Tierra Adentro
Blanco y negro/Pixabay

Hace unos años, un amigo me preguntó si conocía a Kriller. Tardé en responder un par de minutos mientras en mi buscador tecleé Kriller. El resultado: un sitio donde un tipo argentino se dedicaba a traducir poesía, a presentar poetas poco conocidos y mostrar su trabajo. A mi amigo le comenté que lo estaba conociendo. Después seguí el rastreo.

¿Qué fue encontrarme con el trabajo de Aníbal Cristobo? Sorpresa y nerviosismo. Poeta difícil de interpretar. Expuesto y reservado. Una línea abierta y la otra cerrada. Después, con obsesión me dediqué a buscar más poemas, entrevistas, recitales; comentarios por aquí y allá. Luego el encuentro entrañable:

Puede suceder áspero una vez cada siglo

Krakatoa podía sostener no más el largo magmático comenzó a romper dejando el océano adentro. 27 de agosto de 1883, temprano casi instantáneamente el agua de mar transformada en vapor sobrecalentado. Ceniza volcánica y ruina alcanzada como lejos al oeste como Madagascar. Otras 300 millas hacia la oscuridad, los soles azules y verdes fueron observados mientras que la ceniza entró muy bien en la estratosfera.

Identifico el lazo cuando sonrío después de leer una línea o un texto completo. El hallazgo del álbum familiar. La poesía de Cristobo oscila entre el hermetismo sentimental, la descripción de la añoranza, la angustia y el golpe en seco:

Toca el agua y dice, me dice: te estoy mirando a vos a vos, me escuchás? Pero no puede verte. No puede verme: tiene los ojos claros, está sentada al borde del estanque, tienen el pelo corto, las dos.

La meticulosidad de este poeta no estorba ni resulta antipática. Uno puede encontrar en su trabajo conversaciones y paisajes apocalípticos, que con un ritmo pausado, algunas veces aletargado invita al lector a verlo todo en cámara lenta. Que no quede duda de cada centímetro. Las partículas de polvo que sólo los gatos pueden ver. Esa es la poesía de Aníbal.

Además de su trabajo como poeta, Cristobo tiene una labor igualmente noble: editar poesía.

En esta ocasión quiero mostrarles la entrevista que realicé a este poeta.

¿Qué es un país?

Múltiples cosas. Iba a decir que generalmente un kit de prejuicios con cierta pretensión de originalidad, pero esa definición también se me puede aplicar a mí.

¿Qué es el bien?

Una equis a la que se le suele asignar el valor que convenga para no entrar en conflicto con los intereses del matemático de turno.

¿Por qué poesía?

Ahora mismo, diría que porque es el género donde mejor se puede tensar la indeterminación del sentido.

¿Utopía o realidad?

Otra escala; la experiencia sensible del deseo en la búsqueda (infinita, pero llena de huellas) de su concreción.

¿Qué es dios?

Probablemente la hipótesis que mayor número de víctimas haya causado.

¿Eres lo que planificaste ser?

Hago algunas de las cosas que me propuse, sí. Pero con el ser no tengo comercio.

¿Quién y cómo es tu mejor amigo?

No sé. Si a los 3 o 4 que me soportan, los que tengo que poner, además, a competir a ver cuál es el mejor…

¿Qué es la izquierda y qué es la derecha?

Una historia de amor imposible y otra de terror hiperrealista.

¿Cuál es el momento de la Historia que consideras más relevante?

Ése en el que no pasa nada, cuando no se puede determinar qué está sucediendo o si sucede.

¿Por qué las fronteras?

Imagino que para oficializar y administrar el flujo con el Otro.

¿Fama?

Hay más riesgo de ella en otras profesiones.

¿Publicar en latinoamérica?

Como poeta sólo he publicado en Argentina y Brasil, y han sido experiencias positivas. Como editor, nuestros libros se publican en España, que es donde vivo.

¿Dices soy del sur?

No. No me interesa prologarme ni excusarme. Y si me cuesta pensar el ser, imagínate el ser de algo o alguien.

¿Eres libre?

Puedo tomar decisiones que son importantes para mí. De hecho, lo hago casi todo el tiempo.

¿Qué es una ciudad?

Aparentemente, han devenido un software con el cual únicamente nos relacionamos como usuarios. Así, los modelos urbanísticos se basan en lanzar nuevas versiones y tienen como finalidad, además de anular la participación comunitaria, desabastecer cualquier discusión posible sobre patrimonio por obsoleta.

¿Qué piensas de la relación entre poesía y política?

Pienso que la política está siempre presente en la poesía, de modos más o menos explícitos o no, pero esa presencia no es recíproca. Entonces creo que no es tanto una relación, en el sentido en el que dos personas se pueden relacionar, sino que se trataría del efecto residual de la política sobre quien escribe, sobre sus sueños, sus deseos, su vida.

¿Cómo opera la memoria en el espacio de lo poético?

Distorsionándolo todo, afortunadamente.

¿Cómo es la figura de un poeta en el presente?

Yo imagino que la figura del poeta es siempre la misma: la de alguien apasionado/obsesionado por ese tipo de escritura y lectura. Después, vestir los estereotipos que se han usado para representar a esa figura o crear nuevos, no aporta nada a la producción, más bien al revés.

¿Qué papel tiene lo poético en la vida cotidiana?

En mi caso, la poesía me plantea la necesidad de buscar permanentemente soluciones creativas, de intentar mover el ángulo desde el cual escribo. Las pocas veces que he creído que conseguía importar ese procedimiento a la vida cotidiana me he sentido reconfortado.

¿Qué pasa con el significado en la poesía, ha cambiado su papel en el presente; es relevante?Hablar de poesía en general implica hablar de demasiadas producciones en particular, que muchas veces tienen poco en común. Particularmente, la poesía que me interesa no cancela ni descarta la cuestión del significado, pero tampoco se mantiene, o no todo el tiempo, en un nivel de representación mimética, sino que juega en el borde de cierta indeterminación, de cierta imposibilidad de circunscribir el texto a una serie de eventos, o incluso a un único evento.

¿La Historia tiene cabida en la poesía? ¿Si es el caso, cómo se da esa relación?

La Historia así con mayúsculas es un campo en el que hay inversores más potentes, que impulsan discursos hegemónicos. Creo que la poesía trabaja justamente desestabilizando esos relatos, mediante la multiplicidad de historias disponibles.

¿Qué es el hogar?

En mi caso, una referencia afectiva, un sitio hecho de personas al que uno busca contribuir mediante su propia temperatura.

¿Qué es la amistad?

Diría que uno de los asuntos privados entre dos personas que menos interés tiene para los demás.

¿Qué es el futuro?

Un punto en el que esto ya no existe.

¿Eres feliz?

La felicidad es algo casi inevitable.

*

Aníbal Cristobo (Lanus, Buenos Aires, 1971) vivió en Río de Janeiro, Brasil, entre 1996 y 2001, donde publicó Teste da Iguana (1997) y Jet-lag (2002). Obtuvo una beca de la Fundación Antorchas por su libro Krill (2002). Desde 2002 radica en Barcelona. Sus últimas obras están publicadas en formato digital: Deutschkurs (2008) y Krillsongs: en vivo en Berlín (2007). Actualmente dirige el sello editorial independiente Kriller71 Ediciones, la cual se dedica a publicar y traducir a poetas jóvenes.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).

Es mediodía y transcurre un despacioso vals. En un gran plano cenital, la cámara revela un grupo de figuras minúsculas que atraviesan la pantalla de un lado a otro como hormigas dentro de una granja de cristal. Desde las alturas, la sombra de aquellas pequeñas personas abarca más espacio que su propio cuerpo; el sol cayendo a plomo sobre sus frentes inclinadas. Estamos en París, en mayo de 1962. Es el primer mes de paz, luego de siete años de la Guerra de Argelia. Mayo, el alegre mayo.

Con esa metáfora el director Chris Marker nos introduce al retrato de su ciudad en la cinta Le Joli Mai, uno de los trabajos más significativos de su carrera como documentalista, filmada al mismo tiempo que La Jetée; distopía apocalíptica que inspiraría Doce Monos (1995) de Terry Gilliam y, probablemente, su trabajo más reconocido.

Fotograma de La jeteé. Chris Marker (1962)

Fotograma de La jeteé. Chris Marker (1962)

Marker, nacido en Francia en 1921 y fallecido en 2012, fue —además de un artista polifacético— un verdadero hombre del siglo XX; época en la que fue posible conciliar la razón con lo imaginario; lo imposible con lo impostergable. El siglo de Robert Capa y Hemingway. De un orden bipolar en el que la psicosis convivía con la certidumbre del conocimiento como una posibilidad de intervención sobre la realidad.

Cineasta, escritor y artista multimedia (si alguno merece enarbolar a carta cabal esa categoría), centró su obra en la búsqueda de explicaciones razonables para significar la experiencia vital; perspectiva bajo la que inauguró el llamado ensayo fílmico: variante del documental reflexivo en el que la voz del realizador, en vez de narrar una serie de acontecimientos, genera contrapuntos y aporta anclajes que explican la imagen, pero también la sobrepasan. Este proceso de “intervención” sobre lo representado; lejos de subordinar lo real, le otorga una potencia inusitada al volver objetiva (y colectiva) una subjetividad particular.

Veterano de la resistencia francesa durante la ocupación nazi, y duradero militante de causas libertarias, su trabajo creativo comienza como escritor a principios de los años cincuenta con la novela Le Coeur Net. Al paso de las décadas, su obra se abriría a formas de expresión novedosas que abarcaron el cine, la fotografía y, más recientemente, la instalación y el arte digital; vetas en las que no sacrificó la profundidad discursiva frente al devaneo experimental de quien se acerca por primera vez a un nuevo medio sin una justificación argumental o temática.

Maestro de la retórica, su obra desmonta la falacia tan celebrada en nuestro tiempo que contrapone irreductiblemente el trasfondo (incluso el compromiso) político de una obra con su valor estético o su capacidad de trascendencia.

Así, en el campo fílmico Marker produjo obras de gran complejidad temática y formal al explorar asuntos como la soledad frente al poder de lo colectivo, la resistencia de lo periférico; así como nuevas posibilidades de comunicación entreverando estética y política.

En Le Joli Mai (1963) —título traducido al español como El alegre mes de mayo— , la potente (y casi perturbadora) imagen de minúsculos parisinos yendo de un lado a otro bajo la mirada omnisciente de la cámara (en su forma más literal), establece la premisa de este documental, que se enfoca en la vida cotidiana del parisino promedio, detrás de la cual asoman la soledad, el aislamiento y la indiferencia; tanto como las falsas y legítimas esperanzas, los sueños; con la idea clara de que la postguerra es siempre una preguerra, como el propio Marker afirma en un trabajo muy posterior; el homenaje a su amiga, la fotógrafa Denise Bellon, titulado en español Recuerdos del porvenir (2001).

Fotograma de Le Joli Mai. Chris Marker (1962)

Fotograma de Le Joli Mai. Chris Marker (1962)

En palabras del director:

“Lo que quise hacer emerger con el documental —declara Marker sobre sus intenciones al momento de hacer Le Joli Mai— fue producir una suerte de llamado para hacer contacto con los demás; tanto para el público como para la gente que participó en la película. La posibilidad de hacer algo junto con otros; lo cual, en cierta medida hace posible una sociedad o una civilización… pero que al mismo tiempo puede proveer simplemente amor, amistad, compasión”.[1]

La cinta ofrece en más de dos horas un viaje por las entrañas de una ciudad conocida y esquiva, y nos muestra la fisonomía más íntima de una urbe, en este caso París, que es como cualquier otra en su forma más expuesta y sencilla. Algo que de tan propio, nos resulta ajeno, y revela así una vasta complejidad humana que supera los marcos de sexo, clase social y ocupación, mediante entrevistas y testimonios sobre el trabajo, el amor, el dinero y las diversiones domésticas; encadenadas bajo una pregunta central: ¿es usted feliz?

El montaje y el comentario del propio realizador en voz del célebre Yves Montand adjetivan con ironía, humor y algunos tintes de tragedia la realidad evasiva y contradictoria de la capital del país “más próspero del mundo”, como él mismo lo llama en la película. La ciudad “más bella del mundo” retratada como si fuera vista por primera vez: con ironía, como recién levantada, ingenua, solitaria e inocente.

Al inquirir a un grupo de transeúntes sobre los temas más íntimos, Marker nos confronta a todos. Nos hace preguntarnos sobre nuestra relación con los demás; con la realidad, con la guerra que está a punto de empezar y con la que apenas terminó; con la soledad del prójimo que, por supuesto, es la nuestra. ¿Cuál será la decisión que tomemos llegado el momento? Bajo esta perspectiva, y vista a la luz de los años, parecería estar documentando el futuro. Es imposible, por ejemplo, no pensar en el París convulso de 1968 (otro mayo alegre y terrible al mismo tiempo).

El tema parece, pues, estar condensado en una secuencia conmovedora en la que Marker entrevista a una joven pareja de novios que están a punto de casarse. La cámara nos muestra en su nerviosismo una postura ética. Enumeran su porvenir: levantar una casa, comprar un automóvil, salir de campamento…

—¿Cuando tengan hijos, qué clase de vida esperan para ellos? —pregunta Marker a los jóvenes que sonríen como si no salieran de una ensoñación narcótica.

—¡Trataremos de darles una vida maravillosa! —contesta ella ensanchando los labios.

—¿No creen que habrá alguna que otra nube en el horizonte?

—Aparte de alguna enfermedad… —pregunta la joven con una candidez casi inaudita para sus veintiún años.

—Salvo eso, no veo qué más podría ser —completa él sentencioso.

—Eventos políticos  —remata Marker, por fin.

—Ah, no —contesta el hombre. No me gusta pensar en esas cosas. Y ella: No hay nada que podamos hacer al respecto.

—Entonces eso los deja fuera… —señala el director.

—No está bien preocuparse por esas cosas —dice la joven.

—Me voy a Argelia… me voy dentro de dos semanas —Revela el muchacho como enfadado de su propio pudor.

—Sé que las cosas son así, pero no me gusta ponerme a pensar al respecto. No me atrevo a pensar en nada; no quiero.

—¿Sólo se preocupan por sus propios problemas? —Insiste Marker.

—No… no… No… —pausa— sólo no quiero preocuparme por eso. —La sonrisa deja espacio a una cara más bien triste.

—¿Alguna vez piensan en los demás? —Ambos por fin se descomponen. Dudan. Las caras largas.

—¿Alguna vez piensan en el futuro? —Largo silencio.

—No sé, creo que estamos felices ahora —dice el joven recuperando la sonrisa como un mantra.

—¿Creen que eso cambie cuando tengan hijos?

—La gente dice que después de uno años de matrimonio… pero yo prefiero creer en la felicidad eterna —concluye mientras el vals sube lentamente y la pantalla se oscurece.

De este modo, el director encuentra en el uso del diálogo una herramienta de aproximación a la subjetividad. Marker halla en el otro las resonancias de su propio punto de vista. No siempre coincidencias; sino, a veces, justamente conflicto; de forma que la voz del prójimo se convierte en el escaparate de sus propias obsesiones.

Ya antes, Marker había filmado varias obras en las que exploraba sus inquietudes políticas y estéticas en relación con el colonialismo: Les Statues meurent aussi, (1953); la reivindicación de la memoria: Noche y niebla (también de 1953) en la que asistió al director Alain Resnais, con el que co-escribió el guión; y la liberación: Domingo en Pekín (1956) o Carta de Siberia (1957). Este último binomio, establecería un eje de su trabajo, fundamentado en la crítica al arreglo social de Occidente y la importancia de la conciencia como parámetro de la existencia individual y colectiva.

En Le Joli Mai, estas preocupaciones se condensan durante el tercer acto con el testimonio de una mujer presa en la antigua y emblemática cárcel parisina de Petit Roquette, quien describe su día a día en prisión. Lo doméstico se vuelve épico; entonces, la metáfora cobra vida y el director puede apelar frontalmente al espectador: “Mientras haya pobreza, no serás rico; mientras haya desesperanza, no serás feliz; mientras haya prisiones, no serás libre”; nos recuerda Yves Montand, al tiempo que los rostros de aquellos parisinos anónimos suplantan los nuestros.

 

Póster promocional de Le Joli Mai

Póster promocional de Le Joli Mai


[1] Chris Marker, ‘L’objectivité passionnée’, Jeune Cinéma, 15 (May 1966), p. 14 citado en Cathernie Lupton, Chris Marker, Memoires of the Future, Reaktion Books, Londres, 2005.


Autores
ciudad de México,1980. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Comunicación Social en la UAM-Xochimilco. Ha trabajado como guionista y realizador en diferentes medios de comunicación como Capital 21 y Canal 22. También ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió el seminario taller "Producción de Documental Histórico", en la licenciatura de Historia. Es director, guionista, fotógrafo, diseñador sonoro y postproductor de cortometrajes de ficción y proyectos documentales.
Portada de Cartas a un joven dramaturgos/Fotografía de Itzel Lara

Se comienza por la lectura. Se lee un libro; si es el correcto, se crea un puente. Y en algún punto, se está del otro lado. Aparece la escritura.

El proceso de la escritura es complejo; vital. Cuando digo vital, hablo de la necesidad de escribir ⎯lugar común, pero verdadero⎯. Clarice Lispector declara sin medias tintas que “Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”. Uno lo lee y siente que no hay nada más certero. Entonces ocurre: el lector se reconoce como escritor, aprendiz. La búsqueda inicia.

Aprender a escribir implica la palabra viaje. Se emprende un viaje que acaba con la muerte. El viaje incluye talleres, clases y lecturas; sobre todo lecturas. De sobra son conocidos libros que teorizan acerca de la materia dramática, como El manual del guionista, de Syd Field y La vida del drama, de Bentley, pero quizás, de entre todos, el pequeño manual  Carta a un joven dramaturgo, del chileno Marco Antonio de la Parra, es, para aquellos aprendices del oficio, una agradable sorpresa, Una joya.

Publicado en 2007 por Paso de Gato, en su colección de Cuadernos de Ensayo teatral, e integrado en el libro Cartas a un joven dramaturgo por la Editorial El Milagro, el texto es una lectura obligada.

En Carta a un joven dramaturgo, Marco Antonio de la Parra narra con el corazón, desde su experiencia. Escrito en abril de 1994, en Santiago de Chile, el escritor proporciona 64 consejos, que más que eso, resuenan como una especie de oráculo para el amante del drama. Sin pretensiones, y en una narración fluida, por momentos visceral, el autor, intenta poner en la mesa los elementos más urgentes que dan la oportunidad al aprendiz de abrir la puerta hacia su camino, camino que después de la lectura, resulta completamente diferente, más arriesgado, con mayor brío.

Sigo con la metáfora del viaje. Podría decir que llega un momento en que el escritor arriba a un puerto y se transforma en autor. Entonces surge un discurso propio, un estilo. Las obsesiones creativas cambian, se transforman con cada nueva herida, con cada pérdida, con cada duelo.

Marco Antonio de la Parra  dice en su libro, que a través de su dolor, el creador cura el dolor de otros y remata afirmando que el dramaturgo es una especie de redentor, médium por el que hablan los personajes.
Sin un A-B-C, el lector percibe en esta carta la pasión hacia el oficio del dramaturgo, el proceso creativo y lo más importante, encuentra en el texto una salvación  contra lo inasible y contra sí mismo. Hay texto así, imprescindibles.

Algún día el viaje terminará, lo que quedó será colocado en su justo lugar, esa es la tarea del tiempo -en el mejor de los casos-.  El escritor se enfrentará con su destino, entonces las cosechas serán de otros, si esos otros son lectores o espectadores, uno puede darse por bien servido.


Autores
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.

La guerra contra el narco emprendida el sexenio pasado sumió al país en un estado de neurosis colectiva, sin embargo, tuvo más impacto en todo el norte del país, esa región donde los capos se asentaron, la han hecho su centro de operaciones y, por tanto, donde han surgido los cárteles más sanguinarios. En El karma de vivir al norte, Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978) cuenta su vida trastocada por esa circunstancia: “me decidí a contar mi historia como padre de una hija, como habitante de la ciudad y como consumidor de sustancias”. Velázquez se centra en Torreón y Monterrey, aunque pueden surgir otros testimonios que muy bien se podrían ubicar en Zacatecas, Matamoros, Ciudad Juárez, Hermosillo o Tijuana.

Con este nuevo libro, Velázquez ganó el Premio Nacional de Testimonio “Carlos Montemayor” en 2012. Ya se sabe que el fenómeno del narco en la literatura mexicana no es del todo nuevo, el primer antecedente se encuentra en la excelente novela del chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda, Contrabando (Planeta, 2008), con la que en 1991 ganó el Premio Juan Rulfo de Novela de Radio Francia Internacional. Después surgió toda una corriente llamada la “narcoliteratura” que ha vuelto el tema recurrente en varias novelas de escritores norteños. Recientemente, Myrna Pastrana contó su experiencia en Ciudad Juárez en el libro Cuando las banquetas fueron nuestras por el que, de igual manera, ganó el Premio de Testimonio en 2010 y la escritora veracruzana Esther Hernández Palacios contó su historia en un libro desgarrador, Diario de una madre mutilada (Ficticia, 2012), que ganó el mismo premio un año antes que Velázquez.

Por su parte, Velázquez arma su libro a base de pasajes, historias fragmentadas que quieren evocar lo que es vivir en una ciudad en la que todo gira alrededor de la droga, tomada por el narco, la policía y el ejército, con frecuentes tiroteos causados por esas tres fuerzas luchando por su territorio, una lucha encarnizada en la que los civiles quedan a merced de ellas. Sin embargo, algunas de esas historias encuentran significados muy débiles, Velázquez cree ver en cualquier vivencia una significancia mayor –justo el karma a que hace referencia el título– a la que en realidad tiene, por ejemplo, cuando cuenta lo sucedido con dos perros callejeros, uno que adopta y otro que lo sigue, y no se puede dejar de pensar que tal vez esas historias sean innecesarias y hacen el libro irregular. Además, constantemente se debate entre huir de la ciudad, de su violencia, pero no huye y no queda claro por qué no lo hace si es tanto el dilema que le causa.

Uno de los rasgos que más se celebra desde los dos libros anteriores de Velázquez es el uso que hace del argot norteño. En algunos pasajes, ese lenguaje puede ser muy afortunado, como cuando cuenta la historia del conjunto musical Tropicalísimo Apache, sin embargo, en otros, es lamentable que tenga tantas oraciones mal equilibradas. Hay fragmentos del libro que son ágiles y fluidos justo por ese argot pero en otros de pronto aparece un cultismo que salta al oído entre tanto lenguaje hablado: “Desde antes de que me retirara, el sistema de distribución de droga había fenecido” (p. 105), ¿por qué no simplemente “terminado” o “acabado”? Al principio escribe: “Gozaba de un trabajo establecido”, claro, debe ser “estable”. Y en otro lado dice: “viví una ejecución a quemarropa” (p. 54), ¿si está atestiguando el hecho cómo es que le dispararon (a quemarropa)? O luego: “La llanta desponchada” (p. 102), ¿no es suficiente ya con “ponchada”? Y en otra página: “Nuestra meta era El Paso. Pero no porque anheláramos tocar el Sueño Americano. Lo que nosotros perseguíamos era la frontera: la fiesta. Y descubrir el norte, por supuesto” (p. 122), ¿qué acaso no Torreón ya está en el norte y por eso se titula así el libro? Un par de páginas después, Velázquez escribe: “nos volvió a escupir hacia dentro”, me pregunto cómo se escupe hacia dentro si en el verbo escupir está implícito que es hacia fuera. Y luego: “Nos ordenaron que nos regresáramos al lugar del que habíamos emergido”, ¿por qué no simplemente “salido”? Todas estas oraciones mal construidas, y otras más, hacen que El karma de vivir al norte se convierta en una lectura desigual y casi diría decepcionante para lo mucho que promete el libro.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Antenas/Pixabay

Uno se define como un viajero por aquellas visitas que considera ‘de cajón’. Así el que va a la Torre Eiffel como el que se mete primero al cementerio Père Lachaise para dejarle una florecita rockera a Jim. Así el que se sienta a tomar un pint of Guinness en aquellos pubs del SoHo londinense −específicamente esos en el Tottenham Court Road− donde (dicen) Marx pasaba las tardes escribiendo El Capital. ¿Qué me define como viajera? Todas estas cosas y varias más. La visión de un enorme Moomin que llevaba un barco finlandés como insignia; el granizo asesino en Budapest, las noche embalsamada en alcohol del Mars, el último hoyo punk de Nueva York… Pero hay algo, una visita tan fallida como específica que me enorgullece por ser un objetivo singular y no una de esas formas que tiene la vida de fluir, si la sabes aprovechar y no te estás cuidando el trasero todo el tiempo. Se trata de mi primera visita a Los Ángeles, una de mis ciudades preferidas. No es la joya de una corona vieja y olvidada como Budapest, ni una mujer culta y estirada (aún sexy) como París. No es la salvaje gitana ojinegra transilvánica y tampoco el viejo alcohólico tatuado con excelente gusto musical londinense. Los Ángeles es el caldero del infierno disfrazado de viejo cine art decó. Es una ciudad espejo al D. F. que se deja comparar y sostener tanto en el ridículo como en el asombro, tal como lo hace Coraline en la casa de su otra madre o como lo hacíamos de pequeños en la cara del Superman Bizarro.

El caso es que la primera vez que pisé Los Ángeles, mi ritual consistió en ir al edificio Bradbury, donde se filmó una parte de la película Blade Runner (Scott, 1982). Era el 2002, el GPS no era omnipresente y yo solía vivir al día. Había ido a entrevistar a nuestro Jack Bauer, acabadito de terminar la temporada uno de 24. La encigarrada voz de Kiefer era lo más hermoso que había oído desde el útero materno. Toda tonta y emocionada, pensé que lo que seguía era ir al Bradbury Building con la única tarde que tenía libre y los únicos tres pesos que traía en la bolsa. A pesar de que no tenían nada que ver, en mi cabeza el edificio también conectaba con el autor de The Illustrated Man,  Ray Bradbury, escritor de ciencia ficción que me había cambiado la vida de niña. Iría al Bradbury, subiría por ese elevador de hierro forjado y caminaría por esos largos pasillos por los que Roy Batty persigue con un bat para volarle la cabeza a Deckard. Por cuestiones de trabajo estaba hospedada en un hotel donde me encontraba con celebridades en el elevador (entre otras, se subieron y se saludaron de beso, Sigorney Weaver y Tori Amos) y que jamás podría pagar por mi cuenta: el Four Seasons, en el corazón de Beverly Hills. Los botones se ofrecían a llevarme en limosina al mall más cercano, pero nadie se atrevía a pensar que quisiera ir más allá. ¿A qué si estás en el ombligo del mundo? Pregunté a un mesero mexicano, poblano para más señas, que se extrañó mucho. ¿A qué vas para allá? Acá todos vienen a las compras. Toma un taxi, te vas a perder. Le pedí que me diera indicaciones de un camión y lo hizo, pero olvidó decirme que el viaje tomaría una hora y media más lo que me tardara en caminar.

En un viaje tan largo, que en muchas ciudades de Europa es lo que toma llegar a otro país, uno ve muchas cosas. En el camión poco a poco olvidaba el entusiasmo por el Bradbury Building para concentrarme en la gente que subía. Vaya fauna. Qué cantidad de indigentes. Qué siniestra maraña de lonely people. Los demás pasajeros: una mezcla de mamás mexicanas que cargan todo lo de sus tres o cuatro niños en bolsas de plástico, cholos que rapean en silencio y unos cuantos negros. Todos, sin excepción, practican el deporte de la indiferencia olímpica. En Los Ángeles se sobrevive de ignorar al otro. La única tarada mirando a la gente y no al piso o a las ventanas era yo. Recuerdo que una de esas mujeres, una señora entrada en los sesenta, delgadísima, blanca y de ojos azules que apestaba a basura se me acercó para tocarme el pelo. It’s beautiful, beautiful. Nadie volteó siquiera. Fue un momento espeluznante e inspirador. Como si estuviéramos filmando un video en el que sólo existiéramos ella, yo y una serie de robots-maniquí. Eso es lo que pasa en las ciudades con la gente. Para quienes somos nuevos y no estamos clavados en el miasma de las preocupaciones diarias, todos pueden resultar autómatas.

El camión hizo la parada a dos cuadras del Walt Disney Concert Hall, el edificio del arquitecto Frank Gehry que a veces parece una broma y a veces un espectáculo estructural divino −depende de la hora del día, en realidad−. Caminé por South Grand Avenue, me perdí diez cuadras hacia los grandes edificios de oficinas. Pensé en otra de mis películas favoritas: Heat (Michael Mann, 1995). Pregunté varias veces direcciones y en todas me perdí un poco más. De pronto, llegué a un lugar idéntico al Metro San Cosme o a La Merced. Vendían bolsas chafas, camisetas del América o las Chivas. Y junto a un Pollo Loco, allí estaba el imponente (y cerrado) Bradbury Building. Era domingo. Ja. En mi cabeza el Bradbury estaba abierto las 24 horas para que cualquier fan de Blade Runner o mínimo de Raymond Chandler con su estética noir −el escritor Thomas Pynchon dice que Philip Marlowe, el detective protagonista de algunas de las novelas de Chandler, se sentía nostálgico ante los balcones como de encaje de hierro forjado del Bradbury−. Allí, parada frente a negocios cerrados y perros buscando comida me enteré que el Bradbury es ahora la sede de los Asuntos Internos de la Policía de Los Ángeles. La famosa LAPD. Por los vidrios de las puertas podía vislumbrar apenas las hermosas escalinatas restauradas y su piso de madera. Pero de entrar nada: había que esperar a lunes, día de mi regreso a la ciudad de México. Me senté en el suelo a reírme un poco y miré el edificio de enfrente: el Million Dollar Hotel, ya con la intervención de grúas para su demolición. Quise decirles: espérenme, no lo tiren hasta que pueda venir otra vez. Pero para entonces ya tenía que tomar mi camión de regreso a Beverly Hills.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Concierto Goran Bregović/Fotografía de Amaranta Caballero

A mi mamá.
Porque con sus ojos también he aprendido a ver.

Titánica. Tromba titánica. Repentina, intensa, violenta: chaparrónica. La lluvia cuévana repercutió a favor de una idea mía gestada hace varios años: correr, saltar, seguir un trayecto en Guanajuato al más puro estilo de la música en las películas de Kusturica. Nunca me pregunté el nombre del músico, de los músicos. En aquel entonces sólo entendía de intensidades, de sonidos, de gitanos, de risa o drama correspondidos con melodías torrenciales. Fueron varias las veces que me senté a ver en televisión y videocasetera la película Underground. Era 1995 y yo tenía 22 años.

La noche del viernes once de octubre de 2013, en la explanada de la Alhóndiga de Granaditas la presentación de Goran Bregović y su grupo de cantantes y músicos devino concierto inolvidable. Sobra comentar aquí la maestría o la gracia; demás está inquirir con frases de entusiasta melómana; ¡Vaya! ¿Qué puedo decir yo para no rayar en lo llano de la nota periodística sino la humilde traducción de la experiencia personal? Maestro Bregović, ¡que suene la trompeta!

La primera parte del concierto observé desde una apretujada silla en la parte baja frente al foro. Estaba rodeada de cuevanenses que en ese momento me recordaron el pasado: inamovible. Inquieta, tuve a bien levantarme y, decidida, caminar hacia la muchedumbre que apiñonada ⎯al frente⎯ bailaba frenética. Me les uní. Imposible que no. Habrían pasado los primeros cuarenta y cinco minutos cuando comencé a sentir unas ligeras gotas sobre la cara. No eran de sudor. Era la lluvia. La nocturna y cantarina lluvia que se manifestó, cual debe, luego del frenesí masivo de la audiencia, luego de la contundencia de trompetas, voces y guitarras. ¡Oh símbolos y rituales! Nadie nos detuvimos.

Hasta ahí la parte romántica. En menos que canta un gallo blanco, las ligeras gotas se transformaron en goterones pesados, tibios, que alcanzaban a doler. Sin embargo, la música seguía, la turba endemoniada se sacudía enérgica y poco a poco, entre unos y otros nos comenzábamos a ver de soslayo. Como que ya el agua estaba haciendo de las suyas, y como que una se empezaba a preguntar qué hacer: ¿Seguir bailando sin parar? (Un concierto del gran Goran no es para menos) ¿Detenerse un momento y dejar pasar el azote de las gototas? (Bueno, un aguacerillo no es para tanto)…Así que resuelta, continué la poesía en movimiento.

Desde abajo vi las caras de los músicos: eran de asombro. Sé bien que desde el foro, debido al efecto de las luces sobre los ojos, es casi imposible ver a la audiencia. Imagino que tanto el maestro como su contingente musical, observaban la implacable belleza de la lluvia, ¿qué más? Escuchaban al público enardecido, ¿cómo no? A esa hora, los goterones devinieron granizo estilo caico. “Ojo de gato”, para precisar tamaño.

Frente a mi, el chico que sonriente había intentado guarecerse usando una silla como paraguas, repentinamente desertó. A mi lado izquierdo la chica que minutos antes me había exclamado casi histérica “¡Increíble!” -mientras con ambas manos trataba de atrapar el granizo-, dio un patinón marca diablo. Quiero pensar que no sufrió. Poco a poco la multitud menguaba pero la música seguía.

Yo me debatí entre aguantar los pedradones de hielo que las nubes lanzaban, o dejar la fiesta en paz y protegerme en algún sitio. Cuando sentí el agua adentro de mis botas subir nivel hasta debajo de las rodillas, opté por lo segundo. He de decir que es aquí cuando -sin haberlo siquiera intuido- comenzó a consumarse el viejo sueño: correr, saltar, seguir un trayecto en Guanajuato al más puro estilo de la música, en las películas de Kusturica.

El cierre de la bota izquierda reventó. Agua salió a borbotones. Salí de la explanada lentamente pues el agua alcanzaba cierto nivel para no poder ver el piso. Había relativamente poca luz. Di cuenta de ello cuando los rayos de la tormenta eléctrica que se desató iluminaban radiantes la escena. Y los truenos, ¡Oh truhanes truenos! Salté hacia la calle inmediata sólo para caer a un hueco por donde el agua corría feroz. Con pasos largos, dígase zancadas, traté de saltar de nuevo hacia la banqueta inmediata. Pude sentir la fuerza de la corriente del agua pues corría y caía -cuasi cascada- desde lo alto de calle de la Alhóndiga. Sentí por dos segundos un poco de pavor que inexplicablemente se transformó en risa. Iba yo pues, saltando a carcajada batiente y desparpajo total. Con el agua hasta los huesos, con la ropa escurriendo y el cabello ídem. La gente se resguardaba donde podía. Camiones de bomberos y luces de patrullas se dejaban ver por todas partes. Puestos de humeante comida callejera a punto de la destrucción, trataban de librar bajo los toldos de plástico. Yo ya corría. A la vez, trataba de buscar el trayecto menos peligroso. Finalmente me detuve junto a una enorme puerta de madera. Desde ahí vi muchos, pero muchos rayos “caer”. Al fondo, mientras todo esto: La música de Goran Bregović magnífica, estruendosa también sonaba.

Goran Bregovic – Sheva


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Paulina Cortés Salgado. Bosque

Hay un agua nocturna, un lejano desplome de pequeñas violetas, un reloj que regresa en medio de las calles: llueve la noche antigua de paredes borrosas, llueve, se está mojando el corazón del aire, se moja el corazón de este aire que ahora poco a poco se enfría y me entume los dedos; mi amor por la llovizna se parece a esta noche ruidosa de septiembre.

He visto retoñar la buganvilia y el fresno del jardín, he visto los paraguas agitándose debajo de este gris que nos adentra; al fondo del barranco irrumpe la crecida del arroyo.

Amo lo que inaugura: la lluvia es ese niño que a veces nos recuerda caminando en la noche con la orfandad a cuestas. Debo decir también que bajo el puente ha brotado la hierba con sus flores sencillas, y yo bajé a mirar con el asombro de mis primeros años, hace ya tanto tiempo, y escuché las ranas y los sapos, oh infancia de esas noches junto al fuego mientras la lluvia cae entre los mangos. Llueve esta noche oscura de septiembre y yo escribo para volver al patio donde sentí llover por vez primera mi corazón, la hierba de la noche.


Autores
(Pinotepa Nacional, Oaxaca, 1980). Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011). Se ha desempeñado como editor y corrector de estilo en diarios e instituciones educativas. Escribió durante dos años una columna para la revista Conspiratio. Ha ganado algunos concursos, entre ellos el Premio Nacional de Poesía Sonora 2011. Es autor de Oscuridad del agua (ISC, 2012). Actualmente es becario del PECDA-Oaxaca.
Cartel FIL Monterrey 2013 Editoriales independientes

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Monterrey, las editoriales independientes tendrán presencia a partir del sábado 12 de octubre, en el pasillo 1, stand 7, del Cintermex.

Editoriales presentes:

Alja
Almadía
El Milagro
Ediciones El Naranjo
Filodecaballos
Fractal Editores
Ficticia
Resistencia
Andraval Ediciones
Bonobos Ediciones
Terracota
Quimera
Diáfora
Mantarraya Ediciones
Alias Editorial
Rojo Siena

 

Dirección: Av. Fundidora No. 501 Col. Obrera

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