Tierra Adentro
Fotografía: Tijuana vs Dorados, Torneo Apertura 2013, por Gonzalo González/jammedia.com.mx

El Club Tijuana Xoloitzcuintles de Caliente nació en el año 2007 y desde entonces su popularidad ha tenido un ascenso meteórico en la Liga MX. Campeón del Torneo Apertura 2012, la raza canina mexicana hoy parece ser un estandarte de la identidad tijuanense. Con botas vaqueras y la playera azulcrema, Mavi Robles-Castillo relata su primera visita al estadio de los Xolos.

 

 

Jugar contra un equipo que se
defiende es como hacer el amor
con un árbol
Jorge Valdano

El éxito sin honor es el mayor
de los fracasos.
Vicente del Bosque

Al ver jugar a Pirlo me pregunté
si yo era jugador de futbol.
Genaro Gatusso

 

El viernes 9 de marzo del 2012 los Xolos recibían al América. Como ocurre siempre en los estadios donde los azulcremas van de visitantes, esto ocasionó un sensible incremento a los precios, cosa que yo no he alcanzado a comprender todavía. Todos se  quejan y difaman al América (difamar a este equipo se ha convertido en una especie de hobby nacional). Crecí cansada de escuchar argumentos como que los rivales se dejan ganar o se venden, que compran árbitros, que regalan penales y muchas otras incongruencias más, como si el arbitraje mexicano fuera malo sólo a favor de ese equipo, cuando sabemos que es malo para todos, sin distinciones. Lo curioso es que a esos mismos equipos que se quejan tanto nunca los he escuchado quejarse del dinero que obtienen al incrementar los costos cuando el América visita su campo. En todo estadio del país donde jueguen los de Coapa los locales por lo menos doblan el costo del boleto. Con todas estas consideraciones, más la efervescencia de la visita azulcrema, encontrar un boleto para ese partido era una cuestión de billetes.

La gran ventaja de ser dueño de un xolopass —un abono del Estadio Caliente para todo el torneo— es que te permite especular con él de manera fantástica. Ciertos aficionados de Xolos no se mostraron interesados por apoyar a su equipo en ese partido como por ganarse unos verdes: en la red circulaban anuncios donde se rentaba el pase en más de trescientos dólares por un asiento en zona regular. Por suerte mi hermano tenía dos abonos: una vez que los perros ascendieron desertó del necaxismo, olvidó a los Rayos y súbitamente se convirtió en un perro fronterizo de hueso colorado. Mi propia formación romántica me impide abrazar su causa.

A pesar de ser oriundos de Tijuana, nunca me gustó cómo juegan los Xolos; el catenaccio —una forma de juego defensiva que consiste en encerrarte en el área para ganar a base de contragolpes— ya no se juega ni en Italia, que lo inventó hace medio siglo. Además existe el antecedente del Necaxa, que empleó ese estilo para obtener campeonatos. En el invierno de 1996 se coronó empatando frente al Atlético del Celaya y la noticia dio la vuelta al mundo. México fue noticia porque el denominado campeón nunca venció a su rival. Esto obligó a la Federación Internacional de Futbol Asociación a presionar a su vez a la Federación Mexicana de Futbol  para cambiar el reglamento del futbol mexicano, porque no era posible que un equipo quedara campeón sin vencer a su contrincante. Otro episodio vergonzoso en el futbol nacional.

El día programado para el juego mi hermano, entre bromas, me advirtió por teléfono que no me pusiera la playera azulcrema. Contesté que vestiría la playera que quisiera y que apoyaba al equipo que me diera la gana, que a mí ningún argumento estúpido me iba a hacer cambiar de camiseta. Le recordé la primera vez que mi papá me preguntó a quién le iba: “a los de amarillo”, le contesté, y mi papá indignado me dijo que le podía ir “a todos menos a esos”. Yo pregunté, “¿por qué no?”, y me respondió: “porque son de Televisa”. No entendí entonces a qué se refería, pero insistí en apoyarlos. Más tarde me daría cuenta de lo poco que me importaba quién era dueño del América. Los dueños de equipos de futbol soccer no son santos, sino empresarios en un negocio prominente, y a mí lo que me importa es el juego. Le dije a mi hermano que me llevaba la playera o que no iba. No tuvo más que aceptar y quedamos de vernos en el parking.

No obstante, cuando me dijeron cómo se llamaba la porra se me borró la sonrisa, me pareció demasiado: La Masakr3, la barra de los pupilos de Hank, personaje que hace y deshace en esta esquinita de México desde hace ya varias décadas, incluso presunto autor intelectual de la muerte de un periodista. Con los antecedentes de la familia, el nombre de la barra era un descaro. ¿La masacre? ¿Es que acaso necesitamos más mala fama para nuestra ciudad? Qué más da, como fanática del futbol celebré la posibilidad de ver jugar a mi equipo en Tijuana, cosa que nunca hubiera pasado si los chicos del Casino Caliente no hubieras ascendido. Además, nadie puede negar que la construcción de este equipo refleja un gran trabajo del aparato de marketing y administrativo de la familia Hank. Los millones de esta familia cayeron, como muy contadas veces caen las moneditas en los tragamonedas de sus casinos. Aflojaron el bolsillo y con ello le inyectaron al equipo un gran espíritu de combatividad, agresividad y ambición. Esta peligrosa mezcla derivó en un equipo aguerrido, polémico en la procedencia de su capital y en su aceptación, gracias a ese amor/odio que la familia Hank ha generado en este estado y en todo el país desde hace ya tres generaciones, pero sobre todo en una escuadra que entendió rápidamente cómo se mueven las mafias en la Liga MX.

Seguidores del equipo de Tijuana, bajo el sol, a la expectativa del partido. Fotografía: Gonzalo González.

Seguidores del equipo de Tijuana, bajo el sol, a la expectativa del partido. Fotografía: Gonzalo González/jammedia.com.mx

Tres horas antes del encuentro llegué al Estadio Caliente vestida con mis botas vaqueras, mi chamarra de cuero negra y la playera ochentera con el legendario Antônio Carlos Santos y su 10 en la espalda. Estuvimos bebiendo tecates rojas hasta media hora antes de iniciar el juego. La temática de la borrachera era obvia.; se cansaron de decirme que iban a ganar, que las wilas no sé qué, que se la iban a no sé cuánto, etcétera. He aprendido a no contestar este tipo de alardes; me mantuve aparentemente calmada. calmada, pero estaba nerviosa porque era un partido difícil. Además, sabía que los aficionados de los Xolos tienen la costumbre de arrojar las cheves al aire cuando anota su equipo, y ese festejo iba a apuntar directamente hacia mí. Por fin abandonamos el auto y nos dirigimos a la entrada correspondiente Nos revisaron poco o casi nada; puedes ingresar con armas y ni quién te pele. En el Estadio Azteca no te dejan pasar ni siquiera el cinto. Mi hermano dijo que porque el suyo es un estadio de primer mundo. Cuál primer mundo ni qué nada, pensé; el parking ni siquiera está pavimentado. Ese día tragué más tierra que chela allá afuera. Lo único de primer mundo son los precios.

No existe en el futbol mexicano actual un equipo más perversamente interesante que los Xoloitzcuintles. Como aficionada al futbol por más de veinte años, al enterarme de la conformación del nuevo equipo tijuanense reí a carcajadas porque comprendí la identidad que buscaban crear: en realidad era sólo tomarla, ahí estaba, era cuestión de secuestrarla para los fines de la institución deportiva y sus dueños. De esa forma, el apócope de Xolos resultó perfecto, pues la gente lo asociaría de inmediato con los “cholos”, esa especie de gentilicio que identifica a una cultura mestiza, áspera y de hábitos relacionados popularmente con la violencia; una identidad bastante prolija en la baja califas y en la California gringa, que también se empata con la histórica idiosincrasia brava de los norteños.

Retrato de un aficionado xolo antes de un partido en el Estadio Caliente. Fotografía: Gonzalo González.

Retrato de un aficionado xolo antes de un partido en el Estadio Caliente. Fotografía: Gonzalo González/jammedia.com.mx

 

Pero qué más da, con los Xolos llegó el futbol de primera a la ciudad, algo sin precedentes. Y a pesar de tener claro que no habría mucho espectáculo futbolero alrededor de los Xolos, me olvidé del joga bonito y me hice a la idea de que vería un juego ríspido y beligerante; con todo el honor de una fanática leal me dispuse a hacer lo imposible por acudir a la perrera a ver jugar a mi equipo. En el trajín de conseguir la entrada me percaté del tremendo negocio de la familia Hank, pues se vendieron, al estilo Nuevo León, todos los xolopass mucho antes de iniciar la temporada; a mí desde ese entonces los precios me parecían elevados, sin embargo no han dejado de aumentar después de que el equipo se coronó campeón. Con ello el equipo local volvió complicado para los tijuanenses entrar al estadio. Antes de ascender a la Liga MX, los boletos se vendían en unas farmacias regionales; al aumentar la categoría, desaparecieron. Los xolopass borraron casi totalmente la venta de boletos. Es decir, no existe una venta al público tal como se conoce en otros estadios del país, e incluso en los europeos; éste es un estadio para influyentes, acertada estrategia: el mercado bruto que encontraron con el futbol de primera división en la región es avasallador.

Los Xolos son unos auténticos perros; su cancha se ha convertido en un pandemónium para los visitantes. Pocos son los equipos que sacan un punto en la perrera y, peor aún, entrar a su cancha de césped sintético representa un peligro para la integridad de los futbolistas. La dureza del pasto hace más peligrosas las lesiones y tiene mayor impacto en las articulaciones de los deportistas. Sin embargo, los Xolos han sido el único equipo capaz de engendrar una comunión con la gente de la frontera, tanto de Tijuana como de California. Iniciaron su escalada desde la liga de ascenso en el 2007. Tan sólo tres años después de su fundación lograron ascender al máximo circuito, en el 2011, y un año más tarde consiguieron el campeonato de liga en la primera división. Desde su primer torneo en la liga de ascenso disputaron los primeros lugares, aunque perdieron el ascenso a manos del Mérida FC. Con esto, su garra y fiereza habían quedado asentadas desde su fundación y el equipo de la frontera encontró rápidamente respuesta en la fanaticada, cuya disposición a entregarse emulaba a la de los jugadores en la cancha; los dueños habían encontrado una fórmula certera que todavía estaba por dar sus mejores frutos. No olvidemos que ya habían pasado por Tijuana muchos otros equipos sin pena ni gloria, como el Nacional de Tijuana. Ese equipo, filial de las Chivas, nunca funcionó: si algo no somos en esta orilla mexicana es nacionalistas. Por eso aquel equipo nunca estuvo ni cerca de ser lo que ahora es Xolos, y se esfumó como otros por la puerta de atrás. Los Xolos, con su plantilla llena de mexicoamericanos, con su actitud beligerante y brava, y con su rápido ascenso, ofrecieron un espacio y condiciones bastante familiares para los residentes fronterizos, cuya identidad se caracteriza por nuestra mimetización con los gabachos, nuestra actitud frente a la violencia histórica en esta esquina, y ofrecieron una esperanza donde depositar esos sueños con los que tanta gente arriba a esta frontera, sueños que casi siempre terminan en pesadillas. Pero con los Xolos no, con ellos lo mejor estaba por venir.

Inició el encuentro, me quité la chamarra y lucí la playera. Rápidamente noté una paridad en el número de aficionados de cada equipo. Me atrevo a decir que había más mericanistas, pero en la zona que nos tocó estaban puros xolos. Desde la fila de atrás unos gemelos con pinta de locos me gritaron: “quítate esa camiseta” Les dije “no pasa nada, cada quién su equipo, no es para tanto”. Pero comprendí que no tendrían piedad en bañarme con cerveza. ¿Tirar la cerveza? Bueno, se necesita ser estúpidos para desperdiciar la cerveza; nada justifica ese derroche, qué idiotas. Divagando sobre esto se fue la primera mitad; el juego era muy malo y las patadas estaban a todo lo que daba, la bola rebotando en el césped artificial como boligoma. Era malo en términos futbolísticos pero muy intenso como lucha libre.  Ese día me quedó claro que los Xolos nunca se han interesado por jugar bonito, eso sólo le importa a algunas románticas como yo. Acá la idea general es que “el futbol es de resultados”, una sentencia estúpida para un futbol nacional que históricamente ha carecido de ellos.

La Masakr3 celebra un gol con un baño de cerveza. Este festejo fue prohibido por el Club Tijuana en 2012 para generar conciencia de respeto a los aficionados, de acuerdo a la nueva Liga MX. Fotografía: Gonzalo González.

La Masakr3 celebra un gol con un baño de cerveza. Este festejo fue prohibido por el Club Tijuana en 2012 para generar conciencia de respeto a los aficionados, de acuerdo a la nueva Liga MX. Fotografía: Gonzalo González/jammedia.com.mx

Una vez en primera división, los Xolos armaron un equipo con jugadores profesionales de ambas californias, dos de los nichos más amplios de la cultura “chola”; pusieron una cancha artificial para sacar ventaja, como lo hacen muchos otros equipos que juegan en horarios que no son los óptimos para la práctica del deporte; también se aseguraron de contratar figuras con personalidades ríspidas. No iba a ser fácil pasar a Elgidio Arévalo, uno de los más férreos mediocampistas uruguayos de toda la historia, casi comparable con el energúmeno de Gerardo Gattuso; pero si se llega al área todavía falta enfrentar a Gandolfi, ese defensa argentino que toda su vida había jugado con el cuchillo entre los dientes; aquí Xolos aumentó la categoría de su arma: el central juega con la automática fajada en los shorts. Bien “armadito”, el proyecto canino empezó a cuajar, y pronto serían campeones de liga. En el juego de campeonato contra Toluca, una entrada artera de Gandolfi a escasos minutos del primer tiempo debió provocar que se fuera temprano a los vestidores para reflexionar sobre su poca comprensión del fair play. sin embargo, la falta increíblemente no se marcó. Los fronterizos jugaron toda la final con uno que debía estar expulsado, y la ganaron a escasos meses de haber ascendido: la magia del dinero, las relaciones públicas, el juego callejero, la marrullería, la provocación y la intimidación a los rivales funcionaron, rindieron frutos, los hicieron campeones.

La segunda mitad del partido inició con la misma tónica. Un jugador de Xolos, fiel a su estilo, se lanzó de la tercera cuerda y lo expulsaron. Las cosas se ponían complicadas porque los aficionados locales se encabronaron, aunque fuera justa la expulsión. De pronto Raúl Jiménez escapó solo y anotó el tanto de la ventaja para América. Los asistentes azulcremas brincaron y celebraron. Yo no lo hice, estaba rodeada de perros. Apenas apreté el puño y en un gesto tímido eché el codo hacia atrás dos veces. Sabía que aún faltaban veinte minutos. Muy poco me duró el gusto. A los minutos se empató el partido y, como esperaba, me llovió toda la cerveza de los alrededores, dejándome empapada. Los gemelos me gritaron otra vez: “ándale, quítate esa camiseta, te prestamos una de los Xolos”, y los dos se quitaron la playera dejando al descubierto sus tatuajes de penal gringo. Les respondí, sonriente: “gracias, amigos, muchas gracias, pero estoy bien”. Abrí mi bolsa y saqué otra camiseta americanista de principios del 2000. Me quité la de Antonio Carlos y quedé con todos mis tatuajes al aire, que no son pocos, solamente con una camiseta sin mangas. Mientras me secaba con los pedazos secos de la camiseta ochentera, lucía mis tatuajes como diciéndoles, “ustedes se creen muy cholos, mucha actitud, pues yo también tengo lo mío”. Sin embargo, al mismo tiempo estaba nerviosa y rogando que no cayera otro gol local. Escuché que decían, frustrados: “mira, traía otra camiseta de repuesto”, “uy, si cae otro gol no se la va a acabar”. Así, hecha un manojo de nervios, se me fueron los últimos diez minutos. Poco antes del silbatazo final se fue otro perro expulsado. El árbitro silbó y descansé aliviada. Después de todo un empate no era malo, pocos equipos habían salido vivos de la perrera y, sobre todo, yo había salvado la tarde y el orgullo americanista. De haber caído otro gol de Xolos no sé qué hubiera hecho, sólo llevaba una camiseta extra.

El número de aficionados Xolos superó, en poco tiempo y con creces, a los seguidores de equipos con más historia en México. Fotografía: Gonzalo González.

El número de aficionados Xolos superó, en poco tiempo y con creces, a los seguidores de equipos con más historia en México. Fotografía: Gonzalo González/jammedia.com.mx


Autores
(Baja California, 1978) es poeta y traductora. Su libro más reciente es Poemas para leer en una estampida (Piedra Cuervo, 2013).
Fotografía por Pixabay.

Louis-Hector Berlioz compuso su Sinfonía fantástica en 1830; se estrenó el 5 de diciembre de ese año en París, el director fue François-Antoine Habeneck y el propio Berlioz fue uno de los percusionistas. En 1832, el compositor presentó una segunda versión con varios cambios entre los cuales incluía el drama lírico Lélio ou Le Retour à la vie.

La Sinfonía fantástica fue la primera de las cuatro que compuso Berlioz; una de las descripciones más comunes de esta sinfonía es que nunca se había escuchado algo igual; esto puede parecer exagerado (también el decir que es la mejor primera sinfonía jamás escrita) pero es así. Al menos si tomamos en cuenta la variedad de recursos, de registros y la manera en que vincula lo dramático con lo luminoso, la fuerza con los detalles más sutiles, no es exagerado afirmar que la Sinfonía fantástica es una de las obras musicales más revolucionarias de la historia.

Esta obra, a través de una narrativa que retrata el temperamento de un artista romántico, captura muy bien el carácter social y artístico de su tiempo: en la década de 1830, Francia cambiaría de una monarquía absolutista a una liberal; por esos años se acuñaba la palabra “comunismo”; Mazzini iniciaba su movimiento Italia Joven; en Reino Unido se aprobaba el Acta de Emancipación Católica; se inauguraba la línea ferroviaria que conecta a Manchester y Liverpool y se aboliría la tradición satí[1] en las colonias británicas de la India. También por esos años Faraday y Maxwell arrojaron descubrimientos fundamentales en el electromagnetismo; se utilizó el cloroformo como anestesia por primera vez; se perfeccionó el motor a vapor en los barcos y se inventó el cilindro de acero que serviría de base para los bolígrafos. En 1830, apareció el cuadro La libertad guiando a su pueblo de Delacroix y también en ese año Balzac comenzó su ciclo La comédie humaine compuesto por cerca de cuarenta novelas; Victor Hugo publicó Hernani; Stendhal, Rojo y Negro, y Tennyson, sus Poems Chiefly Lyrical.

Al término de la década de 1830, Chopin terminaría de componer sus Etudes y Preludes; Schumann terminaría sus mayores obras para piano solo, Liszt cambiaría para siempre la interpretación al piano a través de sus composiciones y transcripciones, y Paganini haría lo propio en lo que se refiere al violín.

El 11 de septiembre de 1827, Berlioz fue al teatro Odéon de París a presenciar la representación de Hamlet con una compañía inglesa; entre los actores estaban Edmund Kean y Charles Kemble, dos actores muy reconocidos en su tiempo, y Harriet Smithson, una actriz de veintisiete años de edad quien, aunque de nacionalidad inglesa, había crecido en Irlanda. Su acento irlandés le había impedido tener éxito en la escena londinense, pero en otras ciudades europeas pasaba prácticamente inadvertido. Berlioz se enamoró perdidamente de ella. Después de esa noche comenzó a escribirle cartas de amor a la actriz (en un inglés muy malo) que ella ignoró. Al cabo de un tiempo se supo que Smithson tenía un amorío con su agente y la decepción que Berlioz experimentó lo llevó a la composición de la Sinfonía fantástica.

La Sinfonía fantástica se estrenó el 5 de diciembre de 1830. Para entonces, la pasión por Harriet Smithson había sido sustituida por el enamoramiento de Camille Moke, una pianista muy talentosa, bellísima y de diecinueve años de edad de quien Berlioz también se enamoró y con quien se comprometió para casarse. Sin embargo, Berlioz se fue a Italia para realizar una estancia en Roma auspiciado por la Academia Francesa y al cabo de unos meses de no recibir noticias de Camille, la madre de ésta le escribió una carta para informarle que su hija iba a casarse con el pianista Camille Pleyel. Berlioz estaba decidido a matarlos a ambos, así que dejó algunas instrucciones sobre la ejecución de su sinfonía al director Habeneck, consiguió un disfraz de mucama con el que pretendía llegar hasta el matrimonio Pleyel para matarlos y tomó el primer carruaje disponible hacia París. Durante el viaje la ira se disipó y al llegar a Niza escribió una carta solicitando autorización para volver a ser admitido en la Academia de Roma; fue aceptado y el músico decidió permanecer tres semanas más en Niza componiendo su Overtura Rey Lear antes de regresar a Roma.

Dos años después volvió a París con una nueva versión de su Sinfonía fantástica, y su secuela lírica titulada Lélio, en la cual el actor Pierre Touzé Bocage representó el papel de un artista muy semejante a Berlioz con un libreto lleno de alusiones a su pasión por Harriet Smithson. La sinfonía volvió a presentarse en 1832. En esta ocasión, la actriz acudió al concierto, ya que se encontraba de nuevo en París, en una temporada muy poco exitosa de su compañía de teatro. Maurice Schlesinger, quien publicaría en 1945 la partitura de la Sinfonía fantástica, invitó a la actriz inglesa al concierto, pero sin mencionarle detalles.

Al día siguiente del concierto, Berlioz y Smithson por fin se conocieron —el francés de Smithson era tan pobre como el inglés de Berlioz— y el 3 de octubre de 1833 se casaron. Tuvieron once años de un matrimonio miserable. Cuando se separaron, en 1844, Harriet Smithson había sufrido un accidente que la dejó paralizada de las piernas. Murió diez años después, alcohólica y en una silla de ruedas. Durante ese tiempo Berlioz ayudó económicamente a Smithson y mantuvo una relación amorosa con la cantante Marie Recio. De esa época datan dos composiciones que expresan su relación con Smithson: la sinfonía Roméo et Juliette y la canción La Mort d’Ophélie.

Berlioz cambió varias veces los programas de su autobiográfica Sinfonía fantástica. Dichos cambios obedecen a lo voluble de las emociones y sentimientos que Berlioz sentía por Smithson. En 1845, Berlioz publicó el siguiente texto junto con la partitura que, en sus propias palabras “es indispensable para una cabal comprensión del carácter dramático de esta obra”:

El propósito del compositor ha sido desarrollar musicalmente varios momentos de la vida de un artista, tanto como las propias posibilidades musicales lo permiten. El plan del drama instrumental, que carece de texto que lo acompañe, requiere ser aclarado previamente a la presentación de la obra. Por lo tanto, el siguiente programa debe ser considerado como el libreto de una ópera con la función de presentar los movimientos musicales, pues son los que le dan su carácter y expresión.

Primera parte. Sueños y pasión: el compositor se imagina a un joven músico que padece del “oleaje de las pasiones”, como cierto escritor le llamara a esa enfermedad moral. El artista ve por primera vez a una mujer que encarna el encanto y los ideales con los que siempre ha soñado y se enamora irremediablemente de ella. A través de una mala jugada de la mente, la imagen de la enamorada se le aparece con frecuencia al artista. La imagen va unida a una idea musical cuyo carácter, apasionado pero también noble y reticente, él le atribuye a su amada.

La imagen melódica y su modelo humano lo persiguen incesantemente como una doble idea fija. Esa es la razón por la que la melodía con la que inicia el primer Allegro aparece constantemente en cada movimiento de la sinfonía. El tránsito de este estado de ensoñación melancólica, interrumpido por algunos ataques de inesperada alegría, a uno de pasión delirante, con sus movimientos de furia y celos, su regreso a la ternura, sus lágrimas, su consuelo religioso… todo esto es el primer movimiento.

Del primer movimiento podemos destacar el uso de las cuerdas, las pausas extendidas entre las frases, el uso del pizzicato para violas, cellos y contrabajos, así como la incorporación de flautas y clarinetes con los cornos (en lugar de que éstos sirvan de fondo de los primeros). La meoldía que interpreta el violín con la que inicia la sinfonía es la de una canción que Berlioz compuso cuando tenía doce años de edad, dedicada a Estelle Dubeuf (quien tenía diecinueve años de edad entonces). La “idea fija” que Berlioz apunta en el programa está representada por una melodía que interpretan los violines y la flauta con un acompañamiento de las cuerdas cuando inicia el Allegro.

Segunda parte. Un baile: El artista se encuentra en las circunstancias más variadas; a mitad del tumulto de una festividad, en la tranquila contemplación de la belleza de la naturaleza. Pero sin importar donde se encuentre, en la ciudad o en el campo, la imagen de su amada se aparece ante él y le perturba el alma.

Tercera parte. Una escena en el campo: El artista se encuentra una noche en el campo; escucha a lo lejos a dos pastores que tocan un ranz des vaches[2] a manera de diálogo. Este dueto pastoral, la vista, el suave movimiento de las hojas de los árboles sacudidas por el viento, ciertas esperanzas que recientemente ha encontrado… todo esto le otorga a su corazón una calma poco usual y le da mayor definición a sus ideas. Reflexiona sobre su aislamiento, piensa que pronto ya no estará solo. Pero, ¿qué pasaría si ella lo estuviera engañando? Surge la combinación de esperanza y temor. Estas ideas de felicidad interrumpida por negros pensamientos dan forma al Adagio. Al final, uno de los pastores vuelve a tocar el ranz des vaches, pero el otro ya no responde… quedan el sonido lejano del trueno, la soledad y el silencio.

Es este movimiento en el que la influencia de Beethoven es más clara, principalmente por su sexta sinfonía (llamada Pastoral). Ambas tienen cinco movimientos y el diálogo de los pastores está claramente basado en las aves (ruiseñor, codorniz y cuclillo) representadas por Beethoven en dicha sinfonía. El tema principal de este movimiento (i.e., la melodía interpretada por la flauta y los violines que tocan inmediatamente después del primer diálogo entre el corno inglés y el oboe) pertenece a la Messe solennelle que Berlioz compuso en 1824.

Cuarta parte. Rumbo al patíbulo: con la certidumbre de que su amor no es reconocido, el artista intenta quitarse la vida con una sobredosis de opio, pero la dosis no es suficiente para matarlo y lo hunde en una ensoñación con visiones terribles. Alucina que ha matado a la mujer que ama, que lo condenan a muerte, que es conducido al patíbulo y ahí presencia su propia ejecución. La procesión avanza con un sonido de marcha que de pronto es fuerte y sombrío, y de pronto brillante y solemne, en el cual el sonido apagado de los pasos alcanza sin mediación el clamor más poderoso. Al final de la marcha, los primeros cuatro compases de la “idea fija” reaparecen como un último pensamiento amoroso antes del golpe final.

Quinta parte. El sueño del aquelarre de las brujas: El artista se ve en el aquelarre; en medio de fantasmas, hechiceras y monstruos de todo tipo que han venido a su funeral. Hay extraños ruidos, risas, gritos lejanos a los que otros gritos parecen responder. La melodía de la amada regresa, pero ya sin su carácter de nobleza y reticencia; ahora no es más que la tonada de una danza innoble, trivial y grotesca: es ella que ha venido al aquelarre… hay un grito de felicidad para recibirla y después participa en la diabólica orgía. Hay un toque de difuntos y una parodia burlesca del Dies Irae, que se combina con una danza del aquelarre.

En este último movimiento apreciamos esta multiplicidad de transformaciones y sonoridades extrañas; hay un sonido de campanas, un clarinete, el golpeteo de las cuerdas de los violines y las violas con el arco de madera y glissandos en los alientos. En las dinámicas hay cambios bruscos de fortissimo a pianissimo construyendo la imaginería grotesca del aquelarre y la ensoñación.

 

Versiones recomendadas:

♦La Orquesta Filarmónica de Leningrado dirigida por Gennady Rozhdestvensky es poco conocida y sin duda una de las más logradas en términos de arrojo e imaginación. Un gran mérito de Rozhdestvensky es la recreación de los momentos delirantes de la obra:

 

♦Stéphane Denève dirige la Orquesta Sinfónica de Chicago para lograr una interpretación limpia, equilibrada y precisa, pero un poco sosa. Denève parece ilustrar la pasión del romanticismo de Berlioz en lugar de revivirlo:

 

♦La Orquesta sinfónica de Radio de Bavaria dirigida por Mariss Jansons (a sus setenta años de edad) es una de las mejores interpretaciones que he escuchado de la Sinfonía fantástica de Berlioz. No sólo la ejecución, los tempi y las dinámicas aparecen con enorme precisión; hay un auténtico desarrollo del carácter de la obra como la representación del enamoramiento y los delirios del músico imaginado por Berlioz. El cuidado por el carácter de toda la obra y no sólo de los movimientos por separado es incomparable:

 

 


[1]El origen de la tradición satí es hindú y exigía que las mujeres que quedaban viudas debían arrojarse a la pira funeraria del esposo para inmolarse junto con él (el origen de la palabra proviene del sánscrito satī que significa “esposa fiel”).

[2] Un ranz des vaches es una melodía sencilla que solían tocar los pastores en los Alpes Suizos mientras movían su ganado. Un ejemplo de estas melodías aparece en el solo que interpreta el corno inglés en la obertura William Tell de Gioachino Rossini.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.
Fotografía por Pixabay.

Uno de los mayores problemas colaterales derivados de la ola de violencia que cubrió a la ciudad de Monterrey a partir de 2010 fue la parcial extinción de la vida nocturna y cultural del lugar. Antros, cafés, tiendas, centros culturales, nada se salvó de la baja afluencia provocada por el miedo a las extorsiones, secuestros, balaceras, desapariciones y demás problemas relacionados. La zona de Barrio Antiguo que de miércoles a domingo albergaba una colorida diversidad cultural prácticamente desapareció y los regiomontanos no tuvieron otra opción que atrincherarse en sus casas los fines de semana.

A partir de 2012, comenzaron a sonar más fuerte las inquietudes por devolver la ciudad a los ciudadanos, reactivar las zonas culturales y de esparcimiento y promover el talento artístico local. De éstas ideas y de la simple necesidad de salir y entretenerse, surgió Del pueblo pal pueblo, equipo de promoción del arte enfocado en el talento nacional. Los integrantes (Diego, Sam, Pablo y Gabo), conforme organizaban fiestas, se dieron cuenta que a su alrededor había mucho talento musical, de modo que nació el deseo por apoyarlo por medio de su difusión y promoción, así como proporcionar alternativas seguras y divertidas al encierro que se vivía.

Diego Martínez, director general del proyecto, comenta que el reducido horario de la vida nocturna en la ciudad (actualmente por decreto gubernamental todos los locales deben cerrar máximo a las dos de la mañana), lejos de representar un problema, significó un motivo de inspiración para encontrar maneras creativas de organizar eventos y llevar propuestas musicales talentosas y diferentes a espacios donde pudieran gozar de mayor afluencia de público. En un principio se enfocaron principalmente en música electrónica, sin embargo han expandido su rango de acción a otros géneros también muy bien recibidos por el público de la ciudad, como son el rock, punk y metal, así como los estilos que van surgiendo a partir de todos estos.

El pasado sábado 28 de junio, Del pueblo pal pueblo festejó la primera edición de las Wow Summer Nights, como nombraron a la serie de eventos musicales independientes que llenarán a la ciudad con buena música y diversión este verano. El evento tuvo lugar en el Skizzo, ubicado sobre la calle Matamoros en el corazón de Barrio Antiguo. Este espacio, representativo de la música electrónica, también se ha sumado a la labor de reavivar la vida nocturna en la ciudad. Para esta ocasión se organizó una fiesta musical con una especial mezcla de estilos y artistas. Tres bandas en el patio exterior encendieron la noche con sus respectivas propuestas llenas de energía y buena vibra.

Abrió, a eso de las nueve de la noche, Mexicaliens, banda nacida este mismo año luego de que sus integrantes, involucrados en diversos proyectos, se encontraran y utilizaran sus inquietudes y talento para dar vida a este grupo que mezcla elementos del rock y el rap para formar un ambiente que además de divertido esté comprometido con la realidad social. Más que un grupo de rock los integrantes se consideran un movimiento. Juzgan importante poner énfasis al contenido de las canciones. Compuestos por la estructura clásica de una banda: batería, bajo, guitarra y vocales, buscan sumarse al oleaje de bandas y espacios que están resurgiendo. Aquí se puede revisar su propuesta.

La segunda banda en presentarse fue Acril; compuesta por dos guitarras, un bajo, una batería, vocales y un saxofón, la cual propone un sonido muy original con un estilo punk de base, influenciado por el rock y en gran medida por el reggae. Con nueve años de trayectoria, manejan un ritmo rápido y enérgico. Sus canciones también prestan especial atención al contenido social. Compuestas casi siempre en conjunto reflejan el imaginario colectivo de la ciudad. Respecto a las fuentes de inspiración para componer canciones Rosko, guitarrista y segunda voz en la banda, comenta que a veces están de mal humor y se quejan del mal funcionamiento del sistema, o se burlan del estilo de vida de algunas personas o se enfocan en sus propios problemas personales. Entre sus objetivos como banda está el representar al punk rock mexicano y más que nada al regiomontano.

Por último, para cerrar la noche, tocó Circus Circus,  banda con cinco años de trayectoria. Con base en la onda metalera los integrantes señalan la gran influencia que grupos como Iron Maiden tiene en su propuesta, que además juega con la música funk sobre todo para  darle vida al bajo con ritmos setenteros muy interesantes. Esta banda propone un estilo de metal enfocado en la sátira como base para sus canciones. En entrevista John Bobby, productor de la banda y encargado de los cantos guturales, comenta que el proyecto es un espectáculo, el cual involucra armar show, payasear. Explica que mucha gente se puede llegar a incomodar con sus canciones debido al contenido en ocasiones ofensivo, pero considera que ellos ofrecen una especie de catarsis metalera, es decir una manera divertida de hacer que las personas se topen con las emociones que sienten pero que reprimen. Circus Circus dice lo que otros sólo piensan. Consideran que la banda da voz a la crítica social de distintos movimientos llevando la libertad de expresión al límite, sin temor de incluso parecer ridículos. Lo suyo es el espectáculo. Como planes a futuro Circus Circus sueña con tocar en lugares con más público, sacar discos y dar a conocer su música.

Hacia la medianoche terminó la intervención de las bandas, aunque no terminó la fiesta, ya que Del pueblo pal pueblo preparó la intervención de música electrónica para continuar con el buen ambiente. A pesar de la buena vibra y organización, fue imposible ignorar la reducida afluencia de público, que en este como en otros eventos culturales aún se recuerda los momentos difíciles que se vivieron en la ciudad en los últimos años. Ojalá con los sumados esfuerzos de organizadores, espacios, público y artistas, zonas como Barrio Antiguo reanuden con buen ánimo sus actividades y vuelvan a dar cabida a la diversidad de gustos y propuestas en la ciudad.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey, Nuevo León, México, 1991. Cursa actualmente estudios de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Participó como ponente y creadora en los encuentros y congresos organizados por la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (REDNELL) en D.F., Querétaro, Mérida y Tijuana ininterrumpidamente desde el 2010 al 2012. En febrero del 2013 ganó el Primer lugar en el Slam Poético 3.0: Sobrevivientes del 2012 y participó como jurado en el Slam Poético 4.0: Monterrey es un laberinto (junio 2013). Ha sido publicada en Puño y Letra (Monterrey, 2012), La regia cartonera (Monterrey 2014), Los bárbaros del norte (CONARTE 2014), el periódico Barrio Antiguo (Monterrey 2014) y la página de internet de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM 2014).
Fotografía de Charles Simic por Claudia Sandoval.

Charles Simic visitó México a propósito de los festejos por el centenario del nacimiento de Octavio Paz. El poeta, autor de El mundo no se acaba, recibió al equipo de Tierra Adentro en el cuarto de un hotel del centro del Distrito Federal. Sobre el escritorio yacía un ejemplar de Desarmando el silencio, libro con el que Xitlalitl Rodríguez Mendoza conoció la obra de Simic.

 

Charles Simic nació en Belgrado en 1938 y emigró a Estados Unidos en 1954. Tras algunos años en Chicago, comenzó a escribir poesía en inglés. Cincuenta años después, Simic es uno de los poetas estadounidenses más reconocidos. En México se han traducido El sueño del alquimista, Una boda en el infierno, Desarmando el silencio, El flautista en el pozo y Alquimia de Tendajón.

Su poesía se caracteriza por una aparente simplicidad, una brevedad con la que nos hace montar en sus textos y luego nos derriba como un poni que repara.

Con la edad he adquirido una destreza: al leer una obra me hago idea de ciertos modos del autor. Con Simic me equivoqué. Temí que fuera un poquito cascarrabias. Después de todo pasó su infancia entre cráteres de bombas, calles destruidas y cascos de soldados alemanes llenos de piojos. Fui la más feliz al descubrir lo equivocada que estaba. Charles Simic es amable, brillante, paciente y escandalosamente divertido. Debería ser presidente del mundo.

 

He leído pasajes muy difíciles de su niñez durante la guerra. Si tuviera la oportunidad de elegir entre haber tenido una infancia más tranquila y sin tanto sufrimiento para su familia, a cambio de no haber escrito poesía, ¿la tomaría?

Me siento perfectamente bien con mi infancia. No se la recomendaría a nadie más, pero fui muy feliz durante la guerra. El mundo se estaba yendo al infierno, los aliados estaban invadiendo a los alemanes y había una guerra civil en curso, pero para un niño en una gran ciudad cuyos padres estaban siempre ocupados —como ocurre en una guerra, los padres se van lejos y las madres tienen que trabajar—, yo tenía mucho tiempo para jugar con los otros niños del vecindario. Nadie me vigilaba. Era maravilloso. Cuando la guerra terminó (yo no recuerdo, me lo contaron) yo estaba jugando en la calle. Vivíamos en el centro de la ciudad, en un cuarto piso, y el único momento en que subía a casa era para tomar agua; corría por las escaleras y los pasillos hasta la cocina, bebía agua y volvía de inmediato a la calle. Así que en aquella ocasión subí a tomar agua y cuando iba a regresar a jugar (insisto, yo no me acuerdo, pero es lo que me han contado) me dijeron: “¡Espera, espera! No te vayas. Terminó la guerra… ¡Terminó la guerra!”, y me cuentan que me quedé estático y al cabo de un rato dije: “Bueno, parece que ya se acabó la diversión”. Me tomó bastante tiempo entender por qué dije eso y no lo hice por mí mismo. Una vez, en una fiesta, conversaba con una mujer de mi misma edad que había estado en Varsovia durante la guerra, en situaciones mucho más terribles que en Belgrado. Mientras le hablaba de estas cosas, ella me dijo: “Es perfectamente normal que te sientas así: no tenías que ir a la escuela. De hecho yo tuve mucha suerte porque mi escuela había quedado destruida”. Así entendí por qué tuve esa sensación de tristeza por el fin de la guerra.

 

Desde Dismantling the Silence, donde escribe “Viajar dentro de una piedra / ése sería mi camino”, hasta New and Selected Poems (1962-2012), donde aparece el poema “Las cosas me necesitan”, se ha interesado en escribir sobre pequeños objetos, que a primera vista podrían carecer de importancia poética. ¿Cómo elige cuáles son los objetos indicados para escribir? ¿Por qué elige una piedra y no otra cosa?

Primero habría que considerar cómo empezó todo esto, porque no fui el primero. Los poetas modernistas franceses lo hicieron mucho antes. Al principio esto ocurrió como algo “antipoético”; escribir sobre algo que no parece poético. William Carlos Williams tiene un poema muy famoso, “La carretilla roja”, que también es un ejemplo. Mi poema “La piedra” fue el primero que escribí de este tipo. Siempre me han gustado las rocas. Las piedras pequeñas estimulaban mi imaginación. Si encontraba en la playa una piedra que me gustara, me la llevaba a casa y la ponía al lado de mi cama. Después, cuando comencé a escribir sobre el tenedor, el cuchillo, la cuchara, etcétera, ocurrió sin planearlo. Una noche en que estaba en mi casa, vivía solo y no encontraba nada que hacer, me puse a observar mis cubiertos. Los tenedores y la cuchara que tenía eran muy diferentes porque los había tomado de restaurantes; no combinaban. En eso tomé la cuchara y me pareció un objeto maravilloso, y pensé que nadie había escrito un poema acerca de una cuchara. Luego escribí acerca del tenedor, un cuchillo y otros objetos.

Con respecto a la otra parte de tu pregunta, por qué elegir un objeto y no otro, un amigo me dijo, después de que había publicado en algunas revistas una serie de poemas sobre objetos, que debía escribir un libro de poemas de este estilo. Me pareció una excelente idea y seguí escribiendo sobre objetos pequeños; entonces decidí escribir un poema sobre un palillo, porque me encantan los palillos, pero me di cuenta, sorpresivamente, de que no tenía nada interesante que decir sobre ellos. Tenía toda una constelación de cosas que decir sobre otros objetos, pero no sobre los palillos. Tienes que encontrar aquellos objetos que provocan una reacción en ti.

 

Pienso en su poema “Mis zapatos”. Se trata de un objeto muy humilde, como pueden ser los zapatos de un niño en una guerra.

Ese poema tiene una bonita historia. Mucha gente creía que lo había escrito a partir del famoso cuadro de Van Gogh, Un par de botas (hay dos o tres versiones de ese cuadro), pero no es así, es uno de mis primeros poemas y trata acerca de mis zapatos. Una mañana en Nueva York, cuando era joven, en que no me podía levantar —cada noche me acostaba a las dos o tres de la mañana y me tenía que levantar a las ocho porque entraba a trabajar a las nueve— se me ocurrió este poema. Estaba sentado en el borde de la cama, mirando el suelo, aún tratando de despertar, y de pronto observé mis zapatos, el único par que tenía. Recordé a mi madre cuando me decía: “Ponte los zapatos inmediatamente”. Los vi y de pronto surgió esta imagen hasta cierto punto religiosa. Esta es la historia de ese poema.

 

¿Piensa que es necesario escribir poesía?

No creo que sea necesario. Hace mucho tiempo me di cuenta de que la poesía era una obsesión por hacer algo que nunca lograba hacer bien. Decidí que no iba a rendirme. Cuando era joven solía jugar ajedrez. Cualquier buen jugador te dirá que hay juegos que te persiguen durante mucho tiempo y no necesariamente porque hayas cometido un error, sino porque en la profundidad de esos juegos hay un comentario acerca de tu propio carácter, ya sea sobre algo psicológico, sobre tu propia impaciencia o esa necesidad de mostrar bravuconadas de vez en cuando. Del mismo modo, ningún poema que haya escrito me satisface del todo y por eso sigo trabajando y corrigiendo. Siento que no tengo otra opción.

 

¿Cuál es su definición de poema?

Un poema es algo que lees y que vuelves a leer inmediatamente. Hace mucho solía trabajar en librerías. En una ocasión vi a una persona que estaba esperando a alguien, parecía molesto por la espera; tomaba un libro, lo hojeaba, lo dejaba en su lugar. Hizo lo mismo con unos siete u ocho hasta que de pronto leyó algo que lo cautivó instantáneamente y ya no pudo soltar el libro. Un poema es una especie de vía que cada lector recorre y desgasta, pero también es algo accesible. Entre todas las cosas que un poema puede ser, hay algo en él que lo hace gratificante de inmediato. De hecho puedes ver a una persona que tiene un libro entre las manos y te das cuenta si es poesía por la manera en que lo lee. En un poema tienes una recepción a corto plazo y de inmediato puedes hacer algunas conjeturas sobre la forma, estar muy seguro de lo que va a ocurrir, y al final, lo que esté en el poema, saldrá por completo. Aunque también debe haber cierto misterio, algo que te das cuenta de que al leerlo de nuevo habrá de abrirse. No está muy claro, pero se trata de una confusión de carácter expresivo, algo que te invita a pasar más tiempo en su ambigüedad. Si tiene todos estos elementos, el poema es bueno.

 

Pienso en su poema “Tía lechuga, quiero mirar bajo tu falda”. ¿Qué función tiene el humor en su trabajo?

Más que una función en la poesía, una visión humorística ocupa una parte en el mundo tanto como una visión trágica. Siempre le digo a las personas que durante la guerra, a pesar de los bombardeos y demás, la gente no se la pasa llorando. También hay bromas y la gente se ríe. Algunos me preguntan de qué nos reíamos en la guerra, y yo respondo que es parte de nuestra condición: uno ríe. Podría decir que casi siempre mi primera reacción ante algo es de carácter cómico. De ahí el querer ver debajo de la falda de la tía lechuga. Como se ven las lechugas en el mercado (hace la mímica de estar deshojando una, se ríe); es como para preguntar: “¡¿Por qué está vendiendo pornografía?!”

 

La memoria es parte esencial en su trabajo, pero ahora, en New and Selected, está “El futuro”, donde afirma: “sé que la mayoría le tenemos miedo”. ¿Qué es a lo que más le teme ahora Charles Simic?

Cuando llegas a mi edad —tengo setenta y seis años— la mitad de tus amigos están muertos. No tengo miedo a la muerte, pero este mundo que tenemos… Han pasado años desde la última vez que conocí a alguien optimista. Tengo un gran miedo por el futuro en cada aspecto de nuestra sociedad. Hay que ver lo que ha pasado con los libros, con el aprendizaje.

 

¿Cuáles son sus hábitos de escritura?

No tengo hábitos para escribir. Trato de escribir a diario. Es algo que cambia con los años. Antes escribía por las noches, antes de ir a acostarme, y ahora escribo por las mañanas, y aun así cambia mucho cada día.

 

Como profesor del programa de escritura creativa de la Universidad de Nueva York, ¿cuál es la lección más difícil para los jóvenes empeñados en ser poetas?

Ahora recuerdo que entre mis alumnos tuve a dos mexicanos —uno murió— que tenían una gran influencia de Octavio Paz. Yo les decía: “Por qué de todos los poetas mexicanos que los podían haber influenciado…”, pero bueno, lo que debes hacer como maestro es ayudarlos a que encuentren su propia voz y eso al principio sólo se hace imitando a otros. Yo solía imitar a Neruda cuando era joven, luego me di cuenta de que sonaba como a un mal Neruda y dejé de hacerlo.

Ahora bien, hay personas que desde el principio muestran un talento. Sin embargo, me parece que alguien que aspira a ser poeta debe tener una relación particular con el lenguaje; un buen oído y un gusto por el lenguaje, por usar las palabras de cierta manera. Debe ser capaz de escuchar varios tipos de dicciones y combinarlas. Ese es el trabajo más interesante y difícil con la mayoría de los estudiantes. Hay otros estudiantes, más raros, que no tienen esta relación con el lenguaje, pero tienen una gran imaginación. Lo extraño es que ocho de cada diez de los más talentosos casi nunca se vuelven poetas. Con frecuencia, los que se hacen poetas son aquellos que parecen no poder evitarlo. De alguna manera todas estas cosas que he mencionado se manifiestan en su trabajo. No es algo inmediato; esto no es nada nuevo. En todas las tradiciones —la mexicana incluida— cuando lees las obras completas de cualquier poeta —clásico o no— sus primeras obras son malísimas. La gente más talentosa no sabe lo que tiene, no lo entiende. Y los otros estudiantes, cuando leen algo de los talentosos, exclaman cosas como: “Michael, eso es maravilloso”, y si uno sugiere que quite la segunda estrofa, porque la segunda y tercera estrofas son lo mismo, Michael quita la estrofa buena. La gente talentosa no entiende lo que hace.

 

Traducción de la entrevista por Gerardo Piña.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.
Última parada de la ruta de autobús y banca instalada. Fotografía: IDENSITAT.

A 40 kilómetros del Distrito Federal existe una comunidad que vive entre el basurero municipal de Tultitlán, hoy clausurado, y la Sierra de Guadalupe. En esta región la principal actividad económica fue la separación y venta de residuos, e IDENSITAT, la iniciativa que se dedicó a transformar los espacios comunitarios mediante estrategias artísticas.

 

IDENSITAT es un proyecto artístico (iniciado en Calaf, España, 1999) que trabaja como casa gestora y de vinculación con proyectos de espacios públicos, por lo que ha sabido encontrar distintas formas de transformar lugares comunitarios mediante estrategias artísticas. Esta iniciativa pone el dedo en un tema espinoso: las trabas para desarrollar proyectos culturales que penetren el espacio social; sin embargo, al proyecto paulatinamente se añadieron nuevas conexiones y estrategias, lo que dio como resultado una red de colaboración entre instituciones, investigadores y artistas. Con el tiempo incorporaron una estrategia educativa que liga las actividades entre la producción de proyectos y la población de la localidad, además de un formato continuo de incidencia barrial, en donde se generan trabajos más longevos que involucran estrategias cooperativas y de coproducción con la comunidad. Un ejemplo fue una pista de patinaje en Arbucias, iniciativa de los jóvenes de la zona que demandaban un espacio así. IDENSITAT colaboró como motor de gestión para incluir la participación del patinador y constructor Sergi Arenas, además del diseño y construcción de forma colaborativa del parque.

Elena Muñoz (Distrito Federal, 1984), miembro de IDENSITAT desde el 2012, es asesora de proyectos de espacio público y acreedora del Premio de Arte Público SITEUR en 2010. Elena cuenta que “la mayoría de los proyectos son a largo plazo, porque buscan incidir en espacios sociales (más que en espacios públicos); esta esfera que llamamos el espacio social tiene que ver con el espacio físico, con el espacio político y también con el ciberespacio”. Así, IDENSITAT crea dos ramas de trabajo principales: una basada en la colaboración directa con el artista, y otra que se enfoca en el trabajo específico con un barrio o colonia. Sobre esta segunda línea de trabajo, Elena explica: “intentamos siempre  experimentar con diferentes intervenciones e  innovar en la manera en la que lo hacemos. Pero no elegimos al azar una zona simplemente por el hecho de que nos guste o no, sino porque algo interesante está pasando en ese lugar”. Es en este formato que IDENSITAT se exporta a México con ID*Barrio Mex, coordinado por la misma Elena, con el que se plantea la posibilidad de crear un observatorio en la zona de Tultitlán en el Estado de México, lugar periférico con características bastante peculiares: su comunidad alberga sólo a ciento cuarenta y siete habitantes, y es receptora del basurero municipal (colindante con la reserva de la Sierra de Guadalupe). “Comenzamos a trabajar con Tultitlán a partir de las inquietudes de una A.C. que había trabajado con la comunidad de pepenadores anteriormente, pero que por alguna razón les era imposible abordar la problemática desde el marco artístico”, dice Muñoz.

En este contexto, una vez que se elige el sitio, el plan de trabajo y los objetivos de la intervención son propensos al cambio. Elena habla de que la metodología de trabajo se adapta: “En general intentamos que los procesos de trabajo giren en torno a una fórmula, IDENSITAT: [LUGAR] + [TALLER] + [PRODUCCIÓN + DISPOSITIVO MÓVIL] + [SEMINARIO]”. En esta lógica, Tultitlán ha cambiado el plan de trabajo. En un principio se pensó hacer una investigación y talleres de materiales constructivos reciclados, pero el basurero cerró y una parte de la comunidad de pepenadores tuvo que emigrar a otros basureros. El equipo de trabajo tuvo que adaptarse: “Hemos enfocado el proyecto hacia cómo podemos incidir nosotros en un contexto de periferia. Lo que hicimos fue construir una máquina para soldar, que trabaja a base de agua y de sal, en colaboración con el colectivo de arquitectos SomosMexas. Lo que buscamos es construir un modelo replicable para que todo el que quiera pueda hacer una máquina de soldar con pocos recursos. Con esta máquina, y la participación de los habitantes de Tultitlán, se construyó una banca que sirve para dos usos: parada de autobús y banca de futbol”, comenta Elena.

Pese a que es relativamente joven, ID*Barrio Mex ha comenzado a formar una red de trabajo y colaboración en la que el colectivo sustenta su trabajo como vinculante: “En IDENSITAT quien sube al barco es bienvenido”, comparte Muñoz; y asimismo, se puede bajar cuando quiera. Se han organizado otras actividades en el Distrito Federal, como el caso de un seminario en el Centro Cultural de España en México a partir de la exposición Esto no es un museo, y una residencia en SOMA, donde se realizaron proyectos de intervención con los alumnos. Actualmente continúa el trabajo en la zona de Tultitlán, mientras mantiene la red de colaboraciones, con el Faro de Oriente, por ejemplo. También realiza un trabajo documental, otra investigación que consiste en entrevistar a artistas e investigadores que centran su trabajo en la intersección de la temática de espacio público, arquitectura y basura. Para el documental se ha entrevistado a Ilana Boltvinik, artista que recientemente colaboró con Chicle y pega, en Casa Vecina; al arquitecto Arturo Ortiz Struck; Eduardo Abaroa y Yoshua Okón de SOMA México, y Tania Ragasol y Christian del Castillo, de Casa Vecina, entre otros. Este material audiovisual servirá como archivo de recopilación e investigación para las acciones y coyunturas futuras que ID*Barrio Mex realizará a nivel nacional.

Fotografías: IDENSITAT.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guadalajara, 1985) es licenciada en Ciencias de la Comunicación, con un máster en Arte Sonoro por la Universidad de Barcelona.
Fotografía por Pixabay.

¿Qué nos dicen los muertos desde sus fotografías? ¿Por qué existen las fotos de cadáveres? ¿Cuál es su función? Marina Azahua arroja luz sobre estas cuestiones en una versión alterna del capítulo final de su libro Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia (Tusquets, 2014).

 

La fotografía es un adiós.
Pertenece a la vida
después de la muerte
del retratado.
Eduardo Cadava

 

¿Cómo se postra uno frente a un cadáver? Si el calor del cuerpo sigue presente, ¿se trata de un ser humano? Si ya enfrió la piel, ¿es entonces un objeto? Si los muertos son objetos, ¿importa qué nombres habrán tenido? ¿Qué pasa con los cuerpos tirados en la calle que ni cartera traían? ¿Cuál habrá sido su sabor de helado favorito? En qué momento se convierte el muerto en objeto y ya no en ser humano con gustos y predilecciones, ¿al instante de la muerte?, ¿al instante de convertirse en fotografía? La marca de la muerte acompaña al cadáver fotografiado hasta su nueva vida como materia plana, bidimensional. En cualquier fotografía de difuntos persiste una llaga que llora, una pústula que emana. No observamos la muerte de alguien, sino el hecho mismo de que ya no es alguien. Ya no es ser. Es algo nuevo.

El asombro ante el retrato de la muerte es posiblemente universal. La manera como se congela el fin de una vida tiende a reproducirse de modo casi alquímico en la plata de la fotografía; graba cada detalle, guarda cada arruga y mancha, a veces incluso guarda la verdad de los últimos instantes. Por eso es importante aprender a mirar a los muertos, reconocerles aunque sea con la mirada, evitar replegarnos para verlos verdaderamente, aunque nos duela y nos recuerde a la maldad humana, porque el rostro de los muertos posee la sinceridad de lo neutro. No tienen otra opción más que ser lo que son. Poseen una calma imprevisible. En ocasiones también inspiran terror. Pero resulta más desconcertante la tranquilidad contradictoria que se aloja en algunos. Hay una muerta en particular, cuya quietud persigue; su nombre era Evelyn McHale.

A las diez cuarenta de una mañana de medio siglo XX, un policía de nombre John Morrissey notó una mascada blanca que caía flotando desde las alturas del Empire State. Unos segundos después, escuchó un golpe seco. Cuando uno salta al vacío puede caer elegantemente y aterrizar con los pies cruzados. Pero esto no es común. Al saltar desde el piso ochenta y seis del edificio Empire State se corre el riesgo de perder los zapatos. Siempre son lo primero en irse. Lo mismo sucede en los choques: la gente inexplicablemente pierde los zapatos. Se dice que es tal la contracción de los músculos, tan innatural el movimiento corporal causado por el impacto, que se le salen a uno, existan agujetas, hebillas o nada. Al saltar del edificio se perderán zapatos, incluso hasta se romperán las medias, pero pueden conservarse los guantes intocados. Se puede caer los más de trescientos metros de altura, llegar al fondo, caer sobre una limusina y destruirla, pero seguir con la mano aferrada al collar de perlas que con tanto cuidado se colocaron sobre el cuello esa misma mañana. Se pierden los zapatos; y la vida, por supuesto, sin duda se pierde.

El 2 de mayo de 1947 el New York Times informó en un breve artículo que Evelyn McHale, tras haber realizado una visita a su novio, subió hasta la plataforma de observación del piso ochenta y seis del Empire State y se convirtió en la décimosegunda persona en saltar desde aquella altura. Los que deciden lanzarse al aire no suelen llegar a su fin como una visión tolerable ante la mirada ajena. Sus cuerpos normalmente terminan destrozados, con huesos alojándose en sitios donde no corresponden. Pero Evelyn no. Ella sólo perdió los zapatos. Robert Wiles, un estudiante de fotografía, la escuchó incrustarse contra la limusina de las Naciones Unidas. Corrió y miró la escena. De inmediato produjo la única foto que publicaría en su vida. La imagen resultante se conoce popularmente como “el suicidio más bello”. En la fotografía, el rostro y el cuerpo de Evelyn McHale se encuentran en reposo absoluto. Nada en su compostura indica que haya saltado desde una altura mortal, excepto su falta de zapatos y el hecho de que está acurrucada entre el metal corrugado del techo de una limusina destruida. Seis mil quinientas ventanas más arriba, en la plataforma de observación, la policía encontraría una nota que decía: “No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea ninguna parte de mí. ¿Podrían, por favor, destruir mi cuerpo por cremación? Les ruego a ustedes y a mi familia —no hagan un funeral ni remembranza alguna para mí. Díganle a mi padre que tengo demasiadas de las tendencias de mi madre”. Atravesadas por una línea de tinta, en la misma nota, se podían leer las siguientes palabras: “Él está mucho mejor sin mí […] yo no sería una buena esposa para nadie“.

Lo único que quería era desaparecer, pero el cuerpo de McHale se convirtió en un nuevo cuerpo que es la imagen fotográfica. Pasó a formar parte del imaginario colectivo en el instante en que Wiles vendió su foto a la revista Life, y dos semanas después se publicó a página completa. Quince años más tarde, la imagen del cadáver de Evelyn se integró a la serie Death and Disaster de Andy Warhol. Una serigrafía con el título Suicide (Fallen Body) reprodujo mecánicamente el epicentro de su caída.

Un segundo antes Evelyn estaba ahí, en el borde, observando el horizonte como todos los demás turistas. Pero de pronto dejó de estarlo. Nadie, nada, ni la barandilla ni las múltiples barreras la detuvieron. Ya no está. Ha desaparecido. Se ha lanzado. No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea ninguna parte de mí. El deseo de desaparecer súbitamente: ahí radica el impulso básico del suicidio. Esfumarse. Disappear into thin air, dicen los angloparlantes. Desaparecer por completo y convertirse en aire. No cualquier aire. Aire delgado, viento. ¿Podrían, por favor, destruir mi cuerpo? Y sin embargo, su imagen final robó su último deseo. Esa misma caída con la que Evelyn buscaba desaparecer del mundo para siempre la fijó en la posteridad.

Lo último que nos dejan los muertos es su cuerpo. Y sin embargo, casi siempre tenemos el impulso de cubrirlos. Pero no los cubrimos a ellos, sino a su muerte. Cuando su abuela agonizaba, mi madre se escondió tras una cortina y por eso la pudo ver morir. Asomada entre la tela, para que no la vieran doctores y enfermeras que entraron corriendo a intentar salvar a la moribunda, mi madre pudo ver cómo en el instante de la muerte los ojos se cubren de nube y, lechosos, dejan de ser humanos. El aspecto físico de la muerte nos obliga a entablar una nueva relación con ella a nivel material. Entender que observamos un cadáver, y no un cuerpo vivo, es el primer paso hacia la construcción del cadáver como objeto. Intentamos resistir, hacemos lo posible por presentar a los difuntos como si aún estuvieran vivos. Les cerramos los ojos en un impulso por imaginarlos dormidos. Pero pronto la muerte vence, y el rigor mortis abre de nuevo los ojos, las bocas se convierten en abismos expuestos y los miembros se fijan. Entonces no nos queda más remedio que aferrarnos a otra cosa, algo que no sea el cuerpo que comienza ya a desintegrarse. Así, buscamos otras formas que vengan a representar al ser, ahora cadáver, que vive ya la soledad más profunda: la de la muerte.

Cuando la pareja del artista Barton Lidicé Beneš murió de SIDA, en el instante de su fallecimiento emanó de su nariz un fluido que su amante limpió con una bolita de algodón. Tras las formalidades del velorio y el sepelio, el artista regresó a su casa, donde sus amigos habían retirado la cama hospitalaria del difunto y algunos otros artículos médicos. Lo único que quedaba en el lugar donde había muerto su pareja era esa bolita de algodón en el piso. Beneš de inmediato la recogió y la agregó a su profusa colección de objetos. Este impulso, que a muchos parecerá desagradable, responde al instinto natural de los vivos de quedarse con un trocito —alguna memoria física, no importa cuán ínfima sea— de quien los ha dejado.

Hace poco llevé a restaurar una silla que perteneció a mi madre. En el local de composturas la esposa del tapicero me dijo que entendía perfectamente mi apego hacia la silla, pues ella también guardaba algo que le recordaba a su padre muerto: el catéter que estaba inserto en su brazo al momento de morir. Años después de la pérdida, los ojos de la señora aún se nublaban al describir cuánto atesora ese tubito de plástico, con sangre adentro, recordatorio tanto del fallecimiento de su padre como del hecho mismo de que existió. Esa sangre, en ese tubito, fue de alguien, alguna vez. Ese alguien fue mi padre.

Tomar una fotografía de nuestros difuntos no es tan diferente a guardar un pedazo de ellos. Se trata de una muestra de cómo nos aferramos a nuestros muertos y la necesidad de asegurar la presencia última de quien no volverá a estar presente entre nosotros. ¿Pero qué hay de los muertos ajenos? ¿Por qué los fotografiamos a ellos? ¿En dónde radica la moralidad o no de fotografiar a los muertos en el instante de su vulnerabilidad más extrema, cuando definitivamente ya no se pueden defender? ¿Qué elección tienen los cadáveres que se vuelven símbolo?

Me pregunto si la lámpara de noche que acompañó la muerte de Stefan Zweig y su pareja, Lotte Altmann, estaba encendida o apagada cuando los encontraron muertos. El buró de la habitación en Petrópolis, Brasil, está poblado de todo lo que uno espera encontrar al lado de la cama de quien duerme. Aparte de la lámpara, hay tres monedas y una caja de cerillos; a través de estos objetos uno imagina el gesto del hombre que mete la mano al pantalón para sacarlos y depositarlos ahí, antes de meterse a la cama. Un vaso de agua parece un objeto igual de inocente hasta que uno imagina que contuvo el agua con la que los amantes suicidas se tragaron las pastillas que les darían muerte. Protegiendo la superficie del buró, una carpetita con flores. Encima, una botella, quizás de cerveza, se acomoda al lado de un pañuelo lánguido al pie de la lámpara. ¿La habrán apagado antes de dormir por última vez juntos?

Se siente extraño este acto de escudriñar los instantes finales de la vida de una pareja por medio de los últimos objetos que tocaron. La fotografía engaña, y uno podría creer que Stefan y Lotte duermen en la acojinada cama, pero no. Sus manos están fijadas una a la otra, la cabeza de ella se acomoda en el hueco del hombro de él. Reconstruir el suicidio de la pareja sólo es posible gracias a la fotografía que se produjo de ellos, quizá por motivos de investigación policiaca o por un impulso noticioso de nota roja. Sin la fotografía no existiría el registro de sus últimos momentos, vistos a través de los últimos objetos que tocaron. La fotografía es la invasora que nos permite entrar, una y mil veces, a esta escena de muerte en 1942. ¿Tenemos derecho, o no, a entrar al espacio de estos muertos, analizar las posturas de sus cuerpos y esculcar sus cajones? ¿Acaso por estar muertos dejan de ser sus pertenencias privadas? ¿Acaso ya son nuestras para ser tomadas y utilizadas de esa manera? Diane Arbus le escribió a su amigo Marvin Israel afirmando que “esto de la fotografía es verdaderamente el negocio del robo […] me siento endeudada con todo por habérmelo llevado o estar a punto de hacerlo”.

La fotografía “no dice (forzosamente) lo que ya no es, sino tan solo y sin duda alguna lo que ha sido”, dice Roland Barthes, “la esencia de la Fotografía consiste en ratificar lo que ella misma representa”. La fotografía para él es testimonio de que aquello que es posible observar, ha sido. Un espejo depositado en el trayecto del tiempo. Sin embargo, el planteamiento del autor, puesto de cabeza, resulta igualmente certero: si la fotografía es testimonio de lo que ha sido, también es confirmación de lo que ya no es. En el caso de las fotografías de cadáveres, la idea crece. Estas imágenes se vuelven evidencia de un proceso donde se afirma no sólo el “haber sido”, sino también el hecho de que esa persona, tras haber muerto, ya “no es”. La fotografía se convierte aquí en un proceso, y no en una rebanada de tiempo que atestigua lo que fue: registra lo que está sucediendo. Dentro de la imagen, aquello que sucedió, seguirá sucediendo para siempre. La fotografía de muertos registra el proceso mismo del des-ser, del dejar de ser, el proceso de construcción de la soledad del cadáver, el testimonio de su aniquilamiento, de su abandono del mundo.

La vida de un cadáver es corta. El tiempo que pasa entre que la persona muere y su cuerpo comienza a desintegrarse es sustancialmente breve. A las pocas horas el cadáver inicia su proceso de autodestrucción. La fotografía de difuntos registra ese breve espacio de tiempo, esa corta vida del cadáver y, sin embargo, fija y alarga el proceso para que podamos atestiguarlo una y otra vez.

Las imágenes sirven a quienes las consumen y no a quien retratan. En pocas instancias se vuelve este fenómeno tan evidente como en el caso de la fotografía de cadáveres. Ahí el retratado es sometido a un proceso que lo convierte en objeto de devoción o testimonio; su presencia en el mundo se transforma en un cuadro de papel y se convierte en cosa, tanto por el uso de la cámara como por el hecho de haber muerto y haber pasado a ser un objeto. La muerte convierte primero a la persona en objeto, y la fotografía extiende ese proceso.

La muerte de los otros es prueba y ensayo de nuestra propia muerte. La foto congela un instante como prueba de que existió y murió la persona, de la pena de quienes lo rodean y del hecho de que ellos también han de morir. La prueba de vida de quien ya no existe es consuelo para aquellos que aún respiran. De ahí que la fotografía de difuntos jugara un papel tan fundamental como recurso social de rememoración.

Por más de un siglo fue socialmente aceptado producir y poseer una fotografía del cadáver de un ser querido. A través de este acto, que ahora nos parece tan extraño e incomprensible, se construía un objeto de duelo que ayudaba a canalizar simbólicamente la pérdida. Mi abuela es fotógrafa y se ha arrepentido siempre de no haber retratado a su hija muerta. No sé qué haría yo con una foto de mi madre difunta. No sé bien qué sentimientos me causaría. Quizás alabaría esa foto como hago con el resto de las imágenes que la retratan, los únicos espacios a través de los cuales la puedo mirar. Quizá la imagen de su cadáver me causaría pavor, o me evocaría el mismo hundimiento en el estómago que me provoca el último retrato que le tomó mi abuela a escasos días de morir. Sigue bellísima, pero ya tiene la sombra oscura de la muerte apeñuscada en los dientes de su sonrisa débil, le rodea los ojos, habita en sus labios retraídos de cansancio. Me llama la atención el arrepentimiento de mi abuela, el hecho de que años después me diga que hubiera querido registrar ese instante que es, probablemente también, el que más quisiera olvidar. Ella insiste siempre en lo bella que se veía mi madre muerta, en lo hermosa que la había vestido mi padre tras horas de encerrarse con ella en el cuarto, sólo dejando pasar al resto de la familia cuando ya la había acomodado, vestido y peinado. La imagen del cadáver de mi madre pervive en la mente de mi abuela. Entonces caigo en cuenta de que las imágenes más poderosas de nuestros muertos no se pueden retratar, se quedan plasmadas en la memoria, con materiales que no tienen equivalencia en el mundo físico, son experiencias imposibles de concentrar sobre un trozo de papel y plata.

Quizá la fotografía que mi abuela hubiera querido tomar le hubiera servido de consuelo. Así lo fue para muchos otros antes que ella. Fotografiar a los muertos solía formar parte fundamental del proceso de luto, era una extensión misma de éste. Hasta hace pocas décadas, las fotografías post mórtem eran objetos altamente simbólicos que contenían un lenguaje propio y un uso social particular.

En una imagen japonesa, probablemente de 1875, producida en Yokohama, se muestra a una familia que baña al padre muerto. El cuerpo pálido del difunto se acomoda dentro de una tina de madera donde es lavado con cuidado por dos jóvenes, uno de los cuales lo mantiene postrado. Una mujer ayuda vertiendo agua sobre el difunto con un cucharón. En el extremo derecho de la escena se encuentra una joven arrodillada, doblada completamente hacia adelante en gesto de llanto y cubriéndose la cara con un pañuelo. Un bonsái y un biombo de bambú constituyen el único fondo. La imagen es significativa porque muestra cómo la fotografía post mórtem solía formar parte (y siguió formando parte, entrado el siglo xx, en ciertas comunidades) de los rituales básicos que acompañaban la muerte de un ser querido. También exhibe la cercanía corporal que solía existir entre vivos y muertos. La producción de esta imagen, casi teatralmente escenificada, fue una extensión de las actividades del duelo que incluían bañar el cadáver, vestirlo y prepararlo para su cremación o entierro. La imagen también muestra que la muerte se pensaba como un evento comunal, vivido por la familia entera, con sus varios miembros auxiliándose en las diferentes etapas del luto.

La experiencia de ver un cadáver es tan singular como único es el evento de cada muerte. Uno observa un cadáver por primera vez, dos veces; quizás a la tercera vez le siga atormentando, pero después uno ya no lo ve, sabe que verá muchos más y la costumbre avasalla. El paso del tiempo lo asegurará, veremos otro aún. Unos en vivo, otros en imágenes. Cuando el asombro amenaza con cesar, la fotografía del cadáver suple la experiencia directa de mirar al muerto. Nos estremecemos ante la portada de la nota roja casi del mismo modo en que lo haríamos frente al cuerpo inerte. Lo que nos tortura no es tanto el cuerpo, sino el hecho que se esconde tras su recién adquirido estado. A través de la imagen se mantiene el vínculo entre las experiencias. Entre lo vivido y lo visto se mantiene una constante: la certeza de que aquel está muerto, y yo, que lo miro, todavía no.

Nada es gratis, y el precio que se paga por mirar a los muertos es que se les roba el espacio privado de su propia muerte. Se les impone y niega su soledad en el mismo gesto. Como la chica que caía del Empire State, que no quería ser vista nunca más, y sucedió todo lo contrario. La distancia entre su cuerpo y el público que la mira, en vivo o en la fotografía, es insuperable. Aunque estemos ahí, mirando, al lado de su cuerpo, éste ha quedado ya inevitablemente abandonado, solitario. La fotografía de muertos rompe la distancia segura entre observador y observado, roba la intimidad de la partida y traiciona a la muerte misma al perpetuarla. Y sin embargo, no podemos evitar mirar.

Nuestros muertos anónimos, que no son nuestros pero los hacemos propios, revelan que la atrocidad puede ser hermosa a pesar de que nos desconcierte y aterre esta idea. Existe algo cautivante que emana de la violencia: texturas y efectos físicos que le otorgan un nuevo nombre al muerto. Le dan una segunda vida, ya no como ser, sino como cadáver. Pero hay otros muertos que no gozan del mismo destino: los muertos sin nombre, los que nadie hace suyos, éstos son los que más nos aterran. Basta con entrar a la página del Servicio Médico Forense para encontrarlos. No creo que sea su naturaleza mortuoria, evidentemente desagradable, lo que más nos impacte de ellos, sino su anonimato —el hecho de que estén naturalmente abandonados, sin reclamar, sin quién los vele. Siempre queda, latente, por encima de la víscera retorcida, la idea de que podríamos haber sido nosotros los abandonados, los atropellados, los electrocutados, los suicidas… y que si fuéramos estos, los que ahora vemos en el Alarma!, no tendríamos nombre porque nadie nos reclamó.

Se habla mucho del daño moral que genera el morbo en la sociedad. Se reprueba, especialmente hoy en día, a los mirones, esa masa reunida que se detiene para observar al cadáver caído, al coche chocado, al niño baleado. Ante esto yo respondería: que lance la primera piedra aquel que no haya pecado de morbo. Y continuaría con una proposición: ¿qué sucedería si el morbo que reúne a los mirones en todo crimen público surgiera más bien del mismo impulso de memorialización que se expresa en las fotografías post mórtem utilizadas ritualmente como objetos de duelo y remembranza pública? Lo que me parece verdaderamente escalofriante no es el muerto, sino que tras descubrirlo, nadie se detenga para enterarse de qué fue lo que le sucedió. ¿Qué ocurre si entendemos al morbo más bien como un rito social, una catarsis a través de la cual resulta posible procesar la muerte de un individuo en un nivel colectivo? Mucho se critica al que se detiene a mirar a los muertos. Peor, considero yo, sería que nadie los mirara. Sería entonces como si nunca hubieran muerto y, por tanto, como si nunca hubieran vivido.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1983) es ensayista, historiadora y traductora; autora de Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia.
Fotografía por Pixabay.

Como sucede con el arte popular y las “bellas artes” o “artes liberales”, la distinción entre música popular y música clásica es estrecha, aristocrática y reduccionista. Resultaría una distinción aceptable si se ciñera a un ámbito genérico, si señalara con neutralidad distintas maneras de hacer arte, música. No obstante, se trata de una distinción preceptiva y no descriptiva, que con su sola enunciación hace notar la superioridad (no sabemos si moral o estética) de lo clásico por encima de lo popular.

Como no se trata de hacer polémica y enfrascarme en una discusión bizantina con el lector, doy por concluida mi aseveración diciendo que quienes desdeñan los géneros vernáculos se pierden de mucho. Se pierden no sólo de la música de la gente, sino también de la música desesperada, la música de cabaret, la música de poetas elementales. Sobre todo, se pierden de Léo Ferré.

Por alguna razón, supongo que por contagio, en el periodo de entreguerras en Francia, al menos, una generación de músicos franceses se empeñó en escribir bien. Esto quiere decir que aprovecharon la cualidad de un arte mixto para expresarse tanto con música como con palabras; muy al contrario de como es costumbre, con un coro pegajoso, ellos prefirieron la expresión fina y la melodía compleja.

Por lo general, desde hace no pocos años, lo que se vuelve célebre al exterior de cualquier país es lo que tiene éxito en Estados Unidos. El éxito de Edith Piaf y Jacques Brel, cantantes de esa generación, por encima de otros como Aristide Bruant (el precursor), Charles Trenet y el propio Léo Ferré, y quizá también George Brassens, se explica por esa circunstancia afortunada de gustar a un público caprichoso. Curiosamente, tal vez por su frecuente carga política, Léo Ferré fue poco conocido fuera de Francia, y sólo por una canción, la más sensiblera y quejica: “Avec le temps”.

Por supuesto —díganmelo a mí— la popularidad depende en buena medida de ser comprendido, de ser inteligible. Léo Ferré, aun cuando hubiera nacido en Inglaterra, habría escrito en francés. Por eso su música suele ser un gusto propio de franceses avejentados y deleite de despechados francófilos. En este punto no entiendo a las personas que escuchan música con letra, es decir, versificada, y que no saben la lengua en la que está escrita. Supongo que sienten algo; pero no puede ser una sensación completa. En fin, para nosotros que estamos en una época posterior a la de Léo Ferré, además de la letra, la música puede parecernos ajena: tiene un poco de swing, de “chanson”, de big band y hasta algo de balada-cabaret. Pero es cuestión de ser pacientes y sentarse a sospechar la calidad de todos sus discos.

Una de las primeras canciones que llamó mi atención fue “Pauvre Rutebeauf”. No muchos cantantes a los que estaba acostumbrado sabían de poesía, mucho menos iban a saber de un poeta del siglo XIII. La canción es una elegía, esto es, un lamento escrito en tercetos, de rima seguida, en forma de lai, forma francesa que combina octosílabos y tetrasílabos. La conclusión que se puede tomar de una canción como ésta resulta muy evidente: Léo Ferré es un cantante que sabe de poesía, que sabe versificar y que idolatra la tradición francesa de poetas aciagos:

 

Le mal ne sait pas seul venir tout ce qui m’était à venir m’est avenu

[Los males no saben llegar solos todo lo que me podía pasar me sucedió].

 

Así lo dice Rutebeuf en boca de Ferré. Nuestro cantante, autonombrado anarquista, establecería una relación histórica con los poetas de la estirpe desgraciada: sentiría afinidad y deseo de hacerles una apología. De cualquier manera, pese a una intención a menudo intelectualizante, en sus canciones jamás dio pie a que se dudara que la poesía, en un principio, es un arte oral, que imita la música y se deja acompañar. Del mismo modo, jamás perdió la oportunidad de poner en práctica su sentido del humor (en canciones como “Thank you Satan”, donde dice “Por el anarquista al que diste / los dos colores de tu patria / el rojo para nacer en Barcelona / y el negro, para morir en París. / Gracias, Satán”.

A la par de su prolífica carrera como compositor de canciones completamente originales, interpretó y musicalizó la poesía de muchos poetas del siglo XIX y del XX. Para aquel que quiera acercarse a Arthur Rimbaud, no es está de más escuchar el disco de Ferré Une Saison dans l’enfer, donde recita, con ayuda de un tímido piano, todos los poemas del libro. La sonoridad, la musicalidad y hasta la dramatización pueden ser importantes para que el lector deje de ser lector por un momento y pueda disfrutar de la poesía de otra manera. También musicalizó poemas de Baudelaire, de Verlaine, de Apollinaire y de Aragon; es más, cierto poema de este último me gusta mucho menos sin la interpretación de Ferré: “Je chante pour passer le temps” es una cantinela propia de aquellos que escogimos una vida de esteta como única forma de no aburrirnos mientras llega la ineludible muerte:

 

Je chante pour passer le temps petit qu’il me reste de vivre comme on dessine sur le givre comme on se fait le cœur content à lancer cailloux sur l’étang

Je chante pour passer le temps

[Canto para matar el tiempo breve, que me queda de vida, como quien dibuja en escarcha como quien se alegra tan sólo de aventar piedras al agua

Canto para matar el tiempo].

 

De cualquier manera, pese a que me fascina escucharlo cantar esos poemas, creo que lo que más puede conmover es la extraña solidaridad que manifiesta en sus canciones por la pasión de los artistas, por la pasión de cualquier personas, en cualquier ámbito. Me conmueve escucharlo renegar, quejarse, pelearse con el presente, amén de defender a los románticos, aquellos “perros del azar”, según sus palabras, que caminaban buscando el Ideal por un París lleno de lodo, hoy visitado por turistas, un París de músicos que “no tienen nada en la voz, nada en el corazón”. Me conmueve su empeño por incitar a los jóvenes a frecuentar una bohemia absurda, a formar vanguardias, a escribir poemas en servilletas para personas que no los aprecian. Me conmueve escuchar en sus canciones insultos a poetas o políticos que no le agradaban: sus diatribas y escarnios contra los impuros, los vanos, los hipócritas. Me conmueve, sobre todo, porque en cualquier otro músico de ocasión, en cualquier otro cantante de cabaret, ese tono hubiera resultado pretencioso e inmerecido, pero no en Léo Ferré.

Luego, no está demás citar a propósito unas cuantas líneas de “Zone” de Apollinaire, que musicalizó en un disco dedicado a él:

 

Tu as fait de douloureux et de joyeux voyages avant de t’apercevoir du mensonge et de l’âge tu as souffert de l’amour à vingt et à trente ans j’ai vécu comme un fou et j’ai perdu mon temps

[Emprendiste felices y dolorosos viajes antes de conocer la mentira y el paso del tiempo sufriste por amor a los veinte y a los treinta yo también viví como loco y perdí mi tiempo].

 

Léo Ferré también es un pesimista, pero lleno de esperanza: es uno de esos pesimistas comprometidos que lloran en los tranvías y que dialogan históricamente con algún poeta miserable, desaparecido entre la muchedumbre de la Edad Media. Yo no conozco a otro cantante que pueda sentirse aludido en aquella célebre frase de Arthur Rimbaud: “Yo soy de la raza que cantaba en el suplicio”.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.