Costa Rica se erige como el gigante de CONCACAF en el mundial de Brasil 2014, por lo que este ensayo cobra una relevancia particular: México conquistó el futbol en América del Norte. Sin embargo, este dominio se desvanece cuando se analizan los resultados en competencias internacionales. Entonces, ¿por qué el futbol continúa siendo el deporte más popular en nuestro país?
La Fédération Internationale de Football Association (FIFA, por sus siglas en francés), que avala los principales torneos de futbol, divide los espacios geográficos en confederaciones para facilitar la competencia en eliminatorias y torneos de clubes. En América existen la Confederación Sudamericana de Futbol (CONMEBOL) y la Confederación de Futbol del Norte, Centroamérica y el Caribe (CONCACAF), donde juega México, aunque suele ser invitado en los torneos de la primera. La selección mexicana, por su infraestructura, solía dominar a todos los equipos de su confederación, por la que ganó el apodo de “El gigante de CONCACAF” (título que ahora compite, a regañadientes, con Estados Unidos).
México es un país futbolero: en un estudio realizado por la agencia Pluri Consultora sobre la temporada 2013-2014, se determinó que la liga mexicana es la cuarta con mayor asistencia a estadios, con un promedio de 24,245 aficionados por partido, sólo abajo de Alemania, Inglaterra y España, y arriba de Italia, Holanda, Francia, Argentina y Brasil. Entonces, ¿por qué no es una potencia a nivel internacional? Si desglosamos la estructura del futbol mexicano, se encuentran todas las deficiencias que lo exponen y expulsan del imaginario colectivo nacional. Estos son los récords de México en mundiales de futbol: más apariciones sin ser campeón, sin llegar a la final y sin pasar a semifinales, aunque quedando regularmente entre los mejores dieciséis. ¿Qué tan buenos somos realmente? ¿Por qué, pese a los resultados, el futbol continúa siendo el deporte más popular?
Los clubes
Un aficionado encuentra en su equipo una razón para creer. Hay quienes dedican su vida a él y pasan por todo tipo de emociones: amor, odio, decepción, felicidad, éxtasis y dolor infinito cuando ven a su equipo perder una final, en el descenso (el castigo que los obliga a dejar la liga en que compiten) o, incluso, desapareciendo. Hay clubes por todo el mundo con más de cien años de vida, trofeos, anécdotas y personajes que construyen su camino. En México existen pocos con tradición verdadera: América, Chivas, Pumas, Cruz Azul y, recientemente, Toluca, Pachuca, León… Sin embargo, el futbol mexicano está encarcelado, lo que ha vuelto difícil que la gente se identifique con equipos que aparecen y desaparecen por la venta de franquicias.
Antes de Santos Laguna, por ejemplo, existía el Laguna, un equipo que vivió sin pena ni gloria entre 1953 y 1978, año en que fue vendido y rebautizado como Coyotes Neza; una década después fue comprado por Tamaulipas para que Correcaminos de la uat se quedara en primera división. Puebla, por su parte, desapareció su franquicia antes de descender en 1999; el Puebla que juega hoy en primera división surge de Unión Curtidores (algo casi imperceptible, pues juegan con el mismo nombre, playera, estadio e infraestructura). El Puebla “original” se convirtió primero en Ángeles de Puebla, después en San Sebastián, para descender a la tercera división, donde desaparecieron. Con él se extinguió Unión Curtidores, un equipo creado en 1928.
Sucedió también con Colibríes de Cuernavaca, Indios de Ciudad Juárez, La Piedad, Toros Neza, San Luis, Jaguares de Chiapas, Gallos blancos de Querétaro, Veracruz e Irapuato, equipos que sufrieron el cambio de franquicia y saltos de primera a segunda división en cuestión de días. El descenso se convirtió en un mito, ya que gran parte de los equipos compran su permanencia en primera división al adquirir una franquicia. Tan sólo en el 2013 cuatro cambios evitaron que Querétaro se fuera a la Liga de Ascenso: Querétaro descendió, por lo que compró a Jaguares y le cambió el nombre a Gallos; Jaguares adquirió a San Luis para conservar la categoría; Veracruz, que estaba en segunda, compró a La Piedad, equipo que había ganado el ascenso, y ahora juega en primera. San Luis obtuvo Querétaro y ocupó el lugar vacío en segunda. Ascendió Veracruz en vez de La Piedad y descendió San Luis por Querétaro. ¿Cómo identificarse con algo que se vende a un precio tan bajo? Para el aficionado, la pasión no es negociable, pero lo es para el empresario, lo que abre grietas entre el público y los clubes.
Ilustración de Damián Flores.
La junta de los dueños
En México, las decisiones importantes las toman los dueños de los equipos con votos en las juntas. Aunque la FIFA prohíbe la multipropiedad, un par de este selecto grupo tiene más de un equipo, lo que se refleja en la cantidad de votos. Ellos deciden al seleccionador nacional y su equipo de trabajo. Sobra decir que casi todos son hombres de negocio sin mucho conocimiento deportivo.
El sistema de competencia
En las principales ligas del mundo se juega un torneo anual de primera división con veinte equipos, que se enfrentan dos veces entre ellos, como locales y visitantes, y gana el que suma más puntos (los peores descienden). En México, durante el mismo periodo, se juegan dos torneos: apertura y clausura. Todos juegan contra todos una vez y los mejores ocho entran a la liguilla, torneo de nocaut, hasta definir un campeón. Es difícil que el mejor se corone, pues puede dominar durante toda la competencia y descuidar un balón en defensa, perder el partido, apagar la luz e irse a casa. Desciende el equipo con peor promedio de puntos en las últimas seis temporadas.
Los torneos son tan cortos que permiten temporadas muy malas sin descender, razón por la que los clubes son proyectos a corto plazo. La competencia en México es relativa: cualquiera puede ser campeón incluso sin un torneo decente. León y Pachuca, por ejemplo, disputaron la final más reciente. El primero, eventual campeón, entró a la liguilla porque Chivas perdió un partido; el segundo porque remontó un 3-0 en contra. Hay que agregar que ambos equipos rinden cuentas al mismo patrón.
Los promotores y el draft
En el draft, cual tianguis semestral, se juntan los directivos de los clubes con agentes de jugadores para intercambiar futbolistas entre todos los clubes. Según estadísticas de Mxsports y ElEconomista, de cara al arranque del torneo de apertura 2013 se gastaron 70.7 millones de dólares en traspasos (nacionales e internacionales). Los números no alarman por la situación del país ni por razones extra-cancha, ya que es un negocio como cualquier otro. El escándalo es que el futbol mexicano no haya mejorado con tal inversión.
México cuenta con algunos puntos altos y un solo título internacional: el que Pachuca ganó en la Copa Sudamericana (2006). Pumas, Cruz Azul, Chivas y América han llegado, de manera aislada y repartidos en catorce años, a alguna final continental. Aquellos logros indican que el futbol mexicano podría trascender a nivel de clubes. Algo que en la realidad no sucede.
Ilustración de Damián Flores.
El tri
La selección mexicana no es la potencia mundial que dice estar cerca de ser; ni siquiera ha ganado una Copa América, una competencia que existe desde antes del mundial y que es el equivalente a la Eurocopa. Desde que México ha sido invitado a participar (pues es un torneo organizado por la CONMEBOL), ha tenido solamente dos participaciones en finales (1993 y 2001), pero ningún título.
México ganó fama con nombres como Hugo Sánchez, Jorge Campos, Manuel Negrete, Luis García y Javier Hernández, jugadores talentosos con la suficiente calidad para trascender internacionalmente. Nada que celebrar. Es el mismo caso de los jugadores históricos que han tenido Irlanda (George Best), Liberia (George Weah), Ghana (Abedi Pelé), Gales (Ryan Giggs), Bulgaria (Hristo Stoichkov) o Trinidad y Tobago (Dwight Yorke),sin mencionar los que llegó a tener la urss.
Otro detalle importante en el desarrollo que, dicen, llevará a México a grandes cosas, es que no juega la mayoría de sus partidos en terreno nacional, salvo (y casi exclusivamente) los de la eliminatoria mundialista, pero compite como local en Estados Unidos, ante rivales más débiles y con mayores resultados económicos por venta de boletos y transmisiones televisivas. Rara vez enfrenta a Portugal, Holanda, Brasil, Argentina o Inglaterra. Es difícil, cierto, hacer el viaje a Europa (aunque México ha tenido hasta ocho jugadores en el viejo continente, los cuales se trasladan a Estados Unidos para un amistoso). En eliminatorias, los rivales del tri son de menor nivel (aunque cada vez más competitivos) en una confederación que ofrece tres boletos y un repechaje a un grupo de seis equipos. México no se codea con las potencias.
¿Deporte nacional?
El deporte más querido del país está kilómetros atrás de lo que pretende. México carece, a nivel internacional y de clubes, de cultura futbolística sólida, historial y pedigree. No existe una liga seria ni un sistema de competencia para desarrollar proyectos que trasciendan porque, gracias al draft o al cambio de franquicias, desaparecen en cualquier momento.
En mundiales, México ha perdido tres veces con Brasil sin anotar gol; en 2006 y 2010 perdió contra Argentina. En ediciones recientes fue superado por Uruguay, Alemania y Portugal. Le hizo un buen partido a Holanda y sacó un punto en el último minuto. De sus últimos ocho juegos mundialistas, sólo derrotó a la peor Francia de los últimos años y a Irán, y logró un empate ante Angola y Sudáfrica. Desde 1994 México ha jugado veinte partidos: ganó seis (ante Irlanda, Corea del Sur, Croacia, Ecuador, Irán y Francia), empató seis y perdió ocho.*
Aun así, muchos venden a México como un país que está cerca de ser una potencia futbolística, cuando realmente no es nada que Irlanda y Turquía no hayan hecho mejor.
Ilustración de Damián Flores.
*[Nota del editor: este texto se escribió antes de la participación mundialista de la selección mexicana. A las estadísticas hay que sumarle el empate ante Brasil, las victorias contra Croacia y Camerún, y la derrota en el partido de Holanda]
México, país amante del arte de las patadas, es David en Copas del Mundo, y Goliat de América del Norte; sin embargo, la selección se dejó alcanzar por rivales que solía dominar, motivo que Rodrigo Márquez Tizano usa para reflexionar sobre la buena relación que el aficionado de a pie tiene con la derrota.
15 de octubre de 2013.
El ataúd del futbol mexicano recibió un clavo en forma de supuesto milagro. El escenario era ideal para un prodigio a lo Chanfle: tras una campaña clasificatoria llena de baches, Chicharito y sus amigos tuvieron a la selección nacional al borde del ridículo en una CONCACAF de risa loca (cuyos mayores reconocimientos provienen de los escándalos de corrupción en los que sus dirigentes se ven envueltos un año sí y otro también).
El partido frente a Costa Rica en San José, última oportunidad para enderezar la nave rumbo a Brasil, fue un fiasco desde el saque inicial. Los ticos controlaron a placer por las dos bandas, apuntalaron la media cancha con pulmones que no dejaron de circular de caja a caja y sus delanteros reventaban balones contra los postes con soberbia, como pregonando que no sólo iban a dejar a México fuera de un Mundial por primera vez desde 1990, sino que su misión era más noble, casi filantrópica. Había que nulificar cualquier idea de superioridad que el equipo rival aún pudiese albergar sobre sí mismo.
Para afianzar el efecto dramático en este guión bolañesco (¿cuál Roberto es el que firma?), Javier Hernández cometió un desliz a puerta abierta. Bryan Ruiz abrió el marcador para Costa Rica cuatro minutos más tarde. Oribe Peralta reaccionó con un gol que hubiera lucido ocasional si no fuera por su fina factura; pero aun con esa gesta solitaria, el juego de México era un atentado contra cualquier ánimo triunfal. Nadie que compita así puede pensar en ganar algo, ya no digamos un partido. Vucetich, director técnico recién llegado y a punto de irse, parecía más timorato que de costumbre y había perdido el color por completo, como un fantasma encorsetado en un traje que otro muerto le heredó. Un segundo gol, obra de Saborío al 64’, nos acercaba más al barranco. A quinientos kilómetros de ahí, en Panamá, los canaleros vencían a Estados Unidos por la mínima. Esa combinación bastaba para que Coca-Cola vendiera muchas menos botellitas conmemorativas este verano.
Luego, el milagro. Lo dijo Vuce: “Gracias a Dios se clasifica”, aunque le faltó aclarar qué religión profesa el tri. México cumplió las tristes expectativas y obligó a los merolicos de la televisión a encabalgar versos con excusas. Sin embargo, no hubo una que paliara el desastroso juego de México, cuyo premio fue arañar la repesca gracias a un gol de último minuto de Estados Unidos. ¿Dónde está la mano santa? En lo que debió ser: quedarse fuera, desaparecer, sacrificar al niño para que alguien tapara el pozo. Pero no, un clavo made in usa se hizo pasar por reliquia y nos invitó de chiripa a la fiesta, orgullosamente gorrones. Acá no olvidamos los milagros, aunque sean fayuqueros, y la sele, el tri de mi corazón, el equipo de todos, resucitó envuelto en una gloria prestada y con remiendos, pero gloria al fin. Y con el gusto de cacarear que disfrutamos el sufrimiento como ningún otro pueblo en el mundo, le dijimos que sí a otros dos partidos de “sí se puede”. Ya en repechaje, recetamos la decena trágica a unos desprevenidos turistas neozelandeses y recuperamos esa prepotencia distintiva que nos vimos obligados a hipotecar en Centroamérica.
La derrota es nuestra idea del mundo. El problema es que ahora ese es nuestro slogan. Ya ni nos preocupamos por perder. Dejamos que otros lo hagan por nosotros, luego les echamos porras. La derrota es negocio de unos pocos. El aficionado de a pie, el que se come los partidos por televisión, ¿gana algo si la derrota se vuelve más tangible? ¿Cabría esperar que el luto futbolero tercie en ese disociación elemental entre compromiso individual y colectivo?
¿Para qué construir una infraestructura sólida? Mejor tener una que rinda dividendos rápido. Es más cómodo para nuestros gobiernos estatales que contemplen la idea de comprar una plaza para la Liga de Ascenso a que se preocupen por otros asuntos. Si la pelota se mancha, la lavamos. No tenemos problemas con la higiene de nuestros emblemas. Queda apagar la televisión y negarnos a participar en un negocio que no ofrece ni felicidad pasajera. Esos equipos que revolotean en liguillas insípidas no tienen nada que ver con los que alguna vez nos encandilaron. Los colores ya no significan nada. Si nos enorgullece llevarnos bien con la derrota, ¿por qué al menos no perder por nuestra cuenta?
Una noche estrellada, en ella un joven grita desesperado al cometa perdido hace cien años.
En casa, mamá no tiene la razón. El perro en una esquina gira treinta y siete veces, después ladra al cometa perdido hace cien años. Hay una supernova llamada Crayola debajo de la cama del hijo. Ahí guarda, además, una caja vacía para cuando lleguen los conejos, las serpientes. Dos hombres se besan y el río se inunda de lámparas chinas. El mundo y su sintaxis arriesgada, sus tibios coqueteos con la felicidad.
Héctor Hernández Montecinos es el poeta de las particulares. Su minuciosa visión de la vida hace de su trabajo una obra como herida abierta, con los colores expuestos y el dolor, con la sorpresa y lo encendido de la sangre, lo podemos tocar y sentir.
La obsesión con el otro abunda en su quehacer. Siempre interpelando al que está detrás del espejo, preguntando el por qué y el cómo. Montecinos se reinventa y parece el hombre de mil máscaras, el poeta impredecible. Ello hace de su poesía un reflejo de niño malo combinado con ternura. Una frontera donde le da voz a personajes marginales y a la membrana estelar en Atacama.
Soy nuevamente un niño pequeño
no hablo ni escucho
mi piel por dentro es de noche
y me alimento del verde soma
me están llamando ¿oyes?
mis células aplauden y glorifican
mis entrañas son tus entrañas
mis humores son tus humores
mis lágrimas son tus lágrimas
mi semen es tu semen
Aquí una entrevista con Montecinos:
¿Qué es un país?
Una porción de deseo y miedo delimitado por una línea también imaginaria.
¿Qué es el bien?
El espejo de la vanidad.
¿Por qué poesía?
Porque destroza el espejo de la vanidad, el deseo y el miedo mediante la imaginación.
¿Utopía o realidad?
Qtopías (utopías de la realidad cuántica).
¿Qué es dios?
Una pregunta singular en expansión desde hace 7.6 billones de años.
¿Eres lo que planificaste ser?
En este plano soy lo que no soñé ser (karma).
¿Quién y cómo es tu mejor amigo?
Mi peor enemigo en vacaciones.
¿Qué es la izquierda y qué es la derecha?
El partido político más largo de la historia moderna.
¿Cuál es el momento de la Historia que consideras más relevante?
Cuando el primer hombre o mujer o niño vio la primera noche estrellada.
¿Por qué las fronteras?
Porque el miedo y el deseo son rentables.
¿Fama?
No smoking, thank you.
¿Publicar en Latinoamérica?
Latinoamericanizar las publicaciones.
¿Dices soy del sur?
Soy del sur.
¿Eres libre?
Y a veces libro.
¿Qué es una ciudad?
Un momento donde la ruina parece monumento y viceversa.
¿Qué piensas de la relación entre poesía y política?
A la poesía le falta más (bio)política y a la política, más poesía.
¿Cómo opera la memoria en el espacio de lo poético?
Un museo: caza de musas.
¿Cómo es la figura de un poeta en el presente?
Adiposo.
¿Qué papel tiene lo poético en la vida cotidiana?
La poesía le copia a la vida y no al revés.
¿Qué pasa con el significado en la poesía, ha cambiado su papel en el presente; es relevante?
Los significados, las verdades y todo lo que parecía importante hoy como la ley, la ciencia, la tecnología, la publicidad cambia, caduca con el tiempo. La poesía, todo lo contrario. Sweet revange.
¿La Historia tiene cabida en la poesía? ¿Si es el caso, cómo se da esa relación?
La poesía es la historia de la intimidad de la Historia.
¿Qué es el hogar?
Capitalismo y esquizofrenia.
¿Qué es la amistad?
Amar a los que no te gustan.
¿Qué es el futuro?
Irse.
¿Eres feliz?
Irse.
***
Héctor Hernández Montecinos (Santiago, Chile, 1979) es licenciado en Literatura, doctor en Filosofía. Sus libros de poesía editados entre el 2001 y 2003 aparecen reunidos en [guión] (LOM: Santiago, 2008; Marick Press, Detroit, 2009, en inglés). [coma] (2ª ed. LOM: Santiago, 2009) comprende su trabajo poético de 2004 a 2006. Además han aparecido los siguientes libros antológicos de su obra: Putamadre (Zignos: Lima, 2005), Ay de mí (Ripio: Santiago, 2006), La poesía chilena soy yo (Mandrágora cartonera: Cochabamba, 2007), Segunda mano (Zignos: Lima, 2007), A 1000 (Lustra editores: Lima, 2008), Livro Universal (Demonio negro, Sâo Paulo, 2008, en portugués), Poemas para muchachos en llamas (RdlPS: Ciudad de México, 2008), El secreto de esta estrella (Felicita cartonera: Asunción, 2008), entre otros.
El nuevo libro de Erma Cárdenas (Washington D.C., 1945) es una colección de diecisiete relatos que se presentan como ecos de diversos corridos mexicanos: desde “La Adelita” hasta los narcocorridos. Lo que se relata es de tal familiaridad que incluso las historias se perciben como verídicas y ya conocidas. Hay que subrayar que el disfrute del lector se impulsa en gran medida por la identificación y reconocimiento, para bien o para mal, de las situaciones que se cuentan y que se desarrollan en contextos también típicos de México (cantinas, celdas, haciendas, la frontera norte). Cárdenas no requiere del conocimiento de los corridos o de la historia nacional: el reconocimiento se devela sobre la marcha.
Los cuentos de Voy a contarles un corrido… narran una larga historia que podría ser el relato de un país que encuentra humor en toda situación. Dado que se hace uso de figuras célebres o estereotípicas de las canciones populares (borrachos, mujeriegos, guerrilleras, héroes asesinados, corruptos, maridos cornudos, narcos), y que éstas se reconfiguran en narraciones novedosas que permiten una lectura amena, ágil y memorable, es fácil entender que las experiencias de cada personaje componen el imaginario de un México que crece a lo largo del volumen. Las historias son claras: se habla del amor casi siempre en términos de pérdida (como cuando se muestra la supremacía que el futbol tiene sobre el romance) y de la justicia con tonos tragicómicos.
“El caudillo del sur” es un ejemplo claro de cómo funciona el trabajo de Cárdenas: se relatan los cínicos testimonios de todas las esposas de Emiliano Zapata (o, como sería más adecuado, “la esposa y las queridas”) quienes declaran y reclaman sus derechos tras la muerte del revolucionario, inyectándole tonos nostálgicos a la evocación del suceso histórico. La presencia textual de los corridos también contribuye al disfrute del libro: hacia el final del volumen se presentan narcocorridos que dibujan ciertos aspectos de un México evidentemente contemporáneo. Tal es el caso del cuento “Amor del bueno”, en donde el narrador dice que los protagonistas “salieron de San Isidro, / procedentes de Tijuana. / Traían las llantas del carro / repletas de yerba mala. / Eran Emilio Varela / y Camelia, la tejana”. Claramente, quien haya escuchado los versos de estos corridos (aunque sea por accidente) sabrá cómo entonarlos y podrá disfrutarlos más. Es interesante que los corridos se prosifiquen en narraciones para construir tramas nuevas sobre las que ya se cantan: el corrido que Erma Cárdenas nos cuenta su versión de los hechos, detrás de las ya de por sí “verdaderas” historias que los versos populares inmortalizan. ¿Quién puede asegurar que así no es como ocurrieron las cosas?
La lectura es divertida, placentera y reveladora. La autora no sólo amplía la difusión y ayuda a preservar la forma musical-literaria del corrido: también subraya los modos en que las identidades sociales se cimientan sobre lo que la noción popular decide preservar. Los corridos funcionan como leyendas e historias de origen, por lo que Voy a contarles un corrido… no es sólo un ejercicio de adaptación para demostrar la creatividad en el paso del canto a la narrativa, sino una muestra de perdurabilidad cultural en donde participan todos los relatos que pudieron dar pie al material popular de una nación que, influenciada por revoluciones, narcotraficantes y otros factores, continúa evolucionando y reconfigurándose de forma trágica e irónica.
Fotograma de la película The Truman Show (Weir, 1998).
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin, se lee: “En el caso del cine, el noticiero semanal demuestra con toda claridad que cualquier persona puede encontrarse en la situación de ser filmada. Pero no sólo se trata de esta posibilidad; todo hombre de hoy tiene derecho a ser filmado”.
Lo que dice Benjamin es que, como en la literatura, la barrera entre intérprete y espectador se va difuminando.
Saber escribir brindó los medios a cualquier “ciudadano de a pie” para convertirse en escritor (en productor, diría Benjamin). Sólo hasta la invención de la imprenta y del establecimiento de la prensa como órgano de información y comunicación, esos medios se convirtieron en una posibilidad real: el buzón de sugerencias, las cartas de los suscriptores, quejas, reportes, denuncias, todos estos géneros literarios se crearon por esfuerzos de los lectores de los diarios y revistas.
La distinción entre autor y lector pierde su carácter unilateral. Con los espacios abiertos a partir de la prensa, publicar deja de ser un proceso de selección de élite. Cualquiera puede publicar porque cualquiera tiene derecho a hacerlo. Hoy en día, los blogs personales en internet, por ejemplo, han explotado esta posibilidad.
La materia base de la literatura es el lenguaje escrito; éste se convirtió en la manera de socialización de las comunidades humanas occidentales desde hace aproximadamente doscientos años (las calles tienen una placa con su nombre, los procesos legales son procesos de lenguaje escrito, el correo como medio de comunicación entre particulares, etcétera). Así, una exigencia de la sociedad contemporánea coincide con la materia de un tipo de arte. De repente, una gran parte de la población (en ciudad, por lo menos) se convirtió en semi experta del lenguaje escrito, se volvió escritores que sólo deben refinar su herramienta.
En otras artes, en cambio, ha de aprenderse una técnica aparte: si se quiere ser pintor o escultor, es necesario conocer de perspectiva, combinación de colores, materiales. Algo parecido sucede en arquitectura o música. Sus procedimientos son exteriores a la forma de comunicación principal en la sociedad.
Ser alfabeto en cine, es decir, tener las herramientas para realizar cine —por lo menos, la función de “ser filmado”— no tiene mucho sentido. No se trata de ser un buen o mal actor, la cámara de todas maneras capturará la imagen. Todos, pues, estamos en capacidad de ser filmados. No se necesita más que estar ahí. Los soviéticos fueron los primeros en aprovechar al intérprete no-actor (Eisenstein) y en hacer que la actuación del montaje sustituyera a la del humano (Kuleshov).
El derecho a ser filmado, para Benjamin, tiene un cariz político: el hombre tiene derecho a que se le reproduzca, ante todo, en su proceso de trabajo, es decir, a tener una herramienta que le refleje —como un espejo portátil— y le permita salir de la enajenación del producto de su trabajo (véase los kinopravda, de Vertov).
Frente a esta posibilidad de emancipación, el capital, dice el filósofo, crea el star system: la admiración por ciertos rostros, gestos, apariciones, vestidos, galas, alfombras rojas, los Óscares, los Grammy. En esas figuras, el espectador se olvida de su derecho a ser filmado y, sobre todo, le hacen creer (uno por uno: divide et vinces) que él puede ser uno de ellos, uno de esos stars admirados y respetados (American Idol, Britain got talent, Next top model). Se cancela a través de esta ilusión el camino del autoconocimiento y de la conciencia de clase.
The Truman Show (Weir, 1998) narra la vida de Truman Burbank (Jim Carrey), un inocuo vendedor de seguro de Seaheaven, California, que disfruta del sueño americano: casa propia, trabajo estable, esposa fiel y abnegada. Nunca ha salido de su pueblo natal y tiene el sueño de vivir en Fiji. Truman es el protagonista (aunque él no lo sabe) del programa televisivo más exitoso de la historia. Desde su nacimiento, las cámaras han capturado todos los detalles de su existencia: el primer paso, el primer beso, el primer corazón roto. Truman aparece en un canal que transmite su vida veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
Hay cámaras por todos lados y la población entera de Seaheaven son actores: su esposa, su mejor amigo, su madre. Truman ha vivido treinta años encerrado en el estudio más grande del mundo.
Así, el concepto de intimidad, para Truman, no existe. Es más, tiene una ventaja sobre cualquier ser humano: su memoria vive fuera de él, en millones y millones de cintas y archivos. Sus recuerdos no pueden jugarle ninguna trampa: todo está ahí, grabado y listo para ser consultado.
Truman es, entonces, el más grande de los stars cinematográficos. Millones lo han acompañado durante toda su existencia y, aunque la vida de Truman sucede en una burbuja, tenemos que creerle a Kristoff (Ed Harris), creador del programa: “No hay nada falso en Truman. Está controlado, pero no es falso”.
El señor Burbank se convierte en lo contrario al star system, aun siendo su rey. La identificación que busca el capital con estos rostros bellos y estas vidas glamurosas para distraer y anular el potencial revolucionario del cine tiene que ver con separar a la masa, volverla individuos egoístas, independientes e incomunicados con los otros. Lo que se intenta, usando las palabras de Benjamin, es evitar la conciencia de clase.
Middle class, trabajador, normal, sin ningún artificio, el héroe de millones, el que todos quieren ser o conocer. El poder de Truman radica en que la identificación con él crea la empatía con todos.
Al ser un hombre normal, tan aburrido e interesante como cualquiera de nosotros, verlo a él en pantalla, que sea filmado, es como si nosotros estuviéramos frente a la cámara. La gran tragedia de Truman —pero eso es algo que se descubrirá fuera de Seaheaven— es que no sólo tiene derecho a ser filmado, sino que es su deber.
La selección nacional de futbol es, en el imaginario colectivo, una representación de lo que los mexicanos piensan de sí mismos, además de un monstruo del marketing y un sistema que promueve, al mismo tiempo, la desigualdad y la cooperación. Así es como Samuel Martínez examina el contexto social de un deporte que refleja nuestras pasiones y frustraciones.
Este es un adelanto del número 193 de la revista Tierra Adentro, de venta en toda la República Mexicana en Librerías Educal.
Cinco imágenes extraídas del océano audiovisual
Primera imagen: en una breve conferencia de prensa que se convirtió en noticia nacional, Miguel El Piojo Herrera, técnico de la selección nacional de futbol varonil, con la Brazuca a su lado derecho, un pequeño monitor a su lado izquierdo y un retablo de logotipos estratégicamente colocados al fondo, reveló ante más de ochenta medios de comunicaciónla lista de los veintitrés jugadores convocados para representar a México y “dar resultados seguros” en la gran fiesta mundialista de Brasil.
Segunda imagen: escoltado por los futbolistas Héctor Moreno y Javier Chicharito Hernández, el vocalista de Moderatto (grupo pop que vive de parodiarse a símismo), asumiendo el rol de un aficionado incondicional de la selección mayor, avanza por un oscuro pasillo tocando su guitarra mientras entona con voz chillona los siguientes versos: Desde lejos vine tras de ti / cual perfil verás que puedo / esta vez no te me escaparás / si te he jugado mal / lo siento. // He esperado tanto tiempo este momento / he entrenado tanto cada movimiento / estoy listo para rematar / sólo hay que esperar el centro //. Como un crack reparto el juego / no lo dejo para luego / voy a llegar hasta el área / y la llenaré de fuego //. No voy a parar / y sé que al final / voy a ganar / no voy a parar / y sé que al final / voy a ganar.
Ilustración de Damián Flores.
Tercera imagen: como parte del Tour Copa Mundial de la fifa (patrocinado por la empresa Coca-Cola), Enrique Peña Nieto acogió en la residencia oficial de Los Pinos a la copa fifa (que representa a dos figuras humanas sosteniendo el planeta), se acercó a ella, la acarició y levantó (para beneplácito de los fotógrafos) por algunos segundos. En presencia del embajador de Brasil, deseó éxito a esa nación sudamericana y, luego de reconocer que México “pasó un proceso difícil para llegar a Brasil”, expresó sus deseos de que la copa “regrese a nuestro país de la mano de la selección nacional de futbol”.
Cuarta imagen: Antonio Vázquez Alba, el barbudo personaje del antiguo barrio de Santa María la Ribera, conocido como el Brujo Mayor, predijo en una rueda de prensa que, aunque será goleada por Brasil, la selección mexicana de futbol alcanzará los cuartos de final del mundial de 2014. Luego de afirmar que El Piojo integró un “verdadero equipo, sin estrellas y con mucha armonía”, de inferir que según sus cálculos astrológicos “hay un setenta por ciento de posibilidades de que México llegue al quinto partido” y de prometer que combatirá estoicamente la energía negativa que le envíen los brujos de otras selecciones a “los nuestros”, el Brujo Mayor manipuló frente a los reporteros un amuleto llamado “mil manos” para que la portería azteca evite recibir goles.
Ilustración de Damián Flores.
Quinta imagen: con el objetivo de conectar a los consumidores mexicanos con la marca P&G, Eugenio Derbez aparece en varios spots (de los productos Oral B, Ariel, Salvo y Gillete, entre otros) actuando como un coach que habla sarcásticamente a los aficionados de hueso colorado: el fan trainer, personaje que mediante juegos del lenguaje explica y reparte puntillosos consejos para lograr que estos seguidores se conviertanen el fan número uno y queden #MásQueListos para gozar del mundial.
Las cinco imágenes son una pequeña pero clara evidencia de la versatilidad temática, la elasticidad simbólica, la ramificada emotividad y la porosidad metonímica del equipo de todos: ese emblemático grupo conformado por atletas profesionales cuya disposición estética, raigambre cultural, vigoroso dinamismo económico, formidable poder de persuasión y eficiente capacidad de interpelación política, desborda las añejas teorías aristocráticas del pan y circo, las miradas simplistas y los sospechosismos anacrónicos y prejuiciados, las elucubraciones mecánicas y las explicaciones maniqueas.
En periodos como el actual, donde se eleva la fiebre futbolera y se acumula incontenible la ansiedad de los homo soccers, vale la pena preguntarnos: ¿qué es exactamente la selección mexicana de futbol?
El futbol espectáculo
Como toda práctica atlético-lúdica dotada de significados y sentidos, el futbol es producto de un contexto sociocultural específico, cuyo génesis no se debe soslayar ni evadir, ya que también es producto del capitalismo, el parlamentarismo y la revolución industrial que se dieron en Inglaterra. El futbol es un deporte colectivo que nació impregnado de un discurso higienista burgués, con un énfasis disciplinario y educativo, aires morales caballerescos y netamente masculinos. Un deporte que forma parte, por un lado, de una gran gama de prácticas atléticas, recreativas y de ocio con las que se buscó fomentar la salud y el rendimiento corporal, además de educar en la competencia y el deseo de triunfo, y con el que, por otro lado, fue posible abrir un espacio de relajamiento apto para el descontrol controlado de los ciudadanos.
Si bien es cierto, también, que en tanto producto moderno el futbol comparte las características (reglamentación, organización burocrática, énfasis en la estadística y el récord, secularización, autocontrol y disminución de la violencia) de muchos otros deportes surgidos en el siglo xix, es importante recordar que en el futbol subyace una misma noción mecánica-segmentada del cuerpo y un mismo tipo específico de racionalidad medio-fin (con la que se busca medir el rendimiento y la eficiencia corporal matemáticamente), sin que por ello haya perdido su espíritu festivo.
La dimensión lúdica y festiva del futbol (asociada a la cuota de incertidumbre y azar) está dada por varias de sus características estructurales. Aquí sólo destacamos las más significativas: el hecho de que es un deporte que se practica en un espacio abierto; que se juega con un balón cuya forma redonda dificulta el control, promueve el súbito cambio de dirección y el movimiento constante; el hecho de ser un deporte que —salvo el portero— se practica sólo con las extremidades inferiores (las más difíciles de manipular), lo que promueve una producción masiva de errores, sorpresas e imprecisiones; y que se trata de un deporte en el que numéricamente intervienen jugadores en condiciones ambientales, anímicas y físicas diversas, lo cual agrega cierta dosis de complejidad y aparente caos a cada encuentro.
El futbol suscita el antagonismo, la confrontación reglamentada y la oposición binaria entre los participantes y, al mismo tiempo, la sociabilidad y la cooperación, estimula el intercambio de información y la comunicación; exige la concreción de acuerdos mínimos y promueve la emergencia de inteligencia colectiva en cada uno de los dos equipos que contienden.
Aun cuando son muchos los diversos significantes asociados al futbol, es indispensable señalar que este deporte se materializa o expresa, al menos, en cuatro formatos: el futbol espontáneo (la cascarita donde lo que gobierna es el aspecto lúdico), el futbol escolar (donde lo que importa es la salud y la transmisión pedagógica de valores), el futbol comunitario (donde lo central es la recreación, la convivencia y la competencia organizada) y ese sistema estructurado que produce emociones y facilita el descontrol controlado de los consumidores que se conoce como futbol espectáculo (donde lo que impera es la lógica del negocio y lo central es la producción de entretenimiento).
Controlado y gestionado por la fifa, el estandarizado y predecible (aunque imprevisto) futbol espectáculo es un sistema en el que los atletas tratan de obtener la victoria y convencer retóricamente al público (a partir de estadísticas) sobre quién es más fuerte, rápido, valiente, eficiente, habilidoso, exitoso, memorable, heroico, poético, ejemplar y digno de elogios. Un sistema en el que hay productores, gestores, mediadores, mercancías y consumidores especializados, y en el que la densa razón simbólica, que opera en la dimensión semiótico-cultural del espectáculo, convive en tensión sobrepasando por instantes los ímpetus siempre instrumentales de la criticada racionalidad económica que tutela el juego.
Una orgÍa comercial, nacionalista y patriarcal
En el horizonte de nuestra turbulenta época globalizada una de las actividades con las que se busca entretener, impactar, romper cíclicamente la cotidianidad, suscitar el fervor colectivo y estimular el consumo en diversos sectores de la población son los grandes eventos deportivos creados instrumentalmente para satisfacer (ya sea en vivo o en directo, por vía mediática) diferentes tipos de necesidades psíquico-emotivas, socioculturales, económicas y políticas.
Los grandes eventos deportivos son acontecimientos patrocinados que suelen ofertarse discursiva y mercadológicamente —en el marco de la sociedad de hiperconsumo y dentro de la cultura de masas— como sucesos trascendentales, fantásticos, memorables e imperdibles; sucesos que, según el dictado de la retórica comercial, deben consumirse “en vivo” (asistiendo físicamente al lugar donde se llevan a cabo), o al menos “en directo” (a través de los distintos medios de información y comunicación).
En el contexto de la sociedad de entretenimiento los eventos deportivos son acontecimientos que funcionan como una arena pública para la producción de incontables discursos en tensión, verdaderos soportes para el negocio que se diferencian por tres cosas: están dotados de una poderosa imagen específica, generan emociones compartidas y su desenlace es incierto. Son rituales laicos, auténticos hechos sociales que se planifican y promocionan con mucha anticipación para generar expectativas y atraer la atención de diferentes grupos.
Entre los grandes eventos deportivos, la copa mundial de la fifa compite con las olimpiadas por el primer lugar de los mega eventos contemporáneos, definidos como sucesos de gran escala que, además de convocar a un extenso número de atletas, jueces y técnicos especializados de varios países, de atraer a decenas de miles de turistas y recibir una cobertura mediática internacional, impactan en la economía local y afectan la composición urbana de la ciudad o el país sede.
Es tal la relevancia que han alcanzado los mega eventos deportivos —por el simple hecho de ser fenómenos comerciales de entretenimiento que prometen el disfrute y momentos festivos de celebración intercultural—, que deberían ser mejor apreciados en tanto sucesos reveladores de la orientación actual de las sociedades y del interés concreto de muchas ciudades, naciones o grupos por beneficiarse del mercado global.
Ilustración de Damián Flores.
Ritual celebratorio apto para la exposición de guerreros asalariados que, desde su condición de “embajadores deportivos” (tapizados de marcas), apuntalan identidades y estimulan la reyerta entre discursos nacionalistas, la copa del mundo plantea la competencia, el enfrentamiento (simulado) y la rivalidad entre equipos que representan simbólicamente a Estados-naciones; dramatiza partido a partido la pertenencia a una nación y enfatiza las diferencias entre ellas abriendo un espacio para la comparación estereotipada y para la manifestación pública (a nivel metafórico) del deseo de anulación, desaparición o aniquilación simbólica (ganar y perder deportivamente equivalen a matar y morir simbólicamente) del otro, del rival deportivo.
Partiendo de que una nación es, para sus ciudadanos, una comunidad imaginada de sentimiento, que el nacionalismo es un sistema simbólico de interpretación y una fuente de capital afectivo, y que las identidades nacionalistas que este mismo sistema promueve sirven a los Estados para generar cohesión socio-semiótica entre los heterogéneos miembros de una comunidad nacional concreta, es vital admitir que el mundial es un mega evento. A pesar de formar parte de la industria del entretenimiento y de su dimensión festiva, es un espacio privilegiado para el despliegue de interpelaciones nacionalistas, pues funciona como una orgía que rompe barreras sociales y colabora en la reproducción de narrativas, sensibilidades estéticas y emociones nacionalistas que cumplen una evidente función política y cultural, además de favorecer la reproducción de un orden de género.
Ilustración de Damián Flores.
Un factor crucial en esta orgía y juego patriótico masculino es la industria de la información deportiva, gran máquina discursiva y mediadora que, además de transformar el acontecimiento deportivo en noticia y de tener la función de maximizar el espectáculo, presenta románticamente a las naciones como un valor en sí mismo: a los jugadores como hombres comprometidos moralmente con su país, al mundial como una prueba de virilidad, a los aficionados como patriotas apasionados y a sus identidades seleccionistas como elementos centrales en las narraciones épicas a partir de las cuales muchos de ellos se perciben e imaginan como miembros de una nación.
Y si bien como mega evento el mundial de futbol supone mucho artificio, obvias negociaciones económicas y políticas, planificación y producción coordinadas, estrategias mercadológicas y persuasivas que verticalmente comunican un sentido hegemónico, por ser un sistema de rivalidades entre representativos nacionales que se disputan la obtención del reconocimiento internacional, por generar expectativas y tensión psíquica en los aficionados ante la incertidumbre de los resultados deportivos —además de generar rendimientos económicos y servir para que los países se proyecten y ganen capital simbólico como destinos turísticos— funciona también como un complejo sistema de referencias simbólicas híbridas que posibilita formas negociadas de recepción, lecturas desviadas, interpretaciones heterogéneas, protestas políticas, movimientos sociales y cuotas diferenciales de azar, emoción, gozo y legítimo disfrute.
El gran símbolo laico de nuestros días
La selección nacional está conformada por veintitrés hombres adultos que por haber nacido (la mayoría de ellos) dentro del espacio territorial de la República Mexicana comparten primitivos lazos de sangre con la comunidad nacional imaginada, con esa suma de fragmentos que integra la totalidad social que llamamos México.
Si bien el tri es un equipo de jugadores profesionales de elite que laboran como empleados nativos dentro de la industria del futbol espectáculo y que son propuestos como prototipos, son elegidos de un universo no mayor a quinientos futbolistas y son convocados verticalmente por una organización privada de origen civil y sin fines de lucro (la Federación Mexicana de Futbol). Por las virtudes de una operación metonímica que genera paralelismo y verosimilitud entre este equipo y la nación, la selección (aun cuando no depende del Estado ni es un bien público) se ha erigido para muchos mexicanos en un relevante y denso símbolo nacional.
Paradójico símbolo laico proveniente de la industria del entretenimiento, el representativo nacional es un artefacto cultural que hace posible el despliegue de hipérboles sumarias; es una tecnología para la convivencia y la producción de conversaciones; una entidad significante que por haber sido investida con los colores de la bandera, con el nombre de nuestro país, y por proyectarse profusamente a nivel mediático, adquiere un poder simbólico inusitado que lo volvió un ambiguo elemento productor de communitas, un lugar común desde el que se mide el éxito y se sanciona el fracaso, un artefacto que a ojos de muchos ciudadanos (y para escándalo de muchos intelectuales) hace más inteligible al país.
Sentimentalmente articulado al nacionalismo, el tri estimula como pocos artefactos imaginaciones, pasiones y narrativas que repercuten en los relatos con los que nos percibimos localmente y nos proyectamos a nivel internacional. Es un símbolo que concretiza la imagen idealizada de nuestro país, la imagen deformada, exagerada. La selección es fuente de orgullo patriótico, elemento nodal para la autoestima nacional y clave en la renovación de la axiológica nacional neoliberal asociada al éxito económico, a la idea de triunfo como única meta, a la eficiencia laboral y a la productividad.
Es muy importante reconocer que, por pertenecer al ámbito privado y a la industria del deporte espectáculo, este equipo se maneja desde la racionalidad económica y la lógica comercial como una marca. Por lo mismo, se oferta en el competido campo del ocio y el entretenimiento como una “mercancía simbólica”: un influyente “producto” con el que se busca emocionar y divertir a quienes lo consumen.
Al igual que otras selecciones, el combinado nacional tiene una gran rentabilidad simbólica, una tecnología que suscita la emotividad comunitaria vía la imagen; enmarcado en el gran texto de la cultura mexicana, el tri es un símbolo poroso y maleable que lo mismo se asocia al himno y la bandera, que a héroes patrios y a arquetipos como la virgen de Guadalupe, pero también a jabones y refrescos, bancos y teléfonos, automóviles y aerolíneas, payasos, supermodelos en tanga y políticos. Pero la fuerza del tri no radica en que cumpla funciones comerciales, políticas o de entretenimiento, sino en su función pedagógica. La selección educa la sensibilidad, que civiliza (a su manera) y provee un modelo ejemplar de competitividad, a la vez que genera experiencias estéticas que favorecen la reelaboración y actualización del imaginario nacional.
A pesar de su uso instrumental por parte de políticos y empresarios (por ejemplo cuando se le hace aparecer como un símbolo público del Estado-nación, cuando en realidad pertenece al ámbito privado y comercial), a este símbolo y a los jugadores que lo conforman, los exigentes aficionados mexicanos —haciendo un proselitismo laico y renovando cíclicamente su esperanza— le reclaman buenos resultados: demandan que sea un equipo exitoso, que contribuya a aliviar el pesimismo, que sea un digno representativo, que sostenga la ilusión, que se comporte a la altura, “que llegue hasta el área y la llene de fuego”, que ayude a romper el círculo de la tragedia y el pesimismo, que satisfaga los anhelos históricos de un país desigual, injusto y empobrecido,pero ávido de reconocimiento, de redención, de actos heroicos y de alegrías.
Todo aquello que no se atreven a demandarle abiertamente a los partidos políticos se lo exigen indirectamente, en sus conversaciones y especulaciones, a la selección mexicana de futbol: ese símbolo laico polifónico, abierto, sostenido para fomentar el consumo y la diversión, vertical en su producción, pero afortunadamente heterogéneo todavía en su consumo.
El gran pensamiento francés, que inició en el siglo XVIII, tuvo su apogeo a finales del siglo XIX y durante todo el siglo pasado, así que al decir de Luis Antonio de Villena, fue “el gran faro europeo”. Francia, pues, fungió como cabeza pensante o iluminadora del viejo continente para de allí extenderse a todo el mundo. Los nombres del siglo XX francés aún resuenan en nuestras tesis, en nuestros debates, en nuestra literatura: André Gide, que fue fundamental para poetas como Luis Cernuda y Xavier Villaurrutia; los surrealistas, cuya influencia en todo el mundo aún se aprecia sobre todo en la pintura con Remedios Varo, Leonora Carrington, Frida Kahlo, el peruano César Moro; Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, con su existencialismo que influyó en la obra temprana del Nobel Mario Vargas Llosa; los estructuralistas, Roland Barthes, Louis Althusser, Claude Lévi-Strauss, Jacques Lacan, cuyas teorías fueron determinantes en las universidades durante las décadas de 1960 a 1980; separados están Michel Foucault, por un lado, y por el otro, Albert Camus. No es extraño, entonces, que Francia sea el país que más premios Nobel de Literatura tenga en su haber.
Tal vez de entre todos ellos, sólo de Foucault y de Camus tengamos en nuestros días reminiscencias de sus respectivos pensamientos. El filósofo catalán Miguel Morey (Barcelona, España, 1950) ha reunido en este libro algunos ensayos que había publicado dispersamente sobre el pensamiento y la obra de Foucault. Morey advierte, sin embargo, que es un libro de un profesor de filosofía, no de un divulgador o, menos aún, de un experto en el filósofo francés. Escritos sobre Foucault funge, entonces, como continuidad o complemento de otro libro suyo, Lectura de Foucault (1983).
A treinta años de la muerte de Foucault, que se cumplieron el pasado 25 de junio por las complicaciones de SIDA, Escritos sobre Foucault es una especie de recorrido intelectual: desde su ambiguo paso por el estructuralismo, de la “arqueología” a la “genealogía”, sus polémicas con Sartre y con Jacques Derrida, su revisión de la pintura de René Magritte, de sus temas capitales: la locura, la enfermedad y la sexualidad, etcétera… A lo largo del libro se puede percibir que a Morey le interesa el lugar (incierto, desde nuestro punto de vista) que tendrá el pensamiento de Foucault en las generaciones venideras pues escribe:
En cualquier caso, los hombres del futuro sabrán que esta cultura que fuimos, consagrada a jugar sus suertes ontológicas sobre la línea límite del presente, creyó en ellos y a ellos encomendó su pensamiento en cada tirada decisiva. Y que nos sentimos en cierto modo sus semejantes, tal vez porque alcanzamos a comprender que nos serán completamente extraños.
Foucault fue alumno de Georges Dumézil y Paul Veyne, compañero de Barthes, Lacan y Lévy-Strauss (el llamado Banquete Estructuralista en el cual Foucault, hace notar Morey, tenía una posición ambigua), maestro de Alain Robbe-Grillet y del grupo de novelistas reunido en torno a la revista Tel Quel y, finalmente, con sus teorías sobre la sexualidad Foucault es la base de la hoy tan en boga teoría queer y por eso no es extraño que sea uno de los personajes centrales en novela de Hervé Guibert, Al amigo que no me salvó la vida (Tusquets, 1991). El libro de Morey hace ver que la permanencia de Foucault en nuestra época es indiscutible pues aún tiene un impacto como pocos filósofos contemporáneos.
Es común que previo al estreno de una obra se convoque al público o a algunos invitados especiales a ver el ensayo general, lo que permite al director y a los actores “calar” el montaje y ajustar detalles; en otras ocasiones, la gente tiene la oportunidad de asistir a un work in progress, es decir, ver una fase del proceso creativo en donde se tiene un gran porcentaje del trabajo terminado, pero aún no se corre toda la obra, el objetivo es el mismo: la retroalimentación entre artistas y asistentes.
Bajo esta premisa, el Centro Cultural El Foco, ubicado en Tlacotalpan 16 en la Roma Sur, empezó el proyecto Work un progress.
La dinámica, por demás interesante, consiste en una convocatoria abierta permanentemente por medio de la cual se invita las compañías que estén en proceso de montaje a que envíen una carpeta con todos los datos de su propuesta escénica y en caso de ser seleccionados, el Centro Cultural les ofrece su espacio por dos lunes para que interactúen con el público.
En estas sesiones, la compañía tiene la oportunidad de explicar o no, los alcances que pretende, de qué va la obra, en qué punto del proceso creativo se encuentran, mostrar las escenas que tienen más trabajadas y hacia el final, establecer un diálogo con el público coordinado por una persona del teatro.
Como un plus, se le permite al grupo elegido implementar una estrategia —la que consideren más eficaz— que les ayude a recaudar fondos para el montaje final; el monto recaudado pasa íntegro a la compañía; de igual manera, se reparten sobres para que al finalizar la dinámica se aporte una cooperación voluntaria, de la cual el 70% pasa a los creativos y el 30% al Foro.
Este proyecto, impulsado por el Centro Cultural El Foco, que empezó en marzo del presente año y que culminará en noviembre, sin duda es loable y tiene muchas virtudes: permite a los grupos teatrales acercar su propuesta a diferentes tipos de personas: el asiduo al teatro, el especialista o el vecino que quiere pasar un rato ameno un lunes por la noche; empieza a formar nuevos espectadores y ayuda a la recaudación de dinero para el montaje final.
Sin embargo, aún tiene algunos puntos débiles, que de ser pulidos, permitirían sacar muchísimo más jugo; es decir: el día de ayer, se presentó la compañía Teatro para la vida misma con la obra Zombiecamerón. En la página oficial del foro se le recordaba al público que en la primera presentación se había acordado leer un capítulo del Decamerón de Boccaccio para comentarlo e incluso se colocaron ligas a algunos capítulos en internet.
¿Por qué? ¿Era necesaria esa dinámica si sólo se tomó de éste la idea general sobre el grupo de personas reunidas en un espacio para contar historias?
Al llegar al lugar, el director preguntó a los asistentes quiénes habían estado en la primera sesión, nadie levantó la mano.
Antes de entrar, se comentó que la compañía, con base en los comentarios de esa primera sesión, se había llevado la tarea de trabajar con los tres frentes del Foro; interactuar más con el público y poner atención a la parte sonora.
¿Por qué se pierde la continuidad? ¿Qué desmotivó a los asistentes de la primera presentación para ya no volver?
La estrategia de recaudación de fondos por parte del Teatro para la vida misma consistió en la venta ropa femenina; no supe si fue fructífero o no.
Cuando se terminó de correr la parte que se tenía más trabajada; se inició con la retroalimentación y he aquí la principal falla del proyecto: la mayor parte de la conversación estuvo centrada en reflexionar sobre el “mensaje” de la obra; en aspectos como el tratar de desentrañar qué es para nosotros un zombi actualmente y el cómo podemos dejar de serlo; en la enajenación de las redes sociales y la falta de convivencia entre los jóvenes de hoy.
Y cuando alguna persona hablaba un poco sobre los personajes o la historia, se le prestaba atención, pero casi inmediatamente se regresaba al punto de: ¿Qué intentaron decirnos con esto?
¿Estas digresiones en verdad ayudaron a enriquecer el proceso creativo de un montaje que requiere mucho trabajo?
Puesto en ese nivel, más que retroalimentación pareciera una introducción al espectador en el proceso de montaje para ampliar su conocimiento del fenómeno teatral, lo cual no está mal, pero si recordamos que estos espacios se crearon también para que los creativos reciban críticas, no se está cumpliendo el objetivo.
No se hizo énfasis en las carencias que la obra presenta, tanto en la parte escénica, como en las actuaciones y sobre todo en materia dramática. Hubiera sido de más utilidad que la moderadora intentara con más ahínco que la gente diera su opinión sobre los lugares comunes que la obra presenta. ¿Cuántas historias no hemos visto ya sobre zombis?, en las incongruencias de las leyes del universo que se plantea; en las escenas meramente informativas; en la falta de conflicto y la nula presencia del elemento de “urgencia” en el texto. Ese tipo de aspectos sí que hubieran ayudado a enriquecerlos.
Quizá si se empieza por perder el miedo para aventurarse más hacia la crítica, por parte de los coordinadores de las pláticas; las compañías seleccionadas para estos lunes de “Work in progress” puedan aprovechar más dicho proyecto que de verdad es una gran gran propuesta.