Tierra Adentro

Lo más asombroso de la nueva novela de Evelio Rosero (Bogotá, Colombia, 1958), Plegaria por un papa envenenado, son las abundantes similitudes que al leer uno encuentra entre el corto papado de Juan Pablo I y el del nuevo papa Francisco, que apenas llegará a su primer año. Porque antes de que el papa Francisco llegara con sus discursos seudo revolucionarios al Vaticano, esas promesas huecas —de buen político que habla sin ton ni son— sobre querer reformar la curia vaticana, hace más de treinta años Juan Pablo I quiso hacer lo mismo y su premio fue el envenenamiento.

De esa manera, la mafia napolitana, también conocida como camorra, tiene su contraparte hipócrita y velada pero igual de asesina en la mafia vaticana. Albino Luciani, Patriarca de Venecia y después pontífice con el nombre de Juan Pablo I, fue hallado muerto en sus aposentos vaticanos en agosto de 1978, a los treinta y tres días de iniciado su papado. No es el único caso pues entre la mafia vaticana es usual este tipo de ajusticiamientos: seguramente muchos han documentado esos casos, pero en la literatura reciente Fernando Vallejo lo hizo en su libro La puta de Babilonia (Planeta, 2007), donde abundan los papados cortos porque los pontífices fueron envenenados por múltiples razones.

Juan Pablo I, al igual que hoy en día Francisco, quería una Iglesia más humana, más pobre, pues Luciani “insistía en que la Iglesia no debía tener poder ni riquezas”. Entonces, el primer paso era remover a los poderosos directores del Banco Vaticano para que no siguieran lucrando con los dineros de la Iglesia, como en el caso de Paul Macinkus, obispo de Chicago y contemporáneo de Al Capone, uno de los primeros que iba a cesar Juan Pablo I, o lavaran el dinero de la mafia italiana como ocurrió el año pasado con Nunzio Scarano, quien fue encarcelado por la policía italiana. Y, por supuesto, dando la imagen de humildad: Juan Pablo I era un papa que por primera vez sonreía ante las multitudes congregadas en la Plaza de San Pedro a las que llamaba, no “hijos”, como usualmente hizo su antecesor Pablo VI, sino “hermanos”; Francisco, por su parte, usando sus zapatos negros ortopédicos, anillo y crucifijo de plata dorada o hierro, y no de oro, o negándose a usar autos blindados en sus giras.

En Plegaria por un papa envenenado Rosero, quien ganó el premio Tusquets de Novela en 2007 por Los ejércitos, no santifica a Juan Pablo I, simplemente toma su caso para desentrañar lo corrompida que está la curia vaticana (incluyendo fiestas privadas para tener sexo con hombres o mujeres por igual, favores sexuales como el caso de Batista Rica –a quien Francisco le encargó el Banco Vaticano– con un soldado de la Guardia Suiza, por no mencionar los sonados casos de pederastia). Con un coro de las prostitutas de Venecia que todo lo han visto y todo lo dicen –un recurso literario hábilmente utilizado que recuerda a los coros de las tragedias griegas–, Juan Pablo I queda como un papa ciego que no veía a las harpías y hienas rondándole para saltarle al cuello al primer descuido. Es por eso que a un año del inicio de su papado Francisco no puede estar tranquilo, sus frecuentes palabras contradiciéndose y con el ala más conservadora de la Iglesia con Benedicto XVI a la cabeza y viviendo en el Vaticano, uno no puede dejar de preguntarse cuánto tiempo más pasará para que, en el mejor de los casos, lo envenenen. La historia es cíclica, ya se sabe, y como en otros casos, la literatura sólo se limita a representarla trayéndola con una similitud que nos deja estupefactos.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.

Sólo he visto a Daniel Herrera una vez en mi vida. Casi todo el rato nos la pasamos riendo como mariguanos. Un tipo simpático y hasta cierto punto cínico. Se fue temprano, como el responsable jefe de familia que es. O al menos eso me hizo creer. Igual y, aburrido de mi plática insípida, se fue a algún putero a ver peluches. Esa tarde en Torreón, me obsequió su libro de cuentos llamado Polvo rojo, publicado por Ficticia

En Polvo rojo, Herrera se sube de una manera muy decente a lo que se le conoce como literatura del norte, una estrategia publicitaria con tintes vendelibros que pretende hacernos creer que sólo en los estados del norte se escribe narrativa. Sin embargo, para quienes usamos la lectura como antídoto para no tomar un arma y salir a la calle, la literatura es mucho más que una estrategia de ventas. En 50 años, el Julio regalado de la Comercial Mexicana sólo será un dato de almanaque. Igual que la literatura del norte.

Por eso trato de mantenerme alejado de las novedades. Si llega una a mis manos, la guardo y la leo medio año después. No es nada sano leer un libro, mientras a tu alrededor todo mundo le aplaude. La literatura no es un caballo de carreras que debe ser atizado. Por eso, cuando Melamina llegó a mi casa, la guardé (por no decir, la escondí) en mi pequeño librero. Pasaron los meses y empezaron a aparecer las listas tipo: “los mejores libros de 2013 según yo”. Melamina no figuró en ninguna. Eso es una buena señal para mí. Entonces fui al librero y comencé a leerla.

Me extrañó que la novela de Herrera no fuera mencionada en las listas de novedades, cuando es un escritor de Torreón, ciudad que se ha convertido en nuestro Macondo, pero en versión noir. Todo mundo habla de la capital coahuilense y esta especie de realismo tóxico empieza a empacharme (y no me vengan con el cuento de que es “nuestra realidad” porque sé muy bien cuál es mi realidad, acá entre yerba, polvo y plomo guerrerense).

Pero Melamina no habla de Torreón, ni de narcos, ni de cárteles, ni de sicarios. Tampoco hay dealers, bacanales ni guiños a pelis de culto. Y entonces me cayó el veinte de porqué no fue mencionada en ninguna lista. Cosa que yo valoro mucho.

En Melamina encontramos un tipo cínico, mandilón y un tanto amargado que nos cuenta una historia. Herrera consigue dibujar, qué digo dibujar, consigue identificarnos con un hombre que vive al día; que odia su trabajo, pero no le queda de otra que soportarlo; que tiene ilusiones, muchas, pero casi todas son inalcanzables y se conforma con matar cucarachas que salen de una barra de melamina que vigila su cocina.

Naturalmente. De este tipo de historias las hay por racimos. Pero la de Daniel se mantiene arriba con una alta dosis de patetismo, inconformidad y cinismo. Carece de requinteos narrativos inservibles. Hunde la daga del sarcasmo en un imaginario colectivo adormecido por el consumismo, la televisión y el éxito. Y lo mejor, ni siquiera percibimos que la escribió un norteño. Es más, parece que estoy escuchando a mi vecino quejinche, aquí en Zihuatanejo. Y eso, señoras y señores, me movió mucho la hamaca.

En sus Diarios, John Cheever, escribió: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”.

Convertido en una especie de Chejov de los Godínez (algo que el autor deja ver en las redes sociales), Herrera también funciona como un infiltrado que nos da informes sobre las oficinas comandadas por un vil Patiño; los hogares en los que el salario dispone los gustos y necesidades; el tormento económico que significa la paternidad y lo gris que se ve la vida desde el cristal de nosotros los proles.

Daniel Herrera, conocido en los bajos mundo como el Ari Telch de la literatura mexicana, deja a un lado los personajes presuntuosos: melómanos, pirujas, artistas, dipsómanos, rockstars; tampoco hay romances sórdidos, viajes psicotrópicos, escenas peliculezcas o delirios de grandeza.

En Melamina encontramos seres atormentados no por amor, sino por la incertidumbre de ser padres; aquí se sufre por el desempleo, por hepatitis, por los suegros; aquí los personajes son tan corrientes, que sacan a patadas cualquier estereotipo: tendero en la farmacia, técnico de laboratorio, jefa de culo gordo de una sección de sociales, madre rojilla y medio feminista, amigo sexópata.

Y lo mejor es que la novela se ambienta en una ciudad incierta, pero que podría ser cualquiera. El norte y sus modelos ni siquiera se tocan.

En su muro de Facebook, Julián Herbert sentenció: “Hay que quebrarse. Un hombre incapaz de quebrarse solo puede aspirar a ser un objeto, tener siempre la razón y/o convertirse en un rencoroso”. Daniel aplica esta consigna con su personaje, de modo que el protagonista, un tipo en comienzo rencoroso, termina quebrándose ante su destino, ante su mujer y ante su hija recién nacida.
Eso le quita la clasificación de objeto, lo vuelve hombre y nos refleja en él.

Sé que no es nada reconfortante tomar un libro para reflejarnos en sus páginas. Pero hasta cierto punto, es necesario hacerlo de vez en cuando para no creernos invencibles. También necesitamos de ciertas dosis de pon-los-pies-en-la-tierra-carajo. Eso es Melamina. Aunque también, y eso me emociona más, es el anticipo de lo que será capaz de hacer Daniel Herrera en su siguiente libro.

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Autores
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).

El poemario Dodo de Karen Villeda obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2013, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Este stop motion contiene fragmentos de este poema narrativo considerado por Carmen Villoro como “el recuerdo y el presagio de un mundo fantástico y terrible que a todos pertenece, basta mirar la huella para reconocer nuestra memoria. Nos asusta y fascina este delirio”.

Si te gusta este video, te invitamos a leer el resto del poemario.

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
ALR/Conaculta

Federico Campbell nació en Tijuana en 1941. Hizo lo que muchos jóvenes de su tiempo —y aún antes— hacían para procurarse una mejor educación: dirigirse hacia el centro del país. Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, y en 1967 estudió periodismo en el Macalester College (Saint Paul, Minnesota, EU). Periodista, narrador, ensayista, traductor y editor, Campbell creó una obra literaria que, lejos de olvidar su origen, contribuyó a fortalecer el puente hacia una ciudad, una península, una región y las múltiples atmósferas de la productiva y versátil literatura del norte a través del tiempo y el contexto social.

Campbell paseó, convivió y conversó con su ciudad natal aún en la distancia. Sus novelas y relatos dan cuenta de ello: la Tijuana de los años cincuenta, sesenta; la Tijuana de su padre telegrafista, la de los años treinta; la Tijuana-mujer-amante-esposa-madre-hermana representada en un personaje de nombre norteamericano. Más allá de ilusiones ópticas o de un desmantelamiento inane, a la par de otros autores (pienso en Abigael Bohórquez, Jesús Gardea, Daniel Sada o Rosario Sanmiguel), la obra de Campbell precisa y demarca la continuidad de una geografía política y cultural específica: la frontera norte.

Luego de haber ingresado en un estado de salud grave con duración de varias semanas en un hospital de la Ciudad de México, el sábado 15 de febrero falleció, a los 72 años de edad, el escritor Federico Campbell debido a un derrame cerebral masivo. Es La hora del lobo en la que algunos escritores y escritoras de la región escriben sobre la obra de uno de sus autores más emblemáticos:

Es innegable que la obra de Federico Campbell ha alcanzado un lugar destacado en el escenario de la literatura mexicana, por ya no hablar del papel referencial que ha jugado, desde los años setenta hasta la actualidad, en la construcción del imaginario peninsular. Tal vez sin buscarlo, se convirtió no sólo en una de las primeras aportaciones destacadas de eso que la crítica denomina el “nomos del Norte” (aludiendo al concepto griego de organización territorial), sino también en una de las apuestas más complejas por rescatar los perfiles de un paisaje humano que, independientemente de su ubicación, resulta tan entrañable como el que más.

Javier Hernández Quezada

 

A mí me gusta su prosa. No sólo por la presencia de mi ciudad favorita y natal en su obra, también porque sus textos son como pequeñas burbujas cuya delgadísima membrana es la nostalgia y remembranza. A mi generación le corresponde reventar esas burbujas y aprender de ellas. Mi favorita es Todo lo de las focas. Desde ahí puedo ver y recrear historias que desde niña nadie ha podido contarme. No hay mucha historia concreta sobre Tijuana en la mente de los de mi edad. La obra de Federico Campbell aminora ese vacío.

Patricia Binôme

 

A mi parecer uno de los libros esenciales de Federico Campbell es Infame turba. Entrevistas a pensadores, poetas y novelistas en la España de 1970, trabajo poco referido por la crítica y el lector, y, sin embargo, crucial para comprender la transición estética y cultural de la España franquista a la España democrática y libertaria. La obra reúne conversaciones de Campbell con Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald, Gabriel Ferrater, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, Félix Grande, Ángel González, Luis Goytisolo, Juan Marsé, Leopoldo María Panero, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, realizadas durante los años que el escritor tijuanense radicó en una Barcelona (finales de los sesenta, principios de los setenta) animada por la psicodelia de la época y sobre todo por un pujante e impostergable afán renovador. Como un testigo privilegiado de esa coyuntura, Federico Campbell amalgama con inteligencia y empatía sus dos grandes pasiones, sus dos amores eternos: la literatura y el periodismo, ejes de un espíritu tan curioso y cordial como informado y analítico.

Jorge Ortega

 

Federico Campbell llevó el norte a la literatura; fue uno de los principales autores que volteó la tradicional relación norte-centro, donde el segundo resultaba productor y el primero receptor de contenidos culturales. De él leí Transpeninsular, una novela que ocurre en esa carretera desierta que pareciera no ofrecer historia alguna. Campbell le dio leyenda a un terreno sin prehistoria. Por otro lado, Tijuanenses posee descripciones de la ciudad, un tono anticosmopolita o casi local, ese tono que se reconoce oralmente en muchos tijuanenses. En este cuento Campbell regresa a las historias de los famosos norteamericanos que visitaban la ciudad y a los cerros que la rodean, habitados por personajes de maldad media. El norte ya no sería ignoto.

Sidharta Ochoa

 

En Tijuanenses ya se vislumbraba la importancia que la memoria tendría en la obra de Campbell, y es éste uno de los primeros desplantes narrativos que dieron carta de naturalización a los habitantes de Tijuana dentro de la literatura. Campbell fue el primero en retratar esos parajes físicos y mentales que hablan de “las innumerables tijuanas superpuestas” y exhiben al autor ocupado en registrar esa “vida que se nos iba de las manos”.

Javier González Cárdenas

 

Tijuanenses, lo familiar de lo extraño. La prosa de Federico Campbell, respetuosa del detalle, rasgó las formas intocables de nombres, familias y lugares tijuanenses de la segunda mitad del siglo XX. Como la buena literatura, de forma insólita surcó la experiencia localizada en calles y carreteras o en las colinas de la Tijuana de cien mil habitantes, de una clase media bien caracterizada, elaborando una nómina propia de la ciudad moderna, americanizada.

En Tijuanenses, aún los inmigrantes pueden reconocerse o, al menos, emplazar su experiencia sobre esas letras que acogen también a los extraños, presentes y venideros.

Vianett Medina

 

Yo no sabía casi nada de Tijuana antes de vivir en ella. Nada sino algunas canciones, las noticias y la narrativa de Campbell. Con todas ellas me construí un pasado familiar, una relación de cercanía con la ciudad. A lo largo de estos casi seis años como residente, ha sido satisfactorio reconocer una calle, una escuela, una esquina de la ciudad presente, y de la que ya sólo existe en fotografías, a partir de sus escritos. Un juego inocente y a la vez identitario que quise agradecerle alguna vez en persona. Hacernos amigos, llegar a tutearnos, decirle entre risas y mis miles de preguntas: si no es por ti, Federico, tal vez nunca me llegaría a sentir de Tijuana.

Sheherazade Bigdalí


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Certificado de nacimiento de Joseph Haydn. (Rohrau, Austria). Zátonyi Sándor (ifj.). CC-BY-SA.

Joseph Haydn fue considerado el mayor compositor de su tiempo. De origen humilde y tras pasar muchos años de penurias, su talento lo llevó a convertirse en el director de orquesta (Kapellmeister) de la corte de la familia Esterházy —una de las más acaudaladas de Europa—. Para hablar de la sinfonía como género, Haydn es un músico imprescindible.

Cuando Haydn cumplió seis años de edad, sus padres lo enviaron a vivir con unos tíos para que tuviera una educación musical. En poco tiempo se convirtió en uno de los niños cantores del coro de la catedral de Viena. Para complementar esta formación, Haydn aprendió de manera autodidacta a tocar varios instrumentos musicales y a realizar ejercicios de composición. Compuso más de cien sinfonías, todas con un carácter propio. Además de su prolijidad, fue uno de esos raros compositores cuyo sentido del humor queda manifiesto en varias de sus obras.

En 1762 murió el príncipe Paul Anton, quien había contratado a Haydn como compositor de la corte; su hermano Nikolaus, heredero del principado, mantuvo la orquesta con Haydn a su servicio. Sin embargo, este nuevo príncipe gustaba de pasar largas temporadas en Eszterháza, donde la familia tenía un palacete. A pesar de ser un lugar enorme, todas las personas al servicio del príncipe (músicos incluidos) debían ir sin compañía alguna; las familias y amistades de todos debían permanecer en Eisenstadt.

Haydn compuso su sinfonía 45 en fa sostenido menor en 1772. Fue compuesta e interpretada por primera vez bajo la dirección del propio Haydn en Eszterháza ese mismo año. Se le conoce como la sinfonía de Los adioses porque buena parte de la servidumbre y de los músicos estaban hartos de pasar tanto tiempo en el retiro involuntario que les resultaba Eszterháza; querían volver a Eisenstadt y le pidieron ayuda a Haydn para que intercediera por ellos y hablara con el príncipe. La respuesta del músico fue componer una sinfonía que a su vez sirviera de mensaje y mostrara la inconformidad de todos. En esta obra, en vez del acostumbrado final súbito de las sinfonías anteriores, la música continúa en un adagio o movimiento lento hasta desaparecer poco a poco a modo de despedida. En la interpretación original, los músicos apagaron uno a uno las respectivas velas de sus atriles en el último movimiento de la obra, se levantaron y se fueron. Al final sólo quedaron dos violinistas, el maestro de conciertos Luigi Tomasini y el propio Haydn. El príncipe entendió el mensaje y la corte volvió a Eisenstadt al día siguiente.

La fama de esta sinfonía no se debe únicamente a la anécdota que le dio nombre; es una de las sinfonías más reconocidas e interpretadas de las más de cien que compuso Haydn. En una época en la que no era común componer sinfonías en tonalidades menores, Haydn compuso algunas de sus mejores obras en la década de 1770, a la que corresponde Los adioses, la cual no sólo está compuesta en un tono menor sino en fa sostenido menor, lo cual la hace todavía más rara. (Se le tuvo que pedir al herrero de Eszterháza que hiciera modificaciones a los cornos de la orquesta para que se pudiera tocar el minueto en fa sostenido). Los instrumentos que conformaban la orquesta original de Haydn eran dos violines, una viola, dos oboes, un contrabajo, dos cornos y un clavicordio.

 

El primer movimiento, allegro assai, se interpreta con fuerza y rapidez; el tema (arpegio) y los acompañamientos sincopados marcan un brío y una alegría que no sorprenden a nadie acostumbrado a las obras de Haydn excepto porque un segundo tema, completamente nuevo, se abre paso justo cuando uno espera la resolución del primero. En la forma tradicional sonata (la forma estructural de las sinfonías convencionales, de muchos cuartetos, sonatas, etcétera) propone un tema A, su resolución, un puente y luego un tema B. En este movimiento el tema B inicia cuando aún no se resuelve el A, como si Haydn hiciera una suerte de malabarismo con los temas. Esto sin dejar de desarrollar las frases musicales incluso después de que la recapitulación de los temas ha quedado clara. Estamos frente a una innovación formal y, por ende, de expresividad.

 

 

En el segundo movimiento, el adagio, el tono de la voz permanece bajo, pero las modulaciones son de gran complejidad. Después viene un minuet que hay que escuchar con atención por los múltiples giros inesperados en la armonía y el ritmo. De hecho es hasta este movimiento que suena el contrabajo por primera vez, mientras el trío de cornos cita una melodía de la liturgia de la Semana Santa que Haydn había utilizado algunos años atrás en su sinfonía de las Lamentaciones, número 26 (una vez más vemos que tomar música previa propia o de otros compositores es una práctica común).

 

 

La dinámica del final denota un carácter de urgencia y al momento en que uno esperaría que terminara, Haydn da un giro con el cual da la sensación de que va a volver a comenzar, pero a esto sigue un silencio que se interrumpe por un adagio en la mayor (el mismo tono que el adagio del segundo movimiento, pero que aquí es totalmente inesperado). Y luego de un pequeño pasaje para los alientos, el primer oboe y el segundo corno guardan silencio abruptamente. Para evitar que quedara alguna duda, Haydn escribió “nichts mehr” (nada más) en la partitura.

La música continúa y uno a uno los músicos tocan solos de despedida y se retiran: el fagot, el segundo oboe, el primer corno, el contrabajo, cuyo solo es más elaborado que el del resto y que transporta la música hacia su armonía final; fa sostenido menor. Los que van quedando vuelven a tocar el tema, que cada vez suena más enfático en su hartazgo y parece más lento. Después desaparece el cello; luego se van la viola y los violines (salvo dos). Los dos violines que quedan de pronto enmudecen como si fueran las dos velas restantes. De hecho en la mayoría de las interpretaciones actuales, como puede apreciarse en los videos enlazados en este artículo, los músicos se retiran físicamente, lo que se presta a más de una broma entre ellos mismos y el público. En el video de la versión dirigida por Adam Fischer puede apreciarse cómo él se retira simulando que los dos violines restantes no se darán cuenta (alrededor del minuto 25 y medio) y aquí:

 

 

podemos ver cómo Daniel Barenboim, en su papel de director, hace del final una broma más que abierta hasta quedarse dirigiendo la obra sin un solo músico.

A final de cuentas, la obra termina de manera súbita, pero no por un fuerte acorde que conjuga el sonido de todos los instrumentos en una nota que reafirma su tonalidad sino por su inesperada manera de repetirse hasta apagarse. La progresiva desaparición de los instrumentos es la primera invitación a escuchar de nuevo la sinfonía completa, ya que a través de la familiaridad con la obra se descubre la sutileza del artificio empleado por Haydn en esta broma orquestada.

Versiones recomendadas:

  • La versión con la Orquesta austro-húngara Haydn, dirigida por Adam Fischer (Brilliant Classics: 2002) es una interpretación dinámica con un tempo acaso más alegre y brillante que el esperado por la época y condiciones de la obra; una versión que refleja muy bien el sentido del humor de Haydn.
  • La interpretación de la Filarmonía Hungárica dirigida por Antal Doratti (Decca: 1996) es una de las más populares debido al sello particular de Doratti, quien se ocupó de dirigir todas las sinfonías de Haydn con esmero. Las dinámicas son cuidadas y el resultado es una visión estándar, anecdótica.
  • La Orquesta de cámara de Stuttgart, dirigida por Denis Russel Davies (Sony Classics: 2009) hace de ésta y todas las sinfonías de Haydn un conjunto de auténticas joyas. Russel Davies hace a un mismo tiempo un elogio a Haydn y nos regala una visión verdaderamente personal de su obra; una interpretación equilibrada.

Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.
mein zimmer. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012.

Cuando el amor recupera la visión

Traducción de Rodolfo Mata

Tan pronto alguien se acerca se tira al suelo finge que lo han golpeado que le han robado hasta el último quinto

Si lo ayudan a levantarse abraza al buen samaritano y le vacía las bolsas

El maligno lo arrastra a través del fuego a través del vado y el remolino del lodazal y el charco pone dagas en su almohada ratoneras en su sopa

Él tampoco se queda atrás: bebe alcohol con el perro juega dados cargados cede el cuerpo a proxenetas

Lo fustigan en los albergues en los hospitales públicos y a patadas lo echan a la calle cuando el amor recupera la visión

Quando o amor recupera a visão

Fabio Weintraub

Tão logo alguém se aproxima Joga-se no chão finge ter sido espancado roubado até o último vintém

Se o ajudam a erguer-se abraça a alma caridosa esvaziando-lhe a bolsa

O maligno o arrasta através do fogo através do vau e do redemunho do lamaçal e do charco põe facas em seu travesseiro ratoeiras em sua sopa

Ele também não faz por menos: bebe pinga com o cachorro joga dados viciados cede o corpo a proxenetas

É fustigado nos albergues nos hospitais públicos e posto na rua a pontapés quando o amor recupera a visão

Aclaración: el poema pertenece al libro Baque, 2007, y no a Novo endereço, 2002, como se menciona en el número 188 de la revista impresa Tierra Adentro.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fabio Weintraub nació en 1967 en São Paulo, donde reside actualmente. Hijo de padres judíos de origen polaco, se formó originalmente en Psicología, en la Universidade de São Paulo, en 1989, donde también obtuvo, en 2013, el doctorado en Letras, con una tesis sobre las representaciones del espacio urbano en la poesía brasileña posterior a los años noventa. Trabajó poco en el área de la psicología clínica y pronto se dedicó a la literatura, como poeta y crítico literario, y a la edición de libros, en el Memorial da América Latina, la Editora Ática y Edições SM. Para la Editorial Nankin, coordinó, de 1996 a 2002, la colección de poesía brasileña “Janela do Caos”, donde publicó, entre otros, a Hilda Hilst, Roberto Piva y Glauco Mattoso. En 1992, publicó su primer libro, Toda mudez será conquistada. Su segundo volumen de poemas, Sistema de erros (1996), recibió el premio Nascente (Universidade de São Paulo / Editora Abril). Novo endereço (2002) lo hizo acreedor al Prêmio Cidade Juiz de Fora (2002) y al premio cubano Casa de las Américas (2003), en la categoría “Literatura Brasileña”. Por ello, Novo endereço apareció en 2004, en versión bilingüe, traducido por la cubana Lourdes Arencibia. Baque, su más reciente libro, fue publicado en 2007, en Brasil, y en 2012, en Portugal. Ha publicado en diversas revistas literarias, como Cult, Jandira y Cacto, y fue uno de los editores de K Jornal de Crítica. Sus poemas han sido incluidos en libros como Antologia comentada da poesia brasileira do século XXI y Rattapallax: New Brazilian and American Poetry. En 2006, obtuvo la beca Incentivo à Criação Literária, del Gobierno del Estado de São Paulo, y en 2013, la beca del Programa Petrobrás Cultural.
es poeta y traductor. Entre sus libros destacan Parajes y paralajes (1999) y Qué decir (2011).
Fotografía de Pixabay.

Si algún festival de cine merece atención estos días es el FICUNAM, pues para empezar ha tenido el valor, como casi ningún otro, de desconocer la distinción canónica entre película de ficción y documental. Los cinéfilos sabemos desde hace tiempo que si no liberamos al cine de restricciones de ese tipo, es imposible renovar e inyectarle sangre nueva. Desde las vanguardias, pero con mucho más ímpetu desde que empezó el siglo XXI, los nuevos cineastas descomponen, desagregan y se liberan de las viejas  estructuras para traer películas que nada tienen que ver con el status quo alabado por el show de la Academia norteamericana o ese circuito comercial que agota y estira cuanto puede las franquicias multimillonarias de cómic (tres Avengers, tres Iron Man, la diezmilésima y cansada saga de Spiderman).

El FICUNAM es todo lo contrario y es un auténtico respiro a una ruta conocida en que hasta la Muestra Internacional de Cine ha caído −copiando un poco a Cannes, que es a veces un remedo hollywoodense−. Para su cuarta edición, el FICUNAM logra traer 140 títulos de directores emergentes nacionales e internacionales y descentraliza la experiencia de asistir al cine todo lo que puede: no sólo habrá películas en la Cineteca y el Centro Cultural Universitario, también participan como sedes el Cinematógrafo del Chopo, CCU Tlatelolco, FES Acatlán, FES Aragón, Faros (de Oriente, Tláhuac, Milpa Alta, Indios Verdes), Cineteca Nacional, Cine Tonalá y Cinépolis Diana. Una acción que parece poca cosa (descentralizar) es realmente una manera de regresar el cine experimental a donde debe llegar, quitándole su ‘templos’, sus retablos y sus dioses.

¿Qué vale la pena ver? Pues si eres joven, bello y tienes todo el día para ir al cine: todo. Los programadores son de confiar: Eva Sangiorgi (ex FICCO y productora de proyectos con artistas contemporáneos), Maximiliano Cruz (guionista, programador de festivales como el de Cali y ex FICCO), Roger Koza (crítico y programador del festival de Hamburgo) y Sébastien Blayac (ex FICCO y asistente de producción de varias películas mexicanas).

Si tienes muy poco tiempo para ir al cine pero de todas formas no te quieres perder las “buenas”, yo te recomiendo algunas: si te interesa el arte contemporáneo, puedes ver la del artista Carlos Amorales, Ámsterdam (2013), por ejemplo o Trois exercises d’interprétation de Cristi Puiu (2013).  Además está la función única al aire libre de la más reciente y última película de Hayao Miyazaki, The Wind Rises (2013) que será una delicia. No te pierdas tampoco la retrospectiva del cineasta francés Alain Guiraudie (1964), especialmente El extraño del lago (2013). Créeme: este año el cineasta francés ha tenido un espectacular boom y ya es de culto. En general, serán interesantes las 12 cintas en competencia internacional y las mexicanas. Este FICUNAM viene muy bueno, no te lo pierdas.

 


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Fotografía de Pixabay.

Lee Siegel escribe en The New Yorker sobre el estado del periodismo actual y cómo, parece, ha desplazado a la literatura como el medio por excelencia para transmitir la complejidad humana. Al respecto escribe:

Estas no sólo son “las noticias”. Esto es una pedazo de realidad tan denso que va más allá del arte al iluminar qué tan nebulosa es la realidad. (Pero hace años las noticias dejaron de reportar la realidad y comenzaron a constituir una nueva capa de ella). Estos días, las convenciones del arte parecen pintorescos y ordenados. Zadie Smith, tomando prestada la frase del novelista David Shields, ha escrito su “novel-nausea”, una impaciencia con artificialidad literaria. Su frustración la comparten los novelistas, desde Tim Parks a Naipaul, Roth, y Munro, estos últimos tres han renunciado por completo a escribir narrativa. (También podría ser la razón del por qué las novelas de Karl Ove Knausgaard, que se leen como transcripciones directas de la realidad, son tan populares. “El sólo pensar en la ficción”, escribe, “el sólo pensamiento de un personaje fabricado en una trama fabricada me hacen sentir nauseas”).

El resto, aquí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.