Tierra Adentro

Al leer En medio de extrañas víctimas es difícil quitarse la sensación de que se está leyendo la biografía de momentos específicos. Una línea del tiempo que se comparte entre varias personas. Para empezar se encuentra a Daniel Saldaña París, escritor que llegó a mí gracias a unos poemas suyos publicados en Punto de partida. También, aunque quizá de manera mucho más velada, me encontré con las vidas retratadas de Rodrigo y Marcelo, ambos protagonistas entrelazados de la novela.

La evolución de Saldaña es clara y, además, notoria para los que hemos tenido la suerte de leerlo con anterioridad: de su poesía queda la facilidad con que dos ideas se conectan, casi de la nada, creando una especie de flujo de conciencia que en En medio de extrañas víctimas, su primera novela, encuentra una voz en Rodrigo. La biografía literaria del autor no sólo es un crecimiento, sino un cambio, una vuelta sin sobresaltos porque los temas y el estilo ya fueron sembrados.

La trama, en principio, presenta dos historias cuyo único punto de conexión está en Los Girasoles, un lugar que pasa de ser desapercibido a protagónico. Antes de Los Girasoles está la Ciudad de México, en la que vive Rodrigo, quien abandonó su licenciatura en letras inglesas y que ahora trabaja como “administrador del conocimiento” (una mezcla de ghost writer mil usos) en el Museo de la Ciudad, un burócrata cultural sin gracia. Saltan a la mente dos referentes literarios que ayudan a componer una mejor imagen de Rodrigo: los hombres grises de Momo y Bartleby, el icónico personaje de Melville. La famosa frase de Bartlebly se transforma en acción, pero no en deseo. Rodrigo no es tan imposibilitado (¿o necio?) como Bartleby, pero su vida se mece entre un “preferiría no hacerlo” y “preferiría no cambiarlo”.

La segunda parte sigue la vida de Marcelo Valente, un académico español que llegó a Los Girasoles para realizar una tesis sobre Richard Foret (basado en Arthur Cravan), un escritor y boxeador que, como muchos artistas extranjeros que encontraron salvación y perdición en México, viaja al país sólo para conseguir un desenlace digno de un caricaturesco Geoffrey Firmin.

Saldaña presenta tres historias que emergen ya entrada la segunda mitad de la novela: la de Rodrigo, contada por él mismo, la de Marcelo, por medio de un narrador omnisciente, que se envuelve con la de Richard Foret. La vida de Foret se presenta como uno de los tantos juegos de personajes espejo que hay en esta novela, sin embargo traspasa el paralelismo. Además de establecerse como un relato independiente, lo que el lector sabe de Foret es a través de las lecturas y redacción del académico. Las referencias a “estudiosos” y textos críticos sobre el boxeador permean, sin que se perciba la voz de un narrador, sino la de un ensayista y biógrafo que entrega partes de su investigación.

Es en el cambio de voces que la novela encuentra su ritmo. Quizá es por eso que encontré mucho placer en descubrir a Rodrigo y ver el deterioro que sufre a través del lenguaje. El “No hace falta comenzar describiendo las acciones que configuran mi rutina. Esa tediosa enumeración vendrá luego. Primero quiero asentar que mi cabeza flota unos cinco centímetros por arriba de donde termina mi cuello, desprendida de mí” del principio contrasta con el desorden y el flujo de conciencia más pronunciado que se encuentra hacia el final: “Pero no se me ha ido la pinza, sino todo lo contrario: me siento cuerdo. Aunque claro, no se puede confiar en la propia sensación: los locos también se sienten, a su manera, cuerdos: sólo el prójimo puede darnos una pista de nuestra propia salud mental, y si el prójimo, él mismo, loco, se pierde la posibilidad de saber quién es el loco…”.

Marcelo, por otro lado, no es un descanso de la voz del primero. Saldaña comprende tan bien los cambios de voces narrativas que se le escapa, el narrador omnisciente de Marcelo se siente cansado, casi gris. Si bien es un importante paralelismo a tomar en cuenta, la comodidad que Saldaña tiene para crear a Rodrigo es evidente.

Todos los detalles del libro son necesarios, sin embargo es inevitable pensar en que la trama tarda en despegar, lo que ocasiona un cierre apresurado e imprevisible. No es una novela de lenguaje vertiginoso ni, por momentos, fluido, pero eso pasa a segundo término. Saldaña tiene un dominio del lenguaje profundo y disfrutable por su densidad.

Las digresiones de Saldaña, tanto en Marcelo como en Rodrigo, tienen una claridad ensayística que otros escritores envidiarían y que los lectores, sin duda, apreciarán. Y aquí se encuentra la mayor virtud del libro: la novela no aleja a sus acompañantes, quienes dejan de ser las extrañas víctimas para convertirse en cómplices confiables.

Para David Byrne los viajes en bicicleta, durante los últimos treinta años, han sido una ventana panorámica a través de la cual ha mirado el mundo. A partir de los años ochenta la bicicleta se convirtió en su principal medio de transporte, primero en Nueva York, ciudad en la que vive, y luego en todas las ciudades que visita. Desde entonces, su manera de observar se ha filtrado a través de dos ruedas. En Diarios de bicicleta (2009), el músico y artista plástico demuestra, en su faceta como escritor, que no sólo es un observador audaz sino también un habitante que se apropia de la ciudad circulando todos los días por sus principales arterias.

Al iniciar la lectura, una bicicleta a pie de página aparece. Nos acompañará durante toda la lectura, yendo y viniendo como si, a bordo de ella, se filtrara también nuestra mirada, pues el ex líder musical de la banda Talking Heads va más allá de las peripecias de un ciclista ingenuo; el registro de cada rodada, corta o extensa, ha sido el pretexto perfecto para afilar la pluma y adentrarse en diferentes ciudades del mundo, en su cultura, dinámicas sociales y políticas, y sobre todo en la mirada del otro.

Byrne se ha convertido en un verdadero crítico de la ciudad, pues se conecta directamente con la vida de la calle. Salir a andar en bicicleta en una geografía diferente implica entender el pulso vital de ésta. Comprender la mentalidad de su población expresada en la urbe que habita. ¿Qué historia cuenta el paisaje? ¿Cómo responder ésta pregunta ante ciudades como Berlín, Estambul, Buenos Aires, Manila, Sidney, Londres, San Francisco y Nueva York? La ciudad es transformada, responde a necesidades espaciales, temporales, económicas y sociales. Es el vertedero de intereses e ideas, pero también de desechos.

Más allá de hablar de bicicletas, Byrne habla de urbes, del paisaje de las ciudades, de la arquitectura de las ciudades, de los drásticos contrastes de intereses para desplegarlas y de la forma en que para quienes fueron hechas las ciudades, el impulso primigenio de su creación, han sido olvidados: los ciudadanos. Así, se aventura a entender las ciudades por su diseño, una construcción mental no azarosa en el caso del músico quien pasó un año de su vida como estudiante en la Escuela de Diseño de Rhode Island. Su mirada está permeada por su práctica en el arte contemporáneo y el interés inherente en la forma, la función y la estética. Por ello, nos increpa con preguntas como: “¿Tiene cada cultura su propia paleta de colores?” ¡Claro!, lo civilizado de las calles de Berlín (que parecen estar bajo los efectos del Prozac, como lo menciona Byrne) no tienen el mismo matiz que las devastadas calles de Nueva Orleans: la primera responde a una gama de colores fríos que acentúan su perfección, mientras que la segunda, a pesar de la devastación, es cálida. ¿A qué color puede responder una ciudad como Manila en donde el espacio para un ciclista se vuelve desventurado? El recorrido por el que nos lleva el músico reflexiona hasta llegar a hablar de la arquitectura emergente como una forma de automantenimiento social. La arquitectura, un reflejo de cómo se ve la sociedad a sí misma. “Una manifestación en tres dimensiones de lo social y lo personal”. ¿En qué clase de gente nos convierte la ciudad? ¿Cuánto tiempo hay que vivir en una ciudad para que se empiece a pensar como las personas que la habitan?

Diarios de bicicleta es, también, un libro de referentes, en sus páginas desfilan diseñadores, urbanistas, artistas plásticos, escritores, músicos y políticos. La bicicleta es el medio por el cual el escritor se inserta en la dinámica social, pero es también su papel como ciclista desde donde habla sobre la política exterior estadounidense, la dictadura y represión argentina de los años setenta y la era Marcos en Manila. El libro está lleno de las opiniones políticas abrigadas en pláticas con colaboradores o en comidas con amigos y colegas. Apostado desde los pedales de su vehículo, David Byrne es capaz de ponerse en los zapatos del otro, de entenderlo. Pensar que “un árbol retorcido ha llevado una vida interesante” es algo que sólo alguien que se da tiempo para observar puede concluir.

Pasar la mirada por las páginas que componen el texto es también pasarla por la vida de un hombre que con más de sesenta años cree en los ciudadanos del mundo como los principales agentes transformadores que lograrán que, en algún momento, los diferentes gobiernos doten de espacios decorosos a quienes como él han adoptado la bicicleta no sólo como medio de transporte alternativo, sino como estilo de vida.


Autores
(México DF, 1984) se formó como latinoamericanista en la UNAM, carrera que nadie conoce y que hay que explicarla cada vez que responde a la pregunta: ¿qué estudiaste? Es redactora en La Tempestad y Folio. Ha colaborado en publicaciones como Pez Banana y Vocero. Hace muchos años quiso ser bailarina, estudió la carrera en danza contemporánea, pero nunca se dedicó a eso. Tiempo atrás se escapó a vivir a la playa y volvió dos años después porque la vida de provincia es demasiado tranquila.

En el folklore malayo, la figura de Naranath Branthan es conocida por ser un mujta (una persona de origen divino) que simulaba estar loco y que, debido a su comportamiento excéntrico, revelaba enseñanzas de muy diversa índole. Naranath es representado siempre como un hombre que empuja grandes rocas hasta la cima de una colina, para dejarlas caer rodando hasta el valle, mientras ríe a carcajadas de la constatación permanente de la ley de gravedad. Una vez que la roca dejaba de rodar, volvía a comenzar el ascenso, difícil y escarpado, empujando la roca, con la seriedad de quien realiza una tarea de suma importancia para la comunidad. La colina de estos ejercicios, en donde se ha construido un templo dedicado a la diosa Devi, se encuentra en el estado indio de Kerala, cerca de la ciudad de Palakkad, al sur de la península índica. En la cima, al lado del templo, hay una gran escultura del profeta loco y una gran roca que empuja hasta la cima. El loco del Naramad, se le conoce también a este Sísifo malayo, con más humor, realiza el trabajo inútil una vez y otra con un placer inusitado, porque de él se desprenden enseñanzas sobre el mundo y su futilidad.

Este personaje es uno de las apariciones extraordinarias que pueblan los poemas de Blitz, de Eduardo Padilla. En la galería de personajes mínimos, pero tocados por algo parecido al genio, que Padilla hace dialogar con un entorno siempre enfermizo y particularmente cercano al fracaso, la figura de Naranath se acompaña por la profesional del theremin, Clara Rockmore, y por Jonás, el profeta que tuvo por residencia temporal el interior de una ballena. Vale la pena aclarar qué es el theremin: es un instrumento electrónico que funciona con dos antenas en los extremos de una caja, una colocada en forma vertical, a la derecha (que es el control del tono); y una a la izquierda, y colocada de forma horizontal (que es el control del volumen). Debido a que el ejecutante no toca las antenas, sino que regula la amplitud y frecuencia de las ondas que emiten por la proximidad de sus manos, pareciera que se palpa el vacío para producir música. Al inicio de su producción industrial, al theremin se le conocía como eterófono, por aludir a que la digitación accionaba el éter para producir sonido. Suena inverosímil que existiera una concertista profesional, reconocida a nivel mundial, que tuviera ese instrumento como el elegido para dar recitales. Pues bien, Clara Rockmore es la mayor exponente del theremin que la historia consigne. Así, aparece un patrón. Los personajes que Padilla convoca son partícipes de una visión única, pero imposible de consignar comunalmente. Son una especie de genios autistas, que encontraron su nicho de desarrollo en un devaneo que tiene muy poca importancia y que la historia recuerda como una curiosidad al pie de página.

“He observado que las cosas no terminan nunca de acabarse”, dice un poema de este libro. Y es que la figura de lo circular, de lo que retorna, son leitmotiv en estas páginas. Las esferas que forman un panal por acumulación de hexágonos; la pista de carreras donde un Porsche Gioconda realiza sus evoluciones; el mundo que nunca se acaba, sino que retorna más siniestro e imposible de creer; Jonás el profeta que no se decide a salir a pregonar la buena nueva. Es decir, procesos inacabados, pero que comienzan de nuevo cada vez más degradados, sin terminar de consumirse. Esto es lo que la poesía de Padilla pone de relieve: la necesidad de un cierre es un lujo para la humanidad. Esta serie de poemas dan cuenta de los impulsos para vencer la resistencia de las cosas que nunca llega a ser del todo fructífera.

Mención aparte merecen dos poemas que han sido replicados en redes sociales desde la salida del libro: “Delta” y “La fecundación de las cajeras chinas”. En el primero, el viaje de un padre con su hija rumbo a la zona más poblada de su región les permite ver en el lago un grupo de patos azulados. De este encuentro fortuito se deriva una reflexión sobre lo torcido que parece estar el mundo en sus ribetes y sobre cómo la “normalidad” es un imperativo que la naturaleza no se da el gusto de cumplir. La figura de los patos permite adentrarse en las fisuras que ese mundo relajado y feliz, que aparece en la superficie del poema, no permite ocultar del todo y que toma con mucha fuerza el papel de narrativa predominante. En “La fecundación de las cajeras chinas”, el yo poético realiza un diálogo mental con la cajera del supermercado que asegura que la especie se siga perpetuando. El instrumento de sujeción al mundo que opera es el de la fantasía como motor de la voluntad. En nuestra cabeza todos somos grandiosos, potentes rockstars. La realidad es una simple y muy aburrida sugerencia.


Autores
(Querétaro, 1976 - 2016) es poeta y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros Erradumbre, De pájaros raíces el deseo, Plexo y Bonzo.
Jacaranda. Eugenia Coppel.

 

No acerté con el tema, quería sobre el amor quería sobre eso, quería sobre sus cejas, hablar sobre sus cejas delgadas, sobre ese lugar impreciso el momento, en que mi rostro fue al encuentro del suyo, no acerté con el tema, me decido por la orquesta ambulante del comedor asistencial, por la grasa del antojo por las palabrotas de la valla de seguridad, no acerté con el tema, quería sobre el amor, sobre displaced people el amor, no acerté con el tema, la plática bajo una rama del amor, es la charla bajo una excrecencia la observo abajo y sobre mí, la observo convencida por el destello, no acerté con el tema, el sitio de más iluminado

 

Traducción de Daniel Bencomo


Autores
(Berlín, 1975). Escribió los libros de poesía Aquí no hay calles costeras (Lyrikedition 2000, 2001), Al final vienen turistas (Berlin Verlag, 2002), Gran cine (Berlin Verlag, 2005), El bosque en la habitación – Un viaje a la montaña (en colaboración con Jan Wagner, Berliner Taschenbuch Verlag, 2007), De la superficie de la tierra (Berlin Verlag, 2009) y La calma entre el cero y el uno (HanserBerlin, 2013).
(San Luis Potosí, 1980) es poeta. Apuntes en el baño (2005) es su primer libro. Le siguen: De maitines y vísperas (2008), Morder la piedra (2009) y Lugar de residencia (FETA, 2010), con el cual ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en 2010.
Imagen tomada de Pixabay.

A ella le cayó mal desde que él la dejara plantada a última hora para un trabajo de grupo durante el primer año de la universidad. Estoy enfermo, dijo él por teléfono con el tono de voz neutro de quien no reclama simpatía, y ella ofreció hacerse cargo del trabajo. Esa noche, mientras ella regresaba a casa en el auto de su madre –el trabajo hecho y cuidadosamente copiado en un flash memory–, lo vio caminando por la calle de un mercado junto a una chica goth, las manos en los bolsillos y la mirada fija en algún punto en la distancia. La chica le pareció un vampiro con zancos que movía agitadamente las manos mientras hablaba; él, en cambio, se limitaba a asentir, la cabeza un poco inclinada, avanzando hacia la oscuridad de la calle.

La escena la tomó por sorpresa. Se quedó paralizada en medio del tráfico, demasiado aturdida como para decidirse a avanzar o llamar al chico por la ventanilla del auto. Más tarde, mientras cenaba con su madre, regresó una y otra vez a la misma imagen, a la expresión atenta de él y a la chica vestida de negro, semejante a una urraca o una viuda. Sintió náuseas.

Estás rara, le dijo su madre, escrutándola por encima del plato de raviolis. Algo has hecho.

Simplemente estoy cansada.

¿Es un hombre?, insistió la madre, y la chica negó con la cabeza y se puso colorada. La madre acostumbraba a revisar el kilometraje del auto cada día para asegurarse de que no se fuera a otra parte en las horas en que debía estar en la universidad.

La madre prosiguió:

El Enemigo viene disfrazado de ángel, pero su verdadero rostro es terrible. No te olvides nunca de que llevas su marca en la frente. Él conoce tu nombre y escucha tu llamado.

La madre hizo la señal de la cruz y la chica se atragantó con un raviol. Hipó.

Muéstrame las manos, ordenó la madre.

Mamá, protestó nerviosamente, pero la madre insistió. La chica colocó con reticencia las manos pecosas, de uñas mordisqueadas, sobre el mantel a cuadros. La madre las inspeccionó y, con un gesto rápido, se las llevó a la nariz.

Basta, gritó la chica, desasiéndose, y corrió a su habitación. Echó el cerrojo a la puerta y se tiró de bruces en la cama, donde sus muñecas –regalos de su madre que no se atrevía a arrojar a la basura– la observaban con sus implacables ojos de vidrio. Todavía la abrumaba el peso de la traición del chico. Cuando el profesor explicó días atrás que los trabajos se realizarían en grupo, ella se acercó de inmediato a él: lo había escogido. Era la primera vez en su vida que tomaba la iniciativa. Al pensar en lo que había arriesgado mintiéndole a su madre para poder reunirse con él, en lo comprensiva que se había mostrado ante su enfermedad ficticia, en el tiempo que le había tomado hacer la parte del trabajo que le correspondía a él, en el maquillaje estridente de la chica gótica, algo en ella se agitaba como ante la presencia de una víbora. El mundo, de pronto, era un lugar hostil. Quería graduarse con honores, de manera que pudiera postular a un doctorado en el extranjero y así alejarse para siempre de la estricta vigilancia de su madre, de su Ojo que lo abarcaba todo. La mentira del chico era una afrenta personal, un atentado contra el futuro que había diseñado para sí misma, contra su idea de la felicidad y del mundo, y de pronto se sintió impotente y estafada y a punto de llorar.

Corrió al baño, montó el pie sobre el inodoro y se levantó la falda. Tomó la navaja y, sin un solo suspiro, se hizo un corte transversal en el muslo, donde se desvanecían algunas cicatrices antiguas. Luego se dio tres, cuatro, cinco cachetadas veloces, hasta que el espejo del baño le devolvió la imagen de sus mejillas encendidas. Entonces se acomodó el cabello detrás de la oreja, se limpió la sangre del muslo con un pedazo de papel higiénico que tiró al inodoro y luego volvió a la cama, donde permaneció leyendo El maravilloso secreto de las almas del Purgatorio, de Maria Simma, hasta quedarse dormida.

Al día siguiente llegó a la universidad con el trabajo impreso. Había borrado el nombre del chico. Anticipaba su reacción cuando se enterara de las consecuencias de su mentira: el trabajo final era decisivo para aprobar la materia. Lo imaginaba confundido al verse descubierto, tartamudeando excusas para finalmente rendirse ante la evidencia de su engaño. Dejaría que le rogase un poco antes de volver a escribir su nombre en la carátula en un último gesto magnánimo, para enseñarle que ella sabía perdonar. Sólo entonces el orden de las cosas sería restablecido. Sin embargo el chico no llegó jamás a clases y ella entregó el trabajo sin su nombre, y no supo más de él ni intentó acercarse nunca más a nadie.

Por entonces la madre había comenzado a olisquear la ropa interior de la chica a sus espaldas, e insistía en dejarla en la puerta de la universidad y en pasar a buscarla todos los días, a pesar de que se trataba de una precaución inútil. Mi madre tiene razón, pensaba la chica. Llevo una marca que me separa del resto como el fuego. No había forma de borrar la marca, de disimularla. Así que se empeñó ciegamente en conseguir notas perfectas, hasta que una profesora la llamó un día a su oficina y le informó que no le daría la nota máxima aunque hubiera cumplido con todas las tareas.

Usted, señorita, lo que tiene que hacer es aprender a desobedecer, le dijo, mirándola con impaciencia. O mejor dicho, aprender a pensar por usted misma, que no es lo mismo que memorizar.

La chica –que amaba y temía a la profesora– se ruborizó violentamente, apretó la mochila contra el pecho y no dijo nada. A la profesora le exasperaba la docilidad casi inhumana de la chica; quería hacerle ver que la suya era una actitud antiintelectual contraria al espíritu de indagación de la universidad. Ahora que la tenía enfrente se daba cuenta de que sus argumentos se desbarrancaban ante el mutismo de la chica. La fragilidad de la chica –¿o era acaso esa fragilidad otro tipo de voluntad, una voluntad alienígena que se le escapaba?– le causaba repulsión.

Usted confunde inteligencia con memoria, repitió la profesora.

La chica no levantó los ojos. Un temblor imperceptible le cruzó los labios. La luz de la tarde hizo resplandecer las partículas suspendidas en el aire.

Eso era lo que tenía que decirle, dijo la profesora, ya del todo convencida de la inutilidad del encuentro.

La chica murmuró una disculpa y corrió a encerrarse en uno de los baños de la universidad. Las paredes estaban cubiertas de garabatos superpuestos: Puta la que lee esto viva el pichi Yeni ve visiones FEMEN viva el MAS mujeres libres, lindas y locas TE VOY A MATAR PUTA DESGRACIADA. El corazón le golpeaba enloquecido. Se inclinó sobre la tapa rota del inodoro y empujó dos dedos hasta el fondo de su garganta. La comida del almuerzo salió casi sin esfuerzo, convertida en una papilla amarillenta. Utilizó los dedos hasta escupir un líquido amargo que le incendió la garganta, pero el alivio tardaba en llegar. Desde el inodoro, emergiendo en medio de una burbuja de vómito, vio aparecer al Ojo. Carecía de párpado; sin embargo, la chica reconoció en el iris azul oscuro la mirada –¿burlona? ¿amenazante?– de su madre. El Ojo –¿era posible?– sonreía. Largó la cadena. Un chorro de agua se llevó al Ojo y a los restos de la masa amarillenta. Antes de salir del baño, la chica miró varias veces por encima del hombro para cerciorarse de que el Ojo no volviera a aparecer flotando desde las cañerías.

A partir de ese día agudizó todos los sentidos. Esperaba aquello que iba a suceder, porque algo estaba claramente a punto de suceder: debía ser importante para haber despertado al Ojo. El Ojo –así lo había entendido– era la señal. Por eso no sufrió ni se tajeó los muslos cuando la profesora le dio una nota mediocre por el trabajo final –con un solo comentario: “¡Piense!”– ni se inquietó al descubrir a su madre cada vez más absorta en el bordado del camisón que quería llevar puesto al momento de su muerte. Su madre, no tuvo dudas, también esperaba.

Faltaban pocos días para la Navidad cuando se encontró con el chico en una calle del centro. Ella caminaba mirando la nieve artificial de las vitrinas cuando chocaron de frente. Él la saludó como si nunca hubieran dejado de verse en todos esos meses. Durante ese tiempo, notó ella, la cara de él había perdido la redondez de la infancia. Era una cara hermosa, afilada y distante. La cara de alguien que aún no es del todo adulto pero que nunca ha sido un niño. Ella cruzó la mano instintivamente sobre su cartera. Él dijo que iba al cine, ella no se sorprendió cuando la invitó a acompañarlo. Pensó en su madre esperándola en la casa, observando a intervalos cada vez más breves el reloj de la cocina mientras bordaba el camisón a velocidad alucinada, pero ya sus pasos iban tras los del chico. Durante el camino se dijeron poco. Ella le preguntó tímidamente por qué había abandonado la universidad. Él contestó que la universidad lo aburría y que ahora tenía una banda de rock. A esto ella no tenía mucho qué agregar; por suerte el chico caminaba con los oídos cubiertos por los audífonos de su iPod. En la taquilla del cine cada uno pagó su propia entrada. Era la función de la tarde y una pareja de niños se entretenía arrojando pipocas al aire varias filas más adelante. Apenas se apagaron las luces y las letras ensangrentadas anunciaron el nombre de la película, los dedos de él se cerraron sobre su muslo. Tú eres aquel que viene y toma, pensó ella, y un espasmo le recorrió la espalda con la intensidad de un relámpago. En la pantalla un enorme monstruo verde se deslizaba en medio de una selva tenebrosa. Se estremeció. El Ojo acababa de brotar de entre el follaje de los árboles y ahora se dirigía flotando hacia ella; se detuvo a pocos centímetros de su butaca, brillando acusador en la oscuridad. Procuró espantarlo cerrando los ojos. Llevas la marca de tu origen en la frente, le susurró la voz de su madre al oído. Pero la lengua del chico le hacía cosquillas en la oreja. Pequeño cordero en la colina, rezó, corre lo más rápido que puedas, tu vida ni siquiera empieza, ni siquiera ha empezado. El chico le succionó los dedos de la mano, uno a uno, mientras sus propios dedos buscaban el camino hacia la boca de ella y en la pantalla una mujer aullaba, arrollada bajo una cosechadora mecánica que avanzaba enloquecida. Las tripas de la mujer salieron volando a un costado. La chica soltó un suspiro y mordió a ciegas las yemas de esos dedos que hurgaban en su boca. Yahvé Dios hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, chilló enfurecida la voz de la madre, y las butacas del cine se elevaron unos centímetros por encima del suelo. Los niños de la fila de adelante gritaron de placer. El chico se abrió la bragueta, y sosteniendo a la chica por el cuello, forzó su cabeza sobre su verga. La chica empezó a lamer, a chupar, a ahogarse con los pelos de él, que la sostenía por la nuca y los cabellos sin delicadeza alguna, y entonces ella fue tocada por el rayo de la gracia como un haz cegador de luz que la inundaba. Era como si hubiera perdido su vida para reencontrarla en la sala del cine, y entendió que había sido traída al mundo para ese momento, y que todo lo que había sucedido hasta entonces no era otra cosa que una preparación para ese encuentro, para el momento de una revelación que la superaba y ante la cual se rendía por completo, como ante la corriente de un río bajo el sol del mediodía. Era el chico quien la había elegido. El chico había esperado desde el principio de los tiempos el momento en que, a través de ella, echaría a andar los motores de la gran destrucción. El chico era el Enemigo del que siempre le había hablado su madre, pensó, maravillada, y su propia vocación –ahora lo sabía– había sido la de abrir las compuertas del vacío. ¡Qué destino el suyo, el de propiciar la llegada de la noche de los tiempos!

¿Estás bien?, murmuró el chico, algo molesto, subiéndose la cremallera del pantalón, pero a ella –la cabeza aún apoyada en su entrepierna– ya no la alcanzaban las palabras. El Ojo había desaparecido y la chica podía sentir en sus huesos el crepitar de las primeras bolas de fuego que se dirigían hacia la tierra.

Había empezado.

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“El Ojo” forma parte del segundo libro de cuentos de Liliana, Mordor.


Autores
(Santa Cruz, Bolivia, 1981) es periodista, narradora y editora. Coordinó, con Maximiliano Barrientos, las antologías Conductas erráticas (Aguilar, 2009) y la bilingüe de cuentos Mesías/Messiah (Traviesa, 2013). Es autora de Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010; Reina Negra 2011; Tropo 2012). Escribe ahora mismo Mordor, su segundo libro.
Ulysses Way, de Damián Ortega

Sería interesante ver nuevas obras de arte todos los días. Sobre todo aquellas que funcionan como gestos, comentarios de la vida cotidiana, críticas visuales sobre política, cuestiones sociales o desastres naturales. Porque a veces parece que las obras de arte se pierden en la historia; su tiempo no les permite alcanzar lo contemporáneo.

El artista Damián Ortega se propuso realizar una obra de arte diferente cada día por un lapso de un mes. El diario del Reino Unido The Independent le sirvió como referencia para construir ready mades que tuvieran un tiempo similar a las noticias. Los encabezados, imágenes y fragmentos que el artista encontró en el periódico funcionaron como ideas que el artista transformó en objetos.

Ulysses Way es una bicicleta que sostiene una casa, o al menos los restos de ella. Ortega se basó en una imagen que mostraba las inundaciones en Pakistán en el año 2010. En ella, las personas intentan encontrar un lugar fuera del caos mientras cargan sobre sus hombros los muebles y únicas posesiones que han podido recuperar. El título de la obra es claramente una referencia a la Odisea de Homero, aunque el periplo de los pakistaníes parece no tener un lugar de retorno. Pues la bicicleta apenas funciona como vehículo y más como andamio paralizado en el tiempo. En realidad la bicicleta se convierte efímeramente en una casa que divaga sin rumbo como lo hace Leopold Bloom en el Ulises de Joyce.

Contrario a las obras en donde Ortega fragmenta los objetos, Ulysses Way ensambla en un solo objeto una especie de monumento provisional, como las imágenes en las noticias que se agotan y se olvidan pronto. Y por ello la pregunta que queda abierta es si la obra de Ortega critica la amnesia colectiva o funciona como un memorial. Andreas Huyssen nos recuerda la frase de Musil: “No hay nada en el mundo tan invisible como los monumentos”. Y quizá por ello el acierto de Ortega es hacer la relación entre el carácter efímero de las noticias y la permanencia de la escultura como monumento.


Autores
es curadora del Museo Tamayo, y miembro del consejo editorial de la revista Tierra Adentro. Tiene un máster en estudios curatoriales por el Bard College.
Yukón. Eugenia Coppel.

El jueves 13 de julio de 1967, a un kilómetro de la cima del Monte Ventoux, cuando se corría la etapa Marsella-Carpentras del Tour de Francia, el ciclista británico Tom Simpson sufrió un paro cardiaco. Simpson había ganado la carrera París-Niza unos meses atrás y el campeonato mundial de ciclismo en ruta sólo dos años antes. Era, pues, uno de los favoritos de aquel Tour, y en vísperas del 14 de julio estaba entre los líderes del pelotón. Se ha calculado que, aquella tarde, la temperatura en el Monte Ventoux era de cuarenta y cinco grados. Una mezcla temeraria de coñac y anfetaminas causó la deshidratación que provocaría el colapso de Simpson, cuya muerte se declaró a las 17:40 horas. No muy lejos de ahí, pero en 1327, Francesco Petrarca vio por primera vez en Aviñón a Laura de Noves.

Una pequeña historia de bicicletas, corazones rotos, vidas truncadas y mundos por atravesar comienza en este punto. Juan José Arreola, gran aficionado al ciclismo, escribió tras la muerte de Simpson un brevísimo poema en prosa que habría de recoger en Palindroma, libro de 1971. Finitud e infinitud, tiempo y eternidad, realidad e ilusión confluyen en esas cuarenta y tres palabras de Arreola: “Se me rompió el corazón en la trepada al Monte Ventoux y pedaleo más allá de la meta ilusoria. Ahora pregunto desde lo eterno en el hombre: ¿Cómo puedo emplear con ventaja los tres segundos que logré descontar a mi más inmediato perseguidor?”

Poco antes de la muerte de Simpson, en 1964, se habían publicado las “Prosas dispersas” de Julio Torri como tercero y último de sus Tres libros (1964). Arreola, con toda probabilidad, había leído ahí “La bicicleta”, pequeño ensayo del coahuilense. Que lo hubiera leído Simpson no sería nada fácil de probar, aunque imaginar al ciclista británico leyendo ciertas líneas de un remoto prosista mexicano daría, como mínimo, resultados conmovedores. El ciclista, según Torri, es por definición un solitario. El camino que se va recorriendo en bicicleta es metáfora de otro camino: el que se va recorriendo hacia la muerte, ni más ni menos. Eso sí, la muerte a la que se llega pedaleando no es cualquier muerte, a decir de Torri: “El ciclista es un aprendiz de suicida”.

Pero el ciclismo es una cosa y andar en bicicleta es otra. En francés, para echar mano de un caso elocuente, la diferencia es categórica: entre la bicicleta recreativa (bicyclette) y el ciclismo deportivo (vélo) hay una gran distancia. Philippe Delerm trata el asunto con pinzas aristotélicas: “Nacemos bicyclette o nacemos vélo; es algo casi político”. El que nace bicyclette es hedonista, pensativo y un tanto melancólico. El que nace vélo es competitivo, práctico y veloz. El coñac y las anfetaminas, názcase como se nazca, corren por cuenta de Tom Simpson.

Mitad bicyclette, mitad vélo, según se baje o se suba, es el velocípedo que circula por un bello poema de María Baranda que forma parte de Moradas imposibles (1998). También es legítimo decir: mitad Santa Teresa de Jesús, mitad Sor Juana Inés de la Cruz. Aliteraciones, transposiciones y encabalgamientos aceleran la respiración y después la refrenan intempestivamente, como si la voz poética y el oído lector se precipitaran juntos por una cuesta empinada sin perder la gracia: “Hubiera yo veloz por él el mundo / recorrido en velocípedo. […] / De Oriente / a Occidente en velocípedo habría / yo ido hasta ese territorio de aves / y serpientes, por edificios y santuarios, / por puertas interiores y gradas ordinarias, / buscándolo geométrico, animal / que embellece las fachadas”.

De poco sirve preguntarse quién es, en el poema, “él”: ¿un dios, cualquier dios, o un hombre, cualquier hombre? Importa, en cambio, entenderlo como el objeto de un deseo, como el término de un viaje indispensable, como la meta de un camino y acaso de todos los caminos. Y comprender que hasta él se va, por supuesto, en bicicleta: “Hubiera yo por él / naturalista ido periférica / en ese siglo atestiguando / el Nuevo Mundo entre dos ruedas”.


Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1971) es poeta, ensayista y traductor. Autor de varios libros. Ha recibido los premios Nacional de Poesía Efraín Huerta, Nacional de Poesía Aguascalientes, Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos.
Vía Recreativa. Eugenia Coppel.

Para Gabriel Zaid, que sabe leer en bicicleta, por sus espléndidos ochenta años

La historia de la bicicleta se remonta a 1696, cuando el matemático francés Jacques Ozanam planteó en sus Récréations Mathématiques et Physics la posibilidad de crear un vehículo capaz de moverse sin caballos, empleando sólo la fuerza de las piernas de su conductor. Un aparato en el que uno podría “ir libremente a donde quisiera” y, al mismo tiempo, hacer un buen ejercicio. Pero no concebía ese aparato con dos, sino con cuatro ruedas, y no imaginaba que su tripulante viajaba sentado, sino de pie, sobre un par de pedales más cercanos a lo que hoy parecería una escaladora mecánica que al estilizado vehículo al que estamos habituados. Por eso en un comienzo se habló de velocípedo (“pie rápido”), y sólo hasta 1860 comenzó a utilizarse el término que ahora nos es común, y que no es sino la sucinta descripción de su rasgo principal: dos ruedas que giran.

Hoy estamos acostumbrados a ella, pero la bicicleta es una máquina que parece surgida de un sueño. Los poetas se dan cuenta de su naturaleza fantástica y con todo tino señalan que algo tiene de insecto (Neruda, en su “Oda a la bicicleta”), algo de quebradiza osamenta (Anne-Marie Coppi, en “Imágenes de la bicicleta”), que es una singular aleación de alambre y viento (Fabio Morábito, en sus “Canciones Defeñas”).

Es un medio de transporte maravilloso, y un espléndido instrumento para hacer ejercicio, como lo anticipaba Ozanam. Pero también —en la medida en que el pedaleo es lo más parecido al paso, que favorece la meditación—, una magnífica manera de estimular la imaginación y la inteligencia.

La bicicleta, dice François Soulages, “es un medio para que el niño salga de la infancia y para que el adulto vuelva a ella.”

En nuestros días vemos con regocijo que el uso de la bicicleta es cada vez más popular en todo el mundo. Como en la encantadora sátira de Cortázar (“Progreso era el de antes”), en la que la historia del transporte se cuenta al revés (los aviones de hélice ofrecen más ventajas que los jets, las bicicletas más que los ferrocarriles y los automóviles, y la cima de las formas de locomoción es de nadar y andar a pie), la bicicleta demuestra su clara superioridad como medio de transporte urbano respecto de los automóviles. No sólo no contamina el aire ni satura y deteriora las calles; propicia que la población sea más sana física y mentalmente, que conviva de modo mucho más amable y que sea mucho más disfrutable el trasladarse.

Si antes, para demeritar a una comunidad pequeña solía decirse que era un “pueblo bicicletero”, en nuestros días, ante el caos y destrucción que han producido los automóviles en nuestras ciudades, esa expresión adquiere una resonancia utópica. Ya quisiéramos ver nuestras ciudades llenas de bicicletas —y tanto mejor si estas fuesen propiedad colectiva.

En este sentido, hay que subrayar que la bicicleta —o, para decirlo mejor: el ciclismo— entraña muchas cosas: no es sólo una opción de transporte individual, una actividad deportiva, una manera de disfrutar el tiempo de ocio, sino una posibilidad de reconstruir la vida urbana, de hacer vida en común con nuestros vecinos, de ser, contra la grosería del dinero y las imágenes que nos impone, más modestos e igualitarios. No es exagerado decir, entonces, que el ciclismo es un humanismo.

Rafael Vargas


Autores
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