Tierra Adentro

Autor prolífico y de múltiples preocupaciones, José Emilio Pacheco se distingue como una de las figuras más destacada de la cultura mexicana. Armando González Torres revisa las diversas facetas de Pacheco y habla del intelectual comprometido con el futuro y el pasado.
Este ensayo fue publicado originalmente en el número 147 de la revista Tierra Adentro, en agosto-septiembre de 2007. Lo retomamos de nuestro archivo a manera de homenaje al maestro.

El hombre de letras

 

José Emilio Pacheco es uno de los escritores vivos más reconocidos en todos los ámbitos: su obra es apreciada por la crítica, ha suscitado un gran interés de la academia, ha aglutinado premios y goza del favor de un numeroso segmento de lectores. Pacheco ha cultivado la poesía ―desde el cuidado formal de sus primeros libros pasando por un ánimo experimental y desenfadado de la anti-poesía desnuda y moralizante de sus últimos años―; ha escrito una narrativa que explora, con la misma maestría, la reminiscencia entre nostálgica y aterrada de la infancia; la estampa histórica; el cuento de misterio o el relato experimental; ha refrescado, al margen de la academia, la memoria mexicana con estudios y antologías imprescindibles; ha realizado una labor fundamental de enlace con otras lenguas y tradiciones culturales mediante una prolongada faena de traducción y difusión y, desde el periodismo cultural y su legendaria columna “Inventario” ha llevado a cabo un recuento de la vida mexicana y ha abierto un mirador internacional que, por la cualidad de su prosa y lo valioso de sus descubrimientos, tiene el don de la permanencia, extraño en el entorno provisorio de los medios. Pacheco también ha sido consecuente con la noción de que un hombre de letras habita en sus obras y no en las actividades sociales, por lo que ha mantenido una prolongada reserva frente a la proyección mediática.

No resulta fácil clasificar la obra y figura de Pacheco en alguno de los estancos habituales: podría decirse, con todas las ambigüedades que ello implica, que es un escritor de orientación progresista, aunque no acuda a mítines, ni abandere candidatos; podría suponerse, por su previsión ante la farándula artística, que es un anacoreta, aunque ha tomado posturas valientes en numerosas ocasiones y ha seguido el pulso periodístico de la actualidad; podría decirse que es un escritor sumamente popular, aunque raramente aparezca en los medios o se presente en público. Por lo demás, para situar a Pacheco tal vez habría que acudir a adjetivos intelectuales que, en esta etapa de relativismo, especialización y pragmatismo, se utilizan poco y hasta parecen anticuados, como humanista y moralista. Humanista porque, como poeta, narrador, editor, traductor y antólogo, Pacheco ha heredado de la gran tradición mexicana de intelectuales con vocación social, un afán de asimilar el conjunto de la cultura y practicar todos sus oficios, incluyendo los más humildes y esforzados. Moralista porque Pacheco defiende, más allá de las banderas de coyuntura, determinados valores generales e intemporales y busca darles significado y densidad histórica, tanto fuera como dentro de su literatura. Ciertamente, Pacheco es un humanista un tanto escéptico, que conoce las fallas del carácter humano y las formas en que, a través de la historia, se ha encarnado la estupidez, la maldad y la ambición. Es también un moralista temperado, que no concibe vías únicas, ni doctrinas inflexibles, para procurar el bien. Estos rasgos, aunados a su carácter, han moderado su inserción en la vida pública y le han dado una saludable distancia de la acción, la ambición y los compromisos con causas inmediatas.

La inclinación moral

Hablar de moral en la literatura moderna se ha vuelto casi una confesión de gusto rudimentario en ingenuidad. Por supuesto, la estética no es éticamente neutral y aun la escritura más abstracta y formal implica un ejercicio donde se involucran emociones, perspectivas y juicios morales. Sin embargo, como señala Wayne C. Booth en su indispensable Las compañías que elegimos, el debate sobre la manera de vincular moral y literatura no sólo es difícilmente resoluble, sino que, en muchos sentidos, se encuentra suspendido por una serie de juicios y prejuicios. En el caso de Pacheco, la naturaleza abstracta, más emocional que ideológica de su compromiso moral, es relevante por lo atípico que resultaba en un período en que la moral llegó a identificarse con la ideología y con la acción política más inmediata. Porque es necesario recordar que Pacheco se incorporó a la vida cultural y alcanzó su temprana madurez como escritor hacia los años 60 y 70 cuando en México se consolidó la disputa ideológica y la guerra fría encontró sus trincheras principales en la vida cultural.

En esta circunstancia, Pacheco ha eludido las tentaciones del poder o del partido y ha emprendido un complejo cultivo de lo que podría concebirse como moral a secas, es decir, más que la acción de un ente político, la relación de un hombre frente a lo absurdo y abominable. Ciertamente, a diferencia de sus colegas, como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska o Carlos Monsiváis, Pacheco ha sido huraño con los medios y ha mantenido un perfil más bajo en materia de opiniones y compromisos, lo que ha limitado su exposición. Por lo demás, Pacheco generalmente se ha mantenido alejado de la crítica programática o militante, sus preocupaciones son de más largo alcance y dimensión: el dolor causado por un hombre a otro hombre, el tema de la barbarie, la inconsciencia en torno al desastre ecológico, la descomposición moral y política de la sociedad. Quizá podría hablarse de tres inquietudes principales en la visión moral de Pacheco: la prevención ante el progreso, la necesidad de mirar el pasado y la relevancia de convivir con la naturaleza.

Por un lado, Pacheco hace una crítica de ese progreso nivelador y mimético, que enfrenta a los hombres y mujeres de carne y hueso con abstracciones, susceptibles de mutilar sus formas de vida, empobrecerlos y arrebatarles su identidad. La modernidad y la tecnología son observadas, en general, como fuerzas que despersonalizan, aíslan y exacerban el egoísmo y la competencia innatos. Por lo demás, para este autor, las grandes empresas modernizadoras pocas veces parten de iniciativas populares y provienen de élites extranjerizantes o agentes externos, incapaces de observar las necesidades y expectativas de los individuos comunes.

Por otro lado, Pacheco busca realizar una citica comprometida con el futuro y con el pasado (¿o es qué, al olvidar, no nos volvemos cómplices de los crímenes de los ancestros?), que reivindica la memoria como una facultad moral de primer orden. No es extraño que sus mejores obras tengan que ver con la naturaleza moral de la memoria y con la distintas formas de recuerdo entre víctimas y persecutores. Pacheco asume que el hombre no sólo es responsable del mal presente, sino también del de antaño: la responsabilidad por el pasado es un hecho actual que exige reconocimientos y reparaciones simbólicas y, en ocasiones, prácticas.

La otra gran preocupación de Pacheco es la incapacidad de comunión con el mundo, de convivencia armónica con el entorno natural. Para Pacheco, como lo denota en gran parte de su literatura, el éxito tecnológico ha destruido el sentido de dependencia del individuo y lo ha llevado a erigirse en su propio Dios. La tecnología aumenta las áreas del mundo en donde el hombre resulta éticamente responsable. Con todo, los poderes de la tecnología también han devuelto al hombre la conciencia del desastre y se vive un estado de incertidumbre muy semejante al de las antiguas culturas que concebían el fin del mundo como un hecho inminente. En este sentido, Pacheco apela por preguntarse sobre la responsabilidad del individuo en la preservación del orden cósmico, por lo que la noción de compromiso se plantea de manera más urgente, no con una ideología con una causa política inmediata, sino con la realidad el instinto de supervivencia.

Ética y literatura

Estas inquietudes éticas se han desplegado a lo largo de su obra, en su narrativa, en su poesía y en su faena periodística. Aunque desde el principio de su obra podía advertirse un compromiso con los expósitos, desposeídos o extraños, esta pulsión ha sido cada vez más evidente en la evolución de su obra y el poeta, el narrador y el periodista se han convertido en cronistas del desastre, testigos de la injusticia y voz de sus agraviados. En busca de una literatura que deje un saldo favorable a la vida, Pacheco ha corrido riesgos y ha oscilando entre la lucidez y conmoción artística como forma pedagógica o la exposición didáctica y moralizante. Esta oscilación es evidente en momentos contrastantes de su narrativa y poesía.

Quizá la obra narrativa más profundamente política y a la vez moral de Pacheco sea la novela Morirás lejos, ese prodigio de nemotecnia que combina la experimentación literaria compleja y rigurosa con la denuncia. A partir de una anécdota, o mejor dicho, una imagen recurrente ―un torturador nazi que vive recluido en una pequeña habitación en la Ciudad de México y que presumiblemente es espiado por una antigua víctima a quien igualmente espía a través de la persiana― Pacheco recrea la historia judía, el drama de la diáspora y las sucesivas agresiones al pueblo judío. Morirás lejos evoca distintos planos temporales: el supuesto asedio de una víctima, “Alguien”, a un verdugo nazi, “eme”, las distintas etapas históricas del suplicio judío (la lucha contra los romanos y la destrucción de Jerusalén, la batalla por el gueto de Varsovia, los campos de concentración), y la propia visión de la Alemania nazi. Novela sobre la novela y, a la vez, novela profundamente militante, novela experimental y de denuncia, con una prosa de un perfecto laconismo y surcada por una poesía cruel y mortuoria, para mi gusto Morirás lejos es, por su grado de dificultad y por su misterio, lo mejor en la producción narrativa de Pacheco. Este “modelo para armar” tan habitual en la literatura de la época no se limita a crear un ingenioso artefacto literario, sino que es una metáfora de las infinitas posibilidades de la memoria y el significado. La evocación y la enunciación son profundamente falibles, de ahí la renuncia de la literatura a un relato unívoco y la reivindicación de un infinito de posibilidades, pues se trata del intento angustioso por describir, guardar testimonio y brindar significado a aquello que parece escapar a la comprensión humana.

A diferencia de la elaboración y complejidad de Morirás lejos, Las batallas en el desierto es una novela de formación que, con un estilo realista y transparente, narra la historia del enamoramiento de Carlitos de Mariana, la madre de su mejor amigo. Si bien la sencillez y belleza del estilo la han vuelto entrañable para muchos de sus lectores, el trazo de sus situaciones y personajes no logra ocultar su intento deliberado de ejercer la crítica social. Por ejemplo, no hay que esforzarse mucho para entender que el dilema del padre de Carlitos, propietario de una fábrica de jabones, que ante la invasión del mercado por parte de los estadounidenses debe venderla a sus rivales y convertirse en su empleado, es una bienintencionada ilustración del dilema de la dependencia de la industrialización mexicana y de la aculturación norteamericana. En fin, la hipocresía social, la corrupción, la desigualdad y la dependencia son denunciadas de manera alegórica a través de la trama y el trazo de los personajes, en cuya estructura pesa más la carga ideológica que la sangre y la carne. Este afán didáctico es evidente en el reto de su escritura y, sobre todo, de su reescritura: a medida que pasa el tiempo hay una tendencia creciente a privilegiar el mensaje sobre el desarrollo natural de la trama, sobre la libertad y ambigüedad de la escena literaria.

En lo que atañe al trabajo poético, su evolución también admite, y en esto acuerdan varios de sus críticos, la distinción de dos etapas: una primera, por llamarla así, formalista, en la que se incluirían Los elementos de la noche y El reposo del fuego y una segunda, que podría denominarse militante, en la que se inscribe toda la producción ulterior. Aunque la crítica moral ya es manifiesta desde sus primeros libros, el poeta social y político se hace plenamente presente en No me preguntes cómo pasa el tiempo cuando, influido por el clima radical de la época, inicia el tránsito hacia una poesía más realista y comprometida con las circunstancias ineludibles de las guerras, la explotación económica o la enajenación política. Al mismo tiempo, Pacheco apuesta por el ingenio y la ironía como artífices de su poesía. Ya no es el ritmo cuidado de El reposo…, sino el trazo corrosivo, que mediante la impresión o la risa busca la revelación poética o política. En No me preguntes… se instaura ese creador desconfiado de la filigrana poética que cultiva la llaneza, la denuncia y el humor y que a veces se acerca a los procedimientos de la llamada anti-poesía. Artefactos de crítica social y aprendizaje moral, los poemas de Pacheco, a partir de No me preguntes… son también interrogaciones sobre el lenguaje de la poesía y sobre la actualidad de los cánones y preceptiva. No es extraño que, en esta concepción de la poesía la paráfrasis, el escolio, la glosa, el subrayado, el pastiche, la imitación, la disgregación de la voz en heterónimos, la traducción y todos esos actos contrarios a una escritura egocéntrica se conviertan en el principal método creativo de Pacheco. La poesía, en la nueva concepción de Pacheco, ya no es la creación de un ser excepcional, sino el diálogo con una tradición exhausta y, sobre todo, la posibilidad, mediante la acusación directa o la ironía, de afinar la conciencia del lector. Por supuesto, el humor de un autor concentrado en la moral puede ser complejo de descifrar y, por su carga moralista, puede convertirse en ñoño. El poema “Idilio”, con el que abre Irás y no volverás, es representativo de la irrupción de este humor pedagógico en la poesía de Pacheco: el reposado paseo de dos amantes, pleno de reminiscencias pastorales, es interrumpido por el descubrimiento de una fábrica donde se elabora gas paralizante. Más allá de su discutible efectividad como recurso literario, este procedimiento poético da cuenta del interés de Pacheco por demostrar que, detrás de la apariencia de belleza, detrás de la cotidianeidad, se esconde el rostro torvo de violencia.

Los riesgos del moralista

 

Los moralistas no son escritores simpáticos para todo el mundo, sus denuncias revelan nuestra mala fe, pueden volverse sentenciosos e inoportunos, pueden también rendirse a los aplausos de la tribuna y descender a la autocomplacencia y la autocompasión. No poco de eso ha ocurrido en una literatura que ha perdido en misterio y rigor lo que ha ganado en carácter edificante. Quizá muchos lectores nostálgicos de la espléndida fantasmagoría de algunos cuentos de El principio del placer, de la visión cruda y ambigua de la historia de Morirás lejos o de sus mejores poemas, no nos resignamos a esa mutación del escritor en pedagogo. Con todo, pese a los riesgos que corre, es significativo que en este tiempo de abstención del juicio, persista una perspectiva que erija la moral como criba de la inteligencia. De cualquier manera, las buenas intenciones representan una cuerda floja en el mundo intelectual y quizá una de las funciones más valiosas del intelectual sea, como sugería Jorge Cuesta, decepcionar a sus lectores, ahuyentar a las almas perdidas que buscan una guía de moral práctica y enfrentar al lector con las dudas y conflictos internos que asaltan al escribir una línea o emitir una opinión.


Autores
es poeta y ensayista. Su libro más reciente se titula La Peste (2011). Obtuvo el Premio de Poesía Gilberto Owen en 1995.
José Emilio Pacheco (1989). Fotografía de Rogelio Cuéllar.

Digamos que no tiene comienzo el mar. 
Empieza donde lo hallas por vez primera 
y te sale al encuentro por todas partes.

J. E. Pacheco

 

Se entumen las manos y cae un golpe contundente en la boca del estómago. Escribir mil notas no te prepara para asimilar una pérdida tan absoluta. El fin del mundo se descubre aquí y ahora. El fin de una época; eso te llevas contigo. La soledad y este temblar de piel desnuda; sin ningún sonido, en mitad del desierto.

La tarde del 26 de enero falleció el escritor José Emilio Pacheco, en la Ciudad de México.

Por referencia de su hija Laura Emilia Pacheco, se sabe que hasta el último momento su padre escribió; actividad que desde muy joven lo colocó en  panorama cultural mexicano.

José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició sus actividades literarias en la revista Medio Siglo. Junto a Carlos Monsiváis editó el suplemento de la revista Estaciones. También fue secretario de redacción en la Revista de la Universidad de México. Era especialista en Literatura mexicana del siglo XIX; además un gran estudioso de la obra de Jorge Luis Borges.

Entre sus obras más importantes están Morirás lejos, Las batallas en el desierto; La sangre de Medusa, El viento distante y El principio del placer. En poesía publicó Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces.

También realizó un gran trabajo como traductor, con sus versiones de Cuatro cuartetos, de T. S. Elliot; Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; De profundis, de Óscar Wilde y Vidas imaginarias, de Marcel Schwob.

“Lo dejo para que quien abra esto en cien años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra.” Declaró el 21 de abril de 2010 al depositar una serie de objetos en la Caja de la Letras del Instituto Cervantes para ser abierta en 2110.

Lamentamos profundamente la pérdida de este querido escritor mexicano. Habitará la niñez y el recuerdo junto a su obra literaria.

¡Hasta siempre!

 

Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).

Recién nos enteramos del fallecimiento en Chile del poeta Marco Fonz, quién en 1998 editara en nuestro fondo editorial El ojo lleno de dientes. El programa Cultural Tierra Adentro lamenta profundamente su deceso y envía sus condolencias a familiares y amigos.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

El judeoespañol o ladino es una lengua que mantiene muchas palabras y giros del español que se hablaba en el siglo XV en España. “Facer en ladino” se refiere a traducir del hebreo al latín vulgar (el español) las escrituras de la Torá. Cuando los judíos fueron expulsados de España en 1492 obligados a dejar todas sus pertenencias lo único que se llevaron consigo fue su lengua y no dejaron de hablarla donde se instalaron porque,como dice Marcel Cohen en el poema incluido en este libro, “seguros ke stavan de avlar la mas precioza lingua del moundo, una lingua jalus sakrada, dulse komo la myel”.

En 2009, Fernando del Paso ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua con un discurso sobre los sefardíes, su importancia en la España anterior a los Reyes Católicos y su herencia Medio Oriente donde el ladino tuvo una importancia indiscutible pues era la lengua que se hablaba en los puertos para comerciar; luego, Del Paso amplió su estudio en “Bajo la sombra de la Historia” (FCE, 2011). Después, Myriam Moscona publicó su fabulosa novela “Tela de sevoya” (Lumen, 2012) en la que recrea el entorno familiar en el que se hablaba judeoespañol y un viaje a Bulgaria, a donde se instaló su familia cuando salieron expulsados de España. (Sefarad es España en hebreo, de allí que a los judíos españoles se les llame sefardíes.)

En países como Turquía, Grecia, Bulgaria y los Balcanes, el ladino se siguió hablando, resistiendo a las lenguas mayoritarias u oficiales que de hablan allí y no pocas veces “contaminándose” de palabras o grafías locales, pero en América Latina el judeoespañol se fusionó con el español local así que se perdieron sus “bierbos” (palabras) y sus hermosos giros gramaticales del siglo XV. De allí la importancia de reunir en un libro las obras literarias que se escribieron en ladino, más allá de que es una lengua llena de refranes y kantikas (poemas) populares.

Compilado por la poeta Myriam Moscona y por el investigador José Sefamí, el libro “Por mi boka” reúne fragmentos de la Biblia de Ferrara, el Meam Loez -un libro de interpretaciones rabínicas de la Torá- y cuatro poetas en ladino: Clarisse Nicoïdski, el recién fallecido Juan Gelman, Marcel Cohen y Denise León, con versiones en español contemporáneo (aunque en particular prefiera leer y citar directo del ladino, el lector encontrará esa versión que le facilitará la lectura). Además, como sorpresiva curiosidad, están los primeros capítulos del Quijote y el Martín Fierro traducidos al ladino; Moscona y Sefamí lamentan no haber podido conseguir los derechos de reproducción del primer capítulo de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

El título general del libro es tomado del bellísimo poema en prosa del francés Marcel Cohen, quien además escribe sobre el desarraigo de ser otro en la tierra de los otros: “Lo kuryozo kon todo esto es de pensar ke fue yo un ebreo para los spagnoles antes de la salida, despues un espagnol para los turkos, un turko para los franceses […] y ahora sto un frances para los espagnoles…”

Sobre el ladino, bien podría decir Gelman a su vez:

dibaxu dil cantu sta la boz/
dibaxu di la voz sta la folya
qu’il árvuli dexara
cayer di mi boca

Finalmente, el ladino es una lengua casi muerta, muy pocas personas la hablan en el mundo, sobre todo, escribe Moscona, porque no hay niños que la hablen lo cual hace que la esperanza de que esta lengua sobreviva es prácticamente nula. Por fortuna, como muchas veces no ha sucedido con otras lenguas que han muerto, el ladino quedará en algunas pocas obras literarias como las reunidas en “Por mi boka”.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Chapultepec. Eugenia Coppel.

 

Vehemente dios de una raza de acero,
Automóvil ebbrrrio de espacio,
Que piafas y te estrrremeces de angustia 
Tocando el freno con estridentes dientes…
Filippo Tommaso Marinetti

 

Conservo buenos recuerdos de los automóviles que he tenido: la primera vez que cruce la frontera de los 200 kilómetros por hora –en un Chevy—; la primera vez que tuve sexo estacionado en una calle desierta —en un Jetta—, o aquel viaje a Estación Catorce para conocer el peyote —en un Mazda 3—. La sensación de conducir un automóvil es total: exige la extensión del cuerpo y los sentidos y nos ofrece el mismo sentimiento que la llanura —la plenitud de lo desconocido—, solo que a una velocidad espeluznante.

Las bicicletas, sin embargo, han desplazado todo valor moral que pudo haber tenido el automóvil. Claro, ¿qué se puede elogiar de un trozo de metal contaminante? Nada. Hacerlo, en este joven siglo, es retrógrado, signo ineludible del consumismo del siglo XX. La bicicleta, por el contrario, tiene mucho que comunicarnos: la responsabilidad social, la sustentabilidad, la vida saludable, es decir, todo lo bueno, todo lo que vale la pena. El siglo XXI ha dado luz a un nuevo ethos: la bicla como símbolo de responsabilidad y progreso.

Juan Pablo Proal, en un artículo del semanario Proceso en octubre de 2012, comenta:

A pesar de que para muchos conductores los ciclistas son equiparables a una plaga de cucarachas, estos ciudadanos dan ejemplo de humanismo, utopía y responsabilidad. ¿Quién es una plaga, el solitario conductor de una inmensa camioneta ocho cilindros o la ciclista que diariamente conduce a su trabajo sin producir contaminación? ¿Quién es un lastre para la nación, el ciudadano que se dio por vencido ante la inmunda corrupción del sistema o los grupos de ciclistas que cuidaron casillas en las elecciones presidenciales?

El ciclista, moderno centauro, no solo no contamina, sino que encarna la promesa de la historia: un mundo mejor, un continuum ascendente. El video del Holstee Manifiesto –pieza de propaganda de una tienda de ropa en Estados Unidos– muestra, en dos minutos y medio, a un grupo de personas pedaleando por sus sueños –life is short, do what you love and do it often. Curiosamente, nadie lo hace manejando. En vez de esto, se les ve felices recorrer Nueva York en sus bicicletas. Nada los detiene–. De manera paralela, se ha despojado al paseante del aura romántica del flâneur para depositarla en el ciclista citadino. La ciudad ya no se puede caminar, ahora hay que dominarla de otra manera. Grupos urbanos organizan rodadas por la ciudad con el fin de reconquistar espacios públicos y promover la cultura del ciclismo –lo que sea que eso signifique–. En 2012 se realizó en Oaxaca el 5° Congreso de Ciclismo Urbano para discutir sobre políticas públicas, educación vial e infraestructura, entre otros temas.

En las apologías a la bicicleta se cita a Julio Torri –pese a que clasifica el ciclismo como un deporte de misántropos– en su alabanza a la velocidad ideal que habilita: ni muy muy, ni tan tan. Se recuerda a H. G. Wells, quién deposita en la bicicleta una esperanza –siempre que veo a un adulto encima de una bicicleta recupero la esperanza en el futuro de la raza humana–, mientras que David Byrne, músico fundador de Talking Heads, se convierte en una de las principales voces del movimiento –quien, dicho sea de paso, la asocia a la edad temprana en la que iba pedaleando a ver a su novia. Una vez casi lo hicimos en el vertedero municipal de las afueras, cuenta puerilmente, aunque esto, en cierto sentido, también es un tipo de esperanza.

Chapultepec. Eugenia Coppel.

Chapultepec. Eugenia Coppel.

¿Cómo llegamos aquí? Wells y Byrne son los dos extremos del paréntesis que cuenta la historia. En 1861 (Wells nace en 1866), Ernest Michaux inventa la bicicleta moderna –como una evolución del celerífero–, misma que es modificada por los ingleses cuatro años después. Aquel momento coincide con las investigaciones alrededor del motor de combustión interna. Ambas líneas siguen en paralelo: en 1900 comienza la producción masiva de automóviles en Francia y Estados Unidos, mientras que para 1903 se realiza el primer Tour de France.

En las primeras décadas del siglo XX, Le Corbusier integra al automóvil como parte del diseño citadino –en su libro Hacia una arquitectura, de 1923, hace constantes referencias al automóvil como ejemplo de un nuevo mundo y, por extensión, de la nueva arquitectura que él buscaba. No sólo es símbolo de modernidad y progreso, sino que moldea la forma de la ciudad al integrar vías de circulación rápida –una ciudad construida para la velocidad es una ciudad construida para el éxito, escribiría.

La primera parte del siglo XX es testigo de la batalla perdida de la bicicleta frente al automóvil. En 1927, Janet Flanner cuenta una simpática conversación que sucede entre Maurice de Vlaminck, pintor fauvista, y Ambroise Vollard, famoso marchand descubridor de Degas y Renoir.

Vlaminck conduce su excelente automóvil a ciento veinte kilómetros por hora. Y estoy un poco preocupado por mi coche, agrega. Mi chofer acaba de matar a un ciclista. La rueda de atrás apenas le tocó. Probablemente sólo estaba esperando una buena oportunidad para morir, comenta lúgubremente Vollard. Además, la compañía de seguros de Vlaminck tuvo que pagar cien mil francos por la muerte de un ciclista. Demasiado por un hombre que sólo conducía una bicicleta, opina Vlaminck.

Poco antes, Salvador Novo en El Joven (1925) ya había retratado este momento:

Ornitorrinco, la bicicleta surgió. Fue chic y hasta rápido usarla en las carnicerías y los doctores no se desdeñaban de hacer equilibrio sobre aquel toro bípedo y solípedo que no comía ni se entripaba ni podía matar a nadie. Ni a su jinete.

Pero la bicicleta, anuncio de libertad, grito de Dolores contra la tiranía mecánica de los rieles, murió en flor. Hoy sólo la usan los niños bien en las calles privadas. Uno que otro señor, si se atreve, va incómodo y lleno de vergüenza. Ya agonizaba en 1905. (…) Ya los científicos, los que habían visitado Europa, iban al Paseo de la Reforma en coloniales autoedificios marca Renault. (…) ¡Pero en Europa tenían un lamentable concepto de la industria y la mecánica! Los autos eran casi solemnes; cada pieza costaba mucho y no sabían ponerle huaraches a las llantas. Además los choferes, chauffeurs, eran lentos, uniformados, y abrían las portezuelas inclinándose. Por eso nació Henry Ford y anegó de hormigas las calles del universo.

 

La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, hizo que todas las fábricas de automotores se dedicaran a la producción de material bélico. No es sino hasta los años 50 cuando la industria automotriz vuelve a resurgir: Francia y Alemania se enfocan en coches pequeños y de baja cilindrada; en Italia nacen grandes autos deportivos de la mano de marcas como Ferrari, Maserati y Alfa Romeo; mientras que en Estados Unidos se apuesta por autos cada vez más grandes y potentes.

Roland Barthes comenta sobre el Citroën DS (Byrne nace en el 52):

El automóvil es en nuestros días el equivalente bastante exacto de las grandes catedrales góticas. Quiero decir que constituye una gran creación de la época, concebido apasionadamente por artistas desconocidos, consumidos a través de su imagen, aunque no de su uso, por un pueblo entero que se apropia, en él, de un objeto absolutamente mágico.

 

El cine y la música, la invención del road trip por los beatniks –descendiendo vertiginosamente por la ruta 66 en el Hudson de Neal Cassady–, así como la idea del automóvil como glorificación de la personalidad, legitima la importancia del auto en el imaginario cultural y empuja la compra de automóviles en los 60 y 70.

Relegada como medio de transporte, la bicicleta se convierte en sinónimo de competencias deportivas y esparcimiento campirano. Entre 1970 y 1980 se inventa la bicicleta de montaña y se agregan innovaciones como los cambios de velocidades y la suspensión, mientras que la ciudad que soñó Le Corbusier muere ahogada en el vómito de sus embotellamientos.

No es sino hasta fines del siglo XX e inicios del XXI, con el auge de conceptos como el calentamiento global y el desarrollo sostenible, que esto comienza a cambiar. Ciudades como Londres, París, Berlín, Buenos Aires, Bogotá y México lanzan programas masivos de bicicletas en ciertas zonas, con el fin de propiciar el uso de las mismas como medio de transporte. Algunas, como Londres, establecen impuestos a los coches particulares que deseen circular en la zona centro de la ciudad.

Auto maceta. Eugenia Coppel

Auto maceta. Eugenia Coppelta

Para los millenials, generación ecológicamente más responsable que los baby boomers, la bicicleta toma el lugar que antes poseyó el automóvil, encumbrándose en el pedestal ideológico del progreso responsable.

Pese a que los ciclistas, al día de hoy, no han modificado que la dinámica de la ciudad sea, simplemente, un asunto de velocidad –el coche sobre el ciclista, el ciclista sobre el peatón–, no tardarán en recordarme mi pobre gusto al describir con nostalgia la caída del automóvil –la contaminación será su principal argumento, pese a que avanzamos sostenidamente hacia los coches eléctricos. Fetiche de consumo y lugar de prejuicios de clase, rematarán.

Poco importará que muchos hayamos aprendido antes a meter el clutch que a tocar a una mujer, ni que hayamos descubierto, como Kerouac, esa desenfrenada libertad al avanzar hacia el mar a más de cien kilómetros por hora con las ventanas abajo. Ahora, todas esas imágenes parecen anacrónicas, disparates de un siglo recién muerto. Atrás queda el erotismo de los accidentes automovilísticos de Ballard, las carreras de autos durante el fin del mundo de Nevil Shute, o el DeLorean capaz de viajar al futuro.

El mundo moderno nos ha domesticado, sin duda, y a mí no me resta más que gritar con la rabia del perdedor: ciclistas, quédense con la ciudad, esa que se está desmoronando y que no puede durar mucho más. Al resto déjennos los caminos, junto a una transmisión estándar.


Autores
nació en Tampico, Tamaulipas, en octubre de 1982. A los dieciocho años se mudó a la Ciudad de México, donde estudió Ciencias de la Comunicación. Empezó su gusto por la ficción a partir de los comics. Convertido en un entusiasta de la literatura, mantiene ahora una bitácora de sus lecturas en El anaquel. Actualmente vive en San Francisco, California.
Mezcal. Fotografía de Eugenia Montalván.

Quizá para decir que me gusta tomar mezcal lo mejor sería escribir un poema breve; de esa forma apenitas sumergiría mi corazón en la copa y mi confesión quedaría muy bien, no sería nada escandalosa; nadie se ofendería. Además, así conjugaría mi pasión con el deseo de hacer literatura, lo que es válido para vaciarme o, mejor dicho, deshacerme de la suma de emociones que supone levantar la copita y decir salud, un acto en sí mismo oscuro que ciertas gentes no ven bien. Pero frente a la ingobernable poesía, sólo me mojo fantasiosamente los labios en la presencia del pulso de mi mano tratando de pergeñar los primeros versos sin beber mezcal, ahorita y aquí: a las 9 AM en el hotel X de una ciudad perversa, donde lo único que siento es un intenso olor a café. Tomo una taza tras otra: el intento de hacer poesía, completamente genuino, también combina con un americano light estilo moulinex, y confieso que aun frente mis reservas su sabor me transporta a la vinata de mi primo Luis, en Nombre de Dios, Durango. Siento el apretón de su mano y la serenidad de sus maduros ojos claros: ni azules ni verdes, güeritos como él, muy expresivos bajo el sombrero norteño que los delata.

La vinata queda en la vera del camino a la Ciudad de México, a mediana distancia de la nueva autopista a Zacatecas, por donde cruzan tráilers todo el tiempo… En la vinata de Luis a diario se juntan cuatro o cinco mezcaleros de buen carácter, trabajadores que aprendieron de sus padres el oficio de producir vino, como le llaman, a partir de los magueyes de los cerros, labor que también a ellos les enseñaron por herencia: amacizar muy bien el hacha, sosteniéndola con fuerza por el mango, con la vista clavada en el corazón de la piña y el espíritu elevado para agradecer la bendición de tener este fruto o esta flor salvaje a disposición, siempre y cuando se pague la cuota que establezca el dueño del terreno. Son hombres, y en mucho menor cantidad, de vez en cuando una mujer diestra, sujetos a su buena conciencia, sin contrato de por medio; comparten su experiencia por placer, a veces a cambio de honorarios y otras, de una parte sustancial de la producción para tener algo que vender en casa, en envases reciclados, al precio que dicte la benévola demanda.

La vinata huele a quiote, a fermentación, a humo y a tabaco: Pifas, el personaje más audaz de este clan campesino, fuma “Perros” ¿Qué tal la marca?         -¿Por qué no mejor “Faros”? Siempre se lo pregunto. No recuerdo si el nombre es realmente así de bravo, pero como quiera va y los compra en una carrerita, ahí cerca, ni siquiera tiene que ir hasta el Oxxo, ¡menos mal! Obvio, son los cigarros más baratos que se consiguen acá. Luis no fuma.

Aparte de ser muy buen jimador, Pifas domina con admirable tacto al viejo, el artefacto más sobresaliente y hermoso de la vinata, hecho de madera, fuerte como un coyote y negro del tizne que chupa en el proceso de destilación. En la presencia del viejo, los contenedores de madera destinados a la fermentación sumergidos en la tierra, el cazo, la pila de agua fría, la serpentina de cobre y cualquier otro objeto pasan a segundo término, ya no digamos el techo de lámina desvencijado, el petate y las cobijas del velador.

En la vinata, la producción diaria de mezcal se consume calientita, como va saliendo. Hay una banca de piedra clavada en la pared ex profeso para los catadores y uno que otro borracho: aquí rola sin tregua una original copita fabricada al vapor con el pico de una botella de plástico con todo y tapa: ¿coca? ¿pepsi? ¿bonafont? ¡La que haya! Pasa de mano en mano para deleite de las almas piadosas, entre quienes me incluyo, fiel a la creencia de que un poder supremo  impregna esta mítica bebida de los dioses hecha con agaves silvestres y destilada con leña virgen: troncos de madera maciza: encino y mezquite en el cocimiento, y astillas de sabino y pino en la destilación.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.

¿Y mi anhelado poema? Se atoró entre las pencas de un maguey cenizo, lo sé. Me ganó el tratamiento rupestre, primigenio, la familiaridad con la que el mezcal llegó a mi vida. Aunque viéndolo bien, este tema podría ser muy buen pretexto: el fraternal gusto por beber mezcal que compartimos Luis y yo, pero hay algo más: mi primo Luis cambió la agricultura y su tractor por hacer mezcal influenciado, en cierta medida, por mi hermano Gabriel y yo. Gabriel me llevó a Mérida la primera botella de mezcal de Nombre de Dios que probé. A partir de entonces quedé “tocada”, viajé a Durango, supe que recién habían integrado al estado a la lista de los que tienen denominación de origen y que aquí, donde viví muchos días de campo en la infancia, históricamente se ha destilado el mejor mezcal, por eso le pedí a Luis que fuéramos juntos a comprar una botella; mi propósito era platicar con los productores. Esa vez me llevó a donde Carmelo, pero no estaba; al que conocí fue a su hijo Rafael, quien llego en bici, quizá por la flojera de ensillar el caballo; aquella mañana tuvo lugar nuestra primera larga conversación con un mezcalero joven pura sangre.

Según el escritor Eusebio Ruvalcaba, el mezcal te restriega la belleza en la cara y te quita la venda de los ojos, es cierto. En otras palabras, un amigo músico llanamente dice que toma mezcal cuando se siente estresado; conociéndolo, pienso que con esa copita recupera –a plenitud– su perspectiva del horizonte. Pero en Durango conocí a un médico (propietario de un hotel) que diario bebe mezcal por salud y para mantener el equilibrio mental, tal cual. Sus amigos no lo comprenden; prefieren las bebidas de marca que se anuncian en la tele.

En Nombre de Dios, el mezcal sigue siendo cosa de hombres, por eso no es requerido en fiestas familiares; el dinero se va en cartones de cerveza y pastel, como en aquella boda en la que marido y mujer se subieron a una silla para alcanzar el décimo piso, donde antes de cortar la primera rebanada se tomaron una foto. Esa vez, la espectacular banda que amenizó la comida (en la noche tocaría otro conjunto) me dedicó una cancioncita cuya letra no juzgo: Dos botellas de mezcal.

Cuando me muera, cómo te agradecería que pusieras en mi tumba dos botellas de mezcal, porque sé que de morirme de una cruda sabes bien que es culpa tuya por no poderte olvidar. Todas las noches cuando agarro la botella, yo te miro dentro de ella y me pongo a platicar. Al rato siento que me abrazas y me aprietas cual si fuera cosa cierta. Te amo, te amo y no es verdad. Cuando al fin vuelvo de mis locos pensamientos empiezan los sufrimientos porque te busco y no estás. De mis ojos empieza a brotar el llanto porque yo te quiero tanto y no lo puedo evitar.

Amor y mezcal no son compatibles. El desamor y el mezcal, menos.

El mezcal es sacramental. Beber mezcal, como cualquier acto de indulgencia, purifica el alma, por eso –siguiendo la tradición– se toma en ayunas.

¿Y qué pasa cuando compartimos una botella con los amigos? Ahí toma forma su cualidad desinhibidora: el corazón se volatiliza, pero, créanlo o no, aterriza de volada, con expresiva pericia, la que en los poetas aflora a la hora de pagar el recibo de la luz, y la que en los mezcaleros admiramos cuando encienden el fuego para cocer el maguey, nuestro sustento.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.
Portada. Fotografía de Amaranta Caballero.

En este momento SUN RA inicia una pieza afrofuturista. Las guitarras de Hendrix aúllan mientras Mick Jagger hace una cabriola y Jaco Pastorius alista el bajo. Héctor Roberto Chavero (reconocido como Atahualpa Yupanki) no engrasa los ejes, Manu Chao entra clandestino al As Negro en Tijuana, Javier Bátiz habla de Antonio Bibriesca, Daniel Ash asume su novatez en el motociclismo y Chico Ché es el quinto bitle. Escenas y personajes como estos son naturales en Cornucopia. Periodismo sonoro y anexas de Octavio Hernández Díaz.

En un libro donde la música es el personaje central de la escena transfronteriza, es fácil adentrarse en las impresiones de un libro multicultural. Rico en registros y anécdotas Cornucopia se convierte en el “diario”, en “la libreta de campo” que sólo un melómano como Octavio Hernández puede llevar consigo: el documento de la experiencia: expresiones, lenguajes,  sonoridades y noches muy largas.

Cronista, promotor cultural, periodista, percusionista, melómano y escritor, Octavio funge como un imán-eslabón entre el mito y la leyenda. Privilegiado por las diosas, Hernández Díaz ha sido un catalizador viviente de una parte importante de la escena cultural mexicana, protagonizada por sus músicos, escritores y artistas que dan vida, interpretan y subrayan la efervescencia propia de la transición de siglos.

Si se habla de registros culturales urbanos, Hernández Díaz figura de manera directa al ser partícipe y autor en la mayoría de los casos, de festivales, proyectos musicales, literarios, documentales. ¿Quién de los melómanos fronterizos norteños no sabe de las contingencias, urdimbres y estrategias sonoras en las que este autor ha sido partícipe? ¿Quién en la escena musical de la Ciudad de México no conoce la figura y presencia de este cronista de lo sonoro, artífice tránsfuga de noches únicas? Ahí donde la intensidad arroja su grito fino y latiga con la estridencia de sus destellos, nace Cornucopia, un libro donde el periodismo cultural, la literatura y la música dan concierto exclusivo.

Soda Stereo en Los Ángeles

La ciudad querube recibe a Soda Stereo (el 21 de noviembre) en el Home Depot Center en Carson (California), que aquí se despide de todos los que siguieron en esta región en su vertiginosa carrera musical: los Red Hot Chili Boys locales y sus compinches de las aldeas más próximas, los asilados en San Pancho, los santos de San Diego y los benditos tijuas que llegaron desde Baja California. Todos se reunieron ahí para formar parte del ritual, del hello again y del goodbye forever del trío que hizo vibrar a millones durante casi 13 años en la ruta, generando una Sodamanía epidémica e infinita.

La salida desde Tijuana se torna larga y tediosa por culpa del pavo y la fila es tan larga como los problemas urbanos de la ciudad que pretendemos dejar atrás. La falta de educación vial y la estupidez común afloran cuando el reloj nos aprisiona el corazón a todos los que pretendemos cruzar a Bushtepec. Tras una hora de agobio llegamos a la garita y como de costumbre el guardia en turno me ve y me dice “de seguro usted ha de ser la envidia de todos los pelones”, a lo que el Pollo y yo respondemos con una estruendosa carcajada y pasamos sin problemas. […] p.30

Me verás volver

El alimento avanza veloz por nuestras gargantas con la ayuda de la malta venida de Ámsterdam y entonces nos vamos como rayos hacia el will call para que nos den nuestros tickets y pulseritas. El marketing esta noche es avasallante: Parking a $20 dólares, boletos de $45 a $150 billetes verdes, cerveza light a $9 pingüicazos verdes, camisetas de manga larga de los Stereo a $60 billetes con la cara de Washington. Nos asombramos ante tal situación monetaria, pero el creador nos ilumina al descubrir un maravilloso puesto de cerveza Guiness a $9 dólares en vaso grande. Entramos entonces al monstruo y descendemos por su esqueleto-escalera hasta aterrizar en su barriga-césped. Y entonces estalla la locura, Cerati se para y agradece a todos los presentes por estar ahí y un griterío ensordecedor acompañado por miles de lucecitas de teléfono móvil le dan la bienvenida. Arrancan con “Juego de seducción”, dos pantallas laterales repiten lo que vemos al frente, mientras que seis pantallas delgadas al fondo del stage acarician los colores y resbalan formas alucinantes al compás de la canción. El tema suena al original pero la marabunta Stereo le da su toque de actualidad impresionantemente.[…] p.31

Thelonious Monk, Caetano Veloso, Soda Stereo, Cornelio Reyna, Morrisey, Amy Whinehouse, Bo Diddley, Lorenzo de Monteclaro, Ringo Starr, Bessie Smith, Julieta Venegas, Tongolele, Fres-Ka, John Lennon, Israel Cachao López entre muchos y muchas más aparecen coloridos, estruendosos, inolvidables, únicos en los registros y textos que Octavio Hernández presenta muy a su estilo y ácido humor en este libro abundante, vivo y musical.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Los vínculos que los procesos político-económicos han ligado a Francia con África no se han desvanecido. Los más pesimistas apuntarán que el país europeo no puede olvidarse del todo de su pasado colonialista y sus afanes de conquista. Otros muchos precisan que eso es cosa del pasado y reconocen, más bien, una deuda histórica con un continente del que se aprovecharon violentamente.

Pero el elemento más importante son las personas. Allí están… buscando alternativas para una mejor vida. La migración africana no se detiene, pero en la nación gala ya se encuentran también los hijos de todos aquellos que viajaron para asentarse. Son franceses con plenos derechos obligaciones. Así, tanto los recién llegados como quienes buscan preservar el legado de sus padres contribuyen a que la presencia de diversas culturas africanas en la Francia de hoy sea un fenómeno social completamente vivo.

Es precisamente en el arte donde su participación es fundamental —aunque también ocupan un sitio preponderante en las plantillas de los equipos de la Ligue 1 de futbol—. Deporte y cultura, buen mezcla. Pero vayamos a lo nuestro, la música.  La lista de figuras de prosapia que han proyectado en Francia a las muchas músicas nativas de aquel continente es larga y de altísima calidad. Basta con mencionar a figuras de la talla de Cesaria Evora, Youssou N`dour, Salif Keita, Rachid Taha, Toumani Diabaté y Cheb Khaled, entre muchos otros. A los que hay que sumar a talentos más noveles como Rokia Traoré o la labor de investigación y difusión de un musicólogo, productor y Dj como Frederic Galliano.

Pero el magnetismo que ejerce África también se extiende a los enteramente franceses, como es el caso de Xavier Thomas,  un productor, DJ, multi- instrumentista y vocalista oriundo de París. Profesionalmente se ha hecho llamar Débruit y debutó From the Horizon (2012), un disco en que ya mostraba su interés por hurgar en distintas formas de folklore y sumarlo a su mixtura de electrónica con matices de hip –hop. Lo mismo puede incorporar melodías acariciantes, que ruido o grabaciones de campo.

Se distinguió como un talento precoz –toca el sax desde los 9 años de edad- y ahora que roza la treintena mantiene a un alter-ego en clave hip-house, llamado Kéèclac, al tiempo que dando seguimiento a un tema tan exitoso como lo fue “Nigeria What?”, emprendió la tarea de concebir un nuevo álbum en el que los sonidos de la electrónica avanzada conviven nuevamente con el acervo popular del inexactamente nombrado “continente negro”, ya que la parte norte –el Magreb- no está poblado precisamente por negros sino por árabes.

Y es que para su nueva incursión decidió acompañarse por una vocalista de origen sudanés: Alsarah. Con lo que se aseguró contar con un canto aterciopelado, sutil y seductor. A un disco tan atrayente como Aljawal (Soundway, 2013) no hay más que considerarlo música árabe contemporánea, así parta de la mente de un francés. Allí están las cuerdas exuberantes y las voces ululantes que nos llevan hasta su imaginario.

Debruit no ha elegido ponerse las cosas fáciles; ya desde su debut dejaba bien claras sus ambiciones: “ser surrealista significa difuminar lo que ya se ha visto para hacer lo que está aún por ver”. Desea fervientemente retomar los principios de André Bretón y toda su camarilla para elaborar una clase de música que no se parezca a lo convencional —y en buena medida lo consigue—.

Qué bueno que exista quien no le tenga miedo a hacer vanguardia con música popular –aquí no estamos en terrenos académicos-. Lo que Xavier tiene de su lado es un arsenal de sintetizadores, cajas de ritmo, secuenciadores y mucho conocimiento para hacerse de los sonidos autóctonos del mundo árabe. Destaquemos también su buen juicio para incorporarlos a una música que trasuda actualidad. Temas como “Jamilla” y “Khartoum” nos hacen sentir que el futuro de la música árabe ya está aquí; que los rituales de baile pueden ser una experiencia física llena de misticismo y con ecos de una tradición milenaria que aquí se recicla.

La música de Debruit y Alsarah tiene requiebros muy sutiles e interesantes; no siempre es veloz, hay bajones en los que se privilegia la voz (“Loulia”). Son momentos de remanso que sirven para retomar energías y sentirse un verdadero viajero –que es lo que significa Aljawal, y dirigirse hasta una geografía imaginaria; tal como cuenta la cantante al remontarse a la sensación de escuchar la música anterior del productor. Pero con justicia hay que decir que sus capacidades aumentan estando juntos, como es evidente en “Alhalim” y las otras 10 piezas que lo completan.

En Aljawal se combinan un sentido del tiempo y de la historia con una manera futurista de abordarlas. Se siente el cruce entre el cosmopolitismo de un habitante de la ciudad luz con el acervo ancestral de una cantante que procede de Khartoum, la capital de Sudán, que luego vivió en la provincia de Taez, hasta que la guerra civil obliga a su familia a refugiarse en Estados Unidos desde 1994. Ella creció acostumbrándose al choque entre culturas y costumbres. No le son raros a ambos los tiempos que corren. Trabajaron entre París y Brooklyn para completar el disco. El mundo es su aldea y ellos los nómadas de la era de la información. No nos queda más que disfrutar creaciones que trascienden fronteras y épocas.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.