Nada hay más que desastre: llena estála sangre de luz¿Es el sistema solaro el circulatorio el que ilumina día a día?
El tiempo, el aire se consumelas ciudades, las penínsulasla realidad inmóvil,su figura animal que andando se acabó.
El siglo es tempestad que se hunde en el cieloy brutal y moribunda es la lluviaporque renace de sí misma,construye los desiertoscolma la fosa de la vidamientras el polvo devora tododesde los huesos hasta las montañas,los milenios y las flores.
Incapaz de rebelarse el cuerpo,de expandirse más que el agua y el aceiteque son el vino y la sangrecuando el sacrificio significa quemarel pasado como si fuera un libro.Así comienza el desastre,un presagio incandescente,inminencia total.
II
El miedo de las cosas a morirsea fundirse con los sueños que las hicieron posiblesen un infierno que tiene rotación y traslacióny donde el mar no huele como las tinieblasque inventan los ojosde quienes escriben con el rayoy leen en los confines de los airesel número del día y la cantidad de olasque hay allí adelantedonde ustedes sólo ven ruinas.
Años y ruinas en este lugaragallas, branquias, pulmones: ruinasla materia es ruinapreguntas, respuestas, hospitalescalabozos, paraísos no más que ruinas. Es esto y es otra cosa.
III
Las aguas del diluvio salen aúnde los baños y cocinas de este hotely los cadáveres de cientos de ciudadesresplandecen monumentales en su resurrección,pues no volverán a vivir.
Toda la noche oí los neonesdesde mi ventana;se quemaba mi poemay su hoguera es esta R.
Regreso del ángel
Mi corpus secreto esperaseguir volando a pulso en silencio sin que haya rastros de mí
Los huelo en el mapade todos estos años y aparecen en otros cuerpos
Cada R es un catálogo pornográficodel tacto entre dos espaldasque guardan un secreto
La cerveza es luminosa Veo mi mano mi lengua y mi ojo ofreciéndose de un solo golpe al aire Solo y se oyen las aves de mal agüero derramándosedesprendiéndosecayendo anticipando Y séyo sé que el cielo es un colchóndonde gemir en la oscuridadcomo el embrión dormido de un nuevo santo
El cuerpo limpia su soledadcon el deseopor eso no es importante otros brazos otros muslos otros dedosescriben una biografía póstumaen él en la altura de su imaginaciónsobre los cables eléctricos donde hacen fiestas de papel picadoy las cenizas vuelan al mar
Vienen entonces estigmas del futuro en su papel
sobre la piel suave después llega el milagro
Guárdenselo Silencio
Blancos glóbulos
pasillos ojos cloro gusanos
para sí sólo para sí
**
“Primera noche” es una reescritura a partir de El reposo delfuego de José Emilio Pacheco (1939-2014) y “Regreso del Ángel” es una reescritura a partir de Sus brazos labios en mi boca rodando de Sergio Loo (1982-2014). Ambos poemas son parte del libro Debajo de la Lengua (2009). In memoriam.
No se trata de una reseña de un libro, ni de una reflexión sobre una poética. En esta ocasión presento un ejercicio gráfico que tenía ganas de realizar desde hace varios meses. No se trata de ilustrar un libro. Se trata de dibujar un nuevo libro.
Tomando como índice o referencia las palabras alusivas a los pájaros, en los poemas de Dos estudios a partir de la descomposición de Marcus Rothkowitz (Tierra Adentro, 2012) de Luis Eduardo García (Guadalajara, Jalisco, 1984) hice algunos dibujos. La intención –en parte– es descontextualizar a las aves del entorno semántico y poético de donde nacieron. Dibujar una suerte de “retrato” que presente sin más al pájaro mencionado, y no hacer caso ni de la cantidad ni de la acción donde están situados, excepto cuando se trate del mero término “pájaro” o “ave”, es decir, sin nomenclatura. Luego, parte del juego es ver y explorar qué nos dice una nueva historia a partir de una secuencia gráfica.
Escogí este libro porque desde la primera lectura que hice del mismo, di cuenta de los pájaros. Varios, muchos pájaros fueron apareciendo texto tras texto (lo cual me hizo muy feliz) a partir de la segunda parte del poemario titulada: “Poemas como el puño de Dios”. Los poemas donde aparecen son los siguientes:
1) Poema con risa diabólica (realizado en The Four Seasons Restaurant). /p. 34
2) Sexy Red – Featuring dj Chainsaw & John “Crazy” Bombardier. / p. 38
3) Antídoto contra postales multicolor y comerciales costosos. / p.43
4) Imitador de Marcel Duchamp versus Imitador de Dios/el vacío (lucha en jaula). / p.48
5) Trece formas de hacer estallar a un mirlo-bomba. / p.52
6) La mujer del mercader del río: una carta (versión libre de la versión libre de la versión libre de Ezra Pound a partir de Li Bai). / p.69
7) Ian Curtis interpreta “Love will tear us apart” con la ayuda de una cuerda.” p. 73
Si bien he mencionado que una parte de este ejercicio trata de descontextualizar a los pájaros de su entorno anterior, me parece prudente presentar las líneas de su origen antes de pasar a la nueva secuencia gráfica:
1) “…como nube amarilla de azulejos/ gravemente heridos” /p. 34
2) “…la música de vagabundos ruiseñores/ secándose en la acera semi muertos / muertos” / p. 38
3) “Desconfía de los fondos que carezcan/ de un par de aves reventadas o…” / p.43
4) “Las tres líneas se llaman “pájaro”. / p.48
5) XIII
El pronóstico es:
Lluvia de pájaros muertos.
El mirlo-bomba no resistirá mucho tiempo. / p.52
6) “Los pájaros mueren sin cantar.” p.69
7) “Ian Curtis ligero como una alondra aplastada.” p. 73
Otro par de asuntos de los cuales me percaté y me parece interesante comentar en función de este ejercicio gráfico, son los siguientes:
El autor del poemario menciona en una nota al final su admiración por el trabajo del pintor abstracto; explica que a partir de ello comenzó a escribir el libro. Sin embargo, dice también: “Éste es esencialmente un libro fallido, entre sus páginas hay desechos. Es en concreto una visión particular del mundo, además de la intención de mostrar la forma en que un libro es devorado por otro más fuerte.”
He de decir que entiendo la postura humildísima –por cierto– del autor, pero entre los mencionados desechos y la visión particular del mundo yo escuché a varios pájaros que cantaron y me tomé la licencia poética de atentar lúdicamente a la abstracción, aventarles un alpiste (para ver qué pasaba) y traerlos, –de manera humildísima y literal– a esta nueva historia que aquí presento.
Sin más, aquí los pájaros:
#1
Azulejo (Sialia currucoides)
Ave paseriforme
Familia de los Túrdidos
#2
Ruiseñor (Luscinia megarhynchos)
Ave paseriforme
Familia Turdidae considerado también en los Muscicapidae
No es secreto que el movimiento teatral en Guadalajara ha cobrado fuerza en los últimos tiempos, nombres como Jorge Fábregas, Hugo Salcedo o Beto Ruiz ya son referentes obligados de la escena; es por ello que en esta ocasión, paso los reflectores a Azucena Godínez Montes, joven dramaturga nacida a principios de la década de los ochenta.
La maestra en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid y también directora de teatro, ha comenzado a abrirse paso en el difícil panorama escénico, obteniendo anheladas becas como la de la Fundación para las Letras Mexicanas, en 2010 y el Programa de Estímulos a la Creación y al desarrollo Artístico del estado de Jalisco, en el 2011. Diversas obras de su autoría se han llevado a la escena, entre ellas: Súperheroechicas al rescate, Hasta que la muerte nos separe, The pig, Currículum Sexual, Adelitas, Mujer-pecado, Mujer traición.
En esta ocasión, expondré un fragmento de la obra Simón y la mujer caballo que forma parte de su libro Enaltamar, editado a cargo del Instituto Mexiquense de Cultura y próximo a publicarse en 2014.
Agradezco la confianza y comparto con gusto una muestra de su trabajo.
Simón y la mujer caballo
Por Azucena Godínez Montes
Fragmento
IV
Josefine: ¿Por qué Dios permite estas cosas?
Simón: ¿Qué quieres decir con “estas cosas”?
Josefine: Esto, tu y yo, nosotros.
Simón: ¿Alguna vez te han dicho que eres muy cursi?
Josefine: Me lo repites a diario.
Simón: Pues eres muy cursi.
Josefine: Ya sé, Simón, ya sé que soy muy cursi.
Simón: Aclarado el punto, sigue caminando.
Josefine: ¿No has pensado que cuando lleguemos con el médico las cosas serán distintas?
Simón: Claro que lo he pensado, por eso vamos.
Josefine: De regreso tendrás que venir caminando.
Simón: Con tacones, por supuesto.
Josefine: ¿Con tacones?
Simón: Me gustan los tacones, ¿hay algo de malo con eso?
Josefine: No, no, nada de malo.
Simón: Tú deberías alegrarte, ya no vendrás en cuatro patas.
Josefine: Me alegra mucho, aunque confieso que extrañaré cargar tus maletas.
Simón: Te dejaré cargarlas de vez en cuando.
Josefine: Gracias.
Simón: No es que me guste que cargues mis cosas.
Josefine: Lo sé, Simón, es por mi bien.
Simón: Qué bueno que lo entiendas.
Josefine: Sólo mientras me acostumbro a las nuevas circunstancias.
Simón: Exacto, después, cada quien por su lado.
Josefine: No volveremos a vernos.
Simón: Nunca.
Josefine: Jamás.
Simón: Aunque, puedes llamarme de vez en cuando.
Josefine: ¿Puedo?
Simón: Si me necesitas.
Josefine: Lo haré si te necesito.
Simón: De acuerdo.
Silencio.
Simón: Debes confesar que será extraño que no volvamos a vernos.
Josefine: Sí, supongo que lo será.
Simón: ¿Cuántos años tienes, Josefine?
Josefine: No es correcto preguntarle la edad a una dama.
Simón: ¿Cuántos años tienes, Josefine?
Josefine: Cuarenta y cuatro.
Simón: ¿Cuarenta y cuatro? Eres un caballo longevo. Será difícil acostumbrarse a andar en dos patas después de tanto tiempo.
Josefine: Cuarenta y cuatro no son tantos. ¿Tú cuántos tienes?
Simón: Ya lo sabes, cuarenta y cuatro también.
Josefine: Aunque la gente dice que me veo de treinta y cuatro, en la plena flor de mi edad.
Simón: No creas en todo lo que dicen.
Josefine: No, no siempre les creo, pero estoy de acuerdo con ellos cuando me miro al espejo.
Simón: Bah, te halagas a ti misma.
Josefine: Para nada, procuro ser lo más objetiva posible.
Simón: Nadie es cien por ciento objetiva.
Josefine: ¿Te parece que soy muy vieja?
Simón: No, no tanto.
Josefine: Gracias.
Simón: ¿Por qué?
Josefine: Por decirme piropos
Simón: ¿Yo cuando…?
Josefine: Yo también te quiero.
Simón: Deja de decir tonterías.
Josefine: No es tontería decir que te quiero.
Simón: Está bien, puedes decirme que me quieres cuantas veces te venga en gana, pero siempre debes tener en cuenta que no eres mi primer caballo.
Josefine: Lo sé, Simón, no tienes por qué repetírmelo. (Llora con relinchos.)
Simón: No llores, Josefine, no llores.
Ella sigue llorando.
Simón: No soporto verte llorar. Escucha, dije que no eres mi primer caballo pero no me dejaste terminar. No eres mi primer caballo pero sí eres mi favorita.
Ella deja de relinchar.
Simón: A ver, ¿quién es mi caballo favorita?
Ella para la trompa.
Simón: Una sonrisa, sonríe, hermosa caballito.
Ella por fin sonríe.
Simón: ¿Ya ves? Eres tan hermosa cuando enseñas los dientes. Estoy seguro de que, si ganaras un concurso de carreras por una nariz, te verías preciosa en la foto del recuerdo, llegando a la meta.
Josefine: No me vuelvas a decir esas cosas, son muy feas.
Simón: Palabra de macho.
Ella para la trompa esperando beso.
Simón: Anda, que se hace tarde.
*
Sin duda un texto brillante y peculiar que será muy bien recibido en el mundo del teatro impreso. Le auguramos lo mejor al libro En altamar y a su talentosa autora.
Cuando Jorge Cuesta se suicidó, Xavier Villaurrutia escribió en un artículo que le era muy difícil hablar sobre su amigo muerto. Supongo que eso nos sucede a todos cuando tenemos que escribir sobre una persona a la que le teníamos tanto afecto a pesar de no frecuentarse mucho, como ahora sucede con José Emilio Pacheco.
La único que se me ocurre es pensar que llega el momento terrible en que uno debe prepararse para enterrar a sus figuras tutelares. Pues, ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya sobre su vasta obra? A riesgo de querer decir algo nuevo, sin duda, uno acaba enumerando puros lugares comunes. Por eso, en casos como el de la obra de José Emilio, siempre he pensado que sólo se puede hablar desde una visión personal.
Todos recordaremos anécdotas que muestran la inagotable generosidad de José Emilio, de su ilimitada modestia. En particular me gustaría recordar dos momentos que me dieron muestras de ellas. El primero sucedió en una lectura que dio en la Casa del Poeta, al terminarla me acerqué a pedirle un autógrafo a mi ejemplar de su poesía Tarde o temprano(1958-2000) (FCE, 2000). Yo llevaba recién leído su librito de ensayos sobre Borges, Una invitación a su lectura (Raya en el agua, 1999) en el que me había llamado la atención un comentario sobre el vocablo “gaucho” como una forma despectiva de llamar a los de la provincia de Buenos Aires. Le dije a José Emilio que a mí me había recordado una palabra muy mexicana y también muy despectiva, “gacho”, él asintió y dijo otra serie de palabras con el mismo sentido que se usan en Cuba, Colombia y otros países de habla hispana. Y así mientras seguía firmando libros (me pidió que no me fuera de allí, que esperara a que terminara de firmar), seguíamos platicando de términos, lo que yo creí que sería una breve charla sobre una curiosidad, en realidad duró un par de horas. Me sentí adoptado, además de apabullado por su pasión con el lenguaje y esa generosidad de dar una cátedra sin habérselo propuesto.
Sin embargo, la otra fue la más sorprendente de todas. Sucedió en el verano de 2006. La policía me había golpeado por una calle de la colonia Juárez pues mis amigos y yo habíamos evitado Reforma por el plantón de López Obrador. Un par de semanas después, mi amigo Luis Antonio de Villena me escribió alarmado por el episodio, le contesté para tranquilizarlo que estaba bien, con heridas pero recuperándome. Me surgió la duda sobre por qué habían llegado las noticias hasta España así que le pregunté cómo se había enterado. Me contestó que había visto en Madrid a José Emilio y que él le había informado: “te quiere bien y está preocupado por ti”, escribió Luis Antonio. La sorpresa fue doblemente enorme: José Emilio no sólo estaba enterado de todo lo que me había pasado ¡sino que iba hasta otro continente a hablar de mí con los amigos en común! De manera que en cuanto tuve la oportunidad de agradecerle en persona no dudé en hacerlo (lo cual creo que sucedió en una Feria del Libro de Guadalajara).
No sólo hemos perdido a uno de nuestros poetas y narradores más entrañables, también a uno de nuestros periodistas culturales y acuciosos investigadores (su sección “Inventario”, firmada siempre con las discretas iniciales JEP, aportaba muchos datos fundamentales para los anales de la literatura), sino sobre todo a un espléndido traductor, ensayista y lector, pues José Emilio tradujo, por ejemplo, el De profundis de Oscar Wilde o recientemente los Cuatrocuartetos, de T. S. Eliot.
Ahora nos toca a sus lectores despedirnos de José Emilio Pacheco y de qué otra forma hacerlo que con versos suyos:
Aquí sabemos a qué sabe la muerte.Aquí sabemos lo que sabe la muerte.La piedra le dio vida a esta muerte.La piedra se hizo lava de muerte.
Sergio Loo. Fotografía tomada de las afinidades electivas / las elecciones afectivas
Queda todo inconcluso. La ira y los rostros, ahora más sombras que carne, habitan este cuarto. Me negaré a despedirme. Serás por siempre ese niño recostado en un puente. Tu voz en aquella ciudad estridente y libertina, sin duda la caminaremos por ti y daremos pasos contundentes; calcaremos los rostros en la fiesta de papel picado.
Estarás.
*
La madrugada del martes 28 de enero falleció el joven poeta mexicano Sergio Loo. El Programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente la pérdida de este entrañable autor, colaborador y amigo.
*
Con más fuerza, Sergio. Con más rigor y alegría cantaremos versos.
Cuerpos sin nombre difuminadosen las sábanas. La cama queda listapara que dos, algunos dos,algunos hipotéticos dos;tú y yo, por ejemplo,crucen en ella la noche.
Sergio Loo (Ciudad de México, 1982) poeta y narrador. Autor de Claveles automáticos (2006). Colaboró en Fantasiofrénia. Antología del cuento dañado(2003), Paso al Frente (2004), Descifrar el Laberinto (2005) El fungible: especial de relatos (2006). Textos suyos han aparecido en Navegaciones Zury Hermanocerdo. En 2007 publicó en el Fondo Editorial Tierra Adentro, Sus brazos labios en mi boca rodando, mimo título que fue editado en versión digital por la editorial española Foc, en 2013. También publicó Retratos desarmables (Ediciones B, 2011) y Guía Roji (IVEC, 2012).
Autor prolífico y de múltiples preocupaciones, José Emilio Pacheco se distingue como una de las figuras más destacada de la cultura mexicana. Armando González Torres revisa las diversas facetas de Pacheco y habla del intelectual comprometido con el futuro y el pasado. Este ensayo fue publicado originalmente en el número 147 de la revista Tierra Adentro, en agosto-septiembre de 2007. Lo retomamos de nuestro archivo a manera de homenaje al maestro.
El hombre de letras
José Emilio Pacheco es uno de los escritores vivos más reconocidos en todos los ámbitos: su obra es apreciada por la crítica, ha suscitado un gran interés de la academia, ha aglutinado premios y goza del favor de un numeroso segmento de lectores. Pacheco ha cultivado la poesía ―desde el cuidado formal de sus primeros libros pasando por un ánimo experimental y desenfadado de la anti-poesía desnuda y moralizante de sus últimos años―; ha escrito una narrativa que explora, con la misma maestría, la reminiscencia entre nostálgica y aterrada de la infancia; la estampa histórica; el cuento de misterio o el relato experimental; ha refrescado, al margen de la academia, la memoria mexicana con estudios y antologías imprescindibles; ha realizado una labor fundamental de enlace con otras lenguas y tradiciones culturales mediante una prolongada faena de traducción y difusión y, desde el periodismo cultural y su legendaria columna “Inventario” ha llevado a cabo un recuento de la vida mexicana y ha abierto un mirador internacional que, por la cualidad de su prosa y lo valioso de sus descubrimientos, tiene el don de la permanencia, extraño en el entorno provisorio de los medios. Pacheco también ha sido consecuente con la noción de que un hombre de letras habita en sus obras y no en las actividades sociales, por lo que ha mantenido una prolongada reserva frente a la proyección mediática.
No resulta fácil clasificar la obra y figura de Pacheco en alguno de los estancos habituales: podría decirse, con todas las ambigüedades que ello implica, que es un escritor de orientación progresista, aunque no acuda a mítines, ni abandere candidatos; podría suponerse, por su previsión ante la farándula artística, que es un anacoreta, aunque ha tomado posturas valientes en numerosas ocasiones y ha seguido el pulso periodístico de la actualidad; podría decirse que es un escritor sumamente popular, aunque raramente aparezca en los medios o se presente en público. Por lo demás, para situar a Pacheco tal vez habría que acudir a adjetivos intelectuales que, en esta etapa de relativismo, especialización y pragmatismo, se utilizan poco y hasta parecen anticuados, como humanista y moralista. Humanista porque, como poeta, narrador, editor, traductor y antólogo, Pacheco ha heredado de la gran tradición mexicana de intelectuales con vocación social, un afán de asimilar el conjunto de la cultura y practicar todos sus oficios, incluyendo los más humildes y esforzados. Moralista porque Pacheco defiende, más allá de las banderas de coyuntura, determinados valores generales e intemporales y busca darles significado y densidad histórica, tanto fuera como dentro de su literatura. Ciertamente, Pacheco es un humanista un tanto escéptico, que conoce las fallas del carácter humano y las formas en que, a través de la historia, se ha encarnado la estupidez, la maldad y la ambición. Es también un moralista temperado, que no concibe vías únicas, ni doctrinas inflexibles, para procurar el bien. Estos rasgos, aunados a su carácter, han moderado su inserción en la vida pública y le han dado una saludable distancia de la acción, la ambición y los compromisos con causas inmediatas.
La inclinación moral
Hablar de moral en la literatura moderna se ha vuelto casi una confesión de gusto rudimentario en ingenuidad. Por supuesto, la estética no es éticamente neutral y aun la escritura más abstracta y formal implica un ejercicio donde se involucran emociones, perspectivas y juicios morales. Sin embargo, como señala Wayne C. Booth en su indispensable Las compañías que elegimos, el debate sobre la manera de vincular moral y literatura no sólo es difícilmente resoluble, sino que, en muchos sentidos, se encuentra suspendido por una serie de juicios y prejuicios. En el caso de Pacheco, la naturaleza abstracta, más emocional que ideológica de su compromiso moral, es relevante por lo atípico que resultaba en un período en que la moral llegó a identificarse con la ideología y con la acción política más inmediata. Porque es necesario recordar que Pacheco se incorporó a la vida cultural y alcanzó su temprana madurez como escritor hacia los años 60 y 70 cuando en México se consolidó la disputa ideológica y la guerra fría encontró sus trincheras principales en la vida cultural.
En esta circunstancia, Pacheco ha eludido las tentaciones del poder o del partido y ha emprendido un complejo cultivo de lo que podría concebirse como moral a secas, es decir, más que la acción de un ente político, la relación de un hombre frente a lo absurdo y abominable. Ciertamente, a diferencia de sus colegas, como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska o Carlos Monsiváis, Pacheco ha sido huraño con los medios y ha mantenido un perfil más bajo en materia de opiniones y compromisos, lo que ha limitado su exposición. Por lo demás, Pacheco generalmente se ha mantenido alejado de la crítica programática o militante, sus preocupaciones son de más largo alcance y dimensión: el dolor causado por un hombre a otro hombre, el tema de la barbarie, la inconsciencia en torno al desastre ecológico, la descomposición moral y política de la sociedad. Quizá podría hablarse de tres inquietudes principales en la visión moral de Pacheco: la prevención ante el progreso, la necesidad de mirar el pasado y la relevancia de convivir con la naturaleza.
Por un lado, Pacheco hace una crítica de ese progreso nivelador y mimético, que enfrenta a los hombres y mujeres de carne y hueso con abstracciones, susceptibles de mutilar sus formas de vida, empobrecerlos y arrebatarles su identidad. La modernidad y la tecnología son observadas, en general, como fuerzas que despersonalizan, aíslan y exacerban el egoísmo y la competencia innatos. Por lo demás, para este autor, las grandes empresas modernizadoras pocas veces parten de iniciativas populares y provienen de élites extranjerizantes o agentes externos, incapaces de observar las necesidades y expectativas de los individuos comunes.
Por otro lado, Pacheco busca realizar una citica comprometida con el futuro y con el pasado (¿o es qué, al olvidar, no nos volvemos cómplices de los crímenes de los ancestros?), que reivindica la memoria como una facultad moral de primer orden. No es extraño que sus mejores obras tengan que ver con la naturaleza moral de la memoria y con la distintas formas de recuerdo entre víctimas y persecutores. Pacheco asume que el hombre no sólo es responsable del mal presente, sino también del de antaño: la responsabilidad por el pasado es un hecho actual que exige reconocimientos y reparaciones simbólicas y, en ocasiones, prácticas.
La otra gran preocupación de Pacheco es la incapacidad de comunión con el mundo, de convivencia armónica con el entorno natural. Para Pacheco, como lo denota en gran parte de su literatura, el éxito tecnológico ha destruido el sentido de dependencia del individuo y lo ha llevado a erigirse en su propio Dios. La tecnología aumenta las áreas del mundo en donde el hombre resulta éticamente responsable. Con todo, los poderes de la tecnología también han devuelto al hombre la conciencia del desastre y se vive un estado de incertidumbre muy semejante al de las antiguas culturas que concebían el fin del mundo como un hecho inminente. En este sentido, Pacheco apela por preguntarse sobre la responsabilidad del individuo en la preservación del orden cósmico, por lo que la noción de compromiso se plantea de manera más urgente, no con una ideología con una causa política inmediata, sino con la realidad el instinto de supervivencia.
Ética y literatura
Estas inquietudes éticas se han desplegado a lo largo de su obra, en su narrativa, en su poesía y en su faena periodística. Aunque desde el principio de su obra podía advertirse un compromiso con los expósitos, desposeídos o extraños, esta pulsión ha sido cada vez más evidente en la evolución de su obra y el poeta, el narrador y el periodista se han convertido en cronistas del desastre, testigos de la injusticia y voz de sus agraviados. En busca de una literatura que deje un saldo favorable a la vida, Pacheco ha corrido riesgos y ha oscilando entre la lucidez y conmoción artística como forma pedagógica o la exposición didáctica y moralizante. Esta oscilación es evidente en momentos contrastantes de su narrativa y poesía.
Quizá la obra narrativa más profundamente política y a la vez moral de Pacheco sea la novela Morirás lejos, ese prodigio de nemotecnia que combina la experimentación literaria compleja y rigurosa con la denuncia. A partir de una anécdota, o mejor dicho, una imagen recurrente ―un torturador nazi que vive recluido en una pequeña habitación en la Ciudad de México y que presumiblemente es espiado por una antigua víctima a quien igualmente espía a través de la persiana― Pacheco recrea la historia judía, el drama de la diáspora y las sucesivas agresiones al pueblo judío. Morirás lejos evoca distintos planos temporales: el supuesto asedio de una víctima, “Alguien”, a un verdugo nazi, “eme”, las distintas etapas históricas del suplicio judío (la lucha contra los romanos y la destrucción de Jerusalén, la batalla por el gueto de Varsovia, los campos de concentración), y la propia visión de la Alemania nazi. Novela sobre la novela y, a la vez, novela profundamente militante, novela experimental y de denuncia, con una prosa de un perfecto laconismo y surcada por una poesía cruel y mortuoria, para mi gusto Morirás lejos es, por su grado de dificultad y por su misterio, lo mejor en la producción narrativa de Pacheco. Este “modelo para armar” tan habitual en la literatura de la época no se limita a crear un ingenioso artefacto literario, sino que es una metáfora de las infinitas posibilidades de la memoria y el significado. La evocación y la enunciación son profundamente falibles, de ahí la renuncia de la literatura a un relato unívoco y la reivindicación de un infinito de posibilidades, pues se trata del intento angustioso por describir, guardar testimonio y brindar significado a aquello que parece escapar a la comprensión humana.
A diferencia de la elaboración y complejidad de Morirás lejos, Las batallas en el desierto es una novela de formación que, con un estilo realista y transparente, narra la historia del enamoramiento de Carlitos de Mariana, la madre de su mejor amigo. Si bien la sencillez y belleza del estilo la han vuelto entrañable para muchos de sus lectores, el trazo de sus situaciones y personajes no logra ocultar su intento deliberado de ejercer la crítica social. Por ejemplo, no hay que esforzarse mucho para entender que el dilema del padre de Carlitos, propietario de una fábrica de jabones, que ante la invasión del mercado por parte de los estadounidenses debe venderla a sus rivales y convertirse en su empleado, es una bienintencionada ilustración del dilema de la dependencia de la industrialización mexicana y de la aculturación norteamericana. En fin, la hipocresía social, la corrupción, la desigualdad y la dependencia son denunciadas de manera alegórica a través de la trama y el trazo de los personajes, en cuya estructura pesa más la carga ideológica que la sangre y la carne. Este afán didáctico es evidente en el reto de su escritura y, sobre todo, de su reescritura: a medida que pasa el tiempo hay una tendencia creciente a privilegiar el mensaje sobre el desarrollo natural de la trama, sobre la libertad y ambigüedad de la escena literaria.
En lo que atañe al trabajo poético, su evolución también admite, y en esto acuerdan varios de sus críticos, la distinción de dos etapas: una primera, por llamarla así, formalista, en la que se incluirían Los elementos de la noche y El reposo del fuego y una segunda, que podría denominarse militante, en la que se inscribe toda la producción ulterior. Aunque la crítica moral ya es manifiesta desde sus primeros libros, el poeta social y político se hace plenamente presente en No me preguntes cómo pasa el tiempo cuando, influido por el clima radical de la época, inicia el tránsito hacia una poesía más realista y comprometida con las circunstancias ineludibles de las guerras, la explotación económica o la enajenación política. Al mismo tiempo, Pacheco apuesta por el ingenio y la ironía como artífices de su poesía. Ya no es el ritmo cuidado de El reposo…, sino el trazo corrosivo, que mediante la impresión o la risa busca la revelación poética o política. En No me preguntes… se instaura ese creador desconfiado de la filigrana poética que cultiva la llaneza, la denuncia y el humor y que a veces se acerca a los procedimientos de la llamada anti-poesía. Artefactos de crítica social y aprendizaje moral, los poemas de Pacheco, a partir de No me preguntes… son también interrogaciones sobre el lenguaje de la poesía y sobre la actualidad de los cánones y preceptiva. No es extraño que, en esta concepción de la poesía la paráfrasis, el escolio, la glosa, el subrayado, el pastiche, la imitación, la disgregación de la voz en heterónimos, la traducción y todos esos actos contrarios a una escritura egocéntrica se conviertan en el principal método creativo de Pacheco. La poesía, en la nueva concepción de Pacheco, ya no es la creación de un ser excepcional, sino el diálogo con una tradición exhausta y, sobre todo, la posibilidad, mediante la acusación directa o la ironía, de afinar la conciencia del lector. Por supuesto, el humor de un autor concentrado en la moral puede ser complejo de descifrar y, por su carga moralista, puede convertirse en ñoño. El poema “Idilio”, con el que abre Irás y no volverás, es representativo de la irrupción de este humor pedagógico en la poesía de Pacheco: el reposado paseo de dos amantes, pleno de reminiscencias pastorales, es interrumpido por el descubrimiento de una fábrica donde se elabora gas paralizante. Más allá de su discutible efectividad como recurso literario, este procedimiento poético da cuenta del interés de Pacheco por demostrar que, detrás de la apariencia de belleza, detrás de la cotidianeidad, se esconde el rostro torvo de violencia.
Los riesgos del moralista
Los moralistas no son escritores simpáticos para todo el mundo, sus denuncias revelan nuestra mala fe, pueden volverse sentenciosos e inoportunos, pueden también rendirse a los aplausos de la tribuna y descender a la autocomplacencia y la autocompasión. No poco de eso ha ocurrido en una literatura que ha perdido en misterio y rigor lo que ha ganado en carácter edificante. Quizá muchos lectores nostálgicos de la espléndida fantasmagoría de algunos cuentos de El principio del placer, de la visión cruda y ambigua de la historia de Morirás lejos o de sus mejores poemas, no nos resignamos a esa mutación del escritor en pedagogo. Con todo, pese a los riesgos que corre, es significativo que en este tiempo de abstención del juicio, persista una perspectiva que erija la moral como criba de la inteligencia. De cualquier manera, las buenas intenciones representan una cuerda floja en el mundo intelectual y quizá una de las funciones más valiosas del intelectual sea, como sugería Jorge Cuesta, decepcionar a sus lectores, ahuyentar a las almas perdidas que buscan una guía de moral práctica y enfrentar al lector con las dudas y conflictos internos que asaltan al escribir una línea o emitir una opinión.
José Emilio Pacheco (1989). Fotografía de Rogelio Cuéllar.
Digamos que no tiene comienzo el mar. Empieza donde lo hallas por vez primera y te sale al encuentro por todas partes.
J. E. Pacheco
Se entumen las manos y cae un golpe contundente en la boca del estómago. Escribir mil notas no te prepara para asimilar una pérdida tan absoluta. El fin del mundo se descubre aquí y ahora. El fin de una época; eso te llevas contigo. La soledad y este temblar de piel desnuda; sin ningún sonido, en mitad del desierto.
La tarde del 26 de enero falleció el escritor José Emilio Pacheco, en la Ciudad de México.
Por referencia de su hija Laura Emilia Pacheco, se sabe que hasta el último momento su padre escribió; actividad que desde muy joven lo colocó en panorama cultural mexicano.
José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició sus actividades literarias en la revista Medio Siglo. Junto a Carlos Monsiváis editó el suplemento de la revista Estaciones. También fue secretario de redacción en la Revista de la Universidad de México. Era especialista en Literatura mexicana del siglo XIX; además un gran estudioso de la obra de Jorge Luis Borges.
Entre sus obras más importantes están Morirás lejos, Las batallas en el desierto; La sangre de Medusa, El viento distante y El principio del placer. En poesía publicó Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces.
También realizó un gran trabajo como traductor, con sus versiones de Cuatro cuartetos, de T. S. Elliot; Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; De profundis, de Óscar Wilde y Vidas imaginarias,de Marcel Schwob.
“Lo dejo para que quien abra esto en cien años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra.” Declaró el 21 de abril de 2010 al depositar una serie de objetos en la Caja de la Letras del Instituto Cervantes para ser abierta en 2110.
Lamentamos profundamente la pérdida de este querido escritor mexicano. Habitará la niñez y el recuerdo junto a su obra literaria.
Recién nos enteramos del fallecimiento en Chile del poeta Marco Fonz, quién en 1998 editara en nuestro fondo editorial El ojo lleno de dientes. El programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente su deceso y envía sus condolencias a familiares y amigos.