Tierra Adentro
Mezcal. Fotografía de Eugenia Montalván.

Quizá para decir que me gusta tomar mezcal lo mejor sería escribir un poema breve; de esa forma apenitas sumergiría mi corazón en la copa y mi confesión quedaría muy bien, no sería nada escandalosa; nadie se ofendería. Además, así conjugaría mi pasión con el deseo de hacer literatura, lo que es válido para vaciarme o, mejor dicho, deshacerme de la suma de emociones que supone levantar la copita y decir salud, un acto en sí mismo oscuro que ciertas gentes no ven bien. Pero frente a la ingobernable poesía, sólo me mojo fantasiosamente los labios en la presencia del pulso de mi mano tratando de pergeñar los primeros versos sin beber mezcal, ahorita y aquí: a las 9 AM en el hotel X de una ciudad perversa, donde lo único que siento es un intenso olor a café. Tomo una taza tras otra: el intento de hacer poesía, completamente genuino, también combina con un americano light estilo moulinex, y confieso que aun frente mis reservas su sabor me transporta a la vinata de mi primo Luis, en Nombre de Dios, Durango. Siento el apretón de su mano y la serenidad de sus maduros ojos claros: ni azules ni verdes, güeritos como él, muy expresivos bajo el sombrero norteño que los delata.

La vinata queda en la vera del camino a la Ciudad de México, a mediana distancia de la nueva autopista a Zacatecas, por donde cruzan tráilers todo el tiempo… En la vinata de Luis a diario se juntan cuatro o cinco mezcaleros de buen carácter, trabajadores que aprendieron de sus padres el oficio de producir vino, como le llaman, a partir de los magueyes de los cerros, labor que también a ellos les enseñaron por herencia: amacizar muy bien el hacha, sosteniéndola con fuerza por el mango, con la vista clavada en el corazón de la piña y el espíritu elevado para agradecer la bendición de tener este fruto o esta flor salvaje a disposición, siempre y cuando se pague la cuota que establezca el dueño del terreno. Son hombres, y en mucho menor cantidad, de vez en cuando una mujer diestra, sujetos a su buena conciencia, sin contrato de por medio; comparten su experiencia por placer, a veces a cambio de honorarios y otras, de una parte sustancial de la producción para tener algo que vender en casa, en envases reciclados, al precio que dicte la benévola demanda.

La vinata huele a quiote, a fermentación, a humo y a tabaco: Pifas, el personaje más audaz de este clan campesino, fuma “Perros” ¿Qué tal la marca?         -¿Por qué no mejor “Faros”? Siempre se lo pregunto. No recuerdo si el nombre es realmente así de bravo, pero como quiera va y los compra en una carrerita, ahí cerca, ni siquiera tiene que ir hasta el Oxxo, ¡menos mal! Obvio, son los cigarros más baratos que se consiguen acá. Luis no fuma.

Aparte de ser muy buen jimador, Pifas domina con admirable tacto al viejo, el artefacto más sobresaliente y hermoso de la vinata, hecho de madera, fuerte como un coyote y negro del tizne que chupa en el proceso de destilación. En la presencia del viejo, los contenedores de madera destinados a la fermentación sumergidos en la tierra, el cazo, la pila de agua fría, la serpentina de cobre y cualquier otro objeto pasan a segundo término, ya no digamos el techo de lámina desvencijado, el petate y las cobijas del velador.

En la vinata, la producción diaria de mezcal se consume calientita, como va saliendo. Hay una banca de piedra clavada en la pared ex profeso para los catadores y uno que otro borracho: aquí rola sin tregua una original copita fabricada al vapor con el pico de una botella de plástico con todo y tapa: ¿coca? ¿pepsi? ¿bonafont? ¡La que haya! Pasa de mano en mano para deleite de las almas piadosas, entre quienes me incluyo, fiel a la creencia de que un poder supremo  impregna esta mítica bebida de los dioses hecha con agaves silvestres y destilada con leña virgen: troncos de madera maciza: encino y mezquite en el cocimiento, y astillas de sabino y pino en la destilación.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.

¿Y mi anhelado poema? Se atoró entre las pencas de un maguey cenizo, lo sé. Me ganó el tratamiento rupestre, primigenio, la familiaridad con la que el mezcal llegó a mi vida. Aunque viéndolo bien, este tema podría ser muy buen pretexto: el fraternal gusto por beber mezcal que compartimos Luis y yo, pero hay algo más: mi primo Luis cambió la agricultura y su tractor por hacer mezcal influenciado, en cierta medida, por mi hermano Gabriel y yo. Gabriel me llevó a Mérida la primera botella de mezcal de Nombre de Dios que probé. A partir de entonces quedé “tocada”, viajé a Durango, supe que recién habían integrado al estado a la lista de los que tienen denominación de origen y que aquí, donde viví muchos días de campo en la infancia, históricamente se ha destilado el mejor mezcal, por eso le pedí a Luis que fuéramos juntos a comprar una botella; mi propósito era platicar con los productores. Esa vez me llevó a donde Carmelo, pero no estaba; al que conocí fue a su hijo Rafael, quien llego en bici, quizá por la flojera de ensillar el caballo; aquella mañana tuvo lugar nuestra primera larga conversación con un mezcalero joven pura sangre.

Según el escritor Eusebio Ruvalcaba, el mezcal te restriega la belleza en la cara y te quita la venda de los ojos, es cierto. En otras palabras, un amigo músico llanamente dice que toma mezcal cuando se siente estresado; conociéndolo, pienso que con esa copita recupera –a plenitud– su perspectiva del horizonte. Pero en Durango conocí a un médico (propietario de un hotel) que diario bebe mezcal por salud y para mantener el equilibrio mental, tal cual. Sus amigos no lo comprenden; prefieren las bebidas de marca que se anuncian en la tele.

En Nombre de Dios, el mezcal sigue siendo cosa de hombres, por eso no es requerido en fiestas familiares; el dinero se va en cartones de cerveza y pastel, como en aquella boda en la que marido y mujer se subieron a una silla para alcanzar el décimo piso, donde antes de cortar la primera rebanada se tomaron una foto. Esa vez, la espectacular banda que amenizó la comida (en la noche tocaría otro conjunto) me dedicó una cancioncita cuya letra no juzgo: Dos botellas de mezcal.

Cuando me muera, cómo te agradecería que pusieras en mi tumba dos botellas de mezcal, porque sé que de morirme de una cruda sabes bien que es culpa tuya por no poderte olvidar. Todas las noches cuando agarro la botella, yo te miro dentro de ella y me pongo a platicar. Al rato siento que me abrazas y me aprietas cual si fuera cosa cierta. Te amo, te amo y no es verdad. Cuando al fin vuelvo de mis locos pensamientos empiezan los sufrimientos porque te busco y no estás. De mis ojos empieza a brotar el llanto porque yo te quiero tanto y no lo puedo evitar.

Amor y mezcal no son compatibles. El desamor y el mezcal, menos.

El mezcal es sacramental. Beber mezcal, como cualquier acto de indulgencia, purifica el alma, por eso –siguiendo la tradición– se toma en ayunas.

¿Y qué pasa cuando compartimos una botella con los amigos? Ahí toma forma su cualidad desinhibidora: el corazón se volatiliza, pero, créanlo o no, aterriza de volada, con expresiva pericia, la que en los poetas aflora a la hora de pagar el recibo de la luz, y la que en los mezcaleros admiramos cuando encienden el fuego para cocer el maguey, nuestro sustento.

Fotografía de Eugenia Montalván.

Fotografía de Eugenia Montalván.

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Fotografía cortesía de la autora
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