Tierra Adentro

El siguiente es un fragmento del libro Ojos que no ven, corazón desierto, publicado en 2009 en el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Él azota la puerta. Es su única forma de liberar la ira. Ella no lo comprende. Ni siquiera tiene ya la paciencia de escucharlo. No debió hacer su esposa a una mujer que nunca lo ha querido. Cualquiera de las otras a las que abandonó cuando ella dijo “estoy embarazada” lo hubiera amado más. Han tenido tres hijos. Ha sido una buena madre, pero él necesitaba una mejor amante. Se ha dado cuenta tarde. Está viejo, muy viejo para empezar de nuevo. Aun así tiene ganas de salir a la calle, tomar un autobús a cualquier parte y no regresar nunca, olvidar para siempre que tuvo esposa e hijos, que pagó una hipoteca por treinta años, que odiaba su trabajo, que visitó a sus padres los domingos. No puede. Mañana tiene cita con el médico —de seguro se le subió el azúcar por el coraje—; debe llegar temprano a la oficina —hay trabajo pendiente antes de que lo auditen—. Lo único que le queda es tirarse en la cama y esperar que el sueño lo rescate del mundo.

Ella se arrepiente. El silencio pudo haberlo evitado.

Pero no, lo dijo:

—¡Ya vas a empezar!

No sabía, de verdad no sabía lo que él iba a decirle.

Algo tenía que ver con las costumbres raras de su gato. Pero estaba tan harta. Se sentía, se siente tan cansada. Las palabras brotaron de su boca, azuzadas por el deseo inconsciente de crear un escudo contra la costumbre de escucharlo quejarse por todo y por cualquier cosa antes de dormir, amargando de más los últimos momentos del día. Está triste. La tristeza le oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena.

La hija, la menor, escucha desde su recámara la puerta que se azota. Escudriña el silencio que le sigue. Siente curiosidad, pero sólo un instante. Las discusiones son algo cotidiano. Su madre sólo llora, su padre sólo gruñe. Promete no casarse con nadie que no sea capaz de provocarle una sonrisa siempre. Quizá deba salir y ver qué pasa afuera. Decide que no importa. Mañana tiene examen. No debe distraerse, sino memorizar una definición que aún no comprende. Poliedros conjugados: el número de caras de uno es igual al número de vértices de otro y viceversa. Es simple: uno pone una cara, el otro da una esquina.

Él da vueltas en la cama y procura hacer ruido. Resopla. Espera que ella note su respiración agitada, el coraje que tanto daño le hace después de dos infartos. Tal vez no le interese. Tal vez lo que ella quiere es que él se muera. A pesar de la edad, es una mujer bella. A él, desde hace mucho, la obesidad y la calvicie le impiden considerarse un hombre guapo. No tiene ya memoria de hace cuánto dejó de tocarla; corrige, de hace cuánto no permite que la toque. Ella tiene un amante. No hay otra explicación. Sus vísceras se enroscan. No puede respirar. Tose fuerte, muy fuerte, un poco para aliviar el malestar y otro tanto para hacerle saber a ella que es su culpa.

Ella se mete al baño. Se desnuda. Mira en el espejo su cuerpo desgastado. Trata de recrear la imagen que un día tuvo de sí misma. Recuerda que los conductores disminuían la velocidad para poder mirarla. Luego, después del embarazo, un traje de grasa ocultó aquella imagen. Por eso él es infiel. Ya sólo la tocaba alguna madrugada por equivocación, quizá medio dormido, mientras pensaba en otra, y al darse cuenta de que era ella, apartaba su cuerpo casi sin haberla penetrado. Un día ella decidió que era bastante.

Abre la regadera. Es el único sitio para llorar a gusto. Nadie pregunta nunca por qué los ojos se le han enrojecido. “Una especie de alergia”, les diría. Pero a nadie le importa, no ha tenido ocasión de estrenar esa excusa.

Alguna vez se amaron. De eso no cabe duda. Sus hijos mayores los recuerdan tomados de la mano, prolongando los besos de adiós y bienvenida. Después fue la distancia, la crisis de los ochenta. Él tuvo que emigrar al otro lado para encontrar trabajo. Llamaba en Navidad y a veces, muy de vez en cuando, un fin de semana. Tenía que ahorrarlo todo para regresar pronto, se decía. Extrañaba a su esposa y a sus hijos. Ella se quedó en casa, haciéndose cargo de los niños, cosiendo ropa ajena para ganar dinero. Él los había olvidado, pensaba, o al menos olvidó que los niños comían, que iban a la escuela. También se sentía sola, pero se conformó con mecer las ansias, adelante y atrás, frente a una máquina de coser. Colocaba sus piernas rígidas sobre los pedales, las apretaba fuerte. No conciliaba el sueño por las noches.

Él volvió una mañana de noviembre, después de cuatro años, y no creyó jamás en la versión posmoderna de Penélope, quizá porque no supo encontrar una forma de calmarse las ganas que no tuviera cuerpo de  mujer. Buscó quien la supliera por un tiempo. Y cuando regresó, cada vez que trepaba el cuerpo de su esposa, buscaba en cada gesto nuevo para él un indicio que la delatara. La ira le apagaba el deseo. Frustrado se hacía a un lado y leía en el gesto de frustración de ella la señal inequívoca de la infidelidad. Un día que intentó tocarla ella le dijo:

—Es que ya estamos viejos.

Bastó. Ya no se aman. De eso no cabe duda.

Él repasa con la mano su barriga abultada. Mira sus piernas flacas, más flacas con el paso del tiempo. Su cuerpo es un despojo: las coyunturas duelen, se sofoca con sólo dar dos pasos, las heridas no cierran. Debe tomar pastillas todo el tiempo. Ahora sus ojos lloran, no él, porque él es fuerte. Sus ojos fallan como el resto del cuerpo. Aprieta sobre ellos las yemas de sus dedos como quien busca contener una fuga. Es inútil, como el medicamento y las caminatas matutinas, como la comida sin sal y los postres sin dulce, como todo lo que hace para evitar morirse de un infarto. Deja de resistirse. La luz está apagada y ella no notará que está llorando. Ser fuerte es muy cansado.

Ella cierra la llave de la regadera. Se da cuenta de que olvidó la toalla. No trajo ropa limpia, pero no quiere molestar a nadie. Volverá desnuda al cuarto conyugal. No importa. Ya no hay pudor posible. Ni deseo. Hace tanto tiempo que hay dos camas. Está cansada. Quizá por eso piensa en la muerte. Morir debe de ser igual que descansar: dejar de ir al mercado y no preparar más el almuerzo, y no volver a lavar los trastes ni la ropa, no barrer ni trapear, no volver a preparar la comida ni lavar nuevamente los trastes, no tener que escucharlos a todos sin derecho a sentirse agotada o sin estar de humor, sin derecho a quejarse, a decir que le duelen la espalda, la cintura, la cabeza, los pies. Pensar en el cansancio también cansa.

—“Según el teorema de Euler, los poliedros conjugados deben tener el mismo número de aristas” —repite la hija, tratando de aprenderse de memoria la posible pregunta del examen.

No entiende que es arista. Busca en el diccionario:

En geometría, el segmento de recta donde se interceptan dos planos. Por extensión se conoce con este nombre al segmento común que tienen dos caras vecinas de un poliedro y que se forman al estar en contacto. También se dice del filamento áspero del cascabillo del trigo.

No sabe que es cascabillo. Pero le queda claro: las aristas lastiman; se producen al estar en contacto.

Él no encuentra acomodo. Respira con dificultad. Toca entre sus piernas el colgajo oscuro que sirve para orinar de pie y para nada más. Es un hombre inservible, al menos inservible como hombre desde hace mucho tiempo. No entiende por qué ella no decidió dejarlo. Por qué aún se levanta cada día para tenerle listo el desayuno; le recuerda el horario de sus medicamentos, le pregunta qué quiere de comer. Quizá porque aún le queda algo de aquel cariño de los primero años. Se le ocurre que cuando ella entre al cuarto se acostará a su lado. Le preguntará cómo se siente. La escuchará en silencio. Después le contará que se siente cansado, que se ha sentido viejo, que necesita que lo abrace fuerte.

Ella pone un pie fuera del baño. Resbala. El dolor es líquido y caliente; se agolpa en la nuca empapando  sus cabellos canosos. Piensa en gritar para que alguien la ayude, pero no sabe cómo. Tiene la costumbre de callar lo que siente. Y ahora ya no importa. Está en el piso y tiene mucho sueño. Piensa en sus hijos: ya no la necesitan, incluso la más chica estará bien sin ella. Piensa en su esposo. Él es quien no sabe valerse por sí mismo. Ya no habrá quien lo escuche por las noches quejándose de todo. ¿Quién le hará de comer si ella le falta? La quiere. Aún la quiere. Por eso, en cada aniversario, él lee un poema que escribió mientras estuvo lejos. Los dos lloran. Ella lleva el papel, pequeño y arrugado, guardado en la cartera. Y cada vez que está a punto de rendirse va a la recámara, saca aquel escrito y vuelve a sentir fuerzas. Ahora mismo, sólo por acordarse, se siente con más ánimo, aunque a su alrededor el mundo se oscurece.

Él ahora no lo sabe, pero en un momento la encontrará inconsciente, la cabeza sangrando después de haberse golpeado con el filo del escalón del baño. Gritará su nombre muchas veces sin obtener respuesta. Escuchará la voz de su hija pequeña preguntando qué pasa. Le ordenará llamar a una ambulancia, avisar a sus hermanos, traer una bata limpia. Vestirá a su mujer repitiendo “Dios mío, Dios mío” con el miedo atravesado en la garganta. Entonces sí las lágrimas brotarán sin pudor. Y se sentirá débil cuando vea al paramédicorevisando los signos vitales de su esposa, la mujer con la que ha compartido treinta años de su vida, la madre de sus hijos. Tomará entre las suyas la mano de su cónyuge, se acercará a su rostro y le dirá:

—No te mueras.

Ella ahora no lo sabe, pero en algunos días despertará en un cuarto de hospital, preguntará por él y nadie le dirá nada. Tiempo después le contarán que llegando a la clínica, los hijos empezaron a correr de un lado a otro para que la atendieran. Él dijo:

—Tengo sed, háganse cargo —y encaminó sus pasos a la cafetería.

Un médico internista la llevó a terapia intensiva, sus hijos permanecieron en la puerta. Cuando el doctor salió a decirles que todo estaba bien buscaron a su padre. Lo encontraron dormido en la sala de espera. Quisieron despertarlo. Fue imposible. Había muerto de infarto. Nadie se dio cuenta, porque no dijo nada. No se quejó al primer malestar, como hacía siempre. Ella dirá “Dios mío, Dios mío” y llorará por él, también por ella misma, porque entonces conocerá de verdad lo que es sentirse sola.

La hija, ahora no lo sabe, pero en algunos años, cuando firme el divorcio, recordará a sus padres y les envidiará aquella voluntad de permanencia. Entenderá por fin que las aristas no son más que una forma de mantener el contacto entre los lados. Los lados forman el poliedro, y que dos se conjuguen es casi poco menos que un milagro.


Autores
Nació en Acapulco, Guerrero, en 1977. Es periodista, narradora y dramaturga. Publicó el libro de cuentos Ojos que no ven, corazón desierto (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009) y la obra teatral Basta morir en la antología Teatro de la Gruta VIII (2008). Obtuvo el Premio de Novela Ignacio Manuel Altamirano y fue finalista del Premio de Dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo. Con su novela 36 toneladas (Ediciones B, 2011) fue finalista del Premio Silverio Cañada a la mejor novela negra publicada en castellano en 2011 dentro de la edición XXV de la Semana Negra de Gijón.
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