Tierra Adentro
Retrovisor. Eugenia Coppel

Hay cosas que se descubren partir de lo estático y otras que necesitan del movimiento. La teoría de la relatividad de Einstein nace del movimiento. Tal vez el gusto por la velocidad de la bicicleta, que a principios del siglo pasado era el tercer objeto más rápido que se había inventado, inspiró a Einstein para refutar trescientos años de física newtoniana. Einstein cambió la idea de la ociosidad estática de un tiempo absoluto a través de una teoría que se basa en un tiempo dinámico, un tiempo vagabundo.

Si la física clásica inició con la ociosa observación de la caída de una manzana, la física moderna inició con la dinámica meditación en bicicleta. Cabe señalar que la caída de la manzana y la epifanía newtoniana son un mito. Newton lo inventó para adjudicarse la paternidad de la ley de la gravedad. Sin embargo el vagabundeo en bicicleta fue uno de los métodos científicos que Einstein más valoró.

“La inspiración es hermana del trabajo diario”, dice Baudelaire. Alva Edison reformularía esa frase de manera más científica: “la ciencia es uno por ciento inspiración y noventa y nueve por ciento transpiración”. Las ideas llegan a partir del trabajo constante. Pero el vagabundeo propicia ese uno por ciento que logra las revoluciones. Los filósofos griegos lo sabían, la máxima expresión de la vagancia en Diógenes, “El perro”, nos dice: “El movimiento se demuestra andando.”¿Y qué es lo buscaba Einstein sino una teoría del movimiento?

También podríamos preguntarnos si Galileo habría podido concebir la teoría de la relatividad einsteniana. Las metáforas son los carceleros de una época y las cosas que inventa el ser humano son producto de esos celadores. Mientras Galileo pensaba a bordo de barcos, Einstein lo hacía montado en su bicicleta. La relatividad es un concepto físico muy importante que responde a la pregunta: ¿serán iguales los principios de la física aquí y en Marte?

Está pregunta no es trivial y Galileo encontró una respuesta en sus principios de relatividad. Einstein hizo lo mismo pero dio una vuelta de tuerca a las metáforas de Galileo.

Imaginemos esa parte de la historia de las ideas que sólo queda en la realidad de su creador. Para hacerlo, volvamos la mirada a Berna, Suiza, en 1905.

Einstein, un joven recién casado que se ganaba la vida aprobando patentes, después de cumplir sus ocho horas diarias de trabajo, montó su bicicleta y decidió regresar a casa. Algo en el camino le hizo recordar el constante llanto de su bebé. Cambió de opinión y decidió dar vueltas sin rumbo fijo, es decir, vagar. Andar a pie le permitía vagabundear a baja velocidad; Einstein gustaba de aumentar la velocidad de esa errancia a través de la bicicleta. Así solía hundirse en sus reflexiones. Probablemente buscaba un atisbo de luz a la idea que desde hacía tiempo le daba vueltas en la cabeza: la teoría de la relatividad de Galileo era falsa. Quizá pensó, mientras pedaleaba: “Sí, seguiré en movimiento hasta descubrir algo”.

Acaso habrá pensado: “Si Newton descubrió cómo se comporta la fuerza de gravedad sólo quedándose acostado fue porque tenía que ser de esa manera, no es necesario caer con el objeto… pero la relatividad es distinta. Todos los objetos se están moviendo sólo que hay que decir con respecto a qué. Es una teoría que se basa en el movimiento, no sólo de un objeto, sino con respecto al movimiento de otro objeto. Tengo que moverme para poder comprenderla o al menos sentirla… ¿Y sí no es necesario sentirla? Si no pudiera percibir que estoy en movimiento, ¿cómo sabría que lo estoy? ¿Y si no sólo se mueven con respecto al espacio sino también con respecto al tiempo?”

Einstein no sabía si su teoría era verdadera, pero tendría que hacer el trabajo del filósofo: encontrar la pregunta idónea para hallar una solución a sus divagaciones. Por el momento él sabía que las soluciones sólo podían vivir en experimentos que desarrollaba en su mente y que se reflejaban sobre el papel lleno de símbolos matemáticos que esa tarde dejó sobre la mesa. “Tal vez si la velocidad de la luz es una constante, el tiempo es una ilusión como todo lo que nos rodea”, junto con esa idea, esa noche, el oficinista regresó a su casa.


Autores
(Oaxaca, 1985) es un amante de la literatura que vive en Oaxaca, físico de profesión, egresado de la UNAM. Realiza labores de difusión de la ciencia y el arte. Forma parte del consejo editorial de la revista El Avispero y Coordina el proyecto Café de las Ciencias en esa misma ciudad.
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Fotografía cortesía de la autora
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