Siempre quise escribir de ciudades, pueblos o calles a partir de sus perros. Tengo la hipótesis de que ningún monumento, museo o mapa lleva tanta verdad como las nalgas flacas de los perrícolas, como suelo llamarles.
No recuerdo haber visto más perras famélicas con las tetas rellenas de leche que la última vez que fui a Michoacán. Había un deseo frenético de perpetuarse a pesar de sí mismas, un rasgar la tela de existencia aunque fuera con unos cuantos cachorros antes de morir. Se sabe que en las guerras los perros sufren, pero son más difíciles de exterminar que las ratas: para ellos siempre habrá algún niño dispuesto a dejarse mordisquear los zapatos.
En algunas partes del estado de Guerrero, las más pobres, los perros siempre traen mecates rotos alrededor del cuello que los medio ahorcan de forma perenne. Están flacos, moribundos, pero me intriga la forma en alguien los quiso para sí, rabiosamente, antes de olvidarlos y darles una patada en el culo. Recuerdo un pueblo cercano a la costa de Veracruz donde las mujeres eran particularmente gordas y los perros particularmente sarnosos. Son esas tierras altas donde la gente no para de decir peladeces y los perros se rascan como locos. Donde las muchachas tienen grupas anchas y dan vueltas por la plaza central del pueblo con un esquite en la mano y una promesa de casamiento en la otra. Los perros desesperados arremeten contra su propia carne sanguinolenta mientras ellas hacían lo mismo pero a un paso diminuto.
En París los perros son pequeños, flaquitos como la mayoría de sus dueños. Y todos traen correa. Pisan el suelo mojado con absoluto desdén y ninguno hace un intento por mirar a otro que no sea su dueño. Es como si los parisinos hubieran inventado otro tipo de perro, uno que no sabe reír. Están muy cerca de los staffies londinenses −el nombre de cariño de los Staffordshire Bull Terriers−, que la barriada oscura alimenta y entrena como perros de pelea. Una vez me sentí culpable el día entero porque se me ocurrió acariciar a un staffie que estaba amarradito allí, donde las bicicletas. Se me hizo fácil porque no vi al dueño cerca. A su vez, el distraído animal me regresó la caricia con su hocico y su lengua y cuando por fin me alejé, vi al dueño cruzar la calle con un semblante que daba miedo. Huelga decir que se acercó al perro nada más darle un patadón. Quizás quería patearme a mí, por entrometida, por fomentar el instinto acariciable de un animal que estaba cebando para una muerte violenta. Los staffies son todo eso que en Londres calla: una bravura estándar en todas sus preferencias, un recordar su pasado (¿su presente?) imperialista en los belfos de un animal que indica gallardía y poder. Un ‘lárgate’ constante.
Una vez fui a Mónaco, su centro histórico como una casita de juguetes medieval. Toda la ciudad es pequeñita, pero dentro de esas calles adoquinadas que ahora sirven de anzuelo turístico, suele haber perritos monegascos asomados en los balcones. Se nota que los quieren y los miman; son principitos a su propia manera, pero también se me ocurre que, allí encerrados, envidiarían cualquier mañana del perro de mercado mexicano, recibiendo un buen hueso en la carnicería para ir a oler traseros felizmente dando vueltas por la cuadra, recibiendo esa aventura que da la vida callejera.
No estoy sola con esto de los perros y el mundo. Acabo de leer el nuevo trend de los tipos que quieren ganar dinero fácil: secuestran a un perro. Monitorean a la familia y los roban en los parques o saliendo de la casa. Luego llaman y piden 20 o 30 mil pesos por alguien que, saben, es parte de la familia. No me extraña que esto esté ocurriendo en México pues, si los Wikiquotes están correctos, fue Gandhi quien dijo eso de que “la grandeza de una nación puede ser juzgada por la manera en que trata a sus animales”.
Cierto es que la industria de la música se concentra entre el Reino Unido y los Estados Unidos; ambas son industrias culturales muy poderosas que intentan acaparar tanto las expresiones más comerciales como la vanguardia de última generación. Habrá que denotar que no se trata sólo de defender todas esas formas de arte sino que representan un porcentaje importante del Producto Interno Bruto en ambas economías. Al momento de acaparar también se maximizan las ganancias. Su abrumadora producción está enfocada hacia abarcar nuestra atención completa.
Afortunadamente existen otras escenas igual de apasionantes y creativas. En mayor o menor medida, allí están Francia y Brasil –un tanto a la saga- y en un sitio preponderante Canadá y Escandinavia –como un bloque cultural-. Tenemos que considerar a esta región como una potencia en material artística que aglutina muchas de las expresiones más avanzadas. Lo que sucede es que en un esquema de sociedades del bienestar que si funcionan se dan las condiciones ideales para que el ocio creativo y el ejercicio de la inteligencia deriven en multitud de propuestas estéticas. Un punto clave resultan los apoyos oficiales para todos aquellos jóvenes que se dedican al arte y el deporte. Aunado a los largos periodos de recogimiento que el clima les obliga a guardar. Hay mucho tiempo para trabajar en total concentración.
Así las cosas, estamos ante un territorio que nos ha dado a Bjork, Sigur Rós, The Knife, Lindstrom, Todd Terje, Club 8, Nils Peter Molvaer y otros muchos creadores inquietantes. En aquel ámbito se ha desarrollado lo que entendemos como Nu jazz y también hay una corriente muy seria de heavy metal extremo; es decir, el espectro de alternativas es vasto y en constante progresión. Del espace-cosmic disco a la fiereza guitarrera y de allí a lo etéreo tanto en la electrónica como en el jazz.
En aquel caldo de cultivo lleno de nutrientes no dejan de surgir o bien reaparecer artistas que traen consigo un soplo de aire fresco a los sonidos del momento. En el caso del sueco Eric Berglund fueron 4 años desde su debut con White Magic los que transcurrieron para que retornara este mes con una segunda entrega que nos hace reconciliar con el efecto positivo que produce la música en la diaria rutina: nos quita el mal humor, trae una vibra energética, nos sumerge en su experiencia sensible.
Se trata de la vuelta de un tipo que tuvo en sus manos uno de los proyectos que mayor interés despertó en cuanto a pop electrónico. Eric fue el 50% de The Tough Alliance, un dueto que hoy se considera de culto pero que no terminó por estallar masivamente. Posteriormente a esta iniciativa inconclusa, se dedicó a sacar adelante a su propio sello discográfico. En Sincerely Yours ha trabajado con buen gusto y tacto; a él le debemos los fichajes de JJ, Memory Tapes y Air France, entre otros.
Wonderland (Modular, 2014) es un disco que entusiasma porque suena totalmente actual y juguetón. Bajo el estandarte del pop electrónico recibe influencias de tropicalismo, de sonido balear y hasta de new age al estilo de Enya (recordemos que Panda Bear también es fan). Para concebirlo y grabarlo se movió de Gotemburgo hasta los tupidos bosques del sur de Suecia. No niega esa parte como de mitología nórdica —algo hay de su folklore— pero se muestra como una especie de Elfo del siglo XXI.
Su mejor baza es, sin duda, “Whorehouse, que nos hace saltar por doquier y es lo más cercano a un tema para pista de baile, en el resto baja la velocidad e incluso se atreve con partículas de música clásica. Tal es su habilidad al momento de hacer coincidir estilos. Pese a la brevedad del álbum –sólo 8 cortes- nos hace acordar tanto de Animal Collective como de El guincho e incluso de la rítmica tan dance de Timbalad, pero especialmente y con sumo placer de Taken by Trees. De pocos discos puede decirse que sean exuberantes y sobrios a la vez —parecería hasta un contrasentido—.
Además, allí están algunas letras descaradamente gays que le traerán seguidores adicionales. Durante su escucha iremos de sorpresa en sorpresa –aunque no se trata de una obra perfecta- pero allí están el tema que le da nombre y “Mirage” para hacernos viajar a lo largo y ancho del mundo imaginario y alucinante que Eric ha creado con la ayuda del productor Kendal Johansson (también en el disco pasado) y de su inseparable Dan Lissvik, al que considera: “un hermano pequeño y mayor a la vez”.
Wonderland es una odisea a través de un pop hedonista y raruno a partes iguales; lleno de capas y capas de sonidos. Berglund ha declarado que mientras hacía el disco se sentía como si estuviera abriendo la caja de Pandora y el resultado no lo deja mentir: seduce con elegancia. Mientras lo dejo correr una y otra vez, encuentro con una frase ajena que lo define a la perfección: “es difícil pensar en una música más apropiada para bailar con lágrimas en los ojos”. Dejemos que el momento se expanda y dure una eternidad.
Carlos Martín Briceño. Fotografía: Eugenia Montalván.
30 de enero de 2014. En Mérida, a veces en invierno nos sentimos como si fuera pleno verano; hoy es un día de ésos, y a Carlos Martín Briceño le encanta este clima bondadoso. Por más alterado que esté el termómetro universal, él sabe que en Yucatán casi siempre se disfruta de mañanas soleadas, diáfanas y electrizantes ¡Odia el frío! Al abrir los ojos, sonrió pensando que lo esperaba una junta de trabajo; también disfruta su papel de ejecutivo clase A, y le hace feliz tomar su lugar en la empresa y hablar de negocios codo a codo con la gente que mueve el timón de los negocios acá en el Sur de México. Entonces, después de bañarse, se deleitó con las caricias de su nueva rasuradora eléctrica al comprobar que realmente le deja un semblante impecable. También por eso se sintió contento, y con ese ánimo salió a la calle, en su flamante automóvil.
Rin, rin… sonó su celular de repente.
—Oye, Carlos, ya leí tu libro, ¿qué tal si nos vemos hoy y así te hago la entrevista de una vez?—. Ésta soy yo, en llamada de larga distancia, desde el Centro.
—Sí, de acuerdo, ¿está bien a las once?
—Claro, tomamos un café, si quieres.
Carlos vive en el Norte de Mérida, donde el aire circula relajado; mis coordenadas son otras: el primer cuadro de la ciudad, epicentro del caos que arma el transporte público, sobre todo los camiones, en manos de choferes prepotentes. Por supuesto, aceptó que nos viéramos de este lado, pero en un jardín. Se apareció con media hora de retraso, lógicamente comprensible. Traía arremangada la camisa blanca; por unos minutos —con los dos celulares sobre la mesa— asumiría el protagónico y estelar rol de escritor con libro nuevo.
Ficticia le acaba de publicar Moctezuma’s Revenge y otros deleites en la colección Biblioteca de cuento contemporáneo. Yo lo leí la semana pasada, acostada en la hamaca, como si estuviera de vacaciones, en pleno verano.
Sin preámbulos, con el tiempo contado, Carlos me cuenta el trasfondo de uno de los cuentos más picantes de su nuevo libro: “Zona libre”.
—Yo iba en la carretera y de verdad me estaba durmiendo, cuando de buenas a primeras una mujer de vestido rojo levanta el pulgar pidiendo aventón.
Sin analizarlo mucho, Carlos hace alto y ella, rápidamente se trepa, se abre la blusa, le expone los senos y, listo, él le dio 50 pesos o un poco más, quién sabe; la hizo bajar inmediatamente. No tolera la prostitución. El cuento salpica sudor, saliva y otros efluvios. Sin embargo, la trama sexual adquiere otro sentido cuando, al final, se descubre parte de la escena violenta quintanarroense en los límites con Belice.
—Es una frontera olvidada, donde absolutamente todo queda impune. De hecho —confiesa— en la empresa nos pedían que no viajáramos por allá después de las 6 PM. Las instrucciones son claras: No se atrevan a meterse por esa zona de Quintana Roo. Lo que sucede allá no sale en los periódicos.
Este cuento tiene un epígrafe de Agustín Labrada: “En casa esperaron las noticias del viaje” (el verso alude a la historia verídica de un desaparecido). Carlos define a Labrada como un auténtico chetumaleño, si bien es un periodista cubano que reside en esta frontera desde hace más de 20 años, y quien —por cierto— ahora está pensando en residir en Mérida, dadas las restricciones y finiquitos que para el gremio cultural acaba de imponer el gobierno de Borge.
“Matrimonio y mortaja”, en la página 95, es otra de las emocionantes narraciones de este libro y también sobrevuela sucesos reales: puros malos tratos y una alta carga de chantajes, intereses bajos e hipocresía. Claramente vemos a una joven mujer en situación triunfante a punto de enviudar. El marido, rico y exitoso (amigo íntimo del escritor) tiene los minutos contados en la cama de un hospital. Ella ignora que Carlos sabe la verdad:
—Yo nunca le dije relájate, no tienes que fingir, pero sí lo hice a través de las letras. Muchos de mis personajes hacen lo que los seres humanos quisiéramos hacer o dicen lo que quisiéramos decir y no nos atrevemos.
“Moctezuma’s Revenge”, el cuento que da título al libro, es trascendental. Fue Premio Max Aub (2012), y descifra un suceso erótico-sanguinario escalofriante que tuvo lugar entre Mérida, Playa del Carmen y Holbox. Carlos y su noviecita inglesa, llamada Paige —¿qué será de esta joven vida real?— hacen diablura y media sin medir las consecuencias.
De vuelta a la ciudad decidí mandarla a la chingada. ¿Qué necesidad tenía de ser tratado de esta manera? ¿No era yo quien pagaba todo? Me sentía mal conmigo mismo. Ya no era un muchachito. Fu un fin de semana demasiado caro como para terminar haciéndome puñetas.
Martín Briceño no pretende transmitir paz espiritual a sus lectores, lo subraya: “Tengo parientes que me dijeron que, por favor, ni siquiera los invitara a la presentación de mi libro. Piensan que cada vez estoy más enfermo”. Además, una compañera de trabajo le comentó: “soy depresiva y tus cuentos me hacen pensar demasiado, siento que leerte me puede dañar”. Pero eso no es nada. En pleno taller literario, una chava le preguntó: ¿No tiene miedo de que la gente crea que estas historias las ha vivido usted? ¿No le avergüenza? En lo absoluto, le contestó.
—Cualquier escritor que tenga miedo de mostrarse a través de las letras, que mejor no escriba. Si la gente piensa que el personaje central soy yo, no me importa, no tengo ningún problema con eso. No sé si es descaro o callo por el tiempo que llevo escribiendo, pero no. Ahora, otra cosa: para la gente que no me conoce, es difícil relacionarme con el escritor porque trabajo en una empresa.
—Y tienes look de…
—De ejecutivo bien.
Con esta respuesta, obviamente vuelvo a ubicar al escritor en las circunstancias que definí al principio: miembro de la junta yucateca de altos salarios y viajantes. En su pasaporte está estampado el visado chino, por ejemplo, y de allá también se trajo recuerdos…
“Made in China” huele a fritangas y por medio de él vemos el árido paisaje de la gigantesca industria que mueve al mundo; su perspectiva es la de un mexicano sensible consciente del declive:
—He llegado a pensar que la gente ya no debería tener más hijos. Yo fui muy valiente: tuve dos. Lo que se avecina para el mundo es oscuro, y no se trata de un pesimismo a priori, es un pesimismo que va in crescendo. Cada vez la gente está más desencantada de lo que sucede y cómo se desarrollan los pueblos. China es una tristeza, pues en Estados Unidos se respetan los derechos humanos y la ecología, tienen límites, pero en países como China, donde lo único que importa es el crecimiento económico, no tienen límite. Nadie dice nada. Es una dictadura. Si China es el ejemplo a seguir, el mundo está jodido. Mira qué diferente es Japón, pero ¿quién habla ahora de Japón? Se piensa que es un país de viejos, y seguimos el modelo de China porque es lo que quieren las grandes empresas. China se justifica ante los países europeos diciendo que es lo que ellos hicieron hace cien años, ¿es éticamente justificable? Yo creo que no.
—Ahora, en tu opinión, ¿cómo está el medio literario yucateco?
—En Yucatán, a mi juicio, faltan muchos talleres y falta que nos enfrentemos con el resto de la república. Yucatán se ha quedado rezagado en comparación con estados como Guadalajara, Monterrey, el D.F., y el Estado de México. Traigo a cuento las palabras de Rafael Ramírez Heredia: no te conformes con ser el escritor de tu localidad, porque aquí vas a ser muy aplaudido, pero desconocido en la república de las letras. Confróntate. Solo así puedes trascender, aunque te duela que te digan que no sirve lo que escribes.
La filosofía de Rafael Ramírez Heredia caló profundo en Carlos. Ahí donde el autor de La mara impartió su taller, ahora el alumno plantea sus propios argumentos para incitar a otros a escribir.
—Acuérdate que le costó mucho trabajo a Yucatán abrir los premios estatales de literatura a toda la república, y lo mismo sucedió con la bienal de artes visuales, pero los yucatecos tenían que confrontarse. Si viviera Ramírez Heredia me diría que asimilé bien sus enseñanzas. A mí nadie me puede venir a decir que el Premio Max Aub me lo dieron los cuates.
Exacto. Carlos Martín Briceño se desligó de la mafia estatal con su pluma tenaz afilada en aquellas pláticas de cantina con su maestro, cuando entre trago y trago le insistía: No te conformes con ser el Premio Calcetok.
Linda imagen. Tengo conocidos en ese pueblo de calles de tierra, entre ellos Max, de oficio albañil. Calcetok se conoce por sus piedras y sus grutas, pero realmente no es ni siquiera un destino turístico en el mapa yucateco.
Martín Briceño como autor de Ficticia se conoce también por Los mártires del freeway y otras historias (2006 y 2008) y Caída Libre (2010), obras a las que se accede al teclear www.ficticia.com.
Antes de Ramírez Heredia, creo, quien le metió la cizaña de la productividad fue Beatriz Espejo; en su nombre existe un premio nacional convocado aquí en Mérida, y él lo ganó en 2003. Desde otras latitudes, Gonzalo Rojas y John Banville también son influencia definitiva en su vida: nada le impide desvestirse, frente a sus lectores, en la primera provocación.
“Quizás, quizás” es otra muestra de ese temperamento altamente sexual con el que ya había impregnado otras aventuras. En éste la neta es que Elsa, su primera conquista, le dio el sí de buenas a primeras y acabaron en el hotel de paso más popular de Mérida cuando él solo tenía 19 añitos.
En fin, ya quedó claro que nuestro amigo es un goloso capaz de mojarse los dedos en la grasa caliente de la cochinita pibil para antojarnos con sus deleites. La mesa está servida, sus jefes no se van a enterar.
En el libro de un amigo que acabo de recibir encuentro esta cita del misántropo rumano E. M. Cioran: “Sólo los enfermos tienen derecho a hablar de espíritu”. La lectura de ese libro, y en particular de esa cita, coincide con la muerte del joven poeta y narrador Sergio Loo (Ciudad de México, 1982-2014), así que en esa circunstancia las palabras de Cioran adquieren mayor resonancia. Sergio falleció el pasado 28 de enero, con lo que se convirtió en el cuarto poeta mexicano en morir durante ese mes, después de Juan Gelman, el suicidio de Marco Fonz y apenas un par de días después del fallecimiento de José Emilio Pacheco. El motivo, en su caso, fue un cáncer en la rodilla contra el que luchó durante los últimos tres años.
Sergio se dio a conocer como poeta primero con un cuaderno modestamente impreso, Claveles automáticos (Harakiri plaquettes, 2006) y luego publicó Sus brazos labios en mi boca rondando (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007), que fue publicado en versión digital por una editorial española en 2008. Más tarde apareció su novela House. Retratos desarmables (Ediciones B, 2011). Y también escribió, aunque con menos fortuna, reseñas de libros en la revista Marvin y en el sitio Libros sampleados. En 2009, fue becado para estudiar un máster en literatura en una universidad de Barcelona (donde compartió departamento con un amigo en común) y apenas el año pasado recibió la beca Jóvenes Creadores del Fonca. Poco antes de partir le fue detectado el cáncer y se sometió a un tratamiento que en principio tuvo resultados, lo que le permitió realizar el viaje. En París se encontró con su novio de entonces, el dramaturgo Carlos Talancón.
Además, Sergio era un atento lector de los escritores clasificados como “raros” o excéntricos: sobre todo Francisco Tario pero también Guadalupe Dueñas, Severino Salazar o Darío Galicia. Prefería a los Estridentistas (Kyn Taniya y, en particular, La señorita etcétera, de Arqueles Vela), más que los Contemporáneos. Y, ante todo, en la música a los grandes del rock y el glam como Morrisey, Lou Reed, David Bowie o bandas como Radiohead y Placebo. Esos fueron sus acompañantes en espíritu que lo impulsaron a seguir escribiendo contra o pese a la enfermedad.
Claveles automáticos se publicó en el proyecto editorial que Gaby Torres, Minerva Reynosa y Óscar David Lopez impulsaron en Monterrey, Harakiri plaquettes. Apareció en vísperas de un encuentro de escritores jóvenes en la Sultana del Norte al que fuimos invitados. Sergio y yo nos fuimos juntos y apenas llegamos me pidieron que lo presentara ese mismo día por la tarde durante la primera sesión del encuentro, así que lo leí de un tirón en el cuarto de hotel. No recuerdo lo que dije en aquella ocasión pero ahora que lo releo encuentro que ya desde los primeros poemas hay un espíritu ingenuo casi se diría candoroso, lleno de un humor no exento de momentos homoeróticos que serán distintivos de su segundo libro, Sus brazos labios en mi boca rodando. En uno de los poemas de Claveles automáticos escribió:
Nosotros, claveles automáticos de spanétaloserógenos, engranes que se amalgaman en la anatomía del universo,florilegio de gemidosque nace de tus labios aspanenas entreabiertos.
En Sus brazos labios en mi boca rodando, Sergio depuró muchos de los frecuentes errores que cometió en el otro libro (corte arbitrario de versos que los encabalgaban mal, preposiciones o adjetivos puestos antes del sustantivo, etcétera…), pero mantuvo con gran tino uno de sus aciertos más afortunados: escribir seguidos dos posesivos o dos sustantivos, como los del título (“brazos labios”) o, como en la poesía barroca, sustantivos que hacen las veces de adjetivos, para darle a sus poemas otro ritmo y a la lectura mayor fluidez. El humor, el candor y el erotismo se mantuvieron ahora aderezados con escenas nocturnas en las que la ciudad, las borracheras y el recuento de una relación pasada son el centro del libro:
En la madrugada de la glorieta de Insurgentescuando azul verde rosa el cielo volvieron a asaltarteTe dejaron sin reloj dinero ni credencialesSi acaso y de suertetu cara y hemorrágica chamarra naranja violeta roja
Finalmente, House. Retratos desarmables (que, si mal no recuerdo, en principio se llamaba Casa de todos los colores) es una especie de novela coral en la que varios personajes inadaptados, freaks almodovarianos, viven sus historias en los márgenes de la ciudad. El único de sus libros que no he podido leer es Guía Roji, que publicó una institución cultural de Veracruz.
Desde hacía un tiempo, Sergio prácticamente no salía de su casa, sólo estaba dedicado a leer y escribir, pero gracias al espíritu inquebrantable que da la enfermedad pudo dejar terminados un par de libros más que se aparecerán próximamente: Operación al cuerpo enfermo saldrá bajo el sello de Ediciones Acapulco, se publicarán algunos cuentos dispersos y, al parecer, acabó otra novela además del guión de la próxima película de Julián Hernández, Yo soy la felicidad de este mundo. Ingenuamente creía que Sergio superaría el cáncer, o tal vez es que de nuevo fui demasiado crédulo, pues a su regreso de Barcelona volvió a someterse a otro tratamiento y tenía proyectos literarios que realizar. Como sea, es muy triste despedirse con estas líneas necrológicas de un amigo y, sobre todo, de un compañero de generación con el que libraría, juntos, más batallas literarias.
Tengo un recuerdo: mi hermano preparando un licuado por ahí de 1989 mientras velábamos a mi abuelo. Tómaloal hilo, me dijo, y nos sentamos en la cama a esperar, aún ahora no sé qué esperábamos, pero lo que me queda claro es que mientras el tiempo pasaba, comprendí que era la primera vez que estaba frente al cuerpo sin vida de un ser querido.
A su partida siguieron otras, unas más o menos dolorosas, cauce normal de los días, supongo. Cada segundo se muere alguien.
Pero no fue hasta que entré a la Universidad que experimenté ese extraño pesar que se siente cuando un escritor al que recurres con frecuencia, fallece. Yo no lo sé de cierto, pero supongo que era un poeta.
Es un dolor más dulce, nostálgico, sin llanto y con tristeza. A lo mejor ese sentimiento surge porque sabes que una persona que hacía más habitable el mundo, dejó de existir. Quizá lo que ocurre es que mientras vive y terminas de leer un poema, un cuento o una obra suya, tu sensación de complicidad es más fuerte al imaginar que en algún lugar en ese mismo instante, está haciendo no sé qué cosa, pero esa cosa es cotidiana, tan común y corriente como pasear por la calle o hacer la despensa y eso es lo que lo acerca un poco más al simple ser humano que eres tú.
Y entonces una mañana anuncian que ya no más, que hizo maletas y partió y es ahí donde surge una revaloración. Es bien sabido que a su muerte le siguen reediciones; publicaciones de su obra inédita, promesas de tributos y homenajes públicos y de repente, resulta que todo mundo lo leía.
Si la muerte fue prematura, es decir si fue un escritor joven creativamente hablando, es más lamentable porque a fin de cuentas, nunca se sabrá si tuvo tiempo de decir todo lo que quería y de la manera en la que deseaba hacerlo; si dejó cosas inconclusas, si ese borrador que descansa sobre la mesa o ese archivo de la computadora quedó terminado y si de verdad se hubiera animado a mostrarlo…
Pérdidas lamentables de este tipo se han dado en la dramaturgia nacional, ya sea por enfermedad, por accidente o por suicidio, como el caso de Gerardo Mancebo y Jorge Kuri.
¿Pero qué pasa por tu alma cuando aquel dramaturgo o poeta al que leías, además era tu “compañero” en esto de las letras? ¿Cómo afrontas la pronta partida de aquel con el que platicaste en tal o cuál encuentro de esos que les gusta organizar y que llaman “de escritores”? ¿Aquel que te recomendó “x” libro sabiendo que te podría gustar? ¿Al que encontrabas en un café o un teatro? ¿Qué te queda?
En fechas recientes partieron dos poetas con los que tuve oportunidad de convivir. Primero Marco Fonz y días después, Sergio Loo, uno por voluntad propia, otro aferrándose a la vida hasta el último momento.
Es verdad, no son dramaturgos, ni actores, escenógrafos o directores, no son gente de teatro y siendo estrictos, no tendría yo que hablar de ellos en este espacio, pero haciendo un acto de franqueza, es mi deber decir que no podía ni quería pasarlos por alto.
Resulta extraño descubrir otro matiz en eso de las despedidas; sí, lamentable el fallecimiento de Juan Gelman; sin duda irreparable la pérdida de José Emilio Pacheco, pero ¿y ellos? ¿Se llevaron consigo el que hubiera sido su mejor poema? ¿Su obra? ¿Les faltó vida y les sobraron palabras?
Iliana Vargas, narradora y amiga, escribió sobre la muerte de Fonz “dejaste hablar a tu corazón, y el corazón te dijo: silencio” Lo escribió así, desde las entrañas, sin pensárselo mucho y no hay verdad más grande. Uno escribe lo que puede, no lo que quiere, porque a fin de cuentas, a lo mejor tienes la gran idea; el recurso brillante que a nadie más se le ha ocurrido; la trama perfecta y si el corazón ordena callar; el escenario o en este caso el papel, se queda vacío y se baja el telón.
Relatar tal o cuál anécdota sobre ellos me resulta inútil en esto de recoger las cosas e irse, y el lugar común receta aferrarse a los recuerdos porque eso es lo único que queda, eso y leerlos.
Leamos pues a todos aquellos amigos nuestros que se han marchado, traigámoslos de nuevo a compartir el pan y una que otra cerveza; hagamos que canten con nosotros hasta las tres de la mañana y si es posible digámosles también: mira, esta escena tuya, no es tan buena ¿eh?; este cuento sí que te quedó redondito; el verso de acá me gusta más y si me apresuras a decirte, te confesaré que ese libro del que hablabas maravillas, no me lo pareció tanto, pero que ese otro sí que me gustó.
Hagamos un festín, rindamos tributo desde nuestras casas y admitamos que algo debe estar muy mal o muy torcido en este mundo que hasta los poetas se están exiliando de aquí.
Compuesta en do menor (Op. 67) y estrenada en 1808, esta sinfonía contiene las cuatro notas más famosas de la Historia de la música. Mayor sencillez es imposible para iniciar una obra sinfónica.
Estas notas han sido interpretadas como el toque de la puerta del destino (en palabras del autor), la representación de la V de victoria en clave morse y hay quienes afirman que es una variación de una canción de Luigi Cherubini. Lo que importa más, a mi juicio, es que esas primeras notas dan cuenta de que estamos tan acostumbrados a reconocerlas, que ya no las escuchamos con atención.
Esos primeros dos grupos de cuatro notas anticipan una obra en un tono mayor y es en el sexto compás cuando los primeros escuchas debieron darse cuenta de que estaban frente a algo completamente inesperado. La mayoría de las obras sinfónicas se componían en una tonalidad mayor. La diferencia entre el tono mayor y menor era muy importante, ya que por convención la música en tono menor tiene un aire melancólico, triste; el tono mayor suele interpretarse como algo alegre (aunque hay excepciones).
Además de la tonalidad menor de la obra (que habrá de cambiar a un tono mayor en el último movimiento) está el cambio de dinámicas (i.e., de intensidades como forte, piano, pianissimo, etcétera). Los primeros cinco compases —las primeras ocho notas o dos repeticiones del ta-ta-ta-tán— deben tocarse fortissimo para bajar de inmediato a un piano. Y es que estas notas también prefiguran una manera de estructurar la obra con ciertos acordes y figuras de un modo casi obsesivo como la repetición del ritmo de las primeras notas: tres cortas y una larga. (La armonía puede permanecer constante hasta por veintiocho compases seguidos y los respectivos patrones melódicos prácticamente estáticos.)
El primer movimiento es sobre todo la saturación y reelaboración constante de esas mismas cuatro notas de manera impetuosa, violenta, así como de su extensión hasta formar largas frases enérgicas. El escucha es revolcado por una ola desde el primer instante y no tendrá tiempo de asimilar la fuerza de este primer movimiento hasta mucho después. La sensación de urgencia de las primeras ocho notas radica en que la última del segundo grupo es más larga que la del primero (el primer ta-ta-ta-tán es seguido de un ta-ta-ta-tánnnnn donde esta última nota queda suspendida y cede ante una pausa indeterminada (a la que se le llama fermata). Esta figura habrá de repetirse en distintos momentos y desde distintos registros.
El segundo movimiento (lento como es costumbre en las sinfonías de la época) se distingue por sus variaciones más complejas y delicadas resultando en un contrapunto del movimiento anterior. Aquí no habrá explosiones, pero la intensidad se mantiene a fuerza de su constante tensión; este movimiento oscila entre la lírica y los restos de la fuerza empleada al inicio de la obra.
El tercer movimiento, un scherzo, cita y elabora el inicio del último movimiento de la sinfonía 40 de Mozart. En este movimiento los alientos ocupan un lugar privilegiado. De hecho los cornos repiten el mismo ritmo del inicio (ta-ta-ta-tán) pero con distintas notas. El final de esta tercera parte es un retorno a la sensación tempestuosa del primero, pero contenida por la delicadeza de las cuerdas del segundo. Es como si el final de este tercer movimiento buscara resumir lo expresado hasta ahora para dar paso al final con las ideas más importantes —las que se repiten a lo largo de la obra— a la mano. Es en esta transición que los violines, a fuerza de arpegios van en un crescendo que alcanza su plenitud en el momento en que la sinfonía se torna en una tonalidad de do mayor (cambiar esta tonalidad implica un cambio absoluto del carácter de la misma).
El último movimiento inicia con la liberación de los flautines, contrabajos y trombones para llevarnos hasta el clímax de la obra que coincide con los últimos acordes. La máxima tensión generada por los primeros compases vuelve con la misma fuerza y explosividad en los últimos. Esto debió ser más que sorprendente y emotivo para los escuchas de la época, pues en ninguna sinfonía anterior se había dado una coincidencia entre clímax y final. La quinta de Beethoven es una obra perfecta estructuralmente. Una característica (si bien subjetiva) de toda gran sinfonía es el planteamiento de una transición de emociones a las que el escucha está expuesto. No es casual que la mayoría de las sinfonías terminen de una manera estimulante. Este es uno de los ejemplos más dramáticos de dicha transición, ya el paso de los primeros tres movimientos al cuarto constituye un trance de las sombras a la luz, pero el cierre de la sinfonía es estructuralmente el desenlace de los primeros compases y no sólo una manera de repetir un tema y terminarlo.
El escritor y crítico musical ETA Hoffmann afirmó que la música instrumental era la más alta de las formas artísticas porque abría a los escuchas el campo del infinito. Su ausencia de texto permitía a la música expresar lo que era inefable. Fue en el siglo XIX cuando la manera de escuchar música dio un cambio importantísimo con el auge de la música sinfónica. Hasta entonces, las sinfonías acompañaban o servían de introducciones de obras consideradas más importantes como las óperas. Hoffmann reseñó la quinta sinfonía de Beethoven en 1813; su reseña es un documento de gran importancia para la manera en que escuchamos la música, porque el crítico vio lo que para nosotros ahora es obvio: la música no requiere de un texto para expresar o comunicar ideas. Esto, sin embargo, fue algo muy novedoso en 1813.
Las sinfonías de Haydn nos llevan a un campo verde y basto; Mozart, por su parte, nos conduce a las profundidades del reino espiritual. Pero es la música instrumental de Beethoven la que nos muestra el reino de lo monstruoso e inconmensurable […] Echa a andar la máquina del horror, el miedo, la repulsión, el dolor y despierta el anhelo infinito, que es la esencia del Romanticismo.
En la época de Beethoven, la sinfonía se había consolidado como el único género musical capaz de reflejar los sentimientos de una gran comunidad (esto por su capacidad de síntesis de timbres diversos, sin un solista como ocurre con los conciertos para piano, violín, cello, etcétera). La sinfonía entonces era la manifestación sonora de una sociedad en la que cada quien podía mantener su identidad propia y simultáneamente contribuir a integrar un todo armonioso.
La quinta sinfonía se estrenó de manera desastrosa el 22 de diciembre de 1822 en una época en la que la mayoría de los conciertos de música sinfónica eran interpretados por aficionados para un público igualmente aficionado a la música. El programa incluía las sinfonías quinta y sexta, dos movimientos de una misa en do mayor, un aria vocal, el cuarto concierto para piano en el que tocaría el mismo Beethoven como solista y una fantasía para piano, coro y orquesta. El concierto duró alrededor de cuatro horas en un teatro con la calefacción descompuesta. La música demandaba mucha atención del público por su complejidad e innovaciones. Además, no hubo un solo ensayo con todos los músicos reunidos previo al concierto, quienes no mostraron mayor apoyo a Beethoven como director, pues les parecía que era muy exigente.
Pese a un estreno con tantas complicaciones, la quinta sinfonía de Beethoven se convirtió en el modelo a seguir para el resto de los compositores de música sinfónica. “Cuando Beethoven componía sus obras no sinfónicas, hacía música; pero cuando escribía música sinfónica, el mundo componía música a través de él”, dijo alguna vez Richard Wagner.
Esta obra es una suma del poder y las posibilidades de la música instrumental; un cúmulo vasto de múltiples registros y emociones; es una obra inagotable, de las más interpretadas y grabadas en la Historia de la música. Y precisamente porque ofrece tantos recursos expresivos es que resulta siempre nueva.
Versiones recomendadas para escuchar:
Wilhelm Furtwängler dirigiendo la Filarmónica de Berlín: tal vez Furtwängler sea el mayor conductor de orquesta que ha habido de todas las sinfonías de Beethoven. Su interpretación de la quinta tiene un carácter metafísico. Es un director que se toma su tiempo y le imprime un dejo de incertidumbre a cada movimiento.
Carlos Kleiber con la Filarmónica de Viena: es probablemente la interpretación más refinada que existe. Hay un manejo sorprendente de las dinámicas y un control absoluto del tiempo y desarrollo de la obra. La favorita de muchos críticos y aficionados.
Daniel Barenboim dirige la West-Eastern Divan Orchestra en un ciclo de las sinfonías de Beethoven en los BBC Proms de 2012. Su contundencia como Beethoveniano consumado y su autoridad hace de esta versión una excelente manera de adentrarse a la música sinfónica:
George Szell con la Orquesta de Cleveland: se trata de una interpretación muy emotiva, sin pretensiones y con una ejecución notable por parte de una orquesta que bajo su batuta respondía maravillosamente, como un solo instrumento.
Hemos perdido la memoria. Alguna vez hubo un país donde la gente “se reía sola por las calles”. Fue “un momento de felicidad y de enamoramiento colectivo”.[1] Ese lugar era Chile y el singular momento, paréntesis de la historia, comenzó con la llegada de Salvador Allende a la presidencia en 1970 y terminó en 1973; cuando un aciago 11 de septiembre el sueño se convirtió en terror y el enamoramiento dio paso a la tortura y el destierro. Los militares, garantes del más originario rencor, se vengaron de la felicidad.
En esos tiempos, un joven cineasta chileno de clase media, recién desempacado de sus estudios en España, regresó a su país y, al presenciar lo que le pareció una maravilla colectiva, la trama de su vida dio un vuelco definitivo. Al tatuarse en su mirada aquel sueño en su infame despertar, encontró su propio destino y con él su oficio y encomienda vital: preservar para la memoria humana la luz de aquel tiempo, en el que la fuerza de lo colectivo instauró un estado de felicidad fugaz; un ejemplo para los demás tiempos.
Aquel cineasta se llama Patricio Guzmán. Durante los últimos meses del gobierno democrático de la Unidad Popular que encabezó Allende, se dedicó a filmar esa euforia social y a documentar la amenaza que ya se cernía violenta sobre aquel proceso de cambio: una oligarquía clasista se manifestaba en las calles y boicoteaba en lo económico el esfuerzo de su presidente. Subrepticiamente ellos y sus aliados preparaban un golpe certero. Guzmán fotografió de cerca el rostro de esa burguesía insurrecta: una mujer de aire aristócrata grita vehemente a la cámara; la mirada encendida por la inquina; el rostro desfigurado por la ira. Luego vendría el bombardeo, la muerte, la persecución; el destierro, como mejor fortuna.
Como resultado de aquellos registros fílmicos surge La batalla de Chile, cinta dividida en tres episodios que conformarían el testamento audiovisual del gobierno de Allende y con la cual el realizador se granjearía un lugar sobresaliente en la historia mundial del documentalismo.
Guzmán fue arrestado unos días después del golpe militar y llevado al Estadio Nacional como prisionero de guerra. Corrió con suerte. Dos nimiedades le salvaron la vida: nunca militar en un partido político u organización y ser un recién llegado de la España fascista, donde había estudiado. Escondió los rollos de la película y dejó instrucciones precisas para que los sacaran del país por medio de la embajada sueca en caso de que fuera detenido o asesinado. Más tarde llegaría hasta Estocolmo, en su exilio, para rescatarlos. Después viajó a Cuba, donde concretó la ayuda necesaria para terminar La batalla de Chile, cuyo montaje duró cuatro años. Entre otras distinciones, fue considerada como una de las diez mejores cintas de América Latina entre 1970 y 1980 por la Asociación de Críticos de Películas de Los Angeles, y Gran Premio en el Festival de Grenoble, Francia.
Nunca olvidó.
A lo largo de su carrera, Guzmán ha mantenido el tema de la memoria como una obsesión, lo cual resulta extraño para nuestros tiempos y poco menos que impertinente en un mundo que ha decidido darle la espalda al pasado “porque el futuro es ahora”.
Still de Nostalgia de la luz.
En su largometraje más reciente, Nostalgia de la luz, estrenado en 2010, Guzmán se adentra en el desierto de Atacama. La cinta establece una metáfora de la memoria humana que sirve para abordar el pasado de Chile durante la dictadura de Pinochet y ensayar sobre el papel de la historia en la vida de las sociedades y de las personas. La película nos sitúa en un desierto donde cohabita gente que mira las estrellas y que escarba la tierra, cuya seca atmósfera ha atestiguado y literalmente momificado tanta historia humana. Atacama es el lugar más seco de la tierra y en él los restos se preservan. Atacama también tiene uno de los cielos más claros. Sus cualidades permiten vislumbrar desde el pasado más remoto hasta el más inmediato.
La película nos muestra un sitio que pareciera ser una especie de ombligo de la Tierra, un lugar donde se encuentran el plano celeste y terreno; presente, pasado y futuro; lo más sublime y lo más vil de la condición humana. Un lugar rojo y árido, cuya arena es un receptáculo de eternidad. En él conviven los arqueólogos con los astrónomos; y con ellos, las madres de los desaparecidos de la dictadura.
La cinta comienza con un brinco al pasado. Hasta la infancia de Guzmán; cuando, en sus palabras, Chile era un sitio provinciano donde la vida transcurría tranquila y “los presidentes de la república caminaban por la calle sin ningún tipo de protección”. Por aquella época, nos cuenta el realizador, “los astrónomos comenzaron a interesarse por el cielo de Chile” y fue entonces también que el propio autor desarrolló una intensa pasión por esa disciplina científica, la cual ejerció desde muy joven a modo de pasatiempo. Así se conectan en la mente creativa dos inquietudes remotas que encuentran conexión en el terreno de la realidad.
El relato establece de entrada las cualidades de esa locación como centro en el que conviven aquellas realidades que se encuentran, y más adelante nos confronta con la historia política, como gran vuelco de las vidas humanas. Nos muestra cómo en ese espacio donde hoy hay observatorios y excavaciones arqueológicas se ubicó apenas unas décadas atrás el campo de concentración de Chacabuco, donde la dictadura mantenía cautivos a quienes consideraba de “mayor peligrosidad”.
Still de Nostalgia de la luz.
Entre esas paredes, los prisioneros se organizaron para observar las estrellas; no obstante, al poco tiempo: “los militares prohibieron el curso de astronomía. Estaban convencidos de que los presos se podían fugar guiados por las constelaciones”, como explica la voz del realizador con devastadora ironía. Con el transcurrir del tiempo, las madres de muchas víctimas del pinochetismo tendrían que peregrinar hasta aquel lugar para buscar los restos de sus seres queridos, ante la negativa del gobierno y sus fuentes militares de abrir los expedientes e interrogar a los responsables a fin de obtener una respuesta definitiva: ¿dónde yacen sus muertos? Cada año regresan, con exiguos éxitos a continuar la búsqueda que, ahora en la vejez, se vuelve un motor vital; una fuente de energía inusitada.
Como las mujeres que escarban con palas de jardín en la inmensidad del desierto, el documentalista indaga dentro de un territorio infinito, relaciona las partes; pero, al final, lo que busca es consuelo. La inmensidad, con todo y su imponente fulgor parece otorgarlo. No en balde, uno de los astrónomos que aparecen en la película se dirige a las mujeres que buscan los restos de sus hijos: “desde los tiempos más remotos la luna ha estado ahí; observándolo todo. Habría que preguntarle a la luna dónde están los desaparecidos”.
Mirar el cosmos nos catapulta en el tiempo: es un corredor que une el más remoto pasado con el futuro imposible. Tal vez ahora más que nunca sea momento de echarle un buen vistazo a las estrellas. Chile no es el único país que oculta su estulticia bajo la arena del desierto. Si no hay futuro ahora, entonces miremos las estrellas.
[1] Las frases entrecomilladas corresponden a fragmentos de la narración de la película Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán.
[Preocupaciones de la sociedad moderna y el vínculo con la poesía tradicional = la renovación en las estrofas tradicionales de tanka]
[Título de su primer libro de tankas: Midaregami (Dulce desorden de la cabellera).]
[Escribió más de 15 libros de tankas, además de libros de ensayo, crítica y versiones modernas de textos clásicos japoneses]
*
La joven veinteañera.
Fluye entre los dientes del peine
su cabellera negra.
La ostentosa juventud,
¡oh, maravilla!
*
[1921: Año en que inició su posición como directora de la Escuela Feminista Bunka Gakuin. Con ello, Akiko Yosano abrió nuevos horizontes en la pedagogía.]
[Su obra denota el interés profundo en los problemas femeninos y sociales]
[Su obra como la intrépida e irónica denuncia contra la Guerra.]
*
Sin conocer
la sangre ardiente
de un cuerpo tierno,
¿no te sentirás solo,
tú que predicas el camino?
*
[Época y contexto: Primera guerra mundial (1914), Revolución rusa (1917), el gran terremoto que casi destruye completamente la ciudad de Tokio (1923).]
[En su obra trabajó de manera que el lenguaje coloquial y el lenguaje moderno fueran participantes principales en la poesía.]
[Decir adiós al lenguaje clásico]
*
En Kamakura
aunque sea un Buda
Shakyamuni
es guapo.
Una arboleda de verano.
*
[Luna, plantas, nubes, montañas, murmullo del agua, guijarros, insectos, cantos de pájaros fueron contextualizados bajo la nueva lupa de Yosano: la época moderna y la problemática de género en cuanto al papel tradicional de la mujer.]
[Sakai, ciudad ubicada cerca de Osaka fue la ciudad donde nació en 1878]