La segunda semana de la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca trae las mejores cintas que se presentarán durante los próximos días. Algunas de estas cintas son ineludibles pues se trata de obras de grandes directores, o son de impecable manufactura o, simplemente, sus historias atraparán al público más ecléctico.
Piedad, del surcoreano Kim Ki-duk, es de una historia de violencia cruda y desgarradora que no se va a los extremos: ni al melodrama gratuito ni a lo sanguinario estilo hollywoodense. Es una historia estremecedora, extraordinariamente bien hecha, una imprescindible de esta Muestra.
Paraíso: Esperanza, última parte de la trilogía del director austriaco Ulrich Seidl después de Paraíso: Amor y Paraíso: Fe, y en la misma línea visual que ellas, cuenta la historia de Melanie, una adolescente obesa que es confinada en una clínica para bajar de peso y donde se enamora de un médico mucho mayor que ella.
Los insólitos peces gato, esta opera prima de la joven cineasta mexicana Claudia Sainte-Luce, ambientada en Guadalajara, es otra de las imprescindibles de esta Muestra pues es de un guión impecable que seduce al espectador, conmovedora, pero así como tiene dosis de dramatismo siempre hay un comentario que lo rompe.
La vida de Adèle, cinta ganadora en Cannes del director Abdellatif Keniche, se centra en el despertar sexual de Adèle, una adolescente de 15 años que para experimentar una relación lésbica termina con su novio pero, después de los altibajos con la chica del pelo azul, pareciera que el director quiere que vuelva al “buen camino”.
Liv & Ingmar, es un documental sobre la turbulenta relación de la actriz Liv Ullman (quien lo narra) con el célebre director sueco, Ingmar Bergman (Persona, Gritos y susurros, Fanny y Alexander). Aunque Ullman va narrando la historia por las distintas etapas que pasaron juntos (Amor, Soledad, Ruptura, Amistad…), el documental no deja de ser bastante cursi.
El rey del erotismo es el empresario Paul Raymond, un hombre que llegó a Londres con unas cuantas libras en el bolsillo y que con los años construyó un emporio en el Soho londinense con clubs de desnudos, revistas pornográficas e inmobiliarias. Como suele suceder en estos casos, pareciera que el éxito contrasta con las crisis familiares de las que Raymond no se salvará.
La Muestra casi llega a su final pero nos ha permitido ver filmes tan variados y disímbolos en géneros, producción y nacionalidades que vale la pena perseguir muchos de ellos cuando lleguen a nuestra ciudad.
El próximo número de diciembre de Letras Libres trata de “La infancia reinventada”, así como en la Revista Tierra Adentro publicamos un especial a la literatura infantil recientemente. En la Ciudad de México, el número 180 de Letras Libres se presentará en el Papalote Museo del Niño. Presentan Triunfo Arciniegas, Vivian Mansour, María Baranda, Fernando del Villar y Eduardo Huchín. Como maestra de ceremonia y cuentacuentos estará Valentina Barrios.
Centro de Realidad Virtual del Museo El Papalote
Av. Constituyentes 268 Col.Daniel Garza, 2da. Sección del Bosque.
28 de noviembre de 2013
17:00 – 19:00
Un hombre ha muerto. La tarde también agoniza. Brilla un sol frío a punto de sumergirse en el lago. Randolph maneja despacio por las piedras, queriendo no llegar. Conduce rumbo a la casa de campo de Stewart donde lo espera un velorio solitario, un indolente notario y un testamento urgente. El notario le llamó y le dijo que la lectura del testamento no podía esperar siquiera a que el cuerpo de Stewart fuese sepultado. Le dijo también que él era el único implicado.
Randolph no deja de pensar en el viejo Stewart y en las muchas tardes que lo visitó para escucharlo contar su vida y para tomar las notas que le permitieran elaborar su biografía por escrito. Ese asunto concluyó dos meses atrás. Randolph entregó al anciano el manuscrito y Stewart le pagó el servicio con creces. Ahora supone que la última voluntad del anciano será publicar lo escrito y que por eso lo han mandado llamar, para encargarle el cuidado de la edición.
Randolph llega a la finca. Cruza la puerta abierta y encuentra en la sala el triste espectáculo de un ataúd con el rígido cuerpo de su estimado cliente y nadie más para mirarlo, mucho menos para llorarle o decirle adiós. Piensa que tal abandono hacia alguien que acumuló tanto dinero es nauseabundamente honesto.
El notario viste de negro, pero en él no es luto aquel atuendo cotidiano. Recibe a Randolph en la biblioteca, con prisa. De entre sus bolsillos saca una hermosa navaja suiza y con ella rasga el sobre que contiene el testamento. Comienza a leerlo en voz alta:
“Yo, Christopher Stewart, en pleno uso de mis facultades mentales, nombro heredero universal de toda mi fortuna al señor Randolph Cícero con la única condición de que mientras viva siga cuidando de la invitada a quien encontrará en sus aposentos. Este pacto será temporal y, una vez cumplido el plazo, la herencia será dividida en dos partes: una para el señor Cícero y otra para el proyecto Ambos. La lista de necesidades que tiene la invitada se encuentra en un documento sobre su mesa. Esta cláusula es irrevocable y fundamental.
“Si el señor notario llegase a advertir de manera comprobable que la invitada ha sufrido algún tipo de abandono o descuido, deberá despojar a este heredero y tomará su lugar el propio señor notario”.
“Atentamente: Christopher Stewart.”
— ¿La invitada?
Con frialdad y sin responder a la pregunta que le hacen, el notario guía a Randolph por la casona de verano hasta una habitación cerrada con llave en la planta alta. La abre y lo invita a pasar.
La luz que cae por la ventana se arrastra y logra llegar hasta una cama sobre la cual yace el cuerpo momificado de una mujer. Lo primero que sorprende a Randolph es que el olor en la habitación no sea nauseabundo; lo segundo es la esquelética condición del cadáver amarillento y en partes ennegrecido, cabello largo y recién teñido de rojo caoba, maquillaje en el rostro, labios pintados y una piel estirada que le hace mostrar las encías.
Sólo de cerca se advierte que su ropa ha sido confeccionada para cubrirla por encima, pues la rigidez mortal ya no permite que se le vista: lo que ve Randolph es, en realidad, una desconcertante momia desnuda entre sábanas de seda.
Sobre la mesa encuentra un documento escrito a mano. La letra es del propio Stewart:
Lista de necesidades de la invitada:
Aseo diario de su recámara.
Aplicación semanal de una capa del barniz especial por toda la superficie de su cuerpo.
Maquillarla con sutileza y buen gusto cada tercer día.
Su cabello deberá ser retocado con tinte cada siete meses con extremo cuidado.
Cada tarde deberá leérsele un capítulo de alguna de sus 3 novelas favoritas: Apuntes del subsuelo, Aquí abajo y El luto humano.
Cada mañana darle los buenos días haciendo sonar el tocadiscos con piezas de Bach o de Fitzgerald, según se advierta el estado de ánimo de la invitada.
Estos cuidados deberán realizarse el tiempo que sea necesario hasta que concluya el proyecto Ambos.
Finalmente, el heredero dormirá con la invitada la noche número 11 de cada mes, bajo advertencia de que abundar en este acto significaría motivo para desheredar al señor Cícero.
Randolph, como biógrafo, sabe que Stewart amó profundamente a su esposa Jane, y que muchos años vivieron juntos hasta el incidente: ella lo abandonó por un amante, pero aquello resultó ser pasajero. Jane volvió con su esposo pero, al poco tiempo, ella murió en un accidente en el lago. Sin embargo, Stewart nunca supo nada de la mujer momificada, a la que no se refiere como a Jane, sino que la nombra “la invitada”.
— ¿Qué es el proyecto Ambos?
El notario responde con pereza:
—Un proyecto que Stewart quiso que fuera mantenido en secreto. Decidió que no debía afectar su aceptación o rechazo a la herencia. Sólo le afecta en la medida en que se retarde o se acelere, pues eso lo obliga a cuidar de la invitada un tiempo mayor, o quizá menor. En todo caso, no sabrá nada sobre el proyecto hasta que esté listo. ¿Acepta o no?
Randolph piensa un momento en su vida aletargada y solitaria, en su limitada economía y en que, finalmente, lo que le piden es un asunto temporal. Acepta.
Diario de Randolph Cícero
3 de septiembre
Pensé que esta rutina me abrumaría, pero llevo dos semanas ejecutándola y lejos de aburrirme, me estimula. Escuchar música con ella, leerle capítulos diferentes cada tarde, incluso barnizar su cuerpo seco y propenso a desintegrarse no me desagrada. El señor notario se ha convertido en un custodio que cada tercer día pasa a confirmar que yo cumpla con todo lo requerido. Fuera de eso, vivo como millonario, aunque me doy cuenta de que saberse millonario es una abstracción: es como ir a pescar al centro del lago y descubrir que no se necesita de una barca ni unos remos.
4 de septiembre
Me perturba el hecho de que pronto tenga que dormir a su lado. Tengo mis dudas sobre si la invitada es el cuerpo momificado de la esposa. Repasé con lupa las partes de la biografía de Stewart pero no encontré nada sobre la invitada. De su esposa dice datos tan generales que sería imposible estar seguro de que son la misma persona. Apenas menciona el affaire de la ruptura: Jane se fugó con alguien y regresó, arrepentida, dos meses después. Aparentemente ella nunca reveló el nombre de su amante a su esposo. En su momento creí que Stewart lo ocultaba por vergüenza, pero ahora veo que nunca se atrevió a preguntar y ella pensó que era mejor no decirlo. Entonces sobrevino la tragedia: Jane se ahogó en el lago. Le dio un calambre mientras nadaba sola y nadie pudo ayudarla a salir.
12 de septiembre
Anoche dormí con la invitada. Todo lo placentero que había experimentado con mi nueva situación se enturbió ante su cercanía. Como ella está situada al centro de la cama, el espacio que quedó para recostarme a su lado fue muy poco y, aunque me puse de espaldas a ella, sentía su contacto frío y áspero. Pasé muchas horas sin poder conciliar el sueño pero, finalmente, me dormí.
Lo extraño es que tuve un sueño tranquilo y hermoso: caminaba por la orilla del lago y me detuve al borde de un embarcadero. El sol estaba radiante, así que me senté para meter los pies al agua. Sin saber en qué momento una mujer se sentó junto a mí. La miré y me sonrió como si me conociera. Tenía el cabello ligeramente rojizo y la cara salpicada de pecas como filigrana en la suavidad del mármol. Sus pies jugueteaban con el agua y, de repente, chapoteó dando pataletas hasta conseguir mojarme. Tomé una de sus manos. Ella me acarició las cejas con su mano libre y supe que aquel era un gesto amoroso. Sin saber de lo que hablaba me escuché decir “¿por qué te regresaste dejándome allá si éramos felices? ¿Aquí ya sólo eres una invitada más”. Y ella contestó: “Prometimos no esperarnos, ¿lo recuerdas?”. De repente se puso en pie y se quitó la ropa. Quedé pasmado de ver su inesperado cuerpo desnudo, pero sólo fue un instante, pues se lanzó de un clavado al lago y se puso a nadar. Desde el agua me invitaba a seguirla y yo me lancé con todo y ropa.
Cuando desperté la sensación de agrado no desapareció.
13 de septiembre
Hoy recorrí las cercanías del lago buscando el embarcadero de mi sueño y lo encontré. Ahí recordé la creencia escocesa de que dormir junto a un objeto que ha sido expuesto a vivencias sobrecogedoras, transmite su historia al soñador. En este caso el cadáver de una persona se convierte en el mayor contenedor de historias que pudo haber existido. Seguramente Stewart ya lo sabía. ¿Querría que me enterara de algo para poder escribir las partes que le faltan a su biografía? Entonces, ¿para qué imponerme la cláusula de no dormir con ella más de una vez al mes? Quizá temió que la experiencia terminara por agradarme.
17 de septiembre
El notario me dijo que el proyecto “Ambos” avanzaba, y que muy pronto tendría noticias al respecto. Me miró con una suspicacia que inquieta.
21 de septiembre
No puedo asegurar que la invitada es Jane, pero por fin encontré una fotografía de ella con Stewart en un cajón del armario de la invitada y sé que Jane es la mujer que soñé en el lago.
23 de septiembre
Anoche rompí las reglas del juego. Me infiltré en la recámara de la invitada para dormir de nuevo con ella. Lo hice de manera espontánea y secreta, sabiendo que si el notario llegaba a enterarse me desheredarían. Pero volvía a soñar a su lado y de súbito me vi de nuevo en el muelle. La escena se repitió: ella apareció y pasó sus dedos por mis cejas, pero esta vez sentí una furia enorme hacia ella. De nuevo se desnudó y se arrojó al lago y yo la seguí vestido, pero esta vez la alcancé en el agua y la sujeté. Al principio sonrió y se abrazó a mí. Su cuerpo desnudo me perturbó agradablemente, pero algo vio en mi rostro que trató se zafarse de mí. Como si estuviera dominado por la furia, la tomé de la cabeza y la zambullí. Sus manos se agitaron violentas buscando la superficie. Yo resistí. Me golpeó intentando liberarse. Encima de mis pantalones, sujetó con fuerza mis testículos y los apretó para ver si el dolor me hacía alejarla de mí. Pero seguí resistiendo hasta que se quedó sin aire, sin fuerza, sin vida.
Desperté angustiado: en mi sueño maté a Jane.
25 de septiembre
El notario no se enteró de que dormí con la invitada fuera de lo permitido. No he dejado de pensar en el sueño y he llegado a una conclusión: cuando duermo con ella y sueño, yo no soy yo. Soy el que la mató. Ahora debo averiguar quién soy en ese sueño.
28 de septiembre
No puedo esperar a que, por regla, me toque dormir con la invitada. Lo haré esta noche con toda discreción.
29 de septiembre
Ayer pasó algo terrible. De acuerdo a mis planes, muy adentrada la noche me infiltré en las habitaciones de la invitada y me recosté a su lado: soñé de nuevo el muelle, la caricia, la desnudez de mi acompañante y sus brazadas por el lago, pero justo me arrojaba al agua cuando una mano me sujetó e interrumpió mi sueño. Era el notario que, sospechando algo raro en mi comportamiento, había entrado en la casa de madrugada y me había encontrado dormido junto a ella. No le dije nada para excusarme y él sólo dijo que debía abandonar la mansión al día siguiente. Tiene las facultades para expulsarme y lo hará. Me preparo para partir. Pero antes debo llevarme algo conmigo: la llave de un sueño homicida.
1 de octubre
Perder la herencia ni siquiera me ha importado, lo que necesito saber es quién ahogó a Jane. Por eso cometí algo peor que un robo o que un sacrilegio: tuve una idea igual de absurda a esto que me sucede y me traje conmigo algo que muy pronto va a echar en falta el notario. Una parte de la invitada: su dedo índice de la mano derecha, el mismo con el que acaricia mis cejas en el sueño. Su dedo sabe perfectamente cómo es el rostro de quien la asesinó y me lo dirá esta noche.
2 de octubre
En mi sueño el cuerpo de una mujer se hunde, entre brillos de un sol frío, en el lago. La tarde agoniza. Salgo del agua y corro frenéticamente. Pienso: “Debo averiguar quién soy”. Llego hasta un auto y entro en él. Oscurece. Hago un esfuerzo y miro por el retrovisor central; puedo ver mis cejas, mis ojos, mi nariz, mi cabello. La cara que veo es la del notario y apenas saboreo mi descubrimiento cuando me doy cuenta de que también él me ha visto a mí y sabe que lo he descubierto.
Salgo del auto y corro por un paraje oscuro. Una voz me dice: “No puedes escapar de mí si estoy en ti”. Me concentro y despierto.
Estoy en casa. A salvo.
3 de octubre
Ya no puedo mantenerme al margen. Esta noche, con el dedo robado me dirigí a la casa de Stewart y encontré una ventana abierta. Entré sigilosamente hasta la habitación de la invitada y ya no la encontré sola: el cadáver momificado de Stewart yacía a su lado. Justo entonces las luces se encendieron. Era el notario. Lo interrogué con la mirada, pero él estaba tan tranquilo que me hizo pensar que todo no era más que sueños.
—Es claro que tarde o temprano usted volvería a escondidas, como el ladrón que es —me dijo—, a devolver el dedo que robó. Ahora usted conoce el proyecto “Ambos”. Es una idea descabellada, mortalmente cursi de Stewart: la de dormir momificado eternamente al lado de su esposa, pero qué podía esperar de alguien que ya la mantuvo momificada tantos años. El pensó que quizá a la larga usted no aceptaría cuidar sólo a un cadáver sino a dos, pero ahora eso es irrelevante, pues ya fue desheredado. Yo mismo me haré cargo de los cuerpos y de la fortuna.
—Bueno, en realidad, yo necesitaba saber…
— ¿Saber qué, señor Cícero?
—Quién mató a Jane. Ella no murió accidentalmente. La ahogaron.
— ¿Y cómo pensaba averiguarlo, señor Cícero?
—Así —levanté la mano y dada la cercanía con el notario, pasé mi dedo índice por una de sus cejas, quien inmediatamente se estremeció y comenzó a temblar.
Me miró largamente y por fin, recobrando la calma, dijo:
—Usted está loco.
Abandoné a toda prisa la mansión y manejé frenéticamente rumbo a mi casa. Era tarde y llovía; la sombra del limpiaparabrisas borraba las sombras de las gotas de agua que se esparcían una y otra vez sobre el tablero y sobre mí, como una viruela fugaz. La noche se percibía enferma. Cuando llegué frente a mi casa me sentí tan contrariado y cansado: recordé que aún tenía en mi bolsillo el dedo de la invitada. Sentí miedo de quedarme dormido y permanecí en el auto.
Quise ver algo real, pues todo lo que alcanzaba a ver —eso que pudo ser un parque, una pareja en las sombras, las luces de un río de coches— eran sólo una maraña, una incesante alucinación. Miré por el retrovisor y en lugar de mi cara, vi el rostro del notario. Sin saber en qué momento el sueño había comenzado.
Quise entra a mi casa pero me encontré de frente con la orilla del lago. Retrocedí y ya no había a dónde ir. Supe que aquí o allá siempre estaría el notario atisbando como un fantasma. Busqué en mis bolsillos y el dedo no estaba. En su lugar encontré la navaja suiza del notario. Decidí terminar con el asesino y sin dudar pasé el filo de la navaja por mi cuello.
4 de octubre
No me sorprendió leer en los diarios que el notario se suicidó anoche con su propia navaja. Tenía, indudablemente, razones para hacerlo. He retomado mis obligaciones en la casa del lago. Cuido de los cuerpos, les leo y les pongo música. En mis ratos libres preparo la edición de la biografía de Stewart, a la cual he agregado un par de notas sobre Jane. Casi estoy seguro de que éste, desde un principio, debió ser el proyecto Ambos.
Parece el típico niño irritante. El eterno adolescente que imagina un viejo, un mentiroso. ¿Qué es Ismael? Una fila larguísima de tijeras y recortes de hombres pájaro. Un absurdo. Efusivo infante que te envuelve; aniquila. Su sencillez está lejos de olvidarse.
La primera vez que leí el trabajo de Ismael Velázquez me asusté. Creí que por más de leer y leer los textos jamás entendería cómo resulta esa sensación de pérdida.
¿Quién eres Ismael? El hombre que agazapado dicta versos o el puber que sale tambaleando a escupir perros y patear postes.
Eres un invento conmovedor.
Portada de Producto Interno Bruto, de la editorial Foc.
La poesía de Ismael Velázquez combina la parquedad de la extensión; también a veces roja como un trozo de carne cruda. Una cualidad de su obra es la contundencia, la exactitud del “remate”. Una debilidad, las líneas cifradas, que jamás cierran los textos, lo que deriva en una lectura casi incompleta. Pese a esto, sus textos conservan una unidad discursiva plena.
A veces hilarante, otras incómodo y pornográfico; esperanzador, pueril; emocionante; triste, lapidario; ingenuo; demente; visionario. La cometa de Galileo. No adjetivos al azar, esta lista es lo mínimo esperable en un poeta. Por otro lado, Ismael es amargura.
La poesía de Velázquez conserva la forma, una constante en prácticamente todo el trabajo que he leído de él. Los tratamientos y las temáticas son también una constante, pero este poeta logra diferenciar líneas; esos descubrimientos de observar y limitarse a imaginar lo exacto, lo necesario.
xxxi
estaba sentado con la punta de la pistola en la boca pero antes de disparar algo se me vino a la mente: era un bebé y estaba sentado por primera vez en mi vida mi madre me había dejado un momento solo en un sillón recordé exactamente cómo se veía el mundo desde ahí disparé contra eso también
un mundo mejor
destruya primero éste por efímero y desconfiable asegúrese de que no se repita nunca después cuelgue un letrero en el cielo (o como sea que le llame a ese vacío persistente por encima de usted) que diga simplemente: “aquí no ha pasado nada” ése será su cielo ahora después vendrá un mundo mejor
circo de uno
el payaso no es más que eso el domador se abofetea a sí mismo alguien más se empeña oscuramente en guardar el equilibrio sólo el viejo león procura su sustento al saltar cada noche sobre el único público asistente que es uno
Aquí la entrevista que le realicé al poeta Ismael Velázquez:
¿Qué es un país?
Un pretexto para organizar competencias deportivas y algunas guerras.
¿Qué es el bien?
El Banco de Información para Enfermedades del Neocórtex.
¿Por qué poesía?
Porque siempre me dijeron que no servía para nada. Eso estimula hasta a las almas más insensibles.
¿Utopía o realidad?
La realidad no existe. El documento que así lo establece obra en mi poder. Y si no hay realidad, a quién le importa la utopía.
¿Qué es dios?
Supongo que lo que le da la gana, que para eso está.
¿Eres lo que planificaste ser?
Nunca he tenido tiempo de planificar, los asalariados no hacemos eso.
¿Quién y cómo es tu mejor amigo?
Es intoxicante y tiene nombres divertidos: Johnnie Walker, José Cuervo, Jack Daniels, etc., etc.
¿Qué es la izquierda y qué es la derecha?
¿Un par de solteronas?
¿Cuál es el momento de la Historia que consideras más relevante?
La primera vez que a alguien se le ocurrió decir: no tengo ganas.
¿Por qué las fronteras?
Para mantener la seguridad de nuestras fronteras.
¿Fama?
Dinero fácil y sexo gratis, quién podría querer eso.
¿Publicar en Latinoamérica?
Si un día publicara algo, me daría exactamente lo mismo si fuera Latinoamérica, Micronesia o la Tierra Mágica de Oz.
¿Cómo es el lugar donde naciste?
Ya no existe. Hasta lugares como Iztapalapa, con el tiempo, cambian.
¿Eres libre?
No, tengo trabajo.
¿Qué es una ciudad?
Un fracaso en el que tenemos que vivir, y que demuestra, con concreto, que no somos mejor que las hormigas.
¿Qué piensas de la relación entre poesía y política?
Que la poesía es muy puerca y la política la padrotea, cuando se deja.
¿Cómo opera la memoria en el espacio de lo poético?
Bueno, gracias a la ciencia moderna, ahora sabemos que los operadores de memoria cuando transitan por el espacio poético lo hacen de la manera menos lógica posible.
¿Cómo es la figura de un poeta en el presente?
La de alguien siempre preocupado por su figura, poética.
¿Qué papel tiene lo poético en la vida cotidiana?
Nulo. Bueno, sí hay algo, las esposas de los poetas odian lo “poético”.
¿Qué pasa con el significado en la poesía, ha cambiado su papel en el presente; es relevante?
El significado es sólo para aquellos que temen quedarse solos en la oscuridad.
¿La Historia tiene cabida en la poesía?
La Historia no, la historia, sí, a veces.
¿Qué es el hogar?
Nuestro final, feliz…
¿Qué es la amistad?
Una vez, borracho, me caí y me golpeé la cabeza contra un bloque de hielo de esos que solían dejar abandonados sobre las banquetas. Sucedió de madrugada, afuera de una miscelánea donde había estado bebiendo. El golpe me hizo perder el conocimiento y no desperté hasta que sentí algo húmedo y tibio recorriéndome la cara. Era un perro. Después de lamerme y ver que me movía, se largó y nunca más lo volví a ver.
¿Qué es el futuro?
Hay uno por cada mente crédula, pero como no puede haber tantos, siempre hay alguien que identifica el suyo con la supresión del de todos los demás.
¿Eres feliz?
Como un pubis recién afeitado.
*
Ismael Velázquez Juárez. (Iztapalapa, México, Distrito Federal, 1960). Ha colaborado con poemas y collages para revistas de México, Chile, Brasil, Estados Unidos y España. Libros publicados a la fecha: Polvo de Billar (poesía), Producto Interno Bruto (poesía), Where Do We Go From Here (poesía) y Arte de Beber (aforismos). Actualmente tiene en proceso de publicación el poemario Lugares y No Lugares Para Caer Muerto en Richard Brautigan y trabaja en los siguientes proyectos de poesía: Bulldozer, Sea un Arma y Pequeñas Cosas Quebradas, Oscuras, que Explotan. Tiene un blog: http://ismaelvelazquezjuarez.blogspot.com/
Estamos en el año de 1900. Una joven pareja entra al lujoso restaurant Maxim´s de París. Ella es muy guapa pero no lleva ropajes elegantes. Él es un caballero adinerado y guapo que parte plaza. Provocan las murmuraciones de los comensales pero no les importa. Ellos se desplazan con garbo presumiendo su belleza. Se trata de una escena de la película Gigi, dirigida por Vicente Minelli, en 1958, y que es la adaptación de una de las novelas costumbristas y románticas (escrita en 1944) por la damisela conocida simplemente como Colette (1873–1954).
La cinta siempre estuvo presente en la niñez de Julia Holter –aunque no es fan de los musicales- pero sirvió como detonante de una pieza titulada “Maxim´s II”, escrita a propósito de los escándalos sociales y el mundo de las celebridades. Estaba destinada a ser parte de su anterior disco, Ekstasis (2012), pero no cuadraba con el resto; así que fue separada y casi sin querer se convirtió en el detonante de su siguiente colección de piezas musicales.
Esta hermosa mujer, nativa de Los Angeles, se decanta por actualizar el ámbito de la música clásica, retocarlo con toques de avant jazz y al final obtener una refinada mixtura que es muy elegante, etérea y saltarina. Así lo ha hecho desde que arrancó su carrera con Tragedy (2011); un álbum en el que jamás se mostró novata o inmadura, todo lo contrario, trabajando desde su habitación obtuvo relucientes joyas sonoras de no sencilla clasificación.
Loud City Song (Domino Records, 2013) es su tercer Lp y el primero que no es grabado en casa sino en un estudio en compañía de Cole Marsden, un personaje que funge de ingeniero de sonido de Beck y miembro del grupo Ariel Pink Haunted Graffiti, a quien terminó por considerar el productor, no muy convencida del concepto.
Hija de una profesora universitaria y un músico que tocó con Peter Seeger, actualmente vive en Echo Park y suele emprender largas caminatas por parques y avenidas. Durante estos trayectos se dio cuenta en lo ruidosas que se han convertido las ciudades. Ese fue el otro punto de partida para concebir el siguiente disco y derivar su título.
A pesar de su juventud (nació en 1984), Julia ha aprovechado su sólida formación académica. Es egresada del California Institute of the Arts, donde recibió clases de Charlie Haden y Laurie Anderson, entre otras figuras. Domina varios instrumentos y tiene ideas claras. La crítica ha encontrado intrépidas sus incursiones musicales y exalta su peculiar manera de dar con un pop raruno. En sentido contrario, ella suele definirse como una persona temerosa.
La verdad es que su ruta en pos de un hallar un equilibrio entre la belleza melódica y cierto halo experimental ha sido precisa y afortunada. Ahora aprovecha la posibilidad de contar con una pequeña orquesta para las sesiones de grabación. Ella cuenta acerca del proceso: “El plan era grabar instrumentos durante 6 días, en los que escribí arreglos para los temas, siempre dejando bastante espacio para posibles cambios e improvisaciones; y después, en la segunda parte, varios meses para la mezcla, que es lo que ha llevado más tiempo”.
Así es como Loud City Song abre con “World”, en la que caben piano, clavicordio y sección de vientos, siempre con cierto minimalismo y contención. A Holder le gusta la sobriedad por sobre el barroquismo, tanto en las estructuras como en la voz. A lo largo del disco se aprecia una grabación registrada con los recursos de una sala formal y ya no se escuchan tan notorios los plug-ins a los que acudía cuando trabajaba sola y en su hogar. Esto es evidente en “Hello Stranger”, un cover a una vieja pieza soul que popularizara Barbara Lewis.
A lo largo de los 11 temas va desarrollando formas serpenteantes y acude a sutiles inflexiones vocales, como en “In The Green Wild”, que da paso a “Horns Surrounding Me”, la clave musical del disco: posee una sensación cinematográfica (comienza con unos pasos en plena huida), debido al ámbito citadino que luego se funde con una gran sección de cuerdas que producen disonancias.
Julia parece filmar sus propias secuencias imaginarias, el soundtrack perfecto para películas que sólo existen en su imaginación; he allí la parte urbana, pero también se muestra como una ninfeta arbórea, una habitante de esos tupidos parajes en los que da largas caminatas. “This is a True Heart” es una de las canciones ideales para tales periplos.
Holter lanza la invitación para salir a auscultar el mundo. Está en nosotros aceptar la invitación y musicalizar nuestros ratos como paseantes con temas rebosantes de misterio y sofisticación. La deriva y el extravío como formas de conocimiento y placer.
El primero en llegar fue el Hombre de Piedra. Los vecinos le pusimos así desde que se quedó inmóvil tirado en el suelo, recargado contra la pared, frente al taller mecánico; de lejos parecía una roca grisácea e informe. Una pestilencia que picaba las narices se extendió a lo largo de la calle.
Al principio hicimos un par de reuniones para tomar una decisión que nos librara de su presencia. Luego de considerar varias opciones: llamar a alguna asociación de ayuda para indigentes, a la policía, a la Comisión de Derecho Humanos, a una institución de caridad; los ánimos se apagaron. El hombre de piedra se convirtió en un elemento más del paisaje. Y si antes nos cruzábamos a la acera de enfrente para no pasar junto a él, ahora sólo lo esquivábamos, aguantando la respiración, con la mente ocupada en nuestros propios asuntos.
Pensé que moriría pronto sin agua ni comida, o que cuando se le hubiera pasado el efecto del activo que inhalaba correría despavorido de un lugar a otro en busca de un alivio, con el cuerpo tembloroso y los ojos llorosos, con espasmódicos ataques de pánico y arrastrando el síndrome de abstinencia. Pero no ocurrió nada de eso. Simplemente permaneció en el mismo lugar, casi en la misma posición y sólo sus ojos se movían siguiendo los pasos de los transeúntes. Seguramente se procuraba alimento e inhalante de algún modo.
Luego de casi un mes, cuando ya nadie lo mencionaba, a no ser para hacer bromas y comparaciones con amigos y familiares, llegó otro, tan andrajoso y maloliente como el Hombre de Piedra pero menos enajenado, se ofrecía a lavar la calle o los coches de los vecinos a cambio de unas monedas o de un taco. Era sólo otro individuo en el paisaje que parecía tener más ansias de vivir y una dignidad a prueba de todo que lo mantendría a flote.
A últimas fechas nuestro barrio se había convertido en el paso obligado para los indigentes, huían de la colonia vecina, donde les echaba los perros para ahuyentarlos. Permanecían algunos días aquí mientras recuperaban fuerza y luego se marchaban a La Emperadora, un complejo habitacional en obra negra, abandonado luego de que se descubriera un fraude millonario de la empresa inmobiliaria que lo construía. Ahí iban a dar los vagabundos que ya no encontraban banca o parque, pero su ingreso representaba en la mayoría de los casos un suicidio. Se rumoraba que la policía solía hacer cacerías nocturnas y golpeaba hasta la muerte a los que se encontraban tirados en las banquetas bajo la mirada ciega de la gente de bien, incapaz de proponer otra solución al problema. Otras veces se agredían entre ellos por algún objeto insignificante, un poco de alcohol o pura desesperación.
Por lo anterior no era raro que nuestro barrio se llenara de gente en busca de un espacio donde dormir y pasar el tiempo. Poco tiempo después, llegó otro, uno mucho más viejo, con el rostro lleno de pelos grisáceos y los ojos casi cerrados de tantas arrugas. Brincaba de un lado a otro, con el pie derecho inerte y deforme, colgando de su tobillo como si fuera una chancla vieja. Después otro, casi un niño, de mirada torcida y dientes podridos que sonreía todo el tiempo como si se burlara de nosotros. Y otro, y otro. Al principio no fue tan notorio porque iban y venían, desaparecían algunos días y luego regresaban, siempre alrededor del Hombre de Piedra; mientras éste permanecía tirado sobre la calle, a veces acostado boca abajo, boca arriba o de lado, con las piernas cruzadas o en posición fetal, con la cabeza metida entre las piernas.
El olor se hizo insoportable, pero nosotros nos acostumbramos a ignorarlo, era una molestia más que no podíamos solucionar y que no estaba dentro de nuestras casas.
Todo estaba tranquilo, la pestilencia ya era parte del entorno y los vagabundos eran ignorados, como si se tratara de zombies silenciosos e inofensivos.
Sí, todo estaba tranquilo, hasta hace dos meses. Era jueves, me alistaba para ir al trabajo, cuando escuché una ambulancia que se acercaba y se detuvo muy cerca del edificio. Cuando salí a la calle, me encontré a varios vecinos que observaban cómo subían al Hombre de Piedra a la ambulancia. No alcancé a verlo, pero los vecinos me contaron que alguien lo había golpeado brutalmente. Había sangre por todos lados, pelos y una sustancia negra y pegajosa. La gente murmuraba que seguramente uno de sus compañeros lo habría atacado, pero yo me quedé pensando que quizá pudo ser uno de nuestros vecinos, harto de su presencia. Al llegar al trabajo concluí que mis reflexiones eran absurdas, mis vecinos serían incapaces de hacer algo parecido.
Después del incidente los demás vagabundos, el niño, el del pie colgando y otros, desaparecieron. Cuando platicaba con los vecinos, todos se lamentaban del terrible suceso, pero reconocían que al menos ese hecho habría intimidado a los demás y quizá no regresarían nunca. Poco a poco los temas de conversación cambiaron, y cuando parecía que todos nos habíamos olvidado del Hombre de Piedra, éste reapareció en el mismo sitio donde lo habían recogido.
Resultaba imposible saber si se trataba de la misma persona, en realidad nunca distinguimos los rasgos del primer Hombre de Piedra, sus ropas eran tan andrajosas como las de cualquier otro vagabundo, parecía de la misma altura, pero mucho más flaco. Tenía el cabello igual de seboso y alborotado. Lo único que resaltaba eran sus tenis: blancos, parecían nuevos, incluso caros. Lo vi un viernes por la noche al regresar del trabajo y encontré a un par de vecinos que hablaban sobre la extraña aparición. Los saludé e intercambiamos algunas impresiones sin importancia. Ya en mi departamento me tragué una pastilla para dormir y me tumbé en la cama.
Al despertar, recordé nítidamente un terrible sueño: dos personas fuertes y con los rostros cubiertos golpeaban con palos al Hombre de Piedra. Los agresores reían divertidos y dejaban de golpearlo cuando el cuerpo empezaba a convulsionarse y el piso se llenó de orines y mierda. El sueño no parecía muy alejado de la verdad y me pregunté quién podría hacer algo así, mientras preparaba café.
Era sábado y aunque la luz indicaba un día avanzado, en la calle no se escuchaba ruido alguno. El silencio me perturbó, no reflejaba la quietud del fin de semana, cuando la gente se levanta más tarde de lo habitual. Me asomé a la ventana, no vi ni autos ni transeúntes. El puesto de periódicos de la esquina estaba abierto, pero el despachador no se veía por ningún lado. Luego de varios minutos me di cuenta que la acera del taller mecánico estaba vacía, el Hombre de Piedra o su sustituto se había marchado.
Regresé aliviada a la cama e intenté dormir otro poco, pero cada que estaba por lograrlo volvía la pesadilla de la noche anterior. Entonces me levanté y me asomé de nuevo a la ventana. Esta vez la calle estaba llena de vagabundos tocando puertas y ventanas de las casas y edificios. El Hombre de Piedra estaba parado en la esquina, erguido, con las piernas separadas y las manos en la cintura en actitud desafiante, como si estuviera orgulloso de sus andrajos y su piel grisácea salpicada de ronchas moradas. Entonces escuché ruidos en el pasillo. Entreabrí la puerta y vi dos vagabundos timbrando en uno de los departamentos de la planta baja. Cerré tratando de no hacer ruido, puse todos los seguros y arrimé un escritorio pesado a la puerta. Luego regresé a la ventana, los vagabundos entraban y salían de casas y edificios como si nada, con el botín en sus manos. No parecían encontrar resistencia alguna, tampoco se escuchaba violencia: sólo el silencio, como si los habitantes del barrio hubieran huido.
Traté de usar el teléfono pero no había línea. Intenté encender la computadora para pedir auxilio por Internet, pero no había luz, luego descubrí que tampoco había agua. Estuve un rato espiando por la mirilla de la puerta, por si llegaban hasta mi departamento en el último piso del edificio. Pero ni siquiera se aproximaron. Intenté llamar con mi celular, pero ya no tenía crédito, de todos modos marqué varios números, esperando que me devolvieran la llamada en cuanto supieran que estaba tratando de localizarlos. Tenía miedo de salir, así que me quedé encerrada, sin hacer ruido y esperando escuchar una patrulla, una ambulancia o a algún vecino. Cuando miré de nuevo por la ventana, los vagabundos parecían haber terminado de saquear, estaban sentados a mitad de la calle: hombres, mujeres y niños, sólo identificables por pequeños detalles como la talla o la estatura. En conjunto formaban una masa negrusca de movimientos aletargados y miradas desafiantes. Habían sacado muebles y víveres de las casas y, sentados en sofás y colchones, comían, dormían y cogían, indiferentes a la intemperie y a la luz del día, acostumbrados a actuar en cualquier sitio, invisibles a los otros.
Ya en la noche vi algunas ventanas que reflejaban una débil luz, seguramente velas. No estaba segura si quienes las habían encendido eran los habitantes o los vagos que se habían apoderado de las viviendas. No pude dormir, pensando que debía ser una pesadilla o que alguien llegaría en cualquier momento a poner orden. De pronto, poco antes del amanecer, todas las luces se apagaron.
Llevo ya casi una semana encerrada, no hay ningún indicio de que las cosas vayan a volver a la normalidad. Me parece muy extraño que nadie haya intentado localizarme o a mis otros vecinos. A veces escucho roces y susurros como de ratas que andan por los demás departamentos. ¿Serán los vagabundos o mis vecinos que se esconden? Tengo miedo. ¿Será que los habitantes de La Emperadora se han apropiado de la ciudad? ¿Dónde está la policía y el resto de la gente que transitaba por esta calle?
Casi no tengo comida, no hay agua ni para el escusado que está lleno de mierda. No me he bañado ni lavado los dientes, empiezo a percibir el olor de los vagabundos en mi propio cuerpo. Esta mañana creí escuchar que subían las escaleras, pero no he visto a nadie por la mirilla. Si han saqueado los demás departamentos, el único que debe faltarles es el mío y quizá no tarden. De pronto los escucho subir las escaleras, tratan de no hacer ruido, pero deben ser muchos porque escucho sus pasos como si fuera un ejército completo. Tocan la puerta, pero yo no me muevo, casi no respiro. Quizá si logro convencerlos de que no hay nadie dentro, se eviten la molestia de entrar. Luego de un rato se marchan, pero a la mañana siguiente, muy temprano vuelven a tocar. Me asomo a la ventana que da a la avenida y veo sus cuerpos harapientos dormidos a mitad de calle.
Me acerco de puntitas a la puerta de entrada, escucho unos golpecitos débiles pero insistentes. Dudo. ¿Será posible que sea algún vecino? Entonces escucho una voz que susurra mi nombre, dejo escapar un leve suspiro y la voz ya con toda su intensidad repite mi nombre en una interrogante y luego dice: Soy yo, tu vecina. La voz me suena a Rafaela, la del cuatro: Ábreme, antes de que despierten. Quito el escritorio y los cerrojos con cuidado para hacer el menor ruido posible y abro la puerta, sin mirar antes por la mirilla. Me encuentro con una mujer andrajosa y apestosa. No tengo tiempo de nada, una horda de desarrapados me toma por sorpresa y entra al departamento sin que pueda evitarlo. Y mi vecina, que sí es Rafaela, me toma de la mano y me conduce al fondo de mi propio hogar. El Hombre de Piedra permanece en el marco de la puerta, quieto y callado. Los demás se mueven sigilosos por el departamento, como si supieran dónde encontrar lo que buscan. Rafaela me tiene sujeta de la muñeca, me aprieta sin hacerme daño, pero con la fuerza suficiente para no dejarme escapar. Nadie hace ruido, todo es silencio.
En el número de febrero 2013 de la revista Letras Libres, Christopher Domínguez Michael escribe sobre La torre y el jardín, la novela de Alberto Chimal publicada por Editorial Océano. La reseña poco tendría de relevante si no fuera porque el crítico afirma en ella que “Los escritores solamente fantásticos pertenecen al gremio de los eternos inmaduros y viven, inmóviles, en el país de la infancia perdida.” Es un error común confundir los prejuicios personales con los valores estéticos de una obra, o en este caso de todo un género, pero que el único discurso narrativo al que la crítica otorgue cierto valor sea el realismo, y que a los autores que se desvían de dicha corriente principal se les califique de raros o excéntricos, dice más de nuestro medio literario que de la obra o el autor calificados.
Es cierto que desde hace algunos años se habla de una crisis en la crítica literaria mexicana, y que los males más mencionados son la falta de espacios para el ejercicio crítico, la reseñitis centrada en las novedades editoriales, y el papel de inquisidores que adoptan algunos, más preocupados por poner en su lugar a los infieles que por hacer descubrimientos. También es cierto que existen guetos cerrados en los que se aplaude todo lo que hacen “los nuestros”. Pero crisis y guetos aparte, el desdén con el que se mira a quienes ejercen (ya sea como autores o como lectores) la literatura fantástica, no es exclusivo de México, y mucho menos podemos decir que sea algo reciente. Si bien es fácil señalar varios países en los que la literatura fantástica es parte fundamental de su tradición, como Inglaterra, Alemania, o Argentina, son más los que relegan dicho discurso al cajón de los subgéneros.
Los límites de la realidad
De acuerdo a la definición aristotélica, los géneros literarios son la épica, la lírica y el drama. Para los tiempos actuales tal definición es insuficiente. Además de la narrativa, la poesía, y el teatro, muchos consideran que se debe incluir al ensayo y a la crónica, lo que nos obliga a hablar de ficción y no ficción. Si entendemos la ficción como una obra de la imaginación, la no ficción se entiende como un producto basado en datos duros, verificables. Así, el realismo, al igual que lo fantástico, son hijos de la ficción, artificios —como diría Jorge Luis Borges—, herramientas culturales para dar solidez a un discurso que pretende narrar la realidad.
“Porque no existe una verdad una y concreta, que nos comprenda; se hace preciso imponer su ficción para salvar a la Humanidad de desejercer en un sentido demasiado disperso: de ahí el Estado”, explica Leopoldo María Panero[1]. Y la función primordial del Estado es la de regular la vida de una nación, de ahí que en la búsqueda de una “identidad nacional” se vea obligado a imponer su versión de la realidad. Mario González Suárez, en su prólogo a los cuentos completos de Francisco Tario señala que “El realismo es —más que una forma— la doctrina que mejor casa con los objetivos e intereses políticos del Estado[2]”. Para Pascale Casanova, citada en el texto de Mario González Suárez, la literatura es el arte más conservador, el más sometido a las convenciones de la representación, y el más ligado a la nación política por el vínculo de la lengua[3].
La búsqueda de identidad a través de un discurso literario que refleje la realidad nacional, y el rechazo a las formas que la contradigan, es natural en los países jóvenes, pero también en aquellos donde la cercanía de los intelectuales con el Estado es más presente. En ambos casos la literatura costumbrista se institucionaliza, y quienes se atreven a distorsionar la realidad del Estado son señalados como indeseables o excéntricos, e incluso corren el riesgo de ser perseguidos.
En 1988, el escritor hindú nacionalizado inglés, Salman Rushdie, publicó la novela Los Versos satánicos. El libro fue prohibido y quemado en varios países musulmanes por su contenido “blasfemo”. Se registraron actos violentos y disturbios callejeros en EUA e Inglaterra. La cumbre fue cuando el ayatola Jomeini lanzó un llamado a las naciones musulmanas, condenando a muerte a Salman Rushdie y a los editores que publicasen el libro conociendo su contenido. La condena ya cosechó víctimas, y no sólo continúa vigente, el monto ha aumentado. A propósito, a Salman Rushdie no le son extraños los relatos fantásticos. Los ha escrito con gusto y soltura. Tan es así que al escribir su obra más personal no duda en echar mano de esos recursos y utilizarlos a conveniencia. Hijos de la media noche, y Los versos satánicos, sus novelas mejor reconocidas, son ejemplos de ello. Vale la pena reparar en que la obra de Rushdie ha sido clasificada como “realismo mágico”, etiqueta ambigua y que al igual que la frase “real maravilloso”, remite a una situación de carácter más político que literario.
Para Alejo Carpentier, lo real maravilloso es “patrimonio de la América entera”. Para él, la historia de América es “una crónica de lo real maravilloso”. Así, cuando uno de los personajes de su novela se transforma en lobo o mosquito, lo hace para actuar como símbolo de la historia social y política de un continente. Cuando Gregorio Samsa, después de un sueño intranquilo, se encuentra convertido en un monstruoso insecto, actúa también como símbolo, pero de la condición existencial del autor. Esto ilustra la tesis que expone Pascale Casanova en su República mundial de las letras, cuando menciona que los autores latinoamericanos ganaron reconocimiento internacional gracias al valor que ellos mismos otorgaron a su propio espacio geográfico, un valor que no se correspondía con los de la literatura mundial[4]. Pascale Casanova no demerita el trabajo de los escritores latinoamericanos, pero señala el contexto político que los rodea. En terminos literarios ambas transformaciones, la de Mackendal y la de Samsa, pertenecen al mismo espacio y poseen más cosas en común de las que un nacionalista quisiera admitir.
Donde el Estado impone su visión de sociedad, la razón y el método científico imponen su visión del funcionamiento del mundo. Así, resulta posible cuestionar uno u otro sistema político, pero no las leyes de la naturaleza. Toda experiencia incapaz de ser replicada y verificada escapa por definición al dominio de la lógica y se instala en los terrenos de lo desconocido, de un más allá sobrenatural restringido a lo religioso. De ahí que muchos defensores de la literatura fantástica señalen como antecedentes a la Biblia, el Corán, o el Libro de los muertos. Allí se encuentran, dicen, los primeros atisbos a otros mundos; hay hechos extraordinarios, aparatos que asemejan tecnologías aún desconocidas; hay demonios, ángeles y criaturas increíbles de todo tipo. Estas afirmaciones no carecen de sentido, pero en su empeño por encontrar antepasados ilustres que otorguen legitimidad al género de sus amores, confunden el relato cosmogónico y el literario. La religión enaltece lo desconocido, pero también le asigna estatuto de sagrado o blasfemo, y con ello delimita su parcela de realidad.
Pero aún si podemos escapar de las limitaciones impuestas por el Estado, la ciencia y la religión, si de algo somos prisioneros sin esperanza es del lenguaje. William Burroughs afirmaba que el lenguaje es un virus, una cualidad con más de patógeno adquirido que de capacidad innata, que nos permite asimilar los fenómenos externos a partir de un complejo sistema de símbolos. Accedemos a la realidad no de manera directa, sino a través de palabras, y donde no hay palabras está el abismo de lo indecible, lo incomunicable. Pero la realidad no es las palabras, la realidad no es el lenguaje. Podemos nombrar a la cosa, pero el nombre no es la cosa.
A falta de esa verdad única y concreta que señala Panero, y ante las limitaciones que imponen el Estado, la ciencia, la religión, y el lenguaje, para interpretar la realidad en todos sus matices, es que nos servimos del arte. Pero donde la música y la plástica consiguen liberarse, la literatura se encuentra atada al lenguaje. Para Tzevatan Todorov, “su vocación dialéctica (la de la literatura) consiste en decir más de lo que dice el lenguaje, en superar las divisiones verbales. Es, dentro del lenguaje, lo que destruye la metafísica inherente a todo lenguaje. Lo propio del discurso literario es ir más allá (si no, no tendría razón de ser); la literatura es como un arma mortífera mediante la cual el lenguaje lleva a cabo su suicidio[5]”. Y la literatura fantástica, en su constante juego con la realidad, está más cerca de ese objetivo que cualquier otra.
El relato de terror es una exploración en lo desconocido como manifestación maligna, sobrenatural. En el relato de ciencia ficción el tema es la maravilla y el miedo ante las posibilidades de la ciencia. Ambos parten de un terreno común: la realidad consensuada, e inmediatamente después introducen en ella un factor de caos. Son enfrentamientos contra lo desconocido. De ahí su inclusión tradicional, y en ocasiones controversial, en el terreno de lo fantástico. Lo fantástico, al igual que el realismo, no es una temática, sino una manera de enfrentarse a la realidad, esa gran ficción consensuada. Lo fantástico y lo realista, más que excluirse, se potencian, y quien esté interesado seriamente en la literatura debe saberlo, es el corazón de una poética. Un escritor que excluye de su obra el realismo, o lo fantástico, se condena a la normalidad y la sumisión.
Hic svnt dracones
Los cartógrafos de la antigüedad tenían una curiosa costumbre para indicar en sus mapas aquellas zonas inexploradas o de acceso prohibido: dibujaban monstruos. De hecho, la frase en latín que se utilizaba para acompañar los dibujos en los mapas era: Hic svnt dracones. “Aquí hay dragones”. Hay quienes han querido tomar esta declaración en forma literal, argumentando la mención de estas criaturas en leyendas antiguas y documentos fundacionales de culturas lejanas entre sí. Ahí está el Tiamat babilónico, el Quetzalcoatl de los aztecas, los benévolos dragones chinos y los malignos dragones de la mitología germana, incluso la Biblia hace mención a ellos. Los arqueólogos remiten el origen de esta creencia a los hallazgos de restos de reptiles mayores, cocodrilos gigantes e incluso dinosaurios. Lo cierto es que en todos los casos el dragón actua como símbolo, y que su presencia en un mapa no es otra cosa que una alusión a lo desconocido.
En su ensayo de 1974, Why americans are afraid of dragons[6]?, Ursula K. LeGuin hace una interesante comparación entre los dragones y la literatura fantástica. Vale la pena señalar que el título no sólo es una alusión a los dragones como símbolo de lo desconocido, sino también un guiño que remite a su propia obra (en su Trilogía de Terramar[7] los dragones juegan un papel simbólico muy importante). Aún más interesantes resultan las razones que ofrece LeGuin para explicar el rechazo de los americanos a las obras de imaginación, y en particular hacia la literatura fantástica. Este rechazo, dice, no es una característica exclusiva de los americanos y podemos encontrarla en lugares como Francia, cuna del naturalismo. De hecho, si no fuera por Alemania e Inglaterra, que poseen una rica tradición fantástica, se podría creer que se trata de algo propio de países con un alto desarrollo tecnológico, mientras que la cercanía con la literatura fantástica es consecuencia de una visión tercermundista, basada en el pensamiento mágico. Pero si algo refleja este rechazo, explica LeGuin, es una mentalidad puritana y machista en la que todo lo que se realiza por placer y no reporta intereses inmediatos es más que inútil: infantil o pecaminoso.
Cuando lee, si lo hace, el puritano acude a la literatura “seria”, o se limita a los libros exitosos, los best sellers, sin importar lo “fantásticos” que estos puedan ser (en el mundo del puritano el éxito es algo a lo que hay que rendir culto, y al leer un best seller, en un acto de auténtico pensamiento mágico, el puritano cree participar de dicho éxito). Cuando escribe, si lo hace, el puritano olvida estar construyendo una obra de imaginación y cree que su visión del mundo y de la condición humana es la única interpretación posible de la realidad. El puritano se considera un “realista”, y si para el puritano imaginar es malo, fantasear es peor, algo exclusivo de mujeres y niños. El puritano, como hombre contemporáneo, trabajador, responsable, dedicado a cosas de verdad importantes, y abrumado por la realidad, hace todo lo posible para no enfrentarse a la región desconocida, incontrolable, y poblada por dragones que es su propia fantasía.
Mercado y subgéneros
En 2009, Ursula K. LeGuin acudió como invitada al Festival de Escritores de Otawa, para dar una conferencia. Durante el evento, un asistente preguntó a la escritora si creía que en estos tiempos en los que una novela como Harry Potter goza de gran popularidad los americanos seguían teniendo miedo de los dragones. La pregunta es pertinente. El mundo ha cambiado muchísimo desde que Ursula escribió su ensayo. En los años posteriores a esa primera mitad de la década de los setentas, la cultura popular experimentó un boom sin igual. Los americanos sobre quienes Ursula escribió se volvieron consumidores insaciables de fantasías épicas, romances sobrenaturales y aventuras intergalácticas. Con todo, la respuesta de Ursula fue contundente. Los americanos siguen teniendo miedo de los dragones. No importa el que un tipo de fantasía haya ganado aceptación popular y conquistado el mercado, ni que los géneros narrativos se diluyan y que algunos autores fantásticos consigan de cuando en cuando el favor de la crítica “culta” —de lo cual ella misma es ejemplo—, porque ese reconocimiento se dirige al autor, a su ingenio, a su manejo del lenguaje, mas no a la literatura fantástica en sí, la cual nunca antes se ha visto tan banalizada.
Es verdad. Hoy en día, cuando se habla de narrativa fantástica la mayoría de la gente piensa en los engendros del cine, la televisión, el comic y los videojuegos; y aunque debemos aceptar que la calidad de estos productos es diversa, no podemos ignorar que en su mayoría reina la fórmula. Son subgéneros. El consumidor de subgéneros no busca la sorpresa ni el desasosiego que provoca la literatura fantástica, lo que busca es la seguridad del gesto que se repite, la promesa que se cumple, la tradición que se respeta. El subgénero es un caramelo colorido, empacado y listo para el consumo. Pero sería una necedad creer que los subgéneros derivan de lo fantástico. Hay subgéneros realistas, y en mayor abundancia. Westerns, policiacos, jurídicos, cómicos, familiares, románticos, eróticos, historias de hospital, de presidio, motivacionales, deportivos. La lista se vuelve interminable.
Las etiquetas sirven para ordenar inventarios y segmentar mercados. Aceptar la etiqueta es limitarse como escritor o, en el mejor de los casos, buscar la provocación. Pero también puede ser una aspiración genuina e incluso propositiva, ¿por qué no? Lo grave está en la generalización y el conformismo, y me refiero no sólo a críticos, sino sobretodo a escritores y lectores.
Notas
[1]Visión de la literatura de terror Anglo-Americana (Ediciones Felmar, 1977)
[7]La Trilogía de Terramar está formada por las novelas Un mago de Terramar (1968); Las tumbas de Atuan (1971); y La costa más lejana (1972). Posteriormente Ursula K. LeGuin publicaría algunos libros más cuyo escenario sería el mismo universo de estas novelas.
No es secreto que existan ciudades que poco a poco se reconocen como semilleros de creadores escénicos: Querétaro, Guadalajara y Xalapa aparecen en la mente cuando de proliferaciónartística hablamos… pero ¿qué ocurre con aquellos estados a los cuales la suerte no les ha sonreído de igual forma? ¿Cómo se sobrevive? ¿Cuáles son los rostros y las historias, que hacen posible que el teatro no muera en un ambiente poco propicio?
Hortensia López Gaxiola, titiritera sinaloense y miembro fundador, en 2002, de la compañía de Títeres “Filibusteros” es un claro ejemplo de amor por el escenario
Preocupada por su formación y por la situación del teatro en Culiacán, ha ido abriendo camino dónde los demás veían puertas cerradas; tanto así, que en 2010 decidió formar su propio colectivo titiritero llamado “Imaginaría Títeres”, donde escribe, construye, actúa y dirige sus propios textos.
En entrevista, Hortensia, nos platica un poco acerca de la situación del teatro en su ciudad y de los esfuerzos que se realizan para llevar buenas propuestas al público.
IL: Cuéntanos un poco acerca del teatro en Culiacán.
H: Creo que somos muchos los interesados en promover y trabajar el teatro en Culiacán, a veces es como luchar contra la pared porque los recursos no fluyen como se espera. Se trabaja mayormente el teatro para la calle, plazuela y explanadas de escuelas. Quienes le apostamos a un teatro más íntimo, de indagación, nos encontramos con que no hay espacios para mostrarlo, que los departamentos culturales no programarán estos trabajos puesto que ellos privilegian los espacios abiertos y un teatro “que haga reír a la multitud”.
Mostrar estos trabajos de manera independiente se vuelve imposible, por la falta de pequeños foros. Los altos costos de la renta y el uso obligado de aire acondicionado por el clima que tenemos, hace imposible la existencia de foros independientes. Además del temor de no contar con un público que asista a pagar una entrada habiendo una oferta gratuita constante por parte de las Instituciones Culturales.
Los pagos para los creadores locales son bajos, en 2010 el ISIC bajó el pago por función en un 40%
Acceder a un apoyo para pago de traslado, viáticos, etcétera; para salir a tomar talleres o a mostrar nuestro trabajo es imposible, la constante es: No hay dinero.
De modo que estas acciones las realizamos por un compromiso propio, por crecimiento, aplicando nuestros propios recursos, trabajando para seguir trabajando.
Hay una programación teatral y titiritera importante en Culiacán por parte del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y el Depto de Cultura del H. Ayuntamiento de Culiacán.
Muchas compañías foráneas ven a Culiacán como un gran lugar para mostrar su trabajo. Existe un programa de títeres sabatino por parte de la UAS, Sabatíteres, con programación nacional e internacional que nos permite ver qué es lo que se está haciendo en otras latitudes y es una excelente opción para las familias Culichis. También el programa Municipal de domingos “Arte en las Riberas” es una buena alternativa para las familias que salen a pasear y para los creadores locales y foráneos.
En el aspecto formativo creo que hay muchas deficiencias, al menos yo no he encontrado una buena oferta, los talleres que se llegan a impartir no son los que necesito y tengo que salir en busca de ellos. A veces sí hay talleres que pudieran llegar a ser muy buenos pero son tan cortos que entiendes que sólo es formalismo, cumplir con la cuota.
Y pese a que somos muchos los interesados en la escena en Culiacán, creo que nos falta acercar al público, que el público llene las salas, que busque la programación, que no espere a que el teatro le llegue como pasa ahora, sino que tenga necesidad de él.
IL: Sabemos que el teatro de títeres no tiene la difusión que se merece. ¿Podrías decirnos cómo lo vives tú, ¿cómo es tu día a día?
H: Sí, es muy marcado el relego del teatro de títeres. A veces desde las convocatorias, puedes ver que el rubro “títeres” no existe y antes sí estaba. Entonces metes tu propuesta a donde dice teatro, dejándolo a criterio del jurado pero siempre con la vulnerabilidad de que te digan que no era para títeres.
Incluso ves compañías que meten un poco de actuación para poder anunciarlo como TEATRO, aunque la mayor parte sea títeres. En mi caso ha sido una lucha constante por demostrar que es una profesión digna, incluso con mi familia.
IL: Háblanos un poco acerca de los talleres que impartes. ¿Cómo responde el público?
H: Estoy impartiendo ahorita un primer taller, le saqué la vuelta por muchos años. Está siendo muy placentero. Es un taller integral de teatro guiñol en la sierrita sinaloense, en el Municipio de Sinaloa de Leyva. Tengo 18 alumnos, la mayoría de ellos bibliotecarias de comunidades muy pequeñas que iniciaron el taller por una orden de su superior, sin saber bien a bien qué era, muchas de ellas con toda la apatía de que pudieran ser capaces, pero al ver terminado su primer muñeco y descubrir en ellas mismas capacidades insospechadas están ahora muy contentas.
Es un taller de casi cuatro meses, ahorita estamos iniciando con el montaje de una obra titiritera para mostrar al público como trabajo final. Y yo misma me he descubierto de otra manera, seguramente continuaré con los talleres, me tienen muy motivada.
IL: Sabemos que algunas veces invitas a dramaturgos o especialistas a visitar Culiacán, en una especie de intercambio. ¿Cómo funciona? ¿De dónde obtienen los recursos?
H: Por ahora los invitados han sido titiriteros, este año inicié con este programa al que he llamado “Titiriteros de México en Sinaloa”, consiste en la invitación de un grupo mexicano de títeres que esté en Culiacán por una semana dando funciones en escuelas de manera independiente. Anterior a la invitación debo haber visto su trabajo para asegurar que llevaré un buen producto a ese público que también es mi público. El hospedaje y los alimentos son en mi casa sin ningún costo para el invitado.
Los grupos invitados son de regiones donde su trabajo es muy mal pagado, de modo que al estar ante un público escolar que paga por su boleto, ellos mismos valoren su trabajo y luchen en su región por un mejor pago tanto en las instituciones como en sus presentaciones independientes.
También se busca el espacio entre funciones para compartir conocimientos y pasear un poco. Sólo puedo invitar a un grupo por semestre porque el calor es muy agobiante y debo dejar espacio para trabajar yo misma. No es un intercambio en tanto que yo no estoy buscando una invitación por parte de ellos aunque sí es una posibilidad. Se genera un gasto de gasolina, papelería y alimentos que yo misma cubro, ellos cubren sólo su traslado.
La idea es buscar la movilidad de grupos, formar un público que pague por ver títeres, pero sobre todo crear confianza en ellos mismos de que pueden tener mejores condiciones por el trabajo que realizan. La experiencia ha sido muy buena, es un esfuerzo valioso que ya se está replicando en otros estados.
Para el año próximo quisiera invitar al menos a dos talleristas, estamos muy lejos del centro del país y eso aumenta los costos, así que sería muy difícil invitarlos a dar un taller pidiendo una cuota a los alumnos, además es algo que no se acostumbra. Esperaré a la entrada de las nuevas administraciones Municipales para proponerlos, si no funciona es posible que solicite patrocinios a los negocios locales para el pago de traslado, estancia y honorarios. Esto es sólo promoción, buscar generar un interés, un acercamiento a las artes en el que ahora es un ciudadano común.