Acaso para todo escritor, parte fundamental de su historia íntima radica en contar su iniciación literaria. Esa historia iniciática, además de recordar el deslumbramiento que ejercen ciertas influencias literarias, es el relato de una transformación personal, un primer proceso narrativo vivido en carne propia, más o menos complejo, que abarca las experiencias vitales que convierten a un individuo en un narrador o poeta.
Prisión Perpetua (1988, 2007) se origina en los diarios que el escritor argentino Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) comenzó a los 17 años. Estos cuadernos trascienden el mero carácter confesional para ser el germen de ficciones, ideas, recuentos cotidianos e inquietudes teóricas y narrativas. Agrupan relatos, fragmentos, personajes, vivencias reales e imaginarias. El diario de Piglia perfila una memoria y su paradoja, porque hay hechos que registra pero de los que el escriba ya no guarda recuerdo. Esto le descubre la escritura como una realidad alterna y poderosa. “Quizá eso es narrar. Incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida” (54).
El Diario es también el terreno donde el joven iniciado lucha contra el aparente vacío de lo cotidianidad. Ahí construye su estilo o, entretanto, se convence de que tiene uno. Es su sitio de búsquedas, su taller narrativo, un espacio de pensamiento e intimidad. Estos elementos estructuran una obra donde los géneros confluyen en un conglomerado de fragmentos que exploran distintas variantes narrativas: autobiografía, cuento policial, diario, relato histórico, pero no desdeñan secciones de ensayo, elucubraciones teóricas o impresiones personales.
La obra reúne dos nouvelles (“Prisión perpetua” y “Encuentro en Saint-Nazaire”) escritas en 1988. Por cuestiones de espacio y las similitudes teóricas y narrativas entre ambas, me ocuparé sólo de la primera. “Prisión perpetua” se alimenta de la autobiografía de Piglia. Narra la salida de su familia –alcanzada por la “tradición de los vencidos” debido a sus simpatías peronistas- en 1957, desde un suburbio de Buenos Aires a la ciudad de Mar del Plata, a 400 kilómetros de distancia. Para el narrador de Piglia, un borgiano personaje de sí mismo, la mudanza representará la vivencia del destierro. En el contexto de derrota política y pérdida del hogar, Piglia aprende a ver la literatura como “una forma privada de la utopía” (16), una manera de enfrentar, soñar o negar el futuro que lo abruma; asimismo, lo hace profundizar en ese misterio que transforma una experiencia humana en un relato.
Las intuiciones reflexivas del libro se asientan con la aparición de un Virgilio que guía al narrador inexperto. Se trata de un escritor estadounidense, Steve Ratliff, atrapado en Mar del Plata por la búsqueda obsesiva de una mujer a la que persigue un aura de destrucción, Pauline O´Connor, quien cumple una condena en la misma ciudad por asesinar a su marido. Contagiado de un halo trágico y misterioso, Ratliff introducirá a Piglia en la literatura norteamericana y le dará lecciones de vida y literatura. A su modo, el narrador maduro entrenará y experimentará sus nociones literarias con el joven para convertirlo en el lector ideal de sus obras y el hacedor de su plan narrativo.
Ratliff representa no sólo al escritor de talento devorado por sus obsesiones, sino al hombre que pone su vida al servicio de la literatura, aquel que “busca hundirse en el fluir de la experiencia para destilar el arte de la ficción” (21). En este punto, las principales temáticas de la obra literaria de Piglia vuelven a salir a la luz: Ratliff es el obseso que estudia la vida para encontrar en la serie de acontecimientos una constante narrativa, una repetición. Como Macedonio Fernández, el estadounidense escribe y reescribe una novela interminable, con “todas las variantes de un relato que proliferaba y se expandía” (21) y está atrapado por el amor de una femme fatale. Además, Ratliff es una suerte de doppelganger maduro del joven Piglia: ambas voces se confunden en la nouvelle, como si el narrador no pudiera determinar el límite de la influencia vital y narrativa de su maestro: “No importa quién habla. Soy el que puede decir lo que él dijo” (62).
Obsesión y repetición. Prisión perpetua se integrará como un catálogo fragmentario y razonado de personajes que viven bajo el signo de la idea fija: la esposa de un párroco que habla un idioma personal y privado que se basa en una vieja lengua vernácula y religiosa; una mujer que asesina a su marido prendiéndole fuego, pero antes lo ata a la cama para que no incendie los muebles con su cuerpo en llamas; un hombre que explora las posibilidades narrativas del lenguaje carcelario o criminal, donde la prisión es vista como una enorme fábrica de relatos y variantes nacidas del experimento social del encierro. Ladrones, devotos del I Ching, antiguos reclusos, los personajes obsesivos de Piglia pierden el sentido del tiempo y la orientación. Los conocemos sólo durante ese instante en que la idea fija ha trastornado su existencia. Andan en círculos sin fin, alrededor de las personas y acontecimientos que los han marcado.
No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez alguna luz imantada. Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. (22)
Ratliff atrapado por Pauline y el joven Piglia atrapado por la escritura son los modelos generales de este conjunto de réplicas obsesivas. La obsesión narrativa es el tema de Prisión perpetua y se bifurca en distintas direcciones: la comprensión del lenguaje cerrado, cercado, tenso, violentado que iguala y contrasta la experiencia carcelaria con el universo hermético de la novela moderna desde Flaubert; la fascinación del narrador por explorar los usos tergiversados de la lengua como génesis de los relatos y las dicciones personales desviadas de la norma (la noción de un estilo); la mención de desquiciados proyectos utópicos en la provincia argentina o la herencia de la locura familiar, que lleva a sus implicados a trastocar la distinción entre realidad y mentira, convirtiéndolos en creadores de ficción.
A medio camino entre la narrativa fragmentaria y el ensayo, el volumen deja una rica estela de definiciones y reflexiones sobre el acto de narrar mediante un tono a ratos irónico, confesional o de humor negro. Si adoptamos la teoría general del relato que Piglia extrae de Ratliff, todas las historias se articulan en una serie de datos mínimos, giran sobre un punto de viraje y presentan variantes infinitas acordes con las ideas fijas de sus personajes. Siendo consecuentes con este razonamiento, todos los retazos narrativos en Prisión perpetua están entrelazados y narran una historia oculta: la de los mecanismos de la ficción, expuestos mediante la obsesión que Ratliff le hereda a Piglia por encontrar la lógica del relato, el hallazgo de ese momento cuando el fluir de la experiencia cotidiana se detiene, apresado por el narrador, y se convierte en literatura.
Desde una conciencia posmoderna y metaliteraria, Prisión perpetua expresa un conjunto de interesantes preguntas para escritores y lectores. Quizá una de las principales sea su intención de comprender la creación literaria en la época del fin de la experiencia. ¿Qué queda por contar cuando todo se ha dicho o es sólo leído u observado por nosotros, sin ser vivido? ¿Qué clase de literatura puede escribirse cuando la experiencia ha desaparecido? ¿Adónde marcha un relato que desplaza la vivencia por la tensión de una experiencia lingüística? Para Ratliff, el fin de la experiencia engendra la ficción paranoica, la perfección estilística, la estructura cerrada y el mot juste (a lo Flaubert). Es la creación del narrador aislado de la vida. El relato de la literatura dentro de sí misma, el universo cerrado y autosuficiente de sus propias referencias. La literatura de los hombres enloquecidos y atrapados por el lenguaje.
Piglia crea una ficción conceptual, un experimento teórico que se nutre y se replica narrativamente. Los breves núcleos de historias que abundan en el libro son “golpes de realidad” que adquieren sentido en su montaje y demuestran las proposiciones teóricas. “Narrar es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir”, dice Ratliff-Piglia. Mientras el narrador piensa, suspende su relato y nos hace conscientes del mismo. Ideas y fragmentos narrativos se aplican en el relato final, donde Piglia se desdobla y recrea la voz narrativa de Ratliff (como lo hizo brillantemente en Nombre falso escribiendo con la voz de Roberto Arlt). Entonces la serie de pistas que el narrador ha dejado en las páginas se reúnen para dar sentido último al relato. Como un científico loco, el narrador ha construido un personaje, una trama y una voz. Ha puesto a funcionar la maquinaria verbal del relato en tiempo real, ante nuestros ojos.
Ése es uno de los logros más fascinantes de Prisión Perpetua: su capacidad para despertarnos al mundo narrativo que fluye en la vida cotidiana e introducirnos en un laboratorio de escritura, en el taller de un narrador obsesionado con las maneras en que se reproduce un relato. Tal y como su inventor Mac creó una máquina de ficciones en el cuerpo de una mujer en La ciudad ausente, Piglia nos adentra en su memoria personal para mostrar la raíz germinal de las historias. Su galería de personajes trastornados y enfermizos intenta asir las repeticiones y variantes del relato humano que ejemplifican una lógica narrativa enloquecida y determinada por el encierro, la obsesión, y el uso peculiar, vivo, creativo y alterado de la lengua individual. Si la experiencia ha sido reducida, entonces es preciso hacerla inagotable desmadejándola en sus variantes sin fin. Buscar la lógica del relato es buscar la lógica de la experiencia, la lógica de la vida.
Prisión perpetua me ha parecido siempre el libro más personal de Piglia. Posee una intimidad cerebral, teórica, fragmentaria, pero que no es fría a pesar de su análisis, ni deja de tener episodios conmovedores en sus retazos. Seduce por la cabeza pero nos toca porque apunta a uno de los grandes misterios de la especie: ¿Qué permite que sigamos generando y transmitiendo relatos? ¿Por qué esos fragmentos narrativos se repiten y llegan a ser tan importantes en nuestra vida? ¿Cuál es la obsesión o locura personal que ha marcado la historia de nuestra existencia? La vida de Ratliff y la de Piglia quedan unidas por una obsesión literaria, que engendrará una de las obras narrativas más sólidas en las letras hispanoamericanas actuales.
Para cerrar el recuerdo de este libro extraordinario, me quedo con esta confidencia del narrador, acaso el Piglia más franco y desnudo, mirándose a solas en su espejo: “La imagen de un hombre desterrado, prisionero de una historia siniestra, que se hunde de un modo maníaco en una novela interminable, encierra para mí un sentido que nunca pude terminar de descifrar. A veces imagino la historia de Steve como un oscuro signo de mí mismo.” (21)
Fundación SM y Conaculta convocan a los autores y autoras de literatura infantil y juvenil para participar en los premios “El Barco de Vapor” y “Gran Angular” 2014.
Los premios “El Barco de Vapor” y “Gran Angular” nacen en 1978 de la mano de la Fundación SM. En aquella época la producción de literatura infantil y juvenil en español era escasa. Las editoriales verdaderamente interesadas en su difusión buscaban en otros mercados lo que aún no existía en el de nuestra lengua: obras y autores que escribieran para niños y jóvenes. La creación de estos premios responde a la implicación activa del Grupo SM con la renovación educativa y cultural española.
El reconocimiento de la pluralidad lingüística y la diversidad cultural españolas se tradujo más tarde en la ampliación de la convocatoria. Así, a mediados de los años ochenta, nacen “El Vaixell de Vapor” y “O Barco de Vapor”, de literatura infantil en catalán y en gallego respectivamente. Al año siguiente, en 1985, les sigue “Baporea” (en euskera), y en 1990 “Gran Angular” en catalán.
Para conocer los detalles de estas convocatorias, descarga su PDF correspondiente:
Un fonógrafo color verde oscuro, libros, revistas, máscaras de patol, cucharitas de plata, pisapapeles de cristal, estatuillas varias, bustos en bronce, lámparas, relojes de bolsillo, relojes de pared, linternas, capelos, un globo terráqueo, enciclopedias empastadas en piel, abrecartas, puntillas, plumas fuente, la serie de acuarelas con pasajes de El Quijote, el estante de “los libros prohibidos”, óleos, exvotos, diablos rojísimos de madera, papeles, archiveros, juguetes, un escritorio, cintas para máquinas de escribir, máquinas de escribir, libreros, marcos con y sin fotografías, cajas forradas de tela, cuadros varios, cajitas de madera, abanicos japoneses, carretes de películas, ranitas metálicas, papeles, papeles y más papeles, la mula del nacimiento, libros, libros pero más libros. Una visión compuesta con estos elementos, es la memoria que tengo del llamado “cuarto azul” en la casa de mis abuelos maternos.
Estar dentro de ese cuarto durante las tardes de la infancia, equivalía a viajes por el universo, conocer junglas y manglares, practicar el arte de la “deconstrucción” en la fase primigenia y a esconderse del mundo divertidamente, además de no preocuparse ni sentir culpa alguna por “no hacer la tarea”.
Recordar ese escenario es para mí un pensamiento recurrente. Lo disfruto como cuando niña. El olor de los libros, el paño y el limpiador para maderas –un líquido dentro de un bote color rojo– que usaba mi tía abuela, las voces y los ruidos de antes a manera de caparazón, me resguardan de esos días en que estando medio alicaída me da una patada la realidad y me sienta de golpe frente a mi estudio mientras brama: aquí estás.
Fotografía escrita del mentado estudio:
Dos libreros, una mesa restirador, montañas de papeles, botes con pintura, pinceles, cajitas de cartón, gises, cajitas de madera, hojas secas, canicas, ligas, corchos, cerillos, zapatitos varios, sobres, papeles de colores, tintas, dos preciados muselets, plumillas metálicas, pájaros de madera, un pájaro de metal, brochas, recortes de periódicos, revistas, perforadora de papel, escuadras, reglas, cepillos, juguetes rotos, soldaditos de plástico, carritos, cuerpos de muñecas sin cabeza, pedrería de fantasía, libretas, foquitos fundidos, pedacera de instalaciones eléctricas o de computadoras, jabones mágicos, grapas, una máquina de escribir, piedras, muchas piedras, cajitas metálicas, hilo rojo, estambres, recortes de telas, bolsas de plástico con bolsas de plástico adentro, láminas oxidadas, discos de vinil, recortes sobrantes de diversos papeles, cartones, letreritos, un árbol de la vida, agujas, clavos, tres martillos, mapas, el botín de enciclopedias como el preciado obsequio de alguien que iba a tirarlas, bolsas de tela, moneditas, papel estaño, cestitos, campanas, tacitas, cartas, velas, botellas vacías, postales y el cúmulo enorme de polvo, que claro, merece mención aparte.
Una vez, observar este espacio me dio pánico. No sabía qué hacer ni por dónde empezar para tratar de organizar y limpiar el estudio que como reflejo de mi vida planteaba frente a mí sólo una corta y sencilla palabra: caos.
En ese momento lo único que pensé fue “navegar” en Internet para distraer la sarta de tribulaciones que me provocaba ver la escena. ¿Y qué pasó? Pues que sin saber, sin pensar, caí en las garras de algunos textos clave de artistas maravillosos que esa mañana a través de su obra y visión del mundo calmaron mi angustia y curaron literalmente mis penas. Entre Felipe Ehrenberg, Agnès Varda, Arthur Bispo do Rosário y Nam June Paik comprendí que con la mezcla de objetos diversos, el mini-caos personal (mi estudio realmente es pequeñito) y la recuperación de la idea de seducción que portan los objetos, es posible ponerse a trabajar y manufacturar cosas, pequeñas divinas cosas que tienen el poder de hacer a las personas reflexionar jugando y a una, la pueden trasladar ipso facto a un cuarto azul, otra vez.
Quiero hacer una confesión: amo el ciclismo tanto como el teatro. Ambos me hacen sonreír y ambos llegaron para llenar mis pulmones de vida.
Encontrarme con Mónica Perea, dramaturga, directora, productora teatral y ciclista de corazón, ha sido una grata sorpresa, pues ella es la encargada del programa “Teatro en bici”.
No dudé ni un segundo en acercarme a Mónica para hablar acerca de este hermoso proyecto, que sé, interesará a diversos grupos de ciclistas en el Distrito Federal.
ItzelLara: ¿Cómo se te ocurrió la iniciativa de “Teatro en bici”?
Mónica Perea: Desde hace más de dos años, al entrar de lleno al mundo del ciclismo urbano conocí los grupos que se reúnen para rodar por la ciudad y sus alrededores. Me encantó poder compartir paseos y aventuras con todos ellos. Así que, con el apoyo del grupo al que pertenezco, Insolente, hicimos la primera rodada al teatro como un evento por el día del amor y la amistad. Luego, gracias a los chicos de BiciGourmet, me animé a hacer las visitas al teatro de manera periódica.
Desde siempre he visto en el teatro el problema de la falta de público. Me parece fundamental el acercamiento de nosotros como hacedores de teatro al público para que nuestro trabajo tenga más eco y podamos fomentar una necesidad entre las personas para consumir teatro. No contamos con las grandes infraestructuras de medios masivos de comunicación. La comunidad ciclista tampoco cuenta con ellas y se ha propagado de manera monstruosa. Es una forma más de interesarse por el teatro.
Yo misma era asidua asistente de la Escuela del Espectador de Bruno Bert y he leído sobre la original de Dubatti en Argentina. Creo que es una gran idea poder forjar un público crítico que, de entrada, ya tiene un poco más de apertura por el simple hecho de ver la bicicleta como su principal medio de transporte.
Primera rodada al CCB con Insolente a ver La pequeña habitación al final de la escalera.
IL:Explícanos cómo logras los acuerdos con los teatros para los descuentos.
MP: Los que hacemos teatro sabemos la importancia que tiene llevar gente a las salas, sobre todo cuando hacemos teatro independiente, pues de la taquilla dependen los sueldos. También intuimos la importancia de la publicidad de “boca en boca”. Así que a nadie le viene mal que, de pronto, llevemos a sus puestas a un montón de gente que, de otra forma, no hubiera asistido. Sólo una vez nos limitaron a 10 los descuentos. De ahí en fuera, incluso los grupos piden que los ciclistas acudamos a sus obras.
IL: ¿Alguna institución se te ha acercado para darte apoyo? Algún tipo de asesoría para los que hacen las rodadas, etcétera.
MP: Pocas veces los ciclistas se acercan, pero lo han hecho para pedir apoyo en las diversas actividades que realizan. Yo he sido quien se ha acercado tanto a los grupos bicicleteros como a las instituciones. En el INBA, por ejemplo, fue a quienes me acerqué primero. Pero ya sabes, esa burocracia que alienta un poco el trabajo. Tenían el estacionamiento en remodelación. De pronto, meses después vi su iniciativa de los “viernes de al teatro en bici”. Francamente, me molesté un poco al principio. Luego, me buscaron ellos mismos para unir esfuerzos, ofrecer algunas cortesías y trabajar en conjunto, lo cual me pareció excelente idea.
También estuve tomando unos cursos de Empresas culturales en la Secretaría de Cultura, donde me ayudaron a ponerle más orden al proyecto. Ángel Ancona también nos abrió las puertas y nos brindó todas las facilidades para acoger ciclistas en los teatros del GDF.
IL: ¿Desde cuándo empezaste con el ciclismo?
MP: Desde hace un poco más de dos años y debo decir que me cambió la vida, tal como lo había hecho el teatro unos años antes.
IL: ¿Podrías definir para ti qué significa andar en bicicleta?
MP: Definitivamente no puedo usar otra palabra que no sea libertad. Aunque sea un cliché, pero es cierto. No me imagino ya andando en metro, siendo aplastada por toda la gente, con poco oxígeno y sin moverme. Mi ahora medio de transporte me permite hacer ejercicio mientras me traslado de un lugar a otro. Además, no deja de pasar a las 12 de la noche, no pasa por alcoholímetros ni se sube nadie a asaltar. Es independencia y es mucha insolencia.
El grupo Huizicleteros pedaleando en La Capilla luego de ver Sensacional de Maricones.
IL: ¿Cómo se conjunta en tu vida el teatro y el ciclismo?
MP: Lo que más me gusta del teatro es verlo, luego, escribirlo y, finalmente, producirlo. Hago mucha producción porque me gusta estar atrás, ver cómo se produce la magia sobre la escena y ayudar a crearla. Se lee bonito, pero quienes están en backstage saben lo estresante que es ir a comprar las cosas que se necesitan, cotizar, coordinar, ir a sacar copias, hacer el papeleo, las carpetas, los ensayos… Ese trabajo tan indispensable, poco valorado y que pocos alcanzan a apreciar. Apenas me rendía el tiempo para todo. Con la bici, hacía menos tiempo a todos lados y no llegaba fastidiada del camino. No pasaba ninguna hora detenida en el tráfico gastando el dinero de la producción en taxis. Así fue, de manera orgánica.
Recuerdo una vez que para el montaje del texto de Veronica Musalem Nueva York versus el Zapotito que dirigió Arnaud Charpentier en el Helénico necesitábamos un tablón de triplay que fui a conseguir a una maderería hasta el eje 10 y llevé al teatro en mi bicicleta. Me veía como el Pípila versión ciclista. Con esa misma puesta en escena nos fuimos de gira al Itsmo, en Oaxaca y Patricia Rozitchner, la magnífica productora y ahora amiga, me permitió llevar entre la escenografía mi bicicleta por si surgía alguna emergencia.
Lo primero que se me ocurrió fue llevar a la gente en bici al teatro. Tuve una buena respuesta. Los ciclistas acostumbran verse por las noches (diario hay un grupo distinto que rueda desde diferentes puntos de la ciudad), hacen una parada para cenar y regresan al punto de encuentro. Vi la oportunidad de, en lugar de parar a comer, pararan para ir al teatro.
Por otro lado, a mediados de 2013, me quise regalar por mi cumpleaños el estreno de una puesta en escena de mi autoría. El capricho resultó en una temporada de 3 funciones con las que inauguramos los Martes de Teatro en la Pulquería de los Insurgentes con Gordita, la primera producción del proyecto. Además, Teatro en bici abrió un foro para los teatreros que buscan espacios de representación y fomentamos un público que aparte de ir a beber, puede disfrutar de un espectáculo sin costo extra.
Si estás interesado en disfrutar de un paseo en bici, conocer nuevos compañeros del camino, pasar un buen rato en el teatro, o como teatrero, proponer alguna obra para su foro, no dudes en seguir a “Teatro en bici”, a través de facebook:
La locura, contrario a lo que se cree comúnmente, en realidad es un exceso de lucidez. Casos como el de Rodrigo de Souza Leão (Río de Janeiro, Brasil, 1965-2008) hay varios en la historia de la literatura universal: el conde Lautremont fue considerado un loco y sin ir tan lejos -a otras literaturas- en México tenemos el caso moderno de Jorge Cuesta, quien también pasó temporadas en clínicas psiquiátricas y fue acusado de loco no obstante haber sido el más intelectual y cerebral de su grupo, los Contemporáneos. (Por último, me viene a la mente la genial novela de Cristina Rivera Garza, Nadie me verá llorar.)
Además, la locura ha seducido a todas las artes, no sólo la literatura, y en todos los tiempos: Van Gogh, a quien se hace referencia en el primer capítulo de Todos los perros son azules, plasmó su propia demencia en sus pinturas más conocidas, incluso en su autorretrato que a pesar de lo colorido, se retrata de forma por de más lúgubre (para no hablar de Francis Bacon, una de cuyas obras ilustra la portada del libro).
El protagonista de Todos los perros son azules, una especie de alter ego o de heterónimo de De Souza Leão, recuerda que primero a los 5 años se tragó un chip (y es cuando tiene un perro azul de peluche), y a los 15 años se tragó un “grillo” que, según una nota del traductor, en el argot brasileño un “grillo” es “una preocupación, algo que incomoda o fastidia”. Algo, pues, en la mente le habla. Es internado en una clínica psiquiátrica -que imagino como la de la película La princesa y el guerrero, de Tom Tykwer- después de haber intentado incendiar la casa de su familia y allí se desarrolla toda la historia.
De manera que en Todos los perros son azules, el discurso aparece inconexo, dislocado, muchas veces reiterativo, pero siempre con lucidez, con la coherencia que a veces no tenemos los cuerdos. Las conversaciones que sostiene con Rimbaud primero y luego con Baudelaire son, sobre todo, evidencias de una imaginación desbordaba, de una mente que no está apresada por el raciocinio. Las limitaciones no tienen cabida en esta novela desbordada de lenguaje, discurso y creatividad.
Orquesta Sinfónica de Londres. Fotografía: Frantisek Fuka
El presente texto es apenas la introducción a una serie en torno a la música sinfónica. Con dicha serie me propongo hacer una invitación a lectores poco o nada familiarizados con la música sinfónica a que reflexionen sobre el carácter estético e histórico de esta música.
A diferencia de otros géneros musicales que quizás vienen a la mente del lector al escuchar la palabra popular, la sinfonía es el género popular por excelencia. Su historia rebasa ya los doscientos años y desde sus primeras manifestaciones ha contribuido no sólo a múltiples expresiones musicales sino a la manera en que entendemos nuestro carácter de sociedad. Aunque hoy en día no solemos reparar en ello, la historia de la música es probablemente el mejor registro de nuestros vínculos sociales y estéticos; su tradición, sus revoluciones y su constante ausencia de texto forman un reto único para poner a prueba nuestra capacidad de atención, imaginación y riesgo como creadores, intérpretes y escuchas.
Desde las primeras sinfonías en los albores del siglo XVIII hasta las más complejas creaciones en esta segunda década del siglo XXI, la música sinfónica ha sido mucho más que una serie de invenciones melódicas. La historia de la sinfonía es la historia del continuum de ciertas convenciones estéticas y diversas maneras de transgredirlas. Si bien el término sinfonía se empleaba para obras de carácter introductorio a otras obras como las oberturas de las óperas o las suites barrocas, la sinfonía como una serie de varios movimientos (generalmente cuatro) nació en Europa central en el siglo XVIII. Durante los siglos XIX y XX se desarrolló exponencialmente; se convirtió en la mayor expresión artística y la mayor aspiración de la mayoría de los músicos.
La historia de la novela es semejante a la de la sinfonía porque ambas se convirtieron en géneros dirigidos al gran público y ambas expresaban un sentir comunitario. A diferencia de géneros de mayor intimidad como la poesía o la música de cámara, la sinfonía y la novela se convirtieron en géneros artísticos para las masas.
Y al igual que para muchos autores la novela es un vehículo de expresión de ciertas ideas de carácter social, una sinfonía es también un manifiesto de lo que significa la música para ciertos compositores, músicos, directores de orquesta y el público. Ningún otro género musical expresa de manera más directa el conjunto de ideas de aquéllos a quienes convoca (los arriba mencionados) porque no hay un género más democrático ni, paradójicamente, más frágil. En una sinfonía caben todos los registros y texturas musicales; todos los tipos de instrumentación se ven ahí representados.
Sin embargo, a veces perdemos de vista qué tipo de ideas son las expresadas en una sinfonía y, por ende, a qué podemos poner mayor atención al escuchar una sinfonía en aras de hacer más completa nuestra experiencia como escuchas. A fines del siglo XVIII, por ejemplo, sólo la nobleza escuchaba sinfonías debido a lo increíblemente caro que era contratar a una orquesta para tocar. Más tarde, en el siglo XIX, la sinfonía sirvió de entretenimiento para la burguesía, ya que resultó un género más fácil para acercarse a la música en general. Para el siglo XX las sinfonías ya formaron parte de todo un acontecimiento mundial gracias a la tecnología que permitió su reproducción ilimitada. (Y aun entonces Theodor Adorno advertía que escuchar una sinfonía en la radio en lugar de escucharla en vivo implicaba destruir su carácter de comunión.)
Desde las sinfonías señeras de Haydn hasta obras recientes de Luciano Berio o Per Nørgård, pasando por Beethoven, Mahler, Bruckner et al, la sinfonía ha concentrado tensiones que dan cuenta de nuestras estructuras y relaciones sociales. Al presentarse una sinfonía han surgido cuestiones que resultan en la historia de la expresión estética e ideológica de occidente. ¿Quién le pagó al compositor y a los músicos?, ¿qué debía representar tal sinfonía?, ¿cuál fue la recepción del público y de la crítica especializada?, ¿en qué lugar se interpretó una obra? (Pensemos por ejemplo en la Orquesta de la paz creada por Daniel Barenboim y Edward Said, integrada por músicos palestinos e israelíes.)
Debido a que estas páginas son una invitación y un diálogo abierto, le pido al lector que tome en cuenta las siguientes consideraciones: no se trata de una Historia de la Sinfonía ni un canon de la misma; tampoco es mi interés ahondar en cuestiones técnicas de las obras reseñadas (salvo cuando ello resulte esencial en la elaboración de un argumento); y finalmente, como toda invitación, esta serie de textos tiene un carácter arbitrario y subjetivo. Hablaré de aquellas sinfonías que a mi juicio registran mejor el carácter de este género musical. Mi interés es que al finalizar la serie de reseñas sobre diversas sinfonías, el resultado sea una guía para una apreciación musical del género sinfónico.
En las próximas páginas hablaré de sinfonías específicas (un breve capítulo para cada sinfonía) atendiendo no sólo a datos relevantes como fechas de composición y algún otro apunte historiográfico sino también ofreceré comentarios sobre distintas interpretaciones. Es sorprendente lo distinto que puede sonar una misma obra sinfónica en manos de distintos directores, orquestas y contextos.
Sé bienvenido, querido lector, a este diálogo abierto en torno a la música sinfónica y, por lo tanto, a estas reflexiones en torno a los tiempos que vivimos. Escuchar, al igual que leer, es también una forma de modificar el mundo.
Aquí les dejo el siguiente video de La guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten:
En mis experiencias traumáticas más recientes ha estado presente la bicicleta. Dos tipos me asaltaron a mano armada mientras cargaba mi bici para cruzar las vías del tren. Pedaleaba alegremente hacia la universidad cuando fui arrollada por una camioneta de señora. Dos veces salí de eventos que cubría para el periódico y no encontré en el bicipuerto más que un candado roto. Ninguno de esos eventos me ha quitado el gusto de pedalear por la ciudad.
Hace cinco años que me transporto regularmente en bicicleta. Primero en Toulouse (Francia), luego en Guadalajara (México) y ahora en Madrid (España). Y en definitiva no empecé a hacerlo por mi amplia conciencia medioambiental. Tampoco tenía inquietudes de activismo ciudadano ni estaba intentando ser fashion o cool. Incluso, más de una vez me avergoncé de ir cargando con tantos tiliches, de llegar sudada a los lugares o de complicar algún traslado grupal. La razón de mi necedad era más simple: necesitaba desplazarme distancias medias y quería ahorrarme los euros del transporte.
Entonces me empecé a enamorar de la bicicleta, que hasta el momento había sido –si acaso– un buen recuerdo de infancia. Descubrí las múltiples bondades de las dos ruedas y me hice adicta a avanzar con la sensación del aire en la cara. Conocí los entresijos de la ciudad en la que crecí y de las que elegí para escaparme un rato. La bici mejoró mi humor y mi economía. Y me dio la idea (y el pretexto) para hacer un proyecto de fotos urbanas que se convirtió en un librito: Ciclovista Guadalajara.
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Cada vez es más común ver, en Guadalajara y otras ciudades, a jóvenes que optan por este medio de transporte. Pero hace apenas cinco años, al menos yo no contemplaba otra opción que no fueran los desplazamientos motorizados. Primero, por las largas distancias de una ciudad que ha crecido sin ningún control, y cuya infraestructura se ha planteado en función del automóvil. Después, por el enorme déficit de cultura vial de los tapatíos, personificado de manera magistral por los temerarios camioneros. Y quizá lo más importante: porque apenas surgían, o eran muy jóvenes, las asociaciones ciudadanas en pro del ciclismo urbano. En el último lustro no sólo se han multiplicado, sino que han logrado tener una presencia importante en la ciudad. Con la bicicleta como estandarte han promulgado los valores de ecología, la ciudadanía y el activismo, y las redes sociales han contribuido para que muchos tapatíos hayan comenzado a escuchar.
También la Vía Recreactiva, que cumplirá diez años en septiembre de 2014, ha sido un factor fundamental para este paulatino cambio de mentalidad. Basta con salir un domingo a alguna de las avenidas reservadas a bicicleteros y peatones, para respirar una atmósfera de ciudad amable y cosmopolita.
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Cuando regresé de Europa (en 2009) y decidí que también quería ser ciclista en Guadalajara, más de alguno consideró que era un acto poco menos que suicida. Especialmente mi papá, quien insistió en que abandonara cuanto antes mis ideas progre:las cosas no funcionaban igual en nuestro entorno y era demasiado riesgoso pretender lo contrario.
Y es cierto que no es cualquier cosa transportarse en bicicleta en una ciudad con más de un millón y medio de automóviles. O mejor dicho, en las ciudades en general. No en vano existe el movimiento global de Bicicletas Blancas (o ghost bikers), con el cual los grupos ciclistas denuncian la muerte de sus colegas en accidentes que involucran vehículos de motor. Las viejas bicis blancas colocadas como esculturas urbanas en postes o camellones buscan crear conciencia sobre las vidas perdidas en la ruta.
Aun así, seguí adelante con mis planes. Me compré una linda bicicleta antigua en el tianguis de El Baratillo y empecé a hacer mis traslados en bicicleta. Me atropellaron una semana después. Afortunadamente no fue nada grave. Lo peor fue el tremendo susto, después algunos moretones y claro, el golpe al ego. Pero no podía desistir tan pronto y decidí equiparme lo mejor posible: casco, luces, timbre, guantes y un espejo circular que fue el punto de partida para la serie de fotos de Ciclovista Guadalajara.
Con esas imágenes hechas a través del retrovisor, quise decir que mi percepción de la ciudad cambió por completo cuando me convertí en ciclista. Nací y crecí en Guadalajara pero durante muchos años la vi casi siempre desde el coche en movimiento. A una fría distancia que creía natural, y que sólo se fue rompiendo al ritmo del pedaleo.
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También mi relación con la bicicleta ha ido cambiando con el tiempo. Aquel proyecto fue posible gracias a mi desempleo post-universitario, pues mi ocupación en esos días consistía básicamente en pasear y hacer fotografías. Inevitablemente el libro reflejó esa visión romántica: estaba convencida de que la bicicleta era el culmen de la civilidad y una herramienta con todo el potencial para cambiar el mundo.
Luego me convertí en reportera y mis días se llenaron con prisas. La bici adquirió de nuevo el carácter utilitario que me impulsó a adoptarla en un principio, pues sin duda era la mejor opción para moverme por el centro de Guadalajara y sus alrededores. A las muchas ventajas del pedaleo urbano se añadió el combate contra el estrés. Pero después de la segunda bicicleta robada fue inevitable mi desencanto con la ciudad y con el ciclismo.
Ahora en Madrid he regresado a un justo punto medio. Tengo una bicicleta plegable que utilizo más para el ocio que para el transporte habitual, y así la ciudad es más disfrutable. A diferencia de Toulouse, la capital española no tiene demasiadas ciclovías, pero las bicicletas tienen su sitio en el segundo carril de la derecha –a un lado de los autobuses— y los automovilistas son bastante respetuosos.
Sigo creyendo que la bicicleta tiene la capacidad para cambiar al mundo. Y más en estos tiempos, cuando está comprobado que la principal causa del cambio climático es la quema de combustibles fósiles. Pero hablar en escala global es demasiado.
Lo que es seguro es que la bici mejora las experiencias individuales de quienes emprenden una relación con ella. El ciclista se ahorra la membresía del gimnasio. No gasta en metro, ni autobús, ni combustible. No pierde el tiempo en atas automovilísticos o en encontrar estacionamiento. Se conoce las calles como su mano. Avanza con una sensación de libertad que nunca podrá darle un traslado bajo tierra. Y ya de paso, reduce su injerencia en esa amenaza latente llamada calentamiento global. Es menos parte del problema y más de la solución.
–Para Gabriel Zaid, que sabe leer en bicicleta, en sus espléndidos 80 años
En nuestros días vemos con regocijo que el uso de la bicicleta es cada vez más popular en todo el mundo. Hay que subrayar que entraña muchas cosas: una manera de disfrutar el ocio, una actividad deportiva, una posibilidad de reconstuir la vida urbana.