Eduardo Lizalde (ciudad de México, 1929) recibió el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en su décima edición.
«Más allá del ácido poeta celebrado por la crítica y los lectores, hay otros lizaldes si no secretos al menos supeditados a la esfera de aquel más visible. Sin embargo, al final, todas las facetas del tigre confluyen en una sola figura multiforme: ¿Cómo comprender del todo la mordacidad y el desencanto que pueblan sus poemas sin la lectura de sus ensayos políticos, de sus textos críticos y sus artículos periodísticos? ¿De qué manera justificar su rimbombancia y efecticismo retóricos, su sentido sinfónico del poema, la teatralidad de su lectura, sin conocer su pasión por la música clásica y la ópera en particular? ¿Cómo leer sus traducciones a la luz de su propia poesía? Y sus afanes narrativos ¿cómo leerlos?, ¿son el complemento o la cara opuesta de su trabajo poético?»
Víctor Cabrera en el prólogo de “Una raya más. Ensayos sobre Eduardo Lizalde” (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010)
El chorro del agua de una llave musicaliza el patio invadido de macetas. Siguen los camiones trayectorias con sus ruidos de motores, a lo lejos. Los pájaros azulosos del alba, como los transparentes del mediodía, hacen la pauta pautada al tímpano y luego hablan, pero gorjean. Los sonidos aquí me acaparan. Tris, tris, tras, tras, los sacudo como a las pelusas ácaras.
Diré del silencio del mármol y del silencio negro de las hormigas. Las uñas despostilladas rasgan los tules, las medias. La suavidad de las sábanas murmura despacito, tiembla. Rechina la puerta roja de madera. Zumba elegante la mosca para luego desaparecer con su color a orín verdoso.
La escalera cimbra aunque nadie la suba. El viento de octubre arrastra hojas y expande el golpe del badajo a las campanas. Afuera crujen las piedras. Una jaula alberga un pájaro de tela, su canto es armonioso. Los cajones de la cómoda silban, las puertas de los roperos aguardan sigilosas. Los visillos de las ventanas detienen algunas horas el vaho del rocío; los ruiditos insectos del jardín. Las faldas de las niñas, blancas, blancas. Vaporosas. Las niñas son infinitamente ciegas. El polvo tartamudo y mimético cubre sus lenguas.
Sobre las bardas las flores de San Juan ―llamaradas― crecen agresivas: crujen. Sé que observan. Sé que anaranjadas me siguen. Por aquí hay muchas sombras. Blancas sombras que como el pájaro del pico despostillado y canto ciego: braman.
Esta historia son sonidos. Acurrucados entre las esquinas de las ventanas, entre lo pulido de los vidrios. Las niñas acomodan las piñitas del pino, entre las rendijas de las banquetas. Las niñas no hablan. Ciegas y mudas cantan al frotar sus palmas sobre la grava. Y sangran.
Los sonidos del hospital son argollas. La canción de la tisis: gradual y lenta. El lamento de los órganos. Su descomposición. Amoroso el contagio como el ladrido de los perros. Aquí la vida es otra cosa. La electricidad tensa.
Suene altivo el paso del tiempo. Quédese mudo, no hable. Mas cuando un sonido lo atribule, grite entonces: ¡Vade retro Satana! ¡Vade retro!
Finos polvillos caen desde las vigas; secreteándose dicen: golpeteo, golpeteo…golpeteo. La yema de los dedos, opuesta a las uñas. Las uñas enterradas sobre los cuerpecillos. Las niñas sangran. Las uñas niñas. Las niñas vejadas, violadas, molidas. Los pájaros anuncian, celentéreos, la muerte de las horas.
En el París de la posguerra coincidieron, fatalmente, todos los buenos y malos: los liberados y dispuestos a construirse una nueva vida a pesar de los hechos inhumanos que padecieron, pero también los que habían llevado a Europa a la ruina e intentaban huir para, de igual manera, continuar su vida aunque con el peso a cuestas de haber arruinado el continente. Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) recrea en su más reciente novela, La amante del ghetto, esos días, sin duda, de un velado estado de tensión.
Zofia Nowak era la cantante de un cabaret en el ghetto de Varsovia donde se hizo amante de un alto oficial nazi, Alberto Klubert. Después, él la dejaría pero sin abandonarla del todo: la llevaría, junto con su madre y su hermana gemela, Tania, al campo de Birkenau. Allí murieron la madre y la hermana, ella fue liberada y él huyó para salvarse. Hasta aquí, me fue inevitable pensar en los judíos y nazis polacos de las memorias de Günter Grass, Pelando la cebolla (Alfaguara, 2007). Después, cuando Zofia Nowak se convierte en una de las modelos de Dior para su “New look”, no pude dejar de relacionarla con el papel de la actriz alemana en la película de Quentin Tarantino, Bastardos sin gloria (2009). Al menos en la ficción, mujeres como ellas seguramente hay varias más en los casos de delación y espionaje durante y después de la guerra.
Cuando la guerra termina, Zofia se une a los Nokmim, una especie de vengadores judíos que cazaban a los funcionarios nazis sobrevivientes quienes no fueron condenados en los juicios de Núremberg y, por lo tanto, buscaban refugiarse en otros países (Argentina, por ejemplo). En un último momento, Zofia le dice a Albert: “sólo busco justicia, la que los tribunales y los aliados no se atrevieron a llevar hasta las últimas consecuencias; uno a uno los encontraremos a todos y pagarán por sus crímenes. Mírame más bien como la ejecutora de una sentencia ya emitida por un tribunal: un tribunal de millones de muertos, por cierto”.
Para entonces, los papeles han cambiado y las identidades también: Zofia toma el nombre de su hermana muerta: Tania, y Klubert se hace pasar por un prominente empresario textil polaco que provee de las telas para el desfile en el que Dior derrochará más que talento. Se reencuentran en París y será nada menos que en la proximidad del primer gran desfile de modas de Dior en el que ella portará el vestido más relevante, el Corolle, y luego, del español Balenciaga. Y ahora ella será el verdugo de él. Palou ha construido una escalofriante novela en la que la Historia juega un papel muy importante, pues prueba que muchas otras historias todavía pueden contarse dentro de ese suceso que marcó a la humanidad.
Con La amante del ghetto, Palou continúa la serie de novelas de espionaje que inició con El dinero del diablo (2009) y que de alguna manera siguió con Varón de deseos (2011), aunque sigo prefiriendo, por mucho, al autor de esas novelas íntimas, introspectivas como En la alcoba de un mundo (1992), Demasiadas vidas (2001), Malheridos (2003) y Casa de la magnolia (2004).
“Entre una flor tomada / y otra ofrecida / la inexpresable nada” (“Eterno”). Un despertar solitario ante una nada avasallante marca La Alegría, primer poemario de Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888- Milán, 1970). “Una nada (…) cuya indecibilidad misma está sugerida, pronunciada o dicha en el espacio vacío, en el blanco de la página”, como expresa el poeta español Andrés Sánchez Robayna.
La experiencia que origina este libro es de inevitable tinte trágico. Ungaretti –“hombre de pena”, según se describe a sí mismo enun poema del volumen– marcha como soldado de infantería a pelear en el Frente del Carso durante la Primera Guerra Mundial. El poemario se concibe como una bitácora fragmentada, el diario de guerra y vivencias entre 1914 y 1919 de un hombre arrojado a la muerte, las maniobras militares, las escaramuzas, la incertidumbre del fin. Según las notas de Ungaretti, el libro es “toma de conciencia de la condición humana, de la fraternidad de los hombres en el sufrimiento (…), es necesidad de expresión, exaltación casi salvaje (…) deseo de vivir, que se multiplica por la proximidad y la cotidiana frecuentación de la muerte.”
Una noche entera
tirado junto
a un compañero
masacrado
con su boca
rechinante
vuelta al plenilunio
con la congestión
de sus manos
penetrando
en mi silencio
escribí
cartas llenas de amor
Nunca me he sentido
más
aferrado a la vida
(“Vela”)
Miguel Galanes, uno de los traductores de Vida de un hombre, volumen que reúne la poesía completa del autor italiano, ha escrito que en La Alegría “la intencionalidad creativa y renovadora se expresan mediante un lenguaje desnudo y coloquial, siempre acorde con lo inmenso de la naturaleza más profunda y abstracta”. Ungaretti es ese hombre que descubre la naturaleza en medio de la destrucción bélica. El paisaje lleva a un sentimiento de infinito y recogimiento (“me oscurezco en un nido mío”, dice el poeta en “Descansando”), una oscuridad donde el poeta descubre su rostro y toma conciencia del peso interior y la repentina fusión con lo natural de un alma “muy sola y desnuda/ sin espejismos” (“Peso”, vv. 5-6).
Hoy
como el Isonzo
de asfalto azul
me fijo
en la ceniza del arenal
descubierto por el sol
y me transformo
en vuelo de nubes
(“Aniquilación”, vv. 22-29)
La Alegría es un libro de condensaciones fragmentarias, de murmullos en el fango de la trinchera, de palabras-esquirlas tras la batalla. El libro respira la realidad de la guerra sin discursos morales, acusaciones ni enemigos, entregando un lenguaje concentrado en su esencialidad, una poesía del instante que no por ello reduce la magnitud de la experiencia. Es poética enraizada en una imagen, iluminación entre los silencios, meditación basada las impresiones y los encuentros vividos en el día, con preguntas a dioses que no se ven y hombres y fantasmas del camino.
Como si su tropezada gestación editorial atestiguara las penurias del hombre detrás del libro (edición de 1916 con el título provisional de El puerto sepultado, primera edición completa en 1923 como La Alegría; edición definitiva y revisada por el autor en 1931), el volumen se construye en la soledad individual y el vagabundeo impuesto por el destino bélico, atravesados por la alternancia entre los ruidos del combate y el silencio en los descansos, donde asoman los recuerdos del África natal, la fatiga, el tedio, París, la melancolía, los campos franceses e italianos, la aparición de la hermandad entre los soldados y la noción de las pérdidas sufridas.
¿De qué regimiento sois,
hermanos?
Palabra temblorosa
en la noche
Hoja recién nacida
En el aire doliente
la involuntaria revuelta
del hombre presente ante su
fragilidad
Hermanos
(“Hermanos”)
Pocas experiencias poéticas alcanzan la depurada intensidad del primer libro de Ungaretti. Influido por Mallarmé y el simbolismo francés, pero también por la breve y sentenciosa poesía japonesa, La Alegría se estructura en poemas brevísimos donde un pulido esfuerzo de contención entrega versos mínimos, frases rotas e imágenes poderosas –que sustituyen largos desarrollos narrativos o explicaciones–, siempre acompañados por los amplios blancos y silencios de la página.
Con el mar
me he hecho
un ataúd
de frescura
(“Universo”)
Muchas veces, al leer y releer los versos de Ungaretti, he pensado que se trata de una poesía necesaria. Una poesía desde el filo de la muerte para la vida, a pesar de su indudable perfección en el lenguaje. Una poesía de aparente falta de ornamento, pero cuya hermosura y cuidado radica en la elección de la palabra vital y sin retóricas, una palabra en que asoma una asombrosa capacidad para asir el instante y describir tanto el paisaje anímico interior como la vida natural que no cesa a pesar de la destrucción de los hombres. Es en este contraste donde yace uno de los rasgos más impresionantes del libro: su capacidad de mirar con claridad entre los escombros. Es un lenguaje atravesado por la contingencia y la amenaza de la muerte, pero que no se regodea en la obviedad de lo macabro. Un lenguaje donde se cuestiona la fe frente al temor del desastre, pero que no vive en la desesperanza, sino en la aceptación de la soledad y el vacío, a ratos indescifrables y abrumadores, pero inseparables de la condición humana.
Me atrevo a decir que La Alegría tiene poemas imprescindibles. “Mañana” es uno de los más célebres (“Me ilumino / de inmensidad”), pero abundan tantos más, llenos de una potencia expresiva que conmueve al lector. Entre ellos, pueden destacarse el también brevísimo “Lejos” y los más extensos “Vela”, “Los ríos” y “Vagabundo”. Afortunadamente, el lector en español ya tiene acceso a la poesía de Ungaretti y cuenta, entre otras, con traducciones de Tomás Segovia y Marco Antonio Campos. Sea esta una invitación para acompañar al escritor por los campos de La Alegría, esa poesía donde brilla aquella “nada de inagotable secreto” que busca “un país inocente” entre el sentimiento de la muerte y del tiempo.
Uno de nuestro eventos literarios favoritos, Acapulco Barco de Libros, se lleva a cabo del 10 al 12 de octubre de 2013 en diversas sedes de Acapulco, Guerrero. Los autores de nuestro fondo editorial participan en un par de actividades. Les deseamos la mejor de las suertes a todos nuestros amigos del puerto. A continuación les dejamos el programa completo.
El Gran Museo del Mundo Maya / Fotografía de Laura Dzul
Mérida, Yucatán, 9 de octubre de 2013. Al llegar a Mérida el sábado 28 de septiembre, después de estar fuera casi un mes, sentí cómo el aire caliente de las once de la noche se internó en la mata en que se ha convertido mi cabello. La escritora Michele Moreno fue por mí al aeropuerto, y me llevó a cenar sándwiches de pavo en un lugar que fue famoso hace años, porque se podía comer en el automóvil. Lo más divertido era ver al mesero colocar una mesita provisional en la ventanilla del coche y servir una deliciosa champola: un vaso largo de cristal con dos bolas de helado, leche fría, una cucharita larga y popote. Este servicio ya no es parte de la atención en el Drive Inn, ¡aunque el mesero aún es el mismo! Ahora es como cualquier restaurante familiar, y a la champola le falta sabor.
Michele me puso al tanto de los últimos acontecimientos: ¡Deepak Chopra en Yucatán! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Es uno de los principales conferencistas del Festival Internacional de la Cultura Maya 2013. Al enterarme, automáticamente pensé en Jorge Esma Bazán, el director de este evento caro y grandilocuente, como todo lo que él hace. Deepak Chopra mueve gente, obvio, de ahí que sea válido incluirlo en el presupuesto millonario de esta fiesta que, por cierto, tiene al jaguar como símbolo de identidad. Para Michele Moreno no tiene sentido su presencia, para mí tampoco; me imagino, sin embargo, que el 20 de octubre a las seis de la tarde, el Teatro Armando Manzanero estará rebosante de público para escucharlo hablar (en inglés, seguramente) de “The Future of Wellbeing (El futuro del bienestar)”.
Y aquí cabe hacer otro paréntesis: Armando Manzanero es parte de la imagen oficial del Festival Internacional. En un promocional, recalca que por sus venas corre auténtica sangre maya, y es verdad, lo inapropiado es encontrárnoslo en el colofón de un video realizado con pésimo gusto, centrado en dos jóvenes turistas mexicanos que visitan Yucatán con actitud de analfabetas.
Michele también está molesta porque le parece inapropiado que un ballet ruso sea parte de esta cartelera, y yo pienso que esta es otra acción irresponsable de la burocracia cultural. Es un tiro fuera de la cancha, un capricho semejante a programar a Rigoberta Menchú, quien se conoce ya la jugada yucateca porque la invitan a cada rato, y salvo que cumpla con misiones secretas para ayudar a las personas marginadas ―como vive gran parte de la población maya de los pueblos de Yucatán, sin dinero en la bolsa, con escasas posibilidades de conseguir un empleo, en la adversidad del desastre ecológico mundial― es ilógico invertir dinero en ella. Pero es muy improbable que tenga un compromiso social con las comunidades mayas, ya que cuando la fui a ver al Centro de Convenciones hace años me dio la impresión de que está bastante ajena a los problemas más urgentes de México: el equilibrio social y la paz. Este es el punto: Chopra y Menchú no se van a enterar, como Michele y yo, de que mientras cenábamos en el Drive Inn, ocurría un crimen sanguinario en Mérida: el asesinato de Fernando José Delgado Marentes. Según el portal de Grupo Sipse, este hombre era un promotor artístico, y fue acuchillado en su casa esa noche. Hoy, 9 de octubre la noticia es que el par de homicidas ya están en proceso de ser condenados. ¿Qué motivó a los jóvenes a actuar violentamente? Su vida miserable. Al respecto, Chopra tendrá una explicación erudita, quizá, pero más valdría que el gobierno yucateco confronte los graves problemas sociales por los que atraviesa su gente, ya que las noticias en los periódicos son cada día más alarmantes en cuanto a violencia doméstica, desprecio a los enfermos de Sida, consumo de drogas y alcoholismo que, me consta, motivan en los jóvenes toda clase de violencia. Fui víctima del delito de robo en noviembre del año pasado, y otra vez, una semana antes de aterrizar en las proximidades de mi casa. No dormí ahí por miedo a otro asalto.
Edificio Central de la Universidad Autónoma de Yucatán/Fotografía de Eugenia Montalván
El entretenimiento cultural y la justicia social están cada vez más disociados. Invertir en espectáculos superfluos, por lo tanto, es una ofensa al sentido común, y Yucatán no es el único estado afincado en el derroche. Los festivales culturales de todo el país concentran el gasto en facturas de famosos. Por eso precisamente el cuestionamiento es: ¿Por qué contratar a un filósofo millonario y a una Premio Nobel cuando el Presidente de México habla de un recorte drástico al presupuesto para la cultura? A su vez, el propio rector de la Universidad Autónoma de Yucatán, Alfredo Dájer Abimerhi el 30 de septiembre convocó a una rueda de prensa para anunciar la recesión económica por la que atraviesa la institución pública de mayor prestigio académico en la península. A él le hacen falta 50 millones de pesos para la nómina y aguinaldos. No exagero al decir que la noticia estalló como una bomba, corrió por los cafés de la ciudad, y cuando llegó a mi mesa causó revuelo: la ola expansiva abrió un boquete hacia la Facultad de Ciencias Antropológicas, donde de un día para otro se cortó de tajo el proyecto de arqueología subacuática dado que su director, Guillermo de Anda, fue despedido por la directora Genny Negroe.
Por supuesto, le llamé a Guillermo para saber más al respecto, y me dijo: “El pretexto ni siquiera es oficial porque la directora ni siquiera me comunicó por escrito nada, sino que un día me llamó a su oficina y me dijo que no iba a renovar mi contrato después de estar trabajando siete años y tener a algunos tesistas bajo mi supervisión, y me dijo que era porque no entregué un documento administrativo, cuando ninguno de mis colegas lo había hecho; aparte, según ella, tenía muy bajo desempeño académico, sin embargo, me acababan de acreditar mi perfil PROMEP por tres años, y éste es un aval de trabajo importantísimo; de hecho, mañana voy a ir a recoger el documento”.
No se piense que la crisis económica de la Universidad provocó el despido de Guillermo de Anda. Al contrario, era un apoyo sustancial en la investigación de restos y vestigios en cenotes, grutas y cavernas a partir de exploraciones en las que él se aventuró por cuenta propia con recursos de National Geographic y fundaciones internacionales que le patrocinaron inmersiones en el cenote Holtún de Chichén Itzá, por ejemplo, entre otros sitios importantes de Yucatán. En la nómina de la Universidad él sólo cobraba su sueldo de profesor-investigador. Pero el hecho de ser reconocido y estar ligado a instancias de primer orden en arqueología maya, incluido el Instituto Nacional de Antropología e Historia, a la directora de la Facultad de Ciencias Antropológicas le generó malestar y descontento.
Entonces, definitivamente, es posible hablar de caos si nos referimos al ámbito de la cultura en Yucatán, ante todo cuando en Mérida todo mundo se conoce y aparentemente trabaja más o menos por dignificar el conocimiento y la cultura, si bien impera la cerrazón y el egocentrismo. Este revés a la arqueología en el área maya afectará más a la propia universidad que al buzo experto; ya veremos las reacciones del medio en cuanto la noticia de su despido cale un poco más hondo.
Por si fuera poco, el Festival Internacional de la Cultura Maya 2013 tiene como tema central “El paisaje”, y ―como ya había mencionado― al jaguar como ícono. Guillermo de Anda aparece en el programa sin haber sido notificado, cuando menos. Su nombre está anunciado en la Mesa Panel “Conversando los antiguos reinos del jaguar” junto con Lilia Fernández Sousa y Rafael Cobos, ambos investigadores y profesores de la Facultad de Ciencias Antropológicas. El problema es que Guillermo de Anda no asistirá. Ese 19 de octubre él tiene un compromiso fuera de Mérida, éste sí pactado con anticipación.
Niña maya/Fotografía de Eugenia Montalván
Efectivamente, la desazón de la crisis nacional nos afecta a todos, y los extremos son verdaderamente alarmantes: desde un homicidio por robo hasta un gasto inútil en la eventitis superflua, o desde un despido caprichoso en el área de la investigación científica de la cultura maya prehispánica, al hecho mismo de referirse a los mayas contemporáneos como “guardianes de su cultura [que] activamente trabajan para descubrir su propio pasado a medida que miran hacia el futuro”. Nada más ruin si contrastamos la frase con la realidad: infinidad de hombres y mujeres de origen maya que no saben leer ni escribir, y sólo viven pensando en qué comerán mañana.
Ante este panorama, comprendo que Michele Moreno, a pesar de todo, se proponga correr el maratón de eventos que el gestor Esma Bazán diseñó; espero que el camino no le resulte demasiado espinoso. Pero, ¡ojo, Michele! La noticia de última hora me llega gracias a Paloma Cituk: ¡habrá un Festival Maya Independiente! Lo han llamado Cha’anil Kaaj (Fiesta del pueblo), y su identidad es la lengua maya en la que ella y sus amigos se comunican diariamente en casa, con su familia.
En un comunicado amistoso se refiere al Cha’anil Kaaj como el verdadero festival de los mayas, y no se circunscribe a Mérida, al contrario, tendrá lugar en diferentes municipios del estado, e inicia formalmente el 12 de octubre en Oxkutzcab, donde se congregarán los más entusiastas activistas mayas, entre promotores, comunicadores, campesinos y artistas; aunque también fueron convocados niños, amas de casa y los sabios ancianos.
Obvio, al ser relegados de la programación oficial, los mayas sumaron esfuerzos y lejos de necesitar los micrófonos y las frías salas de los flamantes espacios de gobierno, se pronuncian autónomos y activos desde una caravana llamada U xíimbal maaya kaajo’ob (El caminar de los pueblos mayas) que partirá en Felipe Carrillo Puerto con la mirada puesta en el reconocimiento de su identidad.
El entusiasmo de los activistas guerreros de siempre se hará escuchar una vez más. Por fortuna cuentan con la Radio Indígena XEPET “La voz de los mayas”, establecida en Peto, donde vive un ingeniero agrónomo y comunicador llamado Bernardo Caamal Itzá, activista nato conocido por sus andanzas exitosas en México, pero también en Europa (alguna vez fue a dar conferencias a Francia). En él recae parte de la organización del Cha’anil Kaaj. Por lo tanto, sería bueno enviarle un mensaje alentador con la confianza de que lo dispersará por el cálido y húmedo Mayab. Su correo es arux_kat@hotmail.com
Mónica Maristain entrevistó a la poeta Xitlalitl Rodriguez para Sinembargo.mx. En dicha entrevista habla sobre sus poetas favoritos, su proceso de escritura y presenta un brevísimo adelanto de su nuevo trabajo, inspirado en el Jaws de Spielberg. Sisi es colaboradora asidua de la revista Tierra Adentro y ha publicado un excelente poemario en la colección La Ceibita, Catnip, que puede leerse íntegro en línea.
Hoy, 10 de octubre 2013, la Academia Sueca anunció que la ganadora del premio Nobel es la escritora canadiense Alice Munro. Peter Englud, secretario de la Academia, expresó que Munro, a sus 82 años, recibe el máximo galardón literario del planeta por ser “una maestra del relato breve contemporáneo”. No podemos estar más de acuerdo con esta afirmación. Los lectores de Munro, que no somos pocos, recibimos esta noticia con júbilo.
Munro es autora de algunos de los mejores cuentos jamás escritos, muchos de ellos pueden leerse en el sitio de The New Yorker en su lengua original, donde la autora de The Moons of Jupiter es colaboradora asidua.