Tierra Adentro
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Quiero hacer una confesión: amo el ciclismo tanto como el teatro.  Ambos me hacen sonreír y ambos llegaron para llenar mis pulmones de vida.

Encontrarme con Mónica Perea, dramaturga, directora, productora teatral y ciclista de corazón, ha sido  una grata sorpresa, pues ella es la encargada del programa “Teatro en bici”.

No dudé ni un segundo en acercarme a Mónica para hablar acerca de este hermoso proyecto, que sé, interesará a diversos grupos de ciclistas en el Distrito Federal.

Itzel Lara: ¿Cómo se te ocurrió la iniciativa de “Teatro en bici”?

Mónica Perea: Desde hace más de dos años, al entrar de lleno al mundo del ciclismo urbano conocí los grupos que se reúnen para rodar por la ciudad y sus alrededores. Me encantó poder compartir paseos y aventuras con todos ellos. Así que, con el apoyo del grupo al que pertenezco, Insolente, hicimos la primera rodada al teatro como un evento por el día del amor y la amistad. Luego, gracias a los chicos de BiciGourmet, me animé a hacer las visitas al teatro de manera periódica.

Desde siempre he visto en el teatro el problema de la falta de público. Me parece fundamental el acercamiento de nosotros como hacedores de teatro al público para que nuestro trabajo tenga más eco y podamos fomentar una necesidad entre las personas para consumir teatro. No contamos con las grandes infraestructuras de medios masivos de comunicación. La comunidad ciclista tampoco cuenta con ellas y se ha propagado de manera monstruosa. Es una forma más de interesarse por el teatro.

Yo misma era asidua asistente de la Escuela del Espectador de Bruno Bert y he leído sobre la original de Dubatti en Argentina. Creo que es una gran idea poder forjar un público crítico que, de entrada, ya tiene un poco más de apertura por el simple hecho de ver la bicicleta como su principal medio de transporte.

Primera rodada al CCB con Insolente a ver La pequeña habitación al final de la escalera.

Primera rodada al CCB con Insolente a ver La pequeña habitación al final de la escalera.

IL: Explícanos cómo logras los acuerdos con los teatros para los descuentos.

MP: Los que hacemos teatro sabemos la importancia que tiene llevar gente a las salas, sobre todo cuando hacemos teatro independiente, pues de la taquilla dependen los sueldos. También intuimos la importancia de la publicidad de “boca en boca”. Así que a nadie le viene mal que, de pronto, llevemos a sus puestas a un montón de gente que, de otra forma, no hubiera asistido. Sólo una vez nos limitaron a 10 los descuentos. De ahí en fuera, incluso los grupos piden que los ciclistas acudamos a sus obras.

IL: ¿Alguna institución se te ha acercado para darte apoyo? Algún tipo de asesoría para los que hacen las rodadas, etcétera.

MP: Pocas veces los ciclistas se acercan, pero lo han hecho para pedir apoyo en las diversas actividades que realizan. Yo he sido quien se ha acercado tanto a los grupos bicicleteros como a las instituciones. En el INBA, por ejemplo, fue a quienes me acerqué primero. Pero ya sabes, esa burocracia que alienta un poco el trabajo. Tenían el estacionamiento en remodelación. De pronto, meses después vi su iniciativa de los “viernes de al teatro en bici”. Francamente, me molesté un poco al principio. Luego, me buscaron ellos mismos para unir esfuerzos, ofrecer algunas cortesías y trabajar en conjunto, lo cual me pareció excelente idea.

También estuve tomando unos cursos de Empresas culturales en la Secretaría de Cultura, donde me ayudaron a ponerle más orden al proyecto. Ángel Ancona también nos abrió las puertas y nos brindó todas las facilidades para acoger ciclistas en los teatros del GDF.

IL: ¿Desde cuándo empezaste con el ciclismo?

MP: Desde hace un poco más de dos años y debo decir que me cambió la vida, tal como lo había hecho el teatro unos años antes.

IL: ¿Podrías definir para ti qué significa andar en bicicleta?

MP: Definitivamente no puedo usar otra palabra que no sea libertad. Aunque sea un cliché, pero es cierto. No me imagino ya andando en metro, siendo aplastada por toda la gente, con poco oxígeno y sin moverme. Mi ahora medio de transporte me permite hacer ejercicio mientras me traslado de un lugar a otro. Además, no deja de pasar a las 12 de la noche, no pasa por alcoholímetros ni se sube nadie a asaltar. Es independencia y es mucha insolencia.

El grupo Huizicleteros pedaleando en La Capilla luego de ver Sensacional de Maricones.

El grupo Huizicleteros pedaleando en La Capilla luego de ver Sensacional de Maricones.

IL: ¿Cómo se conjunta en tu vida el teatro y el ciclismo?

MP: Lo que más me gusta del teatro es verlo, luego, escribirlo y, finalmente, producirlo. Hago mucha producción porque me gusta estar atrás, ver cómo se produce la magia sobre la escena y ayudar a crearla. Se lee bonito, pero quienes están en backstage saben lo estresante que es ir a comprar las cosas que se necesitan, cotizar, coordinar, ir a sacar copias, hacer el papeleo, las carpetas, los ensayos… Ese trabajo tan indispensable, poco valorado y que pocos alcanzan a apreciar. Apenas me rendía el tiempo para todo. Con la bici, hacía menos tiempo a todos lados y no llegaba fastidiada del camino. No pasaba ninguna hora detenida en el tráfico gastando el dinero de la producción en taxis. Así fue, de manera orgánica.

Recuerdo una vez que para el montaje del texto de Veronica Musalem Nueva York versus el Zapotito que dirigió Arnaud Charpentier en el Helénico necesitábamos un tablón de triplay que fui a conseguir a una maderería hasta el eje 10 y llevé al teatro en mi bicicleta. Me veía como el Pípila versión ciclista. Con esa misma puesta en escena nos fuimos de gira al Itsmo, en Oaxaca y Patricia Rozitchner, la magnífica productora y ahora amiga, me permitió llevar entre la escenografía mi bicicleta por si surgía alguna emergencia.

Lo primero que se me ocurrió fue llevar a la gente en bici al teatro. Tuve una buena respuesta. Los ciclistas acostumbran verse por las noches (diario hay un grupo distinto que rueda desde diferentes puntos de la ciudad), hacen una parada para cenar y regresan al punto de encuentro. Vi la oportunidad de, en lugar de parar a comer, pararan para ir al teatro.

Por otro lado, a mediados de 2013, me quise regalar por mi cumpleaños el estreno de una puesta en escena de mi autoría. El capricho resultó en una temporada de 3 funciones con las que inauguramos los Martes de Teatro en la Pulquería de los Insurgentes con Gordita, la primera producción del proyecto. Además, Teatro en bici abrió un foro para los teatreros que buscan espacios de representación y fomentamos un público que aparte de ir a beber, puede disfrutar de un espectáculo sin costo extra.

Si estás interesado en disfrutar de un  paseo en bici, conocer nuevos compañeros del camino, pasar un buen rato en el teatro, o como teatrero, proponer alguna obra para su foro,  no dudes en seguir a “Teatro en bici”, a través de facebook:

“Teatro en bici”

Twitter:

@TeatroEnBici

Y el correo: teatroenbicidf@gmail.com

Y como decimos en el argot bicicletero: Felices rodadas a todos.

Gordita.

Gordita.


Autores
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.

La locura, contrario a lo que se cree comúnmente, en realidad es un exceso de lucidez. Casos como el de Rodrigo de Souza Leão (Río de Janeiro, Brasil, 1965-2008) hay varios en la historia de la literatura universal: el conde Lautremont fue considerado un loco y sin ir tan lejos -a otras literaturas- en México tenemos el caso moderno de Jorge Cuesta, quien también pasó temporadas en clínicas psiquiátricas y fue acusado de loco no obstante haber sido el más intelectual y cerebral de su grupo, los Contemporáneos. (Por último, me viene a la mente la genial novela de Cristina Rivera Garza, Nadie me verá llorar.)

Además, la locura ha seducido a todas las artes, no sólo la literatura, y en todos los tiempos: Van Gogh, a quien se hace referencia en el primer capítulo de Todos los perros son azules, plasmó su propia demencia en sus pinturas más conocidas, incluso en su autorretrato que a pesar de lo colorido, se retrata de forma por de más lúgubre (para no hablar de Francis Bacon, una de cuyas obras ilustra la portada del libro).

El protagonista de Todos los perros son azules, una especie de alter ego o de heterónimo de De Souza Leão, recuerda que primero a los 5 años se tragó un chip (y es cuando tiene un perro azul de peluche), y a los 15 años se tragó un “grillo” que, según una nota del traductor, en el argot brasileño un “grillo” es “una preocupación, algo que incomoda o fastidia”. Algo, pues, en la mente le habla. Es internado en una clínica psiquiátrica -que imagino como la de la película La princesa y el guerrero, de Tom Tykwer- después de haber intentado incendiar la casa de su familia y allí se desarrolla toda la historia.

De manera que en Todos los perros son azules, el discurso aparece inconexo, dislocado, muchas veces reiterativo, pero siempre con lucidez, con la coherencia que a veces no tenemos los cuerdos. Las conversaciones que sostiene con Rimbaud primero y luego con Baudelaire son, sobre todo, evidencias de una imaginación desbordaba, de una mente que no está apresada por el raciocinio. Las limitaciones no tienen cabida en esta novela desbordada de lenguaje, discurso y creatividad.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Orquesta Sinfónica de Londres. Fotografía: Frantisek Fuka

El presente texto es apenas la introducción a una serie en torno a la música sinfónica. Con dicha serie me propongo hacer una invitación a lectores poco o nada familiarizados con la música sinfónica a que reflexionen sobre el carácter estético e histórico de esta música.

A diferencia de otros géneros musicales que quizás vienen a la mente del lector al escuchar la palabra popular, la sinfonía es el género popular por excelencia. Su historia rebasa ya los doscientos años y desde sus primeras manifestaciones ha contribuido no sólo a múltiples expresiones musicales sino a la manera en que entendemos nuestro carácter de sociedad. Aunque hoy en día no solemos reparar en ello, la historia de la música es probablemente el mejor registro de nuestros vínculos sociales y estéticos; su tradición, sus revoluciones y su constante ausencia de texto forman un reto único para poner a prueba nuestra capacidad de atención, imaginación y riesgo como creadores, intérpretes y escuchas.

Desde las primeras sinfonías en los albores del siglo XVIII hasta las más complejas creaciones en esta segunda década del siglo XXI, la música sinfónica ha sido mucho más que una serie de invenciones melódicas. La historia de la sinfonía es la historia del continuum de ciertas convenciones estéticas y diversas maneras de transgredirlas. Si bien el término sinfonía se empleaba para obras de carácter introductorio a otras obras como las oberturas de las óperas o las suites barrocas, la sinfonía como una serie de varios movimientos (generalmente cuatro) nació en Europa central en el siglo XVIII. Durante los siglos XIX y XX se desarrolló exponencialmente; se convirtió en la mayor expresión artística y la mayor aspiración de la mayoría de los músicos.

La historia de la novela es semejante a la de la sinfonía porque ambas se convirtieron en géneros dirigidos al gran público y ambas expresaban un sentir comunitario. A diferencia de géneros de mayor intimidad como la poesía o la música de cámara, la sinfonía y la novela se convirtieron en géneros artísticos para las masas.

Y al igual que para muchos autores la novela es un vehículo de expresión de ciertas ideas de carácter social, una sinfonía es también un manifiesto de lo que significa la música para ciertos compositores, músicos, directores de orquesta y el público. Ningún otro género musical expresa de manera más directa el conjunto de ideas de aquéllos a quienes convoca (los arriba mencionados) porque no hay un género más democrático ni, paradójicamente, más frágil. En una sinfonía caben todos los registros y texturas musicales; todos los tipos de instrumentación se ven ahí representados.

Sin embargo, a veces perdemos de vista qué tipo de ideas son las expresadas en una sinfonía y, por ende, a qué podemos poner mayor atención al escuchar una sinfonía en aras de hacer más completa nuestra experiencia como escuchas. A fines del siglo XVIII, por ejemplo, sólo la nobleza escuchaba sinfonías debido a lo increíblemente caro que era contratar a una orquesta para tocar. Más tarde, en el siglo XIX, la sinfonía sirvió de entretenimiento para la burguesía, ya que resultó un género más fácil para acercarse a la música en general. Para el siglo XX las sinfonías ya formaron parte de todo un acontecimiento mundial gracias a la tecnología que permitió su reproducción ilimitada. (Y aun entonces Theodor Adorno advertía que escuchar una sinfonía en la radio en lugar de escucharla en vivo implicaba destruir su carácter de comunión.)

Desde las sinfonías señeras de Haydn hasta obras recientes de Luciano Berio o Per Nørgård, pasando por Beethoven, Mahler, Bruckner et al, la sinfonía ha concentrado tensiones que dan cuenta de nuestras estructuras y relaciones sociales. Al presentarse una sinfonía han surgido cuestiones que resultan en la historia de la expresión estética e ideológica de occidente. ¿Quién le pagó al compositor y a los músicos?, ¿qué debía representar tal sinfonía?, ¿cuál fue la recepción del público y de la crítica especializada?, ¿en qué lugar se interpretó una obra? (Pensemos por ejemplo en la Orquesta de la paz creada por Daniel Barenboim y Edward Said, integrada por músicos palestinos e israelíes.)

Debido a que estas páginas son una invitación y un diálogo abierto, le pido al lector que tome en cuenta las siguientes consideraciones: no se trata de una Historia de la Sinfonía ni un canon de la misma; tampoco es mi interés ahondar en cuestiones técnicas de las obras reseñadas (salvo cuando ello resulte esencial en la elaboración de un argumento); y finalmente, como toda invitación, esta serie de textos tiene un carácter arbitrario y subjetivo. Hablaré de aquellas sinfonías que a mi juicio registran mejor el carácter de este género musical. Mi interés es que al finalizar la serie de reseñas sobre diversas sinfonías, el resultado sea una guía para una apreciación musical del género sinfónico.

En las próximas páginas hablaré de sinfonías específicas (un breve capítulo para cada sinfonía) atendiendo no sólo a datos relevantes como fechas de composición y algún otro apunte historiográfico sino también ofreceré comentarios sobre distintas interpretaciones. Es sorprendente lo distinto que puede sonar una misma obra sinfónica en manos de distintos directores, orquestas y contextos.

Sé bienvenido, querido lector, a este diálogo abierto en torno a la música sinfónica y, por lo tanto, a estas reflexiones en torno a los tiempos que vivimos. Escuchar, al igual que leer, es también una forma de modificar el mundo.


Aquí les dejo el siguiente video de La guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten:


Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.

En mis experiencias traumáticas más recientes ha estado presente la bicicleta. Dos tipos me asaltaron a mano armada mientras cargaba mi bici para cruzar las vías del tren. Pedaleaba alegremente hacia la universidad cuando fui arrollada por una camioneta de señora. Dos veces salí de eventos que cubría para el periódico y no encontré en el bicipuerto más que un candado roto. Ninguno de esos eventos me ha quitado el gusto de pedalear por la ciudad.

Hace cinco años que me transporto regularmente en bicicleta. Primero en Toulouse (Francia), luego en Guadalajara (México) y ahora en Madrid (España). Y en definitiva no empecé a hacerlo por mi amplia conciencia medioambiental. Tampoco tenía inquietudes de activismo ciudadano ni estaba intentando ser fashion o cool. Incluso, más de una vez me avergoncé de ir cargando con tantos tiliches, de llegar sudada a los lugares o de complicar algún traslado grupal. La razón de mi necedad era más simple: necesitaba desplazarme distancias medias y quería ahorrarme los euros del transporte.

Entonces me empecé a enamorar de la bicicleta, que hasta el momento había sido –si acaso– un buen recuerdo de infancia. Descubrí las múltiples bondades de las dos ruedas y me hice adicta a avanzar con la sensación del aire en la cara. Conocí los entresijos de la ciudad en la que crecí y de las que elegí para escaparme un rato. La bici mejoró mi humor y mi economía. Y me dio la idea (y el pretexto) para hacer un proyecto de fotos urbanas que se convirtió en un librito: Ciclovista Guadalajara.

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Cada vez es más común ver, en Guadalajara y otras ciudades, a jóvenes que optan por este medio de transporte. Pero hace apenas cinco años, al menos yo no contemplaba otra opción que no fueran los desplazamientos motorizados. Primero, por las largas distancias de una ciudad que ha crecido sin ningún control, y cuya infraestructura se ha planteado en función del automóvil. Después, por el enorme déficit de cultura vial de los tapatíos, personificado de manera magistral por los temerarios camioneros. Y quizá lo más importante: porque apenas surgían, o eran muy jóvenes, las asociaciones ciudadanas en pro del ciclismo urbano. En el último lustro no sólo se han multiplicado, sino que han logrado tener una presencia importante en la ciudad. Con la bicicleta como estandarte han promulgado los valores de ecología, la ciudadanía y el activismo, y las redes sociales han contribuido para que muchos tapatíos hayan comenzado a escuchar.

También la Vía Recreactiva, que cumplirá diez años en septiembre de 2014, ha sido un factor fundamental para este paulatino cambio de mentalidad. Basta con salir un domingo a alguna de las avenidas reservadas a bicicleteros y peatones, para respirar una atmósfera de ciudad amable y cosmopolita.

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Cuando regresé de Europa (en 2009) y decidí que también quería ser ciclista en Guadalajara, más de alguno consideró que era un acto poco menos que suicida. Especialmente mi papá, quien insistió en que abandonara cuanto antes mis ideas progre: las cosas no funcionaban igual en nuestro entorno y era demasiado riesgoso pretender lo contrario.

Y es cierto que no es cualquier cosa transportarse en bicicleta en una ciudad con más de un millón y medio de automóviles. O mejor dicho, en las ciudades en general. No en vano existe el movimiento global de Bicicletas Blancas (o ghost bikers), con el cual los grupos ciclistas denuncian la muerte de sus colegas en accidentes que involucran vehículos de motor. Las viejas bicis blancas colocadas como esculturas urbanas en postes o camellones buscan crear conciencia sobre las vidas perdidas en la ruta.

Aun así, seguí adelante con mis planes. Me compré una linda bicicleta antigua en el tianguis de El Baratillo y empecé a hacer mis traslados en bicicleta. Me atropellaron una semana después. Afortunadamente no fue nada grave. Lo peor fue el tremendo susto, después algunos moretones y claro, el golpe al ego. Pero no podía desistir tan pronto y decidí equiparme lo mejor posible: casco, luces, timbre, guantes y un espejo circular que fue el punto de partida para la serie de fotos de Ciclovista Guadalajara.

Con esas imágenes hechas a través del retrovisor, quise decir que mi percepción de la ciudad cambió por completo cuando me convertí en ciclista. Nací y crecí en Guadalajara pero durante muchos años la vi casi siempre desde el coche en movimiento. A una fría distancia que creía natural, y que sólo se fue rompiendo al ritmo del pedaleo.

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También mi relación con la bicicleta ha ido cambiando con el tiempo. Aquel proyecto fue posible gracias a mi desempleo post-universitario, pues mi ocupación en esos días consistía básicamente en pasear y hacer fotografías. Inevitablemente el libro reflejó esa visión romántica: estaba convencida de que la bicicleta era el culmen de la civilidad y una herramienta con todo el potencial para cambiar el mundo.

Luego me convertí en reportera y mis días se llenaron con prisas. La bici adquirió de nuevo el carácter utilitario que me impulsó a adoptarla en un principio, pues sin duda era la mejor opción para moverme por el centro de Guadalajara y sus alrededores. A las muchas ventajas del pedaleo urbano se añadió el combate contra el estrés. Pero después de la segunda bicicleta robada fue inevitable mi desencanto con la ciudad y con el ciclismo.

Ahora en Madrid he regresado a un justo punto medio. Tengo una bicicleta plegable que utilizo más para el ocio que para el transporte habitual, y así la ciudad es más disfrutable. A diferencia de Toulouse, la capital española no tiene demasiadas ciclovías, pero las bicicletas tienen su sitio en el segundo carril de la derecha –a un lado de los autobuses— y los automovilistas son bastante respetuosos.

Sigo creyendo que la bicicleta tiene la capacidad para cambiar al mundo. Y más en estos tiempos, cuando está comprobado que la principal causa del cambio climático es la quema de combustibles fósiles. Pero hablar en escala global es demasiado.

Lo que es seguro es que la bici mejora las experiencias individuales de quienes emprenden una relación con ella. El ciclista se ahorra la membresía del gimnasio. No gasta en metro, ni autobús, ni combustible. No pierde el tiempo en atas automovilísticos o en encontrar estacionamiento. Se conoce las calles como su mano. Avanza con una sensación de libertad que nunca podrá darle un traslado bajo tierra. Y ya de paso, reduce su injerencia en esa amenaza latente llamada calentamiento global. Es menos parte del problema y más de la solución.


Autores
(Guadalajara, 1985) es ciclista urbana, fotógrafa y periodista por accidente. Sin saber muy bien para qué, cursó la carrera de Estudios Internacionales en la Universidad de Guadalajara. Después empezó a hacer fotos y publicó el libro Ciclovista Guadalajara (Editorial Universitaria, 2011). Consiguió trabajo como reportera de ‘noticias suaves’ (soft news) en el periódico El Informador y actualmente cursa el Máster en Periodismo del diario El Mundo, en Madrid. Es fan reciente de The National, amante de los gatos y aprendiz de yogui que quiere vivir mejor sobre la tierra.

–Para Gabriel Zaid, que sabe leer en bicicleta, en sus espléndidos 80 años


En nuestros días vemos con regocijo que el uso de la bicicleta es cada vez más popular en todo el mundo. Hay que subrayar que entraña muchas cosas: una manera de disfrutar el ocio, una actividad deportiva, una posibilidad de reconstuir la vida urbana.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
PX

Leo Canciones Mexicanas de Gonçalo M. Tavares, un texto escrito a partir de la estancia de este escritor portugués en la Ciudad de México, el lugar monstruo desde donde yo también escribo y observo, pero del que no logro una disección tan pulcra.

A través de su microscópica prosa, uno ve distinto este lugar. Un sitio donde la catedral se está hundiendo y Tavares se pregunta: ¿hacia qué lado se hunde? “Hacia la derecha” le responde su guía. Todo es metáfora para el portugués y yo quisiera ver también esas metáforas porque sé que ahí está la clave, aunque no sé de qué.

Al tratar de mostrarle la chilanguería, una suerte de mexicanidad centralizada, sus acompañantes le hablan del respeto −la sumisión, la obediencia, la admiración diría yo− que se le tiene al mezcal. No hay ciudad sin él, como no hay ya ciudad sin el torito y el tipo al que lo delata su perico en las noticias de la tarde. Cuidado con el mezcal, una gota y hueles, una gota y caes.

Al mismo tiempo le advierten, por cierto, que se cuide de los tremendos hoyos que conforman nuestro suelo. Otra forma de caer, dicen. “Hay agujeros por todos lados, te caes y desapareces, pero nadie te ve; desapareces y vas a dar a la alcantarilla, te cortan el cuello, mandan venir los ratones mexicanos, que son gorditos pero que también tienen mucha hambre, tienen las dos cosas, son gordos y están hambrientos…” El primer dolor es que nosotros estamos gorditos y con tanta hambre. Tanta que hemos hechos de la comida nuestra patria. Tal parece que no queda más. Cuando me piden referencias turísticas −si me las hubiera pedido a mí Tavares, por ejemplo− indicaría dos lugares: tienes que visitar sus tacos y sus piedras. La comida aquí es un lugar, le digo a mi imaginario escritor portugués, quizás el único sitio donde, de vez en cuando, nos encontramos sin ignorarnos o rompernos el hocico los que tenemos pasaporte mexicano. No conozco un solo chilango que aguante mucho tiempo en el extranjero sin lamentar la pérdida de su territorio culinario. No conozco alguien que no baje del avión pensando en unos tacos al pastor. La mayoría de los expatriados extrañan más las tortillas, los limones y el cerdo axiotado (o cualquier otra carne taquera) que a su propia madre. La mayoría se duele de los bobos sucedáneos: la tortilla en bolsita, el maldito chile que no pica, el limón que no hace sus milagros.

Más allá de buscarme como chilanga en el libro de Tavares, hay revelaciones  con las que me duele este lugar: la escenificación de una pelea, como de gallos, pero  con niñas de siete años (quizás una alegoría de la prostitución infantil) donde el presentador en tono de payaso de circo (o así lo imagino yo) grita: “…esto no es un espectáculo para quien no conoce México, es un espectáculo para quien conoce la maldad. ¿Tú conoces la maldad? Si es así, puedes entrar.”

El segundo dolor es la escena de Tavares cuando alguien le explica lo que ocurre el día de la Independencia en el Zócalo (que él confunde con el día de la Revolución): Alguien grita ¡Viva México! y el portugués se pregunta qué sería del país si desde el balcón de Palacio Nacional, el presidente se atreviera a gritar ¡Viva la ciencia!   ¿Qué pediría yo que gritara el presidente −si me importara lo que dice ese señor− en lugar de ese espantoso ¡Viva México!? Quizás algo que no me alejara tanto del poder de lo pequeño. México, quién sabe qué será eso.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Alto Guardián acrílico sobre madera, 2003.

Tijuanense de nacimiento, ilustrador por decisión, entre acrílico, tinta, acuarela, pluma, lápiz, técnica mixta, lo digital y la instalación Mrglaubitz (Charles Glaubitz González) vive y trabaja para el desarrollo creativo de un mundo particular, abierto a todo aquél que quiera adentrarse participando con sus ambientes y personajes.

Mrglaubitz tuvo como noción primera, el acto preciso de dibujar sobre las bolsas de papel del supermercado. Comenzó desde pequeño, ¿el contexto? ver animaciones, video juegos, leer cómics. Justo es entonces cuando decide una vida para el adulto que se imaginaba iba a ser: dedicarse a dibujar cómics. Mrglaubitz comenta: El mundo visual me atrapó, el mundo de la imaginación y su contenido tomando forma en lo visual. Me influenció mucho mi niñez, en los años setenta, específicamente en el año 77 cuando apareció la saga de La Guerra de las Galaxias; me envolvió el mundo épico, mítico, místico y cósmico.

Charles Glaubitz estudió la licenciatura en Artes Plásticas en el California College of Arts en San Francisco, CA. Se preparó profesionalmente en diseño gráfico, ilustración y arte. Durante los últimos diez años, su trabajo ha consistido en la creación plástica a partir de diversas técnicas así como ilustrando en diversas revistas, novelas gráficas y animaciones. Ha sido reconocido con diversos premios y distinciones; en 2005 participó como becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes Jóvenes Creadores.

Ante la oración que indica describir “dibujo” en una sola palabra, Mrglaubitz responde: “pensar”.  Sencilla y sabia palabra que como anzuelo lanza. Los ambientes y personajes de Mrglaubitz explayan una realidad posmoderna con diversos matices relacionados entre lo épico y una mezcla de futurismo dislocado pero muy bien anclado en sus referentes inmediatos: lo de hoy.  Me atrevo a decir que en esta narrativa gráfica el juego del y con el tiempo es una suerte de broma precisa, con la que el artista plantea sus visiones.

Revolutiona Avenue Tijuana

Revolutiona Avenue Tijuana

 

 

Mrglaubitz responde para este blog algunas preguntas:

¿Cómo describes el arte?

El arte es una llave a las esferas del inconsciente, a lo efímero; una llave que busca manifestar la experiencia de existir, de estar.

¿Cuál es tu apreciación sobre la gráfica contemporánea en México?

Hay muy una multitud de viejos y jóvenes artistas creando, mezclando, combinando lo tradicional, lo tecnológico hacia algo nuevo, algo contemporáneo. Unos desafiando lo tradicional  y otros impulsando lo tradicional hacia nuevos horizontes. Siento que se ha vuelto a dar un lugar nuevo a la gráfica, a lo visual. Mostrando la riqueza de la imaginación y creatividad en México.

¿Cuáles son tus influencias más poderosas hasta el día de hoy? Nombra algunos autores/as que sean de tu interés.

Jack “King” Kirby, José Guadalupe Posada, Jean Giraud, “Moebius”, Hayao Miyazaki, Gary Panter, Alejandro Jodorowsky, Windsor Mckay, José Clemente Orozco, Osama Tezuka, Taiyo Matsumoto.

 

Del comic:  Sigil de Crystal tinta china sobre papel, 2010.

Del comic: Sigil de Crystal tinta china sobre papel, 2010.

 

¿Qué es lo que más te interesa en cuanto a la gráfica y su desarrollo creativo?

Me encanta el poder narrativo de la gráfica, la capacidad de comunicar algo con cierta exactitud de contenido. La capacidad de expresar sensación, emoción del uso de un trazo, de hacer una marca sobre un plano limpio. El desarrollo creativo que me encanta es la exploración de bocetos: cómo buscar, cómo generar la mejor forma para expresar el contenido. El proceso de la búsqueda de la forma para mi es la parte más creativa y libre. La ejecución es un proceso diferente, ya es generar el contenido en figura, en forma y resolver la desarmonía que se manifiesta al hacer el primer trazo, la primera inclusión de color, para lograr de nuevo la armonía de la distribución de los elementos que componen la gráfica.

Describe la historia o conceptualización de uno de tus personajes favoritos.

El Niño Índigo es mi personaje favorito, es el guerrero metafísico espiritual. El que ha comprendido crear su llave para poder viajar de un plano a otro. En la narrativa existió primero El Niño Burro, personaje subversivo, rebelde, inconformista que se sacrifica tipo kamikaze para destruir a las maquilas y detener la explotación de la naturaleza. Se autosacrifica y sucede un “Leve UP” re-nace en el nuevo mundo como El Niño Índigo, que está basado en la idea de la “Nueva Era/New Age” la cual explica que nacerán niños en un estado superior, el siguiente paso a la evolución humana.

¿Cuál ha sido la importancia de la frontera política, geográfica y económica de Tijuana en relación a tu trabajo y vida como artista?

Al inicio de mi carrera era el tema principal: los encuentros con la frontera, con sus políticas sociales y económicas. La frontera es solo un borde físico, una entrada a la cual uno debe tener acceso político para poder libremente cruzar de un lado a otro. Lo físico de la frontera era sólo eso: un encuentro físico con algo inmovible. Ya después me di cuenta de que la razón del borde fronterizo nace de nuestra incapacidad de poder transcender lo físico y decidí tratar ideas sobre lo metafísico que es o puede ser la vida en la frontera.

¿Qué sugieres a los jóvenes dibujantes de hoy?

Dibujar todos los días, expresar sus pensamientos sin temer el exterior, buscar el encuentro medio del inconsciente y consciente. Mirar hacia afuera y mirar hacia el interior.

Aquí las páginas de Charles Glaubitz, creador tijuanense de corazón:

www.mrglaubitz.com y www.charlesglaubitz.com

 Niño Burro, aguafuerte, 2012.


Niño Burro, aguafuerte, 2012.

 

 


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Parque Morelos. Fotografía: Claudia Sandoval

 

Parque Morelos, territorio inhóspito. Hogar de oficinistas con vans que se creen superiores a los oficinistas con zapatos. Una banda de cretinos mexicanos de Los Ángeles que se cree superior a una banda de cretinos mexicanos de la Calzada. Misma entrañable mierda.

Allá voy pedaleando ya dos cuadras lejos de casa. Logré atravesar Angulo un matadero de transeúntes arrollados por la estampida de camiones grises y transportistas esclavizados. Pedaleo. Yo soy yo y mi Apache triciclo rojo con tres llantas y una caja de metal la Reina, mi perrita corriente, me acompaña     odia a niños y policías (no sabe lo que soy). Pedaleo.

Nada de lo que llevo me salvará la vida: un cuaderno con mi abuelo muerto dibujado y algunos recortes de hostias. Nada de lo que llevo me salvará la vida. Pedaleo.

Allá voy a través de San Diego hasta llegar al desierto de grava, afuera de la Cruz Roja. Me introduzco al parque. Pedaleo. Su centro es un espacio oscuro cielo tapiado de flechas todavía con hojas una pequeña cantina con borrachos que se miran pobres y un futbolito. Pedaleo. Ellos no son oficinistas. Pedaleo. Son desempleados, basureros, jardineros. Pedaleo. El mobiliario: animales de cemento cocodrilo, jirafa, elefante            uno que no reconozco. Dejo mi triciclo monto sobre ellos. Cuellos largos, cuellos tiesos, cuellos cansados de tumbar niños hambrientos por montón. Patas huesudas, abiertas de cabalgarles sus crujientes cabecitas de avellana crujientes cabecitas muertas de nenes olvidados en el IMSS, de nenes no adoptados por mi madre a pesar de sus preguntas sistemáticas.

¿Y vos querés un hermanito? Habría dicho mi madre sudamericana, pero no la mía —pequeña oficinista con zapatos.

Que dejaron a un niñito en los cuneros, decía.

Más de alguno habrá quedado con pupilas transparentes bajo lozas transparentes de plástico que otorga el seguro social gracias a los pagos tripartita.

Ojalá no hayan muerto. No aún.

Otros habrán llegado a montar este elefante bofo            de estómago agujereado (buen escondite) sin colmillos sin orejas memoria de pez

A estas bestias hay que saltarles al lomo y recorrerlas una y otra vez, día tras día, como si de eso dependiera no quedarse ahí por siempre, y convertirse en un oficinista con vans. ¡A trepar jirafas se ha dicho! A gatas por el lomo de lagartos y a rasparse.

Ahora grita el oficinista mayor, el gran jefe dice que baje pero no quiero está alto que baje o me baja dispara con su apuntador láser

Caigo sobre él y me llevo sus lentes de pasta al piso Reina ladra

Subo a mi triciclo y aúllo. Pedaleo. Aúllo como nunca lo haré de nuevo en 25 años. Pedaleo. El oficinista con vans me insulta y corre detrás blandiendo el puño, pedaleo, como en una mala traducción de Dostoievski, pedaleo. Su pie plano y pantalones apretados mis aliados. Pedaleo. Casi nos alcanza. Pedaleo. No miramos atrás. Pedaleo. Hay chamizos cruzándose en nuestro camino ruedas de plástico con figuras geométricas ensamblables para niños con edades de entre 12 y 23 meses de edad girando sin control. Pedaleo. No miramos atrás pero yo miro al lado. Pedaleo. En una banca, una pareja se besa. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Los ojos cerrados, la mano de él escondida en la espalda de ella, el rostro de ella inexistente. Pedaleo. Todo es una nuca y cabello negro y espalda blanca y cuatro piernas. Pedaleo. Demasiado malo para ser mentira. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Si no me volteo seré una niña atroz por siempre. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Me acerco demasiado pedaleo     pedaleo     pedaleo

Apache se vuelca y caigo. La pareja voltea sorprendida y ríe. El oficinista se ha detenido y ríe aún más. Mi boca abierta rodilla sangrante cuaderno deshojado

Mis pies se contraen zapatos vuelan zapatos de piel de animal cimentado

Reina se come los recortes de hostias

Las tres llantas del triciclo giran en el aire y bajo ellas voy pequeño insecto que antes de morir da la última vuelta al parque patas al cielo.


Del libro Apache y otros poemas de transportes autoimpulsados, editorial Mono, 2013.

El parque Morelos. Fotografías de CLAUDIA SANDOVAL

 


Autores
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.