Tierra Adentro
Sin título. Isidro R. Esquivel

El primero en llegar fue el Hombre de Piedra. Los vecinos le pusimos así desde que se quedó inmóvil tirado en el suelo, recargado contra la pared, frente al taller mecánico; de lejos parecía una roca grisácea e informe. Una pestilencia que picaba las narices se extendió a lo largo de la calle.

Al principio hicimos un par de reuniones para tomar una decisión que nos librara de su presencia. Luego de considerar varias opciones: llamar a alguna asociación de ayuda para indigentes, a la policía, a la Comisión de Derecho Humanos, a una institución de caridad; los ánimos se apagaron. El hombre de piedra se convirtió en un elemento más del paisaje. Y si antes nos cruzábamos a la acera de enfrente para no pasar junto a él, ahora sólo lo esquivábamos, aguantando la respiración, con la mente ocupada en nuestros propios asuntos.

Pensé que moriría pronto sin agua ni comida, o que cuando se le hubiera pasado el efecto del activo que inhalaba correría despavorido de un lugar a otro en busca de un alivio, con el cuerpo tembloroso y los ojos llorosos, con espasmódicos ataques de pánico y arrastrando el síndrome de abstinencia. Pero no ocurrió nada de eso. Simplemente permaneció en el mismo lugar, casi en la misma posición y sólo sus ojos se movían siguiendo los pasos de los transeúntes. Seguramente se procuraba alimento e inhalante de algún modo.

Luego de casi un mes, cuando ya nadie lo mencionaba, a no ser para hacer bromas y comparaciones con amigos y familiares, llegó otro, tan andrajoso y maloliente como el Hombre de Piedra pero menos enajenado, se ofrecía a lavar la calle o los coches de los vecinos a cambio de unas monedas o de un taco. Era sólo otro individuo en el paisaje que parecía tener más ansias de vivir y una dignidad a prueba de todo que lo mantendría a flote.

A últimas fechas nuestro barrio se había convertido en el paso obligado para los indigentes, huían de la colonia vecina, donde les echaba los perros para ahuyentarlos. Permanecían algunos días aquí mientras recuperaban fuerza y luego se marchaban a La Emperadora, un complejo habitacional en obra negra, abandonado luego de que se descubriera un fraude millonario de la empresa inmobiliaria que lo construía. Ahí iban a dar los vagabundos que ya no encontraban banca o parque, pero su ingreso representaba en la mayoría de los casos un suicidio. Se rumoraba que la policía solía hacer cacerías nocturnas y golpeaba hasta la muerte a los que se encontraban tirados  en las banquetas bajo la mirada ciega de la gente de bien, incapaz de proponer otra solución al problema. Otras veces se agredían entre ellos por algún objeto insignificante, un poco de alcohol o pura desesperación.

 

Por lo anterior no era raro que nuestro barrio se llenara de gente en busca de un espacio donde dormir y pasar el tiempo. Poco tiempo después, llegó otro, uno mucho más viejo, con el rostro lleno de pelos grisáceos y los ojos casi cerrados de tantas arrugas. Brincaba de un lado a otro, con el pie derecho inerte y deforme, colgando de su tobillo como si fuera una chancla vieja. Después otro, casi un niño, de mirada torcida y dientes podridos que sonreía todo el tiempo como si se burlara de nosotros. Y otro, y otro. Al principio no fue tan notorio porque iban y venían, desaparecían algunos días y luego regresaban, siempre alrededor del Hombre de Piedra; mientras éste permanecía tirado sobre la calle, a veces acostado boca abajo, boca arriba o de lado, con las piernas cruzadas o en posición fetal, con la cabeza metida entre las piernas.

El olor se hizo insoportable, pero nosotros nos acostumbramos a ignorarlo, era una molestia más que no podíamos solucionar y que no estaba dentro de nuestras casas.

 

Todo estaba tranquilo, la pestilencia ya era parte del entorno y los vagabundos eran ignorados, como si se tratara de zombies silenciosos e inofensivos.

Sí, todo estaba tranquilo, hasta hace dos meses. Era jueves, me alistaba para ir al trabajo, cuando escuché una ambulancia que se acercaba y se detuvo muy cerca del edificio. Cuando salí a la calle, me encontré a varios vecinos que observaban cómo subían al Hombre de Piedra a la ambulancia. No alcancé a verlo, pero los vecinos me contaron que alguien lo había golpeado brutalmente. Había sangre por todos lados, pelos y una sustancia negra y pegajosa. La gente murmuraba que seguramente uno de sus compañeros lo habría atacado, pero yo me quedé pensando que quizá pudo ser uno de nuestros vecinos, harto de su presencia. Al llegar al trabajo concluí que mis reflexiones eran absurdas, mis vecinos serían incapaces de hacer algo parecido.

Después del incidente los demás vagabundos, el niño, el del pie colgando y otros, desaparecieron. Cuando platicaba con los vecinos, todos se lamentaban del terrible suceso, pero reconocían que al menos ese hecho habría intimidado a los demás y quizá no regresarían nunca. Poco a poco los temas de conversación cambiaron, y cuando parecía que todos nos habíamos olvidado del Hombre de Piedra, éste reapareció en el mismo sitio donde lo habían recogido.

Resultaba imposible saber si se trataba de la misma persona, en realidad nunca distinguimos los rasgos del primer Hombre de Piedra, sus ropas eran tan andrajosas como las de cualquier otro vagabundo, parecía de la misma altura, pero mucho más flaco. Tenía el cabello igual de seboso y alborotado. Lo único que resaltaba eran sus tenis: blancos, parecían nuevos, incluso caros. Lo vi un viernes por la noche al regresar del trabajo y encontré a un par de vecinos que hablaban sobre la extraña aparición. Los saludé e intercambiamos algunas impresiones sin importancia. Ya en mi departamento me tragué una pastilla para dormir y me tumbé en la cama.

Al despertar, recordé nítidamente un terrible sueño: dos personas fuertes y con los rostros cubiertos golpeaban con palos al Hombre de Piedra. Los agresores reían divertidos y dejaban de golpearlo cuando el cuerpo empezaba a convulsionarse y el piso se llenó de orines y mierda. El sueño no parecía muy alejado de la verdad y me pregunté quién podría hacer algo así, mientras preparaba café.

Era sábado y aunque la luz indicaba un día avanzado, en la calle no se escuchaba ruido alguno. El silencio me perturbó, no reflejaba la quietud del fin de semana, cuando la gente se levanta más tarde de lo habitual. Me asomé a la ventana, no vi ni autos ni transeúntes. El puesto de periódicos de la esquina estaba abierto, pero el despachador no se veía por ningún lado. Luego de varios minutos me di cuenta que la acera del taller mecánico estaba vacía, el Hombre de Piedra o su sustituto se había marchado.

Regresé aliviada a la cama e intenté dormir otro poco, pero cada que estaba por lograrlo volvía la pesadilla de la noche anterior. Entonces me levanté y me asomé de nuevo a la ventana. Esta vez la calle estaba llena de vagabundos tocando puertas y ventanas de las casas y edificios. El Hombre de Piedra estaba parado en la esquina, erguido, con las piernas separadas y las manos en la cintura en actitud desafiante, como si estuviera orgulloso de sus andrajos y su piel grisácea salpicada de ronchas moradas. Entonces escuché ruidos en el pasillo. Entreabrí la puerta y vi dos vagabundos timbrando en uno de los departamentos de la planta baja. Cerré tratando de no hacer ruido, puse todos los seguros y arrimé un escritorio pesado a la puerta. Luego regresé a la ventana, los vagabundos entraban y salían de casas y edificios como si nada, con el botín en sus manos. No parecían encontrar resistencia alguna, tampoco se escuchaba violencia: sólo el silencio, como si los habitantes del barrio hubieran huido.

Traté de usar el teléfono pero no había línea. Intenté encender la computadora para pedir auxilio por Internet, pero no había luz, luego descubrí que tampoco había agua. Estuve un rato espiando por la mirilla de la puerta, por si llegaban hasta mi departamento en el último piso del edificio. Pero ni siquiera se aproximaron. Intenté llamar con mi celular, pero ya no tenía crédito, de todos modos marqué varios números, esperando que me devolvieran la llamada en cuanto supieran que estaba tratando de localizarlos. Tenía miedo de salir, así que me quedé encerrada, sin hacer ruido y esperando escuchar una patrulla, una ambulancia o a algún vecino. Cuando miré de nuevo por la ventana, los vagabundos parecían haber terminado de saquear, estaban sentados a mitad de la calle: hombres, mujeres y niños, sólo identificables por pequeños detalles como la talla o la estatura. En conjunto formaban una masa negrusca de movimientos aletargados y miradas desafiantes. Habían sacado muebles y víveres de las casas y, sentados en sofás y colchones, comían, dormían y cogían, indiferentes a la intemperie y a la luz del día, acostumbrados a actuar en cualquier sitio, invisibles a los otros.

Ya en la noche vi algunas ventanas que reflejaban una débil luz, seguramente velas. No estaba segura si quienes las habían encendido eran los habitantes o los vagos que se habían apoderado de las viviendas. No pude dormir, pensando que debía ser una pesadilla o que alguien llegaría en cualquier momento a poner orden. De pronto, poco antes del amanecer, todas las luces se apagaron.

 

Llevo ya casi una semana encerrada, no hay ningún indicio de que las cosas vayan a volver a la normalidad. Me parece muy extraño que nadie haya intentado localizarme o a mis otros vecinos. A veces escucho roces y susurros como de ratas que andan por los demás departamentos. ¿Serán los vagabundos o mis vecinos que se esconden? Tengo miedo. ¿Será que los habitantes de La Emperadora se han apropiado de la ciudad? ¿Dónde está la policía y el resto de la gente que transitaba por esta calle?

Casi no tengo comida, no hay agua ni para el escusado que está lleno de mierda. No me he bañado ni lavado los dientes, empiezo a percibir el olor de los vagabundos en mi propio cuerpo. Esta mañana creí escuchar que subían las escaleras, pero no he visto a nadie por la mirilla. Si han saqueado los demás departamentos, el único que debe faltarles es el mío y quizá no tarden. De pronto los escucho subir las escaleras, tratan de no hacer ruido, pero deben ser muchos porque escucho sus pasos como si fuera un ejército completo. Tocan la puerta, pero yo no me muevo, casi no respiro. Quizá si logro convencerlos de que no hay nadie dentro, se eviten la molestia de entrar. Luego de un rato se marchan, pero a la mañana siguiente, muy temprano vuelven a tocar. Me asomo a la ventana que da a la avenida y veo sus cuerpos harapientos dormidos a mitad de calle.

Me acerco de puntitas a la puerta de entrada, escucho unos golpecitos débiles pero insistentes. Dudo. ¿Será posible que sea algún vecino? Entonces escucho una voz que susurra mi nombre, dejo escapar un leve suspiro y la voz ya con toda su intensidad repite mi nombre en una interrogante y luego dice: Soy yo, tu vecina. La voz me suena a Rafaela, la del cuatro: Ábreme, antes de que despierten. Quito el escritorio y los cerrojos con cuidado para hacer el menor ruido posible y abro la puerta, sin mirar antes por la mirilla. Me encuentro con una mujer andrajosa y apestosa. No tengo tiempo de nada, una horda de desarrapados me toma por sorpresa y entra al departamento sin que pueda evitarlo. Y mi vecina, que sí es Rafaela, me toma de la mano y me conduce al fondo de mi propio hogar. El Hombre de Piedra permanece en el marco de la puerta, quieto y callado. Los demás se mueven sigilosos por el departamento, como si supieran dónde encontrar lo que buscan. Rafaela me tiene sujeta de la muñeca, me aprieta sin hacerme daño, pero con la fuerza suficiente para no dejarme escapar. Nadie hace ruido, todo es silencio.

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