguntar si tenía enemigos o una vida algo deschabetada. Sí, ese fue el término que usaron los elementos de la autoridad cuando sugirieron que Genaro podría estar de fiesta con sus amigos, más específicamente en malas compañías, gente que pudiera haberle metido en líos. Algo de lógica había en aquella culposa teoría policíaca. Después de todo, la mayoría de los más recientes levantamientos, habían ocurrido en altas e inmorales horas de la noche, y sí, ese fue otro término usado por la policía.

Para el comandante Carlos Estévez, norteño afincado no hace más de medio año en el puerto, lo verdaderamente malo sucede en la frontera norte del país, no en un puerto como Acapulco en donde para él apenas acontecen infracciones menores, delitos sin importancia cuyo origen debe ser producto de algún inesperado desequilibrio en uno que otro poblador  y no el resultado de la elucubrada mente de criminales. Básicamente la educación sentimental de ‘Charly el cucho’, como pedía ser llamado el comandante Estévez, estaba conformada a base de corridos, carne asada, películas de los Hermanos Almada y miércoles de Tecates con los amigos. Era posible que para cualquier persona aquellos gustos significaran un catálogo de preferencias ciertamente raquítico, opciones de divertimento no el credo con el que conformaba su existencia y la de quienes sin ánimo de hacerlo cruzaran por su vida; para Charly el cucho, por el contrario, sus elecciones se etiquetaban bajo el marco justificado al que apelan quienes hacen de los ‘usos y costumbres’ una dignificante forma de vida.

Para Estévez, norte y sur no pueden ser polos más opuestos. Por más similitudes que pudieran derivarse a futuro, y por mucho que el sureño promedio acoja accidentalmente términos como: morra, troca o chulos, sólo existe un Coahuila. Era absolutamente lógico que bajo esa visión, la violencia que a fechas recientes aquejaba al puerto sureño, en opinión de Estévez fuera más bien una peripecia orquestada por pobladores cuya única finalidad era forjar en su sureña patria, un norte más cercano.

Como solía suceder, al término del interrogatorio y a veces sin necesidad de exponer la crudeza de su juicio final, para Estévez todo lo malo ocurre a partir de la ambigüedad, es decir: todos somos víctimas propiciatorias. Esa tarde, durante el interrogatorio en la casa de la familia Expediente de Averiguación Previa 11, el comandante Estévez aunque todavía reacio y ligeramente hostil, ofreció de buena gana algunas, vagas todas ellas, teorías de lo sucedido; incluso la abducción fue una de las posibles opciones. Más que el diálogo entre representantes de la seguridad estatal, aquello era la representación de un examen de opción múltiple. Se entiende el desorden, las pistas son confusas: la cartera de Genaro encontrada tirada justo debajo del auto con dinero todavía en su interior desecha la teoría de un asalto. Hasta el momento la única información obtenida fue gracias a los diarios locales que pronto reportaron la desaparición de un hombre y su auto abandonado sin aparente violencia de por medio.  Aun así, la sola especulación de una vida participativa en actos deshonestos e inmorales que mantiene Charly el cuche, no logra sustentarse en los familiares de Genaro. Nadie que lo conociera podría asegurar que lo suyo fuera la juerga espontánea o el súbito desliz, vaya que ni siquiera el más lacónico ánimo festivo.  En realidad, su existencia se ha movido pasivamente entre el patetismo y el conformismo más arraigado. Lo más temerario que había hecho, al menos la semana previa a su evanescencia fue pedirle a Luciérnaga,  nombre artístico que había elegido la última adquisición artística del bar “Puerto Navy”, una cita.

Si de algo podía culparse a Genaro, era el padecimiento insufrible por un proclive enamoramiento a figuras del más paupérrimo ambiente artístico. Fue un accidente, un hecho fortuito el que lo hizo conocer a Luciérnaga. Sucedió una tarde en la que Genaro confundió la calle que lo llevaría de regreso a casa después del trabajo, con un estrecho sendero por el que, apilados en expuesta presencia, se desglosaban diversos bares. La mayoría presentaba una fachada de similar textura: iluminación irritante producto del neón de las luces, el movimiento en las puertas principales de caderas ambivalentes y juguetonas, cadenciosas en el movimiento musical que surgía desde el interior del tugurio que antecedieran. Un olor común, fétido, similar al de la descomposición de la carne sobrevolaba la superficie más arriba de lo tolerable. A la par de los bares, una sustanciosa presencia de vagabundos, custodios en aparente derrota sobre el suelo. Más adelante, sobre la misma escena carnavalesca se observaba el amor de inmediato acceso, cuerpos de grotescas formas emulando restregones y besos precipitados e invasivos. Esa noche, luego de permanecer extraviado sin encontrar alguna calle familiar que le llevara de regreso al simplismo conocido, Genaro tropezó con el cuerpo estilizado y cobrizo de Luciérnaga, bastó mirarla cabeceando bajo la estrambótica estampa de aquella noche, para que localizara en la firmeza de su anatomía, en la torpe emulsión de sus movimientos, una fascinación irreconocible, se sintió perdido.

Se llama casualidad a la peculiaridad que tienen ciertos hechos, a los finales activos de participar en ciertos embrollos, a la inesperada actitud ante sucesos que, fuera del carácter ordinario, se anticipan necesarios por experimentar. Esa tarde, cuando Genaro encontró que su solitaria vida necesitaba algo más que la típica rutina clase mediera, algo, como el encendido del botón indicado en lo recóndito de su mente se activó; fue como si el motor del que están hechas las opciones incendiara su cuerpo y de improviso lo sacara de su aletargada existencia. Decidió, envalentonado más por la posibilidad quimérica que por la factibilidad física de los sucesos asegurados, acercarse a Luciérnaga.

De inmediato hubo una reacción. Aunque más callada de lo esperado, Genaro no encontró rechazo ni la intención de uno que debilitaran su intención. La felicidad de aquella aproximación se repitió en los días siguientes. Pasaron de las citas a una tierna custodia que incluía llevar a Luciérnaga hasta el bar en que trabajaba. La noche previa a su desaparición, Genaro acordó con Luciérnaga un encuentro un poco más tarde.  La cita sería ya no en el bar, sino en el malecón ubicado a cinco cuadras del bar donde trabajaba Luciérnaga.

El reloj de su muñeca marcaba casi las 11 y media de la noche, en algún punto entre que salió de casa y condujo por las calles, perdió media hora. Sabía que necesitaba recuperar el tiempo perdido, tuvo la idea de acortar el camino, conocía un atajo. Para llegar a él debía cambiar al carril de la izquierda y así tomar la avenida principal. Comprobó que no viniera ningún auto por la derecha, aceleró, y entró en la desviación que necesitaba. Genaro era hábil manejando. Recuperó la mitad del tiempo perdido. A pesar del esfuerzo empleado, llegó pasado las doce y media de la madrugada. Estacionó el vehículo, caminó una distancia de dos cuadras. Encontró a Luciérnaga en el malecón.

Mientras caminaba los últimos pasos hacia ella, atisbó que no muy distanciados de ella, se encontraba un grupo de adolescentes bastante alcoholizados. Cuando al fin llegó hasta donde Luciérnaga aguardaba, confirmó lo que sospechaba. La molestia de la joven era notoria. Como el enamorado que era, Genaro intentó que la amabilidad de sus palabras pudiera minimizar la irritación. Se acercó con delicado cuidado, su mano se estiró hasta alcanzar el hombro desnudo de la mujer, cuando hubo entre ambos contacto de pieles, sintió aunque sutil, un rechazo notorio. El brazo de Luciérnaga se endureció, separándose con cierto hastío del de Genaro. Lo supo, esa noche su retraso le iba a costar la cita. Se disculpó sabiendo que se iría sin que un beso, como en otras ocasiones lo había logrado, derrumbara la rabia con la que Luciérnaga ahora le miraba. Los minutos que el dedicó a llevarla de regreso a su auto, no alcanzaron para formar alguna tregua. Luciérnaga entró a su auto sin despedirse de Genaro.

Para escapar del daño que ocasionó en él la exasperación de Luciérnaga, Genaro se dirigió con extremada prisa hacia su auto; un hombre ligeramente despreciado es un hombre cuyos actos siguientes resultan desorganizados, confusos. Todavía se encontraba ofuscado cuando arrancó su auto y comenzó a manejar.  Desconcertado condujo por calles en las que rara vez había estado. Muchas de ellas, se encontraban saturadas de baches, con topes mal hechos: el deterioro era evidente. La molestia de su desencuentro con Luciérnaga le impidió atisbar lo que al fondo de la calle se encontraba.

Aunque todavía bastante alejado de la imagen, pudo distinguir la figura de dos hombres que aparentemente forcejeaban. No pudo reprimir la curiosidad de mirarlos. La luz del auto se reflejó sobre un par de botes de basura, el hecho hizo evidente la presencia de Genaro. La concentración que dedicó a ambos hombres fue interrumpida cuando uno de ellos cayó hasta el suelo.  Sólo cuando el extraño quedó abatido sobre la inmunda banqueta, Genaro tuvo conciencia de lo que sucedía. Una flor de sangre se abría del estómago del hombre provocando un vigoroso río. Era un homicidio, y él por una azarosa casualidad se había convertido testigo presencial del hecho. Se quedó estupefacto sin poder siquiera reprimir el espasmo que desde los pies subió hasta sus manos. El horror amplió su significado cuando Genaro se miró dentro de los ojos del hombre que todavía con el arma homicida en sus manos seguía de pie, frente al cuerpo del hombre que había derrotado. Se miraron unos segundos, los suficientes para armar una memoria. Genaro se sintió vulnerable, dedujo que su sentencia de muerte había sido firmada por el número de serie de sus placas. Tenía que tomar pronto una decisión. Sin pensarlo más, Genaro colocó la palanca en reversa, hundió el pie en el acelerador, el movimiento fue una línea en zigzag que golpeó todo lo que encontró en su camino. Aunque sin mucha coordinación y abollando la defensa trasera de cuanto objeto se atravesara, Genaro en lo único que pensaba era en concluir con éxito el escape.  El movimiento con el que finaliza la evasión, remata en una imperfecta escuadra, que lo deja de costado al callejón y casi frente al hombre del que aspira fugarse. Se vuelven a mirar; los ojos del extraño parecen los de un animal, desorbitados, el iris fragmentado. Genaro siente que la mirada del extraño se le mete bajo la piel. Vuelve el pie sobre el pedal, esta vez no se detiene,  pasa calle tras calle.

El auto se alejó a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Para cuando se dió cuenta, había salido del centro de la ciudad.  Llegó sin notarlo hasta el extremo este del puerto, aunque sin ver el mar podía escuchar el sonido que producen las olas del mar al estrellarse entre los acantilados. El mar es un dialecto que hombres como Genaro pueden identificar. Aunque familiarizado con la jerga de elementos marítimos, no termina de reconocer el espacio en donde se encuentra

Detiene el auto, no quiere arriesgarse a manejar en oscuridad total y sobre un camino por el que no ha manejado.   Sólo hay tierra y piedras en su derredor, algo de fauna desperdigada en una distancia mayor a los cuarenta metros culmina el paisaje. Todavía siente los ojos del aquél hombre en su rostro, como si la mirada pudiera tener un peso y no soportara llevarla en sus pensamientos. Baja del auto. El recuerdo que lo ha hecho moverse bruscamente por las calles le hace tirar su propia cartera, uno de sus pies termina por empujarla bajo el auto, Genaro no se da cuenta de este sencillo hecho. Una cosa es presenciar muertes ficticias, encontrarlas visualmente atractivas en una película, o escuchar sin proponérselo el asesinato de algún pobre diablo, otra cosa es, mirar cómo un hombre cae hasta el piso inerte, dejando sus últimos suspiros sobre aquél que le robado la vida. La desgracia contemplada indica, con cierta resignación que ésta será capaz de alcanzarlo. Camina sobre el despeñadero. Sus pasos, como si se tratara de un hecho cíclico, le recuerdan a los que realizara Luciérnaga minutos antes sobre el malecón. No puede traer ni su inofensivo rostro ni la jocosidad de su comportamiento a la memoria, simplemente no puede recordar nada que no sea la muerte del hombre frente a su auto.

Sigue caminando. El panorama desértico no acoge la afectuosidad del mar,  sólo hay negritud. No muy lejos de donde se encuentra, se observa una camioneta con las luces encendidas. Frente al vehículo se localiza un pequeño grupo de jóvenes. Genaro se sorprende al darse cuenta que son los mismos que se encontraban con Luciérnaga en el malecón.  La distracción continúa cuando repara en los rostros de los jóvenes; sus edades deben oscilar entre los quince y dieciocho años.  Aunque no planea acercarse, no puede detener el empeño de sus pasos; son ellos quienes le colocan frente al grupo; la separación ahora es nimia. El tono alto de la conversación y lo desordenado de los diálogos que sostienen entre ellos refleja lo indiscutible de la juerga.

Uno de los chicos lo observa, de todos, parece ser el menos alcoholizado, todavía  estructura oraciones racionales, en un tono casi amigable pregunta a Genaro si tiene un encendedor que pueda facilitarle. La pregunta toma por sorpresa a Genaro. El mundo es un lugar irracional, diseccionado en fotografías que de algún modo se relacionan. Mira al joven, a él lo une la polaroid de Luciérnaga caminando irritada en el malecón. Indirectamente ella misma le ha llevado hasta él, de algún modo no suministrarle el encendedor podría romper el culebrón en que se encuentra. Escarba en el bolso de la camisa, luego, más despacio hurga en las bolsas de sus pantalones. Mientras insiste en encontrar el objeto solicitado, recuerda que tiene uno en la guantera del auto. Genaro le explica al joven dónde está el encendedor, en espontáneo acuerdo van juntos al vehículo. El joven aunque más consciente que el resto, camina dando ligeros tumbos.

Llegan al auto, Genaro abre la puerta  y revisa la guantera, el joven se coloca a un lado del automóvil, abre su bragueta y comienza a orinar en la defensa trasera del auto. Termina antes de que Genaro le muestre el encendedor; en un acto que busca corresponder la camaradería inesperada de un extraño, el joven le señala un golpe en la defensa del auto sobre la que ha orinado. Genaro sabe que ese impacto ha sido producto de la reversa que efectuó en aquella oscura calle. El joven se despide con una sonrisa que aleja a Genaro de la ilustración del miedo y de la muerte que se han impreso en su cabeza. Es un gesto de genuina gratitud, sincero, una acción que silencia el ruido que persigue a Genaro.

El risco se vacía. La luz de la camioneta se vuelve un punto lejano. La oscuridad puebla sus ojos; de nuevo el camino es una estancia desconocida. Regresa al confort que le provee un objeto que identifica: su auto. En efecto, en la parte trasera tiene una abolladura notoria. Como si intentara despedirse de la noche, mira por última vez el distante grupo, se detiene al escuchar un sonido, algo que parece ser un trueno en el cielo, posiblemente  de lluvia.  Mira consecutivamente el horizonte, espera encontrar la línea imperceptible donde el cielo se fusiona con el mar. Vuelve a escuchar el mismo sonido, no puede distinguir si son nubes los fragmentos de oscura consistencia sobre el cielo o sólo una imagen que se le ha extendido producto de los anteriores acontecimientos. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia. Un relámpago brilla lejano en la profundidad del horizonte, más cercano otro trueno revienta furioso sobre su cabeza. El estruendo ilumina por segundos el espacio donde está parado. La brisa del mar salpica su rostro.

Es justo detrás de él donde el océano oscuro es cobijado por riscos y piedras de angustiosas formas.  Genaro voltea estrepitoso, una desesperación incomprensible vuelve a abrazarlo. El movimiento de su cuerpo  se torna torpe, carente de coordinación. En el instante en que voltea sobre su eje, atora un pie con el otro; el giro es rápido, una fuerza ignota parece controlarlo, algo lo obliga a tropezar. No atina a sujetarse con las piedras. Resbala. La densa consistencia de su cuerpo provoca que la caída entre las rocas, sea similar a la de un costal de papas que es azotado en forma rabiosa al suelo. Mientras se precipita  irreductible por la gravedad, las primeras gotas de la lluvia que caen, borran sus huellas. Mientras Genaro se precipita, su cabeza es golpeada una y otra vez dejando un breve pero firme consistente sesgo de sangre. Al legar al mar, su cuerpo crea una sombra que poco a poco se desvanece. Antes de naufragar intenta hablar, formar un grito. La frase más larga que repite, es inaudible, sin ninguna entonación.

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