Hoy es notorio el auge que ha tomado el documental en nuestro país, más allá de los premios y los festivales. Sin embargo, la discusión es más profunda. Se trata de un género difícil en términos de objetividad, tratamiento de personajes y financiamiento en el que se ven involucrados tanto creadores como espectadores. En este número hemos querido ofrecer un dossier con textos de Ricardo Poery, Ariel Arnal, Monserrat Estrada, Alfonso Virués y Leticia Neria, documentalistas y estudiosos del género, quienes abordan con equilibrio la función ética del documental. Creemos que es un punto de partida para debatir sobre este género en ebullición.
“Jugamos como nunca, perdimos como siempre” es una de las frases que suelen escucharse a modo de consuelo después de ver jugar al tricolor. En medio del furor mundialista, Tierra Adentro entabla una conversación en torno a la crisis siempre constante de ese eterno drama llamado “futbol mexicano”. En un intento por esclarecer el porqué de los fracasos mundialistas —y de la liga mexicana en general—, abordamos críticamente al “deporte nacional” para diseccionarlo. Acompaña esta conversación un cuento del narrador torreonense Jaime Muñoz Vargas, un fotorreportaje de Nur Rubio sobre futbol femenil y una crónica de Mavi Robles-Castillo sobre un memorable encuentro entre los Xolos de Tijuana y el América.
Si es que algo somos, hemos de ser tiempo. Si algún concepto tiene potestad sobre nuestra mísera existencia, debe ser éste. No es ninguna novedad sospecharlo. Lo vemos transcurrir en todos los artefactos que numeran su paso: suena nuestra alarma por las mañanas, garabateamos su nombre en cada calendario, nos deslizamos dentro de él cada vez que queremos saber qué somos. Nos afirmamos paradójicamente no en domeñarlo, con fuerza de dioses, sino en aplazarlo como si fuésemos inmortales.
En lo que a mí respecta, con toda la ingenuidad que me es propia, siempre he querido estar por encima del tiempo. Con ansia espero el día en que de pronto sienta que voy un paso frente a él, tengo ganas que de pronto me tenga algo de respeto, deseo dar por hecho que él, el tiempo, me obedece: pero yo soy el que hace lo que él quiere y él no tiene más que ser para ser obedecido. Lo sé porque suelo quejarme, a altas horas de la madrugada o temprano, antes de salir de casa a cumplir con mi labor cotidiana, ese trabajo involuntario que me mantiene de pie. Me he escuchado mencionar la palabra “procrastinar” con el temor de un pecador que expía una culpa. Me he escuchado lamentarme de la hora, del mes y del año. Y todavía ahora me sigo sorprendiendo de cuánto puede desesperarme y a la vez serme tan indiferente.
No hay nada que nos haga sentir más vulnerables como aplazar todo lo que queremos hacer. Y cuando queremos hacer algo, resulta mucho más difícil hacerlo en cuanto se nos antoja que debemos hacerlo. De pronto la sensación de estar tejiendo, como Penélope, una mortaja aplazada como nuestro placer, es lo que le da sentido a nuestra vida. Nos decimos que debemos volver a Ítaca y hacemos de nuestro placer un Ulises, ¿qué placer? El de la paz de estar con nosotros mismos. Somos nuestra Ítaca y al mismo tiempo somos Ulises y también la mortaja que teje Penélope. Pero la mortaja es eso que se nos exige para estar vivos y que no queremos jamás terminar. Alguien me dijo: “haz esto, Alejandro, debes hacerlo”. Y en ese mismo instante desenmarañé todo lo urdido, pues el placer de estar conmigo se esfumó sin que Ulises hubiera retornado.
¿Por qué procrastinamos? A mí se me ocurre pensar que dejamos para mañana todo aquello que creemos que no tiene ninguna consecuencia radical en el universo si lo hacemos o no. ¿Qué pasa si no nos demoramos en aprender otro idioma? ¿Si no hacemos ese viaje? ¿Si no concluimos esa lectura? ¿Qué sucede si no aplazamos aquello en lo que hemos deseado convertirnos? No pasa nada: la vida sucede su curso, como un trompo da vueltas hasta que su empeño se extingue, hasta que la triste costumbre de ser trompo se agota en la fuerza del brazo que lo puso a girar.
Procrastinar es estar convencidos de la futilidad de todos los actos. Es estar convencidos de la banalidad de actuar, y por descontado, de la banalidad de no actuar. Hubo una vez una provinciana francesa de nombre Emma, Emma Bovary. Algún día quiso tocar el piano, pero nunca concretó su deseo por el simple hecho de tener la certeza de que jamás sería la mejor pianista. En las tardes de desvelo en que nos angustiamos ante nuestras más osadas ambiciones, desesperamos como Emma porque nos convencemos de que jamás seremos dignos de nuestro piano, esto es, de nuestras aspiraciones.
Conozco a muchas personas que dejan las cosas nuevas para otro tiempo. Si compran un par de zapatos, unos calcetines, un saco o un vestido, lo guardan para aquella ocasión especial, para el momento justo: cuando se sientan mejor, cuando cierta persona lo aprecie, cuando el presente sea el necesario. También hay quien se deja a sí mismo para otro tiempo, como la madre que guarda la vajilla para una visita que sí vale la pena. ¿Qué de nosotros mismos guardamos en la alacena a la espera de una ocasión que sí nos amerite?
Hay tantos tipos de aplazamientos como cosas se pueden aplazar. En nuestra vida cotidiana posponemos objetos, como el cuadro que jamás colgamos. También es posible posponer las tareas cotidianas hasta el último momento, hasta la urgencia que no conoce más prórroga que la desesperación. Pero hay una manera singular de retar el tiempo y es posponer las sensaciones: dejar para después el dolor, la dicha y el enamoramiento; creer que somos demasiado jóvenes para esto o demasiados viejos para aquello.
Procrastinar, hay que decirlo, es triste. Procrastinar es el inceremonioso luto que guardamos por las cosas que no han tenido lugar, por aquello que quizá no haremos nunca, pues aplazar no es tal cosa, aplazar es más bien un homicidio dosificado de lo que quisimos de nosotros. A veces nos consolamos pensando que fue mejor haber postergado, pero simplemente nos protegemos de la culpa de no haber padecido ese entusiasmo estúpido con que algunos hacen lo que se proponen.
Cada día en que aplazo mis empeños, así como he aplazado escribir estas tímidas líneas, estoy convencido de que lo hago sólo por dos motivos que se confunden: o procrastino porque en el fondo no quiero hacer nada de todo aquello que debo hacer, o simplemente me asusta que las cosas acaben y, después de haber aguardado tanto, me enfrente otra vez a la incertidumbre de hacer cosas nuevas. Pero no procrastino por el temor a gastarme y acabarme andando, ni por el temor a quedarme ciego por leer en vela. Ahora hay tantos distractores que hasta podríamos procrastinar procrastinando, y el único milagro parece afirmarnos en una acción.
Propongo lo siguiente: procrastinemos, no para no zarpar, sino una vez en altamar jamás llegar a puerto. No aplacemos el viaje, sino el atraque.
Dos goles bastaron para que México no hiciera realidad el sueño del quinto partido. Dos anotaciones que quizá no debieron existir porque sucedieron, como suele pasar en el futbol, después del minuto ochenta. La selección mexicana nunca había estado tan cerca de acariciar cuartos de final e, incluso, semifinales en la copa del mundo. Y digo nunca de manera falsa: el equipo de todos se quedó, de nuevo, en los octavos. Perdió como siempre.
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El México-Holanda era un cambio a la endemoniada Argentina que eliminó al equipo nacional en las competiciones anteriores. Era, todos lo sabíamos, un juego que se antojaba complicadísimo. Los rivales pesan mucho, claro, pero las actuaciones ante Brasil y Croacia ilusionaron como pocas veces. El tri no era esa caricatura de la eliminatoria kafkiana del CONCACAF que calificó al repechaje gracias a un gol tardío que Estados Unidos propinó a Panamá. Tampoco era el equipo perdido y confundido que compitió ante Argentina en Sudáfrica y Alemania. Por primera vez en mi vida, el tri era el tri era el tri era el tri.
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El partido lo viví de diferentes maneras: un poco incrédulo porque veía que los de verde dominaban a los de naranja (Van Persie pasó de noche); con la idea real de un triunfo; con miedo cuando Robben escapaba a la línea defensiva. Por ochenta minutos lo viví como un partido más, sin ninguna trascendencia real y sin maravillarme demasiado. Hubo lapsos del juego en que Holanda estaba deslucida por completo. Ellos no eran los que golearon, para quizá desquitarse por el mundial pasado, a España. Tampoco eran los campeones sin corona. Pero lamento no haberlo disfrutado como debí, una parte de mí supo que el triunfo tenía que ser sufrido o no ser.
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Quizá soy muy pesimista, pero para mí el partido cambió cuando Héctor Moreno tuvo que salir de cambio hacia el final del primer tiempo. Es una jugada de lo más interesante: Robben entra al área chica después de que robó el balón, Rafa Márquez y Moreno se barrieron, sólo uno de ellos se levantó. Los dioses del futbol, más que otros, operan de manera misteriosa: en esos segundos previos a que el central mexicano tuviera su lesión, Márquez cometió una falta que pudo marcarse como penal, aunque aún tengo dudas al respecto. El árbitro decidió marcarlo una hora después.
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La lesión de Moreno es una que me duele a un nivel muy personal. Antes de ser hincha mexicano, soy puma. Y no puedo negar que mis pumas tristes no tienen mucho que hacer en la selección. Antes del mundial del 2010, el equipo universitario acababa de ganar la liguilla y había tres titulares de la cantera en la selección nacional: Israel Castro, Efraín Juárez y Pablo Barrera. Castro, como muchos otros futbolistas, llegó en buen momento pero aparecerá como una nota al pie de página en los anales de la selección. Efraín Juárez y Pablo Barrera, como Layún o Vázquez el día de hoy, tuvieron partidos que les valió ser parte fundamental de ese equipo. Incluso dieron el salto al futbol británico (al Celtic de Escocia y al West Ham de la Liga Premier, respectivamente), sólo para regresar con la cabeza abajo después de dar penas en Europa. Con Juárez, Héctor Moreno, aún jugador de Pumas y próximo a representar al AZ Alkmaar de Holanda, levantó la Copa del Mundo sub-17 en 2005. Casi diez años después, Moreno es el único jugador en la selección de sangre azul y piel dorada. Su lesión fue un mal augurio.
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Pero entró Diego Reyes, un joven defensa central que se consolidó en el América y recién comienza su carrera internacional, acompañando a Héctor Herrera, en el Porto (equipo que se ha caracterizado por llevar a Europa a grandes jugadores del continente americano para después revenderlos a otros equipos: James Rodríguez —el seguro MVP de Brasil 2014—, Hulk, Falcao). No creo que Reyes lo hubiera hecho mal, aunque las estadísticas indican que hubo muchos más tiros de esquina desde que ingresó al partido. El gol de Sneijder, por ejemplo, se dio gracias a uno de esos.
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Pero casi cuarenta minutos antes de la anotación de Sneijder, Giovani Dos Santos, el improbable salvador del equipo mexicano, adelantó el marcador gracias a un gol inesperado. La mayoría de los goles son de jugadas en las que el balón avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre. Pero también existen esos goles que salen de la nada: el de James Rodríguez a los uruguayos, el de Van Persie a los españoles, el de André Schürrle a Argelia y el de Giovani Dos Santos. Gio es ese jugador de gran técnica y buen disparo, pero todavía no atino a descifrar por qué sólo lo hemos visto en destellos (el fenomenal gol del 2011 en Copa América vivirá, mucho tiempo, como muestra de la picardía mexicana). El jugador que porta el diez debería ser menos esporádico que Dos Santos.
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¿Qué fue lo que hizo que México perdiera ese fatídico partido? Quizá el jersey de Holanda fue suficiente para que los representantes del futbol mexicano (El Piojo, por desgracia, incluido) se sintieran menos y defendieran una ventaja mínima que no aseguraba nada. Nunca había sido parte de la afición que pedía que terminara el juego para disfrutar del resultado, pero ahí estaba yo, en la recta final del partido, saboreando una victoria que nunca sentí mía, pidiendo que los diez minutos pasaran lo más rápido posibles. Anoto también que el cambio de Dos Santos por Aquino fue rarísimo: sin un compañero con el que Chicharito haga dupla (sea Dos Santos o Peralta), hay poco que el goleador mexicano pueda hacer. Luego vino Sneijder, después seis minutos fatales de tiempo extra. Finalmente llegó Robben, quien se cayó por el mínimo contacto de Rafa Márquez. Quizá el árbitro vio la falta que sí era en el primer tiempo. No puedo asegurar, como dicen muchos a modo de consuelo, que ese segundo penal era una forma de ser justo por la falta que no se marcó. A México le ganaron los árbitros y una parte de mí lo ve apropiado. Somos la cuna del “Tirantes” en la Lucha Libre. La figura de parcialidad no existe.
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De todo lo que pasó después del partido, me quedo con tres minutos de video que vi gracias a Luis Reséndiz: una cámara siguió a Arjen Robben minutos después de la jugada que condenó a los jugadores mexicanos. Las imágenes de ese momento dicen mucho de cómo se vivió la jugada. Diego Reyes le reclamó, seguro en inglés, que por qué hacía eso. Robben decía poco, su mirada estaba en la cancha y daba muestras de sincero arrepentimiento. Márquez también se le acerca, el holandés evita todo tipo de contacto. Sus compañeros de equipo se acercan y él mismo decide no intentar vencer a Ochoa. Quizá fue la mejor decisión que tomó porque le daba la oportunidad de redimirse y fallar su tiro o sepultar al equipo mexicano. Llega el gol, cerca del minuto 94, y Robben sonríe. Todos sus compañeros llegan a abrazarlo y a decirle gracias. Él no grita ni celebra el sufrido triunfo naranja, quedó evidenciado ante todo el mundo.
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Hay un par de selecciones que, con los mexicanos, regresan a casa después de una actuación más que digna: Chile pagó caro la ruleta rusa de los penales, pero se fue después de enamorar a varios espectadores, y Estados Unidos se despide con una gran actuación del portero veterano Tim Howard, quien nos dio otra alegría a los habitantes del mundo cibernético, #ThingsTimHowardCouldSave. En la ronda de cuartos habrá otros dos equipos latinoamericanos a los que me siento, quizá por ser un poco los underdogs, unido: Costa Rica y Colombia. Del primero no hay que decir mucho, son dignos representantes de la CONCACAF. Los cafetaleros, en cambio, venían con la difícil misión de reemplazar a Falcao. Pero tenemos a James Rodríguez. (Su nombre no se pronuncia yéimes, sino ja-mes).
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Colombia se repuso de no llevar al goleador estrella, Radamel Falcao codiciado por todos los equipos después de su paso por el Atlético de Madrid. Actualmente milita en la Liga Francesa, mucho menos exigente que la inglesa, alemana o española, pero con contratos millonarios para sus estrellas. En el AS Monaco, equipo que le dio a Rafa Márquez la oportunidad de jugar en Europa, Falcao juega al lado de James Rodríguez. Si Falcao parece salido del manga Captain Tsubasa, James Rodríguez es un personaje de Doce cuentos peregrinos. Rodríguez, más que colombiano, es un orgulloso representante de Macondo. Para muestra, un gol.
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Cómo explicarlo. Odio a Salvador Izquierdo porque yo debí ocupar su sitio, es decir, yo debí ser el goleador de nuestro equipo. Él no lo sabe. Quiero decir, no sabe que lo odio. Es más: no sabe ni que sigo existiendo. Si acaso le preguntan, he de ser para él un recuerdo borroso, la vaga presencia de un amigo anulado por el tiempo y la derrota. Pero yo debí ocupar su sitio. No otro: su sitio en el equipo, exactamente ése. ¿Y qué pasó? Pues nada, lo que pasa muchas veces: que el destino, ese puto destino que nos toca a tantos, le dio a él la suerte y a mí nada, ya ni siquiera un rostro para ganarme la vida, pues trabajo como botarga en Espectáculos y Promociones S.A., empresa que me contrata para espectáculos y promociones de todo tipo, como el futbol profesional cada quince días. Salvador, en cambio, es el ariete del equipo, un profesional tan exitoso que ya cotiza en millones desde hace cuatro temporadas.
Todo comenzó en la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio. De allí somos los dos. Ambos estudiamos la primaria en la López Mateos, y desde aquellos tiempos se veía quién era el bueno para el fut. Ninguno de los dos salió decente para estudiar, es cierto. Los dos éramos unos burrazos. Nos identificamos por eso y porque vivíamos en la misma calle y porque desde los siete años nos atrapó el futbol. Digo nos atrapó y no es una exageración. Nos atrapó. Ni en la escuela estábamos en paz. No nos entraba nada de lo que enseñaban, ni la pendeja tabla del uno, porque todo el cochino día teníamos la cabeza puesta en el balón. No miento si digo que pasábamos las tardes enteras en el callejón vacío. Allí se juntaba toda la bola para jugar de tres de la tarde a once de la noche. Ahora que ya soy grande y el calor me jode metido en esta esponja, no tengo explicación para aquellas jornadas eternas de futbol bajo la lumbre. Como que el sol no nos hacía nada o como que la pasión de cascarear era más grande que cualquier incomodidad. No olvido que en las vacaciones largas comenzábamos al mediodía y a veces terminábamos a las dos de la madrugada sólo porque nos mandaba callar el vecindario. Qué enfermedad, qué tiempos.
Allí, en esas picas sin fin demostré quién era yo. Simplemente, y no me apena decirlo ahora que soy nadie, fui el mejor del barrio. Mejor que todos, mejor que Chava Izquierdo. Además de los partiditos informales tuvimos un equipo que patrocinó la miscelánea Beto. En todos los encuentros demostré toque, habilidad, fuerza, inteligencia, liderazgo, cañón, güevos, olfato anotador. No me echo flores gratis. Me lo decían todos. «Willy, deberías probarte en las básicas»; «Usted tiene pasta de crack, Willy»; «Willy, su talento está para primera». ¿Y qué pasó? Pues lo que pasa a veces nomás por tomar un camino en lugar de otro. Así que mírenme aquí, dentro de esta botarga de animación, baile y baile durante el medio tiempo en vez de recibir ovaciones y billetes. Puta madre.
Jugábamos todas las tardes, dije. Y es cierto: jugábamos todos las tardes, era nuestra diversión más grande y, sin saberlo, nuestro mejor entrenamiento. Yo estaba pues como navajita cuando a los trece años seguí el consejo de mi tío Polo: «Vaya a probarse, Willy, no lo eche en saco roto. Usted tiene madera. Hágame caso». Y le hice caso, pero para sentirme seguro, para no ir solo, para no sé qué, le dije a Chava que me acompañara, que nos probáramos juntos. Y allá fuimos. Llevamos acta de nacimiento, dos fotos tamaño credencial y un permiso de nuestros padres. Nos caló el Banana Muñiz, ex jugador profesional y ahora encargado de las básicas. Primero, lo físico: corrimos con cronómetro, hicimos abdominales y sentadillas; luego, lo importante: nos midió en un partido informal con los chavos que ya estaban dentro. No quiero mamar, pero jugué el partido de examen como si fuera una cáscara en el callejón del barrio, es decir, demostré quién era yo, que muchos me la pellizcaban aunque tuvieran mayor tamaño o un poco de más edad. Chava, en cambio, colgó de un hilo. Al final del partido el señor Banana nos llamó a los dos. A mí me dijo de volada: «Te quedas, muchacho», y a mi amigo casi lo echa: «A ti tal vez te llamaré después, me gusta tu juego, pero…». No sé de dónde me salieron tanates para defender a mi compañero: «Señor Banana, Chava es muy bueno, no sea malo… una oportunidad, es mi amigo, me entiendo muy bien con él». El entrenador la pensó un poco, miró hacia las tribunas vacías y cuando nos volvió a ver fue para decirnos «Está bien, se quedan los dos». Las horas siguientes fueron una fiesta. Chava y yo regresamos al barrio y no faltó que ya nos imagináramos viajando en avión, jugando en la grande, metiéndonos dinero a lo baboso.
Lo que siguió no puedo explicarlo bien. Digamos que pasó esto: Chava sí aguantó los entrenamientos, yo no. Pasados tres o cuatro meses, comencé a faltar. Cuando vi que mi juego desmejoró, traté de arrastrar a mi amigo, convencerlo de que no valía la pena tanta chinga. Me amonestaron: «Una falta más y es suspensión definitiva». Y pasó, falté una más. Creí que estaban jugando, que cuando yo quisiera me volverían a llamar. Pero ese pedo es cruel, me desbalagué un poco con otros cuates y dejé de ver a Chava, quien sí resistió el trajín. Cuatro años después, todos lo saben, debutó en primera y comenzó a figurar. Yo me convertí poco a poco en lo que soy ahora, en nada. No sé cómo, no sé cuándo pasó lo que me pasó. Lo único que sé es que en este momento viene Chava Izquierdo por el túnel y yo soy una botarga que debe saludarlo sin que él sepa quién le da la mano. Yo era el bueno, se supone. No sé qué pasó.
Después de recorrer varios puntos del Distrito Federal, Rodrigo Castillo y Nur Rubio dieron con la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero, donde hay una liga de futbol femenil llanero. Pegados a la banda, retrataron las historias que suceden dentro y fuera de la cancha, las de mujeres movidas por la pasión del futbol.
El equipo de las jugadoras es caro, pero no todas tienen la posibilidad de comprar botines de marca.
En estos partidos hay apenas un puñado de espectadores.
Paula, tímida medio de contención del Ame.
A los extremos Vanessa y Dulce, pareja dentro y fuera de la cancha. Al centro Kari, estudiante de preparatoria.
Lidia lleva más de diez años defendiendo los colores del Cosmos.
La vanidad no sólo existe en las jugadas.
Las condiciones del campo ocasionan un juego ríspido y poco fluido.
Lidia ve el encuentro desde el área chica, su equipo fue derrotado.
No hay dribbling ni sprints, pero sí entrega en cada uno de los encuentros.
Para los jugadores el futbol es una de las posibilidades para convivir con sus familiares.
Lidia.
Lidia lleva más de diez años bajo el arco. Llegó tarde al partido porque no se dio cuenta de la hora, y Cosmos, su equipo, tuvo que suplir los guantes de Lidia con los brazos débiles de Isabel durante el primer tiempo. Isabel es muy baja si consideramos que la altura promedio de las jugadoras sobre el terreno es de 1.60; lleva una camiseta azul con su nombre en la espalda y el cabello corto con puntas sobre el fleco. La guardameta protege el arco de los ataques rivales, hace esfuerzos increíbles para atrapar el balón en los centros elevados, en los corners donde el esférico viaja a ras de llano, y en el saque de meta donde puede verse en sus facciones el dolor de meter punterazos al despejar. Lidia observa los errores de Isabel, pero no hay queja; ¿cómo hacerlo si llegó veinticinco minutos tarde? “¡Orden!”, grita el técnico desde la línea de banda, a unos centímetros de la tribuna. Pero el desorden es rey, lo que premia que el centro del campo se encuentre por completo despoblado de yerba. Es el alto valle metafísico. Los campos de futbol llanero comparten esa azarosa peculiaridad, que puede vislumbrarse en el nulo uso de las bandas y las esquinas, zonas del campo que pasan desapercibidas para el balón que rueda.
El campo es de extensión irregular. Está delimitado con cal de albañilería que se aplica con una hermosa técnica que consiste en esparcir el talco con un bote de aluminio de trescientos cincuenta gramos con agujeros debajo, sacudiéndolo mientras la cal es espolvoreada en línea semi recta, calculada a ojo de buen cubero. Para pintar el círculo central es importante colocarse a una distancia que permita una visión periférica del punto de inicio, y a partir de él rodear los 9.15 metros (o el equivalente si el terreno es más pequeño). Dicen que para pintar el “círculo perfecto” se tiene que hacer un compás gigante, un método primitivo que consiste en sujetar una cuerda improvisada con agujetas a una piedra ubicada en el punto central. El encargado de tan geométrica labor tensa la cuerda y gira con ella alrededor de la piedra, cubriendo la distancia hasta completar la vuelta. Pero esto es un lujo, usualmente no hay tiempo ni recursos para embellecer el llano.
No es fácil encontrar partidos de futbol llanero femenil en el Distrito Federal. En la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero, Iztapalapa, hay más de dieciocho campos, y sólo uno, el Campo 4, es usado por mujeres los domingos en la mañana. El resto del tiempo es casa de las gambetas masculinas, lo que hace pensar en por qué el futbol femenil no es considerado un deporte importante en nuestro país. Para empezar, la liga de mujeres no tiene nombre y cuenta con un registro de sólo ocho equipos al año, lo que deviene en un torneo poco competitivo y muy corto. El sistema permite que entre ellas se conozcan: saben qué cualidades tienen sus rivales, hablan mal de los equipos contrarios y, como en todo deporte, se escuchan comentarios que rayan en lo racial y cabalgan entre el desmadre y la desacreditación. “Fíjate en la prieta, juega chingón, la mueve, pero es naquita, date cuenta, aquí todas somos naquitas”, dice Vanessa, la 7 del equipo Málaga, quien presume de ser diestra y de jugar cualquier posición defensiva. La versatilidad es su mejor herramienta sobre el llano, corta las jugadas como si cerrara el cuadrilátero a un peleador que huye del nocaut, hace ver fácil el trabajo en colaboración de su zaga. A Vanessa le tocó jugar cuarenta minutos con su equipo y los otros cuarenta restantes “les hizo el paro” a las chavas del Ame, que no se completaron. Málaga ganó 3-0 al rival.
En México, el futbol femenil ha pasado por etapas difíciles a lo largo de su historia, pero cuenta con palmarés decentes, a nivel profesional, semejantes al de la división varonil, que cuenta con una maquinaria económica abrumadora. Las preguntas de las champions son muchas y giran en torno a la falta de resultados de sus colegas masculinos. ¿Para qué prometen si no van a cumplir? ¿No es un espejo de la realidad mexicana? ¿Cuándo veremos levantar la copa del mundo al capitán del tri? “Posiblemente no vivamos para verlo”, responde Eduardo, defensa central del Corona, quien trabaja manejando una combi y como mecánico automotriz. Eduardo sonríe cuando escucha la pregunta “¿qué piensas del futbol femenino, es igual al que juegan los hombres?”. Balbucea y prefiere quedarse callado. El gesto da a entender que es un tema del que no tiene una opinión formada. O quizá sí, pero le afecta pensar que el futbol femenil esté al mismo nivel que el jugado por los Caballeros Águila del Llano. Eduardo afloja los músculos y dice, “va, tómenme fotos a mí, pero también a todo el equipo; yo soy el galán, ya salí en El Metro”. Por su aspecto, Eduardo llama la atención; mide aproximadamente 1.60 y su corte de cabello esconde una cola de caballo amarrada a la nuca, sus costados son cortos y peinados hacia abajo. Durante el partido, Eduardo le grita al Gato, su compañero de look y defensivo: “corre cabrón, no seas pendejo, te quedas colgado”, y es que el lateral derecho del Corona tarda demasiado en regresar después de un ataque fallido. Las paredes, esas armas de la velocidad, y la nula contemplación del futbol profesional, se convierten en malas bromas. Las piernas de los protagonistas sobre el llano no soportan un sprint de siete metros. Por eso Eduardo duda en hablar; es posible que para él las jugadoras que están en la cancha vecina sean igual de lentas que su mancuerna con el Gato.
La mayoría de las futbolistas en la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero son casadas. Sus familiares las apoyan para que practiquen un deporte que se considera rudo, y que en algunos casos se conjuga con su trabajo, Lidia, guardameta del Cosmos, es promotora de Suburbia y madre soltera. Trata de no faltar los domingos. “No te quites, Lidia, más fuerte, abre la cancha, ¡con güevos!”, se escucha decir a su técnico minutos después de que Lidia comete un error grave: un disparo sin fuerza se le fue escurriendo en cámara lenta entre sus guantes Voit.
Lidia es de pocas palabras. Sabe que llegó tarde al partido y que no estuvo lo suficientemente concentrada para detener ese calcetinazo. “Es más agresivo, nos entregamos más que los hombres en la cancha”, dice la guardameta refiriéndose al futbol femenil; “no dejamos de vernos bonitas ni un segundo en el terreno de juego; nos maquillamos, nos pintamos las uñas, nos ponemos pestañas postizas. No quiere decir que por venir al llano vamos a dejar la vanidad… ¿no?”. Tiene razón. Aunque el campo esté lleno de basura —material de unicel, vidrios de caguama, balones ponchados con los gajos rotos, empaques de Doritos, latas de Coca-Cola— y las áreas chicas se estanquen por “la tormentota de ayer”, todas las jugadoras llegan perfectamente peinadas, maquilladas, perfumadas y con ropa deportiva de marca, con esos tachones que cuestan, a veces, arriba de los mil pesos y que no sirven de mucho en los campos terregosos en los que, como dice Alfonso Reyes, “corren sobre él como fuegos fatuos los remolinillos de tierra”.
Dulce es pareja de Vanessa, del Málaga, y, como buena dupla, son la línea final, la defensa implacable a romper. Ambas mantuvieron su meta en ceros. Dulce tiene un año en la liga y trabaja en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, ubicada a un costado de la delegación Benito Juárez. Tiene una licenciatura y es policía de profesión. A sus treinta y cuatro años vive en unión libre con Vanessa. Aún no tiene hijos, pero dice que en un futuro le gustaría tenerlos. Físicamente es superior a todas las demás futbolistas que defienden sus colores en el llano de Iztapalapa; mide 1.75, es robusta y vanidosa como Lidia. Dulce menciona que no venía preparada para fotógrafos y que se siente despeinada; sin embargo, no se le notan los ochenta minutos que ha jugado como titular: las gotas de sudor bajan por su frente y cuello, pero el gel que cubre su cabello sigue tan fijo como cuando se calzó los botines.
En el llano hay chispazos de épica. No hay dribbling, cierto, pero persiste la idea sobrenatural de ser la máxima goleadora de liga, o de hacer la atajada del partido para llevarse la anécdota durante toda la semana a casa. Cuando los partidos terminan, cuentan cómo derrotaron los anhelos de sus contrincantes y salpican con algún guiño una mentira para dar calor a sus palabras. Son antihéroes anónimas que ven al futbol como una tradición familiar y una válvula de escape a la rutina. Ninguna de las futbolistas ha desechado de su vocabulario la palabra familia, o se ha olvidado de decir mi padre, mi abuelo o algún pariente masculino que les inculcó el gusto por este deporte. Desde la tribuna grafiteada y mojada por la lluvia, se puede ver el esfuerzo de estas mujeres que desean conocer algo parecido al triunfo, y anhelan llevárselo a casa para repetirlo dentro de ocho días. Lo más extraordinario es que viven en la incomodidad, lo que las lleva a mentarle la madre al árbitro, a reclamar con energía una mano dentro del área, a no dejarse intimidar por la figura masculina del silbante.
La tentación de obtener fama y reconocimiento masivo es un incentivo para muchos músicos, como el canto de las sirenas era la perdición para los marineros que acompañaban a Ulises en su periplo mítico, así son estos dos factores en el universo musical. Esto no le sucede a Teresa Iturrioz e Ibon Errazquin, ellos han sabido mantener una ética profesional que les indica cuando un proyecto ha llegado a su límite en lo creativo más allá de los buenos augurios comerciales que se divisen en el horizonte.
A través de Las Aventuras de Kirlian y Le Mans, fueron protagonistas de dos grupos de culto que echaron por delante al llamado Donosti Sound que marcara de forma indeleble al indie español, junto a lo hecho por La Buena Vida —otro grupo memorable—, por medio de una incursión que paulatinamente se fue haciendo de seguidores a medida que corrían la década de los noventa.
Aquella discreta y fina movida gestada en San Sebastián no lanzaba manifiestos políticos ni atascaba su sonido con guitarras estridentes. Más bien, apelaba a las melodías dulces, a un pop exquisito que se balanceaba sobre ritmos trotones y cadenciosos. Por momentos tomaba lo sabroso de la Bossa nova, en otros pasajes les gustaba jazzear. Intentaba no perder esa suavidad aterciopelada. Cuando uno se atreve a escuchar atentamente su legado descubre que se trata de material que ha sabido transitar en el tiempo sin que se sienta viejo o pasado de moda. Hay mucho de frescura en este acervo imperecedero.
¿Qué habría deparado el destino para Le mans? Es tarde para dilucidarlo, y no es algo que les importe a los artífices de Single, una mancuerna que ama apasionadamente al pop más inclasificable. Un binomio que trabaja a su ritmo, que se regodea en muchos tipos de músicas y que con cada entrega consigue sorprender gratamente.
¿Qué tal les irá con las ventas? En ningún momento puede pensarse que les preocupen los desplates del mercando. Saben que cuentan con un grupo de fieles, que aunque limitado, entregan su apoyo incondicional. Por si fuera poco, gozan del reconocimiento pleno de la crítica. Cada álbum es celebrado y hasta la fecha no hemos sabido que hayan tenido traspié alguno.
Ibon y Teresa avanzan; se mueven de un lado a otro, aunque no es forzoso que vayan para adelante. No siguen una ruta lineal, por eso es que recuperan un montón de estilos pasados para concebir algo enteramente suyo.
Rea (Elefant, 2014) es ya el cuarto capítulo de un proyecto al que le gusta contar muchísimas cosas en cada entrega. No sólo hacen arqueología musical sino que la senda narrativa es muy variada e incluso el diseño de los materiales se convierte en una obra de arte en sí misma: esta portada es el pináculo, pues es una pintura del genial Javier Aramburu, un joven clásico de la gráfica contemporánea española.
Y es que la historia de Single arrancó con un disco espléndido (Pío Pío,2006) manteniendo siempre el listón en alto. ¿Hacia qué rumbos han orientado sus pesquisas y recreaciones? En general, se dice que se enfocarán en el sonido de los ritmos jamaicanos de la década de los sesenta. Y es cierto, pero no es todo.
A la hora en que nos damos cuenta de que Teresa tenía una ganas locas de contar historias, por una parte, surge la posibilidad de una probadita de spoken word o un rapeo muy básico, pero, por otro lado, aparece también ese aliento de canciones de lírica tan espontánea a la usanza de Vainica Doble, una agrupación de folk hippie que en su momento plantó cara al franquismo con una inteligencia tal que no pudieron ser censurados.
Aun cuando Ibon es un productor de sobradísimos recursos y personalidad, es digno de aplaudir que acá se deje producir por otros locos de su calaña. Es la segunda vez (ya ocurrió en Monólogo interior, 2010) que Single es producido por unos heterodoxo irremediable, como lo son Hidrogenesse, otro dúo formado por Carlos Ballesteros y Genís Segarra, especialistas en electrónica demente pero con amplias miras en su paleta musical.
Juntos han decidido utilizar al máximo su capacidad de abstracción y decantar hasta su esencia misma al lovers rock, la versión romántica del rocksteady, que surgió en Jamaica a finales de los 60; los locales hacían adaptaciones dub de baladas anglosajonas muy comerciales. El resultado en estas canciones hace las veces de una pintura abstracta a la hora de reproducir la realidad. El punto de partida al final es una mera alusión… un eco lejano.
Rea, sucesor de Anexo, el directo editado hace dos años, es de esos discos a los que cuesta separar por partes. Sus nueve tracks son muy parejos, pero a los especialistas no les ha sido difícil señalar dos mitades. En “Modo B”, “Nota mental”, “Siete”, “Virgen del cisne” y “Palmeras” son reconocidas por una brisa caribeña evidente (con influjos del legendario Lee “Scratch” Perry).
En el otro hemisferio, y aun ante las dificultades para fragmentarlo, habrá que destacar “Me enamoré”, donde fluye un torrente narrativo aplicado a la sátira amorosa y termina incluyendo un rapeo rústico. Si esta canción fuera un libro sería Historia del pelo del argentino Alan Pauls.
Y es que siempre hay un dejo literario en su forma de contar; otros de los temas tienen ese sentido del humor parecido al del español Alberto Olmos o bien a ese ordinario sinsentido tan usual en otro argentino, César Aira. Tal vez sea por esos puentes temáticos que decidieron adaptar al compositor uruguayo Leo Masliah y hacer muy bailable a “La moto”.
En esa ruta se mueve la bellísima “Globo de helio”, que tras un inicio acústico agrega el clavicémbalo de Gregori Ferrer (Col.lectiu Brossa) para luego dejarse llevar por secuencias y un ritmo de música disco. No hay límites posibles.
Single representa lo más grandioso de un pop mutante; un universo retorcido con sus propias reglas y metáforas. No rehúyen a resignificar el pasado haciéndonos ver que la música todavía puede provocar grandes torrentes de placer y fantasía futurista.
Estamos hechos de maíz. En el Popol Vuh, después de ensayar con barro y madera, los dioses quiché decidieron probar suerte con esta materia dulce. De maíz se compone nuestra carne, y no es metáfora. Miles de años abalan esa apuesta y nos han conferido, a pesar de las carencias nutritivas que por distintas causas merman a todas las comunidades, una oportunidad en este mundo. Los campesinos han sabido intercambiar semillas para mejorar sus cualidades y crear ricas variantes. Esa diversidad alimentaria es producto de métodos tradicionales donde no cabe totalmente la propiedad privada, donde la vida sigue anclada a su sentido colectivo. Cuando la tierra se trabaja, el cielo se comparte, quizás, un poco más.
Bioartefactos. Desgranar lentamente un maíz se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. En ella participan los colectivos BiosExmachinA, MAMAZ y Desmodium-máquina, así como los artistas Minerva Hernández, Héctor Cruz, Lena Ortega y Alfadir Luna. La curaduría estuvo a cargo de María Antonia González Valerio, quien además coordina BiosExmachinA, taller de fabricación de lo humano y lo no humano, un proyecto interdisciplinario donde colaboran estudiantes de filosofía, historia del arte, biología, física, diseño gráfico e industrial, artes plásticas, ingeniería mecatrónica y agronomía. BiosExmachina busca hacer visible que temas como este no deben abordarse únicamente desde la ciencia sino que además les incumbes a las humanidades y las artes.
Ante esto, la exposición plantea una pregunta: ¿puede el maíz ser un objeto artístico? Estamos acostumbrados a separar el arte de lo cotidiano, los museos y la academia han hecho su parte en esta construcción que separa el todo y busca mantener intactas ciertas estructuras de poder. Sin embargo, el cruce entre el arte y otras vías para violentar la realidad es inevitable, le antecede al objeto mismo en su calidad de discurso social y político. Todo lo que hacemos proviene de una inquietud personal pero también obedece a un tiempo, va hacia el otro para integrarse a un sistema comunicativo y decir algo sobre nosotros. Clarice Lispector escribió en un breve poema: “¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.”
Bioartefactos surge del cruce entre arte, ciencia y tecnología. Yo diría que el arte mismo es medicina para habitar el mundo, para tratar de entendernos dentro de él y con suerte curar nuestras dolencias primigenias, aunque sabiendo de antemano que no podemos curarnos de la vida o estaríamos muertos, sino que más bien curarse es aceptar la marea de sentimientos contradictorios que a veces nos aquejan y la carga de dolor que antecede a todo momento de felicidad o entrega. Lo cierto es que nada nos pertenece y las situaciones más crueles nos preparan para dejar ir todo aquello que consideramos nuestro. El arte también nos permite expropiar territorios censurados: cuerpos, pensamientos y objetos que intentan inscribirse en un campo hegemónico. La ciencia y la tecnología hacen su parte para facilitar la vida y preservarla, para omitir cierto grado de responsabilidad, en su sentido más ontológico y primario, que deviene cuando hacemos cosas para el otro.
Es fácil entender que cuando nuestra existencia se transmute en el umbral último de la muerte, los objetos que nos acompañaron quedarán vacíos, apenas vivos en la memoria de quienes nos vieron interactuando con ellos, llenándolos de una utilidad que quizás no tenían de manera aislada. Lo mismo sucede con el arte. No hace bella la existencia ni la facilita, nos muestra que lo bello está atravesado por una conciencia misteriosa que no difiere entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo no útil, acaso se inscribe en un equilibrio de la forma, de la composición, como pasa cuando caemos hipnotizados ante la música, por ejemplo. En todo caso, los objetos artísticos hablan de cruces de miradas, de intersecciones y pequeñas violencias, y por ello podemos decir que constituyen espacios colectivos, plazas habitadas por todos: poemas.
De maíz se sostiene el ciclo vital. Por eso la preocupación de muchos ante la posible liberación de semillas transgénicas. A la larga, esto supondría el exterminio de la variedad agrícola, la transformación de los métodos tradicionales de cultivo y de la vida misma del campo, así como riesgos en la salud de quienes consumimos diariamente alimentos preparados con maíz. Existe una semilla llamada Terminator, cuya destrucción se mide porque una vez cosechada la mazorca la semilla no vuelve a reproducirse, terminando así con el ciclo. Ante este panorama desolador, Bioartefactos convierte el maíz en un objeto artístico para descontextualizarlo, otorgándole una función distinta que haga evidente dicha problemática. Como la ciencia y la tecnología, el arte es útil, otorga claridad a través de ruido, combate violencia con violencia.
“El que controla la semilla, controla la vida”, dijo alguna vez Marietta Bernstorff, directora de MAMAZ (Mujeres Artistas y el Maíz), colectivo que surgió a partir del cuestionamiento en torno a lo que sucede con nuestra base alimenticia. Quizás tendríamos también que preguntarnos quién controla la vida, quién decide lo que comemos, cómo vestimos, qué pensamos. Si hubiera un solo culpable las cosas serían, tal vez, más fáciles, pero vivimos en un sistema multiforme que crece de muchas maneras y se alimenta, ante todo, de silencio. A partir de un mural compuesto de bordados alusivos a este problema, MAMAZ apunta algunas causas que orillan a las especies nativas de maíz hacia su posible extinción: falta de apoyo al campo por parte del gobierno, pérdida de la tradición de siembra por la migración, escasez de agua por el cambio climático y los intereses económicos de las empresas trasnacionales.
En la exposición había también instalaciones con medios vivos. El colectivo Desmodium-máquina reconstruyó el ciclo vital en tres pasos: una mini biósfera donde crecían plantas cuya condensación de agua se traducía en vibraciones que en otro artefacto grababan sonidos en un disco de metal, a la manera de un LP, y terminaban entintados en papel. Al final, el ciclo de la tierra, metáfora de un proceso que hemos hecho invisible, se convierte así en otro tipo de objeto. Los sonidos de la tierra devienen en agentes de conocimiento, en puentes desde donde mirar lo que realmente sucede en el planeta.
Lena Ortega indaga en otro campo, pasamos de la semilla transgénica a la producción de alimentos con jarabe de maíz de alta fructuosa y sus repercusiones en la salud. En un pequeño cuadro se lee una guía para saber alimentar a la familia: “1. Revisa los alimentos de tu casa, 2. Trae al MACO los que contengan jarabe de maíz, 3. Arrójalos sobre la mesa”; así como una lista de algunos alimentos producidos con esta fórmula. El objetivo es informar, a la manera de un comercial televisivo, de qué está fabricado lo que comemos, de dónde viene, qué genera en el organismo.
De la soledad del campo comemos, de esa aceptación y gozo ante lo que significa sentarse bajo la luna y escuchar el viento sobre las hojas. Sentirse pequeño, sumergirse en un valle de estrellas. Apreciar el tiempo como un regalo caótico de, como dice Sábato, un niño caprichoso que destruye hormigueros por diversión. Lo colectivo viene de la tierra, sin nada que nos ligue a ella ese aislamiento ha derivado en desolación y angustia. Del olvido de estas y otras prácticas ancestrales ha nacido el sujeto y sus crisis existenciales. Pérdida de sentimientos genuinos de solidaridad y pertenencia. Algo necesario que marca el fin de una época, quizás. Más que nunca, nos hemos sorprendido desamparados en medio de un mundo que ya no entendemos, ajenos a un orden que necesita la metáfora para poder explicarse a sí mismo pero en cambio recibe dosis de realidades prefabricadas y adormecimientos generales. Vivimos anestesiados.
La exposición estará hasta el 15 de septiembre en el MACO de Oaxaca.