Caracterizados por su vitalidad, destreza e impresionante nivel de acrobacia, los Niños Virtuosos del Cáucaso son los herederos inmediatos del Ballet Nacional de Georgia Tbilisi. Con una producción de cuarenta niños y niñas de entre 8 y 14 años, los Niños Virtuosos del Cáucaso interpretan los bailes tradicionales del pueblo georgiano a través de ritmos y movimientos que expresan la vida cotidiana en distintas regiones de Cáucaso, retomando escenas de guerra, momentos heroicos e incluso rituales de cortejo y matrimonio. Para disfrutar de este espectáculo obtén tus boletos en la taquilla del Teatro Macedonio Alcalá en Oaxaca de Juárez, Oaxaca, y asiste a cualquiera de sus dos funciones a las 18:00 o 20:30 horas el próximo sábado 26 de julio.
“En el camino a la escuela” por Gadjoboy2. Publicado bajo la licencia Creative Commons Attribution, Wikimedia.
Lo siguiente no es más que una reacción a unas cartas que Voltaire escribió sobre los cuáqueros en su libro Cartas filosóficas. Como lector, nunca supe descifrar en las descripciones de Voltaire cuándo deja de burlarse de ellos para comenzar su apología. Hace poco releí el libro, porque se presentó la ocasión de editarlo. No sólo me recordó viejas lecturas sino que también, a la postre, me trajo recuerdos de cuando lo leí por primera vez.
La literatura nos da la libertad, casi infinita, de representarnos lo leído a nuestro entender. No nos dice: “tal personaje se ve así”; tampoco nos obliga a concebir las cosas inequívocamente, las descripciones o los retratos suelen ser ambiguos; cuando quiere ser categórica, ella, la literatura, suele afirmar a través de personajes o narradores que no necesariamente representan al autor y que no nos obliga a identificarlos como la verdad o el “mensaje” del libro que estamos leyendo. Por eso la literatura tiene la cualidad de invitarnos a crear nuestra propia representación de lo leído. Ahora bien, cuando leí las primeras páginas de las Cartas filosóficas yo nunca había visto a un cuáquero, pero había visto menonitas, había convivido con ellos; así que cuando un francés del siglo XVIII elogiaba y se mofaba de un grupo de protestantes ingleses yo le asigné a esos rostros evocados los rostros de los protestantes que conocía desde mi infancia.
Cuando era niño acompañaba a mi abuelo a vender la leche de su establo a una quesería de menonitas. La colonia a la que íbamos era una de las más ortodoxas que quedaban en México, y quizás en el mundo. Llevábamos las lecheras de metal en una camioneta Volkswagen gris, cuya única sofisticación, tal parecía, era un estéreo con radio. Mientras esperábamos que vaciaran y pesaran la leche, un grupo de niños menonitas se arrojaban sobre la cabina para sintonizar cualquier estación en éste, conminados por la curiosidad que les despertaba un aparato que para ellos estaba prohibido. Prohibido como la televisión, el alcohol, el caucho neumático, la electrificación, los santos, la altanería, lo contemporáneo; curiosamente, no les estaba prohibida la Coca Cola.
Aproveché las pocas ocasiones que tuve durante mi infancia para preguntar todo lo que podía sobre aquellos seres que me parecían tan extranjeros, y que representaron la primera frontera cultural, a apenas un kilómetro de casa de mis abuelos, en ese pueblo escondido al pie de la montaña, en los valles de Durango. Les pedía que me enseñaran alemán bajo —“Plautdietsch”, como lo llaman ellos—. También les preguntaba, a los que eran bilingües, sobre sus costumbres. Nadie me tomaba en serio, pero la curiosidad me llevó a descifrar unas cuantas cosas que más tarde tomarían sentido. De la infancia recuerdo en especial un detalle: dos niños, vestidos con overoles negros y calzados con huaraches, sin calcetines, recolectaban las lecheras de muchos propietarios de la colonia; éstos dejaban sus lecheras en la entrada de su casa y los niños pasaban en una carreta tirada por una yegua muy desmejorada para llevarlas a la quesería. Las lecheras estaban marcadas con las iniciales de los propietarios. Al ver que los niños pasaban cerca de una hora escurriendo todas las lecheras en otra, me pregunté por qué hacían eso. Mi amigo Isaak Klassen me respondió: “Ese es su pago”. En la quincena, cuando la quesería pagaba la leche, ellos recibían su cheque, completado a fuerza de sobrantes. Cuando le pregunté a Isaak por qué ellos y no otros niños hacían eso me respondió: “Porque ellos son huérfanos. Así se les ayuda”.
Años más tarde regresaría con una nueva mirada, aguzada por la lectura de Voltaire y algunas obras sobre la Reforma protestante. Leí una parte de las obras de Lutero en la traducción de Teófanes Egido, y la biografía, simple pero eficaz, que Lucien Febvre hizo de él. Con ello, Erasmo de Rotterdam perdió en mí todo su protagonismo. Por último, le di un voto de fe a la teología con los comentarios que Friedrich Schleiermacher daba en favor de la comprensión religiosa en Sobre la religión. Cuando volví a las colonias menonitas algunos cambios habían ocurrido. Ya tenían luz eléctrica y podían usar vehículos con caucho neumático. Algunos incluso se compraron camionetas del año. Al parecer, los sacerdotes más ortodoxos habían cedido en cuanto a la tecnificación, para mejorar las ventas del queso y los cereales.
No fue sino hasta ese momento que me di cuenta de que su visión del cristianismo, y por tanto del mundo, era fundamentalmente luterana. Existían diferencias, claro, pues Lutero jamás aceptó el anabaptismo; esto es, creía que el pedobaptismo era lo mejor para involucrar a los niños en una comunidad cristiana. Los menonitas no creen en el libre albedrío. Creen que son salvos únicamente por la gracia de Dios. Aquí, también, abrazan a Calvino. Los menonitas, como los cuáqueros de Voltaire, no hablan de usted. Como ellos, no veneran a nadie. El culto a la personalidad les parece desagradable. Como los cuáqueros, creen en el principio luterano de la libertad de sacerdocio. El ocio y la vanidad, como a Lutero, les parece el origen de todo mal, de todo el pecado en el hombre. Sus casas, iglesias y ceremonias se caracterizan por la sobriedad y la falta de ornamento, en total congruencia con lo que reprochaba Lutero en las 95 tesis. Los menonitas que conocí leían la Biblia luterana, pero toda traducción de la Biblia es admitida por ellos.
Tenía casi 20 años cuando volví a una colonia menonita, que quizá seguía siendo la más ortodoxa. Un amigo de mi abuelo murió y me pidió que lo acompañara al funeral. El cuerpo permanecía en una caja de madera austera, solo; afuera las mujeres cantaban versículos de la Biblia en la traducción canónica. Casi nadie lloraba. No había nada llamativo en la ceremonia, sólo palabras. De pronto alguien se levantó para decir algo, relacionado con la vida del difunto y con las Escrituras. Todo menonita debe leer y entender las Escrituras, pero como ellos mismos dicen: “a Jesús lo conocemos a través de la Biblia, pero se le conoce mejor siguiéndolo”.
Los menonitas son pacifistas. De hecho, en el “apartado E” de excepción al Servicio Militar Mexicano, se puede liberar el servicio “Por condición de menonita”. No pueden pertenecer a ningún ejército, porque creen que “la paz es la voluntad de Dios”. Creen que la devoción a Dios debe ser más fuerte que el patriotismo. El Estado y la religión deben estar absolutamente separados. La Confession of Faith in a Mennonite Perspective, un documento de principios de fe de los menonitas, dice: “Nos oponemos a toda forma de violencia; la hostilidad entre las naciones, las razas, y las clases; el abuso de la mujeres y de los niños; la violencia entre el hombre y la mujer; y la pena de muerte”.
A los menonitas se les concede un año de examen de conciencia para que se acepte de manera voluntaria la fe en Cristo y pertenecer a la comunidad. Recuerdo haber visto a unos menonitas en su año de excepción, antes de aceptar el bautismo, en un baile del pueblo. Se emborrachaban, bailaban torpemente en el centro de la pista con las invitadas de la festejada en sus 15 años. De esos cuatro, sólo uno rechazó el bautismo, pero lo aceptó el año entrante. Ellos escogieron eso. Yo me pregunté: ¿qué escogió la quinceañera?
No me había dado cuenta a qué temprana edad los niños comienzan a trabajar. Quizá no me había dado cuenta porque cuando los veía trabajar yo también era un niño. Cuando volví al pueblo de mis abuelos, después de tanto tiempo, recuerdo haberme sorprendido al observar a un niño de unos 9 años manejando un tractor, solo. Estaba sembrando frijol. El esplendor de la disciplina en el trabajo verdea sus jardines. En su estilo de fincar, las casas están al fondo y hay que entrar por un camino cercado de unos 30 metros. Antes de llegar a la casa de un menonita hay dos parcelas: allí siembran verduras, girasoles (les encantan las semillas de girasol) y flores. El camino de entrada está adornado con cipreses. Si bien un niño de 9 años ya se dedica a trabajar la tierra, sus hermanas de 8 y de 11 son responsables de la cosecha en los jardines; hacen embutidos y alimentan a las gallinas. En La libertad del cristiano, Lutero habla sobre el amor por el trabajo: la visión luterana del trabajo es innegablemente moral. En el caso de los menonitas se convierte en una identidad basada en el cumplimiento de lo que ellos consideran virtud. Alguna vez escuché a mi amigo Isaak Klassen presumir que los menonitas, a diferencia del resto de sus vecinos católicos, “sí somos trabajadores”. De inmediato, un sacerdote que estaba allí lo invitó a pensar en su altanería; no estaba bien que no fuera modesto. Aquello estuvo lejos de parecer un regaño, pero lo era. Los menonitas desprecian las jerarquías.
Es impresionante darse cuenta, en un lugar como en el que crecí, cómo se ha marcado la diferencia social entre los menonitas y las comunidades rurales vecinas; donde vivían mis abuelos, por ejemplo. En ese pequeño pueblo había otros protestantes. De hecho, fue fundado por ellos. Luego llegaron los católicos. Bautistas, metodistas y católicos habitaban ese pueblo de, quizá, mil personas. Hasta donde yo recordaba era un pueblo estancado, pero estable. Luego se despoblaría, al grado de perder más de dos terceras partes de su población. Muchas tierras quedaron sin labrar y se las vendieron a los menonitas. Muchas casas de adobe se vinieron abajo y los que se quedaron, o una buena parte de ellos, viven de algún pariente que les envía dinero para sobrevivir, cuando se trata de ancianos, y para salir a dar la vuelta en la camioneta, cuando son jóvenes. Pocas personas tienen jardín, aunque tengan muchas hectáreas de propiedad. En primavera el pueblo se llena de polvo. De manera contrastante, parece que los menonitas viven en un campo más generoso que permite vivir a modo cristiano. Quizá no sepamos, como dijo Voltaire, “respetar la virtud bajo apariencias ridículas”.
Sé que esto puede no interesar a nadie, pero resulta sorprendente observar la manera en que hasta el más imbécil se jacta de ser ateo, con la soberbia digna de un intelectual. Hay personas que no se inmutan cuando se les habla de decapitaciones, pero que quieren salir corriendo cuando alguien, un Testigo de Jehová, por ejemplo, se acerca a hablarles de su fe. Voltaire, quien de alguna manera es responsable de un mudo desprecio por la fe religiosa, estaba muy interesado en el protestantismo, quizá porque Francia era católica: siempre procedía con polémica. De cualquier modo, me escudo en la primera frase de sus Cartas filosóficas: “He creído que la doctrina y la historia de un pueblo tan extraordinario merecerían la curiosidad de un hombre razonable”.
De ser un género menor a uno capaz de alcanzar a un gran público, los cineastas siguen enfrentándose a trabas económicas y de exhibición. ¿Cómo producir y mostrar material de calidad sin traicionar la ética misma del género?
Dicen que el cine mexicano ha mejorado, que el hecho de que cortometrajes y largometrajes ganen premios nacionales y extranjeros es prueba de su auge. Este optimismo se extiende al documental. Es cierto que hay importantes logros en factura y contenidos; sin embargo, al analizar más de cerca esta efervescencia, puede afirmarse que el documental mexicano ha sufrido un deterioro en su calidad y espíritu independiente, debido a que se usa como medio para difundir los intereses de los grandes potentados del país.
La presencia de Michael Moore dentro de la historia del documental fue muy importante. Su estilo revolucionó la forma de hacer documentales al hacer que el género, tachado de aburrido e impopular, fuera accesible a un gran público. El que los trabajos de Moore se vieran en todo el orbe fue positivo porque su postura ante la realidad sociopolítica es crítica e independiente. Sin embargo, el fenómeno Moore también ayudó a ver en el documental una manera de hacer propaganda. Un caso emblemático es De panzazo (Carlos Loret de Mola y Juan Carlos Rulfo, 2012), que si bien sigue el estilo de los documentales de Moore al plantear una probable causa de los problemas educativos en México, fue muy criticada por el patrocinio del grupo Mexicanos Primero, en cuyo patronato figuran dueños y directivos de los principales grupos de medios, como Televisa.
Lo interesante de un documental independiente radica en que puede ofrecer una versión alternativa a la que generalmente recibe el espectador. Al no estar vinculado directamente con los intereses económicos de una empresa o industria, ni con intereses políticos particulares, el realizador puede decir lo que no dicen los medios de comunicación en sus programas informativos. En México, es encomiable la labor de realizadores como Óscar Menéndez y de productoras como el Canal 6 de Julio, cuyos trabajos siempre han mostrado realidades que televisoras y medios impresos no relatan.
Hay otros factores que obstaculizan el espíritu independiente y ético del documental. La dificultad para obtener recursos —muchas veces proveídos por el Estado—, el deseo de ganar premios y el anhelo de ser famoso mediante la difusión masiva determinan las temáticas y las formas que adoptará el realizador para llevar a cabo su proyecto documental.
¿Cómo logra un director mexicano conseguir recursos para realizar un documental social y, además, ganar premios? Una primera vía es la descontextualización. Un proyecto de temática social obtendrá más recursos económicos, toda vez que no perjudique los intereses particulares de algunos hombres e instituciones de poder en México. Puede exponer el problema pero no a sus responsables.
La segunda vía es apegarse a las modas artísticas. Actualmente se ha fortalecido la tendencia del documental contemplativo, de ritmo lento y fotografía preciosista. El discurso, con algunas excepciones, pasa a un segundo plano en este tipo de trabajos.
Ante este panorama, un camino para el que no quiere traicionar su propia ética es tratar de sacar adelante el proyecto aprovechando las bondades que ofrecen las nuevas tecnologías y el internet. Estos realizadores usan cámaras de precios accesibles pero ligeras —lo cual permite realizar proyectos con un grupo de trabajo reducido— y que graban con muy buena calidad. En el caso del registro sonoro también existen dispositivos a un costo relativamente bajo de excelente calidad. Sin embargo, algunos realizadores desean sacar sus proyectos bajo esquemas de producción tradicionales, con cámaras costosas y accesorios de audio sofisticados. Esto encarece la producción.
En lo que respecta a obtención de recursos, internet ofrece nuevas posibilidades. Tal es el caso del crowdfunding. En México existe Fondeadora, que ha financiado propuestas creativas como La hora de la siesta (2014), de Carolina Platt, un largometraje documental sobre dos familias que perdieron a sus hijos en el incendio de la Guardería ABC (2009), tragedia en la que fallecieron cuarenta y nueve niños.
La exhibición es un tema espinoso. Los documentales mexicanos con más espectadores son los cercanos al discurso televisivo, que tienen grandes patrocinadores. Basta recordar Presunto culpable (Roberto Hernández y Geoffrey Smith, 2011), muy cuestionada por su ética pero que contó con una descomunal campaña publicitaria en Televisa.
Para difundir y exhibir un documental independiente, una primera opción es la venta del producto en librerías y otros establecimientos. La segunda alternativa es la proyección en festivales, cineclubes, universidades, cafés o salas de arte. Internet puede ser una tercera vía; aunque sitios como Youtube o Vimeo tienen restricciones para ciertos contenidos, la libertad que prevalece en la red es mayor que la existente en la televisión o en el cine. Desde luego también existe la posibilidad de colocar los proyectos en salas comerciales. Por desgracia, estos no pueden mantenerse mucho tiempo en cartelera ni atraer a un público mayoritario, en parte por la competencia en desigualdad con productos estadounidenses, pero también por el boicot que ejercen los propios exhibidores contra el cine nacional. Esto se debe, por un lado, a que no perciben como un verdadero negocio la exhibición de cine nacional, pero también a que algunos contenidos pueden considerarse incómodos para sus propios intereses o los de ciertos grupos de poder.
Durante la promoción de El violín (2006), el cineasta Francisco Vargas señaló que las cadenas de exhibición aplican una forma de “censura económica” contra las películas mexicanas. Poco después, Luis Mandoki señaló que Alejandro Ramírez, uno de los propietarios de Cinépolis, se había mostrado renuente a exhibir su documental Fraude: México 2006 (2007) por su temática. El realizador Everardo González denunció un boicot contra Cuates de Australia (2011) por parte de los exhibidores, pues se proyectó en horario compartido con otras dos películas desde su estreno y salió de cartelera antes de siete días, pese a que por ley las películas nacionales se deben mantener una semana en exhibición.
La necesidad de explorar alternativas de financiamiento y exhibición que permitan desarrollar proyectos con la mayor independencia posible es imperante. Para ello, podemos aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías y las vías de difusión alternativas. Ésta es la mejor forma de abordar temáticas socialmente relevantes y generar obras que presenten visiones críticas de la realidad.
granada (Universal, 2014), de Silvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró.
“En Viena hay diez muchachas / un hombro donde solloza la muerte / y un bosque de palomas disecadas”. Así comienza el enorme poema “Pequeño vals vienés” que el granadino Federico García Lorca incluyera en su poemario Poeta en Nueva York (1929-1930); años después, el canadiense Leonard Cohen lo convirtió en una canción maravillosa la cual formó parte de su álbum I’m Your Man (1988), aunque existió una versión primera que apareció en el álbum colectivo Poetas en Nueva York (1986), que homenajeaba al poeta en el 50 aniversario de su asesinato.
“Take This Waltz”, ―como se llamó la versión de Cohen― causó gran repercusión mediática en el contexto de la cultura pop, pero cobró una dimensión renovada cuando el inmenso cantautor Enrique Morente la interpretó como parte de Omega (1996), ícono de inflexión del flamenco rock, que grabó junto al grupo Lagartija Nick.
Desde entonces este poema ha tenido diversas versiones de mayor o menor relevancia; no se trata de un tema fácil de recrear sino de un auténtico reto de interpretación que no cualquiera está dispuesto a afrontar. Hubiésemos podido pensar que ya no escucharíamos acercamientos tan conmovedores, pero resulta que una artista tan sensible e impresionante como Silvia Pérez Cruz ha decidido enfrentarla en compañía de Raül Fernández Miró, a quien el universo indie conoce como Refree.
Este nuevo tratamiento constituye una parte fundamental de granada (Universal, 2014), el álbum completo que los músicos han decidido grabar en mancuerna y firmarlo con sus nombres de pila. Éste no es sino el resultado de una fructífera costumbre de colaborar entre ellos e influir el uno en la obra del otro.
Ambos son heterodoxos radicales y no tienen miedo de enfrentar género y tradición alguna; basta mencionar que Raül venía de dar una enésima vuelta de tuerca al insólito flamenco de Kiko Veneno (como productor en Dice la gente), mientras que Silvia, tras dejar al grupo Las migas, trazó en solitario una sobria y elegante carrera que coquetea con la música clásica. Los dos son grandes guitarristas.
Picando piedra se han hecho la buena fama de ser talentos independientes difíciles de encasillar en un género, pero de sobrada inspiración. Ella destacando por su ejecución vocal y él como uno de los productores y músicos más imaginativos de la España actual. Ya habían dado conciertos juntos desde el 2006, además Fernández estuvo presente en 11 de noviembre, el estupendo disco debut de Silvia (en el 2012). Aunque en realidad las colaboraciones están repartidas en varias obras ―no han faltado las invitaciones―; el asunto era abocarse a un disco que fuera muy instantáneo, prácticamente sin arreglos, todo de versiones ajenas y donde Pérez Cruz cantara dejando el acompañamiento de guitarras a Refree.
granada –así, con minúscula― es un trabajo inspirado en Despegando, el disco que en 1977 editaran Enrique Morente y Pepe Habichuela. La idea era que salieran los temas casi de un tirón, sin grandes retoques y preservando la espontaneidad. Lo sorprendente es que aun tratando de preservar lo simple lo tuvieron que grabar completo tres veces.
Lograron 15 temas que más allá de su forma original han tomado su propio aire, asimismo, según la opinión unificada de la prensa especializada, este compilado se trata de algo único e irrepetible por la suma de las personalidades de sus intérpretes.
“Im wunderschönen Monat Mai” y “Aus meinen Tränen spriessen”, dos lieder del compositor alemán de la época del romanticismo, Robert Schumann, se hacen con sinceridad y no tanto a partir de desplantes técnicos.
Del mismo modo que su melomanía los llevó a Shumann, también los guió a Fito Paez, a “Carabelas nada”, pero desde una perspectiva diferente; lo mismo que con la chilena Violeta Parra y “Puerto Montt está temblando”. Sus gustos tan variados fueron los que los encaminaron a crear esta colección insólita. Acerca de ello, Raül ha apuntado: “Si yo fuera comprador y viera la contraportada, pensaría: Dios mío, pero ¿qué es esto? No hay por dónde cogerlo. Pero quiero pensar que cuando lo escuchas, Albert Pla no esta tan lejos de Schumann. Y si la gente lo ve así, habremos triunfado”.
Partieron de registrar los temas que han hecho juntos a través de los años, pero al final no se quedaron más que un par, pues otros conforman la edición final. Allí están “Hymne à L’Amour”, un clásico de Édith Piaf, y “Compañero (Elegía a Ramón Sijé)”, éste último procedente del álbum Despegando, de donde también toman “Que me van aniquilando”.
La pareja ha sabido determinar cuándo se requiere preservar el toque flamenco o el momento de agregar un poco de ruido o hasta algo de fado, obteniendo con ello un equilibrio entre la parte instrumental y la voz.
granada alude tanto a la fruta como al aparato explosivo; es también un encuentro de personalidades que combinan ese lado dulce con una parte que provoca un estallido. Dos artistas catalanes que han dado con un álbum tan íntimo y personal que utilizan sus nombres y apellidos completos. Música atemporal y de altísima calidad que no cree en los moldes; desbordamiento de talento y valentía. Prueba irrefutable del menos es más, y eso que al escucharlo ni siquiera pasa por la cabeza considerarlo minimalismo folk. Hay eso y un vasto universo que se contrae y se expande tal como un corazón… uno muy grande.
La ficción y la realidad no son términos que se excluyen mutuamente. Cada persona que aparece en un documental se transforma, en la lente y en los ojos del espectador, en un personaje; es decir, en una construcción. Montserrat Estrada Márquez explica qué factores intervienen para que ocurra este cambio.
Suele pensarse que el documental, debido a su carácter informativo, está lejos de la narrativa, una construcción que se contrapone al concepto de realidad. Algo semejante sucede cuando hablamos de la existencia de personajes en este género cinematográfico: un documental muestra “personas”, no “personajes”, ya que este término parece exclusivo de las obras literarias, es decir, de la ficción.
Sin embargo, cuando un individuo forma parte de un documental se convierte en un personaje, no sólo porque alrededor de él se está creando un relato, sino también porque aun sin la existencia previa de un guión con diálogos, la cámara le provoca actitudes distintas a las habituales. Está ante un ojo que lo observa y que llevará su imagen a miles de espectadores; es natural, entonces, que filtre o elija lo que quiere mostrar. El individuo, antes y después de encender la cámara, no es el mismo. Tampoco es aquel en quien se inspiró el documental inicialmente. El personaje se transforma en quien decida ser ante la lente.
Cuando el realizador de un documental elige retratar la realidad de un ser vivo, sabe de antemano que esta realidad experimentará una transformación; no sabe cuál, lo único que puede saber es que será novedosa incluso para aquel cuya vida se está filmando. Dicha transformación depende de múltiples intervenciones; una de ellas es el punto de vista del director, quien al escoger sólo un fragmento de una realidad compleja se convierte en un intérprete para el espectador.
Otra mirada fundamental es la del fotógrafo, pues el lenguaje audiovisual del que se vale está cargado de simbolismos e incluso de referencias culturales que remiten a ciertos significados que el auditorio interpreta según sus propias vivencias, y que añaden mensajes a la historia que se está contando. Un ejemplo es la empatía o rechazo que un personaje puede generar en el espectador a partir de la distancia con la que es filmado: no es lo mismo presentar un plano abierto en el que el personaje se ve a lo lejos, que un primer plano del entrevistado cuando está a punto de llorar mientras da su testimonio.
A estos elementos se suma el proceso de edición. Al contar con diversos materiales (testimonios, fotografías, sonido, música, gráficos, imágenes de contexto y paisaje), le corresponde al editor —junto con el director— reescribir la historia, crearla, de tal manera que resulte clara e interesante, para lo cual ha de el personaje del documental se vuelve arcilla en las manos del editor, pues éste cuenta con una fuente infinita de posibilidades para organizar los elementos y así cumplir con su cometido: generar empatía y, por tanto, opiniones y reacciones.
Si la historia de un documental genera interés, suele ser por algún tipo de identificación con el personaje: su circunstancia, su aspecto físico o intelectual, sus costumbres, su nombre o nacionalidad. Pero lo primordial es que tenemos ante nosotros a un héroe, tal como lo describe Joseph Campbell: un personaje con una misión que cumplir, enfrentado a una serie de obstáculos que debe vencer para poder alcanzarla, y que sufre una transformación a lo largo de ese viaje. Esta travesía del personaje hacia su meta es lo importante, más allá de que cumpla o no su objetivo.
Lo mismo ocurre en el documental. Aunque se trata de personajes de la vida real, también se transforman a lo largo de su recorrido. Los documentales de Michael Moore presentan relatos en los que él mismo —creador y personaje— tiene un claro objetivo, por ejemplo, investigar por qué Cuba cuenta con mejores servicios de salud que Estados Unidos (Sicko, 2007). En esta búsqueda, entrevista a políticos, médicos, usuarios del servicio de salud, y al final llega a la conclusión de que en su país lo importante es la ganancia que se obtiene de los enfermos y no procurar su bienestar. El resultado es que el propio realizador-personaje tiene una revelación ante una realidad que va descubriendo a través del viaje que relata, después de lo cual ya no será el mismo que al comienzo.
Aun cuando los sujetos de un documental no sean seres humanos, son susceptibles de convertirse en personajes, pues la acción dramática también puede plasmarse en casos como la trayectoria de un huracán y la destrucción que deja a su paso. Un claro ejemplo de lo anterior es el documental La marcha de los pingüinos (2005), de Luc Jacquet, que muestra cómo un grupo de pingüinos lleva a cabo la migración a la Antártida.
El personaje se escapa de la pantalla
En ocasiones, el poder transformador de la cámara crea personajes que la trascienden. Y no sólo me refiero a quedar en la memoria del espectador, sino a que el sujeto se siente tan atraído por el personaje que surge de él, que de alguna manera se convierte en éste, ya sea por decisión propia o porque el entorno lo obliga.
En el documental Presunto culpable (2011), de Roberto Hernández y Geoffrey Smith, José Antonio Zúñiga, el individuo en el que se centra el filme, es víctima de la corrupción del sistema de justicia, pero además, al acercarnos a él descubrimos que es un personaje carismático, trabajador, inteligente y con talento musical. Tiempo después de la exhibición del documental, Zúñiga salió en libertad y figuró como una de las estrellas principales en la entrega de los premios Ariel en el año 2011, reconocido y aclamado gracias al documental.
Una de las virtudes de un buen documentalista es hacer una efectiva construcción del personaje, que genere un relato atractivo y verosímil. Por ello, más allá de negar esta construcción, el autor debe mostrar claramente su postura frente a la realidad que retrata; así dará lugar a que el espectador alcance a ver las cuerdas de la tramoya y genere una interpretación crítica y propia.
Al día de hoy, teóricos, directores de ficción, documentalistas, críticos de cine, académicos y estudiantes encuentran polémico el estatus del documental. ¿Realidad o verdad? ¿Ficción, mentira o interpretación? ¿Personas o personajes? A esto yo respondo: se trata, simplemente, del arte de contar historias.
Te invitamos a la presentación Bambis Dientes de Leche. Esta producción de la compañía Ocho metros cúbicos (8m3) nos muestra cómo el ser humano que se construye a través de una pasión colectiva. Es la historia que comenzó en una fiesta de cumpleaños en pleno año mundialista. La historia del hombre que baila mientras juega futbol. La historia del que juega futbol mientras trapea. Recordándonos que somos el acopio de todo lo que hemos vivido. La obra del director David Jiménez Sánchez se presenta el día jueves 24 de julio a las 20:00 horas dentro del Teatro Alarife Martín Casillas en Guadalajara, Jalisco. La entrada es libre.
Promover un acercamiento a la lectura como elemento de transformación social, es el objetivo principal del Coloquio del Programa Nacional de Salas de Lectura, en Morelia, Michoacán.
Bajo el lema “La lectura, su uso social y sus entornos”, el Coloquio contará con diversas actividades que incluyen mesas de discusión y la participación de más de 150 profesionales del fomento a la lectura, entre los que destacan el escritor y periodista Juan Villoro y el escritor michoacano Héctor Ceballos, quienes abordarán temas como la lectura en contextos de violencia social y en comunidades migrantes, y la atención a la diversidad desde la cultura y el arte.
Organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum), el evento se realizará este 24 y 25 de julio dentro del Best Western Plus Gran Hotel en Morelia. Entrada libre.
Los directores Jacques Perrin y Jacques Cluzaud nos transportan a lo más intrincado de los océanos para descubrir criaturas marinas ignoradas y desconocidas. Surcar los mares a 10 nudos cazando atunes, acompañar a los delfines en sus inverosímiles piruetas o nadar con el gran tiburón blanco, hombro contra aleta, son algunas de las experiencias que este documental comparte con el espectador. Océanos se pregunta acerca de la importancia del hombre en la vida silvestre respondiendo por medio de emotivas imágenes a la pregunta: ¿qué es el océano?
Si deseas disfrutar de esta encantadora producción cinematográfica, asiste el próximo 27 de julio en punto las 12:00 horas al Teatro Cine Morelos (Cuernavaca), con un costo de recuperación de $15.00 pesos y entrada gratuita para niños y niñas. ¡No te lo pierdas!