Tierra Adentro

Para leer Isla de Claudia Ramírez Martínez, la autora nos proporciona varias herramientas, en primer lugar: Una tabla de salvación. La poética de este libro-objeto plantea a través de un juego de frases cortas y puntiagudas una reflexión: la capacidad de sobrevivencia. Al abrir la caja-isla literalmente comienza el viaje donde toda persona lectora se descubre náufraga. ¿Está usted listo o lista para zambullirse, echarse el clavado?

Isla comprende entre sus páginas un singular registro textual y visual que al tiempo que cuestiona, proporciona las múltiples y probables respuestas. Isla es eso: un lugar donde los binomios en blanco y negro, catalizan, aceleran el pensamiento. De manera lúdica e inteligente el campo semántico demarca un horizonte provisional pero también se extiende con tal amplitud, casi, como la composición geológica de la arena.

Si bien en el libro-objeto una de las premisas es la interacción, en esta pieza los lectores —o náufragos— interactúan consigo mismos ante la posibilidad de encontrar un espacio personal para refugiarse, resguardarse, protegerse o ahogarse. La capacidad de sobreviviencia se define en esta travesía al igual que toda probabilidad de lectura.

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Más allá de la idea de un Robinson Crusoe que llega y se instala para sobrevivir, al interactuar con Isla los náufragos abren y cierran las frases donde la palabra, a veces, devela los mensajes lanzados dentro de botellas al mar. Palabras-contenedores, palabras-olas, palabras-movimiento. Isla es también la transición del lector entre lo sedentario y lo nómada, entre la brújula y el mapa de ruta, entre el braceo contra corriente y la secuencia precisa de la respiración.

Siendo Isla un pedazo de tierra en el territorio del lenguaje, la palabra se transforma en la tabla de salvación en el territorio del mar. Articular y desarticular el orden de la secuencia de las páginas, recorrer entre y con burbujas las letras y su peso son parte del provocativo juego de esta pieza.

 

¿Qué puede significar un libro-objeto de esta naturaleza?

Definitivamente: búsqueda.

 

¿Qué detona un artefacto como Isla?

Sin duda: un desafío.

 

¿Son estas circunstancias que pide un lector?

Nunca nada más que eso.

 

Al igual que los libros tradicionales, Isla plantea una narrativa con todos los elementos necesarios: formula un inicio, nudo, desenlace, pero además provee las secuencias para desarrollar una gama de reflexiones múltiples que mantienen a flote toda acción y consecuencia.

Es importante saber que al final, este libro generoso nos otorga la posibilidad de reorganizar y estructurar una nueva secuencia —de pensamiento, de sensaciones, de percepciones— que curiosamente nos permite ver un nuevo inicio. Isla al igual que un tesoro antes de abrir, mantiene a los lectores-náufragos en la expectación y el límite del asombro y la maravilla.

Esta pieza ha sido presentada en la 1ª Feria del Libro de Artista en la ciudad de Guadalajara, realizada por la Editorial Lia durante los días 19, 20, 21, 22 y 23 de Febrero del presente año.

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Acerca de la autora:

Claudia Ramírez Martínez (Guadalajara, Jalisco 1967). Artista multidisciplinaria. Vive en Tijuana desde 1989. Cuenta con varias exposiciones individuales y colectivas, acciones e intervenciones públicas. Participó en la muestra colectiva de Libro-Objeto, Construcción y diálogo de la escritura, Galería NODO en 2011, y en la Feria del Libro de Tijuana, 2012. Seleccionada en la colección de Poesía Visual Mexicana 2013. Imparte talleres de arte para niños y de grabado en instituciones locales. Dirige el proyecto Broche del Árbol,  taller de gráfica.

 

(Fotografías de Amaranta Caballero Prado)


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Carlos de la Sancha. arkarkark. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012

I

Mi padre no es querido en el barrio. Los policías asoman por la casa cada lunes o martes y lo miran beber cerveza en el minúsculo cuadrado de cemento que antes fue jardín. Los vecinos no tienen un enrejado que los guarde pero nosotros sí. Mi padre bebe encaramado en un banquito sobre la misma calle, delito perseguido por aquí con severidad digna de crímenes mayores. Pero los policías no pueden cruzar el enrejado y detenerlo: se conforman con mirarlo beber.

Nuestra relación tampoco es buena. Mi madre murió y yo debo hacer el trabajo de la casa, él está educado para no tocar una escoba y yo, en cambio, parece que nací para manejarla. Cuando termino de barrer, sacudir, trapear y lavar baños y cocina (la ropa, jueves y lunes) debo vestir el overol y caminar a la fábrica.

Fui una alumna tan destacada que conseguí empleo apenas presenté mi solicitud, pero no tan buena como para obtener una beca y seguir. Trabajo en una línea de ensamble de las tres de la tarde a las diez de la noche, junto con veinte como yo, indistinguibles. Vistas desde arriba, a través la ventanilla de la oficina de supervisión, debemos parecer incansables, las doscientas o trescientas que formamos las quince líneas fabriles simultáneas durante los diferentes turnos.

Otra de mis fortunas (no me gusta quejarme: le dejo eso a los periódicos) es que mi camino de regreso resulta simple. Once calles en línea recta separan la casa de la fábrica. Algunas de mis compañeras, en cambio, deben abordar dos o tres autobuses y caminar por brechas enlodadas antes de darse por libres.

Las calles cercanas a la fábrica fueron oscuras pero ahora las iluminan largas filas de lámparas municipales. El patrullaje es permanente: durante el trayecto de once calles hasta mi puerta es posible contar hasta seis camionetas de agentes, dos en los asientos delanteros y cuatro detrás, arracimados en la caja, piernas colgantes y rifles al hombro.

Los periódicos se quejan. Dicen que el barrio es una vergüenza y lo comparan con los suaves fraccionamientos del otro lado de la ciudad. Es cierto: aquí no hay bardas ni jardines. Nosotros tuvimos uno, diminuto, que ahora está sepultado bajo el cemento y que mi padre utiliza como estación de vigilancia mientras bebe. Mira pasar a la gente de día y por la noche, cuando nadie se atreve a salir, espera mi regreso. O eso creo. A veces no está cuando llego y sólo aparece un rato después, botella en mano.

Es cierto que existen peligros. Y no todos son mentiras de la prensa, como sostienen algunos. Muchas compañeras, no se ha podido saber con precisión cuántas, jamás vuelven a la fábrica. Algunas porque se cansan de la mala paga o la ruda labor, suponemos. Otras, porque las arrebatan de las calles cercanas. Dicho así, suena como esos artículos del periódico en los que se quejan de la aparición de otro y otro cuerpo. Los acompañan fotografías en donde las muertas parecen juguetes. Así debemos vernos todas: muñecas articuladas, acompañadas por  la mascarilla de seguridad. A veces jugamos a ensamblar muñecas (acá la cabeza, los brazos, acá piernas y ropa) y a veces, como muñecas, somos desarmadas. No: la verdad es que ensamblamos circuitos y la línea de muñecas cerró hace años por falta de mercado. Pero recorté un artículo que lo asegura porque me gustó su forma de mentir. Como si tuviera algún sentido lo que sucede, como si fuéramos algo que pudiera ser descrito.

El artículo fue publicado hace año y medio, por la época en que el patrullaje era mayor y las desapariciones (y los hallazgos de cuerpos), más frecuentes. Ahora han disminuido, aunque sin desaparecer del todo. Como sucede con esas parejas que aún se meten mano de vez en cuando si él bebió o ella está aburrida. Eso leí en otro artículo, en una sección que en vez de cuerpos muertos luce los muy vivos de algunas mujeres hermosas. Lo que no soporto son los crucigramas. De todos modos no podría resolverlos, porque mi padre se precipita sobre cada periódico que llega a la casa. Los agota en minutos, sin tachones ni dudas. Como si los hubiera planeado, como si fuera capaz de que sus palabras cupieran en los cuadritos sin que importara su correspondencia con la verdad. Nunca me he detenido a revisárselos.

No suelo pasear, sino que camino veloz y sin distracciones. No volteo si alguno de los policías, arriba de sus camionetas, llama. Algunas mujeres de la fábrica se hacen sus amigas y novias (es decir, se meten con ellos a los callejones y se deslizan sus miembros a la boca) en busca de escolta y protección, pero no tengo intenciones de revolcarme con uno ni necesito que me sigan hasta mi puerta. A mi padre no le gustaría verme llegar con un policía.

Los periódicos se quejan de todo pero, como pasa con la gente habladora, llegan a referir cosas útiles. Por ejemplo, tengo acá un artículo en donde informan que la fábrica es un negocio tan malo que resulta inexplicable que su dueño lo mantenga funcionando. No ha generado beneficios en ocho años y reporta pérdidas en todos los estados financieros. Incluso los recaudadores de impuestos se han vuelto laxos en sus revisiones, porque el dueño es amigo de un diputado y en el gobierno saben que esto no da dinero. Lo dejan en paz.

Otro problema de este barrio “en situación extrema”, leo, es que han muerto cinco policías en el año. El periódico, repitiendo los dichos del Ayuntamiento, propone que los agentes son abatidos por los mismos que secuestran y desechan los cuerpos de las compañeras. Pero cómo confiar en un diario que, luego de asestar esa información, secunda sin parpadear las imaginaciones del redactor encargado de los horóscopos. El mío, hoy, dice: Te encontrarás inusualmente sintonizada con tu pareja, aprovecha para decirle eso que te incomoda.

Mi pareja, que no existe, tendría que ser paciente: trabajo de lunes a sábado y en la casa no termina la labor. Y a mi padre le disgustaría verme llegar de la mano con alguien. Sobre todo, me parece, si fuera un policía y tuviera que meterme con él a los callejones y chuparlo.

Ahora me doy cuenta que terminé diciéndole esto a nadie y en verdad me incomoda. Otro triunfo para el horóscopo.

 

II

Salgo, de noche, con otras cincuenta. Somos relevadas por cincuenta más, idénticas. A pocas les conocemos la cara, porque debemos utilizar redes para el cabello y mascarillas de seguridad y no resulta cómodo quitarlas y ponerlas en su sitio cada vez, así que acostumbramos dejarlas allí, tapiándonos la vista.

Hace tres días que el mismo agente, de pie en la esquina más alejada de la puerta, justo donde comienza el camino de regreso, me da las buenas noches. Es un tipo feo incluso entre los de su especie, pero procura mostrarse amable. Le sonrío sin responder; sé que por esa ventana mínima que abro, vuelve.

Sus compañeros, las piernas colgando en la caja de una camioneta, se ríen. “No se te hace ni con la gata más pinche”, le dijeron el segundo día. No pienses, policía, que lo de la gata me ofende. La camioneta acompaña mi regreso pero se detiene ante la última esquina. El agente feo, de pie en la caja, me identifica como la hija del borracho del enrejado. Vuelven a burlarse. Debe haber pasado humillaciones peores: es realmente feo.

Una muchacha nueva, apenas mayor que las otras, llega a la fábrica. Dice conocerme. Vive en una de las apretadas casas al otro lado de mi calle: ha visto a mi padre beber en su banquito desde que era pequeña. Lee los periódicos tanto como yo, aunque evita las noticias sobre el barrio y se concentra en las que ofrecen explicaciones para los problemas de cama de hombres, mujeres y gatas. No puedo creer que esos hijos de puta me dijeran gata en la cara, sin parpadear.

Caminamos juntas de regreso, inevitablemente, como si la hubieran colocado en mi horario para obligarme a intimar. El policía feo parece interesarse por la vecina cuando la descubre a mi lado. Se sonríen. La animo, en las jornadas de ensamblaje, a sostenerle la mirada y acercarse. Me esperanza la idea de que se gusten.

Éxito: consigo librarme de mi compañera de ruta apenas se decide a conversar con el feo. Ella es linda, curiosamente linda, y ahora los compañeros del agente le gruñen, resentidos, en vez de burlarse. Yo no tengo ojos para ellos, sólo para las calles que recorro cada día y noche. No me preocupan. Nunca me colaré a un callejón para lamer, agradecida, a un protector.

Dice el horóscopo que debo cuidarme de murmuraciones. Y agrega, el diario, otro aviso: en vista de que el número de crímenes en el área ha disminuido hasta cincuentainueve punto dos por ciento, se reducirá en la misma proporción el patrullaje policial. Que me expliquen cómo le descontarán el decimal, amigos. Si pudiera calcularlo, me digo, quizá habría conseguido la beca. Y ahora escribiría los horóscopos en el diario.

Mi vecina aprovecha nuestra cercanía en la línea de ensamblado para narrarme sus manoseos y lameteos con el policía. Su fealdad parece entusiasmarla. La hace sentir deslumbrante. Incluso el periódico ha bendecido sus apetitos, porque en la sección con las fotografías de bellas desnudas recomiendan a las lectoras buscarse novios horrendos pero apasionados.

Lo siguiente no debió ocurrir. Ella pudo quedarse con su hombre y permitirme caminar sola, pero en vez de ello se citó con él más tarde, en su casa, para presentarlo ante su familia, y me escoltó por las calles. Todo era perfecto, serían felices, él iba a pedir su cambio a un centro comercial y se alejaría de los peligros. Así que no le gusta el barrio, dije. A nadie, vecina, a nadie. Pues a la gata le gusta, pienso.

Pero la camioneta sale detrás de una esquina plena de luz y se detiene allí, al final de la calle. Negra, sin placa ni insignias, los vidrios levantados. Nos detenemos y sus faros nos esperan.

Ella debe imaginarse rota, en una zanja, alejada para siempre de su amante feo, su overol de trabajo y hasta de mí. A nadie le gusta pensar eso. Me toma de un brazo, tiembla. Yo no padecería este miedo si estuviera sola. No volveré a caminar con esta pendeja, me digo. De la parálisis nos salva la luz de una torreta. Por la calle avanza una patrulla. La camioneta, lenta como nube, se marcha.

Evito responderle al día siguiente, en la fábrica, cuando vuelve al tema. Le recomiendo que recurra a su novio y me deje volver sola, como sé, como me gusta. Se resiste. Dice, no sé con qué base, que juntas corremos menos peligro. Tengo que echarla de aquí. Tu puto novio me dijo gata y quiso que se la mamara. Chingas a tu madre tú y él igual. Ni me hables, pendeja. Todo eso y la espanto lo suficiente como para alejarla. Al fin.

Unos días después, veo a la distancia que le entregan una canasta de globos. Hay abrazos y algún aplauso. Se muda con el feo, se va de la fábrica. El alivio hace que las rodillas me tiemblen y mis muslos suden, como si la tibia orina de la niñez escurriera por ellos.

El periódico, ladino, calcula que el número de policías en el barrio podría haber bajado no por la disminución de crímenes, sino al revés: los crímenes habrían bajado en la medida que lo hacía el número de policías. Me doy cuenta de que, asombrosamente, mi padre no concluyó el crucigrama esta vez. La receta del día: ensalada de pollo con salsa dulce. Luce deliciosa.

La camioneta viene, lenta, hacia mí. En el mejor lugar posible para un asalto, a mitad del camino entre la fábrica y la casa, en un cruce de calles en donde nadie vive y subsisten pocos negocios, cerrados todos a esta hora. Me rebasa pero se detiene, aguardándome. Como no avanzo (para qué precipitarse), bajan dos hombres. Visten ropas de calle. Son el feo y un compañero, uno que quizá se reía más que los otros de esta pinche gata. Sus expresiones perfectamente serias. Nada de diversión, aquí.

El rodillazo me dobla y la patada me derriba. No puedo oponerme, nada en los bolsillos de mi overol o mi pequeña mochila puede ser utilizado como defensa. Me jalan a la camioneta y debo pesarles en exceso, porque no es un movimiento limpio sino uno lastimoso y torpe el que hacemos en conjunto. Logro sujetarme de un poste para retenerlos. Es obvio que no saben hacer esto.

Pero, claro, el experto está aquí. No lo ven, no lo esperan, pero el crujido que escucho mientras tironean mis pies y me patean las costillas son sus botas y arma. Cierro los ojos porque me duele, porque no disfruto esto ni me divierte cuando sucede.

Los tiros no son estruendo; apenas ecos acallados por la carne.

Sudo. Me arde el estómago, mi boca se abre y jala aire, todo el aire. Me arrastro al poste y, contra él, consigo incorporarme. Náuseas. Me hicieron daño.

El feo tiene el pecho destrozado y un agujero como una mano entre las inglés. Su compañero luce un boquete negro en el ojo derecho y las entrañas se le escapan del vientre.

Tengo las fuerzas necesarias para escupirles a ambos, devolverles las patadas. El dolor en las costillas me perseguirá un mes. Escucho un jadeo. El feo vive aún, trata de escurrirse.

Mira a la pinche gata, le digo, mírala.

Vuelven a dispararle.

Cierro los ojos.

Una mano me toma del hombro, me obliga a volverme.

Vámonos, pues, a la verga, dice.

Sí, papá.

Me contempla con aspereza.

Volverán las patrullas.

Lo sigo por calles vacías.

 


Autores
(Zapopan, 1976) es autor de El buscador de cabezas, Recursos humanos y La fila india. Fue seleccionado por Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.

“Algunos de los pensadores más brillantes de los problemas en casa y en el mundo son profesores universitarios, pero la mayoría de ellos no importan  en los grandes debates de hoy”, escribió Nicholas Kristof el fin de semana pasado para The New York Times. Hoy, a manera de recapitulación y reflexión, aparece en The New Yorker un artículo de Joshua Rothman en el que expande más la discusión: “¿Por qué la escritura académica es tan académica?”.

Rothman habla del ambiente académico estadounidense, pero la pertinencia de sus preguntas es innegable. Habla Rothman:

Hace unos años, cuando estudiaba Lengua, presenté un ensayo en el Coloquio de Literatura Americana de mi colegio. (Un coloquio es una especie de taller literario para estudiantes universitarios). El ensayo era sobre Thomas Kuhn, el historiador de la ciencia. Kuhn acuñó el término “cambio de paradigma” y yo exponía cómo esa frase ha sido usada y abusada, para angustia de Kuhn, por posmodernistas insurrectos y gurús de autoayuda sin sentido. A la gente le gustó el ensayo, pero se sintieron intranquilos sobre él. “No creo que seas capaz de publicarlo en un journal”, me dijo alguien. Pensó que sería más probable de ser leído en una revista.

¿Fue eso un cumplido, un desprecio, o ambos? Es difícil de decir. La escritura académica es una cosa tensa y misteriosa.

 

Pueden seguir leyendo aquí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Budapest. Baños Termales Széchenyi Gyógyfürdő. Fotografía: Aida.

Uno de los lugares más exquisitos a los que pude ir cuando erraba por el mundo es Budapest. Y sí, es la Perla del Danubio, legendariamente hermosa; sí sus barrios  Vízmű y Királymajori con sus iglesias medievales y sus calles empedradas deslumbran, pero a mí lo que más me gustó, lo que me dejó hambrienta de regresar fue que nadie hablaba inglés. No me lo tomen a mal, soy anglófila musical y no tengo ningún pleito/complejo de inferioridad/racismo con el hecho de que ese idioma sea la lingua franca en la mayor parte de occidente. Pero sucede que Hungría es una isla extraña, dominada por un idioma intrincado, insólito −mordelón diría yo− con el que se comunican y compran el pan, pero que también sirve como un eficaz impermeable cultural. El idioma es tan raro que aunque lo intenté, nunca pude imaginarme a dos personas jadeando de placer en una cama gritándose “szeretlek, szeretlek, szeretlek”. (te amo, te amo, te amo). No da para tanto mi imaginación y aunque trataba con cada parejita pasaba junto a mí. El Magyar, como llaman tanto al idioma como a la tribu originaria de esa región, es como una roca o un vendaval de granizo, con sus palabras lija y sus adjetivos de goma dura, que pegan y pegan letras hasta que van formando letrasfrases y palabrasideas, numeroadjetivos y géneroverbos, todo sin un sólo espacio de por medio. Si hace falta un ejemplo escogería el verbo romper o estrellar −összetöröd− tan sólo por su riqueza visual: tiene esos miles de puntitos arriba como para entender que el magyar estrella sus palabras y de ellas salen pedacitos.

Con esto que digo es fácil presentir que el poco inglés que mastican (sólo los más jóvenes) es inclemente, por decir lo menos. Casi quiere uno que no lo usen porque se acaba de mal humor. Gracias a eso, Budapest es uno de los pocos lugares en donde aún ocurren escenas como esta: dos que se saben humanos intentan poner algo en común con los ojos. Igen, Igen, kérem, alcanzas a decir tres días después de que llegaste, con la esperanza de que, efectivamente, quiera decir sí por favor. Gracias,  köszönöm, te toma mínimo una semana. Está uno descubierto de todo significante, se viven momentos de soledad extrema, descarnada, y cuando a uno le toca conectar con quien sea, por cualquier circunstancia, resulta algo intenso. Imaginen un poco a una septuagenaria que vivió la mayor parte de su vida adulta dentro de un régimen socialista. Imagínenla explicándome cuánto debía pagarle por el cuarto que le renté, quitándome algunos billetes de la mano y guardando ella misma en mi bolsa del pantalón el resto. Una anciana estupenda, que me dejaba leche con un pan duro y azucarado por las mañanas y regresaba a planchar a su cuarto. Imagínenla decirme adiós y tocarme la cara y expresar, quizás, que tuviera buen viaje o buena vida o que no fuera a casarme con un palurdo la vez que nos abrazamos y tuve que despedirme de ella. Imaginen haber cruzado muchas muchas palabras con esta mujer y no entender una sola de ellas, pero quererla igual.

Me gusta entendernos en inglés, es muy cómodo poder pagar todo en dólares. Hasta me causa gracia que en la mayoría de los países de Europa (no se diga en África), la gente de a pie asegure que México es parte de Estados Unidos. Pero de vez en cuando, sería increíble llegar otra vez a pisar lengua ignota y aun así, entendernos.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.

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Octavio Paz es uno de los autores en español más relevantes del siglo XX. Su poesía es ya parte de la tradición hispanoamericana y seguirá deslumbrando a generaciones de lectores. Su pensamiento no sólo logró el difícil mérito de integrar la conversación del mundo, sino que sigue vigente: orientándonos en muchos de los dilemas de nuestro tiempo. Editor, traductor, puente entre culturas y lenguas, e infatigable defensor de la libertad, Octavio Paz es autor de una obra inagotable a la que siempre es necesario volver. Es, además, un mexicano universal cuya literatura subraya el carácter internacional de todo arte: celebrarlo es celebrar a México en el mundo y al mundo en México.

Este año, el 31 de marzo, se cumplirá un siglo de su nacimiento y desde el Gobierno Federal entendemos esta fecha como una oportunidad valiosa para volver a la obra y la figura de nuestro único Premio Nobel de Literatura. Pero estar a la altura de su magisterio nos impone la necesidad de no hacer un festejo vacuo, retórico o grandilocuente. Este programa de actividades cumple varios objetivos: acercar a los jóvenes mexicanos la obra de un autor universal, traer a México lo mejor de la poesía y el pensamiento del mundo contemporáneo, así como dejar un legado en infraestructura, tanto virtual —con una página web a la altura del autor de El laberinto de la soledad— como en lecturas y actividades que contribuyan a iluminar su obra.

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

↑ Soundtrack para esta nota.

Caminar la ciudad para interactuar con ella. Caminar la ciudad con —y más allá— de la idea del flâneur, caminar la ciudad como elemento de la movilidad, caminar la ciudad cotidianamente como respirar oxígeno, caminar la ciudad como espectadora, caminar la ciudad para reconocer en ella el movimiento corporal-mental, caminar la ciudad para observar sus adaptaciones: el quitar o poner objetos, casas, edificios, de acuerdo las condiciones mediatico-climáticas: escenográfica; caminar la ciudad para vernos en los otros. ¿Pero, qué se hace cuando no se puede caminar una ciudad?

Luego de una pausa para pensar esa respuesta pienso en el transporte dentro de esta urbe: autos, camiones, autobuses, motocicletas, tráilers, bicicletas, carromatos, calafias, taxis libres y taxis colectivos. De las posibilidades enunciadas, en Tijuana he utilizado todas excepto tráiler, bicicleta y carromato. Dado que no sé conducir, siempre en he ido como usuaria o copiloto. He de decir que el taxi libre corresponde al servicio personalizado, donde nadie más que el usuario que hace la parada o llama a la central, puede utilizar la unidad. El taxi colectivo es el sistema de transporte más común utilizado en Tijuana, quizá alternando con calafias y autobuses. Las calafias son pequeños camiones que trasladan un aproximado de 25 personas y recorren rutas donde ni camiones grandes o taxis colectivos llegan.

Durante trece años he utilizado el sistema de taxis colectivos casi a diario. Exceptuando las veces que amigas o amigos me han llevado gentilmente en sus autos, o las veces que no he salido de casa, los taxis colectivos han sido mi medio de transporte y cada vez una novedad. Sólo un par de veces antes había tenido una experiencia similar, y eso fue antes de venir a vivir a Tijuana. Sucedió en 1996 y la segunda en el año 2000, cuando visité La Habana. Fue durante esas visitas, cuando tuve la oportunidad de participar de esta manera de transporte. Como en La Habana era una turista, no pude evitar sentirme como tal y vivir la experiencia bajo un filtro más distante. Sin embargo, algo tenía claro: el turismo no usa ese sistema de transporte allá.

Aterrizar en Tijuana luego de haber vivido todo el tiempo en una ciudad caminable como Cuévano (Guanajuato según don Ibar) fue un contraste, digamos, bastante marcadito. Sólo años después he logrado comprender la incidencia de esos contrastes en mi vida a través de una particular forma y filosofía de vida. Pero ello atiende a subjetividades y no es la intención ir tanto por ahí, entonces vuelvo al punto: ¿Qué pasó cuando observé que en Tijuana era imposible caminar la mayoría de sus calles? ¿Qué pasó cuando subí a la famosa “guayina” en 2001, único medio en taxis colectivos en aquel entonces? Me di cuenta que podía ver la ciudad como si fuera una película incluido el soundtrack.

Las “guayinas” eran unas vagonetas modelo Guayín Ford 1979. Generalmente, destartaladas dado el uso. Trasladaban a 9 personas, haciendo un total de diez al incluir al chofer. Siempre que podía subía a la parte de atrás pues era ahí donde una iba sentada, semi-hundida, de espaldas a los demás usuarios, observando a la ciudad desde el rectángulo-ventana. En ese entonces aprendí a dividir los bulevares de acuerdo a los colores de sus taxis: Bulevar Rojo era el que cruza la ciudad en sentido horizontal y que corresponde al Bulevar Aguacaliente (el cual cambia de nombre en diversos tramos) y el Bulevar Verde, que también cruza horizontalmente la ciudad pero por la zona del río, esto es, el denominado Bulevar Sánchez Taboada; Una ruta favorita en aquél tiempo es la que lleva hacia la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), cruzando la colonia Postal, pues tiene unas vistas espectaculares además de emblemáticas geografías como lo es Lomas Taurinas. Ejem.

Subir a un taxi rojo o a un taxi verde —hoy por hoy modelos minivans desde 2006— (o a los azules con blanco, morados con blanco, dorados con blanco, todo depende de la ruta) incluye aprender a reconocer el circuito sonoro de la ciudad. Generalmente por las mañanas, las radiodifusoras californianas vecinas suenan con mayor prestancia. Me gusta subirme a un taxi colectivo y que suene una rola de Grateful Dead, The Allmand Brothers Band o Supertramp. Aprendí a escuchar con analizable perspectiva música que jamás iba a escuchar de otra manera dígase corridos o música grupera o ya entrada en gastos: al fatídico Buki. Aprendí a escuchar también este muy tijuano circuito sonoro a través de los acentos y “cantaditos” de los usuarios, el tono variable de los idiomas a veces entre spanglish o mezclas diversas: nunca falta un gringo que no habla una palabra en español, o una china que sí habla español pero se entiende como si fuera… sólo chino. Esto en cuanto a sonoridad pero los temas de conversación, ¡Ah, los temas de conversación entre usuarios de un taxi colectivo! Merecen nota aparte.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Pareciera que el rock ya no puede ser incómodo y filoso

A nivel global lo que priva es la supuesta corrección política y una manera hipócrita de tratar las cosas. Se busca alentar una fingida decencia y un discurso pacato lleno de eufemismos. En la música no es la excepción. Pareciera que el rock ya no pudiera ser incómodo y filoso. En la mayoría de los casos pudiera pensarse que ya no late en él la llama de la provocación lucida y lúdica; que le han limado los dientes y que ya no suelta dentelladas.

Tenemos que pensar en alguien como M.I.A. para dar con una figura del hip hop global que no le tiene miedo a referirse a la política o bien conformarnos con el sainete mediatizado de las Pussy Riot. Y cuando nos referimos a la música que se canta en español el asunto parece complicarse —no abundan las referencias—. Tal vez sea Loquillo una presencia constante a la que no le da miedo patear el edificio del poder. En los meses cercanos podemos encontrar a un par de bandas, como León Benavente y Triángulo de Amor Bizarro y no mucho más. Podría pensarse que viviendo en una crisis tan profunda como la que sacudió —y aún sacude— a España, los músicos prefirieron replegarse hacia otros tópicos y no correr el riesgo de generar letras que pudieran llegar a rayar lo panfletario.

Pero al parecer en Asturias todavía no les viene en gana dejar de dar la batalla. No olvidemos que Nacho Vegas es la figura más insigne de por aquellas tierras y que tras el movimiento callejero en contra de las medidas del gobierno, decidió encabezar una iniciativa cercana a la canción reivindicativa y que trajo consigo la aparición de un compilado como el de Fundación Robo (2013) (con licencia Creative Commons y 28 temas), en el que no hay reparos para hacer reclamaciones hacia las instancias oficiales.

Aunque todavía podemos decir que han sido moderadamente respetuosos en su discurso o bien no se han tirado tan a fondo como lo ha hecho un músico conocido como Pablo Und Destruktion, quien tras haber salido a rodar por el mundo ha regresado a un pequeño pueblo asturiano para desarrollar un proyecto lleno de textos inflamados de rencor e inteligencia que insistentemente ha sido comparado con lo que hacía, nada menos, que Nick Cave en su periodo berlinés —un momento de gran calado artístico—.

Este hombre ha decidido combinar la vida rural, los trabajos duros y una propuesta centrada —en su segundo disco— en un rock áspero, chatarrero y peleón. Se trata de alguien al que le duele la depauperada situación por la que atraviesa su país, que se asoma a la pobreza y a la inferencia de la clase gobernante y la monarquía delincuencial. De hecho, con su material echa también un vistazo al pasado asturiano y da cuenta de la ruina –en un amplio sentido- que está corroyendo a su región. En la red coloca sus crónicas asturpsicodélicas en las que revisa a través de música y texto todo aquello que le interesa, al tiempo que expone la historia familiar:

Yo pertenezco a la típica saga asturiana: abuelos de monte que empiezan a trabajar a los 10 años y a matar a los 16, (mi abuelo paterno acabó luchando en Rusia y ganando dos cruces de hierro, ya os lo contaré en otra ocasión) cuando acabó la guerra se metieron en la mina con su consecuente bajada del monte a la Cuenca Minera, donde concebirían a sus vástagos, mis padres, que una vez crecidos se irían a Oviedo y posteriormente a Gijón, para aprovechar las oportunidades laborales de una emergente ciudad provinciana. En ese ambiente próspero que pasaba de las cabras y la sangre al profesorado y la carrera comercial nacimos mi hermana y yo.

Con la juventud a cuestas se marchó a la capital, recorrió algo del continente y luego se instaló en Berlín, en donde consolidó su relación con su actual pareja, la cantautora de origen alemán Fee Reega, con la que suele salir de gira. Pero las condiciones de la industria de la música no son fáciles y apenas permiten a unos cuántos vivir de la profesión. Así que Pablo dio cuenta de sus siguientes pasos: “Las arrugas, las entradas y mi fuerte olor corporal me acabaron convenciendo de que ya no era un niño, sino un paisano, y mandé al carajo mis expectativas de integración social y entretenimiento para volver a Asturias a afilar palos y soltar “cagamentos” hasta desaparecer”.

Y es que tras un primer disco de psicodelia low-fi al que nombró Animal con parachoques (Woodland, 2012), se concentró en 8 canciones más rabiosas que nunca y con una severa crítica a ese podrido costumbrismo hispánico. A propósito de uno de los primeros temas dados a conocer, “Pierde los dientes España”, agregó: “Nuestro país solo se entrevé entre el sainete y el melodrama”. Pablo no se siente cómo un heredero de la parte comercial del rock and roll —que viene de Elvis—, pero allí están esas guitarras ruidosas y descargas de noise que acompañan a una versión mutante del folklore asturiano (“Ahora que nadie te quiere yo a ti me entrego”).

Así es como en Sangrín (Discos humeantes, 2014) da con temas que escupen más verdades que la columna socio-política más ardiente del periodismo actual. Desde la inicial “El aire puro” (basada en un fragmento de “Esparcid mis cenizas en Eurodisney” de Rodrigo García) al cierre —tan hispánico— con “Nadie quiere al Rey Pelayo”. Por momentos nos hace recordar a lo más inspirado de Javier Corcobado —con grandes pasajes recitados- y el acompañamiento de una banda de rock tabernera y crepitante: “Pierde los dientes España, y pierde el cabello. Sabes que fea y calva es como te quiero”.

Se trata de un disco que pareciera parido por una especie de Miguel de Unamuno anarquista o un Benito Pérez Galdós dedicado a colocar bombas bajo los puentes del Ferrocarril; no en vano tiene una canción titulada “Limonov, desde Asturias al Infierno”, en la que alude al combativo poeta ruso tan en boga por la novela de Emmanuel Carrère, y en la que plantea la idea de construir un túnel para conectar con Moscú y abrazar llorando la momia de Lenin y emborracharse. Pablo G. Díaz –su nombre de pila- no deja de ser un atento observador social: “A nosotros nos ha tocado vivir el crisol del mundo en red y el fin de las ideas, las religiones y las disciplinas artísticas tal y cómo existían en el mundo industrial. Yo no sé muy bien hacia dónde va lo que hago, pero creo que mi ansiedad bipolar encaja en el mundo que habitamos”.

Ahora radicado en la aldea de Morvís, en Villaviciosa, se empapa del trabajo rudo en la tierra de la Sidra y recrudece su manera de entender la música. Se erige como una especie de crooner campesino que ha preferido cambiar los cabarets oscuros por los tupidos bosques de manzanos. Aun así no deja de pelear, y lo hace con esa voz profunda y grave, que se va desgajando lentamente, y luego cede su lugar a la acometida de furiosos coros cuasi militares. Allí están “Pecho para enfriar balas” y “Por cada rayo que cae” para librar batallas desde la lírica y la electricidad (pero también hay cabida para cuerdas y piano).

Sangrín aparece en un tiempo en que el rock da visos de que ha perdido su peligrosidad, en el que ya no se puede alzar la voz y lanzar improperios. He allí su mérito. Si ponemos atención no todo en España es mansedumbre musical; contamos con Za! y Ginferno y los saxos del averno, por citar dos ejemplos. Todavía se puede ser irreverente sin menospreciar el pasado, al humor más negro y la reflexión más punzante. Aquí hay Rock, poesía y autenticidad.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Fotografía: Pixabay.

La vida de una obra de teatro es muy incierta, se escribe con todo el corazón dispuesto para la escena, pero el camino del texto hacia el escenario es una carrera de resistencia en donde la fe y el amor a veces no es suficiente. Muchos escritos valiosos descansan en los archivos de una computadora esperando su momento, momento que quizá no llegue porque requiere recursos, instalaciones, dinero y un sinfín de pequeños puntos a llenar en un cronograma de trabajo que lo vuelve una misión difícil y a veces imposible. Es una tristeza pensar que obras entrañables no verán la luz o el oscuro final lleno de aplausos.

Por eso, cuando se abren caminos accesibles, es obligación del teatrero festejar. Afortunadamente en los últimos tiempos han aparecido dos fenómenos notables:

El primero es el teatro breve, con textos de no más de 15 minutos, lo que reduce costos de montaje y ofrece al espectador un abanico de posibilidades en una y media, con textos regidos por una temática en común y que brindan a autores, directores y actores el espacio para mostrar constantemente su trabajo.

Para muestra tenemos la compañía Davar, que lleva varias puestas en escena en el Foro Shakespeare, todas afortunadas y que año con año abre su convocatoria para formar nueva programación; así como el proyecto Microteatro, del que ya he hablado y que rápidamente se está posicionando en el gusto del público.

El segundo fenómeno es la lectura dramatizada, que ha dejado de ser parte de ferias de libro teatrales y muestras de dramaturgia para consolidarse como un espectáculo programado en teatros a lo largo del año. Al menos una vez el dramaturgo puede escuchar si la obra corre bien en voz de los actores, si el ritmo es el adecuado o si la estructura en general es la correcta. En pocas palabras, es el momento idóneo para afinar detalles o decidir que se necesita una “cirugía mayor”.

En esta temporada tuvimos y tendremos varias oportunidades de estar en contacto con el trabajo de diversos escritores gracias a estas lecturas dramatizadas. El teatro El Milagro concluyó un ciclo de dramaturgia de los Estados en el que pudimos escuchar, entre otras, las obras de dramturgos del interior de la República como Jaime Bañuelos, de Aguascalientes, quien presentó “Quema en los campos de trigo”, y Carlos Iván Córdova, de Sonora, premio nacional de dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo 2013, que participó con el texto “Conveniencia”, su segundo texto terminado. Este último aborda un misterioso asesinato en un Oxxo, mediante una estructura dramática no lineal, que por la manera en la que entremezcla las escenas resulta atractiva.

El 12 de febrero comenzó un ciclo de lecturas dramatizadas coordinado por Tepalcate Producciones, de Gabriela Ynclán y María Antonieta Valle, en donde nueve escritores mostrarán su trabajo a quien desee escucharlo, cada miércoleshasta el 19 de marzo.

No es de extrañar la participación de Gabriela Ynclán en este evento, quién se ha destacado por su labor como formadora de nuevos talentos a lo largo de los años, impartiendo talleres y cursos de escritura dramática; de ellossalió Camila Villegas que ha tenido una presencia fuerte en los escenarios con obras que abordan temas indígenas y con textos dirigidos al público infantil.

En esta ocasión, Tepalcate Producciones toma el mando con obras nuevas de Claudia Espinosa, Edna Ochoa, Nora Coss y Atzín García en un evento de entrada gratuita en el Foro de las Artes del CENART, en punto de las 8:30 de la noche.

Vale la pena echarle un ojo a la dramaturgia contemporánea y a estas actividades en las que tanto público como creador, salen ganando.

 

Letras Emergentes


Autores
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.