Leo Canciones Mexicanas de Gonçalo M. Tavares, un texto escrito a partir de la estancia de este escritor portugués en la Ciudad de México, el lugar monstruo desde donde yo también escribo y observo, pero del que no logro una disección tan pulcra.
A través de su microscópica prosa, uno ve distinto este lugar. Un sitio donde la catedral se está hundiendo y Tavares se pregunta: ¿hacia qué lado se hunde? “Hacia la derecha” le responde su guía. Todo es metáfora para el portugués y yo quisiera ver también esas metáforas porque sé que ahí está la clave, aunque no sé de qué.
Al tratar de mostrarle la chilanguería, una suerte de mexicanidad centralizada, sus acompañantes le hablan del respeto −la sumisión, la obediencia, la admiración diría yo− que se le tiene al mezcal. No hay ciudad sin él, como no hay ya ciudad sin el torito y el tipo al que lo delata su perico en las noticias de la tarde. Cuidado con el mezcal, una gota y hueles, una gota y caes.
Al mismo tiempo le advierten, por cierto, que se cuide de los tremendos hoyos que conforman nuestro suelo. Otra forma de caer, dicen. “Hay agujeros por todos lados, te caes y desapareces, pero nadie te ve; desapareces y vas a dar a la alcantarilla, te cortan el cuello, mandan venir los ratones mexicanos, que son gorditos pero que también tienen mucha hambre, tienen las dos cosas, son gordos y están hambrientos…” El primer dolor es que nosotros estamos gorditos y con tanta hambre. Tanta que hemos hechos de la comida nuestra patria. Tal parece que no queda más. Cuando me piden referencias turísticas −si me las hubiera pedido a mí Tavares, por ejemplo− indicaría dos lugares: tienes que visitar sus tacos y sus piedras. La comida aquí es un lugar, le digo a mi imaginario escritor portugués, quizás el único sitio donde, de vez en cuando, nos encontramos sin ignorarnos o rompernos el hocico los que tenemos pasaporte mexicano. No conozco un solo chilango que aguante mucho tiempo en el extranjero sin lamentar la pérdida de su territorio culinario. No conozco alguien que no baje del avión pensando en unos tacos al pastor. La mayoría de los expatriados extrañan más las tortillas, los limones y el cerdo axiotado (o cualquier otra carne taquera) que a su propia madre. La mayoría se duele de los bobos sucedáneos: la tortilla en bolsita, el maldito chile que no pica, el limón que no hace sus milagros.
Más allá de buscarme como chilanga en el libro de Tavares, hay revelaciones con las que me duele este lugar: la escenificación de una pelea, como de gallos, pero con niñas de siete años (quizás una alegoría de la prostitución infantil) donde el presentador en tono de payaso de circo (o así lo imagino yo) grita: “…esto no es un espectáculo para quien no conoce México, es un espectáculo para quien conoce la maldad. ¿Tú conoces la maldad? Si es así, puedes entrar.”
El segundo dolor es la escena de Tavares cuando alguien le explica lo que ocurre el día de la Independencia en el Zócalo (que él confunde con el día de la Revolución): Alguien grita ¡Viva México! y el portugués se pregunta qué sería del país si desde el balcón de Palacio Nacional, el presidente se atreviera a gritar ¡Viva la ciencia! ¿Qué pediría yo que gritara el presidente −si me importara lo que dice ese señor− en lugar de ese espantoso ¡Viva México!? Quizás algo que no me alejara tanto del poder de lo pequeño. México, quién sabe qué será eso.
Tijuanense de nacimiento, ilustrador por decisión, entre acrílico, tinta, acuarela, pluma, lápiz, técnica mixta, lo digital y la instalación Mrglaubitz (Charles Glaubitz González) vive y trabaja para el desarrollo creativo de un mundo particular, abierto a todo aquél que quiera adentrarse participando con sus ambientes y personajes.
Mrglaubitz tuvo como noción primera, el acto preciso de dibujar sobre las bolsas de papel del supermercado. Comenzó desde pequeño, ¿el contexto? ver animaciones, video juegos, leer cómics. Justo es entonces cuando decide una vida para el adulto que se imaginaba iba a ser: dedicarse a dibujar cómics. Mrglaubitz comenta: El mundo visual me atrapó, el mundo de la imaginación y su contenido tomando forma en lo visual. Me influenció mucho mi niñez, en los años setenta, específicamente en el año 77 cuando apareció la saga de La Guerra de las Galaxias; me envolvió el mundo épico, mítico, místico y cósmico.
Charles Glaubitz estudió la licenciatura en Artes Plásticas en el California College of Arts en San Francisco, CA. Se preparó profesionalmente en diseño gráfico, ilustración y arte. Durante los últimos diez años, su trabajo ha consistido en la creación plástica a partir de diversas técnicas así como ilustrando en diversas revistas, novelas gráficas y animaciones. Ha sido reconocido con diversos premios y distinciones; en 2005 participó como becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes Jóvenes Creadores.
Ante la oración que indica describir “dibujo” en una sola palabra, Mrglaubitz responde: “pensar”. Sencilla y sabia palabra que como anzuelo lanza. Los ambientes y personajes de Mrglaubitz explayan una realidad posmoderna con diversos matices relacionados entre lo épico y una mezcla de futurismo dislocado pero muy bien anclado en sus referentes inmediatos: lo de hoy. Me atrevo a decir que en esta narrativa gráfica el juego del y con el tiempo es una suerte de broma precisa, con la que el artista plantea sus visiones.
Revolutiona Avenue Tijuana
Mrglaubitz responde para este blog algunas preguntas:
¿Cómo describes el arte?
El arte es una llave a las esferas del inconsciente, a lo efímero; una llave que busca manifestar la experiencia de existir, de estar.
¿Cuál es tu apreciación sobre la gráfica contemporánea en México?
Hay muy una multitud de viejos y jóvenes artistas creando, mezclando, combinando lo tradicional, lo tecnológico hacia algo nuevo, algo contemporáneo. Unos desafiando lo tradicional y otros impulsando lo tradicional hacia nuevos horizontes. Siento que se ha vuelto a dar un lugar nuevo a la gráfica, a lo visual. Mostrando la riqueza de la imaginación y creatividad en México.
¿Cuáles son tus influencias más poderosas hasta el día de hoy? Nombra algunos autores/as que sean de tu interés.
Jack “King” Kirby, José Guadalupe Posada, Jean Giraud, “Moebius”, Hayao Miyazaki, Gary Panter, Alejandro Jodorowsky, Windsor Mckay, José Clemente Orozco, Osama Tezuka, Taiyo Matsumoto.
Del comic: Sigil de Crystal tinta china sobre papel, 2010.
¿Qué es lo que más te interesa en cuanto a la gráfica y su desarrollo creativo?
Me encanta el poder narrativo de la gráfica, la capacidad de comunicar algo con cierta exactitud de contenido. La capacidad de expresar sensación, emoción del uso de un trazo, de hacer una marca sobre un plano limpio. El desarrollo creativo que me encanta es la exploración de bocetos: cómo buscar, cómo generar la mejor forma para expresar el contenido. El proceso de la búsqueda de la forma para mi es la parte más creativa y libre. La ejecución es un proceso diferente, ya es generar el contenido en figura, en forma y resolver la desarmonía que se manifiesta al hacer el primer trazo, la primera inclusión de color, para lograr de nuevo la armonía de la distribución de los elementos que componen la gráfica.
Describe la historia o conceptualización de uno de tus personajes favoritos.
El Niño Índigo es mi personaje favorito, es el guerrero metafísico espiritual. El que ha comprendido crear su llave para poder viajar de un plano a otro. En la narrativa existió primero El Niño Burro, personaje subversivo, rebelde, inconformista que se sacrifica tipo kamikaze para destruir a las maquilas y detener la explotación de la naturaleza. Se autosacrifica y sucede un “Leve UP” re-nace en el nuevo mundo como El Niño Índigo, que está basado en la idea de la “Nueva Era/New Age” la cual explica que nacerán niños en un estado superior, el siguiente paso a la evolución humana.
¿Cuál ha sido la importancia de la frontera política, geográfica y económica de Tijuana en relación a tu trabajo y vida como artista?
Al inicio de mi carrera era el tema principal: los encuentros con la frontera, con sus políticas sociales y económicas. La frontera es solo un borde físico, una entrada a la cual uno debe tener acceso político para poder libremente cruzar de un lado a otro. Lo físico de la frontera era sólo eso: un encuentro físico con algo inmovible. Ya después me di cuenta de que la razón del borde fronterizo nace de nuestra incapacidad de poder transcender lo físico y decidí tratar ideas sobre lo metafísico que es o puede ser la vida en la frontera.
¿Qué sugieres a los jóvenes dibujantes de hoy?
Dibujar todos los días, expresar sus pensamientos sin temer el exterior, buscar el encuentro medio del inconsciente y consciente. Mirar hacia afuera y mirar hacia el interior.
Aquí las páginas de Charles Glaubitz, creador tijuanense de corazón:
Parque Morelos, territorio inhóspito. Hogar de oficinistas con vans que se creen superiores a los oficinistas con zapatos. Una banda de cretinos mexicanos de Los Ángeles que se cree superior a una banda de cretinos mexicanos de la Calzada. Misma entrañable mierda.
Allá voy pedaleandoya dos cuadras lejos de casa. Logré atravesar Anguloun matadero de transeúntes arrollados por la estampida de camiones grises y transportistas esclavizados. Pedaleo.Yo soy yo y mi Apachetriciclo rojo con tres llantas y una caja de metal la Reina, mi perrita corriente, me acompaña odia a niños y policías (no sabe lo que soy). Pedaleo.
Nada de lo que llevo me salvará la vida: un cuaderno con mi abuelo muerto dibujado y algunos recortes de hostias. Nada de lo que llevo me salvará la vida. Pedaleo.
Allá voy a través de San Diego hasta llegar al desierto de grava, afuera de la Cruz Roja. Me introduzco al parque. Pedaleo. Su centro es un espacio oscurocielo tapiado de flechas todavía con hojas una pequeña cantina con borrachos que se miran pobres y un futbolito. Pedaleo. Ellos no son oficinistas. Pedaleo. Son desempleados, basureros, jardineros. Pedaleo. El mobiliario: animales de cementococodrilo, jirafa, elefante uno que no reconozco. Dejo mi triciclo monto sobre ellos. Cuellos largos, cuellos tiesos, cuellos cansados de tumbar niños hambrientos por montón. Patas huesudas, abiertas de cabalgarles sus crujientes cabecitas de avellana crujientes cabecitas muertas de nenes olvidados en el IMSS, de nenes no adoptados por mi madre a pesar de sus preguntas sistemáticas.
¿Y vos querés un hermanito? Habría dicho mi madre sudamericana, pero no la mía —pequeña oficinista con zapatos.
Que dejaron a un niñito en los cuneros, decía.
Más de alguno habrá quedado con pupilastransparentes bajo lozas transparentesde plástico que otorgael seguro social gracias a los pagos tripartita.
Ojalá no hayan muerto. No aún.
Otros habrán llegado a montar este elefante bofo de estómago agujereado(buen escondite)sin colmillossin orejasmemoria de pez
A estas bestias hay que saltarles al lomo y recorrerlas una y otra vez, día tras día, como si de eso dependiera no quedarse ahí por siempre, y convertirse en un oficinista con vans. ¡A trepar jirafas se ha dicho! A gatas por el lomo de lagartos y a rasparse.
Ahora grita el oficinista mayor, el gran jefedice que baje pero no quieroestá altoque baje o me bajadispara con su apuntador láser
Caigo sobre él y me llevo sus lentes de pasta al pisoReina ladra
Subo a mi triciclo y aúllo. Pedaleo. Aúllo como nunca lo haré de nuevo en 25 años. Pedaleo. El oficinista con vans me insulta y corre detrás blandiendo el puño, pedaleo, como en una mala traducción de Dostoievski, pedaleo. Su pie plano y pantalones apretados mis aliados. Pedaleo. Casi nos alcanza. Pedaleo. No miramos atrás. Pedaleo. Hay chamizos cruzándose en nuestro caminoruedas de plástico con figuras geométricas ensamblables para niños con edades de entre 12 y 23 meses de edad girando sin control. Pedaleo. No miramos atrás pero yo miro al lado. Pedaleo. En una banca, una pareja se besa. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Los ojos cerrados, la mano de él escondida en la espalda de ella, el rostro de ella inexistente. Pedaleo. Todo es una nuca y cabello negro y espalda blanca y cuatro piernas. Pedaleo. Demasiado malo para ser mentira. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Si no me volteo seré una niña atroz por siempre. Pedaleo. No puedo dejar de mirar. Pedaleo. Me acerco demasiadopedaleo pedaleo pedaleo
Apache se vuelca y caigo. La pareja voltea sorprendida y ríe. El oficinista se ha detenido y ríe aún más. Mi boca abierta rodilla sangrantecuaderno deshojado
Mis pies se contraenzapatos vuelanzapatos de piel de animal cimentado
Reina se come los recortes de hostias
Las tres llantas del triciclo giran en el aire y bajo ellas voypequeño insecto que antes de morir da la última vuelta al parque patas al cielo.
Del libro Apache y otros poemas de transportes autoimpulsados, editorial Mono, 2013.
El parque Morelos. Fotografías de CLAUDIA SANDOVAL
José de la Colina (Santander, España, 1934) se define de oficio “periodista cultural”, y es justamente en periódicos y revistas donde ha dado a conocer la mayor parte de su obra, incluidos algunos de los gozosos ensayitos que ahora reúne en De libertades fantasmas o de la literatura como juego. Son sólo unos cuantos de los muchos que ha escrito a lo largo de varios años, por ejemplo, en su columna dominical del periódico Milenio.
De la Colina sabe que la literatura es un divertimento así que por las páginas de este libro lo mismo desfilan personajes de la ficción como Sheherezada, Hamlet, Snoopy, Sherlock Holmes, Pinocho o de la literatura y la cultura como Dante, Cervantes, Coleridge, Marcel Proust, Luis Buñuel o Italo Calvino. A su particular elección de “raros” los llama los “legendarios cultivadores mexicanos de la Página Perfecta”, como dice de Arreola y bien se podría decir también de él mismo y, se me ocurre, que también de Monterroso y Vila-Matas. Lo que más se disfruta, sin duda, es su prosa juguetona que abunda en palabras homófonas, símiles, aliteraciones (“la atribulada tribu tributaria”, etcétera…). En una autoentrevista habla de su escritura:
Me aburre escribir en oraciones cortas. No tengo nada contra las oraciones cortas si las leo en Azorín, en Borges, en Paz, etc. Me parece muy bien que cada uno tenga su modo de respiración en la escritura. Yo hablo de mi propia escritura, e insisto: aun los trabajos de encargo los escribo “à mon seul plaisir”, y creo que el párrafo largo, la oración continua me da más sensación de fluencia, de seguimiento del tiempo, que la prosa de mucho punto-y-aparte y mucho punto-y-seguido. La escritura larga me permite, creo, cierta musicalidad de la prosa, quizá dar impresiones de perspectiva y volumen y diferentes ritmos y tiempos. (p. 25.)
Ya con Libertades imaginarias (Aldus, 2002), con el que recibió el Premio Mazatlán de Literatura, De la Colina se había confirmado como miembro correspondiente del OuLiPo de este lado del Atlántico, y que él rebautiza como TaLiPo: Taller de Literatura Potencial, del cual es único miembro. Así lo confirma un ensayo genial como “Eros / Gato”, unos “ejercicios de estilo”, como los llamó Raymond Queneau, en los que, además, De la Colina muestra su atenta lectura de los clásicos universales. (También Proust, antes de escribir su obra más recordada, se dedicaba a hacer pastiches de Balzac, Baudelaire o Sthendal, según él, para no caer en la imitación inconsciente.)
Tal vez una objeción a este libro: varios ensayos ya se conocen pues los ha publicado en otros libros, por ejemplo, su ensayo “El arte de Sheherezada” ya está en el libro Zigzag (Aldus, 2005), su genial pastiche sobre el gato que mencioné y su ensayo sobre los íncipits ya están en Libertades imaginarias, sus 12 variaciones de Gregorio Samsa se pudieron leer en su libro Portarrelatos (Ficticia, 2007) e ¡incluso el prólogo es el mismo de Libertades imaginarias! Entonces uno se pregunta dónde quedó, por ejemplo, aquella serie de artículos que escribió por el bicentenario de Mozart, ¿por qué no rescatarla? Con todos los artículos que publica, seguramente De la Colina tiene una serie de ensayitos tan gozosos y divertidos como estos con los que podría hacer otro libro totalmente nuevo para complacer al exigente lector.
Tengo la sensación de que podría cambiar de residencia intempestivamente otra vez: moverme con todo y mis chivas a un nuevo lugar… quizá un pueblo donde las mujeres sepan hacer picadillo con chile rojo y cocinen nopales tiernos con utensilios de peltre, donde los hombres cosechen ajo, orégano y chile ancho para que sus mujeres tengan, claro, lo indispensable, donde haya un río navegable ¡aun crecido!, donde haya un solo cronista, de 80 años de edad, llamado Heriberto Hernández, y de vez en cuando me invite a su casa a tomar Nescafé para hablar de sus libros (poesía, novela, crónica…); donde haya un viejo que haga sillas de palma por encargo, donde se produzca mezcal artesanalmente y lo pueda tomar recién destilado, en ayunas, como Dios manda, y antes de dormir, para aclarar los sueños; un lugar donde sea común y corriente comer fuera de casa a cambio de cuatro monedas de cinco pesos; un pueblo que aparezca en el mapa como una de las villas más prósperas de la Nueva Vizcaya y que ahora, 500 años después, intente resucitar ese glorioso pasado sin descontar a los frailes. Un municipio que tenga en la autopista a San Francisco de Asís en una estatua de cantera, y donde el santoral incluya “Los dulces nombres de Jesús” ¡Caray! ¿Cuántos nombres hay ocultos en esas cinco letras? Me lo preguntaría año con año al ver pasar, frente a mi casa, la procesión conmemorativa cada 14 de enero: danza de matachines en honor al Hijo de Dios en esta fecha que no se parece a otra y que tampoco aparece marcada en el calendario, ni en el eclesiástico, que se sepa.
Adobes. Fotografía de Eugenia Montalván.
Entonces, esperaría todo un año para cuando se acercara la peregrinación santificada con arpa y violines, salir a la calle, y ante el asombro de semejante aparición preguntarme: ¿Los dulces nombres de Jesús? Trataría de averiguarlos con mis vecinos; los abordaría después de mirarlos de reojo encomendándose al Redentor; a ellos, despojados de la tejana o la cachucha con los ojos entreabiertos musitando alabanzas, y a ellas en plena santiguada tratando de ver el rostro de “su” Jesús pasajero/peregrino cargado en hombros, siempre y cuando para entonces ya sepa cómo las mujeres de esta Villa eximen cualquier pecadillo, por inconfesable que sea. ¿Existe un pueblo así? ¡Existe! Se le conoce por devoto, pacífico y seguro, y también porque en él abundan los frutos que en otras latitudes se consideran exóticos: piñones, duraznos, nueces, membrillos, higos, moras, granadas… La tierra aquí es noble a pesar de las constantes sequías; sus cerros son copyright de la National Geographic. Sin embargo, los ojos de agua y las acequias se conservan todavía vírgenes para fotógrafos y aventureros… Aquí, una vaca suiza se ordeña diario y con un marrano de traspatio se engorda un baile de quince años y se practica la cacería por motivos de sobrevivencia. Aquí se escucha el graznido del cielo demasiado cerca y demasiado claro, aunque a veces también ruge su portentosa belleza. Aquí se cuecen habas, se desgranan mazorcas, se despioja a los niños, se desayuna huevos tibios, se encara a los hipócritas y se ofrecen sacrificios los viernes, ante todo durante Cuaresma, Adviento y Pascua.
En este lado del mundo no existe un Mercado Municipal, ¡ni existirá! El edificio, sin embargo, persiste semivacío y decadente, aunque por las mañanas funciona como expendio de gorditas, plato típico de esta región atípica. Las gorditas están hechas con maíz de nixtamal a semejanza de las tortillas, pero con un valor agregado dentro: variedad de guisos combinación de carne de puerco, de preferencia chicharrón; res, ante todo deshebrada, con chile poblano, en rajas; chile ancho, cocido y molido y papas en trocitos minúsculos. Desde luego hay gorditas que prescinden de la carne: puramente de huevo perdido; queso en su variante más ranchera: requesón; ejotes, nopalitos, etcétera… Su medida no excede los 10 centímetros de diámetro, a lo sumo, y se comen cómodamente con la mano porque no desprenden ni gota de grasa. Por tradición, las cocineras exhiben sus guisos al gusto del cliente, sin riesgo del “gato por liebre”. Son sabores picantes con el toque de la cocina antigua de Tierra Adentro: metate, lumbre y comal. Aleja, de pelo cano, despacha gorditas en su casa desde hace más de 50 años. Más antigua que esta sazón es la tradición de mirarse a los ojos para un quiúbole franco o ya de perdis un adiós, costumbre que también tienen los niños. Aceras anchas, calles limpias con poco tráfico, ruido de campanas y de trocas con placas del Otro Lado… Altoparlantes motorizados con anuncios de acuerdo a la temporada: elotes o bailes con conjunto que acaban de madrugada… Así fluye la vida, con un aeropuerto internacional a escasos 30 minutos que comunica diario y directamente con Ciudad de México, Chicago y más allá ¿Y qué pasa con la cultura en esa cómoda categoría que previene, cura y evita el aburrimiento? ¡Es cuestión de sumarse a la talacha! El principal museo está en manos de los “Guardianes de la Historia”. Atesora fósiles, hachas y vasijas prehispánicas, fragmentos de un reloj de sol y utensilios de la labranza procedentes de la época colonial, un fonógrafo del Porfiriato, rifles de la Revolución, una caja registradora de finales del siglo XIX, bidones y artefactos centenarios que hacen alusión a la antigua tradición mezcalera del pueblo: un sinfín de piezas valiosas, incluidos los retratos de las reinas de belleza desde tiempos inmemoriales, un acervo donado por la sociedad civil, colección bajo el resguardo de la asociación sin fines de lucro que preside Rubén Saucedo, profesor de profesión y antropólogo/historiador/arqueólogo de vocación, apasionado de una mina que le hace brillar los ojos: el turismo cultural, quien así como te da la mano para acceder al ático del museo presumiendo que lo construyó él mismo, en un dos por tres te transporta a Las Trojes, el almacén de granos recién rescatado de las ruinas para exacerbar el patrimonio arquitectónico colonial, una construcción de adobe a solo tres kilómetros del Centro.
El escritor Heriberto Hernández. Fotografía de Eugenia Montalván.
No exagero si digo que estaría encantada de colaborar con los Guardianes de la Historia, pues no me veo, simplemente, tomando el sol en la Plaza principal, donde los domingos se arma tremenda romería, según cuenta el ex presidente municipal Fernando Tovar, veterinario de la UNAM que por ratos deja el rastro para atender a los viajeros con quienes, ¡válgame Dios, se topa por casualidad! Mi intención tampoco sería enarbolar la salvaguarda de la historia comunitaria, no, pero sí apoyaría la causa: ver florecer esta cabecera, donde habitan unas 6 mil almas, si bien la población de este municipio idílico asciende a 20 mil habitantes, quienes sería justo conocieran las leyes de la museología del siglo XXI y los parámetros museográficos actuales. La vanguardia aquí está en la mirada y el ímpetu de su gente, los que aún no migran a Estados Unidos, o los que fueron y volvieron con un billete, o aquellos que todavía no se van pero están a un paso de partir, o quienes tienen media familia allá… Sería un pecado subestimar el contacto con la cultura de Estados Unidos, ¡ni a quién se le ocurra! Abundan las mujeres solas, de las que viven a expensas de los dólares que llegan por Money Graham o Western Union; el toque fino de su paciencia invade al pueblo de quietud. Frente a la aridez, maternal fecundidad, han de pensar. Aquí se pierde la vista en lontananza, entre mezquites, sauces, sabinos y álamos. Hace poco, con cientos de jinetes, recorrí a caballo este pueblo que parece mágico, y lo es; viajé en ancas unas cinco horas, trotando airosa en la mítica cabalgata de Berros, y aunque en estas circunstancias el pueblo parece inabarcable por sus valles, colinas y llanos, realmente tiene principio y fin concretos, como las llamadas a misa.
Es nombre de Dios, Durango, donde nació la casta mujer que fue mi madre; ella huyó dignamente matrimoniada: ¡sobran los testigos! Entonces, que yo eche raíces aquí no es cosa de “enchílame otra”. Ya me imagino cómo se expresaría Rosita, una pariente lejana, cuando le preguntaran por mí: -¿Qué a Eugenia le gusta el mezcal? ¡Anda, cállate la boca!
Apenas se da a conocer el elenco oficial del Festival Coachella y no se hacen esperar las intensas discusiones entre los que consideran que este año el line up no es tan rutilante como otros y aquellos seguidores de quienes encabezan el cartel. No serán pocos los que obtén por ver a Arcade Fire en la fiesta californiana y así evitar el Vive Latino. Se logra también percibir que Outkast no despierta un gran fervor entre la comunidad hip-hopera o será que las nuevas generaciones no los hicieron suyos. En fin, que Muse son un producto muy comercial del rock de estadio, mientras que Queens of the Stone Age jamás decepcionan y nunca está de más escucharlos en un concierto de primera categoría.
Pero el verdadero fondo del asunto pasa por aclarar que las bandas de la parte alta del cartel no son lo verdaderamente importante en Coachella y muchos otros festivales de su talla. Todos aquellos que son auténticos amantes de la música concentran su atención en las letras pequeñas del programa. Año con año, allí se encuentran los descubrimientos emergentes y los grupos a seguir durante el resto del año y mucho tiempo después. Incluso Arcade Fire fue una de las sorpresas en su primera participación y luego escaló el edificio del rock hasta instalarse en su penthouse.
Quedarse en la polémica acerca de los consagrados no es muy útil, cuando lo que puede hacerse es mirar con atención en la parte baja y tratar de identificar lo que puede convertirse en un grato hallazgo. Y precisamente en esa parte del elenco se encuentra un irlandés que con su segundo disco está ofreciendo uno de los más exquisitos manjares sonoros al comienzo del 2014.
Post-tropical (Believe Recordings) es el sucesor de su debut Early In The Morning, que lo llevó a convertirse en un suceso de su tierra natal para luego bajar a la capital del Reino Unido y conseguir espacios tan destacados, como en el programa de televisión Later… with Jools Holland —donde impresionó— y en el Royal Festival Hall. Pero lo que de verdad le relacionó con los ingleses fue una versión que hizo con fines de sumarse a un proyecto de beneficencia: “Higher Love” de Steve Winwood. En ella lucía como puede estallar en un momento o contenerse con sobria elegancia.
Un estilo que sigue perfeccionando a través de una muy destilada versión del folk que ahora conoce también de pespuntes electrónicos. En Post-tropical nos enseña que al cantar puede evocar a la suavidad aterciopela de Justin Vernon en Bon Iver en alternancia con ese soul digital tan refinado como emocional que hace James Blake, con quien ha compartido algún proyecto.
El álbum parece de entrada plantear un acertijo, pues su belleza es sobria y hasta algo gélida; escuchemos “Cavalier”. ¿Dónde está pues esa sensación de algo más allá del trópico? Resulta que produjo y grabó todo el álbum trabajando solo en un estudio portátil que montó en una granja a muy poca distancia de la frontera entre Estados Unidos y México. Para alguien que procede de las tierras altas de Bretaña ese nuevo ambiente –muchos más cálido- le debió parecer como estar en un paraje tropical.
Y es que James buscó renovar su propuesta, por lo que se rodeó de cajas de ritmo y teclados. Intentó homenajear a su manera a los grandes discos de rhythym and blues. En ningún momento le tenía temor a un cambio radical: “nunca ansiaba ser un hombre con una guitarra. Tocas esas canciones en vivo lo mejor que puedes y de repente eres un músico folk. Pero la textura de este disco es completamente diferente. Este es el tipo de cosa que tiene sentido para mí”.
Post-tropical es un tremendo trabajo de estudio. Por supuesto, destaca el espléndido registro vocal pero en la decena de temas que lo conforman hay subgraves penetrantes y loops de piano, aunque la gran sorpresa venga en “The lakes”, en la que el músico confiesa haber incluido hasta cincuenta mandolinas (para crear una capa sonora).
Y las joyitas siguen en cascada; en “Red Dust” parece que estamos ante una experiencia coral, pero resulta que es únicamente el cantante jugueteando con sus recursos de estudio; mientras que en el tema titular se acerca muy seriamente a la parte más experimental del hip hop, muy al estilo de los de Filadelfia, The roots.
James Vincent McMorrow da lustre a la tradición musical de su país al tiempo que se inserta en los terrenos de la electrónica sin dejar de tener momentos muy orgánicos. A fin de cuentas manda la voz pero allí también hay percusiones varias y algunos otros instrumentos (algo hay que nos hace acordar también de Anthony and the Johnsons).
Una vez más esa forma de cantar en falsete nos conduce a momentos de sensibilidad extrema, y eso ya es mucho que agradecer. La calidad es superlativa, por ahora podrá vérsele temprano en Coachella. En poco tiempo escalará lugares en las principales citas concertiles más relevantes del planeta; tan sólo acuérdense que aquí se los recomendamos primero.
HTML Giant, una de las más prestigiadas páginas de literatura de Estados Unidos, acaba de publicar Luis Panini, autor de Mala fe sensacional, publicada en el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2011.
Traducimos a velocidad la presentación:
Luis Panini es uno de los más talentosos escritores de quién no has escuchado hablar. Con escritos que recuerdan lo mejor de Franz Kafka, Lydia Davis, David Foster Wallace y Julio Cortázar, es una lástima no poder leerlo en ingles (hasta ahora!) Recientemente estuve en una clase en CalArts donde era el invitado especial de el curso de literatura latinoamericana de mi amiga Laura Vena, y fue un placer escucharlo hablar de su escritura y procesos creativos. Laura Vena tradujo algunos de sus cuentos (o fragmentos) al inglés, cuyo resultado pueden encontrar abajo, así que estoy muy emocionada de entrevistarlo y dar la primicia de estas traducciones al inglés.
Fotograma de E.T. el extraterrestre, Steven Spielberg, 1982
Al cine nada de lo humano le es ajeno. Desde la emblemática italiana Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica, la iraní El ciclista (1987), de Mohsen Makhmalbaf, El prado de las estrellas, de Mario Camus, o la española Las bicicletas son para el verano, de Jaime Chávarri, la bicicleta ha tenido momentos protagónicos en el celuloide. Es el objeto del deseo, la herramienta de trabajo, el camino a la aventura, la amistad entrañable, la metáfora de la esperanza y la libertad. El siguiente es un recuento monográfico y crítico a través de la historia del cine sobre ruedas.
Para Alma Aguilar Funes, sin cuyo apoyo este texto no existiría…
Decía el escritor norteamericano Christopher Morley, reconocido por su refinado sentido del humor, que “seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los escritores y los poetas”. Yo me atrevería a decir que también de los cineastas, porque muchos filmes, algunos de ellos entre los más importantes de la historia del cine, giran en torno a una bicicleta, o bien, algunas de las secuencias memorables en el imaginario colectivo cinematográfico cuentan con uno de estos vehículos como protagonistas relevantes.
“Siempre que veo a un adulto montado en una bicicleta, recupero la esperanza en el futuro de la raza humana”, decía otro escritor, H. G. Wells. Pues sí, a veces una bicicleta puede significar una luz en medio de la oscuridad. En sus llantas, su manubrio, en su existencia misma, puede soportar los sueños de muchos miles que tratan de sobrevivir, como le sucede al obrero Ricci (Lamberto Maggiorani) en Ladrones de bicicletas (Italia, 1948) de Vittorio de Sica.
Obra cumbre del Neorrealismo italiano, Ladrones de bicicletas es el urgente retrato de la desesperación colectiva. La Italia de la posguerra inmediata, con sus calles ruinosas, estaba habitada por seres desesperanzados, sin empleo, sin higiene. Por eso, cuando al protagonista del filme se le ofrece un empleo que implica contar con una bicicleta propia, éste es capaz de empeñar hasta sus sábanas para conseguirla. La bicicleta lo es todo. Por eso cuando, mientras trabaja pegando carteles en la calle, un raterillo roba su bicicleta, la tragedia colectiva de la supervivencia diaria se vuelve la tragedia de un hombre común solo contra un mundo con demasiados problemas como para compadecerse de él.
La búsqueda de la bicicleta por las calles de Roma se vuelve una pesadilla kafkiana, en la cual el objeto deseado parece reproducirse hasta el infinito. En las plazas públicas, en los mercados populares, en cada esquina, en el nutrido número de ciclistas que pululan por doquier. Pero la suya no aparece. No aparecerá nunca. Y ante el silencio del mundo entero, Ricci decide entonces pagar con la misma moneda con la cual lo despojaron. Pero no alcanza a huir a tiempo y es casi linchado por una turba iracunda, de la que lo rescatan las lágrimas de su hijo. El plano final los mira perdiéndose entre la multitud; tan solo una tragedia entre muchas. Hombres y bicicletas caminan hacia el sol que se oculta como punto final de un día en el cual una odisea personal se convirtió en una de las historias más memorables de la historia del cine. La figura de la familia unida por la bicicleta en medio de un entorno adverso fue retomada por el comediante y cineasta Roberto Benigni en La vida es bella (1998), cinco décadas después de la aparición del clásico filme de Vittorio De Sica.
Fotograma de Ladrones de bicicletas, Vittorio de Sica, 1948
“La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”, decía nada menos que Albert Einstein. Porque hay algunos que no dejan de pedalear la bici. Tal es el caso del nieto obstinado de la ancianita protagonista de Las trillizas de Belleville (2003), película de animación del belga Sylvain Chomet. Sin diálogos, pletórica en un sentido del humor absurdo y de comedia física que parecen extraídos de una película de Jacques Tati, Las trillizas… se vale de la figura del ciclista y su bicicleta, inseparables ambos, para orquestar una metáfora de la obsesión. El nieto no dejará de pedalear, siempre hacia adelante, aunque lo secuestre una extraña y famosa organización que lo usará para juegos clandestinos. Mientras, su anciana abuela, con la ayuda de las trillizas titulares, una simpática triada de cantantes en decadencia, vive su propia obsesión por recuperar a su querido nieto. La bicicleta como metáfora de la vida misma, que si se detiene, todo colapsa.
“Si te preocupa caerte de la bicicleta, nunca te subirás”, decía el campeón ciclista Lance Armstrong, antes de mostrarnos que no todo lo que brilla es oro. Pero lo cierto es que no pocas películas toman la figura de la bicicleta como una herramienta imprescindible en el proceso de autodescubrimiento del ser humano. Como le sucede a Elliott, el niño protagonista de E.T. el extraterrestre (1982). Steven Spielberg consiguió un momento icónico para el cine de Hollywood cuando –para ponerse a salvo de una caída desde un risco que pone en riesgo las vidas del niño y la criatura titular– la bicicleta en la cual ambos se dirigen hacia un punto en el bosque donde el ser de otro planeta se contactará con los suyos, emprende el vuelo hacia las alturas, cruzando sobre la luna. El vuelo termina de forma abrupta, el aterrizaje se complica un poco y ambos ruedan por el suelo. En E.T. la bicicleta es el vehículo ideal para los jóvenes protagonistas del filme; es un refuerzo a su ímpetu, a sus ganas de vivir en un mundo creado por imperfectos adultos que los dañan con sus decisiones, erróneas o no. La película es entonces una elegía a la necesidad de crecer, de encontrar la fuerza interna. Por eso, en la fuga de los muchachos para llevar al extraterrestre hacia su nave, el viaje los lleva justo frente al sol. Y el vuelo termina ahora en un aterrizaje perfecto. Las cosas han cambiado. Elliott y todos los involucrados en la aventura de E.T. en la tierra ya no son los niños del principio. Se subieron a la bicicleta de sus vidas y no volverán a temer la caída.
Fotograma de Bárbara, Christian Petzold, 2012
“Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más”. Así pensaba Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes. Varios paseos por la provincia belga tiene Cyril, el conflictivo adolescente protagonista de El niño de la bicicleta (2010), película de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, retratistas privilegiados de la Europa moderna de los desposeídos, económica y emocionalmente hablando. Dichos recorridos los lleva a cabo el joven protagonista en compañía de Samantha, una mujer joven que se vuelve su principal sustento emocional durante los fines de semana. Fines de semana soleados, alegres, que contrastan con la tragedia personal de Cyril, quien padece el rechazo de su irresponsable padre, lo cual le provoca arrebatos de furia que ponen en riesgo su integridad. De acuerdo con la frase de Conan Doyle, la bicicleta encarna para el protagonista una felicidad siempre en movimiento, nunca estable, nunca quieta, y a final de cuentas, inalcanzable si se deja de pedalear, si se decide no seguir adelante.
El movimiento perpetuo de la bicicleta también puede dar pie a la expresión de lo romántico. En una hermosa secuencia de Las dos inglesas y el continente (1971) de François Truffaut, crónica de una historia de amor, obsesión, locura y desencanto entre un joven francés y dos hermanas inglesas con muy distintas razones del corazón, hay un momento en el cual los protagonistas viajan por los caminos empedrados de la campiña. En un punto del trayecto, los tres viajan cuesta abajo por una ladera. Él queda rezagado, pudiendo observarlas desde atrás, casi como un hombre invisible. Entonces, la voz en off que acompaña casi todo el relato dice una de las frases más hermosas que se hayan escuchado en el cine: “Me gusta tu nuca. Porque en ella puedo admirarte sin que te des cuenta…”.
Fotograma de La bicicleta verde, Haifaa Al-Mansour, 2012
“La tolerancia requiere el mismo esfuerzo del cerebro que el necesario para mantener el equilibrio sobre una bicicleta”, dijo alguna vez Hellen Keller. ¿Puede una bicicleta representar un motivo de revuelta social? Según lo planteado por la cineasta Haifaa Al-Mansour (la primera mujer directora saudiárabe) en su ópera prima La bicicleta verde (2012), puede suceder. Wadjda, la protagonista del filme, es una niña de doce años que vive con su madre en un suburbio de la capital de Arabia Saudita. Pero a diferencia de otras niñas de su edad, ella es emprendedora, independiente, con una idea propia de lo que quiere en la vida, características que la vuelven una amenaza para el orden de una sociedad en particular represora hacia las mujeres. Todo se complica aún más cuando Wadjda decide vencer a un compañero de juegos en una carrera de bicicletas para demostrarle su valor. Pronto descubrirá una bicicleta verde a la venta con la cual conseguir su objetivo. Sin embargo, su madre y el mundo entero se opondrán, pues el Islam considera indigno que una mujer use una bicicleta. Lo que Haifaa Al-Mansour propone con La bicicleta verde es enfatizar el papel de la mujer en la sociedad árabe como motor de cambio, cuyo mayor impulso viene por parte de las nuevas generaciones, que escuchan rock, hablan en voz alta, rechazan el velo y, claro, andan en bicicleta.
“Nada es comparable al sencillo placer de dar un paseo en bicicleta”, dijo alguna vez el ex presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy. Puede ser. El cine se ha encargado de que la bicicleta, como hemos podido ver, simbolice la libertad, la felicidad fugaz, la subversión, la capacidad de creer en uno mismo y hasta poder volar.
Hay otras muchas bicicletas memorables entre las imágenes en movimiento que pueblan el imaginario colectivo. Está esa bicicleta que, con muchos esfuerzos, llevaba de un cine a otro los rollos de una película en plena función, retratada por Giuseppe Tornatore en Cinema Paradiso (1989). O ese delicioso momento, tan erótico como extremo, que el protagonista de Las fantasías de Lila (2004), de Zaid Doueiri, experimenta mientras conduce su bicicleta llevando muy cerca de él a la mujer que subyuga su deseo. O la bicicleta como posibilidad de fuga de un entorno autoritario, como planea la protagonista de la cinta alemana Bárbara (2012), de Christian Petzold. Pero, más allá de la imaginación de los cineastas, queda claro que, en palabras del reformista inglés John Howard, “la bicicleta es un vehículo curioso. El pasajero es su motor”.