Tierra Adentro

Caída

La muerte le pertenece a los vivos y de la vida pueden hablar solamente los muertos. ¿Adentro de dónde está la vida? ¿Adentro del pecho de qué pájaro, adentro de qué voz palpitante? Vivir es una caída contemplativa. Saltar desde un edificio es otra forma de construirlo.

 

Casa

Vamos a poner una piedra sobre otra sobre otra, todas sobre la palabra baldío, y a eso le llamaremos casa. Vamos a pintar esa idea de cuatro paredes con un color visto en sueños y nos vamos a quedar adentro esperando al tiempo. Si dura más que nosotros podremos decir que duró para siempre.

 

Alfabeto

Aprender a hablar el lenguaje de los objetos, de las casas vacías. Aprender a no hablar desde el desamparo, desde la extirpación de la lengua. Dejar que el alfabeto del silencio escriba los mensajes bajo nuestros pies, desde las piedras de nuestro origen.

 

Sólo las cosas que no existen pueden ser perfectas. Todo lo que existe, existe por accidente, por error. Una cosa no existe sólo en la luz de lo visible. En su sombra, en su ausencia, es también. Desde su nombre que no se pronuncia, es.

 

Hay palabras que irremediablemente se suceden, que nacieron juntas. Si decimos abismo es inevitable decir después c a e r.


Autores
(Xalapa, 1988) es poeta y ensayista. Su obra aparece compilada en diversas antologías y ha publicado en revistas como Punto de Partida, eSpiral y Periódico de Poesía.
Still de The Congress (Folman, 2013).

Oí una conversación en una fiesta. Uno defendía que los trabajos más abstractos de Rothko, por lo menos la serie negra, Rojo sobre naranja o Negro sobre marrón, vivían en la delgada línea que hay entre el diseño de interiores y la pintura; la otra argumentó con una pregunta: “¿Alguna vez has visto un Rothko en vivo? Si no, no sabes de lo que hablas”.

Fue una respuesta peculiar. Como cuando se va a escuchar una banda en vivo o a la Rothko Chapel a ver un Rothko “en vivo”.

Es decir, que para entender a Rothko, para entender esa sutilidad y acceder a la experiencia mística que el pintor pugnaba en sus cuadros, se tendría que pagar una Visa, un boleto de avión a Huston y la entrada a la Rothko Chapel (o haber aprovechado cuando trajeron algunas piezas del pintor al Museo de la Ciudad de México).

Tal simonía en el arte es un argumento pocas veces enunciado: un esnobismo que excluye a la mayoría en favor de unos cuantos. La diferencia actual es que el que accede al verdadero significado del arte es el que tiene dinero (empresario que tiene para ir a las mejores galerías y museos de Europa), mientras que antes era el chamán o el sacerdote el que, por estatus divino, podía entrar a las cámaras y admirar esos productos humanos.

Benjamin advierte sobre el peligro de esos conceptos de “misterio”, “genio”, “valor imperecedero”, “exclusividad”, “inspiración”. No sólo eso, sino que especifica que son inservibles para juzgar el arte en la época de su reproductibilidad técnica.

En una columna anterior, abordé el concepto de autenticidad del arte, que Benjamin define como “un entretejido muy especial de tiempo y espacio: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”.

Para el filósofo alemán, la autenticidad de una obra (sobre todo en la plástica) se basa en que siempre está fuera del alcance de uno, ya sea en títulos de propiedad, pero sobre todo en sentido de apropiación: no la podemos hacer parte de nosotros porque hay algo que se fuga en ella, un “misterio”, casi una mística a la cual sólo podemos acercarnos en la contigüidad espacial (estar frente a la obra original) pero que nunca podremos penetrar de manera total. Algo que le está vedado a las masas y no permite que se reflejen en ello.

A este “misterio”, Benjamin le llama aura y, además, establece que es lo que está en crisis en la época de la reproducción técnica. Es decir, a partir de un cuadro puede ser fotografíado, es suceptible de aparecer en espacios no rituales: fuera del museo, en un baño público, en una sala de estar de un departamento suburbano, en el metro. En espacios donde se prefiere la reproducción a la imagen, la copia sobre el original.

De la aparición única y lejana, se pasa a la aparición múltiple y cercana, una aparición fugaz y repetible pero que permite que la masa se acerque a la obra y, si quiere, la modifique, la intervenga. Se la apropie, en pocas palabras.

En la primera parte, The Congress (Folman, 2013) presenta una actriz, Robin Wright, al final de su carrera. Frente al olvido completo, un ejecutivo de Miramax le propone el último contrato que firmará en su vida: le harán un scanning exhaustivo de sus expresiones y movimientos para recrearla digitalmente en cualquier proyecto que decida el estudio. Wright seguirá recibiendo regalías pero nunca más podrá hacer un acto artístico en su vida: no más películas, obras escolares, comerciales, anuncios en la radio, y un largo etcétera.

Wright se niega y argumenta que no le pueden quitar su poder de elección, que no puede ser un títere de los caprichos mercantiles de ejecutivos. Su agente (Harvey Keitel) la convence: siempre ha sido un títere, sólo creía que no lo era. Las largas jornadas en el set, seguir las indicaciones del director, iluminador, del fashion, someterse a cirugías plásticas para siempre aparentar menos años. Todo eso la había vuelto un títere. El trato de convertirla en una actriz digital la libera de, por lo menos, tener que asistir a alguna de estas charadas. Puede disponer de su tiempo. De algún modo retorcido, será más libre que antes.

Robin Wright acepta e inicia la siguiente parte de la película: 20 años después.

La actriz digital Robin Wright, el producto que creó Miramax a través de los gestos de un ser humano, resulta ser mucho más exitoso de lo que fue la Wright de carne y hueso. A la Wright original la invitan al Congreso de Futurología (al cual sólo puede entrar en su versión animada) para que sea la portavoz del nuevo invento de la Miramax-Nagasaki: han logrado recrear a los seres humanos por medio de la química. Así, Robin Wright será la primera en ser sintetizada en su composición base y añadida a cualquier producto que se quiera: helados con sabor Robin Wright, perfumes con olor Robin Wright. La esencia y sustancia de Robin Wright ha sido decodificada y añadida como un colorante más. Como si fuera chocolate.

Un grupo de rebeldes invade el congreso de futurología e intenta liberar al mundo del plan de Miramax-Nagasaki. Empieza la tercer parte de la película: ¿70 años después?

Wright descubre que el mundo, con base en ciertas drogas psicotrópicas, se ha convertido en una alucinación colectiva, donde no hay ego, no hay competencia, no hay envidias ni  odios porque todo el mundo es quien quiere ser. Todo el mundo está satisfecho. Algunos se ven como Michael Jackson, como Zeus, como la Venus de Milo. Pero no hay una especie de copia aspiracional, sino que el otro es en verdad Michael Jackson, Zeus y la Venus de Milo. La personalidad única, propia e irrepetible es un concepto arcaico que ha sido sustituido por la mera voluntad de ser quien uno quiera ser y, por lo tanto, ser realmente el que uno es. El otro no es máscara. Ser Michael Jackson y que haya otros miles de Michael Jackson no presenta conflictos, porque el original Michael Jackson ha sido sintetizado en toda su complejidad. Se le ha podido reproducir técnicamente.

En las tres partes de la película, se ejemplifica lo que Benjamin ha denominado “la destrucción del aura”. Ahora las masas se pueden apropiar de las obras de artes (justo como el cine está haciendo con la tradición) y, más allá, de la personalidad de quien gusten.

Ya no hay posibilidad, como en el Rothko, de un argumento por la presencia, por la autenticidad. Lo auténtico ha sido destronado de su lugar único y ahora lo que reina es la repetición. La “esencia”, el “misterio”, que distinguía a un individuo de otro ha sido abolida. Pero la libertad no. Más bien, es una libertad real, una que va más allá de lo que (sin pedirlo) le había tocado a cada uno ser.

En The Congress, la apropiación masiva que veían Benjamin en el cine sube un escalón más: del arte no exclusivo, cuyo principio de existencia era lo importante, se pasa a una vida cuyo principio de elección es lo que la rige.

Esta obsesión contemporánea de “ser quien verdaderamente eres” es sustituida por “ser quien quieras ser”.

Yo era uno de los que hablan sobre Rothko. El argumento sobre la presencia de la es complicado de debatir, es más, tal vez el aura en pintura sea innegable y lo que realiza la reproducción técnica es una mera difusión. Tal vez para entender una pintura, se tenga que ver el original. Porque todavía tiene sentido esta palabra en la plástica.

En el cine, el DVD original de una película no es más que una copia autorizada por la productora. Pero nadie (o casi nadie) tiene empacho por verla en streaming (pagando o no) o comprarla en el tianguis de los miércoles. Argumentar que no se tiene la experiencia completa de The Congress porque se vio en algún sitio de Internet.

En el cine —y, según The Congress, en las relaciones humanas del futuro— el original, la autenticidad, no tiene sentido. Las películas suceden en y por la reproducción técnica, no tienen otro espacio que su aparición masiva y repetible.

Y en su recepción masiva, lo que comienza a importar es el valor de exhibición (que la obra sea vista tiene más importancia que la existencia de la obra), lo que comienza a surgir es un arte no exclusivo, un arte cuyo principio de existencia es también su principio de exhibición.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.

La literatura mexicana, y en particular la poesía, según ha consensuado la crítica literaria, adolece de tres cosas: primero Villaurrutia y luego Paz argumentaron que le hace falta sol (aunque paradójicamente sus versos están llenos de la palabra “luz”), otros han dicho que le faltan rasgos autobiográficos no obstante su lirismo puro y, finalmente, que carece de sentido del humor. Desde luego, para cada una de esas características se encontraría a un poeta que refutaría tal aseveración o, como se suele decir, la excepción que confirmaría tan estrictas reglas: para el primer caso siempre se piensa en la floreciente poesía de Carlos Pellicer, en el caso del segundo está la obra autoreferencial de Salvador Novo, y para el tercero, esa especie de haikús paródicos de nuestra literatura que son los “poemínimos” de Efraín Huerta.

Desde principios de los años noventa, la poesía de José Eugenio Sánchez (Guadalajara, Jalisco, 1965) irrumpió con su desparpajo, su humor ácido, su ironía, su irreverencia y llenó nuestra poesía de otros personajes, no precisamente nuevos pues siempre habían estado allí sólo que no tenían cabida en la aséptica poesía mexicana. Sánchez los ha metido en su libros Escenas sagradas del oriente (reeditado por Almadía en 2009),  La felicidad es una pistola caliente (Visor, 2004), galaxy limited café (Almadía, 2011) y ahora en jack boner and the rebellion.

Así, la cultura de masas por primera vez tuvo un lugar en la acartonada poesía mexicana del siglo XX. Varios de los referentes de la cultura pop, que ya habían estado en la pintura pero no en la poesía, como los cantantes o grupos de rock, los repartidores de comida rápida y sobre todo mucho sexo (en varios poemas de Sánchez encuentro una fijación por el sexo oral, “las mamadas”, así tal cual dice), se mueven con total libertad y libertinaje en la poesía de José Eugenio Sánchez. Todo eso que entra en la categoría “Afterpop”, el término acuñado por Eloy Fernández Porta en su libro homónimo. Al respecto, Fernández Porta cita una frase muy atinada de Don Delillo: “El futuro pertenece a las masas”. Además, Sánchez ha inventado el fenómeno poético “underclown”, que consiste en la lectura desinhibida de su obra, como si se tratara de un rockstar ante sus innumerables fans.

En su más reciente libro, Sánchez vuelve a la mitológica generación Beat, a esas lecturas de la primera juventud, y cuyos protagonistas se han convertido en personajes, en una más de las imágenes de la sociedad del espectáculo, es decir, en celebridades convertidas por las masas. Por eso en jack boner and the rebellion algunos de ellos vuelven a tener una vida como la de cualquier ser humano: Sánchez los trata con familiaridad y entonces aparecen con sus nombres de pila, Jack, Lawrence, Neal, Allen, William… De esa manera, es mejor conocer su vida y no su leyenda.

Además, en este nuevo libro, Sánchez vuelve a los mitológicos cuadernos de Kerouac en los que escribía sus haikús; se cree que escribió unos mil aproximadamente y en 2003 se publicaron en libro sólo 500 de ellos. Si en Estados Unidos los herederos de Kerouac siguen escribiendo haikús, como es el caso de David Trinidad en Peyton Place. A haiku Soap Opera (2013), en nuestro país, José Eugenio Sánchez escribe sus propios haikús en jack bonner and the rebellion, con el mismo rigor poético pero también con el mismo desparpajo al que nos tiene acostumbrados a sus fieles lectores:
 

sus nalgas parecen sonreír al marcarse los hoyuelos

 

el mar viene con una lata de cerveza

 

la luna habla al oído después del peyote


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
TRANSDrama.

Hace poco más de un mes, comenzó a circular una convocatoria por demás interesante que invitaba a actores y dramaturgos a unos talleres con personas de talla internacional, el nombre: TRANSDrama; las responsables: Silvia Ortega y Carmen Ramos, ambas figuras activas e indispensables de la escena actual, directoras, actrices, creadoras.

En esta ocasión abrimos un espacio para escuchar en su propia voz cómo se ha llevado a cabo la realización de este nuevo espacio para la expansión artística.

 

Itzel Lara: ¿Cómo surge la idea de TRANSDrama?

Carmen Ramos: Desde el momento que Silvia Ortega Vettoretti y yo decidimos fundar nuestra compañía de teatro, llamada Teatro de los Efímeros, la apuesta siempre ha sido por la convicción y ejecución de que no existen los límites en el espacio escénico teatral, de que el teatro es tierra de nadie y que eso da la ventaja absoluta de convertirlo en un laboratorio constante, zona de libertad y procesos creativos. Y no sólo me refiero a los límites escénicos, sino también a los geográficos. Con esto en mente, tiempo después, ambas fuimos beneficiadas, individualmente, con una beca de residencia para escribir una obra en el extranjero. Yo me fui a Buenos Aires, Argentina, y Silvia a España. Nuestros encuentros virtuales, vía Skype, confirmaron nuestro primer paso contundente para expandirnos más allá del teatro mexicano: compartir lo vivido, pero no como una experiencia anecdótica y personal, sino de hacerlo práctico en el teatro mexicano.

De unos 10 años para acá, la escena mexicana ha crecido mucho, nuevos dramaturgos, jóvenes directores que se arriesgan, actores que se ejercitan como creadores… Todo esto es un proceso que cuestiona ciertos aspectos, por ejemplo, el que un director sólo se enfoque en dirigir tránsito escénico; que los dramaturgos rompan con estructuras clásicas de tiempo y localistas, abriendo su lenguaje a una fuente universal y que los actores dejen de concebirse como simples ejecutantes y aspiren a crear escénicamente, a convertirse en artistas, en generadores de contenido. Sin embargo, muchos adolecen de falta de preparación académica, y no me refiero a la de estar metido tres o cuatro años en un espacio cerrado de aprendizaje, me refiero a aquel conocimiento que es necesario encontrar en el camino de la experiencia profesional, en el que decides parar para reflexionar.

Así fue que ideamos este Seminario, el primero de varios, como un espacio de encuentro, que se caracteriza por reunir a gente que busca dialogar con la creación escénica (en esta ocasión, desde la dramaturgia y la actuación), con personas de gran experiencia, como lo son Sergi Belbel y Alejandro Catalán, que han trascendido el ejercicio de dibujar creativamente lo que es para abrir paso a lo que puede ser.

“TRANSDrama 2014, expediciones dramatúrgicas” representa la necesidad creativa de Teatro de Los Efímeros y de todos los creativos escénicos e invitados que nos hemos encontrado en el camino, gracias a la oportunidad de salir de expedición y hallarnos con aquella gente que desea compartir la ruptura con sus propios límites escénicos.

 

IL: Cuéntanos un poco cómo ha sido la organización.

CR: Comenzó hace poco más de un año, con Silvia y yo como fundadoras y coordinadoras. Nosotras elaborábamos, de inicio, los contenidos del mismo. Partiendo de la idea de concebirlo como un laboratorio escénico internacional, definimos  a nuestros dos primeros tutores invitados, lo siguiente fue buscar el ejercicio del diálogo a través de incluir mesas de reflexión, workshops y masterclasses con ejecutores de la escena mexicana.

Entonces buscamos una sede que nos acogiera y apoyos institucionales interesados, bajo la visión muy clara de no variar nuestro contenido y sin perder nuestra autonomía curatorial. El Centro Cultural del Bosque nos apoyó con la sede, así como otras instituciones se han ido sumando a este proyecto. No hay fin de lucro. Los talleres intensivos tienen un costo porque nuestros tutores deben viajar, hospedarse y entregar un conocimiento que evoca una vida dedicada al riesgo y al perfeccionamiento. Contamos con eventos paralelos gratuitos, además se abrirán al público conferencias magistrales y workshops para conocer a los tutores invitados. Los recursos no son muchos y aunque seguimos en la búsqueda de apoyos de todo tipo, esta clase de seminarios requiere inversión, inversión que seguiremos buscando con tal de hacer los talleres más accesibles y de poder crear un encuentro con más tutores para el siguiente año. Nos hemos ido profesionalizando en el camino. Organizacionalmente ahora contamos con gente en difusión, en logísta, en diseño y enlaces.

También tendremos una publicación, titulada TRANSDrama, expediciones dramatúrgicas, que reunirá relevantes y arriesgadas obras realizadas durante el 2013 y 2014 en Iberoamérica. Contaremos con obras, textos dramáticos, muchos realizados sobre la escena de dramaturgos como Claudio Tolcachir, Francisco Zarozoso, Diego Arámburu, Manuela Infante, entre otros. Se trata de ampliar la cartografía.

 

IL: ¿Cuál ha sido la respuesta de la gente?

CR: Cuando lazamos virtualmente el anuncio la respuesta inmediata fue de sorpresa y les ha encantado. Nos falta difundir más la convocatoria y en eso estamos. Hay muy poca oferta de entrenamiento actoral profesional, pocas oportunidades de encontrarte con maestros de tal nivel artístico y académico, de rozarte con otras visiones, abrir el panorama, salir de expedición; así que nos toca meter mucha motivación a través de la difusión. Por lo pronto, esta convocatoria ya se abrió y estamos recibiendo muchas aplicaciones, sobre todo para la dramaturgia.

 

IL: ¿Por qué TRANSDrama ahora?, y ¿qué pueden esperar los teatreros de él?

CR: TRANSDrama ahora porque está dentro de una corriente de gente que quiere explorar sin pudor la escena, sin límites.

Y lo que pueden esperar… yo no diría eso, sino, lo que pueden encontrar: un espacio propio que los saque del encierro de crear solos en casa, o con unos pocos compañeros, y  un lugar que incita a abrirse al encuentro con los demás, al encuentro con su propia creación y su postura política y cultural al respecto.

 

Para saber más de TRANSDrama, pueden visitar su Blog y las redes sociales, Facebook y Twitter.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Fotografía de Carmen Alardín, archivo particular de la familia Garza Alardín.

El pasado 10 de mayo falleció Carmen Alardín (1933-2014), extraordinaria poeta que cantaba a la lluvia, a la infancia, al amor y a la ciudad. Ya sea en su natal Tamaulipas, Nuevo León o el Distrito Federal, lugar en que su obra germinó, Alardín es un ejemplo destacado de lo que significa crear en ausencia y desplazamiento.

A la familia Garza Alardín,
por todo lo compartido.

Mi primer recuerdo de Carmen Alardín es de mediados de los ochenta, cuando fue de visita a mi casa. Yo tendría unos seis años y me había llamado la atención que me dijeran que ella era poeta. Nunca antes había conocido a una. Desde entonces comenzó una conversación interminable que siempre he disfrutado. Acompañada de familia, amigos y lectores, Alardín escribía siempre: en cuadernos, hojas sueltas o servilletas de papel. Es una poeta que canta a los misterios del presente; escribe del amor y descubre que éste ha sido magnánimo con ella.

Carmen llegó al mundo el 5 de julio de 1932 en Tampico, puerto asediado por los huracanes. Después de la separación de sus padres, Carmen, muy pequeña, se traslada con su madre a Nuevo León, donde crece. Ahí conoce a Ramiro Garza, escritor y hombre distinguido de la radio nacional, con quien forma su familia. En Monterrey nacen sus hijos y Carmen publica su primera colección de poemas, El canto frágil (1951). En Pórtico labriego (1953) confirma una temprana vocación por el lenguaje.

La familia Garza Alardín se muda al Distrito Federal, donde la poeta estudia literatura alemana en la Facultad de Filosofía y Letras. Publica Celda de viento (1957). Después ingresa al taller literario de Juan José Arreola, cuyo resultado fue Después del sueño (1960) y Todo se deja así (1964), poemarios medulares en su obra.

Alardín logra imágenes poderosas que plantean interrogantes al mundo a partir de la fuerza emotiva:

Para que las estrellas te recuerden, colocaré tu imagen esta noche mirando a la ventana; para que llegue el tiempo de tus pasos, haré que con tus ojos simplifiques y enciendas las mañanas.

Sigue Canto para un amor sin fe (1976), escrito en un tono oscuro, en torno al movimiento oscilatorio entre los polos de la pasión. En 1982 Carmen realiza un Entreacto en el que explora sus temas más socorridos, como el amor, el deseo y la vida misma:

Si tú me preguntaras por qué vivo, tan sólo con vivir respondería. Dejaría caer esa navaja para marcar mi espacio abierto, y olvidaría todos los quehaceres que no fueran de amor o de silencio. Si tú me preguntaras por qué vivo, por vivirte otra vez, desviviría.

En 1984 aparece La violencia del otoño, un diálogo, cargado de dolor y esperanza a partir de la consagración del instante, que toma la existencia de quien “cansada de contar la misma historia, se fundió en el verano”.

Quién pudiera decir que estamos juntos celebrando el milagro de las bodas, aunque un fúnebre viento nos transporte donde el camino es grieta que devora. Quién pudiera decir que en un recodo de la existencia nos sorprende el rápido copular de una cámara instantánea y estemos juntos, ¡ah! concomitantes, y encadenada en el papel tu cara.

En La libertad inútil (1992) la voz poética habla desde el inframundo, oscilante entre uno y otro lado del plano existencial. El mar hasta tu puerta (1998) reúne poemas publicados anteriormente y algunos inéditos, como el que le da título a la colección. En Caracol de río (2000) el oficio poético alcanza la plenitud del dominio estilístico: imprime inquietud por la relación con su madre, el paso del tiempo y el trazo de los caminos que hacemos al avanzar.

Eras mi río y me dejaste un caracol. Por él te busco y en las noches te encuentro porque las noches son para saciarse de las carencias con que crece el día. Eras mi río y nunca te olvidaste de reintegrarte con la transparencia del cuarzo y la geoda, para saber si encuentro esa mañana que para siempre le faltó a mi vida.

Ese mismo año ingresa al Sistema Nacional de Creadores de Arte. En 2002 el Fondo de Cultura Económica publica No pude detener los elefantes. Miradas paralelas (2004), un ejercicio en el que la voz lírica enuncia pasajes que contienen una visión total y ambigua de la realidad.

El mundo no se acaba cuando cierras los ojos, otro mundo se forma. No eres tú quien dibuja nuestros días; son formas paralelas que conducen a invisibles ciudades.

En 2013, La caída del ángel es testigo de la relación de Alardín con el Distrito Federal, su hogar durante casi medio siglo, donde disfrutaba mucho caminar.

No hallarás tu ciudad si no transitas una por una todas sus aceras. No hallarás tu ciudad si no la llevas cimentada en tu llanto y tu sonrisa. Desde que el mundo comenzó ha nacido una ciudad distinta en cada uno de los escombros, y una chispa nueva de ilusión y de asombro entre sus torres.

Recuerdo que Carmen describía trayectos tan largos como los kilómetros que median entre San Ángel y la glorieta de Insurgentes. Se asumía como pensadora peripatética. Las caminatas eran su momento predilecto para la conversación, así fuera en círculos. En cierta medida, al transcurrir ese tiempo circular, pienso que aún conversamos.

Carmen Alardín solidificó su obra al consolidar la pasión por la palabra. Percibía su poesía cercana a la de Emily Dickinson, Elizabeth Bishop y Dulce María Loynaz, Emilio Ballagas, José Carlos Becerra y Jaime Gil de Biedma. En sus poemas podemos encontrarnos a nosotros mismos, descubrir algo más de nuestros procesos interiores a través del diálogo literario: una conversación interminable. Carmen da la oportunidad de conocer una escritura que arde y se consume en sí misma. Ojalá sea pronta la recuperación de su poesía reunida para valorar la labor en marcha del lenguaje.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Tampico, Tamaulipas, 1978) es poeta. Autor de los libros: La semana milagrosa (2006), Golden Boy (2009) y Hay un jardín (2008).
Fotografía por Pixabay.

En mayo de este año, hace apenas dos meses, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ubicó a la ciudad de Monterrey como la más contaminada del país, seguida de Torreón y la ciudad de México. Según el estudio realizado a 600 metrópolis de 91 naciones, Monterrey registra 36 microgramos de partículas contaminantes, 2.5 por metro cúbico. Aunque la contaminación ambiental ha representado un problema desde la Revolución Industrial en el siglo XIX, es desde mitad del siglo XX que han sonado cada vez más fuerte los discursos ecologistas o pro-ambientalistas. Al menos en ciudades como Monterrey, tener conciencia de la relación ser humano y medio ambiente aún implica colocarse a la vanguardia. Según el estudio de la OMS la contaminación en el mundo está empeorando y el 88% de los habitantes de grandes ciudades respiran aire contaminado. Ante el crecimiento de la urbe, las emisiones de la industria y la contaminación de ríos y bosques, algunos grupos sociales conscientes de la actual situación del mundo buscan denunciar o proponer alternativas para convivir de forma sana y equilibrada con el medio que los rodea. Tal es el caso de los activistas medioambientales y los artistas que por medio de su obra expresan los distintos puntos de vista que circundan esta cuestión.

En vísperas del coronamiento de esta ciudad como la más contaminada del país, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) presenta al público la exposición in/humano, inaugurada el 11 de julio y con permanencia en sala hasta el domingo 2 de noviembre, en ella se reúne la obra de diecisiete artistas de distintas nacionalidades, que por medio de instalaciones de video, audio y arte objeto construyen una visión polisémica del ser humano en su relación con el entorno. La sociedad de consumo, la repercusión y devastación humana del entorno natural y su afectación sobre terceros, como en el caso de especies en peligro de extinción, son sólo algunos de los problemas fundamentales cuestionados en la exposición.

En su sitio oficial, el museo ofrece un recorrido virtual en donde se puede apreciar algunas de las obras expuestas. Dos núcleos integran las piezas de in/humano; en primer lugar, el ser humano y su relación con distintas especies animales. A esta sección corresponden obras de artistas como Catherine Bagnall, que por medio de piezas textiles pretende ofrecer una postura respecto al exterminio de zarigüeyas en su originaria Nueva Zelanda. El mexicano Miguel Calderón ofrece a través de una instalación de audio, a la cual el espectador accede luego de atravesar dos cortinajes hasta un recinto sumido en la oscuridad, una pieza llamada Los pasos del enemigo, la cual refleja el temor y la incertidumbre del ser humano como habitante de un entorno que siempre le ha parecido hostil. Algunas fotografías como las del francés Charles Fréger invitan a cuestionar el sentimiento de superioridad que ha regido al humano y lo ha llevado a la dominación de otros seres, como es el caso de la domesticación de los elefantes. En sus fotografías, Fréger muestra a estos grandes mamíferos decorados con pinturas y ropas exuberantes, evocando una estética de Oriente y sobre cada uno de ellos un individuo igualmente engalanado que, a veces con un cetro, mira con expresión serena el horizonte. La objetivización de otros seres vivos, como en el caso de los elefantes de Fréger que evocan vehículos de transporte barrocamente adornados, plantea la duda sobre la soberanía inconsciente latente en el imaginario humano.

El segundo núcleo de la exposición aborda la relación del ser humano con el paisaje, las plantas y los recursos renovables y no renovables. Hay piezas que ofrecen una alternativa para que las comunidades recuperen la conexión que siempre ha existido entre el ser humano y su entorno natural, como en el caso del Urban Physic Garden, del colectivo Wayward Plants. Este colectivo de creativos incluye a diseñadores, artistas y promotores urbanos, quienes se encargan de producir espacios y eventos que facilitan el intercambio social de la producción de narrativas botánicas y herbales. Recordando la estrecha relación entre herbolaria y medicina, por medio del Urban Physic Garden montado en la ciudad de Londres, la comunidad puede involucrarse en el crecimiento y producción de conocimiento relacionado con las propiedades curativas de las plantas.

Otras piezas en exhibición se concentraban en los estragos ambientales producidos por el crecimiento masivo y desaforado de zonas habitacionales humanas, como las fotografías del mexicano Alejandro Cartagena, en donde se ven edificaciones masivas de viviendas diminutas al estilo de Infonavit creando paisaje de concreto sin árboles; o zonas naturales, como ríos, llenas de basura. También se plantea la reapropiación que el medio natural hace de zonas abandonadas por el ser humano. Por ejemplo, las fotografías del neoyorquino Joel Sternfeld que exhiben unas antiguas vías de tren, en la ciudad de Nueva York, cubiertas de musgo y hierba, creando así un pequeño hábitat ecológico resguardado por el olvido.

Destacaron piezas audiovisuales como la del mexicano Rodrigo Imaz, titulada Hazte miel y las moscas te comen, centrada en Juan Antonio de la Garza Carranza, habitante de un basurero en Cuatrociénegas, en el estado de Coahuila, que vive feliz en la compañía de sus animales. Juan dice que para él no hay día domingo, en general no existen los días y que su sola preocupación es asegurar el alimento para sus animales. Juan vive alejado del vértigo citadino o las preocupaciones materiales de la ciudad. Alternativas de vida como las de este individuo invitan a reflexionar sobre la solidez de la realidad occidental en la que vivimos.

In/humano es una exposición rica en puntos de vista y variada en discursos en cuanto a la representación la relación del ser humano y su entorno. Ninguna sentencia sobre estos escenarios está dada, no hay juicios de valor. Según el curador Gonzalo Ortega, las obras están planteadas a manera de diálogo con situaciones encontradas y es tarea del espectador enfrentarse a la obra y tomar sus propias decisiones.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey, Nuevo León, México, 1991. Cursa actualmente estudios de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Participó como ponente y creadora en los encuentros y congresos organizados por la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (REDNELL) en D.F., Querétaro, Mérida y Tijuana ininterrumpidamente desde el 2010 al 2012. En febrero del 2013 ganó el Primer lugar en el Slam Poético 3.0: Sobrevivientes del 2012 y participó como jurado en el Slam Poético 4.0: Monterrey es un laberinto (junio 2013). Ha sido publicada en Puño y Letra (Monterrey, 2012), La regia cartonera (Monterrey 2014), Los bárbaros del norte (CONARTE 2014), el periódico Barrio Antiguo (Monterrey 2014) y la página de internet de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM 2014).
Ilustración: Camino para jugar, por Marisol Cosmes Guzmán.

I began to believe
the true position in life
was standing still.
José Ángel Araguz

Verano.

Duermen apacibles en la litera. El mayor arriba, la pequeña debajo. Declina el domingo. Se atenúan los aguafuertes que los impresionaran en la excursión a mediodía:

 

/ un olmo frondoso, cálido al tacto, de ramas como garabatos marrones, verde turbio las hojas hospitalarias por las que se adentraban, encaramándose, iluminados por el resplandor de sus brazos amarillos, espadas de sol

 

/ la salpicadura de plata helada, en la charca de los bebederos, que brotaba de las volteretas de un bulldog blanco, sin correa, tiovivo de músculos y espumarajos, la lengua un péndulo de sangre pulimentada por la sed

 

/ las extenuantes acrobacias y los bailes, los duelos y las competencias de velocidad en la hierba inmensurable, autopista o coliseo sobrevolado por nubes diáfanas de insectos

 

Duermen.

 

Fueron dos nuestras caminatas: breve hacia el parque, la de ida; la del regreso, eterna. Las cuadras que las intermediaron, imagino, les laten aún a los hermanos en las plantas de los pies, prolongándoles un dolor adormecido, vibrante de felicidad y de asombros transitorios que pueblan el cinematógrafo alucinante detrás de la pesantez de sus párpados:

 

/ las banquetas hostiles en declive, o en ascenso, gibas de un colosal dromedario fósil

 

/ los rines de los automóviles, las aspas cromadas tan cerca de sus rostros, emitiendo zumbidos amenazantes, dinamos vertiginosos que a bufidos de combustible los mecían, ingrávidos al caminar de mi mano y de la de su madre por aceras angostas, en deterioro, al ras de un accidente mortal

 

/ los contenedores negros con las tapas roídas por la destreza mendicante y famélica de criaturas virales que aparentan ternura de dibujos animados y carcomen con astucia de prófugos los basurales de la ciudad

 

/ la fetidez vaporosa de los hombres cloaca que renquean la lepra de su indumentaria, que desvarían sorpresas o malas noticias y que las discuten o celebran con fantasmas pertinaces que los consuelan, hombres cocodrilo absortos, aspirando tabaco dulce, que sorben latas agrias, varados en el espejismo del asfalto o en los maderos humedecidos de la banca que publicita milagros plásticos contra la obesidad

Ilustración: Las Mareas, por Marisol Cosmes Guzmán.

Ilustración: Las Mareas, por Marisol Cosmes Guzmán.

 

Duermen.

 

Qué otros recuerdos electrizan las extremidades del mayor, de la pequeña en reposo. Los huesos, los cartílagos, dientes y hebras finísimas, capilares, comienzan a crecerles bajo la sábana impredecible de sueños disparatados que los colman y serenan. Su postura, prenatal, los torna cuerpos diminutos en silenciosa expansión.

 

Oprimo con cautela el interruptor de la lámpara. Ejerzo, con mudo cansancio, la ceremonia paterna de brindar la penumbra. Desde fuera, una intermitencia escarlata se apodera de la pieza. Es el resplandor que noche a noche calca su recuadro en la cortina traslúcida y que reproduce los estrépitos de la emboscada, entre laberintos envilecidos, que nuestro vecino adolescente protagoniza frente a un plasma inmenso, instalado en una recámara con la persiana siempre abierta.

 

De no ser por mi desidia incurable, o por las fobias pueriles, de franca ridiculez, que me crispan los nervios al cruzar la puerta de acceso a cualquier supermercado, ese parpadeo trémulo, de cacería virtual y espectaculares masacres, no allanaría la más estrecha de las alcobas del departamento. Debo comprar un cobertor voluminoso, una frazada, y colocarlos entre la cortina traslúcida y el amplio vidrio al que no polariza. O sencillamente reemplazarla por otra, de textura impenetrable. Proveer una confortante, absoluta intimidad. Por qué no impido la intromisión de las conflagraciones que perfecciona un ludópata, si dieciocho meses han transcurrido ya desde que alquilamos el primer piso de un edificio que, adujeron las propietarias, supera el siglo de antigüedad. ¿Por qué retardo una compostura de procedimiento tan simple?

 

Al adolescente lo narcotizan los gráficos en alta resolución que trama su consola. Permanece inmóvil en el sofá, sin apasionarse, marmóreo. Al incrementar sus inventarios de homicida y aventajar niveles, no prescinde del sonido, aunque se priva de aturdimientos modulando el volumen hasta lo indispensable, apenas el rumor de una frecuencia que no lo distrae, y que yo percibo con angustiante claridad. Lo separa del mayor, de la pequeña, no más que un reducido declive de césped que cruje y se reseca entre los dos muros que separan las viviendas, y cuyas ventanas, idénticas, quedan inevitablemente confrontadas. Nítido, contemplo duplicarse un simulacro infinito de combates que se filtra en los ámbitos de la pieza de los niños y ondula sobre los edredones y los barrotes de la litera. La contienda, cruenta e improbable, les desfigura las facciones con el espectral holograma de una guerra encarnizada que parecieran librar adversarios de otro tiempo, remoto y superpuesto al del domingo en que ya principian a desperezarse las horas de mi oscuridad intranquila.

 

Sirenas ululan frecuentemente, transitando las inmediaciones de Auburn. Tampoco escasean las maniobras aéreas de la guardia de seguridad. A la espera del aullido de las ambulancias, de los canes entrenados para la persecución de criminales, la impaciencia recrudece mis insomnios y me levanto, tiritando, de la cama matrimonial que instalamos mi esposa y yo en la recámara contigua, dividida de la de los hermanos por un panel doble de cedro, corredizo. Es imposible que me recupere del sobresalto aun cuando las brutales detenciones, los fuegos cruzados, las redadas que idealizo no pasen de ser alucinaciones con que me inflige la incertidumbre, y debido solamente a ocasionales rondas de vigilancia. He despertado, incluso durante la madrugada, sin el acicate de un impulso exterior que me perturbe, presintiendo que una ráfaga de disparos habrá de acribillar nuestra paz endeble, hiriéndonos: a los niños, de muerte; a su madre y a mí, de por vida. Cavilo, aterido en mis estanques de sopor, que hacia nosotros va precipitándose la parafernalia de los paramédicos y de los periodistas, que acuden sin dilaciones a preludiar las primicias de las pocas o de las innumerables portadas. Y aguardo el remache de balas perdidas o a mansalva, sin que suceda y sin emprender una medida protectora que, me burlo entonces de mi fatalismo, no mitigaría de todas maneras, por su nimiedad, el daño al que nos condenaría un atentado, un robo azaroso.

Hace un par de meses un autobús de transporte colegial aparcó tres calles al sur, en dirección a los rascacielos y al gran río que bracearan esclavos en fuga durante décadas. Le saltaron el cofre con explosivos. Entreabriendo la puerta del porche, columbré la humareda, la coreografía de los bomberos, el conciliábulo de vecinos intercambiando rictus, conjeturas, testimonios inútiles y exultantes. Los hermanos me preguntaron la causa del olor a diesel, a neumáticos carbonizados. Corrí el seguro y los empujé dentro, impidiendo que se asomaran. Protestaron por mis restricciones tajantes de que no salieran y por mi negativa a brindarles una respuesta dramática que compensara su terca curiosidad.

En época de fiestas navideñas, repeticiones de arma corta, simultáneas, provinieron circundándonos desde otras casas. Mi esposa y yo decidimos taparles los oídos con almohadones, acercándolos a nuestro pecho y permaneciendo alertas aún después de que finalizaran los tiros al aire, todavía por un expectativo lapso de minutos inanes, incluso cuando ya las alarmas antirrobo de los coches hubieron apagado por completo sus desacompasadas estridencias y cuando, desde una distancia nebulosa, un tren iba, parsimonioso, aquietando su silbido.

Ilustración: Telequinesis, por Marisol Cosmes Guzmán.

Ilustración: Telequinesis, por Marisol Cosmes Guzmán.

 

Duermen, apacibles.

Acecho al adolescente, sin que me avergüence la imprudencia, la recién adquirida costumbre de aborrecerlo, de admirar la rigidez metódica de su abstracción. Mientras espío el exterminio que lo entretiene, adivino, al rape, un cráneo que sobresale del respaldo del sofá y al que cincelan relámpagos y lashes. Lo juzgo adolescente porque del edificio aledaño en que hiberna no salen o entran más que individuos escurridizos que dan la impresión, por el particular azoro de sus miradas, de no sobrepasar en edad la veintena. Los escucho embrutecerse, reventar cervezas o platos en el pavimento. Derrapan a bordo de sillas giratorias, de oficina, o de butacas despedazadas por la cuesta. Queman muebles en torno a pestilentes fogatas de patio trasero que compiten por extinguir a escupitajo y meada. Traduzco a un español que me serpea la sien los improperios, los ruegos de clemencia interrumpidos por vanos que azotan, por tablas de patineta que les truncan la osadía de burdas peripecias, derribándolos para el beneplácito tribal de los más ebrios que incentivan el certamen, secundando rimas de un gangsta rap monocorde que vibra cuadras a la redonda. El jugador no bebe con ellos ni alardea de su misoginia con la broma pésima o el eructo altisonante. Se reserva, huye del cardumen. Opera el amuleto de su control inalámbrico. Destruye, detona y dinamita. Asalta y es emboscado. Resucita cientos de veces y cientos de veces empala o acuchilla. Se condecora y no duerme; no puede, como los hermanos, dormir, apacible.

 

Sonámbulo indeciso, mortecino tenant que repta en sigilo. Desando con mesura de saqueador mi espacio de alquiler sin que asimile cualesquiera convicciones de pertenencia, siquiera temporal. Hurgo en el frigorífico, agoto de un trallazo la gaseosa púrpura. Bebo del envase, febril, sin obediencia a los modales por los que airadamente censuro en la cena. Mis palmas amoldan el agua tibia en el tocador del baño: dos cuencos enmascarándome. Palmoteo el desvelo de mis pómulos con la camiseta, hasta que casi lo absorbe, y me posiciono en mi trinchera invariable: la hoja doble, centenaria y de cedro, en la que me incrusto al entornarla, para inspeccionar las luces caóticas que serpean en la pieza de los hermanos. Los admiro descalzo y los venero, demencial, rumiando la tibieza de mi carácter, espantándome por las inconfesadas razones que maquino para no cubrir, con los reductos excesivos de papel en el que dibujan, adheridos con cinta, o con cartones, o con los periódicos que devalúan la mortandad humana entre comerciales, ese vidrio, sin una grieta, que frisa el techo, y por el que continúa tamizándose una fantasía futurista de ruinas pulverizadas y de supervivencia entre predadores de pesadilla.

Ilustración: La presa, por Marisol Cosmes Guzmán.

Ilustración: La presa, por Marisol Cosmes Guzmán.

Se tendieron sobre un mantel que impediría, supuse, que los regimientos de hormigas, laboriosos, les  estropearan el refrigerio. Concedí que consumiéramos nuestras raciones a la sombra del olmo, como con insistencia me reclamaron. El mayor arrojó, aún sin morderla, una rebanada de pan, sacudiéndose los pómulos, anunciándonos que un escorpión lo picaba. En el asma del llanto echó a correr, desbocándose, acelerando. Nos apresuramos tras él. Quizá no se detenga, preví, palideciendo. (Quizá la inercia del miedo le ocasione a tu muchacho un tropiezo de fracturas irreversibles). Calculé que se decantaría más allá de los arbustos a los que se fue precipitando, ahí donde una escarpa de la colina se me reveló tan pronunciada como para que resultara imposible alcanzarlo antes de que lo desgarraran los incalculables metros de descenso por la pendiente que demarca los límites del parque y que reconstruyo, ahora, en el departamento mientras duermen, apacibles, frente a mí que los escudriño, a salvo ya de aquel pánico que aún demora en abandonarme. Pretendí un tono de voz lo menos histérico que me fue dable articular, deplorando mis incapacidades de mantener el equilibrio a trote:

—¡No es un escorpión… calma!

—¡Alto, ustedes dos! —exclamó mi esposa.

La incógnita instintiva de dónde habría quedado nuestra hija me produjo un súbito mareo, un esguince de nervios, un pulpo de sal venenosa en la columna.

—¿Y ella? —me detuve, con el afán de virar, tambaleándome lo mismo por una desaparición quizá figurada que por lo inclinado de la ladera, sobre la que ya no era capaz de desplazarme.

—¡Está conmigo!

Descubrí que la pequeña, impasible, se apoyaba en el muslo de su madre. Obnubilado por las irrigaciones de adrenalina, enfoqué de nueva cuenta el punto al que me dirigiera. No pude ver sino una hondura circular de setos removidos, indicio que me doblegó, adensando en mi paladar el azufre. Al traspasar aquel follaje, admití, habrá resbalado, abalanzándose a una tortura en picada de rocas incisivas y de zarzales. Me dispuse a despeñarme por la misma ruta cuando noté que las hojas reanudaron su estremecer, y que por una brecha repentina, momentáneamente desbrozándolas, emergió un hombre. Aferraba con la izquierda una correa percudida, sin mascota. Sobre la curva de su espalda, y sin manifestar agotamiento, iba transportando al mayor, que hipaba monosílabos, tallándose un codo y sujeto con una naturalidad que me petrificó, a la solidez indiferente del desconocido, para quien las depresiones y desigualdades en el terreno no representaban inconveniencia.

—Sí era un escorpión, papá, he told me so!

El espontáneo rescatista, un sexagenario de bermudas, gorra deportiva con la visera en hilachas y botas de alpinismo, blandiendo una pelota de tenis en la diestra, nos encaró con reproche y frialdad cordiales, lo que me abstuvo de continuar arrastrando las fórmulas de gratitud que, sin recobrar el aliento, intentaba ofrecerle. Inconmovible ante las exhalaciones de alivio y las reverencias que demudaron a mi esposa, se limitó a interpelarnos en un inglés melifluo y tajante, que reprendía el nuestro, parco e inexperto, mientras el niño lo desmontaba.

Did you see my little baby around here? A big white bulldog. Did you see her?

El tatuaje cruzándole la garganta ralentizó mi cabeceo afirmativo. Daga era mi asombro.

(¿Era en verdad un escorpión azul, enorme, lo que viste impreso en el cuello cetrino del explorador?).

 

Duermen.

Incuba, sedentario y corpulento, en el sofá. Infiero que lo acompleja el sobrepeso, probablemente la fealdad. Otro atributo: no enciende la consola si los hermanos, a quienes no ve, están despiertos, como si el único principio de honor que rige su pasatiempo le prohibiera esparcir la molicie habiendo testigos inocentes. La fortuna de no haber entre los habitantes de ambos espacios confrontados una interacción contemplativa será tal vez el cobarde argumento que me absuelve de no vedarles al mayor, a la pequeña, el sofisticado teatro de violencia que no presencian.

 

Recortado contra las fluorescencias que centellea el plasma, en su nicho de indefectible francotirador, el adolescente somete a los imperios.

 

En otoño, el escándalo de una disputa callejera hizo que me acodara, espabilado y tenso, sobre la calidez amorfa, mullida, de la matrimonial. Por el intersticio del alféizar, a un palmo de la cabecera, husmeé a los causantes. Una rubia semidesnuda, encaminándose a su anticuado convertible, profería insultos a un grupo de jóvenes arracimados, que la vilipendiaban sin importarles la presencia del policía que la iba custodiando, y quien susurraba claves, insistente, pulgar e índice presionando el botón de un radio en la hombrera. La rubia, sin reprimir las imprecaciones que sus destinatarios corearan y retribuyeran con similar encono y divertimento, revolucionó el compacto al que, presuntuosa, se había subido, arrancando con la portezuela todavía sostenida por el agente que intentaba persuadirla, sin convicción y sin firmeza, e incluso amable, sobre los peligros que al manejar se ciernen sobre los incautos en tales condiciones. Olvidándose de las obscenidades de la conductora que, al final, envalentonada, lo incluyeron, bisbiseó con ahínco en la bocina minúscula. De los jóvenes arracimados, en un revés deliberado de actitud, el policía escogió, señalándolo, a uno para que se le aproximara. You! Yes, you! The brunette one, come here! El resto, en desbandada, desapareció de mi ángulo, vaciando el porche desde donde vituperara y fuera vituperado por la inquilina desaliñada que jamás advertí en desmanes anteriores. Reparé, no sin dificultad, en unas manos que se levantaron, rendidas, y en el uniformado que se acercó con discreta satisfacción a la patrulla que retornaba, quizá, desde cuál de las curvas para mí vedadas, que no reuní el valor o el descaro de localizar, pues el refuerzo al volante, apeándose luego del vehículo, barrió con una linterna los contornos de la zona, imprimiendo una elipsis blancuzca en el intersticio por el que me inmiscuía en la captura voluntaria del menor, a quien el oficial que indultó a la dueña del convertible doblegaba dentro de la unidad, para remitirlo. Al descubrirme la linterna, inmediatamente me deslicé a resguardo de las frazadas, esperando con las arterias descabalándose a que la patrulla se marchara, lo que ocurrió justo cuando noté que los espasmos de la tenaz incandescencia, que se suspendiera durante los preparativos del arresto, aleteaban su habitual visitación e invadían, puntuales, la pieza de los hermanos.

 

Es, casi, el alba.

Me mantuve de pie, observándolos, y el jugador, hábito por lo demás asiduo, extenuó sus talentos, otra vez, durante toda mi vigilia. Los hermanos han pospuesto el intercambio de acusaciones matutinas que nos anuncian, a su madre y a mí, la intensiva jornada de cuidados que nos depara el inicio de semana. No improvisan su carpa de vodeviles fantásticos ni se lanzan liebres, gatos, leones, equinos de felpa. Tampoco distorsionan las dicciones de su elenco apretándose las fosas nasales. Al desperezarse fijan su mirada en la ventana, sin precisarme aún, concentrados en el despliegue virtuoso del asesino, en la destreza y rapidez con que atomiza sus múltiples objetivos: torsos que salpican, osamentas desmembradas que afectan la extraña numerología de un récord que se multiplica, implacable. Un robustecido avatar que blande armas diversas con ágiles ademanes, y que se aparta del sitio en que, dentro de milésimas, el enemigo colocará otra bomba. Sus predicciones y temeridades calcan, bordándola, toda una secuencia de combustiones multicolores en la cortina translúcida, en tanto el amanecer va desvaneciendo el humus de la imagen proyectada y suministra, poco a poco, claridad al rectángulo del que procede. Tomo asiento en el colchón inferior de la litera y me reúno con los espectadores, a los que no importuna, ni da trazas de ser llamativa, mi presencia. El plasma rebosa demoliciones, aunque repentinamente se paraliza el conteo a contrarreloj, pues el adolescente, incomodado al intuirnos, pausa su Apocalipsis y se dirige, ceremonioso, a la persiana. O no es que nos intuya, sino que alguno de los tres, reflejado en la pantalla, le obstaculiza la mira y, por no infligir un blanco anómalo, opta por contenerse. Lo verifico: no es alguno de los vecinos que pudiera reconocer, y a quienes con disimulo inspecciono si vacían de las cajuelas de sus último modelo las provisiones letales de la marca barata que los enerva cuando el fraccionamiento aparenta tranquilidad, y al que desquician con sus instantáneos aquelarres y su lerda melopea. Fui certero en la premisa sobre la gordura y la fealdad. El jugador es un agotamiento encarnado de morsa, casquete rubio y playera holgada, violácea, con estampados ininteligibles. Nos escudriña con estupefacción y acritud, con un semblante de desconcierto y perplejidad, como si nos reprendiera. Sonríe después, taciturno. Tira de los cordeles de la persiana, que al ocluirse lo va fragmentando en líneas verticales.

—¿Quién es? —me consulta, con entusiasmo, el mayor.

—No, no sé quién sea.

(Pero él, cavilas, él acaba de percatarse).

—Parece amable —tercia la pequeña—. Triste, pero amable.

 

Reemplazaremos, pronto, la cortina traslúcida por otra más gruesa que nos proporcionen, como tantas veces lo han sugerido, las propietarias. Adaptaremos la litera, desarmándola, en lechos individuales, disponiéndolos en un reacomodo que dificulte la observación de los pormenores que acaecen del otro lado. Al sano crecimiento de los hermanos no lo velarán los resplandores que orquesta la puntería del jugador. La más estrecha de las alcobas, cuando apague la lámpara, quedará para mi consuelo hundida en el terso cofre de una tiniebla hermética, para que rememoren en sueños el claro de pasto al que vamos a volver, para que trepen al olmo, para que la charca los anegue, para que los insectos azulados los fascinen, para que derrapen en la hierba esmeralda y para que…

 

Un estruendo de caos y destrucción. Un cataclismo. Estampidas de pólvora y voces de ultratumba, robóticas. El volumen a tope. “Revenge!

Andanadas, disparos persecutorios que mi barricada no amortigua.

From the grave!

Los asusta el traqueteo de la ráfaga.

Double kill!

Y los hermanos, nuestros niños…

Ilustración: Sucar es destino, por Marisol Cosmes Guzmán.

Ilustración: Sucar es destino, por Marisol Cosmes Guzmán.

 

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Zacatecas, 1981) es narrador y baterista. Su último libro es Pentimenti. Cuentos en retrospectiva 2011-2004 (Taberna Libraria Editores, 2012).

El Museo Nacional del Virreinato en Tepotzotlán invita a los amantes de la música clásica al Primer Encuentro Biestatal Tepotzotlán – Tamaulipas, presentando a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Facultad de Música de Universidad Autónoma de Tamaulipas y a la Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepotzotlán. Conformada por 45 integrantes, la Orquesta Sinfónica de la Facultad de Música de la UAT ha dado conciertos en diversas ciudades en Tamaulipas, San Luis Potosí, Veracruz y Texas y ha participado en festivales nacionales e internacionales, acompañados de solistas como el Mtro. Félix Parra y la contrabajista Valeria Thierry. La Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepotzotlán, regida por el Sistema Nacional de Fomento Musical de Concaculta nació en 2005 con el objetivo de constituirse como la mejor Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil del país y así ofrecer un espacio de formación musical a los niños y jóvenes de Tepotzotlán.

Si deseas disfrutar de este concierto asiste el domingo 27 de julio en punto de las 13:00 horas al Templo de San Francisco Javier en Tepotzotlán, Estado de México. Entrada Libre.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.