Tierra Adentro

El judeoespañol o ladino es una lengua que mantiene muchas palabras y giros del español que se hablaba en el siglo XV en España. “Facer en ladino” se refiere a traducir del hebreo al latín vulgar (el español) las escrituras de la Torá. Cuando los judíos fueron expulsados de España en 1492 obligados a dejar todas sus pertenencias lo único que se llevaron consigo fue su lengua y no dejaron de hablarla donde se instalaron porque,como dice Marcel Cohen en el poema incluido en este libro, “seguros ke stavan de avlar la mas precioza lingua del moundo, una lingua jalus sakrada, dulse komo la myel”.

En 2009, Fernando del Paso ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua con un discurso sobre los sefardíes, su importancia en la España anterior a los Reyes Católicos y su herencia Medio Oriente donde el ladino tuvo una importancia indiscutible pues era la lengua que se hablaba en los puertos para comerciar; luego, Del Paso amplió su estudio en “Bajo la sombra de la Historia” (FCE, 2011). Después, Myriam Moscona publicó su fabulosa novela “Tela de sevoya” (Lumen, 2012) en la que recrea el entorno familiar en el que se hablaba judeoespañol y un viaje a Bulgaria, a donde se instaló su familia cuando salieron expulsados de España. (Sefarad es España en hebreo, de allí que a los judíos españoles se les llame sefardíes.)

En países como Turquía, Grecia, Bulgaria y los Balcanes, el ladino se siguió hablando, resistiendo a las lenguas mayoritarias u oficiales que de hablan allí y no pocas veces “contaminándose” de palabras o grafías locales, pero en América Latina el judeoespañol se fusionó con el español local así que se perdieron sus “bierbos” (palabras) y sus hermosos giros gramaticales del siglo XV. De allí la importancia de reunir en un libro las obras literarias que se escribieron en ladino, más allá de que es una lengua llena de refranes y kantikas (poemas) populares.

Compilado por la poeta Myriam Moscona y por el investigador José Sefamí, el libro “Por mi boka” reúne fragmentos de la Biblia de Ferrara, el Meam Loez -un libro de interpretaciones rabínicas de la Torá- y cuatro poetas en ladino: Clarisse Nicoïdski, el recién fallecido Juan Gelman, Marcel Cohen y Denise León, con versiones en español contemporáneo (aunque en particular prefiera leer y citar directo del ladino, el lector encontrará esa versión que le facilitará la lectura). Además, como sorpresiva curiosidad, están los primeros capítulos del Quijote y el Martín Fierro traducidos al ladino; Moscona y Sefamí lamentan no haber podido conseguir los derechos de reproducción del primer capítulo de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

El título general del libro es tomado del bellísimo poema en prosa del francés Marcel Cohen, quien además escribe sobre el desarraigo de ser otro en la tierra de los otros: “Lo kuryozo kon todo esto es de pensar ke fue yo un ebreo para los spagnoles antes de la salida, despues un espagnol para los turkos, un turko para los franceses […] y ahora sto un frances para los espagnoles…”

Sobre el ladino, bien podría decir Gelman a su vez:

dibaxu dil cantu sta la boz/
dibaxu di la voz sta la folya
qu’il árvuli dexara
cayer di mi boca

Finalmente, el ladino es una lengua casi muerta, muy pocas personas la hablan en el mundo, sobre todo, escribe Moscona, porque no hay niños que la hablen lo cual hace que la esperanza de que esta lengua sobreviva es prácticamente nula. Por fortuna, como muchas veces no ha sucedido con otras lenguas que han muerto, el ladino quedará en algunas pocas obras literarias como las reunidas en “Por mi boka”.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Chapultepec. Eugenia Coppel.

 

Vehemente dios de una raza de acero,
Automóvil ebbrrrio de espacio,
Que piafas y te estrrremeces de angustia 
Tocando el freno con estridentes dientes…
Filippo Tommaso Marinetti

 

Conservo buenos recuerdos de los automóviles que he tenido: la primera vez que cruce la frontera de los 200 kilómetros por hora –en un Chevy—; la primera vez que tuve sexo estacionado en una calle desierta —en un Jetta—, o aquel viaje a Estación Catorce para conocer el peyote —en un Mazda 3—. La sensación de conducir un automóvil es total: exige la extensión del cuerpo y los sentidos y nos ofrece el mismo sentimiento que la llanura —la plenitud de lo desconocido—, solo que a una velocidad espeluznante.

Las bicicletas, sin embargo, han desplazado todo valor moral que pudo haber tenido el automóvil. Claro, ¿qué se puede elogiar de un trozo de metal contaminante? Nada. Hacerlo, en este joven siglo, es retrógrado, signo ineludible del consumismo del siglo XX. La bicicleta, por el contrario, tiene mucho que comunicarnos: la responsabilidad social, la sustentabilidad, la vida saludable, es decir, todo lo bueno, todo lo que vale la pena. El siglo XXI ha dado luz a un nuevo ethos: la bicla como símbolo de responsabilidad y progreso.

Juan Pablo Proal, en un artículo del semanario Proceso en octubre de 2012, comenta:

A pesar de que para muchos conductores los ciclistas son equiparables a una plaga de cucarachas, estos ciudadanos dan ejemplo de humanismo, utopía y responsabilidad. ¿Quién es una plaga, el solitario conductor de una inmensa camioneta ocho cilindros o la ciclista que diariamente conduce a su trabajo sin producir contaminación? ¿Quién es un lastre para la nación, el ciudadano que se dio por vencido ante la inmunda corrupción del sistema o los grupos de ciclistas que cuidaron casillas en las elecciones presidenciales?

El ciclista, moderno centauro, no solo no contamina, sino que encarna la promesa de la historia: un mundo mejor, un continuum ascendente. El video del Holstee Manifiesto –pieza de propaganda de una tienda de ropa en Estados Unidos– muestra, en dos minutos y medio, a un grupo de personas pedaleando por sus sueños –life is short, do what you love and do it often. Curiosamente, nadie lo hace manejando. En vez de esto, se les ve felices recorrer Nueva York en sus bicicletas. Nada los detiene–. De manera paralela, se ha despojado al paseante del aura romántica del flâneur para depositarla en el ciclista citadino. La ciudad ya no se puede caminar, ahora hay que dominarla de otra manera. Grupos urbanos organizan rodadas por la ciudad con el fin de reconquistar espacios públicos y promover la cultura del ciclismo –lo que sea que eso signifique–. En 2012 se realizó en Oaxaca el 5° Congreso de Ciclismo Urbano para discutir sobre políticas públicas, educación vial e infraestructura, entre otros temas.

En las apologías a la bicicleta se cita a Julio Torri –pese a que clasifica el ciclismo como un deporte de misántropos– en su alabanza a la velocidad ideal que habilita: ni muy muy, ni tan tan. Se recuerda a H. G. Wells, quién deposita en la bicicleta una esperanza –siempre que veo a un adulto encima de una bicicleta recupero la esperanza en el futuro de la raza humana–, mientras que David Byrne, músico fundador de Talking Heads, se convierte en una de las principales voces del movimiento –quien, dicho sea de paso, la asocia a la edad temprana en la que iba pedaleando a ver a su novia. Una vez casi lo hicimos en el vertedero municipal de las afueras, cuenta puerilmente, aunque esto, en cierto sentido, también es un tipo de esperanza.

Chapultepec. Eugenia Coppel.

Chapultepec. Eugenia Coppel.

¿Cómo llegamos aquí? Wells y Byrne son los dos extremos del paréntesis que cuenta la historia. En 1861 (Wells nace en 1866), Ernest Michaux inventa la bicicleta moderna –como una evolución del celerífero–, misma que es modificada por los ingleses cuatro años después. Aquel momento coincide con las investigaciones alrededor del motor de combustión interna. Ambas líneas siguen en paralelo: en 1900 comienza la producción masiva de automóviles en Francia y Estados Unidos, mientras que para 1903 se realiza el primer Tour de France.

En las primeras décadas del siglo XX, Le Corbusier integra al automóvil como parte del diseño citadino –en su libro Hacia una arquitectura, de 1923, hace constantes referencias al automóvil como ejemplo de un nuevo mundo y, por extensión, de la nueva arquitectura que él buscaba. No sólo es símbolo de modernidad y progreso, sino que moldea la forma de la ciudad al integrar vías de circulación rápida –una ciudad construida para la velocidad es una ciudad construida para el éxito, escribiría.

La primera parte del siglo XX es testigo de la batalla perdida de la bicicleta frente al automóvil. En 1927, Janet Flanner cuenta una simpática conversación que sucede entre Maurice de Vlaminck, pintor fauvista, y Ambroise Vollard, famoso marchand descubridor de Degas y Renoir.

Vlaminck conduce su excelente automóvil a ciento veinte kilómetros por hora. Y estoy un poco preocupado por mi coche, agrega. Mi chofer acaba de matar a un ciclista. La rueda de atrás apenas le tocó. Probablemente sólo estaba esperando una buena oportunidad para morir, comenta lúgubremente Vollard. Además, la compañía de seguros de Vlaminck tuvo que pagar cien mil francos por la muerte de un ciclista. Demasiado por un hombre que sólo conducía una bicicleta, opina Vlaminck.

Poco antes, Salvador Novo en El Joven (1925) ya había retratado este momento:

Ornitorrinco, la bicicleta surgió. Fue chic y hasta rápido usarla en las carnicerías y los doctores no se desdeñaban de hacer equilibrio sobre aquel toro bípedo y solípedo que no comía ni se entripaba ni podía matar a nadie. Ni a su jinete.

Pero la bicicleta, anuncio de libertad, grito de Dolores contra la tiranía mecánica de los rieles, murió en flor. Hoy sólo la usan los niños bien en las calles privadas. Uno que otro señor, si se atreve, va incómodo y lleno de vergüenza. Ya agonizaba en 1905. (…) Ya los científicos, los que habían visitado Europa, iban al Paseo de la Reforma en coloniales autoedificios marca Renault. (…) ¡Pero en Europa tenían un lamentable concepto de la industria y la mecánica! Los autos eran casi solemnes; cada pieza costaba mucho y no sabían ponerle huaraches a las llantas. Además los choferes, chauffeurs, eran lentos, uniformados, y abrían las portezuelas inclinándose. Por eso nació Henry Ford y anegó de hormigas las calles del universo.

 

La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, hizo que todas las fábricas de automotores se dedicaran a la producción de material bélico. No es sino hasta los años 50 cuando la industria automotriz vuelve a resurgir: Francia y Alemania se enfocan en coches pequeños y de baja cilindrada; en Italia nacen grandes autos deportivos de la mano de marcas como Ferrari, Maserati y Alfa Romeo; mientras que en Estados Unidos se apuesta por autos cada vez más grandes y potentes.

Roland Barthes comenta sobre el Citroën DS (Byrne nace en el 52):

El automóvil es en nuestros días el equivalente bastante exacto de las grandes catedrales góticas. Quiero decir que constituye una gran creación de la época, concebido apasionadamente por artistas desconocidos, consumidos a través de su imagen, aunque no de su uso, por un pueblo entero que se apropia, en él, de un objeto absolutamente mágico.

 

El cine y la música, la invención del road trip por los beatniks –descendiendo vertiginosamente por la ruta 66 en el Hudson de Neal Cassady–, así como la idea del automóvil como glorificación de la personalidad, legitima la importancia del auto en el imaginario cultural y empuja la compra de automóviles en los 60 y 70.

Relegada como medio de transporte, la bicicleta se convierte en sinónimo de competencias deportivas y esparcimiento campirano. Entre 1970 y 1980 se inventa la bicicleta de montaña y se agregan innovaciones como los cambios de velocidades y la suspensión, mientras que la ciudad que soñó Le Corbusier muere ahogada en el vómito de sus embotellamientos.

No es sino hasta fines del siglo XX e inicios del XXI, con el auge de conceptos como el calentamiento global y el desarrollo sostenible, que esto comienza a cambiar. Ciudades como Londres, París, Berlín, Buenos Aires, Bogotá y México lanzan programas masivos de bicicletas en ciertas zonas, con el fin de propiciar el uso de las mismas como medio de transporte. Algunas, como Londres, establecen impuestos a los coches particulares que deseen circular en la zona centro de la ciudad.

Auto maceta. Eugenia Coppel

Auto maceta. Eugenia Coppelta

Para los millenials, generación ecológicamente más responsable que los baby boomers, la bicicleta toma el lugar que antes poseyó el automóvil, encumbrándose en el pedestal ideológico del progreso responsable.

Pese a que los ciclistas, al día de hoy, no han modificado que la dinámica de la ciudad sea, simplemente, un asunto de velocidad –el coche sobre el ciclista, el ciclista sobre el peatón–, no tardarán en recordarme mi pobre gusto al describir con nostalgia la caída del automóvil –la contaminación será su principal argumento, pese a que avanzamos sostenidamente hacia los coches eléctricos. Fetiche de consumo y lugar de prejuicios de clase, rematarán.

Poco importará que muchos hayamos aprendido antes a meter el clutch que a tocar a una mujer, ni que hayamos descubierto, como Kerouac, esa desenfrenada libertad al avanzar hacia el mar a más de cien kilómetros por hora con las ventanas abajo. Ahora, todas esas imágenes parecen anacrónicas, disparates de un siglo recién muerto. Atrás queda el erotismo de los accidentes automovilísticos de Ballard, las carreras de autos durante el fin del mundo de Nevil Shute, o el DeLorean capaz de viajar al futuro.

El mundo moderno nos ha domesticado, sin duda, y a mí no me resta más que gritar con la rabia del perdedor: ciclistas, quédense con la ciudad, esa que se está desmoronando y que no puede durar mucho más. Al resto déjennos los caminos, junto a una transmisión estándar.


Autores
nació en Tampico, Tamaulipas, en octubre de 1982. A los dieciocho años se mudó a la Ciudad de México, donde estudió Ciencias de la Comunicación. Empezó su gusto por la ficción a partir de los comics. Convertido en un entusiasta de la literatura, mantiene ahora una bitácora de sus lecturas en El anaquel. Actualmente vive en San Francisco, California.
Mezcal. Fotografía de Eugenia Montalván.

Quizá para decir que me gusta tomar mezcal lo mejor sería escribir un poema breve; de esa forma apenitas sumergiría mi corazón en la copa y mi confesión quedaría muy bien, no sería nada escandalosa; nadie se ofendería. Además, así conjugaría mi pasión con el deseo de hacer literatura, lo que es válido para vaciarme o, mejor dicho, deshacerme de la suma de emociones que supone levantar la copita y decir salud, un acto en sí mismo oscuro que ciertas gentes no ven bien. Pero frente a la ingobernable poesía, sólo me mojo fantasiosamente los labios en la presencia del pulso de mi mano tratando de pergeñar los primeros versos sin beber mezcal, ahorita y aquí: a las 9 AM en el hotel X de una ciudad perversa, donde lo único que siento es un intenso olor a café. Tomo una taza tras otra: el intento de hacer poesía, completamente genuino, también combina con un americano light estilo moulinex, y confieso que aun frente mis reservas su sabor me transporta a la vinata de mi primo Luis, en Nombre de Dios, Durango. Siento el apretón de su mano y la serenidad de sus maduros ojos claros: ni azules ni verdes, güeritos como él, muy expresivos bajo el sombrero norteño que los delata.

La vinata queda en la vera del camino a la Ciudad de México, a mediana distancia de la nueva autopista a Zacatecas, por donde cruzan tráilers todo el tiempo… En la vinata de Luis a diario se juntan cuatro o cinco mezcaleros de buen carácter, trabajadores que aprendieron de sus padres el oficio de producir vino, como le llaman, a partir de los magueyes de los cerros, labor que también a ellos les enseñaron por herencia: amacizar muy bien el hacha, sosteniéndola con fuerza por el mango, con la vista clavada en el corazón de la piña y el espíritu elevado para agradecer la bendición de tener este fruto o esta flor salvaje a disposición, siempre y cuando se pague la cuota que establezca el dueño del terreno. Son hombres, y en mucho menor cantidad, de vez en cuando una mujer diestra, sujetos a su buena conciencia, sin contrato de por medio; comparten su experiencia por placer, a veces a cambio de honorarios y otras, de una parte sustancial de la producción para tener algo que vender en casa, en envases reciclados, al precio que dicte la benévola demanda.

La vinata huele a quiote, a fermentación, a humo y a tabaco: Pifas, el personaje más audaz de este clan campesino, fuma “Perros” ¿Qué tal la marca?         -¿Por qué no mejor “Faros”? Siempre se lo pregunto. No recuerdo si el nombre es realmente así de bravo, pero como quiera va y los compra en una carrerita, ahí cerca, ni siquiera tiene que ir hasta el Oxxo, ¡menos mal! Obvio, son los cigarros más baratos que se consiguen acá. Luis no fuma.

Aparte de ser muy buen jimador, Pifas domina con admirable tacto al viejo, el artefacto más sobresaliente y hermoso de la vinata, hecho de madera, fuerte como un coyote y negro del tizne que chupa en el proceso de destilación. En la presencia del viejo, los contenedores de madera destinados a la fermentación sumergidos en la tierra, el cazo, la pila de agua fría, la serpentina de cobre y cualquier otro objeto pasan a segundo término, ya no digamos el techo de lámina desvencijado, el petate y las cobijas del velador.

En la vinata, la producción diaria de mezcal se consume calientita, como va saliendo. Hay una banca de piedra clavada en la pared ex profeso para los catadores y uno que otro borracho: aquí rola sin tregua una original copita fabricada al vapor con el pico de una botella de plástico con todo y tapa: ¿coca? ¿pepsi? ¿bonafont? ¡La que haya! Pasa de mano en mano para deleite de las almas piadosas, entre quienes me incluyo, fiel a la creencia de que un poder supremo  impregna esta mítica bebida de los dioses hecha con agaves silvestres y destilada con leña virgen: troncos de madera maciza: encino y mezquite en el cocimiento, y astillas de sabino y pino en la destilación.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.

¿Y mi anhelado poema? Se atoró entre las pencas de un maguey cenizo, lo sé. Me ganó el tratamiento rupestre, primigenio, la familiaridad con la que el mezcal llegó a mi vida. Aunque viéndolo bien, este tema podría ser muy buen pretexto: el fraternal gusto por beber mezcal que compartimos Luis y yo, pero hay algo más: mi primo Luis cambió la agricultura y su tractor por hacer mezcal influenciado, en cierta medida, por mi hermano Gabriel y yo. Gabriel me llevó a Mérida la primera botella de mezcal de Nombre de Dios que probé. A partir de entonces quedé “tocada”, viajé a Durango, supe que recién habían integrado al estado a la lista de los que tienen denominación de origen y que aquí, donde viví muchos días de campo en la infancia, históricamente se ha destilado el mejor mezcal, por eso le pedí a Luis que fuéramos juntos a comprar una botella; mi propósito era platicar con los productores. Esa vez me llevó a donde Carmelo, pero no estaba; al que conocí fue a su hijo Rafael, quien llego en bici, quizá por la flojera de ensillar el caballo; aquella mañana tuvo lugar nuestra primera larga conversación con un mezcalero joven pura sangre.

Según el escritor Eusebio Ruvalcaba, el mezcal te restriega la belleza en la cara y te quita la venda de los ojos, es cierto. En otras palabras, un amigo músico llanamente dice que toma mezcal cuando se siente estresado; conociéndolo, pienso que con esa copita recupera –a plenitud– su perspectiva del horizonte. Pero en Durango conocí a un médico (propietario de un hotel) que diario bebe mezcal por salud y para mantener el equilibrio mental, tal cual. Sus amigos no lo comprenden; prefieren las bebidas de marca que se anuncian en la tele.

En Nombre de Dios, el mezcal sigue siendo cosa de hombres, por eso no es requerido en fiestas familiares; el dinero se va en cartones de cerveza y pastel, como en aquella boda en la que marido y mujer se subieron a una silla para alcanzar el décimo piso, donde antes de cortar la primera rebanada se tomaron una foto. Esa vez, la espectacular banda que amenizó la comida (en la noche tocaría otro conjunto) me dedicó una cancioncita cuya letra no juzgo: Dos botellas de mezcal.

Cuando me muera, cómo te agradecería que pusieras en mi tumba dos botellas de mezcal, porque sé que de morirme de una cruda sabes bien que es culpa tuya por no poderte olvidar. Todas las noches cuando agarro la botella, yo te miro dentro de ella y me pongo a platicar. Al rato siento que me abrazas y me aprietas cual si fuera cosa cierta. Te amo, te amo y no es verdad. Cuando al fin vuelvo de mis locos pensamientos empiezan los sufrimientos porque te busco y no estás. De mis ojos empieza a brotar el llanto porque yo te quiero tanto y no lo puedo evitar.

Amor y mezcal no son compatibles. El desamor y el mezcal, menos.

El mezcal es sacramental. Beber mezcal, como cualquier acto de indulgencia, purifica el alma, por eso –siguiendo la tradición– se toma en ayunas.

¿Y qué pasa cuando compartimos una botella con los amigos? Ahí toma forma su cualidad desinhibidora: el corazón se volatiliza, pero, créanlo o no, aterriza de volada, con expresiva pericia, la que en los poetas aflora a la hora de pagar el recibo de la luz, y la que en los mezcaleros admiramos cuando encienden el fuego para cocer el maguey, nuestro sustento.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.
Portada. Fotografía de Amaranta Caballero.

En este momento SUN RA inicia una pieza afrofuturista. Las guitarras de Hendrix aúllan mientras Mick Jagger hace una cabriola y Jaco Pastorius alista el bajo. Héctor Roberto Chavero (reconocido como Atahualpa Yupanki) no engrasa los ejes, Manu Chao entra clandestino al As Negro en Tijuana, Javier Bátiz habla de Antonio Bibriesca, Daniel Ash asume su novatez en el motociclismo y Chico Ché es el quinto bitle. Escenas y personajes como estos son naturales en Cornucopia. Periodismo sonoro y anexas de Octavio Hernández Díaz.

En un libro donde la música es el personaje central de la escena transfronteriza, es fácil adentrarse en las impresiones de un libro multicultural. Rico en registros y anécdotas Cornucopia se convierte en el “diario”, en “la libreta de campo” que sólo un melómano como Octavio Hernández puede llevar consigo: el documento de la experiencia: expresiones, lenguajes,  sonoridades y noches muy largas.

Cronista, promotor cultural, periodista, percusionista, melómano y escritor, Octavio funge como un imán-eslabón entre el mito y la leyenda. Privilegiado por las diosas, Hernández Díaz ha sido un catalizador viviente de una parte importante de la escena cultural mexicana, protagonizada por sus músicos, escritores y artistas que dan vida, interpretan y subrayan la efervescencia propia de la transición de siglos.

Si se habla de registros culturales urbanos, Hernández Díaz figura de manera directa al ser partícipe y autor en la mayoría de los casos, de festivales, proyectos musicales, literarios, documentales. ¿Quién de los melómanos fronterizos norteños no sabe de las contingencias, urdimbres y estrategias sonoras en las que este autor ha sido partícipe? ¿Quién en la escena musical de la Ciudad de México no conoce la figura y presencia de este cronista de lo sonoro, artífice tránsfuga de noches únicas? Ahí donde la intensidad arroja su grito fino y latiga con la estridencia de sus destellos, nace Cornucopia, un libro donde el periodismo cultural, la literatura y la música dan concierto exclusivo.

Soda Stereo en Los Ángeles

La ciudad querube recibe a Soda Stereo (el 21 de noviembre) en el Home Depot Center en Carson (California), que aquí se despide de todos los que siguieron en esta región en su vertiginosa carrera musical: los Red Hot Chili Boys locales y sus compinches de las aldeas más próximas, los asilados en San Pancho, los santos de San Diego y los benditos tijuas que llegaron desde Baja California. Todos se reunieron ahí para formar parte del ritual, del hello again y del goodbye forever del trío que hizo vibrar a millones durante casi 13 años en la ruta, generando una Sodamanía epidémica e infinita.

La salida desde Tijuana se torna larga y tediosa por culpa del pavo y la fila es tan larga como los problemas urbanos de la ciudad que pretendemos dejar atrás. La falta de educación vial y la estupidez común afloran cuando el reloj nos aprisiona el corazón a todos los que pretendemos cruzar a Bushtepec. Tras una hora de agobio llegamos a la garita y como de costumbre el guardia en turno me ve y me dice “de seguro usted ha de ser la envidia de todos los pelones”, a lo que el Pollo y yo respondemos con una estruendosa carcajada y pasamos sin problemas. […] p.30

Me verás volver

El alimento avanza veloz por nuestras gargantas con la ayuda de la malta venida de Ámsterdam y entonces nos vamos como rayos hacia el will call para que nos den nuestros tickets y pulseritas. El marketing esta noche es avasallante: Parking a $20 dólares, boletos de $45 a $150 billetes verdes, cerveza light a $9 pingüicazos verdes, camisetas de manga larga de los Stereo a $60 billetes con la cara de Washington. Nos asombramos ante tal situación monetaria, pero el creador nos ilumina al descubrir un maravilloso puesto de cerveza Guiness a $9 dólares en vaso grande. Entramos entonces al monstruo y descendemos por su esqueleto-escalera hasta aterrizar en su barriga-césped. Y entonces estalla la locura, Cerati se para y agradece a todos los presentes por estar ahí y un griterío ensordecedor acompañado por miles de lucecitas de teléfono móvil le dan la bienvenida. Arrancan con “Juego de seducción”, dos pantallas laterales repiten lo que vemos al frente, mientras que seis pantallas delgadas al fondo del stage acarician los colores y resbalan formas alucinantes al compás de la canción. El tema suena al original pero la marabunta Stereo le da su toque de actualidad impresionantemente.[…] p.31

Thelonious Monk, Caetano Veloso, Soda Stereo, Cornelio Reyna, Morrisey, Amy Whinehouse, Bo Diddley, Lorenzo de Monteclaro, Ringo Starr, Bessie Smith, Julieta Venegas, Tongolele, Fres-Ka, John Lennon, Israel Cachao López entre muchos y muchas más aparecen coloridos, estruendosos, inolvidables, únicos en los registros y textos que Octavio Hernández presenta muy a su estilo y ácido humor en este libro abundante, vivo y musical.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Los vínculos que los procesos político-económicos han ligado a Francia con África no se han desvanecido. Los más pesimistas apuntarán que el país europeo no puede olvidarse del todo de su pasado colonialista y sus afanes de conquista. Otros muchos precisan que eso es cosa del pasado y reconocen, más bien, una deuda histórica con un continente del que se aprovecharon violentamente.

Pero el elemento más importante son las personas. Allí están… buscando alternativas para una mejor vida. La migración africana no se detiene, pero en la nación gala ya se encuentran también los hijos de todos aquellos que viajaron para asentarse. Son franceses con plenos derechos obligaciones. Así, tanto los recién llegados como quienes buscan preservar el legado de sus padres contribuyen a que la presencia de diversas culturas africanas en la Francia de hoy sea un fenómeno social completamente vivo.

Es precisamente en el arte donde su participación es fundamental —aunque también ocupan un sitio preponderante en las plantillas de los equipos de la Ligue 1 de futbol—. Deporte y cultura, buen mezcla. Pero vayamos a lo nuestro, la música.  La lista de figuras de prosapia que han proyectado en Francia a las muchas músicas nativas de aquel continente es larga y de altísima calidad. Basta con mencionar a figuras de la talla de Cesaria Evora, Youssou N`dour, Salif Keita, Rachid Taha, Toumani Diabaté y Cheb Khaled, entre muchos otros. A los que hay que sumar a talentos más noveles como Rokia Traoré o la labor de investigación y difusión de un musicólogo, productor y Dj como Frederic Galliano.

Pero el magnetismo que ejerce África también se extiende a los enteramente franceses, como es el caso de Xavier Thomas,  un productor, DJ, multi- instrumentista y vocalista oriundo de París. Profesionalmente se ha hecho llamar Débruit y debutó From the Horizon (2012), un disco en que ya mostraba su interés por hurgar en distintas formas de folklore y sumarlo a su mixtura de electrónica con matices de hip –hop. Lo mismo puede incorporar melodías acariciantes, que ruido o grabaciones de campo.

Se distinguió como un talento precoz –toca el sax desde los 9 años de edad- y ahora que roza la treintena mantiene a un alter-ego en clave hip-house, llamado Kéèclac, al tiempo que dando seguimiento a un tema tan exitoso como lo fue “Nigeria What?”, emprendió la tarea de concebir un nuevo álbum en el que los sonidos de la electrónica avanzada conviven nuevamente con el acervo popular del inexactamente nombrado “continente negro”, ya que la parte norte –el Magreb- no está poblado precisamente por negros sino por árabes.

Y es que para su nueva incursión decidió acompañarse por una vocalista de origen sudanés: Alsarah. Con lo que se aseguró contar con un canto aterciopelado, sutil y seductor. A un disco tan atrayente como Aljawal (Soundway, 2013) no hay más que considerarlo música árabe contemporánea, así parta de la mente de un francés. Allí están las cuerdas exuberantes y las voces ululantes que nos llevan hasta su imaginario.

Debruit no ha elegido ponerse las cosas fáciles; ya desde su debut dejaba bien claras sus ambiciones: “ser surrealista significa difuminar lo que ya se ha visto para hacer lo que está aún por ver”. Desea fervientemente retomar los principios de André Bretón y toda su camarilla para elaborar una clase de música que no se parezca a lo convencional —y en buena medida lo consigue—.

Qué bueno que exista quien no le tenga miedo a hacer vanguardia con música popular –aquí no estamos en terrenos académicos-. Lo que Xavier tiene de su lado es un arsenal de sintetizadores, cajas de ritmo, secuenciadores y mucho conocimiento para hacerse de los sonidos autóctonos del mundo árabe. Destaquemos también su buen juicio para incorporarlos a una música que trasuda actualidad. Temas como “Jamilla” y “Khartoum” nos hacen sentir que el futuro de la música árabe ya está aquí; que los rituales de baile pueden ser una experiencia física llena de misticismo y con ecos de una tradición milenaria que aquí se recicla.

La música de Debruit y Alsarah tiene requiebros muy sutiles e interesantes; no siempre es veloz, hay bajones en los que se privilegia la voz (“Loulia”). Son momentos de remanso que sirven para retomar energías y sentirse un verdadero viajero –que es lo que significa Aljawal, y dirigirse hasta una geografía imaginaria; tal como cuenta la cantante al remontarse a la sensación de escuchar la música anterior del productor. Pero con justicia hay que decir que sus capacidades aumentan estando juntos, como es evidente en “Alhalim” y las otras 10 piezas que lo completan.

En Aljawal se combinan un sentido del tiempo y de la historia con una manera futurista de abordarlas. Se siente el cruce entre el cosmopolitismo de un habitante de la ciudad luz con el acervo ancestral de una cantante que procede de Khartoum, la capital de Sudán, que luego vivió en la provincia de Taez, hasta que la guerra civil obliga a su familia a refugiarse en Estados Unidos desde 1994. Ella creció acostumbrándose al choque entre culturas y costumbres. No le son raros a ambos los tiempos que corren. Trabajaron entre París y Brooklyn para completar el disco. El mundo es su aldea y ellos los nómadas de la era de la información. No nos queda más que disfrutar creaciones que trascienden fronteras y épocas.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Acaso para todo escritor, parte fundamental de su historia íntima radica en contar su iniciación literaria. Esa historia iniciática, además de recordar el deslumbramiento que ejercen ciertas influencias literarias, es el relato de una transformación personal, un primer proceso narrativo vivido en carne propia, más o menos complejo, que abarca las experiencias vitales que convierten a un individuo en un narrador o poeta.

Prisión Perpetua (1988, 2007) se origina en los diarios que el escritor argentino Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) comenzó a los 17 años. Estos cuadernos trascienden el mero carácter confesional para ser el germen de ficciones, ideas, recuentos cotidianos e inquietudes teóricas y narrativas. Agrupan relatos, fragmentos, personajes, vivencias reales e imaginarias. El diario de Piglia perfila una memoria y su paradoja, porque hay hechos que registra pero de los que el escriba ya no guarda recuerdo. Esto le descubre la escritura como una realidad alterna y poderosa. “Quizá eso es narrar. Incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida” (54).

El Diario es también el terreno donde el joven iniciado lucha contra el aparente vacío de lo cotidianidad.  Ahí construye su estilo o, entretanto, se convence de que tiene uno. Es su sitio de búsquedas, su taller narrativo, un espacio de pensamiento e intimidad. Estos elementos estructuran una obra donde los géneros confluyen en un conglomerado de fragmentos que exploran distintas variantes narrativas: autobiografía, cuento policial, diario, relato histórico, pero no desdeñan secciones de ensayo, elucubraciones teóricas o impresiones personales.

La obra reúne dos nouvelles (“Prisión perpetua” y “Encuentro en Saint-Nazaire”) escritas en 1988. Por cuestiones de espacio y las similitudes teóricas y narrativas entre ambas, me ocuparé sólo de la primera. “Prisión perpetua” se alimenta de la autobiografía de Piglia. Narra la salida de su familia –alcanzada por la “tradición de los vencidos” debido a sus simpatías peronistas- en 1957, desde un suburbio de Buenos Aires a la ciudad de Mar del Plata, a 400 kilómetros de distancia. Para el narrador de Piglia, un borgiano personaje de sí mismo, la mudanza representará la vivencia del destierro. En el contexto de derrota política y pérdida del hogar, Piglia aprende a ver la literatura como “una forma privada de la utopía” (16), una manera de enfrentar, soñar o negar el futuro que lo abruma; asimismo, lo hace profundizar en ese misterio que transforma una experiencia humana en un relato.

Las intuiciones reflexivas del libro se asientan con la aparición de un Virgilio que guía al narrador inexperto. Se trata de un escritor estadounidense, Steve Ratliff, atrapado en Mar del Plata por la búsqueda obsesiva de una mujer a la que persigue un aura de destrucción, Pauline O´Connor, quien cumple una condena en la misma ciudad por asesinar a su marido. Contagiado de un halo trágico y misterioso, Ratliff introducirá a Piglia en la literatura norteamericana y le dará lecciones de vida y literatura. A su modo, el narrador maduro entrenará y experimentará sus nociones literarias con el joven para convertirlo en el lector ideal de sus obras y el hacedor de su plan narrativo.

Ratliff representa no sólo al escritor de talento devorado por sus obsesiones, sino al hombre que pone su vida al servicio de la literatura, aquel que “busca hundirse en el fluir de la experiencia para destilar el arte de la ficción” (21). En este punto, las principales temáticas de la obra literaria de Piglia vuelven a salir a la luz: Ratliff es el obseso que estudia la vida para encontrar en la serie de acontecimientos una constante narrativa, una repetición. Como Macedonio Fernández, el estadounidense escribe y reescribe una novela interminable, con “todas las variantes de un relato que proliferaba y se expandía” (21) y está atrapado por el amor de una femme fatale. Además, Ratliff es una suerte de doppelganger maduro del joven Piglia: ambas voces se confunden en la nouvelle, como si el narrador no pudiera determinar el límite de la influencia vital y narrativa de su maestro: “No importa quién habla. Soy el que puede decir lo que él dijo” (62).

Obsesión y repetición. Prisión perpetua se integrará como un catálogo fragmentario y razonado de personajes que viven bajo el signo de la idea fija: la esposa de un párroco que habla un idioma personal y privado que se basa en una vieja lengua vernácula y religiosa; una mujer que asesina a su marido prendiéndole fuego, pero antes lo ata a la cama para que no incendie los muebles con su cuerpo en llamas; un hombre que explora las posibilidades narrativas del lenguaje carcelario o criminal, donde la prisión es vista como una enorme fábrica de relatos y variantes nacidas del experimento social del encierro. Ladrones, devotos del I Ching, antiguos reclusos, los personajes obsesivos de Piglia pierden el sentido del tiempo y la orientación. Los conocemos sólo durante ese instante en que la idea fija ha trastornado su existencia. Andan en círculos sin fin, alrededor de las personas y acontecimientos que los han marcado.

No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez alguna luz imantada. Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. (22)

Ratliff atrapado por Pauline y el joven Piglia atrapado por la escritura son los modelos generales de este conjunto de réplicas obsesivas. La obsesión narrativa es el tema de Prisión perpetua y se bifurca en distintas direcciones: la comprensión del lenguaje cerrado, cercado, tenso, violentado que iguala y contrasta la experiencia carcelaria con el universo hermético de la novela moderna desde Flaubert; la fascinación del narrador por explorar los usos tergiversados de la lengua como génesis de los relatos y las dicciones personales desviadas de la norma (la noción de un estilo); la mención de desquiciados proyectos utópicos en la provincia argentina o la herencia de la locura familiar, que lleva a sus implicados a trastocar la distinción entre realidad y mentira, convirtiéndolos en creadores de ficción.

 

A medio camino entre la narrativa fragmentaria y el ensayo, el volumen deja una rica estela de definiciones y reflexiones sobre el acto de narrar mediante un tono a ratos irónico, confesional o de humor negro. Si adoptamos la teoría general del relato que Piglia extrae de Ratliff, todas las historias se articulan en una serie de datos mínimos, giran sobre un punto de viraje y presentan variantes infinitas acordes con las ideas fijas de sus personajes. Siendo consecuentes con este razonamiento, todos los retazos narrativos en Prisión perpetua están entrelazados y narran una historia oculta: la de los mecanismos de la ficción, expuestos mediante la obsesión que Ratliff le hereda a Piglia por encontrar la lógica del relato, el hallazgo de ese momento cuando el fluir de la experiencia cotidiana se detiene, apresado por el narrador, y se convierte en literatura.

Desde una conciencia posmoderna y metaliteraria, Prisión perpetua expresa un conjunto de interesantes preguntas para escritores y lectores. Quizá una de las principales sea su intención de comprender la creación literaria en la época del fin de la experiencia. ¿Qué queda por contar cuando todo se ha dicho o es sólo leído u observado por nosotros, sin ser vivido? ¿Qué clase de literatura puede escribirse cuando la experiencia ha desaparecido? ¿Adónde marcha un relato que desplaza la vivencia por la tensión de una experiencia lingüística? Para Ratliff, el fin de la experiencia engendra la ficción paranoica, la perfección estilística, la estructura cerrada y el mot juste (a lo Flaubert). Es la creación del narrador aislado de la vida. El relato de la literatura dentro de sí misma, el universo cerrado y autosuficiente de sus propias referencias. La literatura de los hombres enloquecidos y atrapados por el lenguaje.

Piglia crea una ficción conceptual, un experimento teórico que se nutre y se replica narrativamente. Los breves núcleos de historias que abundan en el libro son “golpes de realidad” que adquieren sentido en su montaje y demuestran las proposiciones teóricas. “Narrar es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir”, dice Ratliff-Piglia. Mientras el narrador piensa, suspende su relato y nos hace conscientes del mismo. Ideas y fragmentos narrativos se aplican en el relato final, donde Piglia se desdobla y recrea la voz narrativa de Ratliff (como lo hizo brillantemente en Nombre falso escribiendo con la voz de Roberto Arlt). Entonces la serie de pistas que el narrador ha dejado en las páginas se reúnen para dar sentido último al relato. Como un científico loco, el narrador ha construido un personaje, una trama y una voz. Ha puesto a funcionar la maquinaria verbal del relato en tiempo real, ante nuestros ojos.

Ése es uno de los logros más fascinantes de Prisión Perpetua: su capacidad para despertarnos al mundo narrativo que fluye en la vida cotidiana e introducirnos en un laboratorio de escritura, en el taller de un narrador obsesionado con las maneras en que se reproduce un relato. Tal y como su inventor Mac creó una máquina de ficciones en el cuerpo de una mujer en La ciudad ausente,  Piglia nos adentra en su memoria personal para mostrar la raíz germinal de las historias. Su galería de personajes trastornados y enfermizos intenta asir las repeticiones y variantes del relato humano que ejemplifican una lógica narrativa enloquecida y determinada por el encierro, la obsesión, y el uso peculiar, vivo, creativo y alterado de la lengua individual. Si la experiencia ha sido reducida, entonces es preciso hacerla inagotable desmadejándola en sus variantes sin fin. Buscar la lógica del relato es buscar la lógica de la experiencia, la lógica de la vida.

Prisión perpetua me ha parecido siempre el libro más personal de Piglia. Posee una intimidad cerebral, teórica, fragmentaria, pero que no es fría a pesar de su análisis, ni deja de tener episodios conmovedores en sus retazos. Seduce por la cabeza pero nos toca porque apunta a uno de los grandes misterios de la especie: ¿Qué permite que sigamos generando y transmitiendo relatos? ¿Por qué esos fragmentos narrativos se repiten y llegan a ser tan importantes en nuestra vida? ¿Cuál es la obsesión o locura personal que ha marcado la historia de nuestra existencia? La vida de Ratliff y la de Piglia quedan unidas por una obsesión literaria, que engendrará una de las obras narrativas más sólidas en las letras hispanoamericanas actuales.

Para cerrar el recuerdo de este libro extraordinario, me quedo con esta confidencia del narrador, acaso el Piglia más franco y desnudo, mirándose a solas en su espejo: “La imagen de un hombre desterrado, prisionero de una historia siniestra, que se hunde de un modo maníaco en una novela interminable, encierra para mí un sentido que nunca pude terminar de descifrar. A veces imagino la historia de Steve como un oscuro signo de mí mismo.” (21)


Autores
Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) –con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017. Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. Ese mismo año, su libro Acéldama obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza, que se publica en 2020. Imparte talleres de narrativa y colabora en distintas publicaciones.

Fundación SM y Conaculta convocan a los autores y autoras de literatura infantil y juvenil para participar en los premios “El Barco de Vapor” y “Gran Angular” 2014.

Los premios “El Barco de Vapor” y “Gran Angular” nacen en 1978 de la mano de la Fundación SM. En aquella época la producción de literatura infantil y juvenil en español era escasa. Las editoriales verdaderamente interesadas en su difusión buscaban en otros mercados lo que aún no existía en el de nuestra lengua: obras y autores que escribieran para niños y jóvenes. La creación de estos premios responde a la implicación activa del Grupo SM con la renovación educativa y cultural española.

El reconocimiento de la pluralidad lingüística y la diversidad cultural españolas se tradujo más tarde en la ampliación de la convocatoria. Así, a mediados de los años ochenta, nacen “El Vaixell de Vapor” y “O Barco de Vapor”, de literatura infantil en catalán y en gallego respectivamente. Al año siguiente, en 1985, les sigue “Baporea” (en euskera), y en 1990 “Gran Angular” en catalán.

Para conocer los detalles de estas convocatorias, descarga su PDF correspondiente:

El Barco de Vapor ——————————— Gran Angular

Para más información visita el sitio de Fundación SM en internet.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía de Amaranta Caballero.

Un fonógrafo color verde oscuro, libros, revistas, máscaras de patol, cucharitas de plata, pisapapeles de cristal, estatuillas varias, bustos en bronce, lámparas, relojes de bolsillo, relojes de pared, linternas, capelos, un globo terráqueo, enciclopedias empastadas en piel, abrecartas, puntillas, plumas fuente, la serie de acuarelas con pasajes de El Quijote, el estante de “los libros prohibidos”, óleos, exvotos, diablos rojísimos de madera, papeles, archiveros, juguetes, un escritorio, cintas para máquinas de escribir, máquinas de escribir, libreros, marcos con y sin fotografías, cajas forradas de tela, cuadros varios, cajitas de madera, abanicos japoneses, carretes de películas, ranitas metálicas, papeles, papeles y más papeles, la mula del nacimiento, libros, libros pero más libros. Una visión compuesta con estos elementos, es la memoria que tengo del llamado “cuarto azul” en la casa de mis abuelos maternos.

Estar dentro de ese cuarto durante las tardes de la infancia, equivalía a viajes por el universo, conocer junglas y manglares, practicar el arte de la “deconstrucción” en la fase primigenia y a esconderse del mundo divertidamente, además de no preocuparse ni sentir culpa alguna por “no hacer la tarea”.

Recordar ese escenario es para mí un pensamiento recurrente. Lo disfruto como cuando niña. El olor de los libros, el paño y el limpiador para maderas –un líquido dentro de un bote color rojo– que usaba mi tía abuela, las voces y los ruidos de antes a manera de caparazón, me resguardan de esos días en que estando medio alicaída me da una patada la realidad y me sienta de golpe frente a mi estudio mientras brama: aquí estás.

Fotografía escrita del mentado estudio:

Dos libreros, una mesa restirador, montañas de papeles, botes con pintura, pinceles, cajitas de cartón, gises, cajitas de madera, hojas secas, canicas, ligas, corchos, cerillos, zapatitos varios, sobres, papeles de colores, tintas, dos preciados muselets, plumillas metálicas, pájaros de madera, un pájaro de metal, brochas, recortes de periódicos, revistas, perforadora de papel, escuadras, reglas, cepillos, juguetes rotos, soldaditos de plástico, carritos, cuerpos de muñecas sin cabeza, pedrería de fantasía, libretas, foquitos fundidos, pedacera de instalaciones eléctricas o de computadoras, jabones mágicos, grapas, una máquina de escribir, piedras, muchas piedras, cajitas metálicas, hilo rojo, estambres, recortes de telas, bolsas de plástico con bolsas de plástico adentro, láminas oxidadas, discos de vinil, recortes sobrantes de diversos papeles, cartones, letreritos, un árbol de la vida, agujas, clavos, tres martillos, mapas, el botín de enciclopedias como el preciado obsequio de alguien que iba a tirarlas, bolsas de tela, moneditas, papel estaño, cestitos, campanas, tacitas, cartas, velas, botellas vacías, postales y el cúmulo enorme de polvo, que claro, merece mención aparte.

Una vez, observar este espacio me dio pánico. No sabía qué hacer ni por dónde empezar para tratar de organizar y limpiar el estudio que como reflejo de mi vida planteaba frente a mí sólo una corta y sencilla palabra: caos.

En ese momento lo único que pensé fue “navegar” en Internet para distraer la sarta de tribulaciones que me provocaba ver la escena. ¿Y qué pasó? Pues que sin saber, sin pensar, caí en las garras de algunos textos clave de artistas maravillosos que esa mañana a través de su obra y visión del mundo calmaron mi angustia y curaron literalmente mis penas. Entre Felipe Ehrenberg, Agnès Varda, Arthur Bispo do Rosário y Nam June Paik comprendí que con la mezcla de objetos diversos, el mini-caos personal (mi estudio realmente es pequeñito) y la recuperación de la idea de seducción que portan los objetos, es posible ponerse a trabajar y manufacturar cosas, pequeñas divinas cosas que tienen el poder de hacer a las personas reflexionar jugando y a una, la pueden trasladar ipso facto a un cuarto azul, otra vez.

Fotografía de Amaranta Caballero.

Fotografía de Amaranta Caballero.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.