Tierra Adentro
Velocípedo. Kely Rojas González.

José de la Colina (Santander, España, 1934) se define de oficio “periodista cultural”, y es justamente en periódicos y revistas donde ha dado a conocer la mayor parte de su obra, incluidos algunos de los gozosos ensayitos que ahora reúne en De libertades fantasmas o de la literatura como juego. Son sólo unos cuantos de los muchos que ha escrito a lo largo de varios años, por ejemplo, en su columna dominical del periódico Milenio.

De la Colina sabe que la literatura es un divertimento así que por las páginas de este libro lo mismo desfilan personajes de la ficción como Sheherezada, Hamlet, Snoopy, Sherlock Holmes, Pinocho o de la literatura y la cultura como Dante, Cervantes, Coleridge, Marcel Proust, Luis Buñuel o Italo Calvino. A su particular elección de “raros” los llama los “legendarios cultivadores mexicanos de la Página Perfecta”, como dice de Arreola y bien se podría decir también de él mismo y, se me ocurre, que también de Monterroso y Vila-Matas. Lo que más se disfruta, sin duda, es su prosa juguetona que abunda en palabras homófonas, símiles, aliteraciones (“la atribulada tribu tributaria”, etcétera…). En una autoentrevista habla de su escritura:

Me aburre escribir en oraciones cortas. No tengo nada contra las oraciones cortas si las leo en Azorín, en Borges, en Paz, etc. Me parece muy bien que cada uno tenga su modo de respiración en la escritura. Yo hablo de mi propia escritura, e insisto: aun los trabajos de encargo los escribo “à mon seul plaisir”, y creo que el párrafo largo, la oración continua me da más sensación de fluencia, de seguimiento del tiempo, que la prosa de mucho punto-y-aparte y mucho punto-y-seguido. La escritura larga me permite, creo, cierta musicalidad de la prosa, quizá dar impresiones de perspectiva y volumen y diferentes ritmos y tiempos. (p. 25.)

Ya con Libertades imaginarias (Aldus, 2002), con el que recibió el Premio Mazatlán de Literatura, De la Colina se había confirmado como miembro correspondiente del OuLiPo de este lado del Atlántico, y que él rebautiza como TaLiPo: Taller de Literatura Potencial, del cual es único miembro. Así lo confirma un ensayo genial como “Eros / Gato”, unos “ejercicios de estilo”, como los llamó Raymond Queneau, en los que, además, De la Colina muestra su atenta lectura de los clásicos universales. (También Proust, antes de escribir su obra más recordada, se dedicaba a hacer pastiches de Balzac, Baudelaire o Sthendal, según él, para no caer en la imitación inconsciente.)

Tal vez una objeción a este libro: varios ensayos ya se conocen pues los ha publicado en otros libros, por ejemplo, su ensayo “El arte de Sheherezada” ya está en el libro Zigzag (Aldus, 2005), su genial pastiche sobre el gato que mencioné y su ensayo sobre los íncipits ya están en Libertades imaginarias, sus 12 variaciones de Gregorio Samsa se pudieron leer en su libro Portarrelatos (Ficticia, 2007) e ¡incluso el prólogo es el mismo de Libertades imaginarias! Entonces uno se pregunta dónde quedó, por ejemplo, aquella serie de artículos que escribió por el bicentenario de Mozart, ¿por qué no rescatarla? Con todos los artículos que publica, seguramente De la Colina tiene una serie de ensayitos tan gozosos y divertidos como estos con los que podría hacer otro libro totalmente nuevo para complacer al exigente lector.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Matachines. Fotografía de Eugenia Montalván.

Tengo la sensación de que podría cambiar de residencia intempestivamente otra vez: moverme con todo y mis chivas a un nuevo lugar… quizá un pueblo donde las mujeres sepan hacer picadillo con chile rojo y cocinen nopales tiernos con utensilios de peltre, donde los hombres cosechen ajo, orégano y chile ancho para que sus mujeres tengan, claro, lo indispensable, donde haya un río navegable ¡aun crecido!, donde haya un solo cronista, de 80 años de edad, llamado Heriberto Hernández, y de vez en cuando me invite a su casa a tomar Nescafé para hablar de sus libros (poesía, novela, crónica…); donde haya un viejo que haga sillas de palma por encargo, donde se produzca mezcal artesanalmente y lo pueda tomar recién destilado, en ayunas, como Dios manda, y antes de dormir, para aclarar los sueños; un lugar donde sea común y corriente comer fuera de casa a cambio de cuatro monedas de cinco pesos; un pueblo que aparezca en el mapa como una de las villas más prósperas de la Nueva Vizcaya y que ahora, 500 años después, intente resucitar ese glorioso pasado sin descontar a los frailes. Un municipio que tenga en la autopista a San Francisco de Asís en una estatua de cantera, y donde el santoral incluya “Los dulces nombres de Jesús” ¡Caray! ¿Cuántos nombres hay ocultos en esas cinco letras? Me lo preguntaría año con año al ver pasar, frente a mi casa, la procesión conmemorativa cada 14 de enero: danza de matachines en honor al Hijo de Dios en esta fecha que no se parece a otra y que tampoco aparece marcada en el calendario, ni en el eclesiástico, que se sepa.

Adobes. Fotografía de Eugenia Montalván.

Adobes. Fotografía de Eugenia Montalván.

Entonces, esperaría todo un año para cuando se acercara la peregrinación santificada con arpa y violines, salir a la calle, y ante el asombro de semejante aparición preguntarme: ¿Los dulces nombres de Jesús? Trataría de averiguarlos con mis vecinos; los abordaría después de mirarlos de reojo encomendándose al Redentor; a ellos, despojados de la tejana o la cachucha con los ojos entreabiertos musitando alabanzas, y a ellas en plena santiguada tratando de ver el rostro de “su” Jesús pasajero/peregrino cargado en hombros, siempre y cuando para entonces ya sepa cómo las mujeres de esta Villa eximen cualquier pecadillo, por inconfesable que sea. ¿Existe un pueblo así? ¡Existe! Se le conoce por devoto, pacífico y seguro, y también porque en él abundan los frutos que en otras latitudes se consideran exóticos: piñones, duraznos, nueces, membrillos, higos, moras, granadas… La tierra aquí es noble a pesar de las constantes sequías; sus cerros son copyright de la National Geographic. Sin embargo, los ojos de agua y las acequias se conservan todavía vírgenes para fotógrafos y aventureros… Aquí, una vaca suiza se ordeña diario y con un marrano de traspatio se engorda un baile de quince años y se practica la cacería por motivos de sobrevivencia. Aquí se escucha el graznido del cielo demasiado cerca y demasiado claro, aunque a  veces también ruge su portentosa belleza. Aquí se cuecen habas, se desgranan mazorcas, se despioja a los niños, se desayuna huevos tibios, se encara a los hipócritas y se ofrecen sacrificios los viernes, ante todo durante Cuaresma, Adviento y Pascua.

En este lado del mundo no existe un Mercado Municipal, ¡ni existirá! El edificio, sin embargo, persiste semivacío y decadente, aunque por las mañanas funciona como expendio de gorditas, plato típico de esta región atípica. Las gorditas están hechas con maíz de nixtamal a semejanza de las tortillas, pero con un valor agregado dentro: variedad de guisos combinación de carne de puerco, de preferencia chicharrón; res, ante todo deshebrada, con chile poblano, en rajas; chile ancho, cocido y molido y papas en trocitos minúsculos. Desde luego hay gorditas que prescinden de la carne: puramente de huevo perdido; queso en su variante más ranchera: requesón; ejotes, nopalitos, etcétera… Su medida no excede los 10 centímetros de diámetro, a lo sumo, y se comen cómodamente con la mano porque no desprenden ni gota de grasa. Por tradición, las cocineras exhiben sus guisos al gusto del cliente, sin riesgo del “gato por liebre”. Son sabores picantes con el toque de la cocina antigua de Tierra Adentro: metate, lumbre y comal. Aleja, de pelo cano, despacha gorditas en su casa desde hace más de 50 años. Más antigua que esta sazón es la tradición de mirarse a los ojos para un quiúbole franco o ya de perdis un adiós, costumbre que también tienen los niños. Aceras anchas, calles limpias con poco tráfico, ruido de campanas y de trocas con placas del Otro Lado… Altoparlantes motorizados con anuncios de acuerdo a la temporada: elotes o bailes con conjunto que acaban de madrugada… Así fluye la vida, con un aeropuerto internacional a escasos 30 minutos que comunica diario y directamente con Ciudad de México, Chicago y más allá ¿Y qué pasa con la cultura en esa cómoda categoría que previene, cura y evita el aburrimiento? ¡Es cuestión de sumarse a la talacha! El principal museo está en manos de los “Guardianes de la Historia”. Atesora fósiles, hachas y vasijas prehispánicas, fragmentos de un reloj de sol y utensilios de la labranza procedentes de la época colonial, un fonógrafo del Porfiriato, rifles de la Revolución, una caja registradora de finales del siglo XIX, bidones y artefactos centenarios que hacen alusión a la antigua tradición mezcalera del pueblo: un sinfín de piezas valiosas, incluidos los retratos de las reinas de belleza desde tiempos inmemoriales, un acervo donado por la sociedad civil, colección bajo el resguardo de la asociación sin fines de lucro que preside Rubén Saucedo, profesor de profesión y antropólogo/historiador/arqueólogo de vocación, apasionado de una mina que le hace brillar los ojos: el turismo cultural, quien así como te da la mano para acceder al ático del museo presumiendo que lo construyó él mismo, en un dos por tres te transporta a Las Trojes, el almacén de granos recién rescatado de las ruinas para exacerbar el patrimonio arquitectónico colonial, una construcción de adobe a solo tres kilómetros del Centro.

El escritor Heriberto Hernández. Fotografía de Eugenia Montalván.

El escritor Heriberto Hernández. Fotografía de Eugenia Montalván.

No exagero si digo que estaría encantada de colaborar con los Guardianes de la Historia, pues no me veo, simplemente, tomando el sol en la Plaza principal, donde los domingos se arma tremenda romería, según cuenta el ex presidente municipal Fernando Tovar, veterinario de la UNAM que por ratos deja el rastro para atender a los viajeros con quienes, ¡válgame Dios, se topa por casualidad! Mi intención tampoco sería enarbolar la salvaguarda de la historia comunitaria, no, pero sí apoyaría la causa: ver florecer esta cabecera, donde habitan unas 6 mil almas, si bien la población de este municipio idílico asciende a 20 mil habitantes, quienes sería justo conocieran las leyes de la museología del siglo XXI y los parámetros museográficos actuales. La vanguardia aquí está en la mirada y el ímpetu de su gente, los que aún no migran a Estados Unidos, o los que fueron y volvieron con un billete, o aquellos que todavía no se van pero están a un paso de partir, o quienes tienen media familia allá… Sería un pecado subestimar el contacto con la cultura de Estados Unidos, ¡ni a quién se le ocurra! Abundan las mujeres solas, de las que viven a expensas de los dólares que llegan por Money Graham o Western Union; el toque fino de su paciencia invade al pueblo de quietud. Frente a la aridez, maternal fecundidad, han de pensar. Aquí se pierde la vista en lontananza, entre mezquites, sauces, sabinos y álamos. Hace poco, con cientos de jinetes, recorrí a caballo este pueblo que parece mágico, y lo es; viajé en ancas unas cinco horas, trotando airosa en la mítica cabalgata de Berros, y aunque en estas circunstancias el pueblo parece inabarcable por sus valles, colinas y llanos, realmente tiene principio y fin concretos, como las llamadas a misa.

Es nombre de Dios, Durango, donde nació la casta mujer que fue mi madre; ella huyó dignamente matrimoniada: ¡sobran los testigos! Entonces, que yo eche raíces aquí no es cosa de “enchílame otra”. Ya me imagino cómo se expresaría Rosita, una pariente lejana, cuando le preguntaran por mí: -¿Qué a Eugenia le gusta el mezcal? ¡Anda, cállate la boca!

 

Rubén Saucedo. Fotorgrafía de Eugenia Montalván.

Rubén Saucedo. Fotorgrafía de Eugenia Montalván.


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.

Apenas se da a conocer el elenco oficial del Festival Coachella y no se hacen esperar las intensas discusiones entre los que consideran que este año el line up no es tan rutilante como otros y aquellos seguidores de quienes encabezan el cartel. No serán pocos los que obtén por ver a Arcade Fire en la fiesta californiana y así evitar el Vive Latino. Se logra también percibir que Outkast no despierta un gran fervor entre la comunidad hip-hopera o será que las nuevas generaciones no los hicieron suyos. En fin, que Muse son un producto muy comercial del rock de estadio, mientras que Queens of the Stone Age jamás decepcionan y nunca está de más escucharlos en un concierto de primera categoría.

Pero el verdadero fondo del asunto pasa por aclarar que las bandas de la parte alta del cartel no son lo verdaderamente importante en Coachella y muchos otros festivales de su talla. Todos aquellos que son auténticos amantes de la música concentran su atención en las letras pequeñas del programa. Año con año, allí se encuentran los descubrimientos emergentes y los grupos a seguir durante el resto del año y mucho tiempo después. Incluso Arcade Fire fue una de las sorpresas en su primera participación y luego escaló el edificio del rock hasta instalarse en su penthouse.

Quedarse en la polémica acerca de los consagrados no es muy útil, cuando lo que puede hacerse es mirar con atención en la parte baja y tratar de identificar lo que puede convertirse en un grato hallazgo. Y precisamente en esa parte del elenco se encuentra un irlandés que con su segundo disco está ofreciendo uno de los más exquisitos manjares sonoros al comienzo del 2014.

Post-tropical (Believe Recordings) es el sucesor de su debut Early In The Morning, que lo llevó a convertirse en un suceso de su tierra natal para luego bajar a la capital del Reino Unido y conseguir espacios tan destacados, como en el programa de televisión Later… with Jools Holland —donde impresionó— y en el Royal Festival Hall. Pero lo que de verdad le relacionó con los ingleses fue una versión que hizo con fines de sumarse a un proyecto de beneficencia: “Higher Love” de Steve Winwood. En ella lucía como puede estallar en un momento o contenerse con sobria elegancia.

Un estilo que sigue perfeccionando a través de una muy destilada versión del folk que ahora conoce también de pespuntes electrónicos. En Post-tropical nos enseña que al cantar puede evocar a la suavidad aterciopela de Justin Vernon en Bon Iver en alternancia con ese soul digital tan refinado como emocional que hace James Blake, con quien ha compartido algún proyecto.

El álbum parece de entrada plantear un acertijo, pues su belleza es sobria y hasta algo gélida; escuchemos “Cavalier”. ¿Dónde está pues esa sensación de algo más allá del trópico? Resulta que produjo y grabó todo el álbum trabajando solo en un estudio portátil que montó en una granja a muy poca distancia de la frontera entre Estados Unidos y México. Para alguien que procede de las tierras altas de Bretaña ese nuevo ambiente –muchos más cálido- le debió parecer como estar en un paraje tropical.

Y es que James buscó renovar su propuesta, por lo que se rodeó de cajas de ritmo y teclados. Intentó homenajear a su manera a los grandes discos de rhythym and blues. En ningún momento le tenía temor a un cambio radical: “nunca ansiaba ser un hombre con una guitarra. Tocas esas canciones en vivo lo mejor que puedes y de repente eres un músico folk. Pero la textura de este disco es completamente diferente. Este es el tipo de cosa que tiene sentido para mí”.

Post-tropical es un tremendo trabajo de estudio. Por supuesto, destaca el espléndido registro vocal pero en la decena de temas que lo conforman hay subgraves penetrantes y loops de piano, aunque la gran sorpresa venga en “The lakes”, en la que el músico confiesa haber incluido hasta cincuenta mandolinas (para crear una capa sonora).

Y las joyitas siguen en cascada; en “Red Dust” parece que estamos ante una experiencia coral, pero resulta que es únicamente el cantante jugueteando con sus recursos de estudio; mientras que en el tema titular se acerca muy seriamente a la parte más experimental del hip hop, muy al estilo de los de Filadelfia, The roots.

James Vincent McMorrow da lustre a la tradición musical de su país al tiempo que se inserta en los terrenos de la electrónica sin dejar de tener momentos muy orgánicos. A fin de cuentas manda la voz pero allí también hay percusiones varias y algunos otros instrumentos (algo hay que nos hace acordar también de Anthony and the Johnsons).

Una vez más esa forma de cantar en falsete nos conduce a momentos de sensibilidad extrema, y eso ya es mucho que agradecer. La calidad es superlativa, por ahora podrá vérsele temprano en Coachella. En poco tiempo escalará lugares en las principales citas concertiles más relevantes del planeta; tan sólo acuérdense que aquí se los recomendamos primero.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

HTML Giant, una de las más prestigiadas páginas de literatura de Estados Unidos, acaba de publicar Luis Panini, autor de Mala fe sensacional, publicada en el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2011.

Traducimos a velocidad la presentación:

Luis Panini es uno de los más talentosos escritores de quién no has escuchado hablar. Con escritos que recuerdan lo mejor de Franz Kafka, Lydia Davis, David Foster Wallace y Julio Cortázar, es una lástima no poder leerlo en ingles (hasta ahora!) Recientemente estuve en una clase en CalArts donde era el invitado especial de el curso de literatura latinoamericana de mi amiga Laura Vena, y fue un placer escucharlo hablar de su escritura y procesos creativos. Laura Vena tradujo algunos de sus cuentos (o fragmentos) al inglés, cuyo resultado pueden encontrar abajo, así que estoy muy emocionada de entrevistarlo y dar la primicia de estas traducciones al inglés.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotograma de E.T. el extraterrestre, Steven Spielberg, 1982

Cineteca Nacional

Al cine nada de lo humano le es ajeno. Desde la emblemática italiana Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica, la iraní El ciclista (1987), de Mohsen Makhmalbaf, El prado de las estrellas, de Mario Camus, o la española Las bicicletas son para el verano, de Jaime Chávarri, la bicicleta ha tenido momentos protagónicos en el celuloide. Es el objeto del deseo, la herramienta de trabajo, el camino a la aventura, la amistad entrañable, la metáfora de la esperanza y la libertad. El siguiente es un recuento monográfico y crítico a través de la historia del cine sobre ruedas.

Para Alma Aguilar Funes,
sin cuyo apoyo este texto no existiría…

Decía el escritor norteamericano Christopher Morley, reconocido por su refinado sentido del humor, que “seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los escritores y los poetas”. Yo me atrevería a decir que también de los cineastas, porque muchos filmes, algunos de ellos entre los más importantes de la historia del cine, giran en torno a una bicicleta, o bien, algunas de las secuencias memorables en el imaginario colectivo cinematográfico cuentan con uno de estos vehículos como protagonistas relevantes.

“Siempre que veo a un adulto montado en una bicicleta, recupero la esperanza en el futuro de la raza humana”, decía otro escritor, H. G. Wells. Pues sí, a veces una bicicleta puede significar una luz en medio de la oscuridad. En sus llantas, su manubrio, en su existencia misma, puede soportar los sueños de muchos miles que tratan de sobrevivir, como le sucede al obrero Ricci (Lamberto Maggiorani) en Ladrones de bicicletas (Italia, 1948) de Vittorio de Sica.

Obra cumbre del Neorrealismo italiano, Ladrones de bicicletas es el urgente retrato de la desesperación colectiva. La Italia de la posguerra inmediata, con sus calles ruinosas, estaba habitada por seres desesperanzados, sin empleo, sin higiene. Por eso, cuando al protagonista del filme se le ofrece un empleo que implica contar con una bicicleta propia, éste es capaz de empeñar hasta sus sábanas para conseguirla. La bicicleta lo es todo. Por eso cuando, mientras trabaja pegando carteles en la calle, un raterillo roba su bicicleta, la tragedia colectiva de la supervivencia diaria se vuelve la tragedia de un hombre común solo contra un mundo con demasiados problemas como para compadecerse de él.

La búsqueda de la bicicleta por las calles de Roma se vuelve una pesadilla kafkiana, en la cual el objeto deseado parece reproducirse hasta el infinito. En las plazas públicas, en los mercados populares, en cada esquina, en el nutrido número de ciclistas que pululan por doquier. Pero la suya no aparece. No aparecerá nunca. Y ante el silencio del mundo entero, Ricci decide entonces pagar con la misma moneda con la cual lo despojaron. Pero no alcanza a huir a tiempo y es casi linchado por una turba iracunda, de la que lo rescatan las lágrimas de su hijo. El plano final los mira perdiéndose entre la multitud; tan solo una tragedia entre muchas. Hombres y bicicletas caminan hacia el sol que se oculta como punto final de un día en el cual una odisea personal se convirtió en una de las historias más memorables de la historia del cine. La figura de la familia unida por la bicicleta en medio de un entorno adverso fue retomada por el comediante y cineasta Roberto Benigni en La vida es bella (1998), cinco décadas después de la aparición del clásico filme de Vittorio De Sica.

Fotograma de Ladrones de bicicletas, Vittorio de Sica, 1948

Fotograma de Ladrones de bicicletas, Vittorio de Sica, 1948

“La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”, decía nada menos que Albert Einstein. Porque hay algunos que no dejan de pedalear la bici. Tal es el caso del nieto obstinado de la ancianita protagonista de Las trillizas de Belleville (2003), película de animación del belga Sylvain Chomet. Sin diálogos, pletórica en un sentido del humor absurdo y de comedia física que parecen extraídos de una película de Jacques Tati, Las trillizas… se vale de la figura del ciclista y su bicicleta, inseparables ambos, para orquestar una metáfora de la obsesión. El nieto no dejará de pedalear, siempre hacia adelante, aunque lo secuestre una extraña y famosa organización que lo usará para juegos clandestinos. Mientras, su anciana abuela, con la ayuda de las trillizas titulares, una simpática triada de cantantes en decadencia, vive su propia obsesión por recuperar a su querido nieto. La bicicleta como metáfora de la vida misma, que si se detiene, todo colapsa.

“Si te preocupa caerte de la bicicleta, nunca te subirás”, decía el campeón ciclista Lance Armstrong, antes de mostrarnos que no todo lo que brilla es oro. Pero lo cierto es que no pocas películas toman la figura de la bicicleta como una herramienta imprescindible en el proceso de autodescubrimiento del ser humano. Como le sucede a Elliott, el niño protagonista de E.T. el extraterrestre (1982). Steven Spielberg consiguió un momento icónico para el cine de Hollywood cuando –para ponerse a salvo de una caída desde un risco que pone en riesgo las vidas del niño y la criatura titular– la bicicleta en la cual ambos se dirigen hacia un punto en el bosque donde el ser de otro planeta se contactará con los suyos, emprende el vuelo hacia las alturas, cruzando sobre la luna. El vuelo termina de forma abrupta, el aterrizaje se complica un poco y ambos ruedan por el suelo. En E.T. la bicicleta es el vehículo ideal para los jóvenes protagonistas del filme; es un refuerzo a su ímpetu, a sus ganas de vivir en un mundo creado por imperfectos adultos que los dañan con sus decisiones, erróneas o no. La película es entonces una elegía a la necesidad de crecer, de encontrar la fuerza interna. Por eso, en la fuga de los muchachos para llevar al extraterrestre hacia su nave, el viaje los lleva justo frente al sol. Y el vuelo termina ahora en un aterrizaje perfecto. Las cosas han cambiado. Elliott y todos los involucrados en la aventura de E.T. en la tierra ya no son los niños del principio. Se subieron a la bicicleta de sus vidas y no volverán a temer la caída.

Fotograma de Bárbara, Christian Petzold, 2012

Fotograma de Bárbara, Christian Petzold, 2012

“Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más”. Así pensaba Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes. Varios paseos por la provincia belga tiene Cyril, el conflictivo adolescente protagonista de El niño de la bicicleta (2010), película de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, retratistas privilegiados de la Europa moderna de los desposeídos, económica y emocionalmente hablando. Dichos recorridos los lleva a cabo el joven protagonista en compañía de Samantha, una mujer joven que se vuelve su principal sustento emocional durante los fines de semana. Fines de semana soleados, alegres, que contrastan con la tragedia personal de Cyril, quien padece el rechazo de su irresponsable padre, lo cual le provoca arrebatos de furia que ponen en riesgo su integridad. De acuerdo con la frase de Conan Doyle, la bicicleta encarna para el protagonista una felicidad siempre en movimiento, nunca estable, nunca quieta, y a final de cuentas, inalcanzable si se deja de pedalear, si se decide no seguir adelante.

El movimiento perpetuo de la bicicleta también puede dar pie a la expresión de lo romántico. En una hermosa secuencia de Las dos inglesas y el continente (1971) de François Truffaut, crónica de una historia de amor, obsesión, locura y desencanto entre un joven francés y dos hermanas inglesas con muy distintas razones del corazón, hay un momento en el cual los protagonistas viajan por los caminos empedrados de la campiña. En un punto del trayecto, los tres viajan cuesta abajo por una ladera. Él queda rezagado, pudiendo observarlas desde atrás, casi como un hombre invisible. Entonces, la voz en off que acompaña casi todo el relato dice una de las frases más hermosas que se hayan escuchado en el cine: “Me gusta tu nuca. Porque en ella puedo admirarte sin que te des cuenta…”.

Fotograma de La bicicleta verde, Haifaa Al-Mansour, 2012

Fotograma de La bicicleta verde, Haifaa Al-Mansour, 2012

“La tolerancia requiere el mismo esfuerzo del cerebro que el necesario para mantener el equilibrio sobre una bicicleta”, dijo alguna vez Hellen Keller. ¿Puede una bicicleta representar un motivo de revuelta social? Según lo planteado por la cineasta Haifaa Al-Mansour (la primera mujer directora saudiárabe) en su ópera prima La bicicleta verde (2012), puede suceder. Wadjda, la protagonista del filme, es una niña de doce años que vive con su madre en un suburbio de la capital de Arabia Saudita. Pero a diferencia de otras niñas de su edad, ella es emprendedora, independiente, con una idea propia de lo que quiere en la vida, características que la vuelven una amenaza para el orden de una sociedad en particular represora hacia las mujeres. Todo se complica aún más cuando Wadjda decide vencer a un compañero de juegos en una carrera de bicicletas para demostrarle su valor. Pronto descubrirá una bicicleta verde a la venta con la cual conseguir su objetivo. Sin embargo, su madre y el mundo entero se opondrán, pues el Islam considera indigno que una mujer use una bicicleta. Lo que Haifaa Al-Mansour propone con La bicicleta verde es enfatizar el papel de la mujer en la sociedad árabe como motor de cambio, cuyo mayor impulso viene por parte de las nuevas generaciones, que escuchan rock, hablan en voz alta, rechazan el velo y, claro, andan en bicicleta.

“Nada es comparable al sencillo placer de dar un paseo en bicicleta”, dijo alguna vez el ex presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy. Puede ser. El cine se ha encargado de que la bicicleta, como hemos podido ver, simbolice la libertad, la felicidad fugaz, la subversión, la capacidad de creer en uno mismo y hasta poder volar.

Hay otras muchas bicicletas memorables entre las imágenes en movimiento que pueblan el imaginario colectivo. Está esa bicicleta que, con muchos esfuerzos, llevaba de un cine a otro los rollos de una película en plena función, retratada por Giuseppe Tornatore en Cinema Paradiso (1989). O ese delicioso momento, tan erótico como extremo, que el protagonista de Las fantasías de Lila (2004), de Zaid Doueiri, experimenta mientras conduce su bicicleta llevando muy cerca de él a la mujer que subyuga su deseo. O la bicicleta como posibilidad de fuga de un entorno autoritario, como planea la protagonista de la cinta alemana Bárbara (2012), de Christian Petzold. Pero, más allá de la imaginación de los cineastas, queda claro que, en palabras del reformista inglés John Howard, “la bicicleta es un vehículo curioso. El pasajero es su motor”.


Autores
es egresado del Diplomado Universitario en Apreciación Cinematográfica de la Universidad Iberoamericana y del Centro de Estudios Audiovisuales. Comenzó su labor como investigador en la Subdirección de Investigación de la Cineteca Nacional, donde ahora mismo es Jefe del Departamento de Información de la Subdirección de Medios y Publicaciones. En el noticiario matutino Once Noticias conduce la sección Miradas al Cine y también es conductor del programa Kinestesias: Voces de la Cineteca Nacional, que se transmite por Horizonte 107.9 de FM. Para él el cine es un perpetuo paseo por el mundo y ahora lo ha hecho en bicicleta.
Tabachín. Eugenia Coppel.

En México la vida se pone sobre la línea en cada trayecto ciclista. La bicicleta blanca está ahí para recordarlo, como detalla en este texto Vanesa Robles, Premio Jalisco de Periodismo 2013 en crónica. Suspendidas entre las calles para regresar a lo humano, las espeluznantes cifras de muertes en bicicleta, son testimonios que, desde Guadalajara, nos urgen a voltear la vista no sólo al peligro que acecha al ciclista, sino hacia problemáticas que estrangulan nuestra convivencia en el cada vez más complejo acto de desplazarnos.

Guadalajara es una de las metrópolis del mundo que más acumula altares de conmemoración a los que fueron sorprendidos mientras pedaleaban. Incluso así no se le ve el fin a la expansión del parque vehicular.

Vanesa Robles

Necesitas un coche nuevo, piensas esta mañana. Nunca has tenido uno, ni siquiera de los económicos. Nunca te ha ajustado para sentir la magia de los ochenta por hora, sin que el motor de tu carcacha tiemble, agonizante. Eso vas pensando con la saliva amarga cuando llegas a la esquina de Tapalpa y Barra de Navidad, donde te impiden el paso las Lobos, Hondas y Mercedes que a las ocho de la mañana entregan chamacos en el colegio más exclusivo de Guadalajara. Viejas cabronas. Sacas la envidia a pitazos. Las pocas que te miran, te miran feo. Qué te va a importar. Como puedes te les metes, te les metes, te les metes… Pero al final del cruce, en el último acelerón, te espera otro maldito obstáculo. El barrendero de la colonia está distraído, amarrando su escoba de popotillo sobre una bicicleta vieja. Metes freno. Te pasa todo hoy, cuando tienes tanta prisa por encontrar una bicicleta blanca.

Las bicicletas blancas comienzan a notarse en Guadalajara, dicen los que son buenos para notar cosas. Según quienes las ponen, en 2008 aparecieron las primeras y, desde 2009 hasta noviembre de 2013, se han instalado ciento treinta y una (en la ciudad de México la organización Bicitekas instaló diez en este tiempo). Así Guadalajara, que hace apenas treinta años era una provincia “bicicletera”, es quizá la urbe del mundo con más memoriales a esa muerte que sorprendió al prójimo mientras pedaleaba.

Eso te dicen. Hasta hoy tú nunca habías visto una y dudas que otro automovilista –tan automovilista como tú– la haya visto.

***

Antes del 20 de octubre de 2012, Ollín Monroy tampoco sabía de bicicletas blancas. Ese día por la mañana un autobús atropelló a su amigo, Jesús García, de veinticuatro años, en la zona rosa. Tras una semana de luto, Ollín visitó la asociación Gdl en Bici. Ahora es el responsable de la instalación de los memoriales en la ciudad. Por eso Ollín Monroy trae las fechas y los sitios en la punta de la lengua.

Como ocurrió con los autos motorizados, la idea del memorial llegó a México desde Estados Unidos, relata. Allá la primera instalación fue un biciclo níveo y alado, en el ingreso del túnel Stockton de San Francisco, en 2001. Se le ocurrió al movimiento Critical Mass, que lidera el activista Chris Carlsson. Dos años más tarde, en 2003, en St. Louis Missouri nació el movimiento Bicicleta fantasma (ghost bike), que se ha dispersado por ciudades de 26 países (ghostbikes.org).

En Guadalajara, el grupo Ciudad para Todos adoptó la idea desde 2008, con el nombre Bicicleta blanca y, un poco después, el movimiento Bicitekas hizo lo mismo en la Ciudad de México.

La bicicleta blanca es los tenis del vencido colgados en los cables del barrio, es la cruz al pie de la carretera, el recordatorio de que algunos obstáculos estaban vivos. El equipo de Ollín Monroy cuenta a los caídos. La instalación de bicicletas blancas nunca ha podido alcanzar a los muertos, que acá son muchos.

En 2008, compara, entre Holanda, Bélgica y Luxemburgo tuvieron cuatro ciclistas muertos en accidentes viales; Nueva York, donde hay 8.3 millones de habitantes, tuvo veintitrés. En Guadalajara, que no llega a los cinco millones de pobladores, Gdl en Bici halló treinta y cinco cadáveres de ciclistas, en las pequeñas notas que los diarios dedican a lo que se volvió común. Casi dos terceras partes murieron por las lesiones, tras haber sido arrollados por vehículos particulares y de transporte público (sólo una ruta abonó cuatro). Otras víctimas cayeron en los baches y alcantarillas abiertas de las calles.

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Río Nilo es una avenida humeante e irregular, y una de las más congestionadas de la zona metropolitana. En el oriente bronco de la urbe se conurban Guadalajara y Tonalá, uno de sus municipios más pobres. En esta frontera, Patricio Gómez dejó la vida, recién cumplidos los treinta y ocho de edad. Su memorial está en la esquina con Ignacio Navarrete.

La noche del 5 de octubre de 2013, la hija pequeña de Patricio tenía calentura, por lo que el velador subió a su hijo, de siete años, en la parrilla y se fueron a conseguir unas medicinas. Cuenta su viuda, Rosa Feliciano, que apenas se habían ido cuando le tocaron la puerta del cuarto donde vivían, para avisarle que su esposo se había accidentado. Ella pensaba encontrarlo con una pierna rota y lo encontró cubierto con una sábana blanca. Desde esa noche, el niño sigue sin recuperarse de una fractura expuesta del fémur izquierdo. No sabe qué le ocurrió a su papá.

Los que vieron, le dijeron a Rosa Feliciano que un borracho se pasó el semáforo de Río Nilo y se llevó a Patricio. Y todo lo cuenta ella a través de un celular, desde el cual sale una voz ansiosa. No puede recibirme, se defiende. Se quedó sin esposo y sin tiempo, porque antes era ama de casa y ahora debe mantener a una prole de tres. Cuelga pronto, pero antes lanza un par de preguntas rabiosas: “¿Porque a mí me dejaron sin esposo, oiga? Un borracho causa un accidente y no da la cara, mientras nosotros… ¿Con qué voy a mantener a mis niños?”

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Guadalajara tiene veinticuatro paseos ciclistas, sin contar a la Vía Recreativa, un espacio dominical que comenzó en 2004 y, para 2013, convoca a más de doscientas mil personas en veinticinco kilómetros de avenidas. Desde 2008 han surgido rodadas con fines políticos, familiares, feministas, para ciegos, de coleccionistas… “El problema es que han sido empoderados por el gobierno del estado que, inclusive, les asigna escolta policiaca. Ellos haciendo dagas y la policía cuidándolos, el sueño de cualquier marginal”, publicó hace unos meses un lector en la página de un periódico.

La pelea por el espacio público huele a viejo. Hace poco más de un siglo, en el verano de 1896, unos cien mil ciclistas se manifestaron en las calles de San Francisco para exigir el respeto de los primeros coches de motor que recorrían el puerto, narra la revista electrónica Processedworld. La competencia comenzó pronto; los autos habían nacido apenas treinta años antes.

Como su popularización fue lenta, los automotores no fueron tema de discusión científica al principio. Pero parece que ya en los años cincuenta del siglo XX se notaba su influencia en las emociones humanas, o así lo percibió Walt Disney Pictures, que en 1950 mostró, en su cortometraje Motor Mania, cómo Mr. Walker, “un hombre agradable y honesto”, puede transformarse en Mr. Wheeler apenas pisa el acelerador de su convertible amarillo. Y Mr. Wheeler es el mismísimo diablo. “Soy el dueño de la vía. La pago con mis impuestos y la usaré como quiera”, grita.

El tema ocupó, en 1973, al filósofo y periodista André Gorz, quien cuestionaba: “Un automóvil, igual que una finca con playa, ¿no ocupa acaso un espacio que escasea? ¿Acaso no priva a los otros que utilizan las calles (peatones, ciclistas, usuarios de tranvías o autobuses)? […] El automovilismo de masa […] funda y sustenta la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás”. El conductor, continúa Gorz, “a cada minuto asesina simbólicamente a los demás, a quienes ya no percibe más que como estorbos materiales y obstáculos que se interponen a su propia velocidad” (Letras Libres 132). Para André Gorz, la paradoja de los muchos carros es que crean más distancias de las que acortan.

Cómo podría ser distinto, si millones, en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, pasan hasta una décima parte de su día dentro de un automóvil. Si el coche es “el único espacio de intimidad”, desde donde miles de personas pueden “sentir y expresar libertad, vértigo, euforia, bronca y violencia […] Si es el único ámbito de gobierno sobre la vida personal”, le dijo el psicólogo público Gustavo Zaldívar a la periodista Carolina Brunstein en la “Radiografía de un automovilista chocador” (El Clarín, 16 de marzo de 1997).

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A principios de los años setenta, André Gorz llamó al mundo a la cordura, “a sentirse como en casa en sus barrios, dentro de su comunidad, dentro de su ciudad a escala humana”, a pie o en bicicleta. La verdad es que en las grandes ciudades de México hay pocas oportunidades de montarse en una bicicleta sin salir herido o, ya de menos, asustado. Ollín Monroy, el activista de la Bicicleta blanca en Guadalajara, confiesa que cada vez que instala un memorial se pregunta si el próximo será para él.

Siempre, recomienda, el de la bicicleta debe hacer contacto con la mirada del automovilista, antes de cualquier movimiento. Resulta que la técnica de comunicación más antigua de la humanidad es lo que queda en las ciudades que crecen en la medida de su parque vehicular.

Y las grandes metrópolis de México tienen un serio problema. Guadalajara posee casi trescientos treinta vehículos motorizados por cada mil habitantes, mientras que, por ejemplo, la zona metropolitana de la Ciudad de México tiene unos doscientos noventa y uno, según el Centro de Transporte Sustentable (Santiago de Chile alcanza ciento cuarenta y nueve por cada mil; Bogotá, Colombia, ciento quince, y Lima, Perú, cincuenta).

En México los reyes del camino son los coches particulares: determinan la nueva cara de los barrios viejos, esculpen el cuerpo que tendrán las colonias nuevas y dictan una parte considerable del gasto público, aunque sólo mueven a treinta por ciento de los pobladores. En un país que prohibió el cigarro en las cantinas, a nadie se le ocurriría prohibir el exceso de automotores, aunque contribuyen hasta con ochenta por ciento de algunos contaminantes asesinos.

El tema ha llamado la atención de organismos internacionales, como el Banco de Desarrollo para América Latina. Uno de sus últimos inventarios sobre movilidad en la región acusa que en 2007 Guadalajara no había destinado ni un centímetro de sus once mil quinientos kilómetros de vías a la circulación de las bicicletas (Curitiba, Brasil, con seis mil seiscientos kilómetros, tiene ciento veintiuno de ciclovías). La cosa pinta para que las bicicletas blancas sigan apareciendo colgadas de los postes de la ciudad (en los países donde la gente no tiene necesidad de vender chatarra, las ponen al nivel del suelo).

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“El chiste es que cuando a los automovilistas les toque un alto, miren hacia arriba y tomen conciencia y se acuerden de que sobre cada bicicleta blanca había una persona viva”, dice Ollín Monroy. Piensas que Ollín es ingenuo. Hasta ahora tú, que recorres diario la ciudad, jamás viste una. En cambio la idea del coche sigue taladrándote el cerebro mientras él habla.


Autores
Guadalajara, Jalisco, 1973), quien practica el deporte extremo de ser periodista freelance. Cuando tenía siete años, su mamá la mandó a las tortillas en bicicleta y un coche la atropelló, asunto que la previno de volver a pedalear pronto. Retomó los pedales a la edad de Cristo, pero hace un trienio que su bicicleta verde está arrumbada en el cuarto de los tiliches. Después de escribir este reportaje le dio más miedo agarrarla otra vez, luego se alegró porque mientras escribía la crónica que aquí aparece le dieron, justamente, el Premio Jalisco de Periodismo 2013 en Crónica.
Ilustración de Jean-Françoisse Desserre.

Asentado desde el año 2006 en la ciudad de Berlín, el artista Jean-François Desserre (1970, Francia), desarrolla el impecable trabajo de la gráfica desde diversos niveles: el político, el académico y el creativo. Digo impecable porque aún entre o sobre la mancha, el trazo definitivo es una de las características que prevalecen y marcan las historias o estampas del artista, ahí donde la crítica es incisiva o donde la reflexión se abre paso.

Con una maestría en Historia del Arte en la Universidad Paul Valéry de Montpellier y un doctorado en Ciencias del Arte en la Universidad Aix-Marseille obtenido en el año 2008, Desserre se desenvuelve en la investigación desde su taller particular al tiempo que diseña y produce tanto novelas gráficas, como revistas de corte independiente.

Ilustración de Jean-Françoisse Desserre.

Ilustración de Jean-François Desserre

Ilustración de Jean-Françoisse Desserre.

Ilustración de Jean-François Desserre.

Junto a Manuel Fadat y Maeve Harrison, desde Montpellier en el año 2001, Desserre creó y produjo la edición de Los Flamencos No Comen, (título que refiere el hecho de hacer y asumir el arte como acto político y de resistencia), revista dedicada a la creación y a la investigación desde la estética, la historia del arte, la política y la literatura. Maravillosos ejemplares detalladamente editados e impresos en blanco y negro, 80 páginas, en varios casos bilingües, o trilingües, trece números de colección. Dibujos y textos que entre el francés, alemán y español reúnen artistas de diversas partes del mundo.

Ilustración de Jean-Françoisse Desserre.

Ilustración de Jean-François Desserre.

Las prácticas del y con el dibujo es el enfoque principal de Desserre.  A partir de temas y autores de su interés particular, desarrolla una estética frondosa a partir de la línea, ese enigma que a veces se logra con el buen y preciso uso de la tinta negra.  Proyectos como ilustrar y animar la novela El Maestro y Margarita del ruso Bulgákov o dibujos sobre la figura del socialista histórico Jean Jaurès, son temas referenciales que demarcan complejidad y espacios, momentos clave no muy visitados en la narrativa visual contemporánea. El tema erótico es también uno de los juegos con que muchas de sus imágenes subrayan y guían la mirada del artista hacia la condición humana en su más directa expresión: el cuerpo.

Actualmente Jean-Françoisse Desserre prepara una serie de dibujos para la exhibición sobre Jaurès en su país natal. Desde un Berlín eléctrico –ya se sabe–, los trazos del artista fraguan poco a poco, la historia. La personal y la colectiva. La historia que un gran dibujante sabe hacer: crítica, divertida, poderosa.

Aquí, en su sitio más imágenes: http://jeffdesserre.blogg.org/

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Ilustración de Jean-François Desserre.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Fotografía de Héctor Río.

Era 1999. Yo cursaba el último mes del tercer grado de secundaria. A mi escuela entraron unos jóvenes con camisetas negras, blancas y rojas. Pasaron a cada salón de clases para informarnos sobre el movimiento estudiantil en la UNAM. Todos permanecimos en silencia durante la plática. Al final del día, como era costumbre de todos los estudiantes de allí, nos reunimos en “La Glorieta”; me sorprendió que los jóvenes del movimiento aún permanecieran en los alrededores de la escuela entregando volantes, pidiendo cooperación monetaria para así poder llevar a cabo más volantes; también informaban a todo el que se cruzara enfrente. Los miré detenidamente hasta que uno de ellos se acercó a mí y con una sonrisa me entregó un volante y una fotocopia con esto:

 

Confianzas

Se sienta a la mesa y escribe «con este poema no tomarás el poder» dice «ni con miles de versos harás la revolución» dice

y más: esos versos no han de servirles para que peones maestros hacheros vivan mejor coman mejor o él mismo viva mejor ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos no tendrá cine gratis con ellos no le darán ropa por ellos no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos ni toros ni paraguas conseguirá por ellos si por ellos fuera la lluvia no mojará no alcanzará perdón o gracia por ellos

«con este poema no tomarás el poder» dice «con estos versos no harás la revolución» dice se sienta a la mesa y escribe

 

En aquella época leía la poesía que el enjuto maestro de Español nos dejaba de tarea, Sor Juana, Amado Nervo, Octavio Paz. Fue la primera vez que alguien me regaló un poema y me pidió que leyera en voz alta. De regreso a casa repasé muchas veces esos versos; hasta esa fecha no había leído nada así. Gelman me hizo compañía en mis primeros años de Prepa, cuando decidí estudiar literatura como carrera universitaria, cuando dejé la casa de mis padres a los 21 años; cuando me alejé de la universidad para ser poeta, para no buscar plata, para no conquistar nada en la vida de nadie; para escribir de él, quien sin saber, me enseñó a descubrir que existen esos  que escriben versos contundentes y hermosos, y se convierten en tus confidentes, en amigos para toda la vida.

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Juan Gelman nació en la ciudad de Buenos Aires, el 3 de mayo de 1930. Fue poeta, periodista y traductor. Debido a su actividad política y periodísticas vivió en el exilio entre 1975 y 1988. Durante los años fuera de Argentina padeció en carne propia el dolor de la desaparición de su hijo y nuera, víctimas de la cruenta dictadura militar. Entre sus obras más destacadas están Velorio del soloGotánEl juego en que andamos, Serfíni o Cólera Buey, así como Los poemas de Sydney West, Traducciones, Fábulas, Relaciones, Hechos y relaciones o Si tan dulce; País que fue ser, entre otros. A lo largo de su vida recibió numerosos galardones, como el Premio Nacional de Poesía en 1997 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2005;  el Premio Cervantes en 2007,  y dos años después la Asociación de Poetas Chinos le otorgó el Premio Antílope Tibetano. Vivió durante muchos años en la ciudad de México, donde finalmente falleció hoy martes 14 de enero de 2014. El mundo por ahora está en silencio, detenido, solo, ausente. Adiós, che. Adiós, querido amigo.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).